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SOBRE LOS CONCEPTOS DE NIHILISMO Y MUERTE DE DIOS

EN LA FILOSOFIA DE FRIEDRICH NIETZSCHE



Andrés Rivera Acevedo
C.C. 79.627.947





Curso 401217
Seminario de autor: Filosofía Contemporánea
Tutor Yury Jääman
Trabajo unidad 1



UNIVERSIDAD NACIONAL ABIERTA Y A DISTANCIA
Escuela de Ciencias Sociales, Artes y Humanidades
Programa Filosofía
Bogotá D.C.
2014


INTRODUCCIÓN


El presente trabajo corresponde al desarrollo de la actividad evaluativa número
seis del curso Seminario de Autor de Filosofía Contemporánea, el cual ha sido
dedicado al estudio de la obra de Friedrich Wilhelm Nietzsche.

En este sentido la actividad plantea la evaluación en torno a los temas tratados
en la primera unidad del módulo de estudio, en la cual se abordan los conceptos
de Nihilismo y Muerte de Dios al interior de la obra nietzscheana.

Como desarrollo de esta actividad presentaré en primer lugar un acercamiento al
autor y su contexto, seguido de un repaso por el significado y el alcance que
cobran en su obra los conceptos antes mencionados, para finalizar con un repaso
por las diversas interpretaciones que estos han tenido en el posterior desarrollo del
pensamiento occidental.



SOBRE LOS CONCEPTOS DE NIHILISMO Y MUERTE DE DIOS
EN LA FILOSOFIA DE FRIEDRICH NIETZSCHE


“A veces la locura es solo una máscara que oculta un saber fatal”
Friedrich Wilhelm Nietzsche


Friedrich Wilhelm Nietzsche nació en 1844 en un pequeño pueblito llamado
Röcken, en la región de Sajonia perteneciente al entonces Reino de Prusia. Su
juventud coincide con los tortuosos procesos de tensiones nacionalistas en Prusia,
Austria, Hungría, Baviera, que desembocarían, bajo la dirección “a sangre y
hierro” del primer ministro prusiano Otto von Bismarck, con la unificación alemana
y la proclamación de Guillermo I Rey de Prusia como Emperador del Segundo
Imperio Alemán (II Reich) en 1871. Bajo la conducción de Bismarck Alemania vivió
un intenso proceso de industrialización que transformó aceleradamente su
sociedad agrícola y rural en urbana y proletaria. Las ideas en torno al
nacionalismo alemán, a las luchas de clases, a la teología y la metafísica, a la
filosofía política de la modernidad, a la modernidad misma, se encuentran en el
centro de las inquietudes intelectuales de la época. Los principales debates en la
filosofía alemana del momento se dan en torno al legado del sistema filosófico
hegeliano dividido en una corriente de izquierda política y otra de derecha moral,
pero también en torno a la búsqueda de una ruptura con esa tradición filosófica
empujada por la corriente artística del romanticismo alemán (Botero Uribe, 2002).

La filosofía de Nietzsche se construye como una denuncia violenta y demoledora
de las “mentiras” incubadas no solamente en la filosofía de la modernidad sino de
toda la tradición cristiana occidental: la metafísica, la religión y la moral, las
pretensiones del bien, la verdad y la justicia (Castrillo Mirat, 2006). Pero su obra
constituye así mismo, tanto un diagnóstico agudo, una observación directa de la
naturaleza humana, como una afirmación belicosa y exultante de la vitalidad
con todo lo que contiene en sí misma de positivo y de negativo, de trágico y
sublime, una vitalidad múltiple y variable, que se acepta a sí misma y se recrea,
un “devenir que no conoce ni la saciedad, ni el disgusto, ni el cansancio”
(Nietzsche, 2006).

El concepto de Nihilismo en Nietzsche significa la “creencia” en una absoluta
desvalorización de la existencia. La vida adquiere un “valor de nada”. Esto tiene
su origen en la ficción elaborada por la moralidad cristiana de un valor
“Supremo”, de un “más allá”, esta afirmación de un mundo del más allá, superior
a este mundo, significa precisamente una desvalorización de este mundo, de esta
vida. La afirmación de la moral es la negación de la vida. Pero cuando se
desenmascara su origen, su interés y su mentira, los valores superiores también
pierden su valor, se da una desvalorización de los valores que desvalorizaban la
vida. Pero la desvalorización de los valores no devuelve el valor de la vida: “ahora
que se hace claro el mezquino origen de estos valores, nos parece que el universo
pierde su sentido” (Nietzsche, 2006). Las categorías mediante las cuales hemos
apreciado la vida, que han dado “el sentido y la medida del valor de las cosas”,
son una falsa proyección de la esencia de la cosas, “se refieren a un mundo
puramente ficticio”, no hay Finalidad cuando se advierte que no hay sentido en
el porvenir, no hay Unidad cuando no se encuentra algo que envuelva al
individuo en un valor superior, no hay Verdad cuando se desenmascara el mundo
del “más allá”, quedando solo este mundo despreciado (Nietzsche, 2006). “Nada
es verdad, nada está bien, Dios ha muerto” (Deleuze, 2005).

Pero el nihilismo es el diagnóstico, el nihilismo es la enfermedad. Este ha podido ser
porque los débiles han triunfado sobre los fuertes contagiándoles su debilidad.
Pero este nihilismo es la negación de los valores que negaban la vida, es la
negación de la negación, y acabará consumiéndose a sí mismo. Así acaece la
muerte de Dios, de la moral, de los idealismos que subyugan la vitalidad
creadora. En las últimas fases del nihilismo están, por un lado, “el último hombre”,
que representa el nihilismo pasivo, la negación máxima, que dice “todo es vano”,
que aspira a extinguirse pasivamente mirando desencantado el error y la ilusión
que eran sus más preciados valores y, por otro lado, “el hombre que quiere morir”,
el nihilista activo, que conoce el valor de esos valores y ha dejado de apreciarlos.
El hombre que quiere morir es un hombre que quiere, que se hunde en su ocaso
para aprestarse hacia otra cosa, su voluntad ahora se ha puesto en movimiento,
la voluntad que “desatará las fuerzas que engendrarán al superhombre” (Ayala,
1970). Así se manifiesta la “voluntad de poder” como esencia misma de la vida,
una voluntad para interpretar la realidad desde la perspectiva de los intereses
más vitales. La voluntad de poder es el “ser vital”, es el ser que es pluralidad y
devenir cambiantes. El ser como voluntad de poder reconoce y acepta, dentro
de sí y para sí, el error y la ilusión como fuerzas que también lo constituyen y que
fluyen con las demás en eterno retorno y eterna transformación.

La radicalidad de la filosofía de Nietzsche ha generado reacciones diversas:
desde la intención de abandonarlo en el olvido hasta su instrumentalización con
fines ideológicos. Habiendo transcurrido más de un siglo desde su muerte, la
influencia que su pensamiento ha ejercido en la cultura occidental podría
analizarse dividiéndola en tres momentos.

En un primer periodo, los autores que se acercaron a la obra de Nietzsche lo
hicieron principalmente desde las perspectivas la crítica literaria y de la crítica
moralista de la cultura. Al mismo tiempo se va abriendo paso una interpretación
sicologista de su pensamiento desde la cual se replantea como una búsqueda de
los fundamentos de la realidad (Frey, 1997).

El segundo periodo se corresponde con los albores de los acontecimientos que
desembocarán en la segunda guerra mundial. Tales acontecimientos obscurecen
la aparición de las primeras interpretaciones propiamente filosóficas del
pensamiento de Nietzsche tales como las de Löwith, Heidegger y Jaspers. Los
acontecimientos políticos abren paso y privilegian la proliferación de los intentos
por vincular la obra de Nietzsche con la ideología nacionalsocialista que prospera
en Alemania y en otros lugares de Europa. No obstante, inclusive algunos
ideólogos al interior mismo del nacionalsocialismo advierten las profundas
contradicciones existentes con la filosofía nietzscheana y lo consideran como
adversario. Y es que Nietzsche, i. denigra de la exaltación de todo lo alemán, ii.
denigra de la exaltación de las masas, sea desde la derecha o desde la
izquierda, iii. aprecia la aportación judía a la cultura europea y iv. Desprecia el
autoritarismo de Estado tanto como a cualquier otra forma de dogmatismo
(Botero Uribe, 2002).

Finalizada la segunda guerra mundial se abre un tercer periodo en el cual cobran
importancia las interpretaciones que sitúan la obra de Nietzsche en el marco de
la historia de la filosofía. Así, por ejemplo: Löwith interpreta el concepto de
voluntad de poder desde la manifestación de las tensiones entre las raíces
griegas y las raíces cristianas del pensamiento occidental; Heidegger considera a
Nietzsche como pensador del “ser”, como el último metafísico; Jaspers lo
considera un pensador existencialista que plantea un “trascender sin
trascendencia”; Lukacs, desde el marxismo, en una delirante diatriba, lo etiqueta
como un filósofo del imperialismo. En este punto se destaca la acogida que la
filosofía francesa da a la filosofía nietzscheana, rescatándola como una “visión
erótica del mundo”. Camus la acoge como puro “amor por el mundo”, pues
cuando este carece de sentido y finalidad, no necesita justificación. Gilles
Deleuze considera a Nietzsche como un filósofo crítico, heredero y adversario de
Kant. Deleuze considera que la Filosofía de los Valores es la auténtica Filosofía
Crítica, pues conlleva la liberación de la voluntad. Plantea que la transmutación
de los valores y la genealogía de los valores constituyen la verdadera Crítica de la
modernidad y de la tradición cristiana y, por lo tanto, la crítica de la idea del
progreso histórico. Con esta interpretación que hace Deleuze sobre la filosofía de
Nietzsche se da comienzo a lo que conoceremos como el postmodernismo (Frey,
1997).

Gilles Deleuze nos ofrece las palabras más afortunadas para cerrar este repaso
por la filosofía de Friedrich Nietzsche, claro está, sin ánimo de concluir: “Nietzsche
decía a propósito de los filósofos y de la filosofía de su tiempo: pintura de lo que
nunca se ha creído. Quizás también lo diría de la filosofía actual. […] Nietzsche
crea su propio método: dramático, tipológico, diferencial. Hace de la filosofía un
arte, el arte de interpretar y de valorar.” (Deleuze, 2005).




CONCLUSIONES


Por los avances realizados en el estudio de la vida, la obra y el legado de Friedrich
Wilhelm Nietzsche, podemos intuir la drástica radicalidad que representa la
ruptura con la tradición filosófica de su tiempo y, más aun, con la omnipresente
hegemonía que la tradición cristiana ejercía en las formas y expresiones de la vida
y de la realidad.

No obstante, mirando en retrospectiva la obra filosófica de Nietzsche
encontramos que, a pesar de la violencia de su verbo, su pensamiento
necesariamente permanece anclado a una tradición o a una prosapia de la cual
proviene, a la cual reacciona, de la cual se nutre y a la cual entrega su legado.

El diagnóstico y la receta que nos ha heredado Nietzsche sigue siendo útil, sigue
estando vigente, sigue aportando claridad a la mirada de nuestra propia realidad
y sigue nutriendo nuestro ímpetu y nuestra faena transformadora.



BIBLIOGRAFÍA

Ayala, C. (1970). Introducción. En F. W. Nietzsche, Así habló Zaratustra. Barcelona:
Círculo de Lectores.
Botero Uribe, D. (2002). La voluntad de poder de Nietzsche. Bogotá: Universidad
Nacional de Colombia.
Castrillo Mirat, D. (2006). Prólogo. En F. W. Nietzsche, La voluntad de poder.
Madrid: Edaf Ediciones.
Deleuze, G. (2005). Nietzsche y la filosofía. Barcelona: Anagrama.
Frey, H. (1997). Un panorama de cien años de interpretación filosófica de
Nietzsche. En H. Frey (Ed.), La muerte de Dios y el fin de la metafísica.
México: Universidad Nacional Autónoma de México.
Nietzsche, F. W. (2006). La voluntad de poder. Madrid: Edaf Ediciones.