You are on page 1of 255

1

Autorizado a despegar







Atención: conocemos vuestra lengua Castellana, pero no
la dominamos a la perfección. Por tanto, disculpad los errores
de cualquier tipo que podáis encontrar en el texto.
Muchísimas gracias por vuestra comprensión.




















2









































3
Introducción









¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué estamos
haciendo en este mundo? ¿Qué es la vida? ¿Tiene la existencia alguna lógica?
¿Hay normas a seguir? ¿Existe algún pr incipio por el que se rijan los
aconteceres que nos envuelven? ¿Estamos programados sin remedio?

Si alguna de estas preguntas inquieta, recomiendo continuar con la lectura,
estoy seguro que el declinar sobre su deambular, llevará a un auto
descubrimiento personal que quizá no sospechaba; empezará a clarif icar
muchos interrogantes si no consigue solvent arlos por completo, adquir iendo
una dimensión que nunca se sospechó.

Si por el contrario, ninguna de las preguntas planteadas sugiere o motiva
un mínimo, recomiendo, sinceramente, interrumpir aquí el proceso, no seguir.
Sería aburrido ¿Permanece leyendo? Enhorabuena, creo que se ha tomado una
excelente decisión de la que no creo pueda arrepentirse, aunque sólo lo haya
hecho por mera curiosidad. Cuanto menos, podrá disfrutar del relato de un
cuento novelado; eso, como mínimo. Posiblemente no sea el mejor relato
literario que encuentre. No obstante, el objeto de este libro es transmitir, con
exactitud, las claves de la verdadera esencia de nuestra existencia. Si lo
consigo, perfecto, ese es mi propósito

¿Cómo empezó todo? Sería largo de relatar para una breve introducción
como la que quiero mostrar, por tanto resumiré. Desde que tengo uso de razón,
y ya hace muchos eones de ello, estas cuestiones rondaron insistentemente por
la mente. Hay que decir, que procedo de una civilización que recientemente ha
conseguido ingresar en el conjunto de civilizaciones que viven en armonía con
las demás; pero cuando era niño y joven, mi planeta aún andaba sumido en el
caos, la barbarie y la destrucción. Como consecuencia de todo ello, supongo, y
algo interno mío, anhelaba respuestas convincentes y contundentes.
Respuestas verdaderas, reales, sinceras, palpables y evidentes. Comencé una

4
búsqueda; una búsqueda a veces árida, tórrida, tormentosa, desértica y, con
escasos resultados. Pero persistí, continué, no ceje en el empeño. Tropecé con
críticas múltiples, y con cuantiosas reacciones de índoles var iopintas y muy
diversas a la vez que dispares. No fue fácil, más bien desalentador. Los
comentarios gratuitos, denigrantes, vejatorios y machacones acompañaron
ayudando a detectar dónde no había nada clar ificador. Leí gran cantidad de
libros, aquellos que adquiría, y los que por arte de “magia” caían en mis
manos. Recurrí al estudio de las f ilosofías y teologías que parecían tener un
teórico aporte. Indagué en distintos foros y escuelas. Contrasté opiniones y
opciones de cualquier género; todo lo que se ofrecía. Vivencié cosas que no
creía fuesen posible o hubiesen existido. Incluso las creencias, y el tipo de
educación recibida, sufrieron un pormenorizado examen. Tuve que evaluar
con lupa cada poso incrustado en mí, pues podría estar equivocado al
cuestionar lo que recibí de mis progenitores, educadores y profesores. Pude
comprobar con el paso, a veces duro y crítico, de la evolución personal, junto
al estudio, la constatación y puesta en práctica de ideas y recursos, una
experiencia que poco a poco fue plasmando las conclusiones que se exponen
en este volumen. Es, por tanto, el presente, el fruto de algo que he podido
vivenciar y comprobar, no una mera elucubración o un ensayo de ideas, o
pensamientos.

Debido a mi carácter, cartesiano y racionalista, cualquier cosa comunicada
o explicada sin consistencia no solventó nunca mi innata curiosidad. Al menos
esas respuestas o actitudes podrían ser descartadas La ilógica, la sin razón, los
embudos, los dogmas o el simple porque sí, sólo añadía más leña al fuego de
la indagación. Ello impulso el estímulo.
Por deducción al absurdo, en muchas ocasiones, el acuerdo de la
investigación aportaba datos; señales; algunos aciertos; cuestiones destacadas
que tenían un orden; una base; un sustento real. Un buen día una rotunda
conclusión sesgaba gran cantidad de obstáculos, se llegaba a un enunciado del
que poder extraer cordura y sensatez: “no tenía sentido vivir sin sentido”
también se formuló en forma interrogativa: “¿Qué objetivo posee vivir sin un
propósito?” Desde ambas proyecciones la danza realizada hasta la conclusión
del sentido vit al de la existencia dieron sus frutos: los aquí expuestos. El
sendero hasta descubrir las claves que rigen nuestra existencia, visto desde la
perspectiva actual, pudo mostrar un cuadro cruento de dolor y luchas, pero
mereció la pena llegar hasta este puerto donde la seguridad ante el
desconcierto que puede cegar la vida, es claro e imperturbable.
Pongo en vuestras manos algo que es real y verdadero. Lo he podido
verificar, cotejar y confirmar. Deseo que el costo al que voluntariamente me

5
sometí para hallar las claves de la existencia, no tenga que desarrollar lo, ni
experimentar lo, sólo disfrutarlo.

¿Qué he descubierto la verdad de vuestro origen y del mío hace mucho? La
realidad propia lo puede atestiguar; estamos aquí cerca de vosotros, es una
prueba, ¿no? Pero es posible que no sea el único en conocer lo que muestro.
La plasmación de todo esto, insisto, es el resultado de una experiencia
personal, el aporte de un código que parecía secreto, pero que al indagar un
poco se hace manifiesto. Lo auténticamente magnífico, es que funciona. Y si a
mi me ofrece buenos resultados ¿por qué no promulgarlos para que otros – en
este caso vosotros, la Humanidad entera – consigan los mismos beneficios?

¿Prometo algo? Sí, pero no depende de mí exclusivamente. Puede llegar a
saber no solo su exquisita esencia y procedencia, sino que además puede
poner en práctica las normas que rigen la existencia en la que estás
involucrado de forma voluntaria. Sí, voluntaria y libremente escogida. Pero no
quiero anteponer los hechos, es mejor que los descubra por sí mismo. Añadir
que en varias ocasiones escuché la siguiente frase: “Si al menos
dispusiéramos de un manual de instrucciones sobre cómo f unciona la vida,
podríamos aplicarlo y todo sería más f ácil”. Pues aquí está este manual
novelado. Sigua sus pasos para que ponga los suyos a caminar por el sendero
que quiera, no por el que marquen los demás.


Nota final: he tenido que adaptar el libro a ejemplos que os sean fáciles de
manejar. Por ejemplo, se usa, para la evolución de la historia una ser ie de
naves, así que busqué cuáles, de las de vuestro planet a, se adaptaban mejor al
guión; y así con otros muchos detalles. Espero, que si no aprendes algo, al
menos se disfrute. Gracias.












6
1. Aterrizaje forzoso.


“Puesto que soy imperfecto, necesito la tolerancia y la bondad de los
demás, también he de tolerar los def ectos de este mundo hasta que pueda
encontrar el secreto que me permita ponerle remedio”
Mahatma Gandhi. Polít ico, abogado y pensador indio (1869-1948)

“Sólo aquellos que nada esperan del azar, son dueños del destino”.
Matt hew Arnold. Poeta Inglés (1822-1888)











En la actualidad. 08:01 horas. Base Aeronaval de Bulk

Aquella mañana, no tan lejana, marcaría un nuevo camino. Una transición
en la que cualquier persona podía inmiscuirse sin previa advertencia. Sin
embargo, en tal ocasión, los hechos, y los acontecimientos, se encarnarían en
su propio ser.
Las primeras luces del alba promovieron, en su ascenso, una acostumbrada
mañana, como tantas otras, con los destellos habituales; aunque nada en
particular la singularizó. No hubo datos que anticiparan un afrontar el dí a con
un cariz distinto al normal, no existía sospecha al respecto. Sí, en cambio,
presentía que durante las siguientes horas acertaría a resolver los
inconvenient es en los cuales estaba inmerso. Problemas que él suponía
controlar y para los que durante años se había preparado. Estaba seguro, al
menos así opinaba su fuero interno, sería el final de las pruebas, y el comienzo
de los ensayos definit ivos hacia el logro perseguido. Hoy, gracias a su ayuda,
pericia y arrojo, quedaría solventado el proyecto del F-1000. Pese a todo, su
juicio se conducía hacia el punto adecuado sin que intuyera que iba a ser por
una vertiente, tremendamente, distinta a la planeada en un principio.


7
Primera jornada. 13:14 horas. Complejo Aéreo de Nairda.

Apenas podía abrir los ojos. Creía estar haciéndolo. Sólo el derecho ejerció
tal acción. Empezó a percibir su posición en medio de un trigal dorado. El
dolor se extendía por el cuerpo como el rocío de cada mañana. Con prudencia,
sobre la base de la exper iencia e instrucción recibida, ordenó a los dedos el
movimiento. Reaccionaron. Inmediatamente después comunicó un impulso
idént ico a las extremidades inferiores. Se obtenía la misma respuesta. Luego
movió las muñecas con un consiguiente y no deseado gemido. No estaban
rotas, sí afectadas. Continuó con los codos y hombros, llevando su mano
derecha hasta las cervicales comprobando cierto daño en ese perfil.
Finalmente procedió a ejecutar gemelas acciones con piernas, rodillas y
cadera. En general parecía estar en buenas condiciones, exceptuando el mono
de vuelo desgarrado a jirones por diversas partes. Lo mejor fue asegurar el
buen estado de la columna vertebral. Sólo le alarmó, cuando comenzó a ser
más consciente, la ausencia del casco de vuelo. Inmediatamente palpó su
cabeza cerciorando la ausencia de heridas o rasguños. Tal hallazgo produjo un
gran suspiro de alivio.

Estoy herido, maltrecho, pero entero – se dijo procurando convencimiento y
ánimo. Debería acudir cuanto antes al hospital y someterse a un chequeo
completo.

Lo inexplicable era que las as istencias no hubieran hecho acto de presencia.
Ni siquiera se oía el clamor de las sirenas de ambulancias y bomberos.
Su último recuerdo era el intento de aterrizaje en Bulk con el F-1000, y la
parada fulminante de los motores. Sus doce mil quinientas libras de empuje se
esfumaron de golpe. Volaba en la fase final antes de llegar a la pista,
quedarían unos mil setecientos metros, pero aquél fallo en el sistema impedía
alcanzarla. Estaba seguro de haber dado la señal de alarma. También
recordaba, con rotundidad, la respuesta, insistente, de tranquilidad ofrecida
por la oficial del control aéreo. Pero el hecho actual de estar en un campo
sembrado de trigo era lo más desconcertante. Su base aeronaval estaba
implantada en las estribaciones del desierto de Luces, y en aquella zona no se
cultivaba nada. Era terreno estéril.
¿Qué era aquello? ¿Dónde estaban los restos de su avión de combate?
Estaba seguro de no haber saltado, no hubo t iempo, ni altura para que el
paracaídas se pudiese abrir con el margen de seguridad adecuado para salvar
la vida. Se aferró a la cabina, seguro de poder tomar tierra con la panza,
frenando de esa forma, sobre la tierra plana, la impulsión.

8
No era la primera vez que aquello ocurría. Esos aparatos tenían problemas
que no acertaban a resolver los ingenieros. Tenían fallos estructurales desde
los primeros prototipos; y los motores de cuádruple inyección ampliada no
estaban a la altura de las circunstancias, sobre todo cuando se forzaban en
maniobras muy concretas. Pese a ello él, como la mayor parte de los pilotos,
arriesgaban en exceso. Actitud que le importaba poco, pues siempre se creyó
por encima del bien y del mal. Se sentía capaz de dominar cualquier
circunstancia sólo con los conocimientos adquir idos y la per icia que el tiempo
enriquecía por el cúmulo de horas de vuelo. Ser indómito, atrevido y
arriesgado son características fundamentales para un piloto de combate;
especialmente sí, además, lo es de pruebas.
Él se creía eso; y, por supuesto, mucho más.
Pudo sentarse con gran esfuerzo. Las cinco primeras vértebras
manifestaban, con reiteración, el único quejido que ofrecía nerviosismo. Eso
le intranquilizaba. Uno de sus mayores miedos, siempre, lo había constituido
la pos ibilidad de quedar paralít ico. Prefería perder cualquiera de los cinco
sentidos, o varios, antes que tener que pasar el resto de sus días encastrado en
una silla de ruedas.
Tras meditarlo un escaso minuto, a lo sumo, con suavidad, se inclina hasta
ponerse de rodillas. Ladea la cabeza preparando el esfuerzo calculado para
pasar a la posición de erguido desde la inicial. Entonces, la torpe visión
alcanza la percepción de un pequeño charco rojizo sobre el que caían gotas del
mismo tono. Evidentemente, debían proceder de su cuerpo. Aborta el intento
premeditado, dejando el peso neto cargado sobre la función propia de los
cuadriceps que evidencian fatiga. La mano derecha localiza, al tacto, el origen
del problema: una hemorragia procedente de la fosa nasal suelta un pequeño
hilillo de sangre. No es grave, supone. Sólo el dolor del cuello, consolida su
principal preocupación. Desenguanta la mano izquierda rompiendo de cuajo
un trozo del tejido verde camuflaje que lo conforma para taponar la nariz en
sendos orificios.
Un problema resuelto momentáneamente, se dijo. Examinó si otra parte
del cuerpo reclamaba una pronta atención y determinó que un nuevo intento
para levant arse detectaría cualquier herida. Inició con absoluta intención la
decisión. Lo hizo despacio, pero sin perder un segundo en las consideraciones
aportadas por los lamentos posibles que surgieran de cualquier otra parte de su
orgullosa constitución de atleta.
A media altura, sin forzar la acción, aún con las rodillas postradas y
ligeramente hundidas en un surco algo húmedo, conseguía colocar la espalda
recta y la cabeza alta. Su quebrada vista perf ila, por encima del cult ivo, un

9
espectáculo que no podía ser verosímil. El panorama s in error, constituía un
espejismo.
Una presencia inaudita desfilaba por sus escasas percepciones. No
obstante, algún padecer seguía quejando su ser, pero esto ya no parecía
importar. Antes de atender al raciocinio, hizo un recuento exacto de las
dolencias : un ojo inflamado, y seguramente amoratado; la nariz, quizá, rota;
aunque la esperanza de tener en perfecto estado el cuello era su máxima
prioridad.
¿Esto es real? Indagó su mente. No podía negar lo evidente, aunque tal
contemplación simulaba lo absurdo. Simplemente no albergaba cabida en una
lógica juic iosa como la suya.
Terminó de incorporarse, hecho coincidente al del encendido de un motor
de pistones. Ese lejano ruido estaba prácticamente olvidado en su memoria.
Aquel tipo de motores hacía años que no hablaban. Conocía de su escasa
existencia. Quedaban pocos, y estaban en manos de particulares, los menos, o
alojados en museos aeronáuticos, la mayoría. El petardeo producido en los
escapes debido a la expulsión de los gases y las consiguientes vibraciones que
excitaba el fuselaje de un avión como ese, fue algo que pudo experimentar en
una concreta ocasión. Consiguió rememorar aquel suceso. Pero seguía sin
creer lo que vislumbraba con gran dificultad
El recuerdo parecía estar vivo al instante. Era el mismo sonido. A lo lejos,
frente a uno de los hangares, se divisaba el aparato, pintado de rojo
incendiar io, que empezaba a deslizarse por una de las calles que corrían
paralelas a lo que debía ser la pista de aterrizaje, que a unos escasos cincuenta
metros perfiló delante de su cuerpo sollozante.
Si todo esto parecía tan cierto, su curiosidad reclamó confirmación
inmediata. Entonces, ordenó a la suma de sus músculos y articulaciones se
dispusieran a cumplimentar cualquiera de sus órdenes sin replicar protesta
posible.
Empezó la andanza con paso decidido aunque algo patoso, aplastando en
su deriva el fruto crujiente que emergía de la tierra. El aeroplano continuaba
rodando hacia lo que parecía ser el final del aeródromo para encarar el inicio
de la pista. Era evidente que pretendía despegar. Siguió avanzando,
levantando algo de polvo al tropezar con algún terrón de tierra, curiosamente
seco. El paso era cada vez más firme y seguro. De pronto empezó a sent irse
inexplicablemente mejorado. Ninguna de sus células consintió en reclamar
alguna pet ición de auxilio, sabían que no serían atendidas en esos momentos.
El biplano encrespó sus seiscientos caballos de potencia al aire cortándolo
con su hélice, comiendo metros sobre el asfalto negro en su avance. Y debido
a que el aparato lleva sus ruedas principales en la parte delantera, bajo las alas,

10
y la tercera se encuentra en la cola del fuselaje, fuerza a que el plano
horizontal teórico del avión se incline impidiendo la vis ión frontal. Ello fuerza
a mirar por uno de los laterales en los inicios del despegue para impedir que se
desvíe de la línea central. El piloto lo hacía por babor. El her ido entraba en la
pista por la zona opuesta lanzándose en una carrera acalorada e inusitada hasta
instalar su posición justo en la intercepción en que ambos seres, uno de carne
y hueso, el otro mecánico, cruzarían sus trayectorias.
Quería comprobar cuánto de verdad tenía todo ese sueño en el que creía
estar encallado. De serlo, nada ocurriría. Terminaría despertando, quizá, en
una agradable cama del Hospital Naval. De lo contrario, no perdería mucho,
pues si después de estrellarse con su reactor, aparecía en medio de un paisaje
desconocido, con su cuerpo maltrecho, magullado y trastornado, el simple
hecho de ser seccionado por la hélice de madera de un viejo cacharro,
concluiría con un absurdo caos que había desbordando su comprensión sobre
una realidad incógnita. Los efectos de la desorientación habían atrapado su
voluntad y raciocinio.
Ya estaba enfrentado al teórico destino: un motor encastrado a una
estructura de tubos cruzados y asidos por cables tensados que sustentaban la
doble ala entelada. El ciego furor avanzaba hacia un encuentro a gran
velocidad. Él, elevó los brazos como si quisiera espantarlo, pero sin previo
aviso, a unos diez metros de distancia, el biplano elevó su posición
vertiginosamente escrutando el cielo en un ángulo de cuarenta y cinco grados,
realizando un viraje a izquierda muy ceñido.
El resultado de esa locura fueron unas gotas de glicol y aceite llovidas
desde el limpio y celeste cielo que se estamparon unas en el rostro; otras,
salpicaron el increíble e impecable uniforme que portaba.
Al percibí el detalle de la nueva vestimenta, su entendimiento fue todavía
más insoluble en el bullicio alocado de las neuronas que aún parecían
funcionar. Empezó a tocarlo con incredulidad. La situación constituía una
voraz paranoia. Quería interior izar en un acto de reflexión. ¿Aquello era un
acto racional? Hacía unos instantes renqueaba t irando de su cuerpo herido
enfundado en un mono de combate verde oliva; ahora vestía un traje azul,
condecorado con los restos de la combustión de un arcaico avión, y las
flamantes ins ignias de Guardia Mar ina de pr imer año sobre las hombreras.
Miro las manos. Estaban limpias. Lo hacía con ambos ojos. Tenía los dos
abiertos; le pareció increíble. Tocó la nariz, antes sangrient a, ahora seca,
perfecta. Del resto de los dolores, y la alarma imperiosa del cuello, no existía
rastro alguno.
¿Qué estaba sucediendo? Acababa de estrellarse. ¿Qué ocurría? Volvía a
interrogarse sin obtener respuesta en su raciocinio. ¿Serían los resultados del

11
impacto? ¿Habría quedado mermado mentalmente? ¿Estaría perturbado o
aberrado?

- ¿Se puede saber qué pretendía hacer en medio de la pista? – gritó
alguien, desde atrás.
El tono correspondía al de una mujer. Al dar la vuelta pudo divisar una
figura esbelta de cabellos rubios recogidos en una graciosa coleta. Vestía un
mono de color naranja al que acompañaba la típica cazadora de vuelo en cuero
ajado, color marrón, con solapas de pelo suelto y botas negras muy lustradas.
No sabía qué decir, ni cómo reaccionar. Siguió mirándola. Sin duda era una
mujer atractiva, pero no era éste el mot ivo del pasmo. Continuaba sin dar
crédito a aquél cuadro. Simplemente, todo aquello se le antojaba imposible.
La chica enfrentada al brillante sol que lucía, y mantenía la mirada bajo su
palma recta apoyada en la frente dando sombra a sus ojos color miel
- ¿A qué espera alumno? ¿No pretenderá que vaya a por usted? ¡Vamos!
¡Sígame! Hay mucho que hacer.
¿Mucho que hacer? ¿A que se referiría? Se cuestionaba inspeccionando el
uniforme en el que estaba enfundado mientras ella giró ciento ochenta grados
sin prestar mayor atención, alejándose. En ese instante, pudo leer la
inscripción bordada en el reverso de su cazadora: Instructora de Vuelo. Lo
más curioso es que lucía las insignias de Coronel Mayor. Otro hecho
relevante. En su ejército aún no existía mujer alguna con tal graduación.
No supo a qué impulso obedecía, pero le siguió.
El silencio reinaba en todo el escenario. Una torre de control hexagonal con
cristales tintados en verde, e inc linados treinta grados hacia el suelo, marcaba
el estilo propio de las que se construyeron al inicio del siglo pasado, cuando la
aviación empezó a existir de forma tangible. Mult itud de barracones inmensos,
todos en color metal, configuraban una formación grandiosa de gigantes
construidos a ambos laterales. Al fondo, a donde parecía se dirigía la recién
aparecida, que no dejaba de andar a un paso cada vez más forzado, un edificio
de tres plantas de ladrillo rojizo provisto de un sinfín de ventanas.
Parecía tener prisa. Era algo que ya había manifestado. Su paso sinuoso y
decidido, al compás de un redoble encantador de caderas, ofrecían otro
síntoma de confusión.
- ¡Oiga! – dijo en voz baja sin poder continuar al percibir el extraño tono
de su emisión.
Tocó su garganta carraspeando y tragando saliva. Esa no podía ser su voz,
se dijo.
- ¡Oiga! – proclamó de nuevo. Dudando.

12
Otra vez el sonido gutural, irreconocible, se mostraba. Volvió a aclarar
todo su aparato vocal e inició de nuevo la llamada de atención.
- ¡Oiga! – alcanzó a gritar con idéntica modulación –. ¿Le importaría
pararse?
La instructora reaccionó. Inmediatamente dio alto a su inercia girando y
mostrando una hermosa sonrisa mientras liberaba su pelo sujeto por un
coletero verde limón, dejándolo al compás del viento. Ese gesto perturbó aún
más su entendimiento, concretamente, lo que alcanzaba a percibir mediante
sus sentidos.
La distancia entre ambos disminuía en su avanzar presto y serio. Aligeró la
cadencia de su andar. Ella mantenía su sonrisa algo alt anera y sugestiva; sus
brazos en jarra mostraban una actitud retadora. Y la gracia de la brisa at izaba
sus cabellos haciendo que el pequeño oscilar pareciera una gasa transparente,
sugestiva. Evidenciaba la treintena según su diagnóstico al frenar a un escaso
metro de ella. Demasiado joven para ostentar tal rango, enjuició.
- ¿Puede decirme dónde estoy? – indagó con rigidez, como si emit iera
una orden.
- ¿Acaso no es evidente? – contestaba alegre y divertida –. Está es La
Escuela Superior de Vuelo Nairda.
La respuesta no convencía. Más bien seguía desconcertando toda su
esencia.
- Fí jese bien – enfat izó –. Aunque tenga esta aparienc ia de alumno
zoquete de primer curso, en realidad mi grado es el de Tenient e de Navío,
equivalent e al de Capitán, y soy piloto de pruebas. Acabo de estrellarme, o
creo que eso he hecho. Hace un momento estaba allí, envuelto en mi traje de
vuelo, ensangrentado, magullado y tremendamente dolor ido. Ahora…
bueno…. no sé que es lo que parece... – por un momento no supo lo que
quería decir –. Da igual. ¿Dígame de una condenada vez dónde estoy? ¿Acaso
he muerto? ¿Estoy en el c ielo? ¿Qué es esto? – concluía compungido,
resignado. Vencido.
Ella soltó su risa con desparpajo mientras procedía a recoger su cabello en
una cola prominente y juguetona.
- Bueno – exclamó acercándose a su derecha sin dejar de mirar fijamente
con sus ojos escrutadores –. Son las preguntas que todos hacen. Es lo normal.
Por un momento pensé que teníamos a alguien distinto sin dejar de ser único.
Quizá alguien con traumas de difícil resolución. Pero es usted otro como
tantos, o al menos eso parece. Acompáñeme, le mostraré sus aposentos –
ordenaba con suavidad, al t iempo que le asía del brazo –. Verá, le estábamos
esperando desde el instante en que emit ió por radio el Mayday de auxilio.

13
Cuando eso sucede, sabemos que tenemos otro estudiante listo para la
enseñanza.
Ante la incoherente respuesta, sin entender cómo, se dejó engatusar. No
parecía quedar más remedio. Seguía sin sentido. Casi sin voluntad se
abandonó en un arrastre a alguna parte. Ella continuaba con su explicación. Al
menos era habladora, y ante una pregunta, su exposición era amplia, algo que
le solía agradar.
- Como le mencioné, su llegada era inminente, aunque no sabíamos por
dónde sería. Cada cual aparece de una forma distint a. Ese es el único
problema con los novatos. Por eso, Pitt, ha salido con el viejo Gloster
Gladiator, esperando poder divisarle desde el aire. Pero casi se dan de bruces
los dos en la pista. ¿Cómo se le ha ocurrido ponerse delante del biplano?
¿Acaso su cordura, si es que la conserva, no le permitía atender al hecho de
que podía haberle sesgado en mil pedazos?
Aquello constituía el colmo, pensó. ¿Sabían de su llegada y salen en vuelo
a buscarlo? Algo aún más embrollado y absurdo. No pudo, ni quiso aguantar
el dilema. Paró fulminante y en seco a la mujer. La escena no iba a durar por
más tiempo.
- Escuche – prorrumpió, soltando el brazo que le aferraba –. ¿Quiere
decirme quiénes son usted y qué hago aquí? Esto ya esta pasando de ser algo
más que una estúpida broma de mal gusto – entonces la asió por los hombros,
era unos quince centímetros más baja que él, recapacitó momentáneamente
recomponiendo el ánimo, procurando ser algo más sumiso, menos impaciente
–. No quiera conocer mi faceta desagradable, pues estoy apunto de perder el
control porque la razón ya no me asiste… – respiró hondo, contando hasta
diez, mentalmente – Repito. ¿Quiénes son ustedes y qué hago aquí? Responda
congruentemente de una vez, ¿quiere?
Ella miró con desafío, simulando enojo. Su sonrisa había desaparecido de
golpe, algo que le produjo en su inter ior confusión instantánea. Cerró la
cremallera de su cazadora. Le escrutó de arriba abajo y de abajo arriba. Cruzó
sus brazos y soltó unas andanadas de palabras contundentes.
- Entiéndame si es posible. No creí que fuese usted tan torpe como para
no darse cuenta de la situación. Está claro que no está donde normalmente
suele estar. ¿No es evidente? – esgrimía con las manos abiertas –. Tampoco
está muerto o en el cielo como es la ilusión alucinadora de muchos. ¿Acaso ve
alitas en mis espaldas? – indicaba acompañando el gesto con sus pulgares –.
No soy ningún ángel dándole la bienvenida. Simplemente está aquí porque
olvidó volar, y, por tanto, vivir. Usted está, y le creía lo suficientemente
inteligente para deducir lo, en otra dimensión, en otro instante, en otro plano,
en otro espacio alternat ivo, paralelo, divergente o perpendicular, como

14
prefiera encajarlo en su conciencia – explicó algo seria –. Pero por si aún no le
ha quedado claro, se lo repito, está aquí porque dejó de volar y, como
consecuencia, dejo de vivir, esa es la auténtica verdad. No hay otra, aunque
sea rotunda. Usted mismo lo ha dicho: se ha estrellado. Y también sabe que no
es la primera vez que le ocurre ¿Estoy equivocada? – inquir ió sin esperar
respuesta –. Aunque esperamos que sea la última. ¿Satisfecho?
Todo aquel discurso sobre otras magnitudes le había sacado del momento
presente. Dejo de considerar a su interlocutora. Simplement e int entaba aclarar
las palabras, si es que ello era pos ible. No escuchó el final del discurso, ni la
modulación empleada. La mirada estaba perdida muy en su inter ior,
indagando una resolución a las explicaciones.
Ella captó la perturbación. Tendría que sacarlo de tal introversión
zarandeándole. No reaccionaba al modo usual. Estaba afectado, y era posible
que permaneciera bloqueado durante algún t iempo. Decidió algo drástico.
Algo que solía funcionar con los milit ares
- Atención. Capitán, Jano. ¡Firmes!.
Surtió efecto. De inmediato adoptó el papel marcado.
- Condúzcase al barracón número uno. Ala norte. Habitación número
veint iuno.
- Señora. Sí, señora. – Su voz sonaba como la de un autómata.
- Diríjase allí. Es su alojamiento mientras dura su curso. Encontrará toda
la impedimenta necesaria. Aséese si lo necesita, y póngase el traje de vuelo.
Dentro de treinta y tres minutos, exactamente – ordenaba, mirando su reloj,
calculando el tiempo –, le veré en el comedor. Imagino que tendrá hambre.
Así que dispone de poco tiempo. Aprovéchelo, si es que quiere volver a volar.
¿Ha entendido Capitán?
¿Jano? No recordaba que ese fuera su nombre, aunque tampoco recordaba
cuál sería de no ser ese. Otro nuevo elemento para alimentar el barullo mental
y emocional, ya de por sí enmarañado. ¿Quién era él, además de lo poco que
podía recordar?
Emprendió la marcha, caminando, obedeciendo sin razón a un programa
que no era capaz de dominar. Computaba una orden dada. ¿Dónde se
encontraba el control sobre su vida, si es que a eso se le podía denominar
vida y control? ¿Qué es esto, y quién soy? La cuestión se marcaba
omnipresente. No obstante, sus píes persistían en recorrer la distancia que le
restaba al lugar indicado.
Encontró la habitac ión sin dif icultad. La estancia era sobria, pero
confortable. Sobre la cama, bien dobladas y adecuadamente dispuestas,
numerosas prendas. Colgado en perchas, dentro del armario, varios monos de
vuelo que tenían cosido, sobre el bolsillo superior izquierdo, un parche con su

15
nombre. En la derecha un escudo redondo de fondo azul sobre el cual había
superpuestas tres alas solapadas en color dorado; bajo ello, el nombre de la
escuela: Nairda.
Una puerta abierta descubría el aseo. Dentro, justo frente a él, algo
sorprendió: un espejo ref lejaba una imagen desconocida del recuerdo que
poseía de sí mismo. Un semblante distinto de idéntica estructura craneal. Su
cabellera se veía rasurada, brillante. No se atrevió a moverse, exclusivamente
se llevó las manos a la cabeza comprobando que no era un espejismo lo
contemplado. Algo más no se situaba en su habitual lugar: su querido bigote
había desaparecido. La nueva fisonomía produjo estupor. Se acercó hasta
quedar a pocos centímetros del brillant e cristal. Allí sostuvo la mirada,
penetrando en el ir is, buscándose, intentando creer lo que veía. Tardó unos
minutos en el reconocimiento. No sólo no recordaba que se llamara Jano, sino
que, además, algunos de sus más sobresalientes rasgos físicos, habían,
literalmente, desaparecido.
Sin saber el mot ivo, una especial fortaleza se apoderó de su incertidumbre,
haciendo que recuperara el equilibrio. Tampoco esta faceta era parte de su
carácter, simplemente aceptó lo que veía y sentía, suponi endo, sin razón
aparente, que todo se iría aclarando sin más. Dejó de pensar en ello
disponiendo sus actos para cumplimentar el horario estipulado.
¿Qué estaba sucediendo? Nada en su razonar atraía alternativas que
ilustrasen con un mínimo de sentido común cualquiera de las circunstancias
que, como un torrente desbocado, confluían sin orden ni concierto.
Mejor no discurrir más, se ordenó, pero era complicado corresponder tal
auto dictado.















16
2. El cielo nos espera


“Nunca andes por el camino trazado, pues éste conduce únicamente hacia
donde los otros f ueron”
Grahan Bell. Cient ífico e inventor inglés (1847-1922)

“Recorres el mundo en busca de una f elicidad que está siempre al alcance
de tu mano”.
Horacio. Poeta romano (65 AC-8 AC)












A la hora estipulada acudió al comedor que encontró limpio, ordenado y
desolado.
Un letrero, en la zona del catering, ordenaba: “Sírvase, sólo, todo lo
necesite” Pasmado, releyó del cartel var ias veces, obedeciendo sin mayor
recato. No recordaba ser así. Nunca solía hacer caso a nada que no considerara
razonable. Ni hacía nada sin sentido, ¿o no? Muchas eran las dudas que
emergían, y ésta sería otra para apuntar y resolver en algún momento, si es que
encontraba un hueco.
Durante el tiempo del almuerzo, ninguna otra persona hizo acto de
presencia. No se sentía vigilado después de escrutar en todas las direcciones,
pero sí desconcertado. Había mucha comida preparada que, pese a las
instrucciones leídas, presumió no iba a ser usada; un desatino para añadir a la
lista de despropósitos observados. Las preguntas y vacilaciones comenzaron a
fluir con más fuerza. Seguía sin entender en absoluto qué estaba pasando. No
podía comprender que todas aquellas instalaciones tuvieran tan poco bullicio.
Era impensable que todo estuviera dedicado a su absoluta disposición. Esto
constituía una presunción asumida, pero ninguna otra perspectiva ofrecía una
opción más clara.

17
¿Estaría en la antecámara del cielo? ¿Acaso esto constituía el lugar donde
purgarse antes de ser trasladado al paraíso prometido? Distraído e imaginando
demasiadas cosas, y sacando consecuencias de las que volvían a proyectarse
más cuestiones sin alternat ivas viables, su mente machacaba,
contundentemente, la cocción de indagaciones que no agenciaba a perpetrar.
Incluso se cuestionó si estaría volviéndose paranoico.
En el momento en que dejaba la bandeja con los platos desahogados y los
cubiertos en el lugar indicado, la instructora aparecía batiendo la puerta de
doble hoja que daba acceso al recinto. Su sonrisa volvía a relucir en su
hermosa cara ofreciendo un poco de aliento ante el embargo de la angustia que
acaecía en forma de barrotes opresivos.
- ¿Ha comido bien? Cadete – proclamo a escasos metros –. Espero que
se haya “servido, sólo, todo lo que necesitase”.
- Sí – contestó lacónicamente, sorprendido de que usara la misma
fórmula enunciada en la entrada del buffet –. Además, para ser una escuela de
vuelo el menú es decente.
Pretendía intentar, con el tono usado, un acercamiento hacia lo que
parecía su nuevo destino. Pensaba que era mejor procurar llevarse bien con la
instructora. Y tuvo entonces, el sentimiento de ser un prisionero sin carcelero,
en un penal sin ubicación concreta o conocida.
- Por cierto, hay muchas cosas que no puedo encajar – manifestaba
midiendo las palabras –, intento razonar el hecho de estar aquí y no..., en mi
base..., o estrellado junto a mi cazabombardero – ella miró con ternura, al
mismo tiempo que le hacía caminar en dirección a la salida –. Todo esto es
como un puzzle al que le faltan piezas. Un absoluto desat ino. Otra cuestión –
insinuó tal cual le llegaban los pensamientos, cambiando bruscamente de tema
–: y no voy a entrar en el jueguecito de cómo conocían de mi llegada o mi
nombre, pero sí me gustaría saber cuál es el suyo, pues no sé cómo dirigirme a
usted. Veo sus divisas y rango, y no sé cómo hacerlo.
Su sonrisa se hizo aún más hermosa, miró con dulzura, comprendiendo
que, pese a todo lo nuevo, estaba reaccionando dentro de cierta cordura y
orden.
- Disculpe mi descortesía, debería haberme presentado antes. Me llamo
Pal, sin más, y soy su instructora de vuelo. Y eso que menciona del puzzle, es
algo que irá resolviendo poco a poco. No le de más vueltas. Déjese llevar,
déjese fluir. Todo irá mejor. Puedo asegurarlo ¿Algo más?
Tenía muchas más cuestiones que preguntar. Quizá miles. No obstante, el
sexto sentido, al que no solía tener en cuenta, aconsejaba mantener la calma,
permitiendo que las cosas fuesen llegando. Total ¿Qué tenía que perder? No
había sido maltratado; al contrario, el clima que le rodeaba en su nueva

18
configuración manifestaba, sorprendentemente, quietud y sosiego; mucha paz,
algo de lo que no gozaba desde hacía mucho tiempo.
- Entonces ¿Cómo he de dirigirme a Usted?
- Sencillo. Como guste, siempre que guarde la compostura y el respeto.
- Disculpe por lo de antes, debe entender que acababa de llegar y...
- No – dijo tajante –. No se disculpe por eso, lo entiendo. Especialmente
por la forma en que aterrizó – espetó morbosamente –. Es lógico. Puedo
asegurarle que se ha comportado con bastante educación y sensatez. Tendría
que ver cómo reaccionaron algunos de mis anteriores alumnos.
- Gracias, me siento algo más aliviado. Es usted muy comprensiva...
- Uhh, observo que ha decidido hablarme de usted. Si es eso lo que
quiere, sea.
- Bueno, no…, sólo es una forma de dirigirme a usted…, bueno no sé
cómo hacerlo.
- Inténtelo de nuevo Cadete.
- ¿Prefiere que le diga Pal?
- Sólo haga lo que quiera, pero haga lo que haga, hágalo con firmeza y
decisión, sin miedo, no dude. La duda y su miedo, entre otras adversidades,
f ueron la causa de su accidente aéreo.
Esto sí que no podía encajarlo. Él nunca dudaba ni tenía miedo pilotando.
Poseía muy buenos reflejos y una actitud para el vuelo excelente. Sólo los
mejores tenían el privilegio y el honor de ensayar con los prototipos. ¿Cómo
podría atreverse a acusarle de ello? Fue un problema de motores. Él no pudo
hacer nada.
- Eso no puedes saberlo – encaraba con enojo –. Era yo quien estaba en
la cabina, y sólo yo sé lo que pasó. ¿Cómo puedes achacarme tal cuestión?
Estaban llegando al hangar número cuatro. Las puertas descorridas
mostraban un interior admirable. Allí se encontraban estacionados muy
diversos tipos de aparatos. Todos en perfecto estado, relucientes y como
nuevos. Algunos conocidos, otros de diseños inimaginables. Tal espectáculo le
distrajo momentáneamente.
- Observo que ha decidido la opción del tuteo – dijo apretando su brazo
procurando su atención –, sea entonces. Haz memoria alumno, dudaste entre
sacar el tren de aterrizaje y luego disminuir la potencia. Lo hiciste al revés.
Ello, provocó una frenada considerable, motivo por el cual, produjo que los
motores a escasa revoluciones culminaran en la parada total; hecho debido a
que en ese instante la combustión en los de cuádruples inyección requiere un
consumo porcentual. Ese es el problema de tu aparato. Te lo habían advert ido
los ingenieros como posible elemento determinante, pero tus dudas y
arrogancia, determinaron el desast re en el que te vistes envuelto.

19
Aquella respuesta hizo que retirara toda consideración ante la vis ión que
se ofrecía. La miró fijament e, parando todo movimiento. Recapituló.
Efectivamente aquello era cierto. Había salido para realizar un vuelo de
pruebas. Dieron mult itud de instrucciones, y esa precisamente no la retuvo en
la memoria. Tenía razón. Dudó. Fue culpa suya. ¿Pero cómo podía saber ella
esos detalles?
- No le des más vueltas. Aquí lo sabemos todo. Antes de que llegaras, tu
hoja de servicio te precedía con los detalles. Pero olvídalo, eso es pasado, ¿o
no? Ahora estamos en otra cuestión – concluía sacándole de su introversión –.
¿No te parece?
- Ya no sé lo que me parece – proclamaba en voz baja, algo estupefacto,
casi sin ánimo –, sinceramente, esto me está abrumando por momentos.
Ella aferró con mayor fuerza su brazo, como hizo la pr imera vez,
procurando que continuara caminando.
- Por experiencia, sé, que todo t remendo cambio puede dejar a
cualquiera en el más absoluto caos. Será mejor pasar a la acción. Será mejor
que empieces a volar de nuevo, esto es algo que a cualquier piloto lo saca de
sus más tremendas perturbaciones. ¿No crees?
¿Qué contestar? No había palabras que llegaran para expresar sus
sentimientos afectados.
- Relájate, Jano, todo va bien – Insinuaba procurando hacer transmitir un
poco de calma a su perturbado brío –. ¿Qué tienes que perder? Como tú
sueles decir. Acompáñame, te presentaré a Pitt.
La forma en que lo dijo provocó el retorno a sus anteriores pensamientos.
Continuaba descentrado. ¿Qué tenía que perder, si al parecer, ya no quedaba
nada por perder? Desapareció su vida, los amigos, la familia, su completo
mundo. Ahora, todo era nuevo. Al menos, eso parecía.
Caminaron contiguamente a la f ila de hangares. Ella muy segura de sí,
silbando. Él, en sus cavilaciones, resoplando. Una vez dentro del número seis
tuvieron que sortear algunos de los aviones. Otros los pasaron inclinando la
cabeza por debajo de las alas. Hasta que toparon con una puerta de madera en
gris sucio con manchas de grasas alrededor del picaporte. Curioso, pensó,
todo reluciente e impecable menos esa entrada. Un letrero señalaba que allí se
debería encontrar el Jefe de Instrucción.
Pal empujó la puerta y entraron. Había papeles de informes de todo tipo
colgados de las paredes, junto a mapas aéreos y cuadros con caras
desconocidas. Archiveros colocados en un orden algo caprichoso armonizaban
el resto del entorno. Lo más destacado, la amplia mesa central bien lustrada y
brillante. Parecía de madera noble y estaba muy cuidada aunque parecía tener,
por su estilo, muchos años o algún siglo que otro. Era un elemento que no

20
cuadraba con el resto de la decoración, puramente funcional. Tras ella con los
pies cruzados sobre la misma, un tipo de unos sesenta y largos años, de pelo
canoso y tez oscura. Las facciones marcadas de las arrugas se acentuaban al
mostrar una sinuosa sonrisa reconciliadora. Debería llegar a rondar el metro
noventa, algo que se manifestó al levantarse de un salto. Conservaba una talla
estupenda, su complexión lo especificaba el ajustado traje de vuelo del que
destacaba el emblema de General de tres estrellas.
- Buenas tardes Jano. Se bienvenido – pronunció a modo de presentación
con forma algo distraída, pero íntima –. Puedes llamarme Pitt, es la costumbre
– dijo alargando la mano. Él la estrechó correspondiendo el ofrecimiento
realizado por el nuevo conocido quien apretó con fuerza inusual –. Sentaos,
por favor. ¿Queréis alguna infusión? Es lo único que suelo tomar; y, también,
ofrecer.
Ambos denegaron con la cabeza dando las gracias mientras ocupaban las
sillas ofrecidas.
Sobre la mesa, había varios montones de documentos correctamente
apilados; eran hojas de servicios. Para su pasmo, la suya estaba abierta; su
fotografía a la vista denunciaba el hecho. ¿Acaso le iban a pasar revista de
toda su vida? ¿Constituía esto el famoso tribunal que existe después de la
muerte? La evidencia de su fallecimiento era palpable, aunque no podía estar
seguro de que lo que percibía fuese el cielo esperado por todo mortal. Quiso
permanecer callado a la espera de los acontecimientos, total ¿qué tenía que
perder? Se repetía insistentemente. Al parecer, ya no tenía control sobre su
vida, si es que alguna vez la tuvo. De soslayo percibió la mirada cómplice de
Pal a la que correspondió con timidez. Pitt parecía escrutar algo al marcar con
el índice la primera página. No había tensión en el ambiente, al contrario, la
tranquilidad y el s ilencio inundaban un recinto que normalmente debía estar
repleto de ruido proveniente de herramientas rodadas por el suelo, golpes
metálicos, las voces de los mecánicos y el ruido de algún motor al encenderse
para su prueba; lo propio de un hangar de mantenimiento.
Jano permanecía aún profundizando en sus análisis, cuando el Jefe de
Instrucción le sacó de su estado elucubrador al tiempo que colocaba, de nuevo,
las piernas sobre la distinguida mesa.
- Antes de empezar… ¿Cómo te encuentras? – su pronunciación sonaba
entrañable, realmente había intención en la pregunta. No era una mera
expresión de cortesía –. Espero que estés confortable y listo para la enseñanza.
¿Quieres que empecemos cuanto antes, o prefieres aclarar alguna duda o
circunstancia?
Él percibió verdadero interés en cada una de sus palabras. Ese hombre no
hablaba por hablar. Era algo que muy pocas veces, en su extinta vida, había

21
podido detectar en otras personas. Incluso apreció a reconocer los altibajos
adecuadamente modulados en el tono durante la corta alocución. Y se
propuso, por tanto, ante tanta delicadeza en el uso del lenguaje, contestar a
cada una de las cuestiones y en su debido orden.
- Verá, señor,...
- No. No, Jano, nada de señor. No es necesario el tratamiento militar.
Llámame, simplemente, Pitt. ¿De acuerdo?
- Me parece bien... – Continuó algo dubitat ivo –. Pitt… Usted – Titubeó
de nuevo en la fórmula de cortesía a emplear, antes de ser corregido por lo que
sus ojos percibieron en el cruce de miradas con el Jefe de Instrucción –. Bien,
Pitt, me encuentro bastante bien para estar muerto – dijo al mismo tiempo
que tocaba su cuerpo material, mientras Pitt y Pal reían el chiste –, incluso
puedo añadir que estoy francamente en mejor estado que antes del accidente
pese al manifiesto cambio físico en mi persona. He comprobado mis
constantes vitales y están en buena calibración. Por otro lado, Pitt, y ya que lo
mencionas, quisiera saber qué es lo que debo empezar, pues parece que he de
iniciar clases de vuelo, algo que considero absurdo, pues si has mirado mi hoja
de servicios – manifestó con descaro, señalando la suya –, podrás apreciar que
poseo más de cinco mil quinientas horas en muy diferentes aparatos, y ello me
confirma como alguien que domina el arte del vuelo – argumentaba orgulloso
al unísono que Pitt mostraba una media sonrisa, esperando terminara el
alegato, apoyando su cabeza sobre el puño izquierdo –. Por otro lado, y tal
como has mencionado, sí, me gustaría aclarar algunas cuestiones que pienso
deben solventarse. Cosas como...
El General, en ese instante, le indicó con la palma de su mano derecha que
parase de hablar, al mismo tiempo que dejaba su cómodo sillón tapizado en
capitoné, dirigiéndose hacia un estante a las espaldas de su interlocutor. Del
mismo extrajo un libro de pasta azul turquesa, de tamaño bolsillo, no muy
grueso, que de forma silenciosa depositó al filo de la mesa, justo delante del
alumno. En su portada f iguraba en letras claras y nít idas, sin aditamentos o
dibujos, un título que def inía el inter ior de aquel cúmulo de páginas : “Reglas
de vuelo”.
- Cualquier cuestión… repito, cualquier cuestión que quieras aclarar la
podrás encontrar resuelta ahí.
Sin permiso, lo cogió con avidez. Miró la contraportada, no había nada
escrito. Abrió las primeras páginas buscando la editor ial, el autor, lo que
caracteriza e ident ifica a cualquier libro, pero no había nada. Ni tan siquiera
encontró el índice al principio, tampoco al final. Por fin, algo intrigado, pasó
las páginas con rapidez. Al menos estaban escritas. Unas tenían las letras muy

22
grandes, otras en cambio, las menos, muy pequeñas. Lo contundente es que
había gran número de ellas en blanco.
Pal y Pitt cruzaron sus miradas cuando Jano percibió el detalle de esas
páginas. ¿Quién de los nuevos no lo hacía? Incluso ellos recordaron cómo lo
hicieron en su día. Ahora, evidentemente, esperaban la pregunta con la que
todo novato concluía tras éste suceso.
Para Jano aquél libro sólo suponía una distracción evidente a sus ansias de
conocer los porqués que zumbaban aceleradamente en su mente.
Seguro que ocultaban algo más, pensó. Ese era el momento de decirlo,
quizá; porque quizá, le inculcaba la intuición, no tuviese otra oportunidad.
Podría parecer un tonto, pero en realidad, esto, simulaba una tomadura de
pelo; especialmente después de haber leído una frase escogida al “azar” que
no tenía nada que ver con el asunto en cuestión: “Saber Volar es saber Ser,
cómo Hacer y qué Tener”. ¿Acaso esa sentencia podía de algún modo
contribuir a la formación real de un piloto? Ser piloto es otra cosa muy
distinta, y, ellos, deberían saberlo.
- Veamos – pronunció, al fin, lanzando lo que creía podría ser un órdago
–, si lo he entendido correctamente. Aquí enseñan o, mejor expresado,
pretenden enseñarme de nuevo a pilotar aviones. ¿No es así?
Ambos instructores se volvieron a mirar. Esa no era la cuestión que
esperaban. No obstante era algo usual que solía escupir el orgullo malher ido
de todo aquel que se consideraba un as del viento.
- En realidad no. No es esa nuestra pretensión – manifestaba Pitt abriendo
los brazos con amplitud –. Nosotros no pret endemos nada de ti. Eres tú quien
está aquí de forma voluntaria, para aprender a volar, no a pilotar, arte éste
último, que ya has demostrado conocer con creces en detrimento del anterior.
- ¿Cómo dice? – escupió a bocajarro medio descompuesto inclinando la
espalda hasta rozar el borde de la mesa –. ¿Qué diferencia hay entre volar y
pilotar? Para mí es lo mismo. Además, yo no he venido aquí por propia
voluntad, ni siquiera sé por qué estoy en este aeródromo perdido en no se sabe
dónde.
El Jefe de Instrucción se reclinó con comodidad en su asiento colocando,
como parecía ser su norma, los pies sobre su mesa al tiempo que hacía lo
mismo con sus manos tras la nuca. Pal, sonriente ante tal exaltación, cruzo su
pierna derecha sobre la izquierda enfilando todo su cuerpo hacia el alumno
desencajado, dispuesta a descomponer su expresión algo más de lo que sus
palabras demostraban.
- Esa diferencia es la misma que existe entre aprender a ser f eliz y saber
vivir. Tú sabes vivir, y lo has demostrado en multitud de ocasiones, pero ¿Has
sido realmente f eliz viviendo?

23
Por si fuera poco, mascullaban sus entrañas, ahora la rubita moscardona,
planteaba un símil filosófico para cuestionar su pregunta.
- ¿Sabes una cosa, encanto? – pronunció impetuoso –. Es de mala
educación contestar con otra pregunta. Lo menos que tendríais que hacer es
responder de una vez a algo, cosa que no hacéis. Ni s iquiera podéis imaginar
el estado en el que me encuentro. Estáis agotando mi paciencia y mí...
- Creo, querida Pal – corto Pitt, alzando la voz sin inmutar su posición,
aunque mostrando una grata y radiante sonrisa que ref lejaba serenidad –, que
será mejor que le lleves a volar un rato. Este chico necesita respirar aire puro.
¿No te parece?
Ella se incorporó como si obedeciera una orden con prontitud marcial,
dispuesta a cumplimentar tal sugerencia. Jano la miro de reojo, sin que de su
campo de visión desapareciera la figura del canoso General. Parecía que no
iba a lograr gran cosa preguntando. Sería mejor calmarse. Aquí nadie parecía
querer aclarar nada. Quizá en el aire se despejase su malestar, no sus dudas.
Allí, arriba, él se sentía dueño del mundo.
Cuando estaban a punto de salir de la oficina Pitt le volvía a hablar sin
expresar movimiento alguno.
- Jano, se te olvida el libro. Deberías llevártelo, te aseguro que te será de
mucha utilidad. Sin él no creo que puedas aprender mucho mientras dure tu
estancia entre nosotros.
De mala gana, y con formas no muy ortodoxas, lo recogía introduciéndolo
en el bols illo lateral izquierdo del mono de vuelo.
Una vez fuera, siguió a Pal a unos metros de distancia. Marchaba resuelta,
segura, esperando, imaginó, alguna reacción.
- ¿Acaso ese tipo se cree Dios? – Insinuó con acritud en mitad del
hangar.
- Es Dios, si tú así lo crees.
- ¿Encima pretendes mofarte de nuevo? – Espetó elevando en exceso el
volumen.
Pal paró en seco girándose hasta encararlo. Esperó a que llegara a su altura
y de un movimiento seco le arrebató el libro de la pernera. Lo asió con ambas
manos abriéndolo para que pudiera leer algo que estaba impreso en alguna de
las páginas : “Las cosas son como tú quieres que sean, lo que es verdad para
ti, lo es”.
- Otra vez con respuestas que no concluyen nada. ¿Acaso con lo que éste
estúpido librito dice, voy a saber algo más de cómo volar?
- A ver si lo entiendes de una vez – exclamó con amabilidad, controlando
sus impulsos –, nadie duda de que seas un buen piloto, has sobrevivido, pero,
no has aprendido el modo de ser f eliz, por tanto, no sabes volar –. Y cerró el

24
libro devolviéndolo al tiempo que le soltaba otra mofa –. ¿Lo pillas, ahora,
listillo?
Una vez más no había respuestas. Sólo elucubraciones, símiles y
comparaciones. Aquello no podía seguir así. La agarró antes de que
emprendiera el giro para terminar de salir del barracón dejando una distancia
inferior a medio metro entre sus cuerpos bien lozanos y excitados de
temperamento.
- Dime tan sólo una cosa. ¿Acaso estoy muerto, Pitt es Dios y tú uno de
sus ángeles?
Pal no pudo más que desternillarse de r isa. Esa era la cuestión que repetía
una y otra vez cada recién llegado. Al f in lo dijo. Era algo que no fallaba.
Jano se llenó de estupefacción. Si no fuese mujer le hubiese dado un buen
puñetazo en las narices. No podía concebir cómo podía estar tomándole
continuamente el pelo esa mocosa con grado de Coronel.
Ella procuró recomponer la figura y musitó una invitación que no podría
denegar.
- ¡Anda, Jano! Vamos a volar, allí arriba aclararás las dudas. El cielo
nos espera.























25
3. Sobre Ís.


“Querer ser libre, es ser libre”
Ludwi g Börne. Escritor alemán (1786-1837)

“No creáis en nada simplemente porque lo diga la tradición, ni siquiera
aunque muchas generaciones de personas nacidas en muchos lugares
hayan creído en ello durante muchos siglos. No creái s en nada por el
simple hecho de que muchos lo crean o f injan que lo creen. No creáis en
nada sólo porque así lo hayan creído los sabios en otras épocas. No creáis
en lo que vuestra propia imaginación os propone cayendo en la t rampa de
pensar que Dios os inspira. No creáis en lo que dicen las sagradas
escrituras sólo porque ellas lo digan. No creáis a los sacerdotes ni a
ningún otro ser humano. Creed únicamente en lo que vosotros mismos
habéis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al
dictamen de la razón y a la voz de la conciencia
Buda. Fundador del budi smo. (563 AC-386 AC)








Treinta minutos después estaban a bordo de una Bücker; un biplano de
doble cabina, hélice de doble pala, y motor de setecientos veinte caballos de
potencia rugiendo a dos mil revoluciones por minutos. Juntos, permanecía en
la cabecera de la pista uno seis izquierda.
Pal realizó el chequeo final antes de que partieran hacia rumbo, aún,
desconocido. El Cadete-alumno que ocupa, como mandan los cánones, el
receptáculo delantero, se conformaba con la inoperancia esbozada de su
desaliento; aburrido y casi aletargado, mostraba una apt itud indolente e
inoperante.
A su edad y exper iencia, había que añadir la humillación de tener que
cabalgar en un bicho anticuado como ése: una antiquísima avioneta diseñada
para la enseñanza. La situac ión enunciaba algo grotesco, torpe, banal, ridículo
y absurdo. Lo cruel era que no podía salir del maldito sueño, en el que parecía

26
estar atrapado. Volver a los inicios del vuelo constituía una bofetada muy dura
que no encajaba con aplomo.
Absorto, sin atender a los procedimientos pre-vuelo, perpetuaba una mirada
ida en el interior de la cabina, que exquisitament e limpia, sólo era adornada
por cinco ridículos instrumentos: un manómetro de temperaturas para el motor
y el aceite, un rudimentario indicador de giros, una brújula, un altímetro, y
algo que parecía acoplado a ult ima hora: una miniatura de aguja que mostraba
las revoluciones del motor de forma muy oscilator ia. Un equipamiento
demasiado elemental.
La voz de Pal interrumpió cortando la visualización.
- ¿Listo para el despegue?
¿Qué si estoy listo? Pensó, aunque no se atrevió a decirlo. Esto no va a ser
un despegue, sólo parecerá que estamos jugando con aviones de papel.
Él estaba acostumbrado a tener delante pantallas digitales y ordenadores de
navegación que mostraban multitud de datos con secuenciadores para el
establecimiento de parámetros que coordinaran el vuelo, así como GPS,
orbitales inerciales, fluctuadores lumínicos, aparatos, en definitiva, donde
lat itudes, magnitudes y longitudes se manifestaban con sólo tocar algunos
botones o rozar las pantallas táctiles. Estaba acostumbrado a volar alto y
rápido. Estaba acostumbrado a ser un cohete con un reactor de combate. Sin
embargo, ahora, permanecía introducido en un obsoleto cacharro de doble ala
que no podía escalar mucha altura con una velocidad máxima de crucero que
no superaba los trescientos kilómetros por hora. Supuso que el vuelo iba a ser
mortecino.
- Sí, lo estoy – proclamó con desprecio y pesar.
- No seas deprimente –pronuncia con ánimo –. Disfruta del vuelo.
- Eso será si éste trasto despega.
La risa contagiosa de Pal llegaba a través del hilo conductor del interfono,
provocando un leve movimiento de labios en su estudiante, quien terminó por
adoptar una actitud algo benévola.
- Te agradecería que procedieras con las comunicaciones, Jano, el avión
es todo tuyo ¿Entendido? Todo, y, solo tuyo.
- Torrecita de Nairda – solicitó con descaro y desprecio –, aquí “súper-
súper” Bücker tres cero tres, listo para despegue.
- Tres cero tres, viento en calma. Proceda. Autorizado despegue –
contestó la controladora sin echar candela al exabrupto emocional
incalif icativo.
- Entendido. Comprobemos si este cacharro no necesita un bastón para
remontar y tienen que venir a recogernos en mitad de la pista – despotricó con
descaro desafiante.

27
Aún riéndose, sarcásticamente, impulsa la palanca de gases hasta el fondo
soltando los frenos al mismo tiempo. La avionet a se encamina con suavidad
hasta el inicio de la uno seis izquierda. Se endereza con elegancia, enfilando
su cuerpo gris plateado hacia un vacío desconocido que la vista, aún, no
percibe. La velocidad, para su sorpresa, se incrementa gratamente con rapidez.
Sin duda el motor debía estar trucado o rectificado proveyéndole de alguna
impulsión especial.
La cola empieza a subir permitiendo que la total extens ión de la pista pueda
divisarse con claridad. Se mant iene derecho, rodando a más de ochenta nudos
sobre la línea amarilla discontinua que marca el centro. Jano comienza a
experimentar una sensación olvidada: el viento golpeando la cara es un
aliciente de excit ación que no puede disfrutarse dentro de una cabina cerrada.
El zumbido producido al penetrar el elemento gaseoso, por los resquicios del
copit, y el que perciben los oídos, pese a estar protegidos por los cascos, es
algo también agradable, fascinante, embriagador.
De golpe un ruido deja de ser percibido. Las ruedas han desechado el
contacto con el cemento negro por el que corrían desesperadas y extenuadas.
Está en el aire. Sube con un ángulo de más de treinta grados. Jano calcula, con
independencia del registro del altímetro, que han escalado, en pocos segundos,
dos mil pies de altura; todo un record para éste antidiluviano con alas.
La velocidad disminuye, lent amente. Es lógico, el esfuerzo es considerable.
En breve habrá que enderezar el morro y estabilizar la nave. El motor, pese a
parecer fresco y nuevo, no se merece un rendimiento excesivo sin necesidad.
Dos minutos más tarde toda la potencia estaba siendo exprimida al
máximo. La veloc idad seguía decreciendo, en cualquier instante podrían entrar
en pérdida. Pese a ello, era algo sin importancia pues la altura conseguida
otorgaba un margen de maniobra excelente para cualquier recuperación. En
poco tiempo había alcanzado una cota superior a los ocho mil pies.
Miró de reojo a la derecha y hacia atrás. Podía ver a lo lejos el aeródromo.
Realmente era inmenso. No sabía que tuviera tres pistas de aterrizaje. Dos en
paralelo y una cruzada casi en perpendicular. La mult itud de los hangares era
un hecho incuestionable. Y lo más sorprendente, es que, pese a la distancia
que le separaba, podía distinguir en t ierra la s ilueta de muchísimos aviones.
¿Para qué tantos?... Otra cuestión a resolver, pues en las escasas horas que
llevaba instalado no había visto un alma, aparte de la de Pal y Pitt, si es que
ellos la poseían… ¿Y dónde estarían el resto de los alumnos, si es que
existían?
El ruido del motor estaba cesando, se hacía algo más sordo. Era la señal
evidente del máximo rendimiento al que podía seguir rugiendo aquellos
increíbles caballos de poder con ese ángulo de ascenso. O Pal disminuía, o

28
llegaría lo inevitable, se dijo. ¿Qué pretendía? Esto no es una clase elemental
de vuelo, es sólo el regodeo de una niñata, con galones de Coronel, intentando
machacar un obsoleto aparato forzándolo al límite. Tendría que poner fin a
esta historia, sin sentido, antes de que desmembrara toda la estructura de la
Bücker.
- Pal, ¿hasta cuando piensas continuar? ¿No te das cuenta del peligro en
el que nos estás colocando? Puedes destrozar el avión.
No hubo respuesta. El silenc io en sus auriculares se confundía con el ya
apagado murmullo que del motor rezumaba rozando lo exhausto.
- Pal, contesta, dime algo. ¿Acaso pretendes matarme otra vez? – De
pronto se dio cuenta del sentido del humor que estaba desarrollando, y que en
realidad aquella excitación le estaba divirtiendo –. Pal, o paras el ascenso o lo
haré yo.
De nuevo la respuesta fue idéntica. Tan sólo se le ocurrió mirar hacia atrás,
quizá no hubiese comunicación int erna. Podían estar fallando los auriculares
de ella o el micro de él. La vista fue aún más sorprendente que la anterior. El
aeródromo seguía a lo lejos, desdibujándose. Pero lo peor fue no encontrar a
su instructora en el asiento de mando. ¿Dónde estaría? ¿Qué había pasado?
Esto no podía estar ocurriéndole. No, no a él. ¿Y si se hubiese agachado? ¿Le
estaría gastando una broma? Sería mejor mantener la compostura e intentar de
nuevo la comunicación.
- Pal, ¿me recibes? – el silenc io se repetía como respuesta, pero insistió
–. Pal, contesta – de nuevo era ignorado.
Volvió a mirar hacia la cabina trasera. No había nadie. De pronto el
avisador de perdida empezó a sonar. El avión iba a desplomarse. Asió la
palanca de mando con rapidez. No quería perder el control de la nave. Pero no
pudo evitar lo. Era tarde. La Bücker se desmoronaba entrando en barrera.
Había perdido el gobierno total del vuelo. Ret iró gases, tiró de la palanca
hacia sí, y metió todo el pedal en el sentido del giro en que se habí a iniciado
el avión. Era la única forma de recuperarlo. Tardaría más o menos, pero
terminaría dominando el aparato.
- ¿Me recibe tres cero tres?
Por si faltaba algo, ahora Pal incordiaba con su tardía respuesta. Con todo
aquel bailoteo no encontraba el botón del intercomunicador. Estaba girando y
girando. Aquello no parecía terminar. Además, no llevaba paracaídas. Eso le
puso aún más frenético, pero alcanzó a pulsar la tecla de audio.
- Maldita seas ¿Dónde estas instructora de pacotilla? – gritó con ira
- En t ierra. Concretamente en la Torrecita de Nairda como tú,
grotescamente, la llamas. Vigilando tu vuelo – respondía sin inmutarse,
mofándose con denuedo.

29
- ¿Qué haces en la torre? O mejor ¿Cómo nar ices has llegado hasta ahí?
No te he visto saltar.
- Ventajas de ser instructora – manifestó con sorna –. Bien, Jano, ya he
escuchado tus llamadas ¿Quieres respuestas o soluciones?
No podía creerlo. En medio de una emergencia sólo se le ocurría plantear
un jueguecito filosófico.
- ¿Cómo? ¿Acaso no es lo mismo? – exhaló empapado en sudor.
Asombrado de entrar al quite.
Él sólo quería salir del embrollo en el que ella le había met ido. El altímetro
había dejado de indicar, no podía saber a qué altitud se encontraba, ni cuántos
metros descendía por minutos; aún menos, calcular cuánto tiempo le quedaba
para estamparse contra el suelo. Estrellarse dos veces el mismo día era el
colmo, y un lujo que no iba a permitirse.
- Repito, ¿Quieres respuestas o soluciones?
- Lo que sea con tal de terminar esto que está durando demasiado. Creo
que estoy metido en una barrena plana de la que no pueda salir.
- Entonces querrás una solución ¿No?
- Sí, maldita sea – gritaba ordenando, suplicando –, dame la solución de
una vez.
- Bien. Primero no pienses en matarte, ya no vives, por tanto, olvida eso
que, ya, no es un problema – esto le produjo un momentáneo shock–.
Segundo, estás pisando el pedal equivocado, el avión gira en ese sentido. Y
tercero: inclina la palanca hacia delante, e introduce gases a fondo.
Esto último le asombró más. Había hecho justo lo contrario a los
procedimientos. Erró en lo más básico que se enseña a cualquier principiante.
Ejecutó las acciones exactamente al revés.
La Bücker, con suavidad, reaccionó. Recuperaba su compostura girando
por última vez a babor. Luego, se mantuvo en un curso fijo elevándose hasta
nivelar. Y cuando estuvo a una buena distancia del suelo redujo los gases a la
mitad. De nuevo el control estaba en sus manos. Llegó el momento de mirar a
ambos lados buscando alguna referencia que le indicara dónde se encontraba
Nairda.
- Tres cero tres. ¿Me recibe?
- Sí. Alto y claro. ¿Puedes indicarme cuál es mi posición? No encuentro
el aeródromo, ni referencias para poder regresar – indagó recuperando cierta
parcela de serenidad.
- Vire a uno dos siete cero y mantenga rumbo durante diez minutos
aproximadamente. Tiene viento cruzado de veinte nudos desde el Este. Corrija
la deriva, no sea que se pierda.

30
- Recibido. Lo haré. Pero, ¿podrías decirme por qué has permitido que
ocurra todo esto?
- Tres cero tres, es su f orma de volar, a lo que usted llama pilotar, cosas
obviamente distintas.
No podía dar crédito a ello. Encima tendría que cargar con la culpa. No,
por ahí no podía, ni iba, tragar. Ella había provocado ese ascenso hasta el
límite, lanzándose en paracaídas, dejándole sólo; estaba seguro de que ésa fue
la jugada.
- Mira Pal, estés donde estés, has sido tú quien me has conducido a la
pérdida, y luego me has abandonado.
- Tres cero tres, crea lo que le digo, y entienda que lleva un día algo
duro, y especial; con muchas vivencias y sensaciones extremas. Le dejé en
cabecera de pista cuando le pregunté si estaba listo y que el avión era todo, y,
solo suyo. El resto lo ha hecho usted, aunque no lo recuerde. Ha despegado y
subido hasta provocar la barrena. Ésa, es su forma de volar.
- Eso es imposible. Tú estabas en la cabina, yo lo vi.
- Tres cero tres, créalo, todo lo ha hecho usted. Tranquilícese. Mantenga
el rumbo dado, procure calmarse y disfrutar del vuelo. Serénese. Y cuando
vuelva a contactar, hágalo en la frecuencia 122.0. Déme enterado, por favor.
¿Qué contestar? Pensó. Me está tomando el pelo una y otra vez. Será mejor
que aterrices, se convencía, y duermas un buen rato, de seguir así vas a
terminar desquiciado, además de muerto.
- Entendido. Corto – afirmó secamente.

Durante el tiempo indicado para la finalización del vuelo restringió la
mezcla del carburante de acuerdo a la altitud que mantenía según su estimado
cálculo visual. Realizó la corrección con respecto a la velocidad y dirección
del viento. No quería, bajo ningún motivo, perderse; eso sería hacer un
completo ridículo.
Lo que no podía comprender es cómo había podido alejarse tanto de Nairda.
Si había estado ascendiendo durante no más de quince minutos, con un ángulo
tan ceñido, lo lógico sería encontrase en las inmediaciones. Y con la excelente
visibilidad reinante debería localizarse perfectamente algún rastro, aunque lo
único que se percibía era un manto verde de campos en cultivo, algún que otro
riachuelo, y varios caminos de tierra.

Los teóricos diez minutos previstos, para visualizar Nairda, se concluyeron
hacía media hora. No quería ni pensar que había vuelto a errar. ¿Dónde
estaría? ¿Habían introducido las correcciones oportunas? ¿Tendrían razón en
que debería tomar clases de vuelo?

31
El cielo persistía despejado, pero pudo contemplar como la luz iba
disminuyendo. El ocaso estaba pronto y aquel nuevo día, de ésa no sabía, aún,
si denominar nueva vida, iba a concluir, por fin, con acierto o desventura.

Sumido en mantener la Bücker recta y nivelada, seguía explorando el
terreno; aunque nada halagüeño percibía. Fue entonces cuando Pal se
interpuso entre sus pensamientos.
- Tres cero tres. ¿Me recibe?
- Aquí tres cero tres – contestó sin atreverse a transmitir su estado de
desesperación con respecto a su posición –, alto y claro, espero instrucciones.
- Tres cero tres, en breve deberá ver, al oeste, lo que es el cráter de Ís.
Es una inmensa extens ión de terreno hundida que forma un círculo casi
perfecto. En concreto es una grandísima corona circular. En su centro hay una
alt iplanicie de igual forma con una pista de tierra en el centro. Será como
aterrizar en un portaaviones. Diviso su aparato desde mi posición. Aterrice. La
cena está preparada.
Buscó en esa dirección, pero apenas podía divisar tal descripción. El sol,
despidiendo lo que de día quedaba, con sus rayos aletargados teñidos de rojo
sangre, provocaba un efecto neblina con la notoria disminución de visibilidad.
- Entendido. Corto hasta estar en las inmediaciones.
Imaginó que ella tendría la posibilidad de divisarlo desde tierra, dado que
tal resultado solar no afecta desde el suelo. No obstante, corrigió el rumbo
diez grados apuntando el morro hacia la posición indicada. Era evidente que
su instructora le había guiado a otro destino sin advertencia previa, algo que le
producía una gran irritac ión en su ser. Se sentía engañado, vilipendiado.
Recibió instrucciones, según entendió, para regresar, no para emprender un
viaje a otro lugar desconocido; además, lo había hecho sin atender a la
cuestión de que le era inhóspito el lugar y que no portaba cartas aeronáuticas.
- Tres cero tres. Debe ver la pista. Está muy cerca. Acabo de encender
las luces de la misma.
- Aquí tres cero tres. Desde mi posición todo parece similar. ¿Puede
darme alguna indicación?
Estaba confundiendo los colores con las sombras que, desde el fondo,
algunos picachos proyectaban al ocultar el astro solar.
- Descienda y podrá visualizar lo.
Lo hizo entrando a formar parte de la semioscuridad, y, justo entonces,
percibió la doble hilera de luces azules que marcaban la pista.
- Tres cero tres. Lo distingo. Viro para entrar en final y procedo al
aterrizaje.
- Entendido tres cero tres.

32
La descripción que le había sido perfilada no se podía definir con la escasa
luminosidad. Sólo acertaba a distinguir un gran contorno circular, muy oscuro,
y, en su centro, otra parte algo más clara donde tendría que posarse lo antes
pronto posible si no quería hacerlo totalmente a ciegas.
Estaba deseoso de llegar. La jornada había resultado ser un conjunto de
incidentes que prefería no calif icar. Sólo quería llegar, tomar una buena ducha
calient e, cenar, y dormir.
Calculó unos doscientos metros para tocar tierra. Bajó los flaps para no
aumentar la velocidad y mantuvo el motor en revoluciones. No quería
arriesgar. Prefería entrar con una velocidad alta a quedarse sin potencia.
Tampoco conocía la pista, y su sentido común aconsejaba prudencia; más si
era de tierra, superficies a las que no estaba acostumbrado.
- Tres cero tres. Proceda al descenso con cuidado. Tanto el inicio como el
final de la pista, empieza y termina en un pronunciado acantilado de más de
setecientos metros de profundidad.
A buenas horas comunicas eso, se dijo. Esa chica le encrespaba los nervios.
El sol se había despedido por completo, la visibilidad era casi nula. Ahora,
se ordenó, procediendo con sus intenciones. Las luces pasaban demasiado
rápido, se estaba quedando sin pista. Era algo que no había calculado. Entraba
con exceso de velocidad. Si impulsaba la palanca hacia delante podría tocar de
golpe, estampar la hélice contra la tierra y capotar. Debía evitar cualquier
fallo. No más accidentes. Era algo que no se podía permitir, mucho menos
delante de su nueva instructora, eso sería una humillación difícil de olvidar.
- ¡Aborte! ¡Aborte! Aborte la maniobra tres cero tres, se ha quedado sin
pista – la voz de Pal era apremiante a la vez que autoritar ia –. ¡Al aire, al aire,
al aire! Vuelva al aire e intént elo de nuevo. ¡Aborte! ¡Aborte!
Jano no contestó. Apenas quedaban un par de luces por rebasar y las ruedas
rozaron con suavidad lo que debía ser el final. Lo curioso es que no rebotó.
Siguió en un descenso débil y ligero. Miró atrás. Las azules luces habían
desaparecido. Entonces entendió que estaba descendiendo en aquel anunciado
acantilado de más de setecientos metros. Lo que no sabía, e importunaba, era
el desconocimiento de la distancia hasta el otro extremo de la depresión.
- Tres cero tres ¿Suba, suba! Se ha hundido en el cráter, debe subir o se
estrellará. ¡Suba, suba!
No se tomó la molestia en responder. Ya tenía suficientes preocupaciones
como para inmiscuirse en fórmulas de cortesía. Bien sabía lo que le estaba
ocurriendo. Tiró de la palanca hacia sí, hasta el tope. Ahora, sólo quedaba
esperar. O los setecientos caballos de pot encia lo emergían de aquel oscuro
pozo, o se vería de nuevo con el escarmiento de un nuevo desastre aéreo.

33
¿Sería una nueva muerte? ¿Pasaría a otro plano donde tendría que aprender a
montar en patinete o volar con aviones de papel?
El avión reaccionó con prontitud e inic ió un giro suave a derecha. De
nuevo podía divisar las salvadoras franjas azules atrás, eran su única
referencia visual ostensible. Respiró con tranquilidad, recuperando el aliento.
Esta vez no cometería el mismo error. Enfilaría con la mínima velocidad de
sustentación. No quería volver a correr el mismo riesgo. Y aunque nadie
pudiera contemplar aquello en medio de la oscuridad reinante, se sentía
tremendamente defraudado consigo mismo.
- Bien tres cero tres; esta vez realice la aproximación f inal a menos
velocidad o se volverá a tragar la pista. Puede hacerlo, ánimo.
Una vez más no quiso darle pábulo en réplica. Sólo quería verla para
estrujar su cuello hasta dejarla sin respiración. No, no señor, eso no se le hacía
a él. Esas no eran maneras de enseñar nada. Sin cartas de navegación, sin plan
de vuelo, sin instrucciones precisas. Se sentía un guiñapo en manos de una
rubia caprichosa, de una estúpida con galones. Estaba defraudado, cansado,
angustiado y hastiado.
Giró de nuevo para enfilar su destino, si es que lo tenía. De nuevo flaps
abajo, potencia al mínimo, ciento ochenta de altitud, esta vez entraría rozando
o se estamparía definit ivamente, pero no volvería a realizar ningún intento de
aterrizaje. Su orgullo decidió acabar con lo que fuera que fuese esa nueva
forma de vida estrellándose o empezaría a hacer las cosas a su manera. Se
acabaron las órdenes insultantes e inoperantes de la rubita mocosa.
Las primeras luces acababan de pasar. Retiró toda la palanca de gases. La
Bücker reaccionó obedeciendo, dejándose caer sin impulso, con suavidad,
hasta tocar con energía placentera lo que esa noche iba a ser, sin ser advertido
nuevamente, su albergue y descanso. Finalmente aplicó con fuerza los frenos
que pronta y eficazmente reaccionaron.
- Tres cero tres, de la vuelta y reconduzca el aparato. Encontrará una
casa de madera a mitad de pista. Dentro tiene su cena. Puede poner la estufa si
la necesita. Le veré al amanecer, he de regresar y traer combustible. Que pase
una buena noche.
- ¿Cómo dices? ¿No pretenderás dejarme aquí tirado, verdad?
- Tres cero tres. Léase la primera página del libro antes de dormir.
Mañana le será muy útil.
Esto suponía el súmmum de la irracionalidad y la incoherencia. Le hacían
navegar hasta el f inal de ninguna parte dejándolo abandonado como a una
vulgar colilla.
- Pal – espetó con acritud y rabia, mientras giraba el aparato a la
izquierda metiendo gases y pisando el pedal del mismo lado, al instante que

34
podía verificar cómo las luces de los faros de un vehículo desaparecían de
golpe por lo que debería ser un camino –, esto no quedará así. Vas a tener que
darme muchas explicaciones cuando regreses.
- De acuerdo tres cero tres – contestaba con sorna –. Lo dejaremos hasta
ese momento. Ahora reponga fuerzas, descanse y prepárese, mañana puede ser
un día muy excitante.
¿Para qué contestarle? Parecía absurdo dialogar con ella. Se resignó. Paró
el motor, y descendió exhausto.

































35
4. El motor es el pensamiento.


“No se puede enseñar nada a un hombre, sólo se le puede ayudar a
encontrar las respuestas dentro de sí mismo”
Galileo Galilei. Físico italiano (1564-1642)

“El hombre es el verdadero creador de su destino. Cuando no está
convencido de ello, no es nada en la vida”.
Gust ave le Bon. Psicólogo francés (1841-1931)









Amarró la Bücker a los anclajes que encontró en tierra. Supuso que por
“casualidad”, eso creía él, parecía que había acertado a estacionarse en el sitio
exacto.
La noche, negra y tenaz, invadía cualquier atisbo, negando la posibilidad
de indagar los alrededores; saber algo del lugar donde se encontraba no
constituía una opción viable. Era una situación espesa, más que cualquier
pertinaz niebla imaginable.
La luz, que con debilidad saltaba desde una pequeña ventana, de lo que
debía ser la proclamaba caseta, perfilaba con la suficiente nitidez la trayectoria
que conducía hacia su ubicación. No quería imaginar cuál sería el inter ior.
Pero pensó que encontraría algo realmente cutre, desvencijado; una estancia
abandonada, pobre, sucia y mugrienta. Imaginó que la cena no sería tal cena,
sólo un par de sándwich con mantequilla aderezada de algún embut ido, y
acompañado de algún refresco a temperatura normal; de postre, alguna pieza
de fruta. Pensó que después del trajín al que había sido sometido, la crueldad
de su instructora sería un matiz que palparía en el ambiente que le esperaba.
Estaba seguro de que se habría cebado con el propósito de mortificarle.
Empezó a subir los peldaños de madera. Crujían. Era lo que temía: unas
instalaciones destartaladas en plena ruina. Abr ió la puerta a duras penas, sus
goznes permitían un movimiento limitado. Un candil, sobre una mesa llena de
polvo, alumbraba, con tristeza y melancolía, la estancia y la cena que

36
fácilmente había adivinado. Dos sillas, que parecían sacadas de un desván
olvidado, y un camastro pegado a la pared oeste constituían el estrafalar io
mobiliario. Halló en un rincón un colchón, enrollado al estilo militar, y un
juego de sábanas y mantas, al parecer limpio; justo aquello sobre lo que no
había imaginado ni pensado, estaban en buenas condiciones. Al menos podría
dormir cómodo y salubre. La estufa mencionada no era otra cosa que un
armatoste oxidado en medio de la habitación. Muy posiblemente tendría
ocluida la salida con el hollín acumulado en sus entrañas. Eran ganas de ir a
buscar leña, matarse a producir fuego para que luego el humo infectara toda la
estrecha sala produciendo la asfixia mientras dormía. Desistió.
Indagó. Aunque no había mucho donde hacerlo. El recinto era muy
pequeño. Ridículo. Abrió la única puerta existente en el inter ior. Un increíble
y putrefacto hueco redondo en el suelo ofrecía el hedor de un retrete inmundo.
De la parte superior colgaba una alcachofa metálica en forma de ducha.
Accionó el grifo provocando que la misma, atascada por la cal, saltase,
disparada por la presión de un chorro de agua de color incongruente,
estampándose al fondo del agujero. ¿Quién quería ir a pasar una noche a ese
lugar? ¿Le estarían castigando en ésta vida por el mal producido en la
anterior? ¿Estaría atrapado en un espacio-tiempo sin alternat ivas? ¿Sería un
fantasma deambulando junto a otros? Éstas y otras cuestiones saltaban sin
sosiego. Quiso pensar, pero no pudo. Ya no sabía en qué creer. Era mejor
alimentarse.
Las dudas dejaron de acudir mientras engullía, con ansias, las escasas
provisiones. Prácticamente de un trago absorbió la bebida dejada, permit iendo
al bolo aliment icio llegar hasta su estómago. De cuatro mordiscos consumió
la manzana verde reluciente de sabor ácido. Al acabar, sintió sed. Quinqué en
mano revisó en busca de algún grifo del que emanara agua potable. Lo hizo
sin resultados, tanto en el inter ior como por el exterior. ¿Acaso esa estúpida
chiquilla no pudo prever lo más básico y elemental? Inquirió en el regreso a la
que consideraba una asquerosa choza denigrante. La rabia y el odio, contra
Pal, se incrementaban por segundos. Su única fortuna la encontró en el
recuerdo de su previsión. Nunca salía a volar sin una botella del líquido
elemento. Fue hasta la Bücker resolviendo el problema, que no sus ansias por
degollar a la instructora.
Una vez satisfecha la apetencia culinaria, el resto de su cuerpo demandaba
reposo. Hizo la cama con urgencia, descuidadamente. Sin quitarse el mono de
vuelo se introdujo en ella tras disminuir la luz del candil. No quiso apagarlo,
podría serle útil. Además no tenía cerillas, ni mechero para poder activar luego
la llama si fuese necesario.

37
Apunto de conciliar el sueño, se activó la última instrucción de Pal. Y no
fue porque su pensamiento reposara en la forma de vengarse de ella. Fue al
girarse en el jergón cuando notó la incomodidad que producía el dichoso libro
alojado en la pernera. Lo sacó con desprecio, arrojándolo a la oscuridad que le
albergaba. Chocó con algo que, por el ruido, podría ser un plato; aunque él no
había visto ninguno en la cabaña. Ya tendría mañana t iempo de leerse esa
maldita primera página de ese absurdo manual de reglas de vuelo. No debería
ser tan importante como para que tener que hacerlo en esos instantes.
Aunque el cansancio reinaba en cada una de sus teóricas fallecidas células,
que en ese día seguían pidiendo alimento para seguir viviendo, su pensamiento
impedía conciliar el sueño. Conociéndose, sabía que hasta que no leyese lo
indicado, no podría dormir. De mala gana se levantó y buscó. No fue difícil,
estaba en el r incón contrario, y “casualmente” abierto por esa primera página.
Las letras eran grandes, se podía distinguir a distancia, y no fue necesario
siquiera alzar el volumen del suelo. El mensaje de la pr imera, al parecer
lección, era inaudito. Pensó que tendría que aprender algunas cuestiones y
fórmulas de memoria, pero aquello era a la vez de simple, un sin sent ido y
algo estúpido. Una vez leído se introdujo en la cama sonriendo. Si pensaban
que, con estas tonterías, iban a enseñarle de nuevo a volar, estaba seguro de
haberse apuntado, si es que lo hizo alguna vez, a la peor de todas las escuelas
de vuelo; no obstante, no pudo desalojar la frase de su mente.
El letargo acudió repitiéndola al mismo tiempo que sus labios esbozaban una
sonrisa de incredulidad.
Al menos durmió profundamente.






Segunda jornada. 05:04 horas. Cráter de Ís.

Tras ocho horas de reposo sus ojos no se abrían. Quizá transcurridas ocho
más hubiesen estado en la misma actitud de no ser por el tremendo ruido que,
como un jarro de agua fría, le hizo sobresaltarse y caer de la cama provocando
un despertar de espanto.
Lo detectó. Se trataba de un bimotor aterrizando. Su esencia así lo
manifestaba. Se sacudió de las mantas que le tenían enrollado y buscó sus
botas. Miró el reloj. ¿Las cinco de la mañana? Increíble pero cierto, el sol
había salido iluminando el inter ior mostrando, aún mejor, la escasa limpieza y

38
lo deteriorado del lugar. El ruido exter ior aumentaba. Alguien había aterrizado
y estaba dando la vuelta para llegar hasta la zona de estacionamiento.
Al acabar de atarse los largos cordones de su calzado una sombra, alargada,
inundaba la estancia. Fuese lo que fuese estaba pasando por delante de la
ventana. Miró. Adivinó la figura de un DC-3. Un aparato que había visto en
alguna ocasión. Una auténtica fascinación. Su historial era increíble. Fue uno
de los trasportes militares más conocidos. Era versátil, como pocos, y en su
mundo, ya abandonado, habían sido más que descatalogados.
Impetuoso, saltó con avidez fuera del cuartucho. El DC-3 estaba
terminando de dar la vuelta, justo al lado de su avión. La cabecera de pista
quedaba a unos cincuenta metros en la parte norte. Fue entonces cuando pudo
divisar el extraordinario espectáculo que ofrecía aquella hermosa y
maravillosa naturaleza. El capricho le rodeaba. Ís estaba, efectivamente,
situado en el centro de una depresión que, a simple vista podría decirse,
marcaba una perfecta corona circular. El centro, donde se albergaba ésta
inusitada y absurda pista de aterrizaje s in sent ido alguno, comercialmente y
estratégicamente hablando, suponía una extensión que superaba, por poco, el
kilómetro de diámetro. Una pequeña is la dentro de un boscoso lago de espacio
aún desconocido. La distancia, calculó, que lo separaba hasta cualquiera de los
extremos del inicio de la tremenda falla orográfica podía estar en torno a los
cinco kilómetros.
El aparato apagó sus motores. Buscó con la vista en la cabina la s ilueta del
piloto o los pilotos, pero el reflejo del sol le impedía percibir algún contorno.
Estaba ansioso por descubrir la naturaleza de la vis ita sorpresa. La portezuela
de salida caía justo del costado derecho, el que no podía ver. Se encaminó al
encuentro. Quizá pudiese contactar con personas que pudieran dar le algunas
respuestas, e incluso la manera de escapar de allí. Después de todo, tan sólo
había conocido a dos seres poco alentadores en su corta estancia en ésta
incierta vida. En su mundo perdido ya, él era alguien, conocía personas, tenía
amigos, familia. Tenía una vida excitante volando aviones supersónicos que le
permitían viajar a seis veces la velocidad del sonido, y ascender a grandes
alt itudes en escasos minutos. Y desde allí, contemplar un cielo limpio y
silenc ioso que le albergaba con prontitud cada vez que llegaba a sus cumbres.
No le había dado lugar a llegar a su objetivo. Apenas cruzaba delante de la
Bücker, cuando lo que más temía, y menos deseaba, surgió como un
presentimiento enarbolado que le llenó, de nuevo, de rabia y disgusto. Era ella.
- Buenos días, Jano. ¿Cómo has pasado la velada? –ins inuó con algo de
malicia su, para él, resabiada y desagradable instructora.
La chica lucía su rostro alegre y jovial. Transportaba en sus manos una
bolsa de papel marrón. Él presumió que en su interior se hallaba algo que

39
requería con anhelo: un apet itoso desayuno, acompañado de un rico y cargado
café humeante.
- Vaya, justo a quién menos esperaba – acusó reprimiendo su ego, pues
su estómago demandaba viandas, y no una discusión que dejaría para más
tarde.
- ¿Cómo? – respondía alargando la bolsa con su brazo derecho para que
él la recibiera –. ¿Acaso no dije que vendría hoy con el combustible? Será
mejor que desayunes. Luego llenaremos los depósitos de la Bücker; he de
llevármela, la necesitamos para otro estudiante.
Jano entendió que se quedaba sin avión. Pero era lo que menos le
preocupaba. Ahora sólo quería comer. Interceptó la bolsa, procediendo a
abrirla con impetuosidad. El contenido no era el esperado. Encontró el manual
de vuelo del DC-3, cartas de navegación, unas de gafas de sol y una gorra de
béisbol que, con letras doradas, portaba en su frontal el nombre del aeródromo
de acogida: Nairda.
- Supuse que esto sería el desayuno. ¿No has pensado que tengo hambre?
– Espetaba con rabia. Cuando necesitaba alimento y no lo encontraba con
rapidez, perdía el control –. ¿Qué es lo que pretendéis de mí? Seguramente –
continuaba esgrimiendo siguiendo el deambular de las largas piernas de la
instructora camino del barracón –, estaré aprendiendo a volar y necesitaré unas
cuantas clases. Vale. Puedo ceder ante ello. Es posible. Pero he de mantener
este cuerpo muerto con vida ¿no?
Ella ni se inmutó, sólo sonreía, aunque él no podía distinguir tal detalle.
Jano desistió de hacer cualquier otro comentario. Era inaudita la poca atención
que le prestaba. Le enojaba, por si no lo estaba en exceso, la suficiencia con la
que era tratado. No alcanzaba a entender los porqués de esos desplantes, ni la
falta de tacto o que no se le correspondiera con algún gesto o palabra. Aquello
le trajo a la memoria los años que paso en la Escuela Naval, cuando se les
requería con órdenes estrictas, teniendo que ir corriendo a todos los lugares;
un actuar autoritario y, muchas veces, despótico.
Una vez dentro del recinto de madera comprobó cómo la compañera hacia
un gesto de giro con su mano izquierda, sobre la nada, frente a una de las
paredes desgarradas por la suciedad. De pronto un portalón se abrió mostrando
un enorme frigorífico repleto con abundantes viandas de todo t ipo. Quedó
asombrado. Boquiabierto. No supo que decir. Pal sacó una jarra de zumo de
naranja, mantequilla, beicon y algunos huevos depositándolo sobre la mesa.
Volvió a cerrar. De nuevo la madera de la pared era todo lo que quedaba a su
vista. Continuó con el mismo gesto accionando otras manivelas invisibles.
Nuevas puertas se abrían. También sacó pan de molde para tostadas y
mermelada de distintos sabores. A continuación se dirigió a la izquierda

40
levantando una tapa imaginaria apareciendo una hornilla con cuatro
calentadores. De otro lugar, en la parte inferior, obtuvo una sartén y platos. Él
se sentó, admirado, contemplando anonadado cómo preparaba unos huevos
revueltos y tostaba el pan. No cabía en su asombro, ni podía articular palabra
alguna. Imaginó que en aquello, que también quería suponer era el cielo tras
su muerte, aunque se lo quis ieran negar una y otra vez, todo era posible, pero
tendrían que habérselo advertido. Empezó a comprender la negativa de Pal a
contestar sus cuestiones. Entendía que eso que ella aportaba eran soluciones,
no respuestas. En ese momento tuvo la cognición para poder diferenciar tales
conceptos.
Su estima y aprecio por ella iniciaron una escalada hac ia el agradecimiento
desde el desprecio absoluto.
Recordó sus días como profesor. Él también tuvo que afrontar situaciones
parecidas, donde sus alumnos no comprendían su comportamiento hasta
pasado un tiempo.
Pal limpió la mesa, colocó un mantel, y sirvió, con ternura, el opulento
desayuno. Se sentó frente a él, invitándole a degustar, con una señal gestual de
sus manos, y el alumno comenzó a devorar sin protocolos, dando rendida
cuenta a la materia ante sus ojos dispuesta.
- Observo – masculló al terminar un amplio sorbo de café –, que no has
entendido el contenido expuesto en la pr imera página del libro, si es que la
leíste como solicité ayer noche.
Aquello le cogió de sopetón tragando un buen bocado de tostada repleta de
beicon. Apenas pudo dar respuesta, aunque lo intentó. Hubo de tragar aquel
bolo con ayuda del zumo de naranja para poder emprender una comunicación.
- Sí, lo he leído. Pero no puedo creer que eso sea una regla útil para el
vuelo, o para aprender a ser feliz como tú y Pitt decís. Por otro lado, no sé a
qué te refieres con que tendría que haberla entendido. Es una frase simple, y
he de reconocer que muy efectiva para conciliar el sueño.
- A eso me refiero – insistía –. Exclusivamente la usaste para dormirte,
pero continúas sin aclarar el significado de su contenido.
Jano, un poco perplejo, seguía exterminando la comida servida con
ansiedad devoradora, pero percibió que tendría que realizar un alto. Aquella
respuesta contenía algo que se escapaba a su razonamiento.
- ¿Podrías explicarte? Quiero, alcanzar a dilucidar qué pretendes decir. No
me apetece seguir deambulando por este extraño mundo sin un aparente
sentido.
Por primera vez, captó Pal, su alumno tenía puesta la atención en el
aprendizaje. Hasta ahora estuvo en el habitual atolondramiento sin
experimentar cambio alguno.

41
- Fíjate, Jano. Tú eres un piloto que quiere volar. Eres en def initiva, un
Ser que qui ere vivir. Y para poder vivir, has de conocer las reglas del juego;
como para poder pilotar, has de conocer las normas de vuelo – afirmaba
parando su discurso, buscando la complicidad en el razonar de su int erlocutor
–. Estás aquí por voluntad propia, aunque no puedas recordarlo. Estás aquí
porque simplemente estás cansado de volar sin sentido, sin lógica – él pudo,
en ese momento, comenzar, con cierta y baga iluminación, a percibir el
signif icado del símil expuesto –. Estás cansado de estrellarte, una y otra vez,
sin conseguir dominar el aparato que vuelas.
Al concluir su breve disertación, observando la cara y los exiguos gestos
que Jano expresaba, decidió abandonar lo en su meditación. Lo mencionado le
estaba haciendo mella. Pal dejó su taza y plato sobre lo que de pronto se
constituyó en un fregadero. El asombro de tal magia a los ojos del piloto
crecía una vez más.
Estaba despertando. Estaba naciendo. Y ella esperaba que ésta vez fuese la
def initiva.
- Voy a cargar el combustible en la Bücker mientras terminas el desayuno.
Por favor, friega los utensilios y limpia la mesa ¿De acuerdo? – sugirió con un
gesto tierno que derritió los sentimientos albergados de odio y venganza de su
alumno.
Asintió con un golpe de cabeza. No podía hacerlo de otro modo. Estaba
anonadado e insuflando en su computadora mental los datos aportados, que si
bien eran pocos, estaban expuestos de forma clara y contundente.
- Gracias Cadete. Cuando esté listo le espero junto al DC-3, quiero
mostrarle algunas cosas – acordó dándole una leve y sugestiva palmada en el
hombro

Jano asintió y Pal abandonó su choza, como así la consideraba él, con paso
ligero, pero muy silencioso. La puerta se cerró sin percibir ruido alguno en sus
bisagras. Dentro, reinaba un ambiente de sosiego, paz y asombro al unísono.
Concluyo sin prisas todo el arsenal de productos cocinados, alcanzando la
saciedad. Luego, se dirigió al lugar donde se habían depositado los platos. Con
gran incredulidad, al accionar el gr ifo niquelado, un chorro de agua limpia
emergió. Era una sensación muy agradable la exper imentada mientras iba
lavando los utensilios usados. Los dejó secando en el escurridor anexo al seno.
Limpió el mantel de migajas, lo dobló y guardó en el cajón invisible que
todavía permanecía entreabierto, y del que Pal lo sacó, cerrándolo sin
pretenderlo a continuación. Eso le provocó curiosidad. Intentó abrirlo
buscando el asa invisible, pero no lo consiguió. Era evidente que aquella
magia no funcionaba con él.

42
A través de la vent ana observó cómo por el accionamiento manual de una
bomba se trasladaba, mediante un tubo de goma, el combustible de un avión a
otro.
Ambos habían terminado sus respectivas operaciones al mismo tiempo. El
alumno procedió a salir y encontrarse con la que ya no le parecía su tan
distante y cruel instructora.
- Bien, Jano, ven por favor – reclamó al verle –, ayúdame a recoger.
Sin darse tiempo, puso manos a cumplimentar la pet ición. No obstante, y al
mismo instante, se proyectó su intención en un discurso atropellado, impulsivo
y decidido. Tenía que salir de toda duda de una vez.
- Quiero entender, si no equivoco mis razonamientos, corrígeme si no es
así – enunciaba transportando los más de veinte metros de manguera hasta el
DC-3 –, yo soy, según lo escaso que me habéis explicado, un Ser que realiza
una vida, igual que un piloto realiza un vuelo, y que al igual que el arte de
volar posee una normas sin las cuales no se puede conseguir su dominio, la
vida por similitud – concluía con el esfuerzo consiguiente de ir subiendo la
escalerilla marcha atrás y tirando de aquel montón de goma amarillenta –,
posee unas reglas que hay que aprender para poder experimentarla,
dominándola, sin que la misma te domine. ¿Estoy en lo cierto?
- Así es. Perfecto – concluyó ella procurando, de esa forma, que él
siguiera con, y, en, un declinar y dilucidar profundos. Lo hacía bien para
llevar tan poco tiempo entre ellos.
Dentro del avión, algo acalorado por el afán de su trabajo, proseguía
pronunciándose en sus intrigas.
- Por fin estamos de acuerdo en algo. Gracias – manifestó obteniendo
claridad en su mente, hasta ese momento, algo confusa, irascible e hir iente –.
Pero lo que no puedo entender es cómo has podido sacar la comida de la nada
y hacer el desayuno con una cocina que no existía, montando un espectáculo
de encantamiento.
- Perdona si insisto – aclaraba reclamando calma e impr imiendo dulzura
a su tono y calidez en sus palabras, pues era consciente de que lo que le iba a
decir podría sorprender y deslumbrar su lógica –, pero eso que has visto, es la
consecuencia del correcto entendimiento y aceptación de la primera de las
reglas de vuelo. Algo que pese a leer, no has llegado, ni tan siquiera, a
comprender…
- Eso de que – interrumpió con atropello –: “el motor es el pensamiento”.
Lo siento pero no le veo consistencia. No sé a dónde quieres conducirme con
ésa frase. ¿Acaso qué para poder volar es necesario un motor? No tiene
validez, dado que todos sabemos que la práctica del vuelo sin motor es
viable…

43
Pal no dejaba de escucharle. Retrocedió cerrando la portezuela de babor,
reencaminando su movimiento hasta sentarse en la cabina de mando,
invitándole, gestualmente, a que le acompañara ocupando el asiento derecho.
- Si repasas tu vuelo de ayer podrás entender lo. ¿No pretenderás que te
lo de todo mascado? Piensa un poco por ti mismo.
- ¿Qué tiene que ver el vuelo de ayer con la preparación de un desayuno
que se saca de una pared de madera? Creo que son cosas totalmente diferentes.
- No, en absoluto – respondía cortésmente, al accionar el motor número
uno que reaccionó a la perfección –. Es tu f orma de pensar lo que t e delimita,
lo que te marca, lo que hace de ti que seas lo que Eres y lo que no eres – las
revoluciones y la presión del aceite estaban subiendo. Con la ignición tuvo
que subir el volumen de voz, aunque ya estaban conectados a través de los
cascos –. Si analizas, un poco, con detenimiento, podrás, con un mínimo de
introspección sincera, recordar que la causa de un vuelo desastroso como el
de ayer, sólo tiene su origen en la f orma que tienes de pensar con respecto al
vuelo – En ese instante sus ojos desafiantes se encontraron –. Hazlo,
examínate y comprobarás que vuelas en f unción de cómo piensas que se debe
volar –. Arranca el número dos – ordenó señalando el botón del mismo, y que
se encontraba más cercano a la posición del copiloto.
Jano presionó el círculo de plástico rayado de color rojo. El motor empezó
a petardear sin ritmo, escupiendo demasiado humo e hizo un amago de
arranque quedando las palas giradas a un cuarto de su posición anterior.
- ¿Ves? Así funciona tu pensamiento, igual que ése motor. Todo porque
no has puesto la mezcla adecuada antes de la ignición. No has mirado los
manuales del avión, y ante una simple sugerencia para accionarlo, has actuado
impulsivamente, sin raciocinio, sin mirar, leer, comprender, o tan siquiera
entender cómo se pueden arrancar estos motores.
Con esa demostración le había hecho sentirse estúpido. No obstante, había
empezado a entender la cuestión que se debatía.
- Vuelve a intentarlo. Arranca ajustando la mezcla.
Tiró hacia sí de un tubo, tras mirar el manual, que iba llenándose de
keroseno conforme se ampliaba su recorrido. Una vez al final de su
elongación, lo empujó hasta el fondo con suavidad. La operación se repitió
hasta tres veces. Al inyectar mayor cantidad de combustible, se permitía una
combustión adecuada pues el conducto pudo haber quedado vació cuando se
apagó el motor por últ ima vez. Luego, con algo de miedo, pero con decisión,
apretó, de nuevo, el botón. El número dos produjo, al segundo, una gran
humareda; parecía que iba a explotar, pero tan solo soltaba los residuos que
habían quedado almacenados en los escapes después del primer intento. A
continuación, con benevolencia, la hélice empezaba a girar, con pesadez al

44
principio, haciendo un leve acompasamiento al machaconeo interno de su
motor. Un poco más tarde su cadencia era formidable; las revoluciones
estaban en un buen punto. El avión estaba listo para rodar y despegar. Él, sin
embargo, navegaba en sus nubes mentales queriendo cuadrar lo que parecía un
acertijo.
- ¿Listo para el despegue? – Dijo apresuradamente Pal una vez que había
dejado clavado el aparato en la cabecera de pista.
- Listo. ¿Pero quien lo va a pilotar, tú o yo?
- Tú por supuesto, eres el alumno. Adelante, es todo y solo tuyo.
Esta vez no le iba a pillar en negligencia. Consultó, de nuevo, el manual
hasta localizar el cuadrante que determinaba la velocidad de despegue, en
función de la alt itud y el peso aproximado. Necesitaba unos setecientos metros
para alcanzar los setenta nudos necesarios para elevarlo.
Miró a su piloto buscando el consentimiento. Metió las palancas de gases a
fondo encabritando todos los caballos de potencia. El inicio, como era
acostumbrado, lento, aunque la impulsión se fue acoplando poco a poco,
procurando, a medida que avanzaba, la velocidad requerida. La tens ión hizo
subir sus pulsaciones, no tenía horas de vuelo en ese t ipo de aparato, sí en
otros similares. El sudor, pese a no hacer calor, comenzaba a rebosar por sus
poros. No quería fallar. La pista tenía un final, y esperaba no apurarlo.
Confiaba poco en no caer, como la noche pasada, en el vacío oscuro en el que
penetró sin saber a dónde se dirigía. Lo que sí percibía era el enorme espacio
que le salvaba del otro extremo. Si no tenía pista sufic iente podría inc linar el
avión un poco adquir iendo, durante el picado, la suficiente velocidad para
poder salir del posible atolladero.
Recordó unas palabras muy ant iguas que su pr imer instructor de vuelo le
refería: “No hay trozo de pista más inútil que el que se deja atrás sin utilizar”.
Ya había quedado usada la mitad de la misma. Con el resto debería tener de
sobra. El indicador de velocidad marcaba, a duras penas, los cincuenta y cinco
nudos. Aún le restaban quince para poder remontar el bimotor. Una mirada de
soslayo pudo apreciar que Pal no prestaba atención al cuadro de mando, sólo
miraba el paisaje, ajena al despegue. Perecía no inmutarse, y eso aumento su
dudosa confianza. La velocidad subía, pero no con la misma magnitud que los
metros que se recorrían. El final estaba presto. Temía volver a caer al
precipicio, y ese temor se manifestaba sin ocultación. Lo que tení a claro, es
que ya no tenía terreno suficiente para frenar el avión. El punto de no retorno
había pasado. Otro nuevo punto de no retorno, no considerado a tiempo.
Sesenta y cinco nudos y apenas cincuenta metros. No lo conseguiría, imaginó,
pensó. Pal mantenía su mirada, impertérrita, fija, en la zona de babor. De
pronto recordó que no había sacado al menos quince grados de flaps para

45
incrementar la sustentación y saltar al aire lo más rápido pos ible. Tremendo
error. Otro error, que seguro le sería encarado más tarde. Una de las normas
elementales del vuelo había sido olvidada.
La pista se acabó al momento que los setenta nudos eran conquistados.
Pero no llegaron a t iempo. Se produjo la temible caída, el desplome. El
espectáculo allí abajo era sorprendente, todo un vergel de mil colores. Se
dirigí a en un picado de unos quince grados, en este instante provocado, hacia
un oasis de perfección. Nunca creyó, que aquél paisaje que un día imaginó en
uno de sus mejores pensamientos, pudiera existi r. La velocidad ya superaba
los cien nudos. Giró los mandos a la derecha y atrás. El avión reaccionó de
igual forma. Comenzaba un ascenso gradual cobrando altura. Había
recuperado el control.
- Bien – dijo mirando con cierta satisfacción a Pal –. ¿Qué quieres que
haga ahora?
- Veamos si eres capaz de aterrizar a la primera. He de llevarme la Bücker,
la están esperando en Nairda.
La petición provocó una creciente ola de sudor. Una cosa había sido
sacarlo de allí. Bien distinto sería posarlo. Si ayer con un avión pequeño y
manejable había sido costoso y lo posó en el segundo intento, hacerlo con un
transporte mediano podría constituir un auténtico reto. Se prometió no fallar.
Comenzó un ligero ascenso para ganar altura antes de enfilar la pista.
Miró la manga colocada a mitad de pista. Reflejaba un viento muy ligero por
el costado de babor, no más de diez nudos de velocidad. Ello suponía un punto
a su favor. Examinó con rapidez el procedimiento para el aterrizaje. De un
vistazo pudo apreciar que no se diferenciaba mucho de otros aparatos.
Requería entrar con los flaps a cuarenta grados y con una velocidad mínima de
setenta y cinco nudos. En principio parecía algo fácil. Giró de nuevo en el
últ imo viro a derechas enfrentándose a aquel portaaviones terrestre. Inició el
procedimiento. El DC-3 volaba controlado. De reojo indagaba en las
evoluciones de su acompañante. Ella parecía no mostrar mucho interés.
Ningún gesto o movimiento advirtió anomalía en su actuar. Lo esperaba de
ella. Empezaba a conocerla. Sería tras el aterrizaje cuando llegarían las
correcciones pertinentes. Las esperaba, unas con cierto temor, sabía que su
orgullo de piloto se vería afectado; otras, con evidentes ganas de aclarar
circunstancias que quería resolver de una vez.
Quedaba escasos metros para llegar al comienzo de la banda de tierra
allanada a todo lo largo de Ís, aunque ahora, y desde esa perspectiva, parecía
un corto rectángulo no muy alargado. La velocidad de aproximación
controlada. Los flaps, en su posición, cumplían con eficacia su cometido.
Nada más pasar por encima de la planicie circular rozando unos pequeños

46
arbustos que se encontraban sin sentido en aquel lugar dificultando la
maniobra y a sólo un par de metros del inicio de la pista, cortó los motores. De
golpe, el DC-3 acusó la falta de propulsión cayendo con suavidad ante el buen
control que esta vez ejercía sobre los mandos. No habían pasado un centenar
de metros cuando conseguían posarse afablement e. Aplicó los frenos
provocando un descenso acuciante de la velocidad hasta los cuarenta nudos.
Iba a lograr lo. Esta vez sí. Lo iba a hacer tal y como lo pensó. Esta vez con
un aparato mayor.
Aunque de día las cosas cambiaban, y mucho; la percepción que ofrecía la
luz sumaba un gran número de datos. Y Había que añadir que no se
encontraba cansado, ni con la fatiga acusada de horas anteriores.






























47
5. Cuando creas, verás.


“Todo lo que he visto me enseña a conf iar en el Creador por todo aquello
que no he visto”.
Ralph Waldo Emerson. Ensayist a y poet a est adounidense (1803-1882)

“El que tiene f e en sí mismo no necesita que los demás crean en él”.
Miguel de Unamuno. Escrit or y filósofo español (1864-1936)












- ¿Me invitas a un café?
La pregunta extrañó. ¿De dónde iba a sacar el café? Él no sabía cómo abrir
esas puertas imaginarias que, en la cabaña, parecían existir cuando ella las
accionaba. Rió con afán. Esta vez sí que podía hacerlo a lo grande; tanto, que
tuvo que interrumpir su caminar. Sin embargo, Pal no se inmutó, parecía
esperar su reacción. Le miró con tranquilidad, con sus brazos en garra a la
altura de la c intura al mismo t iempo que una ráfaga de aire le impulsaba su
cabello suelto de forma exuberante. Esa pose perturbaba al piloto.
- No sé qué t iene tanta gracia – reclamó la instructora –. Pero si bien es
cierto que deberías estar analizando el despegue y el vuelo de ayer, aún tienes
mucho que aprender – espetó enérgicamente.
Eso pareció atragantarle su estado de euforia. Lo que temía, llegaba. Sabía
que iba a ser juzgado por sus evoluciones aéreas. Estaba preparado, a
sabiendas de no encajar adecuadamente la crítica constructiva.
- De acuerdo. Dispara. Dime todos los errores que he cometido. Total,
estoy aquí para aprender, y es algo que, a estas alturas, he asumido.
- Tomemos ese café y hablemos. Dispongo del tiempo justo para llegar a
Nairda.

48
Curiosamente, el fregadero y los platos que dejó escurriendo habían
desaparecido. El interior volvía a ser tan desagradable como la noche anterior.
Jano se sentó esperando la reacción de la instructora. Ella le imitó, esperando
la de él. Era una actitud propia de vaqueros enfrentados sin armas, pero
sentados en sillas de madera. El desafío estaba en la mesa que los separaba.
Las miradas tensas. Él, con algo de mofa inter ior a la espera de los
acontecimientos, pensaba que no podría hacer café mientras ella no le
explicara cómo usar esa magia que poseía para sacar cosas de la nada, aunque
no sabía si empezaría por ese lado o evaluando sus falta de pericia.
Pal clavó sus ojos en los contrarios. Sin parpadear. Ni un solo gesto varió
una sola de sus facciones. Reflejaba seriedad, y, al mismo t iempo, enfatizaba
un aire de expectación. Quería ver, y comprobar de nuevo, que su alumno
perdía el control de sus actos.
Un minuto no había trascurrido. El nerviosismo ante tal pasividad le estaba
impacientando. Ya, sus ganas de mofa estaban esfumadas. Ella tení a que irse,
él no sabía qué tendría que hacer el resto del día.
- ¿Hasta cuándo piensas estar en esa actitud?
- ¿Qué actitud? Sólo estoy esperando a que me invites a una buena taza
de café. Y estás tardando mucho.
- ¿Cómo quieres que lo prepare si no tengo nada para ello? – contestó
incitado, nervioso. Ella sabía sacarle de sus casillas como ninguna otra mujer
lo había hecho antes –. ¿Quieres decirme dónde está el café? ¿Dónde el
hornillo para preparar lo? ¿Crees que tengo poderes como tú? Mira – decía
marcando y acompañando cada una de sus palabras con su dedo índice
derecho –, desde que estoy aquí, creo que sólo me habéis estado gastando una
jugarreta tras otra. Resulta que los dos estamos volando en la Bücker y de
pronto sólo estoy yo. Y no creas que me creí eso de que te bajaste en la pista
antes del despegue; bueno – rectif icaba –, casi me lo creí. Tan solo que hoy,
tras ver tus poderes sacando comida de detrás de las maderas de estas podridas
paredes, lo único que puedo entender es que me estás mareando
continuamente. Así que si quieres café, toca alguno de esos listones y haz que
aparezca.
- ¿Acaso quieres café? – respondió con simpleza. Muy tranquila. Sin
forzar el gesto. Sin mover un músculo.
- Por supuesto – pronunció golpeando la mesa con ambas manos –, pero
no sé de dónde sacarlo. ¿Quieres explicarme de una vez de qué va todo esto?
Ella no le respondió. Se levantó y accionó lo que para él aún sólo consistía
algo imaginario. Aparecía un receptáculo con una cafetera humeante repleta
del rico líquido. Hizo lo mismo para obtener tazas, azúcar y cucharas.

49
- ¿Ves qué fácil? Todo está aquí. El problema es que aún no has
comprendido la norma primera para el vuelo. Aún no sabes qué quiere decir
que “el motor es el pensamiento”.
Esto lo hizo salir de su atolondramiento. Se sirvió la sustancia de color
negro cálido sin añadidos; a él le gustaba natural, muy caliente, fuerte y algo
dulzón. De su mono de vuelo sacó el tan traído y llevado libro buscando la
primera lección. Quería comprobar que no había otra cosa más escrita, o que
existiera la famosa letra pequeña. Mientras lo hacía, saboreaba el contenido
amargo de su taza, y por el rabillo del ojo escrutaba la compañía que a su vez
le mantenía fijo en su punto de mira.
“El motor es el pensamiento”. Efectivamente eso era todo lo que contenía
la dichosa página. ¿Pero qué pondría la segunda? Quizá ello aportara algo de
luz a su entendimiento. La segunda lección era aún más escueta: “Cuando
creas, verás”. Todo aquello, más que lecciones de vuelo, parecían pistas para
resolver una adivinanza o encontrar el tesoro enterrado de algún chiflado
pirata.
- Lo siento Pal. Pero sigo sin comprender nada de nada. Y supongo que
en la medida en que siga leyendo éste manual, seguiré entendiendo menos.
- Bien. Era lo que estaba esperando. Alguien que se resigna rápida y
fácilmente – ante éstas palabras él se molestó levantándose impetuosamente
derramando su café que manchaba de forma calamitosa la seca madera de la
mesa –. ¡Siéntate! – Manifestó con energía, sin esperar que pudiera hacer otra
cosa –. ¡Y escucha de una vez! – Él obedeció al instante –. Procura recordar lo
siguiente: Cuando ayer estabas en la cabecera de pista ¿no pensaste lo
siguiente?:”Yo volaría mejor solo que con esta instructora”. ¿Fue eso lo que
pensaste o no?
Quedó petrificado. Era verdad. Aquél fue su pensamiento. Ahora recordaba
que ella podía leer le la mente. Por eso lo sabía. Estaba en este discurrir de
pasmo, cuando Pal consciente de lo que pasaba, continuó con su monólogo sin
inmutarse.
- Pues tu pensar se cumplió. Tu pensamiento hizo que tú despegaras en
solitar io tal y como era tu querer. Luego pensaste que el avión ascendería de
una determinada forma. Pensaste que entraría en barrena de otra determinada
manera, y por último pensast e que no querías volver a Nairda; y pensaste en
este idílico paraje con el que siempre has soñado en todos tus días pasados. En
realidad, si empiezas a evaluarlo todo, aquello que pensaste se cumplió. Por
tanto, principiante de piloto de vuelos, o conductor de vidas, como prefieras
entenderlo, todo lo que piensas, es lo que se manifiesta. Incluso hace unos
minutos, cuando pensaste que no ibas a conseguir despegar con el DC-3 y te
hundirías con él, en el vacío tras la pista, también, fue algo que se materializó.

50
Y ni que decir de tu aterrizaje, fue, exacto a cómo lo planeaste en tu
pensamiento.
En ése momento ella concluyó su café depositando la garra sobre el
fregadero, que de nuevo aparecía a la vista. Él quedó encastrado en su silla,
meditando sobre tantas consideraciones y postulados. La verdad parecía
manif iesta. Empezaba a entender porqué el pensamiento es el motor. Sin ello
no hay impulsión; sin ello, el avión no puede adquirir velocidad para ascender
y volar. En realidad, ella y aquélla frase, le estaban diciendo con rotundidad y
claridad manif iesta que en la f orma en que su pensamiento f uncionara, se
manif estaba la realidad que le acogía. Su entorno no era otra cosa que el
f ruto de su pensar.
Estaba tan absorto en su examen que no vio cómo la sombra de Pal
abandonaba la estancia. Sólo pudo percibir su soledad tras oír el encendido de
la Bücker. Al instante saltó corriendo al encuentro. No quería que se
marchara. Necesitaba algunas respuestas, o mejor dicho a estas alturas:
soluciones a sus cuestionamientos actuales.
Llegó a su altura, solicitando apagara el motor con una señal gestual
explícita. Su deseo se cumplió.
- ¿Ves? Tal cual “quieres”, que para ti es “pensar”, se cumple. – Dijo
como respuesta a su petición desde le interior de la carlinga.
- Empiezo a captar lo que me has contado. Sin embargo, estoy algo
confuso ¿Puedes explicarme qué dif erencia existe, entonces, ent re pensar o
querer algo concreto?
- Es sencillo, como todo. Prácticamente no la hay si en tu pensamiento algo
es constante y marcado. Aquello que quieres y pienses que es posible, se
manif iesta. Aquello que quieres, si es el producto de tu pensami ento, se
obtiene; y cuando quieres algo, si ello es parte de un pensamiento propio, se
consigue. En def initiva, todo lo que pienses que es, es y será. De igual f orma,
si piensas en presente, f orjas el futuro; pero si piensas o deseas en f uturo, allí
siempre permanecerá lo que pienses, aunque más que querer, se trata de
pensar teniendo una idea clara al respecto de lo que quieres ¿Aclarado? –
manifestó queriendo zanjar la cuestión.
- Una pregunta más antes de marcharte, por favor – decía con
benevolencia, ahora, y, por primera vez, estaba muy interesado en todo lo
referente a la nueva vida – Sé que tienes prisa. ¿Puede ser?
- Adelante. Puede ser, si lo quieres.
- Supongo que todo lo que he visto que has ido creando en la barraca, es
fruto de tu pensamiento, y, que por tanto, si yo pienso que eso está ahí, está o
estará. ¿Es así? Lo digo – manifestó con risa burlesca – porque si me tengo
que quedar aquí, no quiero pasar hambre.

51
- Para alcanzar todo eso, y que funcione la pr imera premisa, has de hacer
tuya la segunda, sin la cuál no puede funcionar. Es decir, el” motor” del
motor del pensamiento, es asumir la segunda lección: “Cuando creas, verás”
o, lo ves cuando lo creas. Como pref ieras enfocarlo. Pero cuando se
menciona “creas” se ref iere al mismo tiempo al uso de los verbos crear y
creer. Crees y creas al mismo tiempo que lo piensas en el instante. ¿Visto?
Jano quedó aún más desconcertado de lo que estaba. Su mente empezó a
dilucidar cuestiones. Procuraba evaluar todas las posibilidades que le eran
entregadas. Quería entender todo el conjunto mostrado. Algo le decía que
muchas otras cosas dependían de captar correctamente, en su estancia, la
nueva enseñanza. No obstante, otras dos cuestiones que tenía pendiente de
resolución llegaron sin anuncio previo. Pero cuando empezaba a enunciarlas el
ruido del motor, arrancándose de nuevo, impidió que su proclama llegara
audible a Pal. Ella, percibiendo el movimiento de sus labios, le hizo señales
para que recogiera el int ercomunicador de la cabina delant era, dado que no
tenía intención de volver a cortar gases.
- Dime ¿Qué ocurre ahora?
- Sí. Lo entiendo. Es correcto lo que me dices. Pero necesito saber algo
más. Será sólo unos segundos.
- Bien. Adelante – Respondió bajando las revoluciones del motor.
- ¿Qué se supone que tengo que hacer aquí, en Ís? Y ¿cuándo te volveré
a ver?
- Todo eso no puedo contestarlo – pronunció con una sonrisa que él no
veía desde su posición –, pues depende de tu pensamiento. Escrútalo, y
obtendrás la solución. Hasta la vista, pilotillo.
Jano se quitó los auriculares dejándolos anclados a la br ida de sujeción
instalada para tal fin dentro del copit. Bajó del ala saltando al suelo
apartándose lo suficiente para que el rebufo y la polvareda que la hélice
levantaría no le impactaran violent amente.
La Bücker encaminaba su trayectoria hacia la pista sin aprovechar el total
de su extensión, sin levantar una sola mota de polvo, algo realmente curioso.
Prácticamente dejó atrás un tercio de la misma, y aprovechando un espacio
similar se elevó con delicadeza y elegancia. Al sobrepasar todo el espacio
terrestre de Ís, realizó un picado a estribor hundiéndose en el amplio vacío. El
ruido del motor sonaba con gran eco en toda la cavidad semic ircular, que la
naturaleza caprichosa había construido, para en no más de treinta segundos
aparecer por el otro extremo en un ascenso pronunciado vivaracho y alegre.
Jano quedó meditativo hasta ver cómo se perdía, en la distancia, el aparato.
El silencio reinó de nuevo en su entorno.

52
Tenía muchas cosas que cuadrar en su mente, la cuál estaba adquir iendo
una nueva dimensión. Era como si borrara todo el disco duro de un ordenador
para reprogramarlo con un nuevo software absolutamente dispar.
Necesitaba volar. Desde allí arriba podría pensar mejor. Luego, ya tendría
tiempo de ocuparse del aprovisionamiento y demás necesidades.
Se dirigió al DC-3, que majestuoso parecía acogerle, con sus alas
desplegadas, en un abrazo amigable. Una vez en la cabina, ocupó el as iento
izquierdo. Sin mirar el manual de vuelo, como si infusamente estuviese escrito
en su mente, comenzó a arrancar los motores. Meticuloso, realizó la revisión.
Se sentía pletórico. Una nueva realidad se estaba manifestando con una
perspectiva maravillosa. Sabía que podía lograr lo. Él era, y estaba empezando
a convencerse de ello, el dueño de su destino. Tal creencia se revelaba con tal
fuerza, que no tenía duda ahora de sus capacidades. Su claridad racional rugía
al mismo ritmo que los motores recién encendidos. Su mente estaba, en un
prodigioso análisis, desentrañando la resolución de algunos porqués que, en su
vida anterior, le habían mantenido realmente esclavizado. Todo aquello que,
siempre, quiso saber, tenía la sensación, le era revelado en el preciso instante.
De algún modo se sentía pleno, completo e indestructible. Aplicó potencia
impulsando su avión hacia la pista. Iba a realizar la misma maniobra que Pal,
pero sin precipitarse hacía abajo. Estaba seguro de poder hacerlo.
Puso los flaps al máximo e introdujo la palanca de gases a fondo. Lo
motores bramaron con vigor. La aceleración fue mayúscula, tal y como pensó
que se iba a producir. El aparato brinco, con entusiasmo, comenzando a
tragarse metros y metros de tierra bajo las gomas negras de su tren de
aterrizaje. La velocidad iba incrementándose vertiginosamente. Tal y como
pensaba y esperaba que ocurriese. Eso era empezar a creer, y, por tanto, a
crear, viendo, comprobando, y, experimentando los resultados palpables.
Jano se estaba insuflando, cada vez más, de su nuevo y maravilloso poder
recién descubierto. Ahora era él, el que volaba, no el aparato, que se dejaba
gobernar a capricho. Aún quedaba mucha distancia para que se extinguiera la
existencia de la pista, cuando la velocidad marcada era de cien nudos. Más
que suficiente para despegar. Tiró de la palanca con ternura y aplomo. Ambos,
piloto y aparato, estaban en el aire a tal orden. Inmediatamente, retiró los flaps
en progresión, aumentando la velocidad, manteniendo el rumbo sin permitir el
ascenso de un solo pie más. Cuando hubo sobrepasado Ís, y el indicador de
velocidad marcaba los ciento cuarenta nudos, giró la palanca a la derecha y
hacia atrás mientras ejercía toda la presión con su pie sobre el pedal derecho,
entonces, el bimotor obedeció raudo, girando vertiginosamente a estribor
subiendo y escalando cada porción del aire encontrado en su peregrinar.

53
El ascenso se prolongó hasta los límites determinados por la disminución
de la velocidad. Esta vez no quiso descontrolarse en una barrena. Eso ya
estaba fuera de todo su pensamiento.
La novedosa perspectiva entusiasmaba su raciocinio como a un niño los
regalos de cumpleaños. ¿Podría su pensamiento hacer otras cosas? Había
ejecutado un despegue exacto a como pensó e imaginó. Se había manifestado
con las mismas pautas que su querer ferviente construyó. Era un hecho
asombroso. ¿Podría producir todo lo que pensara? ¿Conseguiría materializar
cualquier circunstancia? Recordó que sería posible si antes lo creía.
Continuó el vuelo con tranquilidad, dejando que su mente construyese
nuevos puentes que uniesen lo etéreo y lo abstracto, hasta lo material y lo
tangible. Percibió que, igual que un edif icio antes de su construcción debe ser
ref lejado en unos planos, él tendría que hacer lo mismo con su pensami ento.
Estaba decidido a construir una nueva realidad con su vital, fresco y recién
estrenado poder. Tal era su entusiasmo, que decidió emprender el regreso
mientras imaginaba y pensaba cómo, a su llegada, lo que era una cabaña
ruinosa, sería algo realmente distinto, acogedor, con las comodidades
suficientes para no quejarse de nada que no fuese necesario. Tampoco
pretendía crear una residencia de lujo; sí, algo decente
Construyo y diseñó, en su pensamiento, cómo tendría que ser ese lugar.
Recordó todas las puertas que Pal usó, y decidió que también estarían a su
alcance, que sería tangible para él. Describió la cama, la mesa, el suelo, cada
elemento que quería tener en su habitáculo. Si tenía que alojarse allí, iba a
estar bien, sin escasez. Visualizó las existencias que encontraría en el
frigorífico. Incluso el humo que saliendo de la cafetera, estaría esperando su
llegada con un rico y negro café. Habría algunas manzanas y diversas frutas
dentro de un gran cuenco en lo alto de la mesa central que sería de roble,
estaría bien labrada, brillant e y, por supuesto, limpia. De igual modo visualizó,
creyendo y creándolo en su pensamiento, s in lugar a dudas, un par de buenas
butacas, además de alfombras, cuadros, un reloj de cuco, nuevas ventanas, una
iluminación confortable, la chimenea encendida y abundante leña apilada en
un lateral. Recordó, de nuevo, que no sólo era necesario pensarlo sino que era
imprescindible creerlo y crearlo en su pensamiento para verlo, y esto era algo
de lo que no dudaba. Estaba absolutamente convencido de que a su llegada
todo sería tal cual estaba sucediendo en el actual momento. Creía en él, en sí,
en su pensamiento; en def initiva, creyó en su poder.
La proa del DC-3 apuntaba a Ís. La pista estaba muy cercana. La velocidad
contenida. El aparato controlado. La manga mostraba un viento de cara de casi
treinta nudos. Su atención se dividía entre la aproximación e intentar divisar, a
esa distancia, los cambios producidos en la cabaña. Pero ambas cosas,

54
entendió, no se compatibilizaban en esos momentos. Tendría que seguir
creyendo en lo que había proyectado en y con su pensamiento. Decidió
centrase exclusivamente en el aterr izaje. Luego, atesoraría t iempo para
comprobar los resultados imaginados, pensados, creídos. Tendría que ser
lógico y paciente, dada su consabida vehemencia.
Con un ángulo de ataque adecuado penetró en el minúsculo espacio aéreo
que estaba apunto de recibirle. Con enorme deferencia posó las ruedas
delanteras; la trasera se dejó caer como en un colchón de espuma, sin apenas
notarse su contacto con la t ierra. Frenó con la misma condición, dando la
vuelta a la izquierda, aplicando gases y frenando la rueda del mismo lado. Una
vez más no podía distinguir su choza. La enorme polvareda levantada impedía
una visión perfecta. No obstante, avanzó hasta el lugar determinado para dejar
su aparato. Al pasar a la altura de la cabaña, ésta continuaba sepultada ante el
polvo que latente, aún, flotaba en el ambiente. Parecía igual a como la dejó.
Cierto temor a no ver cumplido su ideal, produjo un leve sudor f río que supo
atajar retomando su pensamiento inicial. Todo estaría allí. ¡NO!, se dijo,
tengo que creerlo en presente: todo está ahí, exacto, tal y como lo he
diseñado. No podía, ni sería de otra manera. Creía en su poder. Creía que todo
es posible si crees en ello. Se reafirmó una y otra vez luchando por eliminar
las dudas que pudieran surgir como lo hace la infantería en un cuerpo a cuerpo
mortal con el adversario. Si Pal lo habían conseguido ¿Por qué no él?
Apagados los motores, y desconectados el resto de instrumentos según el
procedimiento estándar, corrió precipitadamente dentro del tubo esférico hasta
abrir la portezuela de salida. No usó los peldaños para bajar, lo hizo de un
salto, con los tacos amarillos de madera en forma de cuña para anclar las
ruedas; eso sería la últ ima parte a ejecutar de las instrucciones post vuelo.
Terminado, corrió con todas su ganas. La visibilidad era mucho mejor, si bien,
bastante polvo se esparcía por doquier. Ese sería un problema al que tenía que
dar solución también, pero lo dejaría para más tarde, en esos instantes su
anhelo estaba volcado en su creencia. Ahora, lo importante era comprobar
otros grandes y magníficos resultados.
A medida que se acercaba, parecía que nada mostraba cambio tangible. La
caseta ofrecía el mismo aspecto. Un montón de toscas maderas iguales a las
que pudo ver el día anterior, se mantenían con persistencia, sin modificación
alguna. Su sprint disminuyó. De nuevo asaltaron las dudas. Dudas que duraron
milésimas de segundo al darse cuenta que él, exclusivamente, había realizado
un diseño mental del interior. El exter ior bien poco le importaba ahora.
Su agitación reanudó la persecución hacia su pensar. Estaba convencido de
los resultados. Tendrían que estar. Seguro que estaban. Él, ya, no dudaba de su
poder iniciát ico.

55
Con precipitación subió de un solo paso los cuatro peldaños de la escalera
que le separaban del exiguo porche inclinado que resguardaba de la lluvia con
una caída a dos aguas ante la única entrada. Frenó de golpe. Puso su mano
derecha sobre el picaporte. Respiró profundamente. Cerró sus ojos e imaginó
de nuevo todo con detalles. A medida que iba concretando cada una de sus
pautas, consideraba que ello podía ser y era real en el momento actual. A
medida que reiteraba cada objeto, cada elemento, cada esquina y parte del
inter ior, su boca esbozaba una sonrisa creciente. Todo aquello estaba, no
estaría, estaba en el momento actual, ahí, y estaría siempre ahí, no allí,
mientras él lo pensara, mientras él pensaba que es posible; no, que sería
posible.
Al pronto soltó una carcajada inesperada para él mismo. Era la señal
palpable, procedente de su inter ior, comunicando la ratif icación de su anhelo.
El convencimiento era total, palpable. Estaba absolutamente seguro.
Giró el picaporte. La puerta se abría suavemente, sin estruendo, sin
forzarse. Era difícil poder contrastar la dureza de un exterior compuesto de
listones de madera, que a duras penas aguantaban juntas machacadas por los
agentes climatológicos, con el nuevo inter ior que reluciente fulgía. El suelo ya
no estaba compuesto de arena. Lo formaba una pizarra anaranjada veteada por
blancos y grisáceos entre cortados de aguamarinas y turquesas. La alfombra a
juego acompasaba en un lienzo dulce, inigualable. Sobre la mesa, que dibujó
mentalmente, efectivamente, se encontraban ricas manzanas verdes y ácidas.
Cogió una mordisqueándola con prontitud, estallando en su cavidad bucal el
agua compactada que el fruto contiene en cada una de sus células. El sabor era
el esperado: fresco, limpio, agradable, despierto y real. Tras el mordisco abrió
de nuevo sus ojos, paladeando la esencia que seguía fluctuando entre su
lengua y dientes, y contemplando, con enorme y satisfactoria felicidad, los
detalles imaginados, pensados, proyectados. Empezó por abrir cada una de las
puertas que existían antes, las que accionó Pal. Todo estaba ahí, no allí. Todo
estaba. Todo. Incluso el frigorífico repleto de los manjares que más degustaba.
Todo, le parecía, ahora, perfecto, real. Se había descubierto a sí mismo. Era su
conclusión, su nueva realidad.
Se sentó en una de las butacas reclinables tapizadas en cuero teñido de
rojo. Su Ser se bañaba en Sí mismo. Era el mago de su vida, de su momento.
Percibía una sensación tremendamente agradable que optó por def inir como
felicidad. Por primera vez en su vida se sentía dueño de Sí. No era en este
instante, los aviones, lo que realmente le llamaban la atención, sino, la
capacidad de Ser y hacer lo que quería. De volar a donde imaginara. Entendía
por primera vez cuál era el real signif icado de vivir, de volar, de Ser.

56
De súbito se incorporó recordando el últ imo de sus pensamientos, un
capricho. Miró a través de la ventana del fondo. La que daba a la parte
trasera. Si señor, se dijo, ahí se hallaba. Con otro brinco emprendió la salida a
la carrera, hasta llegar junto a ella. Estaba reluciente, nueva. Niquelada. Con el
manillar en alto, de asiento triangular sobre dos amortiguadores en forma de
muelle helicoidal. Cuatro cilindros en uve. Alforjas en los costados. Y un
casco en azul plat ino sobre el depósito del mismo tono.
No esperó. Montó en ella ajustándose a la conclusión de sus sueños. Giró
la llave de contacto. El arranque fue perfecto, suave, inigualable. Sonaba al
trote. El puff puff amortiguado del motor no tenía confusión. Retiró el pedal.
El equilibr io del peso recaía sobre sus piernas, y como si supiera dónde
exactamente encontrarlo, sin mirar, sacó con su mano izquierda de uno de los
bolsillos laterales de las alforjas el pañuelo blanco e inmaculado que se anudó
al cuello. Met ió la pr imera marcha; y giró el puño derecho. Él y la
motocicleta, como uno solo, se encaminaron hacia la parte sur. Allí estaba el
camino de descenso hacia el inigualable valle sumergido repleto de floresta y
vegetación magnánima que componía, como un cuadro multicolor, toda
aquella depresión. Un contraste, sin duda, acusado con el resto del paisaje,
árido y seco, que se perfilaba en la superficie, donde el sol incrementaba a
esas horas, con sus rayos, la temperatura.
Mientras descendía por el camino en caracol que circunvalaba, como una
pulsera, Ís, la suavidad climatológica se hacía fehaciente. Los grados
disminuían. Penetraba en un microclima exuberante. Al bajar, por completo, la
diferencia de setecientos metros que le separaban del borde de Ís, comprobó el
componente arcilloso del terreno. Se dejó ir. Fluyó con la creación añorada
desde su pensar. Así permaneció casi todo el día; recorriendo cada uno de los
rincones de aquel magnífico ideal; alimentándose a base de la fruta encontrada
en su exploración.
Al atardecer, cuando las primeras sombras quisieron iniciar su deambular,
sintió la necesidad de regresar. Había quedado colmado de su querer, al
empezar a saber Ser, y cómo Hacer.
Lo siguiente que contenía su pensamiento requería ejecución desde la
cabaña. Desde su hogar. Desde su nueva vida. Iba a dar fin al problema del
polvo que se levantaba cada vez que se usaba la pista de aterrizaje.
Llegó a la cumbre de Ís acompañando a la despedida del astro solar.
Aparcó la motocicleta en la entrada de, la que ya consideraba, su casa. Aquél
paraíso se había convertido en su pequeño bastión. Un lugar sólo para él. Un
sitio casi impenetrable e inaccesible. Su mansión. Quizá su destino. Sólo
quizá, pues ello era algo que aún no tenía claro. Sea como f uere, se dijo,
dejaré que eso se resuelva a su tiempo, no que lo haga el tiempo.

57
Preparó salchichas rellenas de queso fundido y patatas fritas regadas con
salsa rosa. Lo acompañó con pan de centeno y una copa de un excelente vino
blanco de crianza. De postre otra de sus queridas manzanas verdes. Alimentó
el fuego de la chimenea con algunos troncos para que aguantaran el resto de la
tarde noche. Concluyó el ritual recogiendo la mesa y los utensilios. Luego,
sacó papeles, lápices rotuladores y material de dibujo de uno de los cajones
del escritorio que se encontraba tras la puerta, junto a la otra nueva ventana
del recinto. Sobre la mesa extendió el mater ial listo para trazar el dibujo de su
nuevo pensamiento.
Durante algo menos de tres horas elaboró el proyecto que tendría que
estar preparado para la mañana siguient e. Ese era su propósito. Y la gran
ventaja que había atesorado durante toda la jornada f ue entender que él solo
debía imaginar y pensar en el fin de lo que quería Ser, Hacer y Tener. El
cómo se elaboraría no era su problema, sólo tenía que ver el f inal de la
cuestión, creerlo creándolo al mismo tiempo en su pensamiento formulado en
presente; el resto se resolvería por cauces que no tenían que pre-ocuparle.
Exclusivamente tenía que ocuparse del momento actual, visualizando el f in ya
realizado. Esa era la clave, el secreto.

Al concluir, tomó una infusión de frutas, contemplando los bocetos de su
proyecto colgado con chinchetas en la pared que enfrenta su cama.
Sonrió feliz. Estaba feliz. Era feliz. Soy feliz, creo en mí, se dijo
culminando convencido. Satisfecho.
Apagó las luces. Se tumbó en la cama, y acompañado por la intimidad que
proyectaban las llamas del fuego, terminó por dormirse sin dejar de mirar,
hasta el últ imo instante, con satisfacción, el dibujo donde estaba enmarcado su
pensamiento y, a la vez, propósito; su nuevo proyecto, ya, en marcha.
Lo que pasara al día siguiente no le pre-ocupaba. Sabía que el suceder
estaría ahí, palpable. Existiendo.












58
6. Ser la causa, no el efecto.




“El caballo uncido al carro f orma parte del mismo. El amo del carro es
aquel que lo guía sin estar unido a él. Debemos trabajar con todas nuestras
f uerzas, pero cuidándonos al mismo tiempo de no perder la libertad de
espíritu, porque nuestros actos deben ser, ante todo, la expresión de nuestra
libertad: de lo contrario pareceremos ruedas que giran porque una causa
externa les obliga a ello.”
Rabindranath Tagore. Filósofo y escrit or indio (1861-1941)

“Si las causas no existiesen, todo sería producido por todo y al azar”
Severo Cat alina. Periodist a y escritor español (1832-1871)






Tercera jornada. 10:08. Aeródromo de Ís.


Jano dormía plácidamente. Quizá como nunca lo pudo hacer antes: en paz,
quietud y serenidad. No despertó ni una sola vez durante la noche.
El sol hacia largo rato que anunció su aparición. Debería haberse
despertado varias horas antes obedeciendo a sus hábitos. Sin embargo, su
sueño estaba siendo tremendamente reparador a muchos niveles de conciencia.
Algo ruidoso y ensordecedor hizo la función de un despertador
enloquecido. Su aullido y vorágine le espabiló con sobresalto. Sin alarma se
incorporó, algo inquiet ante, expectante y examinador. Quería no confundir ése
ruido que, aún, permanecía en el ambiente, alejándose, con lo que no quería
pensar. ¿Estaría una vez más cumplido su pensamiento? Su seguridad estaba
fuera de cualquier posible vacilación.
Se puso aceleradamente el mono de vuelo y las botas negras abrochadas
con cordones y hebillas metálicas. Buscó la gorra que, recordaba, dejó colgada
en el perchero de la entrada. No tenía prisa. Si era lo que creía, volvería.

59
Una vez en el exterior miró la manga. El viento había cambiado, por tanto,
tuvo que hacerlo por la dirección opuesta. Por allí tendría que aparecer su
regalo.
A lo lejos divisó las inconfundibles estelas en paralelo, siempre negras, que
los motores de un inconfundible Phantom F-4C deja tras de sí. Ahí estaba su
Ser cumplido. Y aquí tendría que aterrizar se dijo, en la nueva pista. Él lo
había dispuesto todo para que así fuese. Una vez más, su pensamiento es, el
motor de su Ser y Hacer.
Efectivamente el reactor se acercaba majestuoso, manchando, y pintando,
el sendero de descenso que, presto y cierto, denunciaba sus intenciones. Aún
le quedaría unos mil quinientos metros para llegar a la cabecera de pista.
Las luces de aterrizaje emergieron al unísono que sus tres ruedas. Sus alas
en diedro marcaban su silueta como la de ningún otro aparato existente. Era, a
su juicio, uno de esos aviones que marcan época y estilo. ¿Cuántas horas de
vuelo a bordo de uno de ellos? Muchas, y muy agradables.
Ver su llegada era, para él, idént ico a estar en el interior manejando los
mandos. No tenía que cerrar los ojos para imaginar cómo se estaría
evolucionando desde la cabina. Desde esa posición, el rugir esbelto de sus
gigantes quemadores, de keroseno, no se escuchaban mientras lo tuviese de
frente. El viento reinante, en la distancia, hizo rizos con las estelas del humo
abandonado en su trayectoria.
Estaba deseoso de poder sentarse en el asiento, meter gases a tope, e ir
escalando, subiendo, en un ángulo superior a los cuarenta y cinco grados, el
cielo que le esperaba. Aunque mayor era su querer de compartir los avances y
progresos obtenidos. Debería ser evidente, si no lo era ya, el resultado de sus
pensamientos. Ella tendría que estar orgullosa de él, y de su eficiente trabajo
como instructora.
La pista era de un negro singular, diferenciador. Un negro reluciente. La
tierra árida y polvorienta de ayer, yacía sepultada bajo un perfecto suelo de
alquitrán bien compactado y cimentado. Las marcas de pinturas, a estrenar,
eran relucientes. Ninguna señal de caucho quemado marcaba centímetro
cuadrado alguno. El Phantom sería el primer avión en estrenar sus
pensamientos materializados. También habí a calculado el alargamiento de la
pista en setecientos metros más, mitad por cada lado; parecer de menor
trascendencia, dado que el margen de antes, para el aterrizaje y despegue,
cumplían los requisitos, sobradamente, para éste avión.
El F-4C estaba muy cerca. Sólo metros insignes faltaban para el suceso. De
pronto una espesa humareda vomitada, desde la popa, anunciaba un aterrizaje
abortado. El tren se recogía a escasos metros del suelo. Él, entus iasmado,
esperaba el acontecimiento: el regalo con el que sería homenajeado. El

60
Phantom pasó a plena potencia escupiendo fuego por sus toberas. Parecía un
gigantesco cerillo encendiéndose sobre un asfalto semi rugoso. Al llegar a su
altura, calculó que a más de doscientos nudos, la visera negra del piloto sobre
el fondo del casco rojo se volvió hacia él saludándole. Fue un detalle devuelto
de forma militar adornado con una enorme y bonita sonrisa masculina llena de
satisfacción y orgullo.
El aparato se elevo girando y ascendiendo bruscamente a babor. La pirueta
dejaba antojadizas estelas de condensación por el borde exterior de sus planos;
chorros blancos ilustrados tras el fruto vertiginoso del aire al rozar la
superficie alar. El aullido, de los kilos de potencia, persistía en el espacio.
Luego, con prontitud, enderezó manteniendo rumbo paralelo a la pista, hasta
girar muy a lo lejos y enfilar de nuevo el aterrizaje, que a voluntad del piloto,
y por un querer expresado en el pensamiento de Jano, había sido anulado en
primera instancia.
En sólo cinco minutos, aquel conjunto de metal y fuego que tronaban los
cielos, estaba calmado, templado, tranquilo y desafiante junto al DC-3. Pese a
ser aviones de épocas tan distintas, eran muy similares en envergadura. Uno
hecho para el transporte de personal y material. Otro para el combate cara a
cara y el bombardeo de posiciones enemigas. Ambos, ahora, usados,
simplement e, para lo más hermoso que se podía imaginar: volar, disfrutar; Ser
feliz pilotándolos.
Pal saludó efusivamente al contento y feliz alumno con un abrazo y un
beso en la mejilla. El rubor de Jano no pasó inadvertido, aunque duró un
instante. Un fuerte carraspeo disimuló el tono encendido de su faz,
disponiéndose a mostrar los cambios realizados como señal indiscutible de la
correcta aplicación, aceptación y adaptación de las dos primeras lecciones de
vuelo en su Ser.
- ¿Ves? ¿No ha costado tanto, no?
- Efectivamente – contesto aferrándose a su brazo con fuerza –, sabía
que lo conseguirías. Eres un tipo inteligente, algo tosco, irascible, petulant e y
terco, pero saludable. Aunque has de reconocer que has tenido que invertir, en
ello, unas cuantas vidas, o unos cuantos vuelos.
- ¿Qué quieres decir con eso de unas cuantas vidas? – Indicó al tiempo
que la encaminaba hacia el inter ior de su pequeño palacio –. ¿Es que he
vivido, antes, otras vidas? Explícamelo por favor.
Ella volvía a suministrar una de sus grandes sonrisas y una mirada cómplice
dando saltos al caminar en su deambular entusiasta.
- ¿Qué pensabas, que sólo hay una vida? – Rió a carcajadas.
Jano, sorprendido, iniciaba otra de sus alocadas elucubraciones mentales.
No quería dejar de captar cada matiz de las palabras emanadas de su

61
instructora, a la que ya tenía en gran aprecio, a pesar de todo el tormento por
el que le hizo pasar al principio, según él. Pero no tuvo ocasión de proseguir
con sus divagaciones
- Venga invítame a una taza de té rojo y charlamos un poco. No le des
vueltas en la mente a las cosas, deja que todo llegue en su momento – Sugirió
subiendo los peldaños hacia el porche –. Hoy, has de empezar con la tercera
lección, de la que estoy segura, no has echado ni cuenta.
Jano tenía el manual sobre la mes ita de noche. Estuvo tan desbordado el
día anterior con sus planes, que, en efecto, no prestó atención a la existencia ni
al contenido del mismo.
- De acuerdo, maestra mía, estoy a tu disposición – manifestó en un deje
que denotaba cierta complicidad en la sumisión –, puedo asegurar que estoy
en la mejor disposición para la instrucción. Si el resto de lo que he de
aprender es tan hermoso como esto del pensamiento como motor de lo que se
quiere, y que en realidad sólo es necesario creer al mismo tiempo que lo creas
mentalmente para Ser, y Hacer lo que uno proyecta, supongo que lo que me
ha de llegar, será aún más excelso – Concluyó abriendo la puerta a los
aposentos.
- Que no te quepa la menor duda pilotillo – Respondió con una sorna
agradable, y, por cierto, bien aceptada por su interlocutor.
Mientras ella corroboraba, satisfecha, los detalles recién instalados, sentada
desde una butaca, él preparaba en la cocina, por primera vez en sus recuerdos,
y con sumo placer, algo para una mujer.
Al ir dando cuenta de las bebidas servidas, fue relatando con detalles,
puntillosos, cada uno de los eventos del día anter ior. Gozaba haciéndolo. Ella
le escucha con gran atención, y fervor, mientras con sus manos acariciaba la
taza en un gesto incendiar io. Relató incluso las fórmulas aplicadas para el
cálculo de estructuras, el cómo visualizó en la mente que aquello estaría allí
construido para el amanecer del día s iguiente, y cómo esperaba que ella
pilotando un Phantom llegara hasta aquí inaugurando su nuevo Ser.
Discurrieron casi dos horas en tal disposición. Los dos disfrutaron, Jano
exponiendo, ella regocijándose, congratulada del alto nivel de conciencia y
felicidad escalado por su alumno.
Las doce y media sonaron en el reloj de cuco instalado junto a la entrada.
Aquello constituía el aviso de algo nuevo.
- Bien pilot illo. ¿Qué te parece si continuamos con tu instrucción?
- De acuerdo – contestó procurando el mayor agrado posible –. ¿Qué
tengo que hacer ahora? Estoy a tu disposición.

62
- Pues – dijo abriendo sus manos como si de ella nada dependiera –, haz
lo que tenías pensado hacer. Simplemente eso. Pero ten en cuenta que antes
de hacer, has de Ser, si no, no es posible Hacer.
- ¿Así de fácil?
- Todo es f ácil, si así lo dispones. Considéralo y postúlalo. Tendrías que
estar haciendo siempre lo que qui sieras hacer, ese es el espíritu de las reglas
del vuelo. Es la manera de Ser f eliz.
El Cadete se levantó decidido. No albergaba incertidumbre sobre cuáles
eran sus prioridades y proyectos para ese día. Le ofreció su mano invitándola a
seguirle. Ella no la rehusó asiéndola con fuerza y ternura; recordando antes de
abandonar la estancia que llevase el manual consigo en todo instante

El Phantom bramaba su fuego al inicio de la pista con los gases al cien por
cien. Revoluciones al límite. El chequeo prevuelo revisado. Los frenos
anclados fueron soltados de golpe. El F4 respondió inmediatamente saliendo
raudo y recto sin desviarse de la línea central. Tras mil metros, Jano inclinó
con suavidad, pero con energía, la palanca de mando hacia delante
provocando que la rueda de morro se agachara, de esa forma el amortiguador
respondió impulsando la negra y abultada nariz del reactor hacia arriba. En
sólo dos segundos el tren era accionado para su recogida. Los posquemadores
escupían todo el elixir ardiente que era posible entre sus entrecortadas sucias y
rojizas aberturas traseras. Subían como un cohete escalando centenares de pies
por segundo. En breves instantes habían alcanzado los quince mil pies. Giró a
estribor retirando la palanca de gases al mínimo, dejando caer en picado la
máquina voladora en un flechazo vertiginoso que apuntaba directamente sobre
el centro de la pista de Ís. La aceleración aumentaba. Pal no decía nada. Él
tampoco. Dos buenos pilotos gozaban y disfrutaban de la excitación del
momento. Gozaban de sí, de su Ser. Del ver acercarse la tierra a gran
velocidad. De comprobar como aquello que parecía pequeño se hacía grande y
lo que era grande a la vista dejaba de existir conforme su cercanía estrechaba
su punto de mira. A más de quinientos nudos caía en un desplome controlando
las toneladas de metal que componía el inigualable pájaro volador. Estaban
rozando el paso de mach 1. Un estallido como el de una explosión detectó el
paso de tal magnitud. La tierra estaba tremendamente cerca y debería recoger
si no quería estamparse contra su mundo recién creado. Así lo hizo: tiró de la
palanca atrás. La mole esbelt a pintada de color amar illo desierto obedecía sin
rechistar, sin remilgos, sin opos ición, sin negligenc ia. Su disciplina respondía
a la voluntad del dueño de sus entrañas y actitudes. Aquella maniobra se
mantuvo hasta equilibrarlo a cien pies por encima de Ís. Justo en la vertical, y
al pasar como una exhalación, sobre el asfalto, que relucía de br illante mate

63
por el impacto de los rayos del sol simulando, sin serlo, un espejo gigante y
alargado. Introdujo más potencia. El Phantom quebró sus instantes en una
soberbia propuls ión de nueva excit ación, forzando al avión por encima de los
ochocientos nudos. Mach dos llegaba, quería ser sobrepasado. Un altanero
zumbido del aire como el quebranto de todo un bosque crujiendo al ser
cortado de raíz en cada uno de sus árboles al mismo tiempo, manifestó el
prodigio.
- ¿Cuál es el rumbo a Nairda, navegante?
- Dos ocho nueve – respondió velozment e Pal –, desde nuestra actual
posición.
Giró a babor diez grados hasta que el indicador de rumbos marcó tal
dirección.
- Tiempo estimado de llegada.
- A la actual veloc idad, cuatro minutos y veintitrés segundos.
Durante ése tiempo y en un vuelo a baja cota se producía el efecto embudo.
Sólo podían visualizar los indicadores del cuadro de mandos y un ángulo,
aproximado, de visión externa, de cuarenta y cinco grados. La exposición
panorámica normal de los ojos de ciento ochenta grados quedaba reducida a
ese escaso límite. El radar controlado por Pal avisaba de los obstáculos que
debían ser sorteados al navegar tan bajo. El vuelo suponía el simulacro de una
montaña rusa.
Piloto y navegante, sin previa instrucción conjunta, estaban desarrollando
un vuelo tremendamente bien cohesionado. Formaban un equipo sólido. Jano
rememoró alguno de sus combates aéreos. Recordó cómo en una de las
guerras en las que participó, derribaba a alguno de sus adversarios. Lo hizo sin
usar misiles; los había lanzado todos sin éxito, sólo le quedaba escupir,
esparciendo, sus cinco mil cartuchos de treinta milímetros. Aquel fue un
combate de perros. Subiendo y bajando, haciendo toneles y tirabuzones.
Apuntando y disparando ráfagas cortas que no impactaban. Hasta que su
contrincante cometió un error. Cuando él disparaba, su oponente parecía tener
la certeza de saber hacia dónde girar para evitar los proyectiles. Salvo en la
ocasión en que continuó disparando en la misma demora sin dejarse llevar por
los giros desviatorios del caza enemigo. Lo hizo intuit ivamente, ya no le
quedaba munición y decidió lanzarla por la amura de babor como último
recurso antes de abandonar el combate y quedarse sin combustible. Su
oponente, esa vez no debió hacer caso a su instinto y se fue derecho hacia
donde la últ ima descarga fue lanzada. Ambos impactaron. El destrozo fue
inmediato y fulminante. Se agruparon todos los proyectiles sobre el núcleo
central del motor reventándolo al instante. Una bola de fuego fue el s iguiente
cuadro de imagen que su memoria almacenaba. No hubo paracaídas. El piloto

64
combatiente debió perecer al instante. Regreso a su base con la filmación del
derribo grabado. Por ello, recibió la medalla púrpura del congreso ante la
demostración realizada de valor en combate. Algo que visto desde la actual
perspectiva, era algo realmente efímero, y sin valor añadido.
- Treinta segundos para interceptación de la radio baliza exterior.
La advertencia le saco del recuerdo obsoleto. Aquel extracto de su pasado
produjo algo de amargor que no at inaba a diger ir y notó que el vuelo se había
transformado, de pronto, en algo no gozoso.
- Enterado, procedo con maniobra de aproximación. Contacta con la
torre de Nairda, solicita instrucciones, por favor.
Retiró gases al mismo tiempo que Pal comenzó la comunicación con el
control aéreo. Inclinó con suavidad la palanca de mandos atrás subiendo al F4
hasta alcanzar los mil ochocientos pies provocando la disminución de la
velocidad hasta los doscientos nudos.
- F4, aquí torre de Nairda, viento de quince nudos por uno siete cero,
autorizado at errizaje en pista uno seis izquierda. Es usted el segundo tráfico
¿Ve el primero?
- Torre Nairda, aquí F4, copiado. Veo tráfico entrante.
Jano entendió que tendría que alargar algo más su maniobra, debido a la
inferior velocidad de la Cessna 210.
Mientras se alejaba reconfirmó aquellas imágenes de combate como algo
que no quería volver a exper imentar. La sola sensación de estar disfrutando
del vuelo, a pasar en segundos a ser ocupado por sentimientos infecundos,
produjo la confirmación de que su interior acusaba el notable cambio de
dimensión; de conciencia. Su raciocinio era inundado por una curiosa
iluminación reveladora.
- Cessna 210 dejando libre pista uno seis izquierda.
A ésa señal el F4 viró cerradamente en un giro de ciento ochenta grados
perfecto, alineando la pista. Bajó el tren y los flaps, incrementando
ligeramente la potencia. Quedaba muy poco para tomar tierra.
- Ni se te ocurra pilotillo. Aquí no.
- ¿Por qué no Pal? ¿Ocurriría algo?
- Simple. Tendrías que haber leído la tercera lección.
Pretendía pasar a lo largo de toda la pista a pleno gas con el tren recogido
ascendiendo al final de la misma realizando un giro invertido que le
depositaría con exactitud al comienzo mismo de la uno seis izquierda. Hubiese
sido una auténtica maniobra de acrobacia ejecutada con elegancia. Pero no era
el momento. Lo captó. Aquello no procedía sin antes asimilar la t ercera parte
de su entrenamiento de la cual aún no tenía conocimiento. Decidió hacer caso
a su copiloto, que tan excelentemente le había conducido hasta una cota que

65
jamás habría imaginado. Sería prudente seguir sus consejos. Hasta ahora,
habían otorgado frutos muy sabrosos.
Depositó el Phantom con elegancia y majestuosidad, conduciéndolo hasta
el parking señalado como se hace con un dócil cordero en medio de un
pastizal verde, jugoso y tierno.

Ya en tierra, echó mano del manual, buscando ávidamente el nuevo
contenido que como mensaje en clave, supuso, llegaría al igual que los
anteriores. Lo que le embargaba la curiosidad, era su falta de curiosidad por
leer algo más del manual distinto a lo que debí a aprender en cada momento.
Pero eso fue un relámpago que pasó por la mente sin más anális is, al encontrar
lo indagado. El texto era algo más extenso en esta ocasión, pero igual de
enigmático que los anteriores: “Ser la causa, no el ef ecto”. Otra vez un
laber into era palpable. Cuándo iban a entender estos que él era un piloto, no
un filósofo. Pensó que tendría que volver a recurrir a su instructora para
solventar el galimatías, que para más pesar no terminaba ahí, dado que
acompañaba una colet illa en letra más pequeña. La temible letra pequeña.
Imaginó que la trampa estaría en ella. Pero al igual que la primera, ésta parecía
aún más enigmát ica: “La impaciencia es un ef ecto producido o derivado de
los ef ectos de no estar en tu Ser”.
- Tómate esa – se dijo –. Por si fuera poco ahora tenemos no un acertijo,
sino todo un puzzle que montar sin que sepa, tan siquiera, por dónde empezar.
- Ya te dije – mencionó riendo camino de la terminal principal –, que
todo es f ácil, sólo depende de cómo lo consideres.
Le devolvió la sonrisa. Estaba contento, y a la par hambriento. Deseaba
disfrutar de un buen almuerzo caliente, incluso disfrutar de la compañía del
General, de quién en principio no guardaba un recuerdo muy halagador.
Soltaron todo el mater ial de vuelo en la oficina de equipo personal. Luego
tomaron un de los pequeños jeep que estaban aparcados en la puerta norte a
disposición del personal para recorrer los dos kilómetros que les separaban del
comedor.
Durante el trayecto, Jano, quedo extrañado de la gran actividad que reinaba
en el aeródromo. Nairda poseía el aspecto de una gran base aérea, y ese no era
el recuerdo que poseía del mismo, dos jornadas antes. ¿Qué había
cambiado?... Creyó, en su momento, que todo aquello estaba instalado para su
uso personal exclusivo. Por unos momentos pensó que la intimidad, que se
reflejó a su llegada, había desaparecido.
- ¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué ha pasado aquí?
- ¿A qué te refieres exactamente? – Respondía girando velozmente en
una curva.

66
- Bueno, Pal, cuando nos conocimos, Nairda estaba vacío. Ahora parece
que hubiese cobrado una inusitada actividad. ¿Acaso era un día festivo cuando
llegué?
- Aquí siempre estamos de fiesta. Esto es el evidente resultado de tu
cambio existencial. De tu nueva realidad. Sencillamente estás percibiendo las
cosas desde ot ra nueva dimensión. Has adquirido una perspectiva
diametralmente distinta a la que poseías. ¿No recuerdas las dos primeras
reglas del vuelo que has dominado?
La miró con sorpresa. No comprendía. Una cosa era haber aceptado que si
pensaba en algo y creía en ello, la manifestación material de eso se palparía
como un reflejo exacto de su querer al empezar a realmente Ser. Pero nunca
pensó que Nairda estuviese poblado de tanta cantidad de personas. Eso no
formaba parte de su imaginación.
- Sigo sin acertar a vislumbrar lo que pretendes decirme. Yo pensé que
estaba sólo aquí. No consigo…
- Efectivamente. Lo pensaste. Y eso es pasado. En estos instantes estás
de vuelta porque simplemente sabías, en tu interior, que no lo estaba. ¿Por
qué si no pensaste en que fuese a Ís con un Phantom? Repásalo.
Lo hizo. Vaya que s i lo hizo. El poco tiempo que tardaron en llegar a su
destino fue suficiente para percatarse de ello. Quiso aquello porque estaba
seguro de regresar con un triunfo que poder mostrar a todos. Y ese todo, era
aquello que podía ver y contemplar desde su nueva dimensión de Ser.
- Tienes razón Pal. En el fondo de mi conciencia he querido esto, aunque
casi no fui consciente de la trascendencia que iba a suponer en ésta, tan
particular, vivencia personal.
- Ten en consideración que todo eso es sólo el ef ecto que tú has causado.
De nuevo su perplejidad quedó ref lejada en su rostro, justo en el instante en
que aparcaba.
- Lo entiendo, lo entiendo. Entiendo lo que es “ser la causa, no el
ef ecto”. Claro – se dijo propinando una palmada en su frente –. Dime si no es
verdad la cognición que acabo de tener. Verás – Pal, aún sentada fijó su
atención expectante –. Mi pensamiento es el motor de todo lo que ocurre en
mi vida, en mí Ser, al Hacer y Tener. Con tan sólo creer en mí, y mis
posibilidades, todo lo que piense es creado en mí Ser, como de la nada; ello
me lleva a encajar que soy la causa de los ef ectos que experimento. ¿Es
correcto?
- Tanto como que la comida que deseas tomar está esperando a ser
servida.
- ¿Tortilla de patatas con cebolla y pechugas de pollo a la plancha con
abundante mayonesa?

67
- ¿Por qué no compruebas los efectos que has causado? – concluyó
invitándole a bajar del jeep.
El comedor estaba repleto. El ruido efervescente. Caras animadas.
Felicidad, buen ambiente y un olor enriquecedor componían un conjunto
excitante y muy agradable. Los recuerdos de los primeros años de Cadete
afloraron inmediatamente.
Una vez en la cola del autoservicio, pudo cerciorarse de la tangibilidad de
su pensamiento manifestado; lo que supuso un crecimiento mayor del poder
que estaba desarrollando: mayor f e en él. Como nunca, su creencia en sí
suponía un escalar en su autoestima, conf ianza y creencia como Ser. Se
hallaba en un estado de plenitud y gozo sin paliat ivos. La palabra que
acontecía a través de la mente y desde su conciencia sólo tenía un posible
contenido y explicación: felicidad. Era feliz. Un sent imiento, ¿o una
emoción?, tantas veces implorado, anhelado y explorado que no había
alcanzado antes.
Seguía a Pal camino de un lugar para sentarse. Al pasar cerca de una mesa
donde un nutrido grupo formado por seis hombres y una mujer, reían con
jovialidad; y pudo reconocer cada una de las caras. Quedó de golpe petrificado
ante tal hecho. Los miró. Ellos le devolvieron el mismo gesto quedando,
todos, en silencio. La tensión aumentó considerablemente. Eran antiguos
alumnos suyos. Tragó saliva quer iendo que por un momento la t ierra se
abriera y lo hiciera desaparecer. Supo que su antigua categoría de Capitán no
podría ejercerse en ese momento. Algo que temía iba a ocurrir sin su
consentimiento.
- Mirad quién es. El que lo sabía todo sobre el arte de volar – requería
levantándose el de mayor envergadura en una muestra mitad desafío, mitad
agresividad, tirando la servillet a sobre la mesa con desprecio –, él que tubo la
osadía de expulsarme de la Escuela Naval por no tener aptitudes para el vuelo.
Menudo instructor que estabas hecho. ¿Qué, estás reciclándote, no?
¡¡Instructor de pacotilla!!
Jano quería encontrar un lugar donde depositar su bandeja sin t irar la al
suelo. Estaba a punto de zanjar la situación a puñetazos limpios tal y como era
su costumbre ante un incidente similar. Pal le asió de su brazo atrayendo su
cuerpo en la dirección contraria. Quería evitar un lamentable espectáculo.
- Vamos no te dejes llevar por tus instintos, demuestra que no eres así.
Ya empiezas a estar en tu Ser sin identif icarte con el exterior, con lo que te
envuelve.
- Déjame que arregle esto a mi manera – contestó mirando hacia atrás,
contemplando cómo era mofa de todo tipo de insultos y gestos considerados

68
obscenos y reprobables –, sólo son unos cuantos antiguos alumnos a los que
puedo resolver con facilidad.
- De eso estoy segura, pero ¿Vas a ser tú la causa o el ef ecto de los
demás? ¿No recuerdas la tercera norma?
Esa frase le extrajo de la ofuscación. La miró fijamente. La felic idad que
había experimentado hacía unos instantes estaba perdida, desgraciadamente.
Encontró cómo el dolor, de un fuerte golpe, proveniente del pasado, parecía
perseguirle allí donde fuera; y eso era una cuestión que suponía estaba
olvidada y sepultada. Aunque los hechos manifestaban justo lo contrario.
Todo éste conjunto de sentimientos le hacía parecer estúpido. Creyó por un
momento que lo aprendido no serviría para nada si su calamitoso pasado se
empeñaba en af errarse a sí sin separarse del momento actual. Por otro lado,
lo que Pal acaba de exponer le había conducido a la reflexión. Su enajenación
mental transitoria, su estancia f uera de su Ser y conciencia, se extinguió con
esa pauta de pensamiento.
- Perdona ¿Puedes repetir eso que acabas de decir? – Indagaba
colocando su bandeja sobre una mesa alejada del lugar del incident e, lo que no
quitaba que ciertos silbidos y abucheos llegase con cierto tormento a sus
tímpanos –. Eso de no ser el efecto de los demás.
- ¿Sabes? A veces pareces no atender o prestar la atención pertinente.
Me sorprendes agradablemente por un lado con tus rápidos avances, pero me
dejas perpleja ante actitudes que creía estaban resueltas. En primer lugar, y
antes de que conteste a tu pregunta, permíteme una. ¿Por qué crees que exi ste
todo lo que ves?
Jano quedó dubitativo mientras con ansias entregaba a su boca un excesivo
trozo de tortilla. Tenía que llevar algo el estómago antes de poder contestar.
Bebió un buen buche de agua y sin apenas masticar el alimento lo ingirió de
un trago. Tuvo el tiempo justo para poder formular una respuesta coherente,
sin salirse por la t angente, procurando que la actual exper iencia no le afectara
en su análisis
- Imagino que es el f ruto de mi pensamiento – Dijo con la cabeza
inclinada, algo humillada –. Aunque me cuesta reconocer que es así, pues no
es lo que realmente quería.
- Exacto – Acompañó la dulce voz limpiando su boca con la servilleta –.
Todo esto, a lo que se podría denominar tu mundo particular y personal; tu
universo. Lo has creado tú. Tú eres la causa de ello. Has de entender que
cada cual vive en el universo que decide crearse. Este es el tuyo. Y has de
aceptarlo. Y aquéllos ef ectos que no te gusten, puedes cambiarlos, de tal
f orma que esos ef ectos no se vuelvan contra ti. Porque si así f uese, dejarías de

69
ser la causa para pasar a ser el ef ecto de los ef ectos y/o causas provocadas
por los demás. ¿Lo ent iendes?
- Creo que sí. Aunque le falta un poco para comprenderlo y asumir lo –
Dijo, con asombro, para Jano, la voz recién llegada de Pitt, quien se sentó a su
derecha depositando su bandeja con el propósito de acompañarles en el
almuerzo.
Los de la mesa conflictiva al ver la actuación del Jefe de Instrucción
dejaron sus proclamas e improperios. Pitt marcaba un respeto al que todos
obedecían sin rechistar. Fue algo que el aventajado alumno supo apreciar con
claridad.
- Verás Jano. Tienes la facultad de adquirir los conocimientos con
rapidez. Pero este tercer paso puede parecer complicado. También has de
procurar intuir que cada uno de los pasos, están íntimamente ligados el uno
al otro, y que uno sin el otro, nada son. Cuando los asumas todos, entrarás en
una dinámica absolutoria que clarif icará cualquier circunstancia que pueda
acontecer, pues comprenderás, con gran entendimiento, que sólo tú eres el
causante de tus ef ectos – Bebió algo que contenía una jarra de barro azul, y
prosiguió –. En la medida en que tú sepas que eres la única causa de los
ef ectos que percibes en tu vida, podrás controlar tus momentos, tu vida y tu
existencia. Podrás volar donde quieras, y tan alto como imagines, aunque eso
es algo que terminarás de complementar con las restantes normas de vuelo que
tienes que aprender…
- Pitt – cortó radical Pal –. ¿No te das cuenta de la cantidad de
información que acabas de soltar? ¡¡Siempre me has dicho que han de
aprender poco a poco, como si comieran degustando, no como lo hacen lo
pavos: todo de un trago!!
- Perdonadme los dos – Inquirió Jano zanjando la cuestión –. Gracias
por pelearos por mí. Pero creo que puedo resolverlo yo solito.
Terminó de engullir el resto de comida que permanecía en su cavidad bucal
con algo de agua, y prosiguió, mientras, con una mano en alto, solic itaba
esperar en silencio.
- Bien, “si todo es f ácil”, proclama favorita de Pal. Yo he causado todo
lo que soy, tengo, percibo, veo, huelo, siento, experimento, etc. Incluso el
altercado de antes, aunque me cueste reconocerlo; lo admito, yo soy la causa
de los ef ectos que recibo. Incluso mi propia muerte. Además, de alguna
manera, os he creado a vosotros para que me mostréi s cuál es la esencia del
vuelo, o lo que es lo mismo, la realidad del sentido de la vida. ¿Es eso así?
Porque si no lo es, realment e estoy muy conf uso – Concluyó mirando a sus
inter locutores, a la espera de una respuesta definit iva.

70
- ¿Ves Pal? Ya te dije que con este alumno tendrías pocos problemas,
es realmente inteligente. Lo capta todo al vuelo.
Jano rió agradecido. De nuevo la serenidad había anidado en la mente, algo
enturbiada, por tener que especificar en tan pocas palabras tanto contenido.
- No es para tanto. A veces es obstinado y testarudo. Pero sí, he de
reconocer que no es difícil hacerle entrar en razón con un poco de lógica y
paciencia
- Gracias Pal. Eso es todo un halago. Quizá el mejor que he podido
recibir en mucho tiempo. Pero dejadme que pregunte algo que aún no alcanzo
a descifrar. ¿Por qué ese montón de gañanes desaforados están en mi personal
universo cuando en realidad no los quiero ni ver o recordar? Sólo son un
montón de estúpidos que se creen pilotos – Concluyó, algo despectivamente.
- Están ahí porque en verdad tú quieres que no estén – respondía Pitt
solicitando, con sus dos manos abiertas, tranquilidad antes la “contradicción”
proclamada –. Sé que te parecerá una estupidez en sí la f rase, pero intenta
seguir el juego de palabras. Ellos han sido y son parte de tu existencia. Ellos
han estado ahí y están ahí, para que de una vez termines de entender que sólo
tú eres la causa de tus ef ectos, y no ser el ef ecto de las causas de ellos, y las
que provocaste en el pasado. Cuando comprendas esto, ellos dejaran de estar
ahí siendo un ef ecto que te af ecte. Si te pones en causa, puedes causar que
dejen de ser un ef ecto para ti.
- ¿Cómo? ¿Sólo con pensar y creer que ya no están ahí dejaran de formar
parte de mi pasado y dejaran de afectarme? ¿Algo así como si los hiciera
desaparecer?
- Sí y no – clamó lacónicamente Pitt, mientras Pal sonriente seguía
degustando su almuerzo dejando que los dos hombres resolvieran lo que
tendría que haber hecho ella como instructora –. No es necesario que los
borres de la f az de éste tú universo. De hecho no lo lograrías porque son
parte del mi smo. Sólo es necesario que los ef ectos que ellos producen no
tengan impacto sobre ti. De esa manera tú podrás causar lo que quieras, sin
que interf ieran los ef ectos externos de los demás, que de alguna manera
también quieren participar en tu universo. ¿Lo captas?
Jano estaba concluyendo con sus filetes de pollo impregnados en
mayonesa. Otro buen trago de agua ayudó a bajar el bolo alimenticio mientras
su dilucidar procuraba resumir en una breve exégesis todo aquél formato
explicatorio. Además, quería manifestar otra vez más, que era un tipo, o mejor
expresado ya, un Ser, inteligente, sagaz y concreto. Se sentía orgulloso, como
nunca, de sí.
- Bien veamos, queridos instructores – proclamó con autoridad –,
queréis, entiendo, transmitir que cuando vuele no permita que el viento,

71
venga de donde venga, y posea la f uerza que tenga, me desvíe de mi rumbo
porque el viento estará ahí, siempre. Que cuando vuele, el sol en toda su
intensidad y pl enitud, no consiga cegar la visión de los objetivos, porque
estará ahí, siempre. Que cuando vuele, la lluvia, las tempestades o cualquier
otro agente atmosf érico impida culminar el curso que tenga previsto. Queréis
inculcar que cuando vuele, mantenga claridad en mis planteamientos,
independientemente de cualquier ef ecto que se interponga en mi deriva. Pues
entiendo, que para poder volar, todas esas circunstancias y eventos son”
necesarios” para culminar mi vuelo hacia donde me plazca. Porque en
def initiva, mi universo, mi mundo, es parte por igual del de los demás, ya que
todos estamos en el mismo universo siendo parte esencia del mi smo, además,
de eliminar def initivamente lo ef ectos desagradables producidos por mi causa
¿Es así de fácil lo que queréis explicar?
Ambos quedaron mirándose y sonriendo. Nunca, antes, nadie lo había
resumido con tanta sencillez plástica.
- Creo, querida, que éste muchacho está listo para pasar a la siguiente
lección. Y creo que en poco tiempo habrá culminado su formación si sigue tan
lúcido y cuerdo en sus conclusiones.
- No tan rápido, quer ido Pitt – anunció con sorna –, aún está la letra
pequeña. Me gustaría saber qué opina al respecto. Además, quiero apuntillar
que para saber volar, o ser f eliz, lo que realmente importa es Ser la causa de
los ef ectos, Ser la causa de los pensamientos, Ser quien crea en lo que quiere,
y no sea por el contrario el ef ecto de los pensamientos externos, pues sería de
esa f orma la manif estación real de que el poder no está en su Ser sino en el
ef ecto de lo exterior.
- Es verdad, quer ida, marginé la letra pequeña. Pero estoy seguro que
también albergará una explicación sencilla para ello. Aunque ése apéndice,
supongo, lo habrá archivado en la mente para no olvidar lo nunca jamás.
Jano estaba empezando a hincar el diente al postre. El resumen últ imo que
pronunció Pal le resultó clarif icador, muy clarif icador. Por otro lado, recordó
la existencia de la letra menuda, ya olvidada. Y tuvo que hacer uso del
manual, sin vergüenza.
- Os referís a esto de: “La impaciencia es un ef ecto producido o derivado
de los ef ectos de no estar en tu Ser”.
Ambos asintieron con un sí gestual, expectantes ante una explicación
lógica, fundamentada.
- Creo que también es fácil de explicar. Más bien sencillo. Bien, podría
decirse que la impaciencia es la f alta de paciencia. Lógico ¿Verdad? – el
asentimiento fue unísono –. Otra conclusión puede ser que ser paciente es
estar en paz ¿No? – la conformidad de su auditor io se repetía –. Por tanto,

72
haciendo una deducción matemática, se puede concluir que cuando tenga f alta
de paz, de armonía o, serenidad, existiría impaciencia, dudas, inseguridades,
problemas, y, por tanto, esas son señales evidentes de estar siendo, entonces,
el ef ecto de causas ajenas, no la causa de los ef ectos provocados por uno
mismo al no estar en mi Ser ¿He vuelto a acertar?
- Te lo dije, Pal, con, Jano, tenemos poco trabajo. Es realmente bueno.
Aunque estoy seguro que terminará resolviendo el conflicto que se le ha
planteado al entrar en ésta sala para que no sea un efecto contra él nunca más.
Y eso es algo que estoy deseando contemplar. Pero no quiero que te quedes
corto en tu deducción al mencionar el estar en paz con ser paciente. Verás.
Jano, ser paciente es estar en paz en el Ser. Y que siempre que estés en tu Ser
siendo la Causa del mismo, creyendo en ti, crearas el efecto pensado en tu
Ser.
- Gracias, Pitt, no lo olvidaré. Tengo que admitir que es una extracción
excelente la que has aportado.
- Eso espero, pilot illo, porque de ti se puede esperar cualquier cosa, en
cualquier instante, y si no al t iempo, que no me suelo equivocar – apuntilló su
instructora con una sonrisa malévola.
Esa agudeza le hizo intranquilizarse. Aunque no le otorgó mayor
importancia. Pensó que ella era de las que siempre quieren pronunciar la
últ ima palabra; cuestión en la que no erraba. Pero no le entró a la réplica. Y
resolvió dar tiempo al tiempo como ella amartilló. No quería ser el efecto de
su andanada.
Evidentemente, estaba en causa de sus efectos. Sabía muy bien qué es lo
que tenía que hacer en breves instantes. La segur idad en su arrojo florecía en
la mente con expectación. Su sentimiento era reconciliador, e iba a resolver
con causa aquellos desagradables efectos.
La conversación transcurrió por otros derroteros ajenos a la instrucción del
vuelo, y a la espera de que Pitt diera cuenta final al contenido de su almuerzo.
Determinaron ir al barracón número catorce, allí Pitt quería ofrecerle algo
nuevo al piloto. Era una sorpresa. Jano, por un instante, quedó desconcertado
pues no tenía previsto nada al respecto en su pensamiento. No obstante, se
dejaría arrastrar hasta donde fuese con la certeza de procurar Ser, él, la
causa de sus ef ectos, y no el efecto de los demás. Tenía bien aprendida la
lección. O al menos eso pensaba.
Recogieron las bandejas vacías para disponerlas en el carro de lavado. Jano
inició el camino dirigiéndose hacia la mesa de sus ex alumnos. Llegando a su
altura y percibiendo la escolta de sus instructores en la distancia, se dir igió
ante el público que le esperaba; otra vez en un silencio desafiante. En esta
ocasión el grandullón no se levantó.

73
- Quisiera… bueno, en pr imer lugar espero que hayan tenido buen
provecho. Quisiera decirles que pese a todo lo pasado, todos, sin exclusión,
estamos aquí para aprender. Pero para aprender de verdad lo que no supimos
enseñar, en su momento, ni asimilar en los instantes posteriores; es mi único
pensamiento, desearles una f eliz estancia con una próspera instrucción.
Señores, espero verles allí arriba muy pronto. En ese cielo que pacientemente
albergar cada uno de nuest ros vuelos. Por cierto, gracias por enseñarme una
buena lección – hizo el ademán de marcharse, pero reaccionó emanando una
últ ima frase con un tono conciliador –. Y si de algo les puede servir mi
presencia, no duden en recurrir. Lo que pueda hacer por ustedes, no tengan
dudas, si en mi mano está, lo haré. Les puedo asegurar que aquí se aprende, de
verdad, a volar. Buenas tardes.
Dio un cuarto de giro a babor concluyendo. Eso fue todo. Con esas
palabras se había liberado del posible efecto anterior y de los posibles que
llegasen. Ahora, era la causa de sí y de sus instantes. La claridad afloraba
como un manantial fresco y limpio a su entendimiento. Su capacidad para
percibir las pautas que podrían guiar con la adecuada soltura, ef icacia y
eficiencia, cualquier evento, se resolvían con un exquisito esplendor.
Parecía renacer a cada instante. Su satisf acción le otorgaba poder. Su
poder le incrementaba el grado de f elicidad, y la felicidad era su causa, sin
que él aún f uera la Causa real de su causa.

Durante el recorrido en el jeep, Pitt, alabó su resolución con brevedad; no
esperaba otra cosa de él. Concluyó que ésa fue una excelente forma de no
dejarse llevar por las acciones de otros, estando seguro de que había
conseguido adquirir la destreza para proclamarse la causa real de sus efectos.
El resto del trayecto transcurrió en silenc io, dejando que la agradable br isa,
que penetraba en el descapotable, inundara sus pulmones y esencias.
Disfrutaron del paseo hasta llegar al hangar indicado.
Al entrar, pudo percibir la presencia de lo que seguramente sería la
sorpresa que Pitt tenía preparada: un esbelto motovelero biplaza VZ.
Permanecía, incólume, apoyado sobre dos ruedas paralelas bajo la panza, y
otra pequeña en la cola. Blanco y reluciente. Parecía nuevo; a estrenar. Era
perfecto. Una amplia cabina adivinaba la gran capacidad de vis ión exterior
que podría ofrecer desde las alturas. La envergadura de sus alas, seguramente,
sobrepasaría los treinta metros. Un motor reducido, pero esbelto, con una
hélice, a su antojo pequeña, estaba anc lado justo en la parte trasera de la
cabina provocando que el centro de gravedad no estuviese por detrás de su
posición. Realmente era majestuoso. De líneas limpias y sencillas. Estaba

74
seguro que volar en él sería un contagio continuo de placer, un auténtico
deleite.
- ¿Qué te parece? – indagó Pitt.
- No lo esperaba – respondió algo confuso aún –. Se podía haber
imaginado cualquier otra cosa, menos esto. Tiene muy buena pinta. Seguro
que es una de esas joyas que t enéis guardada por aquí. ¿Cuándo puedo
probarlo?
- Está a tu disposición. Cuando quieras.

































75
7. Te mereces lo que crees merecer.




“Para enseñar a los demás, primero has de hacer por ti algo muy duro: has
de enderezarte a ti mismo”
Buda (Fundador del budismo. 563 AC-386 AC)

“Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito”
Proverbio chino







- Entonces cuanto antes, me muero de ganas de comprobar su
evolucionar.
Pitt y Pal, cruzaron sus miradas en un gesto cómplice.
- Bueno, yo había pensado que fuerais hasta Ís para traer de vuelta el
DC-3. En el trayecto, ella podría mostrar las peculiar idades de este modelo.
Pero por la hora que es, observo que es difícil que pudierais estar de vuelta
antes del ocaso. Creo que la mejor opción sería volar en las inmediaciones,
mañana nos ocuparemos del resto. ¿Te parece?
Jano estuvo meditativo unos segundos con el ceño fruncido. No quería
restar operatividad a las necesidades que tuvieran en Nairda con los distintos
aviones. Quizá algún alumno necesitaría del DC-3. Quizá él fuese la causa del
retraso en la instrucción de alguien, y era algo que no quería producir. Ya
había aprendido a no ser ef ecto de los demás, y no quería ser ef ecto
desagradable para los demás por su causa.
- Podríamos ir en un momento con el F4. Antes del anochecer ambos
aviones estarían de vuelta. No quiero ocasionar trastornos a nadie.
- No te pre-ocupes; ocúpate exclusivamente de lo que estás haciendo en
cada instante, pre-ocuparse te conduce, tarde o temprano, a estar
impaciente, y recuerda lo que hemos hablado y aprendido de ello antes –
respondió colocando su mano derecha sobre su hombro –. Sólo dime una cosa
¿Qué te gustaría Ser y hacer de verdad ahora mismo?
- Volar el VZ – manifestó sin dilación, con rotundidad.

76
- Pues a ello. Disfruta de este momento, disfruta de lo que realmente
quieres Ser y hacer. Sélo, y hazlo.
Miró a Pal, quien entendió que su turno estaba a punto de continuar. Él
tenía trabajo pendiente.
- Bien Pal, dale un paseo al muchacho y que disfrute, si es que se lo
merece.
Pitt terminó despidiéndose, entroncando de nuevo su presencia para la
cena. Instructora y alumno partían para realizar la revisión pre-vuelo. A Jano
le impactó la últ ima frase mencionada: “y que disf rute, si es que se lo
merece”. ¿Qué querría haber insinuado el viejo? Pitt, no decía nada sin un
motivo, sin un propósito. Sabía que medía cualquier frase que saliera de su
boca. Es más, estaba seguro de que no decía nada que no pensara. Y eso era
algo que en ése momento le mantenía en la incertidumbre. No quería ser más
que su propia causa, y no el efecto de una frase emitida por el General.
No quiso permitir que el debate interno, analizando la frase, interpusiera
obstáculos a la función en la que estaba inmerso. Quería seguir siendo la
causa de su Ser y no el ef ecto de circunstancias externas. Pacientemente
siguió a la instructora sin perder ojo en la revisión del VZ.

Empujaron suavemente el planeador hasta el exter ior del hangar. Era
ligero, muy ligero.
Imaginó que tendría que estar hecho de algún material muy resistente y
poco pesado para poder desplazar aquel avión con tanta facilidad, sin apenas
esfuerzo. Parecía trasladar una pluma con el empuje de un soplido. Parecía
volar cuando aún estaba pegado al cemento gris que lo hospedaba. Parecían
muchas cosas, pero no sabía qué le parecía aquélla frase no olvidada de Pitt
sobre si se merecía o no disfrutar. ¿Estaba disfrutando ahora siendo y
haciendo? Sí, f ue la respuesta interior. No obstante algo existía en la
sentencia que le resquemaba, le ocupaba la mente, le mantení a incesante.
Algo, analizó con certeza, de seguro, estaba a punto de serle revelado.
Esta vez sin dilación, y dado que con una sola mano podía seguir
desplazando la pluma blanca, sacó el trajinado manual de vuelo. La página
siguiente tenía una frase clarificadora, junto a un breve comentario. Decía:
“Te mereces lo que crees merecer”.
- No es éste el momento para eso – reclamó Pal sonriendo al ver su
sobresalto como si le hubiesen sorprendido haciendo algo prohibido –. Esta
vez te has adelantado pilotillo. Estate ocupado en lo que haces, sin más. Sé lo
que Eres, en el instante, sin más. Empuja para que salgamos al aire cuanto
antes. Ahí es donde tomarás la siguiente lección.

77
Jano guardó, atolondradamente, el manual intentando devolver la misma
sonrisa, aunque su rostro enrojecido mostraba, con claridad, el sent imiento de
haber sido pillado haciendo algo a destiempo.
Pal no dejaba de empujar, mirarle y reírse con gran fluidez. En sus miradas
había cierta complicidad. Un brillo especial despertó el iris de sus ojos. Las
pupilas de él comenzaron a dilatarse delatando cierta intención hacia ella. Pero
desde la intuición llegó el aviso de apresar ciertos pensamientos. Ella podría
leer le y no quería ser descubierto por lo que, en ese momento, su corazón
pensante, parecía expresar.
- Bien. Ya es suficiente. Subamos a bordo.
Sin otro dilucidar obedeció al instante; ruborizado aún. Una media sonrisa,
algo malévola, llegaba desde su instructora, consciente de la estupefacción
producida en su apreciado alumno.
- Ten cuidado al subir. Hazlo con suavidad. Ten en cuenta que las ruedas
que mantienen el equilibrio están muy juntas y no podemos permitir, con un
salto brusco, que las alas toquen el suelo. Es, éste, el único inconveniente del
aparato, que pese a todo, está muy bien equilibrado en su peso y balance.
Jano obedecía con suma cautela. Levantó su pierna izquierda apoyando sus
kilos sobre la contraria hasta que la primera estuvo totalmente introducida y
fija en el interior de la cabina. Dejó caer el resto de su cuerpo con precisión
sobre el asiento ergonómico y exquisitamente cómodo del VZ. Terminada su
evolución, ella le imitó
- Colócate el casco y enchufa el cable de audio.
Sin rechistar cumplimentó la orden; todavía se sentía cohibido. Pal, desde
su alojamiento trasero, encendió el circuito de interfonía.
- ¿Me recibes?
- Alto y claro.
- De acuerdo. El manejo de este avión es muy elemental. No tiene
ninguna complicación especial. Sólo hemos de saber muy bien encender y
apagar el motor cuando sea necesario o se requiera. Fíjate en la parte derecha.
Verás un cebador, una llave de contacto y un botón azul. ¿Lo ves?
- Afirmativo.
- Bien. Sólo hay que cebar una vez la mezc la al motor antes de
encenderlo, sólo una. Si lo haces más de una, ahogarás las bují as en su
encendido con un exceso de combustible. Luego giras la llave hasta la
derecha. Una luz roja se encenderá en la parte de arriba. Esa es la señal de que
la bat ería está activada y preparada para dar la corriente necesaria en el
encendido. Luego, sólo hay que pulsar el botón azul. ¿Entendido?
- Entendido y copiado.

78
- Tan sólo una cosa más. Para apagar el motor el procedimiento se
invierte. ¿Ha quedado claro?
- Claro y manifiesto. Perfecto Pal. ¿Hay otras cuestiones que deba
conocer?
- Todo a su momento pilotillo. Todo a su momento. No seas impaciente.
- No lo soy, Pal, simplemente quiero estar al corriente de cualquier
contingencia.
Ella no contestó inmediatament e. Ajustaba a su pierna derecha el
piernógrafo desde donde visualizar el resto del procedimiento y hacer las
anotaciones pertinentes. Dio tiempo y margen par comprobar si realmente
Jano caía en su trampa. Suponía que le vencería la impaciencia por encender
el motor y lanzar el motovelero al aire. Desde su posición accionó la cúpula de
la cabina cerrándola y anclándola. Maniobra que podía realizarse desde
cualquiera de los dos asientos.
- Bueno, Pal, ¿a qué esperamos?
- Sólo a que volvieses a hablar reiterando tu falta de paciencia. Veo que
has olvidado lo que anteriormente dijiste sobre ello. ¿Acaso no lo recuerdas?
En ese instante cayó en la cuenta, y en el ardid en el que sucumbió. Su
instructora es una mujer muy lista, se decía; alguien que sabe jugar bien sus
cartas. No necesitó hacer un recordatorio. Sabía bien lo que dijo, aunque tuvo
que reconocer en su interior que aún no lo tenía asumido.
- Sí, lo recuerdo. Dije que la impaciencia es la f alta de paciencia. Y –
dudó al seguir herido en su orgullo –, que, por consiguiente, es la f alta de vivir
en paz con uno mismo, de no estar en mí Ser.
- Bien, pero la últ ima parte, que es la que considero más importante, la
mencionó Pitt – manifestó con algo de mofa –: de t al forma que procura no
delatar tu estado de ánimo. Procura ser paciente. Si lo consigues, todo lo
demás es f ácil, muy fácil.
- De acuerdo Pal. Entendido. ¿Qué he de hacer ahora?, si con esta
pregunta no denoto, según tú, impaciencia.
Ella r ió de nuevo, con soltura. Observó que seguía igual. Ya aprendería.
Éste alumno, como casi todos, quería las cosas al instante. Era normal. Parecía
inevitable. Y conociendo cómo es el recorrido del camino del aprendizaje, que
en su momento tuvo que realizar ella misma, fue condescendiente.
- Piloto a copiloto. Proceda a encender el motor.
- Recibido, encendiendo motor.
Aplicó el cebador una vez. Giró la llave. La luz roja se encendió, entonces
pulsó hasta el fondo el botón azul que quedó apris ionado en esa posición junto
al sonido de un clip. Obediente y raudo, los cincuenta caballos de potencia
comenzaron a ronronear, con suavidad, sin apenas ruido. Sorprendía el escaso

79
rumor que producía el mismo, teniendo en cuenta que lo tenía, Pal, justo
detrás de su asiento. Las vibraciones eran mínimas. Más bien parecía un
sonido de acompañamiento en contraposición al estruendo que solía percibir
en los reactores.
- De acuerdo es todo y solo tuyo, llévanos al inicio de la uno seis
izquierda.
Con presteza, despacio, con sosiego y tacto, lo realizó.
Llegando a las inmediaciones de la cabecera de pista apreció que otros dos
aparatos estaban en espera. Era algo ya avisado por la torre a través de la
radio. Ellos serían los terceros en la cola.
- Bien, Jano, realicemos la últimas comprobaciones antes del despegue.
Él, extrajo el procedimiento y siguió la rutina establecida sin dilación.
- Todo en perfecto orden – concluyó tras terminar la revisión solicitada.
- Torre de Nairda a VZ. Autorizado despegue tras Cessna 150.
- Recibido – contestó Pal.
La Cessna emprendió la carrera. En segundos se había elevado y girado a
estribor dejando libre el campo para ellos.
- Jano, procede, es nuestro turno.
- Procediendo.
Introdujo el motovelero sin pararse a enfilar la pista; girando en su
evolucionar, despacio, con suavidad al princ ipio, hasta alinearse en el centro.
La potencia en ese instante se incrementó al máximo. Al alcanzar los treinta
nudos las largas alas empezaron a curvarse hacia arriba indicando que
sustentaban el resto de la ligera estructura. No habrían usado ni cien metros
cuando los tres descansaban en el gaseoso elemento, suspendidos; elevándose
plácidamente, sin apenas ruido. Era como escalar una montaña sin esfuerzo ni
fatiga; sin sudor, sin perder el aliento o sentir el desgaste de las fuerzas en el
empeño. Parecía que el VZ sabía, mejor que ellos, cómo volar; cómo alzarse
sin necesidad de decirle el modo.
- Elévanos a cuatro mil pies y nivela – ordenaba Pal –. Luego, corta el
motor.
- Entendido, cuatro mil pies. Allá vamos.
Procedió a regular el compensador de profundidad de t al manera que sin
tener que estar sujetando la palanca de mando el VZ mantuviera un régimen
de ascenso firme de acuerdo a la velocidad y las revoluciones del motor.
- Muy bien Cadete. Ahora sí es el momento de aprender la siguiente regla
de vuelo. ¿Por qué no lo miras en el manual?
Aunque ya lo había hecho, obedeció. Sólo tenía que leer el comentario que
seguía a la frase en cuestión.

80
- Lo tengo Pal. La cuarta regla dice “Te mereces lo que crees merecer”.
Además existe un apéndice al igual que en la anterior lección. Pero, imagino
que tú lo sabes de memoria.
- Así es. Pero si lo siguiente te sirve para incrementar tu ego, a mí, te
informo, me costó mucho más tiempo que a ti aprenderlo.
- No puedo creerlo. ¿Cómo fue eso? No imagino que una instructora
como tú haya aprendido con lent itud. Por cierto estamos llegando a los mil
quinientos.
- No es imprescindible que cantes continuamente la alt itud, tengo
altímetro en mi panel. El vuelo está en tus manos, haz lo que tengas que
hacer, siéndolo. Cont inúa con el ascenso y vigila que no descienda la
velocidad.
- Entendido. Pero contesta a la pregunta por favor.
- ¿Qué pregunta?
- Vamos Pal, no te hagas la remilgada. ¿Cómo es que tardaste tanto,
según dices, en aprender las normas de vuelo?
- Eso es algo muy personal – de nuevo le incitaba en su impaciencia –.
Prefiero guardarlo para mí.
- Pal, no lo ent iendo. No te hagas de rogar. Pienso que si has sacado el
tema es por algo, pues tú al igual que Pitt no decís nada porque sí. Así que
escupe, eres mi instructora y he de aprender. ¿No es el protocolo?
- Bien, es cierto que mi misión es enseñarte, pero no desde la base de mi
sucesos íntimos, sino usando la experienc ia adquirida y desarrollada en mi
Ser, mostrando las reglas del vuelo. Las normas están ahí. Sólo has de
asimilarlas y ponerlas en práctica para poder gobernar tu vuelo, para Ser feliz,
para hacer lo que quieras hacer cuando quieras hacerlo desde tu Ser. No hay
otro secreto.
- Entonces no entiendo por qué has recurrido a ese artificio. Pero si no
quieres entrar en detalles, lo respetaré – masculló algo sumiso, pese a que sólo
pretendía hacerse el interesante e intentar soltar le la lengua –, de cualquier
manera sigamos con la lección ¿Qué quiere decir esa frase? Dos mil y
subiendo.
- Baja el ángulo de ascenso, la velocidad empieza a disminuir.
Con tanta charla había perdido la noción que antes le había requer ido Pal.
No estuvo atento a tal circunstancia.
- De acuerdo, así está mejor. Este motor tiene una potencia limitada,
tendrás que ir corrigiendo continuamente. ¿Qué más dice el manual?
- Después de esa frase, que espero expliques, se lee lo siguiente: “El
merecimiento no es una teoría, es un axioma. Es tan evidente que sólo es

81
necesario comprobarlo, sólo hay que experimentarlo. Sólo por Ser Quién Eres
te mereces lo mejor”. ¿Y ahora qué?
- Vamos Jano. Eres capaz de entenderlo. No te hagas el remolón
- Dos mil quinientos y subiendo. Veamos, Pal, he oído hablar muchas
veces de si merezco esto u lo otro, o si no lo merezco... Pero extraer alguna
consecuencia, de lo que se especifica en el contenido de esta lección, es algo
que no alcanzo. Sólo sé que merezco algunas cosas, aquellas para las que esté
preparado; si realmente las merezco; o si realmente estoy concienciado para
ello. Hay otras, sin embargo, que, evidentemente, llegan a tu vida y, pese a no
merecerlas, tienes que “soportarlas”, aunque es mejor decir aceptarlas. No sé
que más quieres que te diga. Además, considero que tendríamos que haberlo
hablado en t ierra, esto de hacerlo a través del intercomunicador sin verte la
cara resulta algo distante e incómodo. Es como tomar clases de matemáticas
por teléfono.
- Cuando lleguemos a tres mil corrige de nuevo el ángulo de ataque,
volverá a disminuir la velocidad.
- De acuerdo, lo haré si te explayas en detalles. Entiende que no es mi
impaciencia al respecto; solamente, quiero saber.
Pal provocó un breve silencio. No tenía intenc ión de contarle,
inmediatamente, lo que a ella le había pasado. Le costaba desnudar su alma.
No obstante, cada vez que alguno de sus alumnos o alumnas llegaban a este
punto sin conseguir avanzar mucho al respecto, sólo tenía el argumento de su
propia lección. Era algo que ya había consensuado con Pitt. Éste, siempre le
respondía lo mismo: decidi ste enseñar, es tu decisión continuada; por tanto,
hazlo hermoso. Hazlo Perfecto.
- Bueno Cadete, ésta regla del vuelo fue la que más tiempo me llevó
asimilar, comprender, entender y poner en práctica hasta Ser yo misma. Y si
para que tú alcances la lógica de tal cuestión he de contar una vez más el
porqué lo haré. Lo haré con la condición de que todo ello quede entre
nosotros. ¿Está claro?
- Tan claro como que estamos a tres mil pies subiendo y corrigiendo
ángulo de ataque.
- Sin bromas, Jano, voy a contar una parte muy ínt ima de mi Ser –
pronunció y respiró en profundidad. Algo que percibió su alumno; quién
captó, con el suspiro que le s iguió, la ser iedad del instante –. Cuando vine a
Nairda, y al igual que todos los que aquí llegamos, lo hacemos de forma
voluntaria, pese a que al principio no lo recordemos. Lo hice de una forma un
tanto… digamos estrafalaria… – paró y dejó espacio, no le afectaba su pasado,
no le importaba relatarlo, pero consideraba oportuno menc ionar otras
cuestiones previas –. Bueno, antes de seguir quiero que sepas algo que quizá,

82
en principio, no as imiles, pero más adelante lo entenderás. Has de saber que
nunca vamos de un lado para otro en la existencia f orzados, es una cuestión
de libertad. Somos libres para ir y venir, hacer o deshacer. Sólo hemos de
aplicar las normas que voluntariamente olvidamos cuando nacemos a cada
vida, y que con el tiempo, en esa vivencia, vamos adquiriendo de nuevo a base
de experiencia y conocimientos – volvía a resoplar –, como te decía, el día que
aterricé aquí, y no se te ocurra reírte, lo hice sobre los contenedores de basura
que hay tras el comedor…
Se producía otro breve silencio. Ella esperaba su reacción. Él estaba atento
a sus palabras y al ascenso. Le pareció cómica su entrada en Nairda, pero no
se atrevió a espetar sentimiento alguno; había captado el tono de sus palabras.
- Estuve inconsciente algún tiempo, hasta que el camión de la basura llegó
para llevarse los desechos y desperdicios amontonados. No lo sentí. Sólo el
impacto de mi cuerpo contra el fondo de la caja del mismo hizo que
despertara. Al verme dentro de aquella oscura podredumbre, empecé a gritar
desesperada, enloquecida. Lloré sin consuelo. Y alguien, del exter ior, percibió
mi clamor ordenando parar la evacuación de desechos. Afortunadamente, el
conductor no accionó la prensadora; eso me hubiera destrozado
completamente, aunque hubiese dado igual en aquellas circunstancias. Me
sacaron y avisaron a Pitt. Cuando llegó pudo adivinar el origen de mi visita,
cuestión que me indicó posteriormente. Contempló durante días a una mujer
que andaba de un lado para otro sin sent ido, sumida en lamentos y
argumentando desprecios sobre sí misma. Nunca me presionó. Dejó que
escupiera todo el malestar que llevaba sembrado en mis entrañas. Para él no
era necesario que tuviera que contarle cuál era mi gran problema. Quién ha
pasado antes por los mismos sabe dilucidar, a la perfección, a los demás con
sólo observarlo…hemos llegado a los cuatro mil, pilot illo. Nivela.
Estaba tan inmerso en la narrativa que olvidó la orden dada con
anterioridad. Inmediatamente impulsó la palanca hasta mantener recto y
nivelado el planeador. Redujo la velocidad y ponderó el compensador de
profundidad.
- Continúa por favor.
- Tenemos que parar el motor antes. Sólo lo hemos usado para subir
rápidamente. El depós ito de combustible que llevamos es mínimo y hay que
reservarlo por si fuese necesario en una emergencia. Páralo. ¿Te acuerdas de
cómo hacerlo?
- Afirmativo.
- Procede.

83
Pulsó el botón azul que retrocedió hasta el inicio de su orificio. El ruido del
motor desapareció. Giró la llave de contacto hacia la izquierda, y cebó el
combustible.
- De acuerdo, ahora pon la hélice en bandera para que no siga girando y
restando velocidad.
- ¿Cómo lo hago? Eso no lo explicaste.
- En la parte superior izquierda del panel hay una palanca de color negro
en posición horizontal, gírala hacia la izquierda noventa grados, hasta que se
quede anclada.
- Entendido.
Ella comprobó que el procedimiento se había ejecutado según las normas.
El s ilencio, no de la conversación, sino de la parada de motor, produjo un
embargo repleto de paz y serenidad. Desde aquella pos ición todo parecía fluir.
No percibían ruidos. Parecía que la nada los había acogido en sus brazos, y los
mantenía en el cielo meciéndolos con los vaivenes de las corrientes de aire
que llegaban de un lado y otro. Flotaban a merced del viento. A eso sí se le
podía llamar estar en el cielo, palpar la plenitud, pensó Jano.
- Ahora es cuando empezamos con la clase.
- ¿Qué clase? – interrumpió incómodo. No quería comenzar ninguna clase
sin que antes ella concluyera su historia –. ¿Acaso no la inic iamos cuando
empezamos a sacar este aparato del hangar?
- No te hagas el remolón. Mi intención era explicarte la lección cuarta
desde ésta altura, pero como he podido comprobar que no asimilaste el sentido
de la misma mientras ascendíamos he tenido que recurrir a contarte una parte
de los sucesos vivenciados. Y ahora vamos con retraso, pero no importa,
tenemos todo el t iempo que necesitemos. Además, tú vas muy adelantado.
Llevas dos jornadas y medias con nosotros y has avanzado considerablemente.
- ¿Y que es lo habitual?
- Cada uno t iene su evolucionar, Jano. He tenido todo t ipo de alumnos,
unos tardan más, otros menos. Si bien es cierto que vas muy rápido, no creas
que todo pueda ser igual. En algún momento, de la instrucción, puedes
tropezar con tu verdadero escollo, si es que sólo t ienes uno. Por mi parte
puedo añadir que no empecé con las clases de vuelo hasta pasada doce
jornadas de llor iqueos, menosprecios, insultos… y lamentos sobre mí misma.
- ¿Mi escollo? ¿Qué quieres decir con eso?
- Todos llegamos aquí porque no aprendimos una de las reglas de vuelo.
Pasamos una y otra vida dándonos de bruces con una o varias, hasta que al
final no queda más remedio que volver, aquí, para tomar las clases de vuelo
desde el pr incipio. Para algunos es la única forma. Tú, ya lo descubrirás, te
atascaste, y permaneces aún anclado en algo concreto, de lo contrario no

84
habrías ido tan rápido con las tres primeras reglas. Yo, estaba relatando cuál
fue mi verdadero problema: el merecimiento. Ésta fue la lección que no
conseguí enfrentar, hasta que aterrice como una suicida contra en el vertedero
de basura.
En ese momento, ella, estalló en risa rememorando los viejos tiempos.
Algo que provocó la misma reacción en el Cadete que aprovechaba la
circunstancia para descargar el sent imiento contenido anter iormente. Recordó
cómo aterrizó él, desde luego era lament able; pero lo de Pal, no tenía
desperdicio, era realmente cómico. De pronto, revivió el hecho de que ella
podía leer la mente, y ante el miedo a ser descubierto el motivo de su sorna
provocando un posible enfado, decidió reprimirse de nuevo.
- No tengas miedo Jano – acudió con voz dulce –, sólo puedo leer la
mente cuando la otra persona me lo permite, o se dirige a mí con sus
pensamientos; de todas formas no me molesta que encuentres ese suceso como
algo digno para destornillarte. Sé que no lo haces a mi costa.
- Lo siento Pal – replicó sorprendido de nuevo con las artes adivinatorias
de su instructora –, yo sólo…
- No – cortó radical –, no te justif iques, es innecesario. Hagas lo que
hagas, no estés justif icándote, vas en contra de tu esencia. ¿Ves? Esa es una
de las aberraciones que afectan al merecimiento: el estar justif icando todo a
todas horas. Quién lo hace suele tener ciertos problemas con la percepción de
merecerse o no algo.
El VZ perdía alt itud con lent itud. Se habían enfrascado con tanta pasión y
concentración en el contenido de sus respectivos comentarios que olvidaron
por un momento dónde estaban.
- ¡Jano, hemos perdido trescientos pies, corrige!
- ¿Qué quieres que haga? No he volado nunca en velero.
Un golpe brusco sacudió por estribor desestabilizando varios grados el rumbo
que procuraba proteger.
- Aprovéchalo. Gira en ese sentido.
- ¿Qué?
- ¿No me digas que no sabes aprovechar una corriente de aire, una
térmica?
- Ya te he mencionado que no he volado en veleros. Si se trata de subir y
bajar de nuevo en busca de una pista cuenta conmigo. Del resto no tengo la
más mínima idea.
- Menudo pilotillo estás hecho. Fíjate: el velero se ha tambaleado debido
a que una corriente de aire caliente ascendente ha impactado en el ala de
estribor. Has de girar hacia ese lado, de esa forma la agarras, o te dejas aspirar
por la misma en su declinar. Es la manera que un velero posee para navegar en

85
la distancia sin perder altura y/o ascendiendo. Hazlo, gira ya, estamos dentro
de la misma; ¡no dejes que se escape!
Reaccionó inmediatamente, sin dilación. Sint ió de súbito dos efectos: por
un lado percibió que las alas del VZ se aferraban como garfios a una escala
invisible que le impr imía un ascenso vertiginoso, subían con fuerza, con
contundencia, pero al mismo t iempo con armonía y entusiasmo; en segundo
término, adquir ió la certeza de formar un sólido equipo con su acompañante y
el VZ, como si los tres fuesen parte de un mismo Ser. De un Todo.
Él, se dejaba llevar. Fluía. No intentaba gobernar a su aire. Apreció que los
lazos de unión estaban entrelazándose a la perfección, como la mantequilla y
la mermelada lo hacen mezclándose sobre una tostada caliente y crujiente. De
pronto sintió la chispa de la comunión entre dos Seres en la misma comunión.
Desde aquéllas alturas, sentados en un motovelero, hablaban sobre la real
introspección que mueve la existencia en todos sus confines. Estaban
sumergiéndose en las alturas de los cielos, penetrando en sus secretos,
ascendiendo hacia la autentic idad.
- Perfecto. Así se hace. Lo has enganchado a la primera. Continúa…
- Por cierto – intervino mostrando intranquilidad, temiendo una reacción
no deseada –. ¿Podrías retomar la conversación donde la dejaste? No es que
sea curioso, sólo pretendo ver a dónde conducía tu relato con respecto a esta
cuarta regla.
- De nuevo excusándote – proclamó con autoridad –. Me da igual que
seas o no curioso. Si no quiero contar algo, no lo hago. Pero te pido, por
últ ima vez, que dejes de excusarte ¿De acuerdo?
- Alto y claro. Pero, ¿podrías continuar por dónde lo dejaste? Yo me
encargo de seguir con el ascenso.
- Como quieras, aunque no hay mucho que añadir. La cuestión es que mi
principal obstáculo con las reglas de vuelo fue precisamente ésta en la que
estamos inmersos, la del merecimiento. Tal cual mencioné, Pitt, en su
abundante exper iencia, había detectado el origen del problema, que siempre,
valga la redundancia, se encuentra en el mismo sitio, en la misma causa.
Cuando pude dejar de gimotear, tras esas jornadas, él pudo entablar un
mínimo de acercamiento conmigo. Me negaba a hablar con los que lo
intentaban. Dejé de confiar.
- Entonces ¿Por qué confiaste en Pitt?
- Fue la única persona que no pedía nada. El único que no vino abr iendo
sus brazos ofreciendo ayuda. Simplemente observaba, aunque a veces pensé
que me ignoraba. No se dirigía a mí. Supe que preguntaba a los demás por mi
estado. Pero nunca entabló conversación directa.

86
Ocurrió una noche. No podía dormir, cosa habitual por aquella época. Salí
del dormitorio sin rumbo fijo. Pasé por la fila de hangares que a esa hora
tenían sus puertas cerradas. Pero encontré uno abierto. Al fondo una luz
encendida. Era el despacho de Pitt. Tú fuiste a visitarlo el primer día, yo ni
siquiera sabía dónde se encontraba, cuando llegué. Me dirigí hacia allí con
curiosidad. No sabía qué podría encontrar. Miré por la ventana. Yo debía
parecer un alma en pena. Él, permanecía leyendo informes y hojas de servicios
que recogía de un gran montón de su derecha. Apuntaba datos en diversos
papeles que, luego supe, eran las instrucciones que cada uno de los
instructores deberían tener en consideración con sus alumnos en sus siguientes
clases. Seguí observando. No sabría decir cuánto. Pero debió ser mucho.
Tanto que prácticamente tenía apilado todos los documentos en el lateral
izquierdo. Casi había concluido. Sólo quedaba un legajo. Lo tomo, y lo abr ió
con rapidez, con tal celeridad que una foto salió despedida; la retomó al vuelo,
pero puede comprobar que era la mía. Aquello, era mi hoja de servicios.
Volvió a meter la fotografía dentro, y de forma, consideré entonces
despreciativa, lo arrojó a la papelera. Aquello me insultó. No lo razoné ni
pensé, sólo obedecí a un impulso ciego de venganza. Entré como un ciclón en
su despacho dando un portazo y gritando. Le dije muchas cosas, demasiadas.
No se inmutó ni un ápice. Permaneció impertérrito esperando que desahogara
toda mi furia. Cuando ya no pude más, ni supe qué otra cosa decir, me
desplomé en una de las sillas gimoteando y pataleando por haber perdido el
control. Por haberme vuelto a humillar insultando… caí, porque ya no tenía ni
fuerzas, ni esperanzas. Entonces, él se acercó, sentándose al lado, y esperó sin
mediar palabra hasta que me calmé definit ivamente.
Recuerdo a la perfección la postura: tenía los pies subidos en la silla sujetos
por las manos cruzadas, y la cabeza hundida entre ellas. Entonces pronunció
una sentencia, sólo una. Sonó a gloria – Jano seguía atento a la revelación
como si de una novela rosa se tratase, pero con el resto de los sentidos puestos
en el gobierno de la nave; no se podía permit ir el lujo de perder altura, eso
sacaría a su compañera del relato interrumpiéndolo, y a esas altura no quería
equivocarse, sentía que iba a aprender algo fundamental –. Puedo asegurarte
que fue lo más hermoso que jamás había escuchado. Con una voz dulce, cálida
y reconciliadora enunció algo que nunca olvidaré: “Te mereces lo mejor, todo
lo mejor que puedas imaginar. Sólo que aún no lo sabes. Y te lo mereces sólo
por Ser Quién Eres. Por Ser única e irrepetible. Por Ser la mejor” –. Pal
silenc ió su discurso un instante, retomó aire y siguió –. A partir de aquél
momento mi alma y entendimiento se iluminaron. Mi grado de conciencia
adquir ió una nueva dimensión. Empecé a ser consciente. Le miré con ternura,
esperando que sus brazos se abrieran para recogerme en consuelo. Y lo hizo,

87
vaya que si lo hizo. Lloré de nuevo, y por un buen rato. Él no dijo nada,
simplement e permitió expresar mis sentimientos. Quise contarle lo que me
había pasado, pero no fue necesario. Lo sabía. Ya te mencioné que su
experiencia le hace deducir cuál es el escollo de cada persona con bastante
exactitud, aunque no siempre a la perfección; no obstante, la documentación
de mi hoja de servicio confirmaba sus elucubraciones.

Se produjo un nuevo mutismo. Jano no se atrevía a romperlo. Algo en su
inter ior aconsejaba seguir con su pilotaje, a la expectativa de noticias.
Por unos diez minutos el cielo era el único que hablaba, si es que se le
podía escuchar. Apenas un susurro entrecortado se hacía audible al giro
acusado del VZ aferrándose a una y otra corriente de aire.
Pal había hecho aquél alto con total complicidad. Quería que aquélla
frase quedase sellada en la mente de su alumno para s iempre. Cuando
consideró oportuno, continuó con su historia.

- Estás muy callado, novato, ¿va todo bien ahí delante?
- Sí perfectamente. Tan sólo reflexionaba sobre lo que has mencionado.
Aunque presumo que no todo acaba así – respondía esperando, con ello, la
reanudación del folletín biográf ico de su compañera de vuelo.
- En efecto. Pero no quiero aburrirte con mis suceso, a…
- No. No. De ninguna manera, por favor, continua, creo que es muy
interesante, y que de alguna manera está sirviendo para mi instrucción.
- De acuerdo. Pero si en algún momento te importuna la historia lo dices.
¿Entendido?
- Continua, por favor – procuró con voz tenue –, creo que es muy difícil
que puedas molestar a estas alturas, ya vamos conociéndonos mejor.
- Bien, tú lo has pedido. Pero hay poco más que añadir. Veamos… el
hecho fundamental, consistía en haber tenido una serie de vivencias que
confirmaban, una y otra vez, que yo no merecía nada en la vida. Desde que el
recuerdo impreso en la mente alcanzaba, siempre fui ultrajada, menospreciada,
ignorada e insultada. Me violentaron en numerosas ocasiones. Me hicieron
sentir culpable de todo lo malo que a los demás le sucedía. Sentí que nada
tenía sentido. Llegué, a ni tan siquiera sentir nada. Aquel, era el problema; y
tenía el absoluto convencimiento de que no merecía nada. Por ello, las
vivencias tropezaban contra sí, contra mí, una y otra vez, sin aparente
remedio. Siempre concluía en el mismo punto: yo no merecía nada, ni respeto,
ni consideración; ni siquiera merecía vivir o existir.
Cuando puede articular palabras y encadenar frases, pude transmitir a Pitt
las historias; mis historias. Él, pese a saberlo, escuchó hasta el más nimio y

88
demencial detalle. A mi conclusión, pronunció otra sentencia. Si sus palabras
anteriores consiguieron que empezase a despertar, éstas provocaron el
entendimiento definit ivo que necesitaba para comenzar, de una vez, a
experimentar con dignidad la existencia de mi esencia, de mí Ser. Sus
palabras, como todas, están medidas, pero esas, aún, lo estuvieron más. Esa
vez… reposaba en sus brazos cuando las pronunció. Fueron sencillas, pero
contundentes: “Sólo por el hecho de exi stir, te mereces Ser f eliz, nunca
cuestiones esta verdad, ni la pongas en duda”.
Tras aquélla noche, todo cambió. Empecé con las clases de vuelo, y en
poco más de una semana había concluido mi reentrenamiento.
Y colorín, colorado… el cuento se ha acabado.

Jano estaba absorto en el deambular que le envolvía. Por un instante pudo
tener la certeza de que su escollo, si existía, no debía ser tan grave como el de
ella. No alcanzaba extraer, de sus registros metales, ningún suceso que le
hubiese hecho sentir tan denigrado o humillado. Si bien era cierto que él había
pasado por circunstancias duras, según su personal criterio, su instructora le
superaba con creces. No se atrevía a abrir la boca; prefería continuar con la
navegación a la espera de instrucciones. Esta lección, si era la intención de
ella, había quedado bien cimentada.
- Bien, mi estimado alumno, demos comienzo con la clase de hoy.
¿Preparado?
- ¿Preparado? ¿Acaso lo que hemos compartido no era la clase? ¿Qué
más queda por aprender de ésta regla de vuelo?
Por los auriculares le llegó una risit a infant il producto de algo que no
encajaba en sus esquemas.
- ¿Se puede saber dónde estriba el chiste?
- Disculpa, es que ha tenido gracia que no aciertes a dilucidar entre clase
y regla de vuelo…
- ¿Serías tan amable de aclararlo? No hay cosa que más me moleste que
quedar como un estúpido ignorante, soy bastante inteligente como para
entender la diferencia....
- Para, para. No me reía de ti. Disculpa si te he molestado. ¿De acuerdo?
Momentáneamente no hubo confirmación a su pregunta. Notó que él
necesitaba algo de t iempo. Jano tendía a ser un poco susceptible,
particular idad que acompaña a la impaciencia que, con notable frecuencia,
todavía, manifestaba con creces.
- Continúa, por favor. Yo también lo lamento. Estoy preparado.
Empecemos.

89
- Quiero que entiendas un hecho con concreción. Una cosa es contar
cómo vencí mi particular escollo, y otra, distinta, es entender y asimilar que
uno se merece lo que cree merecer. Tan sólo he puesto sobre el tapete un
hecho para que te ayude a contactar con ésta regla de vuelo. Pero aún puedes
profundizar más en ella. Es algo que t erminarás de ver ificar junto a Pitt
cuando lleguemos a tierra; ¿de acuerdo?
- Como tú mandes, eres la instructora. Adelante con lo que tengas
preparado.
- Gracias. Veamos… ahora vas a proceder a realizar un ejercicio. Quiero
que sigas cada una de mis palabras y te dejes llevar. Cerrarás los ojos a una
indicación mía. A partir de ese instante soltarás los mandos del VZ. ¿Estás
listo?
- Siempre lo estoy – manifestó con el orgullo propio, y el carácter
singular, que el sello militar imprime.
- No hace falta que contestes a nada, simplemente ejecútalo. Vas a
empezar un ejercicio de control mental que t e ayudará, como no imaginas, en
la aplicación de las normas de vuelo. Estate muy atento, céntrate en todo lo
que vaya diciendo, olvida el mundo exterior y cuanto te rodea. Concéntrate en
tu respiración, que debe ser profunda y regular. Fija la atención en la
aspiración y expulsión del aire, y fíjate en el espacio que queda antes de
volver a inhalar de nuevo – dijo pronunciando y acaramelando cada una de las
palabras. Despacio, con ritmo –. Aspira diez veces, profundamente,
relajándote, inspirando por la nar iz, y exhalando por la boca. Relajándote.
¿Entendido?
Él había empezado con incertidumbre sus instrucciones, pese a no entender
en qué ayudaría aquello a su formación. Se dejó guiar confiando en su
experiencia, al fin y al cabo ella era instructora y él, ya lo había asumido, un
novato alumno. Un pilot illo.
- Tanto, que ya comencé.
- ¡Impaciente como él sólo! – recriminó dulcemente –. Te dije que
cuando yo lo indicara. Bien, empecemos con el ejercicio. Cierra suavemente
los ojos – lo hizo soltando los mandos y retirando los pies de los pedales,
dejando libre el planeador –, ahora coloca tus manos sobre tus piernas en una
posición que te resulte cómoda. Concéntrate en tu respiración, que debe ser
profunda y regular, de abajo hacia arriba – dejó una pausa mientras oía, en sus
auriculares, el sonido que provocaba el aire al entrar y salir de sus pulmones
chocando con el auricular –; ahora, con cada exhalación, expulsa el dolor y la
tensión acumulados en el cuerpo – ordenaba con calma, midiendo la
vocalización y la entonación –. Al inspirar, introduce calma… al expulsar,
suelta tensión. Con cada inhalación, aspira la apacible energía que te envuelve.

90
Relájate aún más – sus pausas eran suaves. Sus palabras caricias como el
viento exter ior que les hacía mantenerse en vuelo –. Visualiza como todos tus
músculos se relajan por completo. Empiezas por los músculos de la frente y
los de la cara. Continúa por los de la mandíbula, que se irán soltando… Ahora
relaja los músculos de tu lengua; notarás un gran placer en ello. Relaja los
músculos del cuello y los de los hombros – mantuvo una ligera pausa dando
tiempo a que culminase el acto. El VZ volaba recto y nivelado, manteniendo
su altitud, sosegado, apacible al igual que lo hacía el alumno –. Deja que los
músculos de tu vientre se relajen por completo, para que tu respiración s iga
siendo agradable, profunda, regular, íntima e interiorizadora. Con cada suave
respiración, relájate más y más… Ahora – indujo tras una contenida pausa –,
visualiza una luz intensa en lo alto de tu cabeza. Escoge el color que quieres
tenga dicha luz. Esa luz puede ser de varios colores si es lo que quieres. Todo
lo que esa maravillosa y espléndida luz toque, cuando comience a esparcirse
por tu cuerpo, los tejidos, órganos, músculos… cada fibra y célula de tu
cuerpo, se relajará completamente, liberándose de todos los posibles dolores y
molestias. Cualquier dolencia desaparecerá. Esa luz marcará más y más tu
relajación. Te sientes profundamente apacible, seguro y tranquilo. Completo.
Lleno. Estás conciente de todo lo que pasa, y podrás recordarlo todo, siempre.
Tienes pleno control sobre tu Ser espiritual, físico, anímico y mental.
Efectivamente, Jano notaba una inmensa placidez. Su cuerpo no le pesaba,
se sentía ligero. Era como volar por sí mismo, sin ayuda de ningún avión.
Estaba muy a gusto y confortable, deseoso de seguir en tal magnitud. El
ejercicio comenzaba por hacerle percibirse inmenso, pleno.
- Ahora – retomaba con la misma calma en su voz –, siente cómo esa luz
de color, o colores, se esparce desde lo alto de tu cabeza hacia abajo, por la
frente… por los ojos acariciándolos... relajándote aún más – el placer que
experimentaba era increíble, sensacional –, percibes, o imaginas, que la luz se
extiende por tu mandíbula y por el cuero cabelludo hacia abajo,
incrementando la relajación.
Ahora la luz se desliza por tu cuello, relajándolo completament e. Se
propaga por la garganta provocando gran profundidad – dejó otra pausa corta
notando sus percepciones –… siente la luz. Ella, relaja sanando los músculos,
los nervios, las células de tu cuerpo, y tú posees y eres más y más calma, más
claridad, más entendimiento. Ahora, la luz, se extiende por los hombros, por
los brazos hacia abajo, hasta llegar a las manos y se esparce por los dedos.
Siente como la luz fluye por la espalda, por el pecho, entrando en el corazón,
que esparce bombeando con suavidad y armonía esa luz por todas las arterias
y las venas del cuerpo, transmitiendo más relajación serenidad, paz y sosiego.
Ahora, la luz, llega a los pulmones que oxigena, limpiando todas y cada unas

91
de las células que te componen… Se extiende por la columna vertebral, desde
el cerebro hasta la punta de la columna… Y fluye por todo el sistema nervioso
hasta llegar a los músculos, y todos los resquicios del cuerpo, percibiendo el
alma al mismo tiempo. Ya estás profundamente sereno y relajado. Sientes una
profunda tranquilidad, una maravillosa sensación de bienestar.
Pal, volvía a dejar una larga pausa. El VZ parecía reaccionar de igual
modo. Volaba con absoluta paz. Él, Jano, solo, parecía dirigirse junto al
aparato en unidad y comunión, con suavidad entre las corrientes manteniendo
rumbo y alt itud; de hecho, Pal no lo gobernaba, en ningún instante lo hizo.
Piloto y nave se habían fundido en una sola y exclusiva esencia.
- Siente como la luz recorre el abdomen; la parte inferior de la espalda;
las caderas; las piernas… hasta llegar a la punta de los pies inundándolos de
suavidad… hasta que todo el cuerpo queda absolutamente cubierto y bañado
por esa la perfecta y maravillosa luz. Te sientes muy, muy sereno. Ahora
percibe como la luz rodea completamente tu cuerpo, como si estuvieras en una
esfera protectora donde nada puede penetrar para hacerte daño. Te sientes
totalmente seguro, los miedos y temores que tengas, se han extinguido.
Dentro de un momento voy a contar hacia atrás, de diez a uno. Tras cada
número te sentirás más y más sereno, y apacible; y tu relajac ión será más y
más profunda, inmensamente profunda. Cuando llegue a uno, te encontrarás
en un estado muy profundo, tu mente se habrá liberado de los límit es normales
del espacio y el t iempo, no habrá dimensiones que limiten. Diez, nueve. Estas
muy relajado. Ocho, siete. Más relajado. Seis, cinco. Estás sereno, muy
sereno. Cuatro, tres. Muy profundo. Dos, estás llegando. Uno, estás
profundamente relajado, tienes todo el control, estás envuelto en un círculo de
luz protectora que evitará cualquier molestia o problema.
Ahora imagina que bajas por una hermosa, amplia, reluciente y espléndida
escalera. Vas bajando cada escalón con tranquilidad, pacientemente,
percibiendo a cada paso cómo esa luz se ext iende por todo el espacio infinito
que te rodea. Al final de la misma, hay un inmenso cielo llevo de nubes
blancas, limpias y espumosas. Te encuentras completamente relajado, y pleno
de paz y serenidad. Siente ahora como formas parte del avión donde estás.
Siente que eres parte de él. Sientes que es la prolongación de tu cuerpo – lo
hacía, lo notaba, seguía sus indicaciones, al pie de la letra, totalmente
consciente. Sentía como cualquiera de las partes que formaban el VZ eran
partes de él mismo. Era una sensación maravillosa, sentía como si estuviese
tumbado boca abajo, siendo él todo el planeador. Siendo sus brazos las alas, y
el reto del cuerpo la estructura principal –. Ahora siente como empiezas a
descender con suavidad en giros de trescientos sesenta grados…mantente en
eso…

92

Imagina – marcó Pal pasado un buen rato –, que estás en la vertical de
Nairda, des lizándote para tomar tierra. Comprueba como posees el control de
los mandos e instrumentos. Imagina que atraviesas varias capas de nubes en el
descenso que es aún más impetuoso y excitante, siente la magnitud del viento
al chocar contra ti; siente cómo te sustenta; comprueba su humedad y frescor –
en efecto aquello se estaba manifestando en realidad, y aunque podía pensar
que era el fruto ficticio del ejercicio, en realidad estaba sucediéndole. El VZ
giraba evolucionando según él lo percibía con los sentidos, con la mente…y
así permaneció en su deambular un buen rato…

Pal sólo se limitaba a dir igirle sin controlar los mandos de la nave sin que
él pudiera percibir lo.

Comprueba mentalmente cómo se alinea tu aparato para encauzar la pista
uno seis izquierda. Oirás a la torre de control dando las instrucciones precisas
y necesarias de viento, y escucharás la autorización para at errizar s in ningún
problema – de igual modo exper imentó todos aquellos datos, parecía increíble
que estuviera pasando –. Siente cómo, ya, estás enfilando la pista; quedan
pocos metros para llegar. La velocidad es alta, no puedes quedarte sin margen
al no tener el motor auxiliar encendido. Ahora, no es válido abortar la
maniobra, ha de realizarse del t irón, con exactitud y suavidad, casi rozando,
sin que se produzca ningún impacto brusco con el firme – él no podía
comprobarlo con sus ojos, pero la realidad era la que se le estaba describiendo,
y al hacerla suya, la estaba provocando. Estaba volando, gobernando,
dirigiendo el motovelero sin ver; lo hacía exclusivamente con los datos
ofrecidos por su pensamiento. Volaba a la perfección a ciegas –. Comprueba
que estás sobre la pista a escasos diez pies de altura. Siente que, con sigilo, el
VZ se desploma sin brusquedad, y de igual modo exper imenta cómo desliza
sus ruedas, ambas paralelas, en el roce con el asfalto, al mismo t iempo, sin
apenas desgaste, sin saltos. Visualiza, siente o imagina como con la inercia
que posee el VZ lo reconduces por una calle de tránsito que se encuentra a
sesenta grados por la amura de babor. Puedes sentir y visualizar sin detrimento
posible que la veloc idad que, aún, mantiene el aparato es la que necesitas para
llegar al hangar de donde partimos. Siéntelo.

Ya es hora de volver a la situación inicial. Dentro de un momento voy a
contar de uno a diez. Cuando llegue a diez, abrirás los ojos y estarás
plenament e despierto, alerta, descansado y sereno, muy sereno. Te sentirás
muy bien. Tendrás pleno dominio de todas tus funciones y capacidades.

93
Estarás como hasta ahora, completamente en tu Ser. Podrás recordar todos los
detalles en los que te has visto inmerso, con absoluta precisión. Uno, dos.
Todos los músculos, los nervios del cuerpo, están relajados. Tres, cuatro.
Despierta tu Ser poco a poco, te percibes muy bien. Cinco, seis. Más y más
despierto y alerta. Siete, ocho. Casi despierto, te sient es estupendamente.
Nueve, diez. Completamente despierto y alerta, sintiéndote muy bien, abre los
ojos cuando gustes hacerlo.

Lo hizo; pasado un rato. Lo que veía no podía creerlo. Estaban en tierra. Se
sentía pleno y sat isfecho, al mismo tiempo que asombrado. Pitt permanecía al
lado de la cabina, accionando desde fuera la apertura. Un suave y tosco clip
sonó. La cúpula se abrió automáticamente gracias al resorte que lo impulsaba.
El silencio y una tremenda paz repleta de seguridad se escaparon de esa forma,
penetrando los sonidos y olores propios de Nairda, a los que ya estaba
acostumbrado.
- ¿Qué tal la clase? – pronunció con una amplia e inconfundible sonrisa
ante el asombro mostrado por el alumno.
No podía responder a la pregunta, le era imposible. Aún no podía creer en
lo experimentado. Era un alucine que nunca, antes, pudo saborear. Cualquier
otro momento de su vida no tenía parangón. Aquello había sido
inconmensurable, inaudito y perfecto. No sentía la necesidad de abandonar la
cabina. Pal, al contrario, terminaba de quitarse los arneses al t iempo que
maniobraba para saltar a tierra firme.
- No es necesario que te muevas – advertía Pal acariciando su hombro –.
Quédate ahí hasta que realmente quieras o sientas que te apetece salir. Es una
reacción normal.
- Jano, te esperamos en mi oficina. ¿Entendido?
Su respuesta al Jefe de Instrucción consistió en un suave inclinar de cabeza.
Su mente galopaba por cada uno de los instantes que acababa de percibir.
Cerró los ojos reviviendo cada momento. Efectivamente lo recordaba todo, a
la perfección, cada palabra dicha por Pal, incluso las mismas sensaciones
percibidas en los instantes anteriores podían encarnarse en cada parte de su
organismo. Seguía sin querer juzgar el exper imento. Simplemente había
consistido en algo asombroso. Por un momento pensó que él mismo fue quien
hizo at errizar el aparato. Pero aquello se le escapaba de toda posible lógica.
Un pequeño conflicto germinaba en su interior.

Jefe e instructora charlaban animadamente como era su costumbre cada vez
que impartía tal clase; bien conocedores de lo que despertaba en cada alumno.

94
Permanecía a la espera de los resultados. Reían plácidamente cuando la puerta
se abrió de golpe apareciendo la figura del esperado.
- Sólo dime una cosa, Pal: ¿he sido yo quien ha gobernado el VZ con los
ojos cerrados hasta aterrizarlo? No me mientas por favor. ¿He s ido yo
realmente?
- ¿Tú que crees o piensas? ¡¡¡Pilotillo!!!
- No, Pal, no. No es esa la cuestión. ¿He sido yo, o no?
- ¿Qué duda t ienes? – respondía Pitt –. ¿Acaso no ha sido evidente? –
afirmaba confirmando sus sospechas con una pregunta que anulaba cualquier
interrogante al respecto. Termina de entrar, y siéntate con nosotros. Charlemos
un rato.
Jano obedeció, cerrando la puerta despacio, tomando asiento.
- Podrías haber avisado de lo que en realidad perseguía el ejercicio –
reclamó amablemente a Pal.
- ¡Sí, claro! Entonces no te hubieses dejado llevar, y de igual forma no
habrías experimentado los efectos perseguidos. Ahora, ya sabes más sobre lo
que eres capas de Ser y Hacer. ¿No me digas que no ha sido fantástico?
- Puedo asegurar que jamás elucubré algo tan excelso. Esto es lo que en
realidad le gustaría poder hacer a cualquier piloto. Ser él, sin medios algunos,
quien vuele, como si de un pájaro se tratase. Es el cúlmen. La auténtica
realización del don de volar. Es como lanzarse desde la montaña mas alta al
mayor vacío inimaginable, sabiendo que al abr ir los brazos y estirar el cuerpo,
puedes conducirte en el aire igual que si lo hiciera un pájaro. Saber que
puedes ascender y bajar a tu antojo sin más consentimiento que el de tu
propia voluntad. ¿Sabéis una cosa? Pienso – decía sin dar margen a respuesta
alguna –, que ha merecido la pena venir aquí sólo por el hecho de poder
experimentar éste placer.

¿Quién no reaccionaba igual?: nadie. La complicidad de sus interlocutores
no necesitaba de palabras para expresar lo que miles de veces comprobaron
con cada alumno; y con ellos mismos, por supuesto, en sus respectivos
instantes. Él, todavía, permanecía sumido en su experimentar. Tal era el
enfervorizador entusiasmo que le embargaba que cualquier añadido posterior
no le llegaría. Paladeaba todo el espléndido vuelo.

- Ha sido realment e magistral. Gracias Pal. Muchas gracias – fue cuanto
pudo expresar. Seguía en las alturas paladeando cada giro; cada beso a cada
nube; cada sorbo de oxígeno inhalado; cada porción de aire tocada; cada
corriente abrazada.

95
- Será mejor que vayamos a cenar – sentenciaba Pitt, percatando que
cualquier otra cuestión no le sacaría de su cavilación –. ¿Tenéis hambre?
- Me comería lo que me pusieran por delante – respondió vivazmente –.
Venga, vamos, y os cuento por el camino el resto del vuelo.
Como un niño pequeño, con juguetes recién estrenados, relataría con todo
detalle, y lujo de percepciones, cada uno de los segundos devotamente
encarnados. Pitt le acompañaba. Pal tenía otros asuntos que atender y se
disculpó. Algo que a él no le molestó mucho pese a la gran unión que se había
fraguado entre ambos. Jano necesitaba contar una y otra vez aquello tan
increíble. Tras la cena, donde no paró de hablar sin descanso, y una vez que
Pitt percibió que el alumno había desahogado en profundidad, invitó a tomar
una infusión en su despacho.

Un té de frutas cálido, rojizo, muy aromát ico, de sabor exquis ito y
penetrante que acarició sendas papilas gustativas. En s ilencio, saboreaban la
rica sustancia, dejándose mimar por el instante que les envolvían.
El Cadete, calmado, tenía al igual que el General, sus pies cruzados y
apoyados sobre la magnífica mesa que les separaba. Fue el instante escogido
para empezar y concluir, si era posible, con el aprendizaje de la jornada. La
noche estaba muy entrada; el cansancio, en breve, reclamaría su porción de
tiempo.
- Jano – dijo suavemente procurando su atención –, ¿qué otras cosas
aparte de volar en un VZ, has aprendido a lo largo del día?
- Si te refieres – bien sabía a dónde quería llegar él – a que si he
asimilado el sentido total de la cuarta regla del vuelo, puedo concluir que
imagino que sí. Pero como Pal ya hizo mención, tú terminarías de apuntillar lo
a nuestro regreso. Por lo que deduzco que debe haber un trasfondo que no he
captado. Así que si vamos al grano será lo mejor. ¿No te parece?
- Me parece perfecto. Dime ¿Qué es lo que crees que en verdad te
mereces? – soltó como un escopetazo disparado a escasos metros –. ¿Piensas
alguna vez en que eres merecedor de algo?
Una cosa era leer frases de un manual de vuelo, otra muy distinta responder
a bocajarro cuestiones tan directas. Recapituló un poco en sus archivos
mentales localizando una respuesta válida. No quería parecerle un estúpido…
- Deja de intentar acaramelar una respuesta – espetó Pitt, interrumpiendo
su deliberación interna, demostrando que también podía leer la mente –, y
responde con sencillez y s inceridad a mis preguntas – proclamaba con
amabilidad y seriedad –, vamos, se franco contigo mismo. Puedes, si te
apetece, engañarme, pero si lo haces contigo, entonces puedes tener la
seguridad de ser un perf ecto estúpido. ¿Lo captas?

96
Tal aseveración le había dejado noqueado. Su mente estaba en blanco.
Ahora sí que no sabía qué contestar. No encontró nada que añadir. Bajó los
pies de la mesa. Inclinó su cuerpo refugiando su cabeza entre sus manos.
Tenía que ser sincero. Tenía razón, era absurdo intentar colocar cualquier
frase evasiva. Total, él estaba aquí para aprender, y estas personas se estaban
dedicando en cuerpo y alma en una instrucción absolutamente ejemplar y
maravillosa. Tenía que corresponder de la misma manera. Tenía que ser ético.
- Ético lo has sido y lo eres. Ese no es tu problema. Siempre has sido
una persona leal y entregada. Nunca has dejado de ayudar si te lo han pedido,
o cuando creíste que era necesaria tu cooperación. No sigas por esos senderos.
No te critiques ahora. Tan sólo responde a mi pregunta. Jano ¿Qué es lo que
crees que en verdad te mereces?
- A bote pronto sólo puedo mencionar algo que esta tarde Pal me ha
inculcado: que me merezco lo mejor, sólo por el hecho de existir. Algo que tú,
en su momento, le dijiste muy acertadamente, según ella confirma.
- Confundes dos frases dist intas mezclándolas. Yo le transmití hace
mucho tiempo lo siguient e: “Te mereces lo mejor, todo lo mejor que puedas
imaginar. Sólo que aún no lo sabes. Y te lo mereces sólo por Ser Quién Eres.
Por Ser única e irrepetible. Por Ser la mejor” Y por otro lado le inculqué que
“Sólo por el hecho de existir, te mereces ser f eliz, nunca cuestiones esta
verdad, ni la pongas en duda”. Esas fueron mis palabras exactas, y no el
resumen medio infame que has espetado – concluía con mofa –, así que te
repito de nuevo la pregunta: ¿qué es lo que crees que, en verdad, te mereces?
- Pitt, sé que puedo aportar algo real a esta reiterada cuestión. Déjame
indagar. Desde s iempre he conseguido todo o casi todo lo que me propuse.
Siempre me creí merecedor de todo aquello a lo que aspiraba. Y siempre que
lo buscaba y luchaba por ello, eso era mío. Así de simple, pero igualmente, así
de real. ¿Te sirve esta respuesta?
- Perfectamente – acompasó con un sorbo de té –. Es lo que quería
averiguar, para a continuación lanzarte la siguiente. Tienes que ir subiendo
peldaño a peldaño. ¿Por qué crees que tenías tal convencimiento sobre el
hecho de merecer todo lo que te proponías alcanzar?
- Lo siento, Pitt, no quiero demorar la respuesta y provocar que de nuevo
leas la mente. Me hace sentir desnudo. Sólo sé que podía conseguir lo y me lo
merecía. No sé, insisto, el porqué. Sólo lo sabía. Y no encuentro otra razón.
¿Te llega?
- Todo sirve, siempre, y no es cuestión de que llegue o llene, o colme, es
imprescindible que alcances lo vital. Nada es casual, pues ya sabes que somos
la causa de nuestros ef ectos, esa lección la t ienes aprendida. Pero ahora
quiero, que te tomes el t iempo necesario. Que indagues en tus recuerdos. Que

97
penetres en ellos, con tranquilidad, descomponiéndolos. Seguro que hallas el
motivo por el cuál, siempre, has tenido el convencimiento de merecer lo que
querías. Procúralo.
El alumno acopló la espalda al respaldo de la silla. Respiró hondo
queriendo, con el aire inhalado, deshacer cualquier nebulosa que su
inconsciente pudiera, en forma de telón impenetrable, ocultarle en la
introspección solicitada. Cerró los ojos, centrando toda su atención en el
inter ior de sus recuerdos. Inició el proceso desde lo más nimio. Desde los
procedente de la infancia, hasta los actuales. Encadenaba sucesos e incidentes,
frases y dichos, consejos y advertencias, acciones y reacciones. Volvió a
aspirar con fuerzas. Analizó cada centímetro cuadrado de vivencias que la
película de su extinta vida recogió. Pero nada ofrecía alternat ivas viables. ¿Se
estaría anulando? No, se dijo, convenciéndose, tan solo no has realizado la
derivada correcta. La incógnita se mantiene.
¡Vamos!, insistió procurando encontrarse, sabes que eres inteligente, puede
descifrar el enigma. ¡Puedes! ¿Qué es lo que realmente estás escudriñando?
¿Qué has aprendido hoy? Fue la pr imera pregunta que me hizo Pitt. Quizá en
ella estaría la clave. ¿Qué habían transmit ido durante el día que fuese
relevante?
Siguió cotejando los datos que fluí an… Como una luz, su computadora
mental abrió una ventana. Un resquicio que en pr incipio podría parecer una
solución grotesca, pero era la única que hasta el momento quiso aparecer.
¿Será esto? Esperó. La búsqueda interna se perpetuó animadamente. Descartó
posibilidades. Eliminó lo absurdo, la sinrazón. Tan sólo aquella luz ofrecía
una pesquisa real. Decidió realizar una exposición. Total, como solía decir:
¿qué puedo perder?
- De acuerdo Pitt. Déjame exponer algo. Es lo único que he considerado
lógico. Y te aseguro que le he dado vueltas al asunto. Verás – iniciaba
inclinando todo su cuerpo hasta colocarse al filo del as iento provocando que
las patas traseras de la silla quedaran en el aire –. Al llegar a tierra abriste la
carlinga soltando una pregunta: ¿qué tal la clase? Luego, aquí has lanzado otra
sin desperdicio al principio: ¿qué has aprendido hoy? Y tú no eres de los que
gastan saliva en balde. Recapitulando, esta tarde en el aire con Pal tuve un mal
entendido. Ella aclaró la diferencia entre el contenido de la clase y lo que es el
aprendizaje de las reglas de vuelo. Ello ocurrió porque confundí lo que me
contó de un hecho de su vida para que captara mejor ésta cuarta norma. Y
mientras que el contenido de la clase era la práctica de la relajación e
introspección hasta llegar al la plenitud de mi Ser y poder dirigir el aparato
de mi vida sin maniobrarlo con mi cuerpo, sino con el pensamiento postulado
desde el Ser.

98
- ¿A dónde quieres ir a parar? ¿No estás desviando el tema?
- No, en absoluto. Permíteme seguir, ya sabes que todo tiene un por qué.
Pal relató que el escollo que le condujo a Nairda fue su falta de autoestima al
no haberse sentido… bueno la historia ya la conoces por ella, y no voy yo a
desvelarla, pues es parte de su existencia ¿Me sigues hasta aquí?
- Continúa. A ver a dónde nos conduce esto, tenemos todo el tiempo del
mundo.
- Deduzco, por tanto, que en la misma medida que ella obtuvo ese
resultado del trato percibido, yo conseguí justo lo contrario. Fíjate, y ahora
llega la conclusión del análisis, que espero sea el que necesitamos para seguir
avanzando o escalando para llegar al f inal de esa escalera que, como ejemplo
gráfico, mencionaste antes. Desde que tengo uso de razón, o puedo encontrar,
recuerdo de vivencia en mis experiencias, puedo asegurar que yo fui tratado
de forma totalmente distinta a la de Pal desde el nacimiento. El ejemplo es,
concretamente, mi padre, pues aunque mi madre siempre constituyó un
ejemplo de virtudes adornándonos de buenos consejos, mucha ternura y
cariño; el espíritu vital, el impulsor de la familia, lo forjó a cada instante su
marido. Ambos se compinchaban perfectamente, cada uno en su papel. En
casa somos, o éramos, mejor dicho, dado que yo estoy aquí, tres hermanos, yo
el mayor, y, como consecuencia, al que se le inculcaba más responsabilidad y
ejemplo. Tuve que cuidar de mis hermanos en multitud de ocasiones, y cada
vez que quedaba en casa a cargo de todo, y esa es una ocasión entre otras
tantas, mi padre s iempre me hacía la misma pregunta: ¿por qué nos sale todo
bien en la vida? La respuesta la tení amos grabada a fuego en nuestra
conciencia, la habíamos repet ido miles de veces, y estábamos convencidos de
ello: porque nos lo merecemos, porque somos cada uno lo más importante de
papá y mamá. Tal adoctrinamiento, que ahora, con esta nueva certeza, y pese a
que no sea la respuesta que estás buscando en mí, ha sido el auténtico
impulsor de mi coraje y fuerza para alcanzar cualquier meta auto propuesta.
Ahora, como nunca, puedo dar las gracias a ellos por inculcarme ese valor
concreto. ¿Hemos subido un peldaño Pitt?
- Desde luego que sí – confesó socarrón –, unos cuanto de golpe…
- Uff, creí que no daría con la tecla, e iba a pasar toda la noche indagando
y dando vueltas a mi vida. ¡ Aleluya! – concluyó levant ándose de un brinco y
alzando los brazos sarcástica e irónicamente a la vez.
El estallido de risas fue mutuo. El ambiente apelmazado por la escrutación
preliminar y la expos ición subsiguiente del aventajado alumno se había
distendido de súbito.
- De acuerdo entonces. ¿Eres capaz de establecer un corolario tras tu
deducción?

99
- ¿No sería un atrevimiento, algo osado por mi parte? Después de todo, tú
eres el instructor, y yo el alumno.
- Precisamente por ello. Lánzate, seguro que lo harás bien.
Otra vez se veía abogado, sin ser forzado, ha realizar un discernimiento que
nunca, antes, solió recabar en su antigua vida.
Quizá, pensó, esto es algo que también debía aprender. Solía saltar de un
lado para otro sin extraer las consecuencias de sus acciones.
Un claro se describía en el océano de nubes por el que danzaba. Otra
ventana se volvía a abr ir en su inter ior. Una cosa era obrar por razones, y
otra muy distinta hacerlo con razón.
Bien Jefe, intentaré sorprenderte, se dijo convencido.
Pidió papel y algo para escribir, cuestiones que solícitamente puso en sus
manos Pitt. Apuntó varias frases, unió algunas palabras de cada una de ellas,
enlazó ideas, y creo al fin algo que presumía podría ser plausible.
- A ver si te gusta. “uno se merece lo que cree merecer; siempre que lo
crea y cree a nivel mental, lo verá; pero siempre que sepa que él es la causa
que lo genera; y que, por tanto, el motor de su merecer se contiene en el
pensamiento que lo crea desde su Ser, desde su totalidad y plenitud” – se
quedó esperando un vítore, pero Pitt no se inmutaba.
- ¿Y?... – inquir ió, incitándole a seguir acompañando con el gesto de sus
manos abierta.
- ¿Y? ¿No te parece poco? ¿No está bien?
- Vamos pilotillo, estás apunto de escalar la montaña; queda nada;
dilucida un poco; sólo algo más; ya casi lo t ienes – concluía, sonrisa en ristre,
asiendo la jarra que contenía su gustoso té de fruta.
¿Y? se dijo, reflexionando. Este Pitt hoy conseguirá dejarme sin neuronas
de segunda generación. Nací de nuevo hace tres jornadas, y está apunto de
machacarlas, todas de un tajo, con tanto ejercicio metal. ¡¿Y, me dice?! ¡ ¿Qué
más quiere que diga?! ¡¿Acaso hay más?! Este era su refunfuñar interior
contra el Jefe de Instructores cuando el mismo le saco de sus cavilaciones y
quejas.
- Hay una cosa más, lo esencial, lo que engloba a todo…
- No lo hagas otra vez – prof irió malhumorado – no me leas la mente
¿Quieres?
- Lo siento, no lo hago, ya sabes cómo son esas reglas, sólo se puede
leer cuando tú la abres voluntariamente o te diriges a esa persona. En este caso
me estabas hablando con tu pensamiento. Venga, un pequeño esfuerzo y
concluyes poniendo la guinda. No me creo que no seas capaz. ¿O no?
Touche. Le había dado en su amor propio. Ahora si que no consentiría en
cejar en su empeño, lo alcanzaría, aunque le costase toda la noche.

100
El acertijo revolvía en su inter ior. Desde que he llegado todo se reduce a
eso: a un puro juego adivinatorio, se decía conjeturando. He ido saltando de
una regla a otra. Ha sido divertido en muchas ocasiones, otras ha costado algo
de esfuerzo. Pero parece que ésta es la peor de todas. Y eso que no constituye
el famoso escollo por el que todos llegamos hasta este lugar. Sólo pensar cuál
será el mío me da miedo. ¿Cuál será mi problema? No, no, mejor no seguir
por ahí. Dejaré que eso llegue en su momento, ahora toca resolver este
galimatías. ¿Por dónde empezar? Si es que había que recurri r a un hacer, en
vez de a un estar en el Ser.
Veamos – continuó elucubrando, perfilando –. Le falta algo a ese corolario.
¿Un resumen final? No. Un corolario no necesita un resumen, se demuestra
por sí mismo. Tampoco necesita de otro corolario. ¿Un axioma? Tampoco
parece que sea la solución. ¿Qué está esperando éste…? – Interrumpió la
pregunta interna; sí se dirigía a él le volvería a leer, y era lo que menos
deseaba –. ¿Qué narices le falta a esto? ¿Una exéges is? Tampoco, resulta
inconcluso.
¡Ya está! Prorrumpió en una eclosión neuronal. De la palabra inconcluso
extrajo la de conclusión. Esto es lo que le falta a mi corolario. Una conclusión,
no una explicación. Algo que une y ata. Es como el pescado que se muerde la
cola. Lo tengo.
- Lo tengo Pitt. Lo tengo… – aclamó eufórico. Estaba absolutamente
convencido de haberlo conseguido.
- ¿Y a qué esperas? Suéltalo.
- Es realmente fácil, sinceramente creo que lo tenía que haber alcanzado
antes. Déjame empezar por enunciar el corolario – él con agrado le devolvió
una mirada de asentimiento y conformidad, testimoniando su seguridad en el
final de sus deducciones –. Veamos, si “uno se merece lo que cree merecer;
siempre que lo crea y cree a nivel mental, lo verá; pero siempre que sepa que
él es la causa que lo genera; y que, por tanto, el motor de su merecer se
contiene en el pensamiento que lo crea desde su Ser, desde su totalidad y
plenitud, resultando, como consecuencia, si así queremos llamar lo, que, “cada
una de las reglas no es independiente de la otra, sino que se interrelacionan
entre sí para poder funcionar”. O lo que es lo mismo, lo que me exigías antes,
la conclusión: “ninguna regla f unciona si una falla” – Pitt mostró una
expresión aprobatoria sin equívoco e intentó hablar, pero el ánimo de Jano no
acogía la opción de verse int errumpido en un momento que consideró
tremendamente satisfactorio solicitando con sus manos paciencia –. En
definitiva y gráficamente expuesto, las normas de vuelo son igual que una
cadena; ésta siempre cumple su f unción mientras que cada una de sus piezas
mantenga su posición. ¿Qué, es o no es lo que querías escuchar?

101
- Perfecto – manifestaba acompañando de aplausos sus palabras.
- ¿Esbozaste la posibilidad de que no concluiría? – indagó con
vehemencia el creído, ahora, alumno.
- Bajo ninguna circunstancia pero…
- ¿Ves? Siempre lo consigo, soy el mejor. ¿Ves? ¿Ves? – la alegría le
embotaba. Dejaba de estar consciente del alboroto formado; parecía haber
conquistado el primer premio de alguna lotería, más que tener en su haber el
logro de descifrar las claves con las que dirigir su vida.
- ¡Jano! – pronunció sólidamente. Captando al completo su atención –.
Déjame terminar. Tranquilízat e. No te enarboles tan rápido. Has obtenido un
triunfo notable, de acuerdo. Has captado a la perfección el sentido de las
cuatro primeras normas del vuelo, y, además, enuncias la concatenación
existente entre ellas y la paradoja que encierra su articulación y correcto
funcionamiento para obtener la armonía en su fin. Sé que estás en condición
de diger ir lo que no pude concluir hace unos instantes. Has de captar que
todos los alumnos alcanzan la misma cognición. No eres el único. Pero, y
déjame concluir – apunt aló ante las señales evidente de volver a cortar la
comunicación –, sí, he de reconocer, como anteriormente lo he mencionado,
que estás progresando a muy buen ritmo, espera, espera ansioso – advertía, de
nuevo, ante otro intento de tomar la palabra –, ¡mira que eres impaciente a
veces!. Quiero que entiendas, en profundidad, que hasta ahora todo a podido
parecer fácil o rápido; no obstante, el gran problema lo encontrarás cuando
tropieces con el, denodado y fatídico, escollo que te ha conducido a Nairda.
Es, o será, ese momento el principal; y para ese preciso instante has de estar
preparado, y por eso era preciso aventurarte hoy en estos conceptos, dado que
es imprescindible tener los bien aprendidos para cuando llegue tu part icular
infierno. ¿Entendido?
Y tanto que lo estaba. Tenía razón, le conocía mejor de lo que había
imaginado. Segundos atrás, estaba encumbrado en su conquista; ahora, sumido
en la advertencia de un posible desastre. Aquello le desasosegó.
- ¿Cuándo será eso? ¿Cuándo tropezaré o me encontraré con mi personal
obstáculo? Seguro que tú sabes el momento y a qué atañe. Vamos, Pitt,
dímelo.
- Eso es algo – decía negando con la cabeza – que no forma parte de la
instrucción. Cada cosa a su momento, todo a su hora. Tú lo percibirás. Es
como saber que llueve, así de simple.
- Con Pal fue distinto, ¿no es verdad? – argumentó reprochando sin otro
recurso y a modo de chantaje.
- Sí, lo fue. Pero con cada alumno es dif erente – consolidó con
rotundidad –, ninguno es igual. Y al adiestramiento se accede acorde a las

102
circunstancias individuales, personales e intrínsecas que componen la
esencia propia de cada Ser sin que deje de ser igual al Todo del que f orma
parte – matizó un breve silencio queriendo conquistar la voluntad
inquebrantable del alumno –. Creo que es hora de dormir un poco. Mañana
será un día intenso, imagino – concluía dejando su sillón vacío, y girando, al
levantarse dando f in a la conversación – ¿Prefieres ir a pie o en jeep a la
residencia?
Jano frenado ante la actitud expuesta, percibía, con la exigua lucidez que le
restaba tras una jornada tan intensa, el momento adecuado para obedecer sin
rechistar. Mañana encontraría argumentos, si era posible para atacar con la
caballería suficiente, y conquistar la información que requería. No le apet ecía
nada encontrase de bruces con su peor enemigo, desconocido aún, pero con
toda probabilidad, seguramente, experimentado en su anterior vida. Debería
realizar un ejercicio de auto análisis desentrañando, si era posible, la diatr iba
que le impulso hasta esta dimensión.
- Prefiero, si no te molesta, dar un paseo. Quisiera disfrutar del frescor de
la noche, creo que ayudará a conciliar el sueño y despejar la mente. ¿No te
importa?
- Al contrario Jano, eres libre de hacer lo que consideres oportuno –
remató abriendo la puerta – Que descanses. Buenas noches.





















103
8. El resentimiento es lastre



“Se perdona mientras se ama”
Francois de la Rochefoucauld. Escritor francés (1613-1689)

“Equivocarse es humano y perdonar es divino”.
Alexander Pope. Poet a inglés. (1688-1744)








Cuarta jornada. 09:00. Complejo Aeronáutico de Nairda.

Dos Starfighter F-104, con sus respectivos motores, al cien por cien de sus
revoluciones, aullaban salvajemente sobre la uno seis izquierda. Los frenos
anclados impedían que la potencia desgarradora deslizara tan colosal figura
por el pavimento en busca de un nuevo y excitante abrazo con el pincelado
cielo.
Pal estaba al mando del biplaza. Volaría acompañada de otro alumno. Jano
pilotaría el otro modelo, una versión modernizada. Éste había sido capacitado
con un motor de doble inyección inercial, lo que ofrecía quince mil libras más
de empuje. El desarrollo del mismo permitía alcanzar rápidamente altas cotas,
predijo Pitt en el briefing mat inal celebrado a las seis en punto. Si ya de por sí
estos aparatos eran considerados una especie de cohete volador, con tal
motorización podría definirse como una lanzadera espacial de primer orden.
Ambos aviones despegarían simultáneamente, rompiendo la formación a
los noventa segundos de vuelo después de alcanzar los diez mil pies. Pal,
realizaría una serie de maniobras con su estrenado novato. Posteriormente, se
encontrarían en Ís; y desde ahí ella devolvería a Nairda el DC-3 allí
estacionado el día ant erior. Él tendría que practicar tomas y despegues en la
ampliada pista que construyó con su pensamiento desde su Ser.
Le parecía mentira que aquello estuviese ocurriendo. Que una realidad tan
sorprendente se manifestara con tanta credibilidad, acierto y bondad. Grabado
había quedado que aquél paraíso no era el cielo; pero si lo fuera, no le

104
importaría lo más mínimo quedarse en él. ¿Qué sería entonces la promesa que
nos reserva el tránsito de la muerte? Un lujo impensable; se dijo, con total
auto proclamación en su convicción.
- Torre de Nairda para Rojos F-104. Autorizado despegue. Mantengan
rumbo. Ascienda a diez mil en noventa segundos y rompan formación. Que
tengan un buen día.
- Líder Rojo, copiado. Autorizado despegue. Gracias, igualmente –
acusaba recibo la instructora.
- Rojo Dos listo – imitaba obligatoriamente Jano.
Ambos reactores, libres sus ruedas de los esclavos frenos, iniciaron su
rodadura lamiendo asfalto desde los cero nudos hasta los ochenta. El empuje
inicial encabritó el morro sin que desconectara su roce la rueda de morro con
el f irme, que por breves instantes le serviría de senda, demostrando un querer
saltar a la nada deseada que luego les sostendría.
Pal, en primer lugar, levantaba la punta de su avión tras setecientos metros
recorridos. Rojo Dos seguía gastando caucho en la enloquecida carrera tras
Líder Rojo. Cien nudos, un motor potentísimo… y el F-104 no mostraba
atisbo por levantar el vuelo. Más que un avión, parecía un bólido intentando
batir una marca de velocidad en línea recta. El pájaro de acero no ascendía ni
un milímetro.
- Rojo Dos, aquí Nairda, ¿algún problema?
Jano no sabía qué responder. No entendía qué pasaba. A tal velocidad ya
debería estar volando. Realizó una visual rápida por todo el panel de mandos
intentando localizar algún indicador desajustado o una señal de alarma. Nada
lo ref lejaba. Tampoco quería llevar la palanca al final de su recorrido, dado
que al tener el t imón de profundidad en lo alto del de der iva podía hacer rozar
la popa del aparato por la pista. ¿Flaps? No. No los había sacado. ¿Otro fallo,
y a estas alturas? Se recriminó con aspereza. ¿Cómo he podido olvidar lo?
¡Seré estúpido!, consentía en insulto y auto denigración.
- Rojo Dos, conteste, ¿algún problema? Le quedan menos de quinientos
metros para el punto de no retorno. ¿Declara emergencia?
Sobradamente era conocedor de tal hecho. Si pasaba ese punto, o saltaba al
aire, o no habría espacio suficiente para frenar. Tendría que hacer algo.
Tendría que contestar. Tendría que…
- Rojo Dos, aquí Líder Rojo. Aborte despegue, repito aborte despegue.
Acuse recibido Rojo Dos.
Ciento cincuenta nudos. Flaps a treinta grados. Tiró con suavidad de la
palanca. Cien metros para el punto de no retorno. ¡Vamos, vamos, sube!
¡Arriba! Imaginó en la mente. Recordó: el motor es el pensamiento. Cerró los
ojos y visualizó el despegue… De pronto sintió cómo ascendía muy

105
lentamente; pero ascendía. Los abrió contemplando lo imaginado. Pulsó el
interruptor de recogida de tren y respiró profundamente
- Rojo Dos pista libre. Olvidé sacar flaps.
La controladora lo dio por válido riéndose en la int imidad de su torre; lo
daba por bueno… Al final había despegado y escalaba el espacio.
Pal dejó correr la situación; hablarían más tarde. A ella tampoco la había
engañado.
Ambos Starfighter trepaban metros por centenares. Sorprendentemente,
para Jano, el aparato no respondía a las expectativas anunciadas. Quince mil
libras de empuje extra, y aquello no jalaba sino a duras penas. Con todos los
gases introducidos, el F-104 subía agotado, quemando keroseno de más.
Exhausto. Seguir el ritmo de Líder Rojo provocaba una oscilación peligrosa en
las agujas indicadoras de temperatura de aceite y motor hac ia los límites. Las
vibraciones alcanzaban un trepidar insatisfactorio, angustioso, temible. Parecía
que cada uno de los más de tres mil remaches que empaquetaba cada parte del
avión, haciéndolo una sola pieza solidar ia, fueran a saltar sin previo aviso,
descomponiendo su esbeltez aerodinámica.
Pasara lo que pasase, él seguiría hasta alcanzar los diez mil. Luego, al
romper la formación, ya se las apañaría. Era muy consciente de que su orgullo
pilotaba la función, no el fruto del raciocinio. Culminaría. Debía aguantar; así
reventara el superdotado motor, tan cacareado por Pitt. Ya le comentaría un
par de aspectos sobre tanto adelanto tecnológico de pacotilla. Menuda patata a
reacción le asignaron ese día.
- Rojo Dos: estamos a diez mil pies, rompa formación; ya conoce su
destino. Nos vemos. Procure aprovechar la jornada.
- Entendido Líder Rojo. Gracias. Corto.
Giró a babor en una ceñida quebradiza innecesaria. Era como dar un
fustazo al jamelgo que montaba castigándolo al no responde a las expectativas
prometidas. Retiró gases picando, debía bajar la temperatura del motor. Los
indicadores habían llegado a penetrar en la zona roja. Por unos instante, que
postergó, se imaginó a bordo de una bomba apunto de deflagrar sin aviso. De
ninguna manera habría apostado por ascender otros mil pies sin que se hubiera
descubierto el error de propulsión, algo funcionaba erróneamente. Era
imposible, mater ialmente, que con tal poder de combustión, el F-104, no
hubiese subido con holgura.
Debido a que éste aparato posee una exigua superficie alar, su capacidad de
sustentación en mínima, y necesita, por tanto, de una gran velocidad para
provocar tal efecto. Es por todo piloto, conocido, que más que un caza
interceptador, el f-104 es un enorme motor provisto de alas cortas con las que
dirigir lo.

106
Rondaba los ocho mil pies aumentando la velocidad. Los indicadores de
temperatura retrocedían al arco verde. La tranquilidad regresaba, como lo
hacían sus pulsaciones. La humedad de su mono de vuelo reflejaba la extrema
sudoración experimentada, aunque era algo más que no acertaba a conocer,
aún. Ís caía por la amura de estribor. Continuaría con el descenso hasta los mil
pies, pero no en vertical. Empezó a provocar giros suaves dejando que las
toneladas metálicas no disminuyeran la aceleración por debajo de la velocidad
de sustentación. Era una manera de ahorrar combustible; aquél ascenso le
había costado algo más de una cuarta parte del contenido de los depósitos,
incluidos los situados en los extremos de las alas. Eso constituía una cuestión
intranquilizante. No entendía cómo un motor diseñado para el máximo
rendimiento con el menor consumo, había dispendiado tanto. Pero deseoso de
llegar, cuanto antes a su particular guarida, incremento el ángulo de descenso.
Tendría que aterrizar a la pr imera, no quería correr riesgos. Calculó que con
tan elevado gasto de keroseno no podría hacer muchas tomas y despegues. El
resto debería reservarse para el regreso.
La intensidad de esos primeros minutos de vuelo ilustraba una jornada,
posiblemente, desenfrenada. Tenía la sensación de haberle sido asignada la
domesticación de un indómito y salvaje animal por catalogar. A la vuelta
indagaría en las características reales de ése prototipo. Era imposible que tanto
poder de empuje, al cien por cien, no hubieran dejado muy atrás a los siete mil
del Starfigther de Pal. ¿Habría usado algún procedimiento incorrectamente?
No lo sabía; pero sí que de no haber sido por la técnica enseñada el día
anterior de visualización y el poder aprendido que su pensamiento proyectó e
imprimió en la pista, no hubiese despegado ni escalado los diez mil pies. Su
seguridad en la aplicación exacta y correcta de las reglas de vuelo, hasta el
momento aprendidas, contribuyeron a paliar las resistencias encontradas.
Al marcar el anemómetro los dos mil pies inició la recogida enfilando Ís.
Introdujo gases a fondo; sospechaba que de lo contrario bajaría la velocidad
por debajo del límite. A ciento cincuenta nudos y a casi mil metros de la pista
redujo algo de potencia sacando flaps a veinte, quería ser prudente. Ya no se
fiaba del corcel encabritado que, en sus manos, parecía obedecer a medias.
Tocó con suavidad a ochenta nudos, no quería sacar el paracaídas de frenado,
allí no tendría recambio para sustituir lo en caso de emergencia, así que optó
por reducir gases al mínimo y frenar.
El alivio fue grande al bajar del toro salvaje. El Starfighter descansaba, al
fin, junto al DC-3. Estaba exhausto, algo sorprendente después de un vuelo
tan corto. No recordaba, ni siquiera en sus antiguas misiones de combate,
haber experimentado desesperación igual. Tenía la sensación de haber
despertado de un sueño pesado, plomizo y desenfrenado. Miró al reactor con

107
desprecio; no quedaban ganas de volver a pilotar lo. Así que extrajo los
manuales que el caza albergaba en la cabina dirigiéndose a la cabaña. Quizá,
un refresco, aire puro, tranquilidad y examinar algunos datos, podrían ayudar a
recalibrar el aparato. Existía la posibilidad de que algunos de los conductos de
combustible estuvieran obturados, o que los filtros permanecieran sucios.
Intentaría localizarlos una vez que el motor se enfriara. De lo que estaba
seguro, era de no volver a subir en ése condenado demonio, intratable, sin que
antes tuviera la seguridad de optimizar un posible vuelo tranquilo y seguro.

Cuarenta y cinco minutos después, sin haber solventado nada, escuchó el
ruido que anunc iaba la llegada de Líder Rojo. Ahora sí que tendría que
exponer la verdad del asunto ante su instructora. Habría que afrontar los
hechos. Quedaría, posiblemente, en ridículo, pero no cabía otra alternativa.
Debía ser sincero.
El reactor gemelo realizó una pasada de reconocimiento, la pista era
desconocida para el pasajero de Pal. Jano permaneció sentado en el porche
hasta que la maniobra de aterrizaje concluyó. El alumno recondujo el
starfigther hasta el comienzo de la pista donde la instructora bajó. El motor
rugía queriendo devorar el espacio al que se enfrentaba. Pal permanecía aún
algo alejada de la cabaña, esperando la partida. Al poco, el bólido plateado
pasó fulgurante delante de sus figuras ascendiendo limpiamente hasta perderse
en un ascenso pronunciado y vertiginoso.
- Hola – saludó derrit iendo la palabra con su acostumbrada y linda
expresión –. ¿Qué tal esas tomas y despegues?
- ¿Quieres pasar y tomar algo fresco? – invitó esperando provocar un
ambiente distendido desde el que exponer las dif icultades que le tenían
apesadumbrado.
Durante veinte minutos ejerció su cátedra de experto piloto. Expuso los
hechos y los posibles problemas que, dedujo, tendría el motor en su
alimentación. Tenía que ser esa la cuestión, una entrada pobre de combustible
a los inyectores. Ella le escuchó sin interrupción, disfrutando de la disertación,
de sus gestos, de su desnudada sinceridad ante su ser femenino. Sabía que
aquello le provocaba incomodidad. Reconocer ante una mujer, aunque fuese
su instructora, la impotencia de poder pilotar un avión, era una cuestión de
orgullo a la que no estaba acostumbrado un hombre, más él.
Ella valoró cada una de sus palabras sin dejar de mirarle fijamente,
derramando candidez con sus ojos. Quería tranquilizar lo, hacerle sentir mejor.
Tendría que esperar a que terminara la exposición. Bien sabía cuál
inconvenient e alojaba el reactor, así como la posible reacción de su alumno
ante el descubrimiento que le haría al comunicarlo.

108
- Bien, sobresaliente, Cadete – manifestaba al comprobar el final del
desesperado e ilustrado alegato –. ¿Acaso crees que Pitt te asignó, esta
mañana, ese magnífico y colosal prototipo para que realices una prueba en
vuelo, tal y como hacías en tu anterior vida, con el objeto de obtener
calibraciones o mediciones en busca de un mejoramiento en el perfil
aeronáutico del aparato?
- ¿Qué, si no? – respondía sorprendido –. Las órdenes estaban claras:
despegar en pareja con instrucciones concretas. Ascender a diez mil, romper
formación y realizar prácticas por separado muy específicas. La cuestión es
que no puedo cumplir mi parte por la ingobernabilidad de ése dichoso motor.
- Jano – reclamó, procurando su atención, acercándose hasta sentarse a
su lado asiéndole el brazo como era su costumbre, provocando cierta ternura e
int imidad –, estás aquí para aprender. Para recordar y remembrar.
Exclusivamente para eso. No hay otra f inalidad. El porqué has volado éste
concreto Starfigther tiene su respuesta en la siguiente regla de vuelo. ¿No has
tenido la curiosidad de mirarla?
- Por supuesto que sí – respondía inusitadamente –. Justo ayer, después
de dejar a Pitt en su despacho y al llegar a mi dormitorio, lo hice. Quería
adelantarme a la siguiente lección. Fue inút il. Comprobé que la página
siguiente, y las que le siguen, no se dejan abrir, están como solidif icadas; sólo
consigo acceso a las páginas que están en blanco. El resto del manual, como si
estuviera hechizado, no es legible, aunque el pr imer día recuerdo que se podía
abrir por cualquier sitio.
- Esa es la impaciencia que todavía aflora de vez en cuando en el, Jano,
que conozco – concluía la frase endulzando la pronunciación de su nombre –.
Todo llega a su instante. Procúralo ahora.
Sorprendido, ruborizado, y algo acaramelado, por la entonación ofrecida en
la pronunciación aterciopelada de su nombre, que sutilmente impactaba su
esencia relajándola, confortando su espíritu y alma, todo su Ser, como si fuese
el efecto complaciente, y sin igual, de un masaje corporal ofrecido por unas
manos bañadas en aceite, dispuso obedientemente del manual que, como ya
era costumbre, alojaba en su pernera.
Colocó el libro sobre la mesa. La miró queriendo encontrar algún atisbo de
complicidad en su rostro, en sus ojos, en sus labios. Intentó pensar algo al
respecto, pero rápidamente lo negó sabedor de la posible lectura mental que
ella podría realizar. Si ya le costó contar su impotencia durante el vuelo
estrujando su orgullo masculino ante su instructora, no podía, no debía, se
ordenó, consentir en desvestir el pensamiento que pudiera contener la mente
sobre la atrayente mujer.

109
- Veamos – pronunciaba, algo incómodo por lo apretado que notaba su
brazo contra el cuerpo efervescente y cálido que tan cercano sentía –. “El
resentimiento es lastre” ¿Te refieres a esto?
- ¡¡Aja!! – afirmaba cortésmente, provocando un sondeo.
- Una frase enigmát ica, como todas las anteriores. Incluso dogmática a la
vez que elegante, señorial, y, por qué no, distinguida – espetó con rabia –. Y
supongo, que relacionada con éste vuelo – masculló de mala gana, marcando
un paréntesis, tragando saliva, buscando, encadenando palabras con las que
expresarse sin volver a her ir su ego –, cuestión que no logro encajar,
entrelazar o unir a simple vista con respecto al aporte sustancial que debo
extraer de éste vuelo. Pero estoy seguro que tú, encantadora profesora –
insinuó cómplicemente –, tienes la capacidad de exponer con claridad,
rotundidad, aplomo y cortesía, el fruto, me temo amargo al principio, que debo
cosechar. ¿Harías los honores? – concluyó levantándose de súbito procediendo
a una inclinación de c intura y un adorno caballeresco con su mano derecha
como si descubriese un imaginario sombrero con plumas que le cubriese la
cabeza.
El numerito provocó una risita sinuosa, complaciente, fervorosa. Aplaudió.
Le había sorprendido gratamente consiguiendo su beneplácito. Tenía que
reconocer el uso genial de su improvisación, y la ganancia de puntos extras
ante tal muestra de galantería y s impatía. Tendría que ofrecer, en
contraprestación, algo sustancioso. Lo esperaba. Ésta vez no podría dejar le
inmerso en deducciones.
Concluyeron los aplausos correspondidos con un par de reverencias como
si fuese el colofón el término de una función teatral. Ella miraba con
agradecimiento, desprendiendo ternura. En Jano, esa chispa, impactó al igual
que un torpedo en la línea de flotación. Pocas personas consiguieron colisionar
su Ser de forma tan radiante. Y el sent imiento abrumador, que recibió Pal,
carecía de la fuerza necesaria para eludir la responsabilidad inherente al cargo
que ostentaba. Era su turno. Las cartas se volcarían produciendo un mal trago.
Él escogió estar allí, ahí, por tanto, no debería actuar con paños calientes,
tampoco con crudeza.
- La recompensa que esperabas recibir como premio a tu actuación puede
estropearte el día – advertía aún risueña –. ¿Estás completamente seguro de
querer ser dirigido en éste aprendizaje, o prefieres encontrar el sendero por ti
mismo, de forma menos cruenta, porque mi exposición puede resultar algo
abrupta?
- Dispara vaquera, prefiero estrellarme con tu disertación antes que
volando con el Starfigther.

110
- Tú lo has querido pilotillo. Luego, no te quejes. Así que no andaré con
remilgos edulcorados – declaró con la tez serena y seria –. ¿Queda claro?
- Perfectamente.
- ¿Preparado?
- Como siempre – prorrumpió algo chulesco.
- Esa petulante arrogancia t e desmerece, devaluando los créditos
conseguidos hace unos momentos. ¿Ves? De pronto estás arriba mostrando lo
mejor, como al segundo siguiente estampas tu faz contra el suelo polvor iento
y árido, destrozando cualquier conquista.
Su tono fue contumaz. El romanticismo sembrado, se esfumó. La mujer
que le recibió en su llegada a Nairda había retornado. El encanto y la chispa
transmitida, por sus ojos miel, mostraban algo incierto que prefería declinar en
definir. Esperó el aluvión que se anunciaba. Fuera lo que fuese, lo soportaría
sin rechistar. La lección sobre grosería desatinada, no prevista en el menú del
día estaba servida, tragada y asumida. Con Pal, las apariencias de t ipo duro
servían de poco, o nada.
- Bien, Cadete – continuó secamente –. Todo piloto al inicio de su
instrucción, lo más básico que aprende, sobre todo el primer día que ha de
hacer la revisión prevuelo de un avión, es drenar los depósitos de combustible
– entonces él se llevo las manos a la cabeza, sólo por pensar lo que en realidad
le había ocurrido a su reactor –. Es sabido que por efectos de la condensación
producida dentro de los mismos, se genera agua. Que ésta, al ser más pesada
que el combustible se deposita en la parte infer ior de los depósitos, y que es
allí donde se pueden encontrar los sumideros para evacuar el peligroso
líquido, que de no ser eliminado entraría por los conductos portadores del
carburante hasta los inyectores, provocando fallos de todo tipo, incluso el más
alarmante de todos: la parada fulminante de los motores. Algo
extremadamente indeseable en un despegue, el desenlace es, y lo conoces de
sobra: un impacto inevitable con consecuencias casi siempre desastrosas.
Temible volando a baja cota, porque el tiempo de reacción para reinic iar la
combustión, normalmente, es mínimo. Amenazador en las alturas, se puede
planear y conseguir un aterrizaje de emergencia, aunque, a veces, es posible
arrancar. Y siempre irresponsable ante cualquier circunstancia por la dejación
ante algo tan elemental como es no retirar el agua de un depósito antes de
arrancar motores.
- ¿Es eso lo que le ha pasado a mi Starfigther?
- Otra vez de nuevo. Unas veces encumbrado, otras pegado al terreno –
sentenció sin aprecio –. A ver si lo captas de una vez. Tú F-104 está en
perfecta condiciones, y lo demostraré en breve. El avión ref leja cuando lo
pilotas, lo que sucede en tu interior. Replica tu estado en cualquier orden.

111
Simula, con todas las características exactas, las manif estaciones en las que
se encuentran cada una de las reglas de vuelo aprendidas, las que has de
aprender, y el tan manido escollo por el que estás aquí. Una vez que subes a
bordo testa a la perf ección tu Ser. De la forma de vuelo que se obtenga del
avión, se deduce, con evidente claridad, el desarrollo y la evaluación necesaria
para establecer el diagnóstico previo conseguido en la asimilación de tu
aprendizaje, hasta el día de hoy.
- Y eso quiere decir… – interrumpió confuso, necesitado de una
conclusión, no de una revisión.
- ¡¡Impetuoso!! – increpaba mofándose –. Sé paciente – advertía
maliciosamente, propinando un cariñoso golpe en su hombro con el puño
cerrado –. Todo a su lugar – paró en seco –. De haber pilotado este prototipo
el primer día, puedo garantizar que no habrías podido producir que su motor
escupiera ni siquiera un poco de humo. Ver tu cara ante ese espectáculo
hubiese sido realmente cómico a la vez que desmoralizador. Cada avión ha
llegado a ti en el momento preciso. Ni antes ni después. Y a cada alumno se le
presenta el que necesita exactamente, pues cada uno de nosotros somos
dif erentes; consecuentemente, los aprendizajes se adquieren de f ormas muy
variopintas. Ninguno de nosotros somos iguales en lo externo, sí semejantes
en lo interno. Ninguno realiza el mismo trayecto. Cada cual lo recorre de
acuerdo al modelo que mejor se le adecua. Y todos, más tarde o temprano,
según la manera de medi r individual, f inalizamos el curso. Ahora si lo que
quieres es un análisis, del vuelo en el F-104, se puede concretar de forma
resumida y clara – bebió algo del refresco de limón que todavía contenía su
vaso, provocando un silencio no interrumpido –: retrocedamos, la velocidad
de despegue estaba sobrepasada y tu avión no despegaba, ni lo hubiese
hecho, y aquí ent ra en juego la primera regla de vuelo, de no haber pensado
que lo conseguías, no que lo conseguirías. Pensaste en presente, no en f uturo.
Seguidamente, intuiste, entró en juego la tercera norma, que dependía de ti,
no de lo que el controlador estaba advirtiendo, ni de la orden que te di para
abortar la maniobra; entonces, pudiste Ser la causa, no el ef ecto de lo que te
comunicábamos. Simultáneamente, enf ocaste la segunda: creí ste en ti, en tu
poder, y al creer, lo creast e... Lo hiciste al visualizar el despegue con la
ayuda del ej ercicio que hicimos ayer con el motovelero. Y, recuerda: “lo
verás cuando lo creas”, f ue algo que manif estaste al momento. Sólo f altaba
introducir la cuarta que entró en escena al contemplar que no te merecías
hacer el ridículo en el ascenso conteniendo tal potencia en tu motor. Aplicaste
a la perfección, insisto, Cadete – reiteró con cariño –, a la perfección todo lo
aprendido. Despegar y ascender hasta los diez mil pies exclusivamente se

112
debe a la correcta e impecable puesta en práctica de forma conjunta y global
de toda la instrucción recibida y asimilada…
- Entonces, ¿por qué no se desarrollaron las quince mil libras de empuje?
- Calla, y escucha, ¡impaciente!, que pierdes luego el hilo de la cuestión.
El problema que subsi ste, es la consecuencia del lastre que transportas en tu
esencia. Es la carga, de resentimiento, y, como consecuencia, de pesar, odio
y desprecio albergado en tu interior, lo que en realidad impide el desarrollo
total de tu querer. Es tal ese sentimiento, que nubla en multitud de ocasiones
tu correcto dilucidar, y, como consecuencia, tu pensamiento; y, como ef ecto,
af ecta al resto de las reglas de vuelo. Ya lo sabes, las normas de vuelo están
entrelazadas entre sí, sólo es necesario que una no sea puesta en práctica
para que el resto dejen de ser operativas. Eso es lo que ha sucedido, tu
combustión interna no es perfecta, contiene restos que lo impiden, además de
poseer conductos oxidados y obturados que limitan el paso correcto de la
cantidad necesaria del fluido que alimenta tu existencia. Por tanto...
- Por tanto – pronunció molesto de la acusación –, ¿estás dando a
entender que ese teórico resentimiento que supones tengo, ha impedido el
perfecto funcionamiento del motor del Starfighter?
- Lo has entendido, aunque mencioné que podría molestarte – señaló
advirt iendo su evidente enojo.
Quedó callado, reflexivo. Con la cabeza oculta entre sus manos.
Evidenciando incomodidad. Pal debería tener razón, pero no alcanzaba a
encauzar la disertación. Simplement e no podía creer que ello fuese la causa
del efecto experimentado. Se levantó evitando cruzar la mirada. El sentimiento
de malestar le impedía confrontar esos hermosos ojos de azúcar. Estaba
irritado. ¿Cómo podía influenciar tal hecho en su vuelo? Dirigió sus pasos
hasta el porche sentándose en los escalones. Ella, ducha en estas batallas, dejó
estar a su alumno. Tendría que rumiar en solitario. Era lo acostumbrado.
Consistía un paso duro al que en su momento, ella, hubo de afrontar.
Recogió y ordenó la habitación, preparando lo necesario para el siguiente
paso. La mejor ayuda, a ofrecer, en tal circunstancia, residía en una espera
paciente. Ahora, Jano, bien lo sabía, estaba en un debat e feroz contra sí
mismo. Andaba perdido en una doble controversia: internamente
ensimismado; exter iormente, por reconocer, ante la instructora, la razón de su
exposición.

Requería un gran esf uerzo ser sincero consigo mismo; reconocer el
problema destapado. Sabía que nada de lo que se le mostró desde la llegada a
éste, ya, entrañable, mundo le había perjudicado. Es más, todo contribuyó, de
sobremanera, en un evoluc ionar maravilloso donde encontró placer,

113
satisfacción, alegría y grandes dosis de felicidad. Pero reconocer el tema del
resentimiento le podía e imponía.
¿Sería ese el escollo tan boceado? Saltó penetrando con estruendo en el
inter ior de la cabaña. Su actitud no sorprendía en modo alguno a la radiant e, y
cada vez más sugerente, figura que le esperaba sentada en una s illa junto a la
mesa. Eso le gustó. Ella podía contener las emociones derramando
tranquilidad, silenciando el grito, apaciguando el temperamento excitado.
- Dime una cosa ¿Es esto del resentimiento, mi escollo? – manifestó
calculando que al fin podría saltarlo de una vez.
- Si lo f uese, lo sabrías. Si lo f uese no podrías volar o dejarías de hacerlo
al instante. Cuando tropieces con él, lo reconocerás inmediatamente –
contestaba pausadamente, con temple, procurando que cada una de sus frases
quedase gravada al igual que la t inta indeleble.
Jano tomó asiento. Dar la vuelta ante tal desilusionada respuesta no era una
opción; sí, en cambio, afrontar con rigor y valor lo que siguiera. Quería,
cuanto antes, volver al aire, y sabía que no podía hacerlo si antes no aplicaba
correctamente la quinta norma. Se dejaría conducir. Le dolería, pero mayor
dolor albergaba la imposibilidad de quedarse en t ierra observando cómo los
demás sí volaban.
- De acuerdo Pal. Dispara. ¿Qué tengo que hacer?
- Antes de seguir, he de saber si realmente ent iendes lo que es tener
resentimiento, de nada valdría continuar sobre una base aceitosa.
- Entiendo por resentimiento – respondía de súbito, mascullando sin
ganas, con el estómago retorcido –, el sentimiento que se posee y experimenta
al verse agraviado, insultado, menospreciado... El odio hacia las personas que
te han herido, molestado, vejado o maltratado… El malestar que t ienes contra
personas que no te admiten como eres… El temor a que la vida siga haciendo
de las suyas, propinando patadas y coces donde más duele… Resentimiento es
también la ganas de venganza…– concluyo dolorido.
Con ello, estaba reconociendo todo el lastre almacenado durante
muchos años. Darlo a conocer, a su instructora, suponía un esfuerzo titánico.
Estaba, como nunca lo había hecho, desnudando toda su alma. Y lo hacia ante
una mujer; eso, le irritaba y molestaba. Esto era su mayor pesar, reconocer que
ella era superior a él. De hecho, cuestión que Pal adivinó desde que le
conoció, que uno de sus mayores, actuales, pesares consistía en sentirse
“humillado” al ser instruido por una mujer. Era algo que todaví a no había
diger ido al cien por cien.
- Lo has definido bien, muy bien. No obstante, ahora has de proceder a
resolver. Todo ese resentimiento hay que evacuarlo, como se hace al drenar

114
los depósitos de combustible con el agua. Y entiende bien esto: la única…
repito, la única f orma es perdonando.
Al ver cómo volvía a ocultar su cara tras sus manos, realizó una pausa.
Quería contemplar todas sus facciones antes de continuar.
- ¿Cómo quieres que perdones a quienes tanto mal me han provocado? Es
injusto lo que pides. Muy injusto – clamaba sollozando. Triste.
- ¿Quieres poder, insisto y me reitero, poder volver a volar?
- Es lo que más deseo – contestó a cara descubierta, con los ojos rojos,
apunto de lagrimar – Tú eres piloto, y bien lo sabes, ese es el deseo más
ferviente que tenemos
- Entonces no queda otro remedio. Has de perdonar todo aquello que te
hayan hecho. Cualquier circunstancia por la que sientas pesar y odio. Es la
manera de comenzar a liberart e del lastre. Para ello t ienes aquí estos folios –
indicaba desplazándolos hasta su altura –. Escribe relatando cada
acontecimiento donde albergaste cualquiera de las siguientes sensaciones:
pesar, enojo, tri steza, odio y rencor; y aquellas heridas procedentes del
rechazo, el abandono, la traición, la injusticia y la dif amación. Has de
hacerlo de la siguiente f orma: enuncia brevemente, a modo de título, el
suceso; luego, describe qué es lo que realmente ocurrió con detalle, pero
sucintamente, no es necesario entrar a describi r con todo lujo de adjetivos y
pormenores. Centra la acción: las causas originarias y los ef ectos
desparramados. Por último, has de mencionar que perdonas y olvidas con
absoluta sinceridad a quienes te inf lingieron tales circunstancias.
- ¿Cómo? ¿Olvidar? Eso si que no, eso no se puede hacer, se puede
perdonar, te lo admito, olvidar es imposible, eso jamás – expuso con rabia.
- Ese jamás encierra aún más odio que todo el resentimiento que le
acontece. Escucha Jano. ¡Mírame! – Tuvo que mencionar con fuerza
reclamando su atención perdida en alguna vendetta de su pasado –. Si quieres,
como te he dicho antes, poder volver a volar sólo tienes una opción:
perdonar, es la única alternativa; el único camino a la liberación. Y para
perdonar, es necesario tener en cuenta dos cuestiones principales: una, no es
posible perdonar sin olvidar, porque si no se olvida, se vuelve a condensar
con el tiempo el mismo caldo de cultivo; el agua aparece de nuevo en tus
depósito; si no olvidas, es seguir siendo el efecto de los demás. Si no olvidas
haciendo borrón y cuenta nueva, no perdonas, tan sólo limpia sin eliminar,
sin purif icar. Podrás recordarlo, pero el olvido es no volver a tener los
hechos en consideración, nunca más. Segundo: perdonar es comprender que
quien nos of ende, o molesta, o critica, o nos hace lo que sea, no tiene el
mismo grado de ent endimiento y conciencia que nosotros, porque si lo
tuviera no lo haría, dado que lo que haces a ot ros de alguna manera te lo

115
haces a ti al Ser Todos Uno. ¿Acaso te vas a of ender por que una hormiga
cruce delante de ti? – Reclamaba sin esperar asentimiento –. De igual modo,
has de aplicar. ¿Captado?
Un semblante roto, y estupefacto, contestó sin palabras. Parecía un dibujo
desmembrado por la razón y la lógica. Los argumentos expuestos destrozaban
cualquier otro inconveniente o impedimento que pudiera surgir para
contrarrestar. Éste pensamiento, casi vengativo, fue captado por la ment e de
Pal.
- Quiero que entiendas que no has de luchar contra mí. No soy el objetivo.
El resentimiento está en ti. Todo ese odio y malestar que experimentas, a la
única persona a la que l e hace daño es a ti. Tu dolor, tu pesar, tu odio, tu
venganza, sólo te incumben a ti, sólo enturbian a tu Ser, no a mí ni a otros.
Entiéndelo. Libérate de él para que podamos irnos a volar juntos. A mí
tampoco me gusta estar en tierra mucho tiempo.
- ¿Qué es lo que pretendes que haga con exactitud? – cuestionó con tono
pendenciero.
Ella captó lo poco que faltaba para que perdiera el control. Eso sería
contraproducente. Tendría que calmarlo.
- ¡Mírame Jano! Cuando pasé por este momento, puedo asegurarte que
fue como pasar una y otra vez por el inf ierno que vivencié. ¿Sabes lo que
supone perdonar a quien abusó de mi cuando era una niña? ¿Puedes
imaginarte el esf uerzo que hice parar sacar de mi interior todo el odio y
ansias de venganzas sembradas contra aquella persona? ¿Puedes entender
que ese hombre, mi progenitor, quien tenía que protegerme, sólo era un pobre
inf eliz lleno de amargura y odio, un cobarde, un egocéntrico, un miedoso y
timorato, un ser maltratado, que no entendía el sentido de la vida si no era
procediendo de la misma f orma en que actuaron cont ra él? Cuando pude
entender todo eso, perdonar y olvidar, se tornó en algo de f ácil puesta en
práctica. Dejé de compadecerme, de sentirme mal conmigo mi sma, de sentir
asco por mi cuerpo, de sentirme la culpable. Me liberé, empecé a volar y a ser
f eliz. ¿Has tenido que pasar por algo tan mezquino como esto, como para no
ser capaz de perdonar olvidando y comprendiendo? Libérate del producto de
lo que te hicieron. De seguir así, eres el ef ecto de esas acciones y no la causa
de las propias. ¿Lo captas ahora?
Y tanto que estaba captado. Le acababan de dar una lección magistral. No
podía decir nada. Compungido y petrificado delante del montón de folios en
blanco estaba decidido. Aunque preferiría quedarse a solas, cuestión solicitada
con su pensamiento, sabedor de ser leído por su interlocutora.

116
- Bien Jano. Llevaré el DC-3 a Nairda, estaré de regreso para el
almuerzo – proclamó regalando una caria a sus manos y un beso sonoro en la
mejilla –. Nos vemos

Fuera, la ignición de los motores de pistones se manifestó como el crepitar
rugiente de un fuego fulgurante. Sintió el recorrer suave sobre la pista que él
tan magníficamente construyó sólo con el poder de su pensamiento durante la
segunda noche que pasó en Ís. El orgullo agradable de su creación invadía
confortando su doliente espíritu. Al menos pudo contribuir al desarrollo de
algo bueno. Ahora, debería continuar con el aprendizaje. Las ganas de volver
a despegar con el 104 para ser feliz volando, pilot ando, impulsaron un
frenético garabateo.

El reloj de cuco anunció las doce. Llevaba unas dos horas escribiendo,
relatando cada acontecimiento por el que habí a sentido pesar, odio,
venganza... Cierta ligereza se experimentaba en su esencia. Un esbozo de
aliento en sus labios, declaraban el recorrido por un sendero que quería
prorrumpir en una sonrisa. Aquello funcionaba. Con cada nuevo pormenor
soltado, notaba más limpieza interior; paz y sosiego. Desconocía cuantos
folios había usado, pero presentía que los que quedaban no serían suficientes.
Continuó animado.
El cuco advirtió el paso de otros sesenta minutos repletos de tinta esparcida
con exabruptos y pestilencias que habían corroído su pasado.

Quedaban exiguos instantes para que el reloj avisara con su cántico. Ya no
sabía qué espetar sobre el últ imo papel que quedaba sobre la mesa sin
manchar. Esperó hasta que el pájaro abriendo sus puertas indicara lo que para
él suponía el f inal del ejercicio. Había realizado un repaso de introspección
muy sincero. No quedaba nada dentro que perdonar, olvidar y comprender.
Terminó de drenar sus depósitos. Un sentir pleno y feliz invadía la habitación.
Lo decidió. Sí, podría hacerlo. Saltó de la silla lanzado por el bienestar que le
contenía. El Starfigther esperaba.
El motor inic ió la combustión. Todos los indicadores del cuadro de mando
reflejaban normalidad. Supuso que era su propio reflejo interno, al menos eso
fue lo que Pal mencionó. Cerró la cúpula. Introdujo gases conduciendo el
reactor hasta el comienzo de la uno cuatro. Apuntó al centro de la línea el
morro. Una últ ima visualización reiteró el perfecto funcionamiento de todo el
aparato. El interruptor del paracaídas de frenado abierto. Prudencia ante todo.
Podía fallar. Este avión no podría dejarse caer en el vacío tras el final de la
pista. Con sus cortas alas y sin una buena velocidad, un picado en tan poco

117
espacio no aumentaría la sustentación que se requería. O despegar a la
primera, o en el punto de no retorno tendría que abortar. La confianza llenaba
el ánimo. La seguridad en sus posibilidades crecía por instantes.
La palanca de gases se hundió hasta alcanzar el f inal de su recorrido
quedando apris ionada con fuerza. Esperó unos segundos. Quería provocar el
efecto cohete al tener los frenos bloqueados. Todo el 104 quejaba el empuje
sin movimiento de avance. El morro ligerament e bajado por el chorro de
impulsión que el posquemador producía. Contó hasta quince. Frenos fuera, se
dijo en voz alta. La proa se elevó ligeramente ante el patadón de los gases
bramando en su salida por la popa. La carrera empezaba. El anemómetro
mostraba el incremento sustancioso de velocidad. De igual forma los metros
usados iban quedando, desgraciadamente, atrás. Tendría que haber diseñado
una plataforma de despegue más larga, ello hubiera contribuido a un
incremento de seguridad. Los cien nudos quedaron clavados en sus ojos.
Tendría que subir más la velocidad.
- ¡Dame diez nudos más, ya! – gritó al avión.
De pronto aparecieron reflejados. Lo consiguió, pero demasiado tarde, el
punto de no retorno acababa de ser sobrepasado. No podría despegar y si lo
hacía sería a duras penas. Sin dilación, ni dudar, retiro gases, frenó y soltó el
paracaídas. Si la pista hubiese seguido siendo de arena estaría derrapando
como un todo terreno. Gracias al asfalto las gomas bloqueadas por la fuerza
aplicada apenas giraban. Iban deslizándose en un desgaste peligroso. Un
reventón sería el debac le indeseado. Evacuó presión en los frenos. La pista se
acababa. El paracaídas ya no era út il a esa velocidad, y recordó que tendría
que dar la vuelta sobre sus pasos hasta el estacionamiento. Había que soltar el
mismo, sería peligroso llevar lo colgado en la cola. Salió disparado por la
fuerza que aún mantenía el motor escupiendo hasta estamparse en la
barandilla del porche de su caseta. Por fin, y a escasos cincuenta metros del
precipicio, aquietó el potro salvaje que pretendía domar.
Lo inimaginable pasó por su frontal. No podía, no quería creerlo. Un DC-3
raudo en un giro desaf iante dir igiendo su evolución al inicio de la uno cuatro
anunciaba la evident emente llegada de Pal. Había sido descubierto en su
fracaso. No podría ocultar su error. Giró el 104 con suavidad, todo un vació
allá abajo le esperaba si equivocaba la maniobra. Lo sorprendente fue
comprobar que el DC-3 iba camino de tomar tierra. Estaban enfrentados, él al
final de la pista, ella apunto de posarse. Aquello constituía, bajo su sensato
juicio, una temer idad. At errizar sobre una pista que permanecía ocupada era
todo un asalto a las normas más elementales de seguridad y prudencia en
vuelo, pese a que el bimotor pudiera hacerlo en escasos doscientos metros.

118
Ella fue la pr imera en abandonar su avión. Esperó con las manos en jarras
hasta que su contrincante puso un pie en tierra. Previamente él le provocó
soltado un “¿Estas loca?”, mientras descendía a escasos metros de su
posición. Pal sin inmutarse, simulando enojo, ante la crítica y el recibido
enjuiciamiento inapropiado, impulso un ataque con calculadas palabras.
Incluso el momento de su aparición fue premeditado. Este pilot illo debería
concluir la lección antes de anochecer, se propuso. No quería que pasara,
como hizo ella, tres largas jornadas descargando todo el pesar contenido, y la
tremenda rabia que enmudeció su Ser durante vidas repletas de tristeza y
melancolía.
- ¿He oído bien? ¿Me has llamado loca? Eso es una ofensa y un insulto,
en definit iva una falta de respeto. Espero una disculpa – indicó escabrosa.
- ¿Cómo? ¿Que te pida perdón? Estás loca, pero loca de verdad…
- Otro vez insultando – cortó con rudeza – ¿Me vas a pedir perdón?
- Esto es el colmo. Estás a punto de provocar una colisión entre dos
aparatos y soy yo el que tiene que pedir perdón.
- Eres tú el que ha insultado. Me has llamado loca.
- No, no. Pregunté s i estabas loca. Y eso no es precisamente un insulto.
Es una interrogante.
- Si quieres negar lo evidente hazlo. Pero ha sido un insulto, y espero una
disculpa – concluyó encaradamente. Sopesándole.
El desafío manifiesto con las poses gesticulares que adoptaron hizo
enmudecer la enfervorizada gresca. Sus miradas se disparaban. Ella aguantaba
su risa, estaba conduciéndolo por el jardín en el que su impetuosidad,
vehemencia y el resentimiento aún latent e, le habían met ido. Jano con los ojos
algo desorbitados rozaba la erupción del rencor, pero lo percibió al instante.
Recapacitó. Dio marcha atrás, a medio gas, y cedió, sin conceder.
- Lo siento locuela – pronunció apesadumbrado – ¿Me perdonas?
Con la gracia y soltura de un felino, saltó y se enganchó a sus hombros con
las manos, y a la cintura con los pies soltando un beso espléndido en la mejilla
izquierda. Acto que aprovechó él para asirla por sus posaderas.
- Pues claro que perdono. Eso es una de las cosas más maravillosas que
puedes otorgar. Perdonar es magnífico. Se encuentra paz y libertad en la
acción. Pero no es necesario que te aproveches sobándome – sugerencia que
acató con rapidez abr iendo sus brazos, poniéndolos en alto – sé agarrarme
solita, pilot illo.
Apretó más sus piernas, descolgando el resto del cuerpo hasta que sus
manos atenazadas se apoyaron en la nuca de Jano, desde allí le miró
sonriente.

119
- Siempre te perdonaré. ¿Sabes por qué? – Negó él con la cabeza –. Muy
sencillo Cadete, por que no dejo que tus causas y/o ef ectos o, los de los demás
me af ecten. Procuro ser la causa de mi s circunstancias, de mí Ser. Procuro
Ser mi propio ef ecto estando en mí Ser. Porque fundamentalmente eliminé
todo el resentimiento. Cosa que tú aún no has hecho – sentenció.
- ¿Cómo que no? Me he pasado toda la mañana haciéndolo.
Estampó un sonoro beso a la vez que se soltaba dejándolo libre de su
posesión.
- Efectivamente, es cierto. Pero, sólo has liberado una parte del
resentimiento. Aún queda más. Dijo encaminándose a la cabaña.
- ¿Más… qué más?
Pal se volvió caminando de espaldas, levantando su brazo derecho
mostrando con el índice que le siguiera.
- Vamos dentro, te lo explicaré.
Le invitó a sentarse mientras ella sacaba algo del congelador y lo introducía
en el microondas. Entre los dos prepararon la mesa relatando el frustrado
despegue y el espectáculo observado desde el aire. Rieron forjando un
ambiente relajante, entrañable, amistoso, cálido y familiar, algo que él no
recordaba disfrutar desde hacía demasiado tiempo.
Tras la comida, siguió el café humeante, negro y fuerte que tanto gustaba al
alumno. Pal, instructora, pero mujer en toda regla, sabía que tras el almuerzo,
con el estómago satisfecho, podría obtener los mejores resultados. Sus
expectativas eran altas. Llego el momento una vez que recogieron los
utensilios usados colocándolos en el lavavajillas. Sólo el mantel, a cuadros
azules y blanco, delataba el reposar del almuerzo.
- Bien, Jano, ataquemos. Vamos a por otros restos del resentimiento que
quedan incrustados. Digamos que esta mañana has liberado una gran parte,
yo diría que la mayor, no la más importante, la que peor resultado aporta a
priori. Has perdonado todo aquello que f ue hecho contra ti, las of ensas, los
juicios, las criticas, lo has olvidado y comprendido. Ahora hay que hacerlo
desde el punto de vista contrario. ¿Adivinas cual es?
- Con el lote de comida que me he regalado, no estoy para mucho
discurrir, el riego sanguíneo está inmerso en la digestión. Las neuronas, por
tanto, andan algo caóticas, sin mucho oxígeno. Así que no me hagas forzar el
intelecto. Dímelo tú, estoy seguro que estás deseando hacerlo, ya voy
conociéndote – espetó resuelto y bromista.
Se equivocaba otra vez, confirmó la esencia interna de Pal. Él siempre se
creyó un experto en mujeres, y evidentemente así le iba su vida sentiment al.
Aún no había aprendido que a una mujer nunca se le termina de conocer si no
se accede a su Ser; pero eso, no formaba parte de la enseñanza del día.

120
- Te concedo el beneplácito. Pero no pienses que es por algo que tú creas
intuir pilot illo. Ahora debes recorrer y examinar todas aquellas acciones que
tú provocaste con ofensas, calumnias, maltrato, vejaciones, juicios y condenas
realizadas a otros, todos los que recuerdes.
- ¿Cómo? ¿Qué? ¿Pero por quien me has tomado? – Atacó vehemente.
- ¿Ves? Acciones parecidas y similares a ésta que acabas de tener… –
respondió contundentemente, sin dar lugar a réplica, no se lo iba a consentir,
quería concluir, según su propósito, hoy, y quedaba poco tiempo – por cierto,
no te he tomado por nada más que un Ser que está descubriendo las reglas del
juego, las normas del vuelo; las premisas para Ser f eliz. No te critico ni te
juzgo, pero tú mismo has de reconocer que no has sido precisamente un
angelito. ¿O no es verdad? – concluyó levantándose.
- A decir verdad – iniciaba algo cariacontecido, tragándose el orgullo
como si fuesen bilis apestosas y agrias –, he de reconocer que estás en lo
cierto, por mucho trabajo que me cueste admitirlo.
El chico estaba avanzando, se dijo. Esta mañana fue incapaz de emit ir
comentario alguno; s iendo preciso dejarlo en soledad con el proceso que
inició. Pal, estaba satisfecha con ella y con el avance de Jano. Se sentía
orgullosa de ambas cuestiones. Sacó de un cajón más folios, ofreciéndoselos.
- Bien Jano, al ataque. He de repostar el 104, ponerle un nuevo
paracaídas y cambiar los neumáticos que has destrozado con la frenada. Por
cierto, lo olvidaba. Has de proceder del mismo modo que antes, especif icando,
en las conclusiones, que te perdonen las personas af ectadas y entiendan tu
proceder inapropiado, dado que no están presentes para hacerlo de f orma
directa. Sólo así liberas el rencor que te movió y ha movido hasta ahora en
muchas de tus acciones. A mi vuelta quiero eso concluido ¿Algún problema?
- Supongo que no Jefa. – contestaba con sorna y algo de retintín.

Fijó su vista en el cuco. Calculo que quedaban segundos para marcar las
cinco y media. La señal sonó. El límite auto impuesto no había sido excedido.
Al menos llevaba diez minutos sin escribir. Ya no recordaba ninguna
experiencia que anotar. A la mente sólo acudían momento felices,
circunstancias donde provocó risas y felic idad. El pasado del que procedían
imágenes de dolor, sufrimiento y pesar, tanto infligido como recibido, estaba
mágicamente borrado. Incluso el cuerpo parecía más ligero, menos denso.
Más energético.
El Starfighter tronó en su encendido vivaz. En el tiempo transcurrido
descargando sobre los papeles la negritud que maniataba a todo su Ser en un
atasco desconocido, no había considerado el trabajo que la instructora,
transformada momentáneamente en mecánica, realizaba. Miró los folios que

121
quedaban sobre la mesa; esta vez usó menos que durante la mañana; y de
soslayo, a través de la ventana, observó que el 104 se movía, cabina cerrada,
seguramente con la intención de despegar. Abandonó su querida guarida, el
reducto desde el cual estaba cobrando una dimensión altament e gratificante
hacia una existencia que nunca, anteriormente, postuló tan interesante.
Desde el porche, contemplo la pasada del reactor con el tren recogido. Le
parecía increíble, si no lo hubiese comprobado con su vista, que su Starfighter
despegara en tan corta distancia. Subió en una escala vertiginosa hasta
colocarse invertido sobre la vertical de Ís, a unos dos mil pies de altura.
Mantuvo la posición durante un par de kilómetros. Picó en invertido. La
maniobra era peligrosa y espectacular, sólo realizable por alguien muy experto
y buen conocedor del aparato en cuestión. Se deslizaba por el aire como un
águila sinuosa y esbelta. El tren de aterrizaje se habría a escasa distancia del
punto de toma de contacto, provocando una escena que nunca olvidaría,
frenando en menos distancia de la que hubiese imaginado.
Pal saltó del reactor si apoyarse en la escalerilla, de dos peldaños, que
posee el aparato en la amura de babor.
- Hola pilotillo. ¿Cómo va todo? Éste, está listo y, en perfectas
condiciones como indiqué esta mañana. Comprobado. Las resistencias estaban
en ti.
- ¿Quieres un café?
- Si has terminado, sí.
- Compruébalo por ti misma.
- Eso es fácil, sube, arranca, despega y aterriza. Si lo consigues,
tendremos la certeza – comunicaba al tiempo que lanzaba un desafío a su ego
masculino –: ¿te atreves?
La respuesta fue escalar hasta la cabina. Contundente. Sin palabras. Con el
ceño fruncido. Seguro, absolutamente, de su decisión. La certeza era su fuerza.
Ella tení a otro proyecto: preparar café. El Starfigther raudo y veloz pasó
impulsado, desplegando el total de su potencia real. Jano estaba satisfecho,
orgulloso. El despegue se ejecutó a la perfección. Realizó un giro suave y
abierto por estribor, esperando que Pal desde la ventana oeste pudiera
contemplar su corrección en el vuelo. En ningún modo intentó la f igura que
ella realizó anter iormente. Su capacidad para maniobrar este reactor, supuso,
era menor que la que su instructora poseía. Arriesgar constituía un elemento
desconsiderado a estas alturas de aprendizaje. Dejaría su pericia para otros
momentos. Acrobacias, las imprescindibles, se repetía; sólo queda aterrizar.
Entonces, la clase se acabaría.
Pal salió acudiendo a la llegada de los dos pájaros. El Starfighter restaba
distancia. El tren iba desplegado desde que enf iló la pista a unos dos mil

122
metros. Era precavido. Incluso mantenía una altura excesiva de aproximación.
Demostraba recato y un poco de inseguridad. No se fiaba de su experiencia,
tampoco del aparato. Podía temer cualquier emergencia de última hora. Ver
volar a cualquier alumno evidenciaba la lectura de la intimidad del mi smo
escrita en el aire. Tomó un nuevo sorbo, esperando el desenlace final.
Jano accionó la palanca, veinte grados de flaps fueron el efecto. Esta vez
no usaría del paracaídas, procuraría un aterrizaje en corta distancia. Quería
demostrar que podía hacerlo. No las tenía todas consigo, pero desde luego que
lo haría.
A doscientos metros de la uno cuatro, tanto en vertical como en horizontal,
el motor dejó de bramar. Vomitó un suspiro profundo dejando la nave a
merced de su inercia y la per icia del piloto. El anemómetro marcaba algo más
de ciento ochenta nudos. Había margen de maniobra. Podría llegar a la pista;
mal, pero llegaría. El sudor inundaba de súbito cada poro de su cuerpo.
Recogió urgentemente los flaps. En estas condiciones sólo restaban velocidad
y necesitaba toda la que pudiera conservar; cada nudo era necesario para
mantener al reactor en el aire. Solo fueron unos segundos que parecieron una
eternidad. Se desplomó, ya, sin sustentación, justo dos metros después de
sobrepasar el inicio de pista. El fuerte golpe retumbó como un latigazo por su
columna vertebral. El impacto había sido considerable. Esperaba no haber
destrozado el sistema de amortiguación o el hidráulico. El impulso restante de
inercia no fue suficiente para llegar al lugar de estacionamiento. El F-104
quedó petrificado al principio de la pista. Pal partía al encuentro, tranquila,
con una taza de café humeante en su mano.

- Lo conseguí, a duras penas, pero lo hice.
- A mi no me lo parece – respondió, ofreciendo la especial taza.
- Gracias por el café, pero no ent iendo por qué dices eso – musitó
secamente.
- Creo que es evidente: se te ha parado el motor en el últ imo instante, eso
demuestra que todavía persiste algún resquemor dentro. Algo que no permite
la perfecta combustión. Algún reducto que impide al combustible llegar a los
inyectores en los momentos críticos.
- ¿Sí? ¿Y cuál puede ser? – Inquir ió en un principio fugaz de enojo –
puedo asegurar que he sacado todo lo que referiste. No hay nada más. Nada –
machacaba entre sus dientes –. Estoy seguro.
- Queda una parte a la que no se ha atacado – masculló lentamente, con
cariño, procurando disipar su evidente malestar… es aquella que…
- ¡Vaya! Ya estamos con las sorpresa – interrumpió sin escuchar lo que
le estaba diciendo y tirando el contenido de su taza al suelo con desprecio –.

123
¿Sabes una cosa, Pal? – Ella encogió sus hombros con dulzura, ofreciendo un
conjunto de muecas llenas de candidez. La tensión se palpaba mientras seguía
hablándole s in haber prestado atención a lo que, su instructora, le estaba
formulado –. No. No lo sabes, está claro que no… Da igual…
Arrojó la jarra con todas sus fuerzas tan lejos como pudo, mientras la
miraba con desgana y aburrimiento, cansado de verla. La taza botó y rebotó.
El asa se rompía. El resto permanecía sólido, pero desconchada en algunas
partes. El color anaranjado brillante sobre el que había una inscripción que
Jano no tuvo tiempo de leer, hacia que destacase sobre la negrura de la pista.
Visiblemente malhumorado, cabizbajo, cansado, triste y hastiado,
sintiéndose un inút il, y estúpido, ante la presencia de Pal, encaminó sus pasos
con intención interna de coger la motocicleta. Ella le seguía a cierta distancia.
Llevaba todo el día descargando todo el rencor y odio almacenado. Había
escrito lo inimaginable para él. Creía haber terminado. Estaba enormemente
feliz de haber clausurado todo ese pasado, para que a última hora le vinieran
con que había que seguir escarbando en otro lugar. Se experimentaba
engañado. No encontró en su sentir interno un enfado desmedido hacia ella,
pero si se notó traicionado. Siguió examinando ese hecho, en realidad no era
eso. No le guardaba rencor. No. No estaba enfadado con ella. Ella no era la
responsable. Pudo distinguir que en realidad el enfado era contra sí mismo.
Por haber f allado en el último instante. Estaba muy enojado con él, por haber
dudado de si llegaría o no a la pista, eso f ue lo que provocó el f allo en el
motor, su f alta de seguridad, sus duda internas... Paró, y giró mirándola. Pal
le contemplaba t iernamente, esperando algo de él. Quizá una explicación. Pero
él no la escuchó en ningún instante. Estaba tan ofuscado que todo ese mundo
se había reducido a su malestar personal.
Ella, consciente de lo que se avecinaba, intentó hacerle reaccionar
cambiando de tema.
- ¿Por qué no estacionas el avión?
- Conmigo no funciona ¿No te has dado cuenta? Hazlo tú, listilla.
No debió decir eso, pensaron ambas mentes. Él se apartó malhumorado y
cabizbajo, gesticulando. No quería saber nada de ella. No quería volver a
saber de nadie. Ojalá no supiera ni de su propia existencia, murmuró
criticándose.

La motocicleta partía veloz, transportando el orgulloso ego mancillado por
su f alta de seguridad, por el dudar de su pericia. Ella subía al 104. Jano se
escapaba, camino abajo, perdiéndose tras un rastro de polvo seco y áspero. El
motor del Starfighter arrancaba con suavidad, dando un beso con la expulsión
de sus gases al aire en un lamento ahogado desplazándose hasta llegar junto al

124
DC-3. Allí dejó de rugir. La uno cuatro quedó despejada, salvo por el punto en
el que la taza naranja marcaba su posición. El silencio se hizo de nuevo,
exceptuando el eco que llegaba machacónico producto del motor de la Har ley
en su descenso acelerado.

Marcaron las ocho dentro de la cabaña. El cuco no se reiteraría, hasta
pasado una hora. La noche se había apoderado de aquel maravilloso rincón
hacía tiempo. El eco de la motocicleta dejó de recibirlo Pal hacía muchos
instantes. La cena estaba lista. Una lasaña preparada con esmero, de forma
artesanal, esperaba en el horno la llegada del alumno. Ella había sacado dos
bolsas con la ropa de ambos. Instaló sobre la cama existente la estructura
necesaria transformándola en una litera. Tuvo la convicción de haber podido
concluir con el temario del alumno durante el día. Fue su propósito, pero
también entendía de la libertad de cada Ser, y debía aceptarlo. No se criticaba
a sí misma, pero esperaba más de Jano. A él, tampoco lo juzgaba. Entendía
que quizá se hubiese visto sometido a mucha presión debido a la tremenda
descarga del resentimiento que le tenía atenazado. Si le hubiese escuchado
atentamente, ahora tendría todo el malestar fuera, sería otra persona habiendo
alcanzado una nueva cota espir itual. Sabía que ello le hubiese llevado toda la
jornada, por tal motivo dispuso quedarse alojada aquella noche en Ís. Al día
siguiente, bien temprano, le habría un aprendizaje maravilloso sobre un tema
sin igual. Estaba muy orgullosa por los progresos que hacía, y encantada
consigo al aportar su granito de arena; aquello le hacía aún más feliz de lo que
ya lo era. Siempre se supo dichosa al ver a sus alumnos cada vez más felices,
aunque con Jano se acumulaban ciertas circunstancias algo particulares.
Las nueve sonaron. Apagó las velas. El mantel blanco se oscureció. Todo
se sumergió en el mismo color. La decisión estaba tomada.

Escuchó desde su posición el inconfundible sonido de los pistones del DC-
3. No podía creer que le dejara tirado allí otra vez. Estaba subiendo la cuesta a
pie. La Harley había consumido todo el carburante. Él no supo prever tan
acontecimiento, necesitando reconducir su Ser, paso a paso, primero por una
larga senda; ahora, subiendo la cuesta por el camino acaracolado. Ya quedaba
poco. Emprendió una carrera acortando por un minúsculo sendero que recordó
dispuso cuando fabricó, con su pensamiento, el alargamiento de la pista. Tenía
que llegar cuanto antes. La pista estaba a escasos cincuenta metros. Tenía que
detener el DC-3. Recordó que si procuraba un pensamiento hacia ella, le
podría leer su mente. “Espérame Pal, espérame, por favor”.
Ella recibía el mensaje instantáneamente. Metió gases a tope lanzando el
aparato entre la oscuridad abierta por una tenue luz que desde sus alas se

125
proyectaban iluminando su entorno, comiéndose la pista en escasos instantes.
El aparato saltaba al aire al mismo tiempo que él alcanzaba, notablemente
fatigado, la cima de Ís. Sus vidas se cruzaron como pasó con el Gladiator que
Pitt pilotaba al llegar a Nairda en su primer día.
Se marchó sin querer esperar. Él lo sabía. No albergaba duda. No quiso
esperarle. Tenía la certeza de que su pensamiento había llegado a la mente de
su instructora. De cualquier manera, se lo merecía, se dijo; se lo buscó. Había
hecho un desplante superfluo y gratuito a quien con tanto cariño, reconocía, le
estaba enseñando. Quería pedir perdón. Y quizá llegó demas iado t arde.
Mañana lo haría, cuando regresara. ¡Si al menos tuviese la certeza interna de
poder arrancar el Starfigther y salir tras ella!, pero sabía que no lo conseguiría,
podría pararse de nuevo el motor en cualquier lugar. Esperaría. Si estrellaba el
reactor en su banal intento, estaba seguro de recibir una buena reprimenda, y
por hoy, ya, había cometido suficientes desagravios consigo mismo.

- Eres un estúpido, el más grande que nunca has conocido. Idiota, idiota,
idiota, maldito idiota – dijo gr itándose una vez entró en la barraca, cuando al
encender la luz pudo contemplar el panorama.
Una mesa puesta con delicadez y primor. Cubiertos de plata, mantelería de
lino, y vajilla de porcelana fina decorada con una serie de dibujos aéreos, cada
cual dist into. Cristalería azulada de elegante diseño. Velas rojas, tristemente
apagadas. Champaña de excelente cosecha, enfriándose aún. Un olor rico a
sándalo perfumaba el ambiente, recordando al que Pal solía usar. Finalmente,
la nota dejada donde se especificaba el frustrado motivo de la celebración, al
igual que el de la despedida.
Lloró. Lo hizo con dolor, profundamente. Para una vez que una persona
que merecía la pena entraba en su vida, él la expulsaba, como solía hacerlo,
sin miramientos, sin valorar, sin medir. Desde luego se lo buscó. No se la
merecía. Triste y apesadumbrado calló sin fuerzas, desplomándose. Se enrolló
sobre el suelo de madera, al igual que un feto en el vientre materno. Sentía un
amargor agrio. Sus lágrimas le dibujaron al formar un pequeño charco que
empapaba su rapada cabeza. Los recuerdos del día llegaban como torrentes.
Había pasado la mayor parte del tiempo despojando, perdonando, olvidando
todo el resentimiento hacia los demás, y las acciones que él mismo, tantas
veces, provocó de molestar, cuento menos. Creía haberse librado de todo ello,
sin embargo, justo cuando estaba seguro de haber lo logrado, destrozó la
hermosa sonrisa de su compañera.
Empezó a tener frío. Levantó su cuerpo a duras penas, igual que lo hizo al
llegar a Nairda sobre el campo de trigo. Pudo llegar hasta su cama, ahora, con
sorpresa, transformada en lit era, eso le hizo sospechar que habría pasado la

126
noche, al menos, en la misma habitación; pero lo inaudito, fue encontrar, sobre
su mesilla de noche, la taza naranja arrojada con desprecio durante la tarde. El
asa estaba pegada, era perfectamente evidente. Lo sorprendente fue comprobar
la inscripción que poseía, algo que no apreció en su momento; sobresaltado
suavemente en letras malvas se leía: “Pienso que eres el mejor”. ¿Por qué
tuvo que perder el control y destrozar la dulzura de aquella muchacha? Las
lágr imas volvieron a descarrilarse sobre la almohada. Se tapó como pudo, sin
ganas, con la manta, ahora perfumada por la fragancia inconfundible de Pal,
protegiéndose del frío, buscando el calor perdido.






Quinta jornada. Al alba. Espacio aéreo de Ís.

Estaba cayendo a gran velocidad, respirando lentamente el medio litro de
oxigeno que quedaba. Tendría que soportar el descenso hasta los diez mil pies
con esa escasa sustancia, de lo contrario se asfixiaría. A lo lejos, comprobaba
como su maravilloso Starfighter, sin control, irremisiblemente, derivaba,
inciertamente, contra un destino aplastante. Al tocar tierra se destrozaría. Una
máquina bella destruida por su culpa. Atraído por la gravedad que provocaba
una aceleración continua, pensó en el problema del paracaídas. ¿Aguantarían
las cuerdas en la apertura? ¿Cómo respondería su cuerpo ante el frenado de la
campana abriéndose a más de trescientos kilómetros por hora? En su
trayectoria se encontraba una nube esponjosa. Primero parecía pequeña, pero a
medida que avanzaba se hacía gigantesca. Casi sin previo aviso visual, sin que
sus sentidos pudieran percatarse de la disminución en la distancia, su cuerpo
penetró en aquel lecho extinguiéndose cualquier posible calibración visual. De
nuevo el pánico se apoderaba en esas circunstancias de sí mismo. Sintió que
no llegaba el elixir que le mantenía con vida. ¿Estaría taponada la mascarilla?
Es posible que a esa altura su saliva se hubiese congelado en el interior del
conducto impidiendo la transmisión correcta del oxigeno a sus pulmones. Se
ahogaba. Soltó la máscara buscando que a esa altitud hubiera el sufic iente
elemento vital como para que le permit iera llevar vida a sus células
agonizantes. No salía de la nube, debería ser enorme. No encontró en su
aspiración la suficiente base element al para su oxigenación. Aquello estaba
concluyendo. Un solo error y pagaría de nuevo con su vida. ¿Por qué tendría
que subir tan alto con el reactor? Sabía que no podría conseguirlo, pero su

127
orgullo desmedido le impulso a realizar una bravata procurando llamar la
atención de Pal, quería impresionarla demostrando todo lo aprendido. Y desde
luego que lo había hecho con su estupidez. Más sería el espanto cuando
recogieran lo que quedara de él al estamparse contra el terreno si no alcanzaba
a respirar algo de oxígeno. Y si lo hacía, ¿qué? A posterior i estaría el
problema del paracaídas. No estaba seguro de que funcionase. Quizá, a tal
velocidad el correaje seccionaría sus piernas. Que estúpido. Parecía mentira,
después de todo ese tiempo aprendiendo a volar, no había asimilado las
cuestiones más básicas. Tendría que volver a empezar, posiblemente en otra
dimensión, pero tendría que aprender a pensar, hablar y a caminar, era lo que
se merecía, por imbécil. Salía de la nube casi sin consciencia, pero agitándose
queriendo, en ese gesto, encontrar algo conque poder respirar…

- Vamos holgazán levanta de una vez, es tarde – decía una familiar voz
llegada desde ultratumba.
Olía a café recién hecho. No se atrevía a abrir los ojos. No quería ver el
nuevo y teórico cielo al que había llegado.
- Vamos hay mucho que hacer – escuchó sintiendo como un pie con su
planta extendida le sacudía en su trasero –. ¡Arriba! Empieza la clase.
¡Dios!, por idiota he retrocedido a un sitio distinto, pensó. Seguro que
tendré que tomar clases de monopatines. Eres un estúpido. Tendrías que haber
echado cuenta de lo que Pal y Pitt te decían. Ahora, no estarías en la escuela
de vuelo de reincidentes.
- ¿O te levantas o tiro el desayuno a la basura? Último aviso, y no me
ando con remilgos. Arriba alumno. ¿Acaso crees que voy a soportar tus
niñerías?
Temeroso, nervioso, con miedo, miró lo que sus parpados recogidos
permitieron contemplar. Se alojaba en una cama. Frente a sí, una pared de
listones de madera. Al lado, una blanca almohada, y una manta con aroma;
con una fragancia conocida. Se dio la vuelta incorporándose al mismo tiempo
sin calcular la distancia que le separaba de la cama superior, de tal modo que
sufrió un impacto seco, sonoro, duro, con dolor en su orgullo desmedido,
cariacontecido por la falta de reflejos en su movimiento.

Sorpresa. Era Pitt quien le hablaba. El alivio reconfortaba sus temores. Por
lo menos sabría a qué atenerse. Lo increíble es que esa otra escuela para
inoperantes también la dir igiese el mismo.
- Cuánto me alegra verte Pitt. Gracias por estar aquí.
- No puedo decir lo mismo, has vuelto a cagarla – dijo acercándole una
taza de café.

128
Al asirla observó que era de color naranja. La puso sobre la base de la
palma de su mano. Allí estaba la inscripción. “Pienso que eres el mejor”.
- Pitt – inquirió dubitat ivo –. ¿Dónde estoy?
- Mejor sería preguntar qué es lo que vas a hacer inmediatament e.
- Realmente lamento todo lo que ha pasado – manifestó compungido –,
no sé qué me pasó con el Starfighter, creo que el pánico se apoderó de mí… y
terminé saltando, no lo recuerdo exactamente, y luego… luego me asfixié. Y
vuelta a empezar, ¿no? ¿Bueno por dónde tengo que empezar? Te aseguro que
esta vez obedeceré sin excusas. He aprendido la lección.
- Permíteme que también dude de eso – espetaba con dureza, con
apasionamiento – De lo contrario no estaría aquí. ¿Sabes? Tengo mucho
trabajo como para tener que ocuparme de nuevo de ti, así que espabila. Esta
vez no te admito dilación alguna, y menos improperios y despropósitos.
¿Queda claro?
- Perfectamente. Lo que tú digas. Pero déjame decir que siento haber
destrozado el avión. Procuraré recompensarlo de alguna manera.
- ¿Pero que dices? Creo te ha sentado mal tanto sueño o ¿es el café? ¿No
tomarías alguna porquería anoche? ¿Eh?
- No te entiendo Pitt. ¿Qué está pasando?
- Levántate y toma una ducha bien fría, será lo mejor. Vamos arriba – le
obligó ofreciéndole su mano.
Al incorporarse percibió un entorno conocido. Era su cabaña, la que había
creado.
- Pitt. ¿He vuelto al mismo sitio?
- Son las doce de la mañana; hace casi seis horas que amaneció, y no sé
cuantas has estado durmiendo. Sean las que sean, te han sentado mal. Venga a
la ducha. Hay mucho trabajo pendiente.
Aturdido, caminó en dirección al baño. Cumplimentando a rajatabla lo
ordenado.

- ¿Estás mejor? – indagó al verlo salir de la ducha, diez minutos mas
tarde.
- Algo enojado conmigo mismo por la estupidez cometida – respondía
como un torbellino –. Te puedo asegurar, Pitt, que no sé qué mosca me picó.
No sé por qué forcé el avión, sabía que aún no estaba preparado, que podría
fallar de nuevo el motor – relataba al t iempo que Pitt con los ojos medios
cerrados y la frente entrujada mostraba estupor –. Sí, sé que no debí hacerlo,
pero es que no recuerdo qué me impulsó a ello. Sólo tengo en la mente el
momento de la caída libre, y cómo quedé sin oxigeno… y luego la asfixia. Del
resto no tengo conciencia. Es como sucedió la primera vez que llegué a

129
Nairda, cuando me encontré tumbado en el trigal… y cuando luego me
enfrenté al Gladiator con el que tú despegabas. Y luego…
- Para. Para. ¿De que estás hablando, insensato?
- De eso Pitt, de haber estrellado el Starfighter. ¿De qué si no? Y de haber
vuelto a nacer, y…
- Espera, espera. Te has levantado al galope, sin ton ni son – decía
mientras lo agarraba por los hombros – Verás, has tenido, por lo que percibo,
lo que se denomina un sueño real; es decir, que has vivido algo que aún no ha
sucedido, o algo que puede, insisto, puede suceder. No es otra cosa. Tranquilo.
Mira por la ventana, el avión está donde lo dejó ayer Pal. Nada ni nadie lo ha
movido. ¿Entendido? Ya pasó todo. Anda, siéntate y desayuna, ¡pilotillo!
Tenemos mucho que hacer, y aunque tenemos todo el tiempo imaginable, me
gusta que mis alumnos concluyan cuanto antes…
Continuó hablándole, tenía que centrarlo. Era bien sabido que los sueños
reales poseen un efecto enturbulador. Son la advertencia de algo a lo que
podría enfrentarse de no modificar algunos parámetros, o quizá el recuerdo de
algo pasado para corregir la demora actual. Cualquiera de ambas posibilidades
podría darse. La cuestión estribaba en no poder solventar ninguna de ambas
posibilidades, dado que el alumno no recordaba lo que le había pasado con
total exactitud cuando cambiaba de dimensión. Sea lo que fuere, él bien sabía,
por experiencia, que tendría que resolverlo la misma persona que lo soñó en su
debido tiempo. No estaba en sus manos, ni en sus designios, el poder de
controlarlo. Cada uno resuelve en libertad, aunque en muchas ocasiones
tenga que encontrar, en “solitario”, la solución.
Concluido el aprovisionamiento alimentario y el esclarecimiento de un
sueño real, pasó a dar concretas pautas.
- Bien, Jano, Pal me comunicó ayer noche en qué parte del proceso
estabas anclado. Así que ahora t ienes que descargar la última fase del
resentimiento, que en tu caso, y por lo que me explicó, ocurrió con la parada
de motor; por tanto, imagino que es poco lo que te queda que escupir. Tienes
que seguir descargando – indicó colocándole folios y lápiz delante –. Ya lo
hiciste con respecto a quienes te ofendieron, denigraron, injur iaron,
despreciaron y demás circunstancias similares, de igual modo procediste a la
inversa, contra los que tú lanzaste tus despropósitos. Por lo que he visto que
escribiste, que no leído, te han dado más de lo que tu otorgaste, lo cual no está
mal, y ésta es otra característica de esa manifestación, el resentimiento a soltar
debe ser pequeño. Espero que concluya en poco tiempo esta parte. Así que
manos a la obra. ¿De acuerdo?
- ¿De acuerdo con qué? ¿Qué quieres que haga? No entiendo nada.

130
- ¿Acaso ayer al bajar del 104 no te mencionó Pal que quedaba algo más
que hacer?
- Si. Es verdad.
- Pues hazlo.
- Lo s iento Pitt, no me has entendido. Ella sí dijo que efectivamente
faltaba algo, pero no lo especificó…
- Sí, por supuesto que lo hizo – cortó la explicación acercándose a un
palmo de sus narices –. Sólo que tú, ¡¡insensato!! No la escuchaste. Te lo dijo.
Y lo sé porque ella así me lo contó, y nunca miente, es muy exacta en cada
una de sus afirmaciones, y siempre procura lo mejor en todo momento. El
problema es que el niñato… – decía señalándole con energía inusitada, sin dar
lugar a excusa posible o lamento postrero – llegó enfadado consigo mismo,
avergonzado, humillado, herido. Había cometido una equivocación, grave por
cierto, y no quiso, en ningún momento, reconocerlo. Y en vez de escuchar
atentamente lo que dijo Pal, con mucho cuidado, imagino que para que no te
sintieras molesto, al contemplar tu empecinado acaloramiento – hizo una
pausa señalándole con el índice en su hombro –, tú, después de que te diera
con mimo una taza con café, que ella misma había preparado con cariño y –
pronunció elevando el tono –, decorado personalmente con una frase que a
todas luces es inapropiada para ti, pues no tuviste el acierto de sopesarla
adecuadamente, sólo tuviste la desconsideración de arrojarla contra el asfalto.
Pero sí que te lo dijo, me consta. Además – continuaba sin miramientos a un
palmo de distancia, invadiendo su espacio vital, int imidándole – tienes la
descortesía de no intentar arrancar el Starfighter para dejar libre la pista. Verás
niñato de poca monta – pronunciaba increpando con coraje al tiempo que Jano
impresionado desde hacía rato, no se atrevía a mover un solo músculo –, tú,
aficionado al vuelo, alumno inacabado, Teniente de Navío, Capitán de
reactores, piloto de pruebas, en def initiva: un incordio a todas luces. Sólo
tienes una ocurrencia: coger la moto y desaparecer. Pero sí, sí que te lo dijo.
Pero no la escuchaste. Verás – inquiría con un nuevo ataque medido –: ella
solicitó estar todo el día contigo para que pudieras avanzar con rapidez, estaba
disfrutando en tu aprendizaje, no le opuse resistencia, pero sí le advertí que tú
eras un elemento de cuidado, que te conocía bien, y que pos iblemente
necesitaras un par de días para asimilar la lección, pero ella insist ió en que
podría conseguir acelerar el proceso. Las evidencias me han dado la razón,
pero no se equivocó ella, fuiste tú el que cometió el error. Estuvo todo el día
entregándote cosas con Amor, con mucho Amor y ternura. ¿Y qué es lo que
hace el muchachito insensato? Tirarlo todo por la borda. No atiende a razones.
Su orgullo se ve ¡¡levemente!! molesto, y salta con exabruptos y
despropósitos. ¿Sabes una cosa? – negó Jano con la cabeza, obedeciendo a un

131
sexto sentido, sin atreverse a pronunciar sonido alguno. Nunca había visto a
Pitt de tal humor, sería mejor, concluyó, en su fuero interno, aguantar el
chaparrón –: que tienes menos de dos horas para escribir y terminar de borrar
todo el resentimiento que aún te corroe. Luego vas a coger el Starfighter y
volando a toda mecha buscarás a Pal, a quién pedirás perdón. ¿Ha quedado
claro?
- Señor. Sí, señor –respondió con energía.
- Sin coñas. ¿Queda claro? – Inquir ió –. Me llamo Pitt ¿Entendido? –
espetó a bocajarro, sin miramientos.
- Sí, Pitt – emitió compungido –. ¿Puedo hacer una pregunta?
- Puedes… pero sé breve.
- Bien…
- Eso no es una pregunta –zanjó con rotundidad – inténtalo de nuevo.
- Entiendo…
- ¡¡Tampoco empiezan así las preguntas!! – gritó buscando intimidar le
aún más –. Última oportunidad. Y rapidito.
- ¿Qué es lo que me dijo Pal? – indagaba ante la mirada escrutadora de
Pitt – No lo recuerdo. Es la verdad.
- No seré yo quien lo haga. Aquí las cosas se dicen para ser atendidas,
inmediatamente. Tienes dos opciones, la primera está descartada, pues Pal no
está aquí para repetir lo, ni creo que tenga pensamiento de volver. Sólo te
queda recordarlo. ¿Alguna duda? Tengo que hacer cosas. – concluyó camino
de la salida.
Jano quedaba medit ativo. Analizando las últimas palabras y gestos de su
inter locutor. Él no hacía nada por nada. Algo le estaba comunicando. Había un
acertijo en todo ello. ¿Pero dónde? ¿Dónde? Se preguntaba al observa la
marcha del General.
La puerta se cerró. Quedó aislado con su pensamiento. El motor de un
vehículo se acababa de encender. Saltó raudo afuera. Una vieja camioneta
empezaba a moverse. Pitt se marchaba y tenía que solventar el intríngulis que
le planteó.
- Pitt. Pitt, espera. Dime una cosa. Sólo una - Enunció junto a la
ventanilla de la portezuela.
- Dispara.
- ¿Cómo puedo recordar algo que no escuché?
- Bien, observo que sigues siendo rápido de ref lejos – dijo mofándose
con cariño –. Fíjate, todo es fácil. Siéntate relajándote, con los ojos cerrados
en todo momento, como lo hiciste en el VZ, retrocede hasta el instante en que
quieras rescatar aquello que parece que no existe u olvidaste o crees no haber
captado; con tranquilidad recuperaras cada dato, cada percepción, cada

132
sensación, incluso los regi stros de temperatura, color, humedad. Hazlo y
tendrás lo que buscas. ¿Entendido?
- Sí. Una últ ima cosa…
- No hace falta que lo preguntes: estaré aquí sobre las tres, para almorzar.
Y espero, y, debo suponer que habrás terminado con este últ imo paso. Esta
tarde te quiero en el aire ¿Promet ido?
- Tenlo por seguro – confirmó transmitiendo certeza absoluta –. Tienes
mi palabra.
La camioneta partió cruzando la pista de aterrizaje a media altura camino
del sendero que le conduciría a la depresión.
¿Por qué no habrá venido en un avión? Se preguntó. Era algo raro que
usara un vehículo para atravesar la distancia que separaba Ís de Nairda. Pero
tendría buenos motivos.
Pese a todo, algo de intranquilidad se instaló en su interior. El comentario
con respecto a Pal manifestaba una circunstancia que en modo alguno quería
constatar como definitiva. Él quería volver a verla, y pronto. No obstante,
cierta duda imprimía el temor de no ver cumplido ese deseo tal y como él
quería que fuese plasmado. El miedo a no tenerla cerca, constantemente,
crecía, sin poder mitigar lo. Esperaba, por otro lado, con leves esperanzas, que
la actitud de ella no fuese la de crear una distancia insalvable.
Una vez sentado en el int erior de su refugio, procedió a eliminar cualquier
pensamiento o consideración al respecto. Debía centrarse en concluir y
cumplir con la palabra dada. Cerró sus ojos instalando la atención en una
respiración sosegada. Comenzaba el proceso de aislarse del mundo que le
rodeaba. Poco a poco fue sumiéndose en esa profundidad requerida.
Retrocedió al instante deseado. Fijo la atención en el momento en que bajó del
104. Pal se acerca con la jarra naranja. Recordaba cómo aquél detalle le
llamaba la atención ahora, y no en aquel momento, algo que también ocurría
con los gestos conciliadores de su instructora. Empezó a percibirlo, a
recrearlo, incluso a respirar el mismo perfume que rodeaba el ambiente: una
mezcla de keroseno quemado, sudor procedente del temor experimentado en
el at errizaje con motor parado, y el embr iagador perfume de Pal. La brisa que
soplaba, la luz que le rodeaba, todo estaba magnificándose con mayor
autenticidad que en el momento experiment ado. Seguía sorprendiéndose de
los resultados. Simplemente era increíble que la acción ocurrida y pasada
pudiese percibirse al detalle, como si una película mostrase a cámara lenta la
trayectoria descrita milímetro a milímetro del evolucionar, en su recorrido, de
una bala disparada. Todos los detalles llegaban casi paladeándose. Podía parar
y dar marcha atrás. Rebobinaba el t iempo a su gusto. Por unos instantes
acarició la pos ibilidad de ser un dios controlando el mundo. Él no se

133
encontraba a sí en aquel momento, sin embargo, la realidad percibida lo
atestiguaba. Supo que podía estar en dos sitios al mismo instante. El don de la
ubicuidad era real. Algo proclamaba el éxito de un poder inimaginado.
Aunque pudiera retroceder una y otra vez en aquel tiempo siendo el dueño del
mismo, sabía que el tiempo presente, donde se ubicaba su cuerpo, corría en su
contra. Tenía que avanzar en la proyección hasta encontrar las indicaciones de
Pal. Su voz llegaba:
- “Queda una parte a la que no se ha atacado… es aquella que… “
Eso fue todo el contenido de sus palabras. No había más. Retrocedió. La
filmación daba comienzo. Escuchó sus propias palabras algo desaforadas, su
molestia, su querer evadir responsabilidad… pudo escrutar sus sentimientos al
segundo; había perdido el control, obraba maquinalmente.
- “¿Sí? ¿Y cuál puede ser? Puedo asegurar que he sacado todo lo que
ref eriste. No hay nada más. Nada. Estoy seguro.”
Percibía cómo exactamente no prestaba atención a la transmis ión de Pal.
Estaba ofuscado y enfadado consigo mismo, no quería rendir cuentas ni
reconocer un posible error propio. Notaba el tremendo malestar, se odiaba por
el fallo. Si al menos ella hubiese estado en otro lugar, su humillación no le
habría hecho sentir un desastre. Se criticaba y juzgaba antes de que ella
pudiera emit ir algún comentario. Se avergonzaba de su mal pilotaje, pero no
iba a reconocerlo ante ella, de eso ni hablar. De nuevo la voz de Pal llegaba
interrumpida, el mensaje no se captaba:
- “Queda una parte a la que no se ha atacado… es aquella que…”
La visión de la jugada continuaba.
- “¡Vaya! Sorpresa ¿Sabes una cosa Pal? No, no lo sabes, está claro que
no… da igual…”
Luego, su actitud tirando la taza de café, y el modo en qué aceleraba la
Har ley dejando a Pal con dos palmos de narices tirada en la pista.
Abandonada. Obtuvo un sentimiento de reprobación. Su propia humillación y
crítica, fueron esparcidas como un ventilador hacia quien no tenía la más
mínima culpa. Observó un comportamiento desmedido. Se había portado sin
respeto ni educación. Justo después de haber borrado de su pasado el
resentimiento afloraba de nuevo una parte. Una parte que advertía que no
podía proceder de algo ya borrado y olvidado. Eso tenía su raíz en otro
contenido.
Rebobinaba una vez más:
- “¿Sí? ¿Y cuál puede ser? Puedo asegurar que he sacado todo lo que
ref eriste. No hay nada más. Nada, estoy seguro.”
- “Queda una parte a la que no se ha atacado – masculló lentamente, con
cariño, procurando disipar su evidente malestar… es aquella que…”

134
- “¡Vaya! Sorpresa… ¿Sabes una cosa Pal?.... No, no lo sabes, está
claro que no… da igual…”

- “Queda una parte a la que no se ha atacado. La última. “
Esta vez llegó algo distinto. Recordaba. Volvió atrás, tenía que captar
cada detalle.

- Queda una parte a la que no se ha atacado. La última… Es aquella que
atañe a ti mismo. El resentimiento contra ti. Es el que has creado al criticarte
y humillarte ante tus acciones. Escúchame Jano, no te ciegues, ahora estás
cayendo en eso mismo. Te estás anulando al criticarte. Libérate de todos los
momentos de auto denigración. ¡Jano, escúchame, por f avor!

Después, la película avanzaba con todo lujo de detalle. Pero eso ya no
interesaba. Había alcanzado el recuerdo que buscaba. Y aunque el
descubrimiento de un procedimiento magnífico para extraer de la mente
detalles que parecían no existir, le sublimaba e instigaba a buscar en el pasado
resolviendo otros momentos ocluidos en apariencia. Pero evocó el objeto del
ejercicio y le puso fin.
Abrió los ojos de golpe, del mismo modo en que todo ese pasado se
fulminó sin olvido.
Empezó a escribir rápidamente. Su escritura prácticamente era ilegible. A
la mente llegaban con rapidez cada una de aquellas manifestaciones donde se
anulo, humilló y criticó provocándose con esas acciones una disminución
considerable en su autoestima, y, como consecuencia, en su poder personal.
Él mismo con sus enojos, instauró ciertos parámetros de falta de creencia en
sí. Entendió que si creía que f allaba en su pericia, f allaría. Comprendió que si
alguna vez pensaba que no sería capaz, eso mismo obtenía. Una vez más pudo
cuadrar cómo cada una de las normas de vuelo ínterdependían una en función
de la otra. En la medida en que iba aceptando, en su ent ender, el correcto
proceder en la aplicación de cada una, captaba, que ninguna f uncionaria por
separado; sino todas a la vez, siempre y cuando su comprensión estuviese
perf ectamente def inida en su mente.
¿Por qué fallo el motor? Pensó que eso podría ocurrir, y ocurrió. Algo
similar recordó, a lo ocurrido en el accidente que le condujo a Nairda. Sabía
que su falta de pericia provocó que se estrellara. Dudo de sí mismo. Sus
críticas y falta de confianza en sí mismo condujeron, en realidad, al teór ico
fallo del 104, pese a que pudo, esta vez, aterrizar.


135
Expulsaba de la mente instalándolo sobre el papel, cada uno de los
instantes en que él perdió la conf ianza en sí, cada vez que se criticó. Cada
enojo o cólera en su contra. Cada vez que aseguró en su f uero interno su
incapacidad para hacer o conseguir algo y, en def initiva, Ser. Cada vez que se
insulto socavando el descrédito a sus capacidades. Cada vez que minusvaloró
su actuar, anulándose. Cada vez que se compadeció por sus limitaciones
inf ravalorando sus posibilidades y virtudes. Cada vez que no se aceptó tal y
como era. Cada vez que no se quiso, ni se respetó. Cada vez que se castigó.
Cada vez que se engañó y mintió.
En la medida que escribía con detalle el cúmulo de arrebatos contra su Ser,
crecía en confianza denodada, exultante. Un mar de claridad fortalecía su
entendimiento. La eliminación de la rabia almacenada y acumulada como
consecuencia de las desesperaciones personales, contribuía al empuje de una
vitalidad desconocida. Robustecía, con el desahogo, cada una de sus células en
un resurgir inimaginado. Advertía que el poder sobre sus actos y acciones
exclusivamente podía encontrarse en su interior. Con cada capa de rencor que
deshojaba, la luminosidad acrisolaba en un grit erío encaminándolo hacia la
felicidad. Volvía a encontrar en Sí, una esencia inquebrantable al desaliento.
Un estruendoso, alarmado y desaforado claxon repiquet eando despertó el
declinar de su actividad. Ni siquiera las horas, marcadas por el reloj de pared,
habían despistado su atención. Tal fue su excitación en el peregr inaje
extrayendo las increpaciones producidas desacreditando su valía, que ningún
evento interrumpió la introspección.
La salida al porche coincidía con el derrape vertiginoso de la camioneta
tripulada por Pitt. La actuación asombró. Jamás pensó que un hombre de su
talla y edad se atreviera con una manifestación, a su juicio, tan infantil.
- ¿Has terminado? – Interrogaba desde el int erior de una nube de polvo
grisáceo –. Venga ayúdame a bajar la moto de la caja y continua – concluyo si
dar opción.
Por su cara podía adivinar su estar. Jano, si emitir comentario alguno,
percibió el lamentable estado de su motocicleta. Pitt empujó la Harley hasta la
parte trasera, indicando que tendría que acabar el ejercicio, antes de que él la
limpiara dejándola como nueva. Cuestión de la que dudó. Nunca volvería a ser
igual. Había sido una locura traerla de vuelta de esa manera, pensó. Hubiese
sido mejor repostarla y conducirla desde el lugar donde la dejó abandonada.
Pese a todo, la inquietud por dar por terminado esta fase de aprendizaje le
azuzaba a continuar con prontitud.
A cinco minutos para que las tres de la tarde anunciaran su visit a, soltó el
bolígrafo. Su índice y pulgar, dolorido de tanto ejercicio manual al que no
estaba acostumbrado, no evitaban evidenciar el alivio que el resto de su Ser, y,

136
como consecuencia, su cuerpo obtenían, al sent irse liberado del pesar que
disminuían sus posibilidades. Su poder experimentaba limpieza mental, física,
espiritual, y anímica. Era otro Jano distinto, si es que realmente ese era su
nombre; algo curioso, pues con tanto ejercicio recordatorio repasando cada
trazo y tramo de su vida, no encontró ningún instante dónde poder descifrar si
realmente respondía a otro patronímico. La sospecha de estar siendo
mencionado con un seudónimo se afianzaba en su inter ior; pero tal cuestión,
menor, no era motivo de indagación necesaria en las actuales circunstancias.
Él estaba allí para aprender a volar, a ser feliz, si es que conseguía aprender
todas las normas y, salvar el tan traído y llevado escollo que le trajo a este
lugar.
- ¿Por qué no compruebas cómo ha quedado la motocicleta? – Reclamó
Pitt abriendo la puerta sin entrar –. Vamos, ven, está mejor que nueva.
Lo hizo con una mueca dubitativa. Siguió los pasos del viejo instructor
hasta la parte posterior de la barraca.
- Bueno Pitt, está perfecta, muy limpia, pero el escape y muchas de las
partes del motor ya habrán asumido todo el polvo que hayan podido –
comentaba ante la extraordinaria maquina reluciente y brillante –, pero ya
nunca será la misma – resumía en un tono algo melancólico.
- Serás desagradecido – espetó irónicamente – cómo se nota que aún no
has empezado con la siguiente norma de vuelo. Cuánto has de aprender
pilot illo. ¿Por qué no le echas un vistazo a todas esas partes que has
mencionado? Sabihondo de pacotilla.


















137
9. Todo es Amor.



“Tenemos dos opciones. O estamos llenos de Amor, o estamos llenos de
miedo”.
Albert Einstein. Cient ífico alemán nacionalizado est adounidense. (1879-1955)

“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que
tienen miedo, muy largo para los que se lamentan, muy corto para los que
f estejan. Pero, para el que Ama, el tiempo es Eternidad”
William Shakespeare. Escrit or inglés. (1564-1616)








Lo hizo, algo desconfiado, pero asombrándose al ir pasando revista a cada
pieza referida. Introdujo un trapo dentro del tubo de escape; ni siquiera salió
manchado. Incluso revisó las rendijas más difíciles de limpiar. Todo estaba no
limpio, sino impecable. Absolutamente incólume.
- Lo mínimo que hay que hacer es ser agradecido y dar las gracias –
mencionó con dureza –, antes de criticar el resultado final.
- Lo siento Pitt – contestó avergonzado –. Gracias. Tenías razón, está
perfecta.
- ¿Sólo perfecta? – Volvió a desafiar – Eso podrás decirlo cuando la
pruebes. Y no sé que estúpida excusa tienes para no hacerlo. ¿A qué esperas?
– propuso con energía, incitándole –. ¿Dónde está tú sangre? Venga. Arranca,
y corre.
Estupefacto por la actitud desafiante; orgulloso y seguro, no tuvo más
remedio que proceder. Imaginaba, en su aún ignorancia, que toda la
maquinar ia respondería como siempre, sin novedad. Al ir a buscar con la
mano la llave de contacto, encontró que la misma no se hallaba en su lugar.
- Pitt has debido de perder... – no le dio tiempo a concluir cuando él se
las mostró – Anda dámelas.
- Hazlo, sin llaves.

138
- ¿Cómo? Eso no es posible. Las necesito. Venga, Pitt, déjate de
chorradas.
- No es ninguna chorrada, como tú analizas. Todo es posible si así lo
consideras y formulas en tu pensamiento y desde tu Ser, creyendo al crearlo,
simplemente, porque te lo mereces ¿Por qué no pruebas a hacerlo usando las
reglas hasta ahora aprendidas? Será la mejor forma de demostrarte que están
asimiladas. ¿Te atreves?
¿Atreverse? Pensó. Por supuesto que sería capaz. Si pudo hacer volar el VZ
con sólo imaginarlo, podría arrancar la Har ley sin inconvenientes. Cerró sus
ojos, dejando caer todo el peso sobre sus posaderas afianzadas en el asiento de
cuero. Relajó cada parte de su cuerpo, lo dejó fluir. Imaginó, visualizando, que
movía las llaves, y cómo, éstas, al girar conectaban el circuito de encendido,
metiendo el puño al mismo tiempo introduciendo combustible a las bujías que
respondían encendiendo el motor. El repiquetear de los pistones le hizo saltar
de su cierre interior.
La moto había cobrado vida con sólo usar las reglas aprendidas. Entendió,
una vez más, que todo ello es aplicable a todo, ya que todo esta
interconectado, como lo están las normas de vuelo. Captaba la esencia de la
pureza de tales puntales. Con los ojos de par en par contempló la excelsa
sonrisa de Pitt. Lo más sorprendente fue comprobar que las llaves seguían en
manos de éste.
- ¿A qué esperas para rodar? – Instigó sujetándole por el brazo antes de
que partiera a lo loco – da una vuelta por la pista, y de vuelta ¿De acuerdo?
Asintió. Met ió la primera marcha. Giró el puño con suavidad. De igual
modo ambos se deslizaron sobre la t ierra sin levantar mota alguna de polvo
hasta llegar a la mitad de la uno cuatro. Paró. Aceleró en vacío advirtiendo su
maniobra a cada una de las partes de la máquina. Y se lanzó a todo gas como
si fuese a despegar. Iba a ciento ochenta kilómetros. Cien metros le separaban
del abismo que le recibiría al final de la pista. Cerró los ojos visualizando la
maniobra. Lo consiguió. Frenó totalmente, justo a escasos centímetros de la
conclusión del asfalto. Los párpados se desplegaron dando lugar a la
afirmación de un paisaje inmenso. La excitación, fuerte del instante, permit ió
advertir con todo su Ser la seguridad inmensa que albergaba toda su
existencia. Estaba llegando a cotas de superación increíbles e impensables en
su anterior vida. Recapacitó. Meditó al r itmo del relentí del motor que era
idént ico al de su corazón, suave, acompasado, relajado, vivo. Y regresó.

Pasaron dentro y se sirvieron una infusión de menta.
- Bien, Jano. Empecemos con la siguiente norma, la última. Abre el
manual y léela.

139
La ilusión ante la confirmación de que procedía con el final de la
instrucción se perfiló en su rostro. Ya no quedaba nada, a lo más un día.
- ¿Y luego qué?
- ¿Y luego qué, de qué?
- Digo que una vez termine con el aprendizaje de todas las normas de
vuelo ¿Qué pasará?
- ¡Ya estamos con la impaciencia! Primero abordemos el tema. Todo a su
momento. Venga, búscala.
Obedeció al instante. Pudo desplegar la página, y todas las demás. El resto
continuaba en blanco. Excepto un pequeño grupo que permanecía agrupadas,
como pegadas al final del mismo. La lectura mostraba una frase como las
anteriores: escueta, sencilla; y como no, enigmát ica: “Todo es Amor”. Quedó
pensativo. Intentó extraer alguna conclusión, sin embargo, nada llegaba a su
raciocinio. Levantó su cabeza enfilando la mirada del Jefe de Instrucción.
- ¿Lo ent iendes? – Preguntó, mostrando un gesto con la mano para que no
contestara, era obvio que no sabría hacerlo – Dime, ¿qué es necesario para
volar?
No tuvo que pensar mucho. Era muy clara la respuesta.
- Sencillo Pitt, un avión.
- Error – manifestó acompañado de un gesto de hombros y manos –. Las
aves vuelan por sí solas, y no son aviones. Inténtalo de nuevo. ¿Qué es
necesario para volar?
- Bueno… – empezó algo meditat ivo – En vista de eso, podemos decir
que para volar es necesario tener alas. ¿No?
- No. El polen vuela; las hojas impulsadas por el viento vuelan, las nubes
vuelan, hay mult itud de cosas y elementos que sin alas vuelan. Tú mismo
hubieras volado con la Harley hace un momento si no hubieses frenado. Otra
vez. ¿Qué es necesario para volar?
Esta vez no quería aventurarse a dar una respuesta rápida. Percibía que
estaba quedando como un auténtico pardillo por no decir… otra cosa, cosa
que ya no le pre-ocupaba. Se negó a criticarse o anularse. Conseguiría o no
la respuesta adecuada, pero ello no se produciría insulto o menosprecio como
anteriormente hacía. Pasara lo que pasara, no se volvería a invalidar. Pero la
respuesta no llegaba. No sabía qué poder aportar como solución.
- No sabría qué decir Pitt. No lo sé.
- Bien. No importa. Te lo diré. Todo lo que se necesita para volar es aire.
Sin…
- ¿Cómo no he caído en la cuenta? Tienes razón…
- Espera, espera – enunciaba paladeando cada palabra –. Sin aire, es
imposible conseguir el vuelo. Necesitamos irremediablemente del mismo para

140
volar. O lo que es lo mismo, y de lo que en realidad estamos tratando de
inculcarte: para ser f eliz, necesitamos absolutamente envolvernos del Amor.
¿Qué es lo que te rodea cuando vuelas? – Preguntaba y respondía al mismo
tiempo –: el aire exclus ivamente. Es lo único que te permite el sustento. Es lo
que permite mantenerte ahí. Por tanto, todo lo que hay que hacer para ser feliz
es sumergirse, rodearse, encubrirse de Amor. De hay la frase del manual:
“Todo es Amor”. ¿Lo captas?
- Veamos – intercedió en su favor. La explicación le había dejado un tanto
impactado –. Según tu explicación, entiendo que en efecto para que el vuelo
pueda producirse, es necesario únicamente el elemento aire. De lo contrario no
es posible tal condición. Y que, extrapolando tal ejemplo, hay que entender
que para poder ser feliz, es imprescindible hacerlo con Amor. De lo cual se
deduce lógicamente que una cosa sin la otra no es posible. ¿Estoy
encaminado?
- Si y no – decía gesticulando con las manos –. Matizo tu conclusión:
para poder volar el aire es el requerimiento. El aire siempre está ahí. Pero no
puedes volar sin usar el aire. Es decir para ser f eliz usa el Amor. Hazte Amor.
El Amor siempre se encuentra, siempre, estés donde estés. Y si no usas el
Amor no podrás ser f eliz. No es exactamente como tú lo has mencionado.
Quiero que te quede claro lo siguient e: El Amor está presente, con él puedes
navegar, volar, alzarte. Pero si lo que quieres es sobre todo estar volando,
sólo podrás hacerlo usando el aire. ¿Está claro ahora?
- Pero bien sabemos que en la medida en que uno asciende el aire es
menos denso y se requiere mayor velocidad para sustentarse. De lo que se
deduce que cada vez que se ascienda más alto, que es lo mismo que decir que
cada vez que la cota de felicidad es más alta el Amor que se encuentra es
menor y para ello es necesario aumentar algo. ¿Qué es ese algo? Pues
podemos salir de la atmósfera donde el aire ya no existe, y, por tanto, la
sustentación se hace imposible. Quiero decir, con ello, que si el ejemplo que
expones es ese, el aire tiene un límite, y, como consecuencia, el Amor también
posee la misma acotación. De tal forma que el Amor no lo es Todo, o lo que
es lo mismo cuando el aire se acaba, el vuelo se hace imposible. Creo que algo
no cuadra en toda esta teoría.
- Lo esperaba. Tienes razón si todo lo llevas a la materialidad. Tan sólo
has de extrapolar de nuevo. Esto es un ejemplo para darte a entender esta
norma de vuelo. Y ese algo que preguntas y ese descuadre que entiendes
encontrar se solventan, y bien lo sabes, con el resto de las normas de vuelo.
Recuerda: ninguna funciona sin la puesta en práctica de las demás en
conjunto. ¿Comprendes y entiendes?

141
- Creo que no. Pues por mucho que ponga en práctica todas las normas al
mismo tiempo, el aire t iene un límite. Algo s igue sin cuadrarme en todo esto,
Pitt, y créeme que intento seguir tu razonamiento, pero…
- Tranquilo. Empecemos de nuevo. Estamos de acuerdo en que es
imprescindible poner en práctica todas las leyes del vuelo en juego al mi smo
instante. Por tanto, si empezamos por la primera, podemos concluir que si
piensas que todo es posible, así lo es. Piensa que siempre encontrarás aire y
lo encontrarás. Ya sabes que el poder del pensamiento crea lo que quieras, es
el motor inicial. Seguiríamos con la segunda, aunque no sería necesario por
que lo verás en el momento en que lo crees y creas que es posible. Aplicando
la siguiente, podemos segui r mati zando que en la medida en que tú eres la
causa, el ef ecto se produce, y que ello es posible si crees que así te lo
mereces, y que el resto se alcanza sin resentimiento, de lo que es deducible
que Todo es Amor si así lo consideras, pues es lo único necesario para poder
volar. ¿Lo entiendes ahora?
Meneó la cabeza entre sus manos, hasta estrujar su cara con las mismas.
- Ufff Pitt. Parece complicado. Aunque posiblemente sólo necesite
diger irlo un poco. Veamos. Da la impresión de que es la cuestión más
enrevesada. Entiendo perf ectamente lo que ya tenía asimilado de que el
conjunto de las normas aplicadas al mismo tiempo dan como resultado el
correcto arte del vuelo. Pero da la impresión de que ésta últ ima es realmente
la imprescindible al decir que para poder volar sólo es necesario el aire. Es
como eliminar las demás. Parece que aplicando esta última, las demás no
tienen mucha consistencia.
- En ef ecto. Eso es lo que parece. Es la impresión que puede dar. Te
comprendo. Pero para poder entenderlo es imprescindible aplicar las demás.
Pues si no piensas que es así, que no lo crees, que no eres la causa de ello, o
que no te lo mereces, el resentimiento abortará de alguna manera cualquier
posibilidad de volar. Para ser Feliz es imprescindible hacerlo con Amor.
Pensar en Amor. Creer en él. Causar Amor. Hacerse sabedor de merecérselo.
Si el resentimiento af lora, no hay Amor, sino lastre. De esa manera se percibe
que Todo es Amor, lo imprescindible para poder volar, pero todo en su
conjunto es lo que hace que f uncione.
Jano permaneció con la mirada f ija, perdida. Rumiaba cada una de las
palabras, Cada frase, cada entonación, cada gesto. Quería a toda costa
entender. Pero había algo que le impedía alcanzar tal cota. Tendría que
continuar centrifugando toda aquella disertación. Sería cuestión de tiempo, y
algo de práctica.
- Venga. Déjalo – susurró, sabía que había dado mucha información de
golpe. Para dar esta clase la verdadera experta era Pal, lo hacía de forma muy

142
sugerente –. Ya lo pillarás, ahora has de llevar el Starfighter a Nairda. Ponte
en marcha, y procura estar de vuelta antes del anochecer con el VZ. ¿De
acuerdo?
- Sí, Pitt, sí. Será mejor hacerlo – contestaba atendiendo la sugerencia,
al tiempo que se encaminaba hacia el exter ior –. Quizá, durante el vuelo pueda
encauzar este aluvión.
- De camino comprobaremos si todo el resentimiento ha salido de
dentro. Quiero que despegues y hagas dos tomas y despegues si parar. Si no
hay novedad, será la prueba de haber superado la quinta norma. Luego directo
a Nairda. ¿OK?
Asintió con la cabeza. Sumido todavía en el esfuerzo mental por cuadrar la
enseñanza puesta a su disposición. No le pre-ocupaba en lo más mínimo el
vuelo, sabía en su inter ior, con total certeza que no quedaba ni una mota de
resentimiento alojada en su Ser. Ese era un huésped que no sería admitido de
nuevo en su casa.
Instructor y alumno estaba junto al 104, cuando a lo lejos se apreciaba la
aproximación, a baja cota, de una gigante y poderosa f lecha. Siete Phantom
marcaban una senda definida con el rastro dejado por la combustión negruzca
producida por siete pares de motores revoluc ionados. Pasaron rampantes,
veloces, estruendosos, vibrantes, colosales, brutales. La envergadura de la
formación cubría la extensión diametral de Ís. La cabaña quedó a escasos
metros de la pasada desafiante.
- ¿Quién manda esa formación? Pitt.
- ¿Tú que crees? – respondió sin mirar, contemplando la evolución
perfecta de aquellos siete pájaros metálicos.
¿Cómo no habría caído en la cuenta? Pensó. No podía ser otra que ella.
Ascendieron en una vertiginosa escalada danzando en una espiral
envolvente. Inusitada. Nunca antes había contemplado t al maniobra. Los siete
proyectiles subían haciendo que la formación girase sobre el eje del número
uno, mientras que cada uno de los reactores lo hacía entorno al suyo propio.
Una punta de flecha que penetraba el cielo en forma de sacacorchos oscilante.
Un movimiento armónico ejecutado al milímetro. Un ejercicio de acrobacia
inigualable e impensable. Los chorros de humo negros dejaban un dibujo
entrelazado a modo de maroma. El espectáculo seguía, el ascenso se mantenía,
aunque para ellos prácticamente era imperceptible, ya estaban a demasiada
altura para ser identificables. Un hilo negruzco señalaba un sendero perdido en
las profundidades lejanas de la atmósfera violácea.
- Bien Jano. Tu turno. No esperes más, el espectáculo ha concluido. Al
104.

143
La orden fue obedecida instantáneamente. Subió al reactor. Abrochó los
cinturones de seguridad. Ajustó el casco y la mascarilla de oxigeno. Arrancó
sin dilación. El motor rugía con un estruendo aullador no percibido antes en su
Ser. Los indicadores funcionaban perfectamente. Había solidez, equilibrio,
sintonía, armonía. Ambos estaban unidos en Uno solo. Lo llevó hasta el inicio
de la pista. Lo centró. Pisó frenos. Gases al cien por cien. La proa negruzca
apuntaba hacia el centro oscilando en un cabeceo suave. Las más de quince
mil libras de empuje sueltas al galope tendido lo impulsaron en una
vertiginosa carrera. La velocidad aumentaba vert iginosa y excitantement e. En
menos de doscientos metros, piloto y máquina, estaban recogiendo el tren de
aterrizaje después de elevarse varios centímetros. Se mantuvieron acariciando
la uno cuatro a un par de metros de la misma, hasta que la desbordaron. La
velocidad indicada era increíble, trescientos ochenta nudos e incrementándose.
Giró y ascendió a estribor. La ejecución se realizó a la perfección. Realizó la
primera toma sobre la pista de Ís, dejando correr su bólido trescientos metros:
en ese instante metió gases encabritando al Starfighter, despegando sin parar
en su inercia. La veloc idad subía al mismo t iempo que ascendía. Algo
increíble para muchos aparatos. No obstante, entendía que con la potencia que
ofrecía el reactor, y la aplicación de las normas de vuelo, todo era posible. Su
pensamiento envolvía cada instante del vuelo. Gozaba y disfrutaba de cada
una de las percepciones emanantes y, de las recibidas. Era el dueño de su vida.
Gobernaba con seguridad. Cumplió las órdenes dadas tras la segunda toma y
marchó. Había pasado la prueba.

A doce mil pies y con ochocientos nudos, decidió parar. Aquello no era lo
ordenado. Redujo gases al mínimo enderezando suavemente el reactor.
Tendría que haberse dirigido en línea recta a Nairda, pero no pudo, no quiso
contenerse. Necesitaba experimentar y exper imentarse una vez limpio de todo
lastre. Se sabía potente, congruente, decidido, seguro, aunque algo quedaba en
la mente aullando sin poder solventar lo: “Todo es Amor”. Eso, seguía
rondando las neuronas, recalentándolas.
Estaba deseoso de llegar a destino. Voló recto, nivelado. Desde su posición
el objet ivo era perfectamente definible, pero el aviso de pérdida sonó
indicando que la velocidad tan exigua produciría una posible barrena. Picó el
morro, marcando un ángulo de cuarenta y cinco grados. La gravedad y el peso
del avión harían el resto. Sin duda la velocidad se incrementaría con la pérdida
de altura. Sabía que no debía sobrepasar los mil nudos para recupera el control
del avión. Su intenc ión era at errizar s in tener que volver a introducir la
palanca de gases; con el motor al mínimo de revoluciones.

144
- Torre de Nairda, aquí F-104 sobre la vertical, en descenso desde once
mil quinientos, requiriendo permiso para realizar un simulacro de aterrizaje de
emergencia.
- F-104, aquí Nairda. Autorizado. Proceda. Le tenemos en pantalla.
Squak 7944.
- Entendido squak 7944.
Introdujo el dígito en el aparato de localización. Ese número aparecería en
la pantalla de radar del controlador de vuelo permitiéndole seguir su
trayectoria.
El descenso se producía con rapidez. Tardaría no más de cinco minutos en
rodar por el asfalto.
- Líder Azul a Nairda. A diez millas y a cinco mil pies, descendiendo.
Pista a la vista. Permiso aterrizaje en formación.
La voz de Pal sonaba segura, firme, decidida, directa e imperiosa.
- F-104 posee un tráfico en final, es el número dos para aterrizaje. ¿Podrá
seguir con la maniobra solicitada?
- Nairda, aquí 104. Copiado. Puedo, pero ent iendo que tengo preferencia,
he sido el primero en not ificar la posic ión – contestó buscando picar la
situación.
- F-104, aquí Nairda. Es el número dos – proyectó la controladora con
energía –. ¿Acaso no es capaz de ejecutar su maniobra, es un problema para
usted?
Le habían dado en plena línea de f lotación. Su orgullo mostraría que era
capaz de eso y cualquier otra cosa. Rió para adentro contestando con
benevolencia.
- 104 para Nairda. Número dos para aterrizaje, tras Líder Azul.
Recuperó el picado a seis mil pies. Velocidad setecientos veinte nudos.
Mantuvo una espiral de descenso gradual para perder altura s in perder
velocidad. Con cada giro podía comprobar la aproximación de la f lecha que
proyectaban los Phantom comandados por Pal. Al finalizar el séptimo, el de
Pal, su aterrizaje, giro encauzó el picado tras las estelas dejadas en el aire por
los F-4 a tres mil pies sobre ellos.
Continuó el descenso, no como lo tenía programado, pero manteniendo un
margen adecuado de velocidad. Los Phantom, con escrupulosa sencillez,
habían tocando pista en progresión. Primero los dos últimos el siete y el seis.
Los mismos avisaban del contacto. Luego el cinco y cuatro. Inmediatamente
después con perfección y sincronización, el tres y el dos. En últ imo lugar,
Líder Azul perfilaba dos espolvoreadas nubes azules tras el contacto de sus
ruedas con el asfalto. Ninguno necesitó abrir paracaídas en la frenada. Fue
realmente espectacular la evolución del grupo. Él jamás vio a un escuadrón

145
volar con tal sublimación. Ni s iquiera un ordenador programado podría
realizar tal paridad. Estaba asombrado, pero no tanto como para olvidar su
proceder. Quedaban dos millas para la uno seis izquierda. Los Phantom
estaban dejando la pista libre. Quinientos nudos y descendiendo desde dos mil
pies. Flaps fuera a treinta, se ordenaba, esperando a llegar a mil pies. Nairda se
encontraba a seiscientos cuarenta y siete pies sobre la altura del mar. Su
margen, por tanto, sería pequeño. Las luces del tren de aterrizaje en posición
se encendieron. Los indicadores del panel de control mostraban posiciones
correctas. La velocidad disminuía tal como la tenía calculada…
Tocó tierra en el lugar proyectado. Dejó que las ruedas impactaran con
suavidad sobre la señal numérica de la pista, ennegreciendo el blanco con el
que estaba pintado. A c ien nudos, recto y nivelado terminó un at errizaje de
emergencia simulado perfectamente. Todo bajo control.
Abandonó la pista dirigiéndose hasta el hangar indicado. El número
veint icuatro lo enfrentaba la formación de Phantom, ya colocados en línea y
en oblicuo en un ángulo de cuarenta y cinco grados; fueron muy rápidos y
eficaces en realizar tal maniobra. El anter ior con los portalones entreabiertos
insinuaba inactividad. Llegando al veintitrés, un señalero salió a su encuentro
indicando con un par de palas amarillas la evolución a ejecutar hasta
estacionar el Starf ighter en el lugar establec ido entre otros dos modelos de su
misma clase.
Concluidas las verif icaciones finales y tras proceder al últ imo chequeo,
bajó por una cómoda escala que había sido adher ida al fuselaje. Miró el reloj.
Algo más de las cuatro y media. Tendría que darse prisa si quería estar de
vuelta con la luz del día en Ís.
El hangar contiguo, al abrir sus compuertas, dejó contemplar un espléndido
VZ en color azul cobalto idént ico al que, anteriormente, pilotó. Le sorprendió
el hecho, pues aquel no era el lugar donde normalment e reposaban ese tipo de
aparatos. No obstante, dejó su curiosidad para otro instante. Ahora tenía claro
su objetivo.
Junto a los F-4, sus siete tripulantes mantenían una animada conversación.
El cabello suelto de Pal, la hacía destacarse del resto. Algo nervioso continuó
su rumbo sin quitar la mirada a su destino. Aquel pelo al viento inquietaba su
serenidad y aplomo. Un galopar int erno de mil mariposas deambulaba en un
cosquilleo incesante dentro de su estómago. Paró y mantuvo su posición a
unos metros del grupo, esperando. No quería interrumpir, ni manifestar
grosería alguna de nuevo con ella.
Algunos pares de ojos repararon en su figura, lo que alertó a la instructora
de su presencia, quien sin inmutarse seguía impart iendo instrucciones y
comentarios, al mismo tiempo que alabanzas por el extraordinario resultado de

146
las prácticas. Pasados unos minutos que le parecieron eternos, durante los
cuales cotejó varias veces su reloj, el equipo de acróbatas era disuelto con
órdenes de reunirse una hora después, en el mismo lugar, para seguir con las
prácticas.
- Buenas tardes – decía Pal dándose la vuelta y mostrando su, para él,
cada vez más hermosa sonrisa –. ¿Cómo ha ido todo pilot illo?
- A la vista está – respondía resuelto, animado y seguro –, he podido
regresar con el 104, ello demuestra el pase ¿No crees?
- Si quieres que te diga la verdad, creo que tienes tanta hambre como yo,
se te nota en la cara, además tu estómago te delata, ¿o no?
La referencia realizada a su aparato digestivo hizo que su semblante se
tiñera enrojeciéndose. Por un momento creía que ella adivinó el sentir que el
experimentaba en su presencia.
- Sí, la verdad, es que no he almorzado, pero he de regresar con el VZ, y
no quiero que la noche se eche encima. Sólo quería pedirte disculpas por lo de
ayer, me porte…
- Alto – paró con un gesto propio de un guardia de tráfico –. No es
necesario, a mi nunca me of endiste, por tanto, no he de perdonarte nada.
Quizá a quien of endiste f ue a ti mismo por tu descontrol, así que si quieres
disculpas dátelas a ti. – Aclaraba desconcertándole –. Sí, puedo añadir, que
me decepcionaste un poco, pero eso es parte del pasado, y no importa ya.
Está olvidado, pero como ya te dije ayer, siempre te perdonaré si eso te hace
sentir mejor. ¿Comemos?
- De veras que te agradezco, especialmente, el trato, al igual que la
invitación, pero quisiera partir cuanto antes. Es muy tarde y seguro que llegaré
con el ocaso, y no me apetece que eso me ocurra con un planeador.
- Comerás. Vaya que si comerás, no voy a permitir que hagas un vuelo en
esas condiciones. Ven, no hace falta ir al comedor. Han traído viandas de
sobra para todo mi equipo. En menos de treinta minutos te prometo que
estarás de nuevo volando y no admito réplica – concluía colocando su índice
sobre los labios de Jano.
Asintió. La alternat iva no era cuestionable, incluso, suponía, sería algo
muy apetecible. Pal ins inuaba un encanto especial. Reconoció la generosidad
mostrada ante la petición manifiesta de absolución. Nunca pensó que
pudiera ser tan f ácil solicitar un indulto ante su ingratitud. Tampoco
recordaba haber cedido anter iormente con una cuestión similar, su orgullo
impedía conceder terreno. Él solía creer, siempre, tener razón en su proceder,
no obstante, el actual reconocimiento de sus errores no pesaba;
f undamentalmente después de haber desalojado el rencor y pesar que
contenían almacenados los registros mentales. Ahora resultaba muy f ácil

147
entenderse. El odio era una palabra sin contenido, no sólo en su vocabulario,
sino en sus actos y emociones. Comenzaba a desarrollarse con una rectitud de
intención desconocida. La seguridad en sus declaraciones se potenciaba con
argumentos sólidos, estaba empezando a experimentar una nueva y
esperanzadora def inición de lo que la palabra Amor aportaba. Sus acciones,
al no enmarcarse, en el resentimiento, promulgaban sencillez, claridad,
nobleza y sinceridad. No ocultaba nada, pues nada había que esconder.
Empezaba a manifestarse orgulloso de Sí. Cobraba sentido pleno la
plasmación de una existencia en orden y concierto; libre de aprensiones y
dudas.
Llegado a tal punto en sus cavilaciones en silencio, mientras seguía a Pal a
medio metro de distancia, fijando su visión en el movimiento pendular
armónico de su cadera, recordó que de la charla con Pitt todavía quedaban
flecos por atar en su mente. Aquella conversación había aportado una
sustancialidad extraordinaria a su vida, cuestión que en el actual momento
aclaraba y debatía, sopesando, aquietando, además de estar sorprendentemente
evidenciando, en cada segundo que percibía, una forma más viva, más
radiante, de existir. Se sentía enriquecido, especialmente con el declinar tan
favorable de las palabras ofrecidas por la instructora, en la que no encontró el
menor atisbo de hilar idad o pesar, quitando cualquier importancia a su
desgraciado y pasado enfado. ¿Podría estar sintiendo algo especial por Pal?
¿Ocurriría en el sentido inverso? Fuese lo que fuese que estuviese ocurriendo
no indagaría. ¿Por qué habría de hacerlo? Él estaba aquí para aprender a volar,
a ser feliz, no para enamorarse o enamorar a una chica, y menos si era su
instructora. Tenía que guardar las distancias, no debía mezclar las cuestiones;
necesitaba mantener su objetivo, el que el trajo a Nairda.
Pal realizó las presentaciones. Los componentes del equipo acrobático
recibían las últ imas clases antes de convertirse en instructores de vuelo.
Reinaba un ambiente efervescente; la alegría y el entusiasmo eran
perfectamente definibles en cada rostro. Hablaban trazando una dec isión
madurada. Por momentos se sintió desplazado. Aquel grupo, pese a recibir le
como uno más, sin hacer diferencias, poseían un algo que no acertaba a
descubrir. Fluía un componente que hacía de ellos, en forma individual, un
sentir especial. ¿Qué sería? Se preguntó sin encontrar otra respuesta que la de
observar, evaluar y cotejar. Contestó a las escasas preguntas recibidas con
respuestas escuetas y solventes. Quería recrearse en un análisis de cada frase
pronunciada, de cada gesto emitido. Se les notaban ansiosos de volver a sus
aparatos para disfrutar de los mismos y del arte de volar. El júbilo era la
divisa en sus rostros.

148
Comió algo compulsivamente, tenía metido en sus pensamientos la falta de
tiempo. Quería concluir cuanto antes, y sin embargo, se sentía atraído por el
magnífico ambiente del que estaba disfrutando. Pal le ofreció un café
humeante junto a un gesto de ojos suplicantes. Esta vez desde luego que no lo
rechazaría. Pero fue al coger la taza cuando rozó los dedos de ella que
tardaron en soltarla, eso le hizo saltar su atención. Sus miradas se cruzaron en
profundidad, con ternura. Hubo una chispa que no quiso mit igar en su
corazón, pero no quería dar un paso en falso, no quería equivocarse, tenía
miedo a ser rechazado, a no saber expresarse o confundir algo que
posiblemente no era más que la simpatía propia de una encantadora fémina.
- Bueno pilot illo. Cumplo con lo promet ido. Llevas veint e minutos
engullendo, creo que tienes de sobra hasta tu regreso a Ís – Jano hizo ademán
de absorber de un tirón el café –. No. Tranquilo. Termínalo mientras te
acompaño hasta tu avión.
Se despidió con un fuerte apretón de mano de cada uno de los pilotos
(cuatro chicas y dos chicos) con cierta y sana envidia, y algo de nostalgia
recordando sus viejos tiempos, aquellos en los que perteneció a una
escuadrilla acrobática.
- Pal – decía algo dubitativo –. ¿Podría ser instructor algún día aquí?
- Puedes Ser lo que quieras, pero ahora céntrate en tu personal y
particular instrucción. Deja que cada cosa llegue en su momento. Ahora
concluye tus prácticas, luego tendrás tiempo de decidir qué quieres hacer con
tu existencia – concluía al t iempo que pasaban al hangar contiguo a través de
un portón encontrado en la pared común que compartían los mismos –. Bien,
Jano, ahí lo t ienes – señaló al VZ azul que anteriormente pudo ver –, vuela y
disfruta.
- Imaginé que volvería a hacerlo en el de color blanco, en el que volé el
otro día.
- Si es lo que quieres puedes hacerlo. Pero Pitt pensó que éste te vendría
mejor, ya que acaban de instalarle instrumentos nuevos. Entre ellos un
pequeño radar meteorológico con un alcance de unos cien kilómetros, y un
indicador de viento, de esa forma sabrás, en todo momento, en que dirección
te llega y con qué velocidad. Se ha preparado para poder realizar viajes a
mayor distancia. Con más comodidad. ¿Prefieres el otro? Siempre eres tú,
quien decides
- No. No, en absoluto. Si Pitt lo ha sugerido, tendrá sus buenas razones.
Los mecánicos estaban terminando de estacionarlo en el ext erior del
hangar. Ver ificaron algunos registros cerrándolos posteriormente. Jano,
seguido de Pal, procedió a realizar la revisión obligada antes de cada vuelo.
En la cabina comprobó el correcto funcionamiento de los anunciados cambios

149
bajo la supervisión de ella. Otra novedad la constituía los asientos
tremendamente confortables que siempre se agradecía. Miró su reloj,
efectivamente ella cumplió la promesa de no demorar su salida.
Jano ocupaba el inter ior del receptáculo dispuesto a la marcha. Pal, con sus
ojos incrustados en su rostro, permanecía muy cerca, anhelante.
- ¿Listo?
- Sí. Pero me gustaría hacerte una pregunta – dijo tímidamente.
- ¿Y a qué esperas? – respondió inquieta y solicita con la mejor de sus
sonrisas.
- Bueno… es algo complicado – decía sin atreverse a definir – Como ya
no eres mi instructora, o mejor dicho, como lo es Pitt, quizás… no sé si
debería… pero es que con él no me ent iendo bien – ella ciño su frente a la
espera de la pregunta que no llegaba, se inquiet ada ante la cuestión. ¿Sería lo
que ella imaginaba? ¿Se atrevería? Esta vez se negó a recibir posible lectura
de su pensamiento – Quiero decir que cuando Pitt explica algo t iende a
confundirme, o no lo entiendo correctamente…
- ¿Vas a preguntar de una vez, o seguirás con el preámbulo?
- Pal, la norma de vuelo de que “Todo es Amor” no la ent iendo tal y
como Pitt la explica, ¿podrías aclarar algo?
- ¡Ahhh, vaya! ¿Es eso? – Exclamó recomponiendo con gesto cálido –.
Pensé que me ibas a “declarar” algo dist into – Expresó simulando desencanto,
irguiéndose y dejando de apoyar sus manos sobre el fuselaje –. Supongo que
como es propio de él, habrá entrado a filosofar complicándote el sentido de la
frase. Pero es fácil, como otras veces te he dicho. Estás aquí para aprender
cómo reconf igurar un perf ecto vuelo, o lo que es lo mismo, como otras tantas
veces he repetido, y no me cansaré de hacerlo: qué es lo que te hará ser f eliz
en tu existencia. Por tanto, saber, conocer, comprender, asumir y llegar al
entendimiento de que “Todo es Amor”. Esto perf ilará a la perfección, y sin
discusión, la aplicación del resto de las normas en todo su conjunto. ¿Hasta
aquí todo claro?
- Sí.
- Imagino que el viejo, habrá realizado un símil entre el Amor y el aire;
entre volar y ser feliz. ¿Me equivoco?
- No.
- Típico de él. Se puede reducir lo que te haya expuesto a lo siguiente:
Para poder volar necesitas del aire, sin él es imposible. Del mismo modo para
ser f eliz, es necesario el Amor. O lo que es lo mismo, si piensas y actúas en, y,
siendo el Amor, la f elicidad es la única y posible consecuencia. Sólo y
exclusivamente f uncionado de esa f orma adquieres el propósito de tus vidas
en la existencia. ¿Claro?

150
- Sí. Pero en realidad no.
- ¿Cómo? – esgrimió con asombro
- Quiero decir que he captado la esencia de lo que has expuesto, pero que
pese a entenderlo, en realidad, para poder asumirlo es necesario conocer lo
que es el Amor. ¿No?
- Ufff, ahora magnifico tu problema – anunciaba llevándose sus manos a la
cabeza, aprovechando para recoger su cabello con un coletero de gomilla color
turquesa – Verás: no sabes lo que es el Amor, sí el amor – continuó midiendo
cada palabra –. Pero no quiero que ello produzca una invalidación en tu
discernimiento. Quédate por el momento con lo que has podido aprender,
inicia el vuelo, sumérgete en el aire, en el Amor, experiméntalo, será la mejor
manera de adquirir la expresión real de esta norma. ¿Entendido?
La miró escudriñando sus gestos; quisiera o no, le había dejado algo
estupefacto. Efectivamente había estrujado, en sus resumidas palabras, todo el
alargado y confuso discurso de Pitt. Pero intuía que tendría que estar muy
hábil para poder hilar con finura. Suponía que tras esas tres palabras se
escondía un mundo inexplorado. Seguiría el consejo de Pal a disgusto, sin
mucha convicción. Hubiese preferido despegar con un conocimiento superior
al respecto.
- Mi pregunta ha quedado resuelta, s i es a lo que te refieres; pero el
resultado de la misma ha atraído nuevas cuestiones, que no dudas. Pero te haré
caso, despegaré. Conf ío en ti.
- Gracias, Jano – pronunció dulcemente, acariciando su cara; su última
frase sonó a regalo inesperado –, pero s i no t e encuentras preparado para
volar, sería mejor que no lo hicieses. Es mejor…
- No tienes un por qué pre-ocuparte – cortó asiendo su mano e
impactando un beso t ierno sobre la palma –, te lo repito, confío en ti.
Despegaré sumergiéndome en el aire, en el Amor, hasta aprender la lección.
Pienso que al no tener rencor en mi corazón la clase será benigna. Gracias, nos
vemos, y de nuevo disculpa por lo de ayer.
- Espera, espera – insistía mientras su mano derecha aún era retenida
por la de Jano –, lo de ayer está olvidado, no lo menciones más, no tiene
sentido – esgrimía impr imiendo mayor velocidad a sus palabras, notó que el
alumno expresaba docilidad y mansedumbre en el acto del aprendizaje, que
había adquirido una nueva medida y extensión en su Ser, estaba alcanzando
una cota muy alta en su evolución tras liberarse del resentimiento que le
anclaba, y ese conjunto de actitudes reconfortaba todo el esfuerzo expuesto
desde que lo conoció. Por otro lado, añadía inclinándose sobre la cabina –.
Quédate con la siguiente idea: conf ronta al Amor de la misma manera que
encaras al aire en el momento del despegue, hazlo de f rente, siempre de

151
f rente. Cara a cara, sin miedo. Recuerda siempre, si te es posible, que el
Amor jamás puede asustar. Ya conoces las repercusiones de hacerlo con el
viento cruzado o de espaldas, lo mejor siempre es tenerlo de cara.
¿Entendido?
- Perfectamente. Gracias. Nos vemos. Que tengas buen vuelo con tu
equipo.
- Igualmente…
Soltó su mano con emoción contenida. Procedió a cerrar la cabina y
encender el motor auxiliar tras que ella se alejara tal y como es preceptivo en
esos momentos. El ejemplo ofrecido había sido muy gráf ico. El mensaje
quedaba grabado: ir siempre de cara; conf rontar el Amor a pecho
descubierto; aceptar el reto; cumplir con el desaf ío. En definitiva, para eso
estaba en Nairda. Y desde luego, reconocía que tendría defectos y fallos, pero
valentía y coraje no le faltaron nunca, y ahora menos.
En cabecera de pista recibió la autorización para el despegue a las cinco y
media. Introdujo toda la potencia. El VZ obedeció al instante. Al mismo
tiempo escuchó por radio como la escuadrilla acrobática requería
instrucciones para dirigirse a la uno seis izquierda, así como las que recibían
una pareja de hidroaviones modelo Catalina para el at errizaje tras el despegue
de su aparato. De igual modo, otros diversos tipos de aparatos notif icaban su
regreso y posiciones recabando la atención imprescindible de la controladora
de guardia. El ocaso se produciría en algo más de una hora, tiempo sufic iente
para llegar a Ís. Por nada quería quedarse sin luz solar antes de la vuelta. Las
instrucciones fueron claras: usar del motor para alcanzar los cinco mil pies,
continuar el ascenso conquistando los nueve mil con el único aporte de
corrientes de aire; luego, desde esa posición, iniciar el descenso para posarse
al primer intento. Y sólo usar el motor en caso de emergencia.
La escalada se planteaba s in lidia angosta, con sosiego, acorde al plan. El
zumbar suave y acaramelado del conjunto hélice-motor coloreaba placidez.
Cerró los ojos f orjando el vuelo. Visualizó el mismo sin soltar los mandos,
dejándose acariciar por los envites, a modo de aviso, que llegaban del contacto
con cada corriente de aire que cruzaba. La certeza de Ser el auténtico piloto de
sus momentos, concretaba el silencio, alguna vez interrumpido por las
comunicaciones entre la torre de Nairda y los tráficos de salida y entrada del
mismo. Ahora, ese mundo, aún cercano, no le perturbaba en modo alguno, se
sabía dueño del momento continuo que estaba experimentando con excelso
gozo. Volar un VZ constituía un placer que nunca antes acertó a saborear. Su
conciencia restablecía parámetros clarif icadores. Rememoró cada una de las
reglas de vuelo aprendidas, simples en un pr incipio, pero tremendamente
sustanciales en su desarrollo y asimilación. Todo ese cúmulo de enseñanzas,

152
recordó absurdo al principio de su llegada, iban encajando un puzzle de una
plasticidad def inida a la vez que práctica y efectiva. Abrió los ojos sólo un
instante cerciorando que el régimen de ascenso se mantenía de acuerdo a la
proyección mental perf ilada. Aquello le permitía seguir realizando sus
cábalas con su desarrollo mental. En ef ecto el primer principio era
incuestionable como los restantes, sea lo que piense eso seré, porque lo soy
desde el momento en que lo creo, al causarlo en el merecimiento y sin rencor,
siendo Amor en todo instante. El pensamiento crea mis experi encias, mi
mundo, mi universo personal. El pensamiento materializa. Soy lo que mi
pensamiento piensa que soy. De igual modo, todo ello es posible en la medida
en que crea, creándolo. Si no creo en algo que pienso, simplemente no es, no
será. Una vez que lo crea (de crear y creer), lo podré “ver”. De igual modo al
ser el úni co que puede di rigir mi s pensami entos, soy la causa de lo que me
suceda o sea. Si dejo que el pensamiento de ot ro se siembre en mí, me
convertiré en el ef ecto de otros. Y en la medida en que me atribuyo el
merecimiento de lo que considere mejor o más adecuado, eso poseo, alcanzo,
tengo, vivo, percibo, experimento. Y para que todo ello sea posible he
liberado el lastre del rencor, el pesar y el odio; peso que me imposibilitaba el
correcto f luir de mi conciencia hacia mi propósito. Pero para alcanzar el
cúlmen, he de entender que “Todo es Amor”, principio con el que concluyen
las normas de vuelo, y que es imprescindible, al igual que el resto, para la
consecución del f in único: Ser f eliz.
De tal forma martilleaba su lógica buscando engranar definit ivamente la
pieza que sabía le faltaba, cuando sonó un leve pit ido. Los cinco mil pies
habían sido sobrepasados. Era momento de apagar el motor. Un nuevo
silenc io mat izó con una presteza sin paliat ivos su naturaleza. Sentía en
cualquier parte de su cuerpo las mismas vibraciones que recibía su ligero
pájaro azul. Ambos estaban fundidos en el devenir que les ocupaba. Máquina
y Ser conf abulados, eran al unísono un conjunto sin diferencias. Su
pensamiento así lo manifestaba, y el resto de sus esencias aprendidas lo
atestiguaban. Sólo tenía que adquirir que todo lo que le rodeaba era el aire en
el que nadaba, y se zambullía. El aire que le atesoraba y sustentaba. El
elemento único que permitía el vuelo: el Amor.
Ese fue un instante único. Un aullido vociferante procedente de alguna
parte de su entendimiento hizo saltar las alarmas. Lo había captado. Ahora
comprendía. Sí, estaba en lo cierto, se repetía machaconamente. El resultado
era evidente: si pienso en Amor, todo lo que consigo es de igual modo Amor.
Sólo he de hacer eso, fijar el Amor como pensamiento. Es la pescadilla que
se muerde la cola. Por eso Todo es Amor. Por fin lo entendió. Estaba
pletór ico, no sólo por conseguir la cognición, sino lo más importante a su

153
juicio, haber descifrado el código auténtico que permite volar sin límites; ser
tan feliz como tan altas sean las cotas que se quiera. El puzzle se concluía.
Estaba seguro de ello.
El ascenso perduraba sin descanso, a la perfección. Nadar entre corrientes
se transformaba en una adivinanza rápida, al igual que el des lizar entre lianas
dentro de una espesa y fructífera selva fulgente.
- VZ, aquí Líder Azul, pasaremos por su amura de babor en un ascenso
con suficiente margen de seguridad.
- Entendido Líder Azul.
Los siete F-4 describieron una fabulosa f igura en su derrota. Aquel equipo
de vuelo acrobático seguía sorprendiéndole con entusiasmo, le encantaría
formar parte del mismo. La ejecución de cualquier pirueta jamás imaginada en
la mente, podía ser ejecutaba con precisión, elegancia, prontitud y perfección.
No sabía qué nombre le darían al conjunto de cabriolas y maniobras que, sin
aparente esfuerzo, ofrecían sin pudor o recato a su deleite.
Tan ensimismado estuvo en la contemplación de las evoluciones que
realizaron con todo lujo de detalle a babor y a estribor de su posición como si
de un espectáculo circense se tratara, que le sorprendió de nuevo el pitido de
aviso prefijado. Había llegado a los nueve mil. Sin apenas esfuerzos. Sin darse
cuenta. Estaba allí como hacía un momento parecía estar despegando. Guiño
el VZ a la izquierda buscando la localización de Ís. Según los cálculos
establecidos, si no estaba en la vertical, estaría muy próximo. Hubo de hacer
un giro más inclinado con el riesgo de perder altura, pero era vital encontrarlo,
el sol anunciaba su despedida con rapidez, con la misma que lo hicieron, al
parecer, los Phantom hacia escasos segundos, tras gimotear, danzar y, desde
luego, volar majestuosamente a su alrededor.
Terminado el giro sin localizar su destino, templó los nervios, pensó en sus
cavilac iones, pensó que Ís estaría ahí, pensó en lo mejor para él, pensó que lo
mejor era el Amor, y que eso debería encumbrar cada instante continuo de su
existencia. No tenía, por tanto, que perder el control. Giró a derecha con la
intención de realizar un giro de trescientos sesenta grados para escrutar todo el
alrededor. Pero no fue necesario. Ís apareció allí abajo. A esa altura asemejaba
el movimiento interno de una rueda de rodamientos con el espectáculo que
percibía. La maniobra que podía perfilar de los siete F-4, simplemente era la
más increíble que jamás hubiese imaginado. Los Phantom giraban con una
inclinación de casi ochenta grados alrededor de Ís. Le daban vuelt as dentro de
la hondonada que lo contenía. Asombroso, se dijo, aunque palabras no le
quedaron cuando al unísono aquellos magníf icos siete jinetes salieron todos a
una y en distintas direcciones formando un intervalo de espacio entre cada uno

154
de ellos exacta, reflejando una figura esbelta; el parecido era similar al del
rebote de una gota de agua contra un mar sereno y apaciguado.
Inclinó el morro del VZ apuntando al centro de su destino.
- VZ a Líder Azul, en descenso desde nueve mil por el este para
aterrizaje sobre Ís.
- VZ, dejamos espacio aéreo despejado.
- Líder Azul, transmita mis felicitaciones a su equipo, la exhibición ha
sido increíble. Gracias.
- A usted VZ, considérelo en su honor.
- Gracias. Ha sido un placer
Las luces del panel de control se encendieron automáticamente al detectar
el contraste con la escasa iluminación exter ior; proceso al que no estaba
acostumbrado, y del que nadie le advirtió. De igual modo la pista uno cuatro
se perfiló de múltiples aparentes adornos azules a ambos lados.
Aparato, piloto y asfalto se unieron en un beso perfecto dulce y sedante.
Posarse y deslizarse en silencio sin menoscabo de atropellar rodar sonoro
inquietante, es la definición más acertada del sentimiento soslayado por Jano
en el aterrizaje más armónico realizado hasta el presente.
La que consideraba su cabaña y refugio personal, prodigaba a su entender y
desde su posición exterior, una acogedora iluminación. Mayor asombro
constituyó el tacto percibido al bajar del planeador. No acertaba a creer lo que
sentía bajo las suelas de sus botas: césped. Césped húmedo y confortable. Una
fina, aunque espesa y dura hierba había sustituido al empecinado polvo al que
estaba acostumbrado. Conforme avanzaba camino de la choza comprendió que
un jardín fructífero de multitud de especies, igualmente, habí a sido instalado.
Por un momento aquello le pareció asombroso. Aunque a estas alturas nada
debía extrañarle en este maravilloso mundo donde Todo es Amor.
Pitt esperaba, risueño su entrada, y, por supuesto, los posibles comentarios.
La mesa estaba puesta con exquis itez. Un r ico olor a carne asada con
frambuesas, nueces y algún otro condimento que no acertó a descubrir,
diseñaban un ambiente entrañable, casi romántico.
- Sólo faltan las velas Pitt. ¿Acaso piensas flirtear conmigo?
- ¿Eso es todo lo que se te ocurre mencionar? – espetó con una carcajada
estruendosa.
Jano se contagió de su expresión al mismo tiempo que tomaba as iento
desplomándose sin fuerzas. Algo en la breve conversación le produjo la
pérdida momentánea de sus recursos energéticos para mantenerlo en pie.
El no podía percibirlo aún, pero el cúmulo de absorción de ideas del día,
junto a las experiencias vividas, le tenía en una nube de magnif icación. La
plasmación de todas las normas de vuelo le hacía sentirse eufórico, pleno,

155
vivaz, y por primera vez muy libre de ataduras y lastres. Se sabía Dios de Sí
mismo.
- Realmente, Pitt – decía intentando controlar su risa –, no esperaba
encontrar nada de todo esto; pero si a ello le sumo, que es la primera vez que
un hombre me prepara la cena, ofreciendo un recibimiento tan cálido… pues,
que me ha parecido chistoso.
- He de reconocer que a mí también me ocurrió lo mismo la primera vez
que me pasó – mencionaba sirviendo una copa de vino –, pero fue porque
nunca pensé que me merecía tal trato. Así que vete acostumbrado a que todo
en tu vida sea como tú quieres que sea, o creas merecerlo. ¿Entendido?
- Entendido, además observo que no dejas pasar una para dar puntada
sobre ojal.
- En eso tienes mucha razón. Ya sabes, defecto profesional, pero…
La frase quedó interrumpida por el estruendo precipitado de la pasada
fulminante de un reactor.
- Eso es un Phantom Pitt – reconoció sin dudar –. ¿Qué hace a estas
horas por aquí?
- Pues eso mismo es lo que quería decirte cuando nos ha int errumpido –
contestaba al levantarse con premura – hay que encender las luces de la pista,
va a aterrizar.
Desde algo más allá del porche, Jefe de Instrucción y alumno, seguían con
sus miradas la estela fumígena luminosa en su evolución del F-4 en el giro que
marcaba sobre la negra densidad buscando afrontar la uno cuatro.
- Te decía que es defecto profesional propio, el estar continuamente
hablando de lo que más me gusta, pero que esta noche la clase continúa,
aunque no conmigo. Así que más vale que busques o crees, hazlo como
quieras, unas velas y las enciendas. Tienes invitada. Espero que sepas
comportarte como ayer no lo hiciste. ¿De acuerdo?
No encontró respuesta. Jano había desaparecido. El anunc io de una cena
romántica con su instructora le sacó de su relajación y sosiego, provocando
una agitac ión desmedida e impropia en él. ¿Cuándo, anteriormente, se había
insuflado tanto por la apar ición de una mujer? Simplemente, no había registro
almacenado en su memoria que pudiera contrastar tal situación.
A su vuelta, tras preparar precipitadamente el resto de lo que esperaba,
podría dar un entorno más entrañable e íntimo; Pal, aún, no había concluido el
estacionamiento.
- Pitt, ¿Realmente Pal vuelve a ser mi instructora?
- ¿Tú que piensas? Al parecer aprendes mejor con ella, que no filosofando
conmigo.

156
- Yo nunca he dicho tal cosa – respondió un poco intranquilo ante una
posible mal interpretación de la conversación que mantuvo con Pal esa misma
tarde.
- Tranquilo, lo sé. Pero ella terminará de explicarte lo que queda de
lección. Creo que es la más adecuada para exponerte todo lo referente al
Amor, no al amor. ¿Tú que piensas?
No dijo nada. No hacía falta. No era necesario, todo se sobreentendía,
aunque Pitt, viejo zorro, adivinó que Jano captó sólo parte del mensaje, justo
la que posiblemente no fuese capaz de digerir después de los postres.

Cenaron en franca alegría, comentando los avatares de la jornada
sembrados de buen humor y cordialidad. Jano mostró especial interés por la
espectacularidad mostrada por la escuadrilla acrobática. Hizo hincapié en la
dificultad de los ejercicios que pudo contemplar con admiración, dada la
perfección y maniobrabilidad acrecentada por los que serían futuros
instructores. Pitt comentó el placer disfrutado al acondicionar Ís con mult itud
de elementos que serían apreciados con sustancial clar idad a la luz del nuevo
día. Ella fue receptiva a todos los comentarios y preguntas realizadas,
particularmente, las de su alumno; aunque estuvo especialmente cómplice con
las interpretaciones, algo sarcásticas y bromistas, de su jefe, que mostró un
carácter inusual y desconocido hasta el momento para Jano.
Transcurrida una hora y media, recogieron, entre todos, la mesa dejando en
perfecto orden el habitáculo. Pitt regresaría con el Phantom, tenía trabajo
pendiente, como siempre hacia constar. La furgoneta quedaba agregada como
elemento necesario a lo que baut izó como el nuevo Complejo Aéreo de Ís,
antes, una insignif icante pista de tierra, apenas usada. Significó la importancia
de dotarlo con un buen depósito de combustible, y un pequeño hangar donde
dar cabida a un camión cisterna, herramientas y materiales necesarios para la
atención a los aviones; debería tener espacio suficiente para almacenar a un
par de aviones de tipo medio. El aspecto exterior, desvencijado, de la cabaña
tendría que ofrecer una estampa notable, al igual que el interior. También sería
necesario un alojamiento adjunto para, al menos, albergar a unas diez
personas. La ejecución y culminación del proyecto fue encomendada a Jano,
quien entusiasmado acogió la idea con agrado y disponibilidad inmediata,
cuestión que frenó al instante, poniendo como condición que antes debería
dar fin al objeto que le trajo a Nairda.

Jano iba a proceder al apagado de las luces de la pista después de que el F-
4 despegó desapareciendo en la oscuridad reinante, pero Pal le hizo desistir al
comunicarle que ellos las necesitarían. La instrucción no había concluido.

157
- ¿Volar con un planeador en estas condiciones?
- ¿Por qué no? ¿Cuál es el problema, acaso no tienes a tu espalda un buen
número de horas de vuelo nocturno?
- Por supuesto, pero nunca en un aparato como ese, creo que no es lo más
oportuno, no están hechos para eso.
- ¿Eso piensas? Entonces tienes una visión limitada del vuelo que
desterraremos en breve. ¡Venga!, no te hagas el remolón y prepáralo, ahora te
alcanzo.
Inconcluso y perezoso obedeció. La desilusión se manifestó en sus anhelos.
Había pensado que pasarían una velada entrañable, quizá románt ica, donde
fuese posible expresar ciertas cuestiones que, a su juicio, estaban demorando
los dos.
Condujo el VZ hasta el inicio de la pista, realizó el chequeo final, met ió
gases suavemente. Despegaron en escasos doscientos metros.
- ¿Algún rumbo concreto? – Inquirió disgustado rompiendo el silencio
mantenido entre ambos.
- Mantén rumbo sur, uno ocho cero, elévanos a tres mil quinientos pies,
corta motor y asciende todo lo alto que puedas.
- Entendido. Procedo.
El planeador con energía, resuelto, bien configurado, fue conducido como
por arte de magia en un despegue perfecto.
Un negro, pero calmado espacio rodeaba el peregr inaje. Abajo, apenas
algunas luces se advertían. Atrás, la marcación la daban las luces de Ís; y,
bastante más lejos, se perfilaba la clar idad ofrecida por el enorme aeródromo
de Nairda. Parecía que todo ese mundo de acogida concluía en ese corto
espacio. Del resto apenas conocía nada, ni tan siquiera sabía hasta dónde
alcanzaba las fronteras o los límites si es que los hubiera. El cielo, por otro
lado, despejado e iluminado por un par de lunas muy juntas, facultaba a la
perfección un panorama repleto de estrellas, algunas formaban grupos muy
compactos. Otras, perfilaban f iguras de difícil def inición que fueron descritas
y especificadas por Pal para su correcta orientación para que en el caso de que
quedasen sin instrumentos de navegación, pudieran guiar les en su regreso.
Llegó el momento de apagar el motor para escalar aquel cielo incierto y
desconocido exclusivamente a base del aprovechamiento de las corrientes de
aire.
Volvió a mirar hacia atrás. Ís aún era perceptible, el resto podía definirse
por escasos y minúsculos haces refulgentes.
- Deja de mirar por popa y hazlo a babor – indicó Pal.
El descubrimiento fue sencillo a la par que ilustrativo. Estaba tan pendiente
de lo que dejaba atrás, que el nuevo paisaje aparecido como de la nada no fue

158
apreciado pese a estar en vigor desde hac ia var ios minutos. Un inmenso lago,
en paz, ref lejaba como un espejo las caras resplandecientes de las lunas. Una
imagen parecida llegó a su mente. Recordó un vuelo nocturno cuando era un
simple alumno. Tuvo que realizar un trayecto corto entre dos aeródromos
militares, el primer tramo transcurrió sin novedad. Aterrizó, cargó carburante
y de nuevo al aire; pero algo que todavía no entendía, le hizo desviarse de la
ruta de regreso, y estuvo perdido durante veinte minutos, hasta que divisó un
caudaloso río advertido por la luminaria de la luna de su anter ior mundo.
Aquello le permit ió or ientarse. Localizó el cauce en el mapa, trazó
coordenadas, con ayudas de dos radiobalizas establecidas en tierra delimitando
su posición, lo cual permitió establecer su exacta posición desde la cual poder
emprender rumbo de vuelta. Nadie se enteró, y a nadie not if icó su extravío,
cuestión que palió al incrementar la velocidad de su avión recuperando el
tiempo perdido.
- ¿No te parece hermoso?
- Lo es, Pal. Sin duda lo es. He recordado algo similar de mi anterior
vida…
- ¿Disfrutas del vuelo?
- Sí, por supuesto. Aunque al principio no me apetecía, pensé…
- Sé lo que pensaste porque te dir igiste de nuevo hacia mí. Así que si
quieres hablar de ello, hazlo, tenemos tiempo, además la noche acompaña.
¿No es romántico acaso el ambiente que nos envuelve? Fíjate, un vuelo
nocturno, saboreando el silencio absoluto, rodeados de tanto esplendor y
belleza, ascendiendo sin esfuerzo, dejándonos llevar plácidamente a través del
aire que nos conduce con dulzura. En fin, creo, que es el mejor lugar para que
declares lo que pensaste. ¿No te parece?
No. En absoluto, pensó. De nuevo olvidó la dichosa facultad de su
instructora. Estaba furioso por verse desnudado de sus más profundos
sentimientos.
- Bueno, supongo – respondía procurando desviar la atención sobre su
verdadera intención –, que te refieres a eso que mencionaste de que he
entendido el signif icado de la últ ima regla de vuelo, la de que “Todo es
Amor” o viceversa, es decir que el Amor lo es Todo – continuaba con una
pausa medida –, aunque en realidad el concepto de la palabra Amor no está
comprendido – pronunció suspicazmente –. O dicho de otro modo: no
conozco lo que es el Amor, y espero que tú me lo demuestres con tus
enseñanzas – respondía con sinuosidad picarona.
Ella captó sus intenciones, pero avezada en la lucha cuerpo a cuerpo, con
muchas y largas horas de instrucción, le encaró en una envolvente medida.

159
- Así es. Para eso estoy aquí. No para lo que tú imaginaste que podría
ocurrir en la cabaña cuando Pitt marchase. Así que empecemos, si estás listo,
claro. ¿Lo estás?
Su respuesta era igual de ruidosa y desconcertante que el silencio que les
sostenía, y más profunda y evidente que la manifiesta oscuridad creciente
conforme la altura se incrementaba.
- De acuerdo. Doy la callada por respuesta. Espero no haber her ido tu
orgullo masculino, no lo pretendía; pero es evidente que todavía no sabes
tratar a una mujer…
- ¿Por qué aseguras eso? – cortaba la comunicación ofreciendo un tono
conciliador –. ¿Acaso crees saberlo todo de mí como para poder juzgarme?
- ¿Has terminado de interrumpir y exponer, o falta algo más? – advertía
tajante.
- Sólo digo que estamos alcanzamos los ocho mil pies ¿Qué hago? –
comentó procurando quitar hierro.
- Atente a las instrucciones, subir cuanto puedas, así de simple. ¿Algo
más, o soltarás alguna otra novedosa payasada estilo machista?
Aquello le llegó muy adentro. Pal no bromeaba. Negoció consigo mismo la
paz determinando ceñirse a la clase. Por un momento pensó que el vuelo se
convertiría en una cita especial en las nubes, y era evidente que los derroteros
no circulaban por dicho carril. Debió acelerar sus conclusiones precipitándose
como tantas veces en el trato con las mujeres. Recapituló. Pal no debía
experimentar la misma emoción que él. Tendría que olvidarlo.
- Entendido. Mant engo régimen de ascenso y rumbo – espetó resolutivo,
dando por finalizado el intento de cortejo y apareamiento lament ablemente
descubierto –. Explícame todo lo que me queda por saber al respecto, y
volvamos cuanto antes, estoy cansado – expuso determinado.
- Si es lo que quieres, hazlo – emitía con suavidad –. No hagas lo que en
realidad no quieras hacer. Si estás cansado para continuar, da media vuelta.
Es tu decisión, y la respetaré. No hagas lo que no quieras hacer.
El VZ proseguía su deambular inc linado como si no fuese gobernado. Sus
tripulantes parecían no encontrase allí, ni en ningún otro sitio. Ambos
experimentaban cierta molest ia. Pal volvía a encontrar a un Jano enfrentado,
distante; un alumno, un hombre, un Ser, por el que tenía la obligación de
cuidar y guiar, sin olvidar siempre el respeto a la libertad y la voluntad del
mismo. Sabía perfectamente que recordarle estos valores, eran parte esencial
de lo que él aún no conocía sobre el Amor.
Él sinceramente no quería retornar. El vuelo estaba siendo realmente
hermoso, confortable, plácido, exceptuando las pequeñas discrepancias
surgidas al no querer reconocer sinceramente el fruto de su pensamiento. Junto

160
a ella se sentía seguro en medio de una negrura a la que no hubiese escalado
en solitar io. Revisó. Su mente extraía cada momento pasado a su lado, las
conversaciones, las miradas, sus lindas sonrisas, el enfado desmedido hacía
escasas veinticuatro horas provocando el alejamiento de su presencia.
¿Cansado? Sí lo estaba, pero no más que otras muchas ocasiones. Además ella
pasó el día entero volando y enseñando. Seguramente tendría ganas de dormir
y no de yacer; sin embargo cumplía con su estatus, seguía perseverante
mostrando las lecciones que debía tomar. En definitiva, recordó, bien
asimilado, que llegó por voluntad propia. Y no debía mostrase, en modo
alguno, desagradecido o distante. Tenía que romper la s ituación. Al fin y al
cabo, seguir disfrutando o volver sin más, era una determinación otorgada a su
deliberación.
- Lo siento Pal. Creo que sobrepasé algunos límites. Disculpa. Quisiera
que retomáramos el curso de la navegación, justo hasta donde nos lleve.
¿Estamos a tiempo?
- No lo tomes a mal, ni con un sentido peyorativo, pero me gustaría
comprobar cómo sí, repito, sí rompes cualquier límite. ¿Te has dado cuenta
que hemos ascendido por encima de los diez mil?
- ¿Diez mil pies? – Indagó alertado ratif icando la lectura del anemómetro
–. Pal, sabes que por encima de este techo necesitamos oxigeno, y el VZ no lo
posee, tenemos que descender o tendremos una hipoxia.
- Tranquilízate. Confía – proclamó reteniendo, al instante, los mandos
ante el intento del alumno de ejecutar un descenso inmediato –. Ya sabes que
“Todo es Amor”. Fija tu pensamiento en ello. Acepta que en el Amor todo es
posible, y no nos faltará el oxigeno. Si todo lo que necesitamos para volar es
el aire, piensa que mientras estemos en él, nada faltará – continuaba despacio,
dándole a cada palabra sentido pleno –, y por último, amolda el símil, si lo que
necesitas para ser f eliz es Amor, y el Amor lo es Todo, mientras estés en Él,
cosecharás tu propósito, siempre. Por tanto, el riesgo de hipoxia,
simplement e, es inexistente. Recapacita. Mide mis palabras. Sabes que tengo
razón. ¿Acaso crees que arriesgaría el vuelo de no estar segura de lo que digo?
Obedeció al instante. Si ella lo decía, creía. Centró su pensamiento en el
anális is de lo mencionado, escrutando, extrayendo las necesarias conclusiones
racionales que fuesen el nuevo objeto de su tranquilidad y no, exclusivamente,
la ciega confianza depositada en su entrañable instructora. Notaba que su
ritmo cardíaco había aumentado desde el momento de alarma, pero que
conforme el planeador, con soltura y gracia, seguía ascendiendo suavemente,
como lo hace un ascensor de un enorme rascacielos, y el anemómetro
reflejaba el incremento porcentual de pies ganados, fue normalizándose. El

161
oxigeno llegaba a sus pulmones, fulgía hasta sus células sin detrimento alguno
en sus facultades físicas, mentales o racionales.
- ¿Te encuentras lo suficiente tranquilo como para tomar los mandos?
- Sí. Suéltalos. Ya son míos.
Pal dejó pasar el tiempo lucrándose al tiempo del esplendor que lucía
alrededor. Buena conocedora del comportamiento, sabía que su alumno estaba
sosegando su temple, creyendo en sí, en sus posibilidades, en el poder
recientemente descubierto. Ella también pasó por circunstancias parecidas.
Tendría que tener paciencia. Ya daría él el siguiente paso. Aunque estaba
deseando escuchar su voz grave, a veces áspera, en ocasiones inquietante,
pero, especialmente y cada vez más, mansa y serena.

Pasó algo más de una hora. El VZ raspaba la cota de los veinte mil. Todo
un portento para tal diseño, y un asombro asimilado de que no le faltaba aire
que insuflar a su cuerpo. Jano estaba plácido y gozoso de la noche que
disfrutaba como nunca antes recordaba haberlo hecho. Confiaba en su
capacidad por encima de la fe sin medidas puesta en Pal. Comprobaba que él
tenía el poder de transf ormar, de hacer y realizar cuanto pensase, siempre
que lo hiciera basado en el Amor. Una dimens ión de ilógica lógica
conformaba un acierto en los atisbos que le tuvieron ocluido. Su despertar
hacia la auténtica magnitud que confortaba el dominio de la existencia estaba,
definitivamente, asentándose con firmeza y solidez. Ahora, como nunca,
entendía y comprendía el por qué, y el cómo dirigirse para alcanzar las cotas
que siempre estuvo buscando y contra las que tropezó. Ya tenía la guía, el
manual, el mapa y el plano que le mostraban el sendero para sus conquistas
personales. Podía ser f eliz, alcanzar su extensión y signif icado, aplicando
cada una de las enseñanzas adquiridas, pero f undamentalmente, y eso le
había quedado rotundamente claro, con la aplicación simultanea de cada
norma, en especial con la última que englobaba y resumía las anteriores. Por
fin adquirió el dominio de la palabra Amor, o al menos eso creía. Pero tendría
que corroborarlo, y para ello, ¿quién mejor que Pal?
- ¿Recuerdas – preguntaba rompiendo el silencio que acompasaba el
vuelo –, el comienzo de nuestra conversación?
- Perfectamente, ¿por qué?
- Dijiste que había asimilado la sexta norma, pero que aún no sabía o
conocía el verdadero significado de la palabra Amor, sí en cambio la del amor.
¿Podrías ampliar? Quis iera darle solidez def initiva a todo lo que me habéis
enseñado.

162
Era justo el momento de empezar con el final de la instrucción. El alumno
estaba preparado para recibir los últimos detalles que matizarían su futuro tal y
como lo quería.
- Efectivamente, y para hacerlo hay que concretar ciertos detalles. No
aceptes lo que diga sin que alcances a vislumbrar y conquistar con certeza
cada uno de los f lecos que ello conlleva, ¿de acuerdo?
- Bien. Continúa. Soy todo oído y entendimiento.
- Adquirir el dominio de que “Todo es Amor” implica saber, digamos,
unos apéndices. En primer lugar Amor o Amar, que no amor o amar, se basa
en el respeto prioritario a uno mismo. Has de amart e en primer lugar,
aceptándote, respetándote, cuidándote, mimándote, aunque pueda parecer
egoísta, que lo es. Si no te respetas y Amas, es imposible encontrar eso en los
demás o en tu peculiar universo. Como consecuencia, podrás hallar el Amor y
el respeto en la medida en que lo hagas inherente a tu Ser, como si de una
disciplina se tratase. ¿Captado?
- A medias. Veamos. ¿Qué quiere dec ir exactamente eso que mencionas
de aceptarse, respetarse, cuidándose y mimándose?
- Sencillo. Has de procurar lo mejor para ti. Has de hacerlo, aunque
parezca intransigente, no cediendo o concediendo cuestiones, hábitos o
circunstancias que no te reporten bienestar, salud y armonía. Es base
imprescindible. Ese respeto hacia ti, necesita apartar cualquier
entorpecimiento en tu andar hacia tu propósito: la felicidad. De tal f orma que
al aceptar la premisa se obtiene el siguiente resultado: podrás dar lo que
justamente poseas. Al estar bien contigo, podrás estar bien con todo. O dicho
de otra f orma, no podrás otorgar nada distinto de lo que en ti no se halle.
¿Quieres paz? Dátela desalojando lo que no te lo ofrezca. ¿Sigo?



Sexta jornada. Madrugada. Espacio aéreo de Ís

La respuesta no llegaba. Jano permanecía anotando, digir iendo y aceptando
en su lógica y a la luz de la conciencia esas af irmaciones. Encajaban. La
plasmación ofrecía un cuadro repleto de posibilidades. Jamás pensó que
fuesen tan fáciles las cosas. No obstante, percibía que otros detalles ampliarían
el nuevo dibujo que se estaba describiendo.
Miró el anemómetro. Treinta y dos mil y subiendo. Volar en el VZ era todo
un prodigio no soñado, pero real. Aún en la inmensa oscuridad donde
declinaban, la mente se adornaba con destellos lustrosos. Su entendimiento
florecía con cada una de las explicaciones arribadas.

163
- Perfecto. Lo tengo. Continúa por favor.
- Luego estaría algo muy s imple, pero que muchos no alcanzan a
dilucidar al princ ipio. Es el encuentro con algo que cuesta trabajo aceptar,
sobre todo, cuando el fruto del recibimiento no es agradable. Me explico:
para recibi r hay que dar, y en la medida que das, recibes; recuerda la
tercera: ser la causa de los ef ectos. De la misma f orma, y como extracto de lo
anteriormente expuesto, no puedes dar lo que no posees. Si por ejemplo, no
tienes paz y serenidad en tu vida, no puedes transmitirla; como consecuencia,
lo que se obtiene, es la misma medida de lo que albergues, y aquí ent ra en
juego lo que podríamos def inir como la ley de la af inidad, que explicaré en
breve. Sólo quiero que en estos momentos adviertas que recibi rás justo lo que
puedas dar, y que no podrás pedir lo que no estés dispuesto a dar o no poseas
y seas en tu Ser…
- Espera un momento, Pal, que me pierdo. Perdón por la interrupción.
- Tranquilo, Hazlo cuando lo consideres oportuno, estamos en clase.
- Lo último es lo que me ha dejado pensat ivo. ¿Cómo es eso de que no
puedo pedir lo que no esté dispuesto a dar?
- Bien, has sido un poco impaciente – manifestó tolerante –, pues estaba
a punto de explicarlo. Pongamos otro ejemplo: si quieres tener en tu vida algo
que quieres, podrás siempre conseguirlo y obtenerlo, siempre que estés a la
altura de lo que en realidad solicites. Pese a todo, sea lo que sea, se otorga.
Aunque la cuestión estriba en que cuando lo encuentras no sabes apreciarlo o
poseerlo, pues no estás en la mi sma medida, es decir, depende de tu nivel de
CONCIENCIA. ¡No! ¡Espera! – Dijo ante el resoplido trasmitido a través de
los cascos –. No interrumpas, sé a dónde quieres ir a parar. Por experiencia
sabes que algunas cosas de las que puedas pedir desear o anhelar, no se
conquistan, y es correcto. ¿Por qué? Nuevamente sencillo: es tal lo que se
quiere, que no se está en absoluto, mínimamente, preparado para sopesarlo.
Es decir, no podrás alcanzar una cota superior a los diez mil pies si no vas
preparado con el oxigeno necesario para poder seguir respirando. ¿Entiendes
todo?
- Entonces, ¿Por qué respiramos sin equipo cuando estamos a más de
cuarenta mil pies de altura? Y otra cuestión que llega de golpe: ¿por qué se
manifestó todo lo que pensé que quería hacer con la pista de Ís y el resto de las
cosas que conseguí materializar de la nada? ¿Estaba a la altura de las
circunstancias para recibir lo? Pues entiendo que no.
- Estás en una Escuela de Vuelo. Estás aquí para recordar lo que no
pudiste recordar, para aprender las reglas de vuelo, los principios por los que
se rigen tus experiencias en las vivencias percibidas en vidas. Por tanto, al
estar practicando, la facilidad para la consecución de los resultados es más

164
fácil, no obstante, has de reconocer que has ido cosechando en la medida en
que has ido sopesando correctamente las normas. No se te borre lo que me
pasó a mi llegada, estaba tan ocluida que no podí a exper imentar. Yo tuve que
empezar por aprender a descargar el resentimiento para poder practicar el
resto del conocimiento. Cada Ser es distinto en f orma, aunque en esencia Es
lo mismo, y cada uno tiene un proceso dif erente, propio, pero esto es algo que
en otro día entraremos. Pero no quiero terminar sin apuntalar que no hay que
f ijar la esencia de las reglas del vuelo, o de la vida, en cuestiones
exclusivamente materiales, pues lo externo nunca conf orta lo interno. Lo
interno, el pensamiento plasmado de Amor manif estará el exterior, pero
nunca a la inversa. ¿Serías capaz de realizar un breve resumen?
- ¿Puedes darme algo de tiempo?
- El que necesites. No lo tomes a modo de examen. Sólo quiero
comprobar cómo vas, y en esa medida podemos seguir cimentando con
firmeza.
Jano comprobó su reloj, no creía que el de la pantalla tuviese razón. Los
dos marcaban las dos menos diez de la madrugada. Asombroso. El t iempo se
consumió sin pesar. El cansancio se había esfumado. El sueño no anunciaba su
visita. La noche marcaba paz. Felicidad era la conclusión de su escrutinio. El
planeador y él, se fueron acostumbrando a palpar las corrientes de aire que le
procuraban el ascenso de forma segura. A cada incipiente golpe de las
mismas, obedecía aferrándolas, dejándose impulsar hasta el encuentro con otra
similar. La diferencia entre las frías y calientes eran resueltas sin problemas,
como si la t emperatura de las mismas llegase a su cuerpo; se sentía un
termostato que calibraba la calidez de las que le hacían subir, y de las frías,
que procuraban el efecto contrario.
- Bien Pal. A ver qué tal llevo la clase. Resulta que para saber lo que es el
Amor, lo primero es el respeto y aceptación a uno mismo. Quererse, amarse
apartando lo que no procure la f elicidad. Por consiguiente, sólo tendré más
de lo mismo. Además, captó que podré dar el Amor que posea, ni más ni
menos, y que en esa justa medida, recibiré. Consecuentemente, cuanto más
crezca siendo el auténtico signif icado del Amor, lo viva, lo cree, lo sienta y lo
experimente, mayores serán las posibilidades de conseguir resultados
similares. Y si quieres un resumen más corto, podría decir que cuanto más
alto sea mi Amor, menores serán las alternativas de encontrar algo distinto al
Amor, de tal f orma que recibi ré en la medida de mi altura en el Amor. Sin
olvidar que lo exterior es el amor y lo interior es el Amor, por lo que he
podido deducir. Lleno de Amor en mi interior, se plasmará en el exterior en
esa misma medida tanto en lo material como en lo espi ritual de acuerdo al
nivel de conciencia desarrollado desde el Ser en Amor. ¿Te sirve?

165
- Bueno no es incorrecto. Pero creía que podrías haberlo acortado tanto
como lo siguient e: Piensa sólo en Amor, y esa será tu consecuencia: tu Ser.
- Esa conclusión ya la extraje anter iormente, tan sólo que no lo he
manifestado, pero te aseguro que tuve esa cognición como la mayor verdad
posible de alcanzar. Aunque entendí que solicitabas una exégesis de lo que
hemos hablado durante la noche.
Ella r ió complacida con una buena carcajada de complicidad provocando
un sonido idéntico en la parte delantera de la cabina. Aquello contribuyó a
soltar cierto lastre después de explicaciones tan f ilosóficas y metafísicas. La
consecuencia inminent e fue la entrada en una extensa conversación sobre
algunos incidentes sucedidos desde su llegada. Pal refirió algunas
experiencias, ya lejanas, de su época de alumna.

Así se extendieron hasta las tres y diez de la mañana, sobrepasando los
sesenta mil pies, techo considerablemente extraordinario, a la vez que casi
impensable para un planeador. Cesaron los comentarios y las risas. Pasaron
instantes no calculados sintiendo el vuelo, contemplando la lejana superficie
desde la que partieron hacia casi seis horas.
- Pal, ¿continuamos el ascenso?
- Con el ascenso, la clase y un nuevo amanecer – pronunció con dulzura
y romanticismo –, y quisiera que la formación se concluyera hoy. ¿Te
apetece?
- Como guste usted señorita instructora.
Pal notó a la perfección el tono melódico en que se dirigió. Incluso percibió
que hacía muchísimo tiempo que nadie le decía señorita de esa forma.
- ¿Listo? – concluyó tajante, acompañando la cuestión con una palmada
sorda y sonora.
- Listo.
- De acuerdo. Quedé en explicar lo que era la ley de la afinidad. Como
podrás observar, cada una de las cuestiones que estoy tratando se resumen en
el pr incipio que las genera, sólo son ligeros matices para su correcta
apreciación y puesta en uso. Incluso al detenerte en cada cuestión mencionada,
deducirás que el contenido del mismo se inscribe en alguna de las cinco
primeras normas. Llegado a este punto, y rozando el techo de los setenta mil
pies, puedo definir tal ley como la capacidad de atraer a tu vida aquellas
manif estaciones que son similares a las que tu posees y/o Eres. Es decir, en tu
mundo personal e íntimo, sólo existirán personas que actúen y vivan como tú
piensas y realizas. Encontrarás lo que Eres. ¿Visto?
- En definitiva es una ampliación de lo anter ior, sólo tendrás lo que eres
capaz de dar en f unción de lo que ya Eres en tu Ser. ¿No?

166
- Matizando, recibes lo que das, eso concluiría los tres postulados
explicados. Al aceptarte y respetarte a ti, y dar lo que tienes para recibir, sin
buscar necesariamente lo mismo, como consecuencia at raes lo mismo que
eres. Sólo se recibe en la medida en que se posee en el Ser y se Es. ¿Correcto?
- Entendido. Perfecto. Esto cada vez cuadra mejor. Parecía complicado al
inicio, pero la resolución se torna indescriptiblemente sencilla.
- Más, pues podrás apreciar y ahondar conforme avancemos. ¿Seguimos?
- Sí, no hay inconveniente, pero, ¿no es excesivo que estemos a ochenta
mil pies?
- ¿Por qué? ¿Acaso conoces la medida de la atmósfera de este mundo?
¿Sabes dónde concluye su extens ión? ¿O estás comparando con respecto al
anterior donde viviste?
La última cuestión le hizo recapacitar. Efectivamente, las medidas
aplicadas eran las que conocía. Por tanto, y de igual modo, el efecto de
hipoxia podría no suceder a partir de los diez mil pies, aquí podría ser bien
distinto. Por un instante sintió algo de miedo, pero decidió seguir confiando,
ella no le engañaría.
- De acuerdo, continúa, sólo fue una sugerencia que se ha olvidado.
Gracias.
- De nada, piloto – respondía sin la acostumbrada coletilla, cuestión que
agradó al que se consideraba hasta ese momento un pilotillo – El siguiente
secreto del Amor es la plasmación de la tolerancia y la solidaridad. Ambas
virtudes caminan juntas, adheridas. Son condición sin la que es imposible
crecer y ascender en el Amor. Si quieres volar, recuerda, has de usar el aire;
de igual modo y lo traigo a colación a posta, para ser f eliz sólo es necesario
usar el Amor. Pero bien usado, es aplicarlo de la forma concreta que estoy
especif icando; por tanto, mostrar capacidad para adaptar los modos y usos
de los demás sin despreciarlos, acogiéndolos con respeto, sin menos cabo ni
acritud, procurando en la medida de las posibilidades compensar, paliar,
ayudar o dar las cuestiones o alternativas necesarias para solventar las
carencias que encuent res en tu deambular, sea donde sea, y con quien sea. Y,
siempre, por supuesto, con respeto a la libertad y voluntad ajena; esto es algo
imprescindible para poder usar el Amor con solvencia. Los f rutos se
recogerán en abundancia. Ésta es la mayor bendición que se obtiene al ser
tolerante y solidario. Has de saber que siempre, repito, siempre, se cosecha el
ciento por uno, si empre; que no se te olvide. Planta la semilla del Amor, y el
f ruto será increíble y maravilloso. Planta la del odio y el rencor, y de igual
modo la recolección podrá parecer increíble al mi smo tiempo que
devastadora. ¿Qué te ha parecido?
- Tremendo. Casi parece una sentencia.

167
- Es, en realidad la advertencia del incorrecto uso del Amor, o lo que es
lo mismo, la aplicación de algo que no es Amor. Porque el amor es
simplemente un apego. ¿Te gusta más este punto de encuentro?
- Afirmativo.
- Veamos cómo acoges lo próximo: Tolerancia y solidaridad son,
siempre, aplicable mejor con la aplicación de la comunicación, es decir,
saber escuchar y dialogar encontrando el consenso y puntos de encuentro
desde los que pivotar hasta el benef icio de todos. Comunicarse, no es sólo
charlar, es hablar con sentido, escuchando de igual modo, con interés,
captando lo que quieren t ransmitirnos, ponerse en su lugar, hasta asegurarse
de que se entiende la problemática. ¿Pillado?
- Afirmativo.
- Todavía queda más al respecto. Puede ser impactante, pero es
concluyente e inexorable: el Amor es f undamentalmente comunicación.
¿As imilado?
- No tan bien como los cien mil pies conquistados.
- Bien. Retrocedamos un poco. Recordemos que damos lo que tenemos
y, como consecuencia, atraemos la mi sma medida; de aquí quiero que
entienda que el dar no es sólo un hecho material exclusivo, la realidad es más
bien distinta, si la percibimos desde el punto de vista de la comunicación.
Reseña y f ija con exactitud lo que comunicas, lo que transmites, lo que tu
pensamiento exactamente está def iniendo y, posteriormente, conf igura en
f rases, af ectos o cualquier otro elemento de plasmación. Podemos decir, por
tanto, que la comunicación es cualquier lenguaje que se use, y sea el que sea,
transmite lo que posees y eres. De tal manera que si comunicas Amor, sabrás
cual es el resultado. ¿Entendido ahora?
- Inf init amente claro. Mucho más que entender cómo a estas alturas
siguen existiendo corrientes de aire calient e que nos permita subir.
- Ya mencioné que comparas lo que sabías, con algo que aún no
alcanzas a conocer. Todo es Amor, Jano, Todo. Entiéndelo de una vez. Si
estas navegando en el Amor, nada te f altará, nada. Conf ía en Él, y no habrás
de pre-ocuparte por el resto. ¿Sorprendido?
- Gratamente, Pal. Gratamente. Puedo asegurar, creo, que esto último
define la esencia de este último capítulo.
Las carcajadas sonaron acordes, y múltiples. El silencio marcado era roto
en aquella extensa inmensidad, llegando a sus oídos en forma de eco
señalando las cuatro en punto. Quedaban dos horas para el amanecer. La
placidez adornaba, como guirnaldas de flores mult icolores en una corona, la
felicidad desbordante en dos corazones volando muy alto; tanto que Jano
desistió de atender a las marcaciones ofrecidas por el anemómetro. Dejó que

168
el t iempo furtivo corriera al galope. Aquellos momentos merecían la pena
¿Por qué tendría que pre-ocuparse? ¿Qué tenía que perder, si a cada pie
conquistado su dicha se duplicaba?
- ¿Continuamos piloto, o debería decir astronauta?
Nuevas risas asociadas inundaban el espacio que los contenía
rebosándolos.
- Cuando quieras Pal. Pensé que iba a ser un vuelo corto, por el
contrario es el más largo que he realizado desde mi incorporación, y también
el que más he disfrutado, sin detrimento de los demás, incluido el del primer
día que fue calamitoso, pues me ocurrió algo desagradable: mi instructora me
abandono en mitad del viaje saltando en paracaídas, y luego me dijo que se
había bajado antes de despegar…
Pal aceptó con agrado la broma. Sus emociones se expandieron a rienda
suelta. Ella perfiló el momento de entrar a saco con otra cuestión de
importancia. Jano había adquir ido por fin, sentido del humor, dejando su
tosquedad y seriedad en algún lugar de aquel cielo escalado. Sus risas los
contagiaban mutuamente.
- ¡Para, para por favor! – exclamaba quer iendo encontrar el espacio
necesario para su exposición –. Puede parecer tener gracia lo que voy a decir,
pero también es verdad – decía escuchando cómo se apagaba, poco a poco, la
risa de Jano ante su requerimiento –. Escucha atentamente – ordenaba
advirt iendo la persistencia de emociones –. Sé que es el instante preciso para
que sepas una de las mejores características, algo que def ine y localiza a la
perfección el Amor. Quiero que aceptes esto, al igual que el resto, como una
cuestión muy seria, y real: el Amor siempre está de buen humor y siempre
sabe reír, simplemente, porque si Es el Amor, no puede ser otra cosa que su
propia manif estación en alegría.
El estallido de sus gargantas, irrumpieron estruendosamente, hasta alcanzar
cada uno de los remaches del planeador. La circunstancia lo merecía. Estaban
felices, muy felices. Albergaban plenitud en su comunicación. La chispa
estaba suelta y viva. Simplemente volaban en armonía y paz. En esencia
volaban felices en el Amor, ejercitándolo. De una forma diametralmente
opuesta a la que tenía planeada Jano para aquella velada sin velas, pero con un
cielo repleto de estrellas.
- Bueno Jano – interpuso tras una pausa serena en sus jolgor ios –.
Tenemos que regresar, son las cinco de la mañana, hay que dormir algo; si no
fuera porque Pitt nos espera para almorzar podríamos continuar. Desciende
con un régimen de mil cien pies por minuto y fija rumbo en tres cuatro cero.
- Recibido – contestó sin réplica comprobando una altitud de algo más
de ciento doce mil pies. Hizo un cálculo rápido extrayendo el tiempo que se

169
emplearía en tocar tierra –. Tardaremos una hora y cuarenta minutos en llegar
a Ís.
- Así veremos el amanecer en todo su esplendor ¿te apetece?
- Eso siempre es un placer que muy pocos pueden contemplar desde las
alturas. De acuerdo Pal.
- Un lujo real es comportarse con honestidad, nueva clave para el
correcto uso del Amor. Sé siempre honesto, y des-pre-ocúpate de lo que pueda
suceder, siempre será lo mejor.
- Si es la honestidad una nueva característica del Amor, ¿Podrías
definirla? Por favor, después de tantas horas sin parar, la mente esta algo
espesa.
El descenso requerido para cumplir con el régimen ordenado forzaba un
picado de unos treinta grados que tendría que ir corrigiendo para que la
velocidad no excediese los límites estructurales y aerodinámicos. Cuestión
poco relevante dado el escaso peso del aparato. Aunque lo importante
consistía en poder recoger el avión sin que la velocidad se sobrepasara, pues
las enormes alas serían forzadas con un posible quebranto de las mismas.
- Más que una def inición, es un modo de comportamiento. Es responder
de acuerdo a las normas que rigen provocando únicamente aquello que es
digno de respeto hacia ti y hacia los demás. Es también el respeto al código
moral que se establece de f orma voluntaria entre las Seres para producir
únicamente f elicidad, paz e igualdad. Es, en def initiva, hacer cualquier cosa
que se emprenda para bien, procurando cotas de f elicidad, sin mentiras, sin
ocultaciones, sin humillaciones, sin menosprecios. Es producir, con tus actos
y plasmaciones, benef icios; no destrozos. Es como ninguna otra cuestión,
tratar como te gustaría que te trataran. Honestidad es, concluyendo, englobar
seis claras connotaciones: sinceridad, conf ianza, respeto, integridad, lealtad y
f idelidad. Ser honesto es al igual que la comunicación: ofrecer Amor.
¿Definida?
- Con rotunda perfección y claridad. ¿Quedan más cosas? Pues este
descenso vertiginoso recaba mucha atención.
- Tres últimas, rápidas y sencillas. ¿Estás preparado o lo dejamos para
otro momento?
- Dispara. Supongo que dará tiempo antes del orto.
- Dalo por hecho. Así podrás, por fin, consagrarte como un auténtico y
real piloto de tu vida en la existencia. La instrucción habrá concluido –
anunciaba dando por finalizada su función de instructora –, pero antes corrige
la inc linación, la velocidad se precipita.
Enderezó cinco grados el morro provocando el efecto perseguido. El VZ
estaba procesando el control requerido. El descenso en la oscuridad arrojaba

170
cierta incertidumbre, simulaba el escrutinio de una cueva desconocida,
profunda, sin el uso del tacto, posando ligeramente los pies sobre un lecho
igualmente incierto e indescifrable. Los únicos ojos que aportaban alguna
certeza al momento describiendo la realidad de la situación, lo formaba la
pantalla del radar meteorológico y las indicaciones de los instrumentos, el
resto lo constituían una grandiosa y espectacular oscuridad
- Ahora le toca el turno a aquellas manif estaciones que son impropias
del Amor. Son características esenciales que detectan, a la perf ección, el
incorrecto uso del Amor. Verlas, observarlas, sentirlas o experimentarlas es
el aviso absoluto de la entrada en perdida del vuelo en el que estés sumido.
Por ello, podríamos denominarlas como las consecuencias del “no Amor”,
¿Entendido esto?
- Sí. Es fácil. Continúa – respondía acusando, en su tono, la tensión
producida por la vertiginosa maniobra de descenso.
- Bien. Cuando percibas en ti o en otros, hechos, cuestiones o situaciones
tan plasmantes como son el juzgar y criticar, se tenga o no razón, se posean o
no todos los datos para tal actitud, es la claridad total de estar usando el
“amor” de f orma coactiva. Producirías limitaciones e igualmente las
recibirías. Lo correcto es dejar a voluntad propia el uso de sus f unciones,
pues cada uno, como he mencionado antes, es distinto, y, por tanto, procede
de la f orma que considera más conveniente, acorde a su nivel de
entendimiento. En def initiva, es el respeto a la libertad. El dejar Ser, hacer y
tener. El no interf erir en la vida de ot ros a menos que sea requerido nuestro
parecer. El Amor nunca es crítica o juicio, no valora despectivamente, sólo
construye f elicidad. Acepta, aunque no asumas, ni esté de acuerdo, el
concepto de que cada cual por muy equivocado que pueda parecernos sus
actos y pensamientos, tiene su propia vida. Cada Ser posee su personal
universo en el que quiere most rase como considera adecuado y oportuno.
¿Visto?
- A medias. Veamos. Pongo un ejemplo: Y s i observo que mi
razonamiento es el adecuado para advertir de un aterrizaje forzoso. ¿No puedo
aconsejar o advertir? ¿No estaría ayudando a producir felicidad? – concluía al
igual que rectificaba una vez más la inclinación del descenso en un grado.
- Puedes ayudar, advertir con tus consejos siempre y cuando seas
requerido. Incluso en esos casos donde la conclusión de los hechos, se
terminan produciendo aunque se advierta. Recuerda lo que te pasó antes de
llegar a Nairda. Tus ingenieros advirtieron cómo debías proceder con los
motores de cuádruple inyección, pero no hiciste el menor caso, luego pasó lo
que ya conoces. Advirtieron, pero no consideraste sus conocimientos y ciertos
razonamientos, pensaste que tú sólo lo solventarías. Y desde luego que lo

171
hiciste. El prototipo quedó destrozado y desperdigado por doquier.
¿Entendido? Has de dejar Ser y hacer, no enjuiciar, aunque percibas el
desastre. Sólo actuar si eres requerido, nunca enjuicies, acepta la libertad
individual. ¿Si?
- Lo siento pero sigo sin captar esto. Creo que es cruel esta aseveración.
Pongamos otro caso. Sea que un supuesto hijo mío está a punto de cruzar una
carretera con tráfico, y observo que lo hace sin mirar a cada lado, sin usar el
semáforo o el paso de peatones, y que pretender pasar a las bravas sin prestar
atención al peligro que se cierne en su decisión. Según tú, he de dejarle
caminar directo a un accidente que puede provocarle cuanto menos, lesiones.
¿Eso es dejar actuar a los demás en libertad, sin poder advertir les de su
erróneo proceder? Sinceramente, no me cuadra, Pal.
- Ese no es el sentido. Has tomado lit eralmente mis palabras sin
extrapolar las. En el caso concreto que expones, por supuesto que has de
interferir. Has de procurar que tu hijo, supuesto, sea feliz, y desde luego ese no
sería el camino. Pero, la plasmación del Amor en esta condición se cierne en
el hecho de no enjuiciar o criticar los actos o el pensamiento de cada Ser. Has
de aceptar sin interposi ción esa condición inherente e individual. Sólo tienes
que considerar que las críticas y juicios, las valoraciones y las
comparaciones, no ayudan a la evolución hacia el Amor, pues establecen
límites. Si recibes una crítica gratuita, tendrás que evaluar si en realidad ello
es coherent e, o el f ruto de un puro chisme o cotilleo, o la deriva de la envidia.
Fíjate en esta f rase lapidaria: No juzgues y no serás juzgado, no critiques y
no serás criticado. Insisto: deja Ser, deja hacer, deja tener. Acepta que lo que
es, es, sin más, contémplalo así, sin añadidos o componendas. No establezca
limitaciones porque sí, en la libertad individual. Distinto es, trabajar por el
bien común para producir f elicidad. La crítica es una manera de negar el
Amor, no la contraposición. ¿Captado ahora?
- Bueno – decía meditando – entiendo entonces, que el uso del Amor, es
aceptar las decisiones, a la libertad y al pensamiento. Independientemente de
que me guste, o deje de parecer correcto. En resumen: Amor es sinónimo de
libertad y viceversa. ¿No?
- Perfecto – concluyó aplaudiendo –. Perfectamente definido. Ha sido
una conclusión brillante a las cinco y veint idós minutos. A este ritmo
obtendrás matrícula de honor. Si señor, me ha gustado. ¿Vamos a por otra?
- Dejemos que el Amor se describa con detalle –aseveraba alegremente,
dispuesto a todo –. Conozcámosle, en toda su plenitud
- Lo siguiente, es una circunstancia que habrás podido contrastar en tu
propia exper iencia. Algo que hemos observado en tu proceder y que alguna
vez te he mencionado, si no recuerdo mal, pero no fue en tono de crítica, sino

172
de advertencia, para que pudieras captar la realidad de algún evento en el que
estabas envuelto – disertaba con precaución, no quería hacerle sentir molesto,
aunque era dudoso eso, pues había superado todas las clases y aprendido las
normas de vuelo –; mira hacia atrás en tu recuerdo e indaga lo s iguiente:
¿Puedes recordar aquellas cotas de impaciencia que mostrabas?
Se produjo una breve pausa en la conversación. Jano buscaba en su
memoria respuestas a la solicitud. Los hechos se extrajeron con facilidad.
Estaban muy presentes. Algunos ciertamente agobiantes; otros pasajeros,
mientras un grupo concreto de ellos encajaban en el formato dedicado a la
búsqueda de respuestas y lógicas que ahora iban cuadrando el desconcertado
puzzle que recibió a su llegada, aquel día, ya casi lejano, en que aterr izó
ensangrentado y dolorido en medio del trigal de Nairda.
- Los he revivido. No ha sido algo digno de tener en cuenta por el
malestar que aportaron, pero he de reconocer que he sentido la impaciencia. Y
puedo concluir, que con la perspectiva actual, merecieron la pena. Ha servido
para cuadrar y encajar. Quizá no sea el mejor camino, pero han s ido út iles.
¿Te sirve esta respuesta?
- Tan sólo necesitaba un simple sí. No obstante, la conclusión que extraes
es de lo más positivo. El percibir que el uso de la impaciencia no es la
herramienta más fructífera constata un paso firme en tu personal evolución. En
definitiva: la impaciencia no posee una utilidad, es la manif estación práctica
de la pre-ocupación, no de la ocupación del instante. De nada sirve y nada
aporta, el impacientarse o pre-ocuparse por algo que no sabes si ocurrirá o
no, si conseguirás o no. Pues el hecho fundamental del Amor, es la conf ianza
en el mismo, sabiendo que todo en Él es posible, todo llega en su momento, y
todo está bien en tu exi stencia. La impaciencia, querido, Jano – decía con
delicadeza –, es como ninguna otra, la caract erística más evidente de no vivir
en el Amor. Dado que el Amor es paciente, benigno, dulce y acogedor, entre
otras muchas aseveraciones precisas que sólo aportan f elicidad. Por tanto,
todo aquello que no of rezca tal resultado, simplemente corresponde al uso
incorrecto del Amor y estarás vivenciando en el pasado con pre-ocupaciones,
o en el f uturo con impaciencia. Pero si vivencias en el Amor, lo haces en paz
y siempre en presente, cuestión muy importante, pues para el Amor al que
todo es posible, Es, en tiempo real lo que será en el f uturo tal como lo has
pensado en presente: en Amor, en tu Ser, en libertad, sin la coacción de las
pre-ocupaciones o la impaciencia. ¿Captado?
- Tanto, como oscura es la noche.
- Por cierto, ya que lo mencionas ¿Sabes cual es la hora más oscura de
la noche?

173
Ciertamente desconocía la respuesta. Imaginó que la pregunta tendría
alguna der ivada de la cual ext irpar alguna enseñanza. Indagó en cada una de
las horas nocturnas. Podría ser cualquiera. Pero aquello tendría que depender
de alguna especial condición. Situación que se escapaba. ¿Podría ser que unas
noches fuesen más ocurras que otras? ¿Dependería de los solsticios? Como si
escanease el disco duro de la mente, ocupada activamente en el control del
vuelo, escarbaba el dato solicitado. Al pronto, su mirada quedó fijada en el
radar meteorológico que, hasta entonces, permanecía marcando un haz verde
de ciento cuarenta grados donde se comenzaba a trazar bancos de intensos
rojos naranjas y azules: la señal de tormentas. Tormentas anunciaban su
encuentro de continuar en el rumbo actual. Recordó que empezó a prestar
atención al mismo cuando las dos lunas en su rotación desaparecieron.
Entonces, extrajo la conclusión: obtuvo la respuesta que, pese al agotamiento
físico, emergió.
- Lo tengo Pal. Son aquellas que transcurren con la desaparición de las
lunas. ¿No?
- No y sí. Sí, porque vas encaminado. No, porque en realidad la más
oscura siempre es la anterior al amanecer independientemente de que esa
noche las lunas estén o no vis ibles. Es la influencia de la irradiación solar
sobre la superficie terrestre durante el día, que va disminuyendo conforme
aumenta la noche, independientemente del efecto lunar, de tal manera que la
hora más oscura es justo la anterior al amanecer. ¿Lo entiendes?
- Sí y no. Sí a la explicación científica. No, porque no sé a cuento de qué
viene esa pregunta dentro del contexto. ¿Qué tiene que ver esto con la
impaciencia?
- ¿No lo captas?
- En realidad no – asint ió sin meditar, de forma autómata –, y por si no lo
has percibido la tormenta ocupa una gran parte de la pantalla.
- Estoy atenta a la evolución del vuelo y a la clase práctica. ¿Dónde estás
tú?
- Más bien estoy pensando cómo evitar ese estratocumulonimbus.
- ¿Estás pre-ocupado o impaciente?
- No sabría decir – contestó sinceramente –, estamos a noventa mil pies,
perdemos altura rápidamente. Esa tormenta se extiende desde los setenta mil
hasta los treinta mil pies cubriendo un área de cincuenta millas
aproximadamente. Dentro de poco, veinte minutos a lo sumo, tropezaremos
con ella si no cambiamos el curso. Otra cuestión por cierto, Ís según longitud
y lat itud marcada por el GPS, está justo debajo de esa gran tormenta.
Hagamos lo que hagamos, presumo que nos mojaremos a menos que
aterricemos en alguna pista alternat iva. ¿Pre-ocupado o impaciente? No.

174
Quizá inquieto o nervioso – pronunció desafiantemente chistoso –. ¿Cómo
quieres que esté ante el monstruo atmosférico que se nos avecina Pal?
- Recibido. ¿Hay opciones? – recabó con presteza.
- Dos. Una: recuperamos el descenso. Eso nos da un margen de veinte
mil pies, suficiente para sobrevolarla manteniendo una velocidad de no más de
cien nudos y un régimen de descenso que no exceda los trescientos cincuenta
pies en ningún instante. En una hora estaríamos al otro lado, quizá en menos,
pues la tormenta avanza en sentido contrario al nuestro a buen r itmo. Es la
mejor alternativa. La otra es provocar un picado con todos los flaps fuera que
provoque los dos mil pies por minuto esperando que la velocidad se controle
sin sobrepasar los márgenes de seguridad, la evitaríamos pasando por debajo
de la misma.
- Hay otra solución. ¿La adivinas?
- Sí, la más cómoda, mantenernos lo suficientemente lejos en alt itud y
esperar a que pase. Pueden ser dos o tres horas.
- Eso sería actuar ajeno a las circunstancias sin confrontarlas, dejando
que pasen. Seríamos el efecto, no la causa. Y tú, no eres precisamente
cobarde…
- No ent iendo adónde quieres ir a parar, Pal. ¿Qué insinúas? – concluyo
alerta. El agotamiento de hace unos momentos había desaparecido.
- Recapitulemos. ¿Cuál es el tema central de la noche? – preguntó en el
curso de tiempo en el que perdían noventa pies.
- Hasta que apareció éste monstruo de la naturaleza, descendíamos plácida
y armoniosamente hablando del signif icado concreto del Amor, aunque nos
quedamos pendiente de aclarar qué t iene que ver la impaciencia con la hora
más oscura de la noche. ¿Sat isfecha Pal? Tenemos que tomar una dec isión es
importante, al menos me lo parece.
- Ahí quería llegar, a la decisión del cambio. La tercera circunstancia
pendiente de abordar. Resulta que te encuentras navegando dentro del Amor,
usándolo correctamente, de acuerdo a cada una de sus características,
disfrutando, siendo feliz, pero aparecen irremediablemente con las
consecuencias producidas por el mal uso del mismo: esta particular tormenta.
Un estratocumulonimbus, la peor de todas. ¿Qué hacer, desviarse? Entonces
descaradamente nos convertimos en el efecto de lo exter ior, no en la causa de
aquello que queremos Ser, hacer y tener. ¿Te gusta lo que refleja la pantalla
del radar?
- No es muy agradable – respondió desconcertado –. La verdad sea dicha,
Pal, pero seguimos acercándonos peligrosamente. Estoy en tus manos, la
decisión es tuya, Tú mandas.
- ¿Confías en mí?

175
- Plenamente Pal, plenamente – indicó sin retardo.
- ¿Confías en ti?
Esta vez la respuesta no sería inmediata. Algo le hizo dudar.
- No sé a que te refieres exactamente, Pal, cada vez estoy más perdido.
- ¿Confías en ti? Es una respuesta simple. Responde por favor.
- Si, aunque temo tu decisión
- ¿Temes dices? entonces tampoco confías en mí. ¿Qué es lo que temes
exactamente?
- De acuerdo – afirmó apremiado. El encuentro con la tormenta estaba
cercano –. Conociéndote, temo que quieras enfrentarnos a la tormenta.
- Bien, por fin lo has dicho. En efecto, eso haremos, pero no lo
enfrentaremos, lo afrontaremos resolviéndola.
- Es una locura total, Pal. Sabes que este aparato no soportará los vientos
de más de trescientos nudos que hay dentro del monstruo. Nos partirían el
avión de un tajo. Lo sabes…
- Tranquilo, Jano, tranquilo – dijo suavemente ante la precipitación
abrupta de sus palabras –. Escúchame atentamente. Lo que detectas, lo que
dibuja el radar f rente a ti es un ef ecto. Lo digo una vez más: del uso
inapropiado de las normas del vuelo. Ello se registra en tu área de
navegación, en tu mini mundo, en tu universo particular. Puede ser
perf ectamente el ref lejo de algo que existe en ti que no te gusta. Puede ser las
circunstancias producidas y provocadas por los que te rodean. Sea lo que sea,
no es un obstáculo que el Amor rehúse. Si vives y usas correctamente el Amor,
no has de temer a nada ni a nadie. El Amor todo lo puede. Sólo el no
conf rontar aceptando, que no enf rentar reaccionando, las circunstancias,
produciría en ti el ef ecto exacto del mismo. Imagina por un momento que es
un espejo reflejando alguna de tus esencias de las que no estás orgulloso, algo
que has de cambiar porque no te guste, no te de felicidad, o no te permita
realizar correctamente el plan de vuelo. Entonces, mientras no cambies en tu
interior, mientras no cambies tú, el exterior no cambiará. Has de
conf rontarlo, no enf rontarlo, no rechazarlo. El Amor no es cobarde. Es
valiente. Por tanto, si en éste caso, f uese algo que no t e gusta, para poder
cambiarlo, has de cambiar tú en primer lugar. Si por el contrario es el ef ecto
producido por los demás, ello no ha de provocar en ti probl ema alguno, pues
si actúas de acuerdo a las normas de vuelo, a las del Amor, nada has de
temer, pues nada podrá producir en ti los ef ectos extraños, si tú eres la causa
de los tuyos. Si rodeas, bordear o sorteas las tormentas, estarás huyendo bien
de ti mismo, o del ef ecto no propio. En cualquier caso estarías siendo
impaciente y vivenciando en pre-ocupación, estarías actuando sin Amor.
Lánzate a las garras del monstruo sin temor. Sólo hay dos caminos. Si es un

176
ef ecto propio, evalúa qué has producido ¿Queda aún algo de resentimiento en
tu interior? ¿Qué has pensado, dicho o hecho que no se rija por las normas ya
aprendidas? Hazlo rápido, tienes cuatro mil quinientos pies, o cuatro minutos
y medio para ser exactos. En el caso contrario, si es el ef ecto de los demás, no
hay que padecer ninguna intranquilidad, ningún miedo, pues al saberte causa,
no permitirás que te af ecte el ef ecto contrario. Resumiendo, si quieres
cambiar algo, has de cambiar tú primero, y la solución sólo está en hacerlo
con Amor. Amor a ti y a los demás, usándolo tal cual Es, con respeto, con
comprensión, con tolerancia. Si lo haces así, nada te afectará. Nada. ¿Lo
entiendes?
- ¡Entiendo…! – exclamó resignado al choque – Entiendo que ese
monstruo tormentoso puede ser algo propio que no me gusta y que puedo
cambiar al cambiar mi interior con el uso del Amor – hizo una pausa tomando
una buena bocanada de aire oxigenando todas sus células –; y que de igual
modo puedo actuar si es el efecto de los demás, pues al estar en causa de mi
proceder, es decir, al obrar con Amor, en mí Ser, nada ha de pre-ocuparme ni
impacientarme, pues en Él todo es posible – concluyó, decidido al abordaje
que inminentemente se produciría.
- Entonces ¿Qué harás? La decisión está en tus manos.
- ¿Puedo hacer lo que quiera? – contestó sorprendido.
- Siempre, Jano. Siempre. Eres un ser Libre, y como tal te tratamos.
Recuerda que tú mismo concluiste hace unas horas que el Amor es sinónimo
de Libertad. ¿O no?
- Exacto, Pal – afirmó pausadamente, relajado y firme –. Vamos a por el
monstruo.
- ¿Estás seguro de que no es el ref lejo de algo tuyo que has de cambiar
antes?
- Absolutamente Pal. Sé que es así, tengo certeza absoluta. No dejaré que
el efecto del mal uso del Amor de otros pueda afectarme. Pase lo que pase voy
a confrontarlo con tu ayuda.
- Cuenta con ello, Jano, estaré a tu lado – remató apoyando la voluntad
enérgica de su estimado pupilo.
La cuenta atrás continuaba. El silencio inter ior y exterior acunaba el
conjunto formado por tripulantes y planeador. Mil quinientos metros al
encuentro. El destello de rayos furiosos, iluminaban como bengalas
incendiar ias la pertrechada oscuridad sin alumbrar puntos posibles de
referencia o vestigios que permit ieran visualizar su posición con respecto al
terreno, salvo las indicaciones ofrecidas por los aparatos del panel del control.
Escrutar el exterior queriendo localizar algo asumible resultaba una pérdida de
tiempo y energías. Por mucho que la tormenta se empeñara en encender la

177
noche, la misma mantenía el esfuerzo en ser desnudada de su color negro
mate.
El radar había perdido su color verde escrutador. El rojo int enso llenaba la
extensión de sus cien centímetros cuadrados. Ya no había vuelta atrás. Las dos
manos de Jano agarraban con fuerza la palanca de mandos esperando
cualquier indeseado e inesperado vaticinio. Asombradamente tranquilo, tenso
y paciente, mantenía f ijos sus ojos en cada uno de los instrumentos,
repasándolos. El VZ, como una flecha, dirigía su estampa contra el árbol
meteorológico, que sin raíces, deambulaba en dirección sur bañando, con un
torrencial considerablemente caudaloso, todo el terreno sobrevolado.
El momento llegaba. Quedaban escasos sesenta segundos. Mil pies a lo
sumo para abrir una brecha en el casco del temible buque insignia del no
Amor.
- ¿Quieres saber qué tiene que ver la impaciencia con que la hora más
oscura es la anter ior al alba? – dispara inquisidoramente, a sabiendas de
producir algo de descontrol en su interlocutor.
- Supongo que ha llegado el momento de saber lo ya que lo mencionas.
Adelante, Pal, estoy listo – respondió mansamente, respirando paz.
- Marca el aviso de retornar al Amor, con su persi stencia sólo podemos
conseguir ocluir los propósitos. Sólo es necesario conf iar con paciencia en el
Amor. La impaciencia o la pre-ocupación marcan la oscuridad en el
entendimiento; cuando lo percibas, recuerda el símil, tras ello sale el sol, así
que en esos instantes sólo queda retornar al Amor que es donde no habrá
impaciencia ni pre-ocupación.
Jano asumió la explicación sin cortejo añadido. Estaban dentro de la
vorágine. Acababan de introducirse en las convulsiones producto de presiones
descompuestas. En la inmensa perturbación, el vuelo se manifestaba con
ligeros vaivenes, cuestión que aprovechó Pal para mostrar el exiguo ef ecto
que podían producir las actitudes contrarias a quien obrara de acuerdo a las
normas de vuelo. La conf ianza en uno mismo era f undamental para atravesar
acciones tan hostiles como las actuales y salir incólume del descabellado e
inigualable tronar de un vituperio ensordecedor, llameante.
Las nubes, si a esas formaciones de las podían designar como tal, eran
rasgadas a capricho por los relámpagos fustigadores que partían desde
vericuetos escondidos, inescrutables.
Pal continuaba, entre t anto repiqueteo desbastador, alumbrando con sus
descripciones, martilleando con sus palabras, las esencias emanadas de los
efectos perturbadores, que solícitos acudían bramando y escupiendo los
peligros predecibles de los actos desesperados de aquellas vicisitudes
impropias del incumplimiento de las reglas del vuelo.

178
Jano aferrado a la palanca de mando atendía presto a cuanto sus
percepciones captaban; asombrado, al mismo t iempo, de la capacidad de
raciocinio y discernimiento que alcanzaba en circunstancias tan excepcionales.
El VZ se deslizaba sin quebranto, con aplomo y seguridad a través del infierno
de tempestades que ceñían el descenso. Treinta mil pies más y, la vertiente de
desatinos descabellados que, reluciente y abrumante, se exhibida sin
paliat ivos, ni recatos, demudando irracionalidades plasmadas de
incongruencias desaforadas, concluiría. Los trazos aulladores de brillantes
gotas petrificadas en forma de granizo desfilaban en un cortejo zigzagueante
dejando incólume el espacio ocupado por el aparato. Ni una sola brizna tuvo la
ocurrencia de ocasionar daño alguno en la estructura azulada que los contenía
conduciéndolos en un vuelo excitante, desaf iador y seguro, hasta la firme y
segura capa de aire que los separaba de Ís.
El formidable exabrupto del estratocumulonimbus culminaba y resurgía
con denodado fervor. Aquel festín de despropósitos se destruía conforme
crecía su furia y rigor. Era un formidable gigante destrozándose a medida que
explotaba con mayor impetuosidad y vehemencia. La verbena de juicios
pretenciosos, de quejas sin sentido, de odios pestilentes y descréditos
fervientes, se resolvía en su circunscripción, en un torneo a muerte, absurdo,
sin sentido. En algún que otro instante un, seductor y aparente imparcial,
bamboleo opinaba sugiriendo el cambio de rumbo. Jano no dudó. Mantuvo.
Registró y aquietó. Se abstuvo de las inclinaciones perversas ofrecidas por el
devorador agente atmosférico como salida rápida a la corte espinosa de
incidencias y testimonios injustif icables que formaban el ogro que les rodeaba.
Un manojo de rayos imperiosos, decretaron un abismo solvente por la amura
de estribor, como una gigante manguera enseñando el f inal. Se percibía t ierra
firme en su fondo. Jano consultó, podría ser una alternat iva rápida, una salida
inmediata aunque vertiginosa por el picado que supondría realizar. Pal denegó
con rotundidad, advirtiendo que el túnel mostrado constituía, la cloaca de las
falsedades y las ment iras, el peor de los senderos a recorrer dentro de un
tormento como el que exper imentaban y vivenciaban s in sufrimiento ni
padecimiento. Aquello era un espectáculo vandálico, aferrador, atenazante.
Manchas de churretes multicolores malversaban, en un fraude continuo, la
veracidad del continente por el que deambulaba perdiendo su fuerza, su
dominio, su extensión y su poder. Se diluía conforme creía expandirse.
Aquello era un complejo conjunto de extravagancias y caprichos que no se
mantenía, ni gobernaba con acierto. Las horas estaban contadas para su
extinción, para su demolición y difuminación como si nunca hubiese existido.


179
- ¿Ent iendes ahora por qué el Amor todo lo puede, y Todo es Amor? –
inquirió cuando el anemómetro indicaba la cota de los treinta y tres mil pies.
- A la perfección, Pal, a la perfección – contestó repetidamente, relajado y
eufórico ante su recobrado coraje y valor. Se sentía dueño absoluto de sí. Nada
podía maniatar le en lo sucesivo. Nada podría con él. Tenía las lecciones
aprendidas, grabadas a fuego tras pasar por el voraz demonio endiablado al
que le quedaba menos de tres minutos de sin sentido. La madeja de entuertos
incesantes, creyéndose autorizada, se rompía como la cáscara de un cacahuete
entre los dedos apremiantes de alguien hambriento.

Las seis y dieciocho minutos ataron la salida del volcán eléctrico junto a la
aparición de los primeros rayos de sol que apostaban por un nuevo día tras la
fatigosa marcha en proclamada agonía de un gigante que se deshacía en
deshonra, batiéndose contra su poder obsoleto. El estratocumulonimbus era
enterrado sin que tuviera la oportunidad de succionar algo distinto al origen de
su destino.
Ís aparecía difuso entre una tenue y tímida niebla que se difuminaba como
el humo de un cigarrillo. La uno cuatro reluciente y limpia por el agua que
corrió por su asfalto esperaba en un abrazo fraterno a quienes despidió hacía
toda una noche. Fiel a la promesa de los conmutadores, las luces azules
franquearon el aterrizaje del VZ y sus tripulantes.




















180
10 El gran destructor.



“Más espanta el aparato de la muerte que la muerte misma”.
Francis Bacon. Filósofo y est adist a inglés. (1561-1626)

“No hay que tener miedo de la pobreza, ni del destierro, ni de la cárcel,
ni de la muerte… de lo que hay que tener miedo es del propio miedo”.
Epict eto. Filósofo grecolat ino. (50 AC-135 AC)








Sexta jornada. 15:03 horas. Complejo aeronáutico de Nairda.

El amenizado almuerzo se extendió hasta las tres de la tarde. El
pormenorizado relato, espontáneo, despreocupado, íntimo y extendido, de
Jano sobre los acontecimientos de la pasada noche, instaló en sus instructores
la misma certeza que desprendían sus palabras. Pal apuntilló algunas notas
breves que escapaban a la vehemencia y locuacidad expresiva de su
inter locutor. Concretó detalles con pinceladas de humor restando algunos
toques de severidad y seriedad a la exposición.
Fueron dos horas amenas e ilustrativas trascurridas con rapidez. Pitt,
excelente escuchante, no perdió punta de cada elemento expresado. El alumno
indicaba a todas luces una profunda confianza en sí mismo y en la enseñanza
recibida. Había asumido cada uno de los sei s pasos que le permitirían
adquirir el resultado de su propósito vivencial. Hablaba de ellos con soltura y
convicción, sabedor del poder adquirido, desarrollado y experimentado. Sus
aseveraciones eran concluyentes. El cimiento y poso solidificado, ponían de
manif iesto la garantía perseguida: Jano no volvería a querer olvidar cómo
participar con resolución en el juego de la existencia. No obstante, la
experiencia había otorgado al Jefe de Instrucción la suficiente sabiduría y
sensatez que impedía decretar como prueba válida y exclusiva, el portentoso
discurso animado de un alumno al llegar a ese punto final. Todos debían
someterse a una tesis concluyente. Dura y exigente. Limitada, e ilimitada.

181
Excelsa a la vez que brillante. Libre, pero determinante. Y Jano pasaría sin
excepción por el trámite que le pasaportaría al destino que quisiera confrontar.

- ¿Podemos entonces graduar al alumno, Pal? – indagó Pitt al t iempo que
ella se incorporaba ocultando algo entre sus manos tras la espalda.
- Por mi parte doy por concluida la instrucción, aunque la últ ima palabra
la t ienes tú. Lo que no quita que lo celebremos – concluyó exhibiendo una fría
botella de champaña.
Con el estruendo del descorchar, que sólo se producía al concluir el curso
de algún alumno, un aplauso generalizado acompañó al homenajeado
marcando la tradición desconocida, hasta el momento, por Jano, quien
contestó levantándose y agradeciendo, con gestos expresivos y cierto rubor,
los vítores y las felicitaciones recibidas.
Tras la segunda copa del espumoso, el ex alumno percibió un pensamiento
que al principio de su aterrizaje forzoso perduró insistente, y que con el curso
de los días se diluyó sin pesar. Ahora aquél se manifestaba en forma de duda.
- Pitt – decía sin el entusiasmo mostrado hasta hacía unos momentos –.
¿Qué se supone que tengo que hacer ahora que la formación ha terminado?
Pitt y Pal rieron ante la típica cuestión que siempre era planteaba llegada
las circunstancias. Nadie fallaba. Los sentimientos de no pertenecer al lugar
donde estaba, era la manifestación que descargaba la pregunta, al parecer, tan
trascendental.
- A eso contestaré en otro momento – pronunció cariñosamente –.
Entiendo el impulso que ha movido esa cuestión. No dejes que eso te pueda
hacer sentir tristeza. Todo llega en su momento – continuó reclamando su
atención dispersa en sus sentimientos – Ahora t ienes que realizar dos cosas.
Una, y no por este orden, el proyecto que te encargué sobre Ís, me apetece
mucho verlo totalmente acondicionado y en perfecto estado para disponerlo
como aeródromo alternativo de primer orden. Lo segundo, y lo realmente
acuciante es, por decirlo de un modo plástico, una demostración a modo de
tesis final en base a la formación adquir ida. Tendrás que realizar algo, lo que
quieras, lo que desees o imagines, para verificar tu nueva realidad, todo ese
poder del que te s ientes seguro de poseer, utilizar y dominar. Tómate el
tiempo que necesites. No hay prisas. Pero tendrás que desafiar los límites que
creas pueden contenerte, algo que consideres que no eres capaz de sobrepasar
o alcanzar. Desafíate aplicando las normas de vuelo. Si lo consigues, habrás
atesorado el dominio absoluto sobre las mismas. Ya no habrá dudas en su uso.
Serás y harás cualquier propósito que te propongas.
La propuesta mostraba claramente que tendría que traspasar lo finito,
romper ataduras, liberarse de cualquier posible ligazón. No tuvo que pensar en

182
nada extraordinar io. Desde que le mostraron el motor de quince mil libras que
trasportaba el F-104, un desafío se estableció en su mente. La discusión con
cualquier otro bosquejo se tornaba inaceptable. Este si que era un proyecto
que rompería todas las barreras que imaginó para sí.
- Sé lo que quiero hacer Pitt ¿Tenemos algún Starfigther acondicionado
con un motor que sea capaz de desarrollar treinta mil libras de empuje?
- Ufff, eso es apuntar alto. Pero si consideras que ello es posible, seguro
que lo encontrarás.
- ¿En que hangar se aloja esa joya? – indagó con seguridad.
- En el cuarenta y cuatro – contestó con su acostumbrada y amplia sonrisa
ante su impetuosa certeza – Pal, ¿puedes acompañarle si no t ienes clases que
dar? Jano necesitará algunas instrucciones previas para manejar acertadamente
ese cohete.
- Por cierto, Jano – reclamaba Pitt al tiempo que la pareja iniciaba la
partida – ¿Sabes qué es lo que en realidad permit ió que pudieras entrar anoche
en aquella tormenta, sondearla y salir de la misma sin el menor rasguño?
Quedó pensativo. La cuestión le apabulló. No supo qué responder. Sus ojos
casi cerrados, y su frente apretada, demostraban el desconcierto que le
sobrecogía.
- Fue la verdad, Jano. La verdad. Fue la veracidad contigo mismo al
resolver sinceramente, con tu interior, reconociendo que la tormenta no era el
f ruto de tus acciones. Fuiste sincero. Si te hubieras engañado en tus
indagaciones, el resultado hubiese sido diametralmente distinto – decía
erigiendo contundencia en su tono - Tenlo en cuenta, y postula tus acciones
siempre desde la verdad en el Amor. Hazlo y no correrás riesgos. ¿De
acuerdo?
- Lo haré Pitt, lo haré. Gracias – concluyó al tiempo que el Jefe de
instructores contemplaba la partida de un piloto meditat ivo tras sus palabras
en pos de los pasos de Pal.





Sexta jornada. 17:01 horas. Espacio aéreo de Nairda.

Estaba cayendo a gran velocidad, respirando lentamente el medio litro de
oxigeno que quedaba. Tendría que soportar el descenso hasta los diez mil pies
con esa escasa sustancia, de lo contrario se asfixiaría. A lo lejos, comprobaba
como su maravilloso Starfighter, sin control, irremisiblemente, der ivaba,

183
inciertamente, contra un destino aplastante. Al tocar tierra se destrozaría. Una
máquina bella destruida por su culpa. Atraído por la gravedad que provocaba
una aceleración continua, pensó en el problema del paracaídas. ¿Aguantarían
las cuerdas en la apertura? ¿Cómo respondería su cuerpo ante el frenado de la
campana abriéndose a más de trescientos kilómetros por hora? En su
trayectoria se encontraba una nube esponjosa. Primero parecía pequeña, pero a
medida que avanzaba se hacía gigantesca. Casi sin previo aviso visual, sin que
sus sentidos pudieran percatarse de la disminución en la distancia, su cuerpo
penetró en aquel lecho extinguiéndose cualquier posible calibración visual. De
nuevo el pánico se apoderaba en esas circunstancias de sí mismo. Sintió que
no llegaba el elixir que le mantenía con vida. ¿Estaría taponada la mascarilla?
Es posible que a esa altura su saliva se hubiese congelado en el interior del
conducto impidiendo la transmisión correcta del oxigeno a sus pulmones. Se
ahogaba. Soltó la máscara buscando que a esa altitud hubiera el sufic iente
elemento vital como para que le permit iera llevar vida a sus células
agonizantes. No salía de la nube, debería ser enorme. No encontró en su
aspiración la suficiente base element al para su oxigenación. Aquello estaba
concluyendo. Un solo error y pagaría de nuevo con su vida. ¿Por qué tendría
que subir tan alto con el reactor? Sabía que no podría conseguirlo, pero su
orgullo desmedido le impulso a realizar una bravata procurando llamar la
atención de Pal, quería impresionarla demostrando todo lo aprendido. Y desde
luego que lo había hecho con su estupidez. Más sería el espanto cuando
recogieran lo que quedara de él al estamparse contra el terreno si no alcanzaba
a respirar algo de oxígeno. Y si lo hacía, ¿qué? A posterior i estaría el
problema del paracaídas. No estaba seguro de que funcionase. Quizá, a tal
velocidad el correaje seccionaría sus piernas. Que estúpido. Parecía mentira,
después de todo ese tiempo aprendiendo a volar, no había asimilado las
cuestiones más básicas. Tendría que volver a empezar, posiblemente en otra
dimensión, pero tendría que aprender a pensar, hablar y a caminar, era lo que
se merecía, por imbécil. Salía de la nube casi sin consciencia, pero agitándose
queriendo, en ese gesto, encontrar algo conque poder respirar…





Décima jornada. 06:03 horas. Complejo aeronáutico de Nairda

Despertó. Percibía una cascada de achaques en su entumecido cuerpo.
Descartó la posibilidad de algún movimiento, la prudencia aconsejaba quietud.

184
Su entorno mostraba las señales evidentes de un recinto hospitalario. Dos
sillas y un gran sillón junto a otra cama perfectamente hecha y limpia al igual
que el resto del entorno ofrecían silencio y cierto vacío. Llevó con cuidado sus
manos hasta el cuello, siempre, su principal obsesión. Lo movió sin encontrar
dolor. Un reguero de tranquilidad amansó sus pálpitos. Palpó el resto de su
constitución. El escrutinio concluyó con un escozor en la zona inguinal.
Mover las extremidades infer iores fue posible con cierta sobre dosis extrema y
adicional de esfuerzo. Supuso que caminar o sostenerse sobre las mismas sería
el único inconveniente.
Intentó recapitular los momentos anteriores sin encontrar nada más que la
oscuridad clara que muestra el inter ior de una nube. El resto del vuelo estaba
grabado a la perfección. Un vuelo fulminante y arriesgado, intrépido y
desafiante: roto y truncado. La entrada en barrena plana. La incapacidad de
restablecer el control del aparato. Su salto de emergencia. Un descenso en
caída libre procurando no agotar el oxigeno de emergencia. La entrada en una
nube. Ahí terminaban los archivos extraídos a la memoria. Cualquier otro
registro era negado pese a su continuado repaso. Cómo habría llegado hasta
esa cama, constituía una incógnita que acuciaba ser resuelta.
La certeza por saberse valedor de sus cualidades físicas, produjo el súbito
esfuerzo de incorporarse. Logró sentarse. Los pies estaban desnudos, y uno a
uno pudo desplazar los hasta tocar el frío suelo gracias al agarre de sus manos;
una vez erguido sus fuerzas no percibieron la imposibilidad de sostenerlo con
firmeza. Cayó.






Décimo cuarta jornada. 10:08 horas. Complejo aeronáutico de Nairda

Sentía un dolor penetrante en la cabeza. Palpó. Un vendaje le cubría la
parte derecha. Abrió los ojos de par en par, asustado. Pal fue su primera visión
sentada en el borde de la cama contigua.
- No se te ocurra volver a levantarte –, ordenó con premura,
incorporándose para impedir la acción preventiva y dispuesta del enfermo. Te
has podido hacer más daño al caer a un metro del suelo, que lo que mostraba
tu cuerpo cuando te recogimos después de un salto a más de catorce mil pies.

185
- ¿Qué ha pasado Pal? ¿Por qué estoy aquí? – indagó quejumbrosamente
al t iempo que ella le ayudaba a volver a su posición de tumbado acompañando
el movimiento con gestos agradables, suaves, cariñosos.
- No t e pre-ocupes, ya te lo contaré. Ahora debes descansar. Al menos
tienes para tres días según el médico. Descansa, estás muy fatigado. El salto, y
éste incidente, te ha mermado momentáneamente. Saldrás de esto. Tenlo por
seguro.
- Pal, dime qué ocurrió, por favor, no recuerdo nada. Estoy algo confuso –
dijo verazmente, pues en ese instante su memor ia no contenía recuerdos
explicatorios de la situación actual.
La que había dejado de ser su instructora, al concluir el aprendizaje,
explicó con detalles los sucesos. Contó cómo pretendió, con el Starfighter,
ascender por encima del nivel máximo de la atmósfera del mundo que le
albergaba. Llegó a rozar los cuatrocientos mil pies; el límite estaba a los
quinientos mil. El motor paró por falta de aire para la combustión. Los
registros fueron anotados desde tierra gracias al transmisor que el avión tenía
incorporado. Su vuelo fue seguido con atención, dada las características del
mismo. Era la prueba final de todo alumno tras el aprendizaje, justo el
momento en que todos los sentidos de sus instructores se agudizaban con
mayor expectación. Pasar o quedarse anclado en ella, suponía el reto final.
Concluido ello, el alumno era nombrado definit ivamente apto para el vuelo, su
formación había concluido satisfactoriamente. Pero Jano sucumbió, no perdió.
No pudo traspasar la meta propuesta. Una parada de motor fulminante con
entrada en barrena plana, era prácticamente imposible de recuperar en
circunstancias tan notorias como aquellas. Después, el salto desesperado y un
descenso sin apertura hasta los diez mil. Posteriormente, una caída
amortiguada por el paracaídas hasta su impacto contra el suelo, donde lo
encontraron inconsciente. Del avión, ni rastro. Desapareció de la pantalla del
radar a poco menos de cuatro mil pies del terreno, justo al mismo instante en
que su paracaídas se abría gracias al dispositivo automát ico que llevaba
incorporado.
Pitt, aún, andaba desconcertado por el hecho, nunca antes un aparato había
desaparecido, además era un prototipo excepcional. Dieron batidas terrestres y
aéreas en buscas de los restos, infructuosamente. Incluso seguían haciéndolo,
después de una semana, los recién estrenados instructores de vuelo, aquellos
que Pal acababa de formar. El opt imismo por localizar el lugar del impacto
disminuía a medida que pasaban los días.
- ¿Una semana llevo inconsciente? – indagó asombrado.
Pal lo confirmó con un gesto sin añadir que era algo más y prosiguió con el
relato de los hechos. Jano había sido localizado gracias al trasmisor que el kit

186
de supervivencia lleva incorporado en el equipo de vuelo. Estaba en medio de
un vado. Cubierto de agua de cintura abajo. Pudo ahogarse si no hubiese sido
porque su paracaídas se enganchó en unas rocas cercanas al riachuelo. De lo
contrario, podría haber sido arrastrado por la corriente y engullido por la
misma.
Hubiera resultado curioso perecer por ahogo tras un salto desde tan
impresionante altura. Ant e estas consideraciones, el desvalido esgrimió su
primera sonrisa a duras penas. Las fuerzas eran ínfimas. Notaba un
agotamiento inmensamente superior al experimentado al de su llegada a
Nairda. No podía ent enderlo. Pero para ello tenía a Pal, que sumisa y
candorosa cedió a describir el porqué de su estado.
Fue debido a la acción de frenado en la apertura del paracaídas. Él debió
caer con una aceleración excesiva. Posiblemente perdió el conocimiento, en el
momento de la apertura. Los arneses de anclajes se ciñeron contra su zona
inguinal provocando un desgarro en la piel y derrames superficiales como
consecuencia. Toda su musculatura en la zona pélvica y glútea, estaban
afectados, lógicamente, al soportar un frenado tan brutal. Posteriormente los
anclajes de la zona pulmonar debieron afectar al riego sanguíneo y a la
correcta respiración además del frió en aquellas alturas. Cuando los servicios
sanitarios lo rescataron tenía las constantes muy bajas. Recibió masaje
cardíaco. Permaneció asistido de oxigeno con una mascarilla hasta la llegada a
Nairda a bordo de un helicóptero Huey UH-1. Las primeras cuarenta y ocho
horas fueron críticas. Luego las constantes se estabilizaron. Al cuarto día, y
tras una pausa sin atención de media hora, pues se le vigilaba continuamente,
se le encontró en el suelo, algo ensangrentado. Una contusión en la parte
occipital derecha, declaró el doctor al evaluar una radiografía que no
mostraban daños internos. Sólo una pequeña cicatriz sangrante fue el
resultado. No obstante, recomendó descanso y observación durante otras
cuarenta y ocho horas. Tras ello, todo su organismo parecía responder
adecuadamente. Quedaba recuperar fuerzas y ánimos. Concluida la exposición
de los hechos, Jano se mantenía desconcertado, aturdido y apesadumbrado. El
lamentable descalabro incidía en su orgullo con mayor proporción que las
quejas ofrecidas por su cuerpo; y añadiendo al mismo otro gran pesar: no sólo
el destrozo del avión, sino su, al parecer, desaparición.
- Pal – masculló levemente –, en realidad qué es lo que ha pasado.
Presiento que hay un gran trasfondo que no percibo.
- Es fácil describir lo. Tendrás que afrontar que en realidad esto es tu
escollo, el tan traído problema por el cual llegaste. Se deduce porque si una
vez que finalizaste tu instrucción con buenas calificaciones, no superaste el
vuelo post graduado, la evidencia es manifiesta. No pudiste concluir el vuelo,

187
por tanto, has tropezado con tu gran conflicto – Pal le paró con una indicación
de sus manos, sabía lo que iba a preguntar –. ¿Cuál es tu escollo? Sencillo.
Pienso que tú, mejor que nadie debes saberlo. Examina los momentos del
vuelo que puedas recordar, seguro que alcanzarás a encontrar las
circunstancias que condujeron al desenlace en el que te encuentras – dijo
pausadamente –, tómate tu tiempo, que lo tienes, al menos tres días más debes
permanecer en reposo. Podremos examinarlo, acotar las circunstancias,
solventar, paliar y enderezar. De esa manera, juntos, podremos ayudarte a
superar las dificultades que desfilen y te anclen. ¿Te parece?
- Como veas… pero necesito descansar, quiero dormir. ¿Estarás aquí
cuando despierte?
- Dalo por hecho Piloto. No te voy a dejar ni a sol ni a sombra hasta que
termines de despegar – respondió, con primor, estampando un beso en su
frente.
Los párpados cayeron inmediat amente. Estaba exhausto.





Décimo cuarta jornada. 14:22 horas. Complejo aeronáutico de Nairda

- ¿Cuál es tu opinión? – preguntó Pitt.
- No sabría decir exactamente, aunque todo apunta al destructor.
Ambos estaban barajando posibilidades sobre el problema que acució a
Jano a cuatrocientos mil pies de altura. Permanecían en la entrada de la
habitación doscientos siete con la puerta abierta. Las evoluciones del enfermo
no perdían detalle a los ojos examinadores de Pal.
El aparato seguía sin aparecer y la búsqueda del mismo había cesado. Algo
inexplicable, pero no emplearía más recursos logísticos ni personales en algo
que tendría que asumirse, aunque fuera la primera vez que ocurría. De igual
modo dio una orden concreta al departamento de ingeniería: elaborar un
sistema de rastreo y localización novedoso que solventara en el futuro
circunstancias similares. Aquello no debí a haber pasado y no deberá volver a
suceder.
- Creo que este chico tropezó con el monstruo personal que le rompe por
completo las normas del vuelo. El gran destructor ha salido de su guar ida –
terminó cariacontecido.
El experto instructor era un excelente conocedor de las tremendas
limitaciones que ese ogro espeluznante podía mostrar. Un enemigo fiero y

188
temido por muchos. Difícil de erradicar. Duro de combatir. Con garras sólidas
que atenazaban, sin perforar, el más potente de los blindajes: el Amor.
- Pal – continuó tras la breve reflexión – ¿Le hablaste de él en algún
momento?
- Estoy segura Pitt. Nunca me olvido de ello. Quizá debí haber puesto
más énfasis e hincapié, pero estoy absolutamente segura de haberlo
mencionado.
- No importa. Lo hicieras como lo hicieras, no lo captaría. Él tenía que
enfrentarse a su escollo en algún momento, y ese momento ha llegado.
- ¿Te encargas tú del destructor?
- Déjalo de mi cuenta quer ida, al parecer es mi especialidad. Tenme al
corriente de su evolución.
Un par de besos en sendas mejillas formó la despedida. Pitt marchó con
paso lento, enfundado en su mono de vuelo color naranja, hasta el final del
largo pasillo, donde desapareció. Pal cerró la puerta. Dispuso la bandeja del
almuerzo con cuidado de no producir ruido alguno; comería y aprovecharía
para descansar un rato.






Décimo quinta jornada. 02:16 horas. Complejo aeronáutico de Nairda.

Después de haberse sumido en el profundo y reparador sueño, resurgía del
letargo impuesto por los millones de células que reclamaron el tiempo
suficiente para una adecuada, laboriosa e inmediata regeneración.
Pal tumbada, yacía a dos metros de distancia. Eso le reportó más
tranquilidad, confianza y serenidad. Todo lo que por el momento creía
necesitar.
- ¿Pal? – advirtió en un mejorado tono sin agudeza –. ¿Estás despierta?
- Reposaba – contestó incorporándose – ¿Necesitas algo?
La miró de soslayo, con los ánimos suficientes para ofrecer su mano
izquierda reclamando el apoyo. Ella la cogió en su regazo al acomodarse en
una silla de patas niqueladas con asiento y respaldos tapizados en algún
material brillante de color negro, al t iempo que tocaba un interruptor de color
verde que no estaba al alcance del paciente.
- Pal, ya sé quÉ pasó – decía con la voz entrecortada – Pensé que no lo
conseguiría. Eso fue lo que paso. Negué con mi pensamiento el propósito del

189
vuelo. Al llegar a la cota de los cuatrocientos mil pensé que pasar entrañaba
peligro. Que no encontraría aire para la combustión. Por eso se paró el motor.
Fallé en la primera regla. Creo que tendré que empezar de nuevo todo el
proceso – concluyó rebosando un par de lágrimas procedentes de la
desesperación.
- No Jano, no creo que fuera eso exactamente. Pero no es el momento de
ello, necesitas reposo y descanso. No te anules. Intenta dormir algo más.
¿Tienes hambre?
- Sed.
Alcanzó un vaso ya preparado con un absorbedor hasta sus labios de forma
que no tuviera que incorporar la cabeza. Aspiró con dificultad. Lo hizo por un
espacio de varios minutos, hasta casi dejar vacío el recipiente.
Pitt Entró en la doscientos siete despacio, sonriente.
- ¿Cómo está nuestro muchacho?
- Intentando recriminarse el accidente.
- Bien Jano. Sea lo que imagines o pienses que ha ocurrido, has de
dejar lo para más adelant e. Mañana, según el doctor, el efecto de los calmantes
habrá cesado. Entonces, tu raciocinio estará en buenas condiciones para
ejercer – informaba procurando ser entendido, hablándole de cerca, desde el
otro lado de la cama. Asiéndole suavemente del hombro.
- Pitt siento lo del avión…
- El Starfighter no es lo importante en estos momentos – cortó
drásticamente –. Jano, escúchame con toda la at ención que t e sea posible.
Necesitas seguir descansando. Mañana podremos hablar de cualquier cuestión.
¿Ent iendes?
Movió ligeramente la cabeza confirmando la solicitud realizada. Pal, con
un pañuelo de papel, limpió con sutileza el reguero brotado de los lacrimales
de su ex alumno. Los tres permanecieron durante breves instantes en silencio.
Jano volvió a cerrar sus ojos. No dormía en esta ocasión. Reposaba pensando
las palabras escuchadas. Procuró, dentro de lo que su estado le permitía,
localizar la suficiente cordura para cotejar acertadamente el discurso de Pitt.
Sabía que él nunca decía nada sin sentido. Decidió creerle.
Una enfermera entró, acompañada de una jeringuilla con veint e mililitros
de un relajante muscular, solicitando dejaran la habitación libre unos instantes.
La introdujo en el gotero, regulando la cantidad del suero que debería entrar
en los vasos sanguíneos a través de la vía instalada en su brazo derecho.
Aumentó la dos is. Inmediatamente Jano recibió el efecto. Dejó de analizar
procurando un nuevo reposo a todo su magullado cuerpo. Acto seguido le
descubrió procediendo a untar la crema recetada para las magulladuras.
Observó que el tejido recuperaba con rapidez su textura. Las células estaban

190
realizando un trabajo de reconstrucción formidable. Anotó los detalles en el
informe colgado al pie de la cama y se retiró.
- Al menos dormirá otras doce o dieciséis horas, como mínimo –
informó la chica de impecable uniforme blanco – mañana, por el aspecto que
evidencia sus heridas, puedo asegurar que estará en muy buen estado. Será
mejor que le dejéis reposar – culminó partiendo hacia la habitac ión siguient e.
- Gracias Dru. Si hubiera alguna novedad infórmanos inmediatamente.
- Así se hará, como siempre. Descuida, Pitt. Buenas noches.
Pal monitorizó la cámara de vigilancia para que en el recibidor de
enfermería pudieran controlar sus movimientos, al igual que hacían con el
resto de sus constantes vitales. Abandonó las instalaciones reiterando el
interés por los resultados de cualquier evolución al personal sanitario de
vigilancia. Luego marchó junto a Pitt. Les esperaban en el hangar cincuenta y
cuatro.
A su llegada, Arck, el jefe de ingenieros de diseños y seguridad en vuelo,
los recibió adjuntándole en mano el informe.
Eran evidentes los resultados tras los análisis realizados al uniforme de
vuelo de Jano en el momento del accidente. Las distintas capas de sudor que
impregnaron el tejido mostraban rotundamente, la aparic ión del destructor. La
escala mostrada por el gráfico no reportaba el mínimo error. Las dudas habían
desaparecido, si quedaba alguna. Pitt preguntó sobre el resultado en los
anteriores anális is realizados tanto en los asientos de las cabinas donde Jano
había volado, como en el resto de uniformes usados. Arck, un hombre avezado
en su profesión manifestó, con claridad rotunda, que en ningún instante hubo
atisbos del mismo. El procedimiento no había detectado con anterioridad al
destructor. Excepto el aporte de una insignificante muestra escaneada en el
asiento del Starfigther el día en que sufrió la parada de motor en el aterrizaje
sobre Ís. Pero los datos mostrados no podían definirse exactamente como
señales evidente de la apar ición del destructor, aunque sí tenía ciertas
similitudes. No obstante, aquello estaba dentro del margen adecuado de los
protocolos de seguridad establecidos como algo irrelevante. Por tanto, no
informó de tal hecho. Pitt aceptó las circunstancias, mostrando reticencias e
insinuó que sería bueno revisar esos márgenes de seguridad ampliándolos. No
quería que volviera a repet irse una circunstancia similar. A part ir de aquel
momento, toda muestra del destructor, por irrelevante que fuese, o por
insignificante que pudiera parecer, debería ser reportada a la mayor brevedad
posible. Sin demoras.

- Bien, Pal, mañana en cuanto se levante empezaré con él. Imagino que
tendrá que permanecer varios días ingresado, pero el destructor ha de ser

191
atacado y aniquilado antes de que salga de la enfermería. Te necesitaré en
algún momento, procura estar disponible, quiero sacar este caso cuanto antes.
Nos hemos tropezado con uno de los peores.
- ¡¿Qué vas a decirme, si el mío era similar?!
- No querida, éste es aún peor. Lo digo por experiencia. Quien no ha
experimentado al destructor en su más alta faceta y cota, no conoce el peor de
los inconvenientes para el vuelo – manifestó contundentemente –. Lo tuyo era
sentimental, difícil evidentemente, pero reparable con grandes dosis de Amor
y afecto. Esto es distinto, es la negación de lo esencial, y ello, créeme, es lo
peor que podría experimentar cualquier Ser que Existe. Es justamente, como
bien deberías saber, aun sin haberlo experimentado en tus carnes, como a él
le ha podido suceder, la negación de la realidad, el tormento de la
imposibilidad, la esencia de la inexi stencia, el f uror de la negación de la
verdad. Creer en el monstruo, es creer en la imposibilidad, es simplemente no
creer, no saber, no poder, no volar, no Ser.
Pal, quedó sumida en una profunda reflexión ante las palabras
contundentes del sabio instructor. Tenía mucha razón. Debería tenerla para
haber hablado con tal contundencia. Y quizá, ella nunca prestó la sufic iente
atención a tal circunstancia, reflexionó tomando una decis ión inmediata:
documentarse al respecto sería la mejor ayuda que podría ofrecer a la pet ición
de ayuda de su jefe, y al avance definit ivo del que parecía ser, aún, su alumno,
aunque él, ya hubiese aprendido las normas vitales del vuelo, las que le
conducirían a la felicidad, a alcanzar el cúlmen de sus propósitos.


















192
11. Páginas en blanco



“La verdad es totalmente interior, no hay que buscarla f uera de nosotros,
ni querer realizarla luchando con violencia con enemigos exteriores.”
Mahatma Gandhi. Polít ico, abogado y pensador indio (1869-1948)

“la verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”
Antonio Machado. Poet ay prosist a español. (1875-1939)




Décimo sexta jornada. 08:01 horas. Complejo aeronáutico de Nairda.

Desde la enfermería llegó el aviso. Jano había despertado. Estaba
consciente y permanecía con constantes muy aceptables, demostrando gran
apetito y ganas de charlar. El médico notificó que escuchó hasta seis veces
consecutivas el relato de su incidente. Pitt r ió ante las extraordinarias noticias
anunciando su inmediata presencia.
Antes de partir, examinó el orden del día. Las clases organizadas
mantenían su dinámica. Los recién estrenados instructores acababan de recibir
a nuevos alumnos y alumnas, los cuales mostraban las percepciones
habituales, nada fuera de lo usual, salvo que uno de ellos era realmente muy
joven, sólo diec iocho años y un mes, pero esa circunstancia tampoco
inquietaba en lo más mínimo; no sería el últ imo, ni era el primero, y, al igual
que todos, saldrían adelante. Observó el cuadrante de clases de Pal. Despegó
temprano con una alumna que t enía problemas con la segunda regla de vuelo.
Posiblemente estaría toda la jornada fuera, aunque s i la evolución era la
presumida, posiblemente regresaría para la cena. De cualquier manera, decidió
lanzarse a la borradura del monstruo que habitaba en Jano como un parásito.
Cogió el manual de vuelo del mismo part iendo alegre y sonriente; enfrentarse
al ogro que atenazaba cualquier posibilidad, siempre, fue uno de su retos
personales. Sabía de la dureza en la demolición del mismo, pero de igual
manera conocía el método para su aniquilación. Una vez más, lanzaría sus
torpedos para hundir el navío pestilente que usaba el depredador para sus
fechorías.
Durante el trayecto recordó una frase almacenada en su memoria desde
tiempos incalculables, un enunciado que resumía el súbito problema de Jano:

193
“Es dif ícil estar con quien no se gusta a sí mismo, porque no sabe Quien Es.”
Que el piloto adquiriera tales circunstancias desembarazándose del lazo del
fantasma que nublaba su mente, dependía, casi exclusivamente, de la correcta
introspección formulada como fruto del examen exhaustivo del manual de
vuelo.

- Buenos días. Según el doctor te encuentras saludablemente magníf ico –
indagó comprobando un semblante sonriente con buen color.
- Buenos días Pitt, me alegra volver a verte, no imaginas cuanto. Estoy
muy recuperado, tan sólo un pequeño malestar en las ingles, incluso me han
permitido andar, no mucho, pero he podido hacerlo con energía, sin sentir
flaqueza en los músculos, supongo que me darán el alta pronto para poder
volar de nuevo, me muero de ganas, pues esto de estar varado en esta playa
blanca de algodón inmaculado, rodeado de amabilidad, buen trato, cordialidad
y enfermeras alegres y complacientes, es muy agradable, pero echo en falta el
aire puro y saltar entre las nubes, porque…
- Espera. Espera – hubo de aplacarle ante un monólogo impulsivo –.
Creo que antes de que salgas de aquí, es necesario que repasemos algunas
cuestiones. ¿De acuerdo? – preguntó insinuando y provocando su atención y
entendimiento.
- Como quieras, Pitt. Tú mandas. Pero es que me encuentro tan
confortable que tenía que expresarlo. ¿Por dónde quieres que empecemos ésta
mañana? ¿Qué tengo que aprender ahora, que antes no haya asimilado?
Pitt le miró complacido tras captar su interés. Del maletín marrón oscuro de
doble hebilla plateada extrajo algo bien conocido. Lo depositó sobre el borde
de la cama, provocando la incorporación hasta la posición de sentado del
enfermo. Lo asió entre sus manos como si de un tesoro se tratara.
- Pensé que lo habría perdido en el descenso en paracaídas, pues es lo
único que no me entregaron de mis pertenencias personales, además del mono
de vuelo, que imagino debe estar inutilizado.
- Aquí nunca nada se pierde, sólo se encuentra lo que se quiere. –
apostilló buscando su complicidad, indagando en su curiosidad, recordando
que un Starfighter había desaparecido, y ello de alguna manera, contradecía su
actual afirmación.
Jano no contestó. No captó. Mantenía fija su mirada en el sucio y
deteriorado manual que un día recibió inmaculado y perfecto, al que no prestó
consideración ni relevancia cuando le fue confiado, pero que ahora quería y
creía necesitar como la guía o el mapa que le condujo hasta completar su
novedosa instrucción. Acarició sus pastas y lomo quer iendo darle el consuelo
por el mal trato y descuido ofrecidos. Un libro voluminoso repleto de páginas

194
en blanco del que tan sólo pudo leer unas pocas, las que estaban escritas con
breves sentencias, frases al principio sin aparente contenido, pero repletas de
un sentido maravilloso que aportaron fe y seguridad y un nuevo fervor por
experimentar el gozo del vuelo. Por sentir la felicidad como algo palpable y
alcanzable. Un cofre de papel con manchas de grasa, cierto olor a keroseno y
manchas de aceite de aviación. Intuyó que si de nuevo estaba en su posesión,
no era por casualidad, alguna lógica habría que descubrir. Pitt, como
siempre, no hacía nada porque sí.
- ¿Qué quieres que haga con el libro? ¿Acaso hay más reglas de vuelo
que aprender? Pal dijo que mi instrucción había concluido. ¿Adónde quieres
llegar, Pitt?
- Veras Jano. Escucha sin interrupción, por favor. Lo que voy a decir es
relevante e importante, aunque pueda parecer disparatado. Ese libro, es, en
realidad el contenido total, y exacto, de toda tu “existencia, digamos, mortal”
– aclaraba mientras era oído con asombro tal revelación –. Es personal. Único.
Es, con concreción, el reflejo milimetrado de cada instante, de cada sensación,
de cada situación, de cada notoriedad vivenciada, experimentada. En él,
podrás encontrar, al leerlo, paladeándolo, aunque puedas no creerlo, el proceso
seguido hasta el momento actual. No. Aún no lo abras por favor – advirtió
ante su intento –, escucha sin distracción. Recordarás cuando te lo entregué el
primer día, y al hojearlo, que encontraste la mayor parte de su contenido sin
escritura – Jano asintió con tímido gesto –, pero eso ha debido ser restituido al
pasar el entrenamiento. Es lo que sucede siempre. Ahora podrás leer lo. Hazlo
con esmero. Presta cuidado a cada frase, coma y punto. Es la forma adecuada
de extraer lo que falta y necesitas para destrozar tu escollo. Después, estoy
seguro, tendrás preguntas y cuestiones que resolver, y yo estaré presente para
solventarlas. Pero no antes. Es preciso y conveniente que ello sea así. Es el
método adecuado y operativo, el que s iempre se ha empleado, el que mejores
resultados otorga. Es, la fórmula desde la cual acometerás el proceso al que
voluntariamente te sometiste. Sé que lo que manifiesto puede turbar o
asombrar, incluso anular tu ent endimiento. No obstante, confía en mí. Por
mucha estupefacción y extrañeza que puedas encontrar al albergar el
descubrimiento del aporte de esas páginas, todo es posible. Ese libro eres tú.
Créeme. Sólo y exclusivament e tú. Descubrirás, a pesar de lo que yo pueda
decir, añadir o promulgar, el autént ico alcance de la esencia de Quién Eres en
realidad – respiró en profundidad produciendo expectación –. Por muy
fascinante, asombroso y quizá turbulento que pueda parecerte, lo que leas, eres
tú, no lo que has sido o podrás ser. Es en realidad lo que Eres. ¿Ent endido? –
preguntó atesorando una respuesta afirmativa.

195
Jano pensaba detalladamente. La información recibida describía algo
inaudito. Inesperado. Presentaba un aspecto que no imaginó en ninguno de sus
mejores sueños. Ni aun siendo adivino, hubiese descubierto tal muestra. No
sabía que responder. La ansiedad por empezar la lectura constituía el afán de
sus ademanes. Su inquietud por comprobar tales aseveraciones, motivaba el
asueto al que se veía relegado. Pitt, tranquilo, esperaba la conclusión de sus
reflexiones. Cada vez que un alumno llegaba a este punto, se producía un
efecto similar. La paciencia le mostró siempre que era el mejor sendero. Debía
esperar sin aspavientos. En calma. Solícito.
- Pitt – decía con la mirada ida en las sábanas donde sus manos
albergaba el quid de las cuestiones que habían forjado su incierto, pero al
parecer real deambular, aún inescrutado –. Alcanzo a entender lo expuesto,
aunque sea un tanto extraño. Pero hay una cuestión que quisiera resolver, ¿qué
me pasó con el Starfigther? Por más vueltas que le doy y repaso a aquellos
instantes, no encuentro respuestas, no sé en qué me equivoqué. Creí estar
preparado al finalizar el curso, para realizar ese vuelo, y algo falló. ¿Qué
piensas que fue?
- Tenemos la respuesta en los informes y anális is realizados por el ingeniero
jefe de seguridad en vuelo, son def initor ios y contrastados. Tropezaste con el
escollo al que tenías que enfrentarte. El problema que te trajo a Nairda. No es
que no quiera o no pueda contarlo; no obstante, sí debo abstenerme de
mencionarlo. Considero que la mejor opción, así lo dicta la experiencia, es que
lo descubras por ti mismo tras la lectura. El libro de tu existencia mostrará el
aspecto que has de reparar – hizo una pausa estudiada –. Te enfrentas al más
implacable de los problemas, a lo que llamamos el destructor – concurrió con
un exhausto silenc io esperando indicios en sus gestos –. Pero ten la seguridad
de que ayudaremos a reparar las adversidades que encuentres. Ahora, solicito
una vez más tu confianza en mí. Lee. Hazlo sin pr isas, delicadamente.
Hallarás las claves desde donde abordar y aniquilar cualquier inconveniente
que te impida volver a volar. ¿Confías en mí?
- Sí, por supuesto – respondió sin dudar – sé que puedo hacerlo.
- Te pido entonces, que del mismo modo confíes especialmente en ti, por
muy absurdo que pueda parecer esta solicitud.
Ambas miradas quedaron en suspensión sin necesidad de articular sonido
alguno. La complicidad se había establecido hacía tiempo. Jano supo que
debía seguir el sendero marcado. Descubrir. Desentrañar. Dejaría que el río
continuara por su cauce sin precipitar un torrente irref lexivo que desembocara
en una catarata de inciertos. Confiaría. Lo haría, en Pitt, y en él.
El General le asió por sus hombros con sus manos procurando transmitir
fortaleza al despedirse. El alumno quedó enclaustrado en una soledad

196
circunspecta. Sólo, con la única compañía de sus pensamientos, sentado en la
cama. El mapa de lo que parecía ser su existencia iba a ser abierto. Cerró los
ojos. Respiró profundo varias veces. Pitt no podía engañarle, por tanto, lo que
iba a saber, podría resultarle cuanto menos intrigante, por no decir
perturbador. Comenzaron las cavilaciones ¿Y si no le gustaba lo que
descubriera? ¿Qué podría encontrar que pudiera asustarle tanto como para no
atreverse aún a leer? ¿Qué sería lo que Pitt llamo el destructor? Esa palabra
sonaba tremenda. Cierta angustia invadía sus escrutinios. Tenía que hacerlo.
Afrontar el reto. Descubrir. Descubrirse. Quizá al leer podría recordar cómo
fueron todas sus vidas anteriores antes de llegar a Nairda. Quizá, sólo quizá,
ello le aportaría algunas claves ilustrativas. Incluso podría recordar su
auténtico nombre, pues el actual no le sonaba al real.
La puerta se abrió interrumpiendo su introspección. La enfermera entraba
pidiendo permiso con sutileza y encanto.
- Buenos días, Jano, esto es de parte de Pitt, ha mencionado que te serían
de utilidad – decía entregando un pequeño bloc de notas y algunos lápices
bien afilados –. Si necesitas cualquier otra cosa pulsa ese botón ámbar –
concluyó señalando la posición en la pared del avisador, dejando, al
marcharse, el encanto estelar de una dulce sonrisa.
Dobló la almohada encontrando una pos ición que le permitía mayor
comodidad. Recordó que anteriormente sólo pudo ir visualizando las páginas a
medida que su entrenamiento avanzaba. Probó abriendo por el inicio. La
primera estaba en blanco, algo que esperaba, la siguiente mostraba un índice
sorprendente. Estaba dividido en varias partes. La primera se refería a las seis
normas de vuelo, las que él pudo ver hasta el momento. La segunda, muy
extensa, hacía referencia a las diversas vidas que había exper imentado; no
existía una cronología referida al t iempo, sólo un título, que dedujo podría ser
el nombre usado en cada una de las vidas. En total eran once. La última lo
señalaba un nombre que no le era familiar: Jerónimo.
La curiosidad por infiltrarse en esas páginas era latente, pero escogió la
prudencia y recorrer el libro por orden. El tercer título lo determinaba una
palabra: “Marcaciones”. ¿Qué sería o contendría el mismo? La respuesta a su
curiosidad debió ser controlada nuevamente. Paciencia. Precipitarse podría
descomponer la realidad que ofrecía el volumen atesorado entre sus manos,
ahora sudorosas por el descubrir reciente. El cuarto y último título estaba
definido como “Conclusiones”. Examinó con rapidez lo que antes fueron
hojas en blanco. Ahora, al pasarla pulsándolas sobre su pulgar derecho,
comprobó lo contrario. Estaban repletas de palabras impresas. Ninguna
permanecía unida a la otra sin poder ver su contenido. Lo que antes no existía,
se manifestaba. Era la prueba evidente de la predicción de Pitt.

197
Pasó cada una de las seis lecciones aprendidas. Esperaba encontrar algunas
otras frases, pero todo permanecía exacto a como lo recordaba. Nada de lo que
extraer consecuencias, no obstante, volvió a releer, quizá no lo hizo con la
debida concreción y meticulos idad. Miró desde distintos ángulos, quizá algún
reflejo lumínico ofreciera algún mat iz peculiar. Nada. Repit ió el examen. Esta
vez exponiéndolas al trasluz. El mismo resultado. Lo intentó con el tacto,
podría haber algunas palabras marcadas en resalte. Desistió. Lo que había, era
lo que pudo ver y leer.
Iba a empezar con el relato de sus vidas, cuando una idea llegó como una
luminaria. En el bloc de notas escribió el alfabeto otorgando una numeración a
cada letra. ¿Sería pos ible que al reducir las frases y las palabras a números
pudieran ofrecer algún dato? Parecía algo interesante. Recordó algo de su
últ ima vida cuando estuvo destinado en la Divis ión de Inteligencia Naval.
Podría haber algún mensaje en clave. Ellos usaban números y signos para
sustituir las letras en las comunicaciones para que el enemigo no pudiera
descifrar los mensajes.
Durante más de una hora permaneció sumido afanosamente en la
elaboración de algo que pudiera ofrecer un enigma o jeroglíf ico del que
descomponer una solución o alternativa viable. Pero por más que insistía, el
aporte era totalmente insustancial. Habí a emborronado la mitad del bloc sin
resultados. El cansancio mental anunciaba al mismo tiempo el agotamiento
por la posición en la que permanecía. Decidió salir de la cama buscando la
comodidad en el butacón que formaba parte del mobiliar io de su habitación.
La maniobra podría acarrear una nueva caída, por lo que prefirió avisar a la
enfermera y solicitar su ayuda.
Dru acudió con prontitud, realizando las presentaciones personales.
Escuchó y atendió la pet ición, pues el médico había aconsejado la
conveniencia de iniciar cortos paseos que permitieran el fortalecimiento de los
músculos. En el transcurso hasta la butaca, percibió como sus piernas,
mediante cortos pasos, ofrecían la potencia adecuada para un desplazamiento
sin gran esfuerzo, ni mucho dolor.
Cómodamente sentado y pertrechado, emprendió la lectura. Algo debería
encontrar en los relatos que le esperaban, de al parecer, sus vidas anteriores.

“Grüich, era el nombre que anunciaba sus comienzos. Inmediatamente
el relato lo sumergió en una oda de fascinación y estupor. No podía
dar pábulo a la increíble, pr imero belleza estilística y semántica de la
exposición de los hechos, ni al contenido del continent e. Simplemente
no se imaginaba que él hubiese podido encarnarse en tales
circunstancias. Grüich fue, según el libro, la primera experiencia que

198
vivenció. Era su nombre. Un nombre temido. Un gigantón entre el
resto de los habitantes de aquel planeta. De aspecto feroz, con una
espesa capa de pelo que rodeaba su cuerpo, siempre desnudo. Una
especie de guerrero. Un mercenario que con las armas de su altura y
fuerza, algún palo y el uso de piedras lanzadas con gran puntería y
destreza, era contratado por las tribus r ivales para realizar venganzas,
ganar batallas, o simplemente ajustarle las cuentas a quien se le
tuviera cierta manía o envidia. Destronó a jefes y jefecillos de c lanes.
Su recompensa siempre era la misma: alimento s in límites, y las
mujeres que escogiera a su disposición. Esa era la moneda de cambio
que usaba. Él nunca quería pertenencias de ningún otro tipo. No se
sometió a ninguna norma, ni razón más que las suyas. Siempre fue
temido, y, en muchas ocasiones, su sola presencia dir imía el conflicto
de parte del bando que mejor le hubiese pagado. Grüich murió como
vivía, luchando, en solitar io, sin familia, sin compañera, sin
descendencia reconocida. Fue sorprendido en mitad de una oscura
noche por una de las tribus a la que más dolor le infringió en esa vida.
Un gran griterío y antorchas encendidas le despertaron de su sueño.
Aletargado no supo reaccionar consecuentemente, cayendo en la
trampa a la que fue conducido. Al lanzarse fiero contra los enemigos
que se le enfrentaban penetró en el lugar escogido por los mismos. En
ese instante, una tremenda piedra de casi media tonelada caía desde
unos diez metros de altura sepultando cualquier siguiente suspiro y
continuidad”.

Ningún escritor hubiese podido imaginar, pensó, aquélla fascinante
historia relatada con todo lujo de detalles. Miró el reloj de la pared. Eran las
doce y diez. Tardó algo más de dos horas en leer las pr imeras cuarenta y tres
páginas repletas de una minúscula letra que dificultaba el proceso. Sea como
fuese, constituyó algo tremendamente apasionante, se dijo convencido. Más
que sacar consecuencias, el impulso de la curiosidad concluyó en el s iguiente
relato.

“Haltemm sería el seudónimo al que respondía en esa segunda
experiencia. Vivía en una gran isla con forma de banana gigante.
Era de piel marrón oscura, con una prominente barba acaracolada.
Vestía con pieles procedente de la caza de animales salvajes, y para
su tremenda sorpresa era el chaman de toda la población indígena
que se vio sometida al dominio de una raza de color amar illento. Su
fuerza estaba establecida por la contundencia de las armas que

199
usaban. La paz siempre reinó hasta la llegada de los invasores.
Desde ese instante pasaron del disfrute de una vida en libertad, sin
problemas, ni compromisos, con la única ley de morar procurando el
bien para el resto de los habitantes, a ser operarios de los
conquistadores. Fueron organizados para realizar ciertos trabajos de
agricultura y extracción de minerales. La población disminuía con
rapidez debido al alto número de horas a las que se les sometía en el
trabajo del que sólo obtenían la recompensa de algo de comida
insustancial para poder sobrevivir. Haltemm fue respetado y
liberado de esas cargas debido a su papel dirigente, aunque
especialmente era temido por el arte desarrollado en el ámbito de la
brujería. Como hechicero, curandero y guía espiritual, fue dejado en
la más absoluta libertad de movimientos. Tales facetas le
permitieron no sufrir la ignominia, ni los abusos. Dedicó cada uno
de sus instantes a velar fundamentalmente por la salud de sus
congéneres, a los que a pesar de sus esfuerzos, veía desaparecer sin
que la tasa de nacimiento fuese superior a la de mortandad. Él fue
uno de los últ imos en fallecer. Pero dispuso del t iempo sufic iente
para comprobar cómo repoblaban su tierra con personas de tez
similar que hablaban un idioma ininteligible, traídos de otras tierras
lejanas. Fue una existencia productiva, a su juic io actual. Luchó por
el bienestar de los suyos, sin poder conseguirlo. El ocaso de sus días
lo provocó la desolada tr isteza de ver desaparecer a toda una
civilización que vivía en paz, armonía y felicidad. Contempló la
completa destrucción de una realidad inigualable, realmente
maravillosa, y eso apagó el éxtasis de un corazón que fue
envenenado por la amargura que progresivamente culminaría en una
apatía total. Simplemente se apagó sin dolor, pero precedido de un
tremendo sufrimiento”.

Al f inalizar, sus ojos estaban inundados por lágrimas vivas, duras,
compungidas. El cambio de una experiencia a otra constituía un abismo. ¿Qué
consecuencias podía deducir? De un depredador sin piedad, a un ser benévolo,
complaciente, generoso y entregado. Dos vidas sin posibles similitudes. Los
polos opuestos de todo lo imaginable.
Veint idós páginas contaron la escasa historia, criticó internamente, para
detallar una vida llena de pos ibilidades en un ambiente de paz, destrozado por
unos dominadores carentes de toda moralidad y ética.
Decidió continuar. Quería comprobar con ansiedad inus itada el siguiente
capítulo. Tenía que desentrañar el mensaje necesario para reparar sus

200
problemas. Pese a su momentánea tristeza, se lanzó a la caza del siguiente
personaje encarnado: Zenko.
Nuevamente encontró una descripción de alguien con piel negra, muy
negra y brillante. Alto y muy fuerte. ¿Otra vez de piel oscura?, se preguntó. La
curiosidad le pudo examinando el total de las páginas de ese relato. Sólo
quince. Parecía que cada vez vivía menos en cada reencarnación. Ello podría
aportar algún dato, lo anotó. La misma indagación realizó con la descripción
del capítulo contiguo. Sorpresa, aumentaban a veintiocho. Comprobó el resto,
unos más, otros menos. A prior i no podía establecerse una comparativa.
Ninguna lógica aparente. Desistió del inicial intento continuando la lectura.

“Zenko fue una vida llena de valor, coraje, vigor y sinceridad.
Perteneció a una tribu que vivía cercana a la costa. Subsistían de la
pesca abundante entregada por un mar apacible y soleado. El resto
de la dieta, la obtenían del fruto que los numerosos árboles de todo
tipo ofrecían sin cesar. Fue uno de los más destacados, nunca fue
jefe, pero su buen hacer infundía gran respeto. Su inteligencia
aportaba técnicas que permitían obtener los alimentos de forma más
fácil, ahorrando tiempo que era dedicado a la diversión y el cuidado
de la familia, los hijos y el grupo del que formaba parte. En
apariencia una exper iencia exquisita, sin altercados notorios. Un
lugar donde las decisiones se tomaban en consenso procurando el
mayor beneficio posible para el mejor desarrollo y bienestar. Una
bonanza interrumpida por otra invasión, no para conquistar o
dominar, sino para raptar y esclavizar. Llegaron hombres que
desembarcaron de grandes navíos. Barcos cien veces mayores de los
que ellos jamás imaginaron construir. Su objetivo fue capturar el
mayor número de personas. Saquearon sus casas, violentando todo lo
que encontraron a su paso. Como no estaban preparados para la
lucha y el combate, no supieron defenderse del hostigamiento
recibido. Todo se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Sangre y
llantos se esparcieron por lo que dejó de ser un punto de serenidad y
felicidad. Finalmente fue encadenado por los pies en la bodega de
uno de aquellos gigantes buques de madera, y obligado a remar a
golpe de tambor. Un látigo castigaba al que no mantuviera el r itmo.
Aquello constituyó algo contra lo que no pudo luchar. No estaba
preparado. Todos sus propósitos estaban perdidos, se esfumaron.
Rápido en la toma de decisiones, en un descuido de uno de los
guardianes soltó el remo asiéndolo por los pies, tumbándolo en el
suelo. La trifulca duró segundos. Se apoderó de un corto puñal, que

201
envainado permanecía sujeto a la cintura del uniforme del
castigador, hundiéndoselo en su vientre, rajándolo de parte a parte.
Murió en una agonía lenta y dolorosa mientras se desangraba”.

¿Se suicidó? Fue la gran cuestión que le asaltó. El debate se sembró en su
pesar. No encontraba consuelo. ¿Por qué? ¿Por qué? Indagaba con fluidez. Él
hubiera luchado por recuperar la libertad, por volver al hogar, por restablecer
la destrozada comunidad. Hubiera dado muerte a los captores. Habría hecho
justicia ante la ignominia Sin embargo, se rindió. De nuevo otra vida iniciada
en felicidad, torcida por la vehemencia implacable de seres dominantes, sin
escrúpulos.
- Buenas tardes, hora del almuerzo – anunciaba Dru entrando con una
bandeja isotérmica –. Bien, Jano, tienes que comer y reponer fuerzas. Hay un
excelente estofado de primero, espinacas a la crema de segundo y de postre un
arroz con leche que te hará degustar una de las mejores delicias de nuestro
chef.
Jano no articulo palabra. Aún estaba sumido en su desasosiego.
Cariacontecido, se dejó hacer. Dru dispuso la mesa. Le ayudó en el
desplazamiento y permaneció a su lado animándole en una f luida
conversación mientras engullía sin apenas masticar. Ella percibió lo que
podría estar sucediéndole. No era ninguna novata. Conocía perfectamente el
paso por el que danzaba su existir en aquellos instantes. Ella, al igual que el
resto de los miembros de Nairda, pasó en su momento por lo mismo. El
entendimiento constituía una de las principales bazas para el perfecto
desarrollo de su labor sanitaria. Con su palabrería nada vana, fue sacando al
piloto de la introversión que le mantenía ais lado de su ant igua realidad.
Llegado el postre, Jano recuperaba el tono emocional. Aquella delicia le hizo
reaccionar en mayor medida que la conversación animada en forma de
monólogo de su interlocutora.
- ¿Podría tomar un café, o el doctor ha prescrito lo contrario?
- Nada de eso. Puedes comer cuanto quieras. Todas tus constantes están
en perfecto estado. Pide lo que quieras, se te dará sin problemas. ¿Te has
quedado con hambre?
- No en absoluto. Gracias. Estoy repleto, todo estaba muy r ico y bien
condimentado. Pero tengo la costumbre de concluir con un buen sorbo de ese
líquido negro bien caliente.
- Pues ahora mismo te lo traeré. ¿Sólo, con leche, azúcar?
- Sólo. Dos de azúcar. Gracias.

202
Solícita marchó en busca del encargo. Mientras, Jano, desplazó, con
prudencia, su cuerpo hasta el sillón. No tuvo t iempo suficiente. El café y Dru
estaban de vuelta encarando su acción.
- No deberías haberlo hecho. Es mejor que me avises para moverte.
Nadie, y tú menos, debería querer volver a ver cómo sufres un nuevo resbalón.
¿Me avisarás la próxima vez? – encaró con dulzura.
- Lo haré. Sólo quería demostrarme que podía hacerlo, pero obedeceré,
lo prometo.
Tomó el café con avidez. Quería continuar. Su cuerpo reclamaba una
pequeña siesta. Pero la mente, inquieta, ordenaba seguir perfilando. Lo que
todavía le costaba creer, es que ese fuera su pasado
- Bien Jano. Aquí te dejo este mando – sacado de uno de los cajones de
la mes ita de noche – así no tendrás que levantarte para pulsar el botón ámbar.
¿Lo usarás si me necesitas?
- Dalo por hecho. Gracias Dru.
La puerta se cerró dejándole dispuesto para recobrar su acción.

“Gonzalo de Courcuviong fue una especie de guerrero que luchaba
en nombre de su dios. Una especie de sacerdote militar izado. La
orden religiosa a la que pertenecía tenía la extraña misión de expulsar
a una civilización catalogada de infieles que inmersos en la batalla,
realizaban exactamente lo mismo, salvo que su dios al parecer
respondía a otro nombre. La incongruencia de esa vivencia no tenía
el más mínimo sentido a su entender. Miles de seres batiéndose a
muerte porque sus dioses reclamaban la misma parcela de terreno.
Promesas de gloria para ambos bandos si caían gloriosamente en pos
de la victoria y aniquilación del contrario, del enemigo feroz. Ambos
bandos creían estar en posesión de la verdad, y por ella sacrificaban
todo. El ambiente de continuos conflictos y saqueos, impregnados de
derramamientos de sangre cruentos, llenaban una y otra página. Unas
veces ganaban, otras salían vapuleados. Las pérdidas de vidas eran
terroríficas. El dolor, el odio y el rencor suponían la simiente sobre la
que supuestamente tendrían que crecer las respectivas civilizaciones
en sus denodados empujes hacia la autodestrucción. No parecía que
ninguno de los dos ejércitos ganaran el conflicto que duraba
demasiados años. Todo era un absurdo. Cada mañana se levantaba
realizando una serie de plegarias, implorando protección, subía a su
caballo, entraba en formación con los suyos y se disponían a la
refriega. Su espada partía en dos a los enemigos que osaban
desafiarle. Con la puesta de sol, regresaban a sus respectivas líneas,

203
reponían fuerzas, dormían y vuelta a la rutina con un nuevo
amanecer. Todo parecía tremendamente monótono y agotador, hasta
que un día pudieron romper por los flancos al adversario, los
acorralaron embolsándolos y capturándolos para posteriormente
realizar el intercambio de prisioneros. Fue una gran victoria. En
aquella ocasión su escuadrón fue destacado con urgencia a la toma de
un recinto religioso, en terreno contrario, que estaba cercano y
constituía un punto de estrategia vital para el avance de las tropas. El
susodicho edificio se encontraba en lo alto de una elevada cima. Al
galope tendido, forzando el elixir de sus monturas, subieron sin
encontrar resistencias. Una vez en las inmediaciones descabalgaron.
Con prudencia y a pie, espada en mano, avanzaron escrutando
posibles moradores. La penetración fue tranquila, en silencio. El
lugar parecía desierto. Gonzalo de Courcuviong avanzó por uno de
los flancos obedeciendo la orden dada. Subió una escalinat a de pocos
peldaños que desembocaba en un largo pasillo cimentado de piedras
bajo el amparo de una t echumbre sostenida por arcos de medio
punto. Estaba oscuro. El sol estaba despidiéndose. Llegó hasta lo que
parecía un portón lateral al que se accedía tras bajar dos escalones.
Una figura se perfiló en la penumbra. La voz de una mujer asustada
se asomó mostrando su rostro cubierto por un velo, reclamaba
piedad. Quería seguir viva. Él nunca había matado fémina alguna.
Bajó su espada sujeta por su mano izquierda, apoyando la punta
sobre el tosco y áspero suelo, dando a entender la intención de no
hacer daño alguno con su gesto. Ofreció su derecha para sacar
aquella alma asustadiza del lugar y ponerla a refugio. Pero no tuvo
tiempo, alguien por la espalda c lavaba s in piedad, ni consuelo, con
absoluto desprecio junto a un aullido ensordecedor una daga que
penetró sin obstáculos hasta su corazón. Cayó sobre sus rodillas sin
poder ver a su agresor. Murió. Lo hizo s in encontrar las maravillas
prometidas. Murió como vivió, sin sentido aparente”.

El sueño anteriormente reclamado había desaparecido ante tal espectáculo.
Saber más de sí, era el único objet ivo a las cuatro y cuarenta y uno de la tarde,
además de procurar ingerir un nuevo café.
- Se ha encendido la luz ámbar en el avisador de enfermería – llegaba la
voz de Dru a través del intercomunicador – ¿Ocurre algo Jano?
- Sí Dru. Quería, si es posible, otro café.
- ¿Con algunas pastas?
- No es mala idea, gracias.

204
- Está hecho. Enseguida lo tendrás.
Nicola D´angelo constituyó todo un pasmo que hizo olvidar al monje
combativo. En esta ocasión él, fue una mujer. ¿Una mujer? La sorpresa
hechizo sus ojos. Devoró las dieciocho exigua páginas de una vida corta, muy
corta.

“Fue la hija de una madre soltera, algo tremendamente mal
catalogado en la época en que se encuadraba la historia. Una
moralidad hipócrita reinaba como ley absoluta sobre cualquier otra
existente. Con su nacimiento, se extinguía la vida de su progenitora a
la que nunca conocería. Fue recogida y criada en un hospicio sucio,
denigrante y humillante. Allí fue sometida a toda clase de trabajos.
La vida paupérr ima apenas albergaba posibilidad de subsistencia.
Hasta los catorce años estuvo recluida en aquel edificio rodeado por
altos muros. La supervivencia era el fin perseguido a toda costa, pero
ella fue de las pocas elegidas para que aprendiera a escribir y leer, un
lujo que pocos podían alcanzar. Ello fue lo que le hizo saberse
superior a las demás. El conocimiento recavado por la lectura de
varios libros, abrieron su entendimiento. Tenía que salir de aquel
lugar de alguna manera. Ese fue su objet ivo, al contrario que el resto
de sus compañeros, que sólo querían seguir trabajando para poder
recibir algo de alimento en medio de aquellas grandes penurias y
tristezas. Ideó un plan. No lo comentó con nadie. Sabía que podría
ser traicionada por un simple trozo de pan de maíz duro y negro.
Pudo esconderse en la carreta de uno de los proveedores. Una vez
que calculó que estaba fuera del hospicio, saltó sin que pudieran
percibirla. Corrió por las callejuelas sin mirar atrás. Lo hizo durante
más de treinta minutos, hasta que se sint ió segura. Robó unas
manzanas de un puesto callejero. El hurto no fue percibido. Siguió
caminando hasta encontrarse en las inmediaciones del puerto. Sabía
lo que era gracias a sus lecturas. Veía por primera vez el mar. Algo
sin duda maravilloso que le atrapó de inmediato. Deambuló por el
muelle hasta que escuchó como alguien a gr itos anunciaba la
necesidad de tripulación para un buque que zarparía al día siguiente
antes del amanecer, con la marea alta...”

- Aquí tienes el café y las pasta, disfrútalo – comentaba Dru
interrumpiendo la asombrosa vivencia.
- Gracias – contestó devolviendo la mirada, deseando quedarse de nuevo
en su soledad iluminadora.

205
- De nada. ¿Necesitas alguna otra cosa?
- No de veras.
- Perfecto. Entonces te dejo si todo está bien – concluyó recogiendo la
otra taza de café vacía. Salió como entró, en silencio, sin perturbar la
tranquilidad del paciente.

“…Nicola fue admit ida como grumete. Era habitual aceptar chavales
como tripulant es en ese período desaforado, duro y pérfido. El
contramaestre no percibió que era una chica, de lo contrario no hubiese
sido admit ida. Su aspecto desaliñado y su tez maltratada ocultaba las
facciones de mujer, al igual que su amplio gabán impedía ver la
prominencia de sus pechos. Inmediatamente se le puso a fregar la
cubierta, recoger cabos y ordenar la bodega con las provisiones que se
cargaban. La cena fue abundante por primera vez en su vida. Durmió
plácidamente en un colgante jergón caliente hasta el momento de la
partida. A las tres de la mañana El Orfeón, el barco que le conducía a la
libertad soltaba amarras. A la salida de la bocana del puerto le fue
ordenado subir a lo alto del palo mayor. Actuaría de vigía, avisando de
la proximidad de cualquier otro artefacto flotante que pudiera acercarse
de forma peligrosa. Aquellas aguas estaban, últ imament e, rondadas por
piratas. Le dieron las indicaciones pertinentes, de forma muy tajante.
Explicaron las voces que debería dar, y el castigo que recibiría si se
dormía o no hacía correctamente su trabajo. Escalar por los cordajes era
algo nada apetecible; pero a ella le pareció algo novedoso y excitante.
Desde allí la perspectiva era magnífica. Pudo comparecer para dar
testimonio del más bello amanecer, el primero que sus ojos le
permitieron percibir con nitidez. Todo era por primera vez maravilloso
y bello. Buena cama y comida, un trato exigente, pero no maltratador, y
el descubrimiento de un nuevo existir. Tres horas y media después, el
viento soplaba con fuerza. Desde su posición el oscilar del puesto que
ocupaba era vertiginoso. Danzaba de un lado para otro intentando otear
el horizonte. Se mantenía aferrada a la barandilla de madera con todas
sus fuerzas procurando realizar correctamente su trabajo. Su estómago
iniciaba una maniobra para ella desconocida. Su vientre se descompuso.
El vómito fue la consecuencia consiguiente que produjo perdiera el
agarre y saliera precipitada al vacío. Su destino: el puente de mando. La
fractura de su cervical fue el f in de la iniciada libertad. La felicidad
inundó sus últimas horas. Pero al menos, concluyó disfrutando de cierta
paz”.


206
Jano engulló sin apenas masticar las últ imas pastas ayudadas por un largo
buche de café. Dejó el libro sobre la cama realizando algunas anotaciones en
el bloc. Llevaba cinco tránsitos a cada cual más escabroso. ¿Por qué ocurrió
todo aquello? ¿Quién le mandó meterse en tales fregados? Eran cuestiones que
no alcanzaba a resolver. Parecía no haber concatenación posible. Cada relato
era descriptiblemente distinto. ¿Qué podía enlazarlas? ¿Existía un punto
común? Nada, por más que pensó, indicaba algo que pudiera ofrecer una luz,
un apoyo desde el que perfilar la propuesta de Pitt.
Aún quedaba más de la mitad por leer. Quería terminar cuanto antes con
aquello. La curiosidad, defecto o virtud que no estaba entre sus cualidades se
manifestaba fervient emente impulsando a la continuidad de los
acontecimientos escritos.
Al comienzo del nuevo relato, cierto sosiego amainó la inquietud.

“Esta vez Richard Moore era el hijo de una familia pudiente. Rica.
Exquis ita y noble. Poseería, al fallecimiento de su padre, y como hijo
mayor, el título que el mismo ostentaba. Su familia desde hacia muchas
generaciones se sentía orgullosa de portar el emblema de los Duques de
Moore. Fue educado con finura y elegancia. Rodeado de los mejores
profesores, aprendió varios idiomas, además de notables conocimientos
de filosofía, matemáticas, física y astronomía. Como primogénito
ingresó en el ejército alcanzando como correspondía a su rango el perfil
de un joven oficial que marchaba a la conquista de territorios para
engrandecer el imperio del país al que pertenecía. Embarcó en un largo
viaje de var ios meses cuando tenía recién cumplidos los veinte años.
Formó parte de la plana mayor de mando del Gran Mar iscal de Campo
que dir igiría la conquista de unas islas remotas. Llevó una vida cómoda
a la vez que insípida. Todo lo tenía, y nada le complacía. El vacío de su
vida parecía ser su enarbolaba bandera. Cortés y disciplinado, pero con
pocas dosis de valentía y bravura, agradeció no tener que entrar, en
ningún instante, en combate. Se limit aba a transmit ir las órdenes que le
eran dadas. Sólo estuvo en el campo de batalla, tras el término de la
refriega, acompañando, sobre su montura, al Estado Mayor en las
inspecciones rutinarias que acostumbraban a realizar. Contemplar los
cuerpos retorcidos y ensangrentados no fue un espectáculo digno. Le
repugnaba, más que por el horror del mismo, por el miedo que sentía
ante el temor de poder verse inmerso alguna vez en una s ituación
similar. Nunca desenvainó el sable, ni su casaca se manchó más que del
polvo o el barro levant ado por los cascos de los caballos. Sí tenía, sin
embargo, una gran virtud, era fiel al mando al que servía. Fiel, leal y

207
sincero. Cuestiones nobles incrustadas desde su infancia, las cuales le
acarrearía lo que más temía: la muerte. Cierto número de altos oficiales
no estaban de acuerdo con la manera de combatir del Mar iscal. Éste,
pese a saber ostentar el mando con firmeza, carecía de algo que debe ser
inherente al rango que ostentaba: astucia y estrategia. Las pérdidas en
las luchas eran considerables. Hubo grandes discusiones en los planes
de ataque antes de cada batalla, pero siempre tomaba la más arriesgada.
Conquistaba la victoria, pero con un costo humano, propio, excesivo. El
golpe de mando estaba planificado desde hacia varios días. Para ello
habría que eliminar no sólo al Mariscal, sino a los más allegados y
fieles. Richard Moore, sin penas, ni glor ias, abandonaba junto a otros
aquella vida después de ser envenenados. Traicionados”.

¿Conclusión?: “Insipidez. Falta de valor. Temor”. Por fin extrajo algo que
creía tener cierto sentido tras ciento cuarenta y siete páginas, y algo más de
siete horas de lectura.
Ahora el ánimo cobraba aliento en la consecución de su labor. Algo de
chispa brotó. Un vest igio de luz apunt aba cierta dosis de unión en esas
experiencias.
El inicio del s iguiente papel que representó en el pasado, aportaría una
extraña mezcla entre las vivencias de Nicola D´angelo y la de Richard
Moore.
“Bernardo de Medinaceli fue cuidado por el cándido amor de una
madre que cometió el error de quedarse embarazada de un hombre
casado. El resultado del lance fue lo que se llamaba vulgarmente, un
bastardo de postín. Ilegit imo, pero de rancio abolengo. Nunca
conoció el afecto de su padre, que siempre procuró el sustento
acorde a la posición social que ocupaba. Hombre tremendamente
importante, que después de cometer tal desliz, nunca pudo reconocer
la paternidad de Bernardo, so pena de ser destronado de su alto
mandato. Creció y maduró con el afecto únicamente materno. Nunca
careció de lo necesario, incluso rozó en muchas ocasiones el lujo sin
recato. Nadó holgadamente entre los favores de los privilegiados y el
valor de la realidad cruenta de los contrarios. Vivió disfrutando de la
libertad que no se atrevían a regalarse los más importantes, y la que
se les negaba a los de abajo, los desdichados. Disfruto de un estado
intermedio donde todo, o casi todo, era permitido o consentido, dado
que no pertenecía a ninguna clase social específica. Fue forjado por
su condición, y supuesto linaje, en el arte de las armas. Dedicó el
tiempo, que no estaba en lejanas tierras luchando y combatiendo en

208
continuas guerras y conflictos, a su madre, a la que jamás dejó de
considerar y favorecer con cualquier t ipo de parabienes. Fue un
segundo de filas entre los primeros. No mandó batallas, pero ostentó
puestos claves para la dirección y la operat ividad. En tan sólo una
ocasión entró en liza a muerte. Toda una gran f lota que refrendaban
los reinos que estaban de parte de un dios, se enfrentó en un duelo
brutal que decidiría el futuro de las civilizaciones de oeste y este. A
bordo del buque insignia ocupó el puesto más alto que pudo alcanzar
en esa vida. Fue el ayudante del lugartenient e del rey de su país. Más
de dos mil naves zarparon al mar desde muy dist intos puertos
estableciendo una barrera prácticamente infranqueable para sus
enemigos. El conflicto estalló en el albor de un amanecer nublado.
Al despejarse la niebla, los galeones, cañoneros, goletas, navíos,
corbetas y fragatas de ambos bandos se encontraron como si el telón
de un gran teatro se descorriera. Se desató un infierno de fuego y
gritos. El resultado constituyó uno de los mayores dramas anotados
en los anales de la historia. Miles de almas perdieron su vida aquel
día. El navío de Bernardo fue acorralado en un instante de la batalla.
Estuvieron a punto de perecer, pero la ayuda al buque de su majestad
llegó oportunamente, destruyendo el peligro, no sin que antes una
estaca arrancada por el impacto de un cañonazo se le incrustara en su
hombro derecho. Una herida solventada por la estampación de un
hierro candente que evitó el desangrado, fue su condecoración.
Ganaron, dominaron y sepultaron por muchos siglos el desarrollo y
evolución de millones de personas que se verían afectadas en el
futuro por lo que fue designado “La hazaña de más allá de los
mares”. El resto de sus días corrieron sin notoriedades. Comodidad y
lujos no faltaron. Vivió plácidament e con su familia y de igual modo
falleció y fue enterrado con honores”.

Esa experiencia suministraba, si acaso, algún apunte efímero. Jano
resumió la lectura como el compendio de dos vivencias anteriores
compensadas en ciertos matices donde se apagó en una muerte natural sin
violencia.
Dio un breve paseo por la estancia que le acogía. Necesitaba
desentumecerse. Sus pasos ofrecían vigor, produciendo una confianza extra en
el organismo. La pris ión de sus músculos y articulaciones habían roto las
ligaduras que t enían maltrecho su perfecto funcionamiento. La recuperación
avanzaba a una velocidad inusitada. Volvió al sillón. Un tal Jean le esperaba
para, en principio, enseñar algo.

209
El personaje apuntaba maneras que no gustaron desde el rodar de las
primeras frases.

“Un niño llamado Jean Bourlanges provocó grandes dolores en el parto
a su progenitora. Ambos estuvieron a un tris de perecer. Su crecimiento
lo hizo desde la mediocridad, ayudado de tr iquiñuelas y palabrería para
atesorar sus fines. Usaba de cualquier argucia y argumento para la
consecución de sus actos. Pertenecía a una clase media alta. Una
burguesía estable que hacia su papel entre el poder absoluto y el resto
de la población. Jugaba a jugar con las reglas del juego que se
formulaban y reformulaban según fuesen los int ereses a destacar. Su
familia poseía un floreciente comercio. Dominaban buena parte del
mercado e imponían los precios según decidían ciertos oscuros
mandatarios. La cuestión era tener el control del clima polít ico
manteniendo los privilegios en manos de unos pocos. Él estaba entre ese
escogido y reducido grupúsculo. Era ávido y conocido. Se encargaba de
organizar cualquier evento o circunstancias hostigando, chantajeando.
Daba igual los trucos a desarrollar. Lo importante se sustanciaba en el
rapiñar de sus objetivos sin que se pudiera desenmascarar el origen de la
causa. La astucia era su principal arma, junto al gran número de
contactos y favores en débito. Lo que Jean nunca tuvo en consideración
fue que pudiera perder el control de sus manejos. Se creía bien
posicionado. Invulnerable. Pero las envidias son malas compañeras. Y
este era un factor no tenido en cuenta. El clima político comenzó a
fermentar desde hacía tiempo cierto malestar entre la inmensa población
explotada que sobrevivía con recursos miserables. Las clases
dominantes desatendieron tales proclamas, pensando que eran
indestructibles, que nadie osaría derrocar sus fueros y prebendas. No
midieron las consecuencias. Si al menos hubiesen soltado algo de
cuerda, los disturbios y altercados no hubieran llegado a la destrucción
total de los mismos. Jean, se encontraba en el punto de mira de muchos
a los que manipuló y traicionó en aras de sus propios logros. Al no
pertenecer al cuerpo de los altos mandatar ios, no fue pasado
inmediatamente por las armas, ni por la guillotina. Se le recluyó para ser
enjuiciado por un tribunal que tenía preparada la sentencia de antemano:
cadena perpetua. La situación era desesperada. Buscó y encontró algún
aliado del que servirse. Una de las señoritas de compañías de una noble
dama fue su teór ica salvación. Ella, tras prometedoras sumas de dinero
accedió en su ayuda, siempre y cuando fuese evacuada al país próximo
con Jean, pues sería indiscutiblemente descubierta en su acción. La

210
damisela con exquisitas formas robó las llaves que permit irían la fuga
de ambos. Pudieron escapar, pero sólo alcanzaron la libertad deseada
por breves minutos. Fueron descubiertos. El plan no funcionó
adecuadamente. Él no pudo adivinar que aquella mujer, era la hija de
uno de aquellos desdichados contra los que confabuló en un día, ya
lejano, procurando su defenestración. Sus cálculos casi postreros fueron
incorrectos. Una bala de mosquetón finalizó con sus ideas y artificios.
Ella fue recompensada. La doble espía, jugó la baraja de la venganza
con la misma y pronta habilidad que su víctima demostró hasta aquel
instante”.

Había pasado de ser un traidor a traicionado y vilipendiado. El orgullo
por destacar como un vil mequetrefe le repugnaba. Esa, sin dudarlo un
instante, fue la más desolada y triste de todas las vivencias. Se vio como un
pingajo indeseable, maldecido y ajusticiado a la menor oportunidad. ¿Por qué
actuó así? ¿Quizá esa era la clave que debí a resolver? ¿Qué le condujo a tales
actos? Las respuestas se negaban. Sólo permanecían en su mente los pasajes
donde una y otra vez usó y utilizo a las personas para los fines más bajos y
demenciales. ¿Cuál fue el impulso que le movió de esa forma? Eso era. Lo
tenía. Entre todas las vidas tenía que exist ir un impulso constante que
determinaba lo que Pitt denominó el destructor. Debía encontrar el
denominador común. Pero todavía no lo tenía. Ya aparecería en el momento
menos esperado, se dijo. Vas por buen camino, continúa. Estás acotando y
marcando al destructor, ya aparecerá, se decía mentalmente, convenciéndose
para no seguir debatiendo algo que no terminaba de discernir.

“El siguiente texto comenzaba diciendo que Smith es un apellido
extremadamente extendido, pero que unido al nombre de Peter le
confería un significado prometedor. El sexto hijo varón de un granjero
nació cuando no se le esperaba. El benjamín gozo del apoyo de sus
hermanos mayores en todo momento. No fue un consentido, sí algo
mimado. Supo lo que era sacar el jugo a la t ierra desde que el sol salía
hasta su despedida diaria. Los más de diez mil acres que poseían,
ofrecían un fruto que les permitía vivir con bastante decencia. Una
madre encantadora que se pasaba el día dedicado a los suyos con una
maravillosa sonrisa que nunca dejó de mostrar. Era la madre ideal, les
cuidaba y protegía con dulzor y encanto. El Amor brotaba de cada uno
de sus actos y palabras. El castigo en aquel hogar no fue necesario. Ella
supo sacar de cada uno de sus vástago lo mejor que tenían. Su padre era
un hombre honesto, por tanto, feliz. El signif icado de verbos como

211
engañar, defraudar, mentir o traicionar no tení an cabida en su
vocabulario ni en su proceder. Peter se forjó en un patrón de conduzca
casi perfecto, tal y como lo diseñaron sus creadores. Se sentía orgulloso
de ser tal cual. Tenía éxito en cualquier cuestión que emprendía. Era
inteligente, aunque algo incauto e inocente. Su vida transcurría sin
problemas. Era feliz. Hasta que un día su nación anunció la entrada en
un conflicto de orden mundial, reclamando el alistamiento de todos los
jóvenes de ambos sexos para el apoyo en la construcción del armamento
necesario o pasar a formar parte del grueso del contingente
imprescindible para el desempeño de los ejércitos…”

¿Otra vez guerra? Vaya no paro de meterme en líos, se dijo. Está
comprobado que esto de entablar combates podría constituir un lazo de unión
entre mis vidas.

“…Peter, decidido, no lo pensó un segundo. Su firma se estampó en un
contrato con la recién creada Fuerza Aérea. Si entraba en combate, lo
haría desde el cielo. Conocía por exper iencia lo pesado que podía ser
todo un día en el fango, bajo la lluvia torrencial, o soportando el viento
frío. Lucharía de forma elegante, sin mancharse las botas ni el uniforme.
Fue el primero de sus hermano y el único en hacerlo. Sus padres estaban
en contra de los sucesos. No entendían porqué su país había decidido
inmiscuirse en un problema que no le atañía. Ninguna otra nación le
atacó o provocó. ¿A santo de qué conducir a la flor y nata de sus
hombres a un derramamiento de sangre? No obstante, fue respetada su
alternativa. Albergaban la posibilidad de que no consiguiese las alas de
piloto, y de esta manera volviera a casa, que es donde debía estar.
Marchó hasta un aeródromo llamado Hicks. Allí se forjaban los futuros
gladiadores del aire. Los ases que volvería con la guerrera repleta de
medallas por derr ibar aviones enemigos. Pasó varios meses en la
instrucción hasta lucir sus doradas alas y el empleo de Teniente
Segundo. Una semana después le darían las órdenes pertinentes para
incorporarse a los escuadrones desde los que lucharían por la mayor
gloria de su gran país. Y Peter estaba prendado de una chica, que
resultó ser la hija del jefe de la base, por tanto, el trato con ella ofrecía
ciertos inconvenientes. Era mejor mantener su amor en secreto, por el
momento. Sería necesario guardar ciertas formas. Ello concluyó en una
cita en un lugar concreto. Ella partiría hasta allí a caballo, él
aprovecharía uno de los vuelos que diariamente realizaban
ejercitándose. Un valle estudiado para poder realizar un aterrizaje sin

212
problemas junto a un arroyuelo, era el lugar de la reunión. Tardaría unos
diez minutos en llegar, tendrían cuarenta y cinco para estar a solas, y el
justo para regresar sin que le salieran a buscar o le cayera un rapapolvo.
El proyecto salió a la perfección. Disfrutaron entregándose todas sus
esencias por primera vez. El tiempo previsto concluyó. Él, diligente y
cumplidor, sabía que debía emprender el regreso. Despegó realizando
una pasada por encima de su conquista poniendo rumbo a su base, a la
que nunca llegaría. Una parada del motor volando a baja altura le
impidió encontrar un lugar donde realizar un aterrizaje de emergencia.
Un nutr ido y tupido bosque a modo de fosa, le abr ió los brazos
impidiendo que fuese a la guerra para ganar medallas; truncando un
amor prometedor.”

La epopeya finalizada gravit aba a modo de serial rosa repleto de
insatisfacción. Otra vida truncada cuando daba señales de encarrilarse. Quizá
hubiese vuelto de la gran guerra, con o sin medallas, y hubiese formado una
familia, culminando una vida de felicidad con abundante descendencia.
¿Descendencia? ¿Sería la clave? Hizo memor ia. Repasó las anotaciones.
Únicamente en las vidas de Zenko y Bernardo de Medinaceli formo familia
con hijos. El resto pasaron sin pena ni glor ia al respecto. No, esto no debe ser,
razonó, no tiene consistencia. Debe existir una cuestión más profunda. Algo
que aflore sin que a penas se perciba. Podría ser algo que cada uno de los
personajes denota con cierta frecuencia. De pronto recordó que al igual que él,
Peter pereció por un fallo en el motor, ambos se estrellaron. Aquí existía un
anclaje que consideraba válido. Un punto de partida desde el que revolver el
desconcierto formado en su mente. Empezó una punga, casi una reyerta
releyendo cada una de las anotaciones. Pasó quince minutos en su particular
alboroto. El resultado era el mismo: nada desde donde partir. Nada en común.
Otro pequeño paseo por la habitación cavilando, fortaleció la confianza en
la recuperación de sus extremidades. Las fuerzas no flaqueaban como lo hacía
su capacidad de raciocinio. Cierto agotamiento anunciaba la toma de un
respiro. Tomó asiento recavando la presencia de Dru.
- Dime Jano, ¿En qué puedo ayudarte?
- Nada especial Dru, sólo estoy algo cansado de tanto leer, y quis iera
tomar otro café, si es posible.
- Es posible – convino con firmeza, marchando.
Abordó la décima vida esperando alcanzar un pedestal gráfico desde el que
acceder al descifrado propuesto.


213
“Alan Johnson parecía la repetición de Peter Smith. Éste declinó a
los veinte años, diez más conseguiría Alan. El estilo de familia,
educación, país y evolución apenas se diferenciaban. Cambiaba la
era de la aviación. Pasó de los inicios de los primeros biplanos a la
época de los primeros reactores. Participó en una guerra, como
todas las presenciadas: absurda. Otro conflicto criticado por la
mayoría de los habitantes de su país. Aquí sería un militar
profesional adiestrado para el combate, enviado al mismo sin
opciones. Contrajo matr imonio con una mujer con la que fue muy
feliz. Con sus dos hijos varones realizó una labor excelente,
ofreciéndoles un ejemplo de integr idad y honestidad considerables,
además de grandes dosis de Amor y afecto. Pero una vez más, una
prometedora vida quedaba destrozada. Arruinada. Fue derribado por
un misil tierra-aire, después de atacar con su caza bombardero
posiciones enemigas rociándolas con una de las armas más
destructivas: nappal. El impacto fue fulminante. El aparato part ido
en dos, voló sin acierto deshaciéndose en el cielo mientras caía. Alan
quedó inconsciente, imposibilitado para el accionamiento del
mecanismo de expulsión. No pudo saltar. Pereció en un país lejano.
En una guerra perdida, dejando una viuda rota y dos pequeños de
diez y ocho años, desolados “.

Dru entraba en escena en el momento adecuado. La tristeza de esas
experiencias provocaba el brotar de algunos tallos de amargura en su interior.
No podía comprender el porqué de tanto destrozo y aniquilación. ¿Por qué
vivió esas vidas?
- Café y más pastas para el caballero.
- Gracias Dru – aconteció compungido.
- ¿Qué ocurre Jano? ¿Te encuentras bien? – dijo al comprobar el frunce
ceñido de su despejada frente. A sabiendas del trago al que se enfrentaba.
- Después de doscientas cuarenta y siete páginas, diez vidas, tres cafés
con el que me traes, y diez horas de lectura, no entiendo nada. Sólo encuentro
vidas repletas de insat isfacciones, muertes desgraciadas, horror, miseria,
crueldad y dosis de rencor. El odio, la mentira, las calumnias, las
justif icaciones, guerras y peleas sin cesar parecen ser todo lo que he
experimentado – Dru escuchaba pacientemente, con la psicología propia y
adquir ida para ejercer sus funciones – Apenas he podido encontrar briznas de
compasión, felicidad y Amor. Parece que sólo me he mezclado en situaciones
sin sentido, donde la lógica no imperaba, donde el miedo, era la ley que

214
gobernara implacablemente deshaciendo y confundiendo. ¿Por qué he tenido
que pasar por esas experiencias Dru? Si al menos hubiese podido…
Sus palabras se apagaron. Tomó la taza conduciéndola hasta su boca
lentamente. Su mirada estaba perdida, al igual que su entendimiento.
- No soy la persona más apropiada para contestar, no soy tu instructora.
Pero sí puedo decirte, si de consuelo sirve, que presiento por tus palabras, que
has descubierto lo que buscabas. Has hecho diana. Sólo que no sabes en qué
momento…
- Ayúdame por favor. Ayúdame. Este rompecabezas está agotándome –
rogó cogiendo, juntando sus manos de forma suplicante –. Necesito tu ayuda,
por favor.
- Jano – pronunció formalmente –, has de percibirlo tú solo. Son las
reglas y no puedo hacer más. Insisto, has dado en el blanco. Repasa lo que has
dicho hace un momento. Examina cada palabra. Te aseguro que la dificultad
es nimia. Si te conduzco hasta el lugar no sabrás el camino de vuelta, has de
hacerlo por ti mismo. Y créeme, estás al borde de conseguirlo.
- ¿Ni t an siquiera una pequeña pista? Por favor – insistió implorando
efusivamente.
- Todos hemos pasado por esos instantes amargos, descorazonadores,
torpes y conflictivos, superándolos siempre. Puedo asegurarlo. Tranquilo, todo
llega, y todo se resuelve. Pero has de hacerlo por ti mismo, es el mejor modo.
Te queda poco. Estás tan sólo a un tris de desentrañar el quid de la cuestión.
Tómate el café y continúa, será lo mejor. Confía en mí, y especialmente en ti.
¿De acuerdo? – Él asintió sin convencimiento –. He de dejarte, tengo trabajo
pendiente – concluyó dirigiéndose a la puerta.
Meditativo y postrado en el sillón percibió que Dru a igual que Pitt le
pidieron lo mismo: que confiaran en ellos y en sí mismo. ¿Sería la confianza
la clave? ¿Qué significaba en realidad confiar?
- Un momento Dru – advertía cuando la puerta estaba cerrándose –.
¿Podrías traerme un diccionario que a ser posible tuviese reseñas de sinónimos
y contrarios? Por favor.
- Sí, si es lo que quieres. Pero tardará un poco, he de llamar a la
biblioteca. ¿Podrás esperar?
- Por supuesto. Al parecer llevo toda una eternidad haciéndolo – contestó
riendo.
Su ánimo en alza conminaba a la lectura de su última vivencia. Justa la
anterior, desde la que había llegado a Nairda. ¿Su último fracaso?

“Jerónimo García. No se identif icaba, como tampoco lo hacía con
el resto de la historia, pese a ser la más reciente. Hijos de emigrantes

215
que dejaron atrás un país plagado de injusticias y miseria para
atravesar la frontera ilegalmente hacia la nación vecina. Encararon
una vida dura, plagada de obstáculos y privaciones. Sufrieron las
insidias de la xenofobia con simulado agrado, educando a sus
descendientes en la tolerancia y el buen hacer. Lucharon
denodadamente para establecerse por su cuenta, trabajando con
rigor y muchas horas al frente de un kiosco instalado en un
remolque desde el que servían hamburguesas, patatas fritas, perritos
calient es, y bebidas frías. Ahorraron con esfuerzos el dinero
suficiente para poder ofrecer estudios superiores a dos varones y una
chica. El ingreso en las fuerzas aéreas constituyó un drama familiar.
Hubiesen quer ido que estudiara leyes. Nunca entendieron porqué se
alisto para luchar por aquellos que tan mal les recibieron y trataron.
Siempre sería tratado como ciudadano de segunda categoría.
Aunque él siempre dejó c laro, que esa era una manera de reconocer
la valía y prestigio de la raza que representaba. Sus acciones y
méritos, le dieron la razón. El resto, fueron años volando en
conflictos elaborados gracias a los intereses sórdidos provocados
por los distintos gobiernos que ostentaron el poder. Pero él siempre
fue fiel a su juramento y código de honor, cumpliendo con su deber
pese a no entender en algunas ocasiones el sent ido de las órdenes
recibidas. Su hoja de servicios era int achable. Su conciencia no. Por
eso dejó los escuadrones de combate para pasar a la prueba de
prototipo. Nunca tuvo fortuna con las mujeres. De una de las
relaciones mantenidas terminó inmerso en un pozo de engaños y
mentiras, lo que produjo la perdida de confianza no sólo en el sexo
opuesto, sino en sí mismo. Incluso perdió las ganas de vivir, aunque
jamás llegó a entender qué sentido tenía la existencia. Le pareció
todo un caos en medio de algún orden aparente que beneficiaba a los
fuertes y poderosos, despreciando y hundiendo a los que se oponían
a sus egoísmos. Días sumados en la búsqueda perdida de algo que
pudiera descubrirle un atisbo de lógica. Horas y segundos repletos
de sin sentido. Hasta que llegó el fatídico momento”.

De lo leído al cúmulo de los recuerdos que tuvo de su pasado desde que
llegó a Nairda había ciertas diferencias, pero no le otorgó la menor
importancia, quizá sus recuerdos se hubiesen confundido y entremezclado.
Pese a ello, su conciencia le trajo con clar ividencia el momento en que
escribió en Ís sobre aquel cúmulo de folios, todo el resentimiento que
albergaba. Entonces pudo comprender que todo lo plasmado fue el fruto de la

216
suma de sus vivencias ahora manifestadas. En aquél momento pudo soltar
todo el pesar acumulado en sus experiencias. Ahora entendía con sumo agrado
el porqué le costó tanto esfuerzo aquél ejercicio. El rompecabezas se había
concluido. Por fin cuadraban las cosas. Las evidencias eran palpables. El
entendimiento le inundó plácidamente. Tan sólo un áspero sabor de boca
inundó las papilas gustativas. Sintió una sed que no sería saciada con agua.
Con sus personajes anteriores llegó a ident ificarse en muchos instantes
pese a su asombro. Incluso pudo introducirse en el papel. Jerónimo García
sólo sintonizaba una vida en apar iencia simple, sin muchos alicientes, sin
compromisos. Justo lo contrario de lo que pensó al llegar a Nairda
- Buenas noches – anunciaba una cálida y esperada voz – Dru me ha
dicho que has solicitado esto –, apuntaba entregando en sus manos un
voluminoso diccionar io de gruesas pastas verdes y dos besos en sus carrillos,
consiguiendo ruborizarlo como siempre –. Por cierto ¿Cómo marcha tu
recuperación?
Jano le puso al corriente con rapidez en una afluencia verbal inusitada,
producto de la ansiedad provocada por una doble vert iente. Una, parte del
fruto de sus descubrimientos personales, lo que más le inquiet aba. La otra,
producto de la restauración casi total de la recomposición de su musculatura.
A la conclusión de su amplia respuesta, Pal pudo introducir otra cuestión.
- ¿Entonces descubriste la causa de tu adversidad?
- Creo que estoy a punto. Déjame un momento, he de consultar un par de
datos y posiblemente extraiga el problema – reclamó sin esperar respuesta,
como si de una orden se tratase.
Pal permaneció sentada, en silencio. El enfermo hojeaba el diccionario.
Buscó el signif icado del verbo conf iar, al igual que indagaba en la danza de
los sinónimos. Transcribió el resultado de las pesquisas. Cotejo los datos
apuntados durante todo el día. Garabateó un croquis. Impuso flechas
enlazando los puntos. Remarcó con un círculo algunas de las síntesis. Escrutó.
Analizó. Pensó. Se tomó t iempo, ajeno a la presencia de todo lo exter ior.
Luego, tras meditar pacientemente, marcó una raya en el papel delimitando los
resultados que se marcaba atravesada por una doble línea que acababa en un
recuadro en forma de rectángulo. Allí escribió la palabra destructor como el
producto final de su deambular mental.
- Lo tengo Pal. Ya está. Lo sé – dijo espaciando y estirando su cuerpo,
tras dejar el bloc, el diccionario y el manual de vuelo sobre la cama
desordenadamente –. El destructor tiene nombre y apellidos – inquir ió
espetando –. ¿Quieres saber lo? aunque, imagino que no te descubriré nada
nuevo.
- Dispara. Asómbrame.

217
Unos nudillos en la puerta anunciaban la entrada de Dru con la cena.
- ¿Cenarás con él? – Indagó depos itando la bandeja sobre la mesa –.
Puedo traer otra para ti.
- Sí por supuesto, si no es molestia.
- Que sean dos por favor, yo también tengo hambre – dijo Pitt desde el
quicio de la puerta.
- Perfecto. Lo que faltaba – pronunció con sorna – al f inal esto va a
parecer un hotel con servicio de habitaciones, más que una enfermería.
Todos aceptaron su mofa desde una postura afectiva. Dru sabía ser
encantadora como nadie.































218
12. Sólo existe el presente.



“Nunca creeré que Dios juega a los dados con el mundo”.
Albert Einstein. Cient ífico alemán nacionalizado est adounidense. (1879-1955)

“Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo”
Mahat maGandhi. Polít ico, abogado y pensador indio (1869-1948)




La cena transcurrió exhibiendo de nuevo la enunciación de los pormenores
e inquietudes percibidas por Jano. Sus acompañantes dejaron que espetara
todo tipo de semblanzas, datos, fechas y circunstancias vivenciadas,
acompañándolas con los gestos adecuados a cada una de sus manifestaciones.
A las nueve y cuarto Dru recogía las bandejas, dejando la crema que
debería untarse en las zonas afectadas, dando las buenas noches y
despidiéndose, su turno había concluido.
- Bien, Jano, ¿qué piensas hacer con respecto al destructor? ¿Crees que
podrás aniquilarlo?
La pregunta le cayó como un jarro de agua fría. Pensaba que su labor
consistía en encontrarlo, en ningún momento percibió que tendría que hacer
algo al respecto. Imaginó que la respuesta le sería entregada.
- No tengo la menor idea Pitt. No había caído en la cuenta – respondía
marcando una pausa –; pero estoy seguro de que indicarás el cómo. ¿O no?
- Eso es algo – manifestaba riendo –, que de nuevo, sólo te compete a ti.
Tendrás que seguir con la lectura. Aún quedan dos capítulos por abordar. Las
marcaciones y las conclusiones. Desde ahí ponderarás el aporte definit ivo
para la solvencia de cualquier duda que surja – decía levantándose –. Pero
creo que ya es hora de dormir y descansar, has estado todo el día en un
anális is profundo. Deja que el sueño termine de reparar tus dolenc ias y que el
amanecer apunte un nuevo resurgir. Pal, tenemos que dejar a este muchacho,
debe estar cansado, además hay trabajo que cotejar.
Un apretón de manos transmitiendo fuerza y confianza junto a una palmada
sorda y entrañable en su hombro, conjuntó la despedida y cierre de la velada.
Pal, cómplicemente, entregó igual dádiva que a su llegada, divulgando un
sonrojo al que Pitt aludió con una entrecortada y clandestina tos, evidenciando
mayor sofoco al efecto y, cierto bochorno a la causante.

219

¿Conciliar el sueño ante las puertas del f inal predicho? Una barahúnda
sonora reconocía sus entrañas. El fragor por desnudar el resto de las páginas se
imponía a la sugerencia solicitada.
Acomodó su cuerpo sobre el lecho después de embadurnase con la crema
reparadora. A penas sentía molestias o dolor en su musculatura. Estaba seguro
de sí mismo. Las fuerzas físicas estaban retornando, las anímicas solicitaban
respuestas, las mentales querían sosiego. Tres magnitudes que luchaban en
sentidos divergentes. No obstante, sabía que calmaría esos caballos de tiro tras
un esfuerzo equilibrador y consensuado. Leería hasta el final, luego la paz,
suponía, retomaría colocando a cada cual en su lugar, dejando la balanza libre
de cargas. Dispuesta.
El tercer capítulo mostraba con evidencia palpable e inusit ada: el cómo se
habían dispuesto los previos términos necesarios y adecuados a cada una de
las extraordinarias vidas exper imentadas. Contrastó cada una de las pautas
marcadas con el declinar de los acontecimientos. Perfiló, cómo en realidad, la
causa de los efectos vivenciados estaban reflejados contundentemente en los
grandes trazos. Las circunstancias menores dispuestas a modo de cauces,
orientaban a forma de guía la trayectoria. En def initiva, percibió, con
sobresalto y emoción, que era él, quien dibujo cada uno de los personajes
antes de encarnarse en ellos, dejando que el resto de las pinceladas, hasta
rellenar el lienzo, estuviese en sus manos durante la interpretación de su
propia obra de teatro.
Tales eventos incendiaron por si fuera poco la angustia del lit igio que
mantenía en el debate por solventar la base de su esencia y, la consiguiente
sustancia, si la había. El insomnio, fulminante, enarboló su estandarte. Las
alarmas mentales gimotearon reclamando un proceder inmediato. ¿Si él ha
sido el diseñador de sí mismo, quién es en realidad él? ¿Si él es la causa de sí,
debería haber una anterior? ¿Hasta donde alcanzaba su poder? Fueron
cuestiones puntualmente reseñadas en forma de demanda interpuestas contra
el saber que el del Jefe de Instrucción no sustanció anteriormente. Debería
responder a cada una de ellas con exquisita concreción y puntualidad a la
mayor brevedad posible.
Estimó oportuno realizar un nuevo obsequio a su curiosidad releyendo las
marcaciones, quizá pudiera obtener vertientes ocultas a la rápida lectura
anterior. Su presagio fue correcto, anticipando más dudas al interrogatorio al
que sometería a Pitt.
Las once marcaba el reloj de cabecera cuando remató el f inal del libro. El
cuarto capítulo exponía el desenlace de las conclusiones extraídas al final de
cada vivencia. Fue curioso cotejar cómo a pesar de parecerse algunas de las

220
historias, los resultados eran muy distintos, percibiendo, de tal modo, que en
cada vida quiso experimentar lo mismo desde ópticas divergentes. Al fin y al
cabo, siempre decidió torear con el monstruo descubierto: con el destructor.
¿Por qué? Era la clave a resolver. ¿Acaso no le bastó con una vez? ¿Por qué
once ocasiones? Bajo diferentes apariencias en épocas y ambientes dispares, la
mayoría de los lances, salvo las tres últimas, que reflejaban similitudes, muy
marcadas, quiso lo mismo. Le parecía inaudito, a la vez que aburr ido. Todo
ello volvía a sembrar una alternat iva absurda: ¿Empec inamiento? ¿No cabían
otras alternat ivas? Sin duda debía de poseer la respuesta un entroncamiento
común que no acertaba a desenmascarar. Sus neuronas machacadas tras trece
horas de examen requerían, junto a las células, un reposo inmediato. La agonía
del agotamiento aportaba la fuerza imper iosa a sus párpados para cerrar la
función.
Con el orden permitido ante el sueño, que reclamaba con estrepitosa
compasión relajarse y dormir, pudo apoyar sobre la mesilla de noche los
utensilios dispuestos sobre las sábanas. Apagó la luz, amortiguando su alma,
dejando a un lado su existencia en el abandono confiado del silencio y la
oscuridad, tras un resurgir asegurado en su Ser interno.






Décimo séptima jornada. 08:10 horas. Complejo Aeronáutico de
Nairda

Dru, puntualmente, aparecía con el desayuno. Despertó al alumno que
yacía plácidamente estirado en toda su extensión boca abajo, y le dio los
buenos días. El vapor que desprendía las esencias cálidas del café sofocó el
desconcierto momentáneo de la reanimación. Se incorporó desperezándose
lentamente. Con vaguedad. No medió palabra alguna, ni murmullo audible,
salvo el de bostezos alargados, hasta inger ir la infusión y las dos tostadas que
amablemente había untado, de abundante mantequilla y mermelada de
naranjas amargas, su entrañable enfermera. Fue, entonces, cuando su
maquinar ia mental entro en acción despeinando sus pensamientos. Requisó
con energía el bloc de notas. No lo había soñado, allí estaba garabateada
débilmente la materia pendiente de resolución.
- Dru, ¿podrías avisar a Pitt? He de hablar cuanto antes con él ¿Me
harás el favor?

221
- ¡¡Buenos días!! Hace un día espléndido para volar según el parte
meteorológico radiado hace una hora. El doctor, seguramente, vendrá a media
mañana, y probablemente, te de el alta hoy mismo. Por lo demás, todo en
calma y, en perfecto estado. ¿El desayuno ha estado bien o quiere, el señor, un
poco más?
- Buenos días Dru. Lo siento – dijo al percibir que ni s iquiera le había
saludado –, he sido algo grosero. ¿Me disculpas?
- Estoy segura de que Pitt estará encantado de saber de tu buen estado.
- Dru lo siento, de veras – compareció compungido – no me he dado
cuenta…
- Ya veo que aún no te has despejado – cercenó su excusa esgrimiendo
una mueca de sarcasmo en sus labios –, ni siquiera eres capaz de captar una
broma ¿A saber en qué estarás pensando? Por cierto, Pal ha dejado este sobre
de colores para ti en mi casillero.
De la palidez del desentumedecimiento, pasó fulgurante al rojo vivaz
descaradamente manifiesto en toda su testa.
- Uff – resopló tocando su frente –. ¿No será que t ienes f iebre
repentina?
- ¡Vale, Dru, vale! Déjate ya de monsergas gratuitas y llama a Pitt
¿Quieres? – reclamó al ver descubierta sin denuedo su manifestación ante la
misiva recibida.
Dru se retiró con la risa propia de una quinceañera, no podía ni quería
evitar lo, la situación lo merecía.
Suelto y vivaz abandonó la cama. Pletór ico de energías y ánimos,
comprobó satisfactoriamente el buen estado físico de su cuerpo. Se sirvió más
café dando buena cuenta del resto del desayuno que en abundancia se servía
en Nairda. Ordenó la habitación, descorrió las cortinas, subió las persianas,
abriendo de par de par las ventanas, dejando a un sol radiante empotrase al
instante por cualquiera de los resquic ios permit idos. Seguidament e acudió a
repasar sus notas. Las clasificó por orden de preferencia. Hoy deberían quedar
resueltas todas las incógnitas. Estaba seguro. Satisfecho. Contento. Feliz. Y…
entusiasmado con la inesperada misiva.

Pasada media hora la silueta alargada y reclamada hizo acto de presencia.
- Buenos días Jano. ¿Listo para despegar?
- Buenos días Pitt. Sí – pronunció resuelta y decididament e –. Si me
ayudas a realizar las comprobaciones pre-vuelo y rellenar los depósitos de
combustible.

222
- Deberías imaginar que sólo permaneceré como espectador, esas
cuestiones sólo atañen al piloto; es, bien lo sabe, su mayor responsabilidad
antes de cualquier partida.
- ¿Pretendes decir que no vas a contestar a ninguna de mis preguntas
antes de poder volar?
- Una cosa es responder, y otra bien distinta es diseñar el vuelo.
Quedó por un momento intr igado. La disyuntiva parecía ofrecer un perfil
que no tenía acotado. Pero no quiso indagar en las fórmulas de Pitt. Procuraría
incidirle con su cuestionario. Lo necesitaba.
- Bien Pitt. He leído en toda su extensión el manual de vuelo. Sé qué es
el destructor, pero no alcanzo la manera de diluirlo. Además…
Continuó, durante algo más de tres minutos, con detalles, exponiendo cada
una de las cuestiones que no alcanzaba a entender. Al término, cedió la
palabra buscando las lógicas y respuestas a su discurso. Tenía la esperanza de
encontrar la resolución inmediata y sin demora.
- Está muy bien expuesta cada una de las conclusiones – interpuso como
si del inicio de un discurso político se tratase –. Debo confesar que has
elaborado un guión acertado, concluyente y definitivo. Por tanto, sólo he de
aportar que has de hacer algo que muchos han realizado, aunque, por lo que
observo, a ti, ni se te ha ocurrido: volver a leer el manual por el inicio…
- ¿Cómo? ¿Empezar de nuevo? ¡Pitt! – gritó levantándose apasionado –.
¿Otra vez? Esto es increíble. Lo que menos me podía imaginar.
Giró por la habitación frotando la rasurada cabeza con sus manos
repentinamente sudorosas. Cierta turbación se apoderó de la mente que
locamente en disfunción no podía dar crédito a lo que oía. Sólo pensar en
pasarse otro día entero releyendo para encontrar las respuestas a sus preguntas
le hizo desesperarse.
Pitt observó impertérrito, cogiendo el manual
- Decía, y espero que esta vez me escuches sin interrumpir – inquir ió
mirándole, reclamando su atención –, que has de volver a leer el manual por el
inicio; no desde el inicio, pues justo en el instante en que se concluye la
lectura de los cuatro capítulos, el prólogo se desvela; Algo similar a lo que
pasó con las páginas que estaban en blanco y que se tornaron evidentes al
concluir con las normas de vuelo. Entonces, todo nubarrón será disuelto.
Cualquier oscuridad, desvelada. El entendimiento reestablecido y, la mente
clarificada
Jano como un ciclón retiró el manual que en alza ofrecía su instructor,
lanzándose al descubrimiento del hallazgo proclamado.
Devoró la primera y única página que contenía un prólogo exiguo, pero
contumaz y resolutivo:

223


Mi nombre es Jano “Dios de las Puertas”.
Pertenezco a la totalidad del Ser Único y Supremo, Infinito y Perfecto
El Único que Es y Existe por, en Sí mismo y desde Sí mismo.
El Origen sin origen. La Causa sin causa.
El que Es desde siempre, sin que siempre pueda ser medido.
Poseo las mismas esencias del que procedo sin dejar de Ser menos.
Detento las mismas cualidades y el mismo propósito.
Soy exactamente igual siempre, aun siendo una ínfima parte, sin que
por ello deje de ser menos de lo que Es en su totalidad incuant ificable.
Desde donde Soy, procedo a experimentar lo contrario a lo que Soy.
Ejecuto desde la Perfección, la imperfección sin cabida en la
Perfección, conociéndola y vivenciándola en la dimensión que quiero.
Procedo, con la Libertad Absoluta Infinita y Perfecta de la que formo
parte, a la experimentac ión de lo imperfecto y finito, con el único
objeto de transformarla en Perfección Infinita desde la imperfección
finit a.
Por Propia Voluntad, Infinita y Perfecta, creo las pautas que determinan
la part icipación de mi Ser en el no ser, quedando reflejadas en el actual
para al término del acto, remembrar Quien en Realidad Soy, pues al
inicio de esta construcción de Mi Mismo y de la Totalidad de la que
Soy parte, elijo olvidar Quien Soy para expresar, postulando, lo
contrario de lo que Soy.
Soy Amor Infinito y Perfecto, decidido a crear lo contrario de lo que
Soy, venciéndolo para crear lo que Soy, sin dejar de serlo.
Soy Amor Infinito y Perfecto experimentando lo contrario: Miedo,
transformándolo en Amor Infinito y Perfecto.
Soy en definitiva Todo lo que Es, y Todo lo que existe, soy Amor Puro,
Perfecto e Infinito.

Fueron segundos los empleados en tal acción. Segundos de una lucidez
forjada por la luz de miles de soles que tornaron los aspavientos en una calma
dulce, plácida y serena. Se sentó resoplando, suspirando, relajando cada
porción de su total Ser. Miró a Pitt, f ijando sus pupilas en las contrarias,
comunicando de esa forma, profunda, el total entendimiento. Daba a conocer
que había alcanzado la perfección de la que siempre dudo, y a la cual temió
desde el miedo. Su alma estaba en paz. Su espíritu elevado. Su esencia
colmada. Su sustancia manifiesta.


224
Entonces, empezó un interrogatorio sin recurrir al uso de sus
conllevadas notas, al que sí se le respondería sin objeción. En realidad sólo
necesitaba contrastar lo que ya era evidente.
- Pitt – pronunció sosegadamente –. ¿Realmente mi nombre auténtico es
Jano “Dios de las Puertas”?
- Así es, porque tú lo decidiste – respondía lacónica y sucintamente.
- ¿Y es cierta la deducción que extraigo, al decir que soy parte del Ser
Supremo con las mismas cualidades, y el mismo poder, aún siendo una
porción inf initesimal de Él sin dejar de ser el total al mismo instante?
- Observo que lo has captado a la perfección.
- Por tanto, Pitt, ¿estoy aquí y he experimentado tales vivencias por
decisión propia, sin ser obligado o coartado a vivir las vidas ya conocidas?
- Así es. Cada uno de nosotros es parte del Todo, sin dejar de ser menos
que Todo, decidiendo con Libertad absoluta lo que se quiera Ser en la
experimentación. Pues en la Perf ección no existen las obligaciones, ni la
coacción. ¿Ves? Todo es muy fácil de entender. ¿Qué más quieres contrastar?
- ¿Entiendo, entonces, que al decidir libremente experimentar la
imperf ección que no es posible ser conocida en la perf ección, la creamos,
para desde lo imperfecto y f inito, convertirlo en Perfecto e Inf inito?
- Perfecto. Vas bien. Continúa.
- Por tanto se puede entender que esa es una f orma de crear una
totalidad mayor sin dejar de ser menos, al crear lo que no se es, y convertirlo
en lo que en realidad Es.
- Bien, sigue – invitó ante el estímulo y ánimo cobrado en la
conversación.
- Entonces lo único que hacemos es crear lo contrario de lo que Somos.
Somos Amor y Perfección, creamos miedo e imperf ección, olvidándonos de
Quienes Somos en realidad para al, experimentar el miedo y la imperf ección,
convertirla en Amor y Perfección.
- En efecto. Observo que lo has entendido a la “perfección” – dijo
entrecomillando con sus dedos la última palabra.
- En def initiva es algo osado. Siendo un… perdón, siendo el Ser
Supremo y Perf ecto, crea justo lo cont rario vivenciándolo, experimentándolo,
para convertirlo de nuevo en su auténtica realidad. Es como dejar de Ser,
para volver a Ser, es como morir para resucitar. ¿No?
- Lo has definido con exactitud. Cont inúa, veamos hasta dónde eres
capaz de llegar.
Jano recapacitó. Parecía entender la totalidad de su verdadera procedencia.
Entendía su origen Infinito y Perfecto. Incluso captó que las vidas leídas eran

225
sólo la experimentación de quien no era, para provocar lo que era… aquí había
una laguna, algo que no cuadraba.
- Pitt. Hay una cosa que no percibo. Resulta que vivo el miedo para
cambiarlo a Amor. Hago desde la imperf ección lo Perf ecto, pero eso en
realidad no es lo que puedo palpar de las conclusiones que el manual
contiene tras cada vivencia. ¿Dónde está el cambio de no ser a Ser? ¿Dónde
se percibe que lo imperf ecto se trasf orma en Perf ecto, pues en cada vivencia
la imperf ección esta manifiesta? ¿Dónde está ese cambio que se asegura?
- Veras Jano, ahora sí que voy a ampliarte algunos detalles. Voy a
explicar con palabras f initas lo inf inito. Procura atención a cada vocablo para
que puedas captar la esencia de lo que no llegas a cuadrar – dijo adelantando
su cuerpo –. ¿Ent iendes el significado de las palabras pasado presente y
futuro? – Él asintió con un gesto –. ¿Podrías definirlo?
- Es fácil Pitt. El pasado es lo que conocemos, el presente lo que
vivimos, y el futuro lo que ha de llegar. ¿Está bien así?
- No esta mal. Pero podemos ampliar, de esta manera entenderás esa
laguna que posees. Podemos concluir que el pasado es lo que no es. El
presente lo que Es. Y el f uturo lo que puede ser. ¿Captado?
- Sí, continúa por favor, esto se pone interesante.
- Pero al def inirlo de esa f orma solo expresamos lo que el pasado,
presente y f uturo son en la imperf ección, en def initiva es una manera de
magnif icar o medir algo. ¿Visto? – una inclinación de la cabeza fue la
respuesta –. Sabemos ya, que el Ser Supremo es Perf ecto e Inf inito, y por
tanto imposible de cuantif icar o calibrar; en lo Perfecto e Inf inito no existe ni
el pasado, ni el presente, ni el f uturo;, Todo Es, en realidad, al mismo tiempo,
sin que la palabra tiempo posea magnitud, es deci r todo es al instante.
¿Comprendido?
- Entiendo que se Es y se Está continuamente.
- Bien, pero amplio. “Allí, o ahí, en la Perf ección”, para poder
entendernos, en lo que podíamos definir como el no tiempo, todo es al instante
y perf ecto. Es decir y para que lo puedas visualizar, pongo un ejemplo gráfico.
Imagina que estás viendo una película, o leyendo un libro. Es evidente que
hay un inicio, un desarrollo y un final en ambos ejemplos ¿No?
- Sí
- Eso sería lo que se experimenta en el t iempo. Un inicio, un desarrollo
y un final. Mientras ello se percibe, tú y cualquiera puede estar en un intervalo
de esos momentos ¿De acuerdo?
- Sí, continúa – decía fervientemente.
- Pero en el no tiempo, en la Perf ección, esa película o ese libro se
visualiza, se lee al instante. Es decir, se crea lo que no se es, transf ormándolo

226
en lo que se Es al instante. Allí, o ahí, sin que se exprese ningún lugar
concreto, en el no tiempo, todo se sabe y se conoce al instante. Lo que aquí es
por momentos y períodos, allí o mejor expresado Ahí, es inmediato.
¿Entendido?
- Es como si al empezar a leer se conociera el desarrollo y el final sin
intervalos. Es saber el inicio, el desarrollo y el final sin dilación. Es como el
escritor que conoce qué es lo que quiere escribir desde el inicio hasta el final,
esto sería el no t iempo, el Ser Supremo, mientras que el lector esta en el
tiempo, al ir leyendo el libro ¿No?
- Efectivamente. Por tanto, todo, para que lo entiendas es al instante. O
dicho de otra f orma (de f orma imperf ecta e ilimitada) sólo existe el presente.
Traspolándolo a la Perf ección, o mejor expresado: en la Perf ección el Ser Es
o Está al instante ¿Sí, o sí?
- Ya lo ent iendo, lo capto. Eso quiere decir que pese a que ahora no
perciba que estoy transf ormando lo imperf ecto en perf ecto, en realidad sí lo
estoy haciendo. Sólo que al estar en lo imperfecto no veo, no capto o percibo,
por expresarlo de alguna manera, el f inal de la historia. Pero si estuviera en
lo Perf ecto e Inf inito, vería el resultado f inal al mismo instante que vería el
inicio y el desarrollo. Es decir, creo lo imperf ecto al instante que lo
transf ormo en Perf ecto, desde lo Inf inito. Pero para experimentarlo, digamos
que desciendo a lo imperf ecto y lo vivencio, aunque el resultado f inal lo sé al
instante que creo el inicio sin que ello tenga principio ni fin... Por eso olvido
Quien en realidad Soy para experimentar lo que no soy. En resumen hago
Perf ecto lo imperf ecto. O dicho de otra f orma: vivencio la imperf ección a la
Perf ección. Es como el actor que interpreta un papel, sea el que sea, de bueno
o malo, de protagonista o de secundario, sea lo que sea que representa por
muy imperf ecto que sea, lo hace Perf ecto. ¿Estoy en lo correcto?
- Excelente. Efectivamente. ¿Más dudas?
Jano resopló estirando sus extremidades, dejando caer todo su cuerpo
contra el respaldo que le acogía confortablemente. Había captado la esencia de
su Ser. Entendió Quién Era y Es al mismo momento, y qué estaba siendo y
haciendo en aquel instante. Una cuestión más llegaba provocando resolución.
- Pitt. Entonces el destructor es el miedo, como deduje ¿No?
- Sí. ¿Por qué?
- Entiendo que en todas mis vidas s iempre he quer ido enfrentarme a lo
que no soy, al miedo para cambiarlo, aunque no observe el cambio. ¿Es
correcto?
- Sí, pero con matices. Has ido siempre enf rentándote a lo que no eres
por voluntad propia: al miedo. Cambiándolo, sin percibirlo como bien
expresas, pero siempre lo has hecho desde distintas ópticas. Tú,

227
concretamente, lo has hecho desde la vertiente de la f alta de conf ianza, desde
el desconocimiento, desde la búsqueda sin encuentro. Ot ros lo han hecho
desde miles de versiones distintas. Pero en realidad tú decidist e hacerlo
desde la más dura y dif ícil: desde el miedo a la desconf ianza absoluta, sin la
posibilidad de remisión o encuentro o transf ormación. Decidiste, no saber,
no encontrar, no ver, buscando sin encont rar, en un debate continuado sin
posibilidad de encuentro, en la total imposibilidad. Escogiste en def initiva no
ser, sin posibilidad de Ser. Escogiste el miedo sin opción de encontrar el
Amor, sin ocasión de transf ormarlo. ¿Ent iendes?
- Sí ¿Fue osado?
- ¿Osado?, incluso temerario. Te negaste cualquier posibilidad de
encuentro. Es la mayor de las osadías. Por eso cada una de tus vivencias no
extraía conclusiones palpables. Pero también decidiste enf rentarte al
destructor hasta dest ruirlo. Y ahora estás en esa condición. Ahora, en el
presente, en este instante, puedes destruir al destructor. Puedes, en definitiva,
transf ormar el miedo en Amor. Desde el presente, que es todo lo que existe,
puedes construi r el f uturo. Desde el miedo, que es lo que te alberga, puedes
desplazarlo hasta alcanzar el Amor ¿Estás preparado?
No respondió. Estaba muy sorprendido con la audacia en la que se
embarcó como para responder al reto sin dilación.
- Espera Pitt. Antes quiero aclara algunos conceptos. Veamos. ¿Quiere
esto decir que poseo el poder Infinito en lo finito; que poseo la Perf ección en
la imperf ección?
- Sí, si así lo decides. Pero en tu caso escogiste lo contrario.
- Entonces, al estar en lo imperf ecto ¿Sólo existe el presente para
transf ormar el f uturo?
- Según pienses en el present e, así será tu f uturo. Serás el resultado de
tu pensamiento. Sólo has de decidir cómo quieres pensarlo para tenerlo
plasmado en el f uturo. Lo que decides ser en el presente, se const ruye en el
futuro. Sólo has de cambiar tu pensamiento. En tu pensamiento sólo entras
tú. Ahí eres el dueño indiscutible de ti mi smo. Y desde ahí es desde donde
puedes transf ormar. ¿Sí, o sí?
- ¿Entonces qué es lo que tengo que hacer para destruir al destructor,
pensar en Amor?
- Claro. Si tu pensamiento es Amor, sólo crearás Amor. Según pienses,
obtienes. Piensa en miedo, y crearas sólo miedo. Cuanto más pienses en algo
más creas de lo mismo…
- Ya. Ya lo entiendo – interrumpió jubilosamente –. Sólo he de cambiar
las pautas, y todo cambiará de igual manera. Si quiero que algo cambie, en

228
realidad sólo he de cambiar el pensamiento, sólo he de cambiar eso, y el
resto será al igual.
- Exacto.
- Ahora capto, en realidad, la esencia de las sei s normas de vuelo al
aplicarlas al mismo tiempo, en tiempo presente. Ya lo percibo. Escucha Pitt.
Dado que el motor de todo es el pensamiento, si éste es exclusivamente Amor,
lo que cree será Amor, y todo es posible al entender que es lo que me
merezco; u que cuando en realidad lo crea y cree, lo veré; por tanto, seré la
causa real de mis ef ectos, siendo mi s efectos el Amor eliminando el
resentimiento que es lo único que puede f renar, que no eliminar, al Amor. Si
pienso en Amor, el miedo simplemente no existe, deja de tener consistencia,
pues ya no es. ¿Si, o sí Pitt?
- No hay duda. Lo has entendido a la perfección – concluyó con una
potente carcajada.
- Entonces cuando interacciono con otras personas, seres o personajes
en mis vidas, ¿Les debo algo? ¿Existe la posibilidad de que tenga alguna
deuda con ellos?
- Tú, al igual que todos, ya lo hemos mencionado, decidimos ser lo que
no somos desde distintos planos, interrelacionándose, sin obligaciones o
débitos posibles. Sólo procuráis (procuramos) cambiar lo f inito a inf inito, al
ir sembrando Amor. Si quieres def inirlo como que el único propósito que
tenéis (tenemos) todos, es la de pensar y ser Amor en la imperf ección, es una
interpretación válida. Pero sin débitos. Simplement e interpretamos el papel
que escogimos libremente, con la posibilidad de ir recordando o no Quienes
Somos, y de esa f orma, ir cambiando o no, el guión elegido para transf ormar
el miedo en Amor, lo finito en Infinito, lo imperf ecto en Perf ecto de una f orma
más rápida si se quiere decir así, y plasmándolo de f orma más evidente.
Siempre con la seguridad de que el final es Perf ecto, aunque no se vea, o
perciba. Pero ahora que lo has entendido, ya sabes lo que puedes o no hacer,
y escoger Siendo o no. ¿Qué vas a hacer desde tu Ser?
- ¿Cómo? ¿Es que tengo que hacer algo?
- Sólo lo que tú quieras. Ya sabes que eres totalmente libre para hacer lo
que quieras.
- ¿Pero no tenía que destruir al destructor?
- Sí, si es lo que quieres hacer.
- Sí, quiero hacerlo. ¿Me dirás la forma?
- Ya lo sabes – dijo abr iendo sus brazos en toda su extensión – Piensa en
Amor, y eliminarás el miedo. El destructor desaparecerá. Sólo has de conf iar
en ti, en tu poder. Antes elegiste, como hemos deducido, lo contrario, el peor
de los miedos: desconf iar de ti, de tu poder. Desconf iar de todo, Estar sumido

229
en la ignorancia con respecto a tu auténtica esencia. Ahora que lo sabes,
puedes hacer lo que quieras, sólo depende de ti, de tu voluntad, de tu
libertad, de tu decisión. ¿Lo harás?
- Por supuesto. Pitt, que no te quepa la menor vacilación. El dilema está
resuelto. Dame tiempo, quiero pensar cómo hacerlo ¿De acuerdo?
- Dispones de todo el tiempo que quieras, si algo tenemos es tiempo.
Todo él, es nuestro. Avísame cuando lo tengas decidido.
Jano iba a responderle. Sabía lo que quería hacer para destruir al monstruo,
pero Dru, acompañando al doctor, anunció la nueva visita, quien procedió con
meticulosidad al examen del enfermo. Le hizo realizar var ios movimientos,
saltos y extensiones. Las pruebas evidenciaban la plena recuperación. Estaba
satisfecho con la evolución, por ello le dio el alta con la única condición de
que no volara en veint icuatro horas ningún tipo de reactores. Sí podía hacerlo
en compañía de otro piloto en aviones ligeros. Luego, libertad sin
restricciones al respecto.
- Perfecto, Jano – decía Pitt –, creo que tu recuperación en todos los
órdenes está colmada ¿No piensas tú lo mismo? Ahora ya sabes Quien Eres, y
lo que puedes Ser, Hacer y Tener ¿Nos vemos en el comedor para almorzar?
- Por supuesto – contestó dirimiendo en la mente el proceder a ejecutar
inmediatamente.





















230
13. La decisión.




“El verdadero amor no es otra cosa que el seseo inevitable de ayudar al
otro para que sea quien es”
Jorge Bucay. Escritor y psicot erapeut a Argent ino. (1949-¿)

“Al principio todos los pensamientos pertenecen al amor. Después, todo el
amor pertenece a los pensamientos”
Albert Einstein. Cient ífico alemán nacionalizado est adounidense. (1879-1955)









Tras asearse y vestir un limpio mono de vuelo color verde, recogió sus
escasas pertenencias, encontrando junto a una de las patas de la cama, la ya
olvidada nota de Pal. Estaba escrita de puño y letra. Un sentimiento
entrañable se impuso. La lectura mostraba el deseo de su pronta y total
recuperación. Indicaba, además, que ella marchaba temprano con un grupo de
alumnos a un punto bastante lejano para completar una fase específica de
instrucción, esperando volver a ver lo a la vuelt a, si él quería. Terminaba con
el envío de besos y abrazos cálidos.
No le sonó a despedida, pero había algo incierto descrito entre líneas que
no acertaba a evidenciar.
Se despidió del personal sanitario, en especial de Dru, a quien otorgó un
fuerte abrazo. Un jeep le aguardaba para trasladar lo a su cita, pero prefir ió
caminar hasta el comedor. Tenía todo el tiempo a su disposición. Ya no había
prisas, ni miedos, ni temores, ni desconfianza, ni impaciencia, ni pre-
ocupación. Estaba seguro de Sí; de su Naturaleza, y del poder excelso que
confería. ¿Qué podía perder? ¿Qué podía t emer? ¿Miedo, de qué? Sí pensaba
en Amor todo estaría resuelto, todo sería Amor.
Tuvo una hora de caminata para mat izar cada una de las percepciones
descubiertas antes de encontrarse en las inmediaciones de su destino para

231
cimentar, estableciendo, una base sólida desde la que partir. ¿Partir?
¿Adónde? Fue la cuestión a dilucidar. ¿Qué se suponía que debía hacer?
- No es lo que debes hacer, sino lo que quieres y eliges Ser.
Irrumpió la voz de Pitt, que siguiendo sus pasos, se dirigía a su acordado
encuentro.
- Hola Pitt – contestó sin que la lectura de sus pensamientos le
impresionara a estas alturas –. ¿Puedes repetir eso?
- Por supuesto – manifestó poniéndose a su altura – digo que la cuestión
estriba no en lo que debes hacer, sino en lo que qui eres Ser, o dicho de otro
modo, has de decidir, si quieres, con total libertad, qué quieres Ser haciendo,
sin que ello en ningún modo constituya la obediencia al signif icado estricto
que aporta el verbo “deber”. No debes hacer nada, ni debes nada, sólo ha de
Ser lo que quieras.
- Espera – contestó parando y encarando a su instructor –, ¿Qué quiere
decir eso exactamente?
- Digamos que a prior i tienes tres opciones que reflejan millones de
posibilidades. Veamos. En primer lugar, puedes retornar a la esencia de tu
origen, es decir, regresar al Todo del que formas parte, al no t iempo. “Allí” y
“Ahí” las expectativas son Infinitas. Es volver a encontrarte con tu Real y más
Autént ica Esencia sin que ahora dejes de Serlo. Es volver a Ser Amor en una
plenitud que ahora y desde este espacio no puedes ni dimensionar aunque sí
percibir en tu Ser. Obviament e desde Allí o Ahí, puedes optar a cualquiera de
las restantes opciones, aunque puedes crear cualquiera otra que imagines o
desees.
Segundo: puedes quedarte aquí, recibir a los alumnos que lleguen para el
reentrenamiento y descubrimiento de Quienes Son; también las alt ernativas
son innumerables. Es todo un reto que aún no has afrontado, y para el que
estás sobradamente cualif icado. Además me encantaría que formaras parte de
mi equipo, estoy seguro que te gustaría disfrutar de esta experiencia.
Tercero y no por ello menos limitado: volver a escribir en tu libro, en el
capítulo de las marcaciones, qué quieres exper imentar. Trazar el esbozo de lo
que deseas vivenciar. De nuevo los parámetros que se abren son inescrutables.
Puedes interpretar cualquier papel que escojas o diseñes, en las formas que
imagines, incluso reexperimentar cualquiera de las vidas ya conocidas, en
cualquier espacio o tiempo que exista o decidas crear.
Como podrás apreciar, tienes un abanico inconmensurable donde elegir.
La decisión es tuya, y sólo tuya. La realidad que crees o decidas crear, será
tal como tú decidas que sea. Y por cierto, hagas lo que hagas, quieras lo
quieras, decidas lo decidas, desees lo que desees, pienses como pienses, en
ningún modo o f orma, jamás serás criticado, se te respetará en la medida en

232
que optes manif estarte; en ningún modo tendrás que pagar tributo alguno,
dado que al ser parte del Todo, y siendo el Ser el Todo Perf ecto e Inf inito, una
de las manif estaciones es la Justicia Inf inita y Perfecta, por tanto, nunca se
enjuicia a si mismo en su Libres Perf ectas e Inf initas decisiones. ¿Qué decides
Ser? Eso sólo te atañe a ti, exclusivamente a ti. Por último, y si lo quieres
tener en consideración, has de saber que el contenido de lo que es Libertad
Infinita y Perf ecta, se plasma en dejar Ser, dejar Hacer, y dejar Tener, sin
interf erir, dejando Ser a todo Ser aceptándolo tal cual Es. Obviamente, esto,
puedes inscribirlo en las marcaciones para vivenciarlo en todo su esplendor o
con las restri cciones que impongas. Hagas lo que hagas, lo harás por propia
iniciativa, y jamás deberás nada, ni habrás de pagar un canon, ni serás
criticado o enjuiciado, a menos que esa sea tu decisión Libre y Perf ecta.
La explicación cuantificó a la perfección la pequeña aunque inmensa duda
existencial. Luego, prosiguieron su deambular en silencio hasta el comedor.
Durante la comida charlaron de los diversos aspectos que podría realizar en
Nairda. Los atractivos de esa posibilidad poseían un imán part icular. Podría
Ser instructor. Enseñar a otros. La alternativa ofrecía un encanto alucinante.
También comentaron la opción del retorno al Todo, cuestión que confluía en
la sensación de plenitud más acogedora que podía imaginar. Pitt hablaba con
devoción sobre ello. Sus palabras eran excelsas, bellas, insultantemente
Amorosas. Volver suponía un gozo inexpresable. Con respecto a reiniciar otra
aventura, los parámetros se volvían igualmente alucinantes. Sólo imaginar el
dibujo de cualquier vida, suponía erigir un plano sin dimensión. Podía ir a
cualquier exper iencia imaginable, a cualquier mundo, galaxia, planeta o
universo, ya creado, o creado por él. Lo que él quisiera, estaba a su alcance.
Todo era posible al Ser Amor, al Ser Perfecto e Infinito.
Llegaron los postres amansando la euforia sin contención, y con ellos, el
recuerdo de una pet ición que Jano quería volunt ariament e realizar en nombre
de Pitt. Regresaría a Ís para disponer y acondicionar el lugar. Iba a construir,
desde su poder, ahora inmedible, las instalaciones necesarias que hicieran de
aquella pista de aterrizaje de tierra donde aterrizó con la Bücker en su primera
jornada, un aeródromo operativo.
- Si me quedo aquí ¿Podré aprender a leer los pensamientos de los
demás? – curioseó al salir por el largo pasillo que conducía al exterior, al
encuentro del trasporte solicitado para ser llevado hasta destino.
- Es condición indispensable. Pero no para hurgar en los demás, esa
posibilidad está descartada, sólo la usamos para comunicarnos entre nosotros,
sin necesidad de usar aparatos, es cómodo, rápido y eficaz. Incluso más
íntimo – terminó de contestar estando en el exterior –. ¿Ves? – Dijo
señalando un jeep –. Esté vehículo y su conductor están aquí sin que haya

233
usado el teléfono. Simplemente he comunicado mentalmente a la sección de
transportes tus necesidades. Ellos ha dispuesto tu traslado tal y como lo he
solicitado. Desde aquí irás hasta un DC-3 que te dejará en Ís. Luego, haz lo
que tengas que hacer. ¿Entiendes? Es más fácil y práctico comunicarse con el
pensamiento, es algo inmediato, y siempre estás en contacto con quien
quieres. Además, y no lo digo como un elemento especial para inf luenciar en
tu decisión, aprenderás a desplazarte de un punto a otro, en el instante, sin
necesidad de usar ningún medio. ¿No me digas que no es fantástico?
- Ahora ent iendo – decía recopilando el recuerdo de su primer vuelo –
Eso fue lo que hizo Pal cuando despegué con la Bücker el primer día, cuando
llegué, dejándome a solas allí arriba. Ese fue el truco que uso ¿No?
- No, en modo alguno. Ella nunca te ha mentido en nada de lo que te ha
dicho, nunca. Hizo exactamente lo que refirió. Esa es otra de las
características de este ambiente, plano o dimens ión, como quieras definirlo,
aquí jamás se dice nada que no sea estrictamente verdadero. Nada. Ella bajó
del avión porque así tú lo quisiste en tu pensamiento, recuérdalo.
El enunciado de la conversación conducía al descubrimiento de una
serie de opciones interesantísimas. Jano pensó en la maravillosa posibilidad
de trasladarse a cualquier punto con sólo pensarlo. Ahora, si hubiese
adquir ido tal dominio, sólo tendría que pensar que estaba en Ís, y se
encontraría allí. Sin duda, conseguir tal poder entusiasmaba a cualquiera.
Sería una cuestión a dilucidar sobre que Hacer Siendo Ser. En Ís tomaría una
decisión al respecto. Efectivamente las posibilidades que se le abrían eran
absolutas. Además Pitt nunca decía nada por que sí. Estaba seguro que quería
que permaneciera en Nairda. Aunque también estaba seguro de que él
respetaría su decisión si fuese otra. Tenía mucho que hacer, y que pensar.
- Por cierto Pitt, tengo una idea de cómo destruir al destructor, pero ya te
la haré saber. Quisiera, antes de abordar lo, contar con tu parecer. Ahora
quiero hacer lo que he decidido. ¿Te parece bien?
- Haz lo que quieras, sea lo que sea, s iempre me parecerá bien, tenlo por
seguro, confía en mí, y nunca dejes de hacerlo en ti. Y fíjate en lo que te digo
ahora: piensa con lo que quieras pensar, imagina lo que puedas y quieras
imaginar, sea lo que sea, siempre es posible. Esta es la Aventura de la
Existencia – enunció enfáticamente –. ¿Entendido?
El nivel alcanzado en todos los aspectos impulsaba a Jano a un
entendimiento excelso, inmutable e inf inito. Libre en definit iva. Ya casi no
era necesario hablar. Un abrazo constituyó el sí al acuerdo solicitado,
establecido. Tras el estrechamiento de sus esencias desde las sustancias, subió
al jeep que le dejaría a bordo del transporte hacia su querida y entrañable
guarida.

234



Décimo séptima jornada. 17:10 horas. Pista de aterrizaje de Ís

Dentro de su entrañable barraca se puso manos a la obra. De un gran cajón
extrajo papel de varios formatos y de diferentes tipos, así como regla,
cartabón, trapecio y distintos objetos para escribir y dibujar.
Pasó toda la tarde proyectando y calculando los barracones y alojamientos;
las instalaciones operativas, el centro de comunicaciones, los depósitos de
combustible, el trazado del parking, las rampas de acceso, el suelo
antideslizante para la carretera de caracol que conducía al fondo de la
hondonada, y un puente que enlazara la separación existente entre las distintas
alturas. Diseñó un trazado que permitiera un paseo agradable disfrutando del
vergel que rodeaba su aeródromo. Dispuso todo de tal manera que Ís sería, al
amanecer, un oasis aéreo en medio de la inmens idad desértica que le rodeaba.
De igual modo diseñó una autovía en línea recta hasta Nairda. El traslado por
tierra sería cómodo y rápido, para quien lo necesitara. En menos de una hora,
ambos lugares, quedarían enlazados de forma inmutable y perecedera.
Una hora después de la media noche los bocetos y planos estaban
concluidos; los cálculos acabados. El milagro debería materializarse al
amanecer, según sus directrices. Su poder al respecto estaba asegurando su
determinación, sus pensamientos, sus deseos; la decisión tomada. Concluidos
sus planes, el hambre hizo demanda y apremio. La cena se forjó a base de
raciones de quesos variados regados con un vino afrutado joven, de textura
fina con ligeros ramilletes de sabor a miel, canela y hierba buena. Un trozo de
bizcocho regado de chocolate caliente puso la guinda a un día que
consideraba indiscutiblement e indefinible. Se sabía en poder de sí en Ís.
Conocía a la perfección Quién Es. La cuestión siguiente se sostenía sobre la
base de postular qué Quería segui r Siendo sin dejar de Ser en ningún
instante, pues el cómo acabar con el destructor estaba aclarado en sí.
La noche acunó su profundo descanso. En el exterior, sin ruido, sin
molestias, sin casi posibilidad de ser percibido el fruto de su pensamiento y
querer, germinaba, como por arte de magia, siendo él el hechicero del arte
plasmado sin que el tiempo tuviera poder de influenciar sobre la proyección de
Ís, sino desde Sí.





235


Décimo octava jornada. 07:02 horas. Complejo aeronáutico de Ís

El reloj de cuco acarició el aire en su salto al vacío denunciando las horas
sin que Jano se inmutara por los reiterados avisos. Su sueño estaba cimentado
con profundidad. Tanta, que no evidenció las sucesivas pasadas que realizaron
un escuadrón de T-6 Texan mientras, uno a uno, tomaban tierra.
Un susurro pegado a su oído clamaba regresar desde el lugar donde
quisiera estar volando en sus sueños. Cierto olor conocido susurraba
suplicando la atención debida. Una leve incrustación de un sentimiento
trasmitido llegaba punzante hasta el hombro. Las pestañas se entreabrieron
lentamente al pr incipio, hasta que el telón se descorrió lo suficiente para
percibir la f igura de quien entregó una nota a su nombre en la enfermería de
Nairda.
- ¿Pal? ¿Eres tú? – dijo s in creer la visión contemplada, al tiempo que se
frotó las pegajosas legañas que le impedían percibir.
- ¿Tú que crees? ¿Por un momento has llegado a pensar que me perdería
la inauguración de estas magníficas instalaciones, y la oportunidad de dar una
lección sobre la primera regla de vuelo a mis novatos alumnos? Arriba Piloto,
el desayuno está casi a punto. O te das prisa, o tendrás que compartirme con
mis pilot illos. Vamos rápido – dijo empujándole hasta sacarlo de la cama –.
Los tengo entretenidos mientras ojean las nuevas y extraordinar ias maravillas
de Ís. Vendrán a buscarme en poco.

Disfrutaron del copioso y cálido alimento mientras él relataba los hechos
extraordinarios descubiertos en compañía de Pitt. Ella, simulando un
embobamiento provocador, sonrió en todo instante complaciendo y
aseverando cada una de sus argumentaciones hasta que sonaron un par de
golpes en la puerta.
- Bueno Jano, esos pipiolos me reclaman. He de marchar – dijo
incorporándose raudamente –, hay que seguir con el plan de estudios. Ya
sabes cómo funcionan las cosas.
Se acercó estampando los besos a los que le tenía acostumbrado dando
media vuelta.
- Pal un momento, por favor. ¿Podrías contestar a una cuestión?
- Dispara rápido. Fuera están “impacient es”, como tú antiguamente, por
despegar.
- Al despertarme, algo llegó a la mente como una alarma. Había algo no
resuelto, algo que descuadraba ciertas cuestiones. Hoy por si no lo sabes, me

236
enfrentaré al destructor, y cuando lo supere, de lo que estoy seguro, tomaré
una decisión de lo que quiero seguir Siendo sin dejar de Ser. Pero cierta duda
acudía como…
- Vamos Jano, escúpelo, ya sabes que mis alumnos, aún son impacientes.
- De acuerdo. Pal: ¿existe la casualidad?
- ¿A estas alturas con eso? ¡Jano! ¿Cuál es la tercera regla del vuelo?
- Ser causa, no efecto.
Promulgó como un relámpago.
- ¿Y?
- ¿Y qué, qué, Pal?
- Jano – espetó gesticulando –. ¿Cuál es la Causa primera de Todo?
- El Ser Único y Supremo, Infinito y Perfecto ¿Por qué?
- Sencillo Piloto, sencillo. ¿Tendré que enlazar lo? – interrogaba al
escuchar de nuevo los golpes en la puerta reclamándola –. Tendré que
enlazarlo, sí, tendré que hacerlo antes de que derriben ese portón de madera.
Jano atiende con intención y atención. Si el Ser Único y Supremo, Infinito y
Perf ecto es la Causa primera de Todo, y tú f ormas parte ineludible del Todo,
teniendo las mismas características; y Tú también eres Causa primera. Por
tanto, al Ser Perf ecto e Infinito, no cabe el caos ni el desorden en Él, ni en Ti,
eso no es, ni sería Perf ecto. El caos y el desorden constituyen imperf ección al
no poseer causa. Todo obedece a la Voluntad Perf ecta e Inf inita desde la
Libertad Perfecta e Inf inita desde la que se decide. De esa manera todo se
regula según un Orden Perf ecto, y una Causa Perf ecta. Recurrir a la
casualidad es un argumento usado para explicar lo que no se es capaz de
entender o dirimir. Es intentar explicar que el caos y el desorden con
causativos. Hacer bandera de la casualidad es abandonarse a la inexistencia,
a la ignorancia, al caos, a la suerte, al destructor: al miedo. Lo único posible
que existe es la Causa; Tú Eres Causa, y, por tanto, todo lo que sucede es
Causalidad, nunca casualidad. Todo es debido a una causa, la Causa
Primera, y Tú eres parte de esa Causa. Lo que decidas Ser, Hacer, Tener es
por Causa tuya, tu eres la Causa. ¿Entendido piloto? Tengo que irme.
- Sólo un segundo. ¿Eso quiere decir que mis vivencias y todo lo que ha
sucedido y he experimentado ha sido por mi causa?
- Es obvio, ello obedece a las marcaciones escrita en tu libro. Tus
marcaciones son la causa de tus experiencias. Tú determinas qué vivencias y
cómo se reali zan; Tú Eres, por tanto, al def inirlo en las marcaciones, la
causalidad de todo lo experimentado. Incluso si determinas vivir haciendo
caso a la casualidad en una vivencia, esa casualidad es la causalidad que tú
has determinado manif estar – inquir ió vehemente girando el picaporte –.
¿Visto para sentencia?

237
- Resumiendo Pal: la casualidad no posee base, no exist e. Sólo existe –
mencionó con una leve pausa –, la causalidad. ¿Si, o sí?
- Así es. Perfecto, espero volver a verte…sin casualidades – respondió
lanzando un beso al Aire, mientras cerraba tras de sí la entrada.
Asió al vuelo el regalo desde su asiento, enviándole miles de vuelta,
sabiendo que al dir igir ese deseo con su pensamiento a ella, podría leerlo.
Reorganizó la mesa. Limpió los enseres y ordenó el interior. Los motores
de los T-6 se pusieron en funcionamiento en un rugir amainado, concertado,
casi ceremonioso. En su interior aquel clamor le transmitía y hacía sentir y
palpar, junto al conjunto inapreciable de la culminación de su aprendizaje,
más paz, más serenidad.
Pausada y pacientemente se dispuso desde el porche a la contemplación del
espectáculo. Uno a uno, los aparatos pintados en un intenso naranja plat ino
desfilaron por la uno cuatro alzándose, unos con inseguridad, otros con dudas,
uno con mucho miedo; el de Pal con elegancia, f inura, presteza y dedicación,
no esperaba menor Perfección en ella.
Volvió al int erior recavando cada plano, dibujo y diseño. Iba a pasar revista
personalmente a su Acto Creador. Pero antes dejo en la chimenea,
quemándose, todos los folios donde había plasmado el ant iguo resentimiento
ya olvidado y perdonado.

Cuatro horas le llevó concluir con su propósito. Cada pieza, soporte,
tornillo, perno, cableado, estructura; cada detalle concreto y específico estaba
correctamente reflejado. Descolgó el teléfono con la intención de llamar a Pitt,
quería que él supervisara la petición realizada, al fin y al cabo fue su idea,
pero colgó. Recordó que tenía un medio mejor de transmisión, aunque no de
recepción. Usó el pensamiento. Formuló su querer mentalmente y esperó.
Durante el almuerzo meditó qué decis ión tomar. Las opciones eran
inmensas. No sabía qué segui r Siendo sin dejar de Ser, en def initiva, qué
hacer con el cómo hacerlo. Aún no había una línea def inida. Pero como tenía
tiempo, y nadie le apremiaba a que hiciera nada si no quería, decidió solo y
solamente, no decidir nada por el momento. El destructor era el objet ivo a
considerar, ni siquiera un problema, sólo una met a a superar. Empezó a
preparar café al mismo tiempo que el ruido inconfundible de un F-104
impregnó el vacío sonoro de Ís con su melodía fulgurante.
El Starfighter realizo una impecable maniobra de aproximación.
Majestuosa. Sin par. No cabía sospecha del genio que estaba a los mandos. El
aterrizaje fue sencillamente imponent e.

238
- Gracias Jano. Muchas gracias – fue su primer estímulo al bajar del
aparato –. Has hecho un trabajo magnífico aquí. Desde el aire resulta
entrañablement e acogedor.
- Gracias a ti Pitt. Esto ha sido como un premio. Saber que he construido
algo que merece la pena y va a servir para muchos, es la mejor recompensa.
¿Quieres examinarlo?
- Más que examinar, quiero congratularme con tu creación. Vamos
guíame.

A las seis de la tarde disfrutaban sentados en mecedoras de roble
instaladas en el porche, del buen t iempo y de una grata conversación,
degustando una infusión de hierbas aromáticas. Los comentarios acerca de lo
visualizado encumbraban la labor realizada, que por otro lado a Jano no le
hacía sentirse ni mejor ni peor, simple y extraordinariamente le hacía sentir
Ser.

Pitt inauguraba una conversación de calado y extensión. Le habló de sus
proyectos, de la peculiar labor y el hermoso trabajo al que podía opt ar en
Nairda. De las infinitas posibilidades a las que optar desde su actual
perspectiva. Profundizó en que Todo es posible, y estaba a su alcance, y que
sólo dependía de su decisión. Y en especial, que decidiera lo que decidiera, lo
respetaría, aunque le gustaría tenerlo en su equipo. Él le escuchó con
atención, anotando cada detalle, entus iasmando sus pensamientos con
posibilidades y alternat ivas en su próximo e inmediato deambular. Iba a tomar
una decisión.
Hora y media después, el ocaso había llegado por completo. La noche
estaba presente. Y Jano tenía una cita

- Bueno Pitt, es mi momento. Llegó. Tengo que culminar mi
entrenamiento. Ese monstruo llamado destructor ya no podrá más conmigo.
Ya conoces cual es mi meta ahora – manifestaba sosegadamente –, pero he
realizado los cálculos, y existe un problema que no sé cómo salvar – le miró
buscando y encontrando su consentimiento para continuar exponiendo el caso
–. Quiero ascender por encima de los quinientos mil pies, pasando al espacio
exterior, navegar allí donde no es posible para el 104 ya que no es una nave
espacial y volver. No constituye problema, sé que aplicando las normas de
vuelo lo haré Siendo la Causa. El problema estriba en que este avión posee un
motor doblemente superior al que en mi anterior intento desapareció, pero con
la carga de combustible que alcanzan los depósitos, no llegaré más que hasta
los cuatrocientos mil. O ponemos depósitos extras o no podré demostrar que

239
poseo el dominio de la instrucción, ni aniquilaré al monstruo del miedo. ¿Qué
sugieres?
- Más que sugerir, informar, Jano. Informar – contestó rellenado el
contenido de su taza –. El combustible, son tus ganas de volar, de vivir o de
sucumbir, es concluyentemente el propósito impulsado por la voluntad que te
alberga. ¿De cuanta voluntad dispones para cumplir tu propósito? No –
impuso con su mano derecha –. No es necesario que respondas. Esto no es un
examen. Pero, sí, has de comprobar si tu voluntad es inf inita o f inita. Sin
combustible el motor se parará, entonces el único remedio es planear hasta
aterrizar con el menor destrozo posible, arreglar los desperfectos, si aún es
viable, rellenar los depósitos e iniciar el vuelo. No obstante – continuaba su
exposición sin que Jano quitara atención a sus palabras –, lo mejor siempre,
es disponer de la voluntad necesaria para seguir con el motor encendido,
provocando el vuelo, alzándote sobre las cumbres, escrutando horizontes.
Procura que la voluntad nunca se acabe, y no dejarás de volar jamás.
¿Sugerencia e información válida?
- Clarificadora Pitt. Clarif icadora.

Minutos en sigilos, reservando sus propias conclusiones acompañaron
hasta que el cuco marcó la hora programada. Jano abandonaba la mecedora,
que libre de su peso describía un movimiento armónico pendular en
detrimento. Entró en la cabaña. Introdujo en el bolsillo lateral de la pernera
su manual de vuelo y la jarra que Pal regaló. Era todo cuanto quería llevar
consigo. Miró en los trescientos sesenta grados el entorno que le había
acogido con un sabor agridulce. Apagó las luces y cerró la puerta.
- ¿Ya?
- Sí Pitt.
- Que tengas un buen vuelo.
- Lo tendré. Tenlo por seguro.
- Sólo un par de cosas más ¿Puede ser?
- Tú eres el instructor. Dime.
- Al realizar la inspección pre-vuelo, comprobarás que los depósitos no
contienen keroseno, ni siquiera una sola gota. Están vacíos. Siempre vuelo
con el combustible de mi propia voluntad No te desanimes. Confía en mí y en
ti. Sube y arranca. Tu voluntad se inyectará provocando la combustión. El
motor se encenderá. Por último, y que no se te olvide: la voluntad posee una
particularidad resolutiva y extraordinaria, es impredeciblemente
transf ormadora.
Un sorbo de la taza indicó el fin de sus cometarios
- ¿Algo más que deba saber?

240
- Que yo recuerde… no, nada más. Disfruta y vuelve – invitó alzando su
infusión –. Estaré esperando.

Sesenta mil libras de empujen, s in frenos, arrancaban en cien metros de
pista el plateado fuselaje del suelo firme, elevándolo en un ángulo cada vez
más empinado hacia la cumbre del techo marcado. Un posible imposible iba a
ser conquistado. Los muros en apariencia impenetrables del destructor
podrían derruirse en un pispaz. Jano marchaba en aras de su propia conquista.
La inclinación del reactor se incrementó hasta los noventa grados, su
impulsión al máximo. Ya no era un avión en vuelo. El Starf ighter se había
transmutado en un cohete a mach tres. La fulgurante llamarada que espetaba
el motor marcaba un insignif icante rastro que apenas se percibía desde Ís ni
desde Nairda. Cincuenta mil pies escalados en ochenta segundos. Jano
mantenía su mano derecha dirigiendo con meticulosidad la palanca de mando.
Su izquierda controlaba el posible retroceso del control de gases. El indicador
de combustible no mostraba consumo alguno, su voluntad estaba al máximo.
Toda su fortaleza fijaba su pensamiento en la meta impuesta. El tiempo
transcurría inversamente proporcional a la velocidad de ascenso, los segundos
se consumía con el anhelo de los miles de pies dejados atrás. Cien mil
marcaba el anemómetro. Una luz roja se encendía en el cuadro principal. Los
depósitos exteriores anclados al vientre alar estaban vacíos. Una cuarta parte
del elemento impulsor había desaparecido. Estaba consumiendo más de lo
previsto. A ese ritmo no llegaría a rebasar la cota deseada. ¿Dónde estaba su
voluntad cimentada en el Amor? El sudor empezaba a mojar el mono de
vuelo por la espalda, pero su confianza mantenía a raya el flujo. Él lo
conseguiría, se dijo, esta vez destronaría al destructor. El miedo ya no podría
con él. La Verdad del conocimiento de su procedencia, de su Ser, invalidaba
los efectos nocivos y envenenados que emanaban del temible no ser, del
monstruo. Doscientos mil pies a match cuatro. Los tanques adosados en las
puntas de las alas reflejaban que la mitad del keroseno estaba quemado. Con
menos peso, y una densidad de aire muy disminuida, la velocidad debería
incrementarse, al igual que el nivel de ascenso.
Seis minutos después de abandonar su nido, máquina y piloto habían
sobrepasado los trescientos cincuenta mil pies. El aljibe de la panza seguía
repleto. Lo estaba haciendo. ¿Miedo a qué, si su poder es ilimitado? ¿Miedo
por qué, si él es Amor? Su confianza y voluntad crecían por segundos, algo
que vio reflejarse en los indicadores de los tanques externos y los depósitos
sub-alares, al mismo instante, los cuatrocientos mil se sobrepasaron a mach
seis.

241
El tiempo no tenía ya cabida. Veinte segundos después traspasaba el
umbral de la atmósfera.
Los quinientos mil estaban superados. Estaba fuera de la atmósfera. En el
espacio exterior. Donde no había aire. Un lugar que el llenaría de Amor.
Desde ese punto, maniobrar con la palanca de mando era inút il. El impulso
de su motor le haría seguir alejándose en línea recta hacia el infinito
inescrutable. El mundo de acogida se perfilaba en toda su redondez desde su
actual perspectiva. Ahora navegar dependía del poder de su pensamiento en el
Amor con total confianza en su voluntad. Posicionó la palanca de gases al
mínimo comprobando que todos los depósitos estaban llenos. Cerró los ojos.
Colocó las manos sobres sus cuadriceps e imaginó con la mente la trayectoria.
Con la suavidad y lent itud adecuada que viajar a match seis permite, la nave
inició una órbita elípt ica perfecta. Giró describiendo superposiciones exactas.
Un silencio colmado de paz imponía un respeto nunca antes alcanzado. El
destructor había sido vencido. El no ser, el miedo, ya no tenía cabida en su
Ser, había desaparecido, lo había vencido; el Amor lo había destronado. Su
voluntad y conf ianza le guiaron. Ahora sabía que podría navegar a donde
quisiera. Por cualquier ruta. Hasta el destino que pudiera imaginar por muy
lejos que llegara a estar. Sin limitaciones.
Relajado y sereno, su pensamiento describió la reentrada en la atmósfera.
Picó el morro enfilando un punto predeterminado. Sin abrí sus párpados ni
dilatar sus pupilas, imaginó que descendía con rapidez, prestancia y dominio.
Gobernado con suprema voluntad en Amor. Veía en su pensar cómo el
anemómetro marcaba en un girar incesante la bajada. Los pies disminuían
aceleradamente hasta llegar a la cota de los cincuenta mil. Luego sin dudar un
instante de sí, percibió como su confianza estaba en ascenso con la misma
aceleración que el descenso del Starfighter reflejaba. De igual modo
comprobó con toda la voluntad imaginable la aproximación magistral hasta
la uno seis izquierda de Nairda, hasta tocar sedosamente la pista.
Pasando unos instantes, la cúpula se accionaba automát icamente
abriéndose. El aire fresco de la noche entraba acariciando tiernamente su
rostro desprovisto de la máscara de oxígeno. Abrió los ojos esperando con
total certeza el resultado previsto.
- ¿Ha sido un buen vuelo?
- El mejor que he tenido. ¿He pasado la prueba?
- El 104 está aquí sano y salvo, sin rasguños – proclamó acariciando el
fuselaje – ¿Y que decir de ti? Eres sabedor de haberte conquistado, de
conseguir sobrepasar los límites que te contenían. ¿Qué si has pasado la
prueba? Sería mejor preguntar cómo vamos a celebrarlo ¿No te parece?

242
- Aceptas una jarra bien fría de cerveza, aunque sea por una vez
rompiendo tus reglas de abstemio.
- ¿No te gustan mis infusiones?
- Esta vez Pitt tomarás te guste o no, esa cerveza con un Piloto recién
licenciado.
- Ya sabes, hay que respetar la Libertad ajena.
- Siempre la respetaré, al igual que imagino respetarás mi Voluntad ¿O
no?
El argumento fue convincente. Los zumos de cebada, también. Finalmente
la cama, concedió el beneficio adecuado tras el caer de las dos primeras horas
de una nueva jornada recién estrenada con sabor a victoria y triunfo.






























243
14. Mayday, Mayday



“La aventura podrá ser loca, pero el aventurero para llevarla a cabo, ha
de ser cuerdo”.
Gilbert K. Chesterton. Escritor inglés. (1874-1936)

“Cuanto antes nos percatemos de que nuestro destino está en nosotros
mismos, y no en las estrellas, tanto mejor para nosotros”
Axel Munt he. Escritor sueco. (1857-1949)








Décimo novena jornada. 08:10 horas. Complejo aeronáutico de
Nairda.

Las nuevas marcaciones estaban descritas. La decisión, tomada el día
anterior, asumida. El libro cerrado. Terminó de vest ir el uniforme azul
retirando las insignias de alumno sustituyéndola por la de Piloto, entregada
por Pitt durante la íntima ceremonia nocturna.
Del escaso personal que a esas horas, ya tardías, terminaban el desayuno, al
divisar el distint ivo br illante que lucía sobre su pecho derecho, recibió
efusivas y sinceras felicit aciones. Él correspondió con sumo agrado todas las
manifestaciones.
Ingirió, degustando, cada porción de los alimentos que se sirvió. Lo hizo en
silenc io, meditando, pensando. Recordando cada una de las jornadas pasadas
en Nairda. La posibilidad de quedarse como instructor fue una opción costosa
de descartar, pero quería paladear una de las afirmaciones que escribió en el
capítulo de las conclusiones: “Si no has experimentado el Amor, no has
experimentado nada, no sabes lo que Es”.
Retozó con cada sorbo del segundo café que se sirvió, los extraordinarios
momentos disfrutados. Mantuvo su esencia durante algunos minutos. Sabía a
lo que iba a enfrentarse, no estaba inquieto, ni nervioso, y mucho menos sentía

244
miedo alguno. Ahora, henchido de Amor sabría cómo enfrentar cualquier
acontecimiento.
Dejó la bandeja en el sitio acostumbrado enfilando sus pasos hacia su nuevo
destino.
Encontró a Pitt en la entrada del hangar que contenía su oficina. Daba la
impresión de estar esperándole.
- Buenos días Piloto.
- Buenos días General.
- ¿Estás listo?
- Afirmativo.
- Pues cuando quieras.
- ¿Qué debo exactamente hacer para el nuevo cómo Ser?
- Ir al mismo lugar por el que entraste. Desde allí, el destino que hayas
marcado dará su comienzo. Sólo déjat e llevar. Y no lo olvides, confía en ti, tú
eres tu propio hacedor.
- ¿Qué hago con el libro?
- Lo sabes de sobra, el no puede ir contigo. Dámelo, no es necesario que
lo dejes según las normas sobre mi mesa para que lo revise, confío en ti. Lo
archivaré según el procedimiento estándar.
- Pitt, hay una cosa que he mencionado en las conclusiones y que me
hubiera gustado transmitir a Pal, ¿lo harás tú por mí?
- Dalo por hecho ¿Qué es?
- Dile respondiendo a la carta que me dejó en la enfermería, que pienso
que después de todo este recorrido puedo manifestar con claridad y rotundidad
que “una oportunidad de Amar, es una oportunidad de ser Amado”También
me gustaría que le dieras este sobre, y… – no pudo decir nada más.
Un abrazo selló la despedida. El Piloto marchó andando con paso firme y
decidido, con soltura y tranquilidad hasta el trigal que le recibió, sin dudar, sin
mirar atrás en ningún instante. Pitt aún no sabía de su decisión. Lo miraría
luego, al llegar a su despacho. No tenía mucho trabajo que abordar, por lo
demás, los planes de entrenamiento seguían sus procesos normales.
- ¿Le volveremos a ver? – indagó mentalmente al notar la presencia de
Pal tras de sí.
- ¿Tu qué crees? – respondió verbalmente
El tono vibrante de la voz denotaba algo que provocó que Pitt se volviera
para mirarla estrujando el ceño.
- Por cierto. Jano ha dejado un mensaje para ti…
- No te molestes, lo he escuchado.
- … y este sobre

245
Permanecieron juntos de pie, hasta que la f igura del piloto desapareció
ocultado por el trigo que le rodeaba; hasta que un destelló azul br illante y
breve, proclamó la partida efectiva del mismo.

- ¿Qué tienes pensado hacer ahora? – reclamó escrutando el clamor de
sus ojos miel.
- El comedor está apunto de cerrar y todavía no he desayunado –
respondió sin dejar de mirar al trigal.
- ¿Qué tal los nuevos?
- Avanzan a buen ritmo. Por cierto, les he cambiado el plan de
instrucción, las modificaciones las acabo de dejar sobre tu mesa, los he puesto
en buenas manos, espero que no te moleste.
- Si así lo has decidido, estará bien.
- Una pregunta Pitt – prorrumpió enfrentándole –. ¿Por qué decidiste
este destino y no otro?
- Creo Pal, que no hace falta que conteste. Tú misma decidiste de
idént ico modo que yo. ¿No?
- No Pitt. Sabes de sobra que cada uno lo hace por un motivo concreto,
cada uno somos distintos, aunque semejantes e iguales por la procedencia que
nos sustenta. ¿Por qué lo hiciste tú? Si no te importa que insista.
- En definit iva, querida Pal, sea lo que sea que decidamos, en el trasfondo
de la cuestión, está, como esencia sustentadora, el grado de implicación que
cada Ser desea experimentar de forma Libre y Voluntar ia en sus decisiones –
respondía locuazmente, aunque su experiencia le indicaba que algo más
existía en el sustrato de la pregunta –. Pero… dime una cosa Pal ¿A qué viene
esa cuestión? ¿Tienes alguna duda por resolver? Me sorprendería que fuese
así.
- Tan sólo quería evidenciar un contraste de conocimientos.
- De acuerdo Pal. Anda, ve a desayunar antes de que c ierren, creo que
necesitas un buen desayuno, siempre es bueno llevar el estómago lleno antes
de todo vuelo. ¿Nos vemos luego?
- ¿Tú qué crees? Hasta luego, en un “Instante Perfecto” estaré de vuelta
– respondió encaminándose hacia el comedor.
- Un momento Pal. ¿No me vas a dar el beso de buenos días de siempre?
Ella se echó en sus brazos estrujándose con fuerza. Pitt le acogió regalando
todo su Amor. Sabía bien lo que por sus pensamientos podría estar pasando,
pese a que Pal no quis iera comunicárselo mentalmente. Varias lágrimas
quedaron incrustadas en el mono de vuelo del General, sin que él hiciera
comentario alguno al respecto. Segundos después, Pal se despegó del abrazo,
enjugó sus ojos y regaló los acostumbrados besos de buenos días. Encararon

246
sus miradas que solas clamaban lo inexpresable con palabras. Pal respiró con
profundidad, y dio media vuelta marcialmente marchando con rapidez.
Cada uno tomó su propia deriva. La jornada se prometía sugestiva.

Camino al comedor abrió el sobre y leyó el contenido:

Querida Pal:

Mucho tengo que agradecer, en especial a t i, y por muchas palabras que
diga, no encuentro otras mejor que éstas en un poema que he compuesto y que
lleva por título “En la pista de despegue”:

Díjome un amigo una vez,
que la cobardía es de hombres,
y el Amor, para los valientes.
Para los que coraje poseen.
Y dijo más:
que quién huye es pobre,
y quien cuida y adora,
rico se vuelve,
que morir de amor, se puede,
y que por amor, morir, es posible
Pero que siempre que Ames,
todo te colmará,
y cuanto más desprecies,
fatigas atraerás.

Yo, ahora me planteo, qué quiero Ser.
Y también te digo:
¡Amor!,
¿Adónde queremos llegar?,
¿Culminar?,
¿O marchitar?
Yo claro lo tengo,
contigo quiero volar.
¿Me acompañarás?
no pretendo un seguimiento,
no propongo un estar,
invito a juntos lanzar,
llegar a donde el sol nace,

247
a donde las estrellas se esconden.
Nadar en nosotros,
salpicar nuestros Seres,
entrelazar nuestras esencias.
¿Part imos?
¿O te vas?
Yo, diáfano lo percibo.
Tú, aún has de dilucidar.
Atenta, el avión va a despegar.

P.D.: Me llevo la jarra, espero que al pasar al otro lado no se quede atrás. Si es
así, búscala. Sabrás dónde encontrarla. Gracias, siempre, por todo; por ser tú.


Pitt, sentado en su sillón, comenzó a leer el libro de Jano, ahora limpio de
manchas de grasas y sin rastro de olor a keroseno. No le sorprendió la
decisión, era algo que ya había podido comprobar en otros alumnos, pero sí lo
hizo lo que leyó a mitad de la lectura, al mismo tiempo que descubrió otro
manual de vuelo dejado en lo alto de su regia mesa. Lo miró sin querer ver su
contenido, no era necesario. Cogió el cronograma que Pal dejó con los
cambios realizados. Lo supervisó comprobando que estaban expuestos a la
Perfección. Cruzó los pies sobre la mesa, colocó sus manos enlazadas tras la
nuca y cerró los ojos esperando que todo sucediera de acuerdo a la Libertad
Infinita y Perfecta de cada Ser.

Desde el vertedero del comedor, donde estaba alojados los contenedores, le
llegaba una comunicación mental que esperaba, y a la que ya no habría que
responder. Luego, se produjo un destelló azul brillante y breve.




Momento actual. 11:33 horas. Base Aeronaval de Bulk

- Torre de Bulk, aquí F-1000 en vuelo de pruebas. Solic ito permiso de
aterrizaje.
- ¿Dónde estaba F-1000? Estuvo treinta minutos desaparecido de la
pantalla y sin contestar nuestras llamadas.

248
- No he ido a ninguna parte, ni he recibido comunicación alguna –
respondía sarcástico –, estoy a veinte millas de la uno seis izquierda. Solicito
permiso para aterrizar.
- Permiso en espera F-1000, debe introducir código de autenticación en el
transpondedor.
El piloto obedeció. Imaginó, con sarcasmo, que el radar de aproximación
de la Base Naval le habría perdido en sus pantallas. O quizá el transmisor de
su aparato dejó de funcionar por algunos instantes. Fuera lo que fuese, había
pasado. Lo importante era lo que hacía ahora.

- Es correcto. Es él señor. Reconozco su voz – confirmaba el Jefe de
control aéreo al Almirante de la Base –. ¿Puedo autorizar la maniobra, señor?
- Af irmat ivo, pero cuando tome tierra, diríjalo al barracón de alarma.
Ordene también que una patrulla de Policía Militar esté preparada para
escoltar al F-1000, si es que en realidad lo es. Tenemos que asegurarnos que
es verdad.
El F-1000 y su piloto, obedecían militarmente cada una de las órdenes
recibidas tras la toma de tierra. Apagó el motor de cuádruple inyección que
había funcionado perfectamente. Todos los registros y parámetros a los que
fue sometido magnificaron resultados excelentes. Estaba muy satisfecho de su
trabajo y de las capacidades operativas que ofertaba el conjunto formado por
avión y motor.
Un mecánico le ayudó a desprenderse de los anclajes y salir del
habitáculo hasta la escaler illa que fue acercada permit iendo un cómodo
descenso desde los tres metros de altura a la que se encontraba la cabina. Al
pie se encontraba el Jefe de la Base para recibirle.
- Me alegra verle de nuevo. Creíamos haberle perdido.
- ¿Por qué dice eso señor?
- Ya se lo ha mencionado el control aéreo, desapareció durante treinta
minutos, después de que diese la señal de Mayday dos veces…
- ¿Yo, señor? En ningún momento hice eso. No ha habido ningún
incidente que necesitase dar señales de alarma, por el contrario los sistemas
operativos del F-1000 han funcionado sin detrimento alguno. Incluso el radar
de situación ofrecía en todo instante la situación exacta de Bulk. No ent iendo
cómo ha podido suceder eso en la pantalla del control aéreo.
- Se sorprenderá cuando pueda escuchar su voz en la grabación,
coinciden con sus registros predeterminados. Además, por si fuese poco,
inmediatamente después de su Mayday, una columna de fuego apareció a una
milla y media de la Base. Pensamos que era usted, que se había estrellado. Lo
increíble – seguía diciendo el Almirante, ya montados en el vehículo que

249
arrancaba, transportándoles a no sabía dónde –, es que durante ese tiempo un
equipo de rescate ha llegado hasta el lugar del impacto. ¿Se imagina que han
encontrado?
- En absoluto señor, aunque en mi aproximación he podido ver tal
columna de humo en la demarcación que usted indica, a estribor de la uno seis
izquierda y fuera de los límites de la Base.
- Pues resulta que son los restos de un modelo muy antiguo. Un famoso
interceptador: el Starfighter. Creemos que del modelo F-104C, pero los
anális is que se han practicado in situ, aún no aportan total claridad al respecto.
Aunque lo curioso, es que el motor, que está entero, no corresponde a ninguno
de los que portaban esos aviones en su época, es demasiado avanzado.
Además no lleva ident ificación, ni insignias, ni numeración, más bien parece
responder a un prototipo. En fin, un misterio que espero se resuelva pronto,
pero que al mismo tiempo he ordenado se mantenga en el más absoluto
secreto, no podemos permitirnos que eso pueda enturbiar el vuelo del F-1000,
es mejor mantener cautelas al respecto y no establecer parámetros entre ambos
vuelos. Todo el equipo de ingenieros que han participado en la elaboración de
este caza están esperando, con ansias, que les conteste a sus preguntas; por
tanto, no debe mencionar en absoluto nada relat ivo a lo de ese aparato ni a su
desaparición durante treinta minutos de la pantalla. Es una orden. ¿Queda
claro?
- Afirmativo, señor.
- Por otro lado. ¿Cómo han ido las pruebas?
- Sin novedad señor. Todo ha ido como la seda. El aparato es increíble.
Ha superado todos los registros sin el más mínimo error o mal
funcionamiento. Creo que tenemos una máquina perfecta para volar. Aunque
hay una novedad, señor, pero es personal
- Ha hecho un buen trabajo. Enhorabuena. Pero ahora le queda el acoso
de los ingenieros. Tenga paciencia con ellos, ya sabe… son civiles que no
están acostumbrados a la disciplina militar, procure no ser tajante, relájese y
responda a cuantas preguntas le hagan, por muy tontas que parezcan. Son
órdenes, y no son mías, el Alto Mando quiere que la compenetración con el
equipo civil sea inmejorable. ¿Entendido?
- Señor, sí señor.
- Ahora dígame que puñetera novedad es esa aunque sea personal,
conociéndole ya estoy temiendo alguna sorpresa.
- Señor, no se pre-ocupe, todo a su momento. Ahora hagamos los que
tenemos que hacer.

250
El Almirante no indagó, sabía que no le sacaría nada por dos motivos: era
un asunto personal; además, cuando su piloto de prueba preferido decía algo,
era mejor respetarlo.

A los cinco minutos entraban en la sala de conferencias donde esperaban
los técnicos. El piloto se sentó a la derecha del Almirante, desde un pequeño y
elevado estrado. El grupo compuesto por más de treinta especialistas en todos
los campos de la ingeniería aeronáutica le bombardearon con todo tipo de
cuestiones sobre el caza bombardero durante cerca de tres horas.
Al término, ya de pie, y en medio del salón, fue presentado a algunos de los
jefes de los distintos departamentos técnicos que no conocía. Cada uno de
ellos le felicitó por su excelente trabajo y por la confianza que transmitía con
todos los datos aportados. Pero querían, ante el inusit ado anuncio de
abandonar la Armada, que siguiera con ellos hasta la conclusión del proyecto:
su valiosa dedicación como probador era indiscutible. No obstante, él declinó
amablemente todas las ofertas que apresuradamente se estaban ofreciendo de
formas compulsivas. Su decisión era firme y rotunda. Incluso el mismo
Almirante se atragantó al escuchar tal proclama al inicio del evento, antes de
que empezaran las preguntas.
Cuando parecía concluir el acontecimiento y su estómago reclamaba pronta
ingestión, el Almirante acudió a su lado, de nuevo. Quería presentarle a la
persona que había dirigido la evolución del F-1000
- Ella es la Ingeniero Jefa del proyecto – decía señalando a una mujer de
edad similar a la suya, algo más baja de ojos miel, rubia y con el pelo recogido
en una graciosa coleta –. Ella es la señorita Pamela Phoebe. Él es el Capitán
García.
- Encantado señora – decía ofreciendo su mano.
- El gusto en mío Capitán – aseveraba correspondiendo al gesto con
delicadeza.
- Tendrán que disculparme, he de atender unos asuntos que reclamaban
mi presencia – excusó el Almirante ret irándose, esperando como último
recurso, que la Ingeniero Jefe consiguiera el objetivo de hacer cambiar de
pensamiento al piloto.
- Permítame una cuestión – anunciaba queriendo llevar la conversación
hacia los derroteros que perseguía –. ¿Puedo?
- Adelante ¿Qué puedo perder? Ya veré si puedo contestar – pronunció
con holgura.
- Seré directa, sin rodeos. ¿Hay alguna cosa que podamos hacer para que
cambie de opinión y siga siendo nuestro piloto de pruebas?

251
- Seré directo, señora, sin rodeos: no, nada en absoluto – espetaba con
una sonrisa que manifestaba verdad absoluta en su negación afirmativa.
Ella quedó impactada ante tal rotundidad. Pero no cejó en su empeño.
Atacó de nuevo, con otras armas.
- Ha tomado una decisión muy drástica ¿Sabe que es muy difícil
introducirse en el mundo literar io si no se t iene un nombre, o una buena obra
que ofrecer al público?
- Difícil sí, señora; no lo pongo en duda, pero todo es posible.
Esa otra respuesta le dejaba sin muchos más argumentos. Había una
contundencia evidente en su determinación. Algo le decía que no podría
hacerle cambiar de opinión, pero volvió a la carga.
- Disculpe que ins ita – decía volviendo al acoso –. Sé por propia
experiencia, yo también soy piloto, que cuando se prueba el gusanillo del
vuelo, no se puede abandonar. ¿Acaso la excitación de poder volar como usted
lo hace, no lo va a echar de menos?
- Voy a dejar la Armada, y el trabajo que desarrollo en la misma, pero
nunca he mencionado que quiera dejar de volar – concluía tajante, sin ofrecer
tregua.
Se le estaba escapando, y no quería perderlo de vista. Tendría que ser
contundente para conseguir su propósito.
- Una última curiosidad – decía –: observo que tiene mucha seguridad en
sí mismo, en su decisión, pero no veo otra alternativa en su exposición, sino el
hecho de que debe guardar un buen as en la manga. Pienso, por tanto, que lo
que quiere escribir será muy suculento… debe ser algo extraordinario o
novedoso, de lo contrario no se arriesgaría a abandonar una carrera y un
porvenir tan prometedor. ¿Me equivoco?
- En lo más mínimo, señora – aseveró complacido.
- Y se puede saber, si no es entrometerme donde no debo ¿De qué va a
tratar su primer libro?
- Eso es algo que podrá descubrir cuando lo lea, señora.
- Venga Capit án, déme un adelanto – clamaba ya sin recursos para
convencerlo, exponiendo la mejor de sus sonrisas, por si sirviera de algo.
Jugando.
- No sea impaciente, señora; tendrá que comprar mi libro para saberlo.
- Lo haré si me lo dedica. ¿De acuerdo?
- Délo por hecho, señora.
Ella se había quedado s in armas para convencer al piloto, y sólo se le
ocurrió una última estratagema.

252
- Imagino, Capitán – continuaba inquieta, procurando captar toda la
atención posible de su interlocutor –, que García estará precedido de un
nombre
- Jerónimo; señora. Jerónimo García; señora. Pero puede llamarme Jano,
como hacen todos.
- ¿Jano? ¿Es acaso el diminut ivo de Jerónimo o es el nombre de guerra
al que todo piloto milit ar obedece?
- Es como me llamó mi hermano pequeño cuando empezó a hablar.
Desde entonces nadie me ha llamado por el original.
- Curioso. Así se denomina a uno de los dioses de la ant igua mitología:
Jano es el Dios de las Puertas. ¿Lo sabía?
- Sí, y es agradable el parentesco. Me gusta. Pero también es el nombre
de uno de los satélites de Saturno.
- Ya tenemos algo en común – anunciaba queriendo llegar a un
acercamiento más pleno –, mi apellido es también el nombre de otros de los
satélites de ése planet a, aunque normalmente se le llama Febe. Así que ambos
somos satélites de un mismo, digamos, proyecto – cuestión esgrimida que a
Jano le encantó –. Ah, y puede llamarme Pal.
- ¿Pal, por casualidad, es un diminutivo de Pamela? Señora, perdón, Pal.
- Es como me llamó mi hermana pequeña cuando empezó a hablar.
Desde entonces nadie me ha llamado por el original.
- Curioso. Bien, señora, perdón Pal, ¿alguna pregunta más?
- ¿Apetece un café, Piloto? – reclamaba, invitando, procurando que ese
no fuera el fin de la conversación ofreciéndole, adornado de un lazo dorado,
una taza de color naranja donde se leía una frase en relieve de tono malva:
“Pienso que Eres el Mejor”
- ¿De dónde has sacado esto? Tuve una como ésta y la perdí.
- Una chica como yo, tiene muchos recursos. ¿Esto, acaso, te anima,
Jano, a replantearte la decisión?
- Hablemos tomando ese café bien caliente y humeante después de
almorzar. ¿Te puedo invitar y salimos de aquí antes de que me aborden con
más preguntas?
- ¿Esto es una cita? – preguntó simulando una grata sorpresa.
- Tanto como lo fue tu invitación al café – respondió picaronamente.
- Entonces, autorizado a despegar – definía con una hermosa sonrisa,
clavando, como tenía por costumbre, la últ ima palabra.





253
Sumario

Me gustan los finales felices como al que más. Pero esto no es el final,
exclusivamente constituye el pr incipio. Un punto de part ida autént ico desde el
que solidificar las bases a una existencia feliz. ¿O tú no piensas, crees, o
imaginas lo mismo?
Si Jano y sus cómplices, junto a mi particular investigación han ayudado a
despertarte del letargo que te habías auto impuesto voluntariamente, mi alegría
será muy grande. Con que sólo uno de mis lectores haya captado la esencia de
sí mismo, habrá merecido el esfuerzo, la lucha y el empeño puestos en mi
propósito.
Ya sabes que no existe la casualidad. Y espero que reconozcas que tú eres
parte de la causa de que este libro se haya escrito y llegue a tus manos
ofreciendo luces a tu entendimiento y grandes dosis de felicidad a tu vida y,
como consecuencia, existencia.
Aunque pueda parecer increíble o imposible, tú fuiste quien dispuso lo que
experimentas. Tú fuiste la causa de los efectos que vivencias, y de igual modo
concertaste el alumbramiento en un determinado momento en tu trayectoria
por esta aventura de la vida. Y también, escogiste hacerlo a través de este libro
entre otros medios.
Despierta y aplica las normas de vuelo; podrás ascender hasta donde te
propongas, ya sabes que haciéndolo s imultáneamente, es como funcionan y,
decide qué Quieres Ser ahora y luego. Todos deberán respetarlo, yo el
primero.
Si en algún instante las cosas no funcionan de acuerdo a los pensamientos
que quieres se forjen, examínate, hazlo con sinceridad, busca dónde está el
error. Mantén el pensamiento f ijo en tu propósito, no desesperes, se paciente.
Procura creer en ti, confía en ti. Cree y créalo en el presente, en cuanto lo
hagas podrás verlo a la perfección; empezará a magnificarse. No olvides que
has de ser tú la Causa. Se causativo, no dejes que te minen los demás con sus
monsergas. Persevera. Mantente. Perdura. En esa medida no serás el efecto de
los demás; es la manera de no darle pábulo a la casualidad o a la suerte. Tú
únicamente determinas qué es lo que quieres trabajándolo en el momento
presente. Ya sabes que lo que ahora consideras, no consideres, hazlo en
presente, no en futuro, se va a ir manifestando en el continuo presente que
vamos vivenciando. Tú eres tu propio creador. Postúlate. En tu pensamiento
sólo puedes entrar tú. Serás siempre el fruto de tu propio pensamiento, no lo
olvides. Y saca todo el odio, rencor y pesar que albergas. Ese es
fundamentalmente el gran lastre que no permite el avance hacia donde se
quiere marchar. Hazlo s iguiendo el método expuesto. Luego haz que el Amor

254
inunde en todo instante tu pensamiento, de esta manera sólo podrás atraer a tu
vida lo mismo que emanas. Éstas son las claves. Son sencillas. No es
complicado. Pero sí es vital ser paciente y pertinaz. Sin olvidar que te mereces
lo mejor.
El miedo constituye el único enemigo que podrás encontrar, pero de igual
modo sabes cómo dominarlo. Ya no hay mot ivos para sentir miedo de la vida,
ni de nada. Ya sabes Quién Eres. ¿Qué puedes perder si Todo lo Eres?
Esta es la aventura de la existencia. Experiméntala como quieras, sabiendo
que recibirás en la medida en que des desde lo que eres. Que sólo puedes dar
lo que t ienes y eres; llénate de Amor. Entrégalo con respeto a ti y a los
demás. Las recompensas será impredecibles; si no al t iempo. Piensa en Amor,
y Serás Amor. Por el resto no te pre-ocupes. Estás autorizado a despegar ¿A
qué esperas?
Por cierto, si no sabes lo que es Ís, quizá tendrás que volver a empezar de
nuevo a leer. Aunque quizá sea aconsejable una segunda revis ión de las
palabras expuestas.

























255

Índice


Introducción………………………………………………... 3
1. Aterrizaje forzoso………………………………………. 6
2. El cielo nos espera……………………………………… 16
3. Sobre Ís…...…………………………………………….. 25
4. El motor es el pensamiento…………………………….. 35
5. Cuando creas, verás ………………………..………….. 47
6. Ser causa, no efecto…………………………………….. 58
7. Te mereces lo que crees merecer……………………….. 75
8. El resentimiento es lastre………………………………. 103
9. Todo es Amor………………..…………………………. 137
10 El gran destructor……………………………………….. 180
11. Páginas en blanco……………………………………….. 192
12. Sólo existe el presente…………………………………... 218
13. La decisión………………………………………………. 230
14. Mayday, Mayday……………………………………….. 243
Sumario……………………………………………………… 253