NUEVE NACIONES EN LUCHA

URO
- A.- - •—- - a; - s :r-
DEL EJERCITO DE LA GRAN B>RETAÑA
¿OS RECLUTAS ALISTADOS RECIENTEMENTE AL SER REVÍSTADOb POR ALTAS AUTORIDADES MILITARES. (FOTO HUGELMANN)
DESDE LONDRES
r x ESPÍRITU DE LA CIUDAD
Durante todos estos días han estado lie—
rando malas noticias de Bélgica y ^de Fran-
cia. Noticias fragmentarias, después de lar-
jos intervalos de silencio. Ahora es la apa-
rición de los alemanes en una ciudad que
imaginábamos bien defendida por los alia-
dos. Luego es la toma de una p.aza fuerte
<jue se había dicho capaz de resistir tres me-
ses y no ha resistido tres días. Retiradas de
los ingleses y franceses. Llegada de heridos
á los puertos británicos. Exhortaciones á
los jóvenes para que se'alisten con toda ur-
gencia. ¿ Cómo se conduce el público de Lon-
dres ante estos episodios, de la guerra? Lo
primero que á nosotros -nos sorprende es la
confianza, la credulidad con que acegta los
comunicados oficiales. No importa que todas
las previsiones hayan sido contrariadas por
los hechos. No importa que, evidentemente,
el Ejército inglés vaya retirándose. Si en
cualquier momento el Ministerio publica
tina nota asegurando que todo irá bien, la
confianza vuelve á restablecerse. Ese recelo
con que en España solemos acoger las noti-
cias oficiales, no se ve aquí. El éxito final,
durante tanto tiempo, de los Gobiernos los
ha investido de un prestigio que no se que-
brantará sino con una catástrofe nacional,
aparentemente imposible.
Cuando escribo estas líneas se da ya por
descontado que nada resistirá al impetuoso
avance de los alemanes, y que acaso París
sea ocupado por ellos desipués de una resis-
tencia más ó menos larga. Pero esta vez
—dice la Páíl Malí Gazette—la guerra no se
decidirá en París. Ese no será más que un
episodio de la larga lucha en que Ing'laterra
se ha aventurado". Y el mismo criterio sus-
tentan todas las publicaciones. Y la misma
opinión tiene el pueblo, que ya se ha habi-
tuado á la idea de una guerra de mucha du-
ración. —
—-Pero, una vez en París—decimos—, los
alemanes impondrán una enorme contribu-
ciór de guerra.
—Que la impongan—se nos contesta—.
Inglaterra irá desembarcando en el conti-
nente hombres y hombres, hasta constituir
un Ejército formidable, precisamente á me-
dida que las fuerzas alemanas se vayan
agotando. Alemania tiene prácticamente to-
dos sus hombres útiles en campaña. Ingla-
terra, no. Cuando las. fuerzas alemanas, aun
victoriosas, se hayan debilitado después de
haber alcanzado su potencia máxima, las de
Inglaterra comenzarán á actuar con efica-
cia. Lo esencial, ó, mejor dicho, lo impor-
tante es que el núcleojprincipal del Ejército
francés no sea prisionero, no se encierre
en ninguna fortaleza y pueda disputar .á lo^ •
alemanes continuamente la posesión del
suelo.
—Pero ¿y si se establecen, en Boulogne
ó en Calais, y montan, cañones de enorme
alcance, y hacen una base de guerra aérea
para incursiones en Inglaterra?
—Eso de la guerra aérea, q-ue sin duda
en el porvenir tendrá gran importancia, to--
davía es un poco género Julio V^erne. Claro
que podrán venir aeroplanos y dirigibles, y
arrojar bombas, y producir algún daño y
alguna alarma. Pero los cazaremos. En to-
do caso, la invasión de Inglaterra por la
vía aérea es un. (proyecto fantástico. No se
habría dejado para después si se hubiera
podido con ello impedir la estrangulacica
del comercio marítimo de Alemania.
Estos días ha tomado consistencia un ru-
mor que no he telegrafiado porque lo ha-
bría impedido la censura. Se ha dicho que
la ocupación de Ostende por fuerzas ing<le-
saá de desembarco de la escuadra tiene re-
lación con el transporte de grandes contin-
gentes rusos. Las tropas, en gran cantidad,
procederán de Finlandia y departamentos
del Norte de Rusia, embarcarán en el puer-
to de Arkangel y tomarán tierra en Osten-
de. Se ha asegurado que numerosos regi-
mientos habían desembarcado ya en Aber-
deen, puerto de Escocia. Pero la oficina de
la Prensa ha afirmado que se trata de un
rumor sin fundamento. De todos modos, la
ocupación de Ostende, que es una plaza
abierta y que está más leios de la costa in-
glesa que Calais y Boulogne, por ejemplo,
y el hecho de que hayan sido marinos los
ocupantes, da cierta verosimilitud á la es-
pecie.
Entre tanto, la ciudad ¡hace su vida nor-
i -ttnr-ini —11
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ELEMENTOS DEL EJERCITO ADEMAN
BOTES DESARMABLES Y PORTÁTILES ÜT1LXZADOS P A* A ATRAVESAR RÍOS Y LAGOS. (FOTO H Ü GE LM AN N )
mal. El precio de las subsistencias ha dis-
minuido. El tráfico no ha sufrido altera-
ción visible. Los sitios de esparcimiento es-
tán concurridos, como siempre. Quizá de-
masiado concurridos para un país empe-
ñado en una guerra como esta. Las autori-
dades continúan haciendo apelaciones, poco
fructuosas, por lo visto, al patriotismo de la
•juventud. Ayer mismo, varias señoras es-
tuvieron repartiendo entre los hombres jó-
venes que encontraban en la playa de Fol-
kestone y que no iban vestidos de unifor-
me plumas blancas. La pluma blanca es
aquí el emblema de la cobardía. The Times
publica en su sección de anuncios uno que
dice: "Se necesitan faldas para todos los
jóvenes de buena salud que no se han alis-
tado todavía." Y The Globe pide que se
proceda enérgicamente contra ciertos ora-
dores que en Hyde Park pronuncian aren-
gas contra la guerra y dicen al auditorio
que el proletariado ganará lo mismo sien-
do gobernado por el Rey ó por el Kaiser, y
que no tiene ninguna obligación moral de
ir al Ejército.
El rubor que yo sentía cada vez que en
periódicos españoles leía relatos de campa-
ñas en -que cotidianamente se hablaba de
nuestros héroes, del heroísmo derrochado á
cada paso, como si las tropas de ningún
país pudieran componerse de émulos de
Aquiles, se me ha pasado viendo que los
periódicos ingleses carecen igualmente del
sentido de la medida y emplean el califica-
tivo de heroico con la misma prodigalidad.
Esto no obstante, los soldados ingleses se
han batido bien contra fuerzas superiores.
Pero entre huir despavoridos y conducirse
heroicamente hay muchos matices que los
periodistas ingleses han desdeñado. Esta
propensión á la hipérbole no les merma en
nada nuestra simpatía; no somos nosotros
los más autorizados para hacerles recri- {
rmnaciones por adjetivo más ó- menos.
Para despertar en la conciencia
1
nacional
la idea del peligro que amenaza á Inglate-
rra, para hacer la guerra popular, los tres
ó cuatro oradores que figuran en el Gabi-
nete—Mr. Asquit'h, Mr. Lloyd Geo/ge, mís-
ter Ghurchill—van á.dirigirse al público en
mí ines que se celebrarán en las principales
ciudades del reino. Se espera que con ello
el entusiasmo por la guerra aumentará y
el alistamiento de voluntarios se hará con
más rapidez. Veremos si eso es eficaz. Yo
lo dudo. Inglaterra no ha comenzado á sen-
tir la angustia ni- el horror de la guerra. Se
siente demasiado segura tras de su escua-
dra. Los dolores de sus aliadas, Bélgica, pi-
soteada, Francia, desgarrada yr llorosa, pe-
san poco en el ánimo de los jugadores de
EL DUQUE DE BRUNSWICK, YERNO DEL KAI-
SER, QUE HA CELEBRADO CON UN BANQUETE
LOS TRIUNFOS DE LAS ARMAS ALEMANAS EN
BÉLGICA
cricket. En The'Star ha escrito uno de ellos
una carta sosteniendo que no hay para qué
tomar las cosas tan trágicamente. Mej )r
que todos los discursos levantaría el ánimo
popular la presencia de un Zeppeiin. Quizá
no vienen por eso.
JUAN PUJOL
M I RAN DO A LA GUERRA
CAMILO DE PETERSBTJRGO
Confieso que he venido vacilando mucho
estos días pasados y que mis fervorosos
optiriiismos respecto al triunfo de Alemania
en los territorios del Este y del Oeste co-
rrían suerte semejante á la que preside á
los ejércitos aliados: se repagaban un día
sí y otro también.
A esa retirada de mis primeras posicio-
nes contribuyeron, de una parte, como ala
derecha, los enormes cartelones de La Co-
rrespondencia de España, para quien, por
lo visto, y cambiando la frase conocida, to-
lo hay guerra en Varsovia; y de otra par-
te, como ala izquierda, que en contacto con
aquélla amenazaba envolverme, los artícu-
los rusófilos de D. Cristóbal de Castro en
el Heraldo de Madrid.
De mi angustia me saca el acuerdo entre
el Gobierno y los periódicos de suprimir los
cartelones. ¡ Ya respiro! ¡ Vuelvo á mi fe
en el triunfo de Alemania! Rehago mis es-
pirituales fuerzas perdidas, y libre por la
derecha del acoso de La Corres, puedo si-
quiera observar con parsimonia por dónde
viene el intrépido rusófilo Kristovahvich
con sus legiones de cosacos.
No es malo el enemigo contra quien lu-
charán mis simpatías de ahora en adelante.
Sin. tener lanza de acero, lanceta de oro es
su pluma, diestra en acometer con galanu-
ra y desenfado; asaz bien dirigida^en cuan-
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LA MOVILIZACIÓN AUSTRO-HUNGARA1
INDIVIDUOS DE LA " L A N DS T U R W . " (ULTIMA RESERVA) DIRIGIÉNDOSE-fOR LAS CALLES DE VIENA A SUS RESPECTIVOS CUARTELES. (FOTC

x
* PARRONDO)
cero amor al pensamiento francés y un sin-
cero amor al pensamiento alemán. Leyendo
á ciertos escritores, Alemania no sería nada
y Francia lo sería todo; el pensamiento ale-
mán sería bronco, lóbrego, tosco, pesado, y
el francés sería todo lo contrario; Alemania
sería un país de "bárbaros", y nosotros-, los
latinos, un país de civilizados... No; deje-
mos todas estas exageraciones; amemos,
como complementarios, el pensamiento fran-
cés y el pensamiento alemán; mas á estos
apasionados detractores del "genio" ale-
mán hagámosles nosotros, fervorosos fran-
cófilos, una interrogación. Dos de los más
altos cerebros de la Francia moderna, ¿no
son Taine y Renán? Sí; de acuerdo. Pues
bien, ¿hubieran sido Taine y Renán lo que
han sido, sin el pensamiento alemán, sin la
filosofía alemana, sin la metafísica alema-
na? Es lamentable tener que decir como
nuevas ciertas cosas conocidísimas y tener
que hacer ciertas apelaciones á un senti-
miento de ecuanimidad y de justicia.
AZOBIN.
San Sebastián, Septiembre.
CUADROS ALEMANES
IDISCEPIilSTA, OKDEN
Los que han penetrado en diversas nacio-
nes conocen la emoción profunda y nerviosa
que invade al individuo cuando el secreto
del país desconocido queda roto. Yo penetré
en Alemania la vez primera por la ¡parte de
Metz. Antes, naturalmente, había penetrado
en su espíritu. La literatura alemana, con la
inglesa, es aquella á quien debo mayor tri-
buto.
¿Debe decirse toda la verdad...? Yo con-
Seso que al transponer la frontera de Ale-
mania sentía un ligero temblor. Un temblor
de miedo, <me me hubiera puesto en ridículo
si en aquel instante se llega á transparentar
mi ánimo.
Porque no en vano ha vivido uao bajo el
influjo de los prejuicios universales. La dis-
ciplina alemana, el militarismo prusiano, la
brutalidad teutónica: todo esto gravaba mi
ánimo, con la consecuencia de ignorar en
absoluto el idioma germánico.
En la frontera, dentro de la Aduana, vi
por (primera vez los empleados alemanes;
y aun más terrible: vi los cascos de los ofi-
ciales prusianos. Entonces se redobló mi zo-
zobra. ¡ Ya estaba en poder de la burocracia
férrea, del militarismo inflexible, de la ley
violenta é implacable. Me propuse, por con-
siguiente, ceñirme á una conducta rigurosa,
obedecer el menor signo, molestar lo menos
posible, respetarlo todo y estar muy atento.
EL GENERAL VAN DER GOLZ, NOMBRADO POR
EL GOBIERNO ALEMÁN GOBERNADOR DE
BÉLGICA
Todo, jp'or miedo á caer en la órbita de la
tremenda justicia alemana.
Sin embargo, estos preparativos míos fuí-
ron estériles. Bien pronto comprendí que mi
temblor inicial era completamente pueril^
1
ridículo. La mano del prusiano no la vi por
ninguna parte. Ya no tropecé con un solda-
do más. Ni en los campos ni en las ciudades
vi soldados. Alemania, en tiempo de paz, se
esmera en ocultar su gente armada, ocupán-
dola en faenas y ejercicios de cuartel y cam-
pamento. Después de ver los pueblos espa-
ñoles, donde los soldados vagan por las ca-
lles, ociosos, á toda hor-a; después de asistir
al desfile callejero de los soldados íranceses,
Alemania, en cuanto á lo militar, produce un
efecto desconcertante por lo inusitado y,
sobre todo, por lo impensado.
EH Maguncia se apresuran-los ojos á con-
templar el Rhin, bello río paterno, manan-
tial de leyendas y baladas. Un castillo feudai
á lo lejos; viñedos en las laderas; campos
d; esmerada labor; fábricas sobre el río, v
numerosos vapores y barcazas que navegan
sin cesar.
La gente pasa, transita, labora, sin ningu-
na violencia, sin asomo ,de rigidez. En las
calles no s"e ven más guardias que en otros
países. El. viajero no tiene que cohibirse
nada. Lo mismo ocurre en Francfort, en Co-
lonia, en'Leipzig.
No se nota el roce hostil de la decantada
disciplina. Esta es, por lo menos; mi impre-
sión. ¿Acaso porque"mi carácter se acomoda
bien á la disciplina germánica? Puede ser.
\o he encontrado que la disciplina alemana
no significa hostilidad, brutalidad, intem-
perancia, esclavitud. A mí me ha parecido,
simplemente, orden.
Produce Alemania, en efecto, la impre-
sión de que todo está previsto y acordad i.
Y la gente, en este régimen de inteligenc a
y previsión, circula contenta.
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A B C . VIERNES 4 DE SEPTIEMBRE DE 1914. EDICIÓN 1.' PAG. 5.
Están contentos de que la vida resulte
fácil. Los movimientos del complicadísimo
régimen civil se desenvuelven con pasmo-
sa suavidad... Esto es lo cierto; suavidad,
y no violencia. Porque todo está previsto
y calculado. Es ,asi que en Alemania no se
observa el barullo, laconfusión, los gritos,
¡os atropellos, las brutalidades, que son
consecuencia de la imprevisión latina. En
las estaciones, inmensas y populosas, nin-
gún atascamiento, ninguna disputa, ningu-
na perplejidad. Es así también cómo en Ale-
mania los guardias pueden ser menos; no
necesitan mediar á cada punto, como en-
tre los latinos. De este modo cometería-
mos un fraude si dijésemos que en Ale-
mania tiene más rigor laautoridad que en
Eípañd. Y esto, sencillamente, porque la
íntima disciplina del pueblo excusa la in-
gerencia mediadora y armada de laauto-
ridad.
De manera que observamos, al pasar de
Francia á Alemania cómo se subvierte el
orden de las cosas. En Francia, y todavia
más en los pueblos latinos meridionales, la
iniciativa personal exige cuantiosos fueros.
Cada individuo' reclama una porción, lo
más- considerable que pueda, del estatuto
civil. Se desea tener un criterio propio y
una ley propia-.
Por consiguiente, en muchas zonas lati-
nas cada caso de aglomeración ocasiona un
confl cto. Es cuando las iniciativas indivi-
duales se ponen á reñir, y los egoísmos, na-
turalmente, queren imponerse. Esto se com-
prueba en todo instante: al tomar un tran-
vía, al entrar en un espectáculo, al pene-
trar en unaestación ó en unaoficina pú-
blica. Lapugna de las iniciativas y la re-
belión de los egoísmos origina un choque
grosero, violento, agrio y, scbre todo, in-
justo. Muchas veces, qu en ti;ne mejores
puños es el que llega antes. El fenómeno
se repLe en laguerra; cada so'daJo se con-
sidera capaz de un plan estratégico; exa-
mina y discute las órdenes. Pero en la gue-
rra es donde más pronto se pagan estos
gustos de lainiciativa personal.
La vida así, regularizada, lógica y den-
sa, i ha sido siempre mposible en España?
Es seguro que no. Ni es incapaz España
ele comprender ese rég'men de vida. Hay
algunas zonas actuales que lo atestiguan.
El país vascongado vive unavida, en lo
que cabe, etntro-europea.
JOSÉ M.*SALAVERRIA.
ONDRES
GUERRA
ANTE LA
ISGUTKKUA YLA XETT-
THAl.SDA» DE ESPAÑA
A medida que
5
e conocen los-reveses su-
fridos oor el Ejército franco-británico en
la frontera de Bélgica, en Jas Ardennes,
Mons y Charleroi, vapercibiéndose clara-
mente la inquietud de que Inglaterra está
poseída. El alistamiento de voluntarios ha
ido disminuyendo poco á poco. Los cien
mi' hombres que lord Ki'chener requirió
para formar susegundo Ejército se han
completado con dificultad. Y, sin embargo,
lo-- campos de foot-ball. de golf y de cricket
continúan tan animados como siempre, y
los periódicos dedican al sport el mismo es-
pacio que en tiempo normal. Lajuventud
brránica no se dacuenta, por lo vi^to de
que si Alemania no resulta vencida rápida-
mente el cricket va á acabarse en Inglate-
rra durante algún tiempo. Yesto alarma
á los go' ernantes v á los publicistas cons-
cientes de lagravedad de lahora. Así, en
todos los periódicos aparecen exhortaciones
patrióticas recomendando á los hombres ca-
I paces de empuñar las amas que fe alisten.
I Ya no bastan los carteles del ministerio de
la Guerra, repartidos con profusión; en los
automóviles, en ¡os ómnibus, en los tran-
vías se han fijado los mismos requerimien-
tos, redactados en términos patéticos. Yun
periódico tan mesurado como el Tiynes ha-
bla con indignación de los jóvenes egoístas
que, mientras laPatria está en peligro, pro-
siguen sus placeres habituales del tiempo
de paz Yotro—la Pal! Malí Gasete—les'
advierte que, si Franc a es derrotada, Ale-
mania se apropiará todas sus costas del
Norte, exigirá la entrega de suescuadra
en lugar de unaindemnización en metálico
y acabará con el imperio británico en tres
años. "Entonce';—dice—estaréis sujetos á
las mismas vejaciones que los belgas, ó se-
réis muertos, como perros, ó vegetaréis ba-
jo labandera de un tirano extranjero."
Diariamente se hacen proposiciones fan-
tásticas para excitar el entusiasmo de los
muchachos á fin de que vayan al Ejército.
Se les paga bien. Se les conservan sus em-
pleos á los que vayan á laguerra. Pero, con
todo eso, el alistamien o vahaciéndose len-
tamente. Y, como consecuencia de ello, se
habla ya, aunque has a lafeclia el Gobier-
no hanegado que tenga tal propósito, del
servicio mil tar obligatorio. Van á darse
conferencias públxas con objeto de que el
pueblo se entere de las causas de laguerra.
Van á repartirse folletos en que se explique
la historia diplomática del conflxto con
brevedad y precisión. Se espera que con es-
tos nudos el entusiasmo bélico de los mu-
chachos aumentará. Escrror hay que, como
medio de fomentar el alistam-'ento, suplica
á ¡as mujeres que reserven sus sonrisas pa-
ra los que se decidan á vestir el uniforme.
So comprende que todo esto es despro-
porcionado con la magnitud del p-oblema
que Inglaterra se haplanteado al .nterve-
nir en laguerra europea ó al promoverla.
Ya se ve que el vencmi ento de Alemania,
aunque posible, no es tarea para llevada á
cabo sin interrumpir lavida de molicie, de
placer, de sport y de baga ela á que la ma-
yor parte de los ingleses se dedican habi-
tualmente. Pero la población masculina,
confiada en lapo'encia de las máqu ñas na-
vales, se muestra nacía á ir á campaña.
Cuando los pueblos de Europa se baten y
los jóvenes de todos los países continenta-
les arriesgan suvida en esta guerra, los
ingleses crien que pueden continuar laexis-
tenc
;
a, poco simpática, de privilegio que han
disfrutado has.a la fecha. Ycomo todavía
no han sentido laespuela de laguerra en
casa, como no constituyen unaraza imagi-
nativa capaz de representarse los horrores
de la derrota antes de sufrirla, si el Go-
b'erno ntenta imponer el servicio obligato-
rio—'medida que, por otra parte, quiza vi-
niera con grave retraso—, tropezará con
una hos'ilidad que no sé hasta qué punto
6erá d'simulada.
A Inglaterra le faltan hombres para esta
lucha. Numéricamente, es claro, puesto que
los que van voluntarios han mostrado ser
soldados excelentes, en cuanto á lacalidad.
Y esta penuria de elemento humano ex-
pl
;
ca el nterés con que se sigue aquí la
actitud de España y los esfuerzos que, si
no haempezado á hacer ya, hará pronto el
Gobierno inglés para embarcarnos en esta
tremenda aventura. Entre decretar el ser-
vicio mil tar obligatorio en Inglaterra y
util
;
zar el medio millón de soldados que
Fspaña puede poner en pie de guerra, ín-
glaterra no vac'lará en procurarse lo últi-
mo, como haprocurado, sin éxito hasta la
fecha, obtener el concurso de Holanda, y
como anda en negociaciones para que Italia
salga de suactitud 'expectante. Por consi-
guiente, es seguro que en breve se empezará
á hablar en ¡aPrensa inglesa—de hecho se
ha empezado ya, puesto que el Tunes de
ayer traía telegramas insinuando el gusto
con que una parte de laopinión española ve-
na nuestra participación en el conflxto—
de laconveniencia de que nuestro país parta
también en guerra. Algunos periódicos es-
pañoles secundarán esta proposición. In-
fluencias financieras que pesan en determi-
nados personajes de nuestra nación mucho
más de lo que se cree coadyuvarán á esta
captación de lavoluntad española. Si la na-
ción no se muestra unida y enérgica, lo que
parece ahora siniestro é infundado augu-
rio será repentina y dolorosa real dadcuan,
do menos lo esperemos. El Gobierno espa-
ñol puede estar de buena fe resuelto á man-
tener nuestra neutralidad. Pero en el juego
que Inglaterra tiene entre manos, el Gobier-
no español pesa poco y cuenta menos. Si
Inglaterra decide que sean los hijos de Es-
paña y no los suyos quienes soporten el pe-
so ma\ or de lacampaña, el Sr. Dato y sus
compañeros, suponiendo que se opusieran
resueltamente, serán barridos de igual mo-
do que lo han sido otras personal dades de
la política española, y merced á lamisma
presión extenor, que en este caso se ejer-
cerá con mucha más energía.
España no tiene absolutamente nada que
hacer en laguerra actual. Nadie aspira en-
tre nosotros á expansiones territoriales, que
Inglaterra sería laprimera en no consentir.
Nadie amenaza por ahora laintegridad de
nuestro suelo, y el área de laguerra está
bastante lejos para que hayamos de temer
incursiones ocasionales de los beligerantes
en nuestro territorio. No "sería, pues, nues-
tra conveniencia, sino la conveniencia de
Inglaterra y de Francia, la que nos arras-
trase á combatir. Ladepres ón económica
que pueda sentirse ahora no es sólo españo-
la, sino universal, y no habríamos de reme-
diarla yendo á la guerra. Ysi todas las
razones abogan en favor de laneutralidad,
los motivos sentimentales, que también pe-
san en las decisiones de los pueblos, no ha-
blan entre nosotros en favor de Francia ni
de Inglaterra con unanimidad.
En laneutralidad no hay peligro. Donde
lo hay es en laimpotencia y en laindefen-
sión. Son cosas muy diferentes. Cuando
llegue lahora de la paz, como lord Kitche-
ner hadeclarado, y como el Sr. Cambó ha
dicho con supeculiar clarividencia en- Es-
paña, es cuando se suscitarán peligros in-
sospechados hasta para los neutrales Por.
eso el actual ministro de laGuerra inglés
aspira á que entonces Inglaterra posea un
Ejérci¡o numeroso y eficiente, que pueda
dictar los términos de paz. Yen ese ins-
tante y para ese instante es cuando Espa-
ña debe tener toda sufuerza militar dis-
puesta. Pero los acontecimientos se suce-
den con imprevista rapidez. Lamovilización
española es lentísima; el entrenamiento de
las tropas, insuficiente; la eficacia de un
Ejército puesto en pie de ftuerra completa-
mente por primera vez después de puchos
años sería dudosa. Ytodo ello exige que
la movilización ó, por lo menos, las medi-
das necesarias para llevarla á cabo rápi-
damente se adopten actualmente.
Si España puede poner su Ejército en
pie de guerra, entrenarlo en las semanas ó
en los meses que precedan á la paz, y cuan-
do llegue esta hora tener en la .mano algu-
nos centenares de miles de hombres in-
tactps, que valdrán mucho más por el ago-
tamiento de los restantes Ejércitos, saldrá
indemne de esta conmoción. Si continúa
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