En el Evangelio hemos escuchado la promesa de Jesús a sus discípulos: "Yo le pediré al Padre

que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes". El primer Paráclito es el mismo Jesús; el
"otro" es el Espíritu Santo.
Aquí nos encontramos no muy lejos del lugar en el que el Espíritu Santo descendió con su fuerza sobre
Jesús de Nazaret, después del bautismo de Juan en el Jordán. Así pues, el Evangelio de este domingo, y
también este lugar, al que, gracias a Dios, he venido en peregrinación, nos invitan a meditar sobre el
Espíritu Santo, sobre su obra en Cristo y en nosotros, y que podemos resumir de esta forma: el Espíritu
realiza tres acciones: prepara, unge y envía.
En el momento del bautismo, el Espíritu se posa sobre Jesús para prepararlo a su misión de salvación,
misión caracterizada por el estilo del Siervo manso y humilde, dispuesto a compartir y a entregarse
totalmente. Pero el Espíritu Santo, presente desde el principio de la historia de la salvación, ya había
obrado en Jesús en el momento de su concepción en el seno virginal de María de Nazaret, realizando la
obra admirable de la Encarnación: "El Espíritu te llenará, te cubrirá con su sombra –dice el Ángel a
María- y tú darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús".
Después, el Espíritu actuó en Simeón y Ana el día de la presentación de Jesús en el Templo Ambos a la
espera del Mesías, ambos inspirados por el Espíritu Santo, Simeón y Ana, al ver al Niño, intuyen que Él es
el Esperado por todo el pueblo. En la actitud profética de los dos videntes se expresa la alegría del
encuentro con el Redentor y se realiza en cierto sentido una preparación del encuentro del Mesías con
el pueblo.
Francisco ha abierto la boca en Ammán para proferir blasfemias contra Dios:
1. «Las diversas intervenciones del Espíritu Santo forman parte de una acción armónica, de
un único proyecto divino de amor. La misión del Espíritu Santo consiste en generar
armonía –Él mismo es armonía– y obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos
diferentes. La diversidad de personas y de ideas no debe provocar rechazo o crear
obstáculos, porque la variedad es siempre una riqueza. Por tanto, hoy invocamos con
corazón ardiente al Espíritu Santo pidiéndole que prepare el camino de la paz y de la
unidad».
a. La Obra de la Redención es el proyecto del Padre sobre la humanidad. Y esa obra se
compone de Amor y de Justicia. Y, en la Justicia, un camino de Misericordia para los que creen en
Jesús en Su Iglesia. Esa Obra es la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo, es decir, no es la del
hombre. El hombre no sabe el camino para realizar las obras divinas. Y, por tanto, el hombre no sabe
discernir las intervenciones de Dios en la vida de los hombres. Dios actúa en todos los hombres, pero
no para todos los hombres. Unos se salvan, otros se condenan. La unidad de la obra de Dios no es la
unidad de todo el género humano. Jesús viene a redimir al género humano, pero no viene a salvar a
todos los hombres. Cada hombre tiene que salvarse dando su voluntad libre a Dios en Su Hijo
Jesucristo.
b. La misión del Espíritu Santo es la de defender la causa de Jesús. Y Jesús ha juzgado al
mundo y lo ha desenmascarado de su mentira y de su pecado. Por eso, el Paráclito es el que convence
al mundo en lo que se refiere al pecado, a la justicia y al juicio (cf. Jn 16, 5-15). En otras palabras, el
Paráclito saca todo a luz para que se comprenda la malicia del mundo.
El Espíritu Santo no viene a poner paz entre los hombres, sino espada, que es lo mismo que
hizo Jesús: «No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada» (Mt
10, 34). Por tanto, la afirmación de que el Espíritu Santo viene a «obrar la paz en
situaciones diversas y entre individuos diferentes», no sólo es una opinión de un hereje,
como Francisco, sino que va en contra de la Palabra de Dios, que muy claro dice:
«Porque he venido a separar al hombre de su padre, y la hija de su madre, y a la nuera de
su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 35).
Aquí, Francisco habla el lenguaje que gusta a los hombres: como somos
personas con juicios diferentes, con vida distintas, con religiones encontradas, vamos a
buscar una solución a todo este problema, poniendo como testigo la Palabra de Dios. Y,
yo como un santo Obispo de Roma, digo que el Espíritu Santo nos da a todos la paz,
porque somos tan buenas personas, Dios nos ama tanto, que nos da un camino para la
unidad.
«Porque la variedad es siempre una riqueza»: el judío, el israelita, el budista, el
cristiano, el pagano, el homosexual, el ateo, el terrorista, los mafiosos,…, son siempre
una riqueza para la humanidad, son siempre un bien para todas las culturas del hombre.
Y sólo hay que ver el camino para unir tanta riqueza.
Cada hombre, en su pensamiento, tiene una verdad que hay que cultivar, que hay
que proteger, a la cual hay que unirse.
En este párrafo de este hombre sin vida espiritual, sin sentido común, sin dos
dedos de frente, se resume toda su homilía. Lo demás que ha dicho palabrería para
entretener a la masa, que lo oye con la boca abierta, sin saber discernir ningún espíritu
en ese hombre.
Un hombre que no se enfrenta al pecado que hay en Jerusalén no es un Papa, no
habla como Papa, no es ni siquiera un Obispo. Un hombre que habla para contentar a
los hombres, para darles un consuelo en su vida humana, es el Vicario del Anticristo.
2. «En segundo lugar, el Espíritu Santo unge. Ha ungido interiormente a Jesús, y unge a los
discípulos, para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir en su
vida las actitudes que favorecen la paz y la comunión. Con la unción del Espíritu, la
santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad y nos hace capaces de amar a los
hermanos con el mismo amor con que Dios nos ama».
a. El Espíritu Santo no unge: es el aceite el que está ungido o las manos del sacerdote que
son ungidas, o se imponen las manos para dar un carisma a una persona (profeta, etc.). El
alma bautizada tiene la unción del Santo; y así el que ha recibido el Orden, posee la unción
del Espíritu (cf. 1 Jn 2, 20). Se unge con la Gracia de Dios. Se unge a una persona que está
en Gracia de Dios. Si se unge a una persona que no está en Gracia, esa persona no recibe
la unción del santo, porque pone un óbice, que es su pecado, y hasta que no lo quite, no
puede recibir esa unción.
b. El Espíritu Santo no ha ungido interiormente a Jesús, sino que el Verbo, al encarnarse, ha
hecho de esa humanidad el Templo de la Santísima Trinidad. Jesús no es ungido como son
las almas cuando se bautizan o se casan o reciben cualquier sacramento. Jesús, por ser
Dios, no necesita la unción del Santo. Su misma alma, su misma carne, su misma
humanidad es ungida en la Encarnación. Las obras del Espíritu en la vida de Jesús no son
unciones. Jesús, al ser bautizado en el Jordán, no es ungido con el Bautismo de la
Penitencia de San Juan Bautista, porque no tiene necesidad de esa unción. Ese Bautismo
es para manifestar al Mesías prometido, es para abrir el camino de salvación a los
hombres; no es para el alma de Jesús, no es una obra para la vida interior de Jesús.
Francisco trata a Jesús como un hombre, pero no como Dios. Equipara a Jesús con sus
discípulos. Y, por eso, da oscuridad en su enseñanza en la Iglesia.
c. Para tener los mismos sentimientos de Jesús no se necesita la unción del Santo, sino la
humildad, la disponibilidad, la sencillez, la obediencia, del alma al Espíritu de Cristo. Un
soberbio, que se cree algo en la Iglesia nunca da a Cristo ni en sus palabras ni en sus obras.
Imitar a Cristo es desprenderse de todo lo humano: sólo así los discípulos tienen los
mismos sentimientos de Cristo. Porque Jesús, en su vida humana, sólo se dedicó a seguir
la Voluntad de Dios, que le mandaba a la cruz, obra que aborrecía su humanidad. Ningún
hombre quiere el dolor para su vida. Y menos la humanidad de Cristo que es Santa por su
concepción. Y, sin embargo, Jesús acepta el dolor que le envía Su Padre, porque no sigue
ningún pensamiento humano no ninguna meta humana en su vida humana. Francisco
sigue hablando para contentar a los hombres necios, como él, que no saben decir una
verdad sobre Jesús.
d. «Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad»:
mayo estupidez no se puede decir. Un hombre necio y estúpido. Las dos cosas. Necio,
porque no sabe diferenciar la santidad de Jesús con la santidad de los demás. Jesús no es
Santo como los hombres son santos. Jesús es el Santo de los Santos, porque es Dios. Y los
hombres son santos porque participan de la gracia santificante. Quien no vive en gracia,
no es un santo sino un demonio. La Gracia es la que comunica la santidad al hombre. Y la
comunica infundiendo en su alma las virtudes. Y el hombre, al sol de los dones de
Espíritu, tiene que hacer méritos para alcanzar la santidad que Dios le pide. Así que el
Espíritu Santo no imprime nada, ni hace falta que imprima nada. ¡Qué necio es este
hombre! ¿Pero no se dan cuenta que así no habla un Papa? ¡Qué necios son los que lo
siguen porque se sienta en la Silla de Pedro! Y ya no tienen otra razón para excusar a ese
hombre que decir que se sienta en Silla para obedecerle. ¡Hay gente en la Iglesia con una
venda en los ojos incapaz de ver la estupidez de Francisco!
Si Dios imprime en nuestra humanidad la santidad de Jesucristo, entonces todos somos
santos, todos al cielo, no existe el pecado, ni el mal en el mundo. Nuestro cuerpo es
glorioso. Todo es un Paraíso: esta es la estupidez de ese hombre. Ese hombre cae en esta
estupidez por su necedad: no distingue santidades, no discierne la verdad.

3. «La paz no se puede comprar: es un don que hemos de buscar con paciencia y construir
"artesanalmente" mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El
camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y
formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre del
cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza».
a. «La paz os dejo, Mi Paz os doy; no como la da el mundo os la doy Yo» (Jn 14, 27):
luego, no es un don que el hombre tenga que buscar y construir artesanalmente. El
Evangelio es tan claro para el alma humilde que con sólo leer lo que dice este hombre
se da cuenta de la gran soberbia que anima el espíritu de Francisco.
La paz es el fruto de la gracia en el alma: El apóstol Pablo enumera la múltiple
fecundidad del Espíritu en la vida cristiana: «El fruto del Espíritu Santo es caridad:
alegría, paz, paciencia, bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí»
(Gál 5,22-23). El Espíritu obra en el corazón del alma humilde y da la paz al corazón
que permanece en gracia. El hombre sólo tiene que construir una vida en gracia: ser
fiel a la Gracia, permanecer en la gracia, perseverar en la gracia. Y, de esa manera, el
mundo va cambiando, porque la santidad del alma que cree en la Palabra de Dios, se
irradia sin hacer ningún esfuerzo humano, sin las obras humanas. Es Dios quien
enseña a realizar las obras exteriores que él quiere entre los hombres. Y, por eso, la
paz es la enseñanza del Espíritu al alma para que obre una justicia, un orden, una
rectitud, en la humanidad. La paz de Dios es poner una justicia: primero en el interior
del alma: la gracia; segundo, al exterior: dar a cada uno lo que se merece. Y, sólo de
esta manera, se consigue la paz ente los hombres.
b. Entonces, decir que: «El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos
tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano»: es su comunismo.
Habla del bien común que los hombres tiene que buscar para consolidar esa paz falsa.
El amor de sangre, de carne y sangre, es lo que hace hijos de Dios. Ya no es la fe en
Jesucristo. Es porque nos amaos tanto como hombres que sólo hay que mirar que
tenemos un Padre, que ha engendrado las carnes y las sangres. Tenemos un Padre
carnal. Ya no es el Padre que da al Gracia ni el Espíritu. Es un Padre que une a todos
los hombres porque somos de la misma sangre.
Seguir a Francisco es, sencillamente, una estupidez. No hay manera de comulgar con su pensamiento
humano. Es que no se puede. Es que dice vulgaridades, sin fundamento, sin una verdad, sin un fin.
Habla por hablar, para llenar cuartillas, para entretener a las masas, para no decir nada.
Habla para dividir a la Iglesia con su mentira, con su engaño, con su necedad. Su primera homilía ya
indica la intención con qué va a Jerusalén: para iniciar el cisma en la Iglesia. Para poner a Jerusalén
como el centro de todas las religiones del mundo.
Por tanto, es necesario realizar gestos de humildad, de fraternidad, de perdón, de reconciliación. Estos
gestos son premisa y condición para una paz auténtica, sólida y duradera. Pidamos al Padre que nos unja
para que seamos plenamente hijos suyos, cada vez más conformados con Cristo, para sentirnos todos
hermanos y así alejar de nosotros rencores y divisiones, y amarnos fraternamente. Es lo que nos pide
Jesús en el Evangelio: "Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro
Paráclito, que esté siempre con ustedes".

Y, finalmente, el Espíritu envía. Jesús es el Enviado, lleno del Espíritu del Padre. Ungidos por el mismo
Espíritu, también nosotros somos enviados como mensajeros y testigos de paz. ¡Cuánta necesidad hay
de este testimonio nuestro de paz!

4. «La paz no se puede comprar: es un don que hemos de buscar con paciencia y construir
"artesanalmente" mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El
camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y
formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre del
cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza».

Con este espíritu, abrazo a todos ustedes: al Patriarca, a los hermanos Obispos, a los sacerdotes, a las
personas consagradas, a los fieles laicos, así como a los numerosos niños que hoy reciben la Primera
Comunión y a sus familiares. Mi corazón se dirige también a los numerosos refugiados cristianos
provenientes de Palestina, de Siria y de Irak: lleven a sus familias y comunidades mi saludo y mi cercanía.

Queridos amigos, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en el Jordán y dio inicio a su obra de redención
para librar al mundo del pecado y de la muerte. A Él le pedimos que prepare nuestros corazones al
encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo
nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones,
de las controversias; que nos envíe, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero
fecundos, de la búsqueda de la paz. Amén