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almanaque 2006
Elegantes y altaneras las locomotoras
imponen su presencia, sin importarles
cargar encima cien años de existencia.
Una campanilla comienza a sonar y la
barrera se baja. Los transeúntes que es-
peran atravesar la vía se detienen por-
que, lentamente, se acerca la “vedette”
del barrio. Sin tapujos hace sonar el sil-
bato y pasa, dejando tras ella una estela
de viento capaz de sacudir cabellos y ro-
pajes de quienes estén cerca.
Peñarol: un barrio de hierro
La descripción de este momento puede
traer a la memoria de muchas personas
agradables recuerdos del pasado. Pero
más gratificante será ver -en un futu-
ro cercano- cuando estas locomotoras
pasen sin cesar, habiéndose convertido
Peñarol en un barrio turístico, lleno de
historias y leyendas.
A Peñarol llega un aventurero
Este barrio montevideano se encuentra
ligado a historias tan lejanas en el tiem-
Cuando apenas el sol asoma por el horizonte, pintando de dorado un
cielo que es inmensamente visible, se comienzan a sentir los primeros
indicios de vida en la vieja estación de trenes del histórico barrio Peñarol.
Motores de gran potencia se escuchan desde lejos anticipando la llegada
de los “caballos de hierro”.
LAURA ECHEGOYEN
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po y el espacio que resultarían difícil de
imaginar.
En un pequeño pueblito italiano fun-
dado por una princesa en el año 1.000
-de nombre Pignerolo- nace Juan Bautis-
ta Crossa, el primer poblador oficial de
Peñarol. De familia acomodada, hasta la
actualidad se desconoce las razones por
las cuales abandona Italia para instalar-
se, en 1765, en nuestra Banda Oriental.
Entre muchas cosas, se dice que era un
gran aventurero, pero jamás imaginó
que sus ocurrencias fueran parte de la
historia uruguaya.
Crossa fue un referente en la zona y tuvo
como gran acierto la fundación de una
pulpería que se convertiría en el centro
de las principales actividades sociales,
culturales y lúdicas del lugar. Dentro de
este comercio surge el nombre del ba-
rrio, pues ante la insistencia en que la
gente lo llamara “Juan Bautista Crossa
de Pignerolo”, el paisanaje comenzó a
deformar el nombre de su pueblo pasan-
do a ser Piñerolo, Peñarolo y, finalmen-
te, Peñarol.
Cien años después de la llegada de Crossa a
Uruguay, la zona tenía 3.342 habitantes,
entre ellos el primer abogado y el pri-
mer boticario del país. En honor a este
último, se construyó lo que luego sería
la Iglesia de la zona: “Nuestra Señora de
las Angustias”, nombrada años después
Viceparroquia. Contando, además, con
cementerio y diputado que los represen-
tara, no se habla de esta época como el
período fundacional de Peñarol, aunque
se lo merecería.
Convertido en un lugar de grandes cha-
cras, interesantes quintas y reconocidas
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bodegas, a Peñarol y sus habitantes les
esperaba un futuro inimaginable. Pero
hasta el momento la tranquilidad predo-
minaba.
Un barrio al mejor estilo inglés
Mientras la población disfrutaba de una
pacífica cotidianeidad, una compañía
inglesa interesada en la zona envía un
testaferro, llamado Mister Leret. Su mi-
sión consistía en, tratando de no levan-
tar sospechas, comprar las propiedades
de los vecinos para edificar el taller de
ferrocarriles más grande del Uruguay y
más moderno de América Latina. Este
se considera el inicio de un proceso,
ahora sí, fundacional, a partir del cual la
vida de todos los habitantes cambiaría
para siempre.
Peñarol sorprendió a todo el país al con-
vertirse en un barrio ejemplar, como
consecuencia de esta revolución indus-
trial con aire inglés pero en suelo uru-
guayo. Rápidamente la zona se trans-
formó, debido a la construcción de la
estación de ferrocarriles, los talleres de
la empresa y el Centro de Artesanos.
Así, 3.500 personas participaron de uno
de los fenómenos obreros más impor-
tantes de Uruguay.
Los ingleses, a partir de este momento,
comenzaron a modelar arquitectónica-
mente el barrio de manera apropiada
y cómoda para su trabajo. Sus propósi-
tos se iniciaron con la construcción de
dos casas para los jerarcas principales
(ubicadas en las actuales calles Apari-
cio Saravia y Shakespeare, siendo hoy
sede de una policlínica municipal y un
local de INDA). Frente a estas distingui-
das viviendas, se dispusieron las de los
jerarcas intermedios: jefes de bodegas y
capataces. Y, finalmente, vía por medio
y separadas por una plaza, 42 edifica-
ciones exactamente iguales se constru-
yeron como viviendas para los obreros.
Esta calle hoy resulta uno de los paisajes
más pintorescos de Peñarol.
Más allá de las transformaciones edili-
cias que experimentó la zona, cambió el
estilo de vida de la gente. El sello inglés
imperaba en todos los espacios cotidia-
nos. A las seis de la mañana sonaba el
primer silbato del tren que anunciaba el
inicio de la jornada laboral y la llegada
del Tren Obrero (encargado de trans-
portar a los ferroviarios del interior que
prestaban servicios en esta estación).
Para quienes residían en la calle de los
obreros, un “llamador” golpeaba puerta
por puerta, avisando el comienzo del
turno de trabajo.
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El silbato del tren era el reloj del barrio.
Sonaba a horas claves y generalmente
indicaba alguna actividad. La principal,
era el tráfico de 40 o 50 frecuencias de
trenes diarios. A partir de ese momento,
personas de diferentes partes de Mon-
tevideo se daban encuentro aquí, para
enviar encomiendas, cartas o dinero. Un
sinfín de productos eran transportados
a diferentes partes del Uruguay: comes-
tibles, maderas, combustibles, portland,
son algunos de ellos. Los troperos carga-
ban, diariamente, de 20 a 25 vagones de
ganado con destino a La Tablada (centro
de actividades agropecuarias).
“¡Lo que era aquel Peñarol de la época!
Fue el principal centro obrero del país y
de las actividades sociales y culturales,
debido al influjo de gente que llegaba
al barrio”, afirma Antonio Pereyra, pro-
pietario del Bar La Primavera, fundado
frente a la estación en 1896. Recuerda
“ver de niño la cantidad de maquinis-
tas y guardas que pasaban por este lu-
gar para almorzar. ¡Era increíble, 120
almuerzos diarios se realizaban en La
Primavera en aquel entonces!”, expresa
maravillado.
Peñarol vivió durante años una “época
de hierro”. Fue glorioso y ejemplo en
varios ámbitos, pero al parecer “lo bue-
no no dura por siempre”. Con el tiempo
aquel centro de actividades comenzó a
perderse, los servicios disminuyeron y
la calidad de vida de los peñarolenses
decayó considerablemente.
Hoy Peñarol conserva cuidadosamen-
te aquellas cosas que lo hicieron glo-
rioso. Pero sin considerarse vencido,
espera ansioso la oportunidad que lo
saque de este descansar al que se ha
visto sometido.
Montevideano, pero con sabor a
pueblo
A pesar de los años, Peñarol continúa
siendo una especie de pueblo de campa-
ña dentro de los límites de Montevideo.
La zona cuenta con dos o tres vías de
acceso, pues prácticamente se encuen-
tra bloqueado geográficamente. Por un
lado, el campo de polo; por otro, los
cuarteles militares; finalmente, la esta-
ción de trenes. Esto ha provocado que la
zona mantenga características puebleri-
nas, lo que se refleja en la tranquilidad
predominante, en el modo de hablar de
los habitantes, en sus vestimentas, entre
otras cosas.
Si sumamos a todas estas particulari-
dades el valor histórico que representa,
podemos concluir que Peñarol jamás
ha dejado de ser un barrio ejemplar. El
10% de los inmuebles declarados pa-
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trimonio histórico nacional se encuen-
tran en un perímetro de cinco cuadras
y aún se conservan las locomotoras, las
bombas, entre otros elementos. Peñarol
todavía tiene mucho para mostrar, no
sólo a sus compatriotas sino a curiosos
de todo el mundo.
Por tal motivo, se está trabajando en un
proyecto de reconstrucción patrimonial.
Serán reacondicionados los talleres del
ferrocarril, la estación, las casas históri-
cas y las locomotoras. En el Centro de
Artesanos, lugar donde nace el Club
Atlético Peñarol, se fundará un museo
de la historia del fútbol uruguayo, donde
se podrán ver fotos, recortes de prensa
y camisetas de diferentes clubes (entre
ellos: Albión, Nacional y el CURCC, hoy
conocido como “el carbonero”).
Peñarol aún conserva pinceladas de
pueblo, pero cuando el silbato del tren
vuelva a sonar como en antaño, la vida
volverá con mucha fuerza a este históri-
co barrio capitalino.
“Las joyas de la abuela no se
venden...”
Cada barrio posee elementos que con
el tiempo se transforman en referentes.
Peñarol de eso sabe y mucho. Por las ca-
lles podemos encontrar desde ruedas de
locomotoras hasta yunques como parte
de la herencia de los ingleses.
Cuando aún no se contaba con nomen-
clatura en las calles, los peñarolenses se
guiaban por espacios y elementos típi-
cos; uno podía vivir cerca de ”las esca-
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leritas”, “del puente”, por la zona “de las
quintas”, “del mirador” o “del trompo”.
Algunos de estos elementos adquirieron
tanta relevancia que pasaron a ser los
“personajes” del barrio. Un claro ejem-
plo es “el trompo”, que se encuentra ubi-
cado en la esquina de Aparicio Saravia
y Newton. Éste fue extraído en agosto
de 2005, para refaccionarlo, hecho que
produjo gran revuelo en el barrio. Los
vecinos, preocupados, protestaban para
que “el trompo” fuera restablecido a su
lugar. En la actualidad, este referente
vuelve a lucirse en su histórica esquina,
encontrándose a su lado una leyenda
que refleja el sentir de los vecinos: “Se
desconoce fecha de llegada y utilidad.
Dicen que es amarra de puerto, adorno
de edificio, homenaje a Newton y su
mecánica del Universo. Lo seguro hasta
ahora es su misterio. Vino con los ingle-
ses y pertenece a Peñarol”.
El trompo, esqui na de Apar i ci o Saravi a y Newton.