LA CRISIS DEL CAPITALISMO LIBERAL: LA GRAN DEPRESIÓN DE 1929 Y

SUS CONSECUENCIAS

I. EL AUGE DE LOS AÑOS VEINTE. INESTABILIDAD Y SOBREPRODUCCIÓN
I.1. Limitaciones geográficas de la expansión.
I.2. Síntomas de inestabilidad.
I.3. La sobreproducción.
I.4. El marasmo monetario y la rivalidad financiera.

II. ESTALLIDO Y EXPANSIÓN DE LA CRISIS

II.1. La crisis en los EE.UU.
II.2. Extensión de la crisis a Europa.

III. RESPUESTAS A LA CRISIS

III.1. Respuestas comunes.
III.2. Las respuestas nacionales.

IV. CONSECUENCIAS DE LA CRISIS
IV.1. Consecuencias políticas.
IV.2. Consecuencias demográficas.
IV.3. Consecuencias culturales: crisis de valores.


INTRODUCCIÓN
La crisis de 1929 fue algo mucho más profundo que el mero hundimiento de esa
ciudadela financiera, aparentemente tan sólida, instalada en Wall Street. Comprender el
significado de 1929, la profundidad del estancamiento derivado de la crisis, las consecuencias
de la misma y su internacionalización, exige rastrear los antecedentes del desastre y poner en
cuestión la universalización de la expansión económica de los felices veinte.
Por otro lado, es preciso plantearse la esencia de la crisis: ¿fue una crisis de
sobreproducción? ¿Se debió únicamente a fenómenos monetarios, tal como plantea M.
Friedman? ¿1929 significó el derrumbamiento de un modelo de acumulación o simplemente la
quiebra de una determinada política económica incapaz de asegurar las elevadas tasas de
crecimiento que el sistema económico requería? Demasiados interrogantes objeto de un
debate que todavía no ha concluido.


I. EL AUGE DE LOS AÑOS VEINTE. ANTECEDENTES Y FUNDAMENTOS DE LA CRISIS
I.1. Limitaciones geográficas de la expansión
En primer lugar, es preciso situar en sus coordenadas reales el auge económico de los
años veinte, tratar de limitarlo en el tiempo y, sobre todo, en el espacio.
La expansión económica fue un producto prácticamente restringido a los EE.UU., que
superaron sus mayores problemas: la crisis de los años inmediatamente posteriores a la
guerra, confirmando su posición hegemónica mundial. La situación fue muy distinta para el
resto de los países industrializados, donde la expansión de la década de los veinte llegó
tardíamente o de forma marginal. Veamos con brevedad los ejemplos más representativos:
a) GRAN BRETAÑA. El estancamiento económico británico estaba determinado por el
envejecimiento del utillaje industrial, por la obsolescencia de la oferta incapaz de competir en
los mercados exteriores con países técnicamente más agresivos, y, sobre todo, por la
resistencia de la City a perder su control de las finanzas mundiales. En otras palabras, Gran
Bretaña había sacrificado su producción interior al mantenimiento de una libra fuerte que
pudiera competir en el exterior con el dólar. Postura lógica, cuyos primeros síntomas se
vislumbraron a fines del XIX, cuando Gran Bretaña, ante la competencia industrial de Alemania
y EE.UU., reforzó la exportación de capitales. Tampoco cabe hablar de unas tasas de
crecimiento similares a las norteamericanas en Francia, Alemania, Italia, Europa Danubiana o
en las economías dependientes.
b) FRANCIA vio lastrada su recuperación económica de postguerra por la inestabilidad
del franco. Hubo que esperar a la definitiva estabilización del franco Poincarè en 1928 para
observar un normal funcionamiento de la economía francesa.
c) En ALEMANIA después de la hiperinflación culminada en 1923, el aparato industrial
recuperó las tasas de crecimiento de la anteguerra en 1926.
d) En ESPAÑA, el esquema intervencionista de la Dictadura de Primo de Rivera, basado
en la financiación de las obras públicas como ariete expansionista, se hizo inviable a medio
plazo por la ausencia de una reforma fiscal que ensanchara las disponibilidades del Estado.
e) En las economías dependientes, el incremento de las exportaciones se debió al
aumento de las inversiones extranjeras. Durante estos años se agudizó la expansión de EE.UU.
en Latinoamérica entrando en colisión con los intereses británicos


I.2. Síntomas de inestabilidad

Conviene asimismo indicar los síntomas de inestabilidad a lo largo de los años veinte,
que aparecen como fisuras anunciadoras de la crisis.
En primer lugar, señala Jean Bouvier, es preciso no desdeñar el trasfondo demográfico.
Los países que antes absorbían población europea comenzaron a imponer limitaciones.
Tenemos claros ejemplos en la Quota Acts de 1921 y la Inmigration Restriction Act de 1924, en
los EE.UU., que redujeron el límite de inmigrantes a 162.000 anuales. Estas limitaciones
perjudicaron sobre todo a países carentes de un andamiaje colonial.
La vigencia del nacionalismo económico, herencia del viraje proteccionista de fines del
siglo XIX, acentuado durante la Primera Guerra Mundial, encenagó los circuitos comerciales
internacionales, dibujando un contexto incompatible con la expansión económica a largo
plazo. Los progresos de las posturas proteccionistas fueron generales, pero merece la pena
destacar los casos de Gran Bretaña (ley de salvaguarda de las industrias y la ley de importación
de 1921) y de EE.UU. (tarifa Fordney-McCumber en 1922).
El avance proteccionista amenazaba con esa especie de triangulación comercial
Europa—EE.UU.—Áreas coloniales, condición necesaria para el buen funcionamiento del
mercado mundial. La Conferencia Económica Mundial de 1927 planteó sin resultados
duraderos, la necesidad de un recorte del proteccionismo y del fin de las limitaciones
comerciales.

I.3. La sobreproducción

¿Hasta qué punto la sobreproducción incide en la crisis de 1929? Para Nogaro, la
sobreproducción es la clave explicativa de dicha crisis; para Neré, no deja de ser un mito, un a
priori ideológico imposible de comprobar empíricamente. Y es que basta aludir a la
sobreproducción para que surja la polémica de inmediato.
La teoría marxista centra su análisis de las grandes crisis del capitalismo en la
sobreproducción. La escuela neoclásica difícilmente acepta una teoría que invalida el
automatismo del mercado.
En esta dirección, la elaboración más rigurosa procede de Nogaro. La producción,
globalmente considerada, ha superado, sobre todo a partir de 1925, las necesidades reales,
condicionadas por una distribución desigual de la rente. El contexto se agrava por el
mantenimiento de precios de monopolio gracias a los acuerdos internacionales tipo cártel –
que unifican precios y reparten mercados-, provocando una acumulación de stocks sin vender.
Sobre este esquema actúa la crisis financiera que, al dislocar los acuerdos, provoca
desajustes que desembocan en una brusca afluencia de stocks al mercado, y la consiguiente
caída inmediata de los precios.
Las tensiones de sobreproducción arrancan del desfase pronunciado de precios
agrícolas cuyo aumento es menos rápido que el de los productos manufacturados,
disminuyendo la capacidad de compra del sector agrario. Por otra parte, la existencia de
elevadas tasas de paro en determinados países también restringe la capacidad de consumo.
Los datos estadísticos permiten centrar el debate. Que la renta estaba desigualmente
repartida es una realidad incuestionable. En EE.UU., el 5% de la población recibió una tercera
parte de la renta personal de la nación, conformando una economía asentada sobre un alto
nivel de inversión y un alto nivel de consumo suntuario. En el resto de las economías
industrializadas, el esquema de distribución de la renta ofrece las mismas características, quizá
más acusadas en el caso alemán. Y a nadie se le escapa la contradicción insalvable entre tan
desigual reparto de la renta y el mantenimiento de unas tasas de crecimiento basado en la
constante ampliación de la demanda.
En conjunto puede afirmarse que la reconstrucción de las economías europeas, el
avance industrial de algunos dominios del Imperio Británico, el incremento de la producción de
las economías dependientes en el plano del monocultivo y la expansión norteamericana
dispararon la producción mundial por encima de los niveles sociales de absorción de la época.



I.4. El marasmo monetario y la rivalidad financiera.

Una rápida ojeada a la historia económica de las dos últimas centurias permite afirmar
que los momentos álgidos de la expansión han exigido siempre la estabilidad monetaria, un
sistema monetario que organice los intercambios y el predominio de un centro financiero que
establezca las reglas del juego.
El crecimiento económico del XIX está ligado a la marcha del patrón oro y al
predominio de la libra esterlina. El desarrollo de los años 50 y 60 de nuestro siglo se vincula al
sistema elaborado en Breton Woods y a la hegemonía del dólar.
La Primera Guerra Mundial modificó el equilibrio del capitalismo mundial,
consolidando unas tendencias ya apuntadas en la transición del XIX al XX: el ascenso de los
EE.UU. Desde la Primera Guerra, la redistribución mundial del oro se hizo enteramente en
beneficio de los EE.UU. y, de hecho, a la altura de 1920 era el dólar la única moneda
convertible en oro.
Por otro lado, la guerra supuso la quiebra definitiva del patrón oro clásico, explicada
por la pérdida de peso de la libra esterlina y por el acentuado desfase entre las existencias de
oro y los niveles de precios en continuo aumento como consecuencia de la guerra y sus
secuelas.
La institucionalización de dos divisas básicas necesariamente se tradujo en el
incremento de las rivalidades entre diversos polos financiewros, añadiendo nuevas dosis de
inestabilidad todavía sin solución en 1929. Dado que ya no existía un único centro financiero y
que cualquier país podía arrogarse este papel, la competencia se desató, primero entre
Londres y Nueva York, luego entre Londres y París. La competencia entre la City y Wall Stret
fue especialmente agresiva en los préstamos exteriores a corto plazo (a Alemania y Austria) a
costa de rebajar las reglas habituales de prudencia bancaria.
La limitada reactivación económica era tributaria de Wall Street. Esta excesiva
dependencia financiera ponía en evidencia la fragilidad del andamiaje. Alemania era, quizá, el
país más vinculado, desde el punto de vista financiero, a EE.UU. ( de 1546 millones de dólares
negociados por Alemania en el extranjero, más de mil lo fueron con Norteamérica). Bastaba
que la tendencia se invirtiera y Estados Unidos repatriara capitales para que la recuperación
económica europea pasara a mejor vida, como en realidad sucedió a partir del Crac de 1929


II. ESTALLIDO Y EXPANSIÓN DE LA CRISIS. EL CRACK DE LA BOLSA DE NEW YORK

II.1. La crisis en los EE.UU.

La crisis de 1929 fue, en sus orígenes, un producto norteamericano posteriormente
exportado al resto del mundo. Interesa, pues, caracterizar el modelo económico que posibilitó
la expansión de los Estados Unidos, los síntomas anunciadores del crac, sus consecuencias
inmediatas y los mecanismos que exportaron la crisis.
Durante el periodo 1922-1925, las bases del desarrollo norteamericano fueron sólidas:
la acumulación realizada durante la guerra, el predominio del dólar, la expansión en América
Latina, las ventas masivas a Europa en pleno periodo de reconstrucción y el auge controlado
del crédito interno aseguraron unas tasas de crecimiento industrial y agrario firmes. Los
sectores punta que actuaron como impulsores del desarrollo fueron la construcción, el
automóvil y la electricidad que, a su vez, indujeron al crecimiento de los restantes sectores. En
conjunto, la economía norteamericana absorbía unas tasas de inversión desconocidas en los
restantes países industriales: el 20% del PNB.
A partir de 1925 se anunciaron los primeros síntomas de cambio que abrían la espita
de la especulación, perfilándose ya los factores que condujeron al Crac. El cierre de los
mercados europeos y el descenso, todavía lento, de los precios agrícolas fue contrarrestado
por el gobierno y el sistema bancario estimulando la inflación del crédito, que dio como
resultado la abundancia de capitales a corto plazo y, por consiguiente, la puesta en marcha de
unas tendencias especulativas, cada vez más visibles a lo largo del periodo 1926-1929.
La especulación de terrenos en Florida (recuérdese a GALBRAITH) en 1925 y 1926 fue
algo más que una anécdota: era todo un símbolo de los nuevos rumbos tomados por la
economía americana. En este aspecto, la inflación del crédito provocó repercusiones negativas
al desviar dinero de las inversiones productivas (el mundo industrial ofrecía unas tasas de
beneficios menos remuneradoras que los intereses de los préstamos dirigidos a la
especulación bursátil). La inflación del crédito, por tanto, sirvió para alimentar la inversión
bursátil. En resumen, desde 1926 a 1929 se produjo un desfase cada vez más acusado entre el
alza bursátil y la actividad económica.
En una primera aproximación, escribe NIVEAU, se puede decir que la amplitud del alza
de las cotizaciones constituye la causa inmediata del hundimiento posterior. Un boom de los
valores mobiliarios no puede durar indefinidamente. La especulación sin relación con la
actividad económica, es decir, con el nivel de producción y de los beneficios, lleva en sí misma
su propia pérdida.
Manifestaciones de la crisis en USA:
- Primero fue el desplome repentino de la bolsa que se iniciará en octubre (24 y 29) de
1929 y que no parará hasta julio de 1933.
- La primera repercusión del hundimiento bursátil fue la desarticulación del sistema
financiero. Las quiebras bancarias se suceden a un ritmo vertiginoso.
- Quiebra de empresas industriales y comerciales por falta de crédito.
- Descenso de la inversión que acarrea un descenso de la Renta Nacional.
- Deflación producida por la acumulación de stocks. Primero en el sector agrario y
luego en el sector industrial.
- Crecimiento del paro hasta tasas desconocidas como lógica consecuencia del
descenso de la actividad económica (27% de paro en USA en 1933)
En resumen, el Crac de 1929 provocó reacciones en cadena que ahonda la depresión
de los EE.UU.
El fracaso de la política Hoover.
Entre 1929 y 1933, la respuesta económica del presidente Hoover se movió en un
marco repleto de contradicciones que ensancharon el foso de la crisis. Las medidas
deflacionistas, el mito del presupuesto equilibrado, el temor a la devaluación monetaria,
contrastaron con los primeros ensayos que prefiguran una política anticíclica. Hoover se movió
en un doble contexto. Por un lado, los niveles teóricos del análisis clásico (deflación-
disminución de stocks-reactivación de la producción), por otro lado, aparecían ya las
tendencias innovadoras que proponían el intervencionismo del Estado por medio de políticas
anticíclicas (Keynes).
El comportamiento de la Reserva Federal se articuló en este marco: por una parte, el
descenso de las tasas de descuento contrastó con la disminución de la masa monetaria. Por
otra parte, la administración Hoover sentó las bases de una posible política inflacionista en el
futuro, por medio de la Glass Steagall Act de 1922: los fondos públicos recibieron un valor de
cobertura que incrementaron la circulación monetaria. Tampoco consiguió aminorar los
efectos de la crisis el programa estatal de obras públicas encargado de reactivar el sector de la
construcción como inductor de los restantes sectores económicos. También fracasó el Federal
Farm Board (1929) con el objetivo de sostener los precios agrarios mediante compras por
parte del Estado.
Si el fracaso es, como acabamos de ver, una de las características de la política
económica de Hoover, la otra es, sin lugar a dudas, la de tratarse de una política de clase:
mientras dedicó ímprobos esfuerzos a sanear grandes empresas en crisis, no puede decirse lo
mismo de su preocupación por remediar el paro. A diferencia de otros países industrializados,
en EE.UU. no existía una cobertura de paro de alcance estatal porque se consideraba opuesta a
los principios del liberalismo económico y porque podía distorsionar los mecanismos de la
oferta y la demanda en el mercado de trabajo al estimular la pereza del trabajador.

II.2. Extensión de la crisis a Europa.

Aunque los primeros efectos del Crac se exportaron de inmediato, fue en 1931 cuando
la crisis estalló a escala mundial.
En primer lugar, el crac bursátil aumentó el hambre de liquidez del sistema bancario
norteamericano. De ahí la repatriación de inversiones colocadas en Europa. Esta repatriación
fue el detonante de la quiebra bancaria en Alemania y Austria, y generaría tensiones en la City
comprometiendo su solidez. A la vez, la respuesta de la City amplificó la crisis.
En segundo lugar, el desplome de la capacidad de compra del mercado
norteamericano y la posterior política proteccionista supusieron un grave lastre para los
intercambios mundiales.
Además, la inmediata caída de los precios norteamericanos obligó a los demás países a
rebajar los suyos para hacerlos competitivos en el exterior y eliminar los stocks.
En suma, los Estados Unidos exportaron la crisis que, a su vez, los países
industrializados tendieron a reexportar en sucesivas refracciones, provocando reacciones en
cadena que universalizaron la depresión económica.
A escala mundial, los efectos de la crisis fueron similares a los norteamericanos:
cuarteamiento del sistema crediticio, desplome de las cotizaciones bursátiles, caída de la
inversión, descenso de precios, contracción de la actividad económica, aumento del paro,
hundimiento industrial, en definitiva.
Ahora bien, si los efectos fueron similares, los mecanismos que las economías
nacionales pusieron en marcha para contrarrestarlos difirieron en cada situación. La respuesta
de cada país estuvo condicionada por la incidencia de la crisis sobre unas estructuras
preexistentes generalmente desajustadas.
En ALEMANIA, el crecimiento anterior se debía a los préstamos americanos. La
repatriación de capitales, por la crisis USA, produjo una reducción de la inversión y de la
producción industrial (1932: 53, índice 100 en 1929). El paro afectó a más de 6 millones de
alemanes y la agricultura quedó al borde del colapso. Ante esta situación, el gobierno evitó la
devaluación por temor a la inflación, y escogió la deflación.
En FRANCIA, la crisis afectó a partir de 1931, año en que las exportaciones
descendieron a la cuarta parte. El desempleo, en cambio, no alcanzó las cotas de otros países,
pues muchos de los inmigrantes de la década anterior salieron del país; la reducción de la
jornada laboral también contribuyó a mitigar el paro. El descenso de los precios (deflación)
permitió a los obreros industriales mantener su poder adquisitivo, a pesar de la bajada de
salarios. En cambio, en agricultura, el hundimiento de los precios hizo disminuir drásticamente
la renta agraria. El gobierno optó también por la política deflacionista.
INGLATERRA también sufrió el impacto de la crisis mundial y las exportaciones, que ya
estaban estancadas, se vieron aún más afectadas debido a la contracción de la demanda
mundial. La situación política y social, en cambio, no se alteró en exceso.
En ESPAÑA, la crisis paralizó las obras públicas emprendidas durante la dictadura; por
otra parte, con la llegada de la Segunda República, se acentuó la crisis, con la parálisis de la
inversión y la fuga de capitales.

Índices de la producción industrial en 1932
(1929 = 100)

URSS………..…..183 FRANCIA……………………72
JAPÓN……….…..98 BÉLGICA……………..…….69
NORUEGA……..93 ITALIA………………..……..67
SUECIA…………..89 CHECOSLOVAQUIA……64
HOLANDA………84 POLONIA……………………63
R. UNIDO……….84 CANADÁ…………………….58
RUMANÍA……...82 ALEMANIA……………..….53
HUNGRÍA……….82 EE UU…………………………53



III. RESPUESTAS A LA CRISIS

III.1. Respuestas comunes.

Proteccionismo político. Existió una primera respuesta común a casi todos los países.
Las políticas deflacionistas y el proteccionismo político. A través de la deflación se conseguía
un equilibrio nuevo de precios y la liquidación de stocks.
El proteccionismo, presente ya en la década de los veinte, se exacerbó desde 1929 y
los nacionalismos económicos impidieron aunar esfuerzos para encontrar una salida común a
la crisis. Los países industrializados se replegaron sobre sí mismos y sus colonias: la
compartimentación del mercado mundial, impulsada por la devaluación de la libra, consolidó
las zonas monetarias (una zona del dólar: América del Norte y del Sur; una zona de la libra: G.
Bretaña y la Commonwealth, Portugal, Países escandinavos, Irán, Japón y Argentina; una zona
del oro: Francia, Italia, Polonia, Suiza, Holanda).
El librecambismo se convirtió en una reliquia histórica. G. Bretaña firmó los acuerdos
de Otawa y las potencias sin colonias llevaron el nacionalismo económico a sus últimas
consecuencias, al conjugar tres elementos: las formulaciones autárquicas, la militarización de
la economía y la agresión exterior. Las teorías del espacio vital de Hitler y la conquista de
Manchuria por el Japón van en este sentido.
El fracaso de la Conferencia de Londres, en 1933, significó la imposibilidad de tomar
medidas conjuntas contra la crisis. Dicho fracaso desencadenó rivalidades entre las potencias
que se concretan en la oleada de devaluaciones monetarias.
Para las grandes potencias la devaluación es un mecanismo de exportación de la crisis,
para las pequeñas economías nacionales representa el intento, generalmente frustrado, de
incrementar las exportaciones. Por eso, las devaluaciones estuvieron a la orden del día: en
1929, Hungría, Argentina, Paraguay y Brasil; en 1930, Australia, N. Zelanda, Venezuela y
Bolivia; en 1931, Gran Bretaña y Japón; en 1933, Estados Unidos; en 1934, Checoslovaquia,
Italia y Austria; en 1935, Bélgica, Luxemburgo y Rumanía; en 1936, Francia, Holanda y Suiza.
Intervencionismo. La crisis del 29 supuso la quiebra de los principios del capitalismo
liberal, que ya habían sido cuestionados desde finales del s. XIX por las nuevas políticas
industriales en ascenso: el librecambismo, el patrón oro, el no intervencionismo del Estado en
la economía.
Las nuevas políticas perseguían el restablecimiento de la tasa de beneficios a través del
incremento de la demanda interior y del papel inductor del Estado. En resumen, el Estado de
los países industrializados organizó la reactivación económica en torno a los siguientes puntos:
1. La ayuda inmediata a las empresas a través de un triple mecanismo: subvenciones a
fondo perdido, saneamiento de las empresas en crisis por medio de la compra de acciones o
del crédito barato, y la nacionalización de las empresas con déficit crónico.
2. La continuación del proteccionismo arancelario acompañado de la fijación de
contingentes (Francia pasó del 17% en 1932 al 29% en 1935)
3. Restablecimiento del poder adquisitivo del campesinado a través de la compra de
excedentes, de subvenciones por limitación de cultivos o de la fijación de precios agrarios.
4. La financiación del rearme a partir de 1938. En este año, sobre el total de la
producción, los gastos militares representaban los siguientes porcentajes: el 16,6 en Alemania,
el 12,7 en Italia, y el 7 en Francia.
Por término medio, el restablecimiento de la tasa de beneficio se consigue antes que el
pleno empleo. Todavía en 1936 había 8 millones de parados en Estados Unidos y 2 millones en
Gran Bretaña. La explicación reside en las coordenadas expuestas anteriormente y, sobre todo,
en la aceleración de la concentración de capitales que posibilitó una integración más sólida
entre la técnica y la industria, con extensión de los métodos intensivos de trabajo. En este
aspecto, se marcan dos etapas diferenciadas a lo largo de la crisis: hasta 1933, la desinversión
provocó un envejecimiento del utillaje; en cambio, la reactivación sustituyó mano de obra por
máquinas; el progreso técnico no se detuvo, por el contrario, la crisis estimuló las medidas de
racionalización que contemplaban la reducción de los precios de coste, es decir, muchas veces
la reducción de la mano de obra.




III.2. Las respuestas nacionales.

INGLATERRA. En la G. Bretaña, la crisis del 29 se instala sin solución de continuidad en
la crisis estructural de los años veinte. En este sentido, la depresión corroboró la agonía de la
hegemonía mundial británica ya cuestionada en la década anterior.
En gran medida, el retraimiento de Gran Bretaña sobre su imperio colonial fue una de
las consecuencias de la depresión de los años treinta. En otras palabras, la pérdida de la
vocación mundial británica se produjo a la vez que la libra esterlina confirmaba su decadencia.
Los indicadores económicos muestran en G. Bretaña un contexto similar al de otros
países industrializados en el periodo 1929-1931: descenso de la producción industrial y
aumento del déficit comercial. Este aumento del déficit comercial, unido a la inmovilización de
capitales británicos en Centroeuropa (quiebra del Kredit Anstaldt de Viena) y la salida de 316
toneladas de oro hacia el extranjero hicieron que, por primera vez desde la guerra, la balanza
por cuenta corriente fuese deficitaria en 110 millones de libras. En este contexto, G. Bretaña
toma medidas de dos tipos para salir de la crisis:
1. Medidas monetarias. El 20 de septiembre de 1931, G. Bretaña abandona el patrón
oro y con ello la convertibilidad de la libra y la devaluación efectiva de la valuta británica entre
un 25% y un 30%. No se trata de una medida coyuntural para incrementar las exportaciones,
sino de la renuncia consciente a la imposible hegemonía financiera.
2. Medidas aduaneras: la preferencia imperial. A principios de 1932, la adopción de
medidas proteccionistas acabaron con un siglo de librecambio (la Import Duties Act, febrero de
1932, grava la importación de productos con un 15%)
Como conclusión lógica, en agosto del 32 los acuerdos de Otawa establecieron la
“preferencia imperial”. G. Bretaña y los dominios se comprometían a disminuir los derechos
arancelarios a sus productos y G. Bretaña se comprometía a adquirir una determinada
cantidad de productos agrarios. Es la exportación británica de la crisis.

ALEMANIA. Los desajustes que afectaban al modelo económico alemán antes del crac
de N. York (sobreproducción, paro estructural, dependencia del exterior) perfilaban un
contexto especialmente vulnerable a la crisis económica, sobre todo a partir de 1931.
Las prácticas inflacionistas, ya implícitas en 1930, y claramente ensayadas en 1931-32,
propiciaron la mayor intensidad de la crisis y el incremento del paro, creando el caldo de
cultivo favorable para la expansión del nazismo.
En 1931, la masiva retirada de capitales extranjeros cuarteó el sistema financiero
alemán y puso en marcha la larga cadena de quiebras bancarias. En realidad no era más que la
intensificación de la crisis anunciada en años anteriores.
La quiebra del Darmstandter Bank (julio de 1931) coincidió con las primeras medidas
clásicas de corte deflacionista, para adecuar los precios alemanes a los mundiales, en franca
caída. Así, en julio se instauró el Control de Cambios, intentando frenar el éxodo de capitales y
la hemorragia de oro que había producido un descenso considerable de las reservas del
Reichsbank. En diciembre del mismo año, el gobierno decretó el descenso de salarios a nivel
de 1927 y una disminución similar de los precios. Pero la medida tuvo poco efecto por la
devaluación de la libra, lo que daba clara ventaja en el mercado a los productos ingleses.
La política deflacionista acabó, pues, en rotundo fracaso que hizo más agudo el
estancamiento. La producción disminuía a ritmo vertiginoso, al mismo con el que aumentaba
el número de parados. Así, hacia 1933, el capitalismo alemán estaba bloqueado y buscaba una
salida autárquica. Autarquía explicitada en el programa nazi como paso previo para conseguir
el espacio vital en un mercado mundial erizado de barreras aduaneras. Por otro lado, el
proyecto autárquico venía favorecido por el elevado índice de concentración de la industria
alemana: en 1932 el 34% del capital de las sociedades por acciones estaba en poder de los
trusts y carteles. En este sentido, conviene no poner en duda el carácter capitalista de la
experiencia nazi. Las veleidades socializantes presentes en el programa originario del partido
habían sido abandonadas a medida que se aproximaba el acceso al poder y aumentaba la
ayuda financiera del mundo industrial.
La cara interna del sistema autárquico nazi se basaba en la cesión, por parte de la
cúpula económica alemana, al Estado de la capacidad de decisión como encargado de lubricar
los canales de acumulación y conseguir la reactivación económica gracias a motores sucesivos
y complementarios: los planes de obras públicas y, a partir de 1935, el rearme. La ventaja de
este sistema cerrado era que podía reactivar la industria y suprimir el paro sin ampliar la
capacidad de consumo del mercado interno; más bien al contrario, reducía el consumo de las
economías domésticas. La financiación de obras públicas y del rearme se conseguía a través de
una política de circuito: el Reichsbank concede préstamos al Estado; el Estado demanda
(materias y armas); se crea trabajo que, a su vez, crea ingresos; ingresos que revierten de
nuevo al Reichsbank, bien vía ahorro, o bien vía impuestos a través del Estado.
En 1937 Alemania ya había recobrado los niveles anteriores a la crisis, en un marco de
distribución desigual de la renta todavía más acentuado. A pesar de la relativa estabilidad de
los precios (del 10 al 15% de subida entre 1933 y 1939), los salarios se elevaron a un ritmo
menor, sin alcanzar nunca los niveles de 1928. En cambio los beneficios empresariales pronto
superaron las cotas anteriores a la crisis. El hecho de que un periodo de renovación
económica, de extensión de la ocupación, de elevación del costo de la vida y de aumento de
los beneficios no venga acompañado por ningún tipo de aumento de los salarios es un
fenómeno único en la historia de trabajo asalariado; tal hecho ha sido posible sólo pcomo
consecuencia de la disolución de todas las organizaciones obreras.

EL MODELO FRANCÉS. En un primer momento, Francia fue entre todos los países
industrializados, el menos afectado por la crisis económica. Posteriormente, las devaluaciones
de la libra y el dólar dejaron los productos franceses demasiado altos en un mercado mundial
cuyos precios caían en picado. En Francia, la política deflacionista se extendió en el tiempo más
que en otros países: hasta la llegada del Frente Popular en 1936. A la altura de 1931, con el
franco recién estabilizado y sólidamente instalado sobre una cobertura en oro que garantizaba
el 70% del papel moneda emitido, el gobierno francés renunció a toda política dirigida a
devaluar el franco. Entre 1931 y 1936, los gobiernos franceses adoptaron una política de
moneda fuerte, similar a la de G. Bretaña en la década anterior.
No obstante, la crisis tuvo una intensidad menor en Francia. En los momentos más
álgidos (entre 1932 y 1935), la producción industrial sólo se redujo un 27% con respecto a
1929, y el paro alcanzó una cifra máxima de 430.000 trabajadores, en gran medida por la
expulsión de obreros extranjeros.
El triunfo del Frente Popular en 1936 supuso un viraje en la política económica.
Inspirándose en el New Deal de Roosevelt, el gobierno de L. Blum puso en marcha un modelo
basado en la recuperación del poder adquisitivo como paso previo para la reactivación. En los
llamados “Acuerdos de Matignon” (junio de 1936) se toman las siguientes medidas:
1. Aumento de los salarios del 10% al 15%
2. Reducción de la semana laboral a 40 horas como instrumento de absorción del paro
3. Vacaciones anuales de 15 días pagadas.
4. Institucionalización de los convenios colectivos.
5. Devaluación del franco en un 25%
6. Creación del Office du Blè para incrementar el poder adquisitivo del campesinado
Si desde el punto de vista social la política del Frente Popular dejó imborrable
impronta en la historia de Francia, en el plano puramente económico los resultados fueron
más modestos. Las medidas citadas pusieron en marcha un proceso inflacionista que anuló las
ventajas de la primera devaluación. En junio de 1937 y mayo de 1938 dos nuevas
devaluaciones sólo dieron resultados inmediatos por similares tendencias inflacionistas.
No obstante, a mitad de 1937 ya se había conseguido el pleno empleo, gracias a la
semana de 40 horas, al propio incremento de la producción, al estancamiento demográfico
francés que había exigido la entrada de obreros extranjeros y a una tímida corriente migratoria
de población industrial hacia el campo.

EL NEW DEAL AMERICANO. A finales de 1932, el fracaso económico de la
administración Hoover allanó el camino al triunfo electoral de Roosevelt y permitió la puesta
en funcionamiento de una política anticíclica de signo opuesto a las corrientes deflacionistas
El viraje intervencionista del New Deal respondía más aun método empírico, con
decisiones muchas veces tomadas sobre la marcha, que a un plan científicamente elaborado,
después de una maduración teórica. En este sentido, conviene marcar las diferencias entre el
proyecto keynesiano y la experiencia de Roosevelt, aunque coincidan en dos puntos básicos: la
reactivación económica exige el incremento de la demanda y para conseguirlo la inflación es
estímulo más consistente, todo ello regulado por el intervencionismo del Estado.
1. La primera medida de largo alcance en este proyecto de dirigismo económico fue la
devaluación del dólar emprendida en un ambiente de renovada especulación y de crisis de
confianza. En enero de 1934 se estabilizó la paridad oro/dólar en 35 $ la onza, equivalente a
una devaluación del 60% que perseguía un doble objetivo: realzar los precios internos y,
subsidiariamente, favorecer las exportaciones. En julio de 1933, la Banking Act abrió la marcha
de la serie de medidas encaminadas a reestructurar el sistema financiero y a asegurar el
control gubernamental de los mecanismos de política monetaria.
2. En el plano agrario, la Agricultural Adjustement Act se planteó la recuperación del
poder adquisitivo del campo diezmado por el hundimiento de los precios agrarios: ante el
fracaso de la política de compras de la administración Hoover, la nueva política se centró en la
limitación de la producción, previa indemnización a los campesinos, con el fin de relanzar los
precios, mientras aumentaban las exportaciones. En 1936, el ingreso agrario se había
duplicado con respecto a 1933.
3. En el campo industrial, la N.I.R.A. (National Industrial Recovery Act) de junio de
1933, desarrolló un abanico de medidas destinadas a “asegurar un beneficio a la industria,
unos salarios que permitan vivir y la eliminación de las prácticas de piratería”. Es decir, la NIRA
perseguía un doble fin: por un lado, reactivar la producción potenciando la demanda y
ensanchar los cauces del empleo, utilizando como posibles palancas de impulso la reducción
de la semana laboral, los planes de obras públicas y la fijación de un salario mínimo; por otro
lado, acelerar el proceso de concentración de capitales y la cartelización como racionalizadores
que corrigieran las tendencias a la sobreproducción, afianzaran los precios y maximizaran los
beneficios.
4. Además, se mantuvo la política de subvenciones a fondo perdido a los bancos en
dificultades, por medio de la Reconstruction Finance Corporation, creada por la Administración
Hoover.
5. Frente al abandono de la etapa Hoover, la lucha contra el paro en el marco del New
Deal evolucionó desde la mera ayuda existencial en los primeros momentos (a través de la
Federal Emergency Relief Administration), a la política de obras públicas (emprendidas muchas
veces sin un criterio definido de rentabilidad a largo plazo) reguladas por la Public Works
Administration, instituida en abril de 1935. Hasta su desaparición en 1942, la Public Works dio
trabajo a más de tres millones de parados.

IV. CONSECUENCIAS DE LA CRISIS DE 1929

IV.1. Consecuencias políticas

En un doble sentido repercute la gran depresión económica en el ámbito político: en el
orden internacional, interrumpe la atmósfera de concordia abierta tras el Tratado de Locarno;
en las políticas nacionales, reafirma el intervencionismo estatal y los gobiernos de autoridad
1. Política internacional. Las políticas egoístas (nacionalismo, proteccionismo) para salir
de la crisis provocan un resentimiento en los Estados que ven con impotencia cómo se hunden
en el marasmo mientras otros salen de la crisis. El fracaso de los intentos de colaboración –
Conferencia de Londres de 1933- crea una atmósfera de hostilidad entre las grandes potencias;
hostilidad aguijoneada por los movimientos nacionalistas, como el fascismo y el nazismo. La
depresión supone, en definitiva, el adiós a Locarno.
2. Política interior. En este orden se produce el descrédito de la democracia
parlamentaria, según la tesis de Crouzet. El liberalismo, que postulaba la inhibición del Estado
en el campo económico, no puede defenderse, arguyen sus críticos, con la experiencia de los
años en ruina. Al demostrarse la necesidad de intervención estatal, se refuerzan los gobiernos
autoritarios. Salvo en América del Norte y Europa Occidental y Nórdica, no existen en 1933
regímenes liberales en el mundo. Incluso en los países liberales se percibe un aumento de la
influencia de los partidos fascistas.

IV.2. Consecuencias demográficas

El rápido desarrollo de la población, perfil de la civilización industrial, se detiene y en
algunos casos se produce una regresión. En realidad, en Europa la crisis demográfica se inicia
con la I Guerra Mundial. Pero este proceso tiene una excepción en los países con regímenes
totalitarios: Alemania nazi e Italia fascista inician una política de crecimiento demográfico; en
este sentido, la expresión “batalla por los nacimientos”, acuñada por Mussolini en 1927, es
bien significativa. Reingard y Armengaud ven la explicación de este fenómeno en las
repercusiones que el descenso de la natalidad tendría para el potencial militar.

IV.3. Consecuencias culturales: crisis de valores

En el ámbito intelectual, se produce una crisis de conciencia y de valores. Romain
Rolland escribe a Ghandi que es necesario un cambio profundo en la manera de vivir. La crítica
de la ciencia que aparece en la filosofía de Marcel es de este momento.
Influencia directa de la depresión se percibe en la literatura americana. La “generación
perdida”, realista, negativa, descarnada, tiene una influencia enorme sobre la sociedad
americana y europea, a la vez que es reflejo de esa sociedad y sus contradicciones. En esa
atmósfera escribe Steinbeck sus novelas de protesta, Caldwell sus cuentos negros sobre
pobres blancos, Hemingway sus relatos sobre la derrota del esfuerzo humano, Faulkner sus
violentos temas del Sur y Dos Passos sus amargas críticas sociales.