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REMBERTO GANDARILLA SUÁREZ







CUENTOS
Y
RELATOS
DE
ANTAÑO
Autores Cruceños


Este libro se encuentra a la venta en librerías

FAMILIA GANDARILLA
Santa Cruz de la Sierra
2011

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Presentación
Nino Gandarilla Guardia

Prólogo
Orlando Arauz Aguilera

Ilustraciones
Carlos Cirbián

D. L. No. 8-1-1463-10










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A Dora Suárez J iménez



















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PRESENTACIÓN

Entre los archivos de Remberto Gandarilla Suárez, 20 años después de
su muerte, encontramos un folleto cuidadosamente encuadernado por
sus propias manos, cuyo contenido decidimos editar.

El original no tiene fecha, pero por sus características se deduce que
fue elaborado en los años ’60, seguramente con la intención de hacer
una publicación, que no logró hacerse realidad por diversas razones,
pues en esos tiempos era aún más difícil promover la literatura.

El título original es “Cuentos y relatos. Autores Cruceños”. Por el
tiempo transcurrido, nosotros le agregamos “de antaño”.

Gracias a la lectura de folletos y libros que hoy ya no se encuentran,
Remberto Gandarilla seleccionó 16 cuentos escritos con la maestría de
aquellos escritores cruceños que se inspiraron, por los años 1924-
1959, en las cosas de la Santa Cruz que vivieron apasionadamente y
que escucharon describir de sus abuelos.

Gandarilla Suárez, nacido en aquella ciudad amable y legendaria,
lector consuetudinario y ardiente defensor de la cultura camba, fue
impresionado por estos relatos que personalmente seleccionó,
transcribió y juntó para transmitirlos, sirviendo de conducto histórico,
entre sus autores admirados y las nuevas generaciones.

Con la lectura de estos cuentos, de diversos estilos, uno se transporta,
como en una película maravillosa, a la Santa Cruz de antaño. Los
relatos describen la cultura cotidiana, los paisajes, la ciudad antigua,
los personajes y sus vivencias, con un lenguaje maravilloso que sólo
los maestros podrían narrar. Prácticamente logran transportar al lector
hacia esos tiempos amados, cuando lo simple y lo bello se confundía
también con lo curioso.

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La obra también tiene un especial aporte en el aspecto histórico, pues
describe valiosísimos datos de hechos que antes se habían registrado
en las crónicas especializadas, pero aquí se encuentran desde la
vivencia del pueblo que miraba y participaba de las mismas historias.

Admirable el lenguaje, la destreza y la fluidez de estos autores. El uso
apropiado del idioma, junto a la riqueza del lenguaje y el habla
cruceña, redactados por aquellos gigantes de las letras, son un
verdadero patrimonio cruceño. Estas raíces, dignas de conservar,
fueron transcritas respetando la escritura original de la época.

Sólo ellos, los privilegiados, inspirados e inspiradores del alma, son
capaces de hacer con el idioma frases, cosas y escenas tan bellas y tan
conmovedoras. Ellos construyen montañas y ríos, con un par de líneas
dibujadas desde la sangre. Ellos provocan una carcajada y al minuto
tienen la magia de hacer brotar agua de nuestros cuerpos, con el sólo
poder de las palabras.

Ellos hacen latir nuestros corazones a la velocidad que les dé la
gana… y son capaces de provocar al músculo de nuestros pulmones,
dibujando un colorido panorama, con un simple blanco y negro que
penetra suavemente por nuestros ojos y va fluyendo hasta nuestros
nervios. Son verdaderos comunicadores de la vida que, a través de
ellos y desde sus profundidades, nos avisa sobre su mítica existencia.

Presento esta obra como homenaje a mi señor padre y como tributo a
aquel pueblo antiguo que apenas logré conocer en mi niñez, al menos
en algunos rincones, pero que se quedó para siempre en mi alma.
Pueblo y ciudad querida por mi familia… hasta los tuétanos.

Santa Cruz de la Sierra, mayo de 2010

Nino Gandarilla Guardia


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PRÓLOGO

Conocí al Dr. Remberto Gandarilla Suárez, fue mi buen amigo.
Inicialmente lo consideraba algo introvertido, pues a mi parecer era
reservado para comunicar ciertos pensamientos mientras no tenía
confianza plena con las personas. Luego cultivamos una profunda
amistad.

En aquel tiempo me expresó su admiración por Presidente del Comité
de Obras Públicas, el ingeniero Omar Chávez Ortiz, quien era su jefe
porque en 1963 Remberto renunció a la Secretaría General de la
Prefectura a fin de ejercer funciones como Secretario del CC.OO.PP.

La inquietud principal de Gandarilla la comprobé cuando me hizo una
confidencia, que cabe recordarla al momento que presentamos este
libro sobre relatos de antaño. Resulta que se presentó a la Prefectura el
hijo del doctor Víctor Paz Estenssoro, llamado Ramiro Paz Cerruto, y
al saludar al Prefecto le dijo: “Me envía mi papá para que me
entregue usted el servicio de luz eléctrica de la ciudad de Santa Cruz
de la Sierra”, entonces, delante de su Secretario el Ing. Chávez
contestó: ”El alumbrado de la ciudad no es mío y no puedo hacer
entrega de las cosas que no me pertenecen”. Entonces el joven
Ramiro le dijo: “Yo tomo la empresa y nombro el administrador”, a lo
que contestó Chávez: “Usted puede cumplir el mandato de su padre a
lo cual yo no me puedo oponer, pero yo no intervengo ni avalo nada”.
Con ello se terminó el asunto, aunque después se impuso el lema: “Al
que manda todo le está permitido”.

Por varias charlas que sostuvimos y esta confidencia que me contó
con tanto orgullo y a la vez preocupación, deduje que el Dr.
Gandarilla era un hombre completamente cruceño y cruceñista, quería
a su pueblo y era el principal tema de sus preocupaciones. Todo esto
quedó afirmado hoy cuando tuve en mis manos el presente libro, que
dejó de memoria de su vida, pues guardó con celo los trabajos
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literarios de su época que, publicado, será de admiración de los que
logren leerlo.

El libro contiene trabajos maravillosos y de gran importancia en la
vida de Santa Cruz de la Sierra, que en aquella época era un pueblito
sin servicios básicos y aislado del mundo. Su característica era la
pobreza infinita que nos sometió la ignorancia gubernativa y la total
irresponsabilidad administrativa de todos los gobiernos; sobre todo la
Revolución Federal de 1898, del general Pando, que fue un verdadero
sofisma o “blef”. La vida para el pueblo cruceño en esos tiempos fue
penosa por el abandono del Estado. Tenía un sistema de educación
muy limitado, recuerdo que había un sólo colegio fiscal, el No 1,
dirigido por el argentino Don Bernabé Sosa, que se lo contrató para
ello.

Todas las carencias tenían que ser paliadas por los propios habitantes,
que en medio de la escasez de recursos se multiplicaba para la
subsistencia de nuestro centenario y hospitalario pueblo.

La vida económica de Santa Cruz era fundamentalmente campestre,
allá estaba la producción de azúcar en hormas, maíz, yuca, plátano,
arroz, etc. y esa producción llegaba a un mercado tan pobre como era
el de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Sólo el azúcar se podía
enviar al interior en condiciones precarias de transporte.

Pero en contraste, había en la capital intelectuales de gran valor como
el Dr. Placido Molina Mostajo, Rómulo Gómez, Enrique Finot,
Benjamín Burela, Mamerto Oyola, Manfredo Kempff, Raúl Otero
Reiche, Aurelio Araúz Monasterio, Cástulo Chávez Egüez y tantos
más. Era un pueblo honrado y hospitalario, con un cristianismo
sumamente asentado entra las familias cruceñas que se arrodillaban a
la hora de “la oración” (hora en que se esconde el sol en el poniente)
y todas las noches rezaban el rosario a las diversas imágenes del
cristianismo romano.

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Quienes vivimos esas épocas éramos orgullosos de nuestros mayores
por su compromiso con Santa Cruz, teníamos el prelado más ilustre
como lo fue Mons. José Belisario Santistevan Seoane y filántropos
como José Mercado Aguado. Había hombres progresistas como Don
Peregrín Ortiz Antelo, que instaló la empresa de Luz y Fuerza con sus
propios recursos.

Gandarilla Suárez, lector empedernido, tuvo la feliz idea de
seleccionar y compilar con pericia una serie de relatos y cuentos que
describen ese pueblo en el que yo nací y crecí. Su alma de buen
cruceño lo inspiró en su tiempo y varios años después se publica esta
obra, que incluye también la prosa del propio Remberto. Era un
pueblo extraordinario, que amamos por su singularidad y merece ser
reconocido por las nuevas generaciones para que sepan de dónde
venimos y con qué esfuerzo se construyó lo que hoy tenemos.

En medio de la selva y la soledad del pueblo, era costumbre del
cruceño juntarse para contar cuentos de fenómenos naturales o de las
fieras de la campiña. Los mayores a su vez contaban las historias de
hechos políticos y de las guerras que este pueblo tuvo que enfrentar
por diversas agresiones. Largas y emocionantes horas dedicaban a
ello. Y así está plasmado en el presente libro que usted va a leer,
gracias a una edición póstuma que el hijo del autor nos está
ofreciendo.

Lo invito a introducirse en la Santa Cruz de antaño a través de los
relatos y cuentos de nuestros grandes escritores del pasado cruceño.

Santa Cruz de la sierra, mayo del 2010.

Orlando Arauz Aguilera



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TRADICIÓN Y ESPÍRITU

Hay en sus ansias y siempre renovados anhelos, la
oculta severidad del pasado; en sus expresiones la paciencia
del jardinero, andando bajo el sol sin preocuparse del
cansancio del tiempo. Hay en sus hijos el apego a la tierra de
donde nacieron y donde irán todos un día; el techo y hogar de
los antepasados se lo quiere como una imposición a la
tradición de la sangre y la estirpe; la escuela del trabajo que
vuelca sobre el mundo sus dones, siguiendo el rastro que deja
la luz de las antorchas.

La lucha sobre los surcos es tonificante, y aunque
simulando su pobreza, la casa es generosa, porque aún se
puede coser el pan negro de las abnegaciones.

No es el maná que un día sintieron beber los que
alcanzaron el monte Sinaí, sino el maná de la sabia fecunda
que brinda el trabajo y lo derrama como fresca vendimia en el
mantel sin mancha de la sinceridad.

Tienen sus hijos una moral misteriosa, porque afirmarse
sobre la tierra en una posesión de siglos, es de místicos
franquear el umbral de la verdad y del misterio.

Sus manos no temblaron nunca ante la mirada
sentenciosa de la distancia y la montaña, y por encima de las
leyes desconocidas, brilló la estrella del amor, invariable y
justa.

Una verde alegría la brindan hoy los surcos, acotan
bulliciosos sus hijos en actitud presente, para cantar alegres
una vida rebosante de luz, con la promesa de una vida oculta,
radiante de polen y de auroras.

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Es que se han roto las cadenas para mirar el sueño de
las espigas de oro, y el alba milagrosa llegue hasta donde el
amor muere.

Embriaguez de equilibrio, como el divino sol, viviendo en
nuestros labios. “La eternidad sencilla sobre la tierra en aire de
palabra”.


RECADOS DEL TIEMPO IDO
Miguel Antelo Parada
1959




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SULLO

Nació debilucho, flaco, y pudo haber sido objeto de
estudios de un proceso evolutivo embrionario y ésta la razón
por la que se lo llamara “Sullito”.

No hay duda que fue un mal parto como hay muchos en
el cotidiano acontecer de los días.

Humilde hasta no más el personaje en paralelo al
escudero del Quijote, hizo y escribió su propia filosofía; por sus
propias impulsiones sexuales, se alejaba de la gazmoñería
ambiente, con un rostro de silbo o de tintinear de monedas.

Discutía su origen decente y para él, la pigmentación de
la piel era mala señal. Jugaba como los niños con conchillas y
como el patito feo de los cuentos de Calleja era un vecino ante
los ojos de la noche.

Su pobreza como los libros viejos, nos enseñaba con su
sonrisa triste, el sacrificio de inocente existencia, como una
limosna al oído de los poderosos.

Un día se echó a llorar, ¡drama!; sí, las piernas le
fallaron, un golpe mortal, de hachazo seco; no hubo hospital ni
manos blancas, y sí renegando de las grandes desdichas,
aquellas que quizá se escapan a los ojos de Dios.



RECADOS DEL TIEMPO IDO
Miguel Antelo Parada
1959
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DE LA CRÍA RESPONDONA

–Buena noche, don José.

–Hola, che -frunció los ojos para traspasar la oscurana y
fijar su mirada en el recién llegado-, y de dónde aparecej voj.
Te habíamos dao por perdío. Bueno, puej, date contra el suelo.

El hombre se bajó del caballo y alcanzó su mano, abierta
al capataz, una mano gruesa, dura y callosa. –¡Como pa‟
pulseajla!

–Y qué veníj hacer pa‟cá. Oí, jau –miró para dentro de la
choza–, es Leocadio que vuelve, servijle café.

–Sabe usté, don José, que me fui la otra vej de la
hacienda debiéndolej unoj realitoj. Ahora vengo, puej, a pagar
la cuenta, con mi trabajo, pa‟ que no se diga que me jui
haciendo jocha.

El aludido era un mocetón alto y fuerte, de un color
obscuro, bronceado por el sol. Al través de las chirapas de su
camisa, asomaban sus músculos recios, duros y templados. Su
mirada franca y atrevida a la vez, recordaba la inconfundible
mirada del camba. De sonrisa sincera, siempre a flor de labio,
pero también burlona y pronta a saltar en carcajada abierta, a
la menor ocurrencia que la incitara. Ojos pequeños y rasgados,
labios grandes y gruesos, cabello negro, hirsuto y tan
enmarañado como el de la cola de su propia jaca.

–Voj sabej que el gringo no te quiere.

–Lo sé, don José, pero puej, qué le vamoj a hacer. Al
final, yo no he venío en bujca de su cariño.

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–La última vej que le oí hablar de voj me dijo que si te
vía de nuevo, te iba a dar pa‟ tu arrobita. Voj lo conocej, le gujta
guajquear a loj cambaj.

El mozo se rió y mientras buscaba un toco para
sentarse, respondió pausadamente:

–Ese mister ej un atrevido, porque no hubo un hombre
que le pare loj machoj a tiempo. En fin, don José, ya sabe ujté
que aquí no hay matón que no se tope con la suela de suj
zapatoj. Y hajta creo que ya dijo ujté alguna vej que a la guajca
hay que contejtarla con la mijma cájcara de toro.

Don José, el viejo capataz, callaba, mientras se distraía
buscando en el cielo alguna estrella en que fijarse. Estaba
echado en su hamaca, empujándose con el pie para mecerse.

–Bueno, dejencillá y acomodate por ahí pa‟ que pasej la
noche, ya mañana veremos lo que dice don Efraín.

Este don Efraín era el gringo mencionado en la charla, y
el tal, era un judío austriaco, alto y macizo. Era rubio todo él, su
tez, sus pestañas, sus cabellos; más parecía el pelecho de un
chulupi. En la hacienda desempeñaba las funciones de
administrador general, cargo que le daba carta blanca para
ejercitar su carácter despótico, mandón; de pequeño tirano. En
fin, todas sus dificultades siempre tenían la misma disculpa:
“Estos cambas no sirven más que para ladrones. Son unos
come de balde. Creen a la estancia es un hotel pa` ellos. Si no
fuera la guasca, ya el patrón y nosotros nos hubiésemos
muerto de hambre”.

A las seis de la mañana se oyó el toque de campana
llamando al trabajo. En el corral, junto a la casa de hacienda,
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se juntaba la peonada, formada en su mayoría por chiros y
guarayos.

Don José, el capataz, llega también con Leocadio, el
mozo aquel que había llegado la noche anterior.

No tardó en aparecer el gringo, con su inseparable
vergajo entre las manos. Sin su presencia e intervención, don
José no podía hacer la distribución de la gente para las
distintas faenas del trabajo. Cuando lo vio venir, don José se le
adelantó, hizo el ademán de sacarse el sobrero de paja,
mientras lo saludaba: –Buen día, patrón.

Por toda respuesta, el administrador miró a la gente
reunida, y fijándose en Leocadio se dirigió a él.

–Vos ser camba ladrón. Yo tener que castigarte…

La furia brilló en sus ojos zarcos.

–Oiga mijter –trató de hablar Leocadio–: yo he venío
precisamente a…

–Camba „e merda… –y se fue encima con el vergajo en
alto.

Leocadio no dudó de sus intenciones, pero trató de
pararlo todavía:

–Modérese, carajo, que le puede cojtar caro… –pero ya
el gringo estaba encima de él.

El camba esquivó el primer golpe con admirable agilidad,
pero luego vio de nuevo la cara roja del gringo que le buscaba
de muy cerca y ese fue el momento que aprovechó el camba
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para darle un terrible golpe de puño que cayó como martillazo
brutal en pleno rostro del gringo, combazo que lo derribó
exánime sobre la hierba húmeda.

–Ejperate aún –se oyó la voz ronca de Leocadio–, que te
falta la yapa pa‟ enseñarte a ser gente –y de un solo tirón, que
dislocaba la muñeca del gringo, arrancó el rebenque de sus
manos, y arremetió con él. Del primer vergazo el gringo se
recuperó para exhalar un alarido de fiera herida. Con el
segundo, se le tiñó el rostro de sangre…

Mientras el hombre, el mozo Leocadio, cabalgando en
su viejo caballo, se alejaba de la hacienda, la peonada con don
José a la cabeza, comentaba riendo los incidentes del suceso.

–Qué tipo maj fregao, puej le había sacao el pellejo al
mister.

–Y qué noj dice ujté, don José, parece nomás que el
mocito resultó de cájcara amarga.

–Si –dijo don José, haciéndose el zonzo–, yo no
entiendo mucho de ejtaj cosaj, pero por ahí andan diciendo que
para nuejtra comodidá, ej preferible que todoj seamoj
también… ya se me olvidó, oí voj, ¿cómo se dice?

–Que seamoj –corrigió un tercero– de la cría rejpondona.

Y sus palabras cayeron como un chiste que regocijó a
todos por igual.

TIERRA CAMBA
Ignacio Callaú Barbery
1956
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CUENTA CANCELADA

El tigre olfateaba. Los venía siguiendo sin que ellos se
percataran. Seguía tras la huella fresca que dejaban los cascos
de mulas y caballos en el polvo del camino soleado.

Al fin llegaron a la pascana abandonada, que era un
campo raso y limpio de malezas y hierbajos. Algunos tizones a
medio quemar, al pie de un bibosi de luenga y frondosa copa,
era todo lo que quedaba como recuerdo y vestigio de los que
habían pasado antes.

Ya la tarde se diluía en sombras. Había nomás que
pernoctar allí. La jornada estaba vencida. Como a cien metros
de donde acamparon, se levantaba el bosque umbrío, la selva
virgen enmarañada de ruidos y de misterios, especialmente a
esa hora del crepúsculo en que el Sol desaparece montado en
el lomo de la Tierra. Desde allí, desde sus grandes dominios, el
tigre esperaba agazapado, espiaba a los hombres con su
mirada de fuego, penetrante; los observaba conteniendo la
agilidad bravía que le diera su contextura fibrosa, su
musculatura hercúlea, listo ya para el salto y seguro de su
triunfo.

Los mozos y peones hicieron la cama del patrón, y
encima le tendieron y atirantaron su mosquitero. Ellos, un poco
alejados, como queriendo guardar la debida distancia que les
separa y les impone el respeto al amo, se acomodaron, entre
aparejos y caronas. Y muy pronto el sueño pesado y profundo
en estos hombres rudos, barrió con el vigor de sus existencias.

Sólo el patrón, don Heriberto, no podía dormir. Se sentía
fatigado; acaso el viaje pesado y el calor intenso, aún lo tenían
en vela. Este don Heriberto era un hombre de campo, ya
propietario de una pequeña estancia, sin embargo de vivir
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todavía en la fuerza de sus años mozos. Ahora estaba de viaje
a su establecimiento. Pero a esas horas, algo que no
alcanzaba a comprender lo tenía nervioso. Y estaba insomne,
revolcándose en la cama. –Es raro –se dijo–, en nada estoy
pensando y no obstante no puedo dormir; es para…

No había terminado su pensamiento cuando fue
sintiendo, pero con ese sentido y la intuición que el camba
tiene del peligro próximo, que algo extraño, un cuerpo, un bulto,
le andaba rondando cerca del lecho. Sintió su aproximación
hasta él; era como una sombra medrosa, elástica y que
cautelosamente se llegaba. Él allí estaba inmóvil. –Será algún
bicho –se dijo para sí. Luego nomás fue notando que la sombra
comenzaba a dar vueltas alrededor de su cama en cuyas orillas
acuñaba los extremos del mosquitero, para vitar el ingreso de
la sabandija. Le siguió con la vista sus movimientos. El bicho
seguía dando vueltas. Al rato se paraba como para olfatear
algunos trechos de la toldeta o como si se tratara de espiar a
su presa de adentro.

Por los ojos fosforescentes del animal, don Heriberto al
fin se dio cuenta de que era el tigre. –Si, no cabe duda, es él. –
Este convencimiento tampoco lo inmutó; para qué, si él estaba
siempre acostumbrado a defenderse.

–Así me hubiese dormido –pensó– y si este bicho no se
anima a brincarme es porque aún no sabe dónde está ubicada
mi cabeza en la cama. Y yo que soy un roncador –terminó
diciéndose.

Sin dilatarlo más, pero sin hacer el menor ruido, sacó de
debajo de su cabecera, su filoso puñal de viaje. Luego se sentó
en la mitad del lecho a esperar el ataque del felino.

–Ahora veremos quién gana –casi lo dijo en voz alta.
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El animal se alejaba a ratos, para luego seguir en sus
vueltas y paseos. Don Heriberto era todo un hombre resuelto y
por lo mismo, de los que no esperan mucho. Buscando una
mejor posición se puso en cuclillas, casi arrodillado, topando
con la cabeza el cielo del mosquitero.

–Si en ésta no me brinca, voy a tomar la ofensiva –se
dijo mentalmente.

El tigre seguía en sus andadas, vueltas y olfateos. El
hombre fue desacuñando el mosquitero, y ya impaciente
esperó a que volviese. Al fin se le puso al lado, a la misma
altura. De un salto, con más agilidad que el propio tigre, el
hombre estuvo encima del felino. Como el rayo, una mano
poderosa, de acero, segura en el golpe, hundió, clavó en la
nuca de la fiera, el puñal hasta el cabo. El tigre, casi
sorprendido y muy malherido, huyó, desapareció velozmente.

–No creo que vaya muy lejos –se dijo don Heriberto–; él
se las buscó, pero está bien que sepa que sé yo sentarles la
mano.

–Qué pasa, don Heriberto –habló uno de los mozos,
desde lejos, percatado de la ligera escaramuza.

–Nada, hombre, que me soñé matando a un tigre.

Después de unas risas, todo volvió a sumirse en la paz
de la noche estrellada, y el sueño reinó sobre todos los
hombres de la pascana. Y durmieron tan pesadamente que
pareció que al instante amanecía.

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–Oí jau –llamó don Heriberto a uno de sus mozos–,
seguí el rastro de sangre que dejó el bicho y traeme mi puñal.
Por aquí cerca nomás ha de estar.

Como a la hora volvió el mozo; traía en la mano el
cuchillo filoso del patrón, y sobre los hombros, el cuero del
tigre. Por todo comentario el camba explicó:

–Y había sío de la pinta chica. Aquí cerquinga lo
encontré; el tío ejtaba ya templao y con la panza al sol.

…………………………………………………………..

Esta hazaña a la que don Heriberto nunca le daba la
más mínima importancia, ya que la consideraba simple
incidencia de su vida montaraz y cerril, y muchas otras que
luego vinieron, le valieron el apodo del „mata tigre‟.

……………………………………………………………

Otra vez, campeando por las pampas de su estancia,
volvió a encontrarse de manos a boca con el tigre. Él iba
montado en su caballo y sin ningún arma de fuego. Le echó
primero a los perros y el tigre se vio acosado. De cada zarpazo,
un perro caía fuera de combate, mientras así trataba de ganar
la ceja del monte, sin prisa, don Heriberto esperó a que sus
canes lo empalcaran en un árbol. Luego hundió las espuelas
en los ijares de su caballo y de un salto lo colocó a la altura y
alcance del gran gato pintado a manchas.

Con el lazo en la diestra, le cruzó de la primera lanzada
„brazo partido‟, y volviendo grupas partió al galope, con el tigre
a rastras. Y así llegó hasta sus corrales, con la fiera moribunda
de tanto golpe entre la sarteneja, revuelco y tirones.

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……………………………………………………………..

Y de esta suerte, cuando don Heriberto, `el mata tigre‟,
estaba en tren de chupa, sus primeras palabras de amenaza,
que alardeaban de su valor, eran siempre las mismas:

–Yo no tengo miedo ni al tigre, carajo. Y el que sea
hombre…
……………………………………………………………...

Y así el tiempo pasó y el hombre fue envejeciendo. El
tigre esperaba el día de su venganza. Y a la postre, no tuvo
mucho que esperar.

Un día, como de costumbre, don Heriberto ensilló el
tordillo para salir de vaqueo.

Entre sus hijos mocetones, Pedro era el más apegado a
él. Quería siempre acompañarlo en sus correrías por los
campos, sin embargo de encontrar en el padre la misma
resistencia.

Aquella vez, él también comenzó a ensillar su matusi, el
padre lo rechazó con amenazas:

–Dónde venís, muchacho de porquería. Vaya con su
madre. Sólo servís pa‟ darme afanes.

Pero aquel día, el muchacho estaba obstinado; espero a
que nomás esté un poco lejos el viejo, para emprender él a su
vez la marcha siguiéndole. Por si acaso e imitando a su padre,
amarró al apero el rifle cargado.

El camino dividía en dos mitades un islote de la pampa.
Allí esperaba el tigre. Vio venir a don Heriberto y se ocultó.
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Emboscado lo vio llegar hasta él y lo dejó pasar. Luego se le
vino por detrás y de un salto arrancó de cuajo al jinete del
caballo. No le dio tiempo para nada. El caballo disparó
asustado con el rifle amarrado al apero. Don Heriberto se vio
de repente bajo el tigre, sin más armas que sus manos
callosas. El tigre no quiso matarlo de inmediato, se diría que,
primero deseaba jugar con él. Le gruñía en la cara, pelándole
sus dientes terribles. Se podía creer que el tigre ahora se reía
de él, del famoso „mata tigre‟.

Pequeños zarpazos daba la fiera sobre el rostro del
hombre, arrancándole la piel y la carne a pedazos. Para
defenderse, don Heriberto le oponía las manos y allí el tigre
comenzaba a mascar, triturando huesos. Poco faltaba ya para
que el hombre pierda el conocimiento, cuando oyó que una voz
le decía:

–No se mueva, taita, que voy a disparar.

En efecto, un tiro certero dejó al tigre tendido sobre el
cuerpo exánime del viejo estanciero.

………………………………………………………………

Allí está don Heriberto, el „mata tigre‟, con su cara
arrugada por mil cicatrices, y sus brazos con muñones
disformes.

Cuando lo conocí, me dijo que tenía cancelada su
cuenta con los tigres.

TIERRA CAMBA
Ignacio Callaú Barbery
1956
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EL TESORO DE URUGUAITO

El padre José llamó al cacique Sebastián, de su mayor
confianza y le dijo: “Esta noche vienes con tus tres mulas para
hacer un viaje en el que estaremos ausentes tres días”.

Fue puntual a la orden, penetró por la reja del Convento,
hasta la habitación del misionero. Sus tres mulas estaban
listas, como había sido la orden. El misionero le indicó unos
bultos que habían preparado, consistentes en cajas de metal
pintado de negro. Coloca la carga en las mulas, bien
compartidas de dos bultos en cada una, sumando un total de
seis cajas. Eran de un tamaño pequeño pero sumamente
pesadas, calculándose que cada una tenía cinco arrobas, es
decir, en los seis bultos, se sumaban treinta arrobas.

El misionero hizo ensillar su caballo, que lo tenía a
pesebre para hacer sus incursiones en los centros de
explotación del oro, y la comitiva saliendo del Convento, tomó
la dirección que indicó el padre José. Anduvieron toda la noche
llegando cinco horas después, a un lugar donde la misión tenía
una de sus haciendas ganaderas. Es una región que forma una
pampa, con sus ligeras arrugas por serranías bajas.

La estación era conocida con el nombre de Uruguaito,
que en lengua común quiere decir Pampa con Piedra. Allí
detuvieron la marcha. Los indios que salieron al encuentro de
su amo jesuita, recibieron orden de salir a campear y recoger
vacas que estén con crías. Quedaron solos el misionero y el
Cacique. Bajaron la carga de las tres mulas, retiraron de la
casa que servía de morada a los indios vaqueros y el misionero
ordenó llevar los bultos a doscientos metros de distancia donde
había una noria hecha años antes para dar agua al ganado en
época seca.

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Una vez la carga en el lugar indicado, el padre José
haciéndose ayudar del Cacique comenzó la operación de
arrojar a la noria las cajas de metal. Era época de sequía y la
noria no tenía abundancia de agua. Una vez que las seis cajas
estuvieron en el fondo del pozo, ordenó que recoja piedras y
entre ambos comienzan el trabajo de cegar la noria arrojando
pedruscos que abundan en esa zona.

Cuando llegaron los cuatro vaqueros, el fraile les dijo
que había que tapar la noria completamente por cuanto sus
aguas estaban malditas por un brujo. Con esto ordenó
continuar el trabajo de recoger piedras y los indígenas
comenzaron la operación en toda la región. En tres días estuvo
concluido el trabajo, y sin desfigurar la existencia del pozo, se
pusieron más piedras en el contorno semejando a los cimientos
de una habitación.

Regresó el misionero al pueblo y a su llegada invitó al
cacique Sebastián a pasar por su cuarto, donde le invitó un
brebaje diciéndole que era una bebida espirituosa. Tomó el
confiado indio y tres horas después moría con violentos dolores
de intestino.

ºººººººººººººººººººººººº

Según la referencia jesuítica, el padre José de la A., uno
de los más abnegados misioneros que vinieron de España, fue
el encargado de dirigir la entrega de las misiones a las
autoridades españolas, cuando se originó la expulsión jesuítica.

La Cédula Real, por la cual Carlos III dispuso la
expulsión de los jesuitas de todos los dominios de España, fue
dictada el 4 de septiembre de 1767, pero fue conocida seis
meses después. Los misioneros habían recibido instrucciones
de preparar esa expulsión y era natural que el Padre José,
- 28 -
encargado de una de las más ricas misiones, como era
Concepción, se ocupe de tomar sus medidas y prevenir los
acontecimientos a fin de no entregar el fruto de su trabajo de
tantos años.

Comprendía que no sería permitido hacer transporte de
riquezas que habían acumulado, entonces el camino más
directo era la de ocultar los tesoros en forma que no puedan
ser descubiertos y que algún día se pueda regresar a
buscarlos.

Todas las misiones jesuíticas hicieron lo mismo con las
riquezas que tenían depositadas. Los indios habían trabajado
sin ninguna noción del concepto de ganancia ni lo que
almacenaban para los conversores. Enseñaban a éstos los
sitios donde se encontraban minerales preciosos y ellos
mismos explotaban las minas. La Chiquitania, como territorio y
como raza, había superado para los jesuitas las mayores
ilusiones sobre la existencia de El Dorado. Nada se conoce de
esa nación autóctona que la posteridad la ha olvidado y hasta
la califica como una simple tribu nómada y peligrosa.

ººººººººººººººººº

Cuando se trata del aspecto sociológico e histórico del
pueblo constituido por Ñuflo de Chaves, debe tomarse en
cuenta la raza de los chiquitos o chiquitanos.

Se llama esta raza la Chiquitania, porque bien puede
recibir carácter de Nación, por su número, su conjunto, su
unidad y sobre todo, el período de su cultura. Historiógrafos
como Alcides D‟ Orbigny y Francisco Pi y Margall se han
ocupado de hacer estudios sobre esta importante Nación,
examinándola en sus factores de raza, lengua, estado de
cultura y religión. Pero esos estudios han sido preteridos y aún
- 29 -
negados con motivo de las erróneas apreciaciones de Gabriel
René Moreno, principalmente en la recopilación de documentos
hecha en su obra “Moxos y Chiquitos”.

René Moreno confundió dos cosas completamente
distintas: la raza nativa y la catequización jesuítica, que se
estableció durante un siglo. Con la reunión de documentos que
informan sobre tal administración, sin conocimiento de causa,
pues no hizo viajes como D‟ Orbigny, ha creído encontrar la
iniciación del proceso sociológico de las razas nativas, en la
labor catequizadora, muy discutida, de los misioneros jesuitas.

Justamente en esa confusión han dependido los errores
y la desviación que posteriormente se ha hecho con todo
intento de estudio racial en el Oriente boliviano; la palabra de
Moreno ha sido acatada sin beneficio de inventario, no
obstante que no ha podido resistir al más ligero examen, aún
en el terreno de la supuesta bondad de tal administración
religiosa–industrial. Basta que la ciencia histórica formule una
pregunta que está dentro de sus postulados: ¿dónde está esa
obra jesuítica tan probada? No se ha conocido sino por
escombros que no perpetuaron ni siquiera una veintena de
años.

Para estudiar a la Chiquitania como nación o siquiera
como raza, hay que independizarla de ese error admitido como
científico de suponer que esa raza fue un apéndice de la misión
jesuítica. Con ese error se ha tomado a las razas autóctonas
como un conglomerado amorfo de la selva sin personalidad, sin
nombre y aún sin figura humana.

La Nación de la Chiquitania ocupó la zona comprendida
en las últimas estribaciones de la Cordillera Brasilense que
penetra al poniente del río Iténez. Son regiones que cuentan
con bosques en su parte sud y campos abiertos con suelos
- 30 -
pedregosos en el norte. Sus riberas están bañadas con
vertientes cristalinas que llevan el curso sud a norte para
formar la hoya hidrográfica del Amazonas. Las elevaciones
montañosas son de poca altura y todas son de forma de cono
volcado, teniendo en su cima planicies de panoramas
subyugadores. Esto demuestra su formación anterior a la
andina, que concluye en picos, revelando su formación más
reciente. En la actualidad la zona que describimos constituye el
territorio del Oriente boliviano y políticamente las provincias de
Chiquitos, Ñuflo de Chaves, Velasco e Iténez.

En ese territorio que comprende mil kilómetros
cuadrados aproximadamente, se encontraba ubicada la Nación
de los Chiquitos. Estaba dividida en multitud de especies o
gran clan. D‟Orbigny determinó treinta y ocho de estas
especies y un siglo después, que pasó el sabio francés (1936)
sólo pudieron establecerse nueve de las indicadas, lo que
quiere decir, que muchas de las tales especies habían
desaparecido o confundido con otras.

Cada una de las especies era reconocida por el dialecto
que hablaba, todos con sus mismas raíces y sus idénticas
derivaciones. Pero fuera década dialecto, existía una lengua
denominada la común, que con pocas diferencias, es el
dialecto que hablaban los paunecas. Hay muchas semejanzas
en tales dialectos, diferenciándose sólo el napeca, que tiene
una pronunciación gutural semejante al moxos, lo que se
explica por su vinculación con esa gran variedad que pertenece
a una especie muy distinta.

Estudiando la común, se establece que la Chiquitania
había pasado de su período de barbarie y hacia la iniciación a
un período de la cultura. Tiene todas las características de una
raza que está en la época que Spengler denomina primavera,
es decir, en que lo rutinario, el terror cósmico, el conglomerado
- 31 -
familiar, el simbolismo de la lengua, demuestra que la raza
habrá salido de su estado primitivo de salvajismo o barbarie y
daba los primeros pasos en su ingreso a la cultura.

También evidencia este período de la Chiquitania, la
unidad que caracterizaba teniendo concepto cabal de la familia
bajo un régimen de patriarcado y la formación muy definida del
clan, que se ejercitaba conforme hacen notar las referencias
jesuíticas, de cómo se ensayaron los primeros avances de la
catequización.

Lo religioso es otro signo inequívoco de un período de
miocidad cultural. Los chiquitanos adoraban a una trinidad, es
decir, habían abandonado ya el totemismo que es
característica en el período de barbarie. La Trinidad de la
Chiquitania se formaba de Ome que turique, que era el dios de
la Justicia; Urazozonso, su esposa, era diosa de la Tierra, y el
hijo de ambos, que era Uropo, dios que velaba sobre los
hombres. Reconocían otros dioses, como el del fuego, del
agua, otro guardián del paraíso y hasta reconocían un infierno.

La similitud de esta idolatría con el cristianismo, fue un
campo propicio para los jesuitas de asimilarse a esa religión y
presentar en el cristianismo una ampliación o complementación
del paganismo chiquitano. Se hizo entonces una mezcla
religiosa que perduró durante la administración jesuítica.
Prueba de esa mezcla exótica, obra de la astucia jesuítica, es
que en muchas de esas viejas iglesias se encontraron al lado
de los Santos, bustos de otros dioses con caras horribles que
correspondían a la idolatría chiquitana.

La Nación de la Chiquitania sufrió una fuerte invasión
guaraní o chiriguana, que se lanzó como olas desde el lado
sudeste, saliendo de las selvas.

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Violentas batallas debieron sostenerse con los
chiquitanos y aquellas tribus nómadas salvajes. La flecha corta
y envenenada, signo de la tribu salvaje, se cruzó con la flecha
larga y artística del chiquitano. En la selva el chiquitano fue
derrotado, pero cuando los invasores llegaron al verdadero
territorio de la Chiquitania, sufrieron encarnizadas derrotas.
Estas luchas debieron ser en una época próxima a la llegada
de los españoles a América.

Derrotado el guaraní en el campo abierto y montañoso,
buscó la protección en la selva y fue avanzando hacia el norte
hasta tocar con el país de los moxos, donde también fue
vencido. Se radicó en la zona selvática y constituyeron grandes
tribus a lo largo de los ríos San Pablo, Blanco e Iténez. Así se
explica que en el país de la Chiquitania se encuentran tribus
que hablan guaraní, como los guarayos, sirionós y
pausernas, que se mantuvieron enemigos de la catequización
jesuítica.

Los guarayos se entregaron a la catequización a fines
de la Colonia (1822), como consecuencia de las batallas
encarnizadas que les hacían los sirionós, sus implacables
enemigos. Sacerdotes cruceños, como el Vicario Joaquín de
Velasco, el cura Salvatierra, saliendo de Santa Cruz, llevaron a
cabo la obra de reducción de esas tribus, después entregadas
a la labor de misioneros franciscanos, que sepultaron los
beneficios de esas reducciones en aras de una especulación
avara y suicida de todo sentimiento humanista por los nativos.

Los sirionós se mantuvieron indomables y temibles
hasta que las incursiones de los hacendados de Baures han
conseguido la reducción de los núcleos pequeños. Igualmente
los choris, que son una de sus especies, se han amansado en
los Cusis, debido a la paciente labor del industrial Mauro
Ibáñez.
- 33 -

Los pausernas se entregaron en la época de la
explotación gomera y es tribu que se está extinguiendo, habita
a lo largo del río Paraguá.

Queda en la zona de la Chiquitania otra tribu chiriguana,
que es llamada de los yanaiguas. Es indomable y feroz y
jamás ha dado señales de sometimiento. Hasta hoy, como
hace un siglo, se mantiene como un peligro de los caminantes.

En esta forma la Nación de la Chiquitania se encontró
rodeada de tribus enemigas que amenazaban concluir con la
raza. Tenían enemigos por todas direcciones de las selvas que
circundaban su vasto territorio. Un día cualquiera podían caer y
aniquilar toda esa cultura naciente. El sistema que empleaban
de vivir en pequeños clanes favorecía una invasión porque no
les daba apoyo para sostener una táctica defensiva.

Una circunstancia lo salva. Fue la entrada de los
expedicionarios españoles que penetraron a la cabeza del
Capitán Ñuflo de Chaves y se establecieron en pleno territorio
chiquitano, fundando un pueblo con el nombre de Santa Cruz
de la Sierra. Pronto hicieron amistad con los recién llegados
que los suponían seres sobrenaturales porque manejaban al
rayo en pequeños instrumentos. La cólera de las tribus
chiriguanas declaró guerra a muerte contra los aliados, origen
de los innumerables ataques contra la población cruceña.

En esta forma casual, la Nación de la Chiquitania se
salvó de ser destruida por la barbarie chiriguana, pero había de
perder su libertad, su nombre, su tradición con los
colonizadores, los que habían de fundar con ellos un régimen
de servidumbre bárbaro y del que jamás se podrían
independizar.

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Un siglo después de la fundación de Santa Cruz de la
Sierra, la corona de España entrega a la orden de los jesuitas
la catequización de los nativos entregándose con mando
omnímodo, el gobierno de esa zona, poblada de multitud de
especies autóctonas.

La reducción de los chiquitanos no fue obra difícil porque
se encontraron con una nación en pleno período de nacimiento
de su cultura, única dificultad, que fue salvada con paciente
labor, fue la formación de núcleos, destruyendo el sistema de
clan. Consistió esta labor en plantar la Cruz, con un gigantesco
y tosco madero, generalmente en clan o núcleo más numeroso
y allí ir atrayendo a los demás grupos hasta constituir misiones.

Esta labor embargó varios años a regirse por las fechas
que hay en los frontis de los templos en ruinas que demuestran
ser construcción muy posterior a la fundación de las misiones.
Quiere decir que sólo cuando se conseguía hacer la unificación
de cada especie, se daba comienzo a levantar templos y
moradas confortables para los misioneros y las grandes
cosechas, fruto del trabajo de los nativos.

Los manasicas, hospitalarios, buenos y vivaces,
cualidades que fueron reconocidas por D‟ Orbigny, vivían en las
pequeñas colinas que circundaban esas zonas. Con ellos se
creó la misión de San Javier, al pie de una quebrada que
sedimentaba abundante cantidad de oro. El templo y las
construcciones que se levantaron con barro crudo, se
concluyeron en 1740.

Los paunecas vivían también en comunidades, sobre el
río Sapocó, y fue más difícil agruparlos, pero una vez logrado
se fundó la misión de Nuestra Señora de la Concepción. El
macizo madero que sirvió de frontis y que aún se conserva,
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contiene la inscripción en alto relieve de 1753, fecha en que se
construyó ese edificio colonial.

A orillas del Paraguá, se agruparon los paiconecas y se
fundó la misión de San Ignacio; ellos tomaron el nombre de
ignacianos. En el frontis de la vieja iglesia, que fue modificada y
en gran parte destruida por los frailes alemanes de la
tristemente célebre misión de Francisco Bertoldo Buelth, existía
la fecha de 1762.

Con los quitemocas se constituyó la misión de San
Miguel, y desde entonces se les cambió su primitivo nombre
por el de migueleños. Hay la inscripción en la iglesia jesuítica
de 1765.

Y así, en nuestro recorrido de turismo histórico, llegamos
a la capital de la Chiquitania, donde vivían los valientes
napecas, vanguardia que eran de los ataques chiriguanos. Allí
concentraron todas sus actividades los jesuitas, fundando la
misión de San José. Como era la comunidad más numerosa y
la región inmensamente rica en minerales y pastos naturales,
así como en salinas que podían abastecer a todos los dominios
jesuíticos, levantaron grandes construcciones de piedra y
mampostería. Lo primero en construirse fue el templo, en cuyo
frontis estaba grabado el año 1750. Una vez concluido siguió a
levantarse una sólida edificación con gruesos murallones que
tardó ocho años, habiéndose inaugurado, según la inscripción
en el frontis del portal, en 1758.

En lo social y educativo, los jesuitas iniciaron a los
chiquitanos en varias industrias, especialmente en la labor de
tallar madera bajo el estilo barroco, pero en grandes
inclinaciones al plateresco, seguramente por ser esas
innovaciones las que estaban de moda en la España
conquistadora.
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Como una conveniencia a los planes de explotación,
mataron el concepto del yo, que estaba naciendo en el cerebro
chiquitano. Hicieron de él un esclavo sin personalidad y sin más
concepto de voluntad que la del misionero. Se estableció una
especie de régimen comunista para el trabajo, ya que en el
reparto de la producción no existía sino racionamiento para
mantener el hogar.

El severo régimen de patriarcado y matrimonio
monógamo que tenían los chiquitanos, fue sustituido por los
matrimonios de imposición, pues estas ceremonias se
verificaban en las solemnidades católicas y en conjunto,
colocando a los varones a un lado y a las mozas a otro,
haciendo los matrimonios como se iban tomando según las
formaciones.

El azote fue cuando tuvo su mayor reinado, no
habiéndose presentado en la tradición que pase un día en el
siglo de dominio jesuítico, que no se propine de cien azotes
hasta mil en cada misión.

En cien años de administración jesuítica, la raza de los
chiquitanos había destruido sus inclinaciones de personalidad
naciente, para convertirse en esclavos o siervos, por lo que, al
ser expulsados éstos, la administración civil encontró una raza
dócil y muy resignada para el trabajo lucrativo en beneficio del
patrón. Se había dado una preciosa herencia humana que
nada costaba en su sostenimiento y grandes rendimientos
daba con su trabajo. Por esto es que el régimen de
servidumbre de los jesuitas fue mantenido por los criollos de la
Colonia y aún extremado, porque el indio del gobierno
teocrático pasó a una forma de feudalismo ejercitado por cada
patrón y que sólo acabaría con la extinción de toda esa raza
noble y generosa.
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Quien visite las provincias que forman la antigua
Chiquitania: Ñuflo de Chaves, Velasco y Chiquitos, podrá
constatar la evidencia de nuestras afirmaciones, que las
hacemos con el tono quejumbroso que brota cuando se
observa a una raza nativa destrozada por un régimen
expoliador que debe concluir antes que concluya la raza digna
de estímulo, amparo y educación.

***

Con los indios vaqueros, que por suerte eran pocos, se
hizo igual procedimiento que con el Cacique Sebastián
Paunuca. El santo padre José se constituyó la semana
siguiente de su muerte, cuando lo enterró con todas las
solemnidades y anunció que había sido víctima de un ataque
de dolor de estómago. Hizo tomar igual brebaje a los confiados
neófitos, sus mujeres e hijos y todos murieron. Así quedó
sepultado el secreto hasta con los indios que nada sabían, pero
que podían indicar el lugar de la noria. El contenido de las seis
cajas se perdió para siempre, sin dejar más huellas que un
hacinamiento de piedras que también fue encargándose de
esparcirlos.

Como el oro se obtenía de las minas y una gran cantidad
de ornamentación de las iglesias, se perdió, se supone que el
contenido de esas cajas eran treinta arrobas de oro y plata.

Fue corriendo el tiempo y precipitándose los
acontecimientos. Del régimen colonial se pasó a la república.
Sólo para la raza de los chiquitos todo fue noche, la noche
eterna de la servidumbre. Concepción fue transformada en un
pueblo, las actividades industriales se extendieron y Uruguaito
tuvo dueño, siendo un establecimiento agrícola y ganadero. Un
- 38 -
siglo y medio después, la antigua misión jesuítica era un centro
de importantes transacciones gumíferas.

Allá por el año 1910, encontrándose la iglesia de
Concepción encargada de un sacerdote orureño, por
casualidad se encuentra con un descolorido pergamino, que se
hallaba en uno de los voluminosos misales. Llama a dos de los
vecinos más honorables y entendidos en la materia, pues el
sacerdote era corto de vista y sus anteojos apenas le servían
para ver las letras en latín de celebrar misa.

El manuscrito es leído con cuidado y he aquí lo que
decía textualmente:

“Del Uruguaito va e iba un camino hacia el norte y
poniente, poco más o menos como unas dieciséis cuadras de
andar este camino, a unas cincuenta varas se ve un totaitú; es
donde están esos cuadros como que hubiesen sido para
cimientos de casas, y, yendo más adelante, eran viviendas de
un cacique Sebastián Paunuca y casas de otros naturales,
quienes al salir bárbaros, que mataron grandes y chicos, luego
se mudaron con sus familias y haciendas todos estos”. Firma:
Padre José.

Causó entusiasmo el viejo pergamino y hasta se
organizó una expedición que encontró vestigio de haberse
acumulado piedra. Se hicieron algunas excavaciones pero sin
entusiasmo, pronto se abandonaron. El lugar se conoce con el
nombre de “El Corral de Piedra”.

LA FAMILIA ÑUFLEÑA
Sixto Montero Hoyos
1943

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EL RINCÓN DE CLARA

Las regiones suburbanas que se extienden al norte y
naciente de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, son pampas
sin fin, donde la vista podría descubrir la línea del horizonte
sino fuesen las arboledas y las palmeras que dan a esas
pampas la impresión de lagos con multitud de islotes.

Los primeros españoles que llegaron con Ñuflo de
Chaves, ocuparon esas pampas y aún cuenta la tradición que
una de esas arboledas, denominada la isla del Sirari, fue el
primer refugio de las familias mientras los varones se ocupaban
de desalojar a la fuerza a los Guelgorigotá que ocupaban las
bandas del rio Piraí.

Cuando la ciudad tuvo estabilidad, esos terrenos fueron
distribuidos en lotes para los españoles. La familia Mendoza,
descendiente de la esposa de Nuflo de Chaves, se posesionó
en la parte noreste y a una distancia de quince kilómetros de la
población.

Bautizó ese terreno con el nombre de “El Rincón”, por el
aspecto de tratarse de un ángulo de la inmensa planicie,
ángulo formado por pequeñas lomas que lo circundaban. Con
el correr del tiempo, el puesto agrícola y ganadero se conoció
con el nombre de “El Rincón de los Mendoza”.

Fueron corriendo los años de la Colonia. Los Mendoza
se sucedían de generación en generación, mezclándose con la
raza nativa, de donde salían ejemplares de varones y mujeres
que competían en belleza y apostura. Hubo un momento que
eran los más guapos mozos y las más atrayentes doncellas. El
Rincón de los Mendoza llego a tener fama por sus hermosos
ejemplares. Muchos de esos descendientes, fueron bravos
- 41 -
soldados de Warnes y después de la derrota del Pari,
regresaron ocultos y no salieron más de su entrañable rincón.

Uno de esos Mendoza, que tenía su posesión más
cercana a la parte del lomerío, vendió a Don Fernando
Saucedo, alcalde de primera elección, su casa y chacarismo,
con lo que los Mendoza no quedaron como únicos dueños, sino
que tuvieron con quién compartir la inmensa pampa; si bien
Don Fernando no era hombre de campo, se concretó a tener su
“estancita” para recibir leche y quesillos.

Posesionado ya Francisco Javier de Aguilera, del
gobierno de Santa Cruz, visitó con su escolta “El Rincón de los
Mendoza”. Esa visita fue ocasional. Ocurrió que se le denunció
encontrarse oculto en esos parajes y sostenido por Jacinto
Mendoza, uno de los dueños de “El Rincón”, el infatigable
Cañoto. Seguro como estaba, le daría caza; monta su escolta
de los „tablas‟ y sale con esa dirección.

Cada una de las familias Mendoza, tenía su puesto
ganadero y agrícola, que consistía en las casas de techo de
motacú, corral y el cerco que separaban los cultivos. En el
primer puesto que llega, hace circundar la casa y se baja del
caballo seguro de encontrar o tomar datos del indeseable patria
Cañoto. Lo recibe una moza alta, bien formada, de unos veinte
años aproximadamente, que ofrecía todo el encanto de la
naturaleza y una robusta salud. Como de costumbre, llevaba
los pies desnudos y el vestido blanco semejando un camisón.

La humildad, la franqueza, los modales distinguidos
llamaron la atención del Brigadier. Se sintió desarmado ante los
encantos sencillos de la campesina y no se hizo rogar la
invitación muy cortes de esta para que “pase a tomar un café”.

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La hermosa campesina se llamaba Clara. Su padre era
Antonio Mendoza, y su madre, Nicanora Pino. Pronto llegaron
los padres y otros hermanos de la moza que estaban en el
trabajo de sembrar arroz y les llamó la atención la presencia de
soldados. Sabían de la ferocidad de Aguilera y temieron por
sus sobrinos prófugos, la presencia del tirano sea causa de
grandes desgracias en la familia.

Pero el Brigadier estuvo amable con los campesinos; se
concretó en sus investigaciones a preguntar si había aparecido
por esos lados Cañoto, y ya se sabe que la respuesta fue
negativa, por más que se hubiese sabido, pues el rebelde
patriota era querido por todos los ranchos. No hizo más
pregunta y se dedicó a ofrecer sus servicios, a colmarlos de
promesas y de prometerles visitas frecuentes.

Volvió el Brigadier ya entrada la tarde y la gente de la
ciudad comprendió que, una vez más, Cañoto se había
escapado de sus terribles garras.

Desde aquel día el Brigadier se hizo asiduo visitante de
El Rincón, pero se cuidaba muy bien de hacer su visita solo. El
pretexto de perseguir a Cañoto era el más cómodo para
ordenar de tarde en tarde que se prepare el escuadrón y
personalmente él, se ponía a la cabeza. La dirección era la
misma: el norte.

Pronto llegó a saberse que una Dulcinea era la causa de
los patrullajes realistas. Y las murmuraciones llegaron a tener
su comprobación cuando vieron que se obtuvo una casita
donde llegaba a alojarse la familia Mendoza, humildes
campesinos, pero de mucha influencia ante el Brigadier.

Conquistar a la hermosa Clara no fue cuestión difícil ni
de mucho tiempo. Sea por habérsele despertado irresistible
- 43 -
amor en el ingenuo corazón de la campesina, sea por miedo o
por un instintivo orgullo femenino, la hija del rincón fue la
amante del Brigadier. Fruto de ese amor oculto, fue una hija
que bautizaron con el nombre del abuelo. Se llamó Antonia
Aguilera Mendoza.

Siempre los lances de amor de los poderosos dan
nacimiento a alguna leyenda que la posteridad conserva y
recuerda por más que no se descubra su origen. Los amores
del Brigadier, hicieron cambiar el nombre del rancho de los
Mendoza. Le llamaron El Rincón de Clara y después
simplemente Clara, como una inocente broma de esa aventura
ilícita. Aguilera por otra parte, con una docena de pesos de
plata que entregó a su amante, obtuvo que sus padres le
hagan un reconocimiento de transferencia de su posesión.

En esta forma, El Rincón fue perdiendo su primitivo
nombre y se transformo en Clara. Como las posesiones fueron
creciendo, por efecto de sucesivas compras a los primitivos
dueños, fueron existiendo Claras de distintos apellidos. Clara
de los Mendoza, Clara de los Justiniano, Clara de los Serrano y
Clara de Saucedo.

Como todo amargo destino de los hijos ilegítimos y de
las madres seducidas y repudiadas, Clara Mendoza, que había
dado su nombre a un panorámico lugar, no lo tuvo para la
sociedad. Vivió como toda la gente campesina. Crió y educó a
su hija en el mismo afán, de cuidar a las vacas y de cultivar la
tierra. A su muerte, que fue en 1838, quedó en posesión de la
parcela su hija Antonia, quien se trasladó a la ciudad, donde
una unión ilícita la hizo madre, perdiéndose en el anonimato.
Vendió su propiedad, a su tío Antonio Mendoza Pino, venta
realizada en 5 de marzo de 1840.

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Mendoza conservó la propiedad hasta el 10 de enero de
1871, que vendió a Nicanor Coímbra, por la suma de catorce
pesos, una parte de ella y conservó para su hijo Félix otra
parcela, que éste vendió a Mariano Barroso, en la escritura de
8 de octubre de 1886, quien la conservó hasta su muerte. Sus
herederos, esposa Avelina Suárez e hija Bella Barroso, hicieron
un convenio, en mérito del cual ésta adquirió de su madre la
propiedad íntegra, que más tarde vendió a Agustín Hurtado,
por la escritura notarial de 3 de febrero de 1896. Por algún
tiempo conservó éste la propiedad y la traspasó a Hortensia
Rivas en la escritura de 3 de febrero de 1906. Por algún tiempo
conservó éste la propiedad y la traspasó a Hortensia Rivas en
la escritura de 3 de febrero de 1906 y éste a Ramón Saucedo,
constante esta venta en la escritura de 15 de noviembre de
1908.

Dijimos al comienzo de esta narración, que don
Fernando Saucedo Alcalde de Primera Elección, había
adquirido en compra de uno de los Mendoza la parcela, donde
situó una estancia pequeña de ganado. Casado con doña
María Petrona Justiniano, este matrimonio tuvo un hijo llamado
José Mariano Saucedo, que casó en primeras nupcias con
doña María Manuela Ribera, y en segundas con doña Rosalía
Ortiz.

En su primer matrimonio, don José Mariano tuvo ocho
hijos que fueron los siguientes: Mariano, Benjamín, Sinforosa,
Delfina, José, Catalina, Toribia y Peregrina. La pequeña
estancia El Rincón, que ya se llamaba Clara de Saucedo, y que
le dejó su madre al morir, pues su padre, don Fernando, murió
primero, la incrementó construyendo casas de tejas y
aumentando la cría de ganado. A su muerte la transfirió en lo
proindiviso entre todos sus hijos, todo lo que está contenido en
su testamento de 5 de junio de 1873, extendido ante el notario
Antonio Moreno.
- 45 -

Los ocho hermanos nunca se ocuparon en unir sus
energías para mantener la explotación de su patrimonio, cada
uno fue vendiendo su parte alícuota del terreno. José vendió su
parte a Teodoro Ribera, Delfina al Dr. Manuel José Parada;
Sinforosa al canónigo Ignacio María Ribera; Mariano no quiso
tener injerencias en el terreno, pero muchos años después
esos derechos sucesorios, sus hijos Félix, María y Bernardo
vendieron a Ricardo Franco. Sólo Toribia, casada con Ricardo
Franco Gil, se radicó en el lugar y, a su muerte, sus hijos
siguieron poseyendo. El que más había acaparado acciones
fue don Ramón Saucedo, hijo de José y en unión con sus
primos, los Franco Saucedo, corrieron con los trámites de
adjudicación, consiguiendo que se le fuera hecha por
Resolución Suprema de 27 de marzo de 1920, con el nombre
de Clara el Carmen, con lo que quedó consagrado el nombre
de Clara.

Una última referencia declara sobre el antiguo Rincón.
La separación de tierras fiscales y municipales, comprendió a
ese lugar que fue separado por los linderos municipales,
estando una mitad dentro de lo municipal y otra mitad en
terreno de procedencia fiscal.

Clara o El Rincón es un símbolo dentro del proceso
sociológico y del espíritu del cruceño. No puede encontrarse un
caso que mejor retrate lo que significa la individualidad del
oriental, en cuanto a la forma de apreciar un derecho
sucesorio. Si se examinan los títulos de una propiedad lo
primero que se advierte es esa tendencia de que el hijo en
posesión de la herencia del padre, aspira únicamente a huir de
ese patrimonio.

Se afirma que la familia ñufleña tiene un fuerte
porcentaje de sangre judaica y con sólo la referencia del
- 46 -
derecho real sobre inmuebles, examinados en una veintena, es
suficiente para convencer de lo contrario. El israelita es pegado
a la cosa que constituye su patrimonio, no se separa de él por
más destruido que estuviere, ama sus trapos como su casa
ruinosa porque le pertenece; jamás destruye la tradición y
procura transmitirla de generación en generación al través de
centurias de años. El cruceño, por el contrario, procura destruir
la tradición, verse libre de ella, tan luego sus mayores han
cerrado sus ojos en el viaje eterno.

Un fenómeno aún más característico de la idiosincrasia
del cruceño, es su exclusivismo para la lucha por la vida. No
concibe la unión para multiplicar las fuerzas, la reunión de
energías para conservar y dar otro impulso al esfuerzo del
progenitor, continuar la tradición de familia aumentando un
patrimonio, que al ser dividido queda reducido a sumas
insignificantes.

Si el cruceño tuviera alguna raíz judaica, distinta fuera su
manera de ser en el orden sucesorio. Con muy contadas
excepciones, un patrimonio jamás se conserva en unión de
familia, porque la gran mayoría, acude a la venta como forma
de proclamar una libertad ilusoria que jamás se alcanza,
porque el capital fragmentado, muy luego queda destruido.

Demasiado amargo es para un padre, que al sentir
aproximarse la conclusión de una vida de trabajo, sabe que ha
de dejar su patrimonio que pasará a manos extrañas y muchas
veces será el semillero de pleitos judiciales en que ese
patrimonio se diluya sin ningún beneficio para las partes a la
postre, concluye en la miseria.

Si se profundiza en el estudio de las causas que han
determinado el „estacionarismo‟ de un pueblo, como Santa
Cruz, que tiene una existencia de cuatro siglos, se encontrará
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indiscutiblemente en el criterio de concebir la tradición familiar y
económica. El trabajo, por más empeñoso que hubiese sido y
los progresos alcanzados durante una vida, han de quedar
aniquilados a la muerte del fundador, y la nueva generación ha
de comenzar de nuevo para quedar sepultado con su muerte.

No hay incentivo de seguir la ruta comenzada ni el ideal
de conservar el patrimonio de los ascendientes. Lo primero que
se procura borrar y destruir es el recuerdo de familia, es el
afecto que se heredó y que hay una obligación imperiosa
jurídica de conservar. Con razón es axiomático el adagio muy
generalizado en la tierra oriental, que dice: “lo que no cuesta se
hace fiesta”.

Justamente, lo que procuramos con la presentación de
estas referencias históricas, es prevenir a las generaciones del
futuro, la secuela que debemos desterrar y el camino que debe
seguirse para esquematizar un plan sociológico que trace una
reacción saludable en la manera de concebir el bienestar y la
responsabilidad histórica.

LA FAMILIA ÑUFLEÑA
Sixto Montero Hoyos
1943









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UN FINAL

Una carta de la amada.

Cesar abrió la ventana, cerró la puerta interior con llave,
y se sumió en su lectura. Eran cuatro páginas escritas con letra
menuda y bella. Poco a poco, la honda ternura de sus líneas, la
caricia singular de tanto amor volcado en las palabras de ella,
fue ganando su espíritu. Al volver las páginas su mano
temblaba, y cuando hubo terminado de leer, luchó bravamente,
ferozmente, con las ganas invencibles de doblegarse en una
caricia de sumisión y humildad a las carillas que le trajeran tan
dulce mensaje. Y una lágrima, más fuerte que toda resistencia,
rubricó el gesto desesperado de los labios que se apretaban
sobre el papel.

Volvieron las horas de amor loco, amor niño, lleno de
esos delicados arrebatos en que el alma florece como un
capullo soberbio, imperioso de verdad.

– ¡Ay, que te quiero, alma mía!...
– ¡Chiquitito querido!

Y así siempre. Dos años de ese cariño imposible. De
ese afecto hondo, entrañable, santo, que había de ocultarse a
los ojos del mundo; porque el mundo tiene su moral de molde
elástico que se hace rígido, estrechamente inflexible para unos,
y lleno de concesiones y complacencias para otros. Esa es la
justicia del mundo.

A menudo, César, dejando estallar su amargura, la
desesperación negra de su alma, rebelábase contra los
sacrificios que imponía la calidad de su amor. ¡Y aquel era tan
puro, tan límpido, como el horizonte del más santo ideal!

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–Edna, amor mío. Yo pienso que es imposible continuar
así Yo te necesito, te quiero para mí solo, para adorarte a la luz
mas blanca. Es que tú no comprendes cómo es en mí este
afecto loco, imposible. Ni sabes de esta fiebre inmensa de
anidarte para siempre en mi vida, de anularte, de confundirte
en esta comunión de los espíritus que haga una sola de
nuestras almas. Ni apuras día a día el dolor de ver como todo y
todos en derredor tuyo tratan de apartare de mí, ¡de robarme tu
corazón!...

Cuántas veces discutirían. Se herían con las puntas
aceradas de las frases, lamentablemente apenas dichas. Y
mientras más rendida de amor estaba el alma, mientras más se
querían con sangre y lágrimas, más crueles eran las palabras.
¡Pobres almas abrasadas en el fuego santo del cariño, y presas
de la tortura imposible de los celos que no tienen razón!

– ¡Chiquitito querido! ¡Ay que eres malo!...

Después, un abatirse, rendirse ciegamente a los pies de
la amada, hundir los dedos en las sortijas de seda de sus
cabellos y secar con besos redentores sus lágrimas tremantes.

Imposible resistir a la ternura que apresa con sus brazos
invencibles, dulcemente poderosos. Inútil luchar por lo que el
amor, dios omnipotente, amasó con el aliento de las almas y el
blanco rocío de la esperanza.

Mas, luego, en la soledad de su vida, lejos de Edna,
volvía a analizar desesperadamente esa tortura de lo nunca
definido, de lo siempre truncado por la mano invisible de la
suerte. Entonces el loco, cruel afán de poner un final, le
obsesionaba, dolía en su alma como una ponzoñosa impía.
Eran tan breves las horas de dicha, y tan largo, tan eterno y
cierto el dolor de lo negado, ¡lo imposible!...
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¡Morir! ¡Morir!

************

Era una fiesta cívica que reunía a tanta gente. Rumor de
risas ahogadas, de charlas contenidas. Montón de personas y
de ideas expresadas entre uno y otro canto patriótico y en las
pausas de los oradores. Un cuadro de pueblo chico.

Y allí, ¡Edna!

Al verla, César la saludó, recibiendo su sonrisa apenas
pronunciada, queriendo ocultarse, como había que esconderlo
todo, todo. Siguió él mirándola con toda la fuerza de su cariño
tan hondo. Con amargura infinita constataba que ella no le
dirigía una sola mirada. ¡Había tanta gente!

¡Qué locura de matar y matarse! De rubricar con la
teatralidad barata de un final sangriento, una pública confesión
de ese gran amor suyo. Él amaba a Edna en el más alto
concepto de la devoción. En su sueño ella estaba por encima
de todas las humanas debilidades. Era éste un convencimiento
madurado en la observación y el análisis de las cualidades de
su amada. Y ¡ay, era mujer! Su dolor enorme era verla a ella,
tan buena, tan noble, tan grande en una palabra, doblegarse
ante lo que él juzgaba pequeñas, viles consideraciones del
eterno “qué dirán”. Ahora, al notar que ella no se atrevía a
mirarle, una rabia terrible, más negra que el odio, quemo su
ser. Había allí tanta gente insignificante; quizá la había
miserable. Y ante esos se doblegaba, tímida, la voluntad de
Edna. La revelación amarga lo llenó de negra sombra. ¡Dios!...
Eso no podía soportarse.

Habló su alma:
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Edna, amor mío, ¡voy a salvarte!

Pensó si ella lo odiaría sabiéndolo con intenciones de
matarla. Una gran piedad por sí mismo se hizo sitio en su alma.
Y lentamente, dolorosamente, extrajo el revolver…

Desde la pequeña distancia, ella adivino el terrible
significado de su gesto. Lanzó un pequeño grito y fue hacia
él…

Por un instante, la mano de César tembló. Su voluntad,
voluntad de niño, vaciló como el árbol joven, ante la ráfaga.
Vivió las caricias inolvidables de Edna, recordó el acento dulce
de sus palabras buenas. Vio su belleza esplendida que iba a
convertirse en nada. Comprendió su gesto valiente que
buscaba la muerte de sus manos… ¡Quede redentora paz para
su alma!... Quizá iba a ganarle una vez más la dulzura de la
mansedumbre…

– ¡Chiquitito querido! ¡Tan malo!...

Bruscamente, se sustrajo. Vivir otra y otra vez las horas
de soledades, de dudas, de torturas y desvelos. ¡No!... ¡No!...

Disparó una, dos, tres veces hacia ella. Luego, apretó el
cañón humeante sobre el corazón que tanto había sangrado…

Un remolino de gente alelada, estúpidamente acorde en
su estupor y su miedo. Después, un clamor inmenso como una
campana enloquecida.

Estaba escrito el final.
LUNARES EN EL ALBA
Antonio Landívar Serrate
1937
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EL DOLOR DE ELEGIR

–Oye, Romelio: mañana nos vamos al campo…

– ¡Al campo! –la voz de él se quebró en una vibración de
extraña dureza, cual si el dolor inesperado se cuajara en el
latigazo de su acento. Hubiera querido tanto que sea una
mentira de Laura; una broma de esas que ella le gastaba para
verlo inquieto: deleite femenino de atormentar…

–Si, al campo. Mamá dice que ya he estudiado bastante;
que papá nos necesita mucho allá en el „establecimiento‟; en
fin, que es necesario irse.

Él tuvo un súbito arranque de amargura ante la certeza
de su pena tan próxima.

–Y tú, ¿te vas así nomás?, ¿lo aceptas todo como una
cosa lógica, sencilla, indiferente?

Luego se interrumpió, nervioso:

–No; no me diga nada. Ya sé que tú no te gobiernas; sé
que es una pena también para ti, pero no puedes oponerte a
las órdenes de tus padres. Ya que no tiene remedio, pues,
anda, Laura. Quisiera que te lleves la seguridad de que mi
afecto no cambiará. Aun más: obligado a reconcentrarse en sí
mismo por tu ausencia, se hará más profundo, más grande.

Atardecía. Llegaron hasta la equina próxima a la casa de
ella, y se despidieron apretándose las manos.

****************


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Fue a despedirla cuando tomaban, con la madre, el auto
que había de dejarles a corta distancia de la hacienda. Doña
Romualda nunca había simpatizado con Romelio, y éste
tampoco se mostraba a gusto en su compañía; y ese desafecto
mutuo ponía su sombra en el idilio de los jóvenes.

Laura sugirió:

–¿Y si fueras a visitarme algunas veces al
„establecimiento‟?

–Ciertamente –dijo él, no convencido.

Y en ese momento se dio la señal de partida. Un abrazo
convencional ante los ojos hostiles de la madre. Un frío apretón
de manos a esta. Y el auto partió, roncando, ahogándose en el
polvo de las calles arenosas.

Era en setiembre. La mañana cálida apagaba, una a
una, las gotas de rocío que brillaban sobre las hojas. Y la
ciudad hacía su vida bajo una modorra invencible. Calor y
sueño. Mucho sueño.

****************

Cinco leguas no es una gran distancia ciertamente.
Cuando hace bien tiempo, se toma un auto que nos lleva en
pocos minutos. En la época lluviosa, ya es diferente. Hay que
hacer una cabalgata de tres horas, pesada para los que no
están acostumbrados a ella; los caminos se convierten en
fangales imposibles; y a veces, las tres horas del viaje se
transforman en seis… Pero, ¿qué importa esto? Lo amargo es
ser esclavo con el trabajo; tener que utilizar tan arduamente las
horas en una labor que desespera y que da apenas para vivir.

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Romelio tenía la manía del periodismo. Escribía y
escribía con afán único. Sus artículos, de contextura dudosa,
abordaban temas nacionales y locales, y hasta se aventuraba
en temas de índole superior, que nadie refutaba, porque en
nuestro pueblo se cree que no vale la pena ni siquiera corregir
al que yerra.

Al principio se contentaba con admirar sus escritos, en
letras de molde, perdidos entre los avisos de la cuarta plana de
los periódicos. Ahora… ahora se creía consagrado, porque
algún propietario de imprenta lo había hecho director de un
interdiario. Tuvo que hacer la mar de renunciaciones. Aceptar
una cantidad de cosas que no le parecían del todo rectas. Y…
un sueldo de cien pesos al mes…

En Santa Cruz, antes, se podía vivir con cien pesos. Se
podía hasta ahorrar. La vida era fácil, casi ociosa; y la tierra
prodiga nos daba de comer casi de balde. Ahora no cabría
aquel consejo que oíamos cuando éramos niños: “Cásate en
tiempos de naranjas”… La vida se ha hecho afanosa e ingrata.
Nos civilizamos.

**************

A menudo, en las horas de su trabajo empeñoso, le
asaltaba el recuerdo dulce de la amada. Dejaba de escribir. Se
tomaba la cabeza entre las manos, y escarbando en la maraña
de sus cabellos, escarbaba también el recuerdo.

¡Se habían querido tanto! Un año antes la conoció. Ella
iba al Liceo. Se decidió a saludarla sonriéndole, y constato con
emocionada sorpresa, que ella le correspondía en igual forma.
Después… Permiso para acompañarla, que le fue concedido
entre una y otra ola de delicioso rubor. Charlas casi
monosilábicas, al principio. Luego, un poco más de soltura en
- 57 -
él; de picardía en ella. Hablaban. Él, de sus ideales, de su tarea
redentora, vigilante, ahíto de luz del porvenir. Ella, de su
colegio: de las profesoras, siempre malas, siempre tiránicas e
injustas…

Como Romelio era ya todo un hombre: un periodista; y
Laura, una señorita de cursos superiores, una tarde de
domingo visitó la casa de su amada. Él no sabía cómo debería
presentarse ni „qué diciendo‟ iba a llegar. Fue un momento
harto difícil, y salió, después de dos horas, con un poco de
dolor de cabeza y un sabor indefinible, que más se acentuaba
hacia lo amargo, en el ánimo. Pero ya estaba dado el paso. Los
días que siguieron fueron de alegrías y pesares, en esa móvil
perpetuidad del cariño, que ríe y llora, que jura y niega, pero
siempre vive. Se amaban.

Pequeña, vulgar historia de amor. Y ahora, se había
truncado, Mejor dicho: había querido truncarla, rencorosa la
madre. ¿Podría?

*************
¡Verla!

Se había cristalizado en esa expresión todo su deseo,
toda la fatiga de sus noches en vela. Toda su angustia. ¿Y si
se la quitaran?...

Mañana es su cumpleaños. Romelio piensa que habrá
fiesta en la casa de ella, y ante el pensamiento atormentador,
se desencadena la fiebre de sus celos recién despiertos.
Durante todo el día se enferma el espíritu con una angustia
imposible. ¡Sus reflexiones son tan amargas! Y, al fin, decide
visitarla esa misma noche. Venciendo la antipatía que le inspira
la madre de Laura, y exponiéndose a un desaire de parte del
padre, a quien no conoce, irá a rogarles le permitan estar junto
- 58 -
a su amada hasta que den las doce de la noche. ¡Qué idea!
Con la última campanada del viejo reloj que hay en la sala,
según le ha icho Laura, abrazarla y desearle toda la felicidad
que sólo él quisiera darle. Después, regresar, ¿por qué no? Ya
está resuelto. Irá.

En su mesa de trabajo, las cuartillas, intocadas, le miran
tristemente. Pesarosas de ser abandonadas, sacrificadas a otro
terrenal afecto.

****************

Diciembre tenía días nubosos y tristes como ése. La
tarde, esfumándose en el horizonte, y la caricia húmeda de la
lluvia menuda y constante. Una sensación de frío y de silencio
se adentraba en el espíritu del viajero. El caballo, molestado
por la llovizna, caminaba con la cabeza baja y esquivaba los
charcos con despaciosa maña. Cinco leguas no son una gran
distancia ciertamente. Pero cuando se lleva el alma suspendida
de un anhelo y el corazón tiene tanta angustia secreta, el
camino es una eternidad. Y la lluvia, un mal presagio. Y la
sombra, un horrible cendal de misterio. Romelio pensaba y
sufría. ¡Cuánto amaba!

Para ir a caballo a B…, uno deja la carretera y se interna
hacia la derecha. Media hora orillando fincas alegres, llenas de
frutales, con sus casitas de paredes blancas y techos rojos.
Luego hay una extensión boscosa, sombría y húmeda, hasta
llegar al río que es necesario vadear. Pasado el río, la pampa,
como una superficie de esmeralda gigante. En medio la llanura,
está B…; de allí, viejos caminos conducen a los
„establecimientos‟ agrícolas y ganaderos de la región.

La hacienda del padre de Laura estaba muy cerca del
pueblo. Romelio vio desde lejos, entre la bruma del anochecer
- 59 -
lluvioso, como una mancha enorme, más oscura, de donde
salían las pequeñas luces que alumbraban la casa. Un poco
más, y había llegado. Los perros le ladraron.

**************

Él había querido irse en cuanto vio los preparativos del
baile. Le desagradaba tener que alternar con esa gente,
campesina, llena de ingenua grosería, que se había reunido en
casa de Laura para festejar la víspera del cumpleaños. Pero
ella le rogó mimosa:

–Si me quieres, Romelio, te quedas. ¿Qué locura era
esa que pensabas, de venir a darme un abrazo e irte, a la
medianoche, cuando está lloviendo?

Y se había quedado. Ahora estaba al lado de Laura, en
una tregua del baile. No; no se aburría. Estaba triste, dolorido,
sin saber por qué. Las muchachas eran tontas. Y bebían. Y
fumaban. Y los hombres eran tan ingeniosos a la manera
campesina. Sus bromas, groseras e inconvenientes, lo ponían
fuera de si. ¡Qué falta de respeto a Laura! Y a la madre. Y a
don Jesús, su marido, que miraba, bonachonamente, la
reunión, después de haberle martirizado a él con una ¡larga y
engorrosa disertación sobre política…! También había un
hermano de Laura. Se llamaba Redentor. Bello nombre.

El dueño de él parecía haber hecho acopio de rudeza e
ignorancia. Ahora se acercaba al grupo formado por Romelio y
su amada.

–No me habías dicho que tenías un hermano, Laura…
Me parece, perdóname querida, un poco brusco, nervioso…

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–Es un bruto –replicó ella–. Pero, acéptale ese „tanto‟
que te está „obligando‟, y „págale‟.

Apogeo de la fiesta. Se baila poco. Se bebe mucho. Se
habla a gritos, quizá para llamar a la alegría. Porque todo esto
no es alegría. Es necio deleite mercenario. Las risas las paga el
alcohol. Y los chascarrillos y los epigramas, el deseo. ¡Fiesta!

**************

–¡Dios! –dijo él–. Es que ya no puedo, Laura, seguir en
este infierno que te empeñas en llamar fiesta. ¿Por qué tienes
tú, por qué tengo yo que soportar todas estas necedades y
groserías, y apurar tantos „tragos‟ como nos „obligan‟ tus
invitados? ¡Qué importa que ellos lleven trajes decentes, y que
ellas lleven vestidos de seda, si por dentro el espíritu lo tienen
embadurnado de estupidez y de malicia!

–Tienes que soportarlos, Romelio, por educación; si no,
ellos se ofenderán y creerán que tú, por ser de la ciudad, te
“corres” de ellos.

Cayó la frase con cierto acento de obligada lección por
parte de ella. Y en el espíritu del mozo quedó flotando, hecha
de toda amargura, abrazando como un latigazo.

–Además –agregó Laura– no es necesario que tú tomes
las “cantidades” que me invitan a mí, porque no puedes
consentir que yo tome esas bebidas, según me has dicho.
Tienes que acostumbrarte a esto para que no encuentres
inconvenientes.

–¡Oh! Creo que ahora podré –expresó Rogelio–. Y ella
no notó la enorme desilusión que había en su voz, ni adivinó el
dolor sangriento de su corazón.
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Perdió todo control de sí mismo. Se apartó de ella, y
bebió. Bebió mucho, para ahogarse en una borrachera piadosa
que anulara su desilusión. Y, luego, produjese el lance
inesperado: El hermano de Laura, acompañado de un joven
que a cada rato obligaba a beber a Romelio, provocólo. Por
una cuestión de „no ha pagado‟, después de una de tantas
invitaciones, se lanzaron sobre él. Redentor, luego de „armar la
pelea‟, dejó a su compañero que tomara la acción. Ésta fue
sucia, grotesca. Romelio, borracho, ni siquiera sintió los
impactos sobre su ojo derecho, sobre la nariz y la oreja. Cayó.
Y había algo poderosamente atractivo, muelle, que lo atraía
hacia el sueño. Hacia un reposo que parecía definitivo; que era
como el final de toda amargura, de toda negra maldad.

***********

Iba a dormirse. Al día siguiente, le contarían una fábula
sobre su lance, y tendría que pedir disculpas y huir lleno de
vergüenza de la casa de Laura.

Oyó que ella lloraba, defendiéndole. Oyó los denuestos
de doña Romualda sobre „estos puebleros hechos los grandes,
que son los más malcriados‟; y la voz chillona de don Jesús
que lamentaba un escándalo semejante, nunca visto en su
casa.

Entonces luchó. Clamó por su lucidez, por la fuerza de
su espíritu, que no lo abandonase en la hora de prueba. Y el
alma le hizo su milagro. Se alzó, completamente lúcido. Casi
sereno. El ojo magullado y la nariz sangrante le daban un
aspecto desastroso. Pero esto no le importaba. Estaba de pie.
Se llegó hasta Laura.

–Ya has visto lo que me ha hecho tu hermano, Laura.
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Ella se defendió:

–Pero, si son cosas de borrachos, Romelio. No le hagas
caso… Tú también estás…

–Estaba –corrigió con amarga dureza-. Estaba borracho.
Pero, ¿quién me obligó a caer en esta vergüenza? ¿Acaso no
era necesario tener educación para no ofender a tus
invitados?... Comprendo que esto ha terminado, Laura. ¿No es
esa tu opinión?

–Si tú quieres ––dijo ella, toda llorosa–. Yo no creo
haberte dado motivo…

¡Oh!, siempre ella había de ganarle en el amor hasta
esta última batalla. Él tenía en sus manos la vida de su cariño.
Si se iba, todo terminaba; si se doblegaba a las imposiciones
de estas toscas y estúpidas modalidades…

Había que elegir…

Y… eligió.

************
Salió al patio. La llovizna persistía, tenaz y el frio
castigaba con su áspero azote. Su caballo, atado a un pilar,
filosofaba pacientemente sobre las flaquezas humanas.
Romelio suspiró hondo. ¡Cuánto le dolía la prueba enorme!
Aquella noche, todo había terminado en cruel desgarramiento
de lo más querido. ¡La única luz de su vida!

Lentamente, arreglaba los arreos del caballo, listo ya
para regresar a la ciudad, cuando percibió la voz de su agresor,
quien salía canturreando de la casa. Romelio sintió el
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invencible deseo de vengarse de éste siquiera. Avanzó hasta
encontrarlo.

–¿Quieres pegarme otra vez, oye?

–¡Ya!

El mozo se le echó encima, como una tromba,
creyéndole todavía bajo los efectos del alcohol, recibiendo la
áspera sorpresa de una formidable puñada en pleno oído, que
le hizo rodar. Luego su adversario se lanzó a fondo, en una
sucesión de sólidos puntapiés.

Despavorido, gritó:

–¡Redentoooor!!!

Y Romelio partió al trote de su caballo, que, más
prudente que nunca, esquivaba los charcos.

Amanecía.

Y el alba se descubrió ante su dolor…


LUNARES EN EL ALBA
Antonio Landívar Serrate
1937

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UN ECLIPSE

Oí sonar su nombre desde lejos.

Aparición intempestiva; orto de astro que se alza cuando
es la hora; elevación de ave en una prueba triunfal de las alas
robustas; revelación de artista.

“Jorge Valle es una promesa”, decían. Cuando lo conocí,
creí algo más: era ya un valor definitivo. Se mostró en el
firmamento literario de su tierra con brillo propio, original,
personalísimo. Y se comprendió en seguida que iba a
colocarse entre los primeros, como un índice.

Lo hacía instintivamente. Cantaba porque había nacido
para eso. No iba a la coronación, sino al desahogo de su propia
tormenta interior. Pero en el ingenuo decir de sus sentires
había la música honda y purísima del verso, que cautiva a las
multitudes, atentas sólo a la obra del artista. ¡Oh, si ellas
comprendieran al hombre, si supieran del profundo
desgarramiento de entrañas que encierra todo verso sincero! Si
sospecharan la imposible tempestad del instante concepcional,
en que la carne sufre y el espíritu se abrasa, hasta poder volcar
un poquito de su pena y de su angustia inmensa en las
cuartillas.

Las muchedumbres no saben de estas cosas. Lejos de
comprender al poeta, lo aplauden.

Por eso, todo poeta es una resurrección de Pagliaccio.

**************

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Dijérase que las alturas sufren un estigma: deben su
elevación y su estabilidad a lo bajo, en cuyo fondo se acurruca
la debilidad avergonzada.

Los hombres, como los robles, necesitan ocultar sus
raíces en la tierra, para hundir la frente entre las nubes.

El impulso inicial de los grandes espíritus arranca del
amor. Generalmente si ese anhelo de complementación, de
armonía integral que posee a los fuertes, encuentra en
correspondencia el amor instinto, o el instinto de la vanidad.

No importa. Los soñadores lo disfrazan de ideal, para
aceptarlo. Y luego, lo embrazan como un escudo para lanzarse
a la lucha.
**************

Jorge Valle tenía un ansia infinita de amor. Él mismo era
un ansia de amor infinita.

Buzo de su propio abismo, encontraba en él sugerencias
recónditas que lo llevaban a la suprema abstracción.

Ser poeta no es moldear versos. Es, propiamente,
concebir la esencia universal de la Belleza; amarla a toda alma
y toda vida; y concretarla, centrarla, en una existencia, siquiera
sea irreal, pero de todos modos razón de obra y de existencia.

Esa norma estética encarnada en la vida, ha de ser
eternamente la mujer. Por eso no hay poeta sin amores
humanos; ni amores de poeta sin dolores que se amansan, se
humanizan; se enternecen y se aduermen, con las ternuras, las
maldades, los desvíos y los arrepentimientos de la mujer
querida. Ese motivo de goce y sufrimiento, es acaso el único
nexo que une a los poetas con la realidad del vivir.
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De ahí las eternas e incomprendidas quejas de esa casa
de soñadores y sensitivos, que enamoran estrellas con las
pupilas clavadas en lo alto, mientras abajo, la realidad los
muerde en carne viva.
************

Una noche de bohemia, cuando ya éramos amigos, la
confidencia vino. Valle estaba en lo más intenso de sus
concepciones y su productividad.

–Es por ella –me dijo–. Ella, la viejita cansada y sufrida,
que sonríe con mis triunfos; y ella, la otra, la amada, tierna,
comprensiva, cuyo camino quiero alfombrar de rosas. Lucho
por ella. Y ella reviste esa doble personalidad, única
explicación de mi lucha y de mi vida.

Lo miré; y vi en sus ojos profundos y negrísimos, la
expresión insondable de las horas por venir, plenas de laureles
o de decepciones.
*************

Pasó mucho tiempo sin que Valle se me dejara ver.
Tampoco volví a leer producciones suyas.

Lo busqué. A primera vista se lo notaba neurótico. No
hablaba; y contestaba a mis insistentes provocaciones de
charla con monosílabos delatores de un absoluto desapego por
todo.

Comprendí que el muchacho estaba enfermo. Según
propia confesión, ya no trabajaba. Ese dinamismo turbulento y
múltiple, que a diario desgranaba versos optimistas y fuertes,
se había cristalizado en un silencio de claudicación.

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Valle revelaba tendencias a esa triste delectación de los
niños convalecientes, que se entretienen deshojando flores, o
persiguiendo por el cielo, a través de la ventana abierta, las
batallas, de los pájaros en disputa por su nido.

Esas blandas puerilidades diríase mecían la
somnolencia de un espíritu cansado y escéptico.

Pero, ese cambio repentino, ¿por qué?...

*************

Comprendí que Valle no iba a hablar, sino en un
momento provocado.

Propicié una de esas noches bohemias en que,
enternecidos por el vino, la guitarra o el café, sufríamos juntos.
Y lo arrastre a la confidencia.

Valle habló por fin. Y habló lánguidamente, a
intermitencias; con ese dificultoso desgano con que fluye un
arroyo próximo a agotarse.

Era ella, la amada tierna y comprensiva de otros días.
Aquella cuya senda soñaba el alfombrar de rosas.

Acaso creyó pasados los momentos triunfales en que los
laureles de él la envanecían.

Había visto a otro hombre. Y con el miserable
pragmatismo que se generaliza en la hora, lo encontró mejor, y
olvidó al poeta.

- 69 -
–Mi carga de ilusiones –prosiguió Valle– abandonada en
medio camino. ¡Y ella alejándose, como una encarnación de la
insensibilidad y la ingratitud!
–¿No le hablaste?

–Hice más. Historié la tragedia de mi vida; la tracé en
rimas de dolor y mansedumbre, de las que ella gustaba tanto.
Reviví mis primeros poemas: cantos de resignación, plenos de
la videncia de un futuro sombrío, que la contristaban. Porque
yo siempre tuve la intuición de lo que ahora sucede; lo lloraba
en mis versos; y ella reprochaba mi fatalismo, que inútilmente
se empeñaba en desvanecer.

– ¿Llegó a conocer esos versos?

–Aunque sin ninguna esperanza ya, los hice llegar a sus
manos. Con eso no pretendía reconquistar su cariño, porque
en mis propias impresiones se había producido una quiebra
dolorosa. Quería simplemente que sepa cómo sufro, por si
alguna fibra noble vibrara todavía en su alma…

–¿Qué dijo?

–Ah! ¡Fue demasiado cruel!... dijo, desaprensivamente,
que yo deje de gastar tiempo y lápiz. Que la olvide.

*************

–Bueno, Jorge. En una noche análoga a ésta, tú me
hablaste de ella. Pero ella encarnaba una noble dualidad. Hoy
ha muerto una forma, y hay que ser fuerte. Pero, piensa que
vive la otra…, la superior, la santa: está tu madre y debes vivir
y luchar por ella.

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–Mi madre… La pobrecita es ya nada más que una
sombra de dolor, que viaja al sepulcro. La esperaré, para
seguirla.

–¿Por qué no buscas alivio en el trabajo? Recuerda que
el trabajo conforta y redime. Es imposible que dejes de escribir.
El arte es un refugio.

–¿El arte? No. El que hacemos, enfermos de debilidad y
cobardía, es la causa originaria de nuestros sufrimientos.
Debiéramos amar la belleza inmaterial y eterna, con devoción
panteísta; pero sin plasmarla, al calor de nuestro instinto, en la
belleza carnal y perecedera de la mujer, de la hembra
materialista e incomprensiva que en vano luchamos por
ennoblecer e idealizar. Nuestro arte es una escuela de dolor; y
nuestro dolor es puramente imaginativo. Entra en nuestros
cerebros por propio querer, por propensión a un sibaritismo
estoico y morboso; y luego, nos precipita en la desesperación,
rotos todos los resortes del espíritu. ¿El arte?... ¡No! Mi carrera
artística acabó. De un manotón rencoroso he arrancado las
cuerdas de mi lira.

*****************

Su arrebato pasó. Lo miré en silencio. En la obscuridad
de sus ojeras enfermas, vi brillar dos lágrimas rabiosas que
pugnaban por disimularse.

En la mortecina luz interior que irradiaban sus pupilas
negras, se insinuó la amarga expresión de las horas por venir,
estériles y adversas.

Yo pensé en la brava ascensión de este muchacho, si él
quisiera comprender que por rencor también se brega y
también se vence.
- 71 -

LA RONDA
Rómulo Gómez
1926











- 72 -
EL BUEY

Dos días antes había dejado atrás el último lugar
habitado, dirigiéndome por las márgenes del Curiche Grande
en busca de la frontera brasileña, en la dirección de San
Matías.

Advertí en la lejanía algo como un punto opaco, en
medio de la cinta resplandeciente del camino, convertido en
aquella época en un arroyo casi inmóvil.

Era marzo o abril. Las corrientes que se echaban en el
Curiche estaban enormemente hinchadas, hasta hacer posible
una larga navegación de chatas, a través de los caminos de
carretas.

Espoleé mi caballo que, con el agua a la paleta,
avanzaba dificultosamente.

Y experimenté un gran alivio cuando, media hora
después, alcanzaba al correísta que, jinete en su buey-caballo
y arreando al carguero de la valija, recorría lentamente la
extensión infinita de la pampa inundada.

***********

Aquella noche ya tenía un compañero.

Mi atonía mental, producto de dos días de soledad, se
aligeró en parte durante el trayecto, con la charla liviana del
peón que me relataba pasajes de vaqueadas, viajes y cacerías.

“Fue en una de mis idas a Puerto Suarez. Me pasqué a
la oracioncita. Até mis bueyes, prendí fuego, y alumbrándome
con un tizón me fui con mis taris a buscar agua. Mientras tanto
- 73 -
ya había cerrado la noche; y por el caminito del paúro, los
curucusíes aclaraban como si fuera la luna. De repente vi dos
puntos relumbrantes; pero muy grandes para que sean
luciérnagas. Cuando se me vino la idea, ni supe lo que me
paso. De puro susto le tiré el timón; ¡y oí un berrido y ha salido
disparando el tigre, señor!... Suerte que huyó porque mi rifle lo
había dejado en la pascana”.

Un ciervo observándonos, inmóvil sobre el fondo
simétrico de los palmares, o una manada de vacas
estacionadas en alguna altura, orientaban la conversación,
provocando en mi interlocutor nuevos recuerdos.

Marchábamos a la par, abanicándonos con gajos, para
defendernos de los tábanos que emergían por millares del
pantano. Pero todas las molestias para mí, habían disminuido,
ahora que había quien las comparta.

Esa noche, previa contribución de mi alforja, ya habría
quien improvise un locro y cebe el mate sacramental; mientras
yo, arrimado a una buena fogata, procuraría calentar mis pies,
ateridos por una inmersión de doce horas.

Pernoctamos en una pequeña loma, donde sostuvimos
reñido combate con las hormigas, que se habían refugiado allí
huyendo de la inundación.

La choza de la pascana había ardido cuando la quema
de los campos. En sus pilares chamuscados por el incendio
amarramos las hamacas, tan luego que una fogata inquieta y
alegre nos dio luz para instalarnos.

Cuando, después de comer y dar una última atizada a la
hoguera, nos acostamos, mi caballo y los dos bueyes fueron
- 74 -
progresivamente ganando terreno, hasta ubicarse en medio de
nuestras hamacas, ansiosos de descansar fuera del agua.

Los bueyes se tendieron de bruces bien cerca del fuego.
Mi caballo, un poco más lejos, se defendía de los mosquitos,
azotándose los flancos con la cola.

La charla fue languideciendo. Bruscamente, con esa
rapidez de los campesinos para tomar el sueño, mi compañero
calló. Estaba dormido.

Con la cabeza fuera del mosquitero yo trataba de
distraer mi vigilia.

Bajo la bóveda traslúcida de una noche espléndida,
nuestra loma semejaba un minúsculo islote enclavado en el
líquido horizonte, apenas manchado a trechos por la sombra de
contados grupos de arboles.

El resplandor lácteo de miríadas estrellas extasiadas en
la altura, parecía repetirse en la fosforescencia de infinidad de
luciérnagas que perlaban los pajonales. Y en una orquestación
imposible, el bajo profundo y gutural de los sapos se mezclaba
a los coros desconsolados de las ranas, zambullidas en la
inmensidad de la charca.

Me dormí, mirando al buey-caballo que, de hinojos ante
la lumbre, rumiaba con impasibilidad desesperada.

***********

No sé si me dormí realmente, o si se acentuó solamente
en mis centros nerviosos ese trance sonambúlico que precede
al sueño.

- 75 -
Yo seguí mirando al buey. Y el buey, con sus ojos
enrojecidos por el reflejo de la llama, empezó también a
mirarme. Continuaba moviendo rítmicamente su quijada y
parpadeando a ratos con perezosa tristeza. Pero su mirada se
hacía cada vez más persistente y expresiva, como si quisiera
adentrárseme.

Esos ojos grandes y lánguidos, plenos de lumbre,
insistieron en mi mente hasta hacerme comprenderlos. Me
dijeron unas cosas que yo percibí fácilmente, como si me
fueran dichas con palabras. Era algo como un lenguaje
imaginado que, por proyección física, concretaba en mis
sentidos una repetición de conjuntos, de paisajes, seres y
acciones que no se realizaban en aquella noche.

Y así vine a conocer la historia del pobre buey-caballo
que, al servicio de los hombres, cruzaba incesantemente los
caminos carbonizados por la quema o reblandecidos por la
inundación.

***********

Yo nací –me hizo percibir el buey- de una manada que
pastaba en la orillera del Curiche.

El campo era bueno; unos pastizales floridos como
altares, y no había vaqueros.

La manada vivía tranquila, bajo la vigilancia de los
tapacarés, que chillaban a la proximidad de los tigres. Y los
toros hacían cerco, para proteger a las hembras y los terneros.

Pero, en una ocasión los hombres montados atacaron al
rebaño, que se dispersó despavorido. Entonces aprendí a huir
de los hombres, porque la manada, rumbeando, volvió a
- 76 -
reunirse y se remontó al bosque, de donde sólo salía,
hostigada por el aguijón de los tábanos, en tiempos de
sabandija.

Como en la persecución los machos bravos defendían
las vacadas esquivando el lazo y embistiendo los caballos, los
hombres empezaron a cazarnos a bala; nos persiguieron con
perros y diezmaron las tropas, que se alejaron de las estancias
nuevas.

Pero los rodeadores nos siguieron grandes distancias y
lograron apoderarse de las vacas y sus crías, que crecieron en
la servidumbre de las haciendas.

Inútilmente algunos toros cerreros asaltamos las
estancias por la noche y rompimos los corrales a cornadas; los
rebaños mansos no tenían ya valor para huir; el miedo al lazo y
al rebenque les había quitado su libertad para siempre.

A los orejones se nos persiguió sin tregua.

Cierta vez, pastaba cerca de unos matorrales altos,
donde era fácil encontrar asilo seguro. De improviso estalló un
tumulto de vaqueros y sentí el rebolear de un lazo que
amenazaba mi cabeza. Rápidamente gané el bosque, donde
era imposible manejar el lazo. Por desgracia el caballo que me
seguía alargó su carrera, hasta que caímos en un encontrón
formidable. El jinete, con una audacia increíble, se me descolgó
encima, y, pasándome la cola por entre las piernas, tiró
violentamente hacia atrás hasta ponerme de espaldas, inmóvil.
Oí gritos: ¡Ya está uno!... Acudieron los otros vaqueros.
Cuando me dejaron libre, tenía las orejas rotas y los cuernos
inválidos; y fui a curar en el remonte la llaga de una quemadura
horrible y la herida de mi sexo mutilado.

- 77 -
Después, mucho tiempo después, intenté volver a los
rebaños; pero los toros me apartaron a cornadas. Con una
cobardía nueva e inexpugnable obedecía la voz del arreo. Fui a
los corrales; y olvidé mi antigua vida de libertad y de coraje
para llevar una existencia humillada y neutra.

Posteriormente, se me impidió salir del corral. Escarbé la
tierra, iracundo, aventando un nuevo peligro. Momentos
después me sujetaron los lazos para que un hierro agudo me
taladre la nariz. Sentí una presión extraordinaria de barras y
correas en el vientre y en los lomos, y no quise aguantar más.
Resolví morir o que me maten. Me alcé en corcovos
enloquecidos, queriendo azotar el suelo con mi cuerpo. Pero mi
rebeldía no duró una hora; el dolor de la argolla clavada en mi
carne me obligó a aceptar el apero brutal y vergonzoso, y luego
el peso y el castigo del amansador.

************
Desperté. El correísta aparejaba el carguero.

Si Dios quiere y la Virgen, y los bueyes andan –me dijo–,
ahora dormimos en Curichón, y mañana, al alba estamos en el
pueblo.

El buey-caballo ya estaba en pie, esperando
tranquilamente su apero.

Volví a mirar sus ojazos lánguidos y vencidos. Y sentí
una pena infinita por este pobre animal, cuya historia es
desgraciadamente la misma de muchos hombres y de algunos
pueblos.

LA RONDA
Rómulo Gómez Vaca,
1926
- 78 -

- 79 -
HURTADO

Con enérgico tirón de riendas sofrenó la tordilla, gorda y
lustrosa como buen animal de estima. Llovía desde muy
temprano. La gente refugiada en las casas, cerca al amable
calor del fuego, se cobijaba bajo los ponchos obscuros que
igual sirven para defenderse del agua, o para pelear con el sur
que cala los huesos y atolondra la cabeza.

Una manada de gansos cruzó el potrero, graznando a
todo graznar.

El jinete parecía indeciso. Desde adentro una voz
gangosa le invitó a bajarse. El hombre aseguró al animal
amarrándolo al estacón de guayacán plantado junto al cerco y
verificó la bondad de la mancorna en una yunta de caballos
que venía arreando. Sin demostrar mucho apuro, sacudió el
poncho, zapateo para tumbar el barro de las botas, bajo los
asientos y se dirigió a las casas.

Junto a la puerta se detuvo un instante.

–Pase amigo… entre nomás… No hay perro –le gritaron
del interior.

Era un puesto de invierno en los palmares. Su dueño,
don Justo Suarez, había viajado al pueblo con una tropa
destinada a la ramada. Con el marcharon casi todos los peones
y sólo quedaba allí el capataz don Onofre Zeballos y dos
muchachones para la atención indispensable. Aquella tarde lo
acompañaba Hermógenes Parada, negociante del Beni, que
había traído algunas cabezas de ganado para largarlas a los
campos de la laguna.

- 80 -
El hombre entró después de dejar su cabalgadura bajo
el alero para proteger el ensillado. Apoyó cuidadosamente el
wínchester junto a la pared, y se acomodó cerca del fuego. Era
bajo, moreno, de mirada viva. Un gran sombrero alón le
obscurecía la frente. Vestía con limpieza y tenía el aspecto de
esos viajeros que se aventuran por el desierto tras las tropas
de inverno.

Don Onofre empujó con el pie la puerta de tablones
bastos sin lograr cerrarla del todo.

–¡Pucha que está apretando el sur… y el chilchi que no
manca! Así han de estar los caminos… „resfalosos‟ como
enjabonaos…

El viajero sonrió haciendo un gesto afirmativo.

–No se avanza cuasi nada… Y eso que vengo con
animales de remuda… También el río me atrasó un poco…

–Debe estar lleno, ¿no?

–No da vado.

Siguieron hablando y pronto se estableció la confianza
como si se tratase de viejos amigos. El huésped había traído
en las alforjas una botella de aguardiente que sirvió para
desatar las lenguas y comunicar un poco de calor a los
circunstantes. Él explicó que iba para “Las Abras”, un puesto
cercano, donde tenía que arreglar unas cuentas con el patrón,
don Luciano Toledo.

Mientras tanto, la noche se venía de golpe entre ráfagas
de viento helado. Los sapos, desde las charcas, taladraban el
- 81 -
silencio con un canto acatarrado, llevando la cadencia del agua
que caía con una regularidad desesperante.

El hombre se levantó y se dirigió a la puerta. Desde allí
miró al cielo.

–Está negra la noche –exclamó entre dientes–. Mejor
será que no largue los animales; si no, a la madrugada, me va
a costar pillarlos en el potrero…

–No se ofrece, don… Hay forraje cortao y también maíz,
si quiere -brindó gentilmente el capataz-. Bájele las caronas
nomás y los asegura bien…

Metió el apero chapeado y las riendas con anillos de
plata colocándolas cuidadosamente sobre un extremo de la
baca. Luego, como preocupado por una duda, interrogó:

Y los perros ¿no me irán a soltar las guascas?

Don Onofre lo tranquilizó:

–No tenga pena… Cuando se va el patrón hasta los
cucos lo siguen. No ha quedao aquí más que éste, que es
cachorro y está bien comido…

o–o–o–o–o–o–o

Las libaciones arreciaron animando la tertulia. Don
Hermógenes, que había observado un silencio algo esquivo
frente al desconocido, entró también a tallar sin reservas.

-Y ¿qué hay de nuevo por los pueblos, amigo? -inquirió
mientras trasegaba con fruición un „largo‟-.
– Por fin, ¿quién ganó las elecciones?...
- 82 -

El hombre respondió con calma devolviendo la copa que
le habían pasado, después de apurar un sorbo:

–Hasta que yo me vine no se sabía nada… Dizque en
San Ignacio no hubo elección porque se robaron los libros.

Parada removió el fuego y escupió sobre la llama.

–Lo de siempre -murmuró, mientras se limpiaba la boca
con el revés de la mano curtida–. La farsa de siempre…

Don Onofre asentía sin mayor entusiasmo.

–Y de Hurtado ¿qué sabe? Parece que el bandido ese
sigue haciendo de las suyas, ¿no? Me contaba el compadre
Agaparco que la otra semana pasó una comisión en su busca.

–En San Miguel me dijeron que lo habían visto pasar
hace unos días pa‟ estos laos -respondió el hombre con
indiferencia, agachándose para pisar la colilla de un charuto-.
Después nada se ha sabío de él… Quizá ande por los pueblos.

Carmelo Hurtado era un bandido que había llegado a
imponerse en aquellos parajes por su coraje temerario y su
puntería infalible. Se le adjudicaba más de treinta muertes y
tenia en jaque a la policía de aquellas comarcas desiertas,
cuyas comisiones no habían podido nunca echarle el guante.
Hurtado era el tema de todas las conversaciones en ranchos y
poblados. Días antes, en San Ignacio, había desbandado un
piquete de cuarenta milicos que fue a capturarlo; y esta nueva
hazaña del bandido, cuyo renombre en esos pagos alcanzaba
las proporciones de lo fantástico, se comentaba también en las
estancias del contorno.

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–No hay con Hurtado; no hay quien lo rinda -afirmaba
don Onofre sin poder ocultar un gesto de admiración-. La que
les ha hecho a los milicos ha sido buena… Le habían sitiado la
casa mientras el dormía tranquilamente; cuando despertó salió
ajuera, largó un tiro, cayó uno… y los treinta y nueve restantes
fueron a pasar revista a Concepción… a cuarenta leguas del
hombre… ¡Si no es pa‟ reírse!...

Don Onofre subrayó el breve relato con una carcajada
rotunda.

A Parada, al parecer, no le hacía gracia el panegírico,
pues el jefe de la expedición fracasada había sido,
casualmente, su cuñado; y él por este vinculo familiar se hacía
participe de la afrenta inferida por Hurtado. No mentó sin
embargo la circunstancia, pero no pudo disimular su despecho.

–No crea, don Onofre… Lo que pasa es que no se ha
topao con un hombre todavía… ¡Estos bandidos prosperan
aquí porque todos ustedes son una punta de maulas…! Pucha,
cuántas veces no he deseado yo enfrentarme con el indio ese
pa‟ ver si es tan macho como dicen…

–Que no lo vayan a oír, compadre -le dijo el capataz en
tono de chanza–. Mire que por menos se lo limpió al gringo de
la Compañía.

Hermógenes escupió al sesgo y el salivazo chisporroteó
en el fuego.

–Si, ya sé que lo largó al gringo; pero ése era gringo,
amigo…

Don Onofre, sonriente, balanceó la cabeza como
hombre que tiene argumentos de sobra para replicar:
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–Y también tiene unos cuantos del país con pasaporte
pa‟ la mansión de los calvos… No se acuerda de don Nemesio,
del compadre Bonifacio, que era bien hombrecito, el pobre… y
de otros cuantos… Es muy larga la lista, don Hermógenes…
Hay quien cuenta, entre criollos y gringos, unos treinta y dos…
y todavía está muy joven el mocito… Es mucho hombre… no
hay que hacerle… ¿No le parece, amigo?

El desconocido escuchaba la conversación sin intervenir
en ella. La pregunta de don Onofre pareció causarle sorpresa
pero, calmadamente, respondió: –Y así ha de ser nomás;
desde que no hay quien lo ventee…

Hermógenes Parada, que había tomado algunos sorbos
demasiado largos, estaba acalorado por la parcialidad que su
ponía a favor del bandido. Sin poder ocultar su irritación,
barbotó algunas palabrotas, y replicó casi agresivamente:

–Claro, por eso es que hay bandidos aquí; porque todos
son como ustedes… ¡Si el mejor día les van a robar sus
mujeres en su propio animal y van a seguir defendiéndolo…!
¡Son más mansos que buey puntero!...

–Bueno y usté, ¿qué haría, don Hermógenes? –le
preguntó don Onofre con ánimo de impacientar al
energúmeno–. A ver, ¿qué haría si le sale Hurtado en el
camino?

–Ya van a ver lo que hago yo, cuando llegue la
ocasión… le voy a dar guasca, como a camba que es… hasta
que tumbe el cuero…

La noche se había enfriado y hasta los gallos se
enronquecieron. Los hombres se arrebujaban bien con las
- 85 -
pilchas; y uno que otro cabeceo anunciaba que el sueño venía
corriendo fuerte.

El viajero se puso de pie, disimulando un bostezo tras la
mano morena.

–Bueno, señores, ustedes han de tener sueño y yo
tengo que albear… Quiero estar de madrugada en “Las Abras”;
de suerte que será hasta la vista…

–Que le vaya bien, amigo -le respondieron a una don
Onofre y Hermógenes-. Ojalá no le llueva.

–Se agradece el deseo.

Recogió sus arreos de montar, tomó el arma y se dirigió
hacia el galpón de albergue, donde debía pasar la noche.

o–o–o–o–o–o–o

Muy temprano se oyó el chapalear de cascos sobre el
barro blando… Un sargento y dos soldados, montados en
caballos tan escuálidos como ellos, se apearon haciendo
roncar las espuelas.

–¿Cómo va, don Onofre?

–Bien, nomás, don Marcelino… ¿Qué vientos lo traen
por acá?...

Don Marcelino, el sargento, era un viejo largo y seco,
más amarillo que un matico, y más flojo que tabaco aventado.

–Vengo tras un individuo que se ha arreao dos caballos
del Subprefecto… Dos tordillos marcaos en forma de herradura
- 86 -
–dijo el sargento diseñando la marca con un movimiento del
dedo largo y huesudo–. La trilla viene p‟acá. ¡Debe ir bien
montao el bellaco!...

Don Onofre no pudo reprimir un gesto de sorpresa.

–Hombre, aquí durmió anoche uno que traía dos
caballos de ese pelo… pero ha madrugao… ¡No haberlo
sabido!...

–Y ¿pa‟ donde dijo que iba?...

–Pa‟ “Las Abras”… Pero con esos matusis ustedes no le
dan alcance…

El sargento, algo incomodado, replicó:

–Aun cuando revienten los avanzamos hoy… ¿Cómo
era el individuo?

Don Onofre hizo como quien recorre la memoria, y por
fin dio la filiación:

–Medio retacón… un poco chueco…

–¿Descalzo?

–No; bien calzado.

El sargento meneó la cabeza con perplejidad.

–No se me ocurre quién pueda ser.

–Y, a lo mejor, si se apuran, todavía lo encuentran en
„Las Abras‟; ahora que me acuerdo dijo que tenia que arreglar
- 87 -
no sé qué cuentas con el compadre Luciano; y de seguro que
eso le llevará algún tiempito.

–Lo mismo da. Si no es ahí lo agarramos más
adelante… pa‟ eso es la trilla…

El cachorro disparó como una flecha, a todo ladrar, hacia
las tranqueras. En ese momento llegaba al trote fuerte, un
muchachón que se apeó sin esperar invitación. Se acercó a
don Onofre y le entregó un papel mal doblado que éste se
apresuró a leer. Era una misiva del dueño de „Las Abras‟,
donde éste le comunicaba que, en la mañana, temprano, fue
asaltado por Hurtado, quien después de herirlo se había
llevado a su hija. Terminaba suplicando auxilio inmediato.

Cuando el capataz concluyó la lectura, un silencio
absoluto embargó a los circunstantes.

El sargento blanqueó completamente.

El muchacho narró, entonces, los pormenores del asalto.
Hurtado en la madrugada atacó al dueño de la estancia y
acabó por herirlo, raptando a la hija, una linda muchacha de
quince años.

Los mozos huyeron todos, sólo quedo él, al lado del
patrón.

Había que ver cómo lloraba la niña -comentaba el
indiecito-. La montó en uno de los tordillos que llevaba… así
enhorquetada nomás, sin más asiento que una carona…

Al sargento le cruzó una duda terrible por la cabeza
desmantelada.

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–Decime che, ¿los tordillos esos no tenían una marca en
herradura?...

–Sí, señor, las marcas eran de esa laya.

Un pronunciado temblor sacudió la escuálida
personalidad de los policías.

–¿Entonces el que durmió aquí era Hurtado?...
¡Caracoles! –exclamó Hermógenes Parada.

El negrito acabó de confirmar las sospechas,
expresando que oyó decir a Hurtado que había pasado la
noche allí.

–Ah, y se me olvidaba –añadió–: me dio un encargo pa‟
usted, don Hermógenes… Me dijo: “¿Vos lo conocés a
Hermógenes Parada?... Güeno, está parando en el puesto de
Suárez… Decile que digo yo… que lo espero aquí cerquita
nomás… en el Palmarito… pa‟ si tiene todavía ganas de darme
guasca”.

Al escuchar esto Hermógenes dio un brinco y,
dirigiéndose a un peón, le ordenó:

–A ver che; trae pronto mi „sillonero‟, ensillao… y no
perdás tiempo…

Don Onofre se alarmó de veras. Consideraba temeridad
en su amigo aceptara el desafío del bandido y trató de
disuadirlo a tiempo.

–Pero qué va hacer, don Hermógenes… no vaya; yo se
lo aconsejo… Es un desalmao el Hurtado ese…

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Entretanto el sargento había reaccionado de su primera
impresión y dio la voz de mando:

–Péguenle pa‟ atrás, muchachos… ahorita mismo; si no,
dejamos el cuero en el camino…

Y dirigiéndose a Hermógenes Parada, agregó:

–Lo que es usté, si quiere vaya solo… yo no he venío
pa‟ perseguir a Hurtado… ¡Total, pa‟ lo que me pagan!

Hermógenes subió a caballo de un salto, sin responder
al sargento.

Don Onofre, sinceramente compungido, hizo la última
tentativa para reflexionar a su amigo:

–Pero que v‟hacer, don Hermógenes? Soséguese,
hombre… No se vaya.

–No, no, don Onofre, yo me voy… me voy p‟atrás, con el
sargento…

Y todos volvieron grupas sobre la senda arenosa que el
sol tristón doraba blandamente.

DESIERTO VERDE
Alfredo Flores
1933
- 90 -

- 91 -
A COMENZAR DE NUEVO

El calor era infernal. El sol, desde la mitad del cielo,
calcinaba la tierra floja y arenosa. Del monte, desteñido por la
fuerza de la luz, se levantaba, espejeante, un vapor vidrioso
que, a lo lejos, hacía temblequear las imágenes. Bajo el techo
pajizo de las casas asfixiaba la sombra caliente y densa.

Un gallo cantó roncamente.

–Va‟ llover…

– ¿En qué conoces?

–Y… ¡en el canto del gallo!

–Será algún pollo trasnochao… Con este sol no hay
miras de que llueva…

Los hombres se levantaron de sus asientos y salieron al
corredor de la casa. Desde allí observaron el cielo,
ansiosamente.

– ¡Nada… ni una nube!

Había un gesto de angustia en los ojos.

La sequia, aquel año, era excepcional. Los campos
tristes, como abatidos, tenían ese color terroso que les da el
pasto seco. En cuadras y cuadras, sobre la tierra agrietada, no
se veía una mata verde. El flaco, azuzado por el hambre, se
remontaba a los “rincones” en busca de subsistencia y allí se
apiojaba, dejando el pellejo entre los zarzales. Las tibias, las
calaveras y los costillares, pulidos por la voracidad de los
suchas, blanqueaban a lo ancho de los palmares mustios.
- 92 -

La laguna, casi seca, apenas conservaba un resto de
humedad en el fondo verdoso erizado de juncos, donde
atascada la hacienda, enloquecía por la sed y atormentada por
la sabandija. Un olor nauseabundo, de pescado en
putrefacción, se levantaba de entre los fangos, llenando el aire
de misma y pestilencia. A trechos, se veía las manchas negras
de las quemas, sombreando, aún más, la expresión cansina del
paisaje.

Los hombres estaban desesperados. Ambos eran
ganaderos y trabajaban, como socios, en el inverno de reses.
Jóvenes, y animosos, sólo así pudieron vencer las penurias del
comienzo, cuyas alternativas, allí en el desierto, acobardan al
más templado. Su mayor capital fue un enorme optimismo y la
voluntad inquebrantable que pusieron al servicio de aquel rudo
trabajo. Al principio viajaron a Mojos llevando mercadería que,
allí mismo, convertían en novillos como resultado de trueques
ventajosos. Así lograron reunir la primera tropilla para más
tarde, largarla a los campos pródigos de la laguna, donde los
pastos fuertes y jugosos, redondeaban al animal en poco
tiempo.

Al cabo de cinco años, el capitalito inicial había
aumentado considerablemente y los humildes comerciantes de
ayer eran hoy propietarios de unas mil cabezas de ganado que
pastaban en los extensos palmares, listas para ser arreadas a
la Argentina. Ambos estaban de novios. Ellas eran hermanas, y
los habían esperado ya cinco años. Y ahora que estaban a
punto de formar sus hogares, con perspectivas de una vida
tranquila, se presentaba contratiempo amenazando aquella
ambición de felicidad que ellos consideraban justo premio a los
esfuerzos realizados en aquel trabajo rudo y agobiador.

- 93 -
–No sé qué vamos a hacer si no llueve –exclamó,
preocupado, Leonardo Rojas–. La laguna está completamente
seca y no hay esperanzas de que llegue agua… Así la
novillada no va a resistir un mes más… Por suerte esta seca la
pilló en buen estado…

Nuevamente el gallo lanzó su grito ronco.

–Hombre, no sé por qué pero… este canto me suena a
buen agüero –insistió Sócrates Pereyra–. Éste, que era el más
joven y, a la vez, el más animoso, rebozaba optimismo y
simpatía. Había sido antes un mala-cabeza; pero un día de
esos, la cruceñita pálida, de ojos tristones, logró enredarlo en
su cariño que dio al traste con todas las juergas donjuanescas.
Decidido a labrar una posición para poder casarse y vivir al
abrigo de cualquier emergencia, marchó al desierto dispuesto a
trabajar y luchar hasta lograr su empeño.

– ¡Ah!, y me olvidaba decirte –exclamó Rojas, después
de un breve silencio– que Cirilo regresó esta mañana sin
encontrar la yunta de overos que se largo la semana pasada.
Los ha estao campeando por todos los rincones… y nada… ¡no
aparecen!...

–La seca, hermano… la seca que ya empieza también a
comer de lo nuestro– murmuró el otro con desaliento. –A lo
mejor los suchas nos van a mostrar el rastro…

Rojas asintió en silencio, como si reflexionase. Al fin
respondió:

–No quisiera ser mal pensao, pero no sé por qué me
parece que aquí alguien está metiendo una…

–¿Por qué?...
- 94 -

–Porque la seca esta eligiendo lo más gordo… Lo único
regular que queda… El otro día faltó un buey de don Ramón…
después la vaquilla azuleja, regular de carnes… y así por el
estilo.

–Hombre, no creo que sea eso –insinuó Pereyra.

Rojas diseñó un gesto de amargura.

–Y por último, aunque así sea… Lo mismo da, uno u
otro: los abigeos o la seca…

*********

Como a las cuatro, rompió a llover. El trueno bramaba
con furia y los relámpagos cruzaban el cielo gris latigueando,
implacables, el lomo de las nubes gruesas y panzonas. El agua
formaba un chorro ancho que atronaba como un largo
ronquido, y llenaba el monte corriendo por las cañadas bajo las
palmas y los chaparrales. ¡El diluvio debió ser algo parecido!

Y siguió lloviendo durante quince días. Los caminos
resecos se tornaron fangos jabonosos, sobre los que
resbalaban hombres y animales en porfía de la querencia. Por
los campos cruzaba el ganado en largas filas pardas, buscando
las alturas para acorralarse en ellas. Los bajíos comenzaban a
juntar agua turbia que ondulaba sus escamas cubriendo el
suelo atascoso y traicionero.

Llovió todavía durante un mes y un mes y medio. Los
animales talaron las alturas; y algunos flacos, con flacura de
osamenta, bajaron a comer al campo y allí, atascados, dejaron
el último signo de una vida que pelearon con tanto afán.

- 95 -
El agua comenzó a llegar a la laguna y a subir en la
llanura por el desborde; más tarde a entrar en las casas, a
llevarse los corrales, a arrasarlo todo. El campo era un mar
turbio donde sobrenadaban troncos de palma, animales
muertos, bateas livianas y cuanta basura juntan el monte y el
palmar.

Un día de esos, cuando ya todos se habían olvidado de
él, salió el sol y las aguas comenzaron a bajar. El campo quedó
verde, bruñido y fresco. El cielo azul, limpio, sin una mancha,
brillaba transparente. A lo lejos, sobre el festón de los
palmares, una bandada de patos describía una línea larga y
ondulante, como un fuetazo. Las bandurrias turbaban el
silencio con su alegría histérica, interrumpiendo la beatifica
inmovilidad de los batos que posaban su alba blancura sobre
las charcas cristalinas. De trecho en trecho, un buen tristón y
cachaciento comenzaba su convalecencia. Y junto a los
chaparrales, entre los vinales y los cardos, bajo la sombra rala,
se esparcían huesos blancos, calaveras descomunales, de
guampas retorcidas y negras cuencas en los ojos, que
parecían mirar con dolor, el reverdecimiento del campo.

o–o–o–o–o–o–o

Rojas y Pereyra estaban ensillando. Un mozo les
alcanza los arreos.

–Y que no se me ocurra otra vez volver por estos
trechos malditos… ¡Cinco años… para nada!... ¡De peones nos
hubiera ido mejor!

Pereyra escuchaba los lamentos de su amigo. Su vista
abarcaba toda la belleza del campo verde. Sentía, en el fondo,
la tristeza de abandonar aquellos lugares donde habían surgido
sus mejores esperanzas.
- 96 -

–Mirá cómo está de lindo el campo, ahora…

–Sí; ahora que no hay quién coma –asintió Rojas–. Dios
da muelas…

En ese momento un jinete apareció junto a las
tranqueras.

–Es don Gumercindo… quizás nos traiga algo –insinuó
Pereyra.

El correísta, un indio retacón y viejo, se acercó a las
casas oteando desde el macho huesudo y jadeante.

–Esta carta es pa‟ don Sócrates…

Pereyra rasgó el sobre con impaciencia.

–Es de Clara y Asunta, para los dos.

Leyó.

–“Don Ángel nos entregó las cartas de ustedes que nos
traen la pena de saber que han perdido todo el trabajo y
sacrificio de cinco años. Ustedes saben que nosotras teníamos
la esperanza de realizar este año nuestro gran anhelo que,
seguramente, se verá postergado por el contratiempo que han
sufrido. No queremos que se desalienten. Nosotras los
esperamos todo el tiempo que sea necesario. ¡Tengan fe en el
trabajo que la suerte nos ayudará!...”

Los socios se interrogaron con la mirada.

- 97 -
–Ahí está; las mujeres son de más corazón que
nosotros.

Rojas asintió a regañadientes.

–Así parece…

Pereyra llamó a los mozos.

–A ver muchachos; desensillen… y desde mañana se
ponen a plantar los horcones, para rehacer el potrero grande–y
volviéndose hacia su amigo, agregó–: Y ahora… a comenzar
de nuevo…

–Lo que yo siento –murmuró Rojas– es que Asunta me
va a hallar viejo… cuando llegue a hacer plata en estos
campos…


DESIERTO VERDE
Alfredo Flores
1933









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- 99 -
EL RAYO

Juan Silvestre. ¿Quién le apellidó Silvestre si era otro su
apelativo paterno? Lo aceptó sin protestas porque no llevaba
implícito un insulto y él se lo había ganado por su amor a los
árboles, al medio natural circundante. Y es que él no era un
peón como los demás del equipo. Había aceptado el empleo
con otros fines. Ciertamente que un estudiante de agronomía
tiene que hacer lo posible por armonizar su afecto por el mundo
vegetal, con la investigación de los problemas de la industria
explotadora. Su infancia había transcurrido entre los grandes
bosques. Por eso se decidió por una profesión vocacional.
Vuelto a su tierra después de dos años de estudio en San
Juan, de la Argentina, nada mejor para su conocimiento que
una observación personal de las condiciones y peculiaridades
de aquel trabajo.

Con lo que lograse ahorrar reiniciaría su formación
universitaria. Pero inadvertidamente la naturaleza lo fue
identificando con el paisaje, se hizo parte y todo de su alma.
Eso fue para ellos, que le miraban como distinto a la manera de
sentir y actuar de los trabajadores del aserradero, y para él, un
descubrimiento inusitado. Sabía que no podría seguir como un
simple peón del labrantío, no podría seguir sufriendo aquel
oficio de enterrador de la selva, con sus troncos aún palpitantes
tras el último hachazo, él, que debía defender de la total
destrucción aquella maravillosa riqueza del trópico en un país
considerado como una de las reservas más ponderadas del
Continente. De ahí su determinación final de irse. Había
llegado al mismo corazón de la selva, ya se había producido el
reencuentro del hombre con su origen ancestral. Una y otra
advertencia respecto a sus frecuentes distracciones en sus
labores, precipitaron su determinación. Después de todo, él era
Juan, el estudiante y un proveedor de tablas para ataúdes, un
anónimo colaborador de ebanistas de ultramar.
- 100 -

No hubo diálogo, le pagaron y se fue. Para sus
compañeros de equipo esta fuga debía haberse producido
inmediatamente de su llegada al aserradero. Ya no era
cuestión de sentimientos disímiles o contradictorios. Y más de
uno coincidió con Juan, porque lo apreciaban por sus
conocimientos de la naturaleza en que vivían. No había sido un
parásito entre ellos; se iba porque sí, como ellos hubiesen
querido irse si no les hubiese atado el imperativo de la
necesidad.

Nadie, ni el capataz, se lo impidió. Se había cumplido un
año de trabajo y no alegaba ninguna indemnización por retiro
voluntario. La sorpresa provino de verlo llegar en un caballo
tordillo, de finos remos y nerviosa estampa Las alforjas y
demás implementos de viaje, revelaban los propósitos de Juan.
Explicó el acontecimiento como mejor le vino en gana. Don
Anastasio le había brindado el equipo, a cambio de ciertos
trabajos realizados en su huerta.

Se despidió de todos los presentes y estos le desearon
un buen camino.

–¡Estás cogiendo pa' el norte! –le gritaron.
–El caballo sabe adónde va –les replicó riendo.

Él no había llegado al aserradero como un muerto de
hambre. Con la debida anticipación había comprado el caballo
y preparado el avío para su próxima partida, que sería
cualquier momento. El caballo tenía al hombre y el hombre
tenía al caballo. Ninguna otra arma sino el machete en su
funda de cuero. Los anzuelos y las „liñadas‟ en su lugar, y todo
lo demás acondicionado para una pintoresca aventura.
Después se dirigiría a la ciudad.

- 101 -
Pero su previsión tenía, desde un principio, diferente
finalidad. Sabía que de un momento a otro estallaría, rebasaría
aquella obligación su capacidad sensible y entonces hubiese
tenido que escapar a pie, sin posibilidades y siguiéndole la
burla de sus compañeros. La hora llegó; si hubiesen
escudriñado en su espíritu, habrían descubierto el máximo de
tensión de su resistencia ante el fenómeno. Ni más ni menos
que cuando se nos hace intolerable el progresivo exceso de
luz, el ruido cada vez más creciente de la máquina
sobreexcitaba sus nervios y lo enardecía hasta enloquecerlo.

Durante la primera jornada fue descubriendo los
destrozos de las máquinas desbrozadoras. Aún se percibía,
pero siempre más lejos, el acezar de los motores y el olor de la
madera desgarrada. Pero ya eso pertenecía al recuerdo; una
nueva experiencia de la vida selvática, del árbol abatido por la
necesidad. Ya tenía suficientes datos para su tesis de
postulante a perito agrónomo.

Recordó un poema que le martillaba la memoria desde
el día de su ingreso al aserradero:

"Ruedas, girantes ruedas,
con sus dientes de acero
devorando cadáveres del bosque".

Las leguas se sucedían unas tras otras, sin
apresuramiento, dejando que el caballo cumpliese a su gusto la
jornada. En el bosque tenía que hacer buena parte del camino
a pie, llevando de las riendas al sillonero. Sin embargo, aún le
parecía oír, a la distancia, el latido de la máquina golpeándole
el corazón. Tal vez ya sólo era el pulso de su sangre
poniéndole sobre aviso de algún peligro, pero en la placidez de
la noche la percepción parecía evidente. Iba buscando un
espacio donde nadie, ni nada, perturbase el silencio de la
- 102 -
creación. Le torturaba la idea de haber sido entre miles de
hombres, uno más que puso el hombro para empujar el tronco
del árbol destinado a complacer la voracidad de las mandíbulas
del monstruo. A veces se oía hablar solo, cuando se
preguntaba, lleno de zozobra:

¿Dónde podré escaparme de la tortura de sus ecos
atormentadores? ¿Cuándo dejaré de oír el grito de los árboles
triturados? Finalmente un día se creyó en posesión de aquel
ansiado silencio, pero es que se encontraba en una vasta
llanura, inmensamente desolada, donde sólo existían algunas
islas verdes alrededor de un espejo de lagunas. Allí finalizaba
todo ruido del bosque devastado.

Sin embargo, esa noche, tendido en su hamaca, los
recuerdos llegaron con más intensidad y las imágenes tenían el
fuego vivo de una presencia real. Había llegado al
convencimiento de que escapando no alcanzaría la paz. Si
todos procedían como él, al término de algunos años, la
destrucción de la selva sería completa. No era la forma
adecuada, ni la postura de los hombres de su generación.
Pero, ¿qué podría hacer una sola persona en el conglomerado
y el tráfago industrial? La ley establecía que por cada árbol
destruido debía plantarse otro. Hermoso como reponer un hijo
desaparecido del hogar.

Él había visto morir un hombre electrocutado por la
corriente eléctrica del servicio público, pero en la caída del
gigante de la selva había algo de grandiosidad terrible. El árbol
no estaba en una esquina de la ciudad en movimiento; él
sostenía con sus poderosos hombros, su tallo y sus raíces, a
otros seres nacidos para colaborarse mutuamente, defenderse
de las horas incontroladas de los cuatro elementos y,
movilizando sus ramajes, sensibles a toda necesidad,
favorecerse en los momentos más difíciles de la exigencia
- 103 -
vegetal. Porque los árboles son criaturas arraigadas con amor
en la tierra. Pueden contar la historia de sus abuelos, recordar
momentos prósperos y desgraciados que sufrieron por causa
de las sequías o las inundaciones, las plagas o los incendios.

Pensándolo bien, su fuga del aserradero pudo tener un
origen simplemente material, porque ya le pesaba el bosque
sobre las espaldas, porque veía sometido a la férula del trabajo
agobiante, sin término, igualitario; nacido para el goce de una
libertad dirigida, había escapado también de las disciplinas
universitarias que le exigían agobiadores trabajos
circunstanciales para costearse los estudios. Pero no, su caso
era profundamente humanista, con la influencia de una ética
sentimental. Por eso en el aserradero sufría de una dentera
constante y a veces había tenido impulsos de autoeliminación
cuando se mareaba mirando girar vertiginosamente las poleas
y la sierra circular, ni más ni menos que el servidor del trapiche
que ya no pudo más y dejó que su mano se deslizara con la
caña de azúcar hasta las mazas. ¿Se podía reposar con sueño
plácido, sintiendo en lo más íntimo el dolor de la carne vegetal
devorada por las implacables mandíbulas mejor armadas que
las del cocodrilo? Recordaba el relato que se complacía en
repetir el capataz del equipo, cuyos protagonistas fueron aquel
temible saurio y un pobre vadero del Iténez. Por todo eso había
escapado, por todo eso se alejaba cada vez más del
aserradero.

******
Desde ese día no hizo más que andar y andar fatigando
a su cabalgadura, allá adonde el bosque encubría posibles
amenazas. Quería llegar a las plantaciones de caña.
Recordaría allí su infancia, cuando desde el amanecer arreaba
el tronco de caballos uncidos al espequi. La representación del
círculo trazado por el trapiche para el cumplimiento de la
monótona tarea, llevó su imaginación a otros discernimientos,
- 104 -
partiendo desde un punto cualquiera, como sucede en la
espiral, y más cerrada aún la circunferencia; pero aquella es
más libre y ésta vuelve en sí, inevitablemente. Por el hecho de
ser más o menos redondo nuestro planeta, debemos describir
un círculo completo en un recorrido total. Todas estas
elucubraciones venían al caso, porque delante de una extensa
llanura se objetiva la curva de la tierra pronunciada en el
confín, pero no se propuso ninguna solución a sus
planteamientos sino entregarse al rumbo, sin punto fijo en el
espacio. Dejó la iniciativa a su caballo que siguió un sendero
del boscaje. Iba cayendo la tarde y al aproximarse el
crepúsculo se advertía el tránsito de la luz a la sombra. El suelo
aparecía húmedo y las yerbas tenían un color verde-oscuro
transparente, que hizo detenerse al caballo, pedir rienda y
alcanzar algunos tiernos brotes de pasto. Finalmente dio con
una aguada, término de sus fatigas aquel día.

Tendida la hamaca, tensado el mosquitero, sólo faltaba
encender un fuego y poner sobre las brasas la caldera. Cenaría
frugalmente y sobre la merienda un sorbo de café, nada más
aquella noche. Sin embargo, se dio cuenta de que también por
allí había habido corte de árboles. Un camino de carreta se
abría paso hacia el norte, seguramente proveedor de pequeñas
serrerías.

El nuevo día se presentó cubierto de nublados. Soplaba
muy bajo el viento y las ramazones se reflejaban sobre el agua
quieta festoneada de „taropes‟. Recordó la palabra batracial
para designarles su ubicación a los tenorios del pantano. Hasta
se permitió sonreír de su ocurrencia. Y es que no se hallaba
desorientado. Lejos se quedó la selva inexplorada que apenas
había rozado temeroso de su misterio. Ya estaba de vuelta al
mundo civilizado, aunque no sabía hacia dónde se
encaminaba. Por eso siguió el camino de carretas. Pediría
- 105 -
posada en cualquier establecimiento agrícola que le saliera al
paso.
De pronto se levantó un viento frío y huracanado, viento del Sur
que puso en conmoción a toda la selva. Comenzó por sacudir
los árboles, retorcer sus gajos y a los más débiles descuajarlos,
echándolos sobre el camino. Pero no cabía ninguna elección
sino seguir adelante. El caballo se espantaba y encabritaba
muchas veces. Ningún otro sonido sino el pavoroso de la
borrasca. Finalmente se vio llegando al lindero de una planta
industrial. En ese momento se produjo un cambio espectacular
en la naturaleza. El último oleaje del viento se alzó en
turbonadas de arena, dejando en el ambiente la sensación
espantosa del vacío. Los cúmulos se arremolinaron en el
espacio girando vertiginosamente en gigantescos círculos que
se iban estrechando cada vez más en torno a una aureola
central incandescente. La sofocación se tornó más intensa, el
aire irrespirable; la luz metálica; el suelo abrasador. Uno y otro
del retumbo lejano y luego solamente un rumor en los grandes
tambores negros del trueno.

Juan había dejado al animal sujeto por las riendas,
previendo disparada. De súbito el terrible y deslumbrador
espectáculo. Del centro que había servido de aureola, saltó la
chispa eléctrica, vivaz, zigzagueante, y tan rápido que no se
podía seguir su trayectoria. Seguidamente un golpe profundo y
seco, como de un tiro de fusil en el silencio.

Después la clamorosa repercusión de su estallido colmando la
extensión selvática. Juan no sintió miedo sino angustia, como si
se hubiese salvado de un peligro inminente. Y este sentimiento
le acompañó hasta que ocupó su lugar otro más doloroso y
torturante, el de su inestable destino.

Llevando al animal de la brida ingresó al patio del
aserradero y paso a paso se fue acercando a la casa de
- 106 -
máquinas. ¿No trabajaban aquel día? ¿Agotarían sus
reservas? ¿Habrían viajado a la ciudad? Pero alguien debió de
haberse quedado de casero.

Llamó a grandes voces. Nadie. Nada. Siguió caminando
por los espacios libres de las pirámides de madera; llegó a las
instalaciones, volvió a llamar sin obtener respuesta. Dedujo que
no pudieron haber abandonado la producción sin una persona
que cuidase de ella. Entonces recordó que en otras ocasiones
habían trabajado en lugar abierto, bajo dos grandes
higuerones. “Pues vamos allá”, se dijo. Y dejando asegurado el
caballo, tomó aquella dirección. Sorteó nuevas pilastras de
tablas y súbitamente sintió que un ramalazo de frío lo
inmovilizaba. Ante sus ojos tenía un cuadro de horror y soledad
indescriptibles. Aquel final de tragedia podía haber sucedido en
el infierno. Los hierros retorcidos de la máquina, destrozados
violentamente por una tenaza de fuego. ¡Y los hombres! El
aserrador inclinado sobre el timón de la carrocería, en el
preciso instante que su brazo había dado el máximo de
velocidad a las poleas. Los cinco ayudantes en diferentes
actitudes exigidas por el trabajo y el capataz de pie con las
espaldas apoyadas sobre el tronco de un árbol. Pero todos
carbonizados y todavía humeantes como quedan los tallos
después de la quema de los chacarismos. Juan movió los
labios para decir algo, pero solamente le salió la palabra
cuando galopaba a campo traviesa, sin rumbo fijo, con la
urgencia de poner tierra de por medio entre él y el aserradero.
¡El rayo!, por fin le salía el nombre de lo más hondo de su
pecho, como si él lo hubiese manejado y lanzado sobre la
maquinaria y sus servidores. ¡El rayo!, volvió a repetir y ya no
pronunció ni una sola palabra más porque se había quedado
mudo por efecto de la conmoción nerviosa.

CUENTOS Y RELATOS
Raúl Otero Reiche
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NAVIDAD EN LA TRINCHERA

Sobre el último altozano se detuvieron un instante. El
espectáculo de la ciudad dormida se proyectaba al infinito. Con
la mirada se preguntaron y respondieron como dos sombras
frente a sus despojos mortales. Todo había sido despedazado,
derruido, removido hasta los cimientos. Ya ni estaban delante
de una ciudad, aquello era una necrópolis.

Penetraron por los arrabales, orillando el río que antes
reflejó en sus aguas huertos y jardines y el heráldico puente,
monumento de una grandiosa antigüedad. Las aguas que
arrullaron el sueño de torres y palacios, tenían un color de
ciénaga verde-oscura y lacrimosa. Mezclados con las ramas y
las flores, ¡piadosa naturaleza!, corrieron por esos
murmuradores espejos centenares de cadáveres.

Antes de la catástrofe, desde cualquier atalaya de las
catedrales, que las había esculpidas en piedras doradas,
dominábase el conjunto de la urbe arcaica, prodigio del arte
churrigueresco, con sus nobles fachadas, sus plazas
espaciosas y clásicos soportales de mansiones solariegas que
lucían sobre el dintel de la puerta el escudo de armas de la
progenie. Se vivía tranquilamente a la sombra de los árboles de
sus calles solitarias, rindiendo culto a las costumbres
admiradas y veneradas.

Ahora crujían bajo sus pies los cromos de las vidrieras
despedazadas; tropezaban, resbalaban en las baldosas
sembradas de objetos familiares, preciosos antes en la vida del
hogar noble o humilde. Desde el muslo de la escultura del
prócer, hasta la testa de yeso o mármol del santo, por la urbe
mirábanse diseminados, que todo era escombros, ruina,
diabólica obra del espíritu del fuego.

- 109 -
Bebieron en las aguas del río que besa como una guirnalda la
cintura de la ciudad. Reconfortados a la vera de la corriente,
con los pies descalzos, descansando en el remanso, a muchos
kilómetros del incendio y de la muerte, por fin hablaron:

–Fuerza es que lleguemos a cualquier parte. Algo debe haber
habitado en esta sombra de ciudad.
–Parece que sólo la muerte es el habitante –contestó el
compañero.

Caminando iban nuevamente, pero como en el bosque,
sólo la desolación, agrandada ahora por los recuerdos de una
ciudad parecida, por la que antes habían pasado, henchidos de
optimismo en plena orgía de patrióticos ideales.

De pronto ambos se detuvieron.
–La misma luz –murmuró el capitán sorprendido. El soldado
sintióse también transfigurado.

Y se santiguaron tomando, en las pulpas de los dedos,
agua del cristalino río. Al mismo tiempo sus ojos descubrían un
vivo resplandor entre los intersticios de la alta mole de los
cielos. Se encontraban delante de una iglesia, y en ella
penetraron sigilosamente. Éste era un templo de pavimento
granítico y de largas paredes con epitafios. En el huerto se
erguía la cruz de piedra. En el interior la misma piedra
embadurnada por innovadores modernistas; pero el altar en
parte se había salvado de la destrucción.

Desenterrándose por sí solos surgieron los últimos
habitantes de la ciudad, congregados en aquel sagrado recinto.
El sacerdote elevaba la custodia resplandeciente, cuando ellos
caían de rodillas abrazados de los pilares de las rumorosas
naves.

- 110 -
Esfumándose en las volutas de humo del incienso y el
lagrimeo de la lámpara de aceite de amortiguado resplandor
rojizo, moribunda a los pies de un Cristo pendiente de un solo
brazo del madero, el espíritu de los guerreros parecía flotar en
una atmósfera poblada de místicos susurros y penetrante olor
de frescos derretidos. En esa penumbra fascinadora
percibieron el altar mayor, un gran retablo medio derruido,
donde superpuestas tablas historiaban la vida de Jesús, por
fortuna intacto. A la derecha aún pendía de una viga encajada
entre un pilar y el muro, un tríptico de la Virgen con el Niño. Sus
ojos, ya acostumbrados a esa semioscuridad tremulante,
descubrieron el madero de la Dolorosa que debió de haber sido
hecho en materia policromada.

Pensativamente se incorporaron con ánimo de dejar el
templo. Sentían necesidad de renovar sus perdidas energías
en algún albergue de la ciudad; estaban casi exhaustos, en el
estado sonambúlico del convaleciente, pero en ese instante el
sacerdote que había permanecido orando ante el altar, volvió
su rostro al auditorio y con un ademán impuso término a las
oraciones y plegarias. El coro, sumergido hasta ese momento
en la más profunda oscuridad, se iluminó extraordinariamente,
bañado en plata y oro; todo lo demás se tornó en una noche
profunda, no obstante las fosforescencias de los candelabros
celestes que dejaban filtrar sus resplandores por las grietas de
la alta bóveda. De pronto se inundó el templo de un armonioso
revolar de alas invisibles, corolas del órgano abierto en
armonías ultraterrestres, de una transparencia musical
arrobadora y radiante. Como de una selva de cristal nacieron
los villancicos, flores suspirantes en los labios de Andalucía:

"La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va;
nosotros también nos iremos,
pero no volveremos más.
- 111 -
Cuando la Virgen parió
se encontró en el portal sola;
lo primero que acudió
fue un pastor y una pastora.
Un pastor comiendo sopas
en el aire divisó
un ángel, que le decía:
ya ha nacido el Redentor".

Sí, villancicos eran, surgiendo de un alma rósea diluida
en celestial poesía, que así los entonaron cuando eran niños
en la catedral andaluza, cuya puerta lucía labrado el
Nacimiento. Allí permanecieron inmóviles, como petrificados,
en extático gozo, persiguiendo hasta la lejanía el vuelo de esas
bandadas de ángeles y serafines.

Se hizo la sombra en las naves y como se despereza un
crepúsculo, fueron desapareciendo, sin despertar ruido, tal vez
como habían llegado, los silenciosos fieles.

Sin darse cuenta los guerreros se hallaron otra vez
orando, sumergidos en una seráfica plenitud bienhechora; sus
almas se sentían flotando en serenísima corriente como las
grandes flores de la selva palpitan bajo las aguas. De tal suerte
que cuando, al sorprenderse solos, y como regresando de un
sueño, instintivamente buscaron el fusil poniéndose en guardia,
aún tenían los párpados pesarosamente cerrados y los dedos
de las manos crispados, como arañando el terrón de tierra
sanguinolenta. Pero otra vez el sopor se apoderó de ellos y se
relajaron sus miembros entumeciéndose como lianas en torno
del escurridizo cuerpo de un anfibio.

La selva es una catedral. Lo supieron entonces para
jamás olvidarlo, el Niño Jesús nace allí donde el hombre se
- 112 -
encomienda a Dios a un paso de la muerte. Casi sobre sus
cabezas bufaban los motores de una columna móvil.

Los dos sobrevivientes fueron recibidos por sus
salvadores, entre exclamaciones de alegría y dolor.
–Anoche estuvimos en una misa de Nacimiento –les dijo el
capitán.

–No es verdad? –interrogó, volviéndose a su compañero.
El soldado asintió con lágrimas en los ojos.
El convoy prosiguió la marcha y tornaron a los labios los
villancicos. Era la Navidad.


CUENTOS Y RELATOS
Raúl Otero Reiche
















- 113 -

- 114 -
SANTA CRUZ LA VIEJA

Al pie de la sierra de San José, descansan las ruinas de
la que fue muy noble y valiente ciudad de Santa Cruz de la
Sierra. Bajo un manto verde de hierba y monte yace la ciudad
de los seis lustros que regara con su sangre las tierras
chiquitanas en cien combates cruentos con el chiriguano
indomable.

Llegamos allí al atardecer. Una brisa suave se colaba
por entre la arboleda y sacudía débilmente los arbustos,
turbando el enorme silencio, silencio de muerte, que reinaba
sobre el cadáver de la ciudad hidalga. Entramos apartando
ramas y quebrando malezas. La luz palidecía al filtrarse entre
las hojas y tomaba tintes verduzcos. Era un resplandor
fantástico que imprimía aún más tristeza al paraje.

Avanzamos un poco. Allí estaban los montones de tierra
que hace siglos fueron casas. Allí estaban las hileras largas
que en lejano tiempo fueron calles. Aquel montón grande fue
quizás casa principal ante cuya ventana bordonearon las
guitarras y se cantaron ardientes coplas. Allí vivió seguramente
alguna bella andaluza, abuela nuestra, que en las noches de
luna asomaba su rostro de sol para escuchar las cuitas de
algún caballero enamorado y sacaba su mano blanca, larga y
suave para darla a besar, con majestad de reina, al galán
apasionado. Y aquellas hileras estrechas, quizás también
formaron callejuelas tortuosas por donde los abuelos de
nuestra raza hacían sus incursiones nocturnas en busca de
rostros alabastrinos y cuerpos sensuales de criollas. Sin duda
aquel ancho espacio cuadrangular, fue la plazoleta verde,
donde en las tardes chiquitanas, calurosas y tranquilas,
después de la merienda, paseaban el Gobernador, Dn. Diego
de Mendoza, tramando intrigas con los Salazares; los
canónigos robustos, rollizos; los curas satisfechos; los oficiales
- 115 -
y los funcionarios de la real casa. Todos ellos muy nobles, muy
hidalgos, ocupados en mestizar, en comer, en beber y en
dormir. Aquel montón de base ancha, casi solitario sobre un
gran solar, debió ser el templo. Aquel templo donde nuestros
abuelos querían disculpar la placidez de sus vidas ante la
severidad de Dios. Aquel templo donde se ventilaban
cuestiones de preeminencia, según las crónicas, y donde la
esposa del altivo Mendoza trabó gran disputa con la del no
menos caballeresco Zurita, formando en el pueblo dos bandos
encarnizados que mantuvieron la discordia por mucho tiempo.

Todos y cada uno de aquellos montones verdes, todas y
cada una de aquellas largas hileras cubiertas de maleza, tenían
para nosotros un alto poder evocativo. Afirmaríamos que sobre
los montones y a lo largo de las hileras, vagan aún los espíritus
de los bizarros españoles, arrastrando sus espadas o pulsando
sus guitarras y que bajo el verdor de la hierba se conservaba
todavía el calor de aquellos corazones bizarros; no muertos,
sino durmiendo en la gran soledad que hoy reina sobre lo que
ayer fue almácigo de nuestra raza.

QUIETUD DE PUEBLO
Barón de Sauces*
1924


_____
*Seudónimo del escritor Alfredo Flores





- 116 -


- 117 -
MI PUEBLO

Un cielo azul, gloriosamente azul. Una campiña fértil
donde se yergue la verde espesura de los montes. Y, a lo lejos,
en el fondo, la sierra plomiza ondulando suavemente en el
horizonte.

Cerca a las orillas de un río largo, de anchas playas, y
sobre un tapiz de arena y grama, se asienta el pueblo como
una bandada de palomas blancas.

Sus viviendas coloniales son todas vaciadas en el
mismo molde. Los frentes blanqueados de las casas, tienen
corredores de alas anchas sostenidas por pilares gruesos, que
enfilados, soportan como un largo toldo tendido de esquina a
esquina. Sus amplios portales dejan entrever largos y
umbrosos zaguanes; y sus ventanas enrejadas, tras las que
asoman, de vez en cuando, rostros pálidos con ojos
expresivos, evocan idilios y convidan a dulces confidencias.

Por las calles tortuosas, a la hora en que despierta el
pueblo, en las mañanas claras, únicas por su sol y por la
limpieza del cielo, cuando las campanas llaman, se ve pasar a
las devotas cubiertas por negros mantos, y tras ellas, las
criaditas paliduchas llevando los reclinatorios. A esa hora las
pesadas y crujientes carretas de madera, arrastradas por
bueyes tristes, hunden sus ruedas toscas en la arena de las
calles húmedas aun por el rocío.

Al atardecer, cuando llega la brisa suave trayendo un
vaho penetrante de los montes, se reúnen al abrigo de los
largos corredores las comadres del barrio y las jóvenes
emperifolladas; allí hablan de lo que sucede y de lo que no
sucede, al par que observan el ir y venir de los peatones.
- 118 -
Mientras anochece, suenan lentamente las campanas llenando
el ambiente de melancolía.

Y en las noches estrelladas, cuando la luna llena
blanquea los tejados y pone sombras raras en las calles, se
ven las torres altas de la catedral, erguidas cual dos mastines
vigilantes, a cuyo derredor se agrupan las casas como manada
de ovejas que descansan.

Las ciudades, como las personas, tienen alma. Hay algo
en ellas que vaga sobre sus casas y que se cuela a lo largo de
sus calles empapándolo todo y poniendo su sello indeleble
sobre las cosas y personas. Algo que da carácter al pueblo y
que marca la primera impresión del forastero. Y así como
hemos visto muchos pueblos anodinos, otros se nos han
presentado tristes o cansados, alegres u optimistas.

Santa Cruz de la Sierra es un pueblo alegre con rasgos
de soñador. Su gente tiene esa alegría de las almas sencillas y
esa ingenuidad soñadora de los hombres de tierra adentro. Allí,
el más nimio acontecimiento familiar es pretexto suficiente para
organizar el más bullicioso de los bailes. Y es rara, rarísima la
noche en que no se escuche al pie de las ventanas el canto del
galán apasionado entre el sonoro bajeo de las guitarras.

No conozco España, pero he oído contar mucho de ella.
Santa Cruz de la Sierra es para mí un jirón de la hermosura
sevillana, Tiene, como la viaja Andalucía, un cielo azul de
magistral pureza; un sol brillante que clarea las mañanas con
una luz inconfundible; unas mujeres bellas de andar garboso,
de tez pálida y de ojos rasgados, que ponen un tienen morisco
a las ventanas enrejadas. Hay también allí costumbres añejas
legadas por los abuelos españoles; y hasta las viejas beatas y
los mendigos harapientos parecen figuras escapadas de los
lienzos inmortales de Velásquez.
- 119 -

Para los que vivimos lejos del terruño, en ciudades
bulliciosas y bajo cielos teñidos de humo, con calles
interminables donde se enfilan fríos edificios modernos, los
recuerdos del terruño, tienen un valor inapreciable. Añoramos
la rústica belleza de nuestro pueblo y sentimos algo así como
una pena, cuando pensamos que algún día podemos volver a
él y encontrar que el progreso ha borrado de dos brochazos la
clásica hermosura de su suelo, interrumpiendo la apacible
quietud de su ambiente colonial.


QUIETUD DE PUEBLO
Barón de Sauces
1924


- 120 -
TRADICIÓN Y ESTIRPE

Yacía de costado sobre el fango. Tenía la cara cubierta
de lodo. Sentí una profunda pena al verlo. No cabía duda.
Extraños llegados de otras latitudes, lo habían arrojado como
cosa inútil. De seguro que él no articuló palabra. No pudo
hablar. Nunca habló. Ni aun en sus mocedades floridas. Su
naturaleza fue y es así.

Pero en cambio vio muchas cosas desde el sitio de su
predestinación. Miradas de colegiales, año tras año, desde el
otoño hasta la primavera acariciaron su rostro entre burlas y
picardía. Tomó parte en nuestros alegres carnavales.
Serpentinas, polvos multicolores y betún ornaron su bronca y
austera fisonomía.

Presenció la interminable corriente de un río humano,
con dirección a los cuatro puntos cardinales. Preocupados
transeúntes, en el cotidiano quehacer, lo codearon
amablemente.

En más de una ocasión contempló, con indescriptible
mutismo, el paso tardo de un gentío envuelto en una nube de
incienso, portando una imagen que pretensiosamente la creyó
su semejante. Otras, era un tumulto en ruidosa algarabía que
entre vítores y genuflexiones eufóricas, conducía en andas un
ídolo profano...

No faltó, sin embargo, en su natural existencia de
asceta, el episodio trágico. No todo es calma en el barrio de su
nombre. Una turbulencia de pasiones en pugna, lo situaron
entre dos fuegos. Odio inexplicable entre hermanos, como
inexplicable resulta la inmolación de una vida a sus pies.
Innecesario holocausto.
- 121 -

Cuántas veces fue un noctámbulo compañero.
Confidente y buen compañero por lo discreto y leal. Su recia
contextura también sirvió de apoyo a más de un bohemio
somnoliento. Mientras en la balaustrada de una ventana, el
bordonear de cuerdas, traducían el sentimiento hecho música
de un amor becqueriano.

Firme ante la adversidad. Quizá cumpliendo alguna
misión de atalaya, todo lo soportó. Surazos implacables,
densas polvaredas arrastradas por huracanadas ráfagas del
Norte. Insolación... Sin lágrimas ni quejas. Muchas décadas.
Quizá siglos. Así permaneció.

Ahora ya no está en su puesto. No pudo haberlo
abandonado. Lo arrancaron y lo echaron torpemente como a
un mojon cualquiera. No es tal. Es el Mojón con Cara. Con
tradición y de estirpe selvática. Es todo corazón y nobleza.

Así lo encontré aquel amanecer. Sin aliento. Entre el
barro. Gracias a su fortaleza, se mantenía inalterable. Rígido y
silencioso como siempre. En sus duras facciones, pude
entrever un deseo que inútilmente trataba de reprimir. Quería
erguirse, para vivir y morir como sus antepasados: de pie.


Remberto Gandarilla Suárez
1967






- 122 -

- 123 -
NOBLEZA Y GENEROSIDAD

Mostrando el corazón al rojo vivo, todavía sangrante por
las heridas que el hacha homicida abrió en su inofensiva
corpulencia, yace quieto y convertido en un enorme muñón, el
Gigante de la avenida Velarde.

Nació en el mismo lugar, donde la civilización trazó, bajo
sus pies, la encrucijada Velarde-Irala.

Nadie conoce el origen de su remoto abolengo. Pero hay
evidencias que probó su nobleza en el escenario de la vida.
Vivió siempre amando, practicando la bondad universal.
Brindando cuanto podía dar, sin reservas y sin discriminación
de especies.

Fue testigo presencial de muchos episodios del
acontecer cruceño y fiel aliado en las grandes causas. Ofreció
al aborigen alimento y armas en su lucha contra los intrusos del
Occidente. Cobijó bajo su fronda a los valientes defensores de
la Republiqueta. Tendió un arco simbólico por donde pasaron y
retornaron como héroes los actores de la contienda del Sur.

Sus enmarañadas barbas y apretadas rugosidades de
su corpulenta vegetalidad, son las huellas que el tiempo dejó
en su interminable carrera de centurias. Su madre Naturaleza
sometió su temple a las más duras experiencias. Ni la furia del
rayo, ni los surazos pertinaces, ni la despiadada canícula
lograron doblegar su entereza. Sin embargo, parece que la
maldad y la incomprensión humana, fueran más destructoras
que toda la vorágine de los elementos coaligados.

Sentenciado sin ser oído, sufrió la pena de la mutilación
sistemática de sus miembros. No hubo proceso, ni culpa, ni
defensa; sólo testigos indiferentes frente a una condena
- 124 -
basada en la arbitrariedad y en la supina ignorancia. No habían
cargos contra él, jamás hizo daño a la humanidad ni a sus
congéneres. No fue un estorbo ni usurpó derechos ajenos.
Sobre el suelo y el subsuelo tenía derechos de propiedad y de
posesión, otorgados solemnemente por la corona del más
antiguo y más extenso de los reinos: el Reino Vegetal.

No se arrodilló ni en el postrer instante de su vida. Murió
de pie y con los brazos abiertos al infinito, como implorando
misericordia para sus verdugos. Ya exhaló la última bocanada
del vital elemento humano. Luego los restos serán incinerados
y el holocausto de sus últimas energías serán una prueba
póstuma de su infinita generosidad. Sus cenizas serán
esparcidas al viento y nadie hablará más de él, porque su
recuerdo vivirá con gratitud en el corazón de aquellos que
desde la niñez supimos de la nobleza y el cariño que nos
brindó este gran Cupesí.


Remberto Gandarilla Suárez
1970














- 125 -
- 126 -
EL CORREO DEL CARNAVAL

Transcurrían los últimos años de la década de los
treinta. No podría precisar la fecha exacta, en la cual ocurrió lo
que se relata. Lo cierto es que un domingo anterior al primer
día de Carnestolendas, presencié la llegada del Correo del
Carnaval.

Era una tarde diáfana, el calor del verano se había
atenuado gracias a una agradable brisa que soplaba del Norte,
el Sol poniente daba escasamente sobre la cúpula de la
Catedral, las manecillas del reloj público señalaban la
proximidad del crepúsculo.

La plaza "24 de Septiembre" se hallaba concurrida por
decenas de personas que habían acudido a este centro social
con el deseo de participar como espectadores, en la ceremonia
que significaba la llegada del Correo del Carnaval.

Algún oficioso atalaya lanzó de repente la voz: "¡Ya
viene el correo!" Entonces la gente, que se encontraba
desparramada en la cuadrícula de cien varas por lado,
comenzó a correr hacia un solo punto de convergencia.

Cabalgando un lerdo matusi de prominentes jitacuchises
y de pura cepa criolla, hacía su ingreso a la plaza principal el
correísta largamente esperado durante un año calendario.

Cubierto el rostro con una careta de alambre y vestido
con un traje cuya edad era difícil de calcular, el cual pese a sus
deformidades y a la pérdida de su color original, hacía suponer
que en su confección habíase empleado alguna fina tela
inglesa, de lo que no quedaba más que el membrete. Llevaba
sobre su cabeza un sombrero de color cacaré y por delante de
- 127 -
la pechera de su camisa, colgaba una corbata popís de color
indefinible, pero cuidadosamente anudada a un cuello duro.

Así las cosas, todas la prendas hacían rigurosamente
terno, hasta los botines que están próximos a convertirse en
chancletas caseras.

Por los bártulos que colgaban de su silla, se infiere que
el recién llegado había hecho un largo viaje. Llevaba una alforja
palmareña con algún tapeque, un tacho de hojalata y una olleta
tiznada por el uso, además un caneco y otros enseres
necesarios para pernoctar en una pascana.

En esta circunstancia le acompaña un sujeto chirapudo,
con una careta de opa. Toca una tambora templada con cuero
de chivo, cuyos redobles son más rápidos que el paso del
matusi.

Con poco esfuerzo el jinete detiene su caballejo en la
esquina de la plaza, frente a la Prefectura. La tambora ha
dejado de tocar y la gente, que se apeñusca alrededor de
nuestro personaje, guarda silencio. En este instante el correísta
extrae de un bolsillo interno de su saco, un papel amarillento
que desenrolla delante de la concurrencia. Con potente voz
comienza a dar lectura al Bando de Carnaval, cuyas normas
deben acatarse en la celebración de dichas fiestas.

Para ilustrar mejor esta nota, insertamos parte de un
bando de la época:

Atención, pueblo tababé,
que con las tripas vacías
he traído en jasayé
las ordenanzas de este día.

- 128 -
Yo, que con tanto empeño,
he querido con razón
a este pueblo cruceño
alegrarle el corazón

Yo, como dios de orgía
y viejo mandatario,
ordeno para estos días
se cumpla este rosario.

Considerando, primero:
que con tanta carestía
no se encuentra jurgunero
ni cabeza pa' guatía.

Considerando, segundo,
el gran alboroto de ahora,
los soplalatas cobrando
tanta plata por hora.

Considerando, tercero,
que las viejas de urucú
sin ponerse jetapú.

Considerando, ya el cuarto,
que hay mujeres tan hermosas
que salen del tercer parto
pasando por virtuosas.

Acuerda en este sentido
que aquel que sufra pobreza
que se "aprete" la barriga
y se rasque la cabeza.

Art. 1º.- Que tantos aplanacalles,
- 129 -
vagando y bailando zambas,
no trabajan todo el año
pues dicen que no son cambas.

Art. 2º.- Con esta vida aguachenta,
más de apenas que de a gatas,
tantas opas nigüentas
se pongan sus alpargatas.

Art. 3º.- Que los carabineros y agentes,
que se tienen por muy machos,
sean más indulgentes;
no pateen tantos borrachos.

Art. 4º.- Que don Domínguez Benigno,
aquel dientes pelados,
como es hombre tan digno,
convide su resacado.

Art. 5º.- Providencia, Zeller Mozer,
Casa Elsner y compañía;
a ver, gringos cochinos,
si rebajan su mercancía.

Art. 6º.- Y así triste y plequecó,
con los bolsillos horadao,
veremos si Ramirito
nos llena de majao.

Art. 7.- Recoveros y mañazos,
que tanto bailan ranchera,
quiero que en esta semana
se tiren la borrachera.

Art. 8º.- Cojos, tucos y mudos,
- 130 -
miopes y opas blandengues;
en fin, idiotas y sordos,
a bailar con todo su dengue.

Art. 9º.- Que esta Municipalidad,
que se las da de sapiente,
con saña y brutalidad
nos atarea de patentes.

Es dado en el pagüichi real,
entre pasmos y arrebatos, etc.

Terminada la lectura del bando, el jinete espoleaba su
noble bruto y continuaba paso a paso al son de la tambora,
hasta detenerse en la próxima esquina de la plaza, frente a la
Catedral, donde es repetida la escena anterior. Así daba la
vuelta a la plaza pregonando, en las cuatro esquinas, el Bando
del Carnaval.


Remberto Gandarilla Suárez
1988


- 131 -
- 132 -
Remberto Gandarilla Suárez

Nació en Santa Cruz de la Sierra.
Estudió en esta ciudad y en Europa.
Abogado, político, investigador,
catedrático y deportista. Experto en
Administración Municipal (España),
Diplomado en Administración
Presupuestaria Municipal (Alemania),
Miembro del Kodokan (Japón). Fundó
la primera Academia de Judo en Santa
Cruz; Presidente de la Asociación
Cruceña de Judo; Vicepresidente de la
Federación Boliviana de Judo y
Presidente del Centro de Bachilleres en
1944. Desempeñó las siguientes
funciones: Secretario de Vinculación
del Centro de Estudiantes de Secundaria; Secretario de Actas del
Centro de Estudiantes de Derecho. Director de C.P. 30 Radio
"Electra"; Secretario de Relaciones de la Federación Universitaria
Local; Corresponsal de "La Nación" y "Ultima Hora" de La Paz.

Oficial Mayor de la H. Alcaldía Municipal; H. Alcalde Municipal.
Catedrático de castellano de la Universidad "Gabriel René Moreno";
Juez Agrario; Jefe Departamental de Reforma Agraria; Jefe de Justicia
Campesina; Secretario General de la Prefectura; Secretario General
del Comité de Obras Públicas; Asesor Jurídico de la H.
Municipalidad; Jefe Departamental de Trabajo; Jefe del Departamento
Legal de Tierra Municipales; Secretario General de la H. Alcaldía
Municipal; Secretario General del Colegio de Abogados; Delegado
ante la Federación Departamental de Profesionales; Delegado ante el
Consejo Departamental de Desarrollo Social; Director de
Planificación de la H. Alcaldía Municipal y Delegado Asesor al XVII
Congreso de la O.I.C.I (Montevideo Uruguay).

- 133 -
Falleció el 27 de agosto de 1988. El H. Concejo Municipal de Santa
Cruz de la Sierra, le honró en 1990 nominando una calle con su
nombre. La Resolución, sobre la "UV-49. Personalidades-
Intelectuales", señala lo siguiente: "Jurista y periodista, servidor
público de mediados del siglo XX; ejerció importantes funciones en la
ciudad de Santa Cruz, habiendo realizado viajes de estudios jurídicos
al exterior del país".

"Dr. Remberto Gandarilla S.- De Este a Oeste. Paralela a 'Aquino
Talavera' y 'Dr. Pedro Maillard P'. Entre 'Dr. Gabriel José Moreno' y
'Santos Dumont'. Manz. 34, 37, parque, 35 y 36".

Además de la presente obra tiene un libro póstumo titulado: “Santa
Cruz en los umbrales del desarrollo” (1995).

IMÁGENES DEL RECUERDO

CORPORACIÓN OFICIAL
(24-IX-1953)
Dr. Héctor Suárez Santistevan,
Presidente de la Corte Superior de
Justicia. Comandante de Brigada y
Jefe de Policía. Jefe de Región
Militar. Dr. Francisco Dabdoub
Yepes, Prefecto del Departamento.
Dr. Remberto Gandarilla
Suárez, Alcalde Municipal de
Santa Cruz de la Sierra.
Comandante de Regimiento.



1947. - Antigua casa donde nació
y vivió Remberto Gandarilla
Suárez. Calle Independencia
esquina Mercado.


- 134 -
















Doña Dora Suárez Jiménez (1954)
Madre de Remberto Gandarilla Suárez

















FAMILIA (1962).- Dora Suárez junto a sus hijos: Remberto, Jorge, Ina y Adolfo
Gandarilla Suárez; Orlando, Hernán y Herman Cuéllar Suárez.

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ÍNDICE

PRESENTACIÓN…………………………………… 5
Nino Gandarilla Guardia

PRÓLOGO…………………………………………… 7
Orlando Arauz Aguilera

TRADICIÓN Y ESPÍRITU…………………………... 10
Miguel Antelo Parada

SULLO………………………………………………… 12
Miguel Antelo P.

DE LA CRÍA RESPONDONA……………………… 14
Ignacio Callaú Barbery

CUENTA CANCELADA………………… ……......... 19
Ignacio Callaú B.

EL TESORO DE URUGUAITO……………………. 26
Sixto Montero Hoyos

EL RINCÓN DE CLARA……………………………. 40
Sixto Montero H.

UN FINAL……………………………………………… 49
Antonio Landívar Serrate

EL DOLOR DE ELEGIR……………………………… 54
Antonio Landívar S.

UN ECLIPSE………………………………………….. 65
Rómulo Gómez Vaca

- 136 -
EL BUEY……………………………………………… 72
Rómulo Gómez

HURTADO……………………………………………. 79
Alfredo Flores

A COMENZAR DE NUEVO………………………… 91
Alfredo Flores

EL RAYO……………………………………………… 99
Raúl Otero Reiche

NAVIDAD EN LA TRINCHERA…………………….. 108
Raúl Otero Reiche

SANTA CRUZ LA VIEJA……………………………. 114
Barón de Sauces

MI PUEBLO…………………………………………… 117
Barón de Sauces

TRADICIÓN Y ESTIRPE……………………………. 120
Remberto Gandarilla Suárez

NOBLEZA Y GENEROSIDAD…………………. …. 123
Remberto Gandarilla Suárez

EL CORREO DEL CARNAVAL……………………. 126
Remberto Gandarilla Suárez

BIOGRAFÍA…………………………………………... 132

ÍNDICE…………………………………..……………. 135


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