Conferencia de la Dra.

Raquel Chagas en el marco del 1er Congreso
Psicoanalítico El Objeto del Deseo, llevado a cabo el 1 y 2 de junio de
2012:
“LOS CELOS, LA SOMBRA DEL TERCERO”


Los celos son sentimientos universales, nadie está libre de ellos; su fuerza y poder
ataca por sorpresa con un monto de irracionalidad que hace que sean difíciles de
manejar, y en muchas ocasiones se ocultan a los demás por ese carácter de
irracionalidad que avergüenza a los sujetos celosos. No existe nadie que no haya
sentido celos alguna vez en su vida, cuando alguien afirma no haberlos sentido
nunca, lo más probable es haya optado por reprimirlos intensamente.

Ahora bien, los celos pueden ser normales o patológicos. Sobre los celos
normales hay poco que decir desde el punto de vista analítico, en lo esencial están
compuestos por el duelo, el dolor por el objeto de amor que se cree perdido, y por
la afrenta narcisista, además, por sentimientos de hostilidad hacia los rivales que
han sido preferidos, y por un monto mayor o menor de autocrítica.

Los celos, dado que forman parte de nuestra vida, pueden participar como
ingredientes en una relación amorosa, como "prueba de amor". Pero debemos
tener en cuenta que el amor implica cuidar del otro, de su bienestar, de sus
realizaciones, respetar sus necesidades y su individualidad; la persona que ama a
otra fomenta el desarrollo de la misma, el crecimiento de todas sus
potencialidades y para ello es necesaria la libertad y la independencia del otro,
para estudiar, para trabajar, para relacionarse con familiares, con amigos, con los
compañeros de trabajo, para practicar deportes, etcétera. La libertad que posibilita
a las experiencias vitales enriquece a las personas y por tanto el vínculo de pareja.

Estos celos, por más que los llamemos normales, arraigan en lo profundo del
inconsciente, retoman las más tempranas mociones de la afectividad infantil y
brotan del complejo de Edipo o del complejo de los hermanos del primer período
sexual.

Para Lacan los celos nacen con la intrusión, en la situación fraterna precoz.
Sabemos el efecto traumático que tiene para el niño la llegada del hermano
menor, ver a otro bebé en los brazos de la madre implica para el niño el odio que
parte de la herida narcisística de sentirse excluido, el dolor de esta exclusión es el
que intenta dominar a través del juego del fort-da en el que ejecuta activamente lo
que ha vivido pasivamente, el ser excluido. La rivalidad fraterna no es exclusiva
con los hermanos de la misma familia, también el niño vive como intrusión el
descubrir que no está solo en el mundo, que existen otros pequeños que también
pueden compartir el amor de una madre, es decir que hay otros como él.

Creer o percibir que la persona amada nos deja por otra persona corresponde a
uno de los sentimientos más dolorosos que alguien puede sufrir. No se trata de
perder al ser amado por una separación o muerte, es un sentimiento más grave
que el de abandono porque está directamente vinculado a la conflictiva edípica y
porque implica una disminución del sentimiento de sí.

El sujeto celoso, siente que no puede competir en igualdad con el otro tal como
perdió en la rivalidad con el padre idealizado de la infancia, que se quedó con la
madre. Esto es lo que se vincula con la sobrevaloración del rival, en los celos y la
consiguiente devaluación del celoso.

El sentimiento de sí, o lo que coloquialmente llamamos autoestima, se apoya
según Freud en tres pilares:
- Los residuos del narcisismo infantil, estos provienen del autoerotismo y de
las relaciones de objeto infantiles narcisísticas, en que el objeto no se
diferencia del yo, y que remiten a si el niño se sintió suficientemente querido
por sus padres.
- Otro pilar de la autovaloración se refiere a las acciones realizadas por el yo
que cumplen con los mandatos del ideal del yo, y que por lo general están
referidos a la sublimación y dejan una sensación placentera ligada a la
omnipotencia narcisista.
- Por último el tercer pilar se deriva del retorno de libido en la gratificación
objetal. Es decir el sentirse amado por el objeto, lo que implica una forma
de satisfacción narcisista.

Los tres pilares se encuentran comprometidos en los celos. Cuando el pilar de la
omnipotencia se halla cuestionado, la reacción será de furia y se tratará de
rechazar el fracaso de la omnipotencia y se intentará hacer desaparecer al infiel y
con él la injuria acontecida.

Cuando lo que tambalea es el residuo del narcisismo infantil, puede sobrevenir la
depresión, la melancolía, la angustia de muerte con vivencias de catástrofe.

Según Grinberg (1985), en la situación de celos, uno de los rasgos específicos es
el sentimiento de humillación que invariablemente la acompaña, debido al agravio
que representa para la propia confianza y seguridad. La persona celosa cree
profunda e inconscientemente que si no es amada, o le parece no serlo, es porque
no es digna de ese amor. Suele reaccionar con furia y agresión para encubrir y
contrarrestar sus sentimientos de humillación y culpa y la vivencia de carecer de
cualidades y valores suficientes para merecer dicho amor. El peligro del abandono
y la amargura del desamparo refuerzan e incrementan el mecanismo proyectivo
por el cual intenta aliviarse, odiando y condenando a su pareja o, en forma más
desplazada, a su rival.

"Los celos -opina Claire Deloupy Marchand (1998)- son tan antiguos como la
historia de la humanidad, como el principio de la historia de cada sujeto.
Acontecen en el cachorro humano en posición de humanización con la aparición
del tercero. Pertenecen a la propia constitución del sujeto. Constituyen la entrada
al deseo. Por eso no hay sujeto sin celos. Sin celos no hay otro, sin celos no hay
deseo, no hay sujeto. El niño pequeño, en estado infans, no siente celos. Vive en
la permanente ilusión de que él y la madre se completan. Él y ella llegan a ser dos
cuando ella desvía la mirada hacia el tercero. Escisión constituyente que se irá
repitiendo a lo largo de toda la vida del sujeto, en cada crecimiento, en cada
transformación."

Denise Lachaud (1998) señala que "la triangulación debe intervenir lo antes
posible ya que es una buena defensa contra la relación dual imaginaria y permite
la sana expresión de los conflictos."

Cuando el tercero aparece, el niño puede constituir su yo discriminándose de la
madre, ya no es parte de ella, ni ella es parte de él, son diferentes. Cuando esto
ocurre y se ingresa en la triangularidad, se produce la ruptura de la unidad madre-
niño; no son dos hasta que aparece el tercero que le permite al niño constituir su
yo diferente de otros. Pero ese objeto que irrumpió en esa unidad va a ser objeto
de rivalidad, de celos. Paula Malugani (1998) lo expresa así: "Antes de los celos,
el otro y yo éramos la misma cosa”.

Los celos y las ansiedades homosexuales
No resulta extraño que las infidelidades se concreten con personas allegadas y
muy apreciadas y queridas por el otro, aquéllas con las que se comparte el cariño
y la intimidad. Él con la mejor amiga de ella; ella con el amigo de toda la vida de él,
así se cierra el triángulo, cuando uno de los cónyuges hace de puente para las
fantasías de encuentro homosexual con el objeto de amor deseado y negado del
otro. Es decir que en el hombre celoso, además del dolor por la mujer amada y el
odio por hacia los rivales masculinos se agrega también un duelo por el hombre al
que se ama inconscientemente y un odio hacia la mujer como rival frente a aquél.

Cuando el amor es invadido por los celos patológicos, el control, la posesividad y
el sometimiento van ocupando su lugar provocando un empobrecimiento del sujeto
y de la pareja. El otro no es percibido como una persona independiente, sino como
un objeto de propiedad exclusiva.

Como ejemplo de celos patológicos podemos mencionar el caso de un paciente
que se sentía desesperado cuando no podía controlar a su pareja, si no sabía con
quién estaba siempre pensaba que podía estar con otro, y a fin de asegurarse de
lo que ella estaba haciendo la llamaba incansablemente en lapsos de tiempo muy
cortos. No podía tolerar estar separado de ella porque era presa de la angustia de
separación propia de los pacientes borderline. En este caso el vacío y la
sensación angustiante trataban de llenarse y calmarse con el alcohol. El insistir en
estar desesperado se refería al hecho de no haber sido esperado por la madre,
era el hijo mayor que determinó el casamiento de sus padres a partir de que la
madre se embarazó de él. El paciente sentía que su hermana sí había sido
esperada, no como él, de donde cualquier otro podría ser el preferido de su pareja,
podría ser el esperado para ella.

En el amor posesivo, pasional, celotípico se pretende no sólo que el otro sea todo,
sino ser todo para el otro. No se conforma el sujeto con ser un objeto privilegiado,
pretende ser el objeto único y poder asimismo encontrar en el otro todo lo
necesario.

El hombre y la mujer tienen las mismas motivaciones: el reencuentro con la madre
(perdida al nacer, prohibida por la cultura) en un intento de eliminar la terceridad
de la vida psíquica, retornar a la díada. El deseo de posesión es siempre un deseo
insatisfecho, pues sujeto y objeto buscan en el otro aquello que el otro no es: el
amor perdido de la infancia.

Klein diferencia envidia de celos. La envidia se da en una relación dual, más
arcaica, donde se busca destruir al otro. Los celos se dan en una relación
triangular. La envidia es un querer-tener, los celos son un querer–retener. La
envidia se duele al ver que otro tiene aquello que se quiere para uno mismo, pero
que se vive como imposible de conseguir. Los celos temen perder lo que se tiene.

Freud, S. (1922 [1921]) en su trabajo: "Sobre algunos mecanismos neuróticos en
los celos, la paranoia y la homosexualidad" dice que los celos se cuentan entre los
estados que podemos llamar normales. Y realiza una clasificación de aquellos
casos que dan intervención al análisis como: 1) de competencia o normales; 2)
proyectados, y 3) delirantes.

Los celos proyectados, provienen, en el hombre como en la mujer, de la propia
infidelidad, practicada de hecho, o de impulsiones a la infidelidad que han caído
bajo la represión, o de la infidelidad fantaseada. Es una experiencia cotidiana que
la fidelidad, sobre todo la exigida en el matrimonio, sólo puede mantenerse
luchando contra permanentes tentaciones. Quien las desmiente dentro de sí
mismo, siente empero sus embates con tanta fuerza que es proclive a echar mano
de un mecanismo inconsciente para hallar alivio. Se procura tal alivio, y hasta una
absolución de su conciencia moral, proyectando a la otra parte sus propias
impulsiones a la infidelidad.

Un claro ejemplo de celos proyectados lo presentaba el esposo de una paciente
que permanentemente la controlaba, le impedía bañarse antes de salir, porque le
recriminaba sobre con quién se iba a ver, e incluso la obligaba a realizar varias
actividades desde su casa, como tomar clases de idioma, porque “una señora
decente no debía andar sola por la calle”. Mientras que el esposo había tenido ya
varias infidelidades.

Los celos delirantes en sentido estricto también provienen de anhelos de
infidelidad reprimidos, pero los objetos de tales fantasías son del mismo sexo. Los
celos delirantes corresponden a una homosexualidad no asumida, y deben ser
situados entre las formas clásicas de la paranoia. En su calidad de intento de
defensa frente a una moción homosexual poderosa, podrían plantearse (en el
caso del hombre) con esta fórmula: “Yo no soy quien lo ama; ella lo ama”. El
celoso neurótico duda, e investiga, en cambio el celoso paranoico está seguro de
la infidelidad.

Señala Freud que frente a un caso de delirio de celos, habrá que estar preparado
para hallar celos de los tres estratos, nunca del tercero solamente.

Podemos afirmar que en general todo tercero que se interponga en el vínculo
puede convertirse en objeto de celos: un programa de televisión, un periódico, una
revista, un libro, un deporte, una actividad, un interés, una mascota etcétera,
pueden llegar a convertirse en esa sombra amenazante que transforma la relación
en triangular. Incluso uno de los motivos centrales de las discusiones por celos en
una pareja se refiere a la familia de origen. El tercero también puede estar
representado por las obligaciones laborales.

De los celos al sentimiento de masa
Freud (1921) en "Psicología de las masas y análisis del yo" explica cómo, en
determinadas circunstancias se puede pasar de la rivalidad a la solidaridad, dado
que por largo tiempo no se observa en el niño nada parecido a un instinto gregario
o sentimiento de masa. Un ejemplo de esta situación es cuando los niños son
muchos en un mismo hogar, y a pesar de los celos y rivalidad que sienten, se ven
obligados a identificarse entre ellos para no ser “malos” a ojos de los padres. Así
se forma entre los pequeños un sentimiento de comunidad, que después, en la
escuela, halla su ulterior desarrollo. La primera exigencia de esta formación
reactiva es la de la justicia, el trato igual para todos. Tal situación se puede
observar claramente en el ambiente escolar. Si uno mismo no puede ser el
preferido, entonces ningún otro deberá serlo. Esta lucha por la justicia se
evidencia en todos los frentes que nos ofrece la vida, en los grupos de cualquier
clase, en el trabajo, en los gremios, en los partidos políticos; en cualquier lugar de
interacción social vamos a encontrar este propósito de ser tratados en forma
igualitaria y escucharemos las quejas amargas cuando ello no ocurre.

Los celos están en directa relación con la pulsión de apoderamiento, producto de
la mezcla de la pulsión sexual con la pulsión de muerte que halla su forma positiva
en su sublimación como pulsión de saber. De donde puede vincularse a los celos
con la creatividad, en la medida que implican un impulso a investigar, descifrar,
buscar pruebas. La pulsión de dominio alude al control del objeto, una
conservación y poder sobre el mismo, por lo que es esencial al erotismo anal.
Freud atribuye a esta pulsión de dominio, el origen de la crueldad infantil, en Tres
Ensayos de teoría sexual. Cuando Freud desarrolla el concepto de pulsión de
muerte ya no considera a la pulsión de dominio como pulsión específica, sino
como un aspecto del ejercicio del sadismo, que implica un goce en el dominio,
poder o autoridad sobre el objeto, que cuando es meta de la pulsión es una
manera de exteriorizar la pulsión de muerte en la sexualidad. Cuando los celos
están dominados por la posesión se acercan a la aniquilación del otro y en su
extremo más grave pueden ocasionar asesinatos pasionales.

Pero ¿Qué es actuar para poner celoso a otro a fin de provocar o aumentar su
amor?. Este es un acto sádico, perverso y narcisista que la histérica sabe muy
bien realizar. En cambio cuando es la histérica la que siente celos, declara la
guerra violentamente. Al contrario, el obsesivo tratará de negar los celos y cuando
ya no pueda hacerlo los vivirá como abandono, como el abandono de esa madre
de quién alguna vez fue el predilecto.

Para concluir diremos que existen distintos tipos de celos según la historia y la
constitución psíquica de cada sujeto. Tal vez por eso es que la palabra “celos” se
use en plural.