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N

Atención Educativa a los Adolescentes
en Situaciones de Riesgo
1
Adicciones
José Barrionuevo

Los términos toxicomanía, drogadependencia o drogadicción suelen ser utilizados
habitualmente como sinónimos para referirse a un estado psicofísico causado por la interacción
de un organismo vivo con un fármaco o una sustancia, caracterizado por la modificación del
comportamiento y otras reacciones, generalmente a causa de un impulso irreprimible por
consumir una droga en forma continua o periódica a fin de experimentar sus efectos psíquicos.
Usualmente, el término adicción está vinculado al consumo de sustancias psicoactivas,
pero se ha extendido a otras situaciones que no requieren del consumo de ninguna sustancia,
como el juego (ludopatía), la compulsión a la búsqueda de sexo o el uso de internet, y ha estado
sometido a múltiples discusiones a lo largo de los siglos XX y XXI, siendo objeto de variadas
definiciones que reflejan, más bien, el estado de ánimo social y político más que una discusión
netamente científica.
La O. M. S., Organización Mundial de la Salud, define a la drogadicción como el consumo
repetido de una droga que lleva a un estado de intoxicación periódica o crónica1. Y respecto del
término droga propone utilizarlo para referirse a: “cualquier sustancia que introducida en el
organismo es capaz de modificar una o varias de sus funciones”2.
El DSM-IV, Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, citando la
definición de “droga” que propone la OMS, agrega algunas consideraciones: “es toda sustancia
que introducida en el organismo por cualquier mecanismo (ingestión, inhalación de gases,
intramuscular, endovenosa, etc.) es capaz de actuar sobre el sistema nervioso central del
consumidor, provocando un cambio en su comportamiento, ya sea una alteración física o
intelectual o una modificación de su estado psíquico”3.
En cuanto a las formas de consumo de drogas, suele diferenciarse entre uso, abuso y
adicción:
Uso: este término supone un contacto esporádico u ocasional con la droga, con consumo
circunstancial y en ocasiones determinadas.
Abuso: reiterado consumo de drogas, recurriendo el sujeto a cantidades y/o frecuencia
“que superan en mucho a las iniciales”4. Discontinuo o no, el abuso suele ser considerado
un riesgo en cuanto a la posibilidad de facilitar el traspaso de los límites que lo separan de
la adicción propiamente dicha.
Drogadicción: dependencia, compulsiva y constante, de una sustancia de la cual el sujeto
no puede prescindir, ocasionando trastornos en lo físico y en lo psíquico, constituyéndose
el sujeto en peligro para sí y para los demás.
Etimológicamente, del latín a-dictio: ‘no dicción’ o sin palabras, el término adicto se
referiría a alguien que sigue ciegamente al líder, sin criticarlo ni decirle nada, sin
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cuestionamiento. Luego se llamó addictus a un ‘esclavo’ por deudas, de allí addictio:
‘adjudicación, cesión al mejor postor, consagración, dedicación’. En esta oportunidad nos
referiremos a la adicción a las drogas, dejando las adicciones a computadoras, jueguitos u otras
varias para otra ocasión.


Adicción a las drogas y el alcoholismo en la adolescencia
El consumo de drogas es tan antiguo como la historia de la civilización, utilizándoselas con
fines diversos tales como para aliviar momentos de pesar o de tristeza o depresión, para
acompañar festejos o durante ceremonias religiosas. Son diversas las causas o “motivaciones”
del consumo así como también la consolidación de la drogadicción propiamente dicha. La
diversidad de factores intervinientes en la aparición y desarrollo de las adicciones permite
considerarlas un problema multicausal, determinado no solo por factores biológicos y
psicológicos sino también por razones sociales y culturales. Una gran variedad de elementos
contribuyen a la comprensión de la situación: la pobreza, la exclusión social, la inseguridad, la
distorsión de valores, las carencias afectivas y las presiones en el ámbito laboral -entre otros
factores de riesgo- que incrementan la vulnerabilidad, tanto social como individual para el
desarrollo de las adicciones.
Para referirnos al tema de las adicciones en la adolescencia propondría una primera
diferenciación en cuanto al consumo de drogas y bebidas alcohólicas que puede presentarse en
la adolescencia y la drogadicción o el alcoholismo propiamente dichos, remitiéndose a un libro
en el cual se otorga mayor espacio a la misma. La diferencia entre ambas posiciones se sostiene
en la intención, inconsciente, puesta en juego:
 Hacerlo por placer o buscando encontrar fuerzas cuando las propias flaquean, en
búsqueda de sostén identificatorio, como primera posición.
 O bien cuando se ubica a la sustancia en el intento de reforzar el esfuerzo
desmentidor o renegatorio, patológico, ante la ley en sus diversas
manifestaciones, en la otra.
Las drogas pueden aparecer durante la adolescencia ante el replanteo de la posición
subjetiva, cuando el trabajo de duelo o los desbordes de angustia se presentan como costosos o
insalvables. Enfrentado a la estructura opositiva falo- castración el sujeto en distintos momentos
de su vida puede buscar atajos o eludir afectos desbordantes. Es entendible entonces que en
caso de los adolescentes el apego a drogas se presente en relación con las dificultades
inherentes a la tramitación de los duelos a los que diversos autores hicieran referencia
repetidamente.
Las sustancias intoxicantes vendrían al lugar de facilitar una sutura ante dificultades
propias del esfuerzo identificatorio en ciertos sujetos y en determinadas situaciones de pérdida
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importantes; en este caso pensamos en la adolescencia: cuando se plantea la exigencia de tener
que abandonar la seguridad del mundo endogámico de la infancia y ante el juicio que enuncia la
posibilidad de muerte del padre, muerte de los padres de la infancia, combinatoria que lo
enfrenta a la soledad y a la desprotección aterradoras.
Podemos afirmar a grandes rasgos que lo que subyace a la problemática del consumo de
drogas en su extremo de la adicción es una devastadora depresión o bien pánico o angustia
desbordante, en un sujeto que no encuentra palabras para procesarlos, intensa depresión o
sensación de tedio imposible de soportar, o bien pánico o desesperación, afectos distintos
puestos en juego ante los cuales el sujeto puede recurrir a drogas como “la” solución.
Nótese también que preferimos referirnos a “drogas”, evitando hablar de “la droga”, en
tanto las diferentes sustancias pueden provocar sensaciones diversas: estimulando,
tranquilizando o produciendo alucinaciones, inclinándose el sujeto por una u otra de acuerdo a la
pretensión de lograr un estado de ánimo que no puede conseguir por medios propios.
Definidas por Freud como “quita-penas”, las drogas facilitan al sujeto poder escapar al
peso de la realidad, refugiándose en un “mundo que ofrece mejores condiciones de sensación”,
buscando a través de la intoxicación que provoca la sustancia eludir o aliviar el dolor que el vivir
supone. Así, en las toxicomanías o en la drogadicción propiamente dichas la pretensión es
enfrentar o cuestionar imperativos categóricos que dicen de límites que la cultura impone a todo
aquel que quiera pertenecer a ella, pero, fundamentalmente, supone un intento de desconocer
la distancia entre el yo y el ideal y como consecuencia el juicio referido a la necesariedad del
morir personal. Estamos hablando, digámoslo con otras palabras, de falta, de castración, ante lo
cual irrumpe la angustia, el terror desbordante, o bien el sujeto se sume en amarga desazón, de
lo cual se pretende “salir” apelándose al consumo de drogas al no poder procesar el afecto por
medio del pensar, psíquicamente.
El así llamado drogadicto no hace más que hablar de su cuerpo y de su práctica
drogadicta cuando llega a consulta, generalmente llevado por familiares o amigos, no dejando
espacio para la duda en tanto ésta enfrenta al vacío, al desconocimiento, erigiendo en su lugar la
certeza del goce que le provee la sustancia elegida. Este es uno de los problemas que se enfrenta
en la clínica, y que durante mucho tiempo hizo que se considerara imposible el tratamiento
psicoterapéutico al estar en esta problemática renegado el valor de la palabra. Hoy proponemos
desde el psicoanálisis no retroceder ante las drogadependencias y trabajar con el paciente en
procura de la constitución del síntoma, es decir, algo que desde el discurso del sujeto suponga el
reconocimiento de cierto sufrimiento y el propósito de interrogarse acerca de ello.
Las bebidas alcohólicas, como otras drogas, se encuentran presentes desde tiempos
inmemoriales en la historia de la humanidad. En el beber circunstancial en festividades varias o
en simples reuniones de amigos el vino o la cerveza suelen oficiar de facilitadores del
acercamiento entre quienes circula, al producir rebajamiento de la censura a través de sus
efectos embriagadores.
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“Tomo para animarme...”, o, “...nada mejor que una buena birra para poder hablarle a
una mina, me salen solas las palabras...”, son expresiones que suelen escucharse en
algunos jóvenes al ser preguntados sobre por qué beben.
“Con la pinta no alcanza, por eso cuando tomo soy Borges y me gano todas las minas que
quiero”, decía otro adolescente.
En muchas de estas frases hay referencias a obstáculos a salvar, pudiéndose pensar desde
el psicoanálisis en la existencia de un esfuerzo identificatorio con aquel que se transformaría al
beber. Beber para “animarse”, para “levantar el espíritu”, o que se llame a las bebidas
alcohólicas de alta graduación: "espirituosas", son expresiones que merecen ser tenidas en
cuenta y que remitirían a una pretendida “transformación” en un ánima o en un espíritu, en un
“ser” que se encuentra más allá de lo humano, que puede traspasar todas las barreras que limita
a un simple mortal.
Respecto de qué se entiende por “espíritu”, para pensar en el poder que otorgan las
“bebidas espirituosas”, encontramos consultando un diccionario de lengua castellana la siguiente
acepción: “Ser inmaterial...”. “Don sobrenatural y gracia especial que suele dar Dios a algunas
criaturas...” Y en cuanto al significado de “ánima”: “… del griego ánemos: soplo,… alma que pena
en el purgatorio. Parte hueca y vana de algunas cosas”
Podríamos proponer entonces, como primera aproximación, que las bebidas espirituosas
tendrían desde esta perspectiva la "virtud" de dotar a quien bebe de las fuerzas necesarias para
triunfar sobre los límites materiales, al darle “ánimo”. Esta operación supondría, desde lo
inconciente, la pretensión de tener éxito en el esfuerzo por oponerse a la existencia de una
realidad traumatizante o desquiciante, que cuestiona el propio sentimiento de sí, con la creación
de un “doble” al que por proyección se adjudica la victoria sobre la muerte y a cuya imagen se
supone poder transformarse al beber. Freud afirma que el doble sería una formación oriunda de
épocas primordiales, y que implicaría una lógica del sentimiento yoico en que no habría deslinde
neto del mundo exterior ni "del Otro", dice textualmente, y escribiendo Otro con mayúscula
inicial, recurso de la duplicación para protegerse del aniquilamiento, como "enérgica desmentida
del poder de la muerte" que hunde sus raíces en la concepción del animismo que se caracteriza
por llenar el mundo de espíritus humanos, la omnipotencia del pensamiento y la técnica de la
magia basada en ella. En su escrito “Lo ominoso”, Freud sostiene al respecto que estas últimas
serían: "...creaciones todas con las que el narcisismo se protegiera ante el inequívoco veto de la
realidad"
Cuando se sostiene, por ejemplo, que el vino “anima”, o levanta el “espíritu”, la expresión
se estaría refiriendo al anhelo de lograr nuevas fuerzas allí donde el deseo vacila, sosteniendo la
representación de sí del sujeto acorde a un ánima, a un espíritu, a un otro de hablar fluido, de
mejor talante, animoso, emprendedor y arriesgado, en una transformación que el líquido
facilitaría con sus efectos.
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Hasta aquí, podríamos decir, es clara la relación de los jóvenes, y de los no tan jóvenes,
con las bebidas alcohólicas como recurso buscado cuando el valor flaquea, pudiéndose pensar
que en forma circunstancial, o incluso recurrente durante cierto tiempo, pueden ser buscadas
como garantía supuesta de sostén identificatorio en el trabajo de procesamiento de duelos
“adolescentes”.
Por su parte, en el extremo del alcoholismo se marcaría el exceso en la pretensión de
encontrar un reaseguro, vaso tras vaso, botella tras botella, ante la inevitabilidad con la que la
muerte se presenta como límite para la propia existencia. La desconexión que sigue al exceso en
la borrachera, y luego la depresión y la resaca, mostrarían en su secuencia lo fallido del intento y
la eficacia del accionar de la pulsión de muerte en la búsqueda de la bebida nuevamente, en
forma compulsiva. En el alcoholismo en sus casos más graves se caería como estado final en la
borrachera en un estado estuporoso, con amnesia parcial o total de lo ocurrido, como expresión
evidente de una retracción narcisista tras los intentos fallidos de fundirse amorosamente con los
otros, con declaraciones pasionales, abrazos y besos.
El “mamarse” o el “ponerse en pedo”, como se dice comunmente, tomando expresiones
populares, marcaría el fracaso del intento desmentidor de la identificación con un doble
supuesto en el beber “para darse ánimos”, y tras la manía muestra al sujeto borracho en un
mortífero encierro gozoso y a expensas de accidentes por obra del accionar de la desestimación,
que es defensa a la que se apela para abolir o no dar lugar al reconocimiento de los peligros que
pueden poner en riesgo la propia vida. No sería en este caso búsqueda de lograr un sostén allí
donde el sujeto siente que sus fuerzas están débiles, sino intento de borrarse del mundo,
desconectarse.
En el alcoholismo propiamente dicho se busca "nada", no se intenta reforzar sentimiento
de sí, o identidad, sino la búsqueda es desaparecer. Hasta "ponerse en pedo" el sujeto no se
detiene. La borrachera, el "mamarse", la peligrosa pérdida del control “cuando los litros te
voltean", al decir de un adolescente en entrevista, marcan el fracaso del esfuerzo desmentidor
de la identificación con el doble al que aludíamos en espacio anterior. Y podríamos decir que en
el exceso del beber, en la borrachera, el sujeto queda arrojado o caído, como organismo, en un
encierro autoerótico, "mamado", atrapado en el goce.
Para concluir, como síntesis posible, planteemos las diferencias hasta aquí enunciadas:
Hay casos en los cuales el consumo se inicia probando drogas, incitado muchas veces por
el grupo de amigos, o bien recurriendo al tóxico en situaciones puntuales inmanejables
circunstancialmente, o incluso consumiendo sólo por placer. No podríamos sostener que por el
hecho de que haya consumo de drogas se pueda hablar de un “caso” de drogadependencia, en
tanto en esta circunstancia la droga puede presentarse como refuerzo del sostén identificatorio
durante un tiempo y luego es abandonada u ocupa un lugar accesorio según la elaboración en
cada quien realizada.
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El problema se plantea cuando el “ser drogadicto” se instala como carta de presentación
con la que supone el otro debe poder construir los atributos relativos a su “ser”, y es “la”
solución que se construye para, supuestamente, responder a los enigmas de la vida, a los límites
o a la castración. Estaríamos en tan circunstancia en presencia de lo que denominábamos
“patologías del acto”. En ellas el sujeto no soporta las diferencias y recurre la droga que las borra
pues iguala a todos: “drogadictos”, “del palo”, y el sujeto se muestra poseedor de certeza, sin
preguntas, porque las dudas, los interrogantes, angustian en tanto dicen de la falta, de la
castración, de la muerte. Y a través del acto, del actuar, en alcoholismo o en drogadicción, así
como en otras patologías del acto, se intenta eludir o borrar intensa angustia o desvastadora
depresión. Se instala la creencia de ser dueño de un saber sin fisuras para el cual no son
necesarias las palabras, perdiendo éstas valor de intercambio, aunque muchos piensan que
existe diálogo en los grupos de drogadictos. En realidad, a la palabra los drogadependientes le
atribuyen una cualidad especial: que permitiría la transmisión de pensamiento, suponiendo que,
mágicamente, con una palabra se puede decir “todo”, conformándose de esta forma la jerga de
los “drogones” con palabras-frases, algunas de cuyas expresiones son adoptadas por los jóvenes
y luego se extienden en el uso popular. Freud decía en esta línea de pensamiento, en una carta a
un colega, que los toxicómanos no podían abandonarse al juego de la palabra, en expresiones
que podríamos enlazar a su definición de las drogas como “quita-penas” que permitirían
construir un mundo optativo, desde la ilusión, en el cual refugiarse evitando la angustia.
En la actualidad el problema de la drogadicción adquiere dimensión diferente a las de
otros momentos histórico-socio-culturales, y el drogadicto se presenta como el mejor adaptado a
las reglas del consumo. Es el “mejor alumno”, obediente, y por ello dependiente aunque suponga
ser abanderado de la rebeldía. Y es dependiente no sólo ya de la droga, sino, fundamentalmente
de un Otro social que le vende la posibilidad de logro de la inmediatez del goce, éxito individual y
solitario, casi sin mayores esfuerzos, sólo con poder comprar u obtener y consumir una
mercadería llamada “droga” que lo aloja en ese otro mundo de “ser drogadicto”.