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Adviento – Navidad 2007

Caminando en Asamblea -69
14. La celebración de Navidad
Origen de la fiesta


«Después de la celebración anual del misterio pascual, la Iglesia tiene como más
venerable el hacer memoria en su liturgia de la Natividad del Señor y de sus primeras
manifestaciones: esto es lo que se celebra en el tiempo de Navidad, que se extiende
desde las primeras Vísperas de la Natividad del Señor hasta el domingo después de Epi-
fanía, fiesta del Bautismo del Señor» (UN, 32-33)

1. Origen de la fiesta: algunos datos
1) Los cristianos de los tres primeros siglos ignoraron nuestra fiesta de Navidad,
celebrada el 25 de diciembre; 2) en el Imperio romano pagano, el día 25 de diciembre
constituía una fiesta especial, consagrada al culto del sol; 3) el Nacimiento de Cristo,
antes de ser celebrado en este día, era conmemorado en Oriente, y más tarde también
en Occidente, en otra fecha: el día 6 de enero; 4) la Iglesia de los tres primeros siglos
aceptaba, en general, que nosotros ignoráramos la fecha del Nacimiento de Jesús. Esto
nos lleva a nuestra primera cuestión.

2. La fecha del Nacimiento de Jesús
Los datos de los evangelios: Los Evangelios no señalan el día del Nacimiento de
Cristo, y nosotros no disponemos, a este respecto, de ninguna otra fuente. El relato lu-
cano del Nacimiento indica que los pastores estaban durmiendo en el campo (en Palesti-
na los pastores viven en el campo de marzo-abril a noviembre). En cuanto a la fecha, los
relatos de los Evangelios no nos permiten ninguna otra afirmación.
Especulaciones antiguas: Algunos cristianos intentaron, en la antigüedad, deducir
esta fecha con especulaciones las más diversas. Algunos ejemplos.
En un cómputo pascual, que data del año 243, se fija el día del Nacimiento de
Cristo el 28 de marzo (día en que se creó el sol = para el cristiano el Mesías es, según
Mal. 4, 2, el "Sol de justicia"). En consecuencia, Jesús vino al mundo el 28 de marzo.
Otras fuentes de los tres primeros siglos, sitúan asimismo y de manera expresa el
Nacimiento de Cristo en primavera; como, por ejemplo, el Pseudo Clemente (el 1 de
abril, otros el 20 de mayo). Aunque se llega a citar una vez el 25 de diciembre, hasta la
primera mitad del s.IV no se dio a este cálculo más importancia que la que se daba a las
otras abundantes fechas que hemos mencionado.
El que la Iglesia se haya podido librar impunemente de todos estos juegos de ima-
ginación prueba que, desde el punto de vista dogmático, ella no concedía ninguna im-
portancia capital a la cuestión de saber en qué fecha nació Jesús.

3. La fiesta del Nacimiento- Manifestación de Jesús
La fecha del 6 de enero: No fue una fecha, sino solamente un pensamiento teoló-
gico el que dio el primer impulso a la celebración de la manifestación de Cristo sobre la
tierra. En los primeros tiempos los cristianos no sentían la necesidad de celebrar la ba-
jada de Cristo a la tierra. Las primitivas comunidades sólo celebraban una fiesta cristia-
na: la Pascua y la Cincuentena Pascual. Las fiestas dedicadas a los apóstoles y a los már-
tires hacían referencia a su muerte y no al día de su Nacimiento. Sin embargo, no se po-
día mantener esta actitud tratándose de Cristo. En efecto, Cristo era más que un apóstol
y un mártir, pues Él es el Salvador de la humanidad y su aparición en el mundo debía
también ser tenida en cuenta como un acontecimiento salvador de primer orden.
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Por este motivo, Mateo y Lucas habían puesto ya de relieve en sus relatos de for-
ma particular el Nacimiento de Jesús, y el Evangelio de Juan había expresado a su mane-
ra este misterio. Desde el momento en que, partiendo de la fe en el Señor crucificado y
glorificado, el pensamiento teológico, al profundizar en la persona y en la obra de Cris-
to, se remontaba hacia arriba, su encarnación debía ir apareciendo cada vez más neta-
mente en el primer plano de las reflexiones piadosas.
Fueron, sobre todo, los cristianos de Oriente los que reflexionaron acerca del mis-
terio de la manifestación de Dios al mundo bajo la forma de una persona humana. Ahora
bien, había varios modos de representar este acontecimiento: a) La posición herética
(gnóstico Basílides) afirma que fue únicamente en el momento del Bautismo cuando el
Cristo divino se manifestó temporalmente sobre la tierra en la persona de Jesús. b) La
posición ortodoxa-católica enseña que Dios se manifestó realmente en la persona histó-
rica de Jesús y, en este caso, la Palabra de Dios entra en el mundo en el momento de su
Nacimiento.
Partiendo de estas concepciones teológicas, descubrimos los primeros rasgos de la
fiesta cristiana de Navidad. Efectivamente, sabemos por Clemente de Alejandría que en
el s..II se celebraba en Egipto (Alejandría) el día 10 o el 6 de enero el bautismo de Cris-
to. Éste es, hasta el momento, el primer origen conocido de la fiesta de Navidad.
¿Por qué celebraban la fiesta del bautismo en los primeros días de enero, y con-
cretamente el día 6? Los Evangelios no mencionan la fecha del bautismo de Jesús. Ob-
sérvese que el 6 de enero los paganos celebraban una fiesta en honor de Dionisio, fiesta
que estaba relacionada con la prolongación del día; que en tal día se celebraba en Ale-
jandría el Nacimiento de Eón, nacido de la virgen Core; y que este día estaba también
consagrado a Osiris. En la noche del 6 de enero —se decía— las aguas del Nilo recibían un
poder milagroso del todo particular.
¿Qué tiene todo esto de común con la Navidad? Esta fiesta del bautismo, celebra-
da el 6 de enero en Egipto, adquirió igualmente derecho de ciudadanía en la Gran Iglesia
Oriental. El bautismo de Cristo se celebró, al principio, solamente bajo el aspecto de
«manifestación» de Cristo, o de Epifanía. En esta fiesta la noción preeminente era la de
manifestación.
Ahora bien, en la Iglesia, de acuerdo con los relatos evangélicos del Nacimiento,
se tenía como la auténtica «manifestación» de Cristo sobre la tierra no ya solamente el
bautismo, sino también el Nacimiento de Jesús. A consecuencia de las controversias de
principios del s. IV sobre la divinidad de Cristo, se debió sentir una imperiosa necesidad
de considerar la fecha del Nacimiento de Cristo como la de su «manifestación". Y lo
hacía el 6 de enero. No se suprimió nada de la fiesta original del bautismo: solamente se
le añadió la fiesta del Nacimiento.
En su celebración externa, la festividad se dividía en dos partes. La noche del 5 al
6 de enero: fiesta del Nacimiento de Cristo; el día 6: su bautismo. Por tanto, antes de
celebrar la fiesta del Nacimiento el día 25 de diciembre, la Iglesia conmemoraba en la
noche del 5 al 6 de enero este gozoso acontecimiento.
Poseemos una hoja de papiro descubierta en Egipto, y que data del principio del
s. IV, que transmite una especie de formulario litúrgico destinado a un coro eclesiástico.
Indica que la Navidad se celebraba todavía en la noche del 5 al 6 de enero. Así, pues, a
principios del s.IV se celebraba la fiesta del Nacimiento de Cristo en la noche del 5 al 6
de enero. Y se añadía su manifestación: a los magos, en el bautismo y en los milagros
(Caná de Galilea). Era la fiesta de la Epifanía en su totalidad. San Efrén (s.IV) llama a la
fiesta del 6 de enero la más sublime de todas las fiestas cristianas y describe la desbor-
dante alegría que, en tal día, invade a la Iglesia entera. Se celebra en ella el Nacimien-
to, la adoración de los pastores y la aparición de la estrella. El día siguiente está consa-
grado a la adoración de los magos y al bautismo de Cristo en las aguas del Jordán.
En Palestina se celebró durante mucho tiempo con un esplendor particular la fies-
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ta de Epifanía. Poseemos a este respecto la célebre narración de la noble peregrina Ete-
ria (o Egeria), que vivió tres años en Palestina. Describe el esplendor de esta fiesta, la
belleza de los cantos que brotan del seno de una turba inmensa. Cuenta cómo, en la no-
che del 5 al 6 de enero, todos, formando un solemne cortejo con el obispo, se dirigen a
Belén para celebrar allí la liturgia nocturna en la gruta que se cree ser aquella en la que
nació Jesús. Antes de amanecer, todo el cortejo se dirige a Jerusalén cantando himnos
de gloria a Cristo que ha venido a la tierra. Al alba del día 6 de enero llegan a Jerusalén,
van a la iglesia de la Resurrección, cuyo interior está iluminado por el resplandor de mi-
llares de antorchas. Se cantan salmos y los sacerdotes pronuncian oraciones. Hacia el
mediodía vuelven de nuevo a la iglesia de la Resurrección y se termina la primera parte
de la fiesta; al atardecer empieza la segunda parte con nuevo esplendor.
En estas tres descripciones juega un papel principal la noción de luz que tiene
asimismo un sentido simbólico (Luz que brilla en las tinieblas) y esta imagen es tan anti-
gua como el mismo cristianismo, y se pueden encontrar trazos de ella en todo el NT. To-
das las ideas cristianas que gravitan en torno a nuestra fiesta de Navidad existen ya en
esta celebración litúrgica.
El elemento primordial era el pensamiento que presidía la fiesta de la "manifesta-
ción", y no la fecha. De esta forma, efectivamente, se pudo cambiar con toda comodi-
dad, durante el s.IV, la fecha del Nacimiento. Así llegamos a la fiesta del 25 de diciem-
bre.

4. La fiesta del 25 de diciembre
¿En qué momento y por qué causa se separó la fiesta del Nacimiento de la cele-
bración de la Epifanía y se trasladó a una fecha particular, al 25 de diciembre? Este
hecho parece que se produjo en Roma, entre el 325 y el 354 d.C. El 25 de diciembre,
como aniversario del Nacimiento de Cristo, está atestiguado en Roma desde el 336; es
posible que en un principio se celebrara, durante algún tiempo, la antigua fiesta de Epi-
fanía en su forma original, mientras la nueva fiesta iba adquiriendo derecho de ciudada-
nía.
¿Qué móviles hubo, en esta época, que llevaron a separar la fiesta del Nacimiento
de Cristo de la de Epifanía y trasladarla al 25 de diciembre? Dos razones principales.
Primera: El desarrollo dogmático del problema cristológico, tal como se presentaba al
principio del s.IV. En el Concilio Ecuménico de Nicea, año 325, la Iglesia condenó for-
malmente la doctrina que negaba que en el Nacimiento de Jesús el mismo Dios se había
hecho hombre. Esta condenación descartaba todas las demás interpretaciones, com-
prendida incluso la que afirmaba que Jesús no habría sido adoptado por Dios sino a partir
del momento de su bautismo. La Iglesia de Roma tuvo un papel importante en las deci-
siones del Concilio. Es comprensible la propagación de la fiesta del Nacimiento de Cristo
en cuanto tal, es decir, sin que al principio se planteara la cuestión de la fecha. Así se
explica, por motivos teológicos cristianos, la tendencia a separar la fiesta del Nacimien-
to de la de Epifanía.
Segunda razón: En el ámbito pagano, el 25 de diciembre se celebraba como día de
fiesta muy importante en honor del sol. El emperador Constantino pretendió unir el cul-
to solar al culto cristiano. Para encontrar una nueva fecha al Nacimiento de Jesús jugó
un papel importante la presencia en el Imperio romano, en el seno de la religión muy
extendida de Mitra, un culto solar cuya fiesta principal se celebraba el 25 de diciembre,
día del solsticio de invierno. Como quiera que el símbolo de la luz que brilla en las tinie-
blas aparecía ya en la elección de la fecha del 6 de enero, se impuso un día en el que el
mundo pagano celebraba de modo particular las fiestas señaladas de la luz y del sol: el
25 de diciembre. Desde antes de la introducción del culto de Mitra, los emperadores ro-
manos habían construido templos al "Sol invencible". En el s. III se celebraron juegos so-
lemnes y pomposos el 25 de diciembre, en honor de este dios cuyo curso se elevaba de
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nuevo. Se encendían grandes fuegos, destinados sin duda a ayudar al sol a elevarse sobre
el horizonte. En el culto de Mitra, particularmente favorecido entre los soldados roma-
nos, la adoración del "Sol invencible" revistió formas más concretas.
Se comprende así que de modo especial la Iglesia de Roma se preocupara por
oponer al culto pagano de la naturaleza su propia fiesta de la luz, la fiesta del Nacimien-
to de Cristo, del Niño Jesús, Luz de las naciones. Se recordaba sin cesar que el pasaje de
Malaquías 4, 2: «Se levantará para vosotros el Sol de justicia», era una profecía sobre
Cristo.
El esfuerzo realizado por el emperador Constantino por juntar el culto solar y el
culto cristiano, tuvo su influjo. Quiso realizar la síntesis del cristianismo con algunos
elementos de valor que contenía el paganismo. Es cierto también que la idea de Cons-
tantino de unir el culto solar al culto cristiano se basaba en el simbolismo que parango-
naba a Cristo con el Sol. Quiso bautizar la fiesta pagana. ¿Lo logró? Es muy discutible.
A partir de entonces, exhortaciones como las de S. Agustín y del Papa S. León, se
hacen evidentemente necesarias. Porque esta fiesta pagana del "Sol invencible", tan só-
lidamente enraizada, no se olvidaba; al contrario, se perpetuaba en muchas costumbres
que, a partir de entonces, se trasladaron a la fiesta cristiana. De esta forma la Navidad
quedó separada de la otra fiesta cristiana, la del bautismo, pero también a partir de en-
tonces quedó muy influida por una fiesta pagana en las costumbres de Navidad. El pen-
samiento de que Cristo es la Luz del mundo que luce en las tinieblas, no depende de la
fiesta del 25 de diciembre; ya existía en la fiesta del 6 de enero, y también antes dentro
del cristianismo, independientemente de toda fiesta.

5. Propagación de la fiesta del 25 de diciembre
A partir de la segunda mitad del s. IV, la fiesta del 25 de diciembre se propagó
desde Roma por toda la cristiandad. Roma procura, en este tiempo, imponer la fiesta de
Navidad como distinta de la de Epifanía a las Iglesias de Oriente. Pero no lo consiguió fá-
cilmente. Porque entre las Iglesias de Oriente muchos se mantenían firmes y perseveran-
tes en la celebración de la fiesta del Nacimiento de Cristo bajo la forma antigua de la
fiesta de la Epifanía, los días 5 y 6 de enero.
En Siria la resistencia fue particularmente obstinada. En Antioquía se intentó, en
vano, durante diez años imponer la fecha del 25 de diciembre. Sólo se pudo lograr con
ayuda del gran orador S. Juan Crisóstomo. En su célebre sermón sobre la Navidad, Cri-
sóstomo intentó persuadir a los cristianos de su Iglesia de que era necesario celebrar la
fiesta del Nacimiento de Cristo el 25 de diciembre, porque era realmente el día en que
Cristo había nacido. De esta forma Crisóstomo logra hacer triunfar para siempre en su
Iglesia la fiesta del 25 de diciembre.
En Constantinopla había sido introducida esta fecha el año 379 por S. Gregorio
Nacianceno, el defensor de la divinidad de Cristo. Y la Iglesia de Egipto se resistió toda-
vía más, y esta oposición no cesó, de una manera clara, hasta el año 431.
Pero fue principalmente en Jerusalén donde no se logró privar a la antigua fiesta
de Epifanía, celebrada el día 6 de enero, de su contenido principal en favor de una fies-
ta nueva. San Jerónimo desplegó en vano toda su elocuencia. Sólo a partir de la mitad
del s.VI probablemente la Iglesia de Palestina cesó también en su oposición a la fecha
del 25 de diciembre. Una sola Iglesia, la de los Armenios, se mantuvo firme y no aceptó
celebrar la fiesta del Nacimiento de Cristo el 25 de diciembre; todavía hoy la celebra el
6 de enero.

6. Conclusiones históricas y teológicas
Primera: Al celebrar la fiesta del Nacimiento de Cristo el 6 de enero o el 25 de di-
ciembre, los cristianos no celebraban ni celebran una fecha reconocida como exacta
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desde el punto de vista histórico. Ya en las primeras fiestas de Navidad celebraban una
realidad importante para la Iglesia cristiana y que no está ligada a este día: la manifes-
tación de Cristo sobre la tierra.
Segunda: El impulso al que ha obedecido la celebración del Nacimiento de Cristo
no ha venido del exterior, sino que ha procedido de reflexiones cristianas sobre el senti-
do teológico del acto salvador por el que Dios se ha hecho hombre en Jesucristo y se ha
abajado hasta nosotros. La sobreestimación de esta fiesta, y principalmente la preferen-
cia que se le ha concedido en comparación con la fiesta del Viernes Santo y de Pascua,
no corresponde ni a la práctica cristiana, que en su origen no conocía más que ésta, ni al
pensamiento teológico de los primeros cristianos. La encarnación hay que considerarla a
partir de la Muerte y la Resurrección, y no al revés. Teniendo en cuenta esta subordina-
ción, se conforma perfectamente con la fe neotestamentaria el celebrar el Nacimiento
de Cristo con una festividad eclesiástica especial. Porque ya los autores de los Evange-
lios, Mateo, Lucas y Juan, se inclinan ante este acontecimiento cuando, cada uno a su
manera, buscan el modo de iluminarlo; y ellos no son en esto más que los representantes
de la comunidad que ha transmitido estas tradiciones. El himno de Flp 2,6 ss. podría
llamarse, muy exactamente, un himno de Navidad.
Tercera: La elección de la fecha ha venido determinada, en los dos casos (6 de
enero y 25 de diciembre) por el hecho de que estos dos días eran días de fiestas paganas
cuyo contenido ideológico tendía a unirse a los pensamientos específicamente cristianos
de Navidad. Fundándose en el NT, se puede descubrir legítimamente que Cristo, Salva-
dor de la humanidad, es, al mismo tiempo, el Redentor de la creación entera; y que la
historia de la salvación, unida a este nombre, atañe también al universo entero, como la
caída del hombre ha sometido toda la creación a la maldición de Dios. En virtud de esta
solidaridad del hombre y de la creación, la salvación del hombre es la salvación de toda
la creación entera. El testimonio del NT en su conjunto afirma que Cristo, Redentor del
género humano, participa ya, en cuanto mediador, en la creación del mundo. Sin em-
bargo, esta solidaridad entre creación y redención aparece sobre todo en el hecho cen-
tral, la muerte expiatoria de Cristo (Mt 27,45 y 51 y Col 1,20).