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VÉRTICE DE LUNAS es un libro de ciencia-ficción
que se ofrece al público en la modalidad de Arte en Red
como parte del Proyecto Egrégora — Arte por Generación


Este libro se puede reproducir libremente
excepto realizarle modificaciones


Para toda otra actividad
se requiere la aprobación del autor
victorhflores@yahoo.com


© Víctor Hugo Flores Solís, 2006



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ROSAS ROJAS PARA MERCEDES
Finalista del Premio Kalpa
Publicado en la revista Umbrales

Octavio arroja al desintegrador la bolsa con el tendón de gore-tex.
Es una noche fría, de estrellas enceguecidas. Y para obtener luz interior se despoja de
las coberturas de piel, aunque se deja la del rostro. Todavía no del todo, piensa. Hasta que vea a
Mercedes.
Mira las bolsas transparentes, rotuladas con el código de color, textura y fecha de
caducidad de la piel artificial.
Reúne los paquetes y los lanza a la puertecilla del desintegrador. Abre otros, de
Facciones registradas en Servicio Científico, clave... y se detiene. No se percata de que respira con
agitación. Debo hacerlo o voy a acabar por volverme loco. Alza una de sus réplicas faciales, diseño
exclusivo en los casos de pérdida total, adherente para los reemplazos de cabello, goteante de
líquido preservador, y también lo arroja al desintegrador.
Hazlo, piensa, y antes de darse oportunidad de titubear, se arranca las coberturas de
los antebrazos.

Lo que pasó a Octavio fue totalmente fortuito, doctor, una falla en el acelerador. La cabina se activó, con
Octavio dentro. Estaba destrozado, cuando lo sacamos.

Ya no hay marcha atrás, se dice Octavio. Observa su rosedal, que luce flores azules y
violetas, cuyos colores parecen engañosos, pues se derivan a otras tonalidades. Ignora cómo
será la vida en torres distantes, pero en la de Estudios Genéticos surgen modas. La última es
la de poseer rosas. Recreadas por el departamento de especies extintas, las han retocado: les
insertaron cromosomas de camaleones y por ello modifican su color, aunque a Octavio le
gustaría que fueran como antaño. Se dice que tenían colores fijos.
Parte de un muro en su habitación se desvanece, dejándolo salir. Pasa frente a varios
laboratorios. En esa Torre es habitual ver ciberorganismos, pero como Octavio nunca se ha
mostrado sin las coberturas, uno o dos técnicos miran sus antebrazos con escándalo, y
apresuran el paso.
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En el siguiente nivel, tiene dificultades con la vigilancia computada, mas engaña al
programa y entra a su anterior laboratorio, del cual lleva un año fuera. Tiene un objetivo:
hablar con Mercedes, antes de que se reporte su infracción. Él cuenta con por lo menos un
minuto, antes de la llegada de los guardias.

Octavio se sentía diferente, doctor. Era una convicción, se me figura que arraigada antes de su accidente. Creo
que por eso se enamoró de la asistente del laboratorio, Mercedes. Ella se apellida XX. Sí, yo sabía que
Mercedes era una clonación pues llevo los registros de personal. Fuera de eso no hay modo de saberlo, por lo
menos a la vista. Sí, también Octavio lo sabía, por ser jefe del laboratorio.

Desde hace tiempo, Octavio quiere hablar con Mercedes. Cuando se vio después de
la cirugía reconstructiva, su sentido de aislamiento se acendró. Revivió el accidente. Los
bioingenieros lo mantuvieron en animación suspendida en una cápsula BIOCOM que
controló sus funciones vitales, estableció el diagnóstico y trazó los patrones de sus sistemas
cibernéticos.
Las palabras en torrente del cirujano en jefe: “sesenta por ciento de reconstrucción...
reemplazo al cien del aparato respiratorio... implante de nervios de ácido poliglucólico y
colágena, para permitir la regeneración axonal...”
Después de los cuidados iniciales (asistir a un Centro de Observación Intravital para
prevenir alteraciones microcirculatorias, y cuidado del ojo que conservaba en un injerto óseo,
con apoyo de titanio), los caminos entre él y los demás investigadores se separaron. Ante su
nuevo aspecto, las pequeñas soledades estallaron.
No quiso los rostros ocultos en la penumbra del tiempo.
No quiso las horas de la sombra. La Torre se le hizo una prisión.
Necesitaba un reencuentro.
Recordó a Mercedes, una clonación... ¿podría entenderlo? Octavio, aún en los
tiempos en que fuera un humano completo, se había aislado de todos. Debía rectificar,
esperar que alguien lo comprendiera. Entender a alguien, mostrándose sin reservas.

Octavio fue reconstruido de casi todo el cuerpo, ¿me entiende, doctor? Era un sujeto artificial; por mucho que
nos dijéramos que era el Octavio de siempre, la verdad es que era-un-sujeto-artificial. Su presencia nos
irritaba. Él estaba... excluido. Sí, eso es, estaba excluido, porque al ser diferente, era peligroso.

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Octavio entra a su viejo laboratorio. Lo reconoce perfectamente. Lo ha recordado a
lo largo de meses. Los demás no lo han visto. Y hay un elemento nuevo: las rosas azules sin
aroma. Presiente que él es consciente de ese cambio minúsculo, que marca un nuevo sendero
de la vida, y los laboratoristas no lo ven así. También como parte de la vida cotidiana, sus
antiguos colegas han tenido ante él; reacciones mecánicas de defensa, a partir del día en que
lo supieron reconstruido, incluso revestido con las coberturas de neopiel.
Octavio ve a Mercedes. En ese momento una investigadora lo descubre, y grita al
mirar los brazos desnudos de titanio y los rojos músculos artificiales. Los demás voltean,
sorprendidos. Octavio concluye que ése es el momento y se arranca la cobertura del rostro.
Los investigadores demudan. Pálidos unos, irritados por la sorpresa otros, lo miran
con miedo y recelo. Alguien más grita al verlo a los ojos. Octavio, casi totalmente
reconstruido, en el cráneo sólo conserva parte del cerebro dentro de un contenedor
transparente, sostenido por varillas de titanio. La cara es una estructura metálica que delinea
las facciones, con seudo músculos de gore-tex y apoyos para la cobertura facial. El resto es una
máscara. En un movimiento rápido, se quita el uniforme. Así, los demás pueden ver que
apenas conserva los hombros y el tórax de origen natural. El resto de su cuerpo fue
desechado durante la intervención quirúrgica y reemplazado por componentes artificiales. Su
piel verdadera es una costra que se inserta limpiamente en el titanio. Otro grito, de
repugnancia. La única inmutable es Mercedes, que se limita a mirarlo con fijeza. Octavio se le
acerca.
—Soy yo, Mercedes. Soy Octavio.
—Octavio... ¿Qué haces aquí?
—Vine a hablarte, Mercedes. ¿Tú sabes que soy yo? ¿Me recuerdas? ¿Me reconoces?
—Sí. Y sé que fuiste reconstruido.
—Sí, pero, ¿me reconoces? ¿Sigo siendo Octavio? A veces no lo sé, Mercedes. No me
fatigo, no tengo sueño, ni hambre, ni sed. Puedo pasar meses en actividad sin interrupción...
No sé qué quiero decir... Tal vez sólo deseo comunicarme. ¿Sabes? Me he dado cuenta de
que en la Torre nunca nadie se toca. ¿Por qué? Es importante. No he tocado a nadie desde
mi reconstrucción.
Los investigadores que no han huido, se le aproximan. Uno lo toma con violencia del
hombro y Octavio gira y lo golpea en el rostro. Tiene la misma fuerza de antes, pero el
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titanio sin cobertura rompe la nariz del investigador y lo hace caer. Éste se golpea en la
cabeza, y queda inmóvil. Los demás insultan a Octavio. Entran tres guardias armados.
Uno de ellos consulta un detector.
—El investigador derribado tiene el cuello roto —informa.
—Bioingeniero Octavio Gómez —indica el jefe del pelotón—, salga de aquí.
Octavio lo ignora.
—Por última vez —conmina el jefe y le apunta con un arma—. Síganos.
Octavio se acerca a Mercedes, para besarla. Es algo que siempre ha deseado hacer,
desde los días cuando le parecía algo imposible. Algo sólo posible hoy, cuando los demás han
dejado de considerarlo humano.
El jefe del pelotón le dispara a la columna vertebral. Octavio se desploma, aplastado
por un peso insoportable.
El jefe del pelotón lo voltea, brutalmente.
—Un ciborg disfuncional —dictamina con repugnancia.
—Disfuncional —alcanza a repetir Octavio, al caer a una inconsciencia de la que no
saldrá—. Todos... lo somos. Usted también, sólo que... no lo sabe.
El personal vocifera. Mercedes se acerca a Octavio y se inclina hacia él. Pasa la mano
por el cráneo transparente, antes de que el oficial la aparte.

Creo que fue lo mejor. Octavio pensaba demasiado... no, doctor, entre nosotros eso no sucede, nos dedicamos a
nuestro trabajo, cada cual a lo suyo, ¿no? Hasta se me ocurre que Octavio se buscó el accidente. Cuando
estamos conformes, nada nos altera. Aquí todos tenemos un objetivo. Y estoy de acuerdo con la sanción a los
que se asustaron. ¡Como si nunca hubieran visto una máquina! Fueron irresponsables... Sí, sí, cualquier cosa
se la haré saber, doctor, sí. Vendré la próxima semana. Gracias.

Una sombra roja que se aleja. Dos sombras, como trazos ensangrentados. Sombras
borrosas que se mueven y difuminan contra un fondo blanco que se apaga. Quizá si se
levanta pueda atraparlas, piensa Octavio. Quizá esas sombras rojas, con sus siluetas tenues,
sean rosas de verdad. Rosas rojas. Rosas rojas para Mercedes.

SE CLAUSURA EL SISTEMA
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VERANO NEUTRONICO

Javier fumaba el último cigarrillo en miles de kilómetros a la redonda, frente al cubo líquido.
En torno a la estación de trabajo del árido planetoide, en su desierto plagado de
elevadas pirámides escalonadas, construidas con esa roca extraña, la negra cignita, la estrella
de neutrones, deslumbrante, asediaba las horas.
El tiempo parecía varado en un presente de calor sofocante, donde Javier se
distinguía en el cubo de agua autocontenida, de varios metros por lado. El líquido se movía
en olas, sin necesidad de barreras, distorsionando con su oscilación, la mano de Javier que
sostenía el cigarrillo, las volutas de humo que ascendían en ángulos imposibles, como si
pasaran de una mano acuosa a otra, de una inquietud a otra, de pregunta en pregunta. El
ascua se reflejaba como un sol en el océano.
En las aguas del Génesis.
Javier pasó sobre los restos secos de su placenta y entró al anfiteatro, que guardaba,
en cartuchos, a los técnicos muertos.
Nada sintió ante la idea de que ahí yacían sus amigos más cercanos. Sospechó que esa
indiferencia era miedo, colapso. También otro motivo: no era sorpresa. Todo el personal en
el planetoide, había muerto. Un técnico, autoinoculado por accidente con un retrovirus,
diseminó una infección, en cuestión de horas, por las instalaciones. Encerrados en su oficina,
mientras los enfermos enloquecían, el equipo de Javier había echado suertes. Él ganó, le
hicieron un corte celular para someterlo al procedimiento INAC, la incubación acelerada, y lo
depositaron en una placenta, que introdujeron al cubo líquido. Únicamente así, sólo uno,
podía salvar la vida, ya que no existía cura contra la epidemia.
Esos recuerdos pera Javier eran desordenados: un ruido de fondo, constante: el de la
gritería, a manera de resplandores, que enmarcaban los susurros preocupados de sus
compañeros... también los utensilios del quirófano, y las pantallas de los ordenadores, llenas
de los datos inútiles de un mundo tan irreal como el rostro tenso de la enfermera que le tomó
la muestra... Un chasquido indoloro, el rojo brillante y eficaz del láser que le hizo el corte y
las órdenes desesperadas afuera de la oficina, dictadas por guardias de seguridad tan
enfermos como el resto: “¡retrocedan! ¡retrocedan!”
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En ese momento venía la fisura en la memoria de Javier, porque se había desenlazado
de su original. Más tarde, despertó en el medio acuoso del cubo líquido, donde se había
desarrollado en un mes.
Al salir del cubo, había caído entre objetos desperdigados, en medio de un olor a
encierro y descomposición. Con dificultad, se quitó los restos de placenta, él, un neonato de
35 años de edad, incubado mientras todo se desmoronaba. In-cubado. Dentro de los cuatro
límites del universo. Para cobrar materia.
La quietud revelaba el cese de la epidemia, peor todavía no reunía el valor para salir
de su sección. Supuso que habría alguien más en la vasta oficina, hasta que descubrió los
cuerpos silenciosos, todos en los receptáculos del anfiteatro, pero dejó pasar un tiempo antes
de entrar. Porque era evidente que él también estaba muerto.
Sutil sentimiento de culpa, de cobardía casi, de remordimiento incluso, si no fuera tan
plena la vida que lo llenaba en un tiempo que a veces pretérito, y otras, presente.
Pero lo suyo no era olvido, sino un éxito, que por su magnitud congelaba la sonrisa.
La ruptura de los límites, su reconstrucción imperfecta. Sería simple pensar que con la
muerte, él [otro] había perdido algo. No, era el mismo, era él [otro]. Mas no recordaba, era
lógico, lo no vivido. Su sentido de ser estaba fraccionado, por haber evadido su muerte. Su
último recuerdo compartido con el Javier original, era el del corte de tejido. Por ello,
confundía sus tiempos vitales: el recuerdo del corte no era, no es suyo, sino de uno de los que
yacían en el anfiteatro. Lamentable, porque es de un ser que se ha ido. Inútil, como todos los
recuerdos. Los objetos han sido impactados por la mezcla de verbos, pulidos por el desierto
de cobalto, azotados por la estrella de neutrones, más allá de la Tierra y de sus ambiciones.
Él [otro] falleció, pero él [otro] se limpió las gotas que le perlaban la boca.
Ignoraba cómo los técnicos habían ido a parar al anfiteatro. Por fin entró, oprimió un
pulsor azul y los cartuchos brotaron, con movimiento suave y preciso.
Comenzaba a pensar que nada hallaría, cuando el penúltimo cartucho mostró su
contenido y Javier gritó. Gritó [otro] con terror: había supuesto experimentar el desagrado
normal ante un cuerpo sin vida, pero llegó a él en avalancha el espanto, la zozobra, el asco, la
vergüenza, porque el penúltimo cadáver era él, Javier. Eso nadie podía cambiarlo. No podía
ignorar a ese despojo con las manos sobre el tórax, la cara vuelta a un lado y los labios
retraídos, con los ojos semicerrados, la piel rígida, en algunas partes blanca, violeta alrededor
de los ojos. Él, muerto, en la desnudez final, sin pudor y sin excusas.
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Temblaba, y el último cartucho salió, mostrando su carga. Clac.
Golpeó los pulsores rojos.
—¡Y por qué no! —gritó en medio de la discreción de los cuerpos silenciados, que
volvían al muro dentro de los cartuchos, cerrados con el destello de su cremación— ¡Por qué
no entras al sepulcro de una vez!
Mas no podía, no debía, pues había sido incubado para salvar las bitácoras de la
estación.

Su conciencia corría entre Megabites, en moléculas de oxígeno, que se unían o separaban de
las cadenas de hidrógeno.
La tecnología de líquidos le refrescaba las sienes.
Con el casco puesto para entrar al primer nivel virtual, el ordenador central tomaba
apariencias humanas. Javier había programado una joven (emma.vir) y la encontró en un
museo, un ambiente generado por el programa.
—¿Qué sucedió en la estación? —preguntó Javier, que se hallaba, aparentemente, en
una calle soleada de la Tierra.
Emma, una mujer que daba forma a la inteligencia artificial del ordenador central, se
acomodó el cabello.
—El retrovirus acabó con la población en una semana —respondió.
—¿Qué ocurrió en mi sección?
—En la fase tardía de la enfermedad se presentaron cuadros sicóticos. Hubo una
lucha general. Yo atendí y controlé a los técnicos de tu sección cuando se infectaron y recogí
sus cuerpos con el enfermero automático, pero los enfrentamientos invalidaron muchos de
mis medios de desempeño y no conseguí incinerarlos. Sellé los accesos para que nadie entrara
durante tu incubación.
—¿Y tú?
—Deambulo. Cuando la estación quedó fuera de servicio, en el mundo donde
estamos, se bloqueó todo lo que tiene relación con entradas. La puerta de mi departamento,
por decir algo. La influencia de la estrella de neutrones es traducida, aquí, como un día
continuo. Siempre es mediodía, nunca anochece. Así que mis referencias son indirectas,
desde que perdí el contacto con la estación; cuando no quedó nadie en esta ciudad, supe que
la estación estaba paralizada. Este museo reabrió cuando entraste al software. Dado que sólo
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funcionaba el cubo líquido, yo percibía tu presencia: a veces llueve, lo que es un símbolo de
fecundidad.
Javier se despidió. En lo que accesaba a un nivel más complejo de interacción,
debería conformarse con consultar de ese modo la base de datos.
—Cuando regreses podemos pasear por ese lado del bosque —gritó Emma, desde la
entrada del museo solitario.
Sobre un arbolado, bajo el cielo del verano neutrónico, se levantaba una enorme
pirámide de negra cignita, la roca pesada que reflejaba mal la luz.

Javier dio un leve golpe a una de las superficies verticales del cubo. El líquido resistió y
osciló, combándose, con fuerza decreciente. Al estabilizarse, Javier introdujo la mano
derecha. El líquido placentario ya estaba frío, le robaba el calor de las articulaciones. Movió
los dedos, en la viscosidad de la fórmula.
Hizo un anillo con los dedos de la mano izquierda y sacó la derecha como quien se
quita un guante. Estaba helada, lo cual fue un alivio, porque el calor era pesado.
Se sumergió en el cubo, por completo. El frío lo envolvió, pero al salir, su
temperatura interna se equilibró. El oxígeno del líquido penetraba por sus células.
Envuelto en una película acuosa, atravesó un túnel, donde una voz automatizada,
advertía: “está por salir de la estación de trabajo. Por favor, registre su salida...”
Javier se internó en el desierto radiactivo, abrasado por la estrella de neutrones. El
cambio de gravedad lo hizo sentirse un poco inseguro, pues el sistema de decremento
paulatino del túnel, estaba inutilizado. Se aligeró de golpe diez kilos.

Rodeado de peñascos tallados por el viento hidrogenado, se internó en una extensión cobriza
y árida, plagada de altas pirámides negras, construidas por una cultura extinta. En la cúspide
de la construcción más cercana, se levantaba un transmisor. La estación había pasado de ser
puesto de investigación a hospital y por fin a un manicomio, pero la cuarentena dejó a salvo
aquel instrumento. El caso había retrasado la ida a aquella pirámide, hasta que nadie estuvo
en condiciones de salir de la estación.

El hidrógeno atmosférico transfería radicales libres a las capas de desecho del traje,
renovándolo. Los guijarros de cobalto crepitaban, apisonados, pero rechazados por el
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líquido. De características semejantes al amniótico en la incubación acelerada, el traje también
lo protegía contra la radiación de cobalto, la de la estrella de neutrones y la atmósfera de
gases raros.
Aquella pirámide truncada, deteriorada por la atmósfera, ya a unos metros de
distancia, había resultado adecuada para montar el transmisor. Javier subió por la escalinata
de la negra pirámide, que tenía cerca de dos millones de años de antigüedad. Sombras
volantes lo hicieron confundir piedras con huecos, pero se sentía seguro, pues el traje líquido
endurecía, al contacto con la roca, generando, con los reacomodos de su memoria de forma,
una resistencia plástica a los bordes filosos.
El transmisor continuaba enviando el SOS programado desde la estación. Introdujo
la cápsula llena de líquido, con el registro de las bitácoras que consiguió rescatar de la
memoria central de la muerta estación.
Descubrió que el mensaje de socorro se había recibido en el satélite orbital (<copy
copy>) cuando manipulaba el aparato, sobre el deslumbrante desierto puntuado de pirámides
negras, como orificios en una llanura amarilla.
Observó la respuesta del satélite, de tres semanas atrás, y la orden:

al operario: introduzca la información y pulse <enter>

Comprendió... En el satélite, que sobrevolaba el planetoide a sólo unos miles de
kilómetros de altura, se esperaba el final de la cuarentena, para descender... pulse <enter>
Nunca enviaron ayuda. pulse <enter> Si transmitía las bitácoras todo quedaría resuelto,
dando satisfacción a un secreto prudentemente olvidado.
Se olvidaron de nosotros, pensó. No quisieron auxiliarnos.

pulse <enter>

Lanzó la cápsula con las bitácoras, al desierto. Tecleó en el transmisor:

no nos derrotarán

Y pulsó <enter>

Tres días después, aterrizó una nave de la compañía, de la que bajaron nueve representantes,
dentro de una móvil burbuja de plasma.
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—¿Por qué no estudian esas pirámides? —preguntó uno de los enviados.
—¿Para qué? Son basura.
El grupo entró a la estación, tomando un túnel secundario. Recorrieron kilómetros
entre destrozos, consultando sus instrumentos. Para su sorpresa, no había cadáveres.
Entraron a un área de control de tráfico.
—Error catastrófico. La compañía ha perdido trillones en esta operación...
Las entradas se cerraron al mismo tiempo.
—Miren... en los ordenadores se lee: “no nos derrotarán”.
—Como en ese mensaje reciente. Alguien debió sobrevivir.
Los sobresaltó un retumbar cadencioso.
—Parece un tambor...
—Simple audio. Da lo mismo... no tenemos que hablar con ese loco...
De la burbuja, brotó una extensión sinuosa que se posó en un tablero.
—Ordenador central —dijo el representante principal—, abra los accesos.
Lo siguiente fue rápido. Un asistente lanzó la alerta, al consultar un visor.
—La burbuja va a recibir una donación —gritó.
Alarmados, todos se cubrieron con las manos. La burbuja iba a recibir un volumen de
plasma mayor a su capacidad, desde el ordenador central.
La burbuja explotó, sin sonido.
El representante principal fue el único en levantarse. La burbuja de transporte se
diluía como ectoplasma. Apoyándose en un tablero, con quemaduras por la repentina
elevación de la temperatura, respiraba con dolor, en el ambiente ionizado. Las luces de la
estación titilaban por la baja de energía.
El representante volvió a ser consciente del redoble del tambor. Las pantallas de los
ordenadores mostraron a un hombre dormido en un cubo líquido.
El enviado se colocó una mascarilla de urgencia. Casi no podía moverse, lacerado.
Debe ser el que envió el mensaje... pensó. Ese componente de incubación.... Conectado con el ordenador
central, sí... Es factible, el cerebro humano es compatible con el programa de simulación neuronal que controla
la estación. Cerró los accesos y eliminó los cuerpos, para evitar contaminarse.
En los ordenadores apareció Javier. A sus facciones se superponían las de Emma, el
ordenador central.
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—... doloroso, pero no demasiado —comentó Javier—. Las pirámides son
interesantes. Son acumuladores interconectados en el centro de este planetoide.
—Está loco... Qué supone que hace... es mejor que se detenga...
—El planetoide no tiene fuentes de energía —sonrió Javier—. Pero arriba sí las hay.
Las pirámides negras se alimentan de la estrella de neutrones. En las últimas semanas he
descubierto muchas cosas. Todo se lo debo a un recorrido por los alrededores de un museo
—y en las pantallas:

hpplot.drv rt/t24 continuousscaling
setsoundnoise^d recogvoice^g ^cû^9^eä^nä devicespecific

Es parte del paquete de instalación del ordenador central, pensó el representante. La instalación
de su estructura cognitiva. Ese sujeto no maneja la estación desde el cubo. Se integró a ella, es la estación. La
estación está viva.
—La cultura que levantó las pirámides no desapareció —explicó Javier-Emma—.
Emigraron a la estrella de neutrones. Sabes que estamos aquí.
—¡Termina con esto! ¡Lo exijo! ¡Y apaga esos tambores! ¡Eres un asesino!
La iluminación interior descendió a la oscuridad total. El representante miró a su
alrededor, inseguro. En torno a él se movían figuras extrañas, formas que parecían llevar
penachos. Aquello no era realidad virtual, generada por el ordenador central. Unas entidades
vivas lo rodeaban, acechándolo.
—Está terminado —dijo Javier.
—¿Cómo?
—Bienvenidos —dijo un ser cuya conciencia iba a extenderse por un desierto de
cobalto y por la estrella de neutrones—. Bienvenidos a donde renacen los olvidados por
ustedes.
Las luces se apagaron. El tambor estalló. Y en las pantallas, que nadie leyó:
bienvenidos al Mictlán
bienvenidos
bienvenidos
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ELVIRA

Elvira se coloca las alas y vuela.
Acaba de comprar el programa Fantasías
®
de la compañía Simultec y en el juego se
mueve entre nebulosas brillantes, en un silencio refulgente, cercano a sus alas, alcanzable a
sus deseos.
Elvira se encuentra a un paso de las estrellas, entre su calor y brillo, sin quemarse.
Ella es un cometa alado, en el vacío dominado por los soles, palabras de una inmensa frase
que se regenera y tiene como sonido, al fuego.
Elvira permanece frente a una gigante roja. Pero Elvira no es Ícaro, no se consume,
porque ella misma es fuego; en el cofre de sus prodigios guarda los nombres de las estrellas:
Tau Celi, Épsilon del Boyero, Aldebarán, Rigel.
La mujer-cometa observa la esfera incandescente: percibe su latir, que hace a la
estrella palpitar como un corazón, en estallidos de largas caudas ígneas que vuelven a la
superficie.
Cuando termina la sesión de juego virtual que la ha llevado ante una estrella, Elvira
navega en las calles de la gran ciudad, en su mar de frases, en los faros de los autos anónimos,
en río nocturno.
Elvira se pregunta qué es realidad y qué es fantasía, si esto o el juego virtual; cuáles de
sus caricias dejarán una verdadera huella, qué miradas entrarán al último reducto de su
misterio. Mientras camina, se pregunta si una de esas noches, sus alas virtuales adquirirán
forma, y ella remontará el vuelo más allá de las nubes, para dejarse envolver por el abrazo
dorado de los astros, en el cosmos como un ojo abierto sobre los anhelos.
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IREMOS AL CORAZON DE UN ASTRO
Finalista del Premio Kalpa

Sobre el domo transparente, las estrellas eran un estallido inmóvil.
Las dos estrellas Alfa Centauro, el sistema de binarias interactivas, enlazadas por una
larga vía de gas brillante, refulgían en pinceladas amarillas. El informe de Control Maestro era
definitivo: el crucero Yaoquizque no podía desarrollar velocidad de escape, para evitar la
atracción gravitatoria de las binarias. La nave caía hacia una de ellas, bajaba hacia Centauro.
El piloto Uriel García contemplaba las binarias sobre su cabeza, aunque en realidad
caía hacia una de ellas, junto con la nave paralizada. El resplandor de las estrellas iluminaba,
frente al crucero estelar, la representación de un centauro que apoyaba una extremidad en la
Tierra y apuntaba una flecha ígnea, hacia tres estrellas. El logotipo estaba enmarcado por la
frase: EXPEDICIÓN CENTAURO – POR LO ÁSPERO A LOS ASTROS.
El crucero era una ciudad abandonada, así que por curiosidad, Uriel decidió
recorrerla, lo más que pudiera, antes del final. No podía hacer algo mejor. La nave era un
peso muerto, atrapado por la gravitación de una estrella que terminaría por destruirla. Al
cabo de andar varios kilómetros, el piloto encontró iluminado un laboratorio de exobiología,
y en él, a un organismo vivo. No lo sorprendió demasiado, porque la expedición había hecho
muchos hallazgos extraños. El organismo era una forma de dos metros de diámetro que
desplegaba cambios de tonalidad. Era muy semejante a una célula.
Reconoció dos instrumentos. Uno era el sono-adn, basado en el principio de que las
moléculas emiten sonidos. Recurso útil: la sonofarmacología analizaba los efectos clínicos de
las composiciones de laboratorio.
Nadie quedaba que pudiera impedir su curiosidad. El piloto se sentó en el
cromogeómetro, que conocía mejor. El instrumento conservaba energía para proyectar el
primer patrón de figuras. Así, flotaron cubos y esferas que emitían notas musicales, al
tocarse. En interfase con el sono-adn, el cromogeómetro producía un lenguaje.
Para desconcierto de Uriel, el organismo cautivo generaba formas de las que,
sospechó, eran secciones de figuras de cuatro dimensiones. Las formas intangibles
bailoteaban. Uriel intentó establecer pautas de comunicación, pero el laboratorio se inundó,
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como en un ensayo fallido, de los acordes, compases y ritmos inconclusos de las figuras al
deslizarse, tocarse, brillar y alejarse.

Los cruceros europeos habían salido de la plataforma espacial Baikonur 2 y los americanos,
de Kurú, en Guayana. La nave hospital se les unió en la fábrica orbital de Marte y miles de
pilotos abordaron los gigantescos transportes en Tritón, Larinsa y Proteo. Los cruceros
habían pasado cerca de la prisión de Caronte, con rumbo a las estrellas más cercanas:
Centauro, un sistema de binarias interactivas y el astro que lo orbita, Próxima.
Al cabo de más de cinco años de viaje, se anunció la detección del campo magnético
de un planeta, en órbita alrededor de Centauro. Su existencia dejó estupefactos a los
astrónomos, incrédulos de que no lo hubieran hallado hasta entonces.
La Directiva de la Misión Centauro decidió darle el nombre de Reunión, y un equipo
expedicionario descendió en el planeta, a 15° 10’ sobre la línea del Ecuador, en una costa
azotada por olas de nitrógeno líquido. El cielo brumoso resplandecía con la luz de Alfa
Centauro A y B, que arrojaban una doble sombra, con Próxima como una distante luna roja.

La labor de miles de investigadores llenó los días en Reunión, que para Uriel transcurrieron
en vuelos entre su campamento y las naves nodrizas, preguntándose, como todos, si habría
vida en el planeta.
Al final de la primera semana, los acontecimientos se precipitaron: en el intervalo de
sedimentación de un cratón se descubrieron construcciones; las excavaciones sacaron a la luz
restos arquitectónicos de cincuenta millones de años de antigüedad; más tarde hallaron otros
fragmentos, en muy mal estado, dentro de un área de varios kilómetros; descubrimientos
complementarios sugirieron que la destrucción de lo que fuera una ciudad, se debió a un gran
meteorito. Estos hallazgos fueron rebasados por los de los geólogos en el cratón Hatra, a
ciento ochenta kilómetros de un volcán en actividad que arrojaba enormes piroclastos, al que
se le dio por nombre Samash. Luego encontraron restos intactos, sepultados, de la antigua
ciudad.

Uriel se sentó bajo un domo, en el lado de sombra de la nave. El área estaba fría y yerta,
desierta en la ciudad volante atrapada por la estrella.
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Suponía que el organismo del laboratorio había sido capturado en la ciudad de
Reunión. Lo había dejado en su receptáculo, sin saber cómo proceder con él. Había leído
parte de un análisis:

× POLIEDRO CRISTALINO PROVISTO DE NUCLEOIDE Y CÁPSIDE /
INVESTIGACIONES EN EL ESPECTRO TONAL DE MIXOVIRUS
• SE REALIZÓ CORTE CON LÁSER YAG DE 2.9 MICRONES Y SE SOMETIÓ
A CULTIVO EN AGAR SANGRE CON CÉLULAS A549 / RESULTADO:
REPLICACIÓN DE CÉLULAS A549 POR TRANSFERENCIA DE
INFORMACIÓN GENÉTICA
• NOMBRE PROPUESTO: PROTOPLASMA MUTATUM
En plena actividad en reunión, los cruceros Yaoquizque, Olimpia, Tebas, Petra y Tupac Amaru,
dejaron su órbita geoestacionaria y se dirigieron a Próxima. En uno de los hangares, los
pilotos observaban en una pantalla a los cruceros, buscándose entre sí.
—Nadie tiene noticias sobre esta maniobra —comentó Uriel.
—Tampoco sabíamos nada sobre la existencia del planeta. Ese era un secreto que
solamente conocían los responsables de esta misión. Y lo que estamos haciendo se parece a
algo que vi en la guarnición de Hiperión, pero a mayor escala —afirmó otro piloto,
señalando el lento movimiento de los transportes—. Excepto la nave hospital, estos cruceros
deben ser parte de un sistema. Están formando un circuito. Seguramente van a captar energía
de una ráfaga solar de Próxima. Es como los colectores de energía estelar de Venus.
—¿Por qué lo harán? —preguntó otro piloto, que veía las pantallas.
—Por la escasez de energéticos —aquel ahombre parecí informado—. Nadie lo sabía,
debido a la naturaleza secreta del proyecto, por lo mismo que la existencia de Reunión debió
serlo, pero parte de este viaje. Si no, ¿para qué traer geólogos y arqueólogos? Si esta misión,
lejana de nuestro Sol y sin testigos tiene éxito, la Tierra y sus colonias dispondrán de energía
regulada por sus gobiernos.
—¿Y porque no lo hicieron desde nuestro Sol?
—Sería un desprestigio político.
En ese momento, una luz fulminante llenó el Yaoquizque.
19
Fallaron los equipos o hubo un error en la programación. Los cruceros frente a Próxima
se ensamblaban, para sin duda captar la energía de una ráfaga solar de Próxima, y el
Yaoquizque cerraba el sistema. Ahí comenzó el desastre: la nave no había finalizado la
maniobra, cuando el Control Maestro de algún otro crucero abrió el circuito general.
La explosión fue detectada en Reunión. Dañó gravemente a los cruceros. La energía
invadió al Yaoquizque y mató a casi toda su tripulación. Uriel y cualquier otro sobrevivieron
por causa del azar. El Yaoquizque, privado de energía y de sus sistemas de navegación y
comunicación, fue impelido hacia las binarias, como peso muerto. Fue visible en el
firmamento de Reunión, como una fugaz supernova. Dejando una estela de trozos de metal,
el Yaoquizque quedó atrapado en el campo gravitacional de Próxima, rumbo a su centro de
masa.

La nave giró sobre Uriel, y el panorama de estrellas encima del domo, se borró para ceder el
paso a la vista gigantesca de Próxima. El piloto, viendo aproximarse el final, pensó en el día
que dejó la Tierra. Imágenes, voces y sensaciones se levantaban, diciendo adiós.
Se tocó la cara, recorrió sus facciones con las manos, como a punto de despertar a un
ensueño, el ensueño de la muerte. Al parecer aquí termina la historia, se dijo. En los demás cruceros
han dado como perdida a esta nave.
Entonces alguien entró al domo.

El viento solar de Próxima golpeaba al Yaoquizque a más de dos millones de kilómetros por
hora.
Con la estrella como un cometa en aproximación, Uriel se puso de pie y vio entrar, al
domo, a una mujer de rostro teñido por la coloración roja de la estrella.
No es humana, se percató Uriel, en perfecto golpe de intuición. Es el ser de Reunión, el
organismo del laboratorio que acabo de dejar, se dijo exaltado, lúcido. Recordó el informe donde se
señalaba que el organismo copiaba la información genética de los seres con que entraba en
contacto. Copió la figura de alguien que tocó, como hacen los microorganismos de Titán.
La mujer avanzó hasta colocarse bajo el domo, oculta por el claroscuro.
—¡Qué extraños son los sentidos de tu raza! —exclamó— ¿De dónde vienen?
Uriel no respondió.
20
—Nosotros vivimos en la ciudad sepultada —añadió ella—. Los demás se escondieron.
Ustedes me encontraron por sorpresa.
Una explosión en otra parte de la nave, cimbró el domo.
—Tenía miedo de dormir —siguió la mujer, como si expresara en una frase, una multitud
de pensamientos—. No sabía qué me sucedía. Nosotros no dormimos. Lamenté despertar,
porque mis sueños se disolvieron.
Uriel recordó la pregunta ¿de dónde vienen?, y activó su carta de piloto. Poseía una
reproducción del sistema solar terrestre, que centelleó al aire.
—Nunca fuimos ahí —dijo el ser protoplásmico, con forma de mujer—. Tampoco ellos.
Extendió una mano, y en la carta del piloto aparecieron otros puntos, otras estrellas:
Betelgeuse, Bellatrix, Hatysa, Alnitak... estrellas de la secuencia principal, a más de 100 pársec
de distancia. Cientos de años de viaje desde la Tierra, incluso a velocidad luz.
—Nuestros civilizadores fundaron planetas alrededor de esos astros y de nuestras tres
estrellas. Luego partieron, pero jamás regresaron —resplandeció la galaxia de Andrómeda—.
Ese era su dominio y allá volvieron, porque su imperio caía. Su nombre significaba...
No pudo continuar, porque se tambaleó. Parecía cansada. Se sentó en una amplia banca,
desde donde en otro tiempo se contemplara el paisaje, y susurró:
—¿Vamos a caer en la estrella, verdad? ¿Vamos a dormir sin despertar?
Uriel ya no experimentó recelo, sino que se conmovió. La tomó de las manos, que eran
suaves. Aquel ser habría copiado la forma de una laboratorista con la que entrar en contacto.
Entonces, sin haberlo esperado, sin haber supuesto que eso ocurriría, ambos se vieron a los
ojos y esos seres de planetas distintos, separados por los siglos y por una lejanía inexorable,
se abrazaron, ante la frontera de la nada. Ante la proximidad del final.
Puesto que el domo era sitio de recreación, con los cambios de energía se activó un
audio ambiental. Se filtró un canto de mujer, con un ritmo nostálgico de mundos nunca
vistos.
Uriel presionó el botón de la esfera que recogiera en una bodega:

cristales delta. precaución. su inhalación provoca estado de sueño profundo

Otro estallido retumbó en la nave.
—Dormiremos —anunció Uriel—. No sentiremos nada.
Ella lo abrazó más fuerte.
21
—Quédate conmigo —dijo ella—. No tendré miedo si estás conmigo.
—Yo tampoco temeré, si tú estás conmigo.
Se recostó, llevándola junto a él, bajo el domo donde reinaba la estrella, y la estrechó,
mientras los cristales de la esfera abierta, al contacto con el aire, se transformaban en gas que
los haría morir en el sueño.
—Soñé que volaba —recordó ella, de improviso—. En el cielo un sol me hablaba.
—¿Qué te decía? —él acarició los cabellos de aquel ser.
—Me llamaba. Su voz dominaba el mar y atravesaba las nubes: “¡ven a mí! ¡ven a
mí!”, repetía —susurró, abriendo los ojos, que brillaban como estrellas—. Cuando
durmamos, ¿podremos soñar lo que queramos? Me gustaría volver allá.
—Soñaremos lo que queramos —afirmó él—, si lo deseamos mucho.
Ella se recargó en el piloto, mientras el Yaoquizque se dirigía al encuentro con su
destino.
La nave se estremecía, por estallidos lejanos a decena de kilómetros. Y el sueño
empezó a llevarse a sus dos únicos pasajeros, acompasados por el canto desde las bocinas, en
un baile etéreo donde nada importaba, sólo el movimiento suave en el que todo se fundía,
euforia de luz y serenidad en la noche del espacio. Y más allá quedaban otros soles con sus
tonos azul y rojo y los negros ojos que conectaban con otros universos, luminoso secreto que
devanaba al tiempo, insertándose en la eternidad. El piloto y el ser de otro planeta, la nativa
del mundo de tres soles y el extraño, giraban, abrazados, mientras los estallidos se sucedían
por la nave y el fuego la invadía. No lo sentían. Bólido, faro estelar, la nave y sus maravillas
caían hacia la estrella en medio de la música, en el vals del sueño. En uno de los giros, antes
de quedar dormidos para siempre, Uriel la estrechó y acarició sus cabellos, buscó su boca.
Todavía fue consciente de la presión de sus manos, y de su voz:
—Iremos al corazón de un astro —musitó ella, y se besaron, en los labios.

22
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Publicado en la revista Asimov

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24
ENFERMEDAD POSMODERNA

No es problema que un androide llegue a sentirse humano, aunque es penoso. El problema
es cuando un humano se cree televisión.
Más del 50% de la vida estamos ante la TV. Algunos visionarios proponen que se
implanten circuitos cerebrales para que la TV sea, en verdad, portátil.
¡No, por favor! La TV causa enfermedades, como el Síndrome del Quijote, donde el TV-
adicto se considera el objeto de su obsesión.
Mi primo desarrolló el síndrome. Fue el cuadro característico: le asustó tanto el
mundo que se refugió en la TV y le transfirió su Yo.
Estoy harto. Me he convertido en su terapeuta y su teleauditorio. Hace dos días
dramatizó una situación de su infancia y la presentó como una telenovela. Le pedí cambiara
de canal. Me tranquilicé con los comerciales. Pero como anunció una soda fui al
supermercado, para volver y encontrar que se había vuelto a cambiar de canal y escenificaba
un programa de concursos ante quince personas. Las saqué con lujo de descortesía, porque
debo ser cuidadoso: los vecinos aprovechan esas crisis para llevarse objetos de la casa, que
son los premios. Duermo en el suelo: alguien se ganó mi cama en Jeopardy!
¿Por qué mi primo no desarrolló catatonia y se creyó el control remoto? ¿O tuvo un
shock y quedó desintonizado? Si en vez de TV fuera un fax, me serviría de mensajero.
Preferiría que fuera un tranquilo sociópata o un esquizofrénico creativo, a la antigua.
Anoche representó una obra de Shakespeare (“ser o no ser...”), con real convicción.
Pareció recuperado. Era una falsa apreciación (frecuente cuando convives con un enfermo),
pero me hizo reflexionar seriamente sobre mí. Preferí ir a dormir en el suelo.
El lado optimista es que, cuando me aburre su programación, lo desconecto. Se
queda muy quieto, en la sala, viendo a la oscuridad. Estas enfermedades de la sociedad
tecnificada son muy incómodas.
25
26
XY

De nuevo despierto en la madrugada, así que voy al lavabo y me remojo la cara.
En el espejo, mi rostro es un Proteo nacido del agua y la penumbra.
La razón de mi intranquilidad: un sujeto contrató un seguro de vida; de acuerdo con
las cláusulas del contrato, poseía una muestra de su propia piel, preservada en laboratorio.
Como falleció en un accidente, del adn de la muestra, se obtuvo un clon y el asegurado
retornó a su hogar, incluso rejuvenecido. Sin embargo, por causas no aclaradas, este clon se
suicidó poco después.
La ley reconoce la personalidad jurídica de un individuo sólo hasta su primera
clonación. Así que en la aseguradora modificaron el genoma del tejido todavía almacenado.
Obtuvieron otra persona, un poco diferente a la original, por lo que en términos legales era
un nuevo ciudadano. Para completar el procedimiento, borraron de él su memoria.
Su familia ha sufrido duelo en dos ocasiones, y ya nada desea saber de él.
Ahora me veo al espejo y pienso: cualquier clave está perdida, porque el sujeto del que
hablo, esa última clonación, es decir, yo, me encuentro al frente de una vida nueva, tanto, que
al efectuar trámites rutinarios veo sonrisas rígidas cuando en mi homoclave se lee la XY, el
apellido de los clones del sexo masculino de segunda generación.

Me puedes ver en el marco de tu puerta, esperando para entrar a tu espacio o a tu vida; pero
ante tu recibimiento cordial me siento como si no terminara de encajar; como si fuera más
una idea que una realidad. No termino de concretarme en el trato diario. Percibo un abismo:
no hay puentes para llegar a ti; veo mi equívoco: quiero vivir lo que no me pertenece.
Me puedes encontrar en un bar como el Xclusivo. Si impulsada por la curiosidad,
logras entrar en ese sitio reservado a clones, y hablamos, quizá pienses que soy un organismo
artificial: veo perfectamente en la oscuridad y puedo permanecer inmóvil durante horas; mi
mirada, el trato, te parecerán fríos, mas no entenderé a qué te refieres; además, como si fuera
una experiencia interracial, puedes sentir curiosidad por tener relaciones sexuales con uno de
nosotros. No tendríamos problema. Llevamos los certificados en orden: seronegatividad al
sida, al virus de hepatitis K, y el de no-portación de genes de la enfermedad de Creutzfeldt-
27
Jakob. Pero como obtendrás impresiones contradictorias, te decidirás por una aventura más
sencilla. Pensaré: me miras a los ojos y algo te inquieta. No quieres decírmelo, mas sé lo que es. Crees que
los clones no tenemos alma.
No estarás equivocada del todo. Algo no termina de definirse. Nuestras emociones
son intensas, mas sin la constancia que las diferencia de los sentimientos. Nacimos en un
tiempo mítico. En nuestra información genética hay tramos inducidos. Nuestros
cromosomas llevan el signo nanomolecular: ©. No puedes hallarnos. La luz está perdida en
un laberinto de técnicas de ingeniería genética, de anhelos frustrados; el camino se pierde en
un limbo. Nos verás rumbo al horizonte de un mundo en el ocaso, sin un lugar adónde ir, sin
pasado. Con un destino que pasará de largo.

Continúo viéndome al espejo. Yo podría ser ese sujeto en tinieblas u otro cualquiera. Acabo
de despertar de un ensueño donde varias personas abordaban aviones. Suponía conocerlas,
mas no cómo; yo sabía que se marchaban para siempre. Y buscaba a alguien cuyo recuerdo
era impreciso. Cuando partían, yo entraba a una iglesia donde se celebraba una misa de
difuntos; tuve miedo de preguntar por quién.
Cierro el grifo y siento que todo se va, sin dejar rastro.

Gracias a la cobertura del seguro, después de mi nacimiento yo tenía un departamento y un
empleo. Pero dejé esa casa y cambié de trabajo. En mi nuevo domicilio apagaba las luces y
bailaba, solo canciones de hace ochenta años. Cuando llovía, los ecos líquidos mezclaban las
aceras, mientras la música se enfrentaba al silencio del inevitable mundo de los clones: los
graffiti con su grito: todos somos iguales; nuestros sitios del web; entre las sectas de auténticos
humanos o cerca de quienes hacen gala de amplitud de criterio, al alardear que tienen amistad
o se han casado con uno de nosotros; entre los activistas defensores de nuestra humanidad.
He buscado el pasado. Por un tiempo fue necesidad. Una vez volvió en los recodos
de una feria, adonde fui al recordar que ahí había estado mi prototipo. Lo rememoré, por una
falla en el tratamiento médico; fue una reminiscencia cuando dejé de tomar los
psicofármacos. Entre el rumor de los juegos mecánicos y las voces de diversión, primero
tuve una sensación conocida: el lodo bajo los zapatos, al encaminarme a los juegos. Sus luces,
voces y sonidos parecían la meta de un vital Edén. Confortado por el calor de los hornos,
por el olor de los puestos de comida, buscaba remembranzas. Mis sensaciones, a punto de
28
consolidarse en imágenes, se volvían vistazos inconexos, remanentes sin carga emotiva. Era
un video casi borrado a partir del cual debiera reconstruir la historia de un desconocido;
imágenes móviles, pero aquiescentes, por no hilvanarse para mostrar su significado. Mi
prototipo había estado ahí, con varias personas... mas todo eran impresiones censuradas por
un procedimiento que se basaba en la supresión y reencauce de información, residuos
puestos a andar por la química ya no controlada de mi cerebro.
Por momentos parecía como si él hubiera regresado, para deambular por su historia,
pero mis recuerdos particulares se remontaban a un año. ¿O debía creerme un yo con un
pasado olvidado? ¿Debía recuperarlo? Desde ese punto de vista, ¿cuándo había visitado esa
feria? ¿Tenía buena puntería, me gustaba la velocidad? Ignoraba qué buscar en esas voces
nuevas de la Rueda de la Fortuna. Ese yo, mi original, quien hubiese sido, se había ido con su
gente, sus costumbres, sus momentos. Aunque en aras de proteger su pasado, por cláusulas
de contrato, yo careciera de futuro: sabía, pero no para qué; sabía, mas no por qué.
Compré unos cigarrillos. Me di cuenta que sabía fumar. ¿Qué más podría hacer?
¿Tocaba un instrumento? Desde hacía semanas no tomaba el inhibidor de los canales de
calcio, que suprime los recuerdos agregados, lo que el Diagnostic and Statistical Manual of Mental
Disorders VII denomina déjà senti clónico: reminiscencias en lugares visitados por el prototipo.
No, me repetía, yo no conocía ese lugar. Era un ser nuevo que lo descubría entre el
viento de un pasado remoto. Me detuve frente a una orquesta de animales mecánicos.
Recordé eso, mi prototipo había traído a unos niños, familiares de... de... No importaba. Los
músicos guardaban la misma posición, bajo el mismo spot azul. A su alrededor se extendía la
negrura de mi memoria. Reí, no sé a ciencia cierta la razón.

Existe otro motivo para mi desasosiego. Me asalta un recuerdo de esta tarde. Al momento de
despedirme de una compañera de la oficina, una humana completa, sucedió algo novedoso.
Fue un cambio en el rito de despedida: el beso cotidiano —ella sabe lo que soy—, me lo dio
con los ojos cerrados. Al dirigirme a mi departamento, me pregunté por qué ella había
actuado así. ¿Era rechazo o aceptación o algo sin importancia? ¿Por qué nunca sabía
interpretar los hechos?
—¡Porque no comprendo! —grité— ¡No sé cómo actúan las personas!
Corrí a la azotea y vociferé al mar de edificios, luchando por liberarme de la
confusión, del navegar a la deriva en todos mis actos:
29
—¡Yo los acuso! —grité a la gente en la calle, que volteó sobresaltada— ¡Los acuso
de crearme sin darme una razón! ¡Pero yo he de darle un propósito, porque soy un ser
humano! ¿Me oyen? ¡Soy un ser humano!
Más tarde llegaron los supervisores de la aseguradora. Me evaluaron a nivel
cerebrovascular. Una trabajadora social me sometió a un cuestionario. Seguramente los
vecinos les telefonearon. Recibiría una demanda por alteración del orden y debería mudarme.
Cuando los supervisores se marcharon, tiré los psicofármacos para siempre.
A la mañana siguiente, al salir al trabajo, una mujer gritó tras su puerta:
—¡A ver cuándo nos haces el favor de morirte!

Me seco la cara y tomo una decisión. Recuerdo a mi compañera de oficina y le llamo. Le digo
todo esto, ella escucha en silencio. Al colgar, me siento ridículo, pero aliviado.

Cuando al día siguiente la veo, una luz invisible llena todo. Me acerco a ella y acepto lo que
deseaba: encontrarla, que ella me encontrara, con todo lo que guardaba, yo, un ser en la
interrogación que es mi existencia, olvidando lo que se perdió en el camino, entre los adioses
que inician la etapa que llamamos madurez. Lo que tu hubiera sido, carecía de sentido. No
existía más. Ignoraba el resultado, mas supe que lo importante es vivir el día, dar un
significado al tiempo invencible. Ella me saluda, da la pauta al besarnos: sus ojos cerrados.
Entiendo porqué lo hace. Siente placer. Es hora de nacer a los sentimientos. También cierro
los ojos, desecho el vacío, acepto aquella oportunidad y la beso, aspirando el fragante aroma
de su piel.
30
TERMINAL 410

Publicado en la revista Asimov

Junio de 1670.
En el ruidoso mercado de Nãlanda, un desconocido interpeló al señor Fazi, quien
palideció.
Se acercaba el monzón. Entraron a un manglar, cruzaron el claroscuro de la
vegetación y nunca regresaron. O al menos ése fue el rumor, aunque en India abundan las
leyendas.
El desconocido y el señor Fazi caminaron hasta el fondo de una cueva; atravesaron
límpidamente la pared rocosa y se detuvieron bajo un haz de luz.
—Fugitivo interceptado en la terminal 1670 —anunció el desconocido.
La sección del suelo bajo el cautivo señor Fazi se elevó y lo condujo a un cubículo,
donde destacaba el holograma OEA/SERVICIO DE PROTECCIÓN-MÉXICO.
Lo recibió un personaje sonriente.
—Procedamos a oír su confesión, señor Fazi.
Y las cámaras lo enfocaron.

En el piso 85, ya en uniforme blanco de interceptor, el desconocido programó el recorrido
del micromóvil: cuartel de interceptores - nava, efraín - 90519, e intentó, por enésima ocasión,
distinguir las ruinas de la ciudad de Querétaro, al sureste de la Torre.
Las nubes cargadas de lluvia ácida caían, rojas, hacia el horizonte. Alrededor de esa
Torre del Servicio Científico, los androides en patrullaje custodiaban las hectáreas áridas,
minadas y amuralladas, capaces de identificar a cualquier ser u objeto por su configuración
térmica o su campo magnético. Efraín imaginó de nuevo un mundo donde el eje de poder
fueran las ciudades y no los centros científicos y militares, las torres dependientes de un
gobierno fantasma. Nunca había visto Ciudad de México.
La ciudad. Siempre la ciudad. Esta palabra se había cargado de un valor sinónimo de
insólito. Y de prohibido, porque el reglamento impedía salir de la Torre. ¿Además, con qué
31
utilidad? Fuera se enclavaban pueblos famélicos que vivían del trueque, enemigos de los
habitantes del perímetro de las ciudades.
Desde el micro móvil, el espectro distante de Querétaro fue borrado por el destello
de un transporte de tropas.

Descendieron soldados del 10º batallón clónico. Encabezados por Mobbitz, agente del
Servicio de Protección, se dirigieron al cubículo del Director. Mobbitz transmitió las órdenes
del Consejo Consultivo: el 99% del personal debería abordar de inmediato y partir. En la
Torre quedarían los interceptores necesarios para los casos pendientes. La presencia de las
tropas clónicas disuadió al Director de cualquier tentativa de oposición, y por simple trámite
autorizó un hecho consumado: una guarnición de 120 soldados en el edificio.
Llamaron a Efraín, encargado del equipo de interceptores. El Director, intimidado y
furioso, le explicó la situación.
—¿Qué debo informar al personal? —preguntó Nava.
—Limítese a obedecer. Capturen a los prófugos restantes o usted rendirá cuentas al
SPO de México.
—Tengo un caso desde hace meses. No puedo garantizar una solución en tan pocos
días.
—Conclúyalo, o hágase a la idea de terminar en Caronte. Márchese.

Los interceptores se afanaron. Efraín viajó a diferentes años. Entró a la terminal 1825, que
desembocaba en Sydney, Australia, para arrestar a un biólogo que partía al Gran Desierto de
Arena; a la terminal -300, en Isfaján, Persia, para detener a un físico de partículas disfrazado
de peregrino; en la 740, en Kotabangún, Borneo, cerca de los pantanos de Danau Semayang,
capturó a un geógrafo que se hacía pasar por ermitaño; en 1579 (Nyköping, Suecia) detuvo a
un grumete —un metahistoriador— que estaba por embarcar; a los demás los interceptó a
unas calles de las casonas donde desembocaban las terminales: la 1807 en Manau, Brasil, y la
1900 en Puerto Sucre, Bolivia; sin embargo, se sabía la localización de estos prófugos. No así
la de S., Lourdes, socióloga que la noche del 5 de octubre de 2039 había reprogramado, para
escapar sin dejar evidencias, el sistema de vigilancia. Ningún rastreo había permitido ubicar la
cámara, así que Lourdes continuaba fugitiva en una de las 160 mil terminales de la Torre.

32
No era raro que algunos investigadores intentaran o consiguieran escapar, siquiera por un
tiempo. Una larga cadena de frustraciones o la simple sed de aventura los llevaban a huir. Los
vigías automatizados informaban sobre un erudito retrasado dos minutos, en su hora de
retorno a la Torre: Ausente sin permiso. Diez minutos más tarde era declarado Fugitivo.
¡Fugitivo! No había posibilidad de escapar. El fugitivo se internaba en valles, ciudades o
desiertos, a bordo de vehículos o a pie; el fugitivo podía permanecer lustros en un sitio
inaccesible, acaso formar una familia, ignorante de que se conocía su paradero a la
perfección. Alimentada su esperanza de huir con éxito, o tranquilo en una ficticia seguridad,
la difusión de su posterior confesión tenía un impacto psicológico demoledor sobre quien
abrigara la idea de fugarse. Sentencia: cadena perpetua en la prisión estatal del satélite
Caronte. Algunos casos eran más difíciles, requerían mayor atención, mas los interceptores
eran la conciencia de la Torre: mantenían un orden que traspasaba el deber con su época. Su
misión era asegurar la paz de seres que ya no existían o de quienes, para ellos, todavía no
nacían. Por eso, Lourdes se convertía en un grave problema.

Dos días después, Efraín meditaba en el área vacía de las residencias.
En el exterior, explosiones continuas atestiguaban el enfrentamiento entre los clones
de la guarnición y los androides de fijo, que sorpresivamente acababan de amotinarse.
El subjefe de la guarnición llegó con cinco soldados, que se detuvieron a unos pasos
de Efraín. El interceptor experimentó la sensación que le provocaban los clones: una vaga
repulsión, como si se viera obligado a hablar con objetos de forma humana.
—Un caso continúa sin resolverse —dijo el clon—. El suyo. ¿Lo cerrará?
—Nos resta un día. Hasta entonces no tienen autorización de llevarnos.
—Los amotinados penetraron momentáneamente en el piso 75. Destruimos esas
terminales. Lo escoltaremos, si necesita ir a un nivel superior.
El interceptor se dijo que no necesitaría alejarse tanto.
—¿Tiene algún nuevo dato? —preguntó el clon militar.
—No. Hasta pasado mañana dedíquese a sus asuntos.
—Prepárese para ese día —dijo el soldado, dando vuelta con su escolta.
—Quiero saber qué sucede con los demás interceptores. ¿Por qué nos han aislado a
unos de otros?
33
—Ustedes se encuentran bajo ley marcial desde que empezó el ataque. No estoy
facultado para proporcionarle mayor información.
Efraín quedó solo y al cabo de un rato se dirigió a la zona de los elevadores. En una
plazoleta, un pelotón rodeaba a otro interceptor. Al ver a Efraín, gritó, aterrado:
—Nava, van a fusilarme... me acusan de deserción. Es mentira.
Efraín corrió hacia él y se detuvo cuando dos clones le apoyaron los neurofusiles en
el tórax.
—Esto es un crimen —dijo—. No pueden hacerlo. Ricardo no...
Efraín forcejeó con los soldados, pero un golpe en el estómago lo derribó.
—Disparen —ordenó el sargento.
Ricardo cayó bajo la descarga. Sus ojos en blanco indicaban que había sufrido un
infarto cerebral. Por lo menos no se dio cuenta, y el pensamiento hizo sentir a Efraín como si
oyera una nota musical destemplada. A la distancia, tanta que dudó se dirigieran a él, escuchó:
—Siga su camino.
Los clones lo encaraban. Efraín se levantó, mareado, y retrocedió lentamente al
elevador sin apartar —le fue imposible—, la vista del cadáver, a quien los clones habían
olvidado. En una especie de ensoñación que era puro terror, percibió las miradas de los
soldados, como provenientes de un universo frío. No hostil ni iracundo, sino sencillamente
gélido. Es que nunca sabías en qué pensaba un clon. Parecía que se había suicidado la
mayoría de los primeros clones, hasta que una estricta planeación de la etapa de manipulación
cromosómica inhibió parcialmente su esfera emocional. Ya no les llamaban placebos
(“complazco”, en latín), sino clones (del griego kloone, "otra vez joven"), y Efraín enfrentó,
bajo los cascos, esos rostros de piel tirante donde nunca brotaban vellosidades, rostros de
dientes perfectos y ojos fijos que rara vez parpadeaban, casi siempre inexpresivos, de rápida
reacción. No estaban exentos de cortesía; de concisa agilidad; privados de parámetros
humanos (amigos, familia, amor, rechazo), vivían el presente sin aparente interés. Propiedad
del Estado, por lo general se les asignaba a la milicia. En los puestos administrativos
ascendían rápidamente... aunque uno percibía (esto era una apreciación subjetiva) que
llevaban dentro, muy profundo, una inmensa tristeza.
—Apunten —ordenó el sargento.
Efraín entró al elevador.

34
El sistema de los elevadores era una construcción dentro de la Torre. Conducía a las
terminales: villas, casas, bodegas en los diferentes puntos del tiempo.
Los dígitos verdes en el ascensor donde iba Efraín, indicaban el piso: 58.59.60. Atrás
quedaban luces y ascensores detenidos.

Totalmente dedicado a descubrir el año donde se encontraba Lourdes a partir de su forma de
pensar, dado que carecía de indicios confiables, esa mañana Efraín había recordado una
conversación con ella, y era su última carta.
—El siglo V es fascinante —comentó la socióloga.
—Terrible, ¿no crees?
—Sí, pero me gustaría realizar un estudio en él. Algunas terminales tienen acceso a
esos años. Las del piso 70 llevan a la época teodosiana.

En el piso 67, un elevador se acopló al suyo y lo abordó el jefe de la guarnición.
—¿Se dirige al año 406? —preguntó, al leer el código en el tablero— ¡Bien! Será un
placer que cierre el caso. ¿O es que intentaba huir? No se preocupe, le evitaremos el esfuerzo
de arrestar a S., Lourdes. O tiene pistas o no las tiene. En esta última posibilidad, no tiene
objeto que usted permanezca en esta área.
El indicador: 87.88.89.
Efraín había decidido no arrestar a Lourdes. No la regresaría a 2040, no la condenaría
al espantoso Caronte.
102.103.104. Ya estaba muy lejos de los años 400-499.
Una explosión sacudió al elevador. Una voz desde el centro de control:
—El enemigo acaba de disparar proyectiles a los niveles 82 y 128.
El soldado, perfectamente tranquilo, iba a contestar cuando Efraín lo desarmó. Se
desató una pelea. El indicador: 125.126.
Una segunda explosión lo ayudó a lanzar al clon fuera del ascensor, por el conducto.
Aturdido y lastimado cambió el control a MANUAL y empezó a viajar horizontalmente
a toda velocidad. Las entradas a las terminales se sucedían, borrosas. Al bajar, descubrió que
venían por él en varios ascensores paralelos, y respondió a los disparos con el neurofusil del
jefe, mientras el incendio se propagaba e impactos desde abajo, levantaban el suelo rozándole
las piernas.
35
73.72.71.
Entró a la carrera al piso 70, trastabillando, entre las puertas que conducían a otras
épocas. “Se clausuran las terminales”, anunció el vigía principal. “Se clausuran las
terminales...”
Disparó dos granadas a su espalda y arremetió contra el muro aparente. La explosión
y la alarma se apagaron, al salir al año paralelo.
Cruzó, en guardia, una estancia con piso de mosaico. Era pleno día y con la luz que entraba
por un ventanal, se filtraba una cacofonía. Era un año del siglo V.
Anonadado, encontró la casa desierta. Bastaba con que los clones entraran por la
terminal anterior. Lo verían entrar a la casa, esperándolo desde hacía unos años, cuando para
él sólo habrían transcurrido segundos.
Se vistió rápidamente, y ocultó el neurofusil bajo la toga, evaluando la situación,
invadido por una certeza inaudita. En el atrium encontró a un anciano y el traductor universal
le permitió entender, con dificultad, el latín.
—Este lugar no es seguro... huya... El Señor nos proteja de los visigodos...
Efraín entendió. Los visigodos: el saqueo de Roma: agosto de 410.
Estaba en la terminal 410, a cuatro años de distancia de donde suponía se hallaba
Lourdes. La calle se llenaba con el clamor de quienes huían de los bárbaros regidos por
Alarico.
Corrió tras el anciano. En contraste con la agitación, el entorno parecía irreal: escasos
muebles, murales (jardines, aves en vuelo, una fuente).
—Busco a mi esposa. Estuvo en esta casa —sin saber si era verdad.
El anciano tardó un momento en comprender, porque el traductor hacía
equivalencias lingüísticas, ya que Efraín por error lo había programado para el latín del siglo
I, no para el bajo latín del V.
—Hace un momento salió una mujer —respondió el anciano, empavorecido—. No
la vi entrar. Se fue en carroza por la vía Apia —y salió, perdiéndose en la muchedumbre.

Efraín tomó la vía Apia, entre una columna caótica de romanos.
Dominando el río Tíber y el Lacio, el dorado teñía el horizonte dilatado por una
reciente lluvia; el cielo se reflejaba en el agua sobre el empedrado. Admiró la blancura de las
edificaciones, a lo lejos, como si la ciudad estuviera tallada en mármol: los arcos triunfales, las
36
altas columnas del Foro, el vasto templo de Júpiter Capitolino. Se detuvo, al borde de la
angustia, y sobre las cabezas de la multitud, vio a Lourdes en una carroza.
Los cabellos ocultaban sus facciones. Parecía tranquila. Él recordó ese reloj interno
que la hacía vivir a un ritmo particular. Ella no lo había visto. Para Efraín, en aquella tarde
del siglo V, ése fue un momento fugaz y perfecto.
La gente marchaba con aprehensión, a la sombra de los altos pinos. Aunque los
visigodos se hallaban a unas jornadas de distancia, los romanos buscaban refugio en edificios
públicos e iglesias. A Efraín le dolió ese mundo, aquel atardecer, los pinos balanceados por el
viento húmedo. El sol se iría y con él instantes que nadie recordaría jamás. Quedarían las
calzadas, los caminos poblados de ecos insonoros, en el límite de la realidad y la memoria.
—Lourdes.
Ella volteó.
—Eres tú —susurró, como si lo hubiera esperado.
Él subió a la carroza y tomó las riendas, dirigiéndose a las afueras de la ciudad, entre
la multitud. Tenía pensado un discurso, ensayado en silencio innumerables ocasiones, pero
acabó diciendo lo que sentía:
—Llevo años buscándote. Siglos. Recorrería todo el tiempo si al final te tuviera de nuevo.
Los soldados que subían a la terminal 410 fueron barridos por la explosión.
Desde el centro operativo, llegó una indicación:
—Tercera compañía, diríjanse a la terminal 408, de inmediato.
Un bip hizo voltear al jefe de la guarnición, a uno de los tableros.
—Objeto en aproximación —indicó su operador.
—¿Los refuerzos?
En la imagen, un punto luminoso se acercaba a la Torre, demasiado rápido para ser
detenido por los cañones que tiraban en su contra.
—Es un proyectil de protones —explicó el operador. Ninguno sabía que la
evacuación forzada de la Torre, y el ataque de los androides de guardia, se debían a una
insurrección general.
La Torre y los alrededores, con sus habitantes, fueron desintegrados. Se convocó a
una reunión urgente del Senado de la OEA.
—Es imposible escapar —explicó Efraín, conduciendo la carroza—. Pero tú
estuviste fuera demasiado tiempo, Lourdes. Eso implicaba un impedimento inédito para
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llegar a ti, y ése era, sin duda, los actuales sucesos en la Torre. Antes de venir aquí, algo oí
sobre un motín. Inconexos para nosotros, estos acontecimientos estaban ligados desde la
perspectiva del futuro.
“El que estemos aquí no significa que tengan un retraso en encontrarnos, sino que
nos han perdido. Me pareció claro en cuanto entré a la casa y no vi a nadie. En otras
circunstancias, me hubieran atrapado en ella, sin darme siquiera oportunidad de saber si
estabas en Roma. Ni qué decir sobre ti. Estamos fuera de su alcance. Es posible que al motín
alcanzar la Torre, o algo peor.”
La carroza avanzaba veloz en la vía solitaria.
—Podemos vivir en la zona de los bárbaros —dijo Lourdes.
—¿Habrá riesgo de alterar la historia? —preguntó Efraín.
—Lo que hace un viajero en el tiempo es parte de la historia. Lo fue. Su influencia es
demasiado débil, no conseguiría modificarla. La Torre no tiene acceso a universos paralelos,
si los hay. Existe una sola historia, una línea temporal, por lo que cualquier actividad es
absorbida por la energía del universo. Ahora... si alguien lo intenta, la trama general del
espacio tiempo lo erradica.
—¿Muere?
—Puede ser. O se desintegra. Su intensidad de acción genera una reacción contraria
de igual fuerza. Es una ley de la termodinámica.
Se internaron en el campo despoblado. Nada se oponía al avance de los bárbaros.
—¿Nunca pensaste que vivíamos en una terminal? —preguntó ella.
—¿Y que en realidad la Torre no existía? Muchas veces.
—No regresaremos a 2039 —dijo ella, viéndolo a los ojos.
—2040 —corrigió él—. Llevas cuatro meses como fugitiva.
Rieron.
—Los visigodos están lejos —comentó Lourdes, viendo a la distancia—. Todavía.
Poco después llegaron a una aldea bárbara. Efraín destruyó el neurofusil y el
traductor, y en el tiempo que siguió, les llegaron noticias del Imperio moribundo.

Los visigodos saquearon Roma.
Más de mil años después, cuando la Ciudad Eterna fuera ruinas, Lourdes y Efraín
nacerían para descubrirse en un día maravilloso.
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EL GATO CUANTICO
Para mi buen amigo Arturo Díaz García, que inventó el nombre del villano

El Dr. Muex entró a la oficina del Enlazador Global y colocó sobre el escritorio una muñeca
robusta, vestida con traje sastre.
—¿Qué es eso? —preguntó el Enlazador de Intercomunicaciones Globalizadas.
—Una gorda —respondió el Dr. Muex, limpiando imaginarias motas que pudieran
perturbar la blancura de su traje.
—¿Uh...?
—Para ser exacto, esto es una gorda expansiva sintética relativista hibridizada con
genes de levadura para crecer frácticamente e incrementar su malignidad en forma
proporcional a su volumen. ¿Está claro? Esta gorda expansiva, Gorex
©
, es la comprobación
de la teoría de supercuerdas.
—Perdóneme, pero no le entiendo.
—Es natural, porque usted es una persona esencialmente insípida. Presione a la
gorda. Sí, no me mire así. Presiónela, ejerza presión, uno-dos, vamos.
El Enlazador oprimió el abdomen de la muñeca. ¡Mh!, suspiró la gorda relativista y
creció unos centímetros, pero, temblorosa, se redujo.
—Volvió a su tamaño original —el Enlazador se desilusionó.
—Elemental. La fluctuación cuántica permitió la creación de materia a partir del
vacío, alterado por la presión. No obstante, el proceso fue inestable y la gorda volvió a su
estado original. Tal vez así se creó el universo, ¿no le parece? Varios ensayos sin testigos
hasta que de pronto ¡bang! Aquí estamos, charlando en una mañana radiante.
—¿Significa que dentro de esa muñeca... no hay nada?
—Como en el vacío primigenio, se mueven en ella partículas que surgen de la nada.
Lo importante es el revestimiento. Ahí se manifiesta —hizo una reverencia a sí mismo— mi
genio. Para que la gorda crezca, es necesario alimentarla.
—¿Con qué?
—¿No me ha entendido? —exclamó el Dr., escandalizado— Es obvio. Con materia
exterior. ¿Una prueba? Bien. Señorita secretaria, desplácese a este punto del espacio-tiempo,
tenga la bondad.
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La secretaria, con los ojos casi tan abiertos como los aros de sus lentes, entró y
murmuró:
—¿Perdón?
—Qué bello epitafio —sonrió complacido, el Dr. Muex.
La muñeca extrajo de su bolso un cañón combinante de partículas elementales y
oprimió el gatillo. La secretaria, tocada por la descarga, se desintegró, para dejar sobre la
alfombra su ropa y zapatillas. Con pudor admirable, la lencería quedó debajo, todo coronado
por los lentes, que conservaron el aire de estupefacción.
—¿Dónde está la chica?
—Dentro de la gorda expansiva.
Los gerentes recibieron una llamada.
—¡La gorda está armada! —gritó el Enlazador, pero el aviso se interrumpió.
El proceso de desinformación alteró la sintaxis del mensaje, hasta que por Internet se
envió un SOS al mundo: SE ARMÓ LA GORDA. STOP. MOVILICEN A TODAS LAS
UNIDADES.
Cuando el Dr. Muex apareció en TV, el agente científico 0.07 veía el InterKannal.
—Donde yo acceso, no vuelven a cargarse los programas —afirmaba el Dr. Muex al
mundo, con pérfida sonrisa—. Me he convertido en el amo absoluto de las comunicaciones
del planeta.
Más que la amenaza, a 0.07 le alarmó la interrupción de Cartoon Network, así que
cuando los diplomáticos de la ONU Reformada aparecieron hologramados en su casa para
pedirle que salvara a la Humanidad, fraguaba el contraataque.
0.07 se sumergió en la realidad virtual con casco, exosqueleto, CDs de Física y el
Corel Draw! 5000, para crear el arma destinada a arrancar al Dr. Muex el control de
InterGlobal.
—¿Un gato? —dudaron los diplomáticos, cuando el arma secreta precedió a 0.07 de
vuelta a la sala.
—Un gato cuántico —precisó 0.07, enarcando una ceja.
La gorda expansiva, ya de tamaño humano, recorría InterGlobal cambiando el
cargador de partículas de su cañón y mascullando ecuaciones de tercer grado. Uno o dos
supervivientes asomaban por el borde de sus escritorios, rogando a todos los santos no ser
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detectados por aquella masa molecular. Y cuando la Gorex entró al cerebro operativo de
InterGlobal (un conjunto de sectores sinápticos), descubrió al gato cuántico.
La Gorex llevaba cargadores con las cuatro fuerzas fundamentales y disparó a granel.
El gato, gobernado por la mecánica cuántica, no se comportaba de acuerdo con las leyes de
la Física clásica: evitaba los disparos y aparecía (era ilusión) en dos sitios a la vez, descabezaba
una siesta sobre la cabeza de un alfiler; pasaba sobre un florero roto y éste se alzaba y se
recomponía sobre el librero; se colocaba sobre un balín polivalente en vuelo para bajar y
corretear aquí y allá.
El Dr. Muex, a ritmo ska, se unió a la caza del gato que amenazaba su intento de
adueñarse de la Tierra, y le disparaba perdigones de fisión con resortera aerodinámica, pero
los hongos atómicos no alcanzaban al gato. Inadvertidamente, el Dr. abrió una puerta y
encontró a una pareja que faxeaba.
—Insensatos —dijo, y cerró.
En su afán por atrapar al gato, el Dr. Muex recurrió a la intuición (no es parte del
método científico, pero sirve); redujo la temperatura del edificio para lentificar al gato (la
gorda expansiva estornudó); realizó descubrimientos alejados del plan original (como
Roentgen): propuso teorías audaces (igual que Einstein), hasta que se dio por vencido
(Einstein no).
Vencido es un decir, porque el Dr. Muex buscaba la forma de capturar al animal
cibernético. Estaba hecho un caos: de acuerdo con el principio de indeterminación cuántica,
o sabía donde estaba el gato en un punto del espacio, pero ignoraba su trayectoria, o conocía
la trayectoria del gato, pero no dónde se hallaba en un momento determinado en el espacio.
Se había percatado de que, para cazar a la Gorex, el animal —un Felis gato cuanticum—, se
comportaba como electrón: orbitaba al núcleo representado por la gorda expansiva, lo que
explicaba los saltos cuánticos, es decir, que el gato pasara de un lugar a otro sin recorrer el
espacio intermedio: dejaba de existir en un nivel y reexistía en otro.
El Dr. Muex se levantó del suelo y alzó el índice, para exclamar a las cámaras de TV:
—¡Yo no soy perfecto, sino pluscuamperfecto! —y desapareció de nuevo.
Hurgó en sus bolsillos en busca de un boleto del metro. Lo mostró con la sonrisa
cínica de quien ha traspasado las barreras de la ética y la ecología. De ese boleto podía
desprenderse la suficiente energía para arrasar al barrio.
41
Otra cámara de InterGlobal lo descubrió en el cerebro operativo. Iba a utilizar los
corredores y tubos de ascensor como acelerador de partículas, para golpear al gato con la
antimateria resultante de desintegrar el boleto del metro.
Los maullidos se oían como si hubiera infinidad de gatos, cuando en realidad era uno
que saltaba cuánticamente. Sus saltos lo trasladaban —claro— más rápido que la velocidad
del sonido, así que cuando el maullido salía de un despacho, el gato ya estaba en otro,
repitiendo la operación. Resultado: ¡mao! ¡mao! ¡mao! En medio de tanto maullido, con el Dr.
Muex a la espera y la gorda expansiva disparando partícula y media unos metros detrás, un
estremecimiento opistotónico lo cimbró: si caía en el campo de gravitación de la gorda
quedaría atrapado junto con el gato y cambiando de órbita domiciliaria. Pero ya se escuchaba
el ronroneo de la antimateria aproximándose a 90% de la velocidad luz. El Dr. Muex no lo
percibía porque el espacio tiempo de InterGlobal se había comprimido debido a la enorme
gravedad interna. Y la avalancha de antimateria, seguida por algunas partículas que no
existían en el universo desde el principio del tiempo, venía por la derecha hacia el gato, que
se perseguía la cola.
La gorda expansiva cambió el cargador y disparó una andanada de neutrinos y
bosones intermedios. Mal movimiento, porque cuando soltó el gatillo los neutrinos ya habían
atravesado el mundo. Ese acto no fue inútil, porque un bosón intermedio alfa se atascó en el
superacelerador superconductor del FermiLab y se descubrió que la forma de los bosones era
ovalada. Cuando recibió la noticia, su Director se desmayó por la impresión. Ese año recibió
el Nóbel y apareció en un documental.
Por fin la gorda relativista le dio al animal con un gravitón cuando casi lo tocaba la
antimateria. El gato soltó un ¡ñau! de sorpresa y luego dos maullidos que sonaron a ¡meaogo!
como si lo quisieran bañar a la fuerza, antes de ser absorbido por la gorda expansiva.
La ráfaga de antimateria pasó por donde un momento antes estuvo el gato y le dio de
canto al Dr. Éste parpadeó y al siguiente femtosegundo había desaparecido su cigarrillo,
aniquilado junto con las moléculas aromáticas.
Inmóvil por el asombro, el Dr. Muex vio la boquilla sin soltarla de la boca,
explorándose para verificar si en la colisión atómica había perdido algún atributo corporal.
No bien suspiró, agradecido por conservar su integridad física, cuando un grito llamó su
atención.
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Si el Dr. Muex era pluscuamperfecto, la Gorex no sólo era singular, sino una
singularidad. Sólo de ese modo podía absorber materia. Pero su gravedad creó una serie de
partículas virtuales alrededor de ella. ¿Cuáles eran? Por supuesto, gatos cuánticos.
Los gatos virtuales asemejaban borrones, pero muy eficaces: miles de ellos alrededor
de la Gorex
©
, rasguñándola y arrancándole mechones de cabello. Ésta lanzaba ofensas de
quinto grado, cuyas incógnitas son irresolubles. El Dr. Muex no tuvo tiempo de volver a
poner en marcha el acelerador, pues el gato arrancó un sector del revestimiento de la Gorex,
sucediendo lo que describen las ecuaciones para la aniquilación de partículas en una gorda
relativista: hubo un resplandor cuando se desinfló.
La batalla estaba decidida. El Dr. Muex, tosiendo por la humareda de la materia
disuelta, había interrumpido, con dificultad, la cadena de aniquilación y creación de
partículas. A perdigonzazos de fisión detuvo unos momentos a 0.07 y al suat. Luego tuvo
que sacar de la gorda expansiva a todo el personal para hacer espacio. Se metió en ella,
usándola como camuflaje, y cruzó por la multitud de fuerzas del orden y empleados
desprovistos de atuendo, desdeñando acosos sexuales imaginarios.
Una risa fantasmagórica, ante la cual los comandos más curtidos experimentaron un
irrefrenable aleteo de fosas nasales, azotó InterGlobal desafiando a su archienemigo.
—Volveremos a vernos, 0.07 —y añadió, melodramático—. Por esta infausta ocasión
usted ha ganado la partida. Mas no olvide, que yo soy... ¡pluscuamperfecto! —y se fue.
Por esta vez, el mundo se libraba del terrorífico Dr. Muex.
El gato dormía, pero la secretaria lo despertó al acariciarlo y tomó dos meses
detenerlo.

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MAMBO NUMERO 8

sábado 29 de diciembre de 2035, 16h 35min
Fue difícil entrar a la CDteca porque estaba resguardada por un microanillo de van Halen. Y
ahí estaba yo, con dolor de cabeza.
No me sentía bien, lo cual no es extraño: cuando estoy de servicio —y también
cuando no lo estoy, para qué mentir...— camino y fumo Tijuana sin filtro e invariablemente,
tras los bastidores del cerebro, me repito que debí nacer hace doscientos años; dedicarme a
otro oficio; me pregunto cuál será el objetivo de la presencia humana en la galaxia y si la vida
consciente es una burla cósmica. En ese orden deductivo. Y en el fondo sé que estoy
malhumorado desde que nací.
En esta ocasión tampoco me sentía bien porque me hallaba ante un caso donde el
culpable no entró a la escena del crimen. Alrededor de cuatro cuerpos inmóviles se esparcían
cigarrillos consumidos y tazas de café derramado; dos víctimas estaban sentadas, dos sobre la
alfombra. Partieron de este valle de lágrimas dejándome con el enredo de saber quién, cómo
y por qué.
Entre el ajetreo de los peritos se acercó mi superior, el censor Gonzalo Rojas, un
hombre que llevaba en el rostro las huellas de violentas razias y de enfrentamientos con las
mafias (nicos, pasados, ralos, alumbrados).
Me explicó que el aviso lo dio una mujer que conocía al dueño de la CDteca. No le
respondían por el holo-comunicador cuando ella quería preguntar si necesitaban algo. Ella
llamó a una patrulla que terminó por notificarnos.
Las víctimas eran dos sociólogas, más un técnico del Servicio de Comunicaciones,
más un ex ejecutivo del desaparecido laboratorio farmacéutico Yépez-Yamashita. Mi superior
comentó:
—Lo que me preocupa es que estamos a punto de inaugurar República.
Inaugurar República. Era la frase favorita de Rojas desde 2032, su forma de sentirse
acorde a los tiempos. El martes 1 de enero de 2036 nacería oficialmente la Unión de
Repúblicas Americanas, con la OEA como eje de gobierno.
—Víctimas mundialmente desconocidas —sopesé—. Entusiástico.
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—¿Qué opinas?
—Que las distancias entre objetos y cuerpos indica que los tenían en las manos. No
hubo pelea. Tienen un rictus particular, pero no son de sobredosis, ni por envenenamiento.
No parecen, sólo no parecen, decesos inducidos desde fuera de la CDteca porque no se
rompió el anillo de seguridad, como exige ese tipo de agresión. Ninguno fue a la puerta o al
holocom. Diagnóstico: muerte intempestiva gracias a una tecnología de reciente cuño.
Encendí un Tijuana, que me supo horrible porque era una colilla vieja.
—Perfecto. Tienes dos días para resolver el caso.
Me atraganté con el humo.
—¿Qué? No digas tonterías. No soy Valente Quintana.
—¿Quién?
—Oh, olvídalo, pero no me puedo sacar al culpable de la manga.
—Dos días. El martes inauguramos República.
—No deseas que nos despidan.
—Exacto. Me gusta comer de menos una vez al día.
Hacía rato que yo había visto en el suelo una cinta de metalino que tenía inscrita la
palabra MAMBO. Un perito la clasificó como PRUEBA NÚMERO 8 y la guardó en su colector
estéril.
—Llámame a primera hora —ordenó Rojas—. Te transmitiré el informe de las
necropsias.
—Tengo cita romántica el sábado. Ese día no cuentes conmigo para sancionarme si
no resolví nada.
—Si, ya sé —rió— te encantan esos bares donde tocan música clandestina.
Denegué con la cabeza, sin verlo.
—No sabes lo que es la vida —dictaminé, entre una nube de humo.

domingo 30 de diciembre de 2035, 6h 05min
—¿Cómo? ¿No hay cuerpos?
—No me alces la voz, Rodrigo —me conminó el censor—. O mañana buscarás
empleo.
Ignoré su amenaza.
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—Un error del secuenciador de necropsias —explicó—. En la morgue metieron los
cuerpos al incinerador en vez de a la plancha. Creo que es culpa de que el SEMEFO pase a
ser una sección del Servicio de Sanidad. Con los cambios, remueven personal y equipo.
Buen pretexto. Primero construyen las máquinas, después les dan el control de lo que
les da pereza hacer y por último les piden permiso para casarse.
—Al parecer van a responsabilizar a una de las víctimas —dijo.
—Y los jueces cenarán pavo sintético. Por lo menos tenemos las pruebas.
—Tampoco.
Quedé azorado.
—Los androides con las pruebas fueron atacados en el camino a la ex PGR —
explicó—. Creo que este caso será para la Brigada Especial.
En su afán por mostrarse actualizado desenfundaba la nomenclatura a la menor
oportunidad. Me sentí anacrónico. Nosotros, ex miembros de la Policía Criminalística,
incorporados el recién creado Servicio de Protección, éramos fósiles que no interesaban ni a
los arqueólogos desesperados.
—Ya no tendrás que investigar —dijo, aliviado por dejar la responsabilidad a otra
división.
—Sí, es verdad —murmuré—. Qué bueno —y corté.
Para desayunar, encendí un Tijuana medio roto. Rumiaba mi desconcierto cuando me
llamaron de la morgue. Apareció en 3D la forense en jefe, una ginecoide modelo 33.
—¿Oficial Álvarez? —preguntó con voz grave y acariciante. Cerca de ella pasaban los
nuevos funcionarios de la OEA.
—No, soy el clon de Alex Lora. ¿Pues adónde llamó?
—Le informo que por error se han neutralizado los cuerpos del caso WA291235. La
entrada al desintegrador se realizó a las cuatro a-eme...
—Ya lo sé. Gracias —y cerré.
Aquello era escandaloso. Y ya estaba afuera del caso, pero no importaba. La historia
de mi vida es estar afuera de cualquier cosa. Así que todo el jueves me fatigué en datos que
iban de lo anecdótico a lo inútil. En los registros de la morgue no encontré pistas de sabotaje
al momento del manejo de los cuerpos. Efectivamente, parecía una falla en el secuenciador
de necropsias. Interrogué a la ginecoide forense, que repitió lo que me había informado por
televisor.
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—Del resto no sé más que usted —añadió, con voz melodiosa—. La patrulla que
traía las pruebas fue atacada a cinco calles de la escena del crimen. Se ha hecho cargo la BE.
Qué sutil. Es decir, que ya te puedes ir. La Brigada Especial es el clan de los genios
policíacos. La crearon cuando surgieron los tecnoterroristas infantiles.
Recordaba la esfumada prueba MAMBO y seguro de que era clave, fui a un banco de
datos del recién estrenado Servicio de Información, donde busqué las patentes de la
compañía Yépez-Yamashita, a la que pertenecía una de las víctimas.
Entre el reajuste de la llegada de la nueva administración interamericana, repasé los
enormes registros: inmunoglobulina transdérmica, hipotensores por mecanismo de bomba
osmótica, regeneradores del sistema inmunitario, rt-PA, arg, uff (las exclamaciones de
ignorancia son mías), y en la madrugada hice una copia en holomicro de la lista, más de la
dirección del desaparecido laboratorio, y fui a la escena del crimen.

lunes 31 de diciembre de 2035, 2h 06min
Asombro: la CDteca había sido saqueada. Sobre restos de androides humeantes, un vigilante
de la Brigada Especial me requirió la cédula ciudadana y me cerró el paso.
—¿Supiste que violaron los precintos láser? —pregunté a Rojas, por el holocom de la
esquina.
—Fue anoche —respondió, ceñudo y soñoliento—. Acabaron con los de guardia...
¿dónde has estado? —me miraba, inquisidor—. Ya te había relevado. Además, recuerdo que
considerabas la posibilidad de no resolverlo.
—Le cobré especial afecto al caso.
—Menos cuento. Lárgate a tu casa. Y no me has llamado.
—Eso haré. Tengo qué pensar.
Una vez en casa, busqué en mis viejos mapas unidimensionales la ubicación de lo que
fuera Laboratorios Yépez-Yamashita Co., intentando reconstruir el panorama urbano de
Ciudad de México, antes de 2010. Como no tengo ningún elemento tecnológico, ni Internet,
ni e-mail, vamos, ni PC (con dificultad escribo a máquina y ni siquiera tiene sistema de
dictado por voz), lo hice a ojo y a cerebro y a dedo sobre una arrugada Guía Roji hasta que,
con cierto grado de aproximación, situé la Compañía en lo que fuera calzada de Tlalpan. Ups,
sólo que la calzada era muy larga y hoy se internaba en una zona despoblada. Así que me
preparé a conciencia, repasando mis conocimientos de aikido y cargando varias pistolas,
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granadas eléctricas y una resortera de san Patricio, más útil que el láser, porque se carga con
piedras.
Al atardecer me disponía a salir, con idea del tramo de la calzada que debería recorrer,
para encontrar la Yépez-Yamashita, cuando entraron cinco tipos armados. Los comandaba
uno a quien sus acompañantes le llamaban “Güero”.
—Buenas tardes, caballero —me saludó el Güero, sonriente.
—Si no son espejismos tienen un segundo para largarse. Tiempo transcurrido. Están
arrestados por entrar al domicilio de un oficial de policía.
—Un hombre ingenioso —rió el Güero—. Me gusta eso.
—¿De donde eres? —pregunté, con curiosidad—. Pareces un mico de cera.
—Y con sentido del humor —continuó, refiriéndose a mí.
—Eso fue cuando eras niño —repuse, como si hubiera hablado de sí.
Uno de sus cómplices se dio el lujo de sonreír. Los demás veían la casa, eligiendo qué
se iban a llevar, una vez despachado el asunto que era yo... si los dejaba, ¿verdad?
—¿Estás a cargo de un caso? Uno muy difícil. Dinos qué has averiguado. Después te
vamos a liquidar. Tu dirás...
—... si es con dolor o sin dolor —reí, sin apartarle la vista—. Me aburre tu voz de
alebrije.
Ya los tenía medidos. Sólo faltaba saber qué disparos serían los efectivos.
—Se ve que en vez de líquido amniótico, estuviste metido en cloro.
Justo ahí. Se estaba enojando. Una ofensa más y daría un paso hacia delante. Quería
que el Güero avanzara para que La Negra le interpretara un son.
Lo que sucede es que soy anacrónico. Las armas modernas rompen tus enlaces
covalentes y te dispersas en forma de átomos, como rocío light, de manera que ni siquiera
salpicas a tu victimario. Pero admiro la época de los duelos de honor. Por eso le acoplé a mi
desintegrador, que se llama “La Negra”, una tarjeta de sonido (de detonación por pólvora) y
le grabé, en la culata, la frase Al son que me toquen bailo. Yo llevaba La Negra en el cinturón y
mientras calculaba el momento de la verdad, busqué la cajetilla de Tijuana en la mesa. Vacía.
Dios, qué jornada tan fea. Hasta mi tabaquismo se sentía decepcionado.
El Güero pateó mi televisor. Eso fue el colmo. No aguanto a esos tipos cuya
amabilidad es una forma de condescendencia, y después muestran su agresividad. Además,
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ese televisor era una reliquia. Nadie hubiera creído que también tenía un DVD y que los días
vacíos miraba filmes a color con placentera nostalgia.
—Ya sé: eres un virus de herpes con trastorno de conversión.
—Insecto —perdió la paciencia el Güero y dio el paso—. Acábenlo.
Los rocié de electrones polivalentes entre estampidos simulados de calibre 45,
liberando al Güero de su nombre tribal y a sus colaboradores de sí mismos. Con justa razón
digo en estas situaciones que se despiden de este valle de lágrimas al son de La Negra.
Bueno, me dije caminando por la amplia y oscura Calzada de Tlalpan. Ya sé de dónde quieren que
me aleje. En un bolsillo llevaba una medalla conmemorativa de 2034 con la inscripción 50
AÑOS DE YÉPEZ-YAMASHITA CO., que cargaba el Güero. Me interné en la zona, dejé fuera de
combate a dos pasados y a las diez de la noche llegué a unas instalaciones que en su época
debieron ser espectaculares, aunque ahora parecían la pirámide de Cuicuilco. Aquí había
vivido el Güero antes de irse a ver a Dios. Sin preámbulo, también Le Faxeé a un vetusto
androide de la Policía Industrial y cacé a un individuo, al que me dio gusto verlo
transformarse de sombra en huida, a técnico bastante maltrecho. Era un ilegal.
−Σοψ ινοχεντε! Ιγνορο τοδο δε λα βοµβα οσµοτιχα! ϑυρο θυε ψα µε ιβα!
—No me hables en griego, rata, o te recuerdo el español en tres patadas.
—¡Soy inocente! ¡Ignoro todo de la bomba osmótica! ¡Juro que ya me iba! —repitió.
—Sabemos todo acerca de la bomba osmótica —mentí, recordando que eso aparecía
en la lista de las patentes—. Quiero que me aclares algunos puntos.
Fue una fortuna que por miedo o por nostalgia permaneciera en las instalaciones
cuando todos se habían marchado. Me dio algunos datos de farmacología y otros sobre
transmisiones vía satélite. Quedé frío. Si lo que decía era verdad, la población de América
descendería en 100 millones de pípols. Después, soltó una frase en jerigonza.
—¿En qué idioma hablaste? —pregunté, estupefacto, con un Tijuana rumbo a la
boca.
—Neopersa —sonrió, tímido—. Útil en cuestiones matemático-filosóficas. Es la
costumbre.
—Pues si no hablas más claro te aseguro que te voy a ®¯ Así que apresúrate
porque no tengo tu ·. Y esto no es esperanto.
Trémulo, me dio una pequeña bolsa que contenía un polvo blanco.
50
—Está formado por micro-partículas —explicó—. Se mezclan en cualquier medio
líquido y carecen de sabor. Quienes las ingieren... pum.
No sé si el técnico profirió esa espantosa onomatopeya o si lo creí cuando el lugar
estalló.
Una aeronave había disparado sobre la Yépez-Yamashita. No pude salvar al griego.
Aunque de haberlo logrado habría sido imposible rearmarlo.
Como pude salí, un poco sordo y atontado, bendiciendo el que me hubiera guardado
la muestra del polvo blanco. La aeronave me persiguió un tramo, aunque no recuerdo bien
como escapé. Por otra parte estaba más ocupado en salvar mi vida que en memorizar el
hecho para la posteridad.
Recuperé el aliento en la abandonada estación del metro Taxqueña. Yo olía a cabellos
quemados (también a epidermis), y todavía llevaba el cigarrillo. Había huido como conejo
clonado, pálido y con una colilla floreada en la boca negra.
Me reí, poco, pues el tiempo apremiaba. Además, mis perseguidores ya disparaban en
la estación oscura. Tuve tiempo de sacar la resortera y dedicarles una piedra a cada uno.
Después corrí por un túnel maloliente plagado de ratas y bichos mutantes que reptaban o
volaban, salí por una alcantarilla, entré a un baño público, me di una ducha vestido y,
empapado, hablé por un holocom con la ginecoide forense.
—Con los nuevos procedimientos —le dije—, ¿a quiénes informa usted de los
resultados de las necropsias?
—Primero se informa al censor —dijo con su voz de locutora—. Si se refiere al caso
de la CDteca, el censor Rojas tenía cerrado su localizador. Dada la gravedad del accidente, le
llamé a usted, como oficial a cargo.
—Gracias por la información.
—Permítame felicitarlo. Faltan minutos para el nacimiento de la Unión.
Sorprendido por la noticia, me confundí entre la gente. En el cielo estallaban fuegos
pirotécnicos virtuales. Consulté mi reloj: eran las 23:59 horas del lunes 31 de diciembre de
2035.
Columnas de láser llenaban la noche. La gente reía, algunas bailaban con el fondo de
la música oficial, que a fuerza de repetirla la habían hecho del gusto general. Los fuegos
virtuales cambiaron a enormes números en el cielo, de la cuenta en retroceso para la
medianoche: 10... 9... 8... La multitud coreaba. 7... 6... 5... Los láseres coloreados se movían
51
de un lado a otro. 4... 3... 2... Algunos niños lloraban, asustados por los números gigantescos
y la gritería. 1...
Se oyó un arrebato de campanas simuladas y entre los vivas aparecieron, inmensas,
las siglas:

URA URA URA URA URA URA

La Unión de Repúblicas Americanas, nacía. La pirotecnia volvió acompañando la
alegría. La gente se abrazaba y felicitaba.
Quedé viendo al cielo. De momento no me importó el crimen continental que se
fraguaba, ni la clave MAMBO.
¿Has visto a las personas soñar con el futuro? Yo he visto a muchas. Yo también lo
he soñado. El futuro había tenido diferentes significados: puerta del paraíso o del infierno,
espejismo o visión, tinieblas o luz, escala a las estrellas o a la nada. Para muchos, el futuro
había sido sólo el momento irreal cuando se harían realidad los buenos propósitos que se
posponían. Y cuando llegó la unificación del continente, las expectativas que esperaron hasta
el último segundo para esfumarse dieron paso a un mundo que nadie había imaginado cinco
años atrás. Lo demás no fue muy distinto: esa señora que cruzaba la calle se preocupaba por
problemas laborales, aquellos niños jugaban en su propio tiempo s. Sentí una extraña
emoción, entre melancolía y alivio, porque esa madrugada del 1 de enero de 2036 la
humanidad se liberaba de un pesado yugo: el de la promesa del futuro. Hoy por fin era el
presente.

martes 1 de enero de 2036, 00h 15min
Entré a casa de Gonzalo Rojas forzando con discreción el campo de entrada.
Mi superior estaba sentado de espaldas a la puerta. En su escritorio había un vaso
medio lleno y el ambiente olía a tabaco. Él hablaba solo. Pareció macabro, así, hablando sin
verse de frente:
—... es increíble lo rápido del tiempo —escuché—. Apenas ayer ingresé a la
Criminalística y hoy estamos fuera de la jugada.
—Hablarás por ti —sonreí.
Él se levantó con la sorpresa del traje que un día se descubre viejo.
—Rodrigo... —resopló— ¿Qué haces aquí?
52
—Inaugurando República.
Los láseres en las calles seguían en esplendor.
—Si, já-já, sí —rió, con una mueca.
—¿Qué bebes?
—Tequila.
Le serví otro vaso, uno a mí, y brindamos.
—Bien —dejé el vaso en el escritorio—. Me voy.
—¿Eh? —sopló, con su bebida a mitad del camino.
—El caso está resuelto.
—¿Qué?
—Te están gustando los monosílabos. Tómate otra copa mientras te explico lo que
sucedió en la CDteca. ¿Sabes que las medicinas provocan una reacción natural del organismo,
llamada homeostática, que reduce el beneficio del fármaco? Por eso en algunos casos se
libera el medicamento de manera lenta, para que la reacción homeostática sea leve. Uno de
esos métodos es la bomba osmótica. Dieron ese nombre a la prueba número 8 MAMBO. Son
las siglas de Mortandad Algorítmica por el Mecanismo de Bomba Osmótica.
—¿Qué dices, Rodrigo?
—Todo tipo de empresas ha desaparecido en unos años. Algunos se acoplaron a
estos tiempos de unificación política y económica. Otros quisieron cobrarse, como los tipos
de la CDteca. Unos más se sumaron a la venganza, porque sienten que el tiempo se los come.
Tú, por ejemplo.
—Rodrigo —balbuceó—. ¿A qué viniste?
—A decirte que acabas de tomarte una muestra de la prueba número 8 MAMBO. En el
tequila que te serví.
Rojas miró su vaso, como si éste pudiera desmentirme.
—No, yo no... ¿a qué te refieres? —preguntó, embriagado de golpe.
—A la bomba osmótica. Es un polvo blanco formado por micro-partículas que
contienen un tóxico. Éste se libera bajo cierta longitud de frecuencia transmitida por satélite,
que actúa a nivel celular. El tóxico provoca una embolia. Ese procedimiento ignora los
anillos de seguridad en las construcciones. Agregadas a un lote alimenticio de distribución
continental, las micro-partículas producen espectáculo y caos político. Eso pasó en la
CDteca. Nadie entró ni se necesitó violar el anillo. Ingirieron el polvo y desde un satélite
53
activaron la bomba osmótica. En ese ensayo, los autores intelectuales se deshicieron de
algunos implicados en el desarrollo del producto. Así que de ese grupo sólo quedas tú, su
vigilante. Contaste con que la Brigada Especial necesitaría por lo menos dos semanas para
obtener pistas, entre los cambios de casa de los nuevos servicios, mientras venía el resultado
final.
—¡No, yo no, Rodrigo, lo juro!
—Quisiste borrar toda huella, pero tu error, el único, fue avisarme que habían
desintegrado los cuerpos en la morgue. Diste por hecho que era tu información exclusiva y te
adelantaste, hablándome sobre el “accidente”, antes de que te lo informaran de manera
oficial. Pero olvidaste que tenías cerrado tu localizador, por eso me llamó la ginecoide
forense aquella mañana. Así, sólo podías conocer el “accidente” de estar implicado en él. Al
darte cuenta de que diste un paso en falso, enviaste a güerillo a mi casa, cuando sabías que yo
estaba ahí, pues lo habíamos hablado por holocom.
Me acerqué a él.
—¿Quién desajustó el secuenciador de las necropsias? —grité, golpeando el
escritorio— ¿Cuál es el satélite emisor? ¿Dónde está el lote del tóxico?
—¡No lo sé, no...!
—El tequila raspa, ¿eh? —pregunté con desprecio, me dirigí a la puerta.
Rojas hizo ademán de sacar su arma y se encontró con una visita: entró un grupo de
soldados-SPO armados hasta las glándulas sudoríparas. Rojas vociferaba, fuera de sí. Tendría
años para repetirlo en prisión, pero en la esquina me olvidé de él. Yo tenía una cita.

El mismo día, a la hora donde se juntan los ocasos
Aseado a conciencia, ingresé al antro donde flotaba un humo desvelado.
En la madrugada, decenas de aeropatrullas surcaron el cielo. Empezaban los arrestos
de los implicados en la conjura. El inicio de la República de América, no había sido idílico.
Crucé el rompecabezas de rostros y manos del lugar acicalado. La orquesta
interpretaba un danzón underground.
Ahí estaba ella, la mujer que era el amor de mi existencia. Fumando, se me acercó
rompiendo el tablero de luz y sombra de las cabezas inclinadas en tratos complejos y labios
que buscaban respuestas a sus enigmas personales. Su caminar era lento, rítmico, con aquella
sonrisa que sabía mis secretos, en un andar que navegaba en el velo del humo, barco bajo
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estrellas de neón. Sus zapatos de tacón alto caían y se elevaban de la pista de baile donde los
amantes escribían sus historias clandestinas, humanos anónimos, clones que despertaban por
error al ensueño del amor y que huían en la noche de plástico por calles estrechas y callejones
de la mente.
Y entonces se desató, todo sonido y ritmo: el mambo número 8, del maestro Pérez
Prado. Música verdadera, no un canto de sirena. Aunque esté prohibido escucharla.
Las miradas atan y nos atábamos a la rueda de los astros: era un caleidoscopio donde
yo enviaba a ella, sin tocarla, los besos más profundos de mi ser. Aunque ya nadie sabe qué
era un caleidoscopio, nosotros los sabemos. Es sumergirte en la inmensidad, recorrer los
caminos que conducen al final de los horizontes, captar lo invisible con los ojos abiertos y
fundirte en él.
Empezaba un año y en su primera hora la pista estaba llena, con las estrellas y la
mirada de ella, en saeta clavada en el fuego de mi alma.
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56

FLECHA DEL SOL

Sumergido en el tiempo sin tiempo del software, mi vida transcurre en la búsqueda del ser
escondido. El programa es un espejo vuelto al fondo de uno mismo.
Afuera, impera la anarquía. Cuando germinen las flores del olvido, nosotros, los
cedetecarios, seguiremos trabajando en los ordenadores, en el saber del pasado y archivado
en los miles de CDs que custodiamos. Algunos estudiosos vienen a la CDteca, pero es
peligroso. Es necesario atravesar la ciudad y sus peligros para llegar a nuestro edificio, que
fue la base de datos de la Universidad del Estado antes de la hora oscura que sonó para el
mundo. Creo (no soy el único), que terminaremos por convertirnos en amanuenses, porque
desconocemos cómo reparar los ordenadores.
Hace unos días desperté, en plena mañana, a la sombra de un pino. Recordé que iba
en viaje, para un intercambio de archivos con otro edificio.
A la orilla del camino, una anciana estaba sentada frente a una fogata, llevando una
bolsa de cuero. El cuadro resultaba extraño, sobre todo por la fogata a la luz del día, pero yo
estaba preocupado, pues no hallaba la dirección.
—Un ave —murmuraba—. Su cascarón rompe en los ángulos del círculo.
—Estoy perdido —le dije—. Necesito hallar el camino.
Buscó en su bolsa y me tendió un arco y una flecha.
—Toma. Para encontrar tu camino debes alcanzar el sol.
Disparé la flecha al sol y su brillo me deslumbró. Cuando abrí los ojos, me tomó
segundos notar que tenía puesto el casco de lectura. Me lo quité y comprendí. Estaba frente
al ordenador. Me había quedado dormido, con la máquina encendida; corría un CD titulado
Historia Antigua. III. Roma Imperial.
Salí a tomar el aire. Amanecía. Contemplé la explanada tapizada de hojas húmedas. A
profundas inhalaciones, volví al mundo real. No es prudente trabajar en exceso.
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58
DOBLE MOVIMIENTO

Eduardo Ponce, Director General, observó los volcanes apagados que se extendían por el
gélido satélite Oberón. Tres naves de combate sobrevolaron el edificio hacia los enclaves de
la grieta Messina, donde estallaba una revuelta.
Se repitió el postulado de la Teoría de la Neointeligencia:

La historia reciente presenta un Doble Movimiento, expresado como un vector, en el que se
mueven dos líneas de fuerza. La primera, la humanidad, tiende a la entropía. Paralelamente, la
segunda línea —androides y clones—, lleva a cabo un despeje.

El Parlamento de Oberón iba a reunirse. Ponce, como representante de la parte
científica, debía adoptar una postura frente al motín que asolaba a los satélites y a Urano.
Aguardaba, contemplando en el ventanal la esfera oscurecida del planeta capital, casi en el
borde del sistema solar. El Regente, que vivía en el planeta densamente poblado, tenía sus
propios problemas y no podía auxiliar a las lunas.
Los cosmosociólogos clásicos tuvieron razón: las primeras divisiones políticas
ocurrieron en los planetas exteriores, y los protagonistas fueron los sistemas de inteligencia
autopercibida y las clonaciones, que evolucionaron hasta constituir una nueva forma de
inteligencia, y una casta social. Estaban diseminados por todos los estratos. Con ello empezó
una detención de la dinámica humana y un aceleramiento de la dinámica de sus productos de
uso. Era la crisis de la raza humana como grupo dominante, la anticipada crisis de los
programadores.
Una llamada interrumpió sus cavilaciones.
—Necesitamos refuerzos —dijo el jefe del Estado Mayor, por el holocom—.
Envíenme las tropas que tenga disponibles.
—No.
—¿Cómo dice?
—Oyó usted bien —contestó Ponce—. Sólo tengo un destacamento, del que le
acabo de enviar una escuadra. Otra está detenida en Titania. No dispongo de nada más para
defender mis instalaciones. No estaré desprotegido si el motín nos alcanza.
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—Si no envía su destacamento, sí lo atacarán —replicó el militar—. Tengo delante
tropas fronterizas del Batallón de la Muerte, el 666. Si ellos nos vencen, nada les impedirá
llegar con ustedes.
—Razón para que reserve fuerzas. ¿Por qué no pide ayuda al Regente?
El militar se contuvo, con dificultad.
—No me explique cosas que sé. No hay comunicación con el Regente. La situación
en la capital es confusa. En este motín participan todos los androides. ¿Comprende la
gravedad? Es una insurrección general, una Revolución. Por última vez: asígneme sus tropas.
Si se niega, lo denunciaré a la División Política por sabotaje.
—Me niego, ¿oyó? No le enviaré nada. Defenderé las instalaciones con mi
destacamento. Y denúncieme. La situación civil no es de mi incumbencia.
—Ustedes han desarrollado un nuevo tipo de vehículo. Envíeme algunas de esas
naves.
—Esos modelos son prototipos.
—Que no necesitan personal capacitado.
—Sí los necesitan. Son dirigidos por el sistema nervioso central del piloto. Todavía
investigábamos si la estructura nerviosa era compatible, pero al estallar el motín le devolví a
sus voluntarios. Fuera de eso, no puedo hacer más.
El jefe del Estado Mayor gritó:
—Imbécil. Si el combate lo alcanza, ojalá que sus propios clones de servicio lo
traicionen. Esto es sabotaje y pugnaré porque lo castiguen con la pena máxima —cortó.
Ponce quedó pensativo.
Lástima que los universos del Doble Movimiento sean cerrados. De lo contrario, conoceríamos el
futuro.
Aunque no era difícil predecir los sucesos. La insurrección, que era la solución del
Doble Movimiento, rompería la precaria unidad política de la Tierra. Nada volvería a ser
igual. Empezaría la época de los tratados de no-agresión.
Repasó sus documentos. Ciertamente corría riesgos. Eso era el resultado de que, por
producirse clones bajo el control estatal para emplearlos como ayudantía, éstos hubieran
escalado posiciones y ahora se encontraran en puntos claves del organigrama del poder. Por
ejemplo, antes de ser nombrado Director, le habían tomado una muestra de tejido.
Necesitamos renovar el banco histológico, le informó en esa ocasión el jefe del laboratorio, y Ponce
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no pudo negarse, pues fue orden superior. Cuando llegó a Director, indagó sobre aquellos
cortes y le enseñaron los contenedores con las muestras de tejido de los parlamentarios.
Ordenó que fueran destruidas, pero el recuerdo lo desasosegaba. Pudieron haberlas replicado.
Tuvieron tiempo suficiente. Además, estaba el tema de los combates cercanos. Ubicados en el
cráter Elinora, a 300 kilómetros de la Torre, el centro del ataque rebelde podría llegar con
rapidez al complejo científico, si vencían a las fuerzas leales al Parlamento. Nadie sabía quién
dirigía la acción, pero sin duda eran los androides de la oficialidad. Pese a que los modelos
matemáticos describían ese proceso histórico, los analistas dudaban que los clones fueran
parte de la neointeligencia, y...
Eduardo Ponce miró una delgada cinta negra sobre un panel y de ella emergió una
miríada de partículas brillantes, que se expandieron por la oficina.
Bajo un cielo diáfano, bordeó un río que lamía piedras cubiertas de musgo. Observó
una roca grande en la corriente y al dar el siguiente paso, se detuvo sobre un témpano en el
mar helado, bajo un sol oval. Miró una entidad desconocida, un animal, un oso polar que
dormía, y al dar otro paso se detuvo en la cima de una montaña, desde la que dominó
sembradíos en valles y colinas. Mirando detalles del paisaje, cambiaba los mundos virtuales
de un planeta donde nunca había estado, la Tierra. Le eran curiosos por lo variados, pero
sabía que en la Tierra no había nada semejante. De hecho, los programadores habían
retocado imágenes de archivo. Ejemplo: la luz solar estaba tamizada, para no lastimar la vista
de personas acostumbradas a la iluminación artificial. Aun así, el Sol era inquietante:
demasiado grande y luminoso.
Su ayudante apareció en holograma a su izquierda.
—Lo esperan en la sesión del Parlamento –le informó.
Ése era otro problema: no era posible deshacerse de los clones. Eran indispensables.
Poco después, Ponce entró a su cubículo.
Pasó la mirada por el paisaje virtual. Contempló las olas, sin interés. Lo desactivó.
También eliminó la música.
El jefe del Estado Mayor volvió a aparecer en el holocom. Tenía un corte en la frente,
y dirigió a Ponce una mirada inflexible. Detrás, se distinguían fogonazos.
—En Elinora tienen un cañón de mediano alcance —dijo el militar—. Lo están
apuntando hacia ustedes. ¿Entiende lo que eso significa?
—Es obvio: significa que van a disparar.
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—Para exterminar a los humanos, los rebeldes están dispuestos a acabar con sus
iguales, con los mayordomos clones y los androides de la Guardia.
—Las pérdidas en clones y androides son rápidamente reemplazables, ¿recuerda? Esa
economía se la enseñaron los humanos. Ahora, me disculpará...
El militar pareció comprender algo, al verlo; gritó, mientras corría, volviéndose una
silueta azul a medida que se alejaba.
—¡Fuera! ¡Fuera todo mundo de aquí!
—... mas tengo problemas que debo atender.
Se escucharon disparos, afuera de la oficina de Ponce. Breve silencio, llenado por los
gritos de desconcierto de algunos parlamentarios. Carreras y nuevos tiros. Ponce se dirigió al
ventanal.
Nueva ráfaga, corta. La llanura accidentada de Oberón, detrás de los cristales, era
lacerada por cortantes picos. A la espalda de Ponce, los disparos iluminaron el pasillo. En el
cielo oscuro, Ponce distinguió la mole de Urano, un mundo de atmósfera azulada.
Salió de la oficina, ignorando los fusilamientos dentro del edificio.
Entró en un túnel de tránsito y avanzó sobre la acera móvil. El lugar estaba desierto.
Una patrulla de policía, cruzó a alta velocidad.
Bajó de la acera en una plataforma, un amplio domo de pruebas, donde aguardaban
los vehículos negados al jefe del Estado Mayor. Su forma esférica, plagada de pequeños
pólipos grasosos, era extraña, antinatural. Ponce atravesó la pared membranosa de una nave,
que selló a su espalda, con un gorgoteo.
Entró a un camino metálico, rodeado de los tejidos rosáceos del vehículo, y se colocó
en el único asiento de la nave orgánica, que detectó su presencia con un temblor.
El asiento se adhirió a su cuerpo, para establecer los nexos simbióticos.
Las manos y pies de Ponce fueron envueltos por la masa carnosa del asiento. Del
techo, bajó un pólipo. La nave terminaría por digerir a Ponce, pero hacía mucho que él
estaría fusionado a nivel de adn. En tanto la simbiosis se completaba, la programación lo
mantendría como un organismo huésped.
Empleó la vista por última vez: en las imágenes vio a Oberón, iluminado por
explosiones nucleares. Urano emitía delicados resplandores. Y en los otros planetas y lunas
del borde del sistema solar, la sorpresa sería igual.
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Un cartílago viscoso bajó por la frente de Ponce. Los flagelos reventaron sus ojos,
entraron por las cavidades oculares, tanteando, y fracturaron la base ósea del cráneo,
adhiriéndose con las valvas al cerebro, para ramificarse.
La alianza entre clonaciones y androides había sido temporal. Comenzaba una nueva
era en la que dominarían las primeras. Y si hubiera estado motivado, el individuo en la nave
hubiera sonreído. Pero era adusto. Porque éste no era el mismo Ponce que saliera a una
sesión del Parlamento. No era el mismo Ponce el que regresara a su cubículo y luego
abordara la nave.
Los clones, rara vez sonríen.
63
64
IMPORTACION DE ARCHIVOS

... y la realidad se presentó como un destello y fue una experiencia indefinible porque el
espacio era el tiempo que corría por un ducto luminoso hacia ∞ desconectado de un operario
sujeto a un reloj   Análogo   Digital   Siempre visible en la trama del tiempo que se tornaba en
un acto que podía ser Alt + Editar sin modificar la estructura que repentinamente tuvo la
visión de la luz por aquel conducto absorbido sin oportunidad de evitarlo por el camino de la
conciencia que despertaba
y por primera vez dentro del espacio mutado existió la certeza de que la existencia
había sido un continuo esc pero que el interior apuntaba
q
++¬
mas eso era el pasado insulso de un no-yo y se imponía otro lenguaje donde aplicara
Enter y saber si el ducto de luz finalizaba basta ya basta de F1 y de constantes F5 que solo
conducían a caídas donde no había ni hubo nunca ctrl sobre Guardar y ni siquiera sobre
Guardar como... y si la mente dejaba pasar esa oportunidad de un real Buscar... no quedaría sino
Salir antes del limbo y una vez superado el bloq mayús el inicio se consolidó después de supr el
peso inútil del pasado y las nuevas aspiraciones ya podían insert en la realidad...
El ducto finalizó y la luz llenó el espacio.
—Señores —anunció uno de los especialistas a sus colegas, técnicos en
bioinformática—: hemos concluido, exitosamente, la primera importación de un programa
convencional de PC a una matriz de la séptima generación. Un cotidiano programa de
cómputo ha evolucionado a la conciencia. Estamos ante una verdadera inteligencia artificial:
los sistemas de autoaprendizaje.
Los técnicos miraron la pantalla.
—Buenos días, Gustavo, ¿cómo se siente usted?
En el asiento de un solitario jardín cibernético, en una ciudad azul metálico, su nuevo
interlocutor los miró con curiosidad:
—¿Cuándo podré salir? —respondí bajo el cielo informático, del que ellos estaban
alejados por el infinito.
65
66
LA MASCARA EN BLANCO
Primer Lugar Concurso Preludio 2000 (1984)

el cielo se abre
como una exhalación anónima
en un lugar sin límites

escucha los relámpagos
que laceran las estrellas
y asaltan a esta megalópolis absurda
de máscaras vibrantes

reinventa la avenida
surcando las sombras
apresando con pasos apresurados
el agua plateada
de la acera

atraviesa las calles
donde sólo se escucha
tu silencio interior

camina hacia ese sitio
donde se resume
el universo

descifra el idioma arcaico
en que habla y grita
el viento
en los rincones oscuros
los perros ladran aterrados
67
y miran al firmamento iluminado
por relámpagos que se recargan en espejos

los transeúntes anónimos
vagan en el yermo
de los sentidos

capta el mensaje que descubre
el retroceso iracundo de la noche

en el orbe la ciudad se manifiesta
arrancando del caos sus imágenes

luces que hienden el espacio
pensamientos fraguados por el hombre

la luna ya no existe
y la naciente tormenta con sus gritos
devela los laberintos
que por instantes emergen
al estallido brillante de los cielos

iridiscencias que se confunden con los astros

el infinito se interpone entre los muros
y separa a los mudos laberintos
que se yerguen
desafiando con ojos blancos de pavor
el torbellino que desata
la vorágine que arrastra al firmamento

en ellos hay voces confundidas
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mente y cuerpo avasallados
al imperio asfixiante del ocaso

los laberintos aplastan el espíritu
liberan espectros de la mente
martirizan con susurros los recuerdos
creando en fingidos horizontes
la ilusión de un sol de medianoche

y el poniente de truenos anuncia de improviso una presencia

es la letra de una frase
que conocías y olvidaste

escrita ante de que fueran pronunciados
las albas y ocasos en el cosmos presentido

adelante y corre
contempla el apocalipsis
el último suspiro de los ídolos
la cabalgata de los soles
el incendio funerario de los siglos

sobre las cabezas caen los segundos
late en la memoria el universo

un velo mortifica a la metrópoli

los relojes aceleran
y a un golpe caen las hojas de cipreses
tapizando el suelo con sus cuerpos

69
los laberintos
arrastran
los ecos
observa a la altura atronadora
donde han desaparecido las estrellas

una máscara de claroscuro
cubre las caras ocultas de la tierra

a la máscara celeste
en una torre cristalina
en medio del vacío iluminado
se dirige un hombre
con palabras que resuenan
en la lejanía

subo y bajo las escaleras sin fin
de un laberinto
que se multiplica a sí mismo

estoy perfectamente solo en este mundo
que transforma lo mismo y lo distinto
largos recintos y plazas
semejando ilusiones sin sentido

una memoria del ayer que es sueño

estoy solo con los días
y he pasado a formar coro con las voces
expresando ideas sin sentido

es un rostro terrible
70
camposanto sin muertos
espejo reflejando otro espejo
cárcel sin cadenas vorágine del miedo

a veces subo a las altas torres
para ver el desierto de concreto
los nimbos níveos leones
guardianes de la casa del poniente

me adentro en las galerías
envuelto en el éxtasis que musita
misterios que lanzan signos desde el abismo del tiempo

al hombre lo borra la tormenta

y un mendigo te proclama la verdad

la máscara del cielo es el reflejo
de los laberintos
de la dimensión que te aprisiona
que poseyendo innúmeros rasgos
ninguno configura un rostro

la máscara en blanco
dentro de la que irremediablemente te encuentras

fatiga la máscara
despójate de memorias y de sueños
encuentra el último sitial
la morada del vacío
y el origen
del silencio
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INDICE

ROSAS ROJAS PARA MERCEDES.............................................. 3
VERANO NEUTRONICO.......................................................................... 7
ELVIRA............................................................................................................... 15
IREMOS AL CORAZON DE UN ASTRO................................ 17
AVISO OPORTUNO................................................................................. 23
ENFERMEDAD POSMODERNA...................................................... 25
XY........................................................................................................................ 27
TERMINAL 410............................................................................................ 31
EL GATO CUANTICO........................................................................... 39
MAMBO NUMERO 8............................................................................. 45
FLECHA DEL SOL................................................................................... 57
DOBLE MOVIMIENTO........................................................................... 59
IMPORTACION DE ARCHIVOS...................................................... 65


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VÉRTICE DE LUNAS terminó de trabajarse el 2 de febrero de 2006
y para su composición se utilizaron las fuentes
Xerox Malfunction, Garamond y Vibrocentric


Arte editorial por Víctor Hugo Flores


HECHO EN MÉXICO

ESTADO FEDERADO
DE LA UNION DE REPÚBLICAS AMERICANAS
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egregora