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EL DÍA DE PENTECOSTÉS
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El día de Pentecostés
Hechos 2
¿Cómo podemos explicar lo que sucedió el día de
Pentecostés (Hechos 2)? Fueron tres mil bautismos los que
se realizaron ese día, bautismos de personas provenientes
de todo el mundo conocido. ¡Qué asombroso! El orador,
Pedro, era un predicador desconocido que ni siquiera
era rabino. No sabía lo que iba a decir a la multitud. El
Espíritu Santo puso las palabras acertadas en su boca.
Explicó quién era Jesús y lo que Este había hecho. Esta fue
la más grande respuesta a un sermón en toda la historia.
Lo más maravilloso que alguna vez se produjo, la iglesia,
fue logrado por la cruz y esta prédica.
Dios no dejó nada al azar. Él lo organizó todo. Miles
de judíos habían venido a Jerusalén para la Pascua. Para
muchos, este era un importante peregrinaje religioso, tal
vez una experiencia que solo tendrían una vez en la vida.
Algunos de estos se quedaron en Jerusalén durante cin-
cuenta días hasta el día de Pentecostés. Esta gente estaba
apretujada estrechamente. No podían dejar de hablar
sobre la Pascua, la cruz y el sepulcro vacío.
¡Nunca había habido una Pascua como esta! Dios dio
«Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y
se añadieron aquel día como tres mil personas» (Hechos 2.41).
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LA AGONÍA Y LA GLORIA DE LA CRUZ
a Israel cincuenta días para que pensara en lo que había
ocurrido. Había habido terremotos que hicieron «crujir los
dientes de ellos» (vea Mateo 27.51–53). Desde la hora sexta
hasta la novena, la tierra había estado cubierta de tinie-
blas (Mateo 27.45; Marcos 15.33; Lucas 23.44). Dios había
permitido que el pueblo crucifcara a Jesús, pero no les
permitió que gozaran viéndolo morir. ¡Estas horas de las
12 a las 3 p.m. fueron lúgubres, extrañas y amenazantes!
La gente estaba demasiado desconcertada para moverse,
demasiado asustada para no moverse.
«¿Qué hemos hecho?» era la pregunta que se hacían.
Se partieron rocas. Se abrieron sepulcros. Algunos cono-
cidos que habían salido de estos sepulcros abiertos, an-
duvieron por las calles después de la resurrección (Mateo
27.51–52). Cuando los sacerdotes servían en el templo (a la
hora novena), el velo se partió de arriba abajo (Mateo 27.51;
Marcos 15.38; Lucas 23.45b). El frenesí que los hizo gritar:
«¡Crucifícalo!», se convirtió en histeria. Los participantes
estaban tan perturbados que se golpeaban el pecho en la
confusión. Hasta el centurión romano, uno de los soldados
que habían ayudado a crucifcar a Jesús, lo reconoció como
«el Hijo de Dios» (vea Mateo 27.54; Marcos 15.39).
Durante cincuenta días lo único que podían ver los que
habían abarrotado Jerusalén, era un sepulcro vacío. Pilato y
los dirigentes judíos sabían que Jesús había resucitado. No se
enviaron brigadas de búsqueda. No se interrogó a los após-
toles. Los enemigos lo supieron antes que los discípulos.
Jesús había sido resucitado. No volvió a morir; antes,
después de aparecer a Sus discípulos durante un período
de cuarenta días (Hechos 1.3), Él ascendió a Su Padre en los
cielos. Fue llevado arriba en las nubes y ahora está sentado
a la diestra de Dios (Efesios 1.20; Colosenses 3.1). Antes de
ascender, Jesús dijo a Sus apóstoles: «… recibiréis poder,
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EL DÍA DE PENTECOSTÉS
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me
seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y
hasta lo último de la tierra» (Hechos 1.8). Esta promesa se
cumplió solo días después, en el día de Pentecostés.
En aquella ocasión Dios vino con poderoso viento. El
Espíritu Santo llenó a los apóstoles. Lenguas repartidas
como de fuego se posaron sobre estos. Todos los apóstoles
comenzaron a predicar en otras lenguas las maravillas de
Dios. Luego, en el sermón principal ¡Pedro predicó acerca
de lo que había sucedido cincuenta días atrás! Dijo que sus
oyentes no solo fueron testigos, sino también autores re-
sponsables. Los tildó de asesinos, ¡homicidas del Hijo de
Dios! Fueron compungidos de corazón. Clamaron aterror-
izados. Se arrepintieron. Tres mil fueron bautizados para
el perdón de sus pecados. Con la conversión de estos, la
iglesia comenzó en Jerusalén en este día de Pentecostés.
La historia nos revela que «todos los ejércitos que
alguna vez marcharon, todos los parlamentos que al-
guna vez se reunieron, todos los reyes que alguna vez
reinaron»
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no nos han infuenciado tanto como lo ha hecho
la única y solitaria vida de Jesucristo. Aquellos tres mil
bautismos no fueron casualidad. Satanás no fue tan astuto
como creyó. No subestime a Satanás; no sobreestime a
Satanás. ¿Creyó él que podía matar a Dios? Sin duda sabía
que, aun si mataba a Dios, no podía hacer que quedara
muerto. Imaginando que había ganado, Satanás se der-
rotó a sí mismo.
La cruz…
¡no hay otro camino!
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James Allan Francis, “Arise, Sir Knight” («Levántese, Señor
Knight»), en “The Real Jesus” and Other Sermons («El verdadero Jesús» y
otros sermones) (Philadelphia: Judson Press, 1926), 123–24.
Autor: Charles B. Hodge, Jr.
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