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se halla encerrada sino en la textura cristalina de la sacarosa?

Hemos hablado del
agua. Pues bien, arrojemos a su superficie un fragmento de potasio: se inflama
espontáneamente y arde con energía.
¿Dónde, pues, se escondía esta llama visible? Ya sea en el agua, en el aire o en el metal,
ello importa poco; el hecho
esencial es que existe potencialmente en el interior de uno u otro de esos cuerpos o quizá de
todos. ¿Qué es el
fósforo, portador de luz y generador de fuego? ¿Cómo transforman las noctílucas, las
luciérnagas y los gusanos de
luz una parte de su energía vital en luminosa? ¿Quién obliga a las sales de uranio, de cerio
y de circonio a
convertirse en fluorescentes cuando han estado sometidas a la acción de la luz solar? ¿Por
qué misterioso
sincronismo el platino - cianuro de bario brilla al contacto de los rayos Roentgen?
Y no se hable de la oxidación en el orden normal de los fenómenos ígneos, pues ello
significaría hacer retroceder la
cuestión en lugar de resolverla. La oxidación es una resultante y no una causa; es una
combinación sometida a un
principio activo, a un agente. Si ciertas oxidaciones enérgicas desprenden calor o fuego es,
muy ciertamente, por la
razón de que este fuego se hallaba primero en el seno del cuerpo en cuestión. El fluido
eléctrico, silencioso, oscuro y
frío, recorre su conductor metálico sin influenciarlo mayormente ni manifestar su paso a
través de él, pero si va a dar
con una resistencia, la energía se revela de inmediato con las cualidades y bajo el aspecto
del fuego. Un filamento de
lámpara se vuelve incandescente, el carbón de la cucúrbita se convierte en brasas, y el hilo
metálico más refractario
se funde en seguida. Entonces, ¿no es la electricidad un fuego verdadero, un fuego en
potencia? ¿De dónde extrae su
origen sino de la descomposición (pilas) o de la disgregación de los metales (dínamos),
cuerpos eminentemente
cargados del principio ígneo? Desprendamos una partícula de acero o de hierro mediante
abrasión o por el choque
contra un sílex, y veremos brillar la chispa así puesta en libertad. Es bastante conocido el
encendedor neumático,
basado en la propiedad que posee el aire atmosférico de inflamarse por simple compresión.
Los mismos líquidos son
a menudo verdaderas reservas de fuego. Basta verter algunas gotas de ácido nítrico
concentrado en la esencia de
trementina para provocar su inflamación. En la categoría de las sales, citemos de memoria
las fulminantes, la
nitrocelulosa, el picrato de potasa, etc.
Sin multiplicar más los ejemplos, se advierte que resultaría pueril sostener que el fuego, por
el hecho de que no
podemos percibirlo directamente en la materia, no se halle, en realidad, en ella en estado
latente. Los viejos
alquimistas, que poseían de fuente tradicional más conocimientos de los que estamos
dispuestos a reconocerles,
aseguraban que el Sol es un astro frío y que sus rayos son oscuros 3 . Nada parece más
paradójico ni más contrario a
la apariencia y, sin embargo, nada es más verdadero. Algunos instantes de reflexión
permiten convencerse de ello.
Si el Sol fuera un globo de fuego, como se nos enseña, bastaría acercarse por poco que
fuera para experimentar el
efecto de un calor creciente. Y lo que sucede es justo lo contrario, pues las altas montañas
permanecen coronadas de
nieve pese a los ardores del verano. En las regiones elevadas de la atmósfera, cuando el
astro pasa por el cenit, el
globo de los aerostatos se cubre de escarcha y sus pasajeros padecen un frío muy vivo. Así,
la experiencia demuestra
que la temperatura desciende a medida que aumenta la altura. La misma luz se nos hace
sensible cuando nos
encontramos situados en el campo de su irradiación. En cuanto nos situamos fuera del haz
radiante, su acción cesa
para nuestros ojos. Es un hecho bien conocido que un observador que contempla el cielo
desde el fondo de un pozo
al mediodía ve el firmamento nocturno y constelado.
¿De dónde proceden, pues, el calor y la luz? Del simple choque de las vibraciones frías y
oscuras contra las
moléculas gaseosas de nuestra atmósfera. Y como la resistencia crece en razón directa de la
densidad del medio, el
calor y la luz son más fuertes en la superficie terrestre que en las grandes altitudes porque
las capas de aire son,
asimismo, más densas. Tal es, al menos, la explicación física del fenómeno. En realidad, y
según la teoría hermética,
la oposición al movimiento vibratorio y la reacción no son sino las causas primeras de un
efecto que se traduce por
la liberación de los átomos luminosos e ígneos del aire atmosférico. Bajo la acción del
bombardeo vibratorio, el
espíritu, liberado del cuerpo, se reviste para nuestros sentidos de las cualidades físicas
características de su fase
activa: luminosidad, brillo y calor.
Así, el único reproche que se puede dirigir a la ciencia química es el de no tener en cuenta
el agente ígneo,
principio espiritual y base de la energética, bajo cuya influencia se operan todas las
transformaciones materiales. La
exclusión sistemática de -este espíritu, voluntad superior y dinamismo escondido de las
cosas, es lo que priva a la
química moderna del carácter filosófico que posee la antigua alquimia. «Usted cree -
escribe Henri Hélier a L.
Olivier 4 en la fecundidad indefinida de la experiencia. Sin duda, pero siempre la
experimentación se ha dejado llevar
por una idea preconcebida, por una filosofía. Idea a menudo casi absurda en apariencia,
filosofía en ocasiones
extraña y desconcertante en sus signos. "Si yo contara cómo he hecho mis descubrimientos,
decía Faraday, me
tomaríais por un imbécil." Todos los grandes químicos han tenido así ideas en la cabeza
que se han guardado muy
mucho de darlas a conocer...