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LECCIÓN PRIMERA: Francia. Del sacerdote súbdito, pasando por el
sacerdote ciudadano, al sacerdote funcionario público eclesiástico
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1. La Francia del final del Antiguo Régimen. El sacerdote un súbdito
incómodo. Las relaciones entre obispos y sacerdotes (1774-1789)
Durante la segunda mitad del siglo XVIII asistimos en Francia y en
buena parte de Europa a un largo y duro enfrentamiento entre los obispos y
sus sacerdotes. Éstos se sentían vejados en sus derechos y muy limitados en
sus ingresos; muchos de ellos tenían grandes dificultades para subsistir con
la dignidad propia de su ministerio y grado.
Las protestas de los sacerdotes franceses del final del AR se
fundamentaron, por otra parte, en una teología, más bien eclesiología,
llamada richeriana, en honor a Edmond Richer (1559-1631), defensor del
galicanismo, y por una panfletística en las que se defendían los siguientes
principios:
- los “setenta y dos discípulos”, es decir los sacerdotes, eran iguales
a los obispos en lo que se refiere a su institución divina; lo que les
distinguía y diferenciaba era su ministerio, su compromiso y
obligaciones con la comunidad.
- los únicos que tenían derecho, siguiendo las depuradas doctrinas
del galicanismo, para elegir obispos eran los príncipes. A los
príncipes les asistía este derecho por ser ellos los verdaderos
representantes del pueblo. Todo lo concerniente al gobierno del
pueblo y, por extensión, al gobierno de la Iglesia, pasaba por los
príncipes cristianos.

Entretanto, sobre todo desde el comienzo del reinado de Luis XVI (1774),
el ya excesivo poder de los obispos se hizo todavía más autoritario y
arbitrario. Los sacerdotes al sentir cada vez más menospreciados, se vieron
obligados a defenderse apelando a las vías jurídicas por entonces existentes
así como al Parlamento de Paris.
Una de las vías jurídicas más singulares y a las que los sacerdotes y
todos los deseosos de reforma apelaron, fue la convocatoria de los sínodos
diocesanos o nacionales (concilios nacionales).
Los sínodos nada tenían que ver con las conferencias de los
eclesiásticos. Los primeros se convocaban regularmente; los segundos
cuando al obispo le venía bien o juzgaba que era oportuno; En los sínodos
se elegía un síndico, que lo presidía; éste, a su vez, elegía a sus asesores, la
mayoría de las veces, personas ajenas a la administración diocesana; sus

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PLONGERON, Bernard, La vie quotidienne du clerge français au XVIII siecle, Hachette, Paris 1974,
248 pp. y Des resistances religieuses a Napoleón (1799-1813), pp 93-121.

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decisiones eran votadas, mientras las de las conferencias eclesiásticas no lo
eran y todo se hacía conforme a los deseos de los obispos.
La prohibición de la celebración de un sínodo en la diócesis de
Lisieux por el obispo Condorcet hizo que sus sacerdotes apelasen al
Parlamento de París y acudiesen a la prensa afín con la consiguiente
multiplicación de libelos y panfletos en contra de la Iglesia oficial y de sus
defensores, la monarquía y algunas órdenes religiosas.
En este orden de cosas y conforme nos vamos acercando a la
convocatoria de los Estados Generales (julio de 1789), en muchas diócesis
francesas las Cámaras del Diezmo se transformaron en Asambleas
deliberadoras, (deliberantes), que mermaron la autoridad que en lo
disciplinar y sobre todo en lo económico tenían los obispos. Asambleas que
marcarán, por su parte, lo que será el comportamiento del estamento
clerical en las diversas asambleas diocesanas del clero, previas a la
convocatoria de los Estados Generales; en todas ellas se luchó por el voto
por cabeza y no por el voto representativo como querían la mayoría de los
obispos de Francia.
Todo cuanto estamos refiriendo nos lleva a concluir que, por una
parte, la Iglesia de Francia sufría en el último tercio del siglo XVIII una
cierta esclerosis y que la Iglesia de Francia necesitaba, por otra parte, con
una cierta urgencia de una cierta reforma en su organización. Era
insostenible que el clero bajo, llamado más tarde el proletariado
eclesiástico, siguiese, pese a sus continuas protestas, sufragando casi la
tercera parte del volumen total de lo que el estamento clerical tenía que
contribuir a las finanzas y presupuestos de un Estado cada vez más
necesitado de dinero.
Los años previos a la Revolución fueron pródigos en protestas y
libelos. En 1789, Henry Reymond (1737-1820) publicó su Llamamiento de
los curas del Delfinado a sus hermanos, los rectores de Bretaña. Les
proponía la creación de un sindicato de curas para que de esta manera
pudiesen reivindicar medidas que rebajasen sus contribuciones e impuestos,
adecuándolas y ajustándolas a los precios del trigo. Otros autores,
sirviéndose del poder de la imprenta y de la capacidad lectora de la Francia
de entonces, trataron de acercar los problemas, los intereses y las
necesidades del clero con los intereses, necesidades y problemas del
pueblo. “Atención, sacerdotes, el interés del pueblo y el vuestro son
inseparables. Si el pueblo sale de la opresión, vosotros debéis salir del
sometimiento y del envilecimiento al que el alto clero desde hace tiempo os
tiene sometidos. ¿Acaso nosotros no somos obispos en cada una de
nuestras parroquias?”.
A nadie le podrá extrañar, en consecuencia, que la mayoría de los
sacerdotes miembros de las Asambleas diocesanas cuya misión era elegir a
sus representantes para los Estados Generales, fuesen sacerdotes
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enfrentados con sus obispos e inclinados a obedecer lo que por entonces ya
era un dogma, la voluntad general.
Concluimos este primer apartado: en vísperas de la Revolución, el
clero francés y con él la Iglesia galicana, demandaban una reforma
profunda que comportaba dos cambios: la revalorización de las prácticas
sinodales así como una mejoría económica en los ingresos de los sacerdotes
para de esta manera recuperar un cierto prestigio social y pastoral entre sus
fieles.
La oportunidad venía con la celebración inminente de los Estados
Generales.

2. El sacerdote ciudadano que no pudo ser (1789-1790).
El sacerdote ciudadano al que algunos diputados eclesiásticos
aspiraban era un sacerdote pobre, evangélico, apostólico y sinodal.
Nadie podía imaginar en vísperas de la convocatoria de los Estados
Generales (julio de 1789), los profundos cambios que la Iglesia acabaría
sufriendo.
Una vez más las necesidades económicas y presupuestarias de un
Estado deficitario como era por entonces el francés pusieron en un brete a
la Iglesia de Francia y al Comité Eclesiástico que la representaba en los
Estados Generales: en bien de la nación o seguían defendiendo sus
derechos de propiedad o se alineaban con todas sus consecuencias con el
nuevo el nuevo Estado naciente. Ocurriría lo segundo.
Antes de la aparición de la Constitución Civil del Clero (12 de julio
de 1790), el abate Gregoire (1750-1831), defendió en la Asamblea a los
curas como representantes de institución distinta a todas las demás.
Los calificó como “clase de hombres laboriosos, activos, útiles y
respetables”. Demandaba, en discursos que se hicieron famosos, el
mantenimiento de las libertades galicanas, el reemplazamiento de las
Asambleas del Clero por los Concilios Nacionales así como que los
sacerdotes tuviesen la posibilidad de sindicarse para de esta manera
defender sus derechos comunes frente a los obispos…
Cuando el 19 de noviembre de 1789 dio comienzo la venta de los
bienes eclesiásticos, Gregoire defendió en un discurso, 11 de abril de 1790,
a los curas calificándolos de sacerdotes ciudadanos. Reclamaba para ellos,
en su mente casi todos los sacerdotes eran sacerdotes rurales, que hasta el
momento habían vivido gracias a los privilegios, ahora perdidos, y los
beneficios de sus rentas, vivir, siendo siempre y actuando como sacerdotes,
vivir con la máxima dignidad gracias al apoyo y sustento de sus fieles. Los
sacerdotes, por su propio ministerio, desarrollan en los pueblos y tambièn
en las pequeñas ciudades, una misión superior a la que pudieran desarrollar
otros funcionarios públicos. Eran los primeros y los auténticos servidores
del pueblo. No sólo le daban y ofrecían al pueblo la Palabra de Dios sino
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todo lo necesario para vivir y para desarrollarse. Cuidaban su cuerpo y
también su alma. Lo justo era que fuesen alimentados, defendidos y
protegidos por sus fieles.

3. El sacerdote funcionario público eclesiástico.
Todo se derrumbó con la Constitución Civil del Clero (12 de julio de
1790). Desde su aprobación, los eclesiásticos dejarían de ser sacerdotes
ciudadanos para convertirse en funcionarios públicos. Como tales estarían
sometidos al régimen general de la función pública y serían pagados con
los fondos del Estado.
Una nueva realidad se impuso. Los sacerdotes, tan hijos de la
Revolución como el resto de sus burócratas, acabarán siendo más
funcionarios que sacerdotes. Sin apenas preámbulo alguno, muy
revolucionariamente, se vieron obligados, como todos los funcionarios del
nuevo Estado, a jurar su fidelidad al nuevo Estado. Gracias a la ley
secularizadora del 20 de septiembre de 1792, si lo deseaban, podrían
contraer matrimonio.
Con la CCC del clero y más adelante con la firma del Concordato de
1801 se fijaban una serie de normas para el funcionamiento de los obispos,
de las diócesis y de los sacerdotes.