I- LA NATURALEZA COMO MODELO DE COMPORTAMIENTO

La existencia del hombre es fácil, sólo que se ha ensombrecido esta visión al requerir y valorar todo
aquello que rebasa los límites de lo necesario. La naturaleza nos ha concedido abundantes bienes-
dice Licino-no sólo para cubrir nuestras urgencias de primera necesidad, sino también para gozar,
sin tener que permanecer al margen de lo necesario como el resto de los animales. El rechazo de la
secta cínica por ciertas prácticas convencionales se debe a que genera una visión completamente
equivocada de lo que se debe elegir y rechazar; que promueven a menudo sentimientos de
vergüenza por lo que hay de natural en nosotros y que es común con todas las creaturas; asimismo,
consideran los títulos de nobleza de nacimiento y de fama absurdos, ya que no son sino los
distintivos por excelencia del malestar de la cultura, “los adornos externos del vicio”. El retorno al
estado natural, lejos de todo convencionalismo malicioso, implica una vuelta al estado de existencia
más sencillo, más encomiable y conveniente para el hombre, pues este estado le libera de un
sinnúmero de preocupaciones producto de este afán por perseguir lo innecesario que es de suyo, sin
lugar a dudas, algo inútil. Un estilo de vida semejante implica liberarle de la preocupación por lo
que traiga el azar o la fortuna, pues le permite adaptarse a cualquier tipo de circunstancia.
En verdad el mundo se derrama de su sobreabundancia, nos dice Luciano, pero todo hombre debe
hacer suyo aquello que le sea necesariamente vital, y despreciar todo aquello que no le haga falta.
Aquí se encuentra la moderación y la suficiencia. Laercio nos dice acerca de Metrocles de Maronea
que volviéndose muy refinado con Teofrasto el peripatético, se sintió avergonzado cuando, en
medio de un ejercicio de lectura, se le escapo un pedo. Se encerró en su casa abatido por la
desesperación, “con la intención de dejarse morir de desánimo”. Crates lo persuadió de que aquello
no era objeto de vergüenza, pues aquello es proceso natural. El colmo de lo ridículo fue para
Antístenes aquella pretendida “condición de nacidos de la tierra”, aquel título jactancioso de
“noble” y “legítimo de origen”. Después de todo, ¿acaso no somos todos hijos de la tierra? ¿No
somos todas las creaturas un producto milagroso que broto de las entrañas mismas de la tierra, y,
por tanto, hermanados por la mismas condiciones y por la misma madre que nos produjo? En
verdad, en nada difieren la “nobleza” de los atenienses o de los frigios, con la de los caracoles y los
saltamontes.
Pero el caso más excepcional e ilustrativo del individuo que se conduce tomando como modelo lo
natural y le imita es Diógenes de Sinope. Laercio nos relata que, como exiliado que era, adoptó un
modo de vivir frugal: “Al observar a un ratón que corría de aquí para allá-cuenta Laercio-sin
preocuparse de un sitio para dormir y sin cuidarse de la oscuridad o de perseguir cualquiera de las
comodidades convencionales, encontró una solución para adaptarse a sus circunstancias”. De este
modo, “durante el verano se echaba a rodar sobre la arena ardiente, mientras en invierno abrazaba a
las estatuas heladas por la nieve, acostumbrándose a todos los rigores”. La intranquilidad y la
angustia de los “hombres felices” radica en que, no siendo capaces de adaptarse a las circunstancias,
anhelan tener lo que está fuera de su alcance: “no estáis contentos con nada de lo que pasa, criticáis
todo y no queréis apañaros con lo que tenéis, sino que andáis echando de menos lo que no tenéis”.
Esta inconformidad, dice Luciano, este deseo, esta añoranza por lo que no se tiene convierte al
hombre en esclavo de sus pasiones y de sus apetitos, pues estos los conducen en diferentes
ocasiones a diferentes sitios sin tener idea de adónde los conducen. No domina la reflexión y el
buen juicio, pues no saben elegir lo que es bueno y necesario para ellos, ni saben despreciar lo
dañino, lo inútil y lo innecesario. Lo que domina es la costumbre y el deseo. La vida de un hombre
dado a semejantes lujos, con una carencia absoluta de adaptación y de fuerza para soportar y
sobrellevar los contratiempos que trae consigo la fortuna o el azar, no es propia de un varón, sino de
un maricón, de un afeminado. La vida frugal, la más natural es, por su sencillez, la más apropiada
para el hombre.
Diógenes encarna la desvergüenza y la falta de pudor absolutas, pues lo natural no debe ser objeto
de censura. Las prácticas que lleva a cabo, desde lo más simple como comer en medio del ágora,
hasta lo más radical como masturbarse en público, ya representan el asentimiento a este retorno, y el
desprecio a esta falsa concepción de que las prácticas connaturales a nosotros son objeto de censura
y de recato, y, por ende, que deben llevarse a cabo en privado. Cualquier acto que pueda calificarse
de contranatural son reprobables a los ojos de Diógenes. Laercio nos relata que al ver a un
muchacho afeminado, le dijo: “¿No te avergüenzas de tomar sobre ti mismo una decisión peor a la
de la naturaleza? Porque ella te hizo hombre, mientras tú te fuerzas a ser mujer”.

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