PLATÓN 109

60. EL PROBLEMA POLÍTICO COMO PROBLEMA DE LAS LEYES
La última actividad de Platón está dedicada aún al problema político. En el
Político, Platón investiga cuál debe ser el arte propio regidor de pueblos. Y la
conclusión es que este arte debe ser el de la medida ·, en cualquier cosa, en efecto,
es preciso evitar el exceso o el defecto y encontrar el justo medio. Toda la ciencia
del político consistirá esencialmente en buscar el justo medio, lo que es en
cualquier caso oportuno u obligado en las acciones humanas. La acción política
debe "tejer juntamente" en interés del Estado las dos índoles opuestas de los
hombres valientes y de los prudentes, de manera que se atemperen en justa
medida dentro del Estado la prontitud de acción y la sabiduría de juicio. Lo
mejor sería que el político no dictase leyes, puesto que la ley, siendo general, no
puede prescribir con precisión lo que es bien para cada cual. Las leyes son, sin
embargo, necesarias dada la imposibilidad de dictar prescripciones precisas a cada
individuo; y se limitan, por tanto, a indicar lo que genérica y aproximadamente es
mejor para todos. Sin embargo, una vez establecidas de la mejor manera, se
conservan y respetan y su ruina implica la ruina del Estado. De las tres formas
de gobierno históricamente existentes, monarquía, aristocracia y democracia, cada
una se distingue de la correspondiente forma corrompida precisamente por la
observancia de las leyes. Así, el gobierno de uno solo es monarquía si está regido
por las leyes; es tiranía si no tiene leyes. El gobierno de unos pocos es
aristocracia cuando está gobernado por leyes, oligarquía cuando está sin leyes, y
la democracia puede estar regida por leyes o gobernada contra las leyes. El
mejor gobierno, prescindiendo de aquel gobierno perfecto esbozado en la
República, es el monárquico, el peor es el tiránico. Entre los gobiernos
desordenados (esto es, privados de leyes), el mejor es la democracia.
De tal modo el problema político, que en la República se consideraba como el
problema de una comunidad humana perfecta, y por lo tanto en su aspecto moral,
adquiere un carácter más determinado y específico en la última fase de la
especulación platónica; y se convierte en el problema de las leyes que han de
gobernar a los hombres encaminándoles gradualmente a convertirse en ciudadanos
de aquella comunidad ideal. Al problema de las leyes se dedica en efecto la última
obra platónica, que es también la más extensa de todas, el diálogo en XII libros
titulado Las leyes, publicado por Filipo de Opuncia después de la muerte del
maestro. Platón se muestra aquí más vivamente consciente de la "debilidad de la
naturaleza humana" y por esto considera indispensable que incluso en un Estado
bien ordenado existan leyes y sanciones penales (854 a). Pero la ley debe conservar
su función educativa; no debe sólo mandar, sino también convencer y persuadir de
la propia bondad y necesidad: cada ley debe, por tanto, tener un preámbulo
didáctico, semejante al que se antepone a la música y al canto. Respecto al castigo,
ya que nadie acoge con gusto en el alma la injusticia que es el peor de todos los
males, no debe ser una venganza, sino que sólo debe corregir al culpable moviéndole
a libertarse de la injusticia y a amar la justicia.
De esto resulta que el fin de las leyes es el de promover en los ciudadanos la
virtud, que, como ya enseñaba Sócrates, se identifica con la felicidad. Y no
deben promover una sola virtud, por ejemplo, la valentía guerrera, sino