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LA ILÍADA Homero está considerado como el primer gran poeta y escritor de la historia.

Fue el primero que tuvo la capacidad de reunir y ordenar una serie de mitos y leyendas populares de carácter oral para crear dos grandes obras: la Odisea y la Ilíada. En la Odisea se cuentan las aventuras de Odiseo en el período de tiempo que transcurre entre que parte de la ciudad de Troya y el momento en que llega a casa; y la Ilíada narra los últimos 51 días de contienda entre los griegos y los troyanos, aunque también se cuentan momentos anteriores que nos ayudan a entender situaciones, e incluso momentos futuros, que hacen que el interés por la historia sea mayor. La genialidad de ambas obras es tal, que muchísimos intelectuales dudan que Homero fuese el autor de las dos, o incluso de ninguna. Y es que la existencia de Homero es todavía hoy en día incierta, pues no se tienen datos algunos sobre su vida, aunque también es cierto que en sus obras existe una creación y reinterpretación de tipos. Aun así la fecha en las que fueron escritas es confusa, pues no se sabe si la Ilíada se creó en el S. VII a.C. o en el S. VI a.C. Lo único que está claro es que las dos obras existen. La Ilíada es el poema escrito más antiguo de la civilización occidental. Consta de 24 cantos, en los que el tema principal es la cólera de Aquiles (decorado por la Guerra de Troya). No se utilizaba como mero entretenimiento, como se puede pensar en la actualidad, sino que su función era la de enseñar a los griegos a ser griegos. Esto significa que les mostraba cosas de su historia (aunque cuente una leyenda se consideraba real), y cómo debían actuar ante distintas situaciones, pues los personajes que aparecen, incluso siendo dioses o héroes, sienten celos, rabia, ira, amor, miedo, son hipócritas, obstinados, obsesos, arrogantes... es decir, estaban humanizados. Por ellos los griegos debían conocer este poema, y saber aplicarlo en su vida cotidiana. La Ilíada cuenta realmente la Guerra de Troya. Los griegos están asediando la ciudad troyana, pues desean recuperar a la esposa de Menelao, Helena, quien ha sido raptada por Paris, Hijo del rey Príamo de Troya, y hermano de Héctor. Para ello, los helenos cuentan con la ayuda de Aquiles, idolatrado por todos debido a su valentía, quien había acudido a la batalla en troya para después retirarse al considerar que Menelao lo había ofendido y deshonrado. Esto provoca que los griegos empiecen a perder contra los troyanos, pues su mejor guerrero no se encontraba en la lucha. Para que esto cambie, aparece Patroclo, el mejor amigo de Aquiles, quien se hará pasar por su compañero en la pelea para que los griegos recuperen su ánimo y fuerza. Pero muere a manos de Héctor y además lo deshonra al quitarle su armadura y no permitirle a los griegos que le hagan honras fúnebres. Esto error cometido por Héctor fruto de su codicia y egoísmo es duramente pagado, pues Aquiles decide entonces acudir a la guerra y vengarse de su amigo. Y ese momento precisamente es el que se narra en este fragmento del canto XXII: El esclarecido Héctor se inclinó para evitar el golpe: se clavó la broncínea lanza en el suelo, y Palas Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio Pelión: -¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras, para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y

frente a frente te acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza ¡Ojalá que toda ella penetrara en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los teucros, si tú murieses; porque eres su mayor azote. Así habló, y blandiendo la ingente lanza, la despidió sin errar el tiro; pues dio un bote en medio del escudo de Pélida. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al ver que aquella había sido arrojada inútilmente por su brazo; se paró, bajando la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo, el de luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces Héctor lo comprendió todo y exclamó: -¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmigo, pero está dentro del muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros. Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, a su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Hefesto había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche, de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura de bronce que quitó a Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor, que ya lo atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo: -¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos le harán honras fúnebres. En este texto considero que hay tres momentos clave que se han de analizar, que, además de ser importantes para comprender el texto en sí, sirven para lograr comprender la historia al completo. Esos momentos son:

-Héctor cree poder vencer: al comienzo del texto, Aquiles falla un golpe contra Héctor. Éste cree descubrir en ese momento toda la trama que sospecha que se ha maquinado a su alrededor, pues piensa que Zeus no le había revelado a Aquiles su muerte, lo que hace que se confíe y arremeta con más fuerza. Para su desgracia este pensamiento es totalmente erróneo. Además, es importante ver la reflexión de Héctor. Al ver cómo Aquiles falla el golpe, no piensa que Zeus se haya podido equivocar en su predicción, sino que Aquiles se lo ha inventado todo para ponerle más nervioso y tener ventaja sobre. Y es que en la Antigua Grecia, consideraban que lo que decían los dioses se cumplía, es decir, creían plenamente en el destino, y si alguien estaba destinado a morir de un modo moría de ese modo. También es importante fijarse en la ayuda que le presta Atenea a Aquiles, a pesar de que Zeus hubiese dicho que los dioses no podían ayudar a ningún bando. Aun así, los dioses estuvieron ayudando durante todo el transcurso de la batalla a sus protegidos, pues como ya he dicho antes, los dioses también sienten envidia y otros sentimientos al igual que los humanos. -Héctor se da cuenta de que la profecía es cierta: en esta parte, Héctor vuelve a ver que realmente Zeus había hablado con Aquiles y le había revelado su destino. Héctor se da cuenta de esto al intentar pedirle una lanza a su hermano Deífobo, quien creía que se encontraba a su lado, luchando con él, pero no, pues Héctor había sido engañado por Atenea, y Deífobo se encontraba en realidad dentro de la ciudad. Aquí Héctor acepta su destino tal y como es, aunque decide luchar hasta el último momento para poder así adquirir un poco más de honor. -Héctor es asesinado a manos de Aquiles: en este momento, Aquiles consigue por fin llegar con la lanza al único punto débil que tiene Héctor, su cuello, pues es el único lugar que no cubre la armadura de Patroclo. Este momento está descrito de forma muy gráfica pero breve, pues mientras uno lo lee puede imaginarse perfectamente cómo la punta de la lanza le atraviesa el cuello a Héctor hasta aparecer por la nuca. A pesar del mortífero golpe, Aquiles puede decirle unas palabras a su enemigo antes de que muera, palabras que muestran cómo él también pecará de egoísta e hipócrita, por lo que también será castigado. Y es que Aquiles le echa en cara a Héctor que él no permitió que Patroclo tuviese unas honras fúnebres decentes, mientras que le dice que él será devorado por aves y perros, justo lo mismo que Héctor había hecho y por lo que fue castigado. Aun así, Aquiles que no es consciente de lo que su acción le va a suponer, decide quedarse con el cadáver y no entregárselo a los griegos, y además arrastrar su cuerpo alrededor de la ciudad. Posteriormente Príamo acudirá ante Aquiles para pedirle el cadáver de su hijo.