Se expone el Santísimo como de costumbre.

Y tras un breve silencio, un lector lee el
texto siguiente:

PRIMER MOMENTO. LA ORACIÓN DEL ÁNGEL

RELATO DE LA PRIMERA APARICIÓN DEL ÁNGEL
EN LA PRIMAVERA DE 1916 SEGÚN EL RELATO DE LA SOR LUCÍA.
“No puedo precisar las fechas con certeza (…) Me parece, sin embargo, que
debía ser en la primavera de 1916 que el Ángel nos apareció por primera
vez, en nuestra Loça de Cabezo (…) comenzamos
viendo a cierta distancia, sobre los árboles que se
extendían en dirección al saliente, una luz más blanca
que la nieve, en forma de un joven transparente, más
brillante que un cristal atravesado por los rayos del
sol. A medida que se aproximaba, íbamos
distinguiéndole las facciones. Estábamos sorprendidos
y medio absortos. No decíamos palabra. Al llegar junto
a nosotros, dijo:
- ¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. Orad conmigo.
Y arrodillándose a tierra dobló la frente hasta el suelo. Llevados por un
movimiento sobrenatural, le imitamos y repetimos las palabras que le oímos
pronunciar:
DIOS MÍO; YO CREO, ADORO; ESPERO Y OS AMO.
OS PIDO PERDÓN POR LOS QUE NO CREEN, NO ADORAN, NO ESPERAN Y NOS AMAN.
Se recita o canta despacio esta oración por tres veces. Después el lector concluye:
Después de repetir esto por tres veces, se levantó y dijo:
-¡Orad así! Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras
súplicas. Y desapareció”.


SEGUNDO MOMENTO.
CANTICO DEL MAGNIFICAT (Benedicto XVI)
Un lector lee el texto siguiente:
En el cántico del Magnificat “María reconoce la grandeza de Dios. (…)María
“ve” con los ojos de la fe la obra de Dios en la historia. Por esto es
bienaventurada, porque ha creído: por la fe, en efecto, ha acogido la Palabra
del Señor y ha concebido el Verbo encarnado. Su fe le ha hecho ver que los
tronos de los poderosos de este mundo son todos provisionales, mientras el
trono de Dios es la única roca que no cambia y no cae. Su Magnificat, a
distancia de siglos y milenios, permanece la más verdadera y profunda
interpretación de la historia, mientras las lecturas hechas por tantos sabios de
este mundo han sido desmentidas por los hechos en el curso de los siglos.
Cantemos “el Magnificat”. Excitemos en nosotros “los mismos sentimientos de
alabanza y de acción de gracias de María hacia el Señor, su fe y su esperanza.
Su dócil abandono en las manos de la Providencia divina. Imitemos su ejemplo
de disponibilidad y generosidad sirviendo a los hermanos. En efecto,
solamente, acogiendo el amor de Dios y haciendo de nuestra existencia un
servicio desinteresado y generoso al prójimo, podremos elevar con alegría un
canto de alabanza al Señor. Que la Señora nos obtenga esta gracia, esta noche
que nos invita a encontrar refugio en su Corazón Inmaculado.”
Se entona el canto del Magnificat o se puede recitar si no hay posibilidad de cantarlo:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
Su nombre es santo,
y Su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a su pueblo
acordándose de la misericordia
―como lo había prometido a nuestros padres―
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.


TERCER MOMENTO.
PRECES

Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen,
por medio de Ella nos mostró su misericordia infinita invitándonos a la
conversión y a la penitencia. Digamos:
R/: Que tu Madre, Señor, interceda por nosotros.

Tú que nos diste a María por madre, concede, por su mediación, salud a los
enfermos, consuelo a los tristes, perdón a los pecadores, y a todos
abundancia de salud y de paz.

Tú que asociaste a tu Madre a obra redentora de los hombres, danos un
espíritu de penitencia para saber ofrecer nuestros sufrimientos y cruces de
cada día por la salvación de las almas más necesitadas de tu misericordia.

Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu
esclava fiel, por su intercesión, haz que nosotros estemos siempre
dispuestos a cumplir tu voluntad.

Tú que hiciste a tu Madre la Toda Santa e Inmaculada, danos tu gracia para
que no ofendamos más al Buen Dios con nuestros pecados y avancemos por
el camino de la santidad y la práctica de las buenas obras.

Tú, que en María tuviste la mejor adoradora y aquella que mejor consoló tu
corazón, infunde en el nuestro el fervor y el amor a tu presencia en la
Eucaristía para que como ella te adoremos en espíritu y verdad.


BENDICIÓN Y RESERVA

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