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En junio de I,,,, Václav Havel, presidente de la República

Checa, habló a los alumnos que se graduaban en Harvard
sobre la nueva civilización global que se difundía por el mundo.
“Esta civilización –afirmó Havel– es inmensamente fresca,
joven, nueva y frágil […]. En esencia, esta nueva y única epi-
dermis de la civilización mundial apenas alcanza a cubrir u
ocultar la inmensa variedad de culturas, pueblos, mundos reli-
giosos, tradiciones históricas y actitudes formadas a lo largo de
la historia, que en cierto sentido yacen ‘por debajo’ de ella.”
Recalcó la ironía de que la difusión de la globalización viniese
acompañada de nuevas formas de resistencia y de lucha, así
como de demandas por “el derecho a adorar […] dioses anti-
guos y obedecer antiguos mandamientos divinos”. Una civili-
zación mundial no merecería ese nombre, declaró, si no le
hiciera justicia a la “individualidad de las diferentes esferas de
la cultura y la civilización”. La nueva civilización global debía
comprenderse a sí misma “como multicultural y multipolar”
(Havel, I,,,).
De hecho, tal como lo recalcara Havel, nuestra condición
actual está marcada por el surgimiento de nuevas formas de
política identitaria en todo el mundo. Estas nuevas formas
complican y aumentan las tensiones centenarias entre los prin-
cipios universalistas introducidos por la Revolución Francesa
Prefacio
y la Americana y las particularidades de la nacionalidad, la
etnia, la religión, el género, la “raza” y el lenguaje. Las luchas
por la identidad no sólo están teniendo lugar en los umbrales
y fronteras de los nuevos estados-nación que surgen de la de -
sin tegración de regímenes regionales, como el comunismo de
estilo soviético en Europa Central y del Este y en Asia Central,
o en continentes como África, donde el Estado-nación –una
institución frágil con raíces que apenas cumplen medio siglo–
se derrumba en Ruanda, Uganda y el Congo, entre otros. De
hecho, también ocurren luchas similares dentro de las fronte-
ras de las viejas democracias liberales. Desde fines de la década
de I,,o, las reivindicaciones por el reconocimiento de identi-
dades basadas en el género, la raza, el lenguaje, la etnia y la
orientación sexual han desafiado la legitimidad de democra-
cias constitucionales establecidas.
Como reflejo de una dinámica social que apenas si hemos
comenzado a comprender, la integración global avanza al
mismo paso que la desintegración sociocultural, el resurgi-
miento de diversos separatismos y el terrorismo internacional.
Por cierto, no es la primera vez en la historia humana que la
homogeneización social, cultural y económica se ha topado
con la resistencia y la subversión, la protesta y la resignificación
por parte de aquellos interesados en proteger la autonomía de
sus modos de vida y sistema de valores. Basta sólo recordar la
resistencia de la clase obrera y campesina al advenimiento del
capitalismo industrial temprano en Europa Occidental. Sin
embargo, ya sea que llamemos a los movimientos actuales
“luchas por el reconocimiento” (Charles Taylor, Nancy Fraser
y Axel Honneth), “movimientos por la identidad/diferencia”
(Iris Young, William Connolly) o “movimientos por los dere-
chos culturales y la ciudadanía multicultural” (Will Kymlicka),
éstos señalan un nuevo imaginario político que catapultan al
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primer plano del discurso político el tema de la identidad cul-
tural, en el sentido más amplio del término.
En este libro examino los desafíos que se les plantean a la
teoría y la práctica de las democracias liberales debido a la co -
existencia de estos diversos movimientos en el mismo espacio
político-temporal, esa “extraña multiplicidad” de nuestro
tiempo, al decir de James Tully (I,,,). Al afirmar que las cultu-
ras se constituyen a través de prácticas controvertidas, sostengo
que la respuesta a esta “extraña multiplicidad” ha sido un nor-
mativismo prematuro en gran parte de la teoría política actual,
es decir, la reificación demasiado expeditiva de identidades
grupales dadas, el fracaso para cuestionar el significado de la
identidad cultural y el abandono de estas temáticas por parte
de la literatura sociológica e histórica, dominadas por el “cons-
tructivismo” metodológico. El resultado de este normativismo
prematuro es la implementación de políticas improvisadas que
corren el riesgo de solidificar las diferencias ya existentes entre
los grupos.
Por el contrario, propongo un modelo democrático delibe-
rativo que permita la máxima controversia cultural dentro de
la esfera pública, en las instituciones y asociaciones de la socie-
dad civil y a través de ellas. Aunque soy partidaria del univer-
salismo constitucional y jurídico en el sistema de gobierno,
también sostengo que ciertos tipos de pluralismo legal y de
participación en el poder a nivel institucional a través de par-
lamentos regionales y locales son perfectamente compatibles
con los enfoques democráticos deliberativos.
Distingo entre la vocación del teórico democrático y la del
teórico multiculturalista, y no cuestiono que la mayoría de los
multiculturalistas apoyan totalmente las prácticas e institu-
ciones democráticas. Sí difiero en el énfasis, así como en el
ordenamiento de nuestros principios. La mayoría de los teóri-
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cos democráticos celebran y apoyan las luchas de los movi-
mientos por el reconocimiento y por la identidad/diferencia,
en la medida en que también propugnen la inclusión demo-
crática, mayor justicia social y política y la fluidez cultural. Sin
embargo, los movimientos para mantener la pureza o particu-
laridad de las culturas me resultan irreconciliables con ciertas
cuestiones de tipo democrático o epistemológico más básicas.
Desde un punto de vista filosófico, no creo en la pureza de las
culturas, o incluso en la posibilidad de identificarlas como
totalidades significativas diferenciadas. Creo que las culturas
son prácticas humanas complejas de significación y represen-
tación, de organización y atribución, divididas internamente
por relatos en conflicto. Las culturas se crean a partir de diálo-
gos complejos con otras culturas. En la mayoría de las cultu -
ras que han adquirido cierto grado de diferenciación interna,
el diálogo con el (los) otro(s) es intrínseco antes que extrínseco
a la cultura en sí.
Si aceptamos la complejidad interna y el carácter contro-
vertido inherente a toda cultura, entonces las luchas por el
reconocimiento que buscan ampliar el diálogo democrático
denunciando la exclusividad y la jerarquía de los arreglos cul-
turales existentes merecen nuestro apoyo. Los movimientos
culturalistas pueden ser críticos y subversivos en la medida en
que sus motivaciones no sean conservacionistas. Importa
mucho si defendemos las exigencias culturalistas porque que-
remos preservar las culturas minoritarias dentro del Estado
democrático liberal, o porque deseamos ampliar el círculo de
la inclusión democrática. A diferencia del multiculturalista, el
teórico democrático acepta que la incorporación política de
nuevos grupos en sociedades ya establecidas resultará proba-
blemente en la hibridación de los legados culturales de ambas
partes. En la actualidad, las personas pueden elegir continuar
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con sus tradiciones culturales, o subvertirlas. De la misma
manera, los inmigrantes pueden ser incorporados en la cultura
mayoritaria a través de procesos de cruce de fronteras, borra-
miento de fronteras o modificación de fronteras entre culturas
dominantes y minoritarias (véase Zolberg y Long, I,,,). En
suma, la inclusión democrática y la continuidad y conserva-
ción de las culturas no tienen por qué ser mutuamente exclu-
yentes. En tren de escoger, valoro más el aumento de la inclu-
sión democrática y la igualdad que la preservación de la
particularidad cultural, aunque con frecuencia es factible
lograr ambas en cierta medida. La igualdad democrática y las
prácticas deliberativas son bastante compatibles con la experi-
mentación cultural y con los nuevos diseños jurídicos e insti-
tucionales que dan cabida al pluralismo cultural.
Propongo una perspectiva cultural, lingüística y política en
este debate, sobre la base de los ejemplos de la política cultural
tanto en España y los Países Bajos, como en Canadá y Turquía.
Una perspectiva comparada nos obliga a tomar conciencia en
términos de cómo los movimientos y demandas del mismo
tipo en un país pueden comportar significados muy diferen-
tes y dar distintos resultados en otro. La justicia multicultural
surge en los intersticios de dichos conflictos y paradojas; no
existen maneras fáciles de reconciliar, ya sea en la teoría o en la
práctica, los derechos de la libertad individual con los derechos
de la autoexpresión cultural colectiva. Partiendo de los conflic-
tos culturales actuales relativos a los derechos de las mujeres y
de los niños y niñas, propongo que una sociedad democrática
deliberativa pujante puede lograr hacer realidad las oportuni-
dades para la máxima autoadscripción cultural y la justicia
intergrupal colectiva.
En esta discusión se entretejen consideraciones de tipo em pí -
rico y normativo para demostrar que, dentro del modelo demo-
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crático deliberativo, la sensibilidad hacia la política de la cul-
tura y una férrea postura universalista no son incompatibles.
Al contrario de los intentos de otros teóricos de sacrificar ya
sea la política cultural o el universalismo normativo, sostengo
que un enfoque modernista de las culturas como creaciones de
sentido controvertidas y un enfoque universalista de democra-
cia deliberativa se complementan entre sí.
En lo que hace a una perspectiva más personal, desde que
escribí Situating the self: gender, community, and postmoder-
nism in contemporary ethics (I,,:), he sostenido que, bien in -
terpretado, el universalismo moral y político no es irreconcilia-
ble con el reconocimiento y el respeto de ciertas formas de
diferencia y su negociación democrática. He tratado de pro-
barlo demostrando cómo el universalismo podía tornarse
sensible y receptivo a las diferencias de género. En este libro,
examino formas de diferencia originadas principalmente en
modos de vida y prácticas culturales compartidos. Aquí no es
el género sino la cultura lo que se pone en primer plano, aun-
que, desde mi punto de vista, existe una conexión profunda e
inevitable entre la diversidad cultural y las diferencias relativas
al género (véase el capítulo ¡).
Este libro se inicia con una vena filosófica. La introducción y el
capítulo : desarrollan los aspectos filosóficos de mi idea de la
cultura, el relato de las identidades humanas, y esbozan el en -
foque de diálogos culturales complejos. Pretendo demostrar
que mi interpretación de las culturas como relatos en esencia
controvertidos y escindidos internamente es compatible con
un compromiso con la ética del discurso. Dado que existe un
alto grado de escepticismo sobre la posibilidad de reconciliar el
universalismo normativo y una visión pluralista y controver-
tida de las culturas, el capítulo : propone el siguiente interro-
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gante: ¿es etnocéntrico el universalismo? Luego de explicar que
no lo es, cuestiono las filosofías de la inconmensurabilidad
fuerte por su incoherencia –en el mejor de los casos– y sus
contradicciones intrínsecas, en el peor. Después de esclarecer
algunas cuestiones metafísicas que han plagado los debates
sobre el relativismo cultural, en los capítulos , y ¡ me concen-
tro en la política de la identidad y la política de la diferencia en
un contexto global. El capítulo , se centra en el notorio cam-
bio de paradigma de la redistribución al reconocimiento en la
política actual y examina tres teorías de reconocimiento cultu-
ral: las de Charles Taylor, Will Kymlicka y Nancy Fraser. Aun-
que considero inaceptables las premisas culturales preserva-
cionistas que guían algunas de las posturas de Taylor y
Kymlicka sobre estas cuestiones, coincido con Fraser en que el
reconocimiento de las identidades culturales puede ser consi-
derado como una cuestión de justicia universal. Sin embargo,
los conflictos en torno a los derechos de las mujeres y de los
niños y niñas que pertenecen a naciones culturales o grupos
inmigrantes minoritarios dentro de las democracias liberales
nos permiten ver, con suma claridad, las elecciones morales y
políticas implicadas en la defensa de la preservación de las
identidades culturales tradicionales por encima de los dere-
chos individuales. El capítulo ¡, “El multiculturalismo y la ciu-
dadanía de género”, discute estos dilemas en el contexto de tres
estudios de caso: la defensa basada en criterios culturales en la
jurisprudencia criminal en los Estados Unidos, el impacto del
código familiar privado en las vidas de las mujeres musulma-
nas en la India y el “affaire del pañuelo islámico” en la Francia
actual.
El capítulo , amplía el modelo del enfoque de doble vía de
la democracia deliberativa, que hace hincapié en la tarea de las
ins tituciones legislativas, políticas y judiciales oficiales de las so -
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ciedades civiles, así como el papel de las asociaciones ciudada-
nas, los grupos de interés y los movimientos sociales no oficia-
les en la esfera pública. Defiendo este modelo en contraposi-
ción a otras propuestas del pensamiento actual, como la del
“consenso superpuesto” de John Rawls, el “igualitarismo libe-
ral” de Brian Barry y las “jurisdicciones multiculturales” defen-
dida por Ayelet Shachar. Creo que un enfoque de doble vía
sobre las cuestiones y los conflictos multiculturales es una ruta
más viable que la que proponen estas teorías alternativas, que
tienden a concentrarse en la esfera pública oficial, excluyendo
un modelo de aprendizaje cultural a través del conflicto cultu-
ral más basado en la sociedad civil. También sostengo que las
instituciones federativas y ciertas formas de jurisdicción mul-
ticultural que no socaven los principios de la autonomía indi-
vidual y pública son perfectamente compatibles con la demo-
cracia deliberativa.
El capítulo o se centra en las transformaciones de la institu-
ción de la ciudadanía en Europa. En la actualidad, Europa está
atrapada entre las fuerzas unificadoras y centralizadoras de la
Unión Europea, por un lado, y las fuerzas del multicultura-
lismo, la inmigración y los separatismos culturales, por el otro.
Concentrándome en la situación de los nacionales de terceros
países en Europa, que son residentes aunque no ciudadanos en
países de la Unión Europea, analizo la problemática interde-
pendencia entre nacionalidad y ciudadanía en el desarrollo del
Estado-nación moderno. Creo que lo que estamos viendo en
las instituciones europeas es un “efecto de desagregación” a
través del cual se desarticulan los diversos componentes de la
ciudadanía, como la identidad colectiva, los derechos políticos
y el derecho a beneficios sociales. Los movimientos multicul-
turalistas actuales desempeñan un papel en esta gran transfor-
mación que se aleja, cada vez más, de las instituciones de ciu-
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dadanía y soberanía unitarias y se encamina a la “ciudadanía
flexible” y la “soberanía dispersa”. Finalizo con algunas obser-
vaciones sobre las consecuencias de estas transformaciones
para la factibilidad de la ciudadanía democrática en una civili-
zación global.
Aunque este libro se terminó de escribir en el verano de :ooI,
antes de los acontecimientos del II de septiembre, muchas de
las cuestiones discutidas aquí han cobrado mayor relevancia
desde los ataques al World Trade Center y al Pentágono. La
situación de hombres, mujeres, niños y niñas musulmanes en
las actuales democracias liberales europeas, así como la situa-
ción de las mujeres musulmanas en la India e Israel, que culti-
van modelos jurisdiccionales multiculturales, ocupan un lugar
central en mis hipótesis. Si nos detenemos en los dilemas y
perplejidades creados por los intentos de estos grupos de rete-
ner su integridad cultural dentro de los límites institucionales
de estados democráticos liberales seculares, podemos com-
prender las raíces del descontento que las redes de terrorismo
internacional han sabido cosechar para sus propios fines. No
son fáciles ni las respuestas normativas, ni las institucionales
sobre cómo reconciliar los deseos de las comunidades religio-
sas y étnicas musulmanas para continuar sus formas tradicio-
nales de vida mientras viven en una cultura que propugna el
universalismo democrático liberal. Algunos han llegado a la
conclusión de que la coexistencia no es ni posible ni deseable;
sin embargo, la gran mayoría de las personas musulmanas en
todo el mundo, y también otras en cuyo seno habitan, están
atrapadas en un experimento de aprendizaje democrático. En
este experimento, las reivindicaciones de las culturas para
mantener su variedad y para “adorar […] dioses antiguos y
obedecer antiguos mandamientos divinos”, al decir de Václav
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Havel, se encuentran y se mezclan en el contexto de una nueva
civilización global. Estamos atrapados en redes de interdepen-
dencias desconcertantes e increíblemente complejas. Las rei-
vindicaciones de las culturas para mantener su individualidad
frente a estas interdependencias pueden hacerse realidad sólo a
través de diálogos riesgosos con otras culturas, que pueden lle-
var a la separación y la controversia, así como a la comprensión
y el aprendizaje mutuo.
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