Habló la empleada

doméstica de Adolf
Hitler: "Estaba prohibido
observarlo"
"Podía pensar, pero no hablar", contó la mujer que sirvió al dictador en su casa de
descanso en Berghof. Recordó las fiestas nazis y "los pasteles del Fuhrer". Había escapado
dos días antes que termine la guerra


"Podía pensar, pero no hablar", fue una de las primeras instrucciones que recibió la joven
Elisabeth Kalhammer cuando después de contestar al aviso de un diario acabó trabajando
como empleada doméstica de Adolf Hitler en 1943.
Más de 70 años después, Kalhammer rememoró en una entrevista publicada por el diario
austriaco Salzburger Nachrichten sus experiencias en la casa del dictador nazi en
Berchstesgaden, uno de los rincones más idílicos de los Alpes bávaros.
"Se busca empleada doméstica. Lugar de trabajo: Berghof en Obersalzberg, en la Baviera
Berchtesgaden", decía el anuncio sobre la que era la segunda residencia de Hitler.
La Oficina de empleo de la localidad austriaca de Wels escogió entre todas las solicitudes
la de la entonces joven de 22 años. Sin embargo, lejos de sentirse feliz por la oportunidad,
la mujer de 89 años actualmente reconoce que tuvo miedo la primera vez que llegó al que
sería su lugar de trabajo hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
Su madre le había pedido que no fuera, pero la mujer de la oficina de empleo le dijo
quedebía estar agradecida por una oportunidad por la que miles de jovencitas estarían
encantadas. Hizo las maletas y tras pasar por dos puestos de control de las SS, llegó a la
casa de Hitler.
"La casa estaba llena de invitados y el 'Führer" estaba allí", recordó sobre su primer día de
trabajo. Enseguida la hicieron partícipe de las reglas de la casa: "Lo que se hable en la casa,
no puede salir bajo ningún concepto de ella. Las faltas serán castigadas con la prohibición de
poder salir de casa".




Kalhammer pronto se dio cuenta del funcionamiento de la residencia de descanso de
Hitler. Sólo trabajadores con años a su servicio tenían permitido el acceso a las consideradas
"salas privadas" del dictador. "Lisbeth", como se la conocía allí, pasó sus horas no sólo
lavando o cosiendo, sino también limpiando.
Respecto a la compañera sentimental de Hitler, Eva Braun, Kalhammer la recuerda como
una "mujer elegante", con trajes a la última moda, que disfrutaba de la visita de sus amigos
y que era "un gran amor". En Berghof, Braun se comportaba como la dueña de la casa,
aunque no estuviera casada con Hitler. Son todos recuerdos de la antigua empleada del
hogar que debía vestir mandil blanco y que unas navidades recibió lana de Braun para
tejer calcetines para los hombres en el frente, uno de los cuales mandó a su hermano.
Kalhammer contó también la pasión de Braun por la actriz austriaco-alemana Marika Rkk.
"En Berghof había una sala de cine. La novia del 'Führer' se preocupaba porque las
jóvenes tuvieran algún sitio donde sentarse cuando proyectaban una película de Rkk".
"Por suerte nunca me encontré con Hitler y no tuve que hablar con él", afirmó la mujer que
nunca quiso contar a nadie sus experiencias durante la época del Tercer Reich. Sin
embargo, aunque la joven no hablara con él, debía estar al tanto de todas sus manías.
"Seguía una estricta dieta para la que tenía a su propia cocinera y sólo bebía agua caliente.
Pero bien entrada la noche, Hitler se escabullía a la cocina donde debía haber uno de los
conocidos como 'pasteles del Führer': un pastel de varias capas de manzana con nueces y
pasas", reveló.




"Cuando Hitler salía en alguna ocasión a pasear fuera, estaba prohibido observarlo. Sólo
podíamos verlo a través de las cortinas", asegura. El 14 de julio de 1944 fue la última vez
que vieron a Hitler en Berghof, seis días antes de un atentado del que salió ligeramente
herido.
"A partir de ese momento, creció el nerviosismo en Berghof y los trabajadores debían
comenzar a llevar los tesoros de Hitler al bunker para el que había que bajar 95
escalones", indicó. Entre las cosas que había que trasladar al bunker había un "enorme"
número de libros, cuadros y espejos.
Cuando los aliados comenzaron a acercarse a la zona, se prohibió a las jóvenes abandonar la
casa. Para ello les contaron todo tipo de historias horribles de los que les iba a pasar: "Nos
contaban que los negros venían a cortarnos el pelo y a violarnos".
Sin embargo, ella desobedeció la orden y huyó. Con ayuda de una amiga llegó dos días
antes del final de la guerra a casa de su madre y actualmente vive en la ciudad de Salzburgo
(Austria).