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Delitos de lesa humanidad en Argentina.

Una mirada parcial de la defensa de los “derechos humanos”, nos ha llevado a
suponer que existe una sola forma de clasificar los delitos contra la humanidad. Una
extraña ideología maniquea, nos ha hecho suponer que los homicidios organizados por
las dictaduras militares son atroces, en comparación con las idealistas matanzas
terroristas de los años setenta. Mientras a un grupo se los califica como demonios y
atroces torturadores, a otro se lo exalta como un grupo de mártires y santos preocupados
por el bien de la comunidad. El recuerdo de la sangre de miles de víctimas, parecería ser
el resultado de un pequeño grupo de militares trastornados, que deseaban aniquilar a
toda una generación de ciudadanos.
De este modo, se intenta definir a los “delitos de lesa humanidad” como a aquellos
que se cometen desde el Estado. Es decir, que cuando desde el Estado se mata o se
tortura, se cometen este tipo de delitos que no prescriben. Pero cuando este delito es
cometido por terroristas o guerrilleros, que hacen uso de su iniciativa privada, sólo se
trata de delitos comunes. Cualquier integrante de un grupo armado, que haga volar
edificios por los aires, que aniquile a un grupo entero de políticos o a una población
indefensa, deberá ser tratado como un criminal común. Es decir, que si logra
permanecer un suficiente tiempo prófugo y oculto, deberá ser dejado en libertad.
Mientras que los actos ilegítimos de terrorismo, cometidos desde el Estado, merecen un
castigo ejemplar. A esta mirada parcial de la realidad, se adhieren distintos grupos
terroristas tales como Al Qaeda, Hezbollah, ETA o las FARC. Sus miembros se niegan
a ser tratados como delincuentes peligrosos, pues sostienen que su lucha armada se hace
en nombre de nobles ideales. Se niegan a ser reconocidos como genocidas o criminales
de guerra, basándose en que sus matanzas no se cometen al amparo de Estado.
Sostienen que son los lideres de una “guerra justa” a favor del pueblo y la cultura que
dicen representar. Por lo tanto, sus nobles ideales y su venerable mesianismo, no
merecen pena alguna.
Sin embargo, un fallo ejemplar del Procurador de la Corte Internacional de Derechos
Humanos de La Haya, el señor Carlos Moreno Ocampo, ha declarado que todos los
asesinatos masivos, son “delitos de lesa humanidad”. Es decir que no prescriben.
Consideró que tanto los crímenes cometidos por la guerrilla, como los perpetrados por
la Junta Militar o la Triple A, deben ser considerados delitos de “lesa humanidad”.
Según sus palabras: “Un crimen de lesa humanidad es una ataque sistemático y
organizado contra la población civil. Si pudiera probarse que grupos guerrilleros
realizan esos crímenes, podría afirmarse que cometen crímenes de lesa humanidad. En
el Estatuto de Roma no hay nada que exija que sólo el Estado pueda cometer tales
crímenes. En cualquier país, si se probara que una guerrilla produjo ataques masivos y
sistemáticos contra la población civil, estamos ante crímenes de lesa humanidad”1.
Las convenciones internacionales incorporadas a la Constitución Argentina, definen
a los delitos de lesa humanidad como “actos inhumanos contra la población civil o
persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos”. Pero existe todavía una gran
discusión respecto a qué tipo de delitos están considerados en esa categoría. La
sentencia de la Corte Suprema del 14 de junio de 2005, declaró inconstitucionales las
leyes de punto final y obediencia debida, abriendo la puerta para juzgar a quienes
utilizando las estructuras del Estado, participaron en actos ilícitos, durante el proceso de
represión de los delitos subversivos. Esto permitirá que quienes ya fueron juzgados e
indultados, vuelvan a ser procesados por este tipo de delitos imprescriptibles.
1
Diario Provincia online, Buenos Aires, 16 de marzo de 2008.

1
Hasta el momento, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, entendió que sólo son
delitos de lesa humanidad, aquellos crímenes cometidos con participación del Estado.
Pero rechazó como tales, a los delitos cometidos por células terroristas. Aclaró que este
tipo de delito, queda definido a través de la adhesión al dictamen del fiscal Esteban
Righi en un caso de tortura perpetrado durante el año 1988. En este fallo, se sostenía
que el “delito de lesa humanidad” es uno de los actos descriptos en el Estatuto de Roma,
según el cual debe ser desarrollado por el propio Estado, a través de una política que
atenta sistemáticamente contra los derechos fundamentales de una sociedad civil o un
grupo determinado de esta. Aclaró además, que un delito por más insidioso que sea en
su metodología, no es por sí un crimen de lesa humanidad. La gravedad metodológica
del delito, no es lo que lo transforma en un crimen imprescriptible, sino que sea llevado
a cabo por aquellos que tienen por finalidad defender o garantizar la convivencia
pacífica. La estructura del Estado ha sido una creación política, para posibilitar la
convivencia pacífica de la sociedad. Le otorgamos el monopolio de la fuerza para que
vele por nuestros derechos y garantías. Por o tanto, los riesgos de que dicha creación se
vuelva en contra de quienes tiene que proteger, constituye un crimen contra la
humanidad.
Esta especie de esquizofrenia, que divide el espíritu de nuestras leyes, nos hace vivir
una extraña contradicción. Mientras los crímenes perpetrados por grupos guerrilleros,
son condenados por las leyes internacionales, en nuestro país se mantienen en la más
absoluta impunidad. Mientras nuestra justicia, amparada en la constitución, da libertad a
terroristas, el mundo los condena. Este doble estándar de nuestra constitución, hace que
este tipo de delitos se interpreten de una manera en la justicia doméstica y de otra en la
justicia internacional. Suena extraño que un gobierno que se dice respetuoso de los
derechos humanos, haga uso de ciertas engañosas herramientas jurídicas, para amparar a
un grupo de asesinos. Mientras descarga su odio y su rencor contra los pálidos despojos
de las Fuerzas Armadas; fomenta la impunidad y la soberbia en quienes las
combatieron.

Genocidio y crímenes contra la humanidad: La definición de crimen contra la
humanidad o crimen de lesa humanidad, expresada en el Estatuto de Roma de la Corte
Penal Internacional comprende las conductas tipificadas como asesinato, exterminio,
deportación, tortura, violación, desaparición forzada, secuestro o cualquier acto
inhumano que cause graves sufrimientos o atente contra la salud mental o física de
quien lo sufre. La única condición que define a estos crímenes es que dichas conductas
se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población
civil y con conocimiento de dicho ataque.
Este tipo de delito, no sólo lo comete un Estado, sino también una organización
política. Por lo tanto, aquellos crímenes tales como atentados, secuestros, torturas o
asesinatos cometidos por una organización terrorista o guerrillera también pueden ser
encuadrados como crímenes de lesa humanidad. La palabra leso significa agraviado,
lastimado, ofendido. Por ello, estos tipos de crímenes son de una naturaleza aberrante,
que ofende, agravia e injuria a la humanidad en su conjunto. Se trata de delitos que no
prescriben, en razón de su gravedad. Es decir, que quienes los cometen, pueden ser
perseguidos en todo momento.
El genocidio o asesinato de masas es un delito internacional, clasificado dentro del
género de crímenes contra la humanidad. Se trata de cualquiera de los actos perpetrados
con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o
religioso. Estos actos comprenden la muerte y lesión a la integridad física o moral de los

2
miembros del grupo, el exterminio o la adopción de medidas destinadas a impedir los
nacimientos en el grupo.
La palabra genocidio fue creada por Raphael Lemkin en 1944, utilizando las raíces
genos (del griego familia, tribu o raza) y cidio (del latín cidere, matar). Lemkin quería
referirse con este término a las matanzas por motivos raciales, nacionales o religiosos.
Su estudio se basó en el genocidio perpetrado contra el pueblo armenio en 1915. No
sólo definió este tipo de crímenes aberrantes, sino que se preocupó por que las normas
internacionales lo prohiban.
El Acuerdo o Carta de Londres de 8 de agosto de 1945, que estableció el Estatuto del
Tribunal de Nuremberg, definió como “crímenes contra la humanidad” el “asesinato,
exterminio, esclavitud, deportación y cualquier otro acto inhumano contra la población
civil, o persecución por motivos religiosos, raciales o políticos, cuando dichos actos o
persecuciones se hacen en conexión con cualquier crimen contra la paz o en cualquier
crimen de guerra”.
Por conformar parte de los delitos de lesa humanidad no prescribe. Pero en el caso
argentino, no se puede decir que la junta militar haya cometido genocidio. Pues este
delito consiste en “una negación del derecho a la existencia a grupos humanos enteros”
y no a un pequeño grupo de una sociedad. Es decir, que tiene un carácter masivo, en el
ataque a grupos nacionales, étnicos, raciales o religiosos. Los militares alegan que se
vivió una etapa de “guerra sucia”, queriendo de alguna manera justificar ciertos actos de
represión indiscriminada. Sin embargo, algunos movimientos de derechos humanos,
quieren extender la definición de genocidio a este tipo de delitos. Se incluirían así en su
extensión, los delitos perpetrados en nuestro país por motivos sociales y políticos,
durante la dictadura militar.

Derechos humanos e ideología: Desde los primeros años de la restitución de la
democracia, se intentó mostrar la existencia de una estructura militar, creada por el
Estado, para atacar a un sector de los argentinos. Después de muchos años de aquella
etapa oscura de nuestra historia, aún las heridas parecen no haber cicatrizado. En
algunos grupos, permanece una cierta sed de venganza, fomentada por el odio y el
resentimiento. Esto genera una profunda revancha por parte de quienes cuentan con más
medios de comunicación y poder para imponer sus ideas. Desde un primer momento,
tanto los informes de la CONADEP, como algunos medios de comunicación, generaron
una cierta confusión de lo acontecido. Una crítica llevada a cabo por un grupo de
abogados a tal informe nos dice: “El informe comienza con una referencia a Italia… en
ningún pasaje intenta siquiera explicar porque en un país como la Argentina… de
población homogénea, pacífico por naturaleza, sin odios raciales, con una gran mayoría
religiosa cayó en un método tan distinto al que aquel otro país utilizó. Su lectura llevaría
a pensar que todo ocurrió repentinamente cuando una mañana, culminado el mes de
marzo de 1976, un grupo de alucinados militares argentinos se alzaron con el poder
dispuestos a terminar, por el método más rápido y sangriento posible, con un sector de
los ciudadanos del país. ¿Quiénes eran esos militares?, ¿fueron quizá adoctrinados
cuando cadetes para cumplir esta terrible misión?, ¿o quizá la locura se apoderó de
ellos, después, por una razón todavía ignorada? Ninguno de estos interrogantes
encuentra explicación en el informe, probablemente porque la respuesta sea mucho más
compleja que la tesis que presenta”2.
En cualquier matanza o genocidio, siempre se observan una serie de causas o
acontecimientos históricos que dan una explicación de lo acontecido. Pero para ciertos
2
Definitivamente nunca más, Fores, Buenos Aires, 1985.

3
pensadores de nuestra nación, parecería que el horror de aquella época, brotó
espontáneamente de la mentalidad de algunos militares trasnochados. Resultaría muy
simple culpar de todo lo sucedido a un pequeño grupo de las Fuerzas Armadas. Pero
esto le quitaría responsabilidad a las fuerzas civiles, a los partidos políticos, a los
dirigentes o las instituciones, que contribuyeron en mayor o menor medida a destruir las
vías legales. Es posible que algunas razones de aquellos momentos oscuros
permanezcan ocultas. Aunque sin duda, la ausencia de un sistema legal eficiente para
combatir la subversión, ha tenido una gran influencia. Es decir, que cuando las leyes se
hacen débiles, las armas y la violencia comienzan a tomar fuerza. Cuando la excesiva
misericordia va desdibujando la justicia, la crueldad y la violencia, se apoderan de la
sociedad.
El 26 de marzo de 1973, en el primer día de gobierno de Cámpora, mientras el caos
se apoderaba de las calles, se dictó una ley de amnistía general. Mientras en la Casa
Rosada se preparaba un decreto de indulto, en la cárcel de Devoto se labró un acta
haciendo constar que los presos se liberaban “bajo responsabilidad” de siete diputados
allí presentes. Los beneficiados comenzaron a salir junto a una buena cantidad de presos
comunes que aprovecharon la confusión reinante. La liberación incluyó presos políticos
ubicados desde la extrema izquierda a la extrema derecha. Pero por sobre todo
terroristas de organizaciones armadas, condenados por jueces comunes y otros por la
Cámara Federal en lo Penal (creada en 1971), por delitos tales como homicidios,
atentados con explosivos, toma de comisarías y pueblos. Esto permitió echar un manto
de olvido sobre todo lo ocurrido e impidió el juzgamiento y sanción a los subversivos.
Por medio de esta ley, los terroristas podían actuar libremente, ofrecer conferencias de
prensa y circular por todo el país, expandiendo su lucha armada. Esta actitud, junto con
la derogación de la legislación de la ley antisubversiva, dificultó de manera notoria el
combate contra la guerrilla. Entonces, cuando las fuerza de seguridad detenían a algún
guerrillero peligroso, no tenían muchas alternativas, puesto que si lo entregaban a la
justicia a los pocos días salía en libertad. Así el delincuente seguía matando y
cometiendo atentados en la más absoluta impunidad. A esto se agregó la disolución del
tribunal creado en 1971, que entendía en los delitos de subversión. Este tribunal actuó
desde julio de ese año hasta mayo de 1973. Su importancia fue vital y permitió un
juzgamiento rápido y efectivo de cientos de delitos vinculados a la subversión. En poco
más de 22 meses dictó condenas contra más de 600 acusados, estando procesados en la
cárcel más de 2000 en el momento de su disolución. Por ello, quienes fueron liberados
por este indulto, persiguieron a los miembros de esta Cámara Penal y asesinaron a
varios de ellos. A partir de ese momento, hasta 1976 la justicia prácticamente no dictó
una sola condena contra un terrorista, tornado ineficaz el sistema legal.
Al mismo tiempo, el apoyo de algunos medios, mostraban el robo, el asesinato y el
secuestro de personas, como una serie de manifestaciones de “resistencia legítima ante
la opresión”. De este modo, los delincuentes hacían alarde de sus asesinatos,
mostrándolos como actos patrióticos. Justificaban de manera impune el accionar
delictivo de las células terroristas, pensando que el mismo culminaría una vez que se
restaurara el orden democrático. Así la sociedad Argentina, a través de su legisladores,
decidió considerar como actos lícitos de resistencia a la opresión a verdaderos crímenes
de lesa humanidad. Aunque en palabras de los asesinos del coronel Irribarren, su idea
era: “Con los votos al gobierno, con las armas al poder. Con las urnas conseguimos el
gobierno, pero tanto nosotros como nuestros enemigos sabemos que el poder brota de la
boca del fusil”3. Esta ideología del terror y la violencia, conllevaba en sí misma, un
culto a la muerte y el escaso respeto por la vida. Bajo el imperio de esta terrible lógica,
3
La Nación, 6 de abril de 1973.

4
la vida de un policía o un militar valía muy poco, mientras la inmolación de un joven
era un digno gesto de exaltación por la humanidad.
Además, detrás de los miles de jóvenes que cometieron sus ilícitos durante el
gobierno democrático, hay una serie de ideólogos que en nada se han preocupado por
sus vidas. Detrás del las manos que gatillaron o hicieron explotar sus bombas, hay una
serie de personas que envenenaron sus mentes, incitándolos a cometer semejantes
aberraciones. Así el ex montonero Horacio Verbitsky, acusado de hacer volar el casino
de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal en 1976, manifiesta la falta de
piedad que los ideólogos y líderes tuvieron con cientos de jóvenes que se entregaron a la
laucha armada, cuando la derrota ya era un hecho. Con sus palabras lo expresa de la
siguiente manera: “En esos años hubo un giro militarista por parte de lo poco que
quedaba de las organizaciones guerrilleras. Esto favoreció el exterminio por parte de la
dictadura. La conducción montonera en el exilio mandó al matadero, a morir
inicuamente, a una cantidad de gente valiosa. Hubo mucho desprecio por la vida de los
militantes. En primer lugar… por parte de los asesinos de la dictadura que los mataron...
Pero también por parte de las conducciones que nunca valoraron la preservación de la
vida de los compañeros como un objetivo importante, que más bien creían que la sangre
de los compañeros que morían era una bandera que ellos iban a llevar a la victoria…
Esto ayuda… a que veamos la realidad completa… La estrategia nuestra no era salvar
gente. Si hubiésemos tenido esa estrategia, directamente no empezábamos. La estrategia
era transformar la estructura de poder en Argentina, no salvar gente”4.
Mientras un grupo de ideólogos se dedicaron a manipular las mentes de miles de
jóvenes, quienes estaban en el poder contribuían a dejar indefensas a las fuerza armadas.
Quienes sembraban el odio y promovían la violencia como único medio para
transformar la realidad, se creían los iluminados y capaces de decidir sobre la vida de
otros. No es fácil analizar los motivos psicológicos que pueden llevar a un joven a
inmolar su vida por un ideal incierto. Aunque pueden resultar muy emotivas las
palabras de un padre respecto de lo que llevó a su hija a inmolarse: “Adriana murió en
una tarde de 1977, despedazada por una bomba que le estalló en las manos mientras ella
se aprestaba a ponerla en una comisaría… En lugar de Adriana sus padres vieron llegar
una comisión policial que habría de llevarlos a identificar su cadáver… Ocurre que la
criminalidad del régimen instaurado en la Argentina el 24 de marzo de 1976 es un
clarísimo dato de la realidad, poco menos que universalmente reconocido y condenado
como tal. El mal, aquí, está a la vista. No necesita ser descubierto, desentrañado,
identificado bajo apariencias engañosas y revelado a conciencias que lo ignoraban. Su
ostensibilidad es tanta, que cualquier empeño en condenarlo resulta un ejercicio literario
o una tautología retórica… Las responsabilidades que se esconden en la muerte de
Adriana, en cambio son más esquivas, menos reconocibles… Con horror pienso en el
trágico fin de Adriana y en la personalidad de quien pudo haberla programado para esta
inmolación. Si luego trato de asignarle un rostro y un nombre a esta personalidad,
encuentro entre sus identidades posibles la de Paco, mi viejo amigo Paco Urondo.
Porque el rostro de Paco transparenta otros rostros, materialmente más distantes de
aquel infanticidio, pero igualmente comprometido en la cultura que lo hizo posible.
Rostros que incluyen el mío, y los de toda una generación que pregonó la dialéctica de
las ametralladoras, en un rapto de frivolidad literaria que más tarde sería asimilado en
términos librescos por su hijos”5.

4
Revista 3 puntos, entrevista a Horacio Verbitsky, 30 de marzo de 2006.
5
Pablo Giusani, Montoneros, la soberbia armada, Sudamericana, Buenos Aires, 2003,
Epílogo.

5
Tampoco se pueden dejar de lado la responsabilidad de algunos políticos, que
optaron por la demagogia. Sus actitudes contribuyeron a generar un clima de caos y
violencia irreversible. En primer lugar, el general Perón, quien por muchos años alentó
a los subversivos. Durante largos años amparó sus terribles actos, hasta que se volvieron
en su contra. De este modo justificaba los métodos violentos, haciendo alusión a la justa
lucha del pueblo contra la opresión: Alabando a la “maravillosa juventud” decía: “En
este sentido, la guerrilla es el escape natural de los pueblos oprimidos, porque
generalmente las violencias populares son provocadas por las violencias
gubernamentales. Las guerrillas se explican en Argentina porque… una de las mayores
fortunas que tiene la República Argentina en estos días es disponer de una maravillosa
juventud, esclarecida, valiente y patriota… Las guerrillas son siempre movimientos
espontáneos de los pueblos. Nadie puede organizar guerrillas si no existe el caldo de
cultivo necesario para que ellas proliferen”6.
Amparados por el presidente Perón, para quien la violencia en manos del pueblo, no
era más que justicia. Defendidos por los políticos que los amparaban y los consideraban
parte de una juventud extraordinaria. Exaltados por los medios y amparados por el
sistema legal, estos jóvenes idealistas se creían los promotores de un ideal mesiánico.
Su violencia no era más que el fruto de una guerra justa. Pero “cuando las guerras están
impulsadas por el absolutismo religioso o ideológico, doctrinas de superioridad racial,
pretensiones nacionalistas territoriales, la acumulación de poder económico o político
por medio del terror… es muy probable que se degraden en barbarie”7. Así su lucha por
la justicia y la liberación, ocultaba su cara criminal. Un gran número de ciudadanos los
veía como mártires de un nuevo mundo y ocultaba sus homicidios. De este modo,
decían perpetrar sus matanzas en nombre de la justicia, el pueblo y la patria. Por ello,
cuando el montonero Mario Eduardo Firmenich, fue interrogado acerca del asesinato
del general Aramburu, pudo decir: “Fue un acto que no decidimos nosotros, lo decidió
el pueblo”.

Memoria por la verdad y la justicia: Esta fecha se celebra el día 24 de marzo en
Argentina como conmemoración de las víctimas políticas producidas por la última
dictadura militar que gobernó el país. Se lo hace en recuerdo del mismo día de 1976,
fecha en la que se produjo el golpe de Estado, que depuso al gobierno constitucional de
María Estela Martínez de Perón, dando así inicio a la dictadura militar. El 2 de agosto
de 2002 el Congreso de la Nación Argentina promulgó la ley 26.633 creando al Día
Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, con el fin de conmemorar a las
víctimas, pero sin darle categoría de día no laborable. Tres años después, durante la
gestión del presidente Néstor Kirchner, se impulsó desde el Poder Ejecutivo, que la
fecha se convirtiera en un día no laborable, pudiéndose mover a lunes o viernes para
poder crear un fin de semana largo.
Varias organizaciones de derechos humanos, se opusieron a la propuesta, por
considerar impropio que un día donde se debía recordar pudiera convertirse en una
ocasión aprovechada por los operadores turísticos. Finalmente, el Congreso aceptó la
propuesta del ejecutivo y declaró al 24 de marzo como día no laborable, estableciendo
sin embargo su inamovilidad. Sin duda, que la triste historia pasada nos debe hacer
reflexionar acerca de errores que esperamos no volver a repetir. La muerte, el espanto y
la vejación de miles de ciudadanos han convertido esta fecha, en un día de duelo.
6
La Nación, 26 de noviembre de 1972.
7
Alex Bellamy, Guerras justas, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2009, pág
22.

6
En los años de la dictadura argentina (1976-1983), el gobierno formado por la junta
militar impulsó la persecución, el secuestro y asesinato de personas por motivos
políticos. La desaparición de los opositores era un método represivo, que se basaba en
ocultar estos hechos tenebrosos. Por eso recuperar la memoria y exigir la verdad, se
volvieron reclamos principales de las organizaciones de derechos humanos.
La desaparición de personas fue introducida en la Argentina por la escuela militar
francesa, transmitiendo las tácticas militares que habían utilizado durante la guerra de
Argelia. El general Videla argumentaba en un reportaje: “No se podía fusilar… La
sociedad argentina, cambiante, traicionera, no se hubiere bancado los fusilamientos:
ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta
cinco mil, 10 mil, 30 mil… Había que desaparecerlos. Es lo que enseñaban los
manuales de la represión en Argelia, en Vietnam... Se pensó, en su momento, dar a
conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las
preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo”.
Este ocultamiento de la verdad, hizo decir al general Videla: “Debemos aceptar
como una realidad que en la Argentina hay personas desaparecidas… Han desaparecido
por pasar a la clandestinidad y sumarse a la subversión; han desaparecido porque la
subversión las eliminó por considerarlas traidoras a su causa; han desaparecido porque
en un enfrentamiento, donde ha habido incendios y explosiones, el cadáver fue mutilado
hasta resultar irreconocible. Y acepto que puede haber desaparecidos por excesos
cometidos durante la represión. Esta es nuestra responsabilidad; las otras alternativas no
las gobernamos nosotros” Por ello resulta fundamental recuperar nuestra memoria
completa; para encontrarnos con la verdad.
Con un lenguaje perverso, el general hacia una extraña definición de los
desaparecidos: “¿Qué es un desaparecido? En cuanto éste como tal, es una incógnita el
desaparecido. Si reapareciera tendría un tratamiento X, y si la desaparición se
convirtiera en certeza de su fallecimiento tendría un tratamiento Z. Pero mientras sea
desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un
desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”.
Según la CONADEP creada al final de la dictadura por el gobierno constitucional de
Raúl Alfonsín, el número de desaparecidos rondaría las 9.000 personas. Con una
intención deliberada de mostrar las atrocidades cometidas contra personas “inocentes”,
se resalta en su prólogo el dolor de las miles de víctimas. Pero grupos defensores de los
derechos humanos como las Madres de Plaza de Mayo, estiman que hubo 30.000
desaparecidos. Aunque el debate acerca del número de desaparecidos es interminable y
nunca tendrá una respuestas exacta.
Semejantes aberraciones que se han cometido al amparo del Estado, que debe ser el
encargado de defendernos, nos parece una locura. Pero también mi memoria cercana,
me recuerda que ayer mataron a pocas cuadras de mi casa a un joven de 21 años, quien
parece no tener derecho humano alguno. Su muerte engrosará las nuevas estadísticas de
personas impunemente asesinadas. En un nuevo debate por los números, algunos dirán
que es el número 3000 de la era Kirchner, otros dirán que es el número 2.000 o 5.000.
Pero para su familia, el hijo que perdieron no es un número más. Es lamentable que nos
estemos acostumbrando a ver morir un ser humano todos los días. A veces los medios
nos muestras dos o tres personas que diariamente son víctimas de un homicidio.
Vivimos en una sociedad enloquecida, donde los delincuentes nos han decretado la pena
de muerte. Esta extraña eutanasia social que estamos viviendo, también se está
cometiendo desde el estado democrático, que debería velar por nuestra seguridad. Su
abandono, su desidia y su inoperancia, están destruyendo miles de familias y minando la
paz social. El sinsentido y la irracionalidad de la violencia, van dejando morir a nuestros

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hermanos, ante una justicia que es la nueva desaparecida. Sus víctimas ya no están y
han partido a una vida mejor. Pero de ninguna manera los debemos olvidar; si
esperamos evitar que esta locura se siga repitiendo.
Durante años, hemos debatido acerca de los miles de asesinatos perpetrados por los
terroristas de izquierda y el genocidio cometido desde el Estado por la dictadura. La
inútil oposición entre izquierda y derecha, ha logrado dividirnos como sociedad. Pero
así como muchos han hablado del genocidio de la dictadura, hoy también estamos
viviendo un extraño genocidio democrático. Y con un enorme dolor, vemos que desde
nuestro inactivo gobierno, se está permitiendo la eliminación de toda una nación.

Una eutanasia democrática: En la actualidad, la nueva política de “Derechos humanos”
de la que se jacta el gobierno, ha consistido más bien en perseguir a un determinado
grupo de la sociedad, que en defender los derechos de todos los ciudadanos. Sus
ideólogos y seguidores, han querido demostrar que las Fuerzas Armadas han cometido
genocidio con su pueblo. Así han comparado la represión del terrorismo en nuestro país
con el genocidio perpetrado por la Alemania nazi. Esta comparación no es más que un
absurdo. La matanza fría y despiadada del aparato estatal alemán por razones de raza o
religión, en nada se asemeja al combate ilegal contra la subversión.
Pero detrás de esa apariencia de defensores de la humanidad, se ocultan una serie de
mezquinas actitudes demagógicas. En nombre del populismo y el progresismo, sólo se
busca dividir a la sociedad para mantener el poder. Pero esta fenomenal fragmentación
de la sociedad que nuestro gobierno ha llevado a cabo, no ha sido gratuita. Su idea de
“divide y gobierna”, ha generado caos en la política, ha enfrentado a campesinos contra
ciudadanos y a civiles contra el ejército. Con sus políticas han sembrado el odio de una
clase contra otra, permitido los piquetes hasta el hartazgo y sembrado las calles de
jóvenes delincuentes, destrozados por la droga. Frente al resentimiento y la envidia de
los pobres contra los burgueses, se ha opuesto la indiferencia de estos. Quien tiene algo
de dinero le teme al pobre y lo ve como su enemigo; mientras algunos pobres creen que
la única forma de salir adelante es por medio del robo. Así el gobierno ha establecido
una insoportable lucha de clases, en donde la sociedad parecería vivir en una jungla
salvaje.
Esta anomia intolerable, se ha olvidado del primer derecho que debemos protege en
nuestra sociedad. El derecho a la vida, que en miles de casos parece no estar
garantizado. La vida vale muy poco y puede terminar en cualquier esquina. De este
modo, la disolución del sistema legal con sus castigos y pena, ha llevado a una
inseguridad ilimitada. Si bien en nuestro país no existe la pena de muerte, parecería que
los delincuentes tienen la más absoluta libertad para ejercerla sobre sus víctimas. Ellos
se han transformado en los nuevos verdugos y jueces, que deciden sobre la vida y la
muerte de miles de ciudadanos indefensos. Bajo el amparo de su escasa edad, su vida
pobre o la ausencia de sus padres, tienen la más absoluta impunidad para ejercer actos
violentos. Hasta el acto más aberrante esta justificado si se comete en caso de hambre,
emoción violenta, minoridad o discriminación. No hay castigo ni pena y todo parece dar
lo mismo.
Esta tiranía democrática, castiga y persigue a quien se opone a sus ideales. En esta
redada caen no sólo los represores, sino también la Iglesia, el campo, los medios o
algunos empresarios. Cualquier discrepancia con sus políticas públicas será tildada de
golpista y “destituyente”. Parecería que pensar distinto es peligroso. Por ello, perseguir
a la prensa y evitar su libre expresión se ha convertido en una obsesión de este gobierno.
Al parecer la libertad de presa no forma parte de los derechos humanos que dicen

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defender. Tampoco los ciudadanos son escuchados y sus luchas y sus marchas parecen
ser inútiles. El dolor y el llanto permanece impunes y el gobierno parece no escuchar el
pedido del pueblo. Así en una marcha del 26 de octubre de 2008 en una marcha en San
Isidro, ante el asesinato del ingeniero Barrenechea, se ha hecho el siguiente petitorio
que ha quedado en el olvido. En boca del Juan Carr, se ha escuchado: “Debemos
combatir la delincuencia, evitándola interpretar de modo tal que se permitan libertades a
delincuentes peligrosos y reincidentes con prescindencia de sus edades. Debe haber
suficientes cárceles, alcaldías e institutos de menores de manera tal que no sea el
hacinamiento en establecimientos penitenciarios la excusa para el otorgamiento de
libertades ambulatorias reiteradas y otros atenuantes ni regímenes especiales como el de
algunas prisiones domiciliarias o de pulseras electrónicas. Que las cárceles e institutos
de menores sean ámbitos tanto sancionatorios, pero que las cárceles sean también
educativas y productivas. Que exista y sincerémonos, dejemos nuestro ego, nuestra cosa
particular una articulación auténtica entre municipios y organizaciones no
gubernamentales, para que estos puntos se concreten en serio de manera efectiva. Por
último les recuerdo que hablo en nombre de muchas víctimas, que ni siquiera pueden
dar la cara para leer esto, porque tiene miedo, porque sufren amenazas, porque viven la
tragedia del dolor de este momento que nos toca pasar. Simplemente estoy leyendo lo
que ellos escribieron y que muchos no pueden siquiera hablar y mostrar su cara por el
miedo que le genera esta situación. Por último les decimos: La sensación de inseguridad
es producto de la realidad. Necesitamos que las distintas áreas del estado desarrollen
políticas públicas eficientes, para que todos los argentinos podamos vivir en paz. A
todas las madres, padres e hijos… hasta la última víctima de una tragedia como la
actual, nos interesa. No nos importa ¿qué?, ¿Cuál?, ¿Quién?, ¿Dónde? Todo el que
sufre, no es un dolor del otro, es nuestro dolor, es el dolor de nuestra comunidad, de la
comunidad Argentina. Nos reunimos para expresar el dolor desde nuestra tragedia. Para
pedir a los gobernantes más seguridad y mejor justicia… Nos reunimos con un dolor
muy grande porque nos quitaron otro vecino más, otro hijo más… otro hermano más,
otro ciudadano más, otro pobre más, otro rico más y ya estamos cansados de vivir
tragedias que nos maten que nos roben, que nos violen, que nos maltraten… La
sensación de inseguridad hace rato que es una realidad para nosotros y para los que
vivimos en nuestro país… La calle no tiene que ser de los malos; tiene que ser nuestra,
tiene que ser de los que construyen… No se puede uno encerrar, ocultar por terror…
Cada muerte es una muerte para el cuerpo social, cada hijo nuestro que matan es un hijo
de la Argentina toda y no solamente de una parte”.
Parecería que esta nueva política nos está conduciendo hacia una especie de
eutanasia democrática. Ella consiste simplemente en olvidarse de la vida y la seguridad
de los ciudadanos. Es decir, en no cumplir en lo más mínimo las funciones que le hemos
delegado. Mientras ellos se encierran en sus castillos fortificados y se mueven en sus
helicópteros, el resto de los mortales padecemos una terrible inseguridad y la
imposibilidad de circular. En su quinta fortificada viven un ficticio paraíso ilusorio,
mientras afuera nos espera el espanto cotidiano. Lo extraño es la pasividad de nuestro
pueblo que parece enajenado frente a tanta muerte y dolor. Al igual que lo sucedido
hace más de treinta años, hoy pocos se animan a contar a sus muertos. Pocos son
quienes piden un poco de justicia ante este caos. Nadie se acuerda de ellos y todos
parecemos inmunizados ante semejante eutanasia. Ya estamos cansados de derramar
lágrimas y de vivir una triste realidad de desprotección. Encerrados tras nuestras propias
rejas, somos los únicos condenados a esta brutal eutanasia social. Tal vez, sea el
momento de decir “BASTA”. Y reemplazar aquél lamentable “Nuca más” de nuestra
historia, por este nuevo grito desgarrador del clamor ciudadano.

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Horacio Hernández.
http://horaciohernandez.blogspot.com/

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