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Almas gemelas

La investigación siempre fue mi fuerte, no importa qué busques, siempre hay
rastros que te llevan a tu objetivo. A los seis años mi mamá me dijo que siempre
se perdía un calcetín y solo quedaba uno, así que había que usar dispares o
resolver ese misterio.
Me propuse interrogar a todos en casa para conocer el paradero de los
calcetines perdidos, le pregunté a mamá, a papá y a mis hermanas ¿Cuándo
había sido la última vez que los habían visto? ¿Cuándo la última vez que habían
usado la lavadora? ¿Cuándo la última vez que se los habían puesto?
Me di cuenta que en casa, a la hora de usar calcetines, no usábamos pares
y eso no era porque se hubieran perdido o peor aún, que alguien los hubiera
robado; la situación era la siguiente, los pares de calcetines nunca coincidían
porque cuando un calcetín estaba sucio, el otro estaba siendo usado. Cuando un
calcetín estaba en la lavadora, el otro estaba en el canasto de la ropa sucia o
cuando un calcetín estaba siendo usado, el otro estaba debajo de la cama.
Además de otras posibles combinaciones y claro nadie lo notaba porque no
prestaban atención a que los calcetines aun siendo pares, uno va siguiendo al
otro, pero nunca se encuentran.
Bajo esta lógica tan infantil me plantee el porqué las personas nunca
coinciden con sus almas gemelas y todo este embrollo debido a que a mis cinco
años de casado conocí a una mujer bellísima el lunes pasado en la tintorería, ella
estaba hablando por teléfono y decía algo acerca de su reciente divorcio. Cuando
volteó y vi su rostro era la copia fidedigna de la mujer de mis sueños. Ahí estaba
ella, yo casado o en el cesto de la ropa sucia y ella divorciada, recién salida de la
lavadora.



Capsula del tiempo
-Hoy le gané al gallo y me levante de madrugada, limpié por todas partes hasta
ver reluciente la casa. Entre a la cocina, preparé mole de olla, un flan e hice agua
de Jamaica. Me senté a esperar, todos los días me levanto a limpiar, cocinar y
después me siento a esperar.
Mi esposo Javier se fue de mojado hace como tres años y es hora que
todavía no tengo noticias de él. Aun así, la esperanza no la pierdo, el día que nos
casamos me prometió que iba a trabajar muy duro, pero se fue y todavía no sé
nada.
Mis hermanos que viven allá le ayudaron a pasar y cada que les marco
pregunto, pero siento como si me ocultaran algo, me dicen que mejor me busque a
alguien más. Pero sé que debo esperar paciente hasta que regrese mi Javier.

Ese era el discurso de Adela cuando sus sobrinas la visitaban, Lucia, una
de ellas, solo la escuchaba mientras que Graciela echaba un suspiro, le decía que
ella en esa situación se buscaría a otro y soltaba una carcajada lo que hacía que
Adela se disgustara negando con la cabeza.
Algunos años pasaron y todavía sus sobrinas visitan a una anciana que
sigue repitiendo su historia sin cambiar los años de partida de su esposo mientras
murmuran entre ellas, Adela se quedó atrapada en el tiempo.





Suspiros en el súper mercado
Las tardes de los viernes, Enrique visitaba a su abuela al salir del colegio.
Recorría la calle del zapatero que estaba al darle la vuelta a la escuela. Pasaba
por la calle del panadero que exponía el olor a pan recién horneado donde iniciaba
la cuadra hasta donde terminaba.
Pasaba por la calle de la verdulería donde siempre colocaban unas piñas y
sandias partidas por la mitad dejando ver sus colores que alegraban. Luego
seguía la calle del abarrotero, su tienda era pequeña, pero vendían de todo; a
Enrique le gustaba pasar y saludar a don Luis que era el dueño porque a cambio
de su jovial saludo recibía una colación que no era desairada.
Más al fondo estaba la calle del carnicero que se le podía ver desde afuera
de su local cortando la carne. A Enrique le parecía tétrico porque don chuy, el
carnicero, veía a los niños con ojos fijos y cejas pobladas que les hacía sentir
como si a ellos también les tocara pasar por el cuchillo.
Una cuadra antes de llegar estaba la calle de la costurera que tenía su
ventana abierta y se le veía al fondo trabajando a todas horas luciendo su
máquina y ella en un solo ser. Así hasta llegar a casa de su abuelita que siempre
lo recibía con un abrazo y un vaso con leche, se sentaban en sus sillones
floreados e iniciaba sus historias de héroes y princesas.
Ahora, Enrique ya es unos años mayor, se mudó a la ciudad y cuando va al
súper mercado recorre cada pasillo pensando en su pueblo, al llegar a la caja
suelta un suspiro recordando las tardes de los viernes en casa de su abuelita.




Charla de padre e hijo
Antes de salir de casa mi esposa me dijo que nuestro hijo ya tenía edad para que
le hablara de mujeres, le dije que hablaría con él cuando regresara del trabajo. Me
la pasé pensando en cómo o qué podría decirle, le pregunté a un compañero si él
hablaba con sus hijos y me dijo que sí, que él les decía que las mujeres son como
una flor y hay que tratarlas bien. Pero si las cosas son tan sencillas que la mujer
es una flor y el hombre su jardinero entonces por qué preocuparse por los hijos.
Regrese a casa y esperé a mi hijo, entré a su cuarto, me senté al filo de su
cama, cuando entró soltó la mochila y la dejó en el piso, me preguntó qué pasaba,
tenía cara de preocupado, imagino que pensó que recibiría un buen regaño, pero
al parecer iba a ser algo más incomodo que un simple regaño.
Inicié con un “hijo, ven siéntate, te quiero decir algo”, aunque en realidad no
sabía que quería decir. Él se sentó a mi lado haciendo los gestos de un cachorro
que le tienden la mano con comida y no sabe si acercarse, así que lo hace con
desconfianza y temor. Empecé a marearlo con el asunto de que ya había crecido y
había cambios en él, luego entré al tema central.
Fui honesto con él, le dije que no sabía mucho, pero que era importante que
conociera y que cualquier duda que le surgiera preguntara. Él me dijo: “no te
preocupes papá, en el tema de las mujeres, te aseguro que ningún hombre sabe
mucho sobre el tema”.






Un amor resentido
La calidad de su perverso sentir era tan aguda como su expresión de dolor.
Respiraba, pero su muerte era evidente por el estado de putrefacción de su
interior que delataba a Joaquim.
Transitaba en una habitación húmeda y sucia a los ojos de cualquiera. Su
rostro lucia un espesor de cicatrices y ámpulas, lo mismo en el resto de su piel.
Sus cabellos crecían desmesuradamente y su cuerpo apenas robustecía como
adolescente a pesar de su edad avanzada.
De él pertenecía toda la aldea, la muchedumbre temerosa de sus malos
augurios hacia ellos, le servían hasta donde el asco se los permitía. Una mujer
anciana empezó a formular pensamientos de venganza en contra de quien
asesinó al amor de su vida en su juventud. Un muchacho le juró amor, pero vio el
sol por última vez cuando enamorados uno del otro, ante los celos, un joven
Joaquim los maldijo hasta ver al pobre enamorado muerto y a la joven por quien
tantos fueron sus halagos, desolada.
Una tarde fría, el maldecido joven se encontraba en el bosque acumulando
leños junto a su padre al pie de un árbol grueso y viejo. Joaquim apareció a una
distancia considerable, llevaba consigo algunos trozos de madera que agitó con
fervor conjurando en contra de su rival. El joven fue sepultado por el árbol que
cayó repentinamente, su padre atónito intentó sacarlo. Por su parte Joaquim al
verse satisfecho salió corriendo, pero su presencia quedó expuesta al pisar hojas
secas.
El padre del joven, junto con otros hombres de la aldea, se abalanzó en su
búsqueda, lo encontraron cerca de un río. Lo tomaron por pies y manos, lo ataron
e intentaron quemarlo. Pero se encontraban ante un horror sobre humano,
Joaquim se agitó tan fuerte hasta que ellos se alejaron.
La joven sintió repulsión por la bestia que no conocía la compasión, estaba
dispuesta a morir antes de pertenecerle y el grito de dolor que emitió Joaquim fue
tan agudo que la dejó sorda; triste, decidió la suerte de la pobre mujer pues no
podía obligarla a amarlo, así que su soledad sería de ella también.
Con signos visibles de dolor por una vida tirada, la joven dejó de asearse y
su apariencia no fue más la imagen de belleza y pulcritud, se transformó con los
años en una anciana de piel rugosa, cabellos grasos y desordenados, pero con
una luz de revancha en sus ojos grises y turbios. Conoció y se educó por si sola
en los temibles destellos que transcribe el idioma de la hechicería, regalándose a
los espíritus del bosque y sintiéndose capaz para devorar a cualquier alma que se
encontrase a su alcance.
Una noche de noviembre, cuando la luna es tan espesa como la sangre, la
anciana se desvaneció en el aíre produciendo una nube de insectos con alas
membranosas de color azul y amarillo que salieron volando con dirección a donde
se encontraba Joaquim, quien sabia que algo pasaba pues a discreción de el
mismo padecía una fiebre que le recorría el cuerpo opulento produciéndole un
sudor que en cada gota se le iba la vida.
No previsto de una ventana abierta, se saturó de neblina la habitación sin
permitirle siquiera ver sus propias manos. Los coloridos insectos entraron brillando
en cada aleteo rodeándole el cuerpo, se adhirieron a su piel y otros más los aspiró
en cada respiración. Impotente ante la magia que lo sobrepasaba no pudo más
que consumirse hasta un estado cadavérico y luego solo polvo.






Central de autobuses
Al contratarlo le advirtieron que vería lágrimas, despedidas, peleas y personas
deambulando como un hormiguero en plena acción. Ha visto besos sinceros y
abrazos eternos, gritos y desesperación por no llegar a tiempo.
Los que transitan por este lugar llevan sus penas y alegrías a cuestas
envueltas en un beliz que con detenimiento revela algo de ellos. Su trabajo es
estar alerta ante cualquier inconveniente, aunque no le especificaron que clase de
inconvenientes habría debido a que ningún día es igual a otro y ninguna situación
tienen parecido entre sí a pesar de que la dinámica es la misma cada vez, hay
quienes llegan y quienes se van.
Ya sea durante la noche o durante el día tiene el ojo puesto en el ir y venir
de gente que no tiene descanso. Todavía recuerda su primer día aquí, subió una
escaleras que lo llevaron a una especie de cielo en donde pudo ver todo, se sintió
omnipotente. Al entrar a este cielo hay un letrero que reza sala de monitoreo.
El verdadero problema llaga cuando cae de su nube, sale por la puerta trasera del
edificio, camina por una acera que da a la ciudad y se siente como un simple
mortal.








Buen viaje
Nada bueno había en haber aceptado un trabajo en otra ciudad, excepto el asistir
todos los días a la central de autobuses en donde, Luis, podía admirar a una
simpática chica que lo despedía a la hora de su partida. Antes de salir de casa,
Luis se esmeraba en su imagen y a pesar de ser muy de mañana quedaba
impecable para llegar a su primera parada, la central.
Poco a poco fue creando en su cabeza escenarios en los que se plantaba
frete a esta chica, le recitaba un poema, una propuesta y una esperanza por
recibir un anhelado “si” para que por fin existiera un “ellos”. La joven era amable y
lo recibía con una sonrisa, pero en esos labios no existía rastro de intención hacia
el pobre de Luis que se desvivía por ella.
Luis era un chico tímido y a sus treinta años tenía ganas de formalizar una
relación, ella en cambio se veía extrovertida y tenia novio, a lo que Luis cerraba
los oídos mientras que su corazón se abría de sentimientos nobles hacia ella. Él
pensaba que sería muy sencillo cambiar las palabras con las que ella lo recibía
por otras llenas de amor para él, pero la edecán solo le decía buen día señor, que
tenga buen viaje.








La despedida
Nuestra relación ya es un desgaste, ella ya no me consiente con el desayuno por
las mañanas, mi ropa sucia se acumula en el cesto hasta que yo me hago cargo,
regreso a casa y no pregunta cómo estuvo mi día, al parecer no le importa.
Las costumbres se han perdido, antes estar con ella era como tener un
costal lleno de amor, pero al paso de los años se ha ido vaciando. Tal vez aun me
quiere, yo aun la quiero aunque las cosas no volverán a ser lo que fueron.
Recuerdo la rosas y la tarjeta que le regalé para agradecerle por haberme
dado todo, ahora ella está inmersa en sus proyectos y se ha olvidado de mí. He
tenido que vérmelas yo solo y a pesar de que vivimos bajo el mismo techo
parecemos unos completos desconocidos.
Honestamente no vale la pena seguir en una relación así, la situación tiene
que cambiar, yo he madurado y espero que ella tome mi decisión de la mejor
manera. Hablaré con ella, es momento de crecer, de salir al mundo cada uno por
su lado, está decidido le diré a mamá que me voy de casa.









Pájaro de mal agüero
Las cuatro de la madrugada, y Tere no podía dormir, se sentía inquieta, soltaba
suspiros largos y daba vueltas en la cama. Desde hacía un par de semanas al dar
la media noche veía por su ventana a un pájaro gris en vuelo dando círculos y en
ratos parecía estrellarse contra el cristal, eso la preocupaba. Cuando era niña, su
madre le contaba historias sobre las aves de mal agüero que solo traen consigo
penas para quien las ve o las escucha.
En esos años ella tenía el cabello claro y con el tiempo se le fue
oscureciendo, ahora se ve más recia a diferencia de cuando fue pequeña que era
toda una muñeca fina. Su cuerpo es ancho lo que la hace lucir fuerte y ruda.
Dejó la casa de sus padres al cumplir veinte años porque quiso estudiar
contabilidad en la capital del estado. Su familia la desanimaba por ser mujer, le
decían que mejor se casara, pero ella quería valerse por sí misma y lograr más de
lo que le ofrecían.
Antes de irse, su mamá la abrazó fuerte y lloro hasta mojarle el hombro, su
papá agarró de la mano a su mujer y le dijo que se calamara que su hija ya sabía
cuidarse sola y además nada le pasaría. El viaje duró dos horas porque no estaba
lejos de casa, pensó en su madre como una mujer frágil, doña Carolina no podía
estar si no tenía a todos sus hijos cerca de ella.
Al llegar a la capital la recibieron sus tíos, Clara era hermana de Carolina y
acordaron que la ayudarían con el hospedaje porque Clara y su esposo Julián
tenían su casa cerca de la escuela en la que habían aceptado el ingreso de Tere.
Así que estudiaría por las mañanas y trabajaría por la tardes con su tía en un taller
de costureras.
La escuela y el trabajo la dejaban agotada, la entretenían todo el día y parte
de la noche que se dedicaba a realizar sus tareas. Los primeros meses las cosas
fueron bien hasta que se sintió con una tapa en el pecho que no la dejaba respirar
bien, se sentía ofuscada, era como una espina que no deja estar en paz hasta que
no se saca.
Habló con su tía mientras se encontraban en el trabajo, le preguntó que si
no había visto nada extraño durante las noches. Su tía se encontraba apuraba
trabajando en su máquina, solo le respondió que se apresurara porque estaba por
dar la hora de salir.
Tere estaba extrañada, en el momento pensó que sería mejor ir de visita
con sus padres para saber si ellos se encontraban bien. La semana casi
terminaba, al día siguiente sería sábado, aviso a sus tíos y también en su trabajo
que pasaría el fin de semana en casa de sus padres.
A medio día regresó a casa, el viaje fue tranquilo y sin percances. En la
ventana de su recamara vio una sombra, pensó que tal vez sería su madre
aseando sus cosas. Entró para ver quién era, pero no encontró a nadie; fue a
buscar a la cocina y vio una nota de sus padres, decía que habían salido a
comprar algo para la comida.
Regresaron sin tardar, doña Carolina llevaba un pastel de coco para Tere,
después de la comida oscureció pronto. Al dar la media noche, Tere se sintió
inquieta, se despertó y vio por su ventana al pájaro gris, estuvo intranquila. Casi al
amanecer sonó el teléfono, su padre se levantó y contestó, se mordía el labio
inferior y movía su pie derecho, se veía nervioso.
Aclarándose el cielo ya estaban preparados para ir de visita a la capital, las
dos familias se reunieron, Tere vio a su tío Julián taparse los ojos y llorar sin soltar
lágrimas. El taller en el que su tía Clara y ella trabajaron juntas se incendió, las
trabajadoras murieron asfixiadas antes de que las pudieran sacar. Tere estaba
sorprendida y lloraba, pero las noches que siguieron el pájaro gris ya no visitó su
ventana.


Fuego
Cada hendidura, cada explosión de sangre en su piel, las cicatrices que ahí
quedaron. Era la amante perfecta, su cabello lacio y su cuerpo el más ligero en
manos de él. La cita era todas las tardes en el parque, en la misma banca frente al
huizache. La veía a los ojos, seduciéndola con su boca hundida en sus mejillas, le
tomaba la mano y le besaba el dorso.
Se dirigían hacia el departamento mientras el sol diluía su luz, dando
espacio a la sábana oscura que se despliega en el cielo cubriendo sus cuerpos
semidesnudos. Sus manos fuertes abrían puertas en el lugar para que ella
accediera y luego en el cuerpo para poder entrar al pecho tibio y en cada
ondulación de su carne. La sensación lo hacía estallar.
La rutina lo despojo del suelo, con manos cada vez más rudas, desgastaron
la esencia, extremos en los que ella pensó en el justo momento de la ya necesaria
separación. Cuando él sintió sus labios fríos y su mirada abstraída, lo supo y
decidió jugar otra rutina que inició esa tarde.
Su encuentro en el parque siguió, pero en la alcoba, él tomó los brazos de
ella y los puso detrás de su espalda, los ató con una tira de cuero negro,
tumbándola sobre la alfombra azul y la roció con un líquido aceitoso que olía a
fruta. La atmósfera era de romance extremo para ella, hasta que él encendió velas
alrededor de la habitación, abrió la ventana del costado, salió de ahí y ella dejó de
ser su amante.





Juventud irresponsable
El camino que lleva a casa siempre es mismo. En estos días soleados solo quiero
llegar, abrir la puerta y dejarla así, que la luz entre lo más posible pues el techo es
de teja y oscurece el ambiente.
Enciendo la radio y me siento sobre la silla para ver la lámpara que nubla
mis sentimientos de ira. Estando ahí, mi mente empieza a divagar y a proliferar
deseos de abandonar mi vida, después surge la realidad y la responsabilidad de
cuidar a mis hermanitos desde que papá nos abandonó. Resulta extraño ver mis
sueños perturbados por la risa y los juegos de mis hermanos cuando entran
corriendo. Así, mis anhelos son poco ante una infancia que revolotea.
Vivo consciente de las palabras de auxilio de mamá, que sea yo quien le
ayude. Dice que todos los jóvenes somos egoístas, tal vez sea verdad. Tal vez mi
papá aún se sentía joven. Fue egoísta y por eso se fue y yo no sé si lograré seguir
este camino o ser joven, ser egoísta y salir corriendo de aquí.










Maestra
La vi y mi mente quedó flechada: el plata en sus arrugas y la sabiduría de su
mirada. Las caricias que quise darle, pero jamás lo supo. Fue una dama que robó
mi aliento mientras estudié en la universidad. Su nombre era Estela, así la conocí,
como una estela de amaranto y miel sobre mi cuerpo.
Ella me instruyó en la coherencia, la escuché todo el tiempo en la parte
trasera del aula. Sus lentes eran rectángulos que detonaban seriedad, pero sus
mejillas ruborizadas amalgamaban su personalidad jovial. Me quedaba atento al
verla mover sus manos con sutileza y clase. Al concluir el curso me llamó a su
escritorio, bajó sus lentes solo un poco para verme por encima de ellos, me elogió
y dijo que yo podría ser un alumno de excelencia, sin embargo, me notaba
distraído.
Increíble cómo a pesar de que mi mirada la desnudó todo el tiempo, ella no
logró saberlo. Mi porcentaje final fue de 89, nada mal para alguien que trata de
concentrarse en matemáticas al tener enfrente un amor imposible.










Manía
Abrí los ojos y ahí estaba de nuevo. Cuántas veces tendré que deshacerme de
estúpido colchón; inicié por subirlo al automóvil y llevarlo al depósito de basura, he
intentado de todo y aún así siempre regresa.
Mi esposa, atónita, me hizo sentir como si hubiese perdido la cordura,
pensé que era una equivocación y a quien debía ver así era al colchón. La vi por la
ventana, puso sus maletas en el auto, subió al niño y arrancó. Su cara era de
decepción, tal vez por no haberme deshecho del martirio que aquejaba nuestra
alcoba.
Mientras tanto, la mujer se dirigió a casa de su madre, herida y a su vez
algo confusa por ver a su esposo en esas condiciones. Tenía que buscar ayuda, lo
sabía, a ella le parecía increíble que él tuviese problemas en su mente. Lo observó
sacar los colchones, llevarlos al depósito y encontrar de regreso uno nuevo en
cada situación. Su cuerpo, inundado en desesperación después de instalarlo en la
cama, desembocaba en un grito histérico: “¡No puede ser, ha vuelto!”










Hikikomori*
(Término de origen japonés
que refiere a la reclusión)
I
Yo he ido a algunos lugares, donde la humedad se huele, los colores del cielo se
antojan y se pueden sentir como brasean por los dedos como si fueran llamas que
en vez de quemar confortan. Hay quienes nunca salen de aquí, jamás conocen ni
descubren nuevos sitios, pero yo no, yo ya he ido algunos lugares, unos cerca de
aquí y otros más lejos donde todo es diferente, se puede llegar y de un momento a
otro dejar de ser un extraño convirtiéndose en parte del ambiente, de los sabores,
incluso de los sentimientos.
A pesar de que todos tenemos sentimientos distintos, así como también
nuestros pensamientos, hay lugares donde todos van al mismo son y cuando
alguien esta triste todos están tristes. Un niño tenía húmedas sus mejillas por el
llanto, el ave que visitaba todos los días había muerto, me contó que el ave era un
racimo de hojas de color carmesí, las alas eran carrizos secos y su pico un hueso
de mamey. El pequeño salió corriendo, lo vi ungirse el lodo, se quedó rígido hasta
que sus ojos se fueron secando sin dejar rastro que lo delatara. Me quede
pensando en las rocas que no las delatan sus ojos, sus voces, sus cuerpos se
vuelven secos y callados. Mas su dolor se transmitió en la fauna y en quien se
encontraba cerca de él.
Regrese a casa de ese lugar donde nos encontrábamos, cansado después
de un largo viaje que me pareció un parpadeo, pero aun así absorbió mis energías
como si se hubieran quedado en el camino. Preferí dormir, me dormí días enteros
sin saber de mi ni de mi alrededor, cuando desperté mi cuarto estaba obscuro, mi
cuerpo apenas y tenía fuerza para levantarse, pero me levanté para quedarme
sentado, ver la ventana, los primeros rayos del sol y el camino de la luna que
siempre promete volver, mis pies tocaron el piso frio y se helaron hasta mis
suspiros.

II
Tan solo tenía unas horas de conocerme encerrado y ya quería salir
corriendo, de estar afuera, de respirar otros aires de sentir otros vientos, de ver
otras caras y no solo la mía que al mirarme al espejo la encuentro con un desgarro
más en mis ojos y otra cicatriz en mis labios. Recién mi conciencia había
despertado y a pesar de asomarme por la ventana no quise seguir observando
porque comparto el lugar con gente gris, poco amena, las paredes son de un color
desagradable a la vista y al estomago.
Preferí prepararme para salir de este lugar, suelo encontrarme con un
anciano robusto, siempre en pijama sin importar la hora del día, lentes que
delinean su rostro lleno de arrugas y una barba de días, lo saludo de forma irónica
y él me responde más molesto aun mientras cambia el tazón de su tonto gato. Yo
disimulo mi risa y él se queda murmurando.
Caminé horas, vi un edificio alto y parco, decidí entrar. Había una serie de
cuadros en una galería, caminé alrededor de la habitación observando todos y
cada uno, en ellos se plasmaban cuerpos mutilados por todas partes, aparecía
una modelo con un cuerpo precioso, terso, una piel clara, exquisita y ojos verdes
que reflejaban terror y sus labios como tinta que se corre. Tenía largas piernas con
cortadas horizontales que parecían un pedazo de carne, estaba tumbada en una
alfombra con los brazos entre abiertos y las piernas flexionadas, al verla era como
si estuviera viva, aterrada, gritando una y otra vez. La cubría una tela fina color
purpura que contrastaba con su cabello rojizo y ondulado perdiéndose en un mar
de sangre. Era una unión entre un rojo libre y el arte.
Había pocas personas en el lugar, algunas distraídas platicando entre sí,
otras atentas a las pinturas, escandalizadas comentando un caso: un hombre,
pintor, que asesinó a su modelo para después plasmar la escena de lo más fresco.
No les resultaba aceptable, a pesar de eso estaban maravillados con las obras
que se estaban presentando. Me dio un poco de risa y alguien volteó y me
preguntó que era tan gracioso, les respondí que si no pensaban que tal vez ese
artista podría ser el autor de las obras con las que se maravillaban. Lo
reflexionaron seriamente por un segundo, después se vieron entre ellos, soltaron
una burla y dejaron de prestarme atención.
Hay lugares donde todos siguen la corriente y todos piensan igual, me
pregunto si entre ellos también van al mismo son y por eso todos piensan lo
mismo. Salí del lugar y caminé sin rumbo, llegué a un parque lleno de arboles
todos muy verdes, gigantes que brotaban de un campo de pasto que se sentía
liquido, caminé hacia el centro del parque donde se veía ya desde la distancia un
tronco seco, llegué hasta allí, volteé a todas la direcciones y estaba solo. Me trepé
por un costado del tronco y al llegar al punto donde había sido cortado de tajo se
encontraban en él unas hendiduras, las toqué y sentí escalofríos. No sé si lo
imaginé o fue solo una visión, vi a una pareja sentada en ese lugar una noche
donde el cielo era de cristal y se veían millones de estrellas, uno de los arboles al
fondo del parque parecía que los abrazaba con sus ramas.
Volví de la enajenación y un trozo de periódico fue arrastrado por el viento
hasta donde estaba y me golpeó en la cara, lo aparté con ambas manos, saltaron
unas líneas, era una carta de un hombre que había tenido un encuentro con su
amante que según decía en la nota la carta era una descripción de lo que pasaba
en su alcoba.
Extrañamente el hombre no lo describía en primera persona, sino que hacia
la mención como si él fuera un simple espectador, son líneas que aun no logro
quitarme de la mente, en ese trozo de papel venía impresa su alma, describió una
tarde en el parque repleto de árboles, flores y un jazmín que robó su atención por
el penetrante olor a vida plena. Entró en la alcoba con la flor y, junto con él, la
muerte quien se llevó a su amor.
En el momento no entendí cómo un amor se puede convertir en algo tan
destructivo. Esa experiencia fue como ver por un telescopio y por lo que vi, sentí
cómo mi sangre perdió color y solté un suspiro desesperado, bajé del tronco, me
acosté bajo su regazo y me quedé dormido. Intenté seguir dormido, pero no pude,
esperé a que amaneciera y salí corriendo somnoliento, cansado pero con la idea
firme de alejarme de ahí.

III
Preferí despejarme y regresar, así que emprendí mi retorno, nuevamente
me pareció un abrir y cerrar de ojos. Ese día soleado solo quise llegar, abrir la
ventana y dejarla así para que la luz entrara a pesar de que no disfruto del todo mi
estancia en este lugar. Al fondo estaba el señor Alger, el anciano decrepito se
retorcía para burlarse, a mi no me quedó más que cerrar la puerta despacio algo
desorbitado y me metí a la cama para no saber de nadie.
Organicé mis cosas, más no así mi mente, y me dispuse a un nuevo viaje.
Llegué a una estación, subí al vagón, en él se encontraba un hombre en el rincón
de características sombrías, una chica de aspecto afable. Me senté y puse mi
maleta en el piso con una carga helada que tenía sobre mi frente.
Durante el trayecto percibí un olor fétido, a descomposición, me pareció
completamente extraño, decide voltear hacia la chica y noté su expresión de
desagrado, al parecer ella también se había dado cuenta del olor. Dirigí mi vista al
fondo del vagón donde se visualizaba la cara del hombre que tenia la quijada
desubicada y los músculos de su cara estirados al punto del desgarro. En el
momento pensé que era otra de mis visiones, pero todo parecía tan real. Jalé el
freno y salí corriendo del tren que ya se encontraba en medio de la nada, corrí
hasta cansarme, me senté sobre mi maleta y el cielo se deshizo, me sentí
desolado en un lugar desierto.
En ese momento deseé estar de regreso en casa donde, por la ventana que
se encuentra en el fondo, probablemente estaría entrando la brisa de la lluvia,
además de todo ese tronar que se produce. Pero no era esa la situación, tenía que
buscar refugio o simplemente morirme de frío. Allí me encontraba, mis dedos se
mezclaron con la humedad, un latido, las gotas iban cayendo para retumbar en el
suelo, las sombras se iban haciendo cada vez más grandes, mi respiración se
agitó y cerré poco a poco los ojos.
Escuché una risa burlona susurrándome, abrí los ojos y súbitamente estaba
de regreso en el vagón. La chica me veía y reía a carcajadas, en el regazo de
sus piernas llevaba una libreta de notas. Me veía, reía y a la par escribía en el
cuaderno. Al parecer todo había sido una pesadilla, me di vuelta para ver al
hombre y allí estaba con una cara amarga que desentona con las risitas de la
chica. Aún así sentía la humedad de la lluvia, había mojado mis pantalones.
Mi vergüenza era roja, me levanté y entré a un cubículo para cambiarme en
un baño incomodo y pequeño, aun no estaba listo para salir. Enjuagué con un
poco de agua mi cara y mi rostro brincó en el espejo, sacudí mi cabeza y salí para
incorporarme en mi asiento. Ese viaje fue de los más largos, con las miradas de
esas dos personas el camino se me hizo años.
Me inquietó saber qué era lo que la chica escribía, y el hombre tan serio,
probablemente no eran del mismo lugar, y sí lo eran parecían muy distintos. No
era como aquellos lugares donde todos parecen soldaditos hechos del mismo
molde, el mismo cuerpo, el mismo cabello, la misma lengua y el mismo cerebro.
Ellos eran muy diferentes, el tono de la piel del hombre lo delataba, era un
marginado, tenía la piel oscura, en cambio la chica tenía piel clara, cabellos rubios
y unos labios finos como una hebra de hilo rojo. Al hombre se le veían los años en
los ojos, sin duda de un cuerpo curtido aun con fuerza. La chica escuálida apenas
y sostenía el cuaderno, pero con una vivacidad en la mirada como un felino
perezoso capaz de dar zarpazo.
Después de sus burlas se puso seria, se concentró en la escritura. Atrás, el
hombre lucía una sonrisa maliciosa, era como si los papeles hubieran cambiado,
ahora él era quien reía y la chica lo veía seria. Todo el camino fue así un cambio
de roles, de un momento a otro uno se reía mientras que el otro permanecía
cayado. Imagino que fui una irrupción en su dinámica, en su rutina, tal vez la chica
tomaba notas del forajido de su vagón.
IV
Llegamos a la primera estación, bajé del tren con mi maleta y mi vergüenza
un poco consolada. En la ventana se les veía a la chica y al hombre, no bajaron,
se fueron en el mismo vagón. Me pareció extraño, los otros vagones iban vacíos.
¿Por qué compartir un espacio con alguien cuando existen muchos más espacios
libres? Tal vez en ellos existía un vínculo y de alguna forma se necesitaban el uno
al otro.
Salí de la estación para adentrarme a un pueblito con muchos niños
jugando en los caminos, parecía que no se percataban de que los observaba,
seguían inmersos en sus juegos, en sus mundos. En el camino me tope con una
pileta, metí mis manos en el agua, el calor era intenso, durante el viaje había
tenido frio, pensé que el lugar al que llegara también lo sería, pero no fue así.
Pedí hospicio en una casa y se me brindó a cambio de unas monedas. Ya en la
habitación solté mi maleta y me recosté, la luz se encontraba presente; aún así en
mi cabeza lograba oír el melodioso ruido de los grillos en la habitación y por la
ventana el cantar de unos cuantos pájaros que se reían de mí.
Al desaparecer el sol me dispuse a pasar la noche en ese lugar, las
personas que me recibieron eran amables, era una mujer con sus tres hijos
pequeños, su esposo los había abandona y cada día buscaban la forma de
mantenerse. Tuvieron la amabilidad de prestarme un tapete, cuando la señora se
acercó sentí en mi interior las palabras que recitaba en su cabeza.
Me recosté, pero me fue difícil conciliar el sueño, en cambio mi mente tenía
una fuerte actividad al igual que mi pecho. Empecé a sentir lo que la mujer sentía
y los sentimientos se traducían en palabras en mi cabeza, cerraba los ojos y se
veían más claras, se repetían una y otra vez. Cuando pienso en ellos, recuerdo
sus sentimientos y regresan las palabras a mi boca: -envejece amor.
Al día siguiente me levanté y la señora me ofreció un desayuno por otras
cuantas monedas, me senté en su pequeña mesa de madera y me sirvió un plato
con un caldo raro, tenía un color verde y el sabor era insípido, no pregunté qué era
solo lo comí. La señora preguntó mi nombre, le dije me llamo Manuel, ella replicó:
bonito nombre, yo me llamo Amalia, me di cuenta que mi hijo el más pequeño le
platicó ayer que mi esposo se había ido. No respondí, seguí escuchando, ella
continuó diciendo: él se fue porque esta tierra no nos da para comer y se fue a
buscar un lugar donde si se pueda vivir, ya regresará por nosotros, ya no ha de
tardar.
La cara de Amalia era melancólica, los ojos los tenía cristalinos como si en
el momento fuera a romper en llanto, pero se contuvo. No supe que decirle, solo
me salió repetir lo que mi madre le decía siempre a mi papá: es usted muy fuerte,
sus hijos se lo agradecerán. Ella volteó a verme, sonrió vagamente y me dio las
gracias. Cuando terminé salí de ahí y esa familia se quedó en el lugar donde
probablemente pasarían el resto de sus vidas, aun así los sentimientos habían
cambiado y también las palabras, los recité durante el camino:
Creador de placer: saber que soy el olvido, nada de mi existe en tu ser,
tal vez debería intentar el olvido.
Regresé a casa y no noté como lo hice, tenía mi mente ocupada con
pensamientos de esas personas y cuando levante la mirada me encontraba de
regreso. No sé cuál será el siguiente viaje pero sí sé que no me quedaré aquí.