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Gabriel Villegas Pérez
Subdirectivo ADES/Sincelejo.
RENOVACIÓN EDUCATIVA de SUCRE

JUNTOS SOMOS MÁS


Lectores, una especie en vía de extinción



En su paso por Bogotá, en 1947, el reconocido escritor Christopher Isherwood hizo una afirmación
que hoy suena ficticia. Escribió, refiriéndose a la capital: “En ninguna otra parte he visto más
librerías. Fuera de docenas de autores latinoamericanos de los que nunca he oído hablar, tienen
un surtido de innumerables traducciones. Bogotá, por supuesto, es famosa por su cultura. Hay un
decir, mencionado, creo, por John Gunther, según el cual hasta los pequeños lustrabotas recitan a
Proust”. El testimonio de Isherwood quedó perpetuado en su libro El cóndor y las vacas, que en
1992 formó parte de la biblioteca del quinto centenario del descubrimiento de América para luego
perderse en los anaqueles de las librerías de segunda mano. Hace dos años, la editorial mexicana
Sexto Piso reeditó la obra rescatando así del olvido un texto valioso e imparcial que describe sin
elogios nostálgicos una ciudad insípida, gris y humedecida a diario por la lluvia.
Los sellos impresos en tintas negra, azul, roja o violeta que marcaban la primera página de los
libros que se vendían en Bogotá en la primera mitad del siglo XX justifican la afirmación de
Isherwood: Librería Latina, en la carrera 6ta No 13-18; Librería Mundial, en la calle 12 No 6-23;
Librería Siglo XX, en la calle 12 No 6-38; Librería Leticia, en la carrera 6ta No 14-94; Librería
Herder, en la calle 12 No 6-89; Librería Hispania, en la carrera 7ª No 19-49; Librería y editorial
“Antena”, en la carrera 6ta No 12-41; Librería La Paz, en la calle 19 No 8-17; Librería Granadina,
Librería Colombiana y Librería Exposición, entre otras.


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Gabriel Villegas Pérez
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Hoy, no obstante, la realidad es muy distinta. Las librerías, con mínimas excepciones, dejaron de
ser un buen negocio hace mucho tiempo. Las pocas que quedan en Bogotá y las demás ciudades
luchan por no desaparecer en un país que se acostumbró a no leer. Entre 2000 y 2005, la lectura
de libros se redujo en un 30%, en plena implementación de la política de lectura y bibliotecas.
Según el último estudio, publicado en diciembre de 2013 en el volumen Hábitos de lectura,
asistencia a bibliotecas y consumo de libros en Colombia, la tendencia demuestra que los
colombianos leen cada vez menos. Entre la población lectora mayor de doce años, el promedio
fue de 4,1 libros al año en 2012; en 2011 era de 4,2. Entre la población no lectora, llegó apenas a
1,9 libros al año en 2012; en 2011 había alcanzado 2,2.
La disminución de lectores en los estratos 1, 2, 3, 5 y 6 fue pareja; sin embargo, en el estrato 4 fue
mayor, lo cual desvirtúa en parte la idea de que el poder adquisitivo es un factor decisivo por el
cual la gente no lee. En cuanto a sexos, la población de hombres lectores descendió de un 51,0 en
2010 a un 44, 8 en 2002; entre las mujeres, si en 2010 la población lectora constituía el 59,2, en
2012 bajó al 50, 4.
En general, el panorama de lectura en
Latinoamérica es poco esperanzador. Chile
es el país más lector, mientras que México y
Perú ocupan los últimos lugares. El mal,
pues, no es sólo de Colombia sino de todo el
continente, donde el 44% se declara no
lector de libros.
No cabe duda de que el desarrollo de las
bibliotecas públicas ha tenido un impacto
decisivo en la población, en especial entre
los estratos bajos, principales usuarios.
Desde los años ochenta, cuando La Luis
Ángel Arango abrió varias sedes en distintas
ciudades del país, estos espacios se han
fortalecido. La creación de Bibliored, que
comenzó a funcionar a finales de los
noventa, también fue definitiva para
fortalecer la oferta de lectura en Bogotá.
Pero según el estudio de hábitos de lectura,
la asistencia a las bibliotecas, que en 2010
era de 63,2%, se redujo a un 53,1. Esta
disminución se debe al mayor uso de
internet fuera de las bibliotecas.

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Precisamente internet ha sido
fundamental en el cambio de los hábitos
de la lectura. Aunque el acceso a la red es
cada vez mayor, el problema de fondo
sigue siendo la mala calidad de la
educación, que no propicia la comprensión
de lectura. De esa forma, como bien
afirmó Jorge Orlando Melo en una nota
escrita en 2002 en El Malpensante, “la
mayoría de los colombianos siguen siendo
funcionalmente analfabetas”. En el mismo
texto, Melo afirma que en Colombia “la
gente se acostumbró a informarse y
divertirse mediante el radio o el televisor,
sin que se desarrollaran la infraestructura
cultural y los hábitos de uso del tiempo
libre ligados al libro. Colombia es un país
en el que no hay librerías en la mayoría de
las capitales de departamento”.
El problema grave parece ser educativo.
Los libros se han convertido en objetos
raros, solemnes. Hay que empezar por
quitarle al libro ese halo de solemnidad
que lo cubre, es necesario crear políticas
educativas que propicien cambios en los
hábitos y no sólo se ocupen en tecnificar y
regalar tabletas. En últimas se trata de
volver a lo fundamental, en enseñar a
comunicar a través de la lectura, a
“escuchar con los ojos”, como alguna vez
afirmó el poeta Quevedo. Es así de
complejo, aunque suene sencillo