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José María Blázquez: Explotaciones mineras en Hispania durante la República y

el Alto Imperio romano. Problemas económicos sociales y técnicos
© José María Blázquez Martínez
© De la versión digital, Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia
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Bárbara (Córdoba), Diógenes (Ciudad Real) y Sotiel-Coronada, con dos sistemas, en esta
última, combinados: una polea con cangilones que elevaba el agua a un depósito y un juego de
tornillos de Arquímedes que la transportaba a la superficie. Junto al pozo de San Juan se
descubrieron tres perfectamente construidas, una de ellas conservada en el [-52→53-]

Figura 10.- Funcionamiento y colocación de las ruedas hidráulicas de Riotinto. Según Palmer.
[-53→54-]

Figura 11.- Rueda hidráulica hallada en Riotinto. Según J. M. Luzón.
Museo Arqueológico de la Universidad de Liverpool. En las minas de Castulo ha aparecido un
tornillo de Arquímedes (Fig. 13) en excelente estado de conservación. Generalmente se cons-
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truían estos ingenios de madera. El tornillo inferior del juego de Santa Bárbara tiene la hélice de
cobre y más sólida la caja exterior, posiblemente, como sugiere J. M. Luzón, por estar enterrado
entre piedras y barro. El exterior de los tornillos va forrado con cuerdas de esparto y alquitra-
nado. Los tonillos de Arquímedes se accionaban por medio de aletas aplicadas en la parte exte-
rior, movidas con los pies por hombres apoyados en una barra, según ilustra una terracota egip-
cia conservada en el Museo Británico. Los tornillos se colocaban en hilera y desaguaban en una
caja en la que se alimenta el tornillo inmediatamente superior. La bomba de Ctesibio fue des-
crita en la antigüedad por Plinio (NH [-54→55-] 7-37) y por Vitruvio (10, 7) y en España por J.
M. Luzón y por J. Caro Baroja (
40
). Elevaba el agua a gran altura. Un ejemplar, procedente de la
mina Sotiel-Coronada, se conserva en el Museo Arqueológico Nacio-
nal de Madrid. Estaba sujeto al suelo por una obra de mampostería.
Consta de dos recipientes gemelos de bronce unidos por un tubo en
forma de horquilla, al que se ajusta un conducto vertical, la bomba.
Los recipientes y los tubos llevan un juego de válvulas que abren o
cierran el paso del agua. En los recipientes cilíndricos hay sendos
pistones, que se accionan por medio de barras y palancas que impelen
el agua a través del tubo central (Fig. 14).
Derrumbamientos de galerías de minas, mal apuntaladas, eran
frecuentes, como lo indican los cadáveres hallados en algunas minas de
Huelva, de catorce celtíberos; a este hecho alude el poeta de la segunda
mitad del s. I. P. Papinio Stacio (Theb. 6, 880-885).
Se conserva el primer código del Imperio Romano sobre minas,
las tablas de Aljustrel, Alemtejo, Portugal, bien estudiado por D'Ors,
que contiene la reglamentación de un distrito minero y en las que se
halla una información importantísima y única sobre reglamentación
fiscal y administración de las minas de cobre y plata. En el territorio
había una pluralidad de yacimientos, además de las canteras de
piedra. Los restantes distritos mineros se regirían por una legislación
parecida o idéntica. Todo el distrito [-55→56-] minero, incluso la población ordinaria, se


40
J. caro Baroja: Sobre el tímpano y la bomba de Ctesibio, «Rev. Guimarães» 65, 1955, 373 ss.
Figura 12.-
Funcionamiento de la
polea de cangilones.
Según Cohen y Drabkin.
Figura 13.-Tornillo de Arquímedes de la mina
Sotiel-Coronada. Según Gonzalo y Tarín.
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encontraba bajo el gobierno del procurator metalli, representante del fisco imperial, que podía
ser del rango de los equites, pero que frecuentemente era un liberto imperial. De las dos tablas
que se conservan, la primera fija los derechos de los diversos arrendatarios de los servicios de la
localidad, del arriendo del impuesto, en las subastas, del pregón, de los baños públicos, de la za-
patería, de la barbería, de la tintorería y del impuesto sobre mineral extraído, de la inmunidad de
los maestros de Vipasca y del impuesto sobre la ocupación de los pozos [-56→57-] mineros. La
tabla segunda determina el régimen de explotación, desde el punto de vista jurídico y técnico y
las medidas de policía.
Las tablas son de época hadrianea. Una lex metallis dicta, mencionada en la tabla primera,
podía ser la segunda, siendo la mención al emperador Adriano un añadido posterior, o una ley
de época anterior, quizás flavia. El dueño de la mina de Vipasca era el fisco, que no explotaba
directamente los pozos, sino que en régimen de concesión se los entregaba a varios arrendata-
rios. Los emperadores aplicaron a las explotaciones mineras el mismo sistema empleado en las
tierras públicas e imperiales, el arriendo a pequeños empresarios.
Examinemos un poco más detenidamente el contenido de cada una de las tablas. En Vi-
pasca un monopolio era la banca, y el banquero podía cobrar un 1 por 100 del precio de todas
las subastas, que deducía del precio o entrega al procurator metallorum esa cantidad. El desa-
rrollo del comercio, de la industria, de la agricultura y las explotaciones minerales presupone un
gran desarrollo de la banca, que era una empresa privada. El fisco era el mayor banquero del
Imperio, prestaba dinero a rédito, al igual que los prestamistas particulares y los bancos; como
el emperador atesoraba moneda acuñada, y realizaba numerosas operaciones financieras. Una
excepción a favor del fisco se daba cuando la venta se hacía sin intervención del banquero, di-
rectamente por el procurator, con autoridad del emperador. Aun en este caso si se vendía un
pozo, el conductor podía cobrar la centésima del comprador del pozo. Siguen casos especiales
de aplicación de esta ley. El plazo de pago de la centésima era de tres días.
El servicio del pregonero que intervenía en la subasta era también objeto de un arriendo en
monopolio. El estipendio que paga el vendedor por el servicio se estipula en el 2 por 100 de
precio, sí es menor de 100 denarios, y del 1 por 100'si es superior a 200. Si se subastaban escla-
vos, el precio se fijaba en relación con el número de cabezas. Se exceptúan de los derechos de
pregón, las venías y arriendos hechos por el procurator en nombre del fisco. La explotación de
los baños en Vipasca era en arriendo, su inspección correspondía al procurator metallorum. Po-
día imponer multa de 200 sestercios cada vez. El arrendatario debía calentar el agua durante un
año, abrirlos a horas determinadas, del amanecer a la hora séptima para las mujeres, y de la hora
octava o la segunda de la noche para los hombres y suministrar agua corriente. Fijó la ley el
precio de los bañistas. Entrada gratis tenían los soldados y los niños. El arrendatario, que recibía
todos los accesorios de los baños, debía cuidar con particular esmero de las bañeras. Determi-
naba la ley todo lo relacionado con la leña. La industria del calzado se hallaba en régimen de
monopolio. La multa al que se dedicase a la zapatería, sin el correspondiente permiso, era del
doble del valor del zapato. Era objeto del monopolio igualmente la reparación del calzado.
También la barbería estaba en régimen de monopolio, como las [-57→58-] tiendas de los tintore-
ros. Un impuesto gravaba la compra de mineral y de piedra para su elaboración. El mineral se
adquiría en bruto. Las operaciones de elaboración se clasifican como: depuración, trituración,
fundición al fuego, preparación y segmentación de lingotes, criba y lavado. La ley gravaba a los
que importan de otra zona minera mineral para preparar en Vipasca, con un denario cada 100 li-
bras, unos 33 kilogramos, aproximadamente. Los maestros de la escuela de Vipasca estaban in-
munes de contribuciones públicas. El final de esta primera tabla se refiere a la inscripción de las
ocupaciones de pozos mineros y de su impuesto.
El fisco daba un permiso de explotación y percibía la mitad del mineral extraído. Existía la
posibilidad de comprar la concesión definitiva del pozo a un precio fijado por el fisco. La tabla
segunda legisla, al comienzo,. sobre los precios de los pozos de cobre, en disfrute temporal y
persigue las explotaciones clandestinas. El ocupante no podía fundir el mineral antes de haber
pagado al fisco. Los pozos de plata eran explotados según lo previsto por la ley, pero a diferen-
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cia de los pozos de cobre, no se impone un pago total del precio, se aplicaba en este caso una
disposición especial de la liberalidad de Adriano, que consistía en permitir en los pozos argentí-
feros un pago a plazos, previo adelanto de 4.000 sestercios, los que suponía una ventaja para el
comprador. El fisco tomaba una serie de medidas legales encaminadas a que las explotaciones
mineras no se interrumpieran. La interrupción era considerada un abandono, y el fisco concedía
el derecho de explotar el pozo al que lo encontrase abandonado. Cada ocupante explotaba varios
pozos al mismo tiempo. De cada cinco pozos ocupados el ocupante debía explotar al menos
uno. Si se trata de un pozo comprado,, se concede un plazo de inactividad de seis meses. El
fisco podía desinteresarse de su mitad y permitir la explotación total al particular; el precio de-
bía ser lo más alto posible. Para buscar la cantidad necesaria para comprar el pozo, el ocupante
tenía varías posibilidades:
1) Buscar socios capitalistas a los que se les concedería una participación del rendimiento.
2) Pedir a un prestamista dinero.
3) Vender su derecho a otro ocupante.
4) Abandonar el pozo al derecho de ocupación. Solución no económica.
Posiblemente los ocupantes de los pozos constituían sociedades mineras. La ley admite
estas sociedades y no limita el número de socios. Según su cuota de participación, cada socio
contribuye a los gastos. Mediante anuncio por escrito, un socio que ha hecho los gastos y re-
clama de otro la parte que le corresponda pagar, puede reclamar la cuenta durante tres días en el
lugar más frecuentado de la plaza. Si el socio no pagaba, la parte del [-58→59-] pozo correspon-
diente le era decomisada y se sumaba a la de los restantes socios que habían contribuido a los
gastos. Los que sin ser socios adelantaron dinero, materiales u obras, podían legalmente recla-
mar no sólo contra el contratante, sino contra cualquiera de los socios de la explotación. En las
explotaciones de Mazarrón se han encontrado vigas marcadas con nombre: S. Mauri, C. Laevi,
Q. Bes, podían interpretarse como los nombres de los ocupantes del pozo, o como de tos que
adelantaron el material (Figs. 15-16). La ley concedía la posibilidad de efectuar reclamaciones
sin previo acuerdo de los socios, siempre que hubiese buena fe por parte del socio que hizo el
gasto. También legislaba la tabla segunda la venta de un pozo comprado, y de la parte de un so-
cio. No se podía vender un pozo a una persona de fuera de Vipasca.
Se prohibía fuera de las horas de sol transpor-
tar el mineral extraído, bajo multa de 1.000 sester-
cios, y se sancionaba el robo. Si el ladrón era un es-
clavo, el procurator le mandaría azotar y vender
bajo condición de estar [-59→60-] siempre atado y
de no vivir nunca en un distrito minero. El precio
obtenido por la venta se entregaba al amo del escla-
vo. Si el ladrón era una persona libre, el procurator
confiscaba su patrimonio y le desterraba. Termina
la segunda tabla con una serie de previsiones técni-
cas para el buen mantenimiento de los pozos. Los
pozos debían estar bien apuntalados y sujetos. Cada
concesión, estaba señalada mediante estacas y ma-
deros. Se sancionaba a los que arruinaban los po-
zos. El castigo era, si era esclavo, azotes a juicio del
procurator y venta con la condición de no vivir más
en una mina; si libre, la confiscación de bienes y
prohibición perpetua de volver a Vispasca. Tam-
bién de la ley una serie de prescripciones técnicas
Figura 14.- Bomba de Ctesibio hallada en la mina
Sotiel-Coronada (Huelva). Según Gossé.
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referentes al servicio del canal de las minas, sobre la traída del agua a la localidad, o del canal
para el lavado del mineral. Las explotaciones de los pozos de cobre debían distar del canal por
lo menos quince pies, y los de plata sesenta pies. También estaba prohibido amontonar el mine-
ral a los lados del canal. La mano de obra era de esclavos condenados a trabajos forzados y tam-
bién de obreros libres (Lám. 2 d).

Figura 15.- Mazarrón. Marcas de mercaderes extranjeros grabadas en las maderas o de los ocupantes del pozo. Según
Gossé.
Un número de palabras hispanas referentes a las explotaciones de minas se han conservado
en las fuentes literarias y en el código de Vipasca. Estas son:

Vipasca
Scauriorum, scaureis, scauriae 7
Rutramina 7
Lausiae 7
[-60→61-]
Plin, NH
Apitascus 39, 69
Segutilum 33, 67
Talutatium 33, 67
Canalicium, Canaliense 33, 68
Tasconium 33, 69
Arrugiae 33, 70
Cangalia 33, 72
Carrugus 33, 74
Urium 33, 75
Agoga 33, 76
Palagae, Palacurnae 33, 77
Strigilis 33, 62
Balux 33, 77
Crudaria 33, 98
Galena 33, 95
Alutia 34, 157
Minium 33, 118


Figura 16.- Mazarrón. Tablillas con el nombre del obrero. Según Gossé.
Formaciones hispanas, aunque de raíces latinas, son canalicium, canaliense y crudaria.
Las restantes palabras son hispanas y demuestran, como ya indicó Rodríguez de Berlanga (
41
), la

41
Los bronces de Lascuta, de Bonanza y de Aljustrel, Málaga, 1881, 703 y siguientes.
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importancia de las explotaciones mineras prerromanas, y que los métodos de obtención de los
metales siguieron utilizados por Roma, la existencia de una lengua hablada, que se [-61→62-]
manifiesta en tecnicismos industriales con tal vigor, que hasta los textos legales veíanse en el
caso de aceptar muchas de sus palabras.
Plinio da una lista muy completa de los principales minerales explotados en Hispania, és-
tos son: minas de sal, en Egelastae, en las proximidades de Linares (NH 21,80), era la sal prefe-
rida en medicina; la bética se utilizaba para las enfermedades de los ojos en las caballerías y en
los bueyes (NH 31,100). Lo mismo escribe Columela (de r. r. 6,17,39), también era remedio
contra las hemorroides (Ser. 64,1105).
Hispania era el país que producía más chisocolla, bórax, utilizada por los tintoreros (NH
33,89).
Existían minas de asur, una especie de arena (NH 33, 161). Plomo argentífero se exportaba
para mezclarlo con el famoso cobre de Campania, en la proporción de 10 a 100, y de este modo
hacerlo más dúctil y de mejor color (NH 34,35). Hispania producía sory, cuerpo metálico, pero
era más apreciado el procedente de Egipto, y el de Chipre para las enfermedades de los ojos
(NH 34, 120). En el pecio de Planier, en Provenza, han aparecido panes de cobre, cuya estampi-
lla indica Onoba (Huelva) como punto de procedente. El vitriolo se obtenía de pozos o de char-
cas. (NH 34, 123).
Cantabria producía piedra imán, que aparece en núcleos dispersos llamados bulbationes
(NH 34, 148; 36, 127); hierro, junto al mar había un monte altísimo todo él de este metal (NH 4,
112, 149) y plomo negro (NH 34, 58), del que se obtiene plata. Se empleaba para la fabricación
de tubos y láminas (NH 34, 164). El cinc de Britania cesó de exportarse hacia el año 50 y las
minas no se explotaron hasta el s. III, lo cual obedeció posiblemente a la competencia de Hispa-
nia; en el s. III, las invasiones de francos y alamanes en la Península Ibérica, y un posible ago-
tamiento de las minas, lucieron que el trabajo en las antiguas minas británicas se reemprendiera.
Unos sesenta lingotes de plomo de Britania, estampillados a nombres de los emperadores desde
Claudio a Antonino, años 41-169, indican la época en que las minas británicas se encontraban
en plena explotación. Esta producción debió mermar considerablemente el rendimiento de las
minas hispanas.
El estaño que había en Lusitania y Galicia estaba a flor de tierra, en forma de arenas negras
reconocibles por su peso, mezclado con guijarros pequeños. El método de obtención consistía
en lavar la arena, de lo que se extrae por decantación el mineral, que luego se transportaba a los
hornos para tostarlo. También se encontraba en los yacimientos de oro llamados alutiae; por
medio de una corriente de agua se dejaba posar los cálculos negros, que se volvían ligeramente
blanquecinos y tenían el mismo peso que el oro. El horno separaba el oro del estaño (NH 34,
156-158). Sobre la obtención de estaño escribe Estrabón (3,147): Mas el estaño —dice Posido-
nio— no se encuentra en la superficie de la tierra, [-62→63-] como repetidamente afirman los
historiadores, sino excavando. Y se produce tanto en la región de los bárbaros que habitan más
allá de los lusitanos como en las islas Kassitérides, siendo transportado a Massalia desde el
país de los britanos. Entre los artabroi, que habitan en lo más lejano del Septentrión y del
Ocaso de Lusitania, el suelo tiene, según dicen, florescencias de plata, estaño y oro blanco,
mezclado con plata. Esta tierra es arrastrada por los ríos, y las mujeres, después de haber
amasado la arena, la lavan en tamices tejidos en forma de cesta. Tal es lo que aquél (Posido-
nio) ha dicho sobre los metales y Plinio (NH 34, 156-157):
Pasemos ahora al plomo. Hay dos clases de él, el negro y el blanco. El blanco es preciadí-
simo; los griegos le llamaron «cassiterum», propalando la .fábula de que se extraía de ciertas
islas del Mare Atlaniicum y que se transportaba en embarcaciones de mimbre revestido de pie-
zas de cuero cosidas. Hoy se sabe que lo produce Lusitania y Gallaecia, regiones en las que
nace a flor de tierra en forma de arenas negras reconocibles por su peso; va mezclado con
guijarros pequeños, principalmente en los lechos torrenciales secos. Los mineros lavan esta
arena, de la que extraen por decantación el mineral, que es llevado luego a los hornos, donde
se tuesta. Hállase también en los yacimientos de oro llaman «alutiae»; por medio de una co-
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rriente de agua se dejan posar los cálculos negros, que aparecen ligeramente variados en blan-
quecinos; éstos tienen el mismo peso que el oro; por tal razón se quedan en la cesta juntamente
con el oro recogido en ellas. Luego en el horno se separan del oro, y, al fundirse, se convierten
en plomo blanco.
Se conoce las cifras de arrendamiento de algunas minas; así, la mina Samariense, en la Bé-
tica, se arrendó en 200.000 denarios anuales; se interrumpió su explotación y después lo fue en
255.000. La renta de la mina Antoniana era 400.000 libras (NH 34, 165). Las islas Baleares pro-
ducían bermellón (NH 35, 31). La aparición de arenas de lapislázuli en Hispania, de un color
más suave, que el procedente de Armenia, empleado en medicina para el crecimiento del pelo y
de las pestañas, hizo que este último bajase de 30 sestercios la libra a seis denarios (NH 35, 47).
El espejuelo se obtenía en la región de Segobriga, Cabeza del Griego (Cuenca); el procedente de
Hispania, que se obtenía de pozos muy profundos, era preferido el hallado en Chipre, Capado-
cia, Sicilia y África (NH 36, 160-161).
La piedra de afilar instrumentos de hierro empleados en las barberías procedía de la Hispa-
nia Citerior, de la ciudad de Laminium, Alhambra. Ciudad Real (NH 36, 165). Fábricas de vi-
drio, en el que entraba como parte principal una arena muy blanca y blanda, había en Hispania
(NH 36, 194). La Costa Atlántica producía obsidiana (NH 36, 197).
Bloques de cristal de un peso extraordinario se encontraban al abrir pozos en las montañas
Ammaecusiae, en Lusitania (NH 37, 24); en ellos apareció un topacio (NH 37, 127). El mar
arrojaba ámbar a la costa [-63→64-] pirenaica (NH 3737). La explotación de rubí, en la región de
Lisboa, se hacía con mucho trabajo, por ser el terreno arcilloso y muy quemado por el sol (NH
37, 97; Mel. 3, 8). Finalmente menciona Plinio algunas piedras raras, como el boloe de las ribe-
ras del Ebro (NH 37, 150) y la esmeralda veteada de blanco de Galicia (NH 37, 163). Un escri-
tor contemporáneo del naturalista Plinio, que escribió bajo Nerón, su obra de materia medica,
tratado que influyó mucho en la botánica y farmacología de la Edad Media y del Renacimiento,
Pedanio Dioscórides, natural de Anazarbos, en Cilicia, menciona algunos minerales hispanos,
como la calamina, obtenida artificialmente en los talleres de fundición de Hispania y de otros
países, que no se utilizaba en medicina (de mat. med. 5, 74). También en las fundiciones de
Hispania se obtenía el litargirio, plomo oxidado o espuma de plata, que se obtenía al inyectar
aire durante el proceso de fundición (de mat. med. 5, 87).
En las regiones occidentales, el almagre de carpintero, utilizado para pintar el tendel, se
obtenía al calcinar el ocre (de mat. med. 5, 96). El vitriolo, mencionado también por Plinio, se
empleaba para ennegrecer el cuero (de mat. med. 5, 98). Alude igualmente Pedanio Dioscórides
al sory, mineral desconocido, y al cloruro férrico de amonio (de mat. med. 5, 127). C. Iulio So-
lino, que escribe a mediados del s. III, menciona el coridón de Lusitania (23,9).
Hispania y Britania produjeron grandes cantidades de minerales, pero no se desarrolló en
ellas una industria de fabricación de bronces, como en Campania, en incluso en Galia, lo cual
llama más la atención por cuanto en época republicana y en siglos anteriores se desarrollaron
mucho entre los pueblos de la meseta los trabajos de fundición, de lo que es buena prueba las
espadas damasquinadas de Las Cogotas, Miraveche, La Osera y Alcácer do Sal; las armas, ca-
bezadas y bocados de caballos de Aguilar de Anguila; los escudos, armas, broches de cinturón,
etc., de la necrópolis de Griegos, los puñales da tipo Las Cogotas, que aparecen en Alpanseque,
Almazán, Quintana de Gormaz, La Mercadera, Uxama, Palencia, Arconada, Peña Amaya, Mi-
raveche, etc., y las armas y bocados de la necrópolis de Atienza. No sólo hay en Celtiberia gran
cantidad de bronces de todo tipo, perfectamente trabajados, sino muchas piezas alcanzaron una
gran calidad en la técnica y dibujo, como los broches damasquinados de Numancia, Izana,
Gormaz, Uxama, Atienza, Atance, Arcobriga, Paredes de Nava y Miraveche. A este tipo de ar-
mas alude Plutarco (Sert. 14), cuando escribe que Sertorio se ganó la simpatía de los iberos re-
galándoles armas decoradas con plata. El mismo autor (De garr. 17) recuérdala destreza de los
celtíberos en trabajar el hierro, bien manifestada en el hecho de haber ordenado Sertorio en el
año 77 a. C. a todas las ciudades de Celtiberia que fabricasen armas según sus posibilidades
(Liv. frag. 91). [-64→65-]
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Famosas fueron las espadas celtíberas, adoptadas por los romanos, Livio (31, 34, 4) dice
que los macedonios conocieron la terrible espada hispánica adoptada por los romanos; acos-
tumbrados a luchar con los griegos e ilirios, no habían visto hasta entonces más que heridas de
pica y de saeta, raras veces de lanza; pero cuando vieron los cuerpos despedazados por la es-
pada española, brazos cortados del hombro, cabezas separadas del cuerpo, truncada entera-
mente la cerviz, entrañas al descubierto y toda clase de horribles heridas, aterrados se pre-
guntaban contra qué armas y contra qué hombres habían de luchar. Esta cita, según Schulten
(FHA 4, XI), es la primera auténtica del gladius hispaniensis, no siéndolo, según el sabio ger-
mano, las de Livio 7, 10, 5 y Claudio Quadrigario (Celio 9, 13, 14), referidas al año 361, y a la
victoria de Manilo sobre un jefe galo. Con ocasión del cerco de Sagunto por Aníbal (Liv. 21, 8,
10), Livio describe el gladius hispaníensis. Lo cita el historiador latino también (38, 21, 21) re-
ferido al año 189.
Polibio (3, 114) expresamente afirma que las espadas de los iberos eran mejores que las de
los celtas, pues éstas podían herir lo mismo de punta que de filo. En el siglo III a. C. Filón de
Bizancio (Mechaniké syntaxis IV, VC. 48) describe el modo de trabajar estas armas:
El modo de trabajar las citadas hojas de metal se observa en las espadas llamadas célticas
e hispanas. Cuando quieren probar si están ya prestas para su uso, agarran con la mano dere-
cha la empuñadura y con la otra el extremo de la espada; colocan luego la hoja transversal-
mente sobre la cabeza, tiran para abajo de ambos extremos hasta que los hacen tocar con los
hombros, y después los sueltan alzando repentinamente ambas manos. Libre la espada, se en-
dereza de nuevo volviendo a su primitiva derechura sin mostrar flexión alguna y permane-
ciendo recta, aunque esta prueba se repita muchas veces, Indagando entonces la causa de que
estas espadas conservasen tal flexibilidad, se hallaron, primero, ser un hierro en estado extra-
ordinariamente puro, y luego, trabajado de tal modo al fuego, que no tenía dobladura alguna ni
ningún otro daño. El hierro no es ni muy duro ni muy blando, sino un término medio, obtenido
el cual, se forja enérgicamente en frío, dándole así su temple. Pero no se forja batiéndolo con
grandes martillos ni con fuertes golpes; los golpes violentos y dados oblicuamente curvan y en-
durecen mucho las hojas en el sentido de su longitud, de tal modo que si alguien quisiera flexor
las espadas así forjadas, no podría hacerlo de ningún modo, o si lo lograba por la fuerza, rom-
períanse a causa de lo compacto de toda la hoja así endurecida por los golpes. La acción del
fuego, según dicen algunos, ablanda el hierro y el bronce, disminuyendo su cuerpo, mientras
que la acción del frío y de la forja lo endurecen. En verdad estos dos tratamientos hacen com-
pactos los cuerpos, mientras que la acción del frío y de la forja lo endurecen. En verdad estos dos
tratamientos hacen compactos los cuerpos, juntando entre sí sus partes y rellenando el [-65→66-]
espacio vacío entre ellas. Forjábamos, pues en frío las hojas por las dos caras, endureciéndose
así ambas superficies, mientras que la parte intermedia permanecía blanda, por no haber llegado
hasta ella la acción de los golpes, que eran ligeros en profundidad. Así, pues, como las hojas
quedaban compuestas de tres cuerpos, dos de ellos duros y el otro, el del centro, blando, su
flexibilidad era la que antes hemos dicho.
Los romanos imitaron su fabricación, pero no lograron dar con su temple. Los celtíberos
se diferencian muchos de los otros pueblos por el modo de fabricar sus espadas. Tienen éstas
una punía eficaz y un golpe fuerte por ambos filos. Los romanos, durante la guerra de Hanibal,
dejaron las espadas que usaban de tiempo atrás y adoptaron las de los íberos. También imita-
ron el procedimiento de su fabricación, pero no pudieron imitar ni la excelencia del hierro ni el
esmero en los demás detalles (Suidas, machaira. La fuente es Polibio).
Posidonio (Diod. 5, 33, 3-4) también prestó atención a la espada hispana.
Llevan (los celtíberos) espadas de doble filo, forjadas con hierro de una calidad excelente,
y tienen puñales de un palmo de longitud, que llevan en una vaina pegada a la de la espada, y
de los cuales echan mano en los combates cuerpo a cuerpo. Tienen un modo muy particular de
preparar las armas de que se sirven en su defensa: meten bajo tierra las láminas de hierro, y
allí permanecen hasta que con el tiempo la parte débil del hierro, consumida por la herrumbre,
se separa de la parte más dura; de ésta sacan magníficas espadas y otros instrumentos guerre-
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el Alto Imperio romano. Problemas económicos sociales y técnicos
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ros. Las armas hechas de este modo cortan cuanto se les opone. No hay escudo, ni casco, ni
hueso que resista a su golpe; hasta tal punto es de extraordinaria la excelencia del hierro.
La calidad de las espadas no se observa sólo entre los pueblos de la Meseta, sino también
en la Bética, como lo prueban las famosas espadas de Almedinilla, Fuente Tójar (Córdoba) y las
representaban en los relieves de Osuna. Toledo, en época augustea, era ya famoso por sus cu-
chillos (Gratt. 341). Esta tradición de fundición de armas se perdió en el s. I. En el año 68,
cuando Galba su sublevó contra Nerón, el ejército no tenía armas y hubo de esperar a la llegada
de un barco de Alejandría (Suet. Galb, 10, 4).
La historiografía moderna ha señalado bien el papel importante de Hispania en la econo-
mía del Imperio Romano debido a su riqueza en metales. Así M. A. Levi (
42
), que escribe: l'im-
mensa riserva di ricchezza presentata dalla Spagne per l'economia romana è tale da dare a
questa regione un posto completamente a parte fra le province. Anche se le miniere d'argento e
d'oro cominciavano a presentare sintomi di decadenza al tempo d'Augusto, il possesso della
Spagna assicurava a Roma tali risore da farne uno dei [-66→67-] pasi ricchi del mondo antico,
grazie alla libera disponibilità di metalli monetabili e di preziose materia prime industriali. Le
maggiori esportazioni continuano a essere oro, argento, stagno, piombo, ferro, rame e cinabro.
La minere iberíche in età repubblicana avevano rappresentato il 5 por cento del reddiío totale
dello stato; nel secolo II d. C. l'argento iberico era ancora importato in Italia, ma in misura as-
sai più limitata, y L. Pareti (
43
): La riquezza maggiore era data dall'oro, che si traeva nella va-
lle del Baetis, in Lusitania, in Asturia et in Gallecia, e dell' argento delle cave di Cartagena, di
Castulo, della valle del Baetis e del paesi cantabri, che peró costituivano dei demani, prima
estatati, poi imperiali, gestaíi coi sistemi della conductio, che conosciamo epigraficamente de-
lla Lex metalli Vipasensis; al igual que E. Albertíni (
44
): Spain was sthus foremost among the
countries of the Ancient World a source of the precious metals and the metals in common use,
and this was in fact her special function in the Imperial system. The military organization, the
roads, the boundaries of the administrative areas, were alike dictated primarily by considera-
tions of how the mines could best be exploited and their returns increased. Although the ex-
ploitation of the mines certainly claimed the first attention of the Imperial officials, because in
this respect no other province could take the place of Spain. M. P. Nilsson (
45
): Spain's chief
wealth was in its minerals, which had already attracted the Carthaginian to the country... The
output of precious metals seems to have fallen off under the Empire when most of the gold came
from Dada, but for other metals Spain was still the chief source... Our chief knowledge of
mining in imperial times is derived from Spain. In comparison, agriculture and other industries
were less important.
Tenney Frank (
46
): finally the mines of iron, lead, copper, tin, silver, quicksilver and gold
were still among the most productive Known to the ancient world. M. P. Charlesworth (
47
): in
its total mineral wealth Spain was the richest province of the whole Empire, both in the variety
and the quantity of the metals it contained. [-67→68-]

APÉNDICE
Como elementos complementarios para el estudio de este tema consúltense los siguientes
trabajos, recientemente aparecidos:
1) Fuentes literarias griegas y romanas referentes a las explotaciones mineras de la His-
pania Romana, por J. M. Blázquez.

42
L'Impero Romano, Turín, 1963, 46.
43
Storia di Roma, VI, Turín, 1961. 485.
44
CAH 11, 493; D. E. Álvarez (Aspecto económico de la penetración y colonización romana en Asturias,
«Emerita» 31, 1963, 43 ss.) defiende que el trazado de las vías responde a las explotaciones mineras.
45
Imperial Rome, Nueva York, 1962, 169.
46
An Economic History of Rome, Nueva York, 1962.
47
Trade-Routes and Commerce of the Roman Empire, Hildesheim, 1961, 157.
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2) Les exploitations aurifères du Nord-Ouest de la Péninsule Ibérique sous l'occupation
romaine, par Claude Domergue.
3) Mimeração romana em Portugal, por Fernando de Almeida.
4) Instrumentos mineros de la España Antigua, por J. M. Luzón.
5) Metales y minería en la época visigótica, a través de Isidoro de Sevilla, por Manuel C.
Díaz y Díaz.
Todos estos trabajos están publicados en el «VI Congreso Internacional de Minería. V. I.:
La minería hispana e iberoamericana, Contribución a su investigación histórica. Estudios.
Fuentes. Bibliografía», León, 1970.
Claude Domergue ha publicado también una Introduction a l'étude de mines d'or du
Nord'Ouest de la Péninsule Ibérique dans l'Antiquité, en «Legio VII Gemina», León, 1970, 253
y siguientes.

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