Identidad en

Construccio n
Cadres de l’air©

¿Quién eres? ¿Qué es lo que te define? ¿Cómo quieres ser percibido por los demás?
Son preguntas que a menudo nos hacemos a lo largo de nuestra vida, la mayoría
de ellas se hacen más presentes en nuestra juventud, cuando nuestra identidad
sigue en formación. La construcción de la identidad es un trabajo constante que
toma mucho tiempo, en donde se ve afectada por distintos factores que influyen
en su formación y que a su vez nunca logra un “diseño” final determinante, ya
que esta siempre va cambiando en menor o mayor grado según el sujeto en
cuestión.
Seguimos estilos, grupos de música, hobbies, aficiones, etc. que son sutiles
decisiones que poco a poco van dando forma a nuestra identidad, y de las cuales
no somos plenamente conscientes de su influencia. Pero muy por el contrario
somos muy tajantes en cuanto a la “imagen” de nuestra identidad que queremos
proyectar ante la sociedad. En la superficialidad de esa imagen se esconde una
prefabricación que ha sido preparada minuciosamente con antelación para ser
mostrada ante los demás. El principal punto para esta construcción recae en la
búsqueda de un móvil que nos permita definir, retocar, o condimentar nuestra
identidad. Y la mejor forma de maquillarla es con la ayuda del propio Reflejo.
En este punto a modo de reflexión personal planteo la existencia de dos
mecanismos formativos. El reflejo de Espejo y la Fotografía. El punto en cuestión
es cuál de estos dos factores es el que ejerce una mayor acción
catalizante entiéndase como acción que con su presencia es capaz de
desencadenar un conjunto de factores ,en nuestra identidad y cuál es el que se
adapta de mejor forma a nuestros requerimientos formativos de identidad.



En estricto rigor la identidad, está definida como: “conjunto de los rasgos
propios de un individuo o de una comunidad. Estos rasgos caracterizan al sujeto o
a la colectividad frente a los demás” (definición.de). En este sentido la identidad
se divide entre la singularidad de un individuo y a su vez a la relación del sujeto
con sus pares, los que conformaran una sociedad. El concepto de Identidad es
sumamente complejo y problemático, pues si bien normalmente se puede asumir
como una peculiaridad propia de la persona, no debemos olvidar que como
individuos con cualidades particulares vivimos dentro de una sociedad que ha
definido ciertas características según la historia que la precede y las normas que
se han instalado desde su fundación. Los teóricos han definido esta bifurcación
conceptual de la identidad como: Identidad Personal e Identidad Social.
La identidad personal es la diferenciación individual, la autodefinición del
individuo ante otras personas, ante la realidad, etc. La búsqueda y construcción
de esta identidad, representa una necesidad humana básica, que adquiere mayor
atención en la adolescencia ya que es en esta etapa, en donde el hombre se
enfrenta de golpe a tomar decisiones que irán formando su carácter y
personalidad. Si bien cuando pequeños se nos asigna una identidad que
encuentra su funcionalidad en lo legal (cédula de identidad), es en la
adolescencia cuando esta identidad comienza a configurarse con experiencias
tanto positivas como negativas, que se encuentran en el medio social y personal.
En este periodo de la vida se trata de evitar ser marginado, por lo mismo como
meta principal, se busca ser reconocido como un ser con identidad propia.
Identificarnos permite y a la vez nos garantiza la seguridad de saber quiénes
somos y en suma define los bordes de la diferenciación que evita confundirnos
con los demás. De esta manera las relaciones humanas se ven siempre expuestas
a una constante comparación o por decirlo de alguna manera más idílica, a una
confrontación de identidades, a una lucha constante. Y aunque no existe un
árbitro que determine al ganador, como individuos nos satisface diferenciarnos
de otros en un plan personal y egocéntrico. Aunque no podemos dar por hecho de


que es así para todos, debemos intuir los niveles de competencia existentes en el
individuo.
En la intimidad el ser humano es capaz de apreciarse a sí mismo y modificar
ciertas cosas que le disgusten o que no se adapten a su Yo actual. Así como
vamos adicionando cosas a nosotros, también eliminamos otras. En este sentido
la identidad goza de un carácter temporal: si miras hacia el pasado serás capaz
de notar ciertas diferencias con tu ser actual, a pesar de que en estricto rigor
somos la misma persona.
Por otro lado existe otro aspecto de la identidad, que no se refiere únicamente a
la singularidad de la persona, sino a la pluralidad de la comunidad. Este tipo de
identidad evoca al concepto del “nosotros”, a la experiencia del vínculo o a la
similitud entre pares. Generalmente la identidad social se genera en un
específico contexto social que determina a la comunidad, y en algunos casos si
está sociedad logra mantenerse en el tiempo, surgen normas, tradiciones, etc.
En este sentido la individualidad del sujeto logró identificarse con un grupo, que
presenta enfoques similares o en los que se siente a gusto, pero nunca cien por
ciento igual entre sujetos. Pero del mismo modo se sigue presentando la
competencia entre individuos. Lo que hace que la identidad deje en evidencia la
paradoja que se encuentra en el interior de su definición.
Reflexionemos acerca de la gente que vivió en el Siglo XX, específicamente en
aquellas que fueron participé de la Segunda Guerra Mundial. Si bien fue un hecho
histórico que marcó a la humanidad, y la dividió entre poderosos y devastados,
la gente de esa época asimiló un tipo de carácter o actitud frente a este suceso.
El miedo, la especulación, inseguridad, etc., eran sentimientos cercanos a las
personas donde muchas de ellas compartían el mismo sentir, independiente del
rango social a la que pertenecieran. El contexto histórico influyó en la identidad
que se asumió, o mejor dicho, la identidad se modificó al “yo” actual de las
personas. De todos modos, la identidad, dejó entrever nuevamente su carácter


flexible, ya que la temporalidad, de la cual está dotada, también se manifestó.
Tanto durante, como después de la guerra.
En el texto “El estadio del espejo como formador de la función del yo”, Lacan
expone que el fenómeno al que se enfrenta el ser humano, está determinado por
la presencia del espejo como factor determinante para la definición o el
reconocimiento del “yo”. Basándonos en su propuesta, debemos entender una
serie de circunstancias psicológicas que se encuentran en funcionamiento a esa
edad previo al encuentro con el reflejo del espejo, como por ejemplo que el
primer acercamiento del hombre con el espejo, ocurre en la etapa de
exploración del mundo, es decir, en la infancia. Siendo empáticos con la visión
del infante, debemos asumir dos puntos importantes:
1. La forma en que el niño se percibe a sí mismo es de forma fraccionada.
2. La forma en que el niño percibe a los demás es concebida como una
unidad compleja y sin fisuras.
Al momento en que el infante se enfrenta al espejo, este solo ha tenido la
posibilidad de reconocer sus extremidades y partes de su cuerpo. Nunca, hasta el
momento, ha sido consiente de la totalidad de su cuerpo, ni mucho menos de su
cara. Por lo mismo a este tipo de prematura visión se le identifica como visión
fraccionada, la que a su vez desencadena una serie de apreciaciones psicológicas
por parte del niño. Inconscientemente el niño asume una actitud dócil frente a
los demás, independiente del tipo de relación mantengan con él. Y esto se
explica por el simple hecho de que la persona a la que se enfrenta, lo ve como
una totalidad y no de forma fraccionada, representando así un tipo de autoridad
o de un sujeto dotado de cierta jerarquía.
Cuando el niño es capaz de enfrentarse al reflejo de sí mismo, logra por primera
vez reconocerse, donde generalmente celebra la aparición de su imagen con un
sentimiento de alegría y de júbilo. En donde abandona la visión fraccionada para
dar paso a una percepción de unidad corpórea de sí mismo.
De todas formas este reconocimiento y el sentimiento de alegría por parte del
infante solo es efímero, de la misma manera en que se reconoce también se
desconoce, pues aquello que ve no es él, sino una imagen de él, una
representación.
En estricto rigor es una imagen separada que no le pertenece, pero que lo
representa como unidad. Un tipo de ilusión que juega un papel fundamental en la
conformación del “yo”, pero que a la vez resulta engañosa pues aquello que ve,
está fuera de su cuerpo. Surge así un fenómeno que divide al sujeto entre su
“yo” y el “reflejo del yo”.
Si bien este fenómeno se produce en los primeros meses de vida del hombre, hay
que ser conscientes de la prolongada presencia que tiene el espejo en la vida del
individuo. Asumiendo que la conjugación de la identidad se ve exaltada en la
adolescencia, el espejo sigue formando parte de nuestra vida y su influencia, a
su vez, también sigue presente.
Cuando una persona se prepara para salir, por una acción casi innata nos
paramos frente al espejo para “observar y evaluar cómo nos vemos”, y
determinamos en ese preciso momento nuestra vestimenta, actitud, y disposición
del día. Nuestra vestimenta va acorde a nuestros gustos o estilo, y también se
ajusta a los eventos que presuponemos se presentaran durante el día. En el caso
de la actitud, el reflejo del individuo, puede actuar de manera positiva o
negativa. Es sumamente frecuente escuchar de los conocidos: “hoy me veo
atractivo” o por el contrario “hoy amanecí terrible”, este tipo de afirmaciones
determinaran nuestra actitud durante el día. Y si no fuera por el reflejo del
espejo no seríamos capaces de tomar una serie de decisiones que influyen en
nuestra cotidianidad.


Por otro lado el fenómeno que se produce al reconocernos como una totalidad
frente a un espejo, es determinante en cualquier momento de nuestras vidas.
Por ejemplo suele pasar que en determinadas ocasiones, creemos que al otro la
vida le va mejor, o “se ve mejor que yo”. Y esto se explica por la misma
apreciación que manteníamos desde niños en donde nos veíamos fraccionados. Si
bien en primera instancia logramos reconocernos, cuando estamos dotados de un
criterio formado, somos realmente consiente de lo que vemos en el espejo, no es
más que una representación de nosotros. Está afirmación tiene mucho más peso
con el paso de los años, por lo mismo es común en el hombre, buscar en la
cotidianidad de su rutina el reflejo de sí mismo, como una manera de confirmar
su unidad corpórea. Y así enfrentarse a los otros “de igual a igual”.
En este sentido, podemos afirmar que el reflejo del espejo, no solo juega un
papel fundamental en nuestra infancia, sino que también se encuentra presente
a lo largo de nuestra vida. Determinando nuestra identidad día a día.
¿Pero y que pasa con la vanidad y el egocentrismo? Muchos dirán que una persona
resulta ser vanidosa o egocéntrica, por lo obsesivo que es con su imagen y como
busca contantemente estar bien presentable y/o contemplarse. En lo práctico
estamos frente a una persona que siente la necesidad de confirmar su “imagen”
en cada momento.
Reflexionemos a cerca del mito de Narciso: Un hombre bello, que pasaba de
cualquiera que se enamorara de él, por su soberbia rechazaba cualquier ápice de
amor que proviniera de otro. Un día recibe una maldición debido al desaire que
causó: “ojala ame él del mismo modo y del mismo modo no consiga el objeto de
sus deseos”. A lo que Némesis diosa de la venganza recoge como una
plegaria y hace efectiva esta maldición.
Cierto día Narciso acude a un lugar para descansar, donde se encontró con una
especie de fuente de agua, la cual rodeada de verde césped y dotada de una sutil
briza, se acercó para beber de ella. Tan cristalina era el agua que reconoció en
ella una imagen su propio reflejo del cual se enamoró al igual como lo
hicieron aquellos que se enamoraron de él. Calló en una profunda contemplación
de sí mismo, lo que en consecuencia lo llevó a la muerte.

Esta narración alude perfectamente a la influencia del reflejo en las personas, si
bien en lo efectivo no trae consigo esté tipo de consecuencias. No podemos
negar la importancia que tuvo para Narciso observarse por primera vez así mismo
tal y como le ocurre al hombre en su infancia y que sigue utilizando a lo largo de
su vida, quien le otorga una utilidad personal e íntima al reflejo.
En el caso de la fotografía como factor catalizante en la formación de la
identidad, debemos reconocer como esta se ha adjudicado a través de los
usuarios un papel fundamental en la vida del hombre, y que su valor formativo
asciende vertiginosamente con el paso de los días.
Se ha convertido en la herramienta que se abre paso a través de la sociedad y
que se instaura como el nuevo reflejo del hombre.
Desde los principios de su creación la fotografía vino a remover las bases visuales
estéticas del hombre. Produciendo un sinfín de réplicas a lo largo de los siglos.
Desde el desgastado concepto de “espejo de la realidad”, pasando por el “esto
ha sido” de Barthes hasta las innumerables reflexiones teóricas que a lo largo de
los años suscitaron a otras.
El carácter de instantaneidad de la cual está dotada la fotografía provocó y
sigue provocando en la gente la necesidad de ver plasmada su imagen de un
modo tangible y duradero. El reflejo ya no era efímero, podías mantenerlo
contigo el tiempo que estimases necesario y con ello también compartirlo.
Surgió la capacidad de volver a aquel suceso pasado, en el que eras capaz de
reconocer tus gestos, facciones, actitudes, etc.
En la actualidad la fotografía gracias al avance de las tecnologías y la velocidad
misma con la que estás se renuevan, ha extendido sus límites a un ámbito
completamente social nutriéndose así misma de una popularidad general que
abarca todas las edades.
El hecho de contar con una representación de ti mismo, en este caso el de la
fotografía, ha permitido extender tu reflejo a la sociedad, por medio de las
comunicaciones y redes sociales.
Ahora más allá de evaluar tu imagen en la intimidad por medio del reflejo del
espejo, los individuos buscan compartir su imagen con los demás, imagen que es
considerada apta y que goza de la máxima aprobación por parte del individuo en
cuestión. Quien con este acto se expone frente a los demás, recibiendo juicios de
valor tanto positivos como negativos. La gente actualmente conoce al otro por lo
que se muestra en las redes sociales. La mayoría de las relaciones entre sujetos
están entrelazadas a un nivel virtual que se mueven en una interfaz específica.
En este contexto el individuo tiene la facultad de decidir cómo quieren que le
conozcan. Resaltando facciones, gestos, modos de vida, etc. El asunto se acota a
un nivel básico de superficialidad visual. Entendiendo que el conocer a una
persona por medio de la Fotografía, resalta sólo la corteza exterior de la
persona. En una fotografía eres capaz de evaluar a un individuo físicamente y
concebir un conocimiento acotado de los gustos, forma de ser de la persona en
cuestión.
En este sentido la representación fotográfica de sí mismo se presenta ante los
demás como una cortina que separa a la sociedad del “yo” real del individuo. En
función del poder que goza el hombre al seleccionar lo que hace público. A
diferencia del reflejo del espejo, que muestra la proyección en “bruto” de dicho
individuo.
Aun así no debemos olvidar, que hablamos de una representación. En una obra de
arte el valor de una pieza única, radica exactamente en la originalidad y
particularidad de sí misma. No debemos olvidar que lo que vemos es una
proyección de nosotros. Y que el valor único y especial, radica en nuestro ser,
corpóreo y psicológico.
Expuesto lo anterior podemos desprender de ello que la identidad es capaz de
transformarse con el paso del tiempo. No existe un manual para construir una
identidad estándar, pues cada individuo goza de distintas vivencias y se
desenvuelve en un entorno diferente al de otro individuo. Pero asumiendo que el
sujeto es consciente de que su identidad sufre cambios y que lo construye a
través de los dos factores, antes mencionados – Reflejo de espejo y la Fotografía-
es posible considerar que ninguno de ellos es mejor que otro.
¿En qué sentido?
Así como en un principio se definió a la identidad como una “bifurcación
conceptual” entre la identidad personal y la identidad social. El reflejo del
espejo y la fotografía se ajustan a una de las variantes de la identidad por si
solas.
A mi parecer el reflejo del espejo logra con méritos construir una identidad
desde lo personal. Se desenvuelve en la intimidad y está en contacto durante
toda la vida del hombre. Permitiéndole a este darle forma a su reflejo, a su
imagen, que en este caso es una imagen que está destinada a ser contemplada
sólo por el individuo. A diferencia de la fotografía, que siendo una
representación de sí mismo y que en la actualidad tiene como meta ser
compartida o contemplada por más personas, desarraigándose de exponerse a un
único juicio de valor personal. Adjudicándose el valor de factor formativo de la
identidad a un nivel social.
Entre la fotografía y el reflejo no existe una lucha justa, pues cada uno por si
solo construye identidad, en donde cada una fomenta la identidad desde un
arista distinta. Y que en conjunto se complementan en una totalidad que le
ofrecerá al sujeto la posibilidad de conocerse y exponerse a un nivel personal y
social, respectivamente.


Bibliografía
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