Autora

Margarita Ariza Aguilar
Texto curaduría
Verónica Wiman
Apoyo en contenidos
Andrea Quintero Angulo
Apoyo gráfco
Mazal Blanco Labouz
Diseño
Juan Mojica Arias
Página Web
www.blancoporcelana.com
Carlos Alberto Ariza
ISBN 978-958-44-9421-4
Proyecto ganador del Portafolio de Estímulos 2011, en la categoría Creación y
Circulación en Artes Plásticas, de la Secretaría Distrital de Cultura, Patrimonio y Turismo
del Distrito de Barranquilla, Colombia 2011.
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BlancoPorcelana
Nuestra historia personal está necesariamente
conectada con la sociedad en la que vivimos, la cual
es a su vez resultado de decisiones políticas, muchas
veces desconocidas para los ciudadanos. Los elementos
más sencillos de nuestra vida diaria pueden resultar
especialmente relevantes para suscitar procesos de
refexión. Me interesa trasladar escenas o fragmentos
de mi historia personal fuera de su contexto natural e
intervenir objetos del ámbito familiar, situando lo íntimo
en un espacio transitable. Trabajo con elementos de
mi cotidianidad, sin aparente importancia y mediante
cruces con la historia, la apropiación de imágenes y la
intervención de espacios, establezco conexiones con
aspectos problemáticos de la realidad social.
Margarita Ariza A.
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BlancoPorcelana
uchos años después, Adita había de recordar
aquella tarde remota en la que jugaba en casa
de su tía Rosita, con sus primas mayores, al jue-
go: “¿Si pudieras cambiarte algo, qué sería?”.
Cuando le tocó su turno se quedó pensando y
decidió ir a mirarse la cara en el espejo del baño.
Recordó la tradicional foto de su abuela Teresa y
a su prima Luz Esperanza, la más querida por la
familia, decían, por ser de la raza de su abuela.
No tuvo que pen-
sar mucho la res-
puesta y regresó
diciendo con un
tono de voz como
distraído: “Me
cambiaría, sin
duda, los labios”.
Adita nació
casualmente en
Buenos Aires,
Argentina. Sus
padres, Azucena y
Armando, vivían
en aquel entonces en esa ciudad. Su familia la
conoció a distancia por fotografías que sus pa-
dres enviaban por correo. Ella fue bautizada por
su abuela materna: boca de beso.
Su abuela viajaría a conocerla para sus ocho
UN CUENTO DE
Ada S
meses de na-
cimiento en el
año 1971. Sin
embargo, para
el infortunio
familiar, el viaje
terminaría antes
de lo esperado.
La abuela
Teresa viajó desde Bogotá hasta Barran-
quilla, a la casa de los abuelos paternos
de Adita –Rafael Ramiro Ariza Pernett y
Helena Andrade de Ariza–. Se hospedó
allí, rodeada de atenciones, en una bella
casona del tradicional Barrio El Prado que
había construído la familia y que había
estado lista justo el 12 de octubre de 1947.
De allí tomó el Jet que la llevaría a
Indiana, donde visitaría a su nieta Thrisa
Michelle, y posteriormente a Buenos Ai-
res, a ver a su boca de beso. Sin embargo,
nunca llegó a su destino. Unos cuantos
días después de su aterrizaje en los Esta-
dos Unidos, un derrame cerebral acabó
con su vida.
La abuela era católica de oraciones
y de obras. Su rutina iniciaba todos los
días con la misa de 6 de la mañana, vesti-
da con su hábito franciscano. Siempre la
acompañaban sus palomas; volaban con
ella camino a la iglesia, esperaban que
entrara a la ceremonia y emprendían el
vuelo de regreso a casa. Ver las palomas
arribar a sus palomares era una señal
inequívoca de que la abuela se encontra-
ba en oración.
De regreso a casa, la abuela siempre
encontraba algún necesitado a quien
favorecer; los llevaba a su hogar, los
sentaba en su mesa a desayunar y, si era
necesario, los bañaba y los vestía con
prendas nuevas. Cuando iba de viaje, en
cada lugar donde se hospedaba invitaba a
todas las personas a su alrededor a rezar
el rosario, logrando de manera natural
que una gran cantidad de personas ter-
minara uniéndose a ella.
Cuando estaba en construcción el
Hospital Militar Central, la abuela con-
siguió un permiso de los arquitectos,
ingenieros e interventores para que se
celebrara una misa semanal y los obre-
ros pudieran parar sus actividades y
asistir, sin que se les descontara ningún
dinero.
Los obreros eran muy numerosos.
Al principio, pocos asistían; los de-
más se quedaban
descansando
en los andenes y
antejardines de
las casas cercanas
por la calle 49,
entre las carreras
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BlancoPorcelana
Séptima y Quinta. Al cabo de cierto tiem-
po, comenzaron a asistir todos los tra-
bajadores, incluso aquellos que antes se
burlaban de este acto religioso, y no solo
eso, sino que ayudaban a cargar sillas
para que otras personas de la comunidad
pudieran acompañarlos.
Su espíritu de solidaridad trascendía
todas las esferas sociales. Fue ella quien
se encargó, con su gestión ante la Alcal-
día de Bogotá, de que instalaran un grifo
o pluma de la cual pudieran recoger agua
los más pobres que vivían en la loma,
arriba de la carrera Tercera. Consagró su
vida al servicio de los demás. Para ella era
muy importante tener una vida austera,
pensando que
los lujos po-
dían ser mejor
invertidos en
satisfacer las
necesidades
de los pobres.
Tenía una her-
mosa familia
que había
conformado
al lado de su
esposo, José Ceferino Aguilar Forero,
farmaceuta y dueño de las Droguerías
Aguilar (que en un principio se llamó
Droguería Pasteur, al estilo Francés),
donde él mismo preparaba las fórmulas
magistrales. Tenían un solo hijo “blanco
y varón”, Rafael Francisco del Niño Jesús,
el más bello, el centro de atención. Le
seguían Teresa de la Concepción, la más
juiciosa; Carmen Rosa de los Ángeles, la
más graciosa; Cielo, la más bella; Blanca
Azucena del Sagrario, la artista, y Ruth
Gabriela Emperatriz, la intelectual.
Su esposo, el abuelo Pepe –como le
decían cariñosamente– tenía también un
gusto refinado pero, contrario a la perso-
nalidad de la abuela Teresa, menos auste-
ro. Quería que su familia siempre tuviera
las mejores cosas, le gustaba todo lo
moderno que representaba el progreso.
Cierto día, después de uno de sus viajes,
trajo de regalo a la abuela un elegante
abrigo de piel. La abuela, agradecida
pero al mismo tiempo contrariada por el
sentimiento de no querer usar prendas
ostentosas, lo recibió. Sin embargo, antes
de usarlo, tomó la decisión de cortar los
puños y el largo del abrigo que llegaba
casi hasta los pies, para que no luciera tan
llamativo. Años después, otro de estos
abrigos terminó en manos de Azucenita,
como cobija para un venado que tenía de
mascota, en el jardín de su casa.
Paradójicamente, la abuela Teresa,
que había deseado un entierro sencillo
y humilde, vestida con su hábito fran-
ciscano y en ataúd de madera cepillada,
tuvo otra suerte: Fue vestida con su mejor
traje, maquillada para lucir rosadita, al
natural. Su cuerpo fue embalsamado y
empacado al vacío en un ataúd que para
ese momento era uno de los más grandes
y lujosos. Al trasladarlo al cementerio en
Bogotá, el hueco donde iba a ser enterra-
do tuvo que ser reacomodado, ya que el
ataúd era más grande de lo normal. Tenía
la cabeza ligeramente levantada, el rostro
reflejaba su habitual belleza, parecía estar
dormida, haciendo la siesta, como cual-
quier día.
La abuela Teresa compartía con
su mamá Angelina (Anastasia Vicenta
Angelina) el gusto por la poesía, y todo
lo que escribía y decía era en verso.
Su familia había llegado de Zapatoca,
Santander. Angelina se casó, cuando
tenía apenas 14 años, con Gregorio, un
hombre mucho mayor que ella, tanto así
que le decía Don Gregorio. El era de otra
“buena familia”, blanco, de ojos azules,
y era gemelo de un hermano que murió.
Era severo y austero, pero muy cariñoso
con sus hijas: Teresa y Oliva. La abuelita
Angelina, además de poeta, era partera,
poseía amplios conocimientos de medici-
na natural y tejía sombreros blancos de
la época (sombreros jipijapa). Nunca le
gustó vivir en las fincas de su esposo,
siempre vivió en el pueblo. En Zapato-
ca, la mayoría de los habitantes tenía
facciones de los inmigrantes alema-
nes, eran rubios, pelirrojos y de ojos
claros. Sin embargo, tanto Angelina
como la abuela Teresa y la tía Oliva,
siempre estuvieron más orgullosas de
su sangre española.
La abuela Teresa era considerada la
más bonita de la familia, incluso más be-
lla que la tía Oliva. A su vez, ésta admira-
ba tanto la belleza
de su hermana que
un día, cuando le
dijeron a su sobri-
na Ruth Empera-
triz que se parecía
mucho a la abuela
Teresa, respondió:
“Ya quisiera para
un día de fiesta”.
El famoso
inmigrante y co-
lonizador alemán
Lengerke, llegó a
Zapatoca en 1858. Se afirma que fue una
persona inteligente, de trato agradable,
emprendedor, y se le atribuye gran parte
del desarrollo de la región. Nunca se con-
virtió al catolicismo,
pero siempre respetó
y colaboró con las
obras de la iglesia. Le
gustaba tener cosas
lujosas y excéntricas;
por ejemplo, trajo de
Alemania a su hacien-
da Monte Bello un
cañón que disparaba
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cada mañana, y después cantaba el him-
no alemán con sus peones. También tenía
de mascota a un cocodrilo domesticado, y
muchos otros lujos.
Geo Von Lengerke era un hombre sa-
gaz en los negocios y fue un precursor de
las exportaciones internacionales. Entre
sus productos de exportación estaban los
sombreros de gran blancura, tejidos por
las manos de las mujeres del pueblo. Por
su reconocida fama de seductor, ninguna
de las mujeres del pueblo se atrevía a es-
tar a solas con él. Nunca se casó y, como
buen alemán, la historia lo recuerda como
un “hombre rubio que procreaba infatiga-
blemente, regando ojos azules y matas de
pelo dorado sobre la población, y que con
los años se fue sumiendo en la soledad y
el alcohol, víctima de amores imposibles”.
Hoy su tumba es escogida para citas de
los amantes clandestinos.
A la abuelita Teresa no le gustaban
los pelirrojos y pecosos, porque no tenían
la piel blanca, blanca. Cuando ella estuvo
embarazada, rezó con gran fervor a la
Virgen para que ningún hijo suyo saliera
con esa herencia alemana. Cuando lleva-
ba en el vientre a la tía Rosita (trigueña y
la única pecosa) miraba por largo rato la
foto de la actriz Shirley Temple para que,
en caso de que fuera niña, se pareciera
a ella.
En 1975 nació Alejandro, el herma-
no de Adita. Ya en esa época la abuelita
Angelina sufría de demencia senil. En
una ocasión creyó que su nieta Azucena
(la mamá de Adita) era otra persona, y
le dijo preocupada: “¿Sí sabes
mijita que Azucenita
tuvo un niño ne-
grito, negrito,
negrito?”.
En casa
de los abuelos
paternos de
Adita, siempre
les impactó el
hecho de que la abuela
Teresa hubiera muerto
días después de
compartir con
ellos. Ramiro, su
abuelo paterno,
fue el principal
odontólogo de
la ciudad
y con-
tribuyó en
gran medida a
las investigaciones
sobre implantes dentales, con su trabajo
de los alvéolos sangrantes. No sólo aten-
día en su consultorio, sino que tuvo un
gran interés por las problemáticas de
la ciudad, ocupó diferentes cargos
en el gobierno departamental y
municipal. Fue Secretario de
Salud y siempre hacía énfasis
en que su apellido Pernett era
con doble t al final: “Per-
nett con DOBLE TT,
¡apellido francés!”.
Al final de su
vida escribió el
libro “El Hijo del
Navegante”, una memoria de vida de la
vieja Barranquilla y los inicios de la na-
vegación por el Río Magdalena, donde
su padre Pompilio Sabas Ariza Fontalvo,
Ingeniero Mecánico, construyó los vapo-
res Atlántico y Antioquia y fue capitán de
buque del río.
Ramiro, siendo muy blanco, tenía
una hermana muy morena, Sara. Era
culta, distinguida, de muy buen gusto,
generosa. Cuentan que ella se molestaba
si le regalaban polvos para la cara. Al-
gunas personas preguntaban: “¿y es que
Sara era muy morena?”, a lo que todos
respondían: “Nooooooooo”. A Sara no le
gustaba ser retratada y por esa razón su
imagen se disolvió en la historia; no exis-
te una fotografía en la que se pueda apre-
ciar su rostro, sólo queda el recuerdo de
la casa que habitó, que aún se conserva
en la carrera 52 de Barranquilla.
Helena, esposa de Ramiro, fue una
bella y valiente madre de 11 hijos: Ar-
mando, primer meteorólogo profesional
en Colombia. Nancy, de inteligencia
extraordinaria. Álvaro, prestigioso or-
todoncista. Carlos, inventor y navegante
como su abuelo. Rafael, el empresario.
Elizabeth, quien siempre administró el
funcionamiento de la casa de sus padres;
todos los platos exquisitos compartidos en
familia fueron obra suya. Nora, ingeniera
industrial, de generoso corazón. Pompilio,
abogado con gran gusto por el campo, los
caballos y las vacas. Yudi, el soporte emo-
cional de la familia. Luz Marina, reconoci-
da por su belleza, y Eduardo, empresario,
aunque músico en realidad.
Para que el arte no los matara, todos
los primos de Adita debían ser adminis-
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tradores de empresas, economistas o
ingenieros, así fueran músicos, cantantes
o artistas: “¿Matar?, ¿Acaso el arte puede
matar? Será de hambre, de abandono, de
peligro”. Como Pelu, María Helena, dicen
que ¡quién la manda!: “Tiene una maes-
tría de estudios para la paz y tras de eso
vive en Sudán, allá, con esos negritos”. El
otro día se le metió al cuarto una mamba
negra, de esas culebras de dos metros
que pueden quedarse paradas hasta un
metro de altura.
Y ¡ay de que regrese con un negro!…
que sea feliz, pero que no venga con
un negro.
Cuando Pelu era niña, se levantaba
una hora antes para que la cubrieran con
el protector solar. Y no era cualquiera,
era uno especial, importado por sus pa-
dres únicamente para ella, ¡porque no
podía oscurecerse más! Ella, ante la in-
sistencia de su mamá aplicándole el blo-
queador, le decía: “¡Tú lo que quieres es
borrarme la piel!”. Pelu esperaba desnuda
un tiempo, que en su mente era intermi-
nable, el tiempo necesario para que se
secara el protector antes de ponerse la
ropa e ir al colegio.
Pecos, un primo de Adita, está con-
vencido de que Pelu tiene el pelo crespo,
porque siempre la querían peinar con
una peinilla que se lo jalaba, entonces ella
nunca más se dejó peinar, y así se volvió
crespa. También piensa que ella es más
oscura que los demás porque su nana Lu-
cia –que era muy negra y procedía de Hai-
tí– la llevó a la playa desde bebé, por eso
su color de piel se volvió oscuro. Y cuando
Pelu era niña alguien la felicitó diciéndole:
“¡Ay, Pelu, estás más bonita, has blanquea-
do!”. Pero cuando creció un poco más le
dijeron: “¡Ay, Pelu! ¿A ti qué te pasó si tú
tenías el pelo liso? ¡Qué pesar!”.
Y ocurriría con las generaciones por
venir; la vieja Barranquilla y sus calles con
nombres de poesía, había quedado atrás.
Ahora sería carta de garantía del éxito en
la vida, la capacidad de hacer dinero o de
convertirse en un importante empleado
y ser, o por lo menos lucir, bellos y lisos,
con el blower y las lacas traídas de afuera.
Como la abuela Josefa Barros, quien figu-
ra en el árbol genealógico ¡y decían que
se estiraba el pelo como cabrestante de
buque!
Los papás de la abuelita Helena fueron
muy importantes; vivían en la calle Bolívar
entre los callejones Roble y Primavera de
la puerta de Oro de Colombia. El abuelo
José Manuel Andrade respiraba café. Su
empresa “Café Concentración” distribuía
café a Barranquilla y a otros municipios
cercanos como Galapa, Baranoa, Polonue-
vo, Soledad, Malambo y Sabanagrande.
Mamá Mode –Modesta Mendoza Hunter–,
descendiente de ingleses, también tenía
capitanes de buque en su familia, como su
tío Generoso Mendoza. Mamá Mode esta-
ba muy complacida al saber que Armando
se había casado con una Blanca Azucena.
Ella misma le había preguntado días atrás
a su nieto Armando: “¿Pero Azucena es
blanca?”, a lo que él respondió: “Imagína-
te, es blanca hasta de nombre, ¡se llama
Blanca Azucena del Sagrario!”.
Dicen que las hijas más bonitas de
Mamá Mode –y las más blancas– eran la
abuelita Helena y la tía Gume, de quienes
se dice que eran unas santas. La tía de
Adita, Nancy, escribió en sus memorias
que Ceci “era una gran mujer, inteligente,
de gran carácter, hacía todos los oficios
de la casa, administraba el pre-
supuesto, le daba tiempo para
visitar a los enfermos, ir a la
adoración perpetua, ir al mer-
cado”. Ella era más
morenita, y fue
la segunda mamá
de Armando. Las
tres hermanas eran
unas mujeres muy católicas,
como su mamá; se levantaban
muy temprano para ir a misa
de 5 en la Iglesia del Rosario.
De la rama de los Andra-
de provenían reconocidos
pianistas, músicos y escri-
tores. José Tomás Andrade,
tatarabuelo de Adita, fue
profesor de piano; Amira
Andrade, su hija, tocaba la Serenata de
los Ángeles. Lilia Andrade, hija de Ami-
ra, fue pianista internacional, y Juan José
Nieto Gil, tío abuelo de papá José, fue Pre-
sidente de la República en 1861. Armando,
el papá de Adita, quien ha pasado muchos
años estudiando juiciosamente el árbol
genealógico, ¡de repente lo encontró!
Le contamos a algunos de la familia
lo complacidos que estábamos por des-
cubrir que éramos descendientes de un
Presidente de la República, y después les
dijimos que, además, era el único presi-
dente negro de la historia, a lo cual res-
pondían sobresaltados: “Negro no, a lo
mejor era moreno y lo veían negro”.
Y sí, parece que a Juan José Nieto Gil
la historia ha querido borrarlo; dicen que
su tumba siempre ha estado abandona-
da, que escribió las primeras novelas del
Caribe y que, a pesar de haber sido Presi-
dente no figura en los registros, por algu-
na extraña razón. ¿Cuestión de color?
Negro, noooooooo. La historia lo
describe como “fornido, de piel cetrina
clara (o trigueña oscura), ojos zarcos ver-
dosos, nariz recta y amplia, labios finos,
cejas arqueadas y cabello negro medio
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rizado”. Hijo de una zamba y un español,
decían que, “a pesar de su ascendencia
oscura”, fue buen mozo. Un dato curioso
es que, en los pocos registros que existen
de Juan José, sale con la piel más clara.
Para el día de su posesión, le hicieron
un retrato oficial con la banda presiden-
cial; el lienzo fue enviado a Francia para
ser retocado al estilo de un mandatario
francés. Y así, en las pocas imágenes que
existen, figura con cara de blanco. Sin
embargo, no figura en muchos libros de
registro histórico, ni en murales donde
están todos los demás presidentes blan-
cos de la historia de Colombia.
En 1851, fue gobernador de la pro-
vincia de Bolívar y participó del congreso
donde se decidió abolir la esclavitud en
Colombia. El 1 de enero de 1852 prepa-
ró una ceremonia donde se proclamó la
emancipación de toda la población negra,
nacida antes de 1821. Allí pronunció un
discurso memorable: “Desde hoy se aca-
baron los esclavos en la Nueva Granada;
y es por eso que os saludo en este día el
más solemne, el más bello que ha tenido la
República, porque es el día complementa-
rio de nuestra regeneración política; el día
en que ha desaparecido para siempre de
entre nosotros el odioso título de señor y
esclavo y en que ninguno de nuestros her-
manos lleva colgado al cuello, la pondero-
sa, la negra cadena de la servidumbre...”
Aun cuando nunca lo había pensa-
do, para la familia de Adita, el tema del
color de la piel estuvo presente hasta
en las cosas más cotidianas de sus
vidas.
La tía Oliva, hermana de la abue-
la Teresa, era generosa, apasionada
y directa en su expresión. Nunca
pudo vivir con el amor de su vida, a
quien sobrevivió muchos años, ni
siquiera le avisaron cuando mu-
rió. Para Oliva, el amor era lo más
importante; la habían separado
de su esposo por los condiciona-
mientos sociales de aquella época,
por eso cargaba ese dolor, pero al mismo
tiempo la emocionaba la idea de que otro
se enamorara. Algunas tardes se senta-
ba con Adita y miraban las cartas que le
enviaban sus amigos. Un día comentó al
ver una: “Ese es morenito, pero es buena
persona”. Adita le contestó: “Tía, ¿acaso
el color es lo más importante?”, a lo que
ella respondió: “Yo no tengo nada contra
el color, ¡pero los negros me dan no sé
qué cosa!”.
Adita se casó con Jaime Eduardo, un
hombre de pelo castaño, piel blanca y ojos
marrones. Fue su único amor; lo cono-
ció a los 16 se casó con él a los 24, y a los
26 quedó embarazada. ¡Qué alegría, un
nuevo bebé para la familia! Ahora todas
las miradas estaban
sobre Simón, que ni
siquiera había nacido.
Había gran expecta-
tiva entre ellos, juga-
ban a imaginarse qué
color tendría, ¿sería
“trigueño”, como Adi-
ta? ¿O acaso saldría
de pelo negro, como su abuela Azucena?
Lo más curioso de la abuela Azucena
es que siendo ella Blanca –aunque dijeran
que no– que nunca como la abuela Teresa,
en su época fue considerada la del pelo
feo, pelo indio (por ser negro, grueso y
muy liso). Fue sometida desde muy niña
a permanentes y marrones que le harían
lucir unas ondas sutiles y delicadas como
debería ser. Solamente hasta la llegada de
los años sesenta, cuando el liso se puso
en furor, ella pudo disfrutar de su pelo al
natural.
Adita, en cambio, no tenía el pelo
tan liso. Su pelo tenía un temperamento
propio; a veces amanecía ondulado, otras,
crespo. Esto le trajo muchos problemas en
el colegio, donde le decían miss trapero y
ocasionalmente la sacaban de clase con
una peinilla para que fuera a peinarse. Era
de esas peinillas de dientes finos como las
que usaban en el Apartheid para identifi-
car si eras blanco o negro. Si el peine co-
rría fácilmente a través del pelo, eras puro,
blanco, de lo contrario eras Un NeGrO.
Un poco más grande, Adita, para
una reunión familiar, decidió alisarse el
pelo. En la reunión los comentarios no se
hicieron esperar: “El pelo liso es para las
de buen pelo”. “Pero, hermana, ¡ella tiene
buen pelo!...”. “Pues si tiene buen pelo…
¡no se le nota!”.
Días antes de que naciera Simón, mu-
chos familiares se reunieron en casa de
los futuros abuelos Azucena y Armando.
Azucena alistó para esa ocasión una foto
de bebés de diferentes razas, donde cada
cual elegía el que pensaba que se parece-
ría más a Simón. Todos escogieron el más
moreno y de pelo negro.
Con su vida y con su muerte, la abue-
la Teresa se constituyó en un ícono de la
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BlancoPorcelana
belleza y la bondad, de eso que debería ser: una mezcla
de belleza, blancura y santidad. Así que, años más tarde,
las tías de Adita , Teresa de la Concepción, Carmen Rosa
de los Ángeles, Cielo de María Josefa, Blanca Azucena
del Sagrario y Ruth Gabriela Emperatriz, por el amor que
profesaban a la abuela Teresa, acotarían el término Blanco
Porcelana para desig-
nar esta condición de
la abuela, casi impo-
sible de alcanzar. La
blancura de la abuela
como una especie de
termómetro o escala
de grises a la cual ha-
bía que exponerse o
presentar a los recién nacidos, motivando las más negras
y acaloradas discusiones.
Así que esos nueve meses a la espera de Simón estu-
vieron rodeados de gran expectativa. La única que aque-
lla tarde había adivinado el color del bebé por nacer fue la
prima Sarita, quien pintó un cuadro al óleo de Simón ju-
gando: blanco y de pelo castaño claro, más claro aún que
el de su papá, lo cual sería una gran sorpresa para todos.
Una vez llegado al mundo y en su blanca cuna, prepa-
rada por su abuela, Blanca Azucena exclamó: “¡Ay, herma-
na, el niño es blanquito!”. A lo que una de sus hermanas
respondió: “¡No, hermana, no es tan blanquito! ¡Nunca
como el Blanco Porcelana de mi mamá!
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BlancoPorcelana
por Verónica Wiman
Curadora independiente.
F
ue en Cali, Colombia, durante
un debate en un seminario so-
bre arquitectura modernista
en el país, donde se reconoció
cómo la arquitectura contemporánea
sigue generando discriminación en el
espacio doméstico. Un pequeño cuarto sin
ventanas detrás de la cocina se asigna a la
“Negrita” o servicio doméstico para habi-
tar. Me acordé de mi primera visita a Cali,
en donde la empleada que había prepara-
do la deliciosa cena que íbamos a tener,
no se sentaría con nosotros para comer y
pasar un buen rato, se sentaría sola en el
área trasera. Siendo nueva en esta cultura
y extranjera, siendo yo, me era difícil dis-
frutar y permanecer en silencio.
¿Cómo podemos enfrentar y jus-
tificar el hecho de que la gran mayoría
de las personas que limpian nuestros
suelos y lavan nuestra ropa sean mujeres
negras? Algunas mujeres colombianas
educadas que estaban a mi alrededor, me
explicaban: “Ellas son parte de nosotros
y de nuestras familias, vivimos juntos de
manera natural”. Para algunas personas
estas mujeres son irreemplazables en la
vida cotidiana, y para muchos hombres
una forma placentera de seguirlas con la
mirada mientras pasan. En su introduc-
ción a “Enseñando a transgredir: La edu-
cación como práctica de la libertad”, Bell
Hooks escribe sobre los modelos de los
roles de las mujeres negras. En lugar de
las agendas o estrategias pedagógicas, las
profesoras negras con las que creció fue-
ron su más fuerte guía a través de la vida.
“No toques mis tomates… –can-
taba Calypso Mama en la década de
1940– todo lo que haces es apretarlos,
tocarlos, apretarlos, tocarlos…”. Audre
Lorde, poeta negra americana, que se
hace llamar guerrera, lo expone de otra
manera. Para Lorde, su propio cuerpo era
el texto. Su experiencia corporal, como
lesbiana, como madre, en una lucha hasta
el final contra el cáncer de mama, fue la
fuente de su escritura. Comprometida
con el cambio y la diferencia, identificaba
su poder y denunciaba. Lorde expresa la
forma como el poder femenino se pierde
y, si una mujer no lo usa, cómo puede ser
utilizado en su contra: “Este lago de poe-
sía del que hablo, no nos empoderará si
todo lo que hacemos es nadar en él. Debe-
mos tomarlo, llamarlo alimento, llamarlo
líquido, llamarlo lo que sea que encontre-
mos allí, y avanzar en nuestras vidas”.
¿Cómo podemos cambiar estructu-
ras y realidades raciales y opresivas, que
parecen estar tan arraigadas y perpetua-
das en la sociedad? El arte puede. Como
escritor de nuevas historias y creador de
nuevas realidades, el arte es un motor
poderoso y renovador. Alrededor del
mundo los artistas están contando estas
historias alternativas que no pueden ser
contadas o vistas en ningún otro lugar.
A menudo, las intervenciones penetran,
atraviesan, visualizan y crean este es-
pacio intermedio en el que las mentes y
los cuerpos puedan explorar desde sus
propios sentidos. El arte es fuerte y tiene
la capacidad de generar cambios, usando
imágenes y espacios emergentes para
romper tabúes. Donde la sociedad está
atascada, los artistas señalan o sugieren
posibilidades.
Cuando era niña y vivía en las Anti-
llas Caribeñas, era indudablemente una
persona blanca. La comunidad local de
la isla, acariciaba con curiosidad mi pelo
rubio y apretaba mi piel blanca, lo cual en
ese momento era más divertido que in-
quietante. Me sentía diferente, pero en-
tonces nunca pensé que dos tercios de la
población del mundo son de color y están
oprimidos por un tercio de la población
mundial que se llama a sí misma blanca.
Esto lo aprendería algunos años des-
pués, y más tarde en la vida trataría de
comprender y ver cuáles herramientas
podía crear, para ser arte y parte. Mucho
de esto veo en el trabajo de Margarita
Ariza, Blanco Porcelana, un proyecto que
se realiza en un lugar y un momento en
el que el tema tiene un relevante signifi-
cado. La importancia actual de este do-
cumento o monumento es fundamental,
para romper el silencio y sugerir otros
caminos para el futuro.
Verónica Wiman, 1975, Suecia. Curadora independiente, escritora y profesora,
trabajó en Cali Colombia en dos proyectos con comunidades, La Vida es un Teatro
y Terra Escola. Curadora del EAC espacio de arte contemporáneo del Museo la
Tertulia de Cali, donde realizó la curaduría de Allora & Calzadilla, Negrita/ Liliana
Angulo y Coco Fusco, Yang Fudong, NORAMTIVO con Carlos Motta y LTTR, en
2011 entre otros. Entre sus proyectos curatoriales en Colombia se encuentran Oreja
Roja, Bogota y United Fruit Fallen Fruit, Lugar a Dudas. Cali en 2009. Curadora
invitada Yerba Buena Center for the Arts (san Francisco), Los Angeles Contemporary
Exhibitions (Los Angeles) Galería de arte Johannesburgo y Bildmuseet, curadora
en residencia en ISCP en New York y en NIFCA en Helsinki y en el Centro de
Arte Banff . Trabajó también en la Bienal de Estambul en 2001. Fue miembro del
equipo curatorial de Radiodays y De Appel Amsterdam. Fue profesora adjunta
de la Universidad de San Francisco. Su campo de investigación gira alrededor de
la interdisciplinariedad y la práctica social en artes, explorando la política y las
expresiones relacionales en el espacio público.
21-
BlancoPorcelana
Blanco Porcelana propone una reflexión
en torno al racismo a partir de frases
cotidianas y prácticas de belleza en las
cuales la discriminación se asoma de ma-
nera velada. Un racismo heredado  y casi
imperceptible. Una construcción cultural
incuestionada, que ha sido transmitida de
generación en generación.
Blanco Porcelana recurre a diferentes
medios, entre ellos una cartilla que con-
tiene “un cuento de hadas”, una historia
familiar con sus frases acostumbradas,
que subraya un modelo colonial aún vi-
gente.
A partir de dibujos intervenidos, es-
tablece una relación entre los sistemas de
clasificación racial de la época de la colo-
nia, imágenes de la historia del arte occi-
dental y la gran variedad de productos de
belleza usados hoy en día, cuestionando
la concepción del arquetipo de belleza
heredado y reproducido mediáticamente,
directamente relacionado con la discri-
minación racial.
La instalación alude a una escena
familiar, un cuarto de bebé, que invita al
espectador a preguntarse por este ideal
bajo el cual hemos nacido.
 La reflexión que plantea este tra-
bajo es necesaria dentro del contexto
latinoamericano, colombiano y local, ya
que aborda el tema del racismo hoy, no
desde el punto de vista tradicional de las
grandes manifestaciones racistas, sino
centrándose en el aspecto velado de esta
problemática, más peligroso porque per-
petúa estas creencias, usos y prácticas a
través de las generaciones.
 El tema es abordado desde la pers-
pectiva de una familia mestiza, como un
ejemplo de muchas familias de Latino-
américa y otras regiones del mundo que
se formaron bajo la influencia de las co-
lonias europeas. Cuestiona el contenido
transmitido a través de simples frases
familiares y prácticas de belleza que se
van tejiendo en la costumbre, siendo
éstas más difíciles de contrarrestar que
aquellos asuntos que serían susceptibles
de ser legislados.
Frases y creencias que aún circulan
en muchas familias sin ningún cuestio-
namiento, expresiones cotidianas como:
“Éste nació blanquito, ¡limpiecito!” o
“¡Ella fue la única que sacó los ojos claros
de mi mamá! Esperemos, de pronto en
la tercera generación…”, entre muchas
otras.
Dentro de la oferta de productos de
belleza es frecuente encontrar desde pro-
ductos de supermercado hasta tratamien-
tos especializados que prometen alisar el
pelo, aclarar el tono de la piel, el pelo o las
axilas, cosméticos para lucir más blancos,
alisados permanentes, blanqueamiento
de zonas íntimas, entre otros. Bajo este
tipo consumo, subyace el modelo de be-
lleza, que una gran parte de la población
se esfuerza en alcanzar y que ha contri-
buido a moldear nuestras costumbres y
usos de lo que se considera adecuado,
bello y con clase.
Los nombres de estos productos
hacen visible, esa pretendida superiori-
dad de lo blanco: White Perfect, White
Secret, Blankísima, Fair and White, entre
otros. Fabricados por multinacionales
que se lucran de estos modelos, vendien-
Intervenciones
D
espués de realizar una in-
tervención en el sistema de
transporte integrado Trans-
metro de Barranquilla, Blanco
Porcelana, se exhibe en la Galería Habitat
80, del 29 de octubre al 12 de noviembre
de 2011.
La primera se llevó a cabo en las
estaciones Joe arroyo, Parque cultural y
Catedral,desde el 12 de octubre, día de
la raza, (aún conserva este nombre en
Colombia), por espacio de una semana.
Incluyó la intervención sobre el audio del
sistema en el cual se repetían de manera
contínua las frases familiares, mientras
que los pasajeros esperaban su bus y la
video instalación de la cuna, era visitada
a la entrada de la estación. Se instalaron
espejos a lo largo del corredor de la esta-
ción con diferentes aspectos de cabello.
En las tres estaciones se adhirieron fra-
ses familiares en paneles y vidrios.
La segunda instalación se lleva a
cabo en un lugar de consumo, siendo el
entorno del almacén Fedco un espacio
representativo en la venta de productos
de belleza, que ha ubicado en medio de la
peluquería y el spa, una galería destina-
da a exposiciones de artistas del caribe.
Durante esta intervención, además
de la video instalación, se entrega una
postal que muestra un conjunto de imá-
genes de productos de belleza interveni-
dos con las castas coloniales que contiene
nombres de productos y frases extracta-
das de su publicidad y empaques. Otros
elementos que hacen parte de esta inter-
vención son la cartilla y una polvera, en
donde el espejo impreso con la imagen de
la abuela Teresa, (ideal de belleza), impide
que el espectador, aprecie completamente
su reflejo.
do en cada país lo que supuestamente te
proporcionará la apariencia adecuada.
Uno de estos fabricantes se llama Rubia
Industries y, al igual que nos vende aquí
su crema aclaradora, la vende también en
Oriente para que los asiáticos puedan ser
menos amarillos y más blancos. Un ne-
gocio multinacional que se alimenta y se
beneficia de esta diferenciación.
Muchas de nuestras prácticas y ex-
presiones populares no obedecen a una
ideología conscientemente racista, sino a
un modelo heredado y desconocido para
muchos, del cual es difícil sustraerse. ¿No
se preguntan por qué es mejor el cabello
liso liss perfecto, que el pelo cucú? Es la
Colonia vigente hoy, alojada en nuestras
casas, presente en nuestras palabras,
trenzada en nuestra cabeza, pero imper-
ceptible en nuestra memoria.
Partiendo de una experiencia perso-
nal, a manera de ejemplo, Blanco Porcela-
na conecta profundamente con la realidad
social de nuestro país y con la herencia
colonial que aún perdura y se refleja en
nuestras acciones más cotidianas.
Así pues, la misión de la práctica
artística en este caso es la de levantar
este velo y ofrecer un “espejo” para reco-
nocerse y repensarse.
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BlancoPorcelana
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BlancoPorcelana
29-
BlancoPorcelana
Este utilísimo
instrumento que
puedes tener en
casa, te permitirá
identifcar
y clasifcar
apropiadamente a
cada miembro de la
familia.
Los marrones puede hacerse
en casa para obtener un look
suave y gracioso, enrolla en
papel cada gajo de tu pelo y
asegú- ralo, al día siguiente
retira el papel y
obtendrás este
bello efecto, lucirás
sutil y delicada.
cucú cucú
d
e
bajo d
e
l
agua
!
Te
nd
ría
que arre
-
glarm
e los
la
bios
si vas a la
ofcina
lo mejor será
lucir un
liso perfecto!
al hacer la
prueba
te darás
cuenta
que algunas pie-
zas no encajan
atévete a re-
componerlos!
en rea-
lidad no
es tan
blanquito
Pelu, pero
a ti que te
pasó?
Azuceni-
ta tuvo
un niño
negrito
negrito
negrito
para evitar
el frizz
utiliza
SIEMPRE
crema de
peinar
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BlancoPorcelana
¿A ti que te pasó si tú tenías
el pelo liso?
es blanca?
¿Pero tu esposa
negrito negrito negrito.
Azucenita tuvo un niño
blanco porcelana,
No hermana el niño si es blanquito,
como mi mamá.
Ella si fue la
única
que sacó los ojos de mi mamá, esperar
de pronto en la tercera generación…
La negra
y la más negra.
aplícate el protector, porque
no puedes
oscurecerte más!
Pero si ella tiene buen pelo,
no se le nota.
Y tú mamá tenía una rata?
al menos era BLANCA Hoy no se peinó
¿Y ese peinado?
Usted no se peinó , salga de clase
y vaya a peinarse. pásese la
peinilla.
Miss trapero.
yo tenía el pelo liso y un día le preste el
cepillo a un amigo y quede así.
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Por supuesto los labios.
¿Tú que te operarías?
Pelo Indio.
Pero tu tienes cuerpo de negra.
¿La tía Sara era muy morena?
“Nooooo.”
aceptamos negras.
Aquí no
No se puede
comparar con el
blanco porcelana
de mi mamá.
Los únicos que se
parecen son los hijos
de Flor.
¿Por qué carga a la hija de la empleada? No es la niña de la casa.
Pero tu mamá es blanca.
negro
Nadie.
en la familia?
¿Pero quién es
Es maluquito, morenito,
no tiene porte.
El si salió bello,
rosado blanco.
negra color de coche, ojitos de
mapalé, en el pecho tiene un
broche, que le sirve de alfler.
Yo soy blanca
y tu eres negra,
en un momentito me pongo negra
A mi me toca a la sombra porque
Se ha degenerado!
Antes el gobierno departamental
Y municipal, en las corporaciones
Públicas la gente era conocida,
Distinguida, de bien. Y ahora son
Puros negritos
Sol no.
Yo no voy al paseo.
Se estiraba el pelo como
cabrestante de buque.
Como tenía el pelo apretado,
manchadas?
¿Tiene las axilas
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Pelo maluco
Nosotras salimos de
para que te veas bien bonita.
Alísate el pelo,
¿Tiene una línea divisoria
en las manos?
Es una negra pero fna,
tiene facciones de blanca.
La abuela angelina adoraba a la tia for , es que ella si saco la herencia
Solo ella y su hijo jairo orlando.
de la pura raza blanca rubia y ojiclara.
Este Nació blanco, limpiecito.
Josefa barros
CENSURADO CENSURADO
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