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“‘La superioridad moral de la mujer’:
el estado higienista y la buena feminidad nacional”
(Chile,1920-1930)

Antonieta Vera
*

Cuando en el año 2006, Michele Bachelet se enfrentaba al candida-
to de la derecha Sebastián Piñera, ella eligió para el primer día de la franja
televisada, el siguiente planteamiento:
“Quiero dirigirme a aquellos que no votaron por mí porque
soy mujcr.Cicntïncas, ingcnicras, trabajadoras, todas cstamos
acostumbradas a hacer el doble de esfuerzo. Siempre hemos
tenido que rendir al cien por ciento, en la casa y en el trabajo,
estar bien las 24 horas del día y por supuesto no tener dolores de
cabeza…Cada familia es un reino, donde el padre reina pero la
madre gobierna. Tu mujer, tu novia, tu hija o tu mamá se la
pueden, lo demuestran todos los días de su vida…Traigo un liderazgo
diferente, con la sensibilidad de quien mira las cosas desde otro
ángulo”
(Radio Cooperativa, 1º/01/2006).
Al escuchar esta propaganda, recuerdo haber pensado en Martina
Barros Borgoño, una de las primeras feministas sufragistas chilenas, quien
anrmaba cn sus mcmorias: ¨La supcrioridad dcl hombrc cs indiscutiblc cn
todo lo que concierne al esfuerzo, la capacidad mental y la resistencia física.
La mujer, en cambio, posee fuerzas morales jamás superadas por el hombre,
que constituyen su mérito y su poder. En la casa, es ella quien gobierna…”
(1942: 296-297). La semejanza entre ambos argumentos y el apoyo
pragmático de muchas de mis compañeras feministas a este tipo de uso
estratégico y esencialista de “la femineidad”, me pareció en ese momento
* Doctora © Ciencia Política, Université Paris VIII.
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sorprendente (Vera, 2009). Es a partir de ese desconcierto que he queri-
do historizar el discurso de “la superioridad moral de la mujer”, en tanto
argumento estratégico.
Por “superioridad moral de la mujer” entiendo una retórica es-
pccïncamcntc modcrna a partir dc la cual la ngura dc ¨la mujcr" pasa dc
representar la falla moral a encarnar el pilar moral de las sociedades. Según
este discurso, existiría un conjunto de cualidades “propiamente femeninas”
como la proximidad, la fuerza y la valentía en relación al cuidado de la
vida, la capacidad de mediación, la madurez, etc. que vendrían a humanizar,
renovar y limpiar la política.
Sc tratarïa dc una rctorica cspccïncamcntc modcrna cn la mcdida cn
quc sc inspira cn un argumcnto sociologico y ¨cicntïnco" clavc dc la cpoca:
“la naturaleza diferente y complementaria de los sexos”. Esta idea, datada
históricamente a partir del siglo XVIII (Laqueur, 1992), marca las re-
presentaciones modernas del “hombre” y “la mujer” con el signo de la
inconmensurabilidad de la diferencia. La lógica es la siguiente: la
diferencia entre “el hombre” y “la mujer” sería inmedible e irremediable
en tanto inscrita en el misterio de sus naturalezas. Por lo mismo, no sería
posiblc cucstionar la autoridad arbitraria quc sosticnc la dcnnicion mis-
ma de la división sexual público-privado: se trataría de una cuestión de
“naturaleza”, no de voluntad de dominación. Desde esta perspectiva, lo
que es nuevo en la política de género inaugurada en la modernidad no
es ni la exclusión ni la incapacidad política de las mujeres, sino que una
construcción de ‘la diferencia’ que implica una nueva legitimación de la
dominación fundada en la naturaleza (Varikas, 2006).
En este texto, quisiéramos buscar en los albores del feminismo en
Chilc (a nncs dcl siglo X¡X y fundamcntalmcntc a comicnzos dcl siglo XX)
algunos de los primeros antecedentes del argumento de “la superioridad
moral de la mujer”. Se trata de un periodo interesantísimo para el análisis
de la articulación género-“raza”-nación, en medio de aquella transición/
cohabitación entre un nacionalismo anti-tradicionalista cifrado en la idea
del progreso y un nacionalismo antiimperialista, masivo y popular que
cuestionaba la supremacía de Europa y Estados Unidos (Hobsbawm, 2010).
Entre las ideas que circularon en esta época, dos son centrales para
nuestro planteamiento: la idea de “la raza” y la de “la mujer civilizadora”.
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A partir del auge del darwinismo social, la noción “raza” se
transforma en la clave de lectura del siglo XX. La idea de las teorías raciales
europeas y estadounidenses que nos interesa aquí, alude al papel negativo
que jugaría el mestizaje con respecto al progreso de las naciones.
En efecto, para Le Bon, Spencer, Agassiz y otros, la heterogeneidad ra-
cial implicaría falta de coherencia biológica y de identidad estable.
Así, la hibridez de tal constitución biológica destinaría a las naciones
latinoamericanas a la degradación racial (Leys Stepan, 1991; Graham,
1990). A nncs dcl siglo X¡X, las intclligcntsias litcrarias y mcdicas dcl
contincntc rccibicron con angustia cstc diagnostico dcl racismo cicntïnco.
Consecuentemente, apostaron al reforzamiento de la inmigración de “razas
superiores” con el objeto de mejorar las posibilidades de desarrollo de los
países latinoamericanos. Posteriormente, en la primera mitad del siglo XX
–y con la revolución mexicana como hito clave-, se despliegan diversos
movimientos antiimperialistas en Latinoamérica. A partir de aquello, no sólo
será cuestionada la superioridad de “la raza blanca”, sino que se reivindicará
una versión positiva y constructiva del mestizaje como “lo mejor de cada
casa”. Al mismo tiempo, se homologará la idea de “raza” a “pueblo” y se
cursara a ¨los indïgcnas" una invitacion oncial dcl Estado a formar partc
de “la familia nacional”. Esto, siempre y cuando “el indio” consintiera en
devenir “mestizo” y “el pobre” consintiese en cambiar sus vicios y malas
costumbres, asimilándose con ello a la nación. En esa tarea evangelizadora,
el Estado chileno contará con dos civilizadoras fundamentales: las maestras
de escuela rural y las asistentes sociales. Las políticas públicas inspiradas
cn cl ¨sabcr cicntïnco" dcl higicnismo y la pucricultura fucron oricntadas
hacia esa urgencia -civilizar al pueblo para incluirlo- transformándose a la
vez en algunas de las primeras áreas de profesionalización de las mujeres
latinoamericanas.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el gobierno de Manuel
Montt (consciente de la falta de experticia del Estado en materia de caridad
pública) contrata a religiosas extranjeras para administrar las instituciones
de caridad y ayuda social. Esas representantes de “los países civilizados”
fueron vistas no sólo como técnicas de la asistencia social que además co-
rrcspondïan con cl idcal fcmcnino dcl autosacrincio, sino quc tambicn como
mano de obra barata para las tareas de la educación y el cuidado de “las
sobras” de la modernización. Teniendo en cuenta los procesos de laicización
de las sociedades durante el XIX, esta iniciativa es apoyada por la Iglesia
como parte de un programa de salvataje que desplegaba la idea de un apos-
tolado femenino moderno vinculado a las actividades de caridad. Hecho
el primer contacto entre el episcopado francés y el Estado chileno
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gracias al naturalista Claudio Gay (1844), Montt concreta durante los años
1850 la llegada de tres congregaciones francesas (Vicente de Paul, Buen
Pastor, Sagrado Corazón de Jesús) y una canadiense (Hermanas de la Pro-
videncia) para la administración de hospitales, dispensarios, asilos, lazare-
tos, orfelinatos, hospicios y casas correccionales (Yeager, 1999).
A partir de la llegada de estas religiosas, dos profesiones comienzan
a gestarse. Por un lado, Manuel Montt pedirá a las religiosas del Sagrado
Corazón de Jesús que dirijan la primera Escuela Normal de Preceptoras,
fundada en Santiago en 1854 (Yeager, 2005). Por otra parte, decenas de aso-
ciaciones de mujeres de clase alta (“las Señoras”), comienzan a organizarse
alrededor de la noble tarea de administrar las instituciones de caridad.
Así por ejemplo, en 1852 se fundaba en Santiago la Socicdad dc Ecncn-
cencia liderada por Antonia Salas de Errázuriz que tenía por objetivo la
administración de las instituciones “ligadas al sexo” como el Hospital de
Mujeres o la Casa de Corrección de mujeres (Maza, 1995). De allí en ade-
lante, las Comisiones de Señoras se desplegarán por todo el país.
La iniciativa de modernización de la caridad popular será luego
propulsada por la inteligencia médica. Es así que con recursos privados
y estatales se funda en 1900 el Patronato de la Infancia, en el que las
Comisiones de Señoras cumplían un rol central como visitadoras. El llamado
de la inteligentsia médica y del Estado higienista a “la mujer civilizadora” fue
promovido por la resistencia de un sujeto problemático: “la madre popular”.
En efecto, hacia 1900, las tasas de mortalidad infantil de Chile eran de
las más altas del mundo (Lavrín, 1995)
1
. Tal cuestión parecía poner en
jaque el progreso y el futuro del país. Se trataba entonces de desinfectar,
de moralizar y de higienizar a las morenas madres populares. Es así como
cn 1906, con nnanciamicnto c×clusivo dcl Estado y bajo la dircccion dcl
doctor Alcibíades Vicencio, se funda el Instituto de Puericultura. En ese
lugar, tal quc lo anrmaba Viccncio ¨sc lcs cnscna a csas mujcrcs infcliccs
e ignorantes a defenderse contra los peligros que pueden amenazar el de-
sarrollo normal de su embarazo” (…) El Instituto lucha “por el predominio
de nuestra raza” (…) En él se forjan “las mejores armas para nuestra guerra
santa” (citado en Illanes, 2007 : 127-128). Por su parte, la primera Gota de
Leche -fundada en 1911-, nace a partir de la iniciativa del doctor Manuel
Camilo Vial. El doctor alegaba contra la sobreestimación de las políticas de
inmigración extranjera en lugar del refuerzo de la vida de los compatriotas,
sobre todo considerando que “la admirable homogeneidad de nuestra raza
es motivo de orgullo nacional” (citado en Illanes, 2007:137).
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“La madre popular” era muchas veces y al mismo tiempo una obrera
que comenzaba a engrosar la masa de mujeres asalariadas de comienzos
dcl siglo XX. ¡llancs (200¯) anrma quc la doctora Cora Naycrs fuc una dc
las primeras en comprender la dimensión del problema trabajo-maternidad
popular y en esa medida, su discurso breve y pragmático abogó por tickets
de comida y por la instalación de salas cunas en las fábricas. Aquello no
impidió que Mayers se plegara decididamente a la campaña estatal de
maternalización de las mujeres. A comienzos de 1920, en tanto directora
del Departamento Chileno de Educación Sanitaria, ella pone en acción una
idea desarrollada en Estados Unidos: La Liga de las Madrecitas. La doctora
proponía entrenar niñas desde los 12 años en el cuidado y la higiene básica
de los niños, para convertirse en ayudantes de sus madres. El plan asumía
que todas las niñas serían madres un día y que aprender tempranamente las
consignas básicas de la puericultura haría de ellas mejores madres. La Liga
fue adoptada en algunas escuelas secundarias de Santiago (Lavrín, 1995).

En csc marco dc higicnismo y pucricultura, ¡llancs (200¯) anrma
que las damas de elite se transformaron en mediadoras y traductoras del
lenguaje médico, consagradas a la misión de educar en el seno como deber.
Para Concepción Valdés por ejemplo, se trataba de un “heroísmo humilde”,
de “conquistar al otro con quien tenemos tantas diferencias mentales y
morales (…) los médicos aportan su ciencia (…) las damas son llamadas
a dar aquello que vale más que todo: el amor de sus almas” (citada en
Illanes, 2007: 189).

Cuando ocurre el golpe de Estado de 1924, la Asamblea General de
Médicos de Santiago invita a los representantes de la Junta a una reunión
que tenía por tema una preocupación común entre médicos y militares: la
salvacion nacional. En csa ocasion, cl doctor Alcjandro dcl Rïo anrmaba:
“Aprovechando este momento en que se ponen en juego todas las
fuerzas vivas de la nación (…) deseamos ocupar el puesto que nos
corresponde, es decir, organizar (…) la Asistencia Social (…) Esta
será la única forma de no esterilizar nuestra profesión y poder salvar
así a nuestro pueblo…de la degradación física, moral e intelectual en
que se encuentra”
(citado en Illanes, 2007: 259).
Se crea así el Ministerio de Higiene, Asistencia, Trabajo y Previsión
Social, liderado por del Río. En ese mismo año se dicta la “Ley por la defensa
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de la raza”, según la cual sería “una función del gobierno luchar contra las
enfermedades y las costumbres susceptibles de causar la degeneración de la
raza y de adoptar los medios que él juzgue adecuados para mejorarla y
fortalecerla” (Instituto de Salud Pública de Chile, 2008:33). También es
durante ese año políticamente convulsionado que Chile adopta el Día de
la Madre como celebración nacional y que se promulga -en 1925- la ley
de protección a la maternidad. Al mismo tiempo, Alejandro del Río funda
la primera Escuela de Servicio Social de Chile y de Hispanoamérica. En
1927, la primera generación de egresadas fundaba la revista Servicio Social
y en 1928, nacía la Asociación General de Visitadoras Sociales, el primer
organismo gremial de mujeres profesionales chilenas (Illanes, 2007).
Lcspucs dc la Gucrra dcl Pacïnco y como otro signo dc
modernización del país, el gobierno chileno decide contratar a 35 profeso-
res alemanes para hacerse cargo de las Escuelas Normales de Preceptores
y de Preceptoras (Yeager, 2005). Junto con ello, en 1889 se fundaba el
Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. La formación de profeso-
ras normalistas hacía parte de un debate decimonónico mayor: ¿era deseable
cducar a la mujcr? Las idcas darwinistas, cspccïncamcntc cl argumcnto dc
“la naturaleza diferente y complementaria de los sexos”, habían jugado un
rol fundamental con respecto a este debate. En efecto, para el inglés Henry
Maudsley o para el estadounidense Edward Clarke, era evidente que la
formación intelectual de las mujeres producía un daño irreparable en su
sistema reproductivo y en su cerebro a partir del cual devendrían muy
probablemente estériles, y por ello, “seres monstruosos a mitad de camino
entre un hombre y una mujer”. Según ambos médicos, la educación de “la
mujer” nos llevaría irremediablemente al “suicidio de la raza” (Veneros,
1995: 142). En Chile, tanto la recepción de la obra del higienista español
Pedro Felipe Monlau como el trabajo de los doctores Luis Cruz Ocampo y
Alfrcdo Noraga Porras, hicicron cco dc csas idcas. Anrmaron, por una par-
te, que los órganos femeninos y la menstruación disminuían la inteligencia
y por la otra, que teniendo en cuenta que la formación intelectual de la
mujer sólo era posible si se ponía en riesgo la maternidad, tal educación
era no sólo antinatural sino que factor de despoblamiento (Veneros, 1995).
Entre los políticos liberales, la cuestión era más bien qué enseñar a
las mujeres ya que, evidentemente, su educación no podía ser la misma que
la de los hombres. Junto con ello y teniendo en cuenta la diferencia de los
sexos entre profesores/as y alumnos/as, se planteaba la necesidad de formar
a mujeres profesoras. La pregunta por la calidad moral de la preceptora no
tardo cn imponcrsc como la vital, sobrc todo tcnicndo cn cucnta la inûucncia
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que un marido vicioso podría generar sobre aquella. Es por eso que Manuel
Montt abogaba porque el principal elemento en el curriculum de una futura
preceptora fuese su conducta moral y aseguraba a los políticos más conserva-
dores que la preferencia del Estado serían las mujeres viudas (Yeager, 2005).
Diversos educadores se suman al debate. Así por ejemplo Rafael
Ninvicllc, quicn anrmaba quc cn tanto las mujcrcs nacïan con caractcrïsticas
tales como la pereza, el egoísmo, la inclinación a la mentira, al fantaseo
excesivo y a la coquetería, la educación de las niñas debería estar focalizada
en la represión, la disciplina, el autocontrol y la duda de sí misma. Para los
hermanos Amunátegui, era fundamental reforzar la idea de la maestra como
un oncio fundamcntalmcntc fcmcnino cn la mcdida cn quc sc tratasc dc un
trabajo mal remunerado y se requiriesen brazos masculinos para otro tipo
de trabajos, necesarios para la construcción de la nación (Egaña, 2003).
Sin embargo, el argumento de “la naturaleza diferente y comple-
mentaria de los sexos” no sólo inspiró acciones y argumentos explícitamente
sexistas sino que fue utilizado por la primera ola feminista chilena en tanto
estrategia de inversión: la revalorización positiva de aquello que ha sido
subestimado antes. Tal estrategia política recurre al argumento de la naturaleza
compartida para movilizar la unidad de “la diferencia” anteriormente
excluida. En el caso que nos convoca, el feminismo toma la argumenta-
ción biológica para exigir un cambio social: tomando en serio el halago de
Estado en relación a las capacidades mediadoras y civilizadoras de “la
mujer”, las feministas exigen un mínimo de coherencia política argumen-
tando que para educar bien a los hijos de la patria, para desarrollar las
cualidades espirituales de la feminidad y para tener una incidencia efectiva
en la búsqueda de la paz social, era necesario el derecho a la educación y
al sufragio. La genealogía de esta argumentación estratégica en el Chile de
comienzos del siglo XX, hace parte de un trabajo mayor en curso
2
. Por el
momento, quisiera sólo exponer algunos ejemplos de la problemática en
cuestión.
En 1873, el educador puertorriqueño positivista Eugenio María
Hostos, se dirigía con estas palabras a la Academia de Bellas Letras De
Santiago: “La mujer es siempre una madre; de sus niños porque ella les
reveló su existencia; de su amado, porque ella le reveló la armonía. Madre,
amantc, csposa, toda mujcr cs una inûucncia" (Egana, 2003: 29). Es tam-
bién en estos años (1872-1873) que Martina Barros Borgoño traduce The
subjection of Woman, dc Stuart Nill. Earros anrmaba quc las mujcrcs tc-
nían una mejor comprensión de la realidad social. En esa medida, no sólo
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abogaba por la cducacion, sino quc anrmaba quc cstc dcrccho social cra
anterior y más importante que el derecho político al sufragio. El prefacio de
Barros a Mill fue el primer texto que planteó la necesidad de educar a la
mujer para hacerla independiente de la Iglesia, idea que devino central en
los posteriores discursos de los políticos anticlericales y liberales en Chile
(Maza, 1998).
La historia del feminismo sufragista está ligada a la lucha por el
derecho a la educación. Después de años de una discusión enmarcada
en la idea de una concesión regulada de las oportunidades educativas
hacia las mujeres, Luis Amunátegui proclama en 1877 el decreto de ley que
les abría las puertas de la Universidad de Chile. El Ministro compartía, sin
embargo, la idea de una puesta de límites a la educación de las mujeres, sólo
que según él no era necesario que los pusiera la ley, toda vez que “la naturaleza
sabrá oponerle [a la mujer] una barrera insalvable” (citado en Veneros,
1995: 149). El ministro hacía clara referencia a la cuestión de la maternidad
y la crianza.
Hacia nncs dcl X¡X y tcnicndo cn cucnta quc no todas las macstras
de escuela poseían un diploma que las acreditase, las normalistas se habían
transformado en una elite profesional femenina a pesar de los bajos sueldos.
Para las mujeres de clase baja, la Escuela Normal no sólo les proveía de
un trabajo respetable, sino que de un pasaporte a la clase media. El
nacionalismo educacional, que hacia 1912 ya era hegemónico en Chile
(Subercaseaux, 2007), desarrollará un espíritu práctico e industrial en la
educación, fomentará los deportes y reforzará la feminización y ruralización
de la profesión, asociando “maestra” a higiene, puericultura, moral y campo.
En los pueblos, la maestra normalista se transformó en civilizadora, líder
social y cultural. Así, muchas de las maestras que participarían de la
Asociación General de Profesores y de la revista Nuevos Rumbos, harían
parte de la primera ola del feminismo chileno (Egaña, 2003).
Fueron primero las mujeres de elite, cercanas al Partido
Conservador y preocupadas de “la cuestión social” y luego aquellas debu-
tantes de la clase media profesional femenina, quienes fundaron las prime-
ras revistas y periódicos de mujeres que serían antecedente y/o parte del
movimiento sufragista. Así se sucedieron El Eco de las Señoras, La Mujer,
La Voz Femenina, Evolución, Acción Femenina, la Revista Femenina, No-
sotras, La Mujer Nueva. Una gran parte de ese feminismo se entendió a sí
mismo como “femenino”, moderado y patriota; representante de una “buena
feminidad nacional”, para la cual la obtención de derechos civiles debía ocu-
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rrir antes que la petición de derechos políticos. En efecto, para este feminis-
mo, era necesario educar a las mujeres antes de que tuvieran el derecho a
votar. Se trataba de un feminismo liberal, que delimitaba “lo oportuno” de
“lo inoportuno”, convencido de una inclusión lenta y progresiva, tal como
lo anunciaba “la ley del progreso”. En términos organizacionales, estuvo
conformado por partidos políticos femeninos, secciones femeninas de
partido y “organizaciones paraguas” (cuya expresión más consistente y sub-
versiva fue el MEMCH), articulados por la inquietud en torno a aquello
quc ¨la cspccincidad fcmcnina" podrïa aportar al futuro dc la nacion.
El alegato pro-paz y contra “el asesinato de la raza”, la enseñanza de la
puericultura y de la higiene, la exigencia de test prenupciales a los hombres
y la defensa de la maternidad y de la familia como símbolo de distinción
en relación a las feministas extranjeras constituyeron sus consensos
temáticos. Aunque no pueda desarrollar de manera exhaustiva en este
artículo la descripción anterior, quisiera citar algunos ejemplos.
En 1922, la revista del Partido Cívico Femenino, Acción Femenina,
anrmaba quc cllas dcsaprobaban cualquicr tipo dc fcminismo anarquico quc
robaría a las mujeres su encanto natural, convirtiéndolas en seres neutros,
deshaciendo el balance de los sexos (Lavrín, 1995). La Unión Femenina,
fundada en 1927, tenía por objetivo la unión de mujeres de diferentes clases
sociales en pos de la misión de “la regeneración nacional”. La sección de su
programa llamado “cuestiones sobre la raza”, abogaba por la urgencia de los
test prenupciales y del tratamiento obligatorio de las enfermedades venéreas
(Lavrín, 1995). De vital importancia fue para Delia Ducoing (directora de
la Revista Nosotras) difcrcnciarsc dc las sufragistas inglcsas, anrmando
que el verdadero feminismo era un trabajo de concientización de derechos,
sentimientos maternales y admirable generosidad. Para ella,
“‘la cultura y el carácter latino determinan para las mujeres chilenas
un ideal de consciente orden’. El feminismo adoptaba el carácter
nacional de los países. Las mujeres chilenas ‘nunca podrían ceder el
sentido de la maternidad que rodea y penetra nuestra comprensión
de la vida’ (…) Las mujeres chilenas eran educadas, capaces y querían
ayudar a la patria, y su facultad maternal les daba una sensibilidad
especial para algunos problemas sociales. El sufragio ‘respondía
a la necesidad [de las mujeres] de emprender una tarea amplia,
apostólica de paz y armonía entre todas las clases sociales’”
(Lavrín, 1995: 299-300).
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El higienismo y la puericultura hicieron parte de una época
nacionalista para la cual el cuidado de los futuros ciudadanos modelaba un
patriotismo dicho en femenino. En este contexto, las primeras feministas
latinoamericanas comprendieron rápidamente que se trataba de una
cuestión clave para la legitimidad política del sujeto “mujer” en la medida
cn quc ¨la matcrnidad cicntïnca" (Lavrïn, 199ô) sc volvio fucntc dc progrc-
so social, materia de prestigio y de agenciamiento.
La modernidad nos confronta a su promesa incumplida, allí donde
lo que se entendió por contrario de igualdad no fue la desigualdad, sino
que “la diferencia”. Así, paradójicamente, la igualdad se transforma en un
privilegio que cada “diferencia” debe demostrar merecer (Varikas, 2007).
El discurso de “la superioridad moral de la mujer”, en tanto estrategia de
inversión, se enmarca en esa lucha meritocrática por la igualdad en la que es
necesario demostrar una “buena feminidad nacional”. En el marco higienista,
se trata de un discurso paradojal cuyo potencial subversivo es reclamar una
dignidad para todas las mujeres y cuyo mayor fracaso es estar irremedia-
blemente atravesado por una normatividad de género, clase y “raza” que
replica una jerarquía entre las “mujeres civilizadoras” y las moralmente
dudosas “mujeres populares” (morenas, pobres, ignorantes y malas madres).
Así, “la superioridad moral de la mujer”, en tanto discurso civilizador,
pertenece a ese terreno doble en el que las mujeres se hacen parte de la
normatividad estatal o colonial, al mismo tiempo que se reapropian de un
discurso y crean subjetividad. Efectivamente, la norma nunca se repite sin
falla: profesoras, asistentes sociales y feministas liberales crearon resistencia
e ideas, allí donde no las había antes. Sin embargo, la heterogeneidad de
las experiencias de las mujeres es el precio pagado por la unidad política
del sujeto “mujer”. En la compulsión meritocrática y sosteniendo una su-
puesta “superioridad moral” por sobre “el hombre”, no sólo no se subvierte
sino quc sc connrma la logica binaria, hctcronormada y jcrarquica quc cs la
clave misma de la dominación. En otras palabras, el uso de la estrategia de
inversión refuerza el argumento de “la naturaleza diferente y complementa-
ria de los sexos”, la viga maestra de la política de género de la modernidad.
Si Chile no es una excepción, si es sobre la idea de “la misión
civilizadora de la mujer” que históricamente se han construido gran parte
de los discursos feministas del XIX, nos urge un feminismo que haga la
crítica de su historia, o que historice sus argumentos, para que la frase
“cada familia es un reino, donde el padre reina pero la madre gobierna” se
revele portadora de una lógica que se trata de hacer estallar.
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1 En 1941, Chile y Costa Rica continuaban liderando estas cifras.
Es solo hacia 19ô0 quc Chilc pudo anrmar habcr supcrado la cucs-
tión.
2 Nc rcncro a la tcsis dc doctorado quc dcfcndcrc cn los pro×imos
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B I B L I O G R A F Í A
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