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ELMENSAJERO

A ñ o 1 . N ° 9 . E n e r o 2 0 1 4 - P u b l i c a c i o n Me n s u a l d e d i s t r i b u c i ó n g r a t u i t a . 1 0 0 0 e j e mp l a r e s
La página de Julio Suse. Temas Espinosos
L
a imagen de la presidenta de los argentinos
festejando en un colorido y musical acto público
(no exento de baile) los treinta años de demo-
cracia produjo una vez más un profundo debate
sobre la oportunidad (en primer término) y las
formas del festejo en medio de una nueva crisis de
representatividad de la clase política argentina.
N
o cabe duda de que debemos festejar treinta
años ininterrumpidos de vivir en libertad
bajo el imperio de la constitución y el estado de
derecho. Los jóvenes que nacieron en los 80 segu-
ramente sienten este sistema (con sus aciertos y
defectos) como algo “natural”, muy al contrario de
los que vivieron la dictadura más sangrienta de las
muchas que hubieron desde 1930.
S
in embargo debemos refexionar profunda-
mente sobre los motivos que impiden que un
país llamado a ser una potencia continental se
encuentre sumido en cada vez más recurrentes
crisis sociales y políticas. Es aburrido a esta altura
recordar a tantos pensadores y especialistas que
se preguntan como un país con innumerables
recursos humanos, económicos y una geografía
tan vasta se encuentre impedido de un destino de
progreso y desarrollo.
C
ual es entonces la clave que justifque tantas
frustraciones? Son muchas las cuestiones pero
seguramente algo que está presente desde el
inicio de nuestra historia es el llamado “personalis-
mo”, o hiperpersonalismo, hiperpresidencialismo
y otros términos que aluden al mismo “problema”
y devienen en el cáncer que nos corroe hace
décadas: la corrupción.
E
l presidente Perón dijo alguna vez algo profé-
tico: Primero la Patria, luego el movimiento
y por último los hombres. Los políticos actuales
han invertido la fórmula: primero yo, después mi
familia, después los amigos y por último la gente
(o la Patria, que es lo mismo).
E
n los últimos veinte años no fuimos capaces
de consensuar un proyecto de nación en el que
confuyan las principales fuerzas sociales y políti-
cas del país, por encima de las aspiraciones perso-
nales egoístas.
¿Alguien está
en contra del
empleo? ¿A favor
de la corrupción?
¿Alguien en
contra de la edu-
cación? ¿Habrá
gente que piense
que es mejor
ser una colonia
y no un país
independiente?
Yendo a algunas
consignas del
llamado “mo-
delo”vigente,
¿habrá personas
que estén a favor
de la exclusión
social o en contra de la vigencia de los derechos
humanos? (causas nobles que no debieran ser
hegemonizadas por ningún “sector”poprque nos
pertenecen a “todos”). EL tema no son estas ideas
centrales, absolutamente sentidas por la mayoría
del pueblo argentino. El problema son las personas.
L
os defensores del gobierno argentino dicen que
los únicos que son capaces de llevar adelante un
programa de reformas sociales son “sus líderes”(o
“ella”). Es decir que el énfasis se pone en ciertas
ideas pero mucho más en las personas (muy pocas,
casi ninguna) con el talento, inteligencia y coraje
sufcientes para llevar adelante el proyecto político
virtuoso. Tal concepción, vivida en distintos mo-
mentos de la historia, se denomina “mesianismo”.
En la época de Menem recuerdo un diálogo con un
importante político jujeño (otrora ministro) que
estaba convencido (enceguecido) de que “algo”iba
a pasar en el país para que Menem obtuviera una
chance de competir por un tercer mandato. Políticos
con una catadura moral más que dudosa (por no
decir que son personajes oscuros y ordinarios en
muchos casos) son entonces considerados mesías o
iluminados de los que depende la suerte de la so-
ciedad. De más está decir que esto no se refere sólo
a las principales magistraturas del país, se replica
en todos los estamentos, desde la presidencia hasta
los municipios, incluso en instituciones privadas o
sin fnes de lucro.
E
ste mesianismo tiene connotaciones gravísimas
en muchos sentidos. Por ejemplo, personajes
que pertenecieron a gobiernos diabólicos en los
noventa o pasaron por administraciones “delarrui-
zadas”son mágicamente elevados a la categoría de
patriotas o servidores heroicos por la “unción”del
líder capaz de lograr la conversión de pecadores
en santos con un chasquido de dedos. Triste la
sociedad donde el currículo o los antecedentes son
olvidados o valen poco. Lo que hace bueno o malo
a un individuo entonces no son su trayectoria ni sus
valores, sino la adhesión incondicional al “jefe”que
lo unge colocándolo en el paraíso de los “leales”.
S
e ve claramente que el amiguismo y la corrup-
ción son el resultado de prácticas anquilosadas
en la clase política argentina, habituada como
una segunda -o primera- piel a la dedocracia, el
hiperlealismo y el amiguismo hasta las últimas con-
secuencias. Llegan así al poder “líderes”dispuestos
a todo con tal de atornillarse in aeternum a sus
cargos, privilegios, lujo y dinero (en muchos casos
mal habido). El poder en esta visión es un fn en si
mismo y por el cual son capaces de echar mano a
cualquier “medio”. El poder representa una forma
de vida de lujo, comodidades y riquezas cómo nun-
ca se gozaron (nunca mejor utilizado el verbo). Se
dan así actitudes de neurosis reeleccionarias donde
no se duda en tirar la casa por la ventana con tal de
lograr nuevos (de ser posible eternos) mandatos
para seguir “sirviendo “ al país. Un ejemplo simple:
porqué un gobierno que impulsó ciertas políticas
fundacionales (superávit fscal, dólar competitivo,
baja infación, superávit de la balanza comercial
y equilibrio en la cuenta energética, o sea
subsidios casi nulos), en menos de un año cambia
radicalmente e instituye un festival de subsidios
energéticos, défcit fscal, défcit comercial y
política infacionaria. ¿Radical cambio de ideas?
No, las ideas son las mismas, seguir en el poder a
cualquier costo. Las políticas seguidas para ganar
las elecciones luego se verán insufcientes para
sacar al país de la crisis.
E
l mesianismo deviene entonces en “hiperpre-
sidencialismo”, “hiperpersonalismo”, “feuda-
lismo”y en un mal mucho más grave: unitarismo
extremo. Si bien nuestra arquitectura institu-
cional adopta el sabio sistema republicano y
“federal”el mesianismo antes descripto hace que
el líder del estado (ya sea nacional o provincial)
mire la autonomía de las provincias (y en algunos
casos municipios) como “amenazas”a sus aspi-
raciones hegemónicas de perpetuación. Véase
que los presidentes de los últimos veinte años
pese a ser vistos como “caudillos provinciales”
signifcaron un fuerte retroceso para el desarrollo
del interior de la Argentina. Un sólo dato: del
50% de los recursos que la nación distribuía a
las provincias durante la época de Alfonsin, en
la última década esos recursos se redujeron al
25%. O sea que las provincias aportan millones
a la caja del estado
nacional y reciben
migajas en concepto
de coparticipación.
El gran mal que nos aqueja
(a propósito de los 30 años de democracia)
Nunca el federalismo fue la mueca que conocemos
hoy en el país. Recuerdo fnalmente que la reforma
constitucional del 94 “obligaba”a una nueva ley de
coparticipación de impuestos que nunca ni siquiera
se intentó.
N
ecesitamos entonces cristianos dispuestos a
construir una sociedad basada en las leyes, en
la educación, la igualdad de oportunidades, con
una justicia independiente, fuerte y autónoma y un
estado vigoroso dispuesto a garantizar un proyecto
de distribución de la riqueza y crecimiento econó-
mico de todos los sectores. Dijo el Santo Padre “La
Iglesia está llena de cristianos derrotados”, cristianos
“convencidos a medias”, con una “esperanza aguada”.
Y que para alcanzar “la fe que vence al mundo”,
los cristianos deben encomendarse a Dios. En los
asuntos públicos debemos vencer al egoísmo propio
y ajeno y la cultura de la corruptela. Ser en defnitiva
“sal y luz del mundo”.