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TÚ SABES QUIÉN ERES.

DESDE EL VOYERISMO HASTA LA DISIDENCIA RELACIONAL CONTEMPORÁNEA.


Nota: el ensayo fue escrito desde prácticas voyeristas e investigación participante.

1. Códigos emocionales en twitter.
1.1 Introducción: Subjetividad de lujo.

El término subjetividad de lujo, acuñado por Suely Rolnik en su ensayo “El ocaso de la
víctima” y retomado a través de la ironía por el teórico español Eloy Fernández Porta en su
libro “Eros: la superproducción de los afectos”, se refiere a un código emocional y sensitivo
determinado y construido en redes intersubjetivas para legitimar la valía de ciertas prácticas
tanto económicas como sociales o esteticistas. La subjetividad de lujo en este análisis
apunta a este último factor: la construcción de una identidad esteticista como código
relacional. Tanto Rolnik como Porta hacen hincapié en la exclusividad de este tipo de
identidades, ya que lo que liga y da coherencia a estos códigos es su restricción respecto a
un tercero al dotar al individuo de una investidura gestual y sensitiva que lo sitúa, por
decirlo de una manera, sobre el común de los mortales; sigue la lógica de la supremacía
como status, elegancia y distinción proyectada hacia ciertas prácticas, objetos y emociones:
los afectos comienzan a construir una determinada manera de sentir como si se tratara de
un objeto de lujo, señala Porta. Se puede decir así que ciertas emociones son mucho más
valiosas y exquisitas que otras y que determinada manera de sentir se encuentra sobre el
estándar o el dominio público: idealismos de nobleza o lárguense de aquí los guarros. Este
tipo de códigos no son nada nuevos en nuestro ambiente inmediato, ya que esto puede
observarse en la publicidad de determinados productos como perfumes, bebidas
alcohólicas, joyería y hasta literatura. Todo se vuelve motivo de distinción entorno a esta
elaboración de exquisiteces sensitivas. La sensibilidad, el sentir, siguiendo a Mario
Perniola, se vuelve espacio socializado, la experiencia subjetiva se convierte en mero acto
especular y espectacular.

1.2 Albert Cohen y “Belle du seigneur”.

El personaje de Ariane en la “Bella del señor”, novela galardonada por la crítica y ejemplo
conciso para el análisis, reproduce este tipo de código emocional o subjetividad de lujo.
Esta amante pasional, esteticista e histérica reproduce en sí misma todos los cliches acerca
del amor hasta la exacerbación, con una sola ventaja sobre el dominio vulgar: el poder
económico como la pauta para un tipo de sentimientos exclusivos. A lo largo de toda la
novela, Ariane hace gala de su distinción no solo por sus orígenes nobles sino por todos
aquellos elementos culturales que ella determina como una manera de amar sublime: desde
la música de Bach para llamar al cortejo hasta su afición inglesa por el té o su constante
preocupación por parecer siempre la amante ideal. Podría uno aquí hablar de bovarismos y
demás, pero no viene al caso. Hago este breve apunte sobre la “La bella del señor” para
ejemplificar mediante la parodia de Cohen como es que la subjetividad de lujo se encuentra
ligada a estos ideales de nobleza solo compartidos por una minoría capaz de ejercer en
estado de pureza un afecto determinado como el amor: todo aquello que se encuentra fuera,
tal como lo demuestra Ariane, es motivo vulgar y por lo tanto es descalificado.
Paradójicamente, su amante, Solal, es un excluido de la sociedad encubierto por su poder
económico, pero ¿qué lo distingue de Ariane y por qué se le rechaza? La exclusión social lo
sufre por sus orígenes judíos. El hecho de su holgura monetaria no es necesario, aunque en
ella se encuentra su soporte, para pertenecer a esta subjetividad de lujo: para entrar en ella
se debe cumplir con determinados contratos sociales o ser parte de una comunidad
relacional que legitime al sujeto. Así, distinción esteticista/económica y distinción
relacional, son motivos para construir este código emotivo deluxe. Algo parecido ocurre en
las redes sociales. No desesperéis.

1.3 Poetuiteros y el popstar: nuevos códigos relacionales basados en emociones.

Este tipo de estudios no es nada nuevo en el ámbito de la teoría y la crítica contemporánea.
Uno puede fácilmente navegar a través de la infinidad de artículos sobre nuevas
comunidades digitales que se caracterizan por determinadas prácticas metamediáticas,
como los trolls, e incluso toparse con investigaciones de corpus léxico en el ámbito del
social-media; sin embargo, pocas veces se echa un vistazo a cómo es que estos nuevos
sujetos virtuales diseñan a partir de códigos sensitivos y relacionales las nuevas formas de
identidad emergentes en la red. El objeto de mi análisis en esta primera parte son los
poetuiteros. Definiciones están de más, ya que muchos saben identificar a este tipo de
usuarios. Curioso es el hecho de que son visibles y se les reconoce por su escritura, la cual
se ejerce de manera literaria o poética (de ahí su nombre), un gran fracaso en la mayor
parte de los casos, aunque no niego mi gusto por algunos destellos de ingenio. De la misma
forma, cualquier apología de nuevas prácticas creativas queda fuera, pues más de uno
podría hablar sobre el derecho al libre desarrollo de la imaginación y la sensibilidad
artística, así como el análisis literario aplicado a este fenómeno.
Aquí no es mi intención tomar en cuenta solamente los motivos científicos propios
de mi formación académica para señalar la importancia de esta nueva generación enajenada
con la obsesión relacional (Porta) y su fascinación por parecer gerentes de publicidad de su
propia imagen. Identidades virtuales/digitales, para decirlo de una vez, que obtienen
mediante la escritura digital un espacio para el desahogo mediático: sus cinco minutos de
fama y la exhibición de la intimidad como motivo espectacular. Paula Sibilia podría
hablarnos mejor (fuera de prejuicios y lugares comunes) de esto en su libro “La intimidad
como espectáculo” y como el yo se viralizó en la red. Tampoco quisiera entrar en
polémicas extensas de tipo Starbucks sobre la circulación de la información y este supuesto
cliché de comparte, comparte, comparte: compartir es amar y dar lo que es de todos. Una
breve aclaración sobre este punto:
El acto de compartir información en la cultura digital, un mercado cuya economía y
mercancía son producidos mediáticamente, es en la actualidad el imperativo inmediato de
la comunicación entre sujetos virtuales: comienza la construcción del nuevo código
relacional con esta sola premisa; sin embargo, me niego a creer en el supuesto de compartir
como actividad desinteresada, aunque se deba presentar como si lo fuera, pues lo que
realmente se lleva a cabo es una transferencia entre pares (pues esto se da en círculos que
por muy amplios siguen siendo restringidos y afines en intereses) y el ejercicio de un forma
de socialización emergente: no es el conocimiento o la información lo que realmente vale
sino el hecho de compartir y ser noble con el derecho a la información. Cabe mencionar,
como un dato marginal, aunque no carente de interés, que el punto de extracción de la
información llega a ser, en muchos de los casos, indiferente para el usuario, por lo que la
veracidad o autenticidad llega a ser un factor de según grado en la nueva normativa
relacional; podría pensarse el acto de compartir como un mero acto especular a partir del
individuo, lo que Perniola llamaría un sentir socializado, ya dado. Este tipo de data puede
ser financiera, política, cultural y hasta personal; la fuerza de la creatividad independiente y
el exhibicionismo emocional son unas de las constantes más comunes en esta práctica de
compartir®. ¿Qué se comparte generalmente? Nuestro pánico emocional (entendido como
sobresaturación afectiva) y nuestros más íntimos sentimientos, así como nuestro gusto hacia
determinados objetos o productos digitales. Supuestamente, ya que la sensibilidad y la
empatía se han convertido en otra de las reglas que se imponen para esta nueva era
relacional. Esto se puede ver en Facebook, en donde abundan etiquetas para designar lo que
me gusta y me constituye: mira mi espectáculo, mis lecturas, mis grupos favoritos, mis
aficiones cinéfilas, todo esto es lo que da forma a mi identidad virtual y me he hace
diferente, poseo una sensibilidad específica y en algunos casos mucho más exquisita y
alternativa que la tuya: conviven capital simbólico y capital afectivo dentro del diseño de
la subjetividad del yo digital. El encargado de esta operación es desde luego el usuario,
pero siempre bajo la supervisión y condición de la interfaz; la ventaja se encuentra en la
búsqueda de afinidades con el otro y la conexión entre pares, por lo que no es una actividad
aislada sino en comunidad, es decir, relacional. Así, la agenda de contactos ha tomado
parte del poder, y bueno, así ha sido siempre: sin aliados estás muerto. Lo que nos distingue
es la manera de construir estos vínculos afectivos y esta manera de darles forma es a través
de las redes sociales más comunes como Twitter, Facebook, Whatsapp, entre todo el millar
de alternativas públicas que tenemos. Hemos llevado al límite nuestro contacto con el otro,
contacto que paradójicamente se ejerce a control remoto mediante catálogos relacionales.
Desde luego hay algunos sujetos que se asumen como terroristas de la imagen y la
información, al comunicar y viralizar data falsa, violencia demencial o tácticas para
provocar el shock emocional en sus receptores. Hay de todo en esta era digital de la
información y los afectos forman parte crucial de su reciente y acelerada construcción.
Los casos del poetuitero y el popstar son mucho menos agresivos y más cursis que
el de aquellos disidentes capaces de perturbar sobre manera el correcto funcionamiento de
los metamedios. Este correcto funcionamiento viene dado una vez más por políticas de la
corrección ética/estética impuestas por el mismo medio donde se ejerce la transferencia
afectiva: es importante conservar el sentido humanitario, ya que estos metamedios fueron
hechos para acercar a las personas y ponerlas en contacto (al menos eso dice su publicidad).
Y por una parte es bueno que así se haga, pues es cierto que hay contenido verdaderamente
asqueroso y nada constructivo, no por el hecho de ser violencia sádica o sin importancia,
sino por la falta de criterio y la susceptibilidad psíquica de varios sujetos. No hablo de
censura necesaria, pero nuestro consumo de información nos ha llevado a recibir y aportar
de manera indiscriminada a este torrente de data.
De regreso a nuestro sujeto de análisis, este hace gala de su diferencia por su
subjetividad de lujo: el poetuitero. Este sujeto virtual es uno de los más curiosos al diseñar
su sensibilidad a través de prácticas literarias que, más que un reflejo de creatividad, son
una exhibición de un código sensitivo que los identifica como tales, es decir, como gente
artística, distinguida y elegante, capaz de expresar esta manera de sentir aristocrática
alrededor de las emociones a partir de 140 caracteres y el uso poético que le permiten
estos. Generalmente, los tweets de estos usuarios encubran sentimientos considerados como
elevados y líricos: amor, pasión, melancolía, mística y una que otra reflexión existencial o
broma irónica con mucha ingenio; sin embargo, una vez más, esto no se da
desinteresadamente para exhibir a los sujetos como seres sensibles, sino que está interesado
tanto en parecer sensible como en serlo dentro de la comunidad: se dota de emociones al
sujeto digital, pero estás emociones son percibidas como delicadas y exquisitas, no se tiene
tiempo para la vulgaridad de lo cotidiano (de hecho se encuentra excluido cualquier
elemento referencial al espacio del hábito común) . Al adaptar este código tan básico a sus
interacciones mediáticas se está listo para formar parte de esta subjetividad de lujo; sin
embargo, es necesario tener seguidores capaces de sentir y compartir los tweets y mientras
más mucho mejor, pues habla del nivel de empatía o de gusto de una audiencia que maneja
el mismo código que el emisor. Es claro que en toda comunidad son necesarios grupos de
afinidad, pero lo interesante es como se construyen estos a partir de una estética de lujo
basada en afectos y emociones como valor sobresaliente. Para hablar de amor (y otros
sentimientos de la misma raigambre lírica y noble) siempre ha sido necesario el lenguaje
poético (esto es visible en la tradición literaria por muy paródica que sea y el ejemplo está
en “La bella del señor”) y es interesante como está reproducción nos ha alcanzado para
convertirse en una estética cotidiana de usuarios de redes sociales: el nivel intuitivo de
producción del poetuitero es lo que lo hace impresionante, ya que puede manipular todos
estos códigos para diseñarse a sí mismo en el entorno digital. El primer paso es esta lengua
compartida y delux pero no olvidemos cuestiones visuales, tales como el avatar, los colores
elegidos y hasta el formato del texto, por no incluir las biografías tan reveladoras y
misteriosas de algunos usuarios. Por otro lado, la novedad de modificar el espacio
escriturario en el pizarrón de twitter para evitar la linealidad del mensaje ha dado pauta a la
imitación de la estructura visual del verso. Este pequeño detalle termina de darle el toque
poético al asunto.
Lo mismo ocurre con el diseño del avatar al aplicar determinados filtros en la
imagen (producción visual del sujeto), así como la identidad velada de muchos otros que
prefieren el uso de una imagen random, la cual de todas maneras tiene un valor ligado a la
subjetividad de lujo pues representa una vez más una faceta estética exquisita: desde
reproducciones pictóricas de tal o cual artista hasta fotografías que revelan un capital
simbólico y afectivo exclusivo. Estos usuarios anónimos son quizá lo más integrados al
código relacional de lujo, a pesar de que uno que otro sepa su auténtica identidad: el
misterio es un elemento delux, lo mismo que la refrita estética del silencio y las continuas
referencias a emociones y sentimientos sublimes, melancólicos, nocturnos, oscuros,
profundos: oh melancolía, me duelen los pinches ovarios. Lo usuarios pueden entonces
distinguirse del resto por estas reproducciones literarias afectivas que les valen miles de
favoritos y retweets, es decir, una transferencia afectiva numérica clara: la audiencia
recompensa esta puesta en escena de las emociones con índices de rating que se reflejan en
cantidades numéricas, las cuales validan y sirven como valores mucho más palpables: su
cotización es alta, desde luego, y su encumbramiento a partir de sentimientos distinguidos
les vale determinado status dentro la comunidad virtual. Poseen una subjetividad
aristocrática, son actores y gestores de su propio espacio espectacular/relacional/afectivo.
Cortázar estaría orgulloso de su ternura; Cioran dejaría de lamentarse con tanto
simpatizante con su nivel de profundidad. Así, se participa de una determinada manera de
sentir diseñada por el usuario y la comunidad.
Aquí cabría una pequeña cita de Porta sobre la cuestión metamediática y el uso de
estos dispositivos en nuestra era: “El dietario es el género que más se ha popularizado en
nuestra época; hace diez años era cosa de poetas maduros, filósofos contemplativos y
pintores con vena literaria, y ahora es cosa de todos: es uno más de los códigos de
expresión “aristocráticos” que se han puesto al alcance de la mayoría. Se diría que todo el
mundo se ha vuelto benjaminiano, y todo el mundo ha “adquirido el derecho” de usar
algunas formas de expresión que hasta hace poco eran patrimonio exclusivo de las figuras
de autoridad: el silogismo, la frase lapidaria y todas esos modismos concluyentes y
sintéticos, pero también el derecho a ser escuchado cuando uno piensa en voz alta, que es
una potestad muy importante que diferencia a las personas que cuentan de las que
no. Baudelaire decía que el dandy debe ser continuamente brillante; cuando uno ve el uso
que se hace de los metamedios -logorrea de aforismos, torneo de agudezas, epifanías sin
fin- parece como si un nuevo Baudelaire de la revista Vice hubiera dicho: “sea
continuamente brillante, pero EN SU CASA y por escrito; no lo haga en persona y de viva
voz, que eso es un incordio”.
1

En el caso de otros gérmenes, sus pobres ironías son validadas por uno que otro que
se muestra reacio, dentro del mismo medio, a participar de las pautas de popularidad delux
que le dictan: sumidos en su impopularidad metamediática, algunos creen derrochar ingenio
en amargura o comentarios audaces sobre situaciones crudas de la vida, sin caer en la
cuenta de que ellos mismos funcionan como otra de tantas subjetividades estandarizadas al
buscarse como originales. Paradójicamente, hay muchos de estos ironizantes de la
subjetividad de lujo con grandes audiencias y uno se sorprendería de la cantidad de
elementos autoreferenciales que utilizan en su discurso: sexo, desempleo, ridículo, humor
negro, drogas, ambigüedad, mala suerte e incoherencias son sus tópicos preferidos. Y no,
realmente no hay tanto ingenio ni ambigüedad ni son una pizca locos, pero construyen una
sensibilidad basada en tales elementos: una sensibilidad trash, mucho más realista según su
consenso, se ha apoderado de su pequeña Factory.


1
Entrevista realizada a Eloy Fernández Porta por Mario Crespo, publicada en el porta “Sigueleyendo”:
http://www.sigueleyendo.es/afterpop-e-f-p/