Resumen por Florence Couchot Eloudyi, Azul Marchio y Agostina Monti Salías.

DURKHEIM
Lecciones de sociología. Física de las costumbres y del derecho.

Moral Cívica: El conjunto de las reglas sancionadas que determinan las relaciones
entre el individuo y el grupo político.

Hay grupo político cuando hay una oposición entre los gobernantes y los gobernados.
Sin duda no puede decirse que una sociedad política se distingue de los grupos
familiares o profesionales por ser más numerosa, ya que el efectivo de las familias
puede, en ciertos casos, ser considerable, y el de los Estados muy reducidos. Pero lo
que es cierto es que no existe sociedad política que no contenga en su seno una
pluralidad de familias diferentes o de grupos profesionales distintos, cuando una
sociedad está formada por una reunión de grupos secundarios, de naturalezas
diferentes, sin ser ella misma un grupo secundario respecto de una sociedad más
vasta, constituye una entidad social de especie distinta: es la sociedad política, que
definiríamos así: una sociedad formada por la reunión de un número más o
menos considerable de grupos sociales secundarios, sometidos a una misma
autoridad, que no depende ella misma de ninguna autoridad superior
regularmente constituida.
La existencia de grupo secundarios no sólo es necesaria para la administración de
intereses particulares, domésticos, profesionales que abarcan y que son su razón de
ser, sino también son la condición fundamental de toda organización más elevada.

Llamaremos Estado a los agentes de la autoridad soberana y sociedad política al
grupo complejo del cual el Estado es órgano eminente. Dicho esto, los principales
deberes de la moral cívica son evidentemente lo que los ciudadanos tienen
hacia el Estado y recíprocamente.

Estado: Es un grupo de funcionarios sui generis, en el seno del cual se elaboran
representaciones y voliciones que comprometen a la colectividad, aunque no sean
obra de la colectividad. No es exacto decir que el Estado encarna la conciencia
colectiva, ya que ésta lo desborda por todos lados. El Estado es un órgano especial
encargado de elaborar ciertas representaciones que valen para la colectividad. Estas
representaciones se distinguen de otras representaciones colectivas por su alto grado
de conciencia y reflexión. El Estado no ejecuta nada, combinan ideas, sentimientos,
libran resoluciones a otros órganos que las ejecutan: pero a eso se limita su papel. El
Estado es, rigurosamente hablando, el órgano mismo del pensamiento social. En las
condiciones presentes este pensamiento se vuelve hacia una finalidad práctica y no
especulativa. El Estado, por lo menos en general, no piensa por pensar, para construir
sistemas y doctrinas, sino para dirigir la conducta colectiva.

¿Qué fin persigue normalmente y, en consecuencia, debe perseguir el Estado en
las condiciones sociales en las que estamos actualmente colocados? 2
soluciones contrarias.
 En primer lugar está la solución llamada individualista. La sociedad, se dice,
tiene por objeto al individuo, por el simple hecho de que es todo lo que hay de
real en la sociedad. Como la sociedad no es más que un conglomerado de
individuos, no puede tener otro fin que el desarrollo de los individuos. El Estado
en sí mismo no es productor. No añade nada y no puede añadir a las riquezas
de todo tipo que acumula la sociedad y con las que se beneficia el individuo.
Sólo previene algunos males que son efecto de la asociación. Es necesario un
órgano que esté encargado de la tarea especial de velar por el mantenimiento
de esos derechos individuales; porque, si la sociedad puede o debe añadir
alguna cosa a lo que tengo naturalmente y antes que toda institución social de
derechos, debe, sobre todo, impedir que eso sea tocado: de otro modo no
tiene razón de ser. El estado de guerra es en ellas crónico, siempre frecuente.
Y la guerra obliga a pasar por encima de los derechos individuales. Necesita
una disciplina muy fuerte y esta disciplina a su vez supone un poder
fuertemente constituido.
Para empezar, está en contradicción manifiesta con los hechos. Cuando más
se avanza en la historia más vemos multiplicarse las funciones del Estado, que
se vuelven más importantes, y este desarrollo de las funciones se hace
sensible materialmente por el desarrollo paralelo del órgano.
 Hay otra solución contraria, la solución mística. Desde este punto de vista,
cada sociedad tiene un fin superior a los fines individuales, sin vinculación con
éstos, y que el papel del Estado es conseguir la realización de este fin social,
del que el individuo debe ser un instrumento para ejecutar designios que no ha
hecho y que no le conciernen. Es por la gloria de la sociedad que debe trabajar
y ser recompensado por sus trabajos por el mero hecho de que, como miembro
de esta sociedad, participa de alguna manera de los bienes que ha contribuido
a conquistar.

Es necesario que en el interior de la sociedad no se formen grupos secundarios que
disfruten de suficiente autonomía para que cada uno de ellos se convierta en cierto
modo en una pequeña sociedad en el seno de la grande. Una sociedad formada por
clases yuxtapuestas, por ciudades o aldeas más o menos independientes, o por
grupos profesionales numerosos y autónomos los unos y los otros, oprimirá
toda individualidad como si estuviera formada por un solo clan, una sola
ciudad, una sola corporación. La formación de grupos secundarios de este tipo es
inevitable, porque en una vasta sociedad siempre hay intereses particulares locales
profesionales, que tienden naturalmente a acercar a las personas que les concierne.
Para prevenir tal resultado, para manejar sobre el terreno el desarrollo individual, no
es suficiente que una sociedad sea vasta, es necesario que el individuo puede
moverse con cierta libertad en un amplio plano; es necesario que no sea retenido y
acaparado por los grupos secundarios, es necesario que éstos no puedan volverse
dueños de sus miembros y formarlos a su antojo. El único medio de prevenir este
particularismo colectivo y las consecuencias que implica para el individuo, es
que un órgano especial esté encargado de representar ante las conectividades
particulares la colectividad total, sus derechos y sus intereses. Y he aquí como
la función especial del Estado es la de liberar las personalidades individuales.
Su intervención en las diferentes esferas de la vida colectiva no tiene pues por sí misa
nada de tiránica; por el contrario, tiene por objeto y por efecto aliviar las tiranías
existentes. El Estado se vuelve también nivelador y comprensivo.
Por lo tanto es necesario que se mezcle su vida, que vigile y controle la manera en
que funciona y que, con ellos, extienda, en todos los sentidos sus ramificaciones.

Conflicto entre el patriotismo y el cosmopolitismo.
El hombre es un ser moral porque vive en el seno de las sociedades constituidas. No
hay moral sin disciplina, sin autoridad; y la sola autoridad racional es aquella de la que
está investida la sociedad respecto a sus miembros. Lo que demuestra muy bien
hasta qué punto la organización social es necesaria a la moral, es que toda
desorganización, toda tendencia a la anarquía política va acompañada por un
acrecentamiento de inmoralidad.
Ciertas formas de cosmopolitismo están por sí mismas muy cerca de un
individualismo egoísta.
Hay, sin embargo, una manera de conciliar los dos sentimientos. Hacer que el
ideal nacional confunda con el ideal humano: hacer que los Estados particulares
se conviertan ellos mismo, cada uno según sus fuerzas, en los órganos por los cuales
se realiza este ideal general. Que cada Estado reconozca como su tarea esencial no
el crecimiento, extender sus fronteras, sino manejar mejor su autonomía, llamar a una
vida moral más y más alta a la mayor cantidad de miembros, y toda contradicción
desaparecerá entre la moral nacional y la moral humana.
El patriotismo tiende a convertirse en una pequeña parte de cosmopolitismo. Mientras
existan los Estado habrá un amor propio social, y nada es más legítimo. Pero las
sociedades pueden basar su amor propio no en ser las más grandes o las más
pudientes, sino en ser las más justas, las mejor organizadas, las que poseen la mejor
constitución moral.

A partir de Aristóteles se ha clasificado a los Estados de acuerdo al número de los que
participan en el gobierno.
Gobernar es sin duda ejercer una acción positiva sobre la marcha de los
asuntos públicos. Una mayoría puede ser tan opresiva como una casta.
Se tienden a confundir dos tipos de Estado que están situados, por así decirlo, en los
dos extremos opuestos de la evolución. Porque, si llamamos democracia a las
sociedades en las que todo el mundo participa en la dirección de la vida común, la
palabra conviene a maravilla a las sociedades en las que todo el mundo participa en
la dirección de la vida común, la palabra conviene a maravilla a las sociedades
políticas más inferiores que conocemos. Una tribu está formada por cierto número de
clases. Cada clan está administrado por el grupo mismo: cuando hay un jefe, éste
sólo posee poderes muy débiles. Y la confederación está gobernada por un consejo
de representantes. Es, desde ciertos puntos de vista, el mismo régimen bajo el cual
vivimos. Se ha aprovechado esta similitud para llegar a la conclusión que la
democracia es una forma de organización esencialmente arcaica y que buscar
instituirla en el seno de las sociedades actuales es hacer retroceder la civilización a
sus orígenes, trastocar el curso de la historia.

El Estado es el órgano del pensamiento social pero esto no significa que todo
pensamiento social emane de él. Lo hay de dos clases. Uno proviene de la masa
colectiva y es difuso: está hecho de sentimientos, de aspiraciones, de creencias que
la sociedad ha elaborado colectivamente y que están diseminadas en todas las
conciencias. El otro, se ha elaborado en ese órgano especial que llamamos el Estado
o el gobierno. El uno y el otro tienen vinculaciones estrechas. Los sentimientos difusos
que circulan en toda la extensión del sociedad afectan las decisiones que toma el
Estado e inversamente, las decisiones que toma el Estado, las ideas que se exponen
en las Cámaras, las palabras que se pronuncias, las medidas que acuerdan los
ministros repercuten en toda la sociedad y modifican las ideas dispersas. Una es
difusa, la otra está organizada y centralizada. En el Estado todo está organizado y,
sobre todo, se organiza más y más con tendencia a prevenir los movimientos
irreflexivos.
El poder gubernamental, en lugar de plegarse sobre sí mismo, bajó a las capas más
profundas de la sociedad y recibió una nueva elaboración, volviendo luego a su punto
de partida. Lo que pasa en los medios políticos es observado, controlado por todos, y
el resultado de esas observaciones, de ese centro de las reflexiones resultantes,
actúa sobre los medios gubernamentales. Reconocemos en este rasgo una de las
características que distinguen lo que generalmente se llama democracia.
No hay que decir por lo tanto que la democracia es la forma política de una
sociedad que se gobierna a sí misma donde el gobierno está expandido en
medio de la nación. Equivale casi a decir que la democracia es una sociedad política
sin Estado. Solo las comunicaciones entre este órgano especial y los otros órganos
sociales pueden ser más o menos estrechas, más continuas o más intermitentes. Si
todo el mundo gobierna, en realidad no hay entonces gobierno.
Cuando más estrecha se vuelve la comunicación entre la sociedad
gubernamental y el resto de la sociedad, cuanto más se extiende esta
conciencia y abarca más cosas, más democrático es el carácter de la sociedad.
La noción de democracia está definida por una extensión al máximo de esta
conciencia y, por ello mismo, decide esta comunicación.

Cuantos más lazos unen al Estado a las diversas regiones de la sociedad, menos
extensión tiene ésta. El órgano gubernamental sólo tiene una débil conciencia de lo
que pasa en el interior del órgano sociedad, y en consciencia, por la fuerza de las
cosas, casi toda la visa colectiva es difusa, confusa, inconsciente. Cuando las ideas
colectivas y los sentimientos colectivos son oscuros, inconscientes, cuando están
difusos en toda la sociedad siguen siendo inmutablemente los mismos. Se sustraen a
la acción porque están sustraídos a la conciencia. El gobierno no puede nada sobre
ellos. Esta extensión del campo de la conciencia gubernamental, esta maleabilidad
mayor es uno de los rasgos distintivos de la democracia. Como hay mayor número de
cosas sometidas a la deliberación colectiva, hay también mayor número de cosas en
camino de desarrollarse.
La verdadera característica de un Estado democrático es doble: 1º una
extensión más grande de la conciencia gubernamental, 2ºcomunicaciones más
estrechas de esta conciencia con la masa de las conciencias individuales.
La democracia se presenta como la forma política por la cual la sociedad alcanza la
más pura conciencia de sí misma.
El papel del Estado, en efecto, no es expresar, resumir el pensamiento irreflexivo de la
multitud, sino añadir a este pensamiento irreflexivo un pensamiento más meditado y
que, como consecuencia, no puede ser diferente. Es y debe ser un centro de
representaciones nuevas, originales, que deben poner a la sociedad en estado de
conducirse con más inteligencia que cuando está movida simplemente por los
sentimientos oscuros que la trabajan.

Para que el contacto no se pierda nunca es necesario que los colegios intermediarios
intercalados no sean constituidos para el momento, sino que funcionen de manera
continua en otros términos: es necesario que sean órganos naturales y normales del
cuerpo social. Hay 2 clases de colegios que pueden desempeñar ese papel:
En primer lugar, los grupos territoriales. Se puede concebir en efecto que los
representantes de las comunas del mismo distrito, incluso de un departamento,
constituyan el colegio electoral encargado de elegir los miembros de las asambleas
políticas. O bien, se podría emplear para este papel a los grupos profesionales
una vez constituidos. Los consejos encargados de administrar nombrarían a cada
uno de los gobernantes del Estado. En un caso como el otro la comunicación sería
continua entre el Estado y los ciudadanos, pero ya no sería directa. De estos dos
modos de organización hay uno que parece más conforme a la orientación general de
nuestro desarrollo social. Es verdad que los distritos territoriales no tienen la misma
importancia y no desempeñan el papel vital que desempeñaban antes. Los grupos
durables, esos a los que el individuo aporta toda su vida, a los que está más
fuertemente vinculado, son los grupos profesionales. Parece pues lógico que
estén llamados a convertirse en el porvenir en la base de nuestra
representación política y de nuestra organización social.
La vida profesional adquiere más y más importancia a medida que se divide el trabajo
hay todos los motivos para creer que es ella la que está llamada a proporcional la
base de nuestra organización política. La corporación y sus órganos están siempre
en acción y, en consecuencia, las asambleas gubernamentales que de ahí
surgen no perderán jamás el contacto con los consejos de la sociedad, no
arriesgarán aislarse en sí mismas y no sentir demasiado pronto o demasiado
vivamente los cambios que puedan producirse en las capas profundas de la
población. Se asegurará la independencia sin que la comunicación se vea
interrumpida. En lo que concierne a los intereses de cada profesión, cada trabajador
es competente: por lo tanto no es inepto para elegir a aquellos que pueden conducir
mejor los asuntos comunes de la corporación. Por otro lado, los delegados que se
enviarían a las asambleas políticas entrarían con sus competencias especiales y,
como esas asambleas estarían sobretodo encargadas de arreglar los contactos de las
diferentes profesiones, las unas con las otras, estarían compuestas de la manera más
conveniente para resolver tales problemas. Los consejos gubernamentales serían
entonces verdaderamente lo que es el cerebro en el organismo: una reproducción del
cuerpo social. Y en el grupo así formado la sociedad tomaría verdadera conciencia de
sí misma y de su unidad; esta unidad resultaría naturalmente de las relaciones que se
establecerían entre los representantes de las diferentes profesiones puestas
estrechamente en contacto.
Es necesario que sea un grupo constituido, coherente, permanente, que no se reúna
momentáneamente el día de la votación, entonces cada opinión individual, al haberse
formado en el seno de una colectividad tendrá algo de colectivo.
Nuestra acción política consistirá en crear esos órganos secundarios que, a
medida que se forman, liberan a la vez al individuo del Estado y al Estado del
individuo, y dispensan cada vez más a este último de una tarea para la cual no
está hecho.