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Robert Louis Stevenson

1983
Literatura Universal Contemporánea

Libro Narrativo y Novela de aventura.


La isla del tesoro es una novela de aventuras escrita por el
escocés Robert Louis Stevenson, publicada en libro en Londres
en 1883, por lo que vamos a centrarnos en el contexto socio-
cultural europeo de la segunda mitad del S XIX.
En Europa se produce durante la segunda mitad del siglo XIX
un rápido crecimiento económico propiciado por la expansión
económica. Este avance de la industrialización esta también
ligado a la intensificación del comercio y el progreso técnico junto
a la consolidación del poder de la burguesía. No obstante,
también la clase social, el proletariado, se organiza. Tiene lugar
una reunión de dirigentes socialistas de toda Europa, la 1ª
Internacional de Marx, y aparecen los primeros sindicatos que
tienen por objeto la protección de los derechos obreros.

Se menciona valores que se usan en la persona.
La historia comienza en Inglaterra, en la posada del padre de
Jim. Luego se traslada a Bristol. Desde Bristol pasa a la
Isla del tesoro, donde trascurre la mayor parte de la historia.
De la isla a la América española donde repostan antes de
regresar definitivamente a Inglaterra.
La historia transcurre en el siglo XVIII lo explica
directamente, aunque no proporciona el año exacto. Lo que pone
es “17…”
En la novela no figura el tiempo que dura la historia.
La historia está ordenada de forma retrospectiva, porque nada
más empezar dice que sus amigos le han pedido que relate esa
historia.

La razón por la que hago el post es para decirte, que si tienes
alguna meta, o sabes que haces algo bien, se ambicioso trata
siempre de ser el mejor, nunca te rindas, porque la ambición todos
la vemos mal. Pero si sabes usarla vas a llegar muy lejos. Trata
siempre de ser el mejor en lo que haces, que no te importe lo que
digan de vos, para ello ten una motivación (Un ídolo, un famoso
o lo que sea) y veras que algún día serás como él o mucho mejor.
Se ambicioso con orgullo y cuando seas el mejor te vas a dar
cuenta que realmente valió la pena.

Si pides prestado dinero para hacer más dinero, estás haciendo
algo envidiable, casi mágico. Por otro lado, si vas a endeudarte
para pagar tus deudas o comprar algo que quieres, pero no lo
necesitas, estás haciendo una estupidez. Las estupideces te
cambian la vida a peor.

Protagonistas y marineros fieles
 Jim Hawkins: Es el joven que protagoniza la novela.
 Madre de Jim: Ella y el padre de Jim poseen la posada,
el Almirante Benbow.
 Padre de Jim: No tiene mucha importancia en esta novela,
muere de una enfermedad al principio de la obra.
 Doctor David Livesey: Es uno de los protagonistas de la
obra. Cuida mucho de Jim y cuando ve que ha encontrado
el mapa, decide embarcarse en busca del tesoro. Es una
persona diplomática, que incluso accede a curar a los
piratas malheridos.
 Caballero John Trelawney: Es el aristócrata de Bristol y
también el alcalde "Squire". A través de sus contactos,
consigue el barco y a la tripulación que los llevará al
tesoro. Es buen tirador y para la expedición se lleva a tres
de sus criados; Redruth, Hunter y Joyce.
 Thomas Redruth: Criado de Trelawney que le acompaña
en su travesía en busca del Tesoro. Murió durante un
combate a manos de los marineros rebeldes.
 John Hunter: Sirviente de Trelawney, sobrevive al primer
asalto, pero queda herido y sin conocimiento, y al día
siguiente muere.
 Richard Joyce: Otro sirviente de Trelawney. Murió
durante el ataque a la estacada de un tiro en la cabeza.
 Inspector Dance: El inspector de Bristol, que se encarga
de perseguir a los piratas.

 Dogger: Ayudante del inspector Dance, acompaña a Jim a
casa del Squire (Trelawney).
 Capitán Alexander Smollett: Es el Capitán de La
Hispaniola. Desde el primer momento, está descontento con
su tripulación, ya que los marineros no le inspiran
confianza. Durante un combate contra los piratas es herido.
 Abraham Gray: Calafate, marinero fiel al capitán.
Abandona a los piratas.



Ben Gunn: Ex tripulante del Walrus, fue abandonado en la isla
por sus compañeros de tripulación al haberles hecho perder el
tiempo buscando el tesoro sin el mapa. Es encontrado por Jim,
quien pide permiso al Doctor para que forme parte de su grupo.
Para enloquecer a los piratas mientras buscan el tesoro, hace
voces extrañas simulando al capitán Jonathan Flint.



Piratas y marineros desleales
 Billy Bones: Viejo marinero que se aloja en "El
Almirante Benbow". En su cofre estaba el mapa del tesoro
de Flint, por ello atrae a muchos piratas. Fiel consumidor
de ron y grog, muere de una apoplejía en la taberna poco
antes del asalto de los piratas.
 Perro Negro (Black Dog): Pirata que acude a la
taberna de Jim en busca de Billy Bones, los cuales pelean,
éste resulta herido y escapa.
 Sacristán (Pew): Él había perdido su vista en una batalla,
debido a esto, tenía dos esbirros. Es uno de los piratas que
amenaza a Billy Bones en la posada y que posteriormente
asalta la posada de Jim. Muere pisoteado por un caballo,
ya que su ceguera le impide esquivarlo.
 Johnny: Es uno de los esbirros de Sacristán, que luego
huye y se embarca en La Hispaniola.

 Dirk: Otro esbirro del Sacristán. Supuestamente, se
embarca también en La Hispaniola.
 John Silver El Largo (Long John Silver): Es un pirata
que perteneció a la tripulación del Capitán Flint, que posee
una taberna en Bristol llamada "El Catalejo". Le falta
una pierna, está la perdió, según él, en una batalla, aunque
en realidad la perdió ejerciendo de pirata, en el mismo
abordaje en el que el Sacristán quedó ciego, por lo que usa
una muleta, esto no afecta su agilidad. En La
Hispaniola ejerce de cocinero. Posteriormente, es el líder de
la revuelta contra el capitán Smollet, pero cuando se ve
perdido se vuelve cobarde y pacta con el doctor para la
seguridad de ambos bandos. Finalmente, cuando La
Hispaniola toca puerto en la América Española para
abastecerse; mientras Jim, el doctor y los demás están en
tierra, huye llevándose uno de los sacos de oro.

 Capitán Flint: El loro de Silver. Tiene este nombre en
homenaje al temido pirata Jonathan Fli

 Piloto Arrow: Piloto de La Hispaniola. Desde el
principio, el capitán no lo legítima como buen marino debido
a su poca autoridad y su ebriedad. Muere durante una
tormenta en la que cae al mar.
 Job Anderson: Contramaestre de La Hispaniola. Después
de la muerte de Arrow, ocupa el puesto de piloto.
 Timonel Israel Hands: Principalmente, ocupa el puesto
de timonel. Más tarde se une a la traición de Silver y
permanece en el navío de guardia. Muere a manos de Jim
después de que este captura La Hispaniola.
 Tom y Alan: Marineros asesinados por Silver al dejar de
obedecer sus órdenes.
 O'Brien: Marinero que se queda junto a Israel Hands
en el navío, y es asesinado por éste.
 George Merry: Marinero rebelde que sigue las órdenes de
Silver, casi al final de la novela es alcanzado por una bala,
pero es Silver quien le dispara por última vez.
 Tom Morgan: Otro marinero bajo las órdenes de Silver.
 Capitán Jonathan Flint: No aparece en la obra. Sin
embargo se hacen muchas referencias a él. Fue un pirata
temible que enterró su tesoro. Algunos de sus tripulantes
navegan en La Hispaniola.


.-EL ANTIGUO BUCANERO
Jim Hawkins es el hijo del dueño de una posada llamada
Almirante Benbow, a la que un día acude para alojarse en ella
un hombre muy peculiar que canta tonadas marineras. Este señor
le pide a Jim que le avise si se acerca un hombre con una sola pi
erna. A cambio de vigilar, el hombre le da una paga cada mes.
Pero Jim no ve a ningún hombre con una sola pierna, sino que
fue un hombre seboso el primero que se acercó a la
posada preguntando por él. Más tarde un ciego llamado Pew
el que busca al hombre, que se llama Billy Bones y era
conocido como el capitán Flint.
Flint muere a causa de un ataque de apoplejía poco después de
que el padre de Jim muriera
también. Jim descubre que Flint era un bucanero y los otros dos
lebuscaban. Jim y su madre abren su baúl y encuentran un fajo
de papeles. Jim se reúne con el doctor Livesey y el caballero Tre
lawney yabren el paquete, hallando un mapa del tesoro de lo cual
decidieron guardar secreto sobre dicho mapa.
II.-EL COCINERO DE A BORDO
Al tiempo el doctor Livesey tuvo que viajar a Londres a buscar
un médico que se haga cargo de sus pacientes y también para ver
todo sobre la embarcación y la tripulación para buscar el tesoro,
así fue como se contacta con John Silver, El largo, un cocinero
a quien le faltaba un pierna él se encargó de conseguir al resto
de la tripulación. Ya de vuelta el doctor con el barco el cual era
llamado La Hispano la y la tripulación, un día a Jim le
enviaron a buscar a
la gente al bar llamado Catalejo en donde encontró a Jhon Silve
r ylos demás piratas quienes le parecían tenebrosos pero igual los
acompaño a la embarcación. En la embarcación con la
presentación del capitán Smollet hubo una discusión con Squire
ya al capitán no le gustaba la gente habían conseguido le
parecían sospechosos, dio una orden paraqué la pólvora que
cargaban ellos se colocara en otro sitio lo cual no gusto a John
Silver pero tuvo que acatar dicha orden, el viaje continuo aunque
había cierta desconfianza de parte del capitán con la tripulación
y en especial con John silver. Un día Jim se metió aun barril a
comer manzanas ya dentro del barril se escondió cuando escucho a
John y algunos piratas
como planeaban quedarse con el tesoro después de llegar al isla y
comodeshacerse de ellos eso asusto a Jim, justo cuando lo iban
a descubrir alguien grito tierra a la vista lo cual lo salvo de
serdescubierto. Jim contó todo lo que escucho al doctor, al capitá
n y al Squire locuales se sorprendieron con dicha información y
decidieron planear como salvarse de los piratas
III.-MI AVENTURA EN LA ISLA
Ya en la isla John parecía conocer todo ese sitio como si
hubiera estado ahí antes, lo cual asusto a los demás ya que sería
una ventaja para él, nosotros agarramos las armas para
cualquier eventualidad la cual sucedió muy pronto. Yo escondido
observe como John y los demás piratas trataban mala un
compañero y al final lo mataron lo cual me asusto, pero al final
logre escapar de ese sitio y salvarme. Fue así como escapando de
una muerte seguro conocí a Ben Gunn, un hombre abandonado
desde hace tres años, el cual me pareció una persona buena quien
dijo que fue John Silver quien lo abandono, le conté nuestro
plan y decidió ayudarnos en contra delos piratas. También me
contó que el sabia del tesoro y que lo había encontrado y que era
de él le propuse que nos ayude a recupere dicho tesoro y que
recibiría una parte del tesoro a lo cual acepto.
IV.-LA ESTACADA
Hunter nos avisó que el chico Jim se había escapado del
tripulación en la isla lo cual me asusto no por una traición si
no por su vida podía estar en peligro, fue cuando decidieron ir a
la isla todos los de la embarcación dejándola está sola, nos
alistamos un nuevo viaje con una barca bien ligera la cual pensé
que nonos iba a aguantar a nosotros, ahí empezó nuestra
aventura yaqué habíamos olvidados el cañón y eso era una
desventaja con
los piratas en eso el Squire Trelawney apunto desde el bote a H
ands pero para suerte de él se agacho y mato a otro pirata.
Asustados desembarcamos y fuimos en busca de nuestro
compañeros en tierra sin presagiar que nos encontraríamos con
los piratas frente a frente fue cuando reaccionamos más rápido
contra ellos y abrimos fuego matando a uno de ellos, los demás
escaparon, pero antes uno de ellos disparó e hirió a Tom Red
Rut y lo dejo herido de muerte. Luego buscamos refugio y nos
quedamos ahí aunque los piratas atacaban con el cañón pero no
lograban impactarnos ya aliviados del ataque escuchamos llamar
y era el pequeño Jim sano y salvo quien corrió y se metió en el
refugio. Ya en la estacada con Ben Gunn ahí también decidimos
hacer guardia para cualquier eventualidad con los piratas, un
día John Silver en persona cargando una bandera blanca de
tregua vino a conversar con nosotros. Soy el capitán Silver nos
dijo, el capitán Smollet se sorprendió y dijo que él era el único y
Silver dijo que los amotinados lo habían elegido su capitán
conversaron pero no llegaron a un acuerdo asique Silver se fue
molesto y nosotros no preparamos para una eventual batalla.
Más tarde sucedió el ataque el cual nos costó la vida de algunos
compañeros y también de algunos de ellos los demás lograron
escapar aunque casi matan también a Jim si no fuera porque
el pirata resbalo y cayo lo cual lo salvo.
V.-MI AVENTURA EN EL MAR
Ya no volvieron los amotinados pero el enfrentamiento dejo un
saldo negativo para para nosotros pues perdimos al capitán
Smollet, al rato todos volvimos a nuestros deberes en el refugio
fue cuando Jim se escapó y dejo solos a dos al cuidado del fortín,
fue en busca del bote del cual le hablo Ben a Jim y que estaba
escondido en una cueva a la espalda de la isla la cual encontró y
empezó su viaje de nuevo a la embarcación sin pensar que ella
estaba siendo ocupada por los piratas. Llego al barco y con
mucha suerte encontró a los piratas ebrios y uno a punto de
morir y al otro que era Israel Hands lo tomo prisionero y fue
quien lo ayudo a llevar el barco a donde el
quería para que no lo encontraran los demás piratas aunque en el
trayecto Hands casi mata a Jim Logro escapar y tomar un
fusil y disparar contra él y matarlo
al final se libró de los dos piratas y con el barco solo tuvo domini
oentero del barco fue así como escondió el barco de los piratas. Y
volvió a la isla en busca de los demás para escapar.
VI.-EL CAPITÁN SILVER
Jim corre hacia el fortín donde sus amigos se habían escondidoh
acía unos días pero no es a ellos a quienes encuentra dentro, sino
a seis amotinados, entre ellos Silver. Silver y Jim hacen un
trato y el chico se queda con ellos. Lo cual no fue del agrado de
los demás amotinados y ellos preparan una destitución de su
cargo a Silver, Silver presiente ese suceso y con la ayuda de
Jim preparan un plan para que los dos se puedan salvar. Le
dicen que tienen el mapa porque el doctor Livesey se le hadado,
los amotinados le creen, se ponen en busca del tesoro con Jim de
rehén. Cuando estaban en el sitio indicado del tesoro escuchan
una voz entre los árboles que hace dar miedo a los piratas
porque pensaban que era la voz del capitán Flint quien había
muerto. Pero la voz no era del capitán sino era de Ben Gunn,
Silver se dio cuenta y siguieron la búsqueda llegan al lugar y se
sorprenden al ver que ya se le ha llevado alguien. Ahí deciden los
amotinados matar a Silver y Jim pero la rápida ayuda del
doctor y de los demás logra evitarlo, matan a dos de los
amotinados y los otros dos escapan.

Les cuentan la historia a Silver que hacía aproximadamente dos
meses, Ben Gunn se había hecho con el tesoro y lo había
escondido, por eso les habían entregado el mapa a los
amotinados, porque ya carecía de valor. Después de esto, se
fueron a una cueva que tenía Ben con las suficientes provisiones.
Durante unos días se preparó todo para la expedición de regreso,
durante ese tiempo no supimos nada de los amotinados hasta
cuando habíamos zarpado pasamos frente de ellos que estaban a
orilla del mar y pidieron que lo lleváramos lo cual no aceptaron.
Llegamos a un puerto en busca de una tripulación para llegar a
Bristol fue ahí cuando nos dimos cuenta que Silver había
escapado con una porción del tesoro lo cual nos emocionó ya que
desde ahí no supimos nada de él. Ya en Bristol la repartición
del tesoro fue equitativa y todos quedamos tranquilos por las
aventuras de aquel viaje la cual ninguno quería volver a pasar.

El primer capítulo trata de hay un hombre q él sabe todo lo
relacionado a la isla y el doctor livesey y algunos caballeros le
dicen que ponga por escrito todo lo relacionado con la isla del
tesoro porque hay todavía tesoros enterrados; y a ese hombre le
preguntan por eso porque el padre de él era el dueño de la
hostelera, y el padre era Almirante Benbow. Lo recuerdo como si
fuera ayer, meciéndose como un navío llegó a la puerta de la
posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su
cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de
bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada
le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul;
tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras
y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un
costurón de siniestra blancura. Lo veo otra vez, mirando la
ensenada y masticando un silbido; de pronto empezó a cantar
aquella antigua canción marinera que después tan a menudo le
escucharía.

El primero de los misteriosos acontecimientos que acabaron por
librarnos del capitán, aunque no, como ya verá el lector, de sus
intrigas. Fue aquel invierno un invierno en que la tierra
permaneció cubierta por las heladas y azotada por los más
furiosos vendavales. Nos dábamos cuenta de que mi pobre padre
no llegaría a ver la primavera; día a día empeoraba, y mi madre
y yo teníamos que repartirnos el peso de la hostería, lo que por
otro lado nos mantuvo tan ocupados, que difícilmente
reparábamos ya en nuestro desagradable huésped. Recuerdo que
fue un helado amanecer de enero. La ensenada estaba cubierta
por, la blancura de la escarcha, la mar en calma rompía
suavemente en las rocas de la playa y el sol naciente iluminaba
las cimas de las colinas resplandeciendo en la lejanía del océano.
El capitán había madrugado más que de costumbre, y se fue
hacia la playa, con su andar hamacado, oscilando su cuchillo
bajo los faldones de su andrajosa casaca azul, el catalejo de
latón bajo el brazo y el sombrero echado hacia atrás. Su aliento,
al caminar, iba dejando como nubecillas blanquecinas. Al
desaparecer tras un peñasco, profirió uno de aquellos gruñidos
que tan familiares ya me eran, como si en aquel instante hubiera
recordado con indignación al doctor Livesey.

Hacia el mediodía me acerqué a la habitación del capitán,
llevándole un refresco y medicinas. Se encontraba casi en el
mismo estado en que lo habíamos dejado, aunque trató de
incorporarse, pero su debilidad fue más grande que sus deseos.
Jim -me dijo-, tú eres la única persona en quien puedo confiar
aquí; y bien sabes que siempre me porté bien contigo. Ni un
mes he dejado de darte tus cuatro peniques de plata. Ahora ya
me ves, compañero, da grima verme, no tengo ánimos y estoy
solo. Escucha, Jim, tráeme un cortadillo de ron... Vamos,
camarada, ¿me lo traerás? -El doctor... -intenté decirle. Pero él
rompió en juramentos y maldiciones contra el doctor con una voz
que, aún apagada, no había perdido su vieja energía. -Los
médicos son todos unos farsantes -voceó-, y ese vuestro, ése, ¿qué
sabe de hombres de mar? Con estos ojos he visto tierras que
abrasaban como el pez hirviendo, y a mis compañeros caer
muertos como moscas con el vómito negro, y he visto la tierra
moverse como la mar sacudida por terremotos... ¿Qué sabe el
médico? Y te digo una cosa: fue el ron el que me hizo vivir. Él
ha sido mi comida y mi agua, somos como marido y mujer. Y si
me lo quitáis ahora, seré como un barco del que ya no queda más
que un madero, que las olas entregan a la playa. Mi maldición
caerá sobre ti, Jim, y sobre ese médico charlatán -y de nuevo
prorrumpió en una sarta de juramentos-. Fíjate, Jím, en el
temblor de mis dedos -continuó ya con un tono de súplica-. No
se están quietos. No he bebido una gota en todo el santo día.
Te digo que ese médico es un farsante. Si no echo un trago de
ron, Jim, empezaré a tener visiones. Ya casi las tengo. Estoy
viendo al viejo Flint allí en el rincón, detrás de ti y si empiezo a
tener visiones, con la mala vida que he llevado, se me va a
aparecer hasta Caín. El médico dijo que un vaso no me haría
daño. Te daré una guinea de oro, si me traes un cortadillo, Jim.

No perdí ya entonces más tiempo en decirle a mi madre todo lo
que sabía y que sin duda hubiera debido poner mucho antes en su
conocimiento. Inmediatamente nos dimos cuenta de lo difícil y
peligroso de nuestra situación. Parte del dinero que aquel hombre
pudiera esconder -si es que algo guardaba- nos pertenecía con
toda justicia, pero no era probable que los compañeros de nuestro
capitán, sobre todo los dos ejemplares que yo había visto, «Perro
negro» y el mendigo ciego, estuvieran dispuestos a perder una
parte del botín, y para saldar las cuentas del difunto. Tampoco
podía yo cumplir el encargo del capitán de cabalgar en busca del
doctor Livesey, dejando a mi madre sola y sin protección. Ni
siquiera nos parecía posible a ninguno de los dos seguir por más
tiempo en la hostería. El chisporroteo de los leños en el fogón, el
tic-tac del reloj, todo nos llenaba de espanto. Por todas partes
nos parecía oír pasos sigilosos que se acercaban. El cuerpo
muerto del capitán seguía tendido en el suelo de la habitación.
Yo no paraba de pensar en el siniestro ciego, al que suponía
rondando la casa y pronto a aparecer. El miedo me ponía la
carne de gallina. Había que tomar una decisión inmediatamente;
y se me ocurrió como única salida que nos marchásemos de la
hostería para buscar auxilio en el cercano caserío. Y dicho y
hecho. Tal como estábamos, sin siquiera cubrirnos, mi madre y
yo echamos a correr en la oscuridad, cada vez más densa, de
aquel helado atardecer.

La curiosidad fue más fuerte que mis temores y abandoné mi
escondrijo; me arrastré hasta la cima del talud, y desde allí,
ocultándome tras un matorral de retama, pude observar a todo lo
largo de la carretera hasta la puerta de nuestra casa. No tuve
que aguardar mucho, pues de inmediato empezaron a llegar mis
enemigos, al menos siete u ocho; corrían hacia la casa y el ruido
de sus pasos resonaba en la noche. Uno llevaba una linterna y
marchaba delante; otros tres corrían juntos, cogidos por las
manos; y, a pesar de la niebla, vi que el que iba en medio del
trío era el mendigo ciego. Un instante después escuché su voz. -
¡Echad abajo la puerta! -gritaba. -¡Echadla abajo! -contestaron
otras voces. Y vi cómo se lanzaban al asalto de la «Almirante
Benbow », mientras el que sostenía la linterna avanzaba tras
ellos. De pronto se detuvieron y hablaron en voz baja, como si
les hubiera sorprendido encontrar abierta la puerta. Pero, acto
seguido, el ciego volvió a darles órdenes. Su voz sonó estentórea
y aguda, como si ardiera de impaciencia y rabia. -¡Entrad!
¡Entrad! ¡Entrad! -gritaba, maldiciendo a sus compinches por su
indecisión. Cuatro o cinco de ellos obedecieron en seguida y dos
permanecieron en la carretera junto al fantasmal mendigo. Hubo
un gran silencio. Después oí una exclamación de sorpresa y una
voz gritó desde la casa: -¡Bill está muerto! El ciego rompió otra
vez en juramentos. -¡Registradlo! ¡Gandules! ¡Y los demás que
suban a por el cofre! -volvió a gritar. Hasta mí llegaba el
estruendo de sus carreras por nuestra vieja escalera; la casa
parecía temblar con sus pisadas. Después escuché nuevas voces de
sorpresa, la ventana del cuarto del capitán se abrió de golpe, con
gran estrépito de vidrios rotos, y un hombre asomó iluminado por
la claridad de la luna y llamó al que estaba abajo en la
carretera.

Cabalgamos sin descanso hasta que llegamos a la puerta del
doctor Livesey. La fachada de la casa estaba a oscuras. El
señor Dance me indicó que desmontase y llamara, y Dogger me
cedió su estribo para hacerlo. Una criada nos abrió la puerta. -
¿Está el doctor Livesey? -pregunté. Me respondió que el doctor
había estado durante toda la tarde, pero que en aquel momento se
encontraba en la mansión del squire, porque estaba invitado a
cenar y pasar la velada con él. -Bien, pues vamos allá,
muchachos -dijo el señor Dance. Como esta vez la distancia era
más corta, ni siquiera monté, sino que fui corriendo asido al
estribo de Dogger hasta las puertas del parque, y después, por
la larga avenida de árboles, cubierta entonces de hojas y que la
luz de la luna iluminaba, al final de la cual se perfilaba la
blanca línea de edificaciones que componían la mansión, rodeada
por inmensos jardines de centenarios árboles. El señor Dance
desmontó y sin dilación fuimos admitidos en la casa. Un criado
nos condujo por una galería alfombrada hasta un amplio salón
cuyas paredes estaban todas cubiertas por estanterías con libros
rematadas por esculturas. Allí se encontraban el quiere y el
doctor Livesey, sentados ante un maravilloso fuego de chimenea y
fumando sus pipas.

Después de reponer fuerzas, el squire me entregó una nota
dirigida a John Silver, para que se la llevara a la taberna «El
Catalejo», y me dijo que no tenía pérdida, ya que sólo debía
seguir a todo lo largo de las dársenas hasta encontrar una
taberna que tenía como muestra un gran catalejo de latón. Eché
a andar, loco de contento por tener ocasión de ver de nuevo los
barcos anclados y el ajetreo de los marineros; anduve por entre
una muchedumbre de gente, carros y fardos, pues era el momento
de más actividad en los muelles, y por fin di con la taberna que
buscaba. Era un establecimiento pequeño, pero agradable. La
muestra estaba recién pintada y las ventanas lucían bonitas
cortinas rojas y el piso aparecía limpio y enarenado. A cada lado
de la taberna había una calle a la que daba con sendas puertas,
lo que permitía una buena iluminación; el local era de techo bajo
y estaba cuajado de humo de tabaco. Los parroquianos eran casi
todos gente de mar, y hablaban con tales voces, que me detuve en
la entrada, temeroso de pasar. Mientras estaba allí, un hombre
salió de una habitación lateral, y en cuanto lo vi estuve seguro de
que se trataba del propio John «el Largo». Su pierna izquierda
estaba amputada casi por la cadera y bajo el brazo sujetaba una
muleta que movía a las mil maravillas, saltando de aquí para
allá como un pájaro. Era muy alto y daba impresión de gran
fortaleza, su cara parecía un jamón, y, a pesar de su palidez y
cierta fealdad, desprendía un extraño aire agradable. Estaba,
según pude ver, del mejor humor, pues no dejaba de silbar
mientras iba de una mesa a otra hablando jovialmente con los
parroquianos o dando palmadas en la espalda a los más
favorecidos.

Después de reponer fuerzas, el squire me entregó una nota
dirigida a John Silver, para que se la llevara a la taberna «El
Catalejo», y me dijo que no tenía pérdida, ya que sólo debía
seguir a todo lo largo de las dársenas hasta encontrar una
taberna que tenía como muestra un gran catalejo de latón. Eché
a andar, loco de contento por tener ocasión de ver de nuevo los
barcos anclados y el ajetreo de los marineros; anduve por entre
una muchedumbre de gente, carros y fardos, pues era el momento
de más actividad en los muelles, y por fin di con la taberna que
buscaba. Era un establecimiento pequeño, pero agradable. La
muestra estaba recién pintada y las ventanas lucían bonitas
cortinas rojas y el piso aparecía limpio y enarenado. A cada lado
de la taberna había una calle a la que daba con sendas puertas,
lo que permitía una buena iluminación; el local era de techo bajo
y estaba cuajado de humo de tabaco. Los parroquianos eran casi
toda gente de mar, y hablaban con tales voces, que me detuve en
la entrada, temeroso de pasar. Mientras estaba allí, un hombre
salió de una habitación lateral, y en cuanto lo vi estuve seguro de
que se trataba del propio John «el Largo». Su pierna izquierda
estaba amputada casi por la cadera y bajo el brazo sujetaba una
muleta que movía a las mil maravillas, saltando de aquí para
allá como un pájaro. Era muy alto y daba impresión de gran
fortaleza, su cara parecía un jamón, y, a pesar de su palidez y
cierta fealdad, desprendía un extraño aire agradable. Estaba,
según pude ver, del mejor humor, pues no dejaba de silbar
mientras iba de una mesa a otra hablando jovialmente con los
parroquianos o dando palmadas en la espalda a los más
favorecidos.


La Hispaniola estaba fondeada en la zona más apartada de los
muelles, y tuvimos que abordarla en un bote. Durante el trayecto
fuimos pasando bajo muchos y hermosísimos mascarones de proa,
junto a las popas de otros navíos; a veces un cabo que colgaba
rozó nuestras cabezas, otras los arrastramos bajo nuestra quilla.
Por fin llegamos a la goleta y allí estaba para recibirnos y
darnos la bienvenida el segundo, el señor Arrow, un marino viejo
y curtido, de extraviada mirada y que lucía pendientes en sus
orejas. El squire y él se llevaban perfectamente, pero no tardé en
darme cuenta de que no ocurría lo mismo entre el señor
Trelawney y nuestro capitán. Este último era un hombre de aire
precavido y astuto, y al que parecían enojar los más nimios
sucedidos a bordo, y no tardé en saber el porqué, ya que, apenas
bajamos al camarote, entró tras de nosotros un marinero y nos
dijo, dirigiéndose al squire: -El capitán Smollett desea hablar
con vos. -Estoy siempre a las órdenes del capitán. Que pase. El
capitán, que aguardaba cerca de su mensajero, entró de inmediato
y cerró la puerta. -Y bien-dijo el capitán-, creo que más vale
hablar claro, y espero no ofenderos con ello. Pero no me gusta
este viaje, no me gusta la tripulación y no tengo confianza en mi
segundo. Esto es todo cuanto tenía que decir.

Aquella noche la pasamos en el natural ajetreo que precede a
zarpar, dando las últimas disposiciones sobre los pertrechos, y
atendiendo a las amistades del squire, que como el señor Blandly
y otros, se acercaban con sus botes a desear una buena travesía y
un feliz regreso. Jamás en la «Almirante Benbow » había yo
pasado noche tan agitada; y rendido por la fatiga me sorprendió,
poco antes del amanecer, el silbato del contramaestre y el
movimiento de la tripulación empezando a situarse en sus puestos
junto a las barras del cabrestante. Así hubiera estado mil veces
más cansado, nada en el mundo hubiera podido hacerme
abandonar en ese momento la cubierta. Todo era tan nuevo y
fascinante para mí: las voces de órdenes, las agudas notas del
silbato, los marineros que corrían a ocupar sus puestos bajo la
luz de los faroles. -¡Barbecue! -gritó alguien-, ¡cántanos una
canción! -Aquella antigua canción -dijo otro. -Bien, bien,
compañeros -dijo John «el Largo», que apoyado en su muleta
los miraba; y entonces empezó a cantar aquella canción que
tantas veces ya había yo escuchado: «Quince hombres en el cofre
del muerto... » Y toda la tripulación coreó sus palabras: «¡Ja!
¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!» Y con la tercera carcajada,
las barras empezaron a girar briosamente. A pesar de la
emoción, mi pensamiento me llevó a la vieja «Almirante
Benbow», y creí oír de nuevo la voz del capitán que se unía a la
de estos marineros. El ancla surgió de las aguas y quedó fijada,
goteando agua y algas enarenadas. Las velas y largadas
restallaron con el viento del amanecer y casi de inmediato los
barcos fondeados y la tierra empezaron a alejarse, y antes de
que, rendido, me tumbase para gozar de ese ensueño, la
Hispaniola abrió su travesía hacia la Isla del Tesoro.


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