Revista de Indias, 2013, vol. LXXIII, n.

º 259
Págs. 609-632, ISSN: 0034-8341
doi:10.3989/revindias.2013.20
Memorias de la zona tórrida: el naturalismo clásico y
la «tropicalidad» americana en el Sumario de la natural historia
de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo (1526)
por
Nicolás Wey Gómez
Division of the Humanities and Social Sciences – California Institute of Technology
Este ensayo examina el papel que juega la «tropicalidad» en la taxonomía de la natu-
raleza y cultura americanas que ofrece Oviedo en el Sumario de la natural historia de las
Indias (1526). Accediendo a los paradigmas científicos y técnicos que informan este tratado,
se arguye que la construcción de las Indias como un lugar «tropical» distinto de la Europa
mediterránea pero similar a las Indias Orientales, le sirve a Oviedo de un marco de referencia
fundamental para representar la compleja otredad de lo americano y a la vez abordar un
debate geopolítico sobre el derecho de la conquista.
PALABRAS CLAVE: América; historia natural; etnografía; zoología; botánica; mineralogía;
teoría de las cinco zonas; zona tórrida.
Este ensayo investiga los avatares del conocimiento natural y antropológi-
co de la antigüedad en las letras de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés
(1478-1557), cuyo arte se forjó entre la magia de las novelas de caballería
y la de las crónicas de Indias
1
. En el Sumario de la natural historia de las
Indias, impreso en 1526, Oviedo le explica a Carlos V la dificultad que pre-
senta clasificar el tigre manchado de la llamada Tierra Firme entre los grandes
felinos como los leones, los tigres y las panteras. Oviedo rechaza el nombre
de tigre de la India para referirse al animal que los indios conocían como
1
Como se sabe, años antes de la publicación de su primera obra indianista, Oviedo fue
autor del Libro del muy esforçado e invincible caballero de la fortuna propiamente llamado
don Claribalte, impreso en Valencia en 1519.
610 NICOLÁS WEY GÓMEZ
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ochi y que hoy conocemos como el jaguar (fig. 1). Con todo lo majestuoso
que pueda ser el jaguar, carece de la notoria «ligereza» que los geógrafos de
la antigüedad, empezando por Plinio el Viejo, le asignaban a los tigres de la
legendaria India
2
. En su Historia natural, Plinio afirmaba que los tigres de
Bengala y los que habitaban la provincia de Hircania, en las inmediaciones
de los montes Caspios, poseían velocitas tremenda
3
.
Aludiendo al vasto repertorio de maravillas naturales que proliferan en los
confines de la tierra, Oviedo razona que el felino Americano no es el mismo
felino descrito por Plinio: lo que Oviedo denomina «las diversidades de las
provincias y constelaciones donde se crían [las criaturas]» supuestamente causa
que cada criatura exhiba naturalezas más o menos extremas dependiendo de
su hábitat natural
4
. Así pues,
2
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 147-148. Sigo la edición de Álvaro Baraibar, cuyo
estudio preliminar y notas proveen, por vez primera en una edición moderna, un contexto rico
para la lectura del Sumario.
3
Plinio, 1938-1963, vol. 3: 50-51
4
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 148.
FIGURA 1
Reproducción del tigre manchado de Oviedo. El Sumario, impreso en 1526, incluye cuatro
grabados basados en dibujos del autor, pero desafortunadamente ninguno de ellos incluye al
jaguar. Oviedo más tarde copió y aumentó su capítulo sobre tigres para la extensa Historia
general y natural de las Indias (Primera Parte, 1535). Al parecer, en el libro XII, capítulo 10
del manuscrito de esta obra (1548/1549), Oviedo incluyó un dibujo del jaguar que se encuentra
perdido. La presente reproducción se supone fiel al original de Oviedo y fue realizada por
Juan Bautista Muñoz en su copia de la Historia general (siglo XVIII). Cortesía del Archivo
de la Real Academia de la Historia, Madrid, Muñoz A/35, folio 159 verso.
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vemos que las plantas que son nocivas en unas partes, son sanas y provechosas en
otras, y las aves que en una provincia son de buen sabor, en otras partes no curan
de ellas ni las comen; los hombres que en una parte son negros, en otras provincias
son blanquísimos, y los unos y los otros son hombres: ya podría ser que los tigres
asimismo fuesen en una parte ligeros, como escriben [Plinio y otros autores], y que
en la India de vuestra majestad, de donde aquí se habla, fuesen torpes y pesados.
Animosos son los hombres y de mucho atrevimiento en algunos reinos, y tímidos
y cobardes naturalmente en otros.
Lo que Oviedo llama la «propia vista», elemento fundamental de la «expe-
riencia», ya ha confirmado tales verdades en las Américas: por ejemplo, el zumo
de una raíz autóctona como la yuca (o el casabe) se puede utilizar para envenenar
flechas en la isla Española, mientras que se manifiesta totalmente inofensiva, inclu-
so digestiva, más cerca del Ecuador, en las tierras firmes de Centro y Suramérica.
Lo mismo parece ocurrir con animales de mayor envergadura geográfica: «Los
murciélagos de España aunque piquen», advierte, «no matan ni son ponzoñosos,
pero en Tierra Firme muchos hombres murieron de picaduras de ellos». Por lo
tanto, se excusa Oviedo, «ni tengo ni dejo de tener por tigres estos tales animales,
o por panteras o otro de aquellos que se escriben del número de los que se notan
de piel maculada, o por ventura otro nuevo animal que asimismo la tiene y no
está en el número de los que están escritos»
5
. Es más, continúa, la mayoría si no
todos los animales que describe en su tratado habrían sido desconocidos para los
antiguos por hallarse «en parte y tierra que hasta nuestros tiempos era incógnita,
y de quien ninguna mención hacía la Cosmografía del Tolomeo ni otra, hasta que
el almirante don Cristóbal Colón nos la enseñó».
La negativa de Oviedo a identificar el jaguar con cualquiera de los grandes
felinos conocidos en el Viejo Mundo se ha interpretado como una «crisis de
representación» sintomática de la consciencia en Oviedo de que la nomen-
clatura y taxonomías tradicionales para describir la naturaleza se mostraban
insuficientes para abarcar las particularidades naturales del Nuevo Mundo,
consciencia que habría llevado a Oviedo a privilegiar su experiencia subjetiva
de la naturaleza indiana como principio organizacional del Sumario
6
. No obs-
tante, la utilidad de tal análisis para apreciar la recursividad del naturalismo
clásico ante la realidad americana y la cuidadosa referencia de Oviedo a «las
diversidades de las provincias y constelaciones donde se crían [las criatu-
ras]» nos sugiere que el autor se hallaba muy lejos de cuestionar paradigmas
5
Ibidem: 149.
6
Sobre el papel que la memoria y la subjetividad juegan en la organización de la materia
indiana en el Sumario, ver Prieto, CXXIV/2 (New York, NY, 2009): 336-342. Sobre las razones
que habrían llevado a Oviedo a rechazar el nombre de tigre de la India para el jaguar, ver el
ensayo de Carrillo Castillo, XVI, 4 (Cambridge, UK, 2003): 497-498.
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científicos y técnicos que el occidente latino había asimilado de los griegos y
árabes desde los siglos XII y XIII. Tales paradigmas por sí habrían dado lugar
para explicar no sólo la enorme diversidad del mundo natural conocido por la
Europa precolombina, sino también las inquietantes semejanzas y diferencias
entre la naturaleza indiana y la del Viejo Mundo.
Me interesa examinar el papel que juega la «tropicalidad» en la taxono-
mía sin precedente que ofrece Oviedo de la naturaleza y cultura americanas.
Subrayo aquí el debate geopolítico que, a mi parecer, impulsa el retrato que
pinta Oviedo de los tigres, la yuca, los murciélagos y las gentes de América.
Tal debate en última instancia concierne los títulos de conquista a las Indias y
el estatuto legal del Indio en un naciente orden globalizador, la gran polémica
que Rolena Adorno localiza al corazón de las letras americanas
7
.
De muchacho en la corte de Fernando e Isabel, Oviedo presenció en 1493
la triunfante vuelta de Colón de las tierras que inicialmente se identificaron
con los confines orientales de la India
8
. A la muerte de su amo el infante Don
Juan en 1497, Oviedo rodó varios años tras distintas faenas cortesanas en Ita-
lia, donde parece haber asimilado buena parte de la sensibilidad humanística
que subyace de su obra
9
. Hacia 1512, radicado otra vez en España, donde
incluso había llegado a ocuparse como escribano del Santo Oficio, Oviedo
cometió el error de malgastar su magra hacienda en aderezarse como secre-
tario del Gran Capitán Fernando González de Córdoba para una expedición
contra los franceses que fue abortada antes de partir para Italia. Viéndose en
la ruina, y acaso sin esperanza de hacerse a algún otro amo influyente de los
que había aprendido a cultivar desde su adolescencia en la casa de los Reyes
Católicos, Oviedo se vio forzado a probar nueva suerte en las Indias. Logró
poco después hacerse nombrar miembro de la expedición de conquista que
el infame Pedrarias Dávila dirigiera en 1514 contra el Darién, la región que
hoy se extiende entre el Golfo de Urabá en Colombia y el Golfo de Panamá
en el Pacífico.
A Oviedo le fueron otorgados distintos cargos durante su larga carrera
indiana, entre ellos, inicialmente, el de veedor de las fundiciones de oro y
el de escribano en la expedición de Pedrarias. Hacia 1519, presentando sus
primeras quejas contra Pedrarias ante la corte, Oviedo tramitó pero desistió
7
Adorno, 2007: 1-20.
8
Para un esbozo útil de la vida y obras de Oviedo, ver Myers, 2007: 12-25. Quizás la
biografía más completa y juiciosa de Oviedo se encuentre en Ballesteros Gaibrois, 1981.
He consultado también las biografías clásicas de Amador de los Ríos, 1851 y Juan Pérez de
Tudela Bueso, 1991 [1959].
9
Sobre la vida de Oviedo en Italia, ver Gerbi, 1985: 145-200. Sobre la «biblioteca» de
Oviedo, ver Turner, XXXI (Madrid, 1971).
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de la gobernación de Santa Marta (Colombia) por no conseguir que se le
asignaran «cient hábitos de Sanctiago para cient hombres hijosdalgos» que
le ayudasen a gobernar la zona
10
. Fue nombrado en cambio regidor perpetuo
de la primera población europea en suelo continental, Santa María Antigua
del Darién, reteniendo sus cargos como escribano y veedor de la región.
Su ahora franco enemigo Pedrarias seguía en pie por la repentina muerte
en 1520 del gobernador que la corona había enviado para reemplazarlo, y
pronto trasladó operaciones al tanto más remoto Golfo de Panamá. Desde su
nueva sede, Pedrarias fraguaría mantener a Oviedo bajo control otorgándole
(y eventualmente restándole) la tenencia y capitanía de la gobernación que
Pedrarias había abandonado al hambre, enfermedad y guerra civil en Urabá
(1521 a 1522/1523). Escapando apenas con vida de los enemigos que le ha-
bía traído el ejercicio un tanto voluntarioso de sus poderes en la turbulenta
provincia, Oviedo inició una segunda ronda de gestiones ante la corte (1523-
1526) que derivaría en la destitución definitiva de Pedrarias y en la obtención
para sí mismo de la gobernación de Cartagena de Indias (Colombia). Pero
de tránsito en Panamá, al enterarse de que Cartagena se hallaba arrasada por
«indios bravos» hostigados por Rodrigo de Bastidas, el gobernador de Santa
Marta, renunció a este cargo, sin haberlo ejercido, para retomar su oficio como
veedor de las fundiciones de oro en Tierra Firme, oficio en que lo había de
reemplazar su hijo Francisco en 1532. En aquel año, Oviedo sería nombrado
cronista general de las Indias; en 1533, comandante de la guarnición del fuerte
de Santo Domingo; y en 1549 regidor perpetuo de la misma ciudad, oficios
todos que continuó desempeñando hasta el final de sus días.
Desde su primera estancia en el Darién, Oviedo parece haber hecho alarde
de virtud denunciando la corrupción de colegas como Pedrarias; e indudable-
mente movido por el yugo de lealtad que lo habría marcado desde su formación
como protegido de la familia real, Oviedo se pronunciaría siempre a favor
de que la corona interviniese firmemente en la dispensa de justicia en las
colonias. Oviedo incluso condenó a voz en cuello los abusos cometidos por
sus coetáneos europeos en las regiones de Panamá, Colombia y Nicaragua.
En el Sumario, por ejemplo, Oviedo se queja de aquellos cristianos que en la
Tierra Firme habían cometido atrocidades «no de hombres, sino de dragones
y de infieles pues sin tener respeto alguno de humano, han seido causa que
muchos indios que se pudieran convertir y salvarse muriesen por diversas
formas y maneras»
11
. Según Oviedo, el cínico concepto de pacificación que
10
Sobre la fallida negociación para obtener los cien hábitos de Santiago para la gobernación
de Santa Marta, ver Fernández de Oviedo, 1991, vol. 3: 62.
11
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 128.
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esgrimían sus colegas para racionalizar la conquista no era nada menos que
una «destrucción» –el mismo término que la gran némesis de Oviedo, Bar-
tolomé de las Casas (1484-1566), inmortalizaría años más adelante con su
Brevissima relaçion de 1552: «los que han seido causa de este daño llaman
pacificado a lo despoblado; y yo [es decir, Oviedo] por más que pacífico lo
llamo destruido».
No hay que olvidar la particular sagacidad cortesana de Oviedo: a dife-
rencia de Las Casas, cuyo humanitarismo gradualmente lo radicalizara a favor
de los derechos de los Indios y en contra de los títulos de conquista a las
Indias, Oviedo sabía perfectamente sopesar la ventaja que sus arengas contra
el maltrato de los Indios en Tierra Firme le lograrían sobre enemigos como
Pedrarias en la fiera competencia por percibir mercedes por servicios pres-
tados a la Corona en ultramar. Es más, la aurora de la historiografía natural
de las Indias como género autóctono en el Sumario forma parte del esfuerzo
de Oviedo por ganarles la partida a Pedrarias y sus compinches: entre 1523
y 1525, cuando Oviedo se encontraba ante la corte rogando para deponer a
Pedrarias como gobernador de Panamá, Carlos V y su consejo recibieron no
sólo un reporte sobre los abusos cometidos en Tierra Firme, sino también un
segundo reporte sobre las tierras y gentes de las Indias
12
. No hay duda de que
en el proceso de denunciar la corrupción de sus colegas en Tierra Firme ante
la corona, el oficial que había sido encargado de supervisar las fundiciones
de oro en la expedición de Pedrarias a Tierra Firme llegó a concebir la labor
de enumerar y describir la cultura, la fauna, la flora, y los minerales de las
Indias como extensión lógica de su cargo como veedor del tesoro aurífero
de Tierra Firme. Así pues la figura del capaz y exigente naturalista que se
ensaya en el Sumario recibe su hálito vital del funcionario que se viera a sí
mismo como tesorero y guardián del amplísimo botín natural y humano del
emperador Carlos V en las Indias
13
.
En el proemio al Sumario, Oviedo adoptaba a Plinio como modelo, insis-
tiendo en que la monumental Historia natural cuidadosamente intercalaba lo
que el autor romano había oído de segunda mano con lo que había leído y con
lo que había presenciado «como testigo de vista»
14
. Oviedo por otra parte le
advertía al emperador que había dejado en su residencia de Santo Domingo los
12
El primer reporte, hoy en el Archivo General de Simancas (Patronato Real, Arca de
Indias, legajo 7), se puede consultar en Saco, XIII (1883).
13
Oviedo era asimismo consciente de que la presentación de la «cornucopia» americana
a Carlos V coincidía con el auge y optimismo que marcaron los primeros años de su imperio
(Carrillo Castillo, 2004: 73).
14
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 65.
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copiosos originales de una crónica de España que llevaba escribiendo «desde
que tuve edad para ocuparme en semejante materia», así como los originales
de «todo lo que he podido comprehender y notar de las cosas de la Indias»,
por lo cual el autor no contaba en la corte con nada más que «lo que en la
memoria está y puedo della aquí recojer»
15
. Así le rogaba a Carlos V que lo
disculpase «si no fuere tan ordenado lo que aquí será contenido, ni por tanta
regla dicho», y le ofrecía el Sumario como mero avance improvisado del
extenso tratado que ya se encontraba escribiendo y cuya primera parte habría
de entregar años más tarde a la imprenta en Sevilla bajo el título de Historia
general y natural de las Indias (1535)
16
. En aquella voluminosa obra, como
bien se sabe, Oviedo habría de añadir a sus considerables destrezas como tes-
tigo de vista y como lector, informes de primera mano recogidos de distintas
partes de las colonias.
Pero el Sumario es mucho más sistemático de lo que Oviedo se aventura a
admitir, aún cuando quepa también caracterizarlo como una especie de «guía
de viajes» práctica o como «una miscelánea… de extrañezas sobre las plantas,
animales, gentes y culturas de las Indias»
17
. Ya en este breve tratado ensayaba
el amplio espectro de perspectivas que hallarían mayor detalle en la General
y natural historia. En calidad de naturalista y etnógrafo, Oviedo constante-
mente se maravilla ante una naturaleza que, como detallaremos más adelante,
parece tan perfecta, prolífica y hospitalaria como podría haberse hallado en
el paraíso terrenal. Se admira asimismo del gran ingenio de sus gentes para
explotar, rebasar o incluso mejorar los recursos de aquella naturaleza. Recor-
demos sólo el cuidado que Oviedo pone al describir la técnica de los indios
en la fabricación de objetos cotidianos como las «camas en el aire» que hoy
conocemos como hamacas; las canoas vaciadas a partir de troncos hercúleos
y capaces de transportar «ciento, y ciento treinta hombres» por los mares del
caribe; o las contrapciones hechas de distintas maderas que se frotaban entre
sí para generar fuego
18
. O recordemos la admirativa especificidad con que
15
Ibidem: 66.
16
El Sumario era así también una especie de avance publicitario para la Historia general
(Baraibar, 2010: 15).
17
Ver, respectivamente, Baraibar, 2010: 25-26 y Merrim, IV (Minneapolis, MN, 1989):
170, traducción mía. Sobre el carácter sistemático del Sumario, ver los recientes análisis de
Prieto, CXXIV/2 (Baltimore, MD, 2009). Paden, XVI/2 (New York, NY, 2007). Sánchez
Jiménez, XIII/2 (New York, NY, 2004). Sobre la estructura de la obra, ver Baraibar, 2010:
17-19 y Carrillo Castillo, 2004: 99 y páginas siguientes.
18
Sobre las hamacas de los indios de Tierra Firme, ver el capítulo 10 de Fernández de
Oviedo, 2010/1526: 140-141. Sobre la construcción de sus canoas y el arte de generar fuego,
ver el capítulo 78 de Fernández de Oviedo 2010/1526: 304 y 306-307.
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Oviedo narra la caza de «ánsares bravas» en las lagunas de Cuba: los indios
echaban a flotar «grandes calabazas vacías y redondas» para acostumbrar a
los gansos a posarse en ellas; luego las horadaban y se las colocaban «en la
cabeza hasta los hombros» para nadar camuflados entre los gansos; y cuando
algún ave desprevenida se posaba en su totuma, los indios la apartaban im-
perceptiblemente de los demás gansos, para luego «saca[r] la mano, [asirla]
por las piernas, met[erla] debajo del agua, y ahog[arla]»
19
.
No obstante su meticulosa apreciación del ingenio indígena, en calidad
de partícipe de la conquista y colonización, e incluso al tiempo que denun-
cia los abusos de sus colegas contra los indios, Oviedo también imagina el
Nuevo Mundo como un espacio cuasi-infernal, un espacio secuestrado por el
mal, un mal quizás encarnado y patente en los huracanes que ocasionalmente
devastan la tierra:
cuando el demonio los quiere espantar [a los indios], promételes el huracán, que
quiere decir tempestad; la cual hace tan grande, que derriba casas y arranca muchos
y muy grandes árboles; y yo he visto en montes muy espesos y de grandísimos
árboles, en espacio de media legua, y de un cuarto de legua continuado, estar todo
el monte trastornado, y derribados todos los árboles, y raíces de muchos de ellos
para arriba, y tan espantosa cosa de ver, que sin duda parecía cosa del Diablo, y
no de poderse mirar sin mucho espanto
20
.
Los habitantes de aquella tierra, particularmente los de la tierra firme
Centro y Suramericana no son para Oviedo nada menos que acólitos del de-
monio («engañados por él») cuya débil naturaleza los compele a fraguar los
más exquisitos crímenes contra Dios, la humanidad y la naturaleza, desde la
idolatría, hasta el suicidio en masa, el sacrificio humano o el canibalismo,
por no hablar de la promiscuidad, el aborto, la sodomía y el bestialismo
21
.
Tan extremos y opuestos retratos de las Indias y de sus gentes –entre
el edén y el infierno, entre el idilio más sublime y la monstruosidad más
abyecta– pueden parecernos irreconciliables. Pero, como espero demostrar,
estas aparentes contradicciones en el pensamiento de Oviedo, se explican al
relacionarlas con un paradigma cosmológico que hoy conocemos como la
teoría de las cinco zonas y que concierne la distribución de vida alrededor
del globo (fig. 2). Esta teoría, a veces atribuida a Parménides (s. V antes de
Cristo), dividía la región de los elementos con relación al avance y retroceso
19
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 104-105.
20
Ibidem: 131-132.
21
Para el inventario de agravios que esgrime Oviedo contra los Indios, consúltense
especialmente los capítulos 9 y 10 del Sumario, en los cuales se trata de la tierra firme,
Fernández de Oviedo, 2010/1526, 107-145.
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del sol a lo largo del círculo inclinado del eclíptico. Los trópicos de Cáncer
y Capricornio marcaban la declinación máxima del sol hacia el norte y hacia
el sur del círculo ecuatorial. Los polos ártico y antártico marcaban la corres-
pondiente declinación del polo del eclíptico o del zodíaco.
Las dos zonas más allá de los círculos ártico y antártico se suponían in-
hóspitas dada la relativa ausencia de calor del sol. La zona «caliente» entre
Cáncer y Capricornio se suponía también inhóspita dado el relativo exceso de
calor solar. En virtud de esta división latitudinal del globo, el mundo habitable
conocido antes de la llamada era de la exploración habría formado un angosto
corredor templado y, por ende, civilizado del sistema geográfico configurado
por África, Asia y Europa. Este corredor civilizado se habría visto sitiado hacia
el norte y hacia el sur por los extremos de frío y calor en el ártico y trópico
FIGURA 2
Ilustración de la teoría de las cinco zonas, atribuida hoy a Parménides (s. V antes de Cristo).
Preparada por el autor.
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incivilizados. Etiopía e India, es decir, el África subsahariana y la cuenca
extendida del Océano Indico caían en los márgenes quemados y hostiles del
mundo habitado conocido. Así se puede apreciar en el icónico mapamundi
que tiende a acompañar las ediciones impresas del Comentario al sueño de
Escipión de Macrobio (s. V después de Cristo), que, irónicamente, ilustra la
supuesta no habitabilidad de la zona tórrida a la vez que teoriza una masa
continental autóctona en la «[zona] templada de los antípodas desconocida
para nosotros» (fig. 3).
La India, claro está, no era el país que hoy conocemos por tal. Como bien
lo ilustra el famoso globo que preparase Martín Behaim para la ciudad de
Nuremberg (1492), la cartografía más sofisticada inmediatamente anterior a
los descubrimientos colombinos pintaba la India como un complejo sistema
geográfico organizado en torno a aquel accidente distintivamente «tropical»
que hoy conocemos como Océano Indico (fig. 4). La India se extendía desde
las islas de Madagascar y Zanzíbar en el extremo suroriental del continente
africano, a todo lo largo de la costa oriental del África y de la meridional
del Asia, hasta llegar a un Japón supuestamente tropical y a un archipiélago
circundante que se explayaba indefinidamente hacia el oriente en dirección
al África subsahariana.
Se solía suponer que dentro de tales trópicos, sólo accidentes geográficos
como el Río Nilo y el Río Ganges podían forzar a una naturaleza circunstan-
cialmente rica en calor y humedad –los ingredientes primarios para la gene-
ración de la vida– a generar las maravillas y monstruos vegetales, animales, y
humanos que desde siempre habían cautivado a los geógrafos mediterráneos. A
nosotros los tropicales, ciertamente se nos consideraba humanos. Pero éramos
humanos por fuera de los parámetros ordinarios de la naturaleza, muestras de
los caprichos de la madre naturaleza o de la omnipotencia de Dios. Como nos
lo recuerda el mismo Plinio al que sigue Oviedo, la Etiopía y la India eran
lugares donde la naturaleza había ingeniado a las naciones monstruosas «como
entretenimiento para sí misma, y como fuente de admiración para nosotros»
22
.
O recordemos las palabras del comentarista de Aristóteles más prolífico entre
los árabes, Averröes (Ibn Rushd), quien afirma que los cuerpos y las costum-
bres tropicales «no son naturales» o se hallan «por fuera de la naturaleza»
23
.
En efecto, según la teoría de las cinco zonas, la naturaleza tropical era madre
por excepción y sus criaturas no podían ser más que invertidos biológicos y
morales que siempre se hallaban royendo los bordes del mundo civilizado.
22
Plinio, 1938-1963, vol. 2: 526-527.
23
Averröes, [1562] 1962: 438v y 440v.
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FIGURA 3
El mappamundi macrobino. Reproducción de Ambrosio Aurelio Teodosio Macrobio, In som-
nium Scipionis expositio: Saturnalia, Brescia, 1483, viii v. Cortesía de la Biblioteca John Hay,
Universidad de Brown, Providence, Rhode Island, Estados Unidos.
FIGURA 4
El globo de Martín Behaim, 1492. Reproducido a partir de E. G. Ravenstein, FRGS, Martin
Behaim: His Life and His Globe, Londres, George, Philip and Sons, 190. El globo original
se encuentra en el Germanisches Nationalmuseum, Nuremberg, Alemania.
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El gradual despertar de la Europa moderna a los recursos naturales y
humanos de los trópicos, sin duda fue minando la autoridad de este pa-
radigma cosmológico. Pero tal paradigma de ninguna manera perdió su
atractivo para los naturalistas que en los siglos XVI y XVII se ocuparon
de describir América. Al contrario, yo afirmaría que es precisamente la
inicial conceptualización de las colonias españolas en América como do-
minio tropical –y, por ende, generalmente cálido– distinto de una Europa
templada, lo que le permite a Oviedo articular una paradoja como la que
en el Sumario se refiere a las Indias y sus habitantes. Al fin y al cabo,
estamos hablando de un universo científico en el que la gran diversidad
observada en el mundo físico desde la antigüedad se juzgaba reducible a
las cuatro propiedades fundamentales que subyacían de los elementos y sus
compuestos: el calor y el frío, y la sequedad y la humedad
24
. Según este
esquema, no se esperaría hallar diferencias más fundamentales en el mundo
natural que aquéllas entre las latitudes medias o «templadas» de la Europa
mediterránea y las latitudes extremas «frías» o «calientes» de las regiones
polares y de los trópicos. Así, en verdad, es la «tropicalidad» de las Indias
lo que le permite a Oviedo empezar a articular diferencias y semejanzas
sistemáticas entre las naturalezas y culturas del Viejo y Nuevo Mundo. Por
otra parte, la «tropicalidad» americana también es, en parte, lo que le per-
mite a Oviedo interpretar testimonio de vista sobre las Indias Occidentales
a la luz de textos tradicionales como la Historia natural de Plinio, obra
que trataba sobre lugares tropicales como Etiopía e India. Es más, en la
medida en que la temprana modernidad imagina la naturaleza como raíz
de lo cultural, la «tropicalidad» americana le permite a Oviedo contribuir
a un debate legalista que se remonta tal vez al año de 1495, cuando Colón
despachara los primeros esclavos recogidos de las Antillas para el mercado
de Sevilla
25
. Oviedo entiende perfectamente que desde los primeros años
del siglo dieciséis los defensores de la conquista habían intentado evadir
el debate sobre la legalidad de las bulas en virtud de las cuales el papa
Alejandro VI supuestamente «donaba» las Indias a Aragón y Castilla. Y
lo habían intentado evadir postulando precisamente que era la naturaleza
misma del Nuevo Mundo lo que justificaba la colonización de las Indias
y el avasallamiento o esclavización de sus habitantes. Oviedo se encuentra
agudamente consciente de que los territorios explorados por Colón, a quien
24
Lloyd, LXXXIV (Cambridge, UK, 1964).
25
Los contornos de este debate los conocemos gracias en parte a Hanke, 1959 y a Pagden,
1982. Adorno, 2008, esgrime significativas objeciones al papel que estos historiadores le han
asignado a los conceptos de naturaleza y esclavitud dentro de este debate.
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Oviedo idealizaba como el Hércules de los modernos, no se hallaban me-
ramente al occidente del mundo habitado conocido por geógrafos antiguos
como Tolomeo. Los territorios que Colón había terminado por llamar Indias
Occidentales, tal vez sospechando que no había navegado lo suficiente hacia
el oeste para alcanzar la India, también se hallaban hacia el sur de la Europa
mediterránea, cerca y dentro de la llamada zona tórrida (fig. 5).
Pues bien, éste todavía era el caso treinta años más tarde, cuando Oviedo
escribía el Sumario, de las colonias que España había establecido en el complejo
circumcaribeño –ya fuera el caso de las colonias en las Antillas Mayores, como
el de las colonias en Tierra Firme, desde el valle de México hasta la provincia
de Cumaná en lo que es hoy la Venezuela nororiental–. Así pues, la llamada
«carrera de Indias», según el Sumario de Oviedo, implicaba primeramente un
descenso desde San Lúcar de Barrameda en Sevilla (que se sabía por encima
de los 36 grados de latitud norte entonces asignados al paralelo que pasaba
FIGURA 5
Las cuatro rutas colombinas, 1492-1504. Mapa basado en las rutas de Samuel Eliot Morison,
Admiral of the Ocean Sea: A Life of Christopher Columbus, 2 vols., Boston, Little Brown,
1942. Preparado por Lynn Carlson, Ciencias Geológicas, Universidad de Brown, Providence,
Rhode Island, Estados Unidos.
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por el estrecho de Gibraltar) hasta las Islas Canarias
26
. Desde las Canarias se
descendía aún más a través del Atlántico hasta las islas de barlovento en las
Antillas Menores, a saber, «Todos Sanctos, Marigalante, la Deseada, Matitino,
la Dominica, Guadalupe, Sant Cristóbal, etc.»
27
. La versión detallada de esta
ruta que habría de ofrecer Oviedo en la Historia general y natural de las Indias
precisaría un descenso de las Canarias a las Antillas Menores que iba desde
los 27 grados y medio de la Isla de Hierro hasta los 14 grados de la isla De-
seada
28
. Desde las Antillas Menores, las velas ascendían otra vez siguiendo el
rosario antillano hasta la ciudad de Santo Domingo en la costa meridional de
La Española, que el Sumario ya explícitamente situaba a 19 grados de latitud
norte
29
. Desde Santo Domingo, las velas entonces se dispersaban por el Caribe
en todas las direcciones hacia Tierra Firme, cuyo punto más meridional el Su-
mario asimismo precisaba en el Golfo de Urabá a una latitud de 6 grados y 30
minutos norte
30
. Según Oviedo, el Darién se hallaba tan cerca del Ecuador que
«todo el tiempo del mundo son los días y las noches casi del todo iguales»; tan
cerca del Ecuador que «está allí [la estrella] del norte muy abajo, y cuando las
guardas están en el pie, no se pueden ver, porque están debajo del horizonte»
31
.
Como se puede esperar, tal precisión técnica por parte de Oviedo sólo habría
de adquirir mayor especificidad en la historia oficial que ya anunciaba Oviedo
en su Sumario, es decir, en la Historia general. Pero de momento esta informa-
ción le era suficiente para ofrecerle a sus lectores una observación fundamental
sobre la naturaleza de la Tierra Firme: «la tierra es naturalmente calurosa y por
la providencia de Dios templada»
32
. Invocando la teoría de las cinco zonas,
Oviedo continua: «no sin causa los antiguos tuvieron que la tórrida zona, por
donde pasa la línea equinocial, era inhabitable, por tener el sol más dominio
allí que en otra parte de la espera y estar justamente entre amos trópicos de
Cáncer y Capricornio»
33
. Pero, según Oviedo, Dios habría operado una especie
de excepción en la naturaleza tropical. La deidad habría contrarrestado el calor
y la sequedad universales de la región imponiendo el frío y la humedad de in-
contables accidentes geográficos, a saber, lluvias mil, caudalosos ríos, quebradas,
fuentes y lagos. Estos accidentes no sólo habrían atenuado los efectos letales del
calor solar, sino que habrían causado la monstruosa proliferación de las raíces de
26
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 69.
27
Ibidem: 70.
28
Fernández de Oviedo, 1991, vol. 1: 39.
29
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 70 y 73.
30
Ibidem: 71 y 121.
31
Ibidem: 121-122.
32
Ibidem: 119.
33
Ibidem : 119-120.
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árboles y plantas mucho más allá del volumen del follaje tropical. Valga decir
que la abundante combinación de la humedad suplida por las aguas con el calor
de los rayos solares habría creado condiciones ideales para la generación de la
sublime biodiversidad con la que Oviedo y sus coetáneos europeos se habían
topado (no sin sorpresa, admiración o terror), en las Indias Occidentales.
Es en el inventario de los recursos naturales de La Española, isla en la
cual Oviedo eventualmente se radicaría como custodio del fuerte de Santo
Domingo, donde nos encontramos con el más rico cuadro del botín edénico
que ofrecía una India templada por la providencial mano de Dios: «si un prín-
cipe no toviese más señorío de aquesta isla sola», afirma Oviedo, «en breve
tiempo sería tal que ni le haría ventaja Secilia ni Inglaterra»
34
. El botín de La
Española incluía las «más ricas minas y de mejor oro que hasta hoy en parte
34
Ibidem: 76.
FIGURA 6
La llamada carrera de Indias, según Gonzalo Fernández de Oviedo. Mapa basado en la infor-
mación que provee el autor en la edición príncipe del Sumario: Oviedo, dela natural hystoria
delas Indias, Toledo, Ramón Petras, 1526: xix recto. Preparado por Lynn Carlson, Ciencias
Geológicas, Universidad de Brown, Providence, Rhode Island, Estados Unidos.
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del mundo en tanta cantidad se ha hallado ni decubierto». La prodigalidad de
la naturaleza no se limitaba a las «muchas frutas naturales de la misma tierra»,
o a los incontables peces y aves, o a las iguanas terrestres que regían la isla,
o a las ratoniles hutías y curíes que conformaban la dieta de los indios
35
; esta
prodigalidad incluso se extendía a una población humana que Oviedo más
tarde, en la General y natural historia, contaría por encima de un millón antes
de que todos los males de la conquista la diezmasen: la guerra, el hambre, las
plagas, el trabajo forzado y el suicidio en masa
36
. Pero aún más importante
para establecer y sostener una colonia ultramarina próspera era el hecho de
que la naturaleza de la Española hubiese perfeccionado, incrementado y mul-
tiplicado todo tipo de productos agrícolas, no sólo aquéllos que naturalmente
prosperaban en tierras tropicales o subtropicales, como el algodón, la caña de
azúcar o la purgativa cañafístola; sino también productos hortícolas que desde
hacía mucho tiempo se los había cultivado en, o aclimatado a, las latitudes
templadas de la península ibérica
37
. Por último, el suelo de la Española también
generaba «los mejores pastos del mundo» para el ganado importado de Iberia.
Tanto así que los ganados vacunos habían crecido hasta llegar a las mil, dos
mil, cuatro mil y ocho mil cabezas, y que todas las ovejas, los cerdos y las
vacas que los colonos no habían podido sostener se habían vuelto salvajes
y vagaban dispersos por toda la isla e incluso amenazaban con abrumar a la
población humana
38
.
Claro está, no todo iba de viento en popa en aquel paraíso. Como todo
padre o madre sobreindulgentes, la naturaleza tropical también había causado
la proliferación de una generación entera de colonos indolentes, perezosos y
no perseverantes a los cuales poco les interesaba trabajar la tierra. Así, aunque
«todas las cosas que se siembran y cultivan de las que hay en España, se hacen
muy mejor y en más cantidad que en parte de nuestra Europa», muchas se
dejan de cultivar o se pierden porque los colonos, explica Oviedo, «quieren
el tiempo que las han de esperar para le ocupar en otras ganancias y cosas
que más presto hinchan la medida de los codiciosos», a saber, el comercio,
la excavación del oro y la pescadería de perlas
39
. Los vicios que repudiaba
Oviedo en los colonos no provenían únicamente de que lo hubieran tenido
todo en la naturaleza de la isla y por lo tanto no apreciaran en nada su rique-
za. Era la naturaleza misma la que supuestamente imprimía estos vicios en
35
Ibidem: 77-78.
36
Fernández de Oviedo, 1991, vol. 1: 66-67.
37
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 77.
38
Ibidem: 78.
39
Ibidem: 77.
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los cuerpos humanos transplantados de las latitudes templadas de una Europa
civilizada a las latitudes tórridas de las Indias. La preocupación de Oviedo
por los efectos de la naturaleza de las Indias en las poblaciones humanas se
hace particularmente evidente en el tratamiento que ofrece el Sumario sobre
los tigres, la yuca, los murciélagos y los seres humanos.
Consideremos brevemente la teoría de diversificación natural que invoca
Oviedo en su referencia a «las diversidades de las provincias y constelaciones
donde se crían [las criaturas]». Esta teoría de diversificación postulaba que la
naturaleza de todo cuerpo elemental era, primordialmente, función de las causas
universales, es decir, de las propiedades que comunicaban los cuerpos celestes
a ese cuerpo elemental en forma de radiación: la radiación celeste comunicaba
la forma y, por ende, el movimiento propio de los cuatro elementos y sus com-
puestos
40
. La naturaleza de cada cuerpo elemental era, secundariamente, función
de aquellas causas que operasen a favor o en contra de las causas universales,
es decir, de las propiedades que los elementos circundantes inmediatamente
comunicaban a dicho cuerpo elemental. Pero era principalmente la radiación
celeste lo que le comunicaba a dicho cuerpo su particular «naturaleza». A cada
instante en el tiempo, cada punto en la región de los elementos y, por ende, cada
lugar, constituía el centro de un horizonte único con su propia configuración
de estrellas y planetas. El complejo de rayos proveniente de esta configura-
ción celestial única convergía sobre dicho punto, comunicándole propiedades
que éste no compartía con ningún otro punto, por más cerca que estuviese de
aquel otro. En otras palabras, se pensaba que cada lugar a cada momento en
el tiempo generaba una cosa que era totalmente única a aquel lugar y que sin
embargo sufría alteraciones o incluso mutaba para convertirse en algo entera-
mente distinto. Obviamente, lugares similares daban pie a naturalezas similares,
y lugares distintos –especialmente lugares separados por latitud– daban pie a
naturalezas distintas. Pero cada lugar bajo los cielos –cada hábitat– supuesta-
mente comunicaba a cada cuerpo una naturaleza enteramente única.
Así pues, volvamos a los ejemplos que utiliza Oviedo: la yuca bien puede
ser yuca en la Española o en Tierra Firme; los murciélagos, murciélagos en
España o en las Indias; los tigres, tigres en la legendaria India o en las nue-
vas Indias; y los hombres, hombres en un reino o en otro. Pero cada criatura
presentaba propiedades físicas únicas y, por ende, se hallaba predispuesta a
comportarse de maneras únicas que correspondían a las causas universales y
accidentales igualmente únicas que actuaban de diversas maneras en la com-
40
Para una discusión de este sistema explicativo, consultar el capítulo 4 de Wey Gómez,
2008: 229-291, donde se pueden seguir los planteamientos fundacionales del naturalista más
destacado e influyente del aristotelismo en el occidente latino, Alberto Magno (ca. 1200-1280).
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plexión de dicha criatura en cada momento. En los términos utilizados por
Oviedo, la naturaleza irrepetible de cada criatura en la región de los elementos
obedecía a las «constelaciones» y a las «provincias». Así pues, se podía esperar
que el jaguar y el tigre de Bengala poseyesen naturalezas similares, pues ambos
eran nativos de las mismas latitudes tropicales generales. Y también se podía
esperar que ambos grandes felinos tuviesen naturalezas más parecidas entre sí
que con respecto a los felinos mucho más pequeños que se encontraban en las
latitudes más altas y templadas de Europa. Pero, según Oviedo, no se podía
dar el mismo nombre al jaguar con sus manchas redondas que al tigre de la
India, por la sencilla razón de que las Indias Occidentales no conformaban la
misma provincia que la India de Plinio. Y así, la relativa lentitud del jaguar
con respecto al tigre de Bengala requería añadir el jaguar como nueva especie
al género de los grandes gatos conocidos en la antigüedad.
Ahora bien, la diferencia de lugar que jugaba un papel aun más evidente que
cualquier otra diferencia en la diversificación natural era la diferencia de latitud.
Sencillamente no existían felinos grandes en la Europa mediterránea del tamaño
de los felinos que se podía encontrar en Etiopía e India. La yuca sembrada a los
19 grados de latitud norte de La Española parecía buenísima para lidiar guerra
biológica contra el enemigo, mientras que aquélla sembrada en las latitudes ecua-
toriales de Tierra Firme parecía buenísima para la digestión. Y los murciélagos que
surcaban las latitudes templadas de España carecían de la mortal mordida de sus
infames congéneres en las latitudes ecuatoriales de Tierra Firme. Más al punto de
nuestra discusión, como lo dice Oviedo, «animosos son los hombres y de mucho
atrevimiento en algunos reinos, y tímidos y cobardes naturalmente en otros»
41
.
Como es de esperar, para Oviedo y sus contemporáneos europeos no existían
diferencias entre los lugares y las gentes más universales y absolutas que las di-
ferencias latitudinales que postulaba la teoría de las cinco zonas entre las bandas
fría, caliente y templada del globo (fig. 2). La referencia aparentemente inocua
que hace Oviedo a la animosidad o atrevimiento y a la timidez o cobardía de los
hombres en distintos reinos obedece a un modelo geopolítico de larga duración
en Occidente. Este modelo conectaba, por una parte, la centralidad o medianía
geográfica con el balance o salud física y con la virtud moral; y por otra parte,
la marginalidad o extremismo geográfico con el desequilibrio o la enfermedad
física y con el vicio moral. Este modelo geopolítico bien puede encontrar su
formulación más temprana en el tratado hipocrático que conocemos como Aires,
aguas y lugares
42
. Pero en el ámbito de la amarga polémica legalista que suscitó
la ocupación española de las Américas, este modelo nos traslada inmediatamente
41
Fernández de Oviedo, 2010/1526: 148.
42
He consultado la versión en griego e inglés. Hipócrates, 1984.
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a la tradición de los comentarios de Aristóteles en su obra sobre la política
43
.
Oviedo ciertamente tuvo que haber conocido la versión de este modelo geopo-
lítico en la Historia natural de Plinio, quien afirmaba que la zona fría (es decir
el ártico) generaba gente de piel blanca, fiera pero imprudente y, por lo tanto,
incapaz de gobernarse a sí misma. La zona tórrida (el trópico) generaba gente
de piel oscura, sabia (sapientes) pero tímida, y por lo tanto también incapaz de
gobernarse a sí misma. Mientras que la zona templada (es decir, la Europa me-
diterránea) generaba gentes de mediana complexión con «moderadas costumbres,
agudos sentidos y fértiles intelectos» que la habilitaban para ejercer la autoridad
política que eludían sus vecinos del ártico y del trópico
44
. Pero la terminología
que despliega Oviedo –«animosidad» y «atrevimiento» versus «timidez» y «co-
bardía»– le liga más directamente a aquellos lectores de Aristóteles que, a la luz
del Descubrimiento, habían utilizado la caracterización que ofrece Aristóteles de
los asiáticos como «inteligentes e ingeniosos» pero «carentes de espíritu», para
difamar a los habitantes de las Indias como esclavos por naturaleza
45
.
Esta geografía tripartita es menos simplista de lo que aparenta. En realidad
sintetiza todo un complejo sistema explicativo cuyas raíces surgen de la pre-
ocupación de Occidente por la problemática dinámica entre el alma racional
y el cuerpo físico. Para cuando este modelo cayera en manos de Oviedo, ya
se hallaba minuciosamente inscrito dentro de un sistema filosófico y técnico
que explícitamente ligaba el concepto de lugar que ofrecían Aristóteles y sus
comentaristas en el ámbito de la física con el concepto de virtud en el ámbito
de la ética y la política aristotélicas. Este sistema de conocimiento daba arti-
culación lógica a disciplinas que ya no existen, al menos no en el sentido que
les dio la temprana modernidad, o cuyos vínculos entre sí no tienen sentido
obvio para nosotros: entre estas disciplinas se pueden contar la teología, la
física, las matemáticas, la geometría, la astronomía, la astrología, la óptica, la
psicología y la fisiología de los seres humanos, las bestias y las plantas, así
como aquellas ramas de la filosofía moral que conocemos hoy como ética,
economía y política.
Ya hemos mencionado que en la cosmología heredada de los griegos y de los
árabes, los cuerpos celestes comunicaban la forma y, por ende, el movimiento
a los cuerpos elementales y sus compuestos. En el dominio de la psicología y
la fisiología humanas, esto significaba que los cuerpos celestes podían afectar
no sólo los humores del cuerpo, sino también el comportamiento humano. En
la medida en que cada individuo o colectividad cedía a la naturaleza que le
43
Aristóteles, 1985, vol. 2: 2107.
44
Plinio, 1938-1963, vol. 1: 320-323.
45
Ver el capítulo 1 de Wey Gómez, 2008: 59-106, especialmente las pp. 100-106.
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comunicaban los cielos, su comportamiento estaba en función de su «lugar»
en el cosmos. Lo que habría de preocupar a los que propusieron la «esclavitud
natural» en la España imperial para justificar el avasallamiento o la esclavitud de
los indios era precisamente la aptitud o ineptitud del alma humana para dominar
la naturaleza que los lugares fríos, calientes, o templados, inducían en el cuerpo.
Obviamente no podemos detenernos para describir este sistema explica-
tivo. Baste con mencionar que el humor que en el cuerpo se asociaba con
distintos grados de inteligencia y animosidad (o valentía) en los humanos era
la sangre
46
. El frío en el ártico supuestamente cerraba los poros de la piel,
atrapando el calor vital en la sangre–calor que explicaba la audacia de los
nórdicos. La misma clausura de los poros prevenía la purificación de la sangre,
lo que en cierto sentido contaminaba el llamado spiritus o pneuma. El spiritus
era la sustancia más noble y rara en la sangre, encargada de mediar entre el
alma y el cuerpo; era, de alguna manera, el medio a través del cual el alma
exhalaba vida en el cuerpo y el medio a través del cual el cuerpo comunicaba
las «formas» o «imágenes» del mundo sensible al alma racional. El spiritus
adulterado en la sangre explicaba la supuesta estupidez de los nórdicos. Por
contraste, el calor de los trópicos abría los poros de la piel, restando calor
vital a la sangre, y de ahí la supuesta cobardía de los tropicales. La apertura
de los poros, por otra parte, permitía la purificación de la sangre, con lo cual
se refinaba el spiritus que permanecía en la sangre: de ahí el supuesto ingenio
o perspicacia de los seres tropicales. Naturalmente, era la sangre en lugares
templados como la Europa mediterránea la que supuestamente presentaba
la temperatura y nivel de pureza correctos. De ahí la inteligencia y valentía
que supuestamente habían caracterizado, primero, a los griegos, luego, a los
romanos y, en una nueva era de expansión europea, por supuesto, a la nación
castellana.
La distinción que establece Aristóteles entre europeos, asiáticos y grie-
gos se la debe directamente a Platón, quien trata por boca de Sócrates en
La República los atributos de la ciudad estado y del alma ordenada
47
. La
República afirma que al alma humana la constituyen tres partes relaciona-
das jerárquicamente: el «raciocinio» (logismos), la «animosidad» (thumos)
y el «apetito» (epithumia)
48
. El alma bien ordenada –aquélla en la cual el
46
Para una discusión de las cualidades de la sangre en la tradición aristotélica, ver Wey
Gómez, 2008: 279-282. Se sigue allí a Alberto Magno, 1980: 26, líneas 62-74.
47
La deuda de este fragmento de Aristóteles para con Platón me la sugirió originalmente
el Profesor Alfonso Gómez-Lobo de Georgetown University.
48
Platón, 1991: 105-125. Sobre los términos logismos, thumos, y epithumia, ver Howland,
1993: 40. Sobre el carácter tripartita del alma, consultar Irwin, 1995: 203-222. También van
Peursen, 1966: 34-49 y Murphy, 1951: 24-44.
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raciocinio se vale de la animosidad para gobernar sobre los apetitos o el
instinto– es un alma que manifiesta sabiduría, valentía y templanza. Por
implicación, el alma desordenada manifiesta frivolidad, cobardía e intempe-
rancia. Sócrates incluso metaforiza las tres partes del alma como el hombre
(la razón), el león (la valentía), y el monstruo de mil cabezas (la quimera).
Si el hombre es incapaz de invocar al león para domar a este monstruo, será
presa tanto del león como del monstruo. Sin sabiduría, valentía o templanza,
el hombre no puede esperar actuar justamente, ni la ciudad dispensar la
justicia a sus ciudadanos. El modelo geopolítico de Aristóteles les asignaba
a los griegos la habilidad de realizar los dictados de la razón invocando
la fuerza de voluntad para contravenir los efectos predatorios del instin-
to desenfrenado. Los bárbaros, por otra parte, eran incapaces de razonar
adecuadamente o de invocar la fuerza de voluntad necesaria y, por tanto,
para usar los términos de Platón, caían presas del león, de la quimera o de
los dos. Este modelo, a pesar de su aparente simplicidad, le ha ofrecido
al imperialismo occidental un raciocinio casi infalible: los colonizadores
invariablemente justifican sus atropellos contra otros persuadiéndose a sí
mismos de que aquéllos a quienes quieren controlar o exterminar carecen
de la inteligencia o de la fuerza de voluntad para contrarrestar el caos
suscitado por el instinto.
Este modelo le caía de perlas a Oviedo, quien en calidad de naturalista
y de etnógrafo admiraría inmensamente la prodigalidad natural de las Indias
y el enorme ingenio de sus gentes. Pero más tarde en la Historia general
y natural de las Indias, en calidad de colono, administrador de la corona e
historiador oficial, Oviedo habría de detallar todas «las fallas» de la naturaleza
tropical que justificaban avasallar o esclavizar a los habitantes de las Amé-
ricas: «esta gente», afirma Oviedo, «de su natural, es ociosa e viciosa, e de
poco trabajo, e melancólicos, e cobardes, viles e mal inclinados, mentirosos
e de poca memoria, e de ninguna constancia»
49
. Y España, a pesar de sus
escandalosas ofensas en las Américas, no había de considerarse más que el
látigo de Dios por «lo grandes y feos e inormes pecados e abominaciones
destas gentes salvajes y bestiales». Así pues, la primera impresión de Amé-
rica en Europa como vasta extensión tropical desconocida para los antiguos
le permitió a Oviedo inaugurar certidumbres paradójicas que, a mi parecer,
laten al corazón de las obras naturales y morales de los siglos dieciséis y
diecisiete, como también al corazón de las percepciones que nuestra propia
cultura global posee del trópico.
49
Fernández de Oviedo, 1991, vol. 1: 67.
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Fecha de recepción: 2 de junio de 2011.
Fecha de aceptación: 17 de febrero de 2012.
Memoirs of the Torrid Zone: Classical Naturalism and America’s
Tropicality in Gonzalo Fernández de Oviedo’s
Summary of the Natural History of the Indies (1526)
This essay examines the role of tropicality in the taxonomy of Amerindian nature and
culture offered by Oviedo’s Summary of the Natural History of the Indies (1526). Pointing
to the scientific and technical paradigms that inform this treatise, the author argues that the
construal of the West Indies as a «tropical» place –distinct from Mediterranean Europe, yet
similar to the East Indies– offers Oviedo a fundamental framework for conveying America’s
complex alterity and for tackling a geopolitical debate over the legitimacy of the conquest.
KEY WORDS: America; natural history; ethnography; zoology; botany; mineralogy; theory
of the five zones; torrid zone.

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