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EL CORAZÓN DEL ASESINO




MIGUEL ÁNGEL SÁNCHEZ DE LA GUÍA
















































































El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas;
El perfecto conocedor de los hombres las sabe hacer vibrar todas, como un buen
músico.


Charles Dickens


El bien y el mal tienen el mismo rostro.

Paolo Coelho





















































































Los callejones siempre han sido peligrosos, su falta inherente de luz han suscitado
que nuestra mente cree los más extraordinario peligros. Cuando somos niños monstruos,
criaturas surgidas de nuestra más profusa imaginación, y cuando llegamos a la edad
adulta, atracadores, violadores o asesinos, aunque no son más que los monstruos de
nuestra infancia que se han convertido en humanos para ganarse nuestra confianza, en
desconocidos que esbozan una sonrisa, que nos preguntan la hora, como llegar un lugar
o pedirnos ayuda para que caigamos en sus redes.
Podemos huir de esos monstruos, esquivar los callejones en la noche, darnos la
vuelta cuando observamos a un desconocido con aire sospechoso y volver pronto a casa
antes de que la noche nos alcance.
O podemos enfrentarnos a los monstruos o convertirnos en uno de ellos, ser una
bestia más que pueblan la noche, Y Joel Austerlitz era eso, un monstruo que mataba
monstruos, y lo hacía por lo único que le importaba en la vida, el dinero. Joel no
conocía otra profesión que no fuera la de sicario profesional. No había tenido tiempo de
pensar en monstruos imaginarios, ya que los monstruos de Joel habían sido de carne y
hueso desde siempre.

La tercera planta del Hotel Gran Imperial en Kambala, Uganda, estaba cerrada y
nadie era tan estúpido para preguntar por qué.
Podían verse a varios hombres deambulando por el hotel, vestidos con traje negro y
que guardaban sus armas en las cartucheras pegadas a sus costados sin importarle que la
gente las viera. Eran los guardaespaldas de Abjamí Nazari, un poderoso señor de la
guerra que aquella semana había elegido el hotel Gran Imperial de Uganda para reunirse
con solo él sabía quién, sus negocios eran de los más oscuros y turbulentos, aunque se
sabía que Nazari era el jefe de un ejército que reclutaba niños y niñas para entrenarlos
como soldados aún en contra de su voluntad, los cuales también servían para satisfacer
los más sádicos deseos de los soldados adultos, también se sabía que aquel caudillo de
la violencia administraba todo el tráfico de armas del país, vendiéndolas a diferentes
grupos terroristas como al-qaeda o las FARC.

El camarero avanzó despacio por los pasillos, portando la bandeja donde se ocultaba
el menú que el señor de la guerra había pedido, langosta asada con una ensalada de
brotes de soja y vino Château Margaux, a pesar de que sabía quien estaba en aquella
habitación, no parecía tener miedo, como si el que uno de los mayores asesinos del
mundo estuviera en aquel hotel ocurriera todos los días.
Los dos hombres de la puerta le detuvieron alzado las manos y con un semblante de
pocos amigos en su rostro, mientras su compañero se quedaba al lado de la puerta,
mirando a ambos lados como un autómata construido para tal fin. El camarero era alto,
con el pelo rubio, algo largo y recogido hacia atrás, su nariz era prominente, la cual
servía perfectamente para sujetar sus gruesas gafas de pasta cuadrada color negras y con
ojos de un marrón apagado, no pareció inmutarse ante la presencia casi solemne de
aquellos matones, retrocedió dos pasos y colocó las manos una sobre otra delante de su
entrepierna, como un jugador que hace de barrera ante un disparo de balón.
Uno de los dos guardaespaldas de Nazari levantó la cúpula de metal y observó la
langosta gratinada con mantequilla, hierbas y brandy, un plato sofisticado y ligero,
intentando que no se notara el gesto de hambre en su rostro, pues posiblemente ni él ni
su compañero habían probado nunca tal cosa, después observó también la ensalada, la
cual no llamó tanto su atención, y comprobó que la botella de vino estaba perfectamente
cerrada.
El camarero esperó obediente a que le dejaran pasar, con su rostro casi sin
expresión, impertérrito ante la situación, nadie podría imaginarse que en realidad era un
asesino a sueldo, uno de los más despiadados, y eficientes, según la gente para la que
solía trabajar.
Abjani Nazari era un tipo que, de no estar en aquel lugar, hubiera pasado
desapercibido, alto, de un negro profundo como el color de la parca, estaba vestido con
un albornoz del hotel, sentado en uno de los caros divanes de la habitación, mientras no
despegaba la mirada del televisor, el camarero colocó la bandeja delante de él y uno de
sus hombres le hizo un gesto para que saliera ipso facto de la habitación.
--Que aproveche—dijo en un perfecto suajili.
Salió de la habitación y bajó, con mucha calma, hasta la lavandería del edificio.
Nadie que trabajase ese día en el hotel se sorprendería de ver a alguien vestido de
camarero, incluso en aquella lavandería, donde, solo había tres mujeres que manejaban
con una maestría propia de su género las lavadoras. Una de ella le sonrió
generosamente, tanto que Joel Austerlitz, aquel sicario, creyó que buscaba algo más que
su simpatía.
--Salgo fuera a fumar—comentó.
Una vez en la calle, se alejó del edificio por los bellos jardines del hotel hasta un
vehículo de segunda mano, con una matrícula falsa, muy viejo, se subió en él y arrancó
para alejarse de allí para siempre.
Miró su reloj mientras conducía, a aquellas horas, el veneno que había inyectado en
la botella de vino, un cianuro muy potente y que él mismo había fabricado para
inyectarlo a través del corcho en el líquido, habría hecho efecto, Abjami Nazari estaba
muerto.
Condujo durante al menos una hora por la calles de Kampala hasta que decidió
volver a su hogar, o al menos al lugar que ahora era su hogar, jamás había tenido un
sitio fijo, y sabía que jamás lo tendría, la vida de un asesino a sueldo era así, o al menos
para él lo era, gracias a sus encargos tenía más dinero del que podría gastar en toda su
vida, y sabía que algún día se cansaría de todo aquello, haría un último trabajo y se
retiraría para siempre.
El apartamento donde vivía era un sucio lugar lleno de ratas, el sitio perfecto donde
esconderse, todo el edificio, de una sola planta, estaba vacío, así que subió deprisa las
escaleras y entró en su habitación si usar llave alguna.
En la pared, restos de lo que alguna vez fue un espejo reflejó su rostro, acercó las
manos a su pelo rubio y tiró de él hacia atrás, desprendiendo la peluca y dejando al
descubierto su verdadero pelo, de color negro y bastante corto, se quitó las gafas falsas
y agarró con el dedo índice y pulgar la nariz, quitándosela también, ya con su verdadera
faz al descubierto, guardó todo lo postizo en una bolsa de plástico y cogió del armario
una bolsa negra de deporte, sacó un pantalón vaquero y una sudadera gris, cuando se
hubo cambiado de ropa introdujo el disfraz de camarero en la bolsa de plástico y salió
con ambas bolsas en la mano.
Cuando se deshizo de de todo su ―atrezo‖, tirándolo con desdén a un contenedor,
sabiendo que nadie la encontraría, subió de nuevo a su coche y se dirigió al aeropuerto.


Me llamo Cristina Narváez, y mi vida es un auténtico desastre.
Si aquella mujer hubiera llevado un diario, si hubiera tenido la sacrificada afición de
escribir, o simplemente le hubiera dado por hablar consigo misma, en su pensamiento,
en la soledad de su madrileño apartamento, estas hubieras sido las primera palabras de
su relato.
Tenía treinta y cinco años y tenía la sensación de que no había encontrado ningún
sentido a su vida, con un trabajo que consideraba banal, vacío, como agente en una
discográfica, con apenas amigos o seres cercanos, tan solo tenía a su fiel secretaria
Catalina, una chica más joven y hermosa que ella y con una personalidad tan
desenfadada que a Cristina le hacía casi rechinar los dientes, una voz tan chillona que le
causaban escalofríos y ganas de estampar el bello rostro de aquella barbie contra la
pared y un vestuario mucho mas estiloso que el suyo, a pesar de todo eso y de que la
trataba con auténtico desprecio, Catalina era amabilísima con ella, y Cristina sabía en el
fondo de su ser que sin esa joven tan aplicada estaría perdida en todos los aspectos de su
vida.
Tampoco había tenido novio formal y hacía años que no se hablaba con su padre a
pesar de que el hombre insistía en conciliarse con ella.
Después estaba Tiana, la simpática, despreocupada y ligera compañera de piso, a la
cual debía mantener después de repetirle una y mil veces que se buscara trabajo, jamás
había adivinado de dónde sacaba el dinero aquella mujer de origen ruso, pero estaba
segura de que tenía más que ella, y sí, no le tenía un afecto especial, pero la chica se
consideraba amiga de ella y, por consiguiente, Cristina la tomaba como una amiga,
aunque mala amiga, en todo caso.
Cristina Narváez se consideraba una mala persona, y no le importaba ni demostrarlo
ni decirlo.

En ese día en particular de su vida, se levantó a las ocho de la mañana, su hora
normal de despertarse con un gesto de desconsuelo en su rostro, la luz entraba por
donde podía en su apartamento, pero no descorrió las cortinas de su dormitorio hasta
que se hubo duchado y vestido con un traje con falda de color gris, el día no era muy
soleado, pero no parecía que fuera a llover.
Salió a la cocina y se acercó a la encimera, la cafetera estilo americana, la cual pudo
ver que estaba vacía nada más entrar en la pequeña cocina, parecía abandonada desde
hacía meses a pesar de que ella recordaba perfectamente haber tomado café el día
anterior. Cogió la cafetera por el mango y la agitó, como si esperase que hubiesen
quedado gotas pegadas en el fondo.
--¿Tiana?--preguntó.
No obtuvo respuesta, pero sabía perfectamente que la mujer se encontraba en su
dormitorio, seguramente abrazada a un desconocido.
--¡Tiana!--gritó.
La mujer rusa con quien compartía piso salió de su habitación con una bata puesta,
tras ella, una espalda masculina todavía dormía en su cama.
--¿Que ocurre?--preguntó limpiándose las legañas de los ojos.
--¿Dónde cojones está el café?
--¿El café?
--Anoche esta cafetera estaba llena de café—se quejó Cristina—Yo misma lo
preparé para desayunar esta mañana.
--Ya, ya—dijo la muchacha—Vine con unos amigos y tomamos café...
--Estupendo--dijo Cristina—Y no se te ocurrió hacer más después. ¿Verdad?
--Tenia otra cosa en la cabeza—respondió Tiana señalando con la cabeza al tipo de
su cama.
--Ya, ya—dijo Cristina—Lo que tenías en la cabeza era la polla de ese maromo.
--¿No puedes desayunar otra cosa?
--No, por las mañanas me gusta el café solo y sin azúcar, negro como el pecado.
--Huy, hija—dijo su compañera—Que irritosa eres a veces. Anoche volviste tarde
¿Donde estuviste?
--Me quedé trabajando esta tarde—dijo Cristina—Algunos trabajamos. ¿Sabes?
Siempre intentaba ignorar las palabras mal pronunciadas de aquella mujer, lo cual
era sin duda a que era rusa de nacionalidad y alemana de nacimiento y aunque llevaba
casi cinco años en el país todavía no dominaba, por alguna extraña razón, el idioma por
completo.
Miró su reloj y cogió su maletín con rapidez.
--Me largo, joder—masculló.
Salió de la cocina y se detuvo solo un segundo ante la puerta del dormitorio
--¡Y tú!--dijo gritándole al tipo de la cama--¡Vete de mi puta casa ahora mismo!

Su coche era, para ella casi lo peor de su vida, lejos de contentarse, de agradecer a
quien quiera que mandase en su alborotado universo por tener un medio de transporte,
maldecía y maltrataba a aquel cacharro días tras día.
La ciudad la agobiaba cada día más, nunca escuchaba la radio del coche, la cual ni
siquiera recordaba haberla estrenado cuando compró aquel viejo auto de cuarta o quinta
mano.
-¡Que asco de ciudad!--se dijo a sí misma—No hay más que perdedores y
engreídos...
No tardó, a pesar del antiguo motor, ni una hora en llegar a su puesto de trabajo, un
edificio de diez plantas donde se albergaba, en la planta octava, la oficina creativa de la
discográfica Sound Spectrum Records, más conocida por todos como S.S.R.
Su jefe era Gerardo Espinosa, un tipo simpático, bonachón, que según la opinión
popular había trabajado duro para formar aquella discográfica, y solo tenía unos
cuarenta años, siempre presumía de que su vida no había sido nada fácil, aunque para
Cristina no era más que un músico fracasado y quejica.
Entró en el edificio sin saludar al portero, entró en el ascensor y subió en silencio,
escuchando el hilo musical del edificio como si fuera una dictadura sonora que le
condenaban a aguantar.
Tal y como intuía, Catalina la esperaba sentada en su pequeña mesa que antecedía a
su despacho, la buena de Catalina Orizabal, siempre tan jovial, inquebrantable aunque la
vida la tratara mal, la sacaba de quicio constantemente.
--¡Hola!--saludó coloquialmente al verla.
Cristina entró en su despacho sin saludar, se sentó a su mesa y vio como Catalina
entraba por la puerta.
--Prepárame un café ahora mismo—ordenó--No quiero que te dirijas a mí hasta que
haya acabado mi maldito café.
Catalina asintió deprisa y salió, por suerte, y era para Cristina la única virtud de
aquella joven, era obediente y rápida, pocas veces fallaba o se equivocaba, y no tardó en
aparecer con una taza de café tal y como le gustaba a su jefa, solo y sin azúcar, como
recién salido de la caña.
Cristina dio un largo trago ante la mirada de la secretaria y por fin creyó conveniente
mirar a la joven, como si de repente hubiera aparecido allí, delante de ella como un
fantasma.
--¿Que tenemos hoy?--preguntó--¿Que plan?
--A las diez tiene la reunión con el jefe y con ese grupo de rock para concretar el
storyboard del videoclip, después una sesión de fotos con otro grupo, ¿Ese que el
cantante tenía el pelo azul?
La miró sonriendo, pero Cristina ni si quiera se molestó en mirarla, así que borró la
sonrisa de su joven cara con un gesto de tristeza.
--Vale, vale—dijo Cristina—Ahora vete de mi vista.
Catalina salió deprisa del despacho como quien logra escapar de un campo minado,
mientras se sentaba de nuevo en su mesa se preguntó por qué continuaba trabajando allí.

El día era frío en Múnich, aunque Joel Austerlitz recordaba días más helado que
aquel, estaba acostumbrado a ese ambiente húmedo y casi gélido a veces de Alemania.
Su apartamento allí era un loft grande e iluminado, tenía varios lugares alrededor de
todo el mundo, pero sin duda ese era el que más le agradaba. Con el albornoz puesto y
una taza de té en la mano, se dejó caer en el sofá y encendió el televisor, donde vio
como las noticias anunciaban la muerte del señor de la guerra Abjamí Nazari por
envenenamiento, y como las organizaciones pacifistas del mundo celebraban la muerte
del tirano, era una celebración sin sentido, al menos para Austerlitz, pues sabía, como
sabía todo el mundo, que otro señor de la guerra ocuparía su lugar, si no lo había hecho
ya, otro perro con distinto collar.
Estaba terminando su té cuando llamaron a la puerta, se levantó despacio del sofá,
sabía que no era ningún vecino, ningún vendedor ambulante ni ningún testigo de
Jehová, solo podía ser un nuevo encargo de sus jefes, una organización de la cual no
sabía ni el nombre y que sabía no debía preguntarlo, porque tampoco le importaba lo
más mínimo, simplemente se encargaba de hacer lo que le ordenaban y punto, después
recibía el dinero en su cuenta de las Bahamas, la cual iba engordando cada vez más día
a día.
Abrió la puerta y vio el sobre en el suelo, como siempre, era un sobre amarillo, sin
ninguna palabra escrita, entró, cerrando de un portazo la puerta y lo abrió rompiendo un
extremo de este.
Y como siempre, dentro solo había una foto de su próximo cliente, si es que podía
llamarse así a la persona que iba a asesinar, con un folio donde, mecanografiado, estaba
escrito el lugar y la ocasión más indicada para hacer el trabajo, además de donde se
alojaría el individuo.
El tipo era un hombre delgado, de pelo rubio, y seguramente famoso, la foto había
sido recortada de algún periódico, vestía de traje y estaba sonriente, por suerte o
desgracia para Joel, jamás leía la prensa, y solo veía las noticias como en aquella
ocasión estaba haciendo, para corroborar que su trabajo había salido bien.
--Guillermo Capdevila—leyó para sí—Madrid, España. Casado y sin hijos, cada
martes desayuna en el café Sinatra de Madrid, en la calle de Goya.
Encendió la chimenea y quemó el sobre con todo dentro, tal y como siempre hacía,
tenía dos días para ir a España y hacer el trabajo, tiempo más que suficiente para él.
En su loft había una habitación cerrada con llave, además de estar protegida con una
clave y un lector de huellas dactilares que solo respondía a su dedo índice, dentro tenía
todo lo necesario para trabajar, armas, pasaportes falsos de cualquier país del mundo,
millares de aparatos para burlas alarmas, cortar cristales o fabricar explosivos, en caso
de que los necesitara además algo de dinero, unos quince mil euros, y su equivalente en
alguna que otra moneda extranjera, en billetes nuevos.
No cogió ningún arma, sabía que no podría pasarlas por aduanas y además sabía
donde conseguir un arma que no se pudiera rastrear en cualquier país.
Con un pasaporte nuevo en el bolsillo, que respondía al nombre de un tal Carlos
Aguilar, se vistió despacio y llenó una bolsa de viaje con dos trajes nuevos y ropa
interior, si había suerte y todo iba como lo previsto, los trajes se quedarían allí, sin
estrenar, también llenó sus bolsillos con mil euros que gastaría en comida o transporte.
En menos de cinco minutos, como siempre, estaba de camino hacia el aeropuerto de
Múnich.

Guillermo Capdevila era posiblemente el hombre más rico de España, en más de una
ocasión había comido o cenado con diferentes diputados o incluso con el presidente del
gobierno, y en todas ellas hubiera podido decirles, si hubiera querido, que ganaba
muchísimo más que todos ellos juntos, pero Capdevila, además de millonario, era un
filántropo, cuya personalidad, al menos de cara al público, no le permitía alardear de tal
fortuna, había construido escuelas en Ruanda y el Sahara, además de haber fundado
numerosas oenegés para ayudar a los drogadictos y vagabundos.
Esos detalles, además de desconocerlos, a Joel Austerlitz no le importaban lo más
mínimo, jamás se interesaba por la vida de sus clientes, y siempre hacía el trabajo
fueran quienes fueran, solo tenía una regla, no mataba ni a mujeres ni a niños.
Recordaba que hacía tiempo había leído que el noventa y ocho por ciento de los
individuos con trastornos psicóticos, como por ejemplo, violadores, asesinos en serie o
pederastas, eran de sexo masculino, quizás por eso Austerlitz no consideraba a las
mujeres ni a los niños personas capaz de hacer mal alguno, sabía que había sicarios que
si aceptaban ese tipo de encargos, lo cual a él tampoco le importaba.
Entró en el aeropuerto caminando deprisa, como el hombre de negocios que quisiera
coger un vuelo importante, vestido de traje y con un maletín y su bolsa negra, jamás
levantaría las sospechas de nadie que se cruzara con él.
Fue hacia las taquillas y se acercó a la mujer que había tras el mostrador, al cual le
habló con una sonrisa en su fina y atractiva boca.
--Bienvenido-- le dijo.
--Tengo un billete reservado para el vuelo de las once—dijo Austerlitz con la misma
simpatía en su voz—A nombre de Carlos Aguilar.
Le entregó el pasaporte y la mujer imprimió su billete, en primera clase, Joel
hablaba alemán, pero con acento Español perfectamente fingido, además era atractivo,
esbelto, con unos ojos marrones que hicieron que la azafata se olvidara siquiera de mirar
la foto del pasaporte, aunque de haberlo hecho, hubiera visto que era idéntica al tipo que
tenía delante, le entregó el billete sin borrar la sonrisa de su rostro, pensando que aquel
tipo sería el más atractivo que se encontraría hoy en su jornada laboral.
--Gracias por volar con Air Berlín—dijo antes de que Joel se diera la vuelta y
comenzara a caminar hacia la terminal.
Franqueó la bolsa negra con su ropa y se sentó en la primera silla que encontró, su
vuelo saldría en media hora.

El Boeing 777-200 ER, con una capacidad para 440 pasajeros en primera clase y una
autonomía de 14.636 km, despegó sin ningún problema a pesar de que una espesa niebla
comenzaba a acomodarse en la ciudad, Joel Austerlitz iba sentado pegado a la
ventanilla, en el asiento 21,no muy lejos de la cabina de los pilotos pero tampoco cerca
de la cola, tal y como a él le gustaba viajar, una vez despegaron, pidió un ginger-ale y
abrió su maletín, colocándolo sobre sus rodillas, dentro llevaba pocas cosas, un teléfono
móvil, sin estrenar, de tarjeta y comprado, obviamente, con un carnet falso, un paquete
de chicles de menta polar, dos paquetes de tabaco rubio ―Winston‖ y un libro, cuando la
azafata volvió con su bebida sus ojos pasaron por la portada de este para leer el nombre
de Rainer María Rilke, le sonrió y se alejó por el pasillo pensado que ya no quedaban
hombres tan cultos y atractivos como aquel que estaba allí sentado.

Cristina Narváez casi corrió por los pasillos de la discográfica hacia la sala de
reuniones, la sesión de fotos se había alargado tanto, debido a las exigencias del artista,
que había durado una hora más, por suerte ya veía la chupa de cuero de uno de los
componentes del grupo de Death metal en la sala, lo cual le indicó que la habían
esperado.
Apoyó su mano en el pomo y abrió despacio, llevaba una sonrisa en la cara y estaba
dispuesta a deslumbrar a aquellos metaleros que apenas sobrepasaban entre todos los
veinticinco años.
En la mesa cuadrada, vio a Gerardo Espinosa, siempre impecable, con sus ochenta
kilos de peso y su pelo blanco, a su lado vio a Pedro Vasconcellos, que la sonreía como
un payaso que surgiese de una caja enganchado a un muelle.
--¿Que ocurre aquí?--preguntó.
Nadie la respondió.
--He preguntado que cojones ocurre aquí—repitió ella.
Gerardo Espinosa levantó la mano ante sus clientes y se levantó despacio de su silla,
Cristina vio como caminaba hacia ella y la empujaba muy suave hacia fuera de la sala.
--¿Que ocurre?--preguntó ella de nuevo—Este proyecto era mío, y lo sabes, que
hace ahí el trepa de Pedro.
--No digas eso—dijo el hombre.
Gerardo Espinosa siempre hablaba acompasadamente, con un tono tranquilo, todo el
que le conocía sabía que aquel tipo no solía enfadarse demasiado, una cualidad que
Cristina en ocasiones agradecía y en ocasiones odiaba, en aquel momento, incluso le
dolía la cabeza al oírlo.
--Dime porque cojones está ese tipejo ahí dentro.
--Pues verás, Cristi—dijo el hombre—Pedro actuó por su cuenta y habló con el
grupo temprano, le mostró un proyecto nuevo y al grupo le gustó más.
--¡Maldita sea, Gerardo!--gritó Cristina--¡Me ha robado mi proyecto!
--Aquí no hay proyectos de nadie, cielo—le respondió el hombre—Todos somos un
equipo.
--¡Equipo y una mierda!--gritó Cristina—Ese cabronazo lleva quitándome proyectos
desde que entré.
--No te preocupes por eso, cariño—dijo el hombre—Porque tú seguirás cobrando lo
mismo.
--Si no es eso, Gerardo—dijo Cristina—Es por dignidad, ¡Joder!
Estaba esperando el momento en el que Pedro saliera de la habitación, porque sabía
que sin duda llegaría, para Cristina Pedro era un déspota capaz de hacer cualquier cosa
por llegar a lo más alto, sus tropelías por conseguirlo eran de sobra conocidas, como
aquella vez que durante días había seducido a una joven becaria para conseguir
acostarse con ella, tras lo cual había contado a los cuatro vientos las intimidades de la
joven para que dimitiese.
--¿Dignidad?--preguntó mirándola de arriba a abajo—Pero desde cuando has tenido
dignidad.
--¡Cállate que te meto una ostia!--gritó Cristina alzándole la mano.
--¡Cris, Cris!--la detuvo Gerardo--¡Tranquilízate, no puedes hacer eso!
--¡Cómo que no!--gritó ella--¡Hoy a este tío le parto su puta cara!
Se abalanzó sobre él llena de rabia, porque si había algo que a Cristina le sobraba,
era rabia, una rabia que tenía acumulada desde hacía años, y aunque Gerardo intentó
detenerla, lo único que consiguió fue caer de culo al suelo, atontado y algo
impresionado por la repentina furia de la mujer. Cristina por fin pudo llegar hasta su
enemigo, no dudó en aferrar el rostro blanquecino y sobre cuidado del hombre con sus
largas uñas, pintadas de rojo, para arrastrar después un arañado por toda su mejilla.
El grito de dolor de Pedro hizo que los jóvenes metaleros de dentro se levantaran y
salieran corriendo alarmados por el grito, como si creyeran que se estuvieran perdiendo
un espectáculo importante.
--¡Ya Basta, Cristina!--gritó Gerardo.
Se levantó, frotándose las nalgas debido al dolor, por suerte estas eran lo
suficientemente gordas como para haber amortiguado bien el golpe.
--¡Maldita puta!--gritó Pedro tapándose la mejilla dañada--¡Te voy a hundir! ¡Voy a
acabar con tu carrera!
--¡Se acabó!--dijo Gerardo enfadado.
Seguramente era la primera vez que Cristina le veía enfadado de verdad.
--Es mejor que te vayas—dijo con el rostro sudoroso y la voz temblorosa, propios de
un hombre que aborrecía la violencia—Vete a casa, anda.
--¿Me estás despidiendo?--preguntó Cristina.
--No, solo te estoy mandando a casa—respondió el hombre—Cuando te hayas
calmado vuelves.
Todo el mundo había salido de sus despachos, de la sala de proyecciones y de
montaje, y del estudio de fotografía, alarmados como ese grupo de música, entre ellos
Catalina, la cual observaba sin saber muy bien que hacer.
--Muy bien—dijo Cristina—Me marcho de este circo, que os den por culo a todos.
Entró en su despacho y cogió su bolso, Catalina se acercó a ella como si su jefa
hubiera sobrevivido a un accidente.
--¿Está bien, jefa?--le preguntó.
--Ya no soy tu jefa—dijo Cristina—Acaban de mandarme a casa.
--Pero...pero...--tartamudeó la joven--¿Qué hago yo ahora?
--Habla con Gerardo—dijo Cristina—Yo ya no pinto nada aquí.
Ante la mirada estupefacta de su secretaria, salió de su despacho ignorando las
miradas que la seguían hacia el ascensor, sus ojos estaba a punto de romper en lágrimas,
pero no quería darle la satisfacción a Pedro Vasconcellos de verter ni una sola lágrima
por él.
Bajó hasta el aparcamiento y caminó deprisa hacia su coche, sentía la imperiosa
necesidad de escapar de aquel lugar, y sabía que todos sus compañeros tenían la
seguridad que no iba a volver más.
Subió a su coche maldiciendo todo su mundo, pisó a fondo el acelerador y condujo
deprisa hacia la salida.
--¡Hijos de puta!--farfulló--¡Hacedme eso a mí, no saben con quién se están jugando
los cuartos!
Frenó de golpe, haciendo que las ruedas de su Renault 19 derraparan, miró a través
de la sucia ventanilla y observó el BMW serie tres color negro metalizado, con llantas
de aleación y lunas traseras tintadas, el coche de Pedro Vasconcellos.
--Y encima el cabrón tiene ese coche y esa casa...--farfulló.
Jamás había estado en casa de Pedro, pero intuía, al ver su coche, que era mucho
mejor que su diminuto piso, que encima tenía que compartir.
--¿Quien coño se ha creído que es?--dijo abriendo la puerta—Yo me iré a la calle,
pero él se va a quedar sin su juguetito.
Abrió el maletero con rabia, en parte por la furia que sentía y en parte porque se
necesitaba una gran fuerza para abrir cualquier puerta de aquella tartana, dentro, apenas
tenía nada, un parasol viejo de publicidad, un limpia cristales de coche y su antirrobo,
que jamás había usado ya que pensaba que ningún ladrón coherente robaría aquel fiasco
de coche. Miró a su alrededor y cogió el antirrobo, dejando las puertas de su coche
abiertas.
--Ahora verás—dijo.
Caminó hacia el BMW negro y alzó su brazo armado, el cristal trasero estalló a la
primera, lo cual le agradó, había pensado que necesitaría más de un golpe para
romperlo, cuando estalló los pedazos saltaron por el suelo del aparcamiento dejando al
descubierto una tapicería de cuero blanco. Repitió el gesto con los focos traseros a la
vez que escuchaba como una voz masculina la llamaba.
El guardia del aparcamiento era un tipo delgado, no era fuerte ni, seguramente,
inteligente, aunque siempre le había caído bien aquella mujer, a la que miraba las
piernas con disimulo cuando llegaba.
--¡Cristina!--exclamó--¡Pero qué haces!
La mujer se volvió y le miró, a pesar de que el hombre iba armado con una porra,
sabía que no la sacaría, se volvió de nuevo hacia el vehículo, con la luna y los focos
traseros hechos pedazos, y decidió que el pobre coche ya había recibido lo suyo.
--¡No puedes hacer eso!--se quejó el guardia.
--Pues ya lo he hecho—dijo Cristina con el antirrobo todavía en la mano.
Delante de la mirada impresionada del tipo, el cual jamás se había enfrentado a tal
situación, guardó el antirrobos y cerró de un portazo la puerta del maletero, cuando
subió a su coche y aceleró de golpe un humo negro llenó todo el aparcamiento
provocando la tos del guardia, el cual no podía dejar de mirar aquella obra de ingeniería
alemana convertida ahora en basura.

Joel Austerlitz abrió la puerta de su apartamento madrileño, era casi minúsculo, pero
solo estaría allí un par de días, hasta que cumpliera su trabajo.
La luz entraba por la ventana, la cual abrió solo un poco para limpiar el olor a aire
viciado que el tiempo había acumulado allí.
Había un pequeño mueble con una televisión encima, algo antigua, delante de un
sofá y una consola de cristal, no recordaba haber estrenado nunca la cocina, pues
aunque sabía cocinar, y muy bien, siempre comía y cenaba fuera, el dormitorio tenía un
armario empotrado, que ahora estaba vacío, y una cama de matrimonio con un cuadro
sobre él, los cazadores en la nieve de Pieter Brueghel el Viejo, comprado en el rastro de
Madrid.
Sacó los trajes de la bolsa y los colgó en el armario, sentía el estómago vacío, es
más, estaba muerto de hambre, por lo que decidió salir a comer algo.
Los restaurantes de Madrid siempre le habían gustado, sobre todo en aquella parte
antigua que comprendía la plaza mayor y sus alrededores, además siempre había
considerado la gastronomía española como una de sus favoritas, después de la japonesa,
Entró en un viejo restaurante, con mesas de madera y azulejos de extrañas flores en
las paredes, cerca del arco de cuchilleros, el ambiente era agradable, nada más pasar una
mujer joven, con el pelo recogido y su blusa blanca con los primeros botones
desabrochados de modo que el escote de sus grandes pechos atrajeron sin querer los
ojos de Joel como si se hubieran imantado de repente, le preguntó si iba a comer solo o
acompañado, tras responder, en un español perfecto pero sin tratar de disimular el
acento, (hubiera podido disimularlo si hubiera querido) que iba a comer él solo, la
recepcionista le condujo hasta su mesa, una mesa cuadrada cubierta con un impoluto
mantel blanco, donde había un candil con una vena a modo de adorno, se sentó y la
muchacha le entregó la carta sin dejar de sonreírle.
Abrió la carta y observó la puerta por encima de ella, mirando por el rabillo del ojo
como la chica hablaba de él con otras dos mujeres, no más bellas que ella, y se reían por
lo bajo.
Pidió una ensalada y carne de ciervo a la brasa, acompañado con un vino tinto algo
caro.
Comió en silencio, acompañado tan solo por los demás comensales, los cuales
podían ser unos quince a lo sumo, y que hablaban de cosas banales, que a Austerlitz no
le importaban lo más mínimo, y el sonido del televisor, donde anunciaban noticias
políticas y de economía, Joel Austerlitz consideraba odiosos a todos los políticos, fuera
cual fuera su ideología, raza o religión, para él, si había un tipo de persona que sobrara
más en el mundo, que se mereciera más la extinción, eran los políticos.
Tardó algo más de una hora en comer y pedir el postre, café solo, sin leche ni
azúcar, después la muchacha le trajo la cuenta sin borrar la sonrisa de su rostro. Joel
pagó, dejando una suculenta propina, se levantó y se dirigió hacia la barra de recepción,
donde otra mujer, esta algo más mayor y para nada más bella que la que había atendido
a Joel, le sonrió haciendo que sus mejillas se sonrojaran sin razón aparente. Joel pidió
un purillo de tabaco y salió fuera.
Encendió el pitillo a pocos metros de la puerta del restaurante, pensativo, se sentía
bien después de haber llenado el estómago.
--¿De dónde eres?
La voz melodiosa hizo que se volviera despacio, la camarera guapa estaba tras él,
también fumando, en el que era su descanso de cinco minutos, el que tomaba todos los
días, para fumarse un cigarro y aliviar un poco su rutina laboral.
--De Alemania—respondió Joel.
--Gracias por la propina—sonrió la joven.
--Me has atendido bien—dijo él asintiendo con una leve sonrisa.
--¿Has venido por negocios o por ocio?
--Por ocio, supongo—dijo Joel Austerlitz.
La joven dio un paso hacia él para colocarse frente al hombre, allí, Joel pudo verla
mejor, a la luz natural del sol, era bastante más guapa de lo que le había parecido,
calculó que no tendría los treinta, quizás veinticinco o veintiséis años, pechos grandes,
caderas anchas y muslos redondeados, sus labios eran gruesos y pintados de un carmín
rojo, y sus grandes ojos parecían querer adentrarse en los del hombre. Si duda era la
candidata perfecta para pasar una noche en compañía, sin más esperanzas que un mero
entretenimiento.
--Soy Marta, por cierto—dijo.
--Yo me llamo Joel—contestó él.
Sintió los labios de la joven en sus mejillas.
--¿Es la primera vez que vienes a Madrid?--le preguntó.
--No, no—respondió él—He venido más veces, porque me gusta Madrid.
Miró su reloj con disimulo, eran las cuatro de la tarde, decidió ir al grano, de todas
formas, o tenía nada que perder, podría ser aquella joven o una prostituta, lo mismo le
daba.
--¿A que hora sales?--le preguntó.
La joven frunció el ceño, por un momento Joel pensó que aquel cuerpo no estaría en
su cama aquella noche, que aquella joven camarera no era de las que se marchaban con
un desconocido a su casa o a un hotel, después la vio sonreír y sonrojarse como una
adolescente que hablara con el jovencito que le gustase.
--A las nueve—respondió.
--Pues a las nueve estaré en esta misma esquina—dijo él.
El hombre sonrió, estaba claro que ambos buscaban lo mismo.
Una voz femenina surgió de dentro del bar.
--¡Marta!
--Tengo que irme—dijo la joven tirando su cigarrillo—Bueno, pues hasta esta
noche.
Cuando entró en el restaurante Joel comenzó a caminar por la primera calle que
encontró, de regreso a su apartamento, cuando llegó, cansado, se tumbó en la cama y no
tardó ni dos minutos en dormirse.

Cristina Narváez llegó a casa más desahogada, al contrario de las demás personas, o
al menos la gran mayoría de los habitantes del mundo, Cristina no creía tener
conciencia, jamás se había sentido culpable por nada, algo que le había servido para
llegar a donde había llegado en la vida, una ventaja que no duraba en aprovechar si se
daba la ocasión.
Lo primero que vio cuando entró en su apartamento fue a Tiana, tumbada en el sofá,
sin pantalones, y viendo un reality en el televisor, en la mesa todavía quedaban restos de
comida basura y coca-cola.
--Llegas pronto—le dijo al verla.
--¿Esto es lo que haces cuando no estoy?--le preguntó Cristina dejando caer su bolso
al suelo--¿Ponerte como una vaca mientras ves tele basura? Ponte los pantalones y vete.
Tiana la miró con un gesto en su cara que era una mezcla de extrañeza y miedo,
siempre había temido que aquella mujer la echara de casa, pero jamás hubiera pensado
que ese día llegaría tan pronto.
--Pero... espera—dijo bajando los pies al suelo—No tengo a donde ir, Cristina,
somos amigas, ¿Vas a dejarme en la calla?
--En la calle, maldita rusa, en la calle—corrigió Cristina—Y no quiero que te
largues, quiero que salgas a buscar un puto trabajo.
--¿Trabajo?--preguntó Tiana--¿Es que te han despedido?
Cristina se apoyó en la encimera con un gesto de cansancio.
--Eso parece—dijo.
--¿Y que vas a hacer? ¿Buscar otro trabajo?
--No solo yo, bonita—dijo Cristina—Las dos, tu y yo.
--Hay chica—contestó la rusa—Tu lo que necesitas es irte de fiestas.
--Fiestas, fiestas—repitió Cristina—Tu solo piensas en la fiesta.
--Hay que vivir la vida. ¿Cuánto tiempo haces que no sales de marcha?
--Ya ni me acuerdo—respondió la mujer—Y es porque no me gusta.
--No te gusta—dijo Tiana--A saber lo que te guste a ti.
--Pues por ejemplo, trabajar—espetó la mujer con enfado—Y ganarme la vida
decentemente. Yo no soy ninguna mantenida como tú.
--Haz lo que quieras—dijo su compañera de piso—Pero esta noche yo salgo de
marcho, si quieres acompañarme puedes hacerlo, tú misma.
Entró en su dormitorio, dejando la puerta abierta, Cristina la siguió, la discusión no
había terminado para ella.
--¿Crees que cambiando de tema vas a librarte de trabajar?—le preguntó--¡Tenemos
que pagar este apartamento, y comer! ¿O es que no piensas comer?
--El dinero no es ningún problema—dijo la mujer.
--Será para ti.
--Hay, chica—repitió la rusa, de pie frente a ella—Búscate un buen hombre que te
mantenga y listo.
--Eres una maldita cosaca salida—la insultó Cristina—O te buscas un empleo o te
largas de aquí.
--Estás enfadada y no sabes lo que dices—dijo Tiana, en el fondo deseando que no
hablara en serio—Esta noche vamos a salir y vas a relajarte, y no acepto un no por
respuesta.
Cristina alzó las manos delante de ella, como si de repente no quisiera verla.
--Vete a tomar por culo—dijo antes de salir de la habitación.

Cuando Joel Austerlitz había entrado en aquel restaurante, cuando había visto los
ojos azabaches de aquella joven y su sonrisa seductora, jamás habría imaginado la
vitalidad, las ganas y el vicio que desprendía en la cama, más bien le había parecido una
mojigata, la cual se aferraría a su cuerpo desnudo con deseo, pero con paciencia, y con
el pudor escondido en lo más hondo de su femenino cuerpo.
En vez de eso, aquella joven quería más y más, Joel la había abrazado mientras la
penetraba despacio, por primera vez en aquella noche, a lo cual la chica había
respondido con un gemido de placer, acariciando el cabello del hombre mientras él
besaba sus pechos, hundiendo su cara entre ellos, perdiéndose en el calor que estos le
ofrecían. Las caderas de la joven se movían a un rito desbocado, haciendo que la cama
se moviera como si en ella hubiera un poseído, en el suelo del apartamento de
Austerlitz, durante varios minutos en los que ninguno de los dos quisiera terminar, para
no romper la pasión de aquel momento, después ella se había separado para darle la
espalda, como si quisiera decirle sin palabras que su cuerpo no tenía límites, mensaje
que Joel captó al instante, así habían pasado minutos y minutos, casi una hora en la que
ambos ya estaban sudorosos y casi exhaustos, sabedores de que pronto alcanzarían
juntos el orgasmo.
--¡Más rápido!—pidió la joven de repente, tumbada bajo él y sin dejar de mirarle a
la cara—Que ya llego, ya llego, joder.
Joel empujó con más fuerza, más rapidez, captando todas las señales de ella, el
escalofrío, como abrió más las piernas para recibirle, como se relamió sus gruesos
labios.
Cuando alcanzaron el orgasmo ambos gritaron, ella, como si la estuvieran torturando
en vez de recibir placer, se estiró en la cama como si de repente quisiera escapar de allí
aunque Joel sabía que no era así.
Después, se tumbó sobre los pechos de la chica, los cuales para aquel hombre eran
mejor que cualquier almohada que pudiese encontrarse en Madrid.
Cuando despertó, la camarera ya no estaba, lo cual para él era de esperar, es más, se
hubiera sentido incómodo si se hubiera encontrado allí a aquella joven.
Salió de la cama y se dio una larga ducha caliente, salió con el albornoz puesto y
sintiéndose de nuevo lleno de energía, tomó té y volvió a la cama para dormir,
introduciéndose desnudo en ella, mañana mataría a Guillermo Capdevil la.

Para alguien como Cristina Narváez, una discoteca era un lugar horrible, para
alguien tan misántropo, antisocial y susceptible, aquellos sitios eran un infierno, se
sentía como una creyente en tierras impías, cuya única solución era salir corriendo de
aquellos agujeros oscuros o beber hasta casi olvidar donde estaba.
--Todavía no sé como me has convencido—dijo gritando en el oído de Tiana.
--Venga, si te va a gustar—respondió la joven.
Caminaron abriéndose paso entre el pelotón de gente del local a ritmo de bakalao y
reggeatón, individuos que bailaban como zombies, dominados por las manos del dj que,
siendo a su vez dominado por otras sustancias psicotrópicas, manejaba la mesa de
mezclas. Cristina notó como si un insecto picara su glúteo derecho sobre sus pantalones
negros, que se ajustaban a su trasero, se volvió y observó el rostro joven, demasiado
para estar en aquel lugar, de un chiquillo que seguramente todavía estaba en el instituto,
el cual la miró algo sorprendido.
--¡Vas a tocarle el culo a tu puta madre!—le gritó.
El chico palideció de repente, miró a su alrededor algo desorientado, buscaba una
vía de escape después de comprender que su acto, movido seguramente por las
hormonas de adolescente que dominaban su cuerpo como si habitara un demonio en él,
había sido inapropiado, cuando vio un hueco entre las personas casi corrió por él. Tiana
lo había visto todo y sonreía cuando Cristina la miró.
--¡Que!--dijo esta al verla.
--Has sido muy cruel con el chiquillo.
--Me ha tocado el culo—se quejó Cristina—No sé como se atreve.
--Hay, Cris—dijo la rusa—Son chavales.
Cogió la mano de la mujer y al condujo hacia unas escaleras, las cuales también
estaban plagadas por jóvenes, algunos en pareja, que se besaban como si no hubiera
mañana. Al terminar las escaleras Cristina pudo ver unos sillones, que en forma de luna
estaban pegados a una pared, frente a una mesa cuadrada con vasos vacíos, Tiana la
condujo hasta uno de ellos, el único que estaba libre.
--Además es normal—continuó hablando la rusa—Tienes un buen cuerpo, no sé
como no le sacas más partido.
Cristina se sentó a su lado con aire de agotamiento.
--Perdona si no quiero follar con el primero que vea—dijo.
--Estos jóvenes están deseando encontrar a una mujer como nosotras—dijo la chica,
como si no hubiera oído su comentario—Tienes que disfrutar más de la vida, Cristi.
--Lo que tú digas, miss Robinson—dijo Cristina—Ahora ve y pídeme un bourbon
doble.
--Si, eso es—dijo la rusa levantándose—Verás como al final te diviertes, cariño.
La vio bajar de nuevo las escaleras, saludando y sonriendo a cualquier desconocido
que veía y atrayendo inevitablemente las miradas hacia su cuerpo, vestido con una
minifalda casi minúscula, con medias de rejilla, y una blusa escotada.
--Va a ser una noche muy larga—pensó cuando la vio desaparecer.
Cuando la extranjera volvió con las copas, casi tres cuartos de hora después, Cristina
había rechazado las insinuaciones de tres hombres, aceptado el cigarrillo de dos e
insultado mentalmente a varias jóvenes que vestían mejor que ella.
--¿Has ido a Escocia a por mí copa?--le preguntó al verla.
--Había mucha gente—se excusó Tiana.
Bebió un trago largo de su bourbon, que le supo como a ambrosía y le mojó su seca
boca.
--Hoy le he destrozado el coche a un cabrón—dijo.
Tiana estaba bebiendo de su vodka con naranja y la miró como de reojo.
--Muy propio de ti—dijo después—Pero seguro que se lo merecía.
Se inclinó sobre ella.
--Apuesto a que es por eso por lo que han despedido—le dijo.
--No, no, ya me habían despedido cuando lo he hecho, pero me han despedido por
culpa de ese cabronazo.
--Pues lo que decía, que se lo merecía.
Cristina miró en dirección a la gente.
--Seguro que me denuncia por eso, el muy hijo de puta.
--¿Por eso?--preguntó Tiana—No, no creo, tranquila.
--No me importa que me denuncie—dijo Cristina con enfado—Lo único que siento
es no haber destrozado más su querido coche.
Durante toda la noche, no dejó de beber, de tal forma que al final apenas ponía
moverse, salió con Tiana, la cual estaba claro había bebido mucho menos que ella, el
frío de la calle le sentó bien, como si hubiera estado encerrada en una cueva durante
semanas enteras, caminaron ambas cogidas del brazo, en dirección a casa, o en busca de
un taxi que las llevara de vuelta al hogar, cuando eran ya casi las siete de la mañana.
Cristina atisbó entre la gente a un rostro conocido, un rostro que apenas odiaba,
aunque no era para ella alguien querido, pero quería a aquel hombre, solo un poco, lo
cual ya era mucho decir en alguien como Cristina.
--Vaya vaya—dijo cuando el hombre se acercó a ellas.--Pero si es Gerardo Espinosa.
El hombre sonrió al verla, inmediatamente Tiana se presentó al hombre, el cual
respondió a la presentación y recibió dos besos de la chica, exhalando su caro perfume.
--Me tienes contento—dijo mirando a Cristina, después—Vaya faena le has hecho a
Pedro.
--Ese cabrón se lo merecía—estalló Cristina.
--¿Que hace usted a estas horas por aquí?--preguntó la rusa queriendo cambiar de
tema.
--Ya me iba a casa—dijo el hombre--¿Y vosotras?
--También--dijo Tiana—Estábamos buscando un taxi.
--Puedo llevaros yo—dijo Gerardo—Si queréis.
--No hace falta—dijo Cristina.
--Si que la hace—la interrumpió Tiana—Pero solo si no es molestia para usted.
--No lo es, además tengo el coche aquí cerca.
El coche de Gerardo era un ranger rover todo terreno negro, muy nuevo, Tiana subió
delante sin pensárselo, dejando a Cristina borracha, tumbada en los asientos de detrás.
No tardaron demasiado en llegar, bajar del coche y subir los tres al apartamento.
Gerardo Espinosa, educadamente, se quedó en la puerta del apartamento, mirando
con disimulo la decoración del mismo, vio como Cristina se dejaba caer en el sofá y se
quitaba las sandalias estilo romana que cubrían sus pies, los ojos del hombre se clavaron
en los pies desnudos de la muchacha, nunca los había visto así, sin nada que los
cubriera, libres de ataduras, con las uñas pintadas de rojo y casi perfectos, no eran como
otros pies, no encontró ni callos, ni durezas, ni juanetes, ni siquiera una uña afeada,
diferente a las demás.
--Bueno--dijo con el pulso acelerado—Yo me voy, si eso.
--Quédese a tomar una copa—dijo Tiana desde la cocina, ya preparándolas—Es lo
menos.
El hombre no dudó ni un segundo en aceptar, aunque después temió que su alegría al
quedarse se hubiera notado bastante, haciéndole parecer un tipo pretencioso o indecente.
Se sentó al lado de Cristina, la cual fumaba, le ofreció un cigarrillo que él aceptó.
Tiana le entregó un whisky solo y, aunque no le gustaba el whisky, Gerardo bebió
sin quejarse, el estar allí con Cristina era para él suficiente, ¿Que más podía pedir? ¿Que
le dieran a la bebida?
--Bueno--dijo la rusa estirándose—Yo me voy a dormir, aquí os dejo.
--¿Ya te vas?--preguntó Cristina.
La mujer no respondió, Gerardo al siguió con la mirada y vio como le guiñaba un
ojo antes de meterse en el dormitorio.
--¡Que sueño tengo!--dijo exagerando sus palabras—Ya podría pasar un tren por el
comedor que yo ni me enteraría.
El hombre se preguntó como aquella mujer, que le había parecido más bien tonta,
había sabido que se sentía tan atraído por ella de una forma tan férrea que había acabado
con su matrimonio, no gracias en su totalidad a aquella burda mujer, si no en gran parte
a la infidelidades del hombre con chicas más jóvenes que él, él sabía que había
cometido muchos errores, y que en parte se merecía aquel divorcio, aunque, también en
parte, sabía que era una muerte anunciada, desde hacía años la llama de su matrimonio
se había apagado inevitablemente.
--¿No te espera tu mujer en casa?--le preguntó Cristina.
--Nos hemos separado—contestó él.
La mujer le miró fijamente unos segundos, después llevó su mano a la del hombre,
que estaba apoyada sobre la masculina rodilla.
--Lo siento—dijo.
Él sonrió, no era común gestos como aquel en aquella mujer.
--No importa—dijo--La cosa no funcionaba desde hacía tiempo.
Bajó la mirada hacia la consola, y después hacia el suelo, miró de nuevo los pies de
la muchacha, sobre la moqueta color beis.
--Respecto a lo que ha pasado hoy—dijo--Puedes volver cuando quieras, ¿Sabes?
La miró, ella se levantó del sofá y desabrochó el cinturón de sus pantalones, se soltó
el pelo y caminó descalza por la casa.
--Tenemos un nuevo proyecto—dijo—Es un proyecto grande, un grupo que hemos
descubierto, si quieres es tuyo, dirigirás toda la campaña de marketing.
--¿Y no me lo quitará Pedro?
--No, no lo hará—dijo él—Yo me encargaré de eso, te lo prometo.
Cristina caminó hacia el sofá y sentó a su lado, embriagada por lo innumerables
bourbons que se había bebido, apoyó la cabeza en el hombro de su invitado.
--¿Por que eres tan bueno conmigo?--preguntó.
--Eres buena persona...
--No, no lo soy, y lo sabes.
--Bueno--se excusó él—Pero yo...
Podía sentir como sudaba, como de cada poro de su cuerpo salía el salado sudor,
delator como sus pulsaciones.
--...Te quiero como a una hija.
Desvió la mirada. ¿Por que había dicho eso? A una mujer como Cristina Narváez no
se la quería como a una hija, o al menos él no quería quererla así, quería tenerla como
una amante, quería tenerla desnuda para él, con sus pechos, sus caderas y su sexo, y
sobre todo esos pies que no había podido dejar de mirarlos desde que se habían revelado
ante él.
La observó mientras ella se tumbaba en el respaldo, con su blusa desabrochada hasta
casi el ombligo, podía ver su sujetador blanco, de repente parecía más borracha, miró su
copa y vio que la había apurado de un trago. Se apoyó en el respaldo de lado para
observar de cerca, no podía dejar de pensar en hacerle el amor a aquella mujer.
--Siempre ha has tratado bien, Gerardo—le dijo ella con su cara muy cerca de la
suya.
Como ya hemos dicho, o al menos dejado claro anteriormente, Gerardo Espinosa no
era un hombre atractivo, con sobrepeso y empezando a quedarse calvo, solo él sabía que
de joven había sido todo lo contrario, no obstante era un hombre masculino, honrado,
decente y bueno, con sus fallos y defectos, como cualquier otra persona, si algo jugaba a
su favor, era su bondad, quedaban pocos hombres como él, con aquella bondad y
generosidad.
Estaba dispuesto a dejar todo eso atrás aquella noche, estaba con Cristina Narváez,
un sueño erótico para él, una diosa inalcanzable, era el Everest y él Edmund Hilari,
estaba dispuesto a llegar a la cima y coronarla.
La besó despacio en los labios, esperando un rechazo, incluso una torta o un
puñetazo de aquella musa que estaba a su lado, pero en vez de eso ella le miró y llevó su
mano hasta su pecho, acarició este por debajo de la corbata y encima de la camina, se
besaron de nuevo y él llevó su mano izquierda hasta su pecho derecho, lo sintió blando
y suave, grande y voluptuoso, aquella noche era para él.
Ella le apartó despacio y retrocedió, comenzó a desudarse, quitándose la blusa, y él
también lo hizo, mirándose ambos mutuamente, después él pareció dudar, como si
hubiera recordado algo repentinamente, y salió del sofá.
Sabía que no era lo suficientemente joven ni rico como para complicarse la vida con
un embarazo no deseado, y menos de una de sus empleadas, algo que echaría al traste su
reputación y seguramente su vida entera, la miró, tumbada en el sofá, desnuda,
esperándole, con el pecho subiendo y bajando preso de la excitación.
Si había algo que sucedía en aquel momento en el universo, era que estaba en gracia
con él, si no a santo de que hubiera encontrado lo que encontró en aquel cajón de la
consola, unos preservativos, no dos, ni tres, que sin duda llevaban su nombre aquella
noche.
Cristina levantó la cabeza y le vio, comprendió al instante lo que ocurría y agradeció
por dentro el gesto de aquel hombre, ya que el embarazo tampoco entraba en sus planes,
se sentó en el sofá y le miró a la cara, su cabello caía sobre sus pechos y le sumaban
atractivo a la ya portentosa belleza de aquella ninfa desnuda.
--¿Ya, cariño?--preguntó.
--Listo--dijo él con la voz temblorosa.
La mujer se tumbó de nuevo y lo atrajo hacia él, el hombre la besó, un beso largo y
lento, después continuó por su cuello y la penetró con fuerza, haciendo que ella gimiera
y se aferrara a él como si su vida le fuera en ello.
--¡Joder!—la escuchó gemir.
El sexo fue violento y rápido, Gerardo acariciaba sus pechos y sus muslos,
besándola, sintiendo como ella le mordía el labio inferior con un gesto malvado, las
caderas de la mujer se movían como descontroladas, y ambos gritaban sin importarles
que una mujer estuviera durmiendo en la habitación de al lado, Gerardo se imaginó a
Tiana escuchando aquel polvo y riéndose divertida.
El orgasmo llenó despacio, avisando varias veces su inminente llegada, y ambos, a
la vez, creyeron que abandonaban sus cuerpos, que perdían el conocimiento y morían
juntos en la mejor muerte que una persona pudiera tener.
--¡Dios santo de mi vida!--gritó ella estremeciéndose en medio del clímax total.
Gerardo la besó una última vez antes de abandonarla, Cristina se tumbó boca abajo
en el sofá y él se sentó en el suelo, abatido, la observó y tocó el trasero desnudo y
curtido de ella, como si quisiera llevarse aquello de recuerdo.
Se levantó después y fue al baño, se deshizo de las pruebas de aquel lujurioso acto y
volvió al comedor, Cristina se había quedado dormida en aquella posición, con un brazo
cayendo sobre la moqueta del suelo.
Se sirvió otra copa de Whisky, que a partir de ahora, sabía, le encantaba, y que
siempre rememoraría aquella noche en ese líquido amargo. Miró a su alrededor,
observando la casa, la decoración en si le gustaba, era como él hubiera decorado su
casa, de habérselo permitido su mujer, después de casarse. Encontró, también por
casualidad, una manta sobre una silla de diseño, y arropó a la mujer despacio, como si
temiera que aquella obra de arte se estropeara.
Se vistió despacio y se inclinó sobre ella, la miró a la cara, durmiendo grácilmente,
era preciosa, al menos para él, y estaba seguro de que lo era también para todo el
mundo, para Pedro, para los demás hombres que trabajaban en la discográfica, e incluso
para alguna mujer, era consciente de que este era un mundo moderno y libre, besó
despacio su mejilla, suave y caliente.
--Pedro es un idiota—pensó.

Guillermo Capdevilla, cuarenta años, hijo de padres empresarios, su progenitor
había fundado una cadena de ropa, al principio solo era una tienda de corbatas, en una
pasarela de tiendas en un edificio barcelonés que ya ni existía, con el tiempo, y gracias
al esfuerzo de su padre, la tienda había cambiado a un local mayor y sus productos se
habían extendido a camisas y pantalones, eso solo fue el principio de Marina´s, y si, al
igual que otros empresarios famosos como Mercedes Benz, el padre de Guillermo
bautizó a su marca con el nombre de su esposa, hoy en día Marina´s era la tercera mayor
cadena de ropa masculina y femenina del país, competidora de marcas como Zara y
H&M.
Si había algo que diferenciaba a padre e hijo, era que Guillermo Capdevilla hijo era
un filántropo, al igual que su querida esposa, Susana Barna.
Capdevilla iba a estar en el café Sinatra aquella mañana, firmando un nuevo negocio
que le permitiría expandir su firma y abrir nuevas tiendas por toda España.
Era lo último que iba a hacer, todo porque Joel Austerlitz se levantó aquella mañana,
desayunó café con tostadas, mermelada y mantequilla mientras solucionaba el
crucigrama del periódico para ponerse después a hacer sus flexiones diarias, cincuenta
boca arriba y cincuenta boca abajo.
Tras una ducha, se vistió con un traje limpio, se puso su reloj Rolex y se afeitó la
poca barba que tenía. A las nueve salió, Capdevilla ya debía de estar desayunando.
Una hora antes, Cristina se despertó al oír la voz de Tiana, no se había movido del
sofá donde la había dejado su amante la noche anterior.
--Veo que se te dio bien anoche—dijo la rusa.
Cristina tenía una resaca de campeonato, sentía como si una banda de percusión se
hubiera introducido en su cerebro y quisiera tocar watermelon man sin conseguirlo.
--Hay, mi cabeza—dijo sentándose en el sofá.
--¿Quieres un café?
--Si, por favor—suplicó ella.
Se levantó, agarrando la manta sobre sus hombros como la víctima de una
hipotermia, caminó hacia la cocina y cogió la taza que su amiga le ofrecía, se sentó en
un taburete, pegada a la barra americana, y todo lo hizo como si fuera un muerto
viviente recién salido de su tumba.
--Supongo que, después de lo de anoche—dijo Tiana—Ya no estás despedido.
--Anoche se me fue la cabeza—se quejó ella—No volveré a beber, lo juro.
--Huy, cariño, eso es lo que decimos todas.
Bebió un trago largo de café con rostro adormecido.
--¿Vas a ir a trabajar hoy?--le preguntó su compañera.
--Creo que hoy me tomaré el día libre—dijo Cristina—Mañana ya pensaré que
hacer.
El timbre la sobresaltó, le pareció estridente y desafinó la orquesta de su cabeza.
--Pero quien es tan cabrón para venir a estar horas—dijo.
--Yo abrirá—dijo Tiana.
Cristina cogió su ropa del suelo, su camisa, su sujetador, sus braguitas y sus zapatos,
parecían las pruebas de un delito, un delito que lejos de atormentarla la satisfacía, a
pesar de todo había pasado una noche que para ella había sido maravillosa, entró en su
cuarto admirando mentalmente a su jefe en cuanto al terreno sexual, tiró la ropa al suelo
y se puso un albornoz de flores, se sentía sucia, esa suciedad que sentía cuando corría
durante largo tiempo. La voz de Catalina llegó a sus oídos desde el comedor.
--Hola, ¿Vive aquí Cristina?
--Si, si—respondió Tiana—Entra, yo soy Tiana, tú eres Catalina, ¿Verdad?
--¿Cristina te ha hablado de mí?
--Si, y muy bien, por cierto.
Salió al comedor, su secretaria le sonrió al verla.
--¿Que quieres?--le preguntó—Hoy tampoco voy a ir a trabajar.
La muchacha observó un segundo la corbata en el suelo, una corbata color azul
claro, recordaba que Gerardo tenía una igual, pero en aquel momento, quizás porque la
mente de aquella chica, buena para algunas cosas, malas para otras, como cualquier otra
cabeza humana, no relacionó los hechos.
--No vengo por eso—dijo--Pedro te ha denunciado, está que trina, quiere llevarte
ante un juez.
Cristina no respondió, solamente se sentó en el sofá y, por un segundo, recordó de
nuevo el sexo de la noche anterior.
--¿Quieres una café?--le preguntó Tiana a Catalina--¿Has desayunado?
--Pues sí, gracias, me vendría bien un café.
Miró a Cristina, la mujer se tapaba los ojos como si la tenue luz del apartamento la
molestara.
--He venido porque me parecía apropiado avisarte—le dijo—Más porque todos allí
odiamos al cabrón de Pedro.
--Gracias--dijo Cristina, sorprendiendo a la secretaria, la cual jamás hubiera pensado
que aquella mujer le agradeciera algo.
Tiana salió de detrás de la encimera con su corto camisón puesto y una taza de café
en la mano, se la entregó a Catalina, la cual le dio un sonoro gracias, y después miró a
Cristina, la cual continuaba sentada en el sofá.
--¿Que vas a hacer?--le preguntó.
Cristina miró al frente unos segundos, pensando en la situación, pero no le
importaba lo más mínimo lo que hiciera Pedro, jamás le había dado miedo aquel tipejo,
y mucho menos que la amenazara con una denuncia.
--¿Sabéis lo que me apetece?--dijo.
--Que--respondieron las dos casi al unísono.
--Ir me compras—contestó Cristina--Me apetece irme de compras, quiero
comprarme ropa y maquillaje.
--Pues haz lo que quieras—dijo Tiana.
--Bien--dijo Catalina.
Bajó la mirada despacio, como avergonzada de repente, en realidad era como una
niña demasiado avergonzada para pedirle a su madre que la llevara consigo, temerosa de
una negativa.
--Yo también tengo que ir...—comentó casi en un susurro.
--¡Perfecto!--saltó Tiana—Podéis ir las dos de compras.
--Ni hablar del peluquín—dijo Cristina.
--¡Si!--dijo la rusa de nuevo—Un día de chicas.
Catalina miró a Cristina, su mirada era de súplica, aún sin ella quererlo.
--Ufff--gimió la mujer—De acuerdo, pero no saltes de alegría ni me abraces o te
meto un puñetazo.
A pesar de la advertencia la chica estuvo a punto de abrazarla.
--Voy a ducharme y a vestirme y nos iremos.
Se duchó deprisa, con agua caliente, fue una ducha reconfortante, tenía la sensación
de que hacía años que no se duchaba, como si fuera una vagabunda que hubiera estado
rondando toda la vida por la calle. Se secó con rapidez y salió desnuda del baño para
entrar en su dormitorio, vio a las dos mujeres sentadas en el sofá, viendo las noticias
como si ella no existiera de repente.
Se puso el primer conjunto de ropa interior que encontró, de estilo deportivo, unos
vaqueros y una camiseta negra completamente, con una deportivas Adidas, las cuales,
pensó riéndose, le servirían para huir de Catalina en caso de que la joven se pusiera muy
pesada.
Salió, Catalina ya estaba de pié, como esperándola impaciente, al verla sonrió.
--Bien--dijo con un tono seco de voz—Vámonos.
Tiana se despidió de la secretaria muy efusivamente, la abrazó y le dio dos besos sin
borrar la sonrisa de su cara.
--Nos vemos—dijo--Ya sabes que si quieres, algo, lo que sea, esta es tu casa.
--No le digas eso que va a creérselo—dijo Cristina poniéndose una cazadora tres
cuartos desde la puerta.
--¿Tu no vienes?--le preguntó Catalina a la rusa.
--No, no—respondió la mujer—Alguien debe recoger toda esto.
--Eso--dijo Cristina—Ya que no trabajas, recoge un poco, bonita.
Salieron, ninguna de las dos hablaba, no por timidez, si no por alguna casualidad de
la situación, quizás porque aquel era uno de esos momentos en los que ninguna personas
tiene nada que decir, o en los que tampoco hacía falta decir nada.

En aquellos momentos Joel Austerlitz se dirigía, sin él saberlo, a juntar su existencia
con la de Cristina Narváez, para él tan solo era un trabajo más, que haría para después
marcharse de aquel país, el cual sabía, a su pesar, echaría de menos. Cogió un taxi hasta
el centro, justo delante de la puerta del café Sinatra. El Sinatra era un elegante café, muy
distinguido, con las paredes de madera y suelo de parquet barato, donde cobraban los
desayunos a cinco euros, café, tostadas o croissant y, quien fuera aficionado, una copa
de coñac, también tenía una terraza interior donde los aficionados a los puros, los cuales
eran bastantes, podían fumar, en definitiva, el local se llamaba así porque siempre se
escuchaba música de Jazz, en especial al músico favorito del dueño y que le daba
nombre, Frank Sinatra. En definitiva, el Sinatra era una café para yupis y esnobs.
Guillermo Capdevilla no probaba el tabaco ni el alcohol, por eso siempre se sentaba
bajo techo, en una mesa algo cerca de las cristaleras donde estaba el nombre del local y
daba a una calle concurrida de Madrid, por desgracia para él Joel Austerlitz sabía
perfectamente donde se sentaba.
Cristina y catalina caminaban por aquella misma acerca, acercándose gradualmente
al café.
--¿Tienes novio, Catalina?--le preguntó Cristina mirándola.
--No señora—respondió la joven.
--No hace falta que me llames señora aquí—dijo Cristina—Puedes usar mi nombre,
pero no cojas mucha confianza.
--De acuerdo, Cristina—sonrió Catalina.
--¿Y por que no tienes novio?
--Las personas hoy en día solo buscan relaciones sin sentimientos—respondió la
joven.
Joel Austerlitz bajó de su taxi y entró en el local, Cristina le miró en los escasos
cuatro segundos que tardo en hacerlo, fijando su mirada en el conjunto global del
hombre.
--Atractivo—pensó.
--Tu amiga Tiana es muy simpática—dijo Catalina—Nunca me habías hablado de
ella.
--¿Te cae bien?
--Si, muy bien.
--¿Te parece guapa?
--Si--respondió la chica aún sin comprender el por que de aquella pregunta.
--¿Eres lesbiana?--le preguntó entonces Cristina, adrede para molestarla.
Catalina bajó la mirada hacia el suelo a la vez que se sonrojaba.
--Claro que no--dijo.
Seguramente fue un movimiento involuntario el que hizo que Cristina girada la
cabeza hacia la cristalera del café Sinatra, aunque seguramente hubiera una intención
más oculta, como comprobar si podía ver dentro al atractivo hombre que había entrado
minutos antes en el bar, en vez de eso se encontró, sentado junto a la cristalera, a Pedro
Vasconcellos, bebiendo café con dos hombres, que no conoció.
--Será hijo de puta—dijo llamando la atención de su amiga—Es Pedro, y está
tomando café ahí, tan tranquilamente.
--¿No irás a decirle nada?--preguntó Cristina.
--Claro que si—dijo ella dirigiéndose hacia la cristalera.
Catalina la detuvo poniendo una mano sobre el hombro de la mujer, en aquel
momento un grito surgió de dentro del bar, Joel Austerlitz había sacado su arma,
colocándose justo detrás de Guillermo Capdevilla, al ver el frío acero, la mujer había
soltado su bandeja para gritar. Capdevilla se volvió extrañado, sobresaltado incluso, el
disparo resonó en el bar y la cristalera se rompió en mil pedazos, convirtiendo la ―S‖, la
―N‖ y la ―A‖ en miles de piezas de un puzle que nadie sabría armar. Cristina retrocedió
como si alguien la hubiera empujado, al principio no era consciente de que una bala se
había adentrado en el pecho, después cogió aire y comenzó a sentir el punzante dolor,
cuando cayó de espaldas al suelo comprendió que algo no iba bien, y lo primero que
pensó fue en alguna venganza de Pedro.
--¡Cristina!--gritó Catalina arrodillándose a su lado.
Puso la mano sobre la herida de la mujer y se la miró, como si no se creyera que
aquello fuera sangre, vio, por el rabillo del ojo, como Joel Austerlit z salía corriendo del
café, para perderse entre la multitud, nadie, en su sano juicio, seguiría a un hombre
armado para darle caza.
La camarera continuaba gritando como una loca, y era lo único que Cristina podía
oír, o lo que creía que oía.
--Dile a esa idiota que se calle—susurró casi inconsciente.
Curiosamente, puede que por la histeria de la situación, miles de personas se habían
agrupado alrededor de ellas, curiosas, aterradas, todas menos Pedro, que había salido
por pies, creyendo que aquello iba contra él, hizo que la joven obedeciera a pesar de que
sabía lo estúpido de aquello, pero pensaba que quizás aquello no era más que él último
deseo de una mujer moribunda, y debía cumplirlo.
--¡Cállate!--gritó mirando a la camarera, la cual estaba estoica, con la cabeza entre
las manos, gritando--¡Cállate y llama a una ambulancia, joder, vamos!
Una mano desconocida se apoyó en el hombro de Catalina, era un hombre que,
casualmente pasaba por allí, y al cual seguramente jamás volverían a ver.
--Tranquila, ya he llamado a una ambulancia, tranquila—le dijo.
No pasó ni un minuto hasta que la ambulancia que había prometido el hombre
apareció, pero fue un minuto eterno, en el que la sangre de Cristina se extendió por el
suelo hasta casi cubrir toda la acera a pesar de que la fina y pequeña mano de Catalina
intentaba por todos los medios taponar la herida, era lo único que se le había ocurrido,
no era médico, ni siquiera sabía primero auxilios, pero al ver la herida dedujo,
acertadamente o no, que aquello no estaba bien, que había que tapar ese agujero como
fuera.
Los sanitarios fueron más que rápidos, y de buenas a primeras la mujer estaba en la
ambulancia y Catalina suplicando que la dejaran ir con ella.
Cristina no sabía dónde estaba, ni siquiera podía recordar los minutos anteriores a
ese dolor que ahora parecía carcomerle el pecho, aún así, sabía que aquel momento era
el de su muerte, al menos estaba convencida de ello, siempre había pensado que moriría
de una forma menos llamativa, como por ejemplo del cáncer que le proporcionaría el
fumarse medio paquete de tabaco al día, o un accidente de coche con aquel destartalado
aparato que ella llamaba su vehículo, pero jamás que una bala la mataría, al menos no
una bala que no fuera expresamente dirigida hacia ella.
Después pensó en que al menos, su cuerpo había sido satisfecho sexualmente la
noche anterior, sintiendo un placer que, como ahora ese dolor, la había sobrecogido
hasta conducirla al orgasmo, lo cual le hizo pensar que en cierto modo podía morirse en
paz y acabar con todo de una vez.
Después ya no pudo pensar nada, porque perdió la consciencia en aquella
ambulancia.

Joel Austerlitz entró en su apartamento, lleno de rabia, golpeó con furia pared con la
mano abierta.
--¡Mierda!--gritó--¡Mierda, joder!
Jamás, en toda su vida, había fallado, nunca, ni por asomo, la situación se había
complicado, y ahora Guillermo Capdevilla estaba vivo y para colmo seguramente había
matado a una mujer inocente.
Se frotó la frente y se desanudó la corbata, tenía dos posibilidades, podía ponerse en
contacto con sus jefes para contarle lo ocurrido, o podía acabar el trabajo, o al menos
intentarlo, pero sabía que ahora Capdevilla estaría rodeado de seguridad, por miedo, y
con razón, a que él volviera.
Abrió su maletín y sacó su teléfono móvil, jamás lo había usado, pero sabía que
había un método para ponerse en contacto con la agencia que lo contrataba, método que
nunca hubiera creído tener que usar.
Encendió el aparato y marcó una serie de combinaciones de teclas que harían que, en
algún lugar del mundo, alguien respondiera, sabía que debía ser conciso, no preguntar
nada ni discutir ninguna situación.
Solo sonó un tono hasta que descolgaron y Austerlitz se imaginó a una persona
sentada a una mesa, junto a un teléfono que casi nunca sonaba.
Una voz distorsionada sonó al otro lado.
--Si.
--He fallado en el trabajo de Capdevilla—confesó Austerlitz con voz firme—Se ha
escapado y he herido a una mujer.
Al otro lado no hubo respuesta, tras casi medio minuto, la voz distorsionada habló
muy deprisa, como si tuviera una repentina prisa por deshacerse de aquel asunto.
--Busque a Capdevilla y mátelo, da igual como lo haga, mate también a la mujer,
salga del país y espere nuestras órdenes. Deshágase de este teléfono ahora mismo.
Colgó, de toda aquella parrafada Austerlitz solo escuchó ―mate también a la mujer‖,
a una mujer, a alguien que no entraba en sus reglas, algo que se salía sin duda de sus
roles.
Se anudó de nuevo la corbata y se sentó en el sofá, con el móvil bailando en sus
manos, pensativo, sin duda debía obedecer por muy poco que le gustara las órdenes,
después, decidió de una vez, se retiraría, les comunicaría que dejaba aquel trabajo, lo
peor es que debería vivir con la muerte de una mujer en su conciencia, algo que le
repugnaba, pero a riesgo de tener que repetir, los de la asociación podrían pensar que a
partir de ese momento los clientes de sexo femenino entraban en su nómina, se perdería
de una vez en las Bahamas, con un nuevo nombre, para siempre, Joel Austerlitz jamás
habría existido.

Los hospitales siempre han sido sinónimo de sufrimiento, a pesar de que allí también
ocurren partos, alegrías, y operaciones logradas, para las personas, el oír que un
conocido o familiar suyo ha ingresado en un hospital, temen de repente por él o ella,
imaginándose sangre, dolor y frigoríficos llenos de cuerpos muertos e inertes.
Cristina Narváez se encontraba en la mesa de operaciones cuando Gerardo Espinosa
entró en el hall del urgencias del Gregorio Marañón, minutos antes había estado sentado
en su despacho, mirando la pantalla de su móvil, donde observaba los pies desnudos de
Cristina, desnuda en aquel sofá, había sentido la tentación de fotografiar todo el cuerpo
de la mujer, unir su trasero, sus pechos y su cara dormida y satisfecha a la memoria de
aquel aparato, pero sabía que los remordimientos le hubiera atormentado durante toda
su vida, no era ningún voyeur ni nada por el estilo, pero aún así no había podido
resistirse a llevarse consigo la imagen de aquellos pies talla treinta y ocho que tanto le
habían enamorado y que había trasladado a la memoria de su ordenador nada más
despertarse.
Cuando había recibido la noticia por parte de Catalina había pensado en un castigo
divino, pero ¿Qué diantres tenía que ver el que hubieran disparada a aquella mujer con
que él le hubiera fotografiado sus pies la noche anterior? En todo caso hubiera esperado
un castigo contra él, que hubiera aceptado con resignación.
Catalina le esperaba en la entrada, corrió hacia él y le abrazó con fuerza como si
fuera su padre o su mejor amigo.
--¿Que ha pasado?--preguntó él--¿Dónde está?
--La están operando—dijo la chica—No sabemos nada.
Tiana también estaba allí, al verlo le saludó con su femenino rostro pálido por el
miedo y el sobrecogimiento.
--¿Cómo ha sido? Por Dios, ¿Cómo ha podido pasar esto?
--No lo se...--dijo Catalina rompiendo a llorar, a pesar de que ya había llorado varias
veces—Íbamos de compras por la calle y una bala salió de un restaurante y le dio, no sé
de donde vino, ni…
--Tranquila--dijo Tiana abrazándola—Cristina es fuerte, saldrá adelante.
Dos hombres estaban sentados casi a la entrada, vestidos de traje, Gerardo vio las
pistolas bajo sus chaquetas, en sus cartucheras, se levantaron y caminaron hacia ellos,
no parecía asesinos a pesar de sus armas, por su forma de caminar y su confianza,
parecían más bien agentes de la ley.
--¿Son ustedes los que han venido con Cristina Narváez?--pregunto el más alto, con
pelo negro y nariz aguileña.
--Si--dijo el hombre.
El tipo sacó una placa de policía de debajo de su solapa.
--Soy el inspector Guadiana, Sergio—dijo--Este es mi compañero Raimundo García,
subinspector.
--Siento mucho lo de su amiga—dijo el subinspector Raimundo García—Pero
tenemos que hacerle unas preguntas.
El médico, que apareció por un pasillo ancho, seguramente fabricado para meter por
él varias camillas a la vez sin que chocaran, era alto, casi tan gordo como Gerardo, pero
con el peso mejor distribuido debido a su altura, tenía barba blanca, no muy larga, y el
pelo encanecido por los laterales.
--¿Son ustedes familiares de Cristina Narváez?--les interrumpió.
--¡Sí!--respondió Catalina, como si no hubiera escuchado la palabra familiares.
--Ha salido del quirófano—dijo el médico—la hemos trasladado a la habitación
doscientos tres.
--¿Cómo está?--preguntó Gerardo.
--Bien, aunque algo grave, no sabremos más hasta más adelante, aunque si no hay
complicaciones saldrá adelante.
Miró una carpeta que llevaba, con una mirada atenta, parecía querer hacerse el
interesante.
--La bala estaba cerca del corazón, por suerte no lo ha tocado, si, sin duda es una
mujer con suerte.
--¿Podemos verla?
---Bueno, pero todavía está inconsciente.
--Necesitaremos esa bala, doctor—dijo uno de los policía entrometiéndose en la
conversación.
El médico asintió y el subinspector le siguió en busca de la bala.
--Voy a verla—dijo Gerardo.
--Nosotras vamos ahora—dijo Tiana—Cuando acabemos de hablar con este señor.
El hombre caminó hacia el ascensor y se frotó la frente como si sudara, aunque no lo
hacía, no podía imaginarse que en aquel hospital estaba la mujer que le había dado la
mejor noche de su existencia, y la que tenía los pies más hermosos que había visto.
Cuando llegó a la habitación respiró profundamente, esperaba ver a una Cristina
despierta, malhumorada, casi sensual, que le sonriera al verlo, pero en vez de eso vio a
una mujer tumbada, con un respirador puesto y acompañada de los pitidos de una
máquina molesta y fría.
Cuando las chicas llegaron, no dijeron nada, los tres se sentaron y guardaron
silencio, como atentos a la máquina de los pitidos, por si fallaba de repente.

Joel Austerlitz decidió que primero se encargaría de Capdevilla, el problemas era
conseguir terminar el trabajo, sabía que si Capdevilla era inteligente, y, viendo su
patrimonio, seguro que lo era, se escondería en el fondo de la tierra si hiciera falta para
que no lo matasen.
Por suerte para él, recordaba perfectamente donde vivía, tras haberlo leído en la nota
que le habían mandado de la agencia, sabía que Capdevilla no estaría allí, pero le
serviría para averiguar si tenía algún otro lugar donde esconderse.
Salió de su apartamento desarmado, caminó por el barrio antiguo de Madrid hacia
un lugar que él conocía perfectamente, era una vieja tienda de disfraces, anteriormente
ya había estado allí, comprando pelucas y postizos para pasar desapercibido, el dueño
era un anciano algo extraño, pero no hacía preguntas y eso era lo único que a Joel le
importaba.
Nada más entrar el hombre se levantó de su silla tras su mostrador, no se saludaron,
Joel preguntó si tenía alguna peluca negra, de pelo largo, y algunas gafas falsas, el tipo
asintió con el semblante serio, entró en su vieja trastienda y sacó una caja llena de
cabelleras falsas, sorprendentemente limpias, Joel escogió la que buscaba y eligió unas
gafas de pasta negra, cuadradas, pagó veinticinco euros por todo y el tendero lo
introdujo todo en una bolsa de papel cuadrada, con asideras de cordón, Joel salió, como
siempre, sin despedirse.
Caminó cabizbajo, calle abajo y con la precaución de pasar lo más desapercibido
posible, creía recordar que cerca de allí había un centro comercial, y efectivamente allí
estaba, esos negocios no solían cerrar así como así, entró directamente hacia los
servicios y se colocó la peluca y las gafas, se miró en el espejo, esperando ver en él a
otra persona diferente.
--Hola, que tal—dijo.
Tosió, quería eliminar su acento de Bavaria todo lo posible.
--¡Hola, que tal!, mejor, si, mucho mejor.
Salió de nuevo a la calle y caminó, ahora con más confianza, pero sin perder el
cuidado, no debía olvidar que había intentado matar a un hombre y que posiblemente
había matado a una mujer.
Como no vio ninguna boca de metro cerca, cogió un taxi y pidió que le llevaran a
dos calles de la casa de Capdevilla.

La morada del filántropo era un chalet de unos doscientos metros cuadrados,
incluido el jardín, muy bonito, adornado con flores de al menos cinco variedades
distintas, unas escaleras conducían hacia la puerta, un portal exterior con dos columnas
jónicas, la casa tenía dos pisos y un desván, Austerlitz se acercó a la verja, la cual
presumiblemente estaba cerrada, debía ingeniar el modo de entrar allí, y no le sería
fácil, tal y como intuyó al ver las cámaras que vigilaban el exterior, tampoco estaba
seguro de que estuviera deshabitada, podría darle un buen susto a alguna empleada de
hogar latina, si eso ocurría podría ser su fin.
Decidió ocultarse y esperar, un método que más de una ocasión le había salvado el
pellejo, encendió un cigarrillo y miró a su alrededor, aquel barrio de ricos, de tipos
trajeados y mujeres que paseaban a sus caniches con aire de superioridad, no era un
barrio para él, que inmediatamente resultaría sospechoso, sobre todo si se pasaba la
mañana caminando alrededor de la casa de uno de los hombres más ricos del país, una
llamada de sospecha de un vecino y la policía no tardaría en aparecer.
El zumbido metalizado de la verga abriéndose le sobresaltó, retrocedió, tirando el
cigarrillo, estaba claro que alguien saldría de aquella casa, quizás el mismísimo
Capdevilla, se echó a un lado inteligentemente, aquella era sin duda su ocasión para
entrar.
Pero de allí no salió ni un alma, Joel se inclinó hacia dentro y vio, a través del jardín,
entre las dos columnas jónicas, una figura femenina que permanecía de pie, y Joel
Austerlitz juraría que le estaba mirando.
Para asegurarse de ello, pasó por delante y miró, como si fuera un viandante curioso
que girada la cabeza al pasar, esta vez la mujer alzó el brazo para que la viera, quizás
creía que Austerlitz no la había visto.
Se detuvo y miró a su alrededor, entró despacio, ¿Era aquello una trampa? Puede
que sí, así que debía tomar precauciones, posiblemente huir en el momento en el que
todo saliese mal.
Mientras caminaba hacia el portal vio a la mujer entrar dentro de la casa, vestía un
traje pantalón color crema claro y tenía el pelo recogido en una trabajada trenza, subió
las escaleras entre las dos columnas y entró, el hall era amplio y adornado con muebles
cuya antigüedad no fue capaz de adivinar, así como su precio, no vio a la mujer, dio dos
pasos hacia dentro, ya con el corazón en un puño, y tampoco observó a nadie. El sonido
de un coche hizo que se volviera de repente, era Capdevilla, que llegaba, posiblemente
con la policía, lo que significaba su perdición, corrió hacia la puerta al mismo tiempo
que veía la parte trasera de un escarabajo último modelo color amarillo, dentro se
distinguía la figura femenina de la mujer.
¿Qué significaba todo aquello? ¿Que aquella mujer le abriera la puerta de su casa, de
la casa del millonario creador de una de las marcas de ropa más vendidas del mundo?
No conseguía entenderlo, parecía que estaba solo en aquella casa, cerró la puerta y
entró al comedor, un comedor grandísimo, jamás había visto algo tan grande, con una
mesa ovalada en el centro, con candelabros encima, seguramente de plata, si Austerlitz
hubiera sido un vulgar ratero hubiera encontrado en aquella mansión las cuevas de ali
babá, aunque también es cierto que si fuera un ratero jamás hubiera llegado a aquella
casa tal y como Joel lo hubiera hecho.
Subió a la parte de arriba, donde vio tres dormitorios, no obstante sabía que
Capdevilla no tenía hijos, los tres dormitorios, como pudo comprobar por las fotografías
de las mesitas de noche, eran del servicio interno, el cual, por alguna razón, no se
encontraban en aquellos momentos en la casa, entró en el dormitorio principal, en él
encontró fotografías del matrimonio, sobre una cómoda que no desentonaba ni por
asomo del resto de muebles de la casa, entonces reconoció a la mujer, la que le había
dejado entrar en su casa como si no fuera suya, comprendiendo que sin duda ella tenía
algo que ver en los planes para asesinar a su esposo, comprendió todo de golpe, si
Capdevilla moría, su mujer heredaría toda su fortuna, que era bastante suculenta, ante el
fallo del restaurante, la mujer le había esperado aún sin saber si aparecería, al hacerlo, le
había dejado el camino libre y había puesto pies en polvorosa, eso sí, dándole antes el
día libre al servicio.

Cuando Guillermo Capdevilla llegó Joel Austerlitz ya tenía todo planeado, había
vaciado un joyero de la mujer del empresario, no para él, como ya sabemos el sicario
tenía dinero de sobra, sino para dejarlas intencionadamente debajo del colchón del
dormitorio de una de los sirvientes, un tipo alto, con pinta de mayordomo de película
inglesa, la policía creería que Capdevilla le sorprendió robando y él le asesinó, o quizás
no, porque podría ser que de primera relacionaran aquello con lo del restaurante, de
todas formas aquello les distraería lo suficiente como para que él saliera del país, o no,
de todas formas no le importaba lo más mínimo.
Capdevilla, que ya había llegado a su casa, entró nervioso, dejó sus llaves en un
mueble con superficie de mármol que había bajo un espejo y entró casi corriendo.
--¡Marina!--llamó a su esposa.
Entró en el amplio salón y vio que allí no estaba, se extrañó que no hubiera nadie del
servicio, ni ninguna de las dos criadas ni el cocinero, sus pensamientos fueron rápidos,
como si su cerebro le revelara que su camino había acabado, cuando sintió la mano de
Austerlitz en su frente supo que había llegado la hora de morir, todo fue rápido, el
asesino inclinó su cabeza hacia arriba y rajó su cuello de lado a lado, quiso gritar de
dolor, pero tenía el cuello rajado, cayó al suelo boca abajo y la sangre se fue
expandiendo como el agua que saliera de un canalón mientras llovía.
Joel limpió el cuchillo concienzudamente y volvió a dejarlo donde lo había
encontrado, en la moderna cocina del hombre, y caminó hacia la puerta, cogió las llaves
del Audi A8 del difunto y salió, los que le vieron salir del jardín creyeron que era el
mismo Capdevilla, una hora después, Austerlitz aparcó en el centro de Madrid, fuera,
vio a varios dominicanos, que le miraron con la rabia con la que se mira a los
prepotentes ricos que han sabido, a diferencia de ellos, hacer lo correcto en la vida y
trabajar. Joel se preocupó de dejar el coche abierto y con las llaves puestas, entró en el
primer cine que encontró y, en el servicio, volvió a ser él mismo, se alegró de quitarse la
peluca y las gafas, que tiró en ese mismo lugar, en la papelera.
A pesar de que le gustaba el cine, creía que como a todo el mundo, su trabajo no le
permitía visionar muchas películas, no conocía ninguna de las que se proyectaban, pues
no estaba muy enterado de la cartelera actual, pero optó por una que estaba casi seguro
de que le gustaría, la que, al parecer por la portada, parecía una comedia, entró, se rió
bastante, olvidándose de todo pensó en lo guapa que era la actriz, en lo bien que
trabajaba el actor principal comió palomitas y bebió coca cola.
Cuando salió era media tarde, tal y como esperaba, los dominicanos le habían
sustraído el coche, o más bien se lo habían sustraído a Guillermo Capdevilla, con suerte
mañana a esas horas sería piezas de desguace.

El inspector Sergio Guadiana observó a la camarera, la cual temblaba como si
hubiera tenido una visión del mismo infierno, de poco valía la tila que su compañera,
otra camarera, y esta al parecer más estoica que su amiga, le había preparado.
--¿Y dice que le vio, al asesino?--preguntó el hombre.
--Si, si—respondió la joven con las mejillas llenas de lágrimas—Pero fue todo muy
rápido, apenas le vi la cara, le vi de espaldas.
--Bien--dijo el policía escribiendo en su libreta--¿Y cómo era, su espalda? Digo.
--Era alto, con el pelo negro, vestía un traje, pero no vi nada más.
El inspector se acercó a su compañero, que estaba donde la mesa donde había estado
sentado Guillermo Capdevilla.
--¿Cómo vas?
El subinspector Raimundo García, Rai para los amigos, estaba agachado, como un
arqueólogo en suelo de Egipto, se levantó despacio y se rascó la perilla que tanto trabajo
le costaba mantener perfilada.
--No creo que ese tipo quisiera matar a esa mujer—dijo--La bala rebotó en el suelo,
creo que disparaba así.
Estiró el brazo cuarenta y cinco grados, simulando una pistola con su mano.
--Por eso no está muerta—dijo el inspector—La bala perdió fuerza y trayectoria
cuando rebotó.
--Vamos, un puto milagro—dijo Rai—Como aquella vez que te dispararon y la bala
te rozó la oreja.
--Ya, ya—respondió su amigo.
Se volvió hacia las camareras, pero fue la estoica la que acudió, quizás pensando que
su amiga ya había tenido bastante por hoy.
--¿Sabe quien estaba sentado aquí?--le preguntó Guadiana.
--¡Sí!--respondió la Joven—Era Guillermo Capdevilla, el empresario de ropa, viene
todos los martes.
--¿Estaba solo?
--No, estaba con unos hombres, eran dos, parecían ricos como él, pero no se quienes
eran.
--Guillermo Capdevilla—dijo Rai—Mi hija está obsesionada con su ropa. Marina´s.
--Vale, sabemos que intentaban matar a Capdevilla.
--Eso cuadra más que el que intentaran matar a aquella mujer.
Se volvieron, los miembros de la policía científica entraron, portando sus maletines
metálicos.
--Me apuesto a que estos listillos no van a encontrar ni una sola huella—dijo Rai—
Como aquella vez que encontramos un cadáver en un jacuzzi.
--Me sorprende que te acuerdes de todos esos casos—dijo su compañero.
Miró la repostería que, bajo cúpulas de cristal, esperaba sobre la barra.
--Me comería uno de esos donuts de chocolate—dijo--¿Tu no?
--Claro que si—respondió su amigo.
La camarera estoica tuvo a bien darle gratis los donuts, y un minuto después ambos
estaban subidos en su coche, comiéndose los donuts antes de salir para la casa de
Capdevilla, como un cliché de una película americana.

Se despertó muy despacio, nunca en su vida había abierto los ojos de aquella
manera, tan lentamente que todo pareció tomar forma delante de ella por primera vez,
también recordó lo que le había pasado nada más despertarse. Vio a Catalina a un lado
de la cama, con su mano entre las suyas, como si en vez de un disparo, aquello fuera un
parto.
Por supuesto, Gerardo y Tiana también estaban.
--¿Qué hacéis aquí?--preguntó.
Alguien iba a responder cuando ella le vio, se quedó parada, a mitad de camino entre
estar tumbada y sentada, el hombre había cambiado mucho, pero le reconoció al
instante.
--¿Y qué hace aquí este sinvergüenza?--pregunto con un tono de voz diferente.
Gregorio Narváez se acercó a la cama, era delgado, algo calvo, y todo el que lo viera
sabía que había maltratado a su cuerpo de alguna forma.
--Tu amiga me llamó y vine—confesó el hombre—Estaba preocupado.
--Sal ahora mismo de esta habitación—dijo la mujer.
--¡Cristina!--se sorprendió Tiana al oírla.
--Y como cojones habéis localizado a este inepto.
--Fue la policía—confesó Catalina.
--Pero tú le llamaste. ¿A que si?
La muchacha bajo la cabeza como si hubiera cometido un pecado mortal.
--Si--confesó.
--Pues quiero que se vaya. ¡Ahora!--gritó Cristina— ¡Que se largue y no venga más!
El hombre miró al suelo unos segundos y después salió despacio de la habitación,
Gerardo Espinosa se sentó en una de las sillas que había.
--Pero si es tu padre...--le dijo.
--Ese no es nada mío—dijo la mujer, ya sentada en la cama.
Ninguno quiso preguntar qué asunto había entre aquella mujer y su progenitor,
aunque todos se preguntaron porque su madre no había venido, realmente no sabían
nada de Cristina, nunca había hablado de su vida ni de su pasado.
El médico entró en la habitación, siempre acompañado de su carpeta, miró a su
alrededor, como viendo quien había en la habitación, después miró a Cristina.
--Veo que ya se ha despertado—dijo--No se si se lo han dicho, pero ha tenido mucha
suerte, la bala casi tocó su corazón.
--¿Cuándo podré irme de este sitio?--preguntó ella.
--De momento se quedará un par de días en observación—dijo el médico antes de
salir sin despedirse.
--Odio los hospitales—dijo Cristina.
--A nadie le gustan—dijo Tiana—Pero es lo que hay.
--De todas formas no necesito tanta compañía, estoy bien. Id a cogerle la mano a
algún enfermo terminal.
--Yo de momento iré a tomarme un café—dijo Gerardo Espinosa—Porque no he
llenado el estómago desde hace horas.
Se acercó a Cristina y le besó la frente, la mano de la mujer se posó sobre la del
hombre durante apenas tres segundos escasos.
--Me alegro que estés bien, Cristi—le dijo él.
--Gracias, jefe—respondió ella.
Aquella palabra, ―Jefe‖, le hizo saber a Espinosa que no volvería a probar el cuerpo
de aquella mujer, no obstante, no le importaba, para él una vez, sobre todo con Cristina,
le bastaba para toda su vida.
--Menudo susto nos has dado—dijo catalina cuando el hombre había salido.
La joven estaba aguantando el llanto, era un llanto de satisfacción, de alegría, que le
hizo bajar la cabeza.
--Oh, Dios mío—dijo Cristina—Vas a llorar. ¿Verdad?
La chica hizo un puchero y la abrazó con fuerza, de tal forma que la mujer se
sobresaltó.
--¿Qué haces?--le preguntó molesta—No me abraces, estúpida.
--Déjala--dijo Tiana—Se siente culpablo.
--¿Por qué?--preguntó de nuevo Cristina--¿Acaso fue ella la que me disparó?
La separó de ella como pudo y casi la lanzó contra la rusa, la cual la abrazó, dándole
algunas palmaditas en la espalda.
--Vamos ya, cielo—le dijo.
--Vete a casa, Catalina—dijo Cristina—Y duerme un poco, tienes una pinta horrible,
me deprimes.
La secretaria se limpió las lágrimas con las palmas de las manos.
--Lo siento—se disculpó—Me voy, pero que se quede Tiana contigo.
--¿Vives sola?--le preguntó la rusa.
--Claro--dijo la muchacha.
Cristina miró a Tiana, después a Catalina y de nuevo a Tiana, repitió este gesto
varias veces, como si de repente la hubiera poseído algún espíritu desconocido.
--No, eso no—dijo adivinando las intenciones de la mujer.
--Vente a nuestra casa—dijo Tiana—No es bueno que estés sola después de lo que
has pasado.
--No quiero molestar—dijo Catalina.
--¿Ves?--dijo Cristina—No quiere molestar, déjala.
--Tonterías--dijo Tiana—Te vienes, yo te doy las llaves y punto, puedes dormir un
poco en la cama de Cristina.
--Si, lo que faltaba—se quejó la mujer en su cama.
Le hicieron caso omiso, Catalina salió de la habitación y cogió un taxi hasta casa de
Cristina, minutos después Gerardo volvió solo para despedirse, escudándose en el
trabajo y, como había visto que Cristina estaba bien, no creía necesario quedarse, volvió
a besar la frente de la mujer y salió de allí.
--Bueno--dijo Tiana sentándose en la silla que había al lado de la cama--¿Vas a
contarme lo que te pasa con mi padre?
--No quiero hablar de eso—dijo ella.
--Venga ya—contestó la rusa—Que soy yo, Tiana, tenemos confianza. ¿Verdad?
--Si por confianza te refieres a vivir de mi sueldo y ensuciarme la casa sin ni siquiera
molestarte en fregar los platos, Si, supongo que eso es confianza, al menos en esa
caricatura de país de la que provienes.
--Venga, habla por esa boquita—la apremió su amiga.
--Odio a mi padre. ¿Vale?--respondió Cristina—Para mí está muerto, hace más de
cinco años que no lo veía, y si no fuera porque la estúpida de Catalina le llamó, hubiera
seguido sin verle.
--¿Pero que hizo para que no le hablaras?--preguntó Tiana—No sé, pero debió de ser
muy gordo.
--Tan gordo como matar a mi madre.
La rusa se quedó unos segundos petrificada, como si hubiera entendido mal a causa
del idioma, pero sabía lo que había oído, y no lo creía.
--¿Cómo has dicho?--preguntó.
--Mi padre es un borracho de mierda—dijo Cristina—Bebía y bebía sin parar, mi
madre y yo teníamos que ir a recogerlo día sí y día también a los bares, cuando ya no
podía ni tenerse en pie, algunas veces iba yo, tenía por aquel entonces... no sé si
veinticinco o veintiséis años, otras iba mi madre, una noche, como siempre, fue a
recogerle después de que el camarero del bar nos llamara enfadado, siempre se metía en
peleas, de camino casa tuvieron un accidente, mi madre murió.
--Lo siento—dijo Tiana—Nunca me habías hablado de tu familia.
--Eso porque yo no tengo familia—dijo Cristina.
--Pero ya hace mucho tiempo que pasó eso—dijo la mujer.
--Yo lo recuerdo como si fuera ayer—dijo Cristina mirando las sabanas que la
cubrían--¿Sabes que es lo que más me jodió? Que cuando murió lo único que hizo fue
beber y beber, incluso estaba borracho en su funeral. Hijo de puta...
Tiana la miró y la vio llorando, al igual que casi no sabía nada de su pasado hasta
ese momento, jamás la había visto llorar, para ella, y para todos lo que la conocían,
Cristina Narváez era una dama de hierro, aguantaban lo que le echaran, y antes de llorar
elegía pelear, con la posibilidad de dar un puñetazo a quien fuera.
--Esa bala te ha humanizado—dijo.
--No digas tonterías—dijo la mujer limpiándose rápidamente las lágrimas—Por
cierto, me han dicho que la policía ha hablado con vosotros. ¿Cómo es que no has salido
corriendo?
--Soy española—respondió Tiana—Española al cien por cien.
--¿Y eso?
--Cuando vine me casé con un hombre español, estuvimos seis meses manteniendo
esa farsa y después me divorcié.
--Conociéndote, seguro que consumaste el matrimonio.
--Por supuesto—contestó la rusa con una sonrisa—El matrimonio para mí es
sagrado.
Pero no se lo cuentes a nadie.
--Si no le cuentas a nadie lo que te he contado...
--Por cierto, tu papa está fuera, esperando, ese hombre no se cansa.
--Será porque hay un bar cerca—dijo Cristina.
--¿Por qué no entra y habláis?
--Ni hablar—exclamó la mujer—Y como te acerques a ese hombre te mando a la
Rusia de una patada en el culo.
--De acuerdo, como quieras—dijo Tiana—Pero voy a comer algo a la cafetería,
llevo horas sin comer.
Salió, por supuesto, Cristina no la creyó, se preparaba para una bronca, para
expulsar, de nuevo, a aquel hombre de su vida, la persona que, según ella, era el
causante de todos sus problemas, incluso de su viejo y destartalado coche, y por ende de
Pedro Vasconcellos, aunque seguramente ninguno de los dos se habían visto en la vida,
ni existe la posibilidad segura de que eso ocurra, el caso es que para Cristina, su padre,
Vasconcellos, la vecina que la miraba mal en el ascensor y el adolescente que le había
tocado el culo en la discoteca la noche anterior, todos eran la misma persona con cuerpo
diferente.
El hombre era un hombre maduro, casi calvo y con el pelo levemente blanco, vestía
unos pantalones vaqueros, cuya vejez hacía pensar que aquel tipo era un obrero, un tipo
sin muchos ingresos económicos, también llevaba una sudadera Adidas, posiblemente
lo más caro que podría llevar en toda su vida.
Lo que sí que no dejaba lugar a dudas era que estaba hecho un manojo de nervios,
caminaba despacio por el pasillo, se detenía, se volvía para caminar en la otra dirección,
siempre sin despegar la mirada del suelo, si a aquel hombre le hubieran puesto un traje y
lo hubieran sacado de allí y colocado en la puerta de una iglesia, o tras el telón de un
escenario, quien lo viese hubiera visto a un novio esperando a la novia, o a un músico
esperando salir para entonar la traviata, era lo mismo, una persona nerviosa ante la
posible fatalidad de los acontecimientos.
De repente, con una decisión que parecía casi impropia, caminó hacia la habitación
con paso rápido, pero se detuvo una vez más para mirarse a sí mismo, aún sabiendo que
la mujer de dentro, en la cama, tenía mucho peor aspecto que él.
Entró despacio y se detuvo en la puerta, Cristina le miró despacio y él esperó un
grito que nunca llegó, sorprendido, no obstante se puso más nervioso.
--Hola, hija—dijo él.
--Hola--dijo Cristina.
El hombre era Gregorio Narváez, Goyo para los pocos amigos que tenía, hacía
treinta y cinco años que había fecunda a aquella mujer, y solo había estado veinticinco a
su lado.
--¿Cómo estás?--preguntó con voz temblorosa.
--Bien--contestó ella con un tono de voz amargo—A pesar de que me han disparado.
Gregorio Narváez la miró, no había cambiado casi nada, su pelo rubio, sus ojos de
un verde profundo y su nariz chata, continuaban allí, siendo la viva imagen de su madre.
--No sé qué decir—reconoció--No sé nada sobre ti. ¿Dónde te has metido?
--He procurado hacer mi vida—contestó ella—Y cómo ves no me ha ido mal.
El hombre por fin decidió sentarse en una silla, frente a la cama.
--Me alegro mucho—dijo--A veces...
Se pasó la lengua por los labios, estaba sediento, de repente y sin previo aviso.
--A veces te buscaba en internet—reconoció.
--Conmovedor--dijo ella con, ahora, un tono de voz que cortaba como un cuchillo—
Ahora que has visto que estoy bien, puedes marcharte, creo que hay un bar bajando la
calle.
--Ya no bebo—reconoció él.
--Vaya--dijo Cristina con un fingido asombro—Ya no bebes, si, recuerdo haber oído
esa frase anteriormente, salía de tus labios.
--Esta vez es cierto—dijo el hombre—Y ya hace mucho tiempo que solo bebo agua
y refrescos.
--Entiendo--dijo la mujer— ¿Y esperas que te crea? Te presentas aquí, sin más,
creyendo que tienes el derecho de venir a verme simplemente porque me han hecho un
agujero en el pecho, me sueltas que ya no bebes, que eres un niño bueno y esperas que
yo te crea sin más.
--No pretendo eso—dijo su padre—Pero esperaba que me dieras otra oportunidad.
--No doy segundas oportunidades—contestó ella—No soy de esa clase de mujeres.
--Sé que no me la merezco—dijo Gregorio—Solo te pido tiempo.
La mujer le miró, fijamente, con el ceño fruncido, estaba enfadada, sentía la misma
rabia que había sentido con Pedro Vasconcellos.
--¿El tiempo que mi madre ya no tiene?--preguntó marcando mucho las palabras.
El hombre cogió la indirecta, a pesar de que no era una indirecta para nada, sino una
frase de lo más directa lanzada hacia su orgullo, y funcionó.
Se levantó de la silla y salió, había perdido aquel duelo y lo reconocía, no se
arrepentía por haber ido allí, porque se esperaba aquel resultado, que no sirviera para
nada.
Cuando salió a la calle se cruzó con un tipo alto, con pelo largo y vestido con un
abrigo negro, era Joel Austerlitz.

Tiana llegó minutos después de que Gregorio Narváez se marchara, no quiso decir
nada, creyó que era lo más prudente, del hombre que acababa de marcharse.
Hablaron poco, se sentó en la silla al lado de la cama y no tardó mucho en quedarse
dormida, al igual que Cristina, quizás por lo poco que había que hacer en un lugar como
aquel, que invitaba a veces al sueño reparador después de los nervios que producía el
estar ingresado entre esas cuatro paredes.

Austerlitz caminó despacio por los pasillos del hospital, no quería pensar que iba a
matar a una mujer, simplemente iba a hacerlo y punto, hacía una hora que había
hackeado el sistema del hospital para averiguar dónde estaba su cliente, y había visto,
por primera vez, su nombre, Cristina Narváez, además de averiguar su estado y su
habitación.
No iba a usar su arma, la cual ahora no llevaba, en un lugar como aquel no sería
difícil que alguien escuchara la detonación y no quería formar un espectáculo, pensó
que el estrangulamiento sería más oportuno amén de eficaz.
No le fue difícil hacerse con una bata de médico, ni encontrar la habitación de su
víctima.

Cristina estaba casi dormida, no sabía porque, pero de repente no podía dejar de
pensar en ―The eye in the sky‖, a pesar de que hacía años que no escuchaba aquella
canción, ni ganas que tenía, así como no creía en los milagros, no supo, ni nunca sabrá,
como pudo calificar lo que ocurrió, pero gracias a el ojo en el cielo pudo escuchar los
pasos desconocidos en el pasillo, pasos que pensó eran de su padre.
--Creía haberlo dejado claro—dijo volviéndose.
La mano se aferró a su cuello sin previo aviso, de repente volvió a sentir aquella
sensación, la que le decía que había llegado el momento, pensó en toda su vida como
algo global, tal y como se decía, que cuando llegaba el momento de la muerte se veía
toda la vida como una película que pasaba a gran velocidad, y comenzó a verla hasta
que vio a su madre, allí la película se trabó, no podía pasar más allá que aquel recuerdo,
era el último recuerdo feliz de su vida. Su madre, quizás le esperaba en algún sitio,
aunque nunca había creído en planos superiores, así como en entidades místicas que
manejaban el destino, puede que porque de ser cierto había sido aquella ent idad la que
la había colocado debajo de las manos opresoras de aquel psicópata.
Joel Austerlitz apretó con fuerza el cuello de Cristina, era débil, suave, jamás había
tocado un cuello con el fin de cerrar la tráquea que cubría, se sentía mal, pero, para bien
o para mal, se debía a su trabajo, le consolaba pensar que pronto acabaría.
Lo más gracioso de aquello, si es que lo había, era Tiana, la cual dormía
plácidamente al lado, Cristina sabía que tenía el sueño pesado, pero aquello le resultaba
incluso insultante.
Dejó de resistirse, de repente, y no poco a poco, como los estrangulamientos que
había visto en las películas, observando el rostro del hombre que había sobre ella.
Joel Austerlitz aflojó las manos un poco, vio los ojos verdes de la mujer, las
lágrimas caían por los lados como si hubiera llorado cara al viento, quitó las manos y
vio como su víctima se movía muy despacio, como si de repente no supiera donde
estaba, le miró, no con rabia, no como se mira a alguien que intenta matarte, no sabía
cómo describir aquella mirada, no era ni de odio ni de cariño, ni de confusión, ni de
miedo, no era de nada.
Cristina movió la mano hacia su atacante, no fue un movimiento rápido, pero
Austerlitz pareció no verlo, agarró el pelo del hombre y tiró de él, quedándose con la
peluca en la mano. Joel Austerlitz saltó de la cama y se quedó de pie, delante de ella,
ambos se recordaron entonces, cuando se habían cruzado por la calle, frente a la
cafetería Sinatra.
Salió sin más de la habitación con miles de sensaciones recorriéndole el cuerpo.
Cristina cogió aire como nunca lo había cogido, con el cuello dolorido, casi sin
consciencia, se tumbó boca arriba y se recuperó como pudo de aquel ataque.
Solo en ese momento Tiana se despertó, aunque solo un poco.
--Mmmmm-- murmuró--¿No puedes dormir?
Cristina le miró solo un segundo, esta vez su mirada era de odio.
--Déjame en paz, maldita cosaca subnormal—respondió volviéndose en la cama.

El coche del inspector Guadiana frenó casi en seco cuando vio el grupo de guardias
civiles apostado en casa de Capdevilla, en el lujoso barrio residencial, miró a su
compañero y ambos se temieron lo peor.
El guardia civil de mayor rango que allí se encontraba era Félix Alcalá, un viejo
conocido de ambos, no se tenían ni como amigos ni como enemigos, a pesar de que él y
Guadiana se conocían desde la infancia, nunca se habían peleado, pero tampoco habían
jugado, ni comido ni habían hecho cualquier otra cosa juntos. Nada más verlos caminar
hacia allí se acercó a ellos con paso lento.
--Dinos que dentro no está Guillermo Capdevilla muerto—dijo el inspector.
--Le han rajado la garganta como a un pescado—dijo el guardia civil.
--Por lo visto al final el que quería matarlo se ha salido con la suya.--dijo el
subinspector Raimundo García.
--¿Qué?--preguntó el sargento de la guardia civil— ¿El mayordomo ha intentado
matarlo antes?
--¿Que dices de mayordomo?--se extrañó Guadiana.
--El mayordomo tenía un puñado de joyas escondidas—dijo Alcalá—Al parecer
Capdevilla sospechaba de él, o lo descubrió, en todo caso él le mató.
--Eso es una tontería—dijo Rai—Esta mañana han intentado matar a Capdevilla en
un restaurante del centro.
--Yo digo lo que hay—se quejó el guardia civil—Las pruebas apuntan a eso.
--Tienes que tener menos pruebas y más instinto—dijo Guadiana—Esto no es cosa
de un mayordomo, esto es algo más grande. ¿Qué dice la mujer?
--Está destrozada—respondió el hombre—Dice que salió a hacer la compra y que
cuando volvió encontró a su marido muerto en el salón.
--¿Y no había nadie más en casa?
--Le había dado el día libre al servicio.
--Demasiada casualidad, diría yo—dijo Rai.
--Eso opino yo—dijo el guripa quitándose la gorra—Además no hay ni huellas ni
nada.
Se alisó el pelo con la mano, un pelo completamente blanco.
--Para colmo, el sistema de vigilancia tenía un nodo interno, en el sótano, pero
estaba apagado, así que las cámaras no grabaron nada, obviamente, y la alarma estaba
desactivada, no habían forzado ninguna cerradura, sin duda era alguien de dentro de la
casa quien planeó todo, lo que yo digo, el mayordomo, ¿Quien si no podía conocer todo
el sistema y tener una llave?
En aquel momento el móvil de Raimundo García sonó, su compañero miró
alrededor, le había dicho una y mil veces que cambiara ese tono, el dancing queen no
era propio de un subinspector de policía serio.
--Cada vez que suena tu móvil me pones en ridículo—le dijo antes de que
contestara.
Su compañero tan solo se apartó para hablar, la conversación no duró más de cinco
minutos, cuando volvió ambos hombres estaban fumando, hablando de un comentado
Madrid-Barça de la noche anterior.
--Me temo que el sargento tiene razón—dijo--Era del hospital, han intentado matar
de nuevo a Cristina Narváez.
--¿Y quién podría querer matar a esa mujer y por qué?—dijo Guadiana.
--Si supiera eso no estaríamos aquí—contestó el hombre.
Se despidieron del guardia civil y se marcharon a gran velocidad, ambos estaban
contentos por tener que dejar de prestarle atención a un caso donde Guillermo
Capdevilla estaba implicado, aunque ambos también se sorprendieron de lo curiosas que
a veces eran las casualidades.
--Que Capdevilla estuviera en esa cafetería era casualidad, por lo que veo—dijo
Raimundo.
--Si---respondió su compañero de nuevo al volante de su coche—Aunque
seguramente intentó evitar que mataran a aquella mujer, por eso creíamos que iba contra
él.
--Lo del mayordomo ha sido casualidad—dijo de nuevo Rai—Un tipo con tantos
bienes, es normal, a veces, que el lacayo quiera ser como el señor.
--Lo siento por la pobre de su esposa, según la prensa, se querían mucho.
Catalina había traído ropa para su jefa, en una bolsa de deportes azul marca ―Nike‖,
después de que la mujer firmara el alta voluntaria, en la habitación también estaba
Tiana, la cual no dejaba de sentirse culpable por no haberse despertado a tiempo de
ayudar a su amiga.
--No sé como compensarte—le dijo—Si te hubiera pasado algo, imagínate, que
disgusto.
--No te hagas la mártir—dijo Cristina en ropa interior—Si te hubieras despertado
puede que te hubiera matado.
En la parte izquierda de su hombro estaba el apósito que cubría su herida, no le
dolía, ahora no, aunque a veces deseaba meter la mano dentro del dolor que sentía, no
comparable, para nada, del dolor inicial, cuando la bala le había dado de lleno, el cual
era un dolor que a la vez quemaba, un dolor que nadie jamás habría imaginado por
muchas escenas de tiroteos que se veían por la televisión.
Se puso un vestido corto, color violeta, el tiempo había empezado a abrir y estaba
deseando abandonar ese lugar para sentir el aire del exterior en su cara.
Los dos policías llegaron cuando ella estaba poniéndose las sandalias.
--Hola--saludó el inspector—Soy el inspector Sergio Guadiana, él es mi compañero,
el subinspector Raimundo García.
--Estupendo--dijo Cristina—A pesar de que llegan un poco tarde, creo yo.
--Díganos que ha ocurrido—dijo el hombre ignorando el comentario.
--Pasó que un tipo entró e intentó estrangularme—dijo Cristina—Y estuvo a punto
de conseguirlo, por suerte me hice la muerta, de no ser por eso esto estaría ahora lleno
de forenses con maletines metálicos.
--¿Pudo verle la cara?
Cristina pensó unos segundos, en aquel momento deseaba decir que sí, pero fue una
de esas ocasiones en que la boca de una persona habla por su cerebro, en las que dice lo
que en el fondo desea oír aunque sea perjudicial para ella misma.
--No exactamente—dijo--Si se la vi, pero no parecía su cara, creo que llevaba una
máscara.
--¿Qué tipo de máscara?
--No estoy muy segura—respondió la mujer—Alguna que se ajustaba a su cara,
aunque con el forcejeo no le vi bien, la verdad es que todo fue muy rápido.
--¿Le arañó?--preguntó Raimundo García—Se defendió de alguna forma.
--No le arañé, si pregunta eso—dijo la mujer—Era mucho más fuerte que yo.
--¿Se va a casa?
--No puedo quedarme aquí, temo que vuelva si cree que sigo viva.
--Podemos ponerle protección, si quiere—dijo Raimundo García.
--Eso, como ustedes vean bien—dijo Cristina, ya preparada para marcharse—Yo lo
único que quiero es irme a mi casa y descansar de verdad.
--Si, claro—dijo el inspector—Podemos llevarla, si quiere.
--No hace falta—dijo Catalina—Yo la llevaré.
--Solo una pregunta más—dijo Rai--¿Sabe si alguien quería hacerle daño? ¿Alguien
que estuviera a malas con usted?
--¿Conociéndome? Cualquier persona que conozca, hay mucho envidioso cabrón por
allí, pero el que más me odia es Pedro Vasconcellos, trabaja conmigo en la discográfica
Sound Espectrum Records.
El inspector iba a decir algo, pero Cristina le interrumpió de nuevo.
--Esperen, esperen—dijo--Recuerdo que Pedro estaba en el restaurante cuando me
dispararon, si, estaba allí sentado.
--Yo también lo vi—dijo Catalina.
Cogió la bolsa de deportes, casi vacía, pero Catalina se la arrebató, cuidándola de
que cogiera peso.
--Ahora, si me disculpan—dijo--Me marcho a casa.
Salió sin más, seguida de sus amigas.
--¿Crees que ese tal Pedro haya querido matarla?--le preguntó Rai a su jefe.
--No estoy seguro de nada—dijo el hombre—De momento vamos a ver si nos dan
las cintas de las cámaras de seguridad.
Joel Austerlitz estaba frente al hospital, algo lejos de la puerta, vio como las mujeres
salían del hospital y subían a un pequeño nissan micra color blanco.
Se sentía confuso consigo mismo, nunca había sentido lo que sentía en aquel
momento, y lo achacaba a que era la primera vez que había intentado matar a una mujer,
para todo el mundo, o al menos para alguien que su vida no girada en torno a la muerte,
aquella sensación no eran más que remordimientos, culpa, la conciencia carcomiendo lo
más profundo del alma, pero Joel Austerlitz era, posiblemente, la primera vez que sentía
que tenía conciencia, los ojos de Cristina, mientras la estrangulaba, estaban clavados en
su mente, como una canción imposible de borrar.
Debía marcharse de allí, les comunicaría a la agencia que el trabajo estaba hecho,
seguramente ya se habrían enterado de que Capdevilla estaba muerto, y, si él les decía
que la mujer también, no creía que desconfiaran de él e intentaran averiguarlo, después
de todo una mujer que no era ni famosa ni rica no solía ser de interés para la agencia.

Cristina fue la primera que entró en su casa para encontrarse a su padre allí, sentado
en el sofá, el hombre se levantó al verla, igual o incluso más nervioso que el día en que
había entrado en la habitación de su hija en el hospital.
--¿Que cojones hace este aquí?--preguntó la mujer.
Tiana entró seguida de Catalina, ambas mujeres eran cómplices de ese plan.
--Solo quería ver como estabas—dijo el hombre.
--Pues estoy bien, como puedes ver—dijo Cristina—Ahora vete, vuelve a donde
quieras que estabas antes de entrar de nuevo en mi vida.
Caminó hasta el sofá y se dejó caer, sobre la consola estaba su preciado tabaco, no
sabía cómo había aguantado tanto tiempo sin fumar.
--Sin yo pedírtelo—concluyó poniéndose un pitillo en la comisura de sus labios.
El hombre frotó sus dedos unos con otros, un gesto que Cristina conocía bien,
siempre que el nerviosismo le atormentaba, o el miedo, o la culpa, cualquier sensación
ligada a la intranquilidad, frotaba así los dedos.
--Será mejor que os dejemos solos para que podáis hablar—dijo Tiana casi tirando
del brazo de Catalina.
Salieron antes de que Cristina las detuviera, porque ambas sabían que lo haría, tras
el portazo ambos callaron, no sabiendo que decir, podían haberse contado cada día de su
vida en esos años de atrás, hablado de donde trabajaban, que hacían y qué tipo de cine
les gustaba, pero los dos sentían que hubiera sido inútil, era como si dos pistoleros
hablaran amigablemente antes de batirse en duelo.
--Tu amiga me ha dicho que trabajas en una discográfica—dijo el hombre—Que
interesante, sabía que eras lista.
--Me ha ido muy bien sin ti, si—dijo la mujer antes de dar una larga calada a su
cigarrillo—Y tú supongo que continúas viviendo de pedir prestado a la gente para poder
beber una vez más.
--Eso ya pasó—contestó el hombre—Ahora trabajo en una carpintería.
--Menudo futuro prometedor—bromeó ella.
--Futuro---repitió el hombre como si aquella palabra le hubiera atravesado el
corazón.
La miró y caminó hacia ella, la cual le miró extrañada, el hombre estuvo a punto de
sentarse a su lado, pero rehusó, y se quedó de pié al lado de la consola.
--Estoy cambiando, cielo—dijo—Quiero arreglar las cosas.
--No vuelvas a llamarme así—le recriminó ella—Yo no soy tu cielo, no soy nada
tuyo.
--Eres mi hija, te guste o no—dijo el hombre secamente.
Bajó la cabeza, irremediablemente arrepentido por sus palabras, como si estas
hubieran sido un insulto.
--Lo siento—dijo—Estoy nervioso.
Miró su reloj, este estaba suelto en su delgada muñeca y tuvo que coger la esfera y
guiarla hacia su cara.
--Debo irme—dijo—Esta noche tengo que ir a un asunto…
--Eso—dijo Cristina—Vete, deben de estar esperándote por allí, en algún lugar, pero
por lo que a mí respecta, no vuelvas por aquí nunca más.
Gregorio Narváez la miró unos segundos y después caminó hacia la puerta.
--Adiós, hija—dijo antes de salir, tan suave, que no creyó que ella le oyera.

Joel Austerlitz llegó a su apartamento y buscó su teléfono, marcó el código para
comunicarse con la agencia, y todo lo hizo sin pensar, casi sin respirar, como siempre,
la misma voz distorsionada le respondió al otro lado del hilo, el tipo que esperaba
siempre para responder a ese teléfono.
--He hecho lo que me pidieron—dijo Austerlitz—Es mi último encargo, me retiro,
pueden buscarse a otro.
--Hará un trabajo más—dijo la extraña voz.
--De eso nada—contestó Joel tajantemente—Lo dejo, ya me he cansado de...
Escuchó pasos tras la puerta, algo extraño, porque solo él vivía en aquel edificio,
inmediatamente pensó en que las investigaciones de la policía habían conducido hasta
allí, pero era imposible, si sabía algo de la policía es que era estúpida, o eso pensaba y
había pensado siempre.
Dejó el teléfono móvil sobre la mesa y cogió su arma, que estaba al lado, caminó
despacio hacia la puerta y miró por la mirilla, no había nadie, abrió lentamente y
observó el sobre amarillo en el suelo, la agencia no había tardado nada en asignarle un
nuevo cliente.
Cogió el sobre y cerró, después volvió a dejar su arma al lado del teléfono y cogió el
aparato.
--Oiga--dijo--Ya le he dicho que...
El hombre que esperaba al otro lado había colgado.
--Hijos de puta—masculló.
Abrió el sobre y allí estaba, su nuevo objetivo, era un tipo de tez morena,
posiblemente sudamericano, leyó el informe con detenimiento, sentado en su sofá
mientras fumaba un cigarrillo, el trabajo no parecía más fácil ni más difícil que ninguno
de los que había hecho anteriormente, el tipo en cuestión era un hombre que regía una
organización de trata de blancas allí, en Madrid, tenía un local, un club de alterne a las
afueras, y todos los días corría por un cuidado parque acompañado de un tipo
corpulento que podría ser su guardaespaldas o su amigo.
Se deshizo de todo, como de costumbre, y se dio una larga ducha, después salió a la
calle y caminó hasta que encontró el primer cine en su camino, necesitaba distraerse, y
lo necesitaba ya, el no haber podido matar a aquella mujer había infringido en él cierta
presión.
Entró, no había mucha gente esperando para entrar, debido a que no era un cine muy
confluido ni grande, tras observar las carteleras de las películas, eligió la que creyó más
oportuno, un drama de intriga inspirado en la era victoriana, sacó la entrada y caminó
hacia el mostrador, donde una chica joven le sonrió al verlo, pidió un paquete de
palomitas y una coca cola mediana, el chica las sirvió despacio, girando la cabeza de
vez en cuando para observarle, y posiblemente dando gracias porque un hombre como
aquel viniera solo al cine, lo cual suponía que podría estar soltero, para su sorpresa.
La película no le disgustó demasiado, aunque tampoco fue lo mejor que había visto,
después de todo la sala solo fue llenada por parejas que se besaban de vez en cuando,
ignorando el film, con la apariencia de no saber siquiera de que trataba la película.
Cuando salió vio a la joven del mostrador caminar por delante de él, mirarle y
sonreírle, era muy joven, seguramente no cumpliría los veinticinco, una chica confiada,
sensual, a pesar de aquel uniforme con el logotipo del cine, el cual podría afear a
cualquiera, sus curvas parecían luchar por salir al exterior, por mostrarse al mundo, su
pelo rubio, sus ojos verdes, le recordaban a Joel a alguien que conocía.
La siguió hasta la puerta, la noche había caído ya, algo fresca, aunque anunciando lo
que anunciaban las noticias, una ola de calor que duraría meses, se colocó al lado de la
muchacha, que fumaba, y le pidió un cigarrillo.
--¿Ha venido solo?--le preguntó ella dándole un fortuna.
--Si--respondió él—Estoy soltero.
--Al cine siempre es mejor venir acompañado—dijo la chica.
Joel Austerlitz la miró, ahora más detenidamente, aquella muchacha era alguien que
había visto anteriormente, sin duda alguna.
--¿Cómo te llamas?--le preguntó.
--Natalia.
Aunque para Joel no era Natalia, ni ninguna otra mujer con otro nombre, era Cristina
Narváez, todo en ella le recordaba a aquella mujer, cuya mirada no había podido
olvidar. Tomó como una gran casualidad el encontrar a una mujer que se pareciera tanto
a la que él deseaba, y si duda iba a aprovechar aquella oportunidad todo lo que pudiera.
--¿A qué hora sales?--le preguntó con el cigarrillo en la mano.

Resultaba que Natalia salía en una hora, y resultaba, para suerte de Joel, que la
actividad de tomar algo, en cualquier bar de Madrid, que había miles, no le interesaba lo
más mínimo, los días y días que la chica pasaba tras el mostrador de ese cine la
convertían, cuando lo abandonaba, en alguien dispuesta a disfrutar de la vida todo lo
que pudiera, cuando decimos vida bien podríamos decir sexo libre y sin ataduras con
quien le resultara lo suficientemente atractivo, y de nuevo, por suerte para Joel solía
resultar muy atractivo a las mujeres.
Para Natalia, una joven que estaba trabajando para ganar dinero hasta que una
agencia de modelos la descubriera, Joel no era Joel, era Carlos Aguilar, un vendedor de
coche de Getafe, aunque eso no le importaba más que el placer que aquel tipo pudiera
darle aquella noche.

En el apartamento de Joel, el sexo fue apasionado y voraz, la muchacha saltó hacia
el nada más entrar y comenzó a besarle repetidas veces en la boca, él llevó sus manos
hasta el trasero de la joven, enfundado en los pantalones de trabajo, la llevó a cuestas
hacia la cama y la soltó allí como si fuera un saco de arena, la desnudó despacio, tirando
de las perneras de sus pantalones, el resto se lo quitó la misma chica mientras él también
se desnudaba.
Él la miraba a la cara mientras la penetraba, observaba sus ojos en blanco, su boca
resecándose por el placer, le recordaba tanto a Cristina...
Cuando acabaron, cuando la cama dejó de moverse como movida por una fuerza
sobrenatural, ella se vistió despacio, con aire cansado, mientras él la miraba tumbado
desde la cama, desnudo.
--En fin—dijo ella con el pelo revuelto y las zapatillas en la mano—Nos vemos.
Aquello era una frase hecha, como cuando dos personas se encuentran después de
mucho tiempo, ambos sabían que no volverían a verse, ni falta que hacía, ese momento
solo había sido un mero entretenimiento, una película más en la sala de cine de la vida
de ambos, no había ninguna necesidad de volver a verse, nunca.
Después Joel se levantó, se duchó y encendió un pitillo, estuvo varios minutos
mirando por la ventana, después decidió que tenía que ver a Cristina Narváez una vez
más.
Esa misma mujer cenó abundantemente, la comida del hospital había sido para ella
como algo peor que el disparo de su pecho, Catalina frió carne y patatas para las tres y
se sentaron a cenar a la mesa.
La televisión emitía escenas de la casa de Guillermo Capdevilla, recientemente
asesinado, para las televisiones mundiales, la prensa y sus admiradores, casi todos
mujeres u hombres fanáticos de la moda, el crimen había sido perpetrado por el
mayordomo, el cual había sido descubierto por el propio Capdevilla, aunque insistían en
que la investigación continuaba abierta, más que nada por esa búsqueda de explicación
inútil que las personas necesitaban cuando ocurre un hecho de esa índole, que por otro
motivo.
La conversación en la cena no fue demasiado fluida, Tiana y Catalina notaban, sin
duda, algo en su amiga, como un peso sobre los hombros, pero ninguna de las dos se
atrevió a preguntarle nada, aunque sabían que ese peso se había depositado allí a raíz de
la conversación que la mujer había tenido con su padre.
Solamente Tiana, que sabiendo el carácter de su amiga, intentó a su manera que la
mujer soltara algún improperio cuando sentenció que Catalina se quedaba esa noche
también, y que podría dormir con ella.
Cuando recogieron los platos Cristina dio las buenas noches y se adentró en su
habitación sin más.
Entre sus sábanas, se sintió cómoda por volver de nuevo a su cama, pero no lograba
conciliar el sueño, sus ojos no podían cerrarse por más de un minuto, porque nada más
juntar sus párpados veía a su padre delante de ella, suplicándole el perdón.
No estaba confusa, ni enfadada, era una sensación que no podía describir con
palabras coherentes, para más inri, ese pensamiento extraño estaba acompañado por el
rostro del hombre que había intentado estrangularla, haciéndola recordar una y otra vez
esa sensación de paz, de conformidad, que había sentido cuando se había quedado sin
aliento, cuando las manos del hombre, rudas pero suaves, se habían cerrado en torno a
su tráquea haciéndola casi crujir.
Por primera vez en toda su vida se había sentido viva y a la vez odiado por completo
su vida, y precisamente había sido en el mismo instante en que había sabido que iba a
morir. La endorfina de su cuerpo, sentir como el aire se le escapaba de los pulmones, y
una cierta alegría, porque si, había sentido alegría cuando había estado a punto de dejar
este mundo.
Se frotó la frente, estaba sudorosa, cerró los ojos y vislumbró la cara de su asesino,
su rostro delgado, sus ojos de mirada profunda y su boca que jamás podría olvidar, se
movió deprisa en la cama, intranquila, como si tuviera una pesadilla, fuera, se escuchó
la risa de Tiana, y como los pasos de las chicas recorrían el salón.
Bajó sus manos por debajo de sus sábanas hasta que creyó oportuno detenerlas, una
en cada lado de su anatomía, la mano derecha en su vientre, sobre su camiseta, y la
izquierda en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón.
La puerta del dormitorio de Tiana se cerró, dejando la casa a oscuras y
aparentemente solitaria, ese tipo de casas que tanto gustan a los ladrones.
Estuvo así varios minutos, escuchando el sonido que provenía de la calle, después
suspiró profundamente y bajó su mano derecha hasta su sexo, sobre su ropa interior,
estaba carcomida por el sudor, que achacó a la ola de calor que se avecinaba sin cesar
sobre todo el país, aunque en el fondo sabía que era fruto de la excitación, sin salir de la
cama, se deshizo de toda su ropa, quedando completamente desnuda, tan solo vestida
con el apósito que tapaba la herida en su pecho, y sintiéndose liberada, en aquel
momento sus manos volvieron a reptar por su cuerpo como si fueran manos ajenas,
tocando sus pechos, su vientre, su sexo.
Fue lento y laborioso, quería disfrutar cada sensación, cada detalle, cada caricia,
pellizco o palmada, removiéndose en su cama como un pez en el fondo de un cubo, loca
por acaparar todo el placer del mundo, si podía.
Si antes sudaba, ahora estaba completamente empapada, tenía la sensación de que
iba a deshidratarse por los poros de su cuerpo y morir, ahogó el grito con la almohada,
convulsionándose como una poseída y casi desmayándose en unos segundos que creyó
gloriosos, y el rostro de Joel estaba allí, sobre ella, poseyéndola, conduciéndola hasta el
placer más extremo, y se mantuvo allí durante largos minutos.
Ahora se sentía de nuevo molesta por el calor, pegajosa como una medusa varada en
la playa, salió de su dormitorio y entró en el baño, se miró al espejo, de pie, con el pelo
enmarañado, el pecho perlado de gotas de sudor y el apósito manchado de sangre.
Temía que los puntos se hubieran abierto, se quitó el apósito con un gesto de dolor,
la herida estaba sangrando, pero lo hacía muy despacio, como si respirara, aunque los
puntos continuaban en su sitio, o por lo menos tuvo esa sensación, dado que no era ni
enfermera y sus conocimientos sobre sanidad eran nulos. Se duchó con agua fría, una
ducha rápida y sin gel ni champú, simplemente quería refrescarse para olvidar el calor.
Cuando se secó, sustituyó el apósito por uno nuevo y salió del baño envuelta en su
albornoz.
Se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas y a oscuras, simplemente con la luz de
la luna llena entrando por las ventanas, encendió un cigarrillo y fumó despacio, en
silencio, como si fuera un ánima que habitara aquella casa, condenada a una vida eterna
entre aquellas cuatro paredes, sumida en sus pensamientos, en el cúmulo de situaciones
que le habían ocurrido todos esos días.
Media hora más tarde se introdujo desnuda entre sus sábanas, quiso desconectar su
cerebro para conseguir su propósito, dormir, a ser posible, de un tirón toda la noche, y
lo consiguió, cuando Tiana salió y abrió la puerta de su dormitorio despacio, para ver si
dormía, Cristina estaba ya lejos del mundo material.

La noche siempre ha sido, para casi todo el mundo, un escondite donde escaparse
del día, tumbarse en su lecho y dormir profundamente a la espera de una nueva jornada,
un tiempo de descanso, decimos para casi todo el mundo, para los trabajadores
nocturnos, los que viven de la fauna de la noche, camareros, basureros, prostitutas y
clientes de prostitutas, la noche es un elemento más en el que moverse, Joel Austerlitz
era un animal de esa fauna nocturna, se sentía cómodo con la oscuridad porque la
oscuridad era su aliada.
Por la noche también nos sentimos seguros, nadie suele pensar en que un ladrón ha
entrado a desposeernos de nuestras pertenencias, ni que un asesino a sueldo a forzado la
entrada con una tarjeta de crédito para acecharnos en nuestro dormitorio, aunque a veces
tenemos esa sensación de que alguien o algo nos está vigilando, de que no estamos
solos en nuestra morada.
Tal y como le ocurrió en ese instante a Cristina Narváez, una sensación que le hizo
abrir los ojos y mirar a su alrededor.
Estaba tumbada, tapada hasta la cintura y desuda, indefensa, seguramente sin
ninguna posibilidad de escape, una desventaja de vivir en un tercer piso.
Estaba sentado en una silla giratoria, la cual había estado abandonada en el
dormitorio de Cristina días y días, no podía verle la cara, pero distinguía perfectamente
su silueta, se incorporó en su cama y se cubrió con las sábanas hasta el cuello.
La voz de Joel Austerlitz, no obstante, le resultó tranquilizadora en medio de la
noche.
--Tú quieres morir—dijo.
Cristina le observó callada y dirigió la mirada hacia la puerta, rezaba porque ni
Tania ni Catalina se despertaran, de ser así, aquel tipo no dudaría en acabar con ellas.
--¿Que quieres?--preguntó con un tono de voz frío--¿Has venido a matarme? ¿Es
eso? ¿Has vuelto a terminar tu trabajo? ¿O vas a ser un hijo de puta y vas a violarme
antes de acabar conmigo?
--Tú quieres morir—repitió Joel.
--¿Por qué dices eso?
--Lo vi en tus ojos ayer—respondió el hombre.
--Ya--dijo la mujer—Cuando me estrangulabas, pero siento desilusionarte,
solamente me hacía la muerta.
--No--dijo el tipo casi con una risa en su voz—He matado a mucha gente, y se
cuando alguien desea la muerte, y tu deseabas la muerte.
--Tu que sabrás—dijo ella--¿Eso piensas? Pues venga, mátame de una vez, si eso es
lo que quieres.
--No voy a matarte—dijo Joel—Mi trabajo contigo a terminado, tu no eras mi
víctima.
--Tu víctima era Guillermo Capdevilla. ¿Me equivoco?--dijo Cristina—No te
preocupes, no voy a chivarme a la poli, me importa una mierda ese tipo, la policía y tu.
Vio como Austerlitz encendía un pitillo, pudo distinguir su rostro cuando la llama de
su zippo le alumbró, era el mismo rostro atractivo y sensual con el que había soñado
horas antes.
--¿Por qué has venido, si no es para matarme?
O hubo ninguna respuesta, aquel hombre no la conocía, y no creyó conveniente el
decirle a aquella mujer que no había podido dejar de pensar en ella desde que había
rodeado su cuello con sus manos.
--No creas que te tengo miedo—dijo ella—No me das ningún tipo de miedo, y eres
idiota si piensas lo contrario.
--Eres valiente—dijo él.
--¿Eso es una pregunta o una afirmación?
Joel se levantó de la silla y caminó hacia la cama despacio, Cristina estaba
paralizada, preguntándose qué haría con ella, en aquel momento, sin duda alguna, era la
víctima de ese desconocido sanguinario. Le vio rodear la cama hasta ponerse a su lado y
detenerse, entonces distinguió mejor su rostro, sus ojos brillaban como los de un gato en
un callejón oscuro.
--¿Por qué quieres morir?--le preguntó.
Cristina no separó la mirada de él cuando habló.
--No me gusta la vida—dijo como si confesara un secreto—No me gusta el mundo,
ni la gente.
--A nadie le gusta la vida—dijo él—Pero la viven porque es lo que les ha tocado.
--Yo creía eso hasta que intentaste matarse sin piedad—dijo Cristina—En ese
instante comprendí que yo estaría mejor muerta.
Joel dio un paso hacia ella y se detuvo, por primera vez en su vida estaba nervioso,
se sentía como un adolescente que encuentra a la chiquilla que le gusta en medio de un
abarrotado local. Este gesto hizo que la mujer retrocediera un poco y soltara sus
sábanas, se miraron, él distinguió su bello cuerpo desnudo que brillaba por la luz de la
luna, tan radiante y majestuoso como nunca él había visto.
--¿Esto es lo que quieres?-- le preguntó ella.
--¿Es lo que quieres tu?
Cristina se negó a responder, volvió a cubrirse con las sábanas y bajó la cabeza hasta
sus propios pies.
--Si vas a matarme, hazlo de una jodida vez—le dijo.
Él acercó sus manos hacia ella. ¿Se disponía a obedecerla? ¿A llevar a cabo su
petición?
Eso era lo que parecía, pero solo quería ofrecerle un cigarrillo, ella lo aceptó y él se
agachó para darle fuego, con la llama, entonces, sus rostros se vieron casi por completo,
ambos sintieron un escalofrío.
--Alguien como tú no debería morir—le dijo él casi con un susurro.
--No soy nadie especial—contestó ella—No soy famosa, ni rica, ni inteligente.
--Nadie lo es en realidad.
--Eso es cierto—respondió Cristina antes de dar una calada a su cigarro—Todo el
mudo apesta hasta la saciedad, trabajadores, maridos y mujeres, solamente son
fantasmas efímeros.
Joel la miraba de pie, al lado de su cama, sus manos temblaban. ¿Que era aquello
que sentía por esa mujer? Jamás lo había sentido, simplemente sabía una cosa, lo que,
por no aguantar más los nervios, le dijo a continuación.
--No he podido dejar de pensar en ti desde la primera vez que te vi.
Cristina le miró fijamente, sin ninguna expresión especial en el rostro, en el fondo
algo se lo había dicho desde el principio. Alguna especie de conexión había entre ella y
él, algo que nunca había sentido por ningún hombre que hubiera pasado por su vida.
--Yo tampoco—contestó.
Se tumbó de lado y apoyó la cabeza sobre su mano y el codo sobre la almohada, su
actitud era ahora más tranquila, incluso se sentía con poder.
Joel la miraba callado, como si quisiera admirarla para guardarla en una caja, bien
segura, en su cabeza, y no olvidarla jamás. Fueron minutos de silencio, fumando,
ninguno de los dos necesitaba hablar, solamente querían que ese momento, esa instante
de contemplación mutua, durara eternamente, pero el amanecer se aproximaba
impertérrito, como una cuenta atrás de una bomba de relojería.
Ella llevó su mano hasta las sábanas y las apartó despacio, quedando desuda delante
de él, de lado, con sus formas resaltando en la noche, los cigarrillos estaban en el suelo,
consumiéndose, Joel la observó despacio, sus hombros fuertes pero femeninos, sus
pechos, cayendo grácilmente hacia abajo, su vientre algo relleno, no propio de una
modelo pero lo más atractivo que pudiera ser, su sexo rubio, sus muslos carnosos,
hicieron que sus latidos se aceleraran como con vida propia.
Se acercó a ella y levantó una mano hacia la mujer, acarició el apósito que cubría su
herida.
--¿Te duele?-- le preguntó.
--No mucho—contestó ella.
Después los dedos del hombre fueron hasta los labios de ella, rosados y pulposos,
ella dejó que el dedo pulgar de él se introdujera dentro y probara la estructura de los
dientes, el dedo le supo a ella a tabaco y pólvora, era un sabor violento y atrayente,
después salió de la boca y ella besó la llena del dedo.
--Debo irme—confesó él.
--¿Qué ocurre?--preguntó ella extrañada.
--No... No se... no sé que siento por ti, Cristina, no lo sé, es....estoy confuso.
--Dime al menos como te llamas—pidió ella.
Él ya estaba en la puerta, ahora los primeros rayos de sol le iluminaban, y pudo verle
de cuerpo entero.
--Joel--contestó antes de abrir la puerta despacio y salir.
Cristina se quedó tumbada, confusa con ella misma y sus sentimientos, más tarde se
sentó en la cama pensativa, fue así como Tiana la encontró.
--¿Te encuentras bien?--le preguntó.
Ella le miró y sonrió.
--Jamás me he sentido mejor—le dijo.

No era la primera vez que Cristina Narváez pisaba un juzgado, hacía ya varios años,
cuando acababa de terminar la carrera, que tuvo que acudir a un careo, y también fue a
causa de uno de sus arrebatos de ira, los cuales ni siquiera, como ya hemos visto, se
molestaba en controlar.
Aún así Cristina lo recordaba como si fuera ayer, a pesar de que cuando esto ocurrió
ella tan solo era una simple becaria, acababa de licenciarse y su trabajo no era
precisamente importante, se componía de traer cafés, hacer fotocopias y subir y bajar
escaleras como simple recadera.
La víctima de su ira fue su jefe, un hombre amable hasta resultar pesado,
engominado y dominante, aunque sobre todo era afectivo, demasiado, para el gusto de
Cristina y seguramente para más de una mujer que trabajara con él.
Por alguna razón que Cristina no logró comprender, ni comprenderá nunca, el
hombre se creyó con suficiente confianza para pellizcar el culo de su becaria favorita,
con lo cual recibió su merecido en forma de taza de café estrellada en la cabeza.
Después de tener que ser sujetada por varios compañeros y ver brotar la sangre de la
cabeza del tipo, fue condenada a pagarle una suculenta indemnización, no acabó allí,
por supuesto, el orgullo herido del tipo hizo que lanzara innumerables amenazas a su,
ahora, ex empleada, que si no volverás a trabajar nunca en tu vida en esto, que tendrás
que buscar trabajo en los mercadonas, nada del otro mundo para Cristina ni para nadie.
Estuvo un año de trabajo en trabajo, restaurantes, tiendas, e incluso repartiendo
pizzas, para pagarle la indemnización a su ex jefe, durante ese año Cristina se maldecía
a sí misma, aceptando que aquel tipo había cumplido su amenaza, no la querían en
ninguna empresa seria de publicidad. Hasta que conoció a Gregorio Espinosa, el cual la
contrató casi de inmediato y ella, por propia amabilidad, le contó su historia en su
anterior trabajo en el campo de la publicidad, por suerte al hombre lo único que le
importaba era que trabajase, tenía una, todavía, pequeña discográfica y necesitaba a
alguien que planeara las estrategias de marketing.
Después de varios años, Sound Spectrum Records absorbió a esa empresa con ese
jefe demasiado cariñoso, Cristina ya era la poderosa mujer con secretaria propia, la
última vez que vio a su antiguo jefe fue en los pasillos de su discográfica, con una caja
en su regazo donde portaba sus cosas y su orgullo, se detuvo delante de él y le enseñó
con rabia el dedo corazón.
--¡Jódete, hijo de puta cabrón!--le gritó--¡Ahora es a ti al que no van a contratar en tu
puta vida, viejo salido!

Volviendo al juzgado, Cristina estaba sentada frente a la mesa del juez, a su
izquierda, Pedro Vasconcellos vestía un impoluto traje negro, el juez le había
preguntado a ambos lo sucedido y, cuando le había tocado el turno a ella, lo había
contado todo, escupiendo las palabras pero sin ni siquiera un poco de remordimiento en
ellas, le contó como le había destrozado el coche a aquel hombre.
Después, el juez habló, primero se dirigió a ella.
--Usted, señora—dijo--Ha destrozado un bien que es una propiedad privada, y eso es
imperdonable.
Cristina se había jurado a si misma ser una chica obediente.
--Si, señor—respondió.
--No voy a darle una condena económica por ser su primera falta, pero si puedo
obligarla a que ponga fin a esos arrebatos de ira que tiene.
¿Su primera Falta? Cristina se sorprendió de aquellas palabras, o aquel tipo no había
investigado lo suficiente o era idiota, en cualquier caso, se había librado de una condena
mayor.
--La condeno a acudir tres meses a clases de control de la ira—dijo el juez—Y no
piense que puede librarse con no acudir, deberán ser controlados por medio de
certificados que deberá presentar en estos juzgados.
--Si, señor—repitió Cristina.
--Eso es todo—dijo el hombre—Puede irse.
--Si, si, muchas gracias.
Se levanto y vio como Pedro se levantaba a su vez y le estrechaba la mano al juez.
--Bueno, Pedro, todo ha salido bien.
--Muchas Gracias, Gaspar. ¿Vas a ir de caza el domingo?
Salió, fuera, Catalina y Gregorio se acercaron a ella nerviosos.
--Ha ido mejor de lo que esperaba—dijo la mujer.
Pedro salió detrás de ella, la mujer se volvió, el juez prefirió, al verlos frente a
frente, salir de allí como alma que lleva el diablo, perdiéndose por la primera escalera
que encontró.
--Que--dijo el hombre— ¿Ves lo que pasa por ser una puta?
--¡Pedro!--dijo Gregorio--¡Que sigue siendo una compañera de trabajo!
--Ya lo sabes—dijo el hombre—A partir de ahora más te vale que estés conmigo
más suave que un guante.
Se marchó sin más, había ganado, y Cristina se había mantenido firme ante él, sin
mediar palabra.
--Guau, jefa—dijo Catalina—Ha mantenido el tipo, esperaba que le arrancase la
yugular de un momento a otro.
--Tengo cosas más importantes en las que pensar—dijo la mujer.
Y era verdad, pensaba en aquel tipo que la había visitado al noche anterior, el
asesino, el que, sin ella saberlo, había hackeado su ficha policial para dejarla sin ni
siquiera una multa de tráfico, y tenía muchas, por esa razón el juez no había visto
ningún delito anterior. Pero ¿Dónde estaba? Hacía días que no lo veía, y empezaba a
pensar que no volvería a verlo más, al único hombre que le había hecho sentir algo en su
vida.
Volvió a la discográfica, tal y como Gregorio le había prometido, ahora tenía entre
manos un proyecto importante, aunque Cristina intuía que el sexo que tuvo con aquel
tipo había tenido mucho que ver, no había nada mejor acostarse con un hombre para
ponerlo a sus pies, y ella lo sabía perfectamente. El proyecto era planear la campaña
publicitaria de uno de los cantantes más famosos del planeta, una campaña que daría la
vuelta al mundo y que le haría ganar millones a Sound Spectrum Records, y a ella
también.
Estuvo trabajando todo el día hasta el puto de olvidarse Pedro y del juicio, después
condujo hacia su casa, algo cansada pero contenta, el trabajo le iba de maravilla y, al
menos era lo que ella pensaba, estaba enamorada, por primera vez en su vida, y era una
sensación algo extraña, una mezcla de alegría y miedo.
La casa estaba vacía y oscura, se preguntó dónde estaba Tiana, después comprendió
que no le importaba ni siquiera un poco donde podría estar aquella rusa, se dejó caer en
el sofá y, ya había cogido el mando de la televisión, cuando escuchó un gemido en su
dormitorio, se detuvo, como si aquel sonido hubiera sido una ilusión, quizás el sofá
había crujido al sentarse, ese viejo y usado mueble, que ya estaba en edad de jubilación.
El gruñido volvió a escucharse, se levantó deprisa, con un enfado repentino, aquello
solo podía tener una explicación.
--Maldita cosaca salida—dijo mientras caminaba hacia el dormitorio—Como te
hayas metido en mi habitación para echar un polvo vas a saber quién soy yo...
Al abrir la puerta se detuvo de pronto, vio la sangre, la ropa de hombre tirada por el
suelo y el cuerpo masculino.
--¡Joel!
El hombre estaba sentado en la silla, en la cual había aparecido la noche anterior,
tenía una herida, posiblemente de cuchillo, en el muslo derecho, no la miraba, estaba
demasiado concentrado en coserse a sí mismo con una aguja e hilo quirúrgico.
--¿Pero que ha pasado?--le preguntó.
--Es largo de contar—le dijo él—No puedo ir a casa, no tengo a donde ir.
--¿Que...que hago?--preguntó ella desorientada--¿Que puedo hacer?
Joel la miró a la cara, con la aguja en su mano derecha, casi desnudo, solo vestido
con sus calzoncillos, su ropa estaba esparcida por todo el suelo del dormitorio.
--Corta el hilo—le dijo—Y tráeme algo de beber, me muero de sed, cariño, corre,
por favor.
Cristina salió a la cocina y buscó las tijeras, llenó un vaso de 100 pipers y corrió
hacia el dormitorio de nuevo, llevaba las tijeras en la boca como un militar que
aguantase allí el machete y el vaso con licor en la mano derecha, le dio el vaso y se
agachó a su lado, cortando el hilo de coser, Austerlitz bebió el whisky de un trago y
dejó caer el vaso al suelo, un gesto sin duda de que estaba casi sin fuerzas.
--Llévame a la cama—pidió él.
--Si, venga—dijo Cristina—Vamos a la cama, allí estarás mejor.
Lo alzó con toda la fuerza que una mujer de su edad pudiera tener y lo condujo hacia
su cama, despacio, como si él fuera un niño y ella le estuviera enseñando a caminar. Lo
sentó allí y alzó sus piernas despacio, tumbándolo.
--Ya me contarás en que lío te has metido—le dijo ella.
Le miró y suspiró profundamente, allí tumbado, aquel hombre no parecía para nada
el asesino sanguinario que era, sino un simple mortal herido en una pierna, indefenso y
dócil, se tumbó a su lado y acarició su cabello despacio, contemplándolo.
--Me has llamado cariño—le dijo—Nunca me habían llamado eso... ¿Joel?
Se había quedado profundamente dormido, ahora estaba a salvo, con ella, recibiendo
sus cuidados, se inclinó sobre él y le besó suavemente los labios.

Cristina Narváez entró en la discográfica como había entrado en ella los dos últimos
dos meses y medio, llena de autoestima, no solamente porque su proyecto de marketing
era todo un éxito, no solamente porque con él había conseguido un aumento de sueldo
bastante suculento, con el cual había jubilado a su antiguo coche y se había comprado
uno nuevo último modelo, si no porque, con todo eso, estaba viviendo con un hombre al
que amaba y adoraba. Había dejado su antiguo apartamento, cediéndole su puesto a la
buena de Catalina, la cual se había mostrado encantada con la idea de vivir con Tiana, y
Joel había comprado cien metros cuadrados en el centro, muy cerca de la discográfica.
Pero, como siempre, era algo como uno absurdo del universo, no todo podía ir bien
al cien por cien. Cristina siempre había pensado que solo hacía falta un idiota para
joderle a alguien la vida.
Ese idiota tenía nombre y apellidos, Pedro Vasconcellos.
Después del juicio, ninguno de los dos se había vuelto a dirigir la palabra, después,
él había vuelto a hablarle, con pocas palabras, incluso con evasivas y un tono de
desprecio, simplemente por razones de trabajo, pero semanas después había vuelto a la
carga con sus insultos.
Cristina había intentado ignorarle, y hasta ahora lo había conseguido, las clases de
control de la ira no eran precisamente su pasatiempo favorito, a su juicio, no servían de
nada, y la única razón por la que no le había partido la cara a Pedro era Joel, no era lo
más apropiado para ellos el que ella acabara a tres por dos en comisaría, sobre todo si
convivía con un asesino a sueldo.
Miró su reloj, tenía una reunión en cinco minutos y no debía faltar, y ni mucho
menos hacer esperar a su cliente, el cual, tras ver el éxito que había obtenido debido a
las ideas de aquella mujer, estaba dispuesto a firmar con ella, y no con otro, el contrato
de su nuevo proyecto, olvidándose de su anterior discográfica, la competencia directa de
Sound Spectrum Records.
Sacó medio cuerpo fuera de su despacho, Catalina estaba pintándose los labios
mientras se miraba en un espejo de mano redondo.
--Catalina--le dijo—Ve a la sala de reuniones y dile a ese cantante que iré en diez
minutos, dale un café y rielé las gracias.
--¿Las gracias?
--Si, he dicho las gracias, no es tan difícil—dijo Cristina—Además, es guapo, puede
que busque novia, ya va siendo hora de que eches un polvo.
--Si, jefa—dijo la muchacha levantándose de su silla y poniéndose inevitablemente
colorada.
Volvió a su mesa y buscó el contrato por encima de ella, le resultó curioso que no lo
encontrara, todo en ella estaba perfectamente ordenado, y ocurría lo mismo dentro de
sus cajones, sin duda, el contrato no estaba en su mesa.
--Catalina--farfulló con desprecio.
Salió hacia la mesa de su secretaria a la vez que ella volvía con rostro apresurado.
--¿Donde has metido el contrato?
--Tienes que venir—le dijo ella—Ahora, ven, corre.
--¿Que ocurre? ¿Que te pasa?
--Pedro te lo ha vuelto a hacer—dijo Catalina—Está en la sala de reuniones con tu
cliente.
Cristina enfureció de repente, sin poder creerse que la historia había vuelto a
repetirse, después de haber cedido ante aquel tipo, de haber pagado legalmente el
haberle destrozado el coche, merecidamente, a su juicio.
Pudo ver la espalda de su cliente, perfectamente reconocible, que caminaba hacia la
puerta.
--¡Espere!--le llamó--¡No se vaya!
Pedro Vasconcellos se cruzó en su camino, sonriente, con aire de triunfo.
--¡Tu, maldito hijo de puta!--le gritó--¿Cómo te atreves a hacerme esto otra vez?
El hombre se detuvo delante de ella y todos los que pasaban por el pasillo se
detuvieron, se hizo el silencio, aquella escena parecía un duelo de película de western,
Catalina incluso creyó que ambos desenfundarías sus armas y corrió a llamar a Gerardo.
--¿Yo?--dijo Pedro—Yo no he hecho nada, solo he visto una oportunidad y la he
aprovechado.
--Ese cliente era mío y lo sabes—dijo Cristina.
--Bueno--se encogió de hombros él—Haber llegado antes.
--¡Pero si me has robado el contrato que había en mi mesa!
--Aquí somos un equipo—dijo el hombre—Eso es lo que dijo Gerardo.
El mismo Gerardo llegó corriendo, dispuesto a poner orden en aquella
confrontación, se interpuso entre los dos duelistas para evitar que desenfundaran sus
armas y se liaran a tiros.
--¿Se puede saber que está ocurriendo aquí?--preguntó.
Estaba enfadado, nadie allí lo había visto jamás tan enfadado, como si el bueno y
apacible de Gerardo Espinosa hubiera sido sustituido por un ente extraño pero con su
mismo cuerpo.
--¡Ha vuelto a robarme el proyecto!--se quejó Cristina.
El hombre miró a Pedro.
--¿Otra vez?--le preguntó—Ese proyecto era de Cristina y lo sabes. ¿Que te pasa?
--Su cliente estaba solo y solamente entré para hablar con él.
--Ya, y una cosa llevó a la otra—dijo Cristina—Al final en el contrato que, por
cierto, me robaste de mi propia mesa, acabó tu nombre.
--¿Es verdad eso?--preguntó Gerardo--¿Le cogiste el contrato de su mesa?
Pedro miró a su alrededor, todo el mundo le miraba expectante, esperando una
respuesta, levantó los brazos y balbuceó palabras incomprensibles.
--Bueno--contestó al final--¿Y que?
--Cómo que y que, maldito cabrón—gritó Cristina.
Gerardo levantó la mano para que callara.
--Eso no ha estado nada bien, Pedro—dijo--Lo siento pero te tengo que despedir.
--¿Cómo?--exclamó el hombre—No, no puedes hacer eso, no puedes despedirme
después de lo que he hecho por esta discográfica.
--Espera, espera—interrumpió Cristina.
Seguramente, si se hubiera visto en aquella situación meses atrás, hubiera saltado de
alegría delante del mismo Pedro al escuchar que el que tenía como su mayor enemigo
iba a irse a la calle, pero en aquel momento sintió incluso pena por aquel hombre.
¿Acaso las clases de control de la ira la habían cambiado? No, pero si Joel, y la
satisfacción que sentía ahora en su vida.
--No creo que haga falta eso, Gerardo—dijo—En el fondo... No es para tanto, me
vale con que se disculpe y punto, pero conforme está la situación no lo despidas, en
serio, Gerardo.
El hombre la miró detenidamente, lo hacía como si estuviera ante una desconocida,
algo impresionado, al igual que Catalina, que observaba la escena boquiabierta.
--Vaya--dijo--Eso te honra, de verdad, Cristina. Bueno, si tú no quieres que lo
despida no lo haré, de todas formas el asunto te atañe a ti.
Dio una palmada, de repente, Catalina se sobresaltó como si la sacara de una
ensoñación.
--Bueno--dijo--Todos a trabajar, y no quiero más discusiones. ¿Entendido?
Cristina volvió a su despacho y se dejó caer en su silla, abatido como si hubiera
corrido una maratón, Catalina entró con una tazad de café para ella, durante todos los
años que había trabajado para la mujer sabía exactamente cuándo necesitaba aquella
droga líquida y negra.
--Ha sido un buen gesto por su parte, jefa—dijo dándole la taza.
--Ya, si, en fin—contestó Cristina—La verdad es que me importa una mierda que
me haya robado el proyecto, cobro bastante más que él y si sales a la calle y das una
patada a una piedra salen cincuenta jóvenes que quieren ser cantantes y que harán lo que
les digas. Así que se quede con ese contrato si quiere.
--Bien dicho—dijo la secretaria--¿Vas a venir a comer con Tiana y conmigo?
--No--contestó Cristina secamente—Quiero comer con mi novio, hace días que no le
veo y hoy viene de Andorra.
--Viaja mucho—comentó la joven.
--Es lo que tiene ser director de proyectos internacionales.
Eso era lo que Joel Austerlitz era para todo el mundo, director de proyectos
internacionales de una multinacional de vehículos, se pasaba la vida subido a un avión,
cosa que a Cristina no le importaba, en vez de eso, le agradaba, pasaba los minutos con
la emoción de verlo de nuevo, de sentirse rodeada por sus brazos y bañada por sus
besos.
Una hora después salió de la discográfica y caminó hacia casa, tarareaba tranquila,
sabía, o al menos en ese momento creía, que nada podía ir mal, que nada se torcería
nunca en su vida, tenía trabajo, alguien a quien amar, dinero y salud. ¿Que más podía
pedir?
El BMW negro frenó de golpe delante de ella, justo cuando iba a cruzar una
mediana calle, se detuvo sorprendida a pesar de que sabía de quien era aquel coche.
Pedro Vasconcellos bajó de él, aún recibiendo pitidos de los demás vehículos,
detenidos tras el suyo, y que no se explicaban porque ese tipo se había detenido allí, sin
más.
--¿A que juegas?-- le preguntó el hombre.
Caminó hacia ella con aire varonil y amenazante, Cristina alzó las manos delante de
ella porque sabía que iba a pegarle, con esa apariencia y ese rostro furibundo, no cabía
duda.
--Tranquilízate, Pedro—le dijo--¿Que te ocurre?
--¿Te crees que me has hecho un favor pidiendo que no me despidan?--dijo el
hombre—Eres una guarra, te odio, te odio pedazo de puta.
--Eso lo será tu madre—exclamó ella--¿Quien te crees que eres? Da gracias a que no
he hecho que te despidan.
El tipo se abalanzó sobre ella, la mujer retrocedió pero no pudo evitar el puñetazo
que recibió en el vientre, el aire de sus pulmones pareció esfumarse repentinamente,
haciendo que se doblara en el suelo, un claxon sonó más de lo debido y un hombre, algo
mayor, que conducía un Renault 21, abandonó su coche y corrió hacia ellos.
--¿Pero que le pasa?--preguntó.
Pedro caminó despacio hacia su coche y subió, acelerando a fondo y perdiéndose a
lo lejos.
El hombre ayudó a Cristina a incorporarse.
--¿Se encuentra bien?--le preguntó.
--Si, si—dijo la mujer cogiendo aire—Estoy bien.
--Debería denunciar a ese cabrón—dijo el hombre—Menudo elemento, pegarle así a
una mujer.
--Si, si, lo haré—dijo Cristina—Gracias por su ayuda, muchas gracias, pero estoy
bien, en serio.
Curiosamente, no se sintió a salvo hasta que llegó a casa, no tenía razones para
pensar que Pedro no pudiera volver, todavía más enfadado y con la intención de volver
a agredirla, cuando abrió la puerta de su apartamento sonrió para ella misma al escuchar
el sonido de la televisión, Joel estaba en casa.
El hombre salió de la cocina y ella corrió hacia él, se abrazaron, él la alzó por el aire
mientras se besaban, girándola ciento ochenta grados.
--Hola--saludó ella después--¿Cuándo has llegado?
--Hace una hora—respondió él.
Cristina entró en la cocina y un olor a espaguetis al pesto le golpeó la cara, una de
las muchas, para ella, virtudes de aquel hombre era que cocinaba de maravilla, y ya
estaba deseando probar ese suculento plato cuando abrió la nevera y cogió una cerveza.
--He tenido un día de perros—dijo abriéndola—Ese tipo del que te hablé, Pedro, ha
vuelto a robarme un proyecto.
--¿Te causa muchos problemas ese Pedro?
--Al salir me ha dado un puñetazo en el estómago—dijo Cristina.
--¿Cómo?---se sorprendió el hombre--¿Estás bien?
--Si, no es nada—dijo la mujer—Hace meses le hubiera partido la cara sin dudarlo,
pero ahora me da igual.
--Quizás vaya siendo hora de que le haga una visita a ese tipo—dijo Joel con aire
pensativo, mientras removía la pasta.
--No lo hagas—dijo ella—No quiero que malgastes tu tiempo en tonterías, además
no es prudente, no vaya a ser que me denuncie, o a ti. Cambiemos de tema, ¿Que tal tu
viaje?
--Nada fuera de lo normal—respondió Joel—Todo fue bien, un trabajo de tantos.
--Iré poniendo la mesa—dijo Cristina.
La televisión daba la noticia del momento, la mujer de Capdevilla había cerrado
todas las oenegés que su marido creó, así como suspender la ayuda que su difunto
esposo enviaba a innumerables países del tercer mundo, sin duda, su nuevo amor, un
modelo mucho más joven que ella, la había cambiado, o al menos eso era lo que parecía
a la vista de todos.
Comieron casi en silencio, los dos pensaban lo mismo y lo sabían, deseaban con el
alma tenerse mutuamente, hacer el amor apasionadamente, lo antes posible, como dos
adolescentes que esperaban quedarse solos, y ese momento se acercaba inevitablemente,
haciéndose esperar, como escapándose para acumular más y más pasión en el interior de
los dos.
Cuando los platos ya estaban en el lavavajillas, fue Joel quien se acercó a ella, por
detrás, sorprendiéndola a pesar de que sabía que estaba allí, deseándola, queriéndola, su
asedio fue rápido, las manos del hombre rodearon su cintura y bajaron hasta sus muslos,
su boca besó la nuca de la mujer, exhalando su perfume, ella se movió para que los
dedos del hombre alcanzaran su sexo por encima de sus pantalones, se desabrochó la
blusa, y tiró del broche de delante de su sujetador, dejando sus pechos al descubierto.
--He estado pensando en esto toda la mañana—confesó.
--Y yo—dijo él—Estaba deseando volver a casa.
Joel casi arrancó el botón de sus vaqueros tratando de llegar al pubis rubio de su
amada, hundiendo en él sus dedos por debajo de sus braguitas, la volvió con decisión y
quedaron frente a frente, se besaron apasionadamente, con sus bocas abiertas una contra
otra, entonces fue ella la que buscó su sexo bajo su bragueta, lo notó deseoso de ella,
palpitante y voraz, retrocedió y dio contra la mesa, él la sentó en ella y tiró de sus
zapatillas, de sus pantalones y de sus bragas, el resto de la ropa acompañó a estas
prendas por la mano de la misma Cristina, allí, tumbada en la mesa donde habían
comido y mirándole como se mira a una obra de arte, le vio desnudarse, una vez estaba
él desnudo la excitación de la mujer creció, se inclinó sobre ella y besó su cuello, sus
pechos, jugando divertido con sus pezones, el momento de la penetración fue algo
mágico para los dos, Cristina jamás había disfrutando tanto como con él, todos los
hombres que habían tenido el honor de amarla no se comparaban lo más mínimo con
ese adonis alemán, aunque sabía que, el amarle incondicionalmente y por encima de
todo, tenía mucho que ver.
Avanzaba dentro de ella, despacio, y a veces algo deprisa, lo hacía justo como a ella
le gustaba, hasta el fondo y sin dudar, volviéndola loca con cada movimiento, con cada
beso y con cada succión.
--Joel--dijo extendida en la mesa, llena de placer--¡Te amo, te amo mi amor!
Él la rodeó con los brazos y la alzó, ella rodeó su cadera con sus piernas y sintió
como él la ponía en vertical, moviéndola con sus manos en sus glúteos, gritaba de gozo,
se había escapado de ese mundo y ahora estaba con él, lejos de aquella realidad,
habitantes de un mundo propio donde solo tenían cabida ellos dos, cuando sintió el
orgasmo gritó como si la estuvieran abriendo en canal, durante varios minutos, aferrada
a su cuello, después él la dejó en el suelo, se miraron, sudorosos y casi exhaustos.
Para nada habían acabado, ella se volvió, tumbado su torso en la mesa y
ofreciéndose una nueva entrada a su cuerpo femenino y apetecible, pidiéndole todavía
más placer, él no dudó en penetrarla de nuevo, haciendo que ella se curvara sobre la
mesa en el momento de aquella posesión, con dolor pero con un placer que no podía
describir con palabras humanas.
--No pares, cariño—le pidió—No te detengas, por favor.
Las manos masculinas cogieron su cadera para sujetarla, como si él temiera que
escaparse, empujó con fuerza, con una decisión que a ella le puso el bello de punta, tan
fría que la excitó como si no hubiera tenido un orgasmo con aquel hombre en su vida y
las hormonas de su cuerpo se hubieran reseteado para estar de nuevo listas.
La mesa bailaba adelante y atrás, sacudida por aquel polvo, no duró demasiado,
ambos sabían que iban a terminar pronto, ella, con la cara y los pechos pegados a la
mesa, gritando rota de placer, y él apretando las rollizas nalgas de ella, llegando hasta
donde su miembro se lo permitía en su interior.
Cuando el orgasmo llegó de nuevo lo hizo sin avisar, el placer creció de una manera
exponencial, como si una bomba hubiera estallado dentro de los dos, al mismo tiempo,
Cristina gritó descaradamente mientras sentía como él eyaculaba en su interior con
violencia, las palabras se entrecortaron en su garganta, como robadas por el placer.
--Que gusto, joder, no puedo creerlo...
Él besó repetidamente su espalda y la alzó, como si ella estuviera herida, la tumbó
con él en el suelo del comedor, con su cabeza apoyada en su torso peludo y varonil,
durante varios minutos estuvieron así, abrazados y desnudos.
--¿No tienes que irte a trabajar?--le preguntó él.
--Paso--dijo ella—Llamaré a mi secretaria y le diré que se las apañe, además, ahora
que ese cabrón de Pedro me ha robado el proyecto, no tengo nada que hacer.
Él paseaba sus dedos por su brazo desnudo, muy despacio.
--Y si no que me despidan, ¡Que cojones!--sentenció ella—Puedo encontrar miles de
trabajos como ese.
El tener una relación formal era, para ambos, algo nuevo, en cierto modo, y con ello
habían descubierto nuevos placeres, además del sexo, que jamás creían que
descubrirían, como la diversión que suponía ducharse juntos, como hicieron después, o
el acurrucarse en el sofá, con sus albornoces puestos, con un cuenco de palomitas, para
ver una película.
En esas horas los dos deseaban no salir jamás de allí, y sabían que, de no necesitar
comida, se hubieran encerrado en aquel apartamento, el cual era para ellos su guarida,
su templo, donde nada ni nadie podía molestarles, ajenos al mundo, el cual bien podría
haber acabado de un plumazo y ni siquiera se habían enterado, ni les hubiera importado
lo más mínimo mientras su mundo propio se hubiera mantenido en pie.
Por la noche, Cristina preparó lenguado con guarnición, cenaron bebiendo vino,
mientras la televisión, lejos de anunciar el fin del mundo que, hipotéticamente, les
hubiera traído al fresco, anunciaba noticias algo apocalípticas sobre economía, guerras
en oriente medio y asesinatos entre enemigos.
El timbre sonó y ambos giraron la cabeza al unísono, pero fue él quien se levantó
para abrir.
Salió del comedor y volvió segundos después, con un sobre amarillo en la mano.
--¿Otro encargo?—preguntó Cristina.
--No me dejan descansar ni siquiera un día.
--Eso es porque eres el mejor—sonrió ella—Y lo saben.
Joel le sonrió con agradecimiento y dejó el sobre abandonado sobre la consola.
--Lo abriré después de cenar—dijo.
Cenaron en silencio, acompañados solamente por el ruido del televisor, cuando
Cristina recogió los platos Joel se sentó en el sofá para abrir el sobre.
--¿Dónde es esta vez?—le preguntó ella.
--Es cerca, en Málaga—dijo Joel—Creo que estaré de vuelta en la misma mañana.
--Podrías llevarme contigo alguna vez—dijo ella—Siempre he querido viajar y
nunca he tenido ni el dinero ni el tiempo necesario.
--Bueno, si—respondió él—Puede que te lleve conmigo alguna vez...
No pensaba ni por casualidad llevarse a aquella mujer a uno de sus trabajos, para él
era peligroso e inseguro, no le importaba poner en peligro su vida, pero poner en peligro
la de aquella mujer, que le había dado todo, que se había ofrecido a él en cuerpo y alma,
de una manera completamente incondicional, por ahí no pasaba.
Media hora más tarde se sentían algo cansados, apagaron el televisor, dando muerte
a los programas aburridos, del corazón, tele basura que ambos odiaban, para irse a
dormir.
Cristina fue al lavabo y se lavó los dientes a conciencia, salió sin su albornoz, solo
con unas braguitas, y se introdujo entre las sábanas, las cuales no eran muchas, el
verano se había acercado en ciernes y había prolongado la ola de calor, por lo que
muchas veces dormían desnudos y destapados. Joel se acercó a ella por detrás y la
abrazó con fuerza, haciéndola sentir protegida y querida.
--Mmmmmm---gimió--Este es el momento que más me gusta del día.
--Y a mí, cariño—le dijo él.
El silencio les sucedió, con la luz apagada, una leve brisa, agradable, entraba,
moviendo el visillo de la ventana y dejando paso a sonidos de coches, voces y música
que provenían de alguna parte de ese animal salvaje que era aquella ciudad.
Joel Austerlitz estaba a punto de quedarse dormido, y creía que Cristina ya dormía,
cuando escuchó su voz como un susurro.
--Quiero que sigas a mi padre—le dijo.
Es de suponer, que a estas alturas de la convivencia, Joel ya sabía quién era el padre
de Cristina y lo que le ocurría, incluso sabía aquel accidente que había hecho que
Cristina no viera a su padre en tantos años, ella le había contado todo al poco de
empezar a vivir juntos, pensando que lo amaba tanto que debía saber todo sobre ella,
hasta sus más íntimos deseos, los cuales él no había dudado en hacer realidad para su
deleite.
--¿No te fías de él?
--No--dijo ella—Quiero que averigües si es verdad que acude a alcohólicos
anónimos.
--Como quieras—dijo Joel—Averiguaré todo lo que pueda, ahora duérmete, mi
amor.
--Abrázame más fuerte.
Joel se acercó más a ella y la rodeó con más fuerza, había momentos en que Cristina
parecía débil, aunque solo ocurrían con él, cuando estaba en sus brazos se quitaba
aquella máscara que mostraba a la sociedad, era su Cristina, sin engaños, solo él en el
mundo sabía como era aquella mujer realmente, su ternura y su candidez que siempre
estaban escondidas, y ella sabía quién era en realidad Joel Austerlitz, un hombre,
cariñoso, amable y que mataría a quien fuera por ella.

Ni Cristina ni Pedro dijeron nada de lo sucedido el día anterior, y entre ellos ni
siquiera se hablaban, ella comenzó un nuevo proyecto, no tan prometedor como el
anterior, pero no le importaba, su trabajo se había convertido, en vez de una meta, algo
con que distraerse y ganar un poco de dinero.
Mientras Joel Austerlitz llevaba a cabo un nuevo encargo, el cual no tardó mucho en
terminar, condujo su coche nuevo hasta Málaga y acudió a donde estaba seguro, gracias
a la agencia, encontraría a su cliente, un promotor inmobiliario que había robado
millones de euros a quienes habían tenido la decencia de confiar en él, y para más inri,
acusado de violar a una menor y declarado inocente en un juicio movido por amigos
suyos, tan corruptos como él, le esperó en su propia casa y, tras un plan detallado,
parecido al que había predispuesto en casa de Capdevilla, estranguló a su víctima con
una cuerda, fue un trabajo sin huellas, limpio y conciso, tan y como solían ser sus
trabajos.
Después condujo hacia Toledo para llevar a cabo su nuevo encargo, esta vez por
petición de Cristina.
No tardó mucho en averiguar algo sobre Gregorio Narváez, el padre de Cristina,
pirateó su correo electrónico, donde apenas pudo encontrar nada que le sirviera, había
publicidad sobre artículos de pesca y poco más, seguramente aquel hombre no estaba
precisamente al corriente en el uso de las nuevas tecnologías, después buscó en
hospitales de Toledo, de donde era ese hombre y por ende, de donde era Cristina antes
de abandonarle e irse a Madrid, remontándose tres años atrás encontró su ficha como
paciente de una intoxicación etílica, donde pudo averiguar su dirección y todo lo
referente a él, al menos todo lo que le hacía falta para su trabajo.
Después tuvo la idea de buscar el nombre de la madre de Cristina, lo hizo por simple
curiosidad, ya que estaba puesto, y sabía le sobraba tiempo.
En el año 2005 aquella mujer había ingresado en estado grave, víctima de un
accidente de coche, tras varias operaciones, los médicos habían decidido que estaba
clínicamente muerta debido a un traumatismo grave en la cabeza y un aplastamiento
torácico, era incapaz de respirar por ella misma, la decisión de desenchufarla quedaba
en su familia, Gregorio Narváez, el cual iba de copiloto en el coche, borracho como una
cuba, y su hija Cristina, una joven de veinticinco años, el marido estaba demasiado
borracho para decidir siquiera que zapatos ponerse, así que fue la misma Cristina que
decidió que su madre debía marcharse, viendo aquello, Joel comprendió el odio de la
mujer hacia su padre, la misma idea de tener que aceptar que un ser querido se había
marchado y, para más inri, tener que firmar para que eso ocurriera, le causaban, a ese
hombre, que se ganaba la vida matando, escalofríos.

¿Donde esperaba, sino, encontrar a aquel tipo?
Allí estaba, sentado en aquella barra, con varios vasos vacíos delante de él.
Cuando entró en el garito, el camarero, el mismo Gregorio y una pareja de
adolescentes, cuyas mochilas del instituto descansaban en el suelo, le miraron, lo
hicieron sin mucho afán, un cliente más que llegaba allí por casualidad.
Se acercó a la barra y se detuvo al lado del hombre, pidió un agua mineral, nunca
bebía cuando viajaba, lo último que necesitaba era que le detuviera la guardia civil y le
hiciera un control de alcoholemia.
--¿Que diría su hija si lo viera aquí?--preguntó sin mirarle, con su vaso de agua en la
mano.
Gregorio Narváez le miró, estaba hecho un cromo, vestía vaqueros y una camisa
vieja, donde se había derramado lo que parecía ron con naranja.
--¿Perdone?--dijo con el paladar patinando.
--Cristina--le miró Joel—Su hija, a la que usted ha engañado.
--¿De que conoce a mi hija?--preguntó el tipo.
Joel le miró unos segundos antes de contestar.
--Soy su novio—respondió, aquella era una palabra a la que no se acostumbraba—
Me ha enviado para averiguar si era verdad que había dejado de beber, pero ya veo que
no es así.
Gregorio Narváez agachó la cabeza, no se sabía si miraba a su copa o a la superficie
brillante de la barra.
--Va a llevarse una desilusión—dijo Joel.
--Eso...--dijo el tipo--...A usted no le importa.
El hombre le miró de nuevo, parecía más valiente de lo que era en realidad, pues el
alcohol suele dar valentía a quien no la tiene.
--He intentado dejarlo—dijo--Pero es que....no lo sé.
--Está solo—adivinó Joel—Y no tiene por lo que vivir. Luego está la culpa por lo
que ocurrió, esa culpa que le carcome.
Gregorio agachó la cabeza y lanzó un gemido casi inaudible con el que empezó a
llorar, Joel dejó un billete sobre la barra.
--Yo le ofrezco la oportunidad de acabar con todo esto—le dijo—Si me deja, no
volverá a sentirse mal consigo mismo.
El hombre se limpió las lágrimas con los dedos, parecía un niño más que una
persona adulta y cabal, asintió despacio, Joel se preguntaba como un hombre así podía
tener a una mujer tan fuerte y decidida como Cristina, podría que hubiera heredado todo
aquello de su madre.
--Vayámonos de este antro—dijo Joel—Tengo el coche fuera, ya verá como pronto
todo habrá acabado.
Salieron, para el camarero y los clientes no eran más que dos tipos que salían solo
Dios sabía a dónde, y que tras varios minutos serían incapaces de recordar nada de ellos,
ni siquiera su rosto.

A la hora de comer, Cristina recibió un mensaje en su teléfono móvil, diciéndole que
saliera a la calle, la mujer cogió su comida, un sándwich de chorizo y queso, y bajó en
el ascensor, cuando pasó por el recibidor se cruzó con Pedro, al cual ni quiera pareció
ver, como tampoco vio como el hombre se volvía y la seguía despacio.
Joel la esperaba en la calle, ella corrió hacia él y le dio un profundo beso.
--¿Que tal tu día?--le preguntó él.
--Normal--dijo ella—Aburrido, en realidad. ¿Has hecho lo que te pedí?
Joel sabía que no iba a decirle nada sobre la conversación que había tenido con su
padre, pero no podía mentirle en todo, no podía enmascarar todo ese proceso, porque la
quería, y aunque no era muy experto en relaciones amorosas, sabía que no podía
empezar a ocultarle cosas a aquella mujer, temía empezar algo que, con el tiempo,
creciera como una bola de nieve, que lo arrasase todo a su paso.
--Si, lo hice—dijo--Acabo de llegar de Toledo.
--¿Y bien?—preguntó ella con su sándwich en la mano.
--Tu padre no acude a alcohólicos anónimos—dijo Joel, que prefirió no andarse con
rodeos—Lo siento, cariño, pero si querías la verdad, esa es.
Cristina miró a su alrededor, como si de repente estuviera buscando a alguien,
durante unos minutos el se preguntó que reacción causaría sus palabras, si enfado o
tristeza, si indiferencia o incluso alegría.
--Bueno--dijo ella—Pues ya lo sabemos.
Ganó la indiferencia, sin ninguna duda, era la reacción que Cristina escogía para
esconder sus verdaderos sentimientos.
--¿No te enfurece?
--No ¿Por qué? La verdad, ya lo sabía.
Se encogió de hombros.
--La gente no cambia, lo sé, por mucho que confiemos en que sí.
Él la acercó hacia ella y besó sus labios muy despacio, un pico fugaz, ella le miró y
sonrió con esa candidez que tanto le gustaba a él.
--Tengo que volver a trabajar—dijo—Estoy en un proyecto importante, estoy hasta
el culo de trabajo. Esta tarde iré a casa.
Joel la miraba callado, sin pronunciar palabra. Cristina era una mujer, él lo había
aprendido con el tiempo que estaba con ella, que en un segundo podía pasar de estar
enfadada a triste, o a alegre, o a cualquier otra sensación. Tal y como ocurrió en aquel
momento.
--En fin—dijo sonriendo de nuevo—Vuelvo al tajo.
--Te haré algo especial para cenar—dijo él.
--¿El qué?
--Es una sorpresa.
--Mmmm, que será—contestó ella con fingida impaciencia.
Volvieron a besarse y Cristina entró de nuevo en el edificio, en el ascensor comía su
almuerzo sin poder dejar de pesar en su padre, se dio cuenta, como si hubiera tenido una
revelación, de que, era cierto, no le importaba para nada que aquel hombre la hubiera
mentido, era precisamente lo que esperaba de él.
Pedro Vasconcellos miró a Joel en la calle, el hombre fumaba un cigarrillo antes de
marcharse, en ese momento tenía dos opciones, podía volver a su trabajo, dejar las cosas
como estaban, ese hombre no lo conocía y podía seguir siendo así, o podía dar otro paso
en pos de joder aquella mujer
Por desgracia para Pedro Vasconcellos, eligió el camino malvado, no por ninguna
razón en especial, quizás solamente por esa inclinación que el ser humano tiene hacia el
mal, el cual parecer ser es más fácil y gratificante que hacer que el bien, o que
simplemente hacer nada.
Esa fue la razón por la que ese tipo, después de ver a Cristina en el vestíbulo del
edifico, saliera casi corriendo detrás de Joel Austerlitz. Le había visto, no muy
detenidamente, pero el suficiente tiempo para pensar que ese tipo no tenía nada de
especial, a simple vista parecía un oficinista, quizás un abogado, debido a su impecable
traje y su peinado, alguien con dinero, al cual, pensó maquinalmente, esa mujer se había
acercado en un principio atraída por la cuenta corriente que ese hombre podía tener,
aunque después le amara, en mayor o menor medida, pues él no entendía demasiado, ni
le importaban, en el fondo, los sentimientos de aquella mujer.
Caminó tras él unos metros y le detuvo con un grito.
--Hey, tu
Joel se volvió solo un poco, no era corriente que nadie la llamara, a él, a un hombre
que era en parte nuevo en aquella ciudad, y que no conocía a nadie.
Pedro se acercó a él y se detuvo frente al hombre, no era más alto que él, y sin duda
era más delgado, a sus ojos, era un tipo de lo más normal.
--Tú eres el novio de Cristina. ¿No?--le preguntó.
Joel supo inmediatamente quien era, ¿Acaso el destino había colocado a aquel
hombre delante de él por alguna razón?
--Si--dijo--Lo soy.
--Supongo que no sabes muy bien quien ese esa mujer—dijo Pedro Vasconcellos.
--¿A que te refieres?
El tipo rió, tenía una risa ridícula, enseñaba los dientes y dejaba escapar la risilla
entre ellos, convirtiéndola en un gritito agudo.
--Que sepas que no eres el primero que pasa por su cama—dijo sonriendo—Menuda
es la Cristi.
--No me importa—dijo Joel con un tono tajante—Déjeme en paz, tengo prisa.
--Se ha zumbado a todos los de la discográfica—dijo Pedro—Yo incluido, al jefe y
todo, quiero que lo sepas porque esa mujer no te conviene.
El plan de Pedro Vascocellos era estúpido, tenía la vaga ilusión de que el hombre se
molestaría al saber que su novia no era más que una calenturienta, y que la dejaría, y él
le volvería ante aquella mujer para proclamar delante de ella y de todos su victoria.
Cabe destacar, a estas alturas de la narración, que Pedro no era el tipo más
inteligente del planeta, y que su cerebro no era capaz de confabular ningún plan
maquiavélico y con miles de entresijos para hacer daño a una persona, así que aquello
fue, por ridículo que padezca, lo mejor que se le ocurrió.
--¿Cuánto tiempo lleváis juntos?--le preguntó.
--Y a ti qué coño te importa—dijo Joel.
--Lo digo porque la semana pasada, sin ir más lejos, me la cepillé.
Joel le miró callado, con un rostro enfurecido, a cualquier otro hombre, eso le
hubiera hecho dudar de su pareja, aunque al principio no hubiera creído a ese individuo
desconocido, que le había detenido por la calle, pero que hubiera sembrado la semilla de
la duda en él. Por desgracia para ese individuo desconocido, ese hombre al que había
detenido no era nadie normal, era Joel Austerlitz.
Y Joel se acercó a Pedro, hasta tener su rostro muy cerca del suyo.
--Tu eres Pedro Vasconcellos—le dijo.
--Si--respondió el tipo sin ningún preámbulo.
--Cristina me habló de ti.
–! Por eso lo hizo!--exclamó Pedro—Para guardarse el culo.
--Tienes dos padres—continuó Joel—María y Pedro, un hermano llamado Agustín,
que trabaja de mecánico en un pequeño pueblo de Cuenca, donde viven los tres.
Pedro retrocedió un poco. ¿Cómo era posible que ese hombre supiera tanto de él?
--Hace dos años tu padre fue ingresado en el hospital con una úlcera sangrante, tu
madre es diabética, tú tienes alergia a los anacardos. ¿Continúo?
El hombre no supo que responder, así que no dijo nada.
--Vas a volver a tu trabajo—dijo Joel—Y ni siquiera vas a mirar a mi novia a no ser
que sea estrictamente necesario, solo te dirigirás a ella por razones de trabajo, y jamás
volverás a molestarla, nunca, si lo haces, si ella me dice siquiera que le has insultado,
voy a ir a por tu familia y vas a saber quién soy yo en realidad, y si estás pensando en
denunciarme por amenazas, piénsalo otra vez, porque sé que justo en estos momentos,
al igual que cada jueves de mes, tu padre acude al bar del pueblo a jugar al dominó y
beber anís. Y allí hay un amigo mío que está dispuesto a hacerle lo que realmente le dé
la puta gana solo con una llamada mía ¿He sido lo bastante claro?
Pedro se mantuvo callado unos segundos y después asintió despacio, aceptado la
derrota, se dio la vuelta y caminó hacia su trabajo.
Joel le vio alejarse y continuó con su camino, sin poder evitar que su boca mostrase
una sonrisa victoriosa, nunca se había sentido tan bien después de un trabajo. ¡Y sin
tener que haber matado a ese tipo!

--Son las nueve y Cristina no ha vuelto.
No podía dejar de repetirse lo mismo, caminó por la casa como si no tuviera nada
que hacer, la cena estaba puesta en la mesa, la sorpresa para Cristina, bullabesa y
escargots, todo comida francesa que él mismo le había descubierto, convirtiéndose en la
favorita de la mujer. Pero algo iba mal, podía sentirlo por dentro, y no solía equivocarse
con ello.
--Son las nueve y Cristina no ha vuelto—pensaba--No ha regresado de trabajar.
¿Dónde se supone que está?
Llamó a la discográfica, quizás se hubiera retrasado con un proyecto, pero ella
siempre llamaba cuando le ocurría aquello, además, su conversación con Pedro
Vasconcellos le había intuir que tenía algo que ver, o puede que solamente fuera
casualidad, aunque era una casualidad demasiado casual, todo sea dicho.
A las diez y media, el teléfono sonó, era un teléfono inalámbrico, que casi nunca
sonaba, al menos Joel nunca lo había visto funcionar, estaba seguro de que era Cristina,
que avisaría por algún motivo, lo cual le tranquilizó.
--Llegas tarde—dijo descolgando.
Una voz distorsionada sonó al otro lado.
--Tenemos a tu novia.
Joel sintió como la sangre se congelaba en sus venas y en un segundo un millón de
cuestiones, de posibilidades, pasaron por su mente. ¿Era una broma? ¿Un truco de
Vasconcellos?
--¿Que quieren?—preguntó—Suéltenla.
--Te queremos a ti—dijo la voz—Entrégate y no le pasará nada.
--De acuerdo—dijo Joel—Pero no le hagáis daño.
--Venga a un antiguo almacén—dijo el desconocido—En la avenida de Mayorazgo
10, en una hora, venga solo y desarmado, si no lo hace ella morirá, si le habla a alguien
sobre esto ella morirá, si intenta algo raro ella morirá.
--Si, si, de acuerdo—dijo Joel—Lo he entendido a la primera.
El secuestrador colgó, Joel se mantuvo durante unos segundos allí, con el auricular
en la oreja, sin saber, por primera vez en su vida, que hacer.

No recordaba mucho, había salido a las cinco de su despacho, con algo de hambre,
había sacado un café de la máquina de la sala de descanso, donde había comprobado
extrañada como Pedro la había rehuido, como si se sintiera culpable por algo, lo cual,
sin dejar de parecerle raro, le había encantado. Había caminado con su maletín hacia el
ascensor, al abrirse la puerta había visto a dos hombres de traje, muy serios y firmes
como soldados, no era la primera vez que coincidía con extraños allí, el edificio tenia
treinta plantas, donde había desde empresas farmacéuticas hasta agencias de modelos,
ya no podía recordar más, salvo haberse despertado allí.
Estaba desnuda, atada por las manos, las cuales estaban a cosa de un metro de su
cabeza, con los brazos estirados y con la planta de los pies tocando apenas el suelo,
intentó gritar a través del trapo que le tapaba la boca, se removió, pero recibió un dolor
en los hombros, intenso y punzante, su posición no era la más adecuada para hacer
ningún movimiento.
Se creía sola, o quizás estaba rodeada de gente, lo mismo le daba, ya que ella solo
veía oscuridad, una oscuridad que parecía querer comérsela por completo, una corriente
de aire entraba por algún lugar y le hacía sentir frío, pero la época era calurosa, salvo,
claro estaba, las noches frías del campo, recordaba como muchos veranos, en su pueblo
natal iba con amigas a pasar la noche en el campo, aunque fuera verano las noches allí
eran frescas, sin duda estaba lejos de Madrid.
Una luz se encendió de repente, cegándola, era tan potente que iluminaba toda la
sala, entreabrió los ojos y vio tres figuras masculinas delante de ella, seres sin rostro y
seguramente sin conciencia.
Se removió de miedo, como un pez que, cazado, se removía colgando del anzuelo,
una de las figuras la rodeó despacio, sin dejar de mirarla, fumaba tabaco negro, el cual
escupía la calada a su rostro, Cristina se sorprendió pensando lo mucho que necesitaba
un cigarrillo en aquel momento.
Podía escuchar los pasos alrededor suyo, aquel tipo la observaba detenidamente,
observaba su presa, su nueva adquisición, no tenía ni idea de quienes eran, pero estaba
segura de que todo aquello tenía que ver con Joel.
Alguno de ellos, creía que uno de los dos que estaba frente a ella, dijo algo en un
idioma extranjero, creyó que era alemán o ruso, por el marcado acento de las ―kas‖ en
él, el tipo que estaba tras ella se acercó y descubrió su boca.
--¿Quienes sois?--preguntó--¿Que queréis?
Como esperaba, no obtuvo respuesta, en vez de eso un dolor sobrecogedor le
sacudió todo el cuerpo, emitió un chillido agudo, que le pareció más propio de un
animal herido, alguien rió y el tipo tiró el cigarrillo, dejando una marca de quemadura
en el pecho de la mujer.
--Dejadme--duplicó--Por favor, yo no he hecho nada, dejadme en paz, os lo suplico.
El hombre del cigarrillo se colocó delante de ella y se detuvo, por fin Cristina pudo
verle la cara, era calvo, algo mayor, y con una perilla negra, a diferencia de los otros dos
tipos, que vestían traje negro, llevaba una camiseta de tirantes y unos vaqueros
desgastados, sin duda, era un matón, un tipo designado especialmente para ese trabajo,
un engendro sin ninguna misericordia o caridad hacia los demás.
Uno de los tipos que vestía traje dijo algo en su idioma, el torturador, sin dejar de
mirar el rostro de Cristina, respondió con una voz grave, que heló la sangre de la mujer.
--¿Que queréis?--preguntó ella de nuevo--¡Yo no he hecho nada!
El tipo de la camisa de tirantes la rodeó despacio, sin dejar de mirarla, Cristina
estaba cada vez más incómoda, con el dolor de sus hombros creciendo por momentos, la
luz se apagó, dejándola de nuevo completamente a oscuras, pero aún así pudo escuchar
los pasos del hombre, que se acercaron a ella.
Cuando la soltaron de sus ataduras, cayó de bruces al suelo dando un grito de dolor,
intentó moverse a gatas por el frío pavimento, pero solo pudo avanzar unos pocos
centímetros, puede que un metro, hasta que las rudas manos del hombre la cogieron por
la cintura para alzarla.
--¡Suéltame!--gritó enfadada--¡Suéltame cabrón! ¡No me toques con tus sucias
manos de sucio cosaco!
El tipo la cogió del cuello y la alzó con fuerza, Cristina jamás creyó que un hombre
pudiera tener tanta fuerza, estaba estrangulándola con una decisión pasmosa, con mucha
más saña con la que Joel la había asfixiado aquel día en el hospital, tuvo la impresión de
que iba a morir, pero, a diferencia de la primera vez, en ese momento no le apetecía
nada dejar aquella vida, ahora tenía a alguien por quien pelear, así que se resistió todo lo
que pudo, aunque no sirvió de nada, el hombre la alzó hasta que sus pies perdieron
contacto con el suelo, ella daba arcadas faltándole el aire, sintiendo como sus pulmones
se contraían en busca de una pizca de oxígeno que les permitiera seguir funcionando.
El tipo la tiró hacia su derecha y Cristina voló literalmente por los aires, chocó
contra el suelo y patinó en él.
El golpe estuvo a punto de dejarla sin sentido, porque fue violentísimo, tosió, se
movió solo un poco y emitió un largo gemido de dolor antes de romper a llorar.
--¡Hijos de puta!--gritó entre llantos--¡Sois unos hijos de la gran puta!
El hombre se acercó a ella con paso firme y se agachó a su lado, agarró su melena
rubia y estiró de ella con fuerza, haciendo que la mujer gritara de dolor.
Dijo algo en su idioma, sonaba enfadado, como si hubiera entendido el insulto que la
mujer les había propinado como única arma para defenderse. Agarró un mechón del
pelo de su cabeza y tiró de él.
Cristina chilló retorciéndose de dolor, miles de células de su cuerpo estaban
lanzándole señales desde su nuca, desde donde su cuero cabelludo estaba siendo forzado
por la mano de aquel salvaje.
No creía que podía sentir más dolor del que ya sentía hasta que el torturador tiró del
mechón de tal forma que se lo arrancó, el grito de la mujer llenó toda la fábrica, se
retorció en el suelo como si hubiera recibido una descarga eléctrica mientras sentía bajar
la sangre por su cuello.
--Por favor—suplicó llorando—Dejadme en paz.
La voz de Joel Austerlitz resonó en todo el recinto, habló en un idioma desconocido
para Cristina, la cual supuso que era el suyo propio, el alemán, no tenía ni idea de lo que
había dicho pero estaba claro que estaba enfadado, por dentro se sintió aliviada al saber
que él estaba allí con ella, pro no descartaba nada, un disparo podía ser lo
suficientemente rápido para acabar con ella, o con los dos.
--Dejadla en paz—dijo Austerlitz.
Aunque no era alemán lo que hablaba, sino ruso, el idioma de los secuestradores.
--¡Austerlitz!--dijo el torturador.
Hizo un gesto y los dos tipos encendieron el foco, en ese instante Joel vio a Cristina,
desnuda en el suelo y herida.
--No hacía falta que la torturaseis—dijo.
Caminó hacia ellos, hasta que estuvo delante de los tres, los dos tipos trajeados eran
los jefes del otro, el cual estaba claro solamente era un mandado.
--Aquí estoy—dijo--Dejad que se vaya.
Austerlitz vestía un abrigo ancho, color negro, que les hizo sospechar a los dos
hombres.
--Regístrale--dijo uno de los trajeados al tipo de la camisa de tirantes.
El rudo hombre se acercó a Joel y se colocó tras él, comenzó a registrarlo con
movimientos pausados.
--Lev--dijo Joel--¿Ahora trabajas para la Bratva?
--Trabajo para quien me pague, ya lo sabes, Austerlitz—dijo el hombre.
--Ha pasado mucho tiempo desde Polonia.
--Demasiado, diría yo—contestó el tipo.
Comprobó que estaba desarmado y volvió a su sitio. Tras una afirmación de sus
jefes caminó hasta Cristina, la cual se resistió al sentir de nuevo como la tocaba, como
si creyera que iba a torturarla de nuevo, la desató y la alzó con fuerza del suelo, la mujer
miró a su alrededor desorientada, se sentía perdida, le dolían los brazos, la cabeza y el
pecho donde ese cabrón le había apagado el cigarrillo, pero cuando vio a Austerlitz
pudo correr hacia él y abrazarle, para eso si se sentía con fuerzas.
--Vale, vale—le dijo el hombre—Tranquila, todo ha terminado.
Se quitó el abrigo y cubrió el cuerpo de la mujer por los hombros, no sin antes
detener su mirada en la quemadura del pecho, llevó hasta allí sus dedos e hizo ademán
de acariciar la herida, como si eso pudiera sanarla, ella le miraba sin dejar de llorar, con
la línea de ojos corrida y el pelo enmarañado.
--Les mataré por eso—dijo él.
--Va....vámonos de aquí—lloriqueó ella.
--¡Fuera, vete!--gritó uno de los tipos.
--Vete, cariño—dijo Joel—Vete de aquí.
--Pero...pero tu---dijo Cristina.
--Pero de aquí, vamos—le apremió Joel—Vete lejos, ahora, lárgate.
La mujer se apartó un mechón de su pelo, ahora parecía más recompuesta, quizás
fuera que ya se sentía fuera de peligro, quizás el que Joel estuviera allí, quizás el que la
hubiera protegido del frío con su abrigo, el caso era que no estaba dispuesta a
abandonarle.
--No pienso irme sin ti—dijo.
--Pues no vas a quedarte aquí—dijo Joel—Así que ya puedes ir yéndote.
--He dicho que no voy a marcharme...
--¡Maldita estúpida!--gritó Joel--¿Que te crees que es esto, un juego? ¿Un estúpido
juego? Lárgate, maldita niña pija de ciudad, ¿Acaso crees que me importa lo que te
ocurra? Jamás te he querido, solo fuiste un entretenimiento para mí, vete de aquí y
vuelve a tu ridícula vida.
--No digas eso, Joel—dijo Cristina.
--Dejaros de rollos—dijo uno de aquellos tipos con traje, ahora en español—Si no se
va la mataremos y después a ti, elige.
Joel miró a Cristina y ella le miró a él.
--Vamos, vete, estúpida niñata—farfulló el hombre.
Cristina bajó la cabeza y salió caminó despacio, descalza y abatida, hacia la salida,
abrió una pequeña puerta de metal y salió al exterior, encontrándose con un polígono
industrial, en el bolsillo de su abrigo encontró las llaves del coche que Austerlitz le
había comprado, el cual estaba aparcado, con las luces encendidas, en la puerta, miró
hacia atrás una vez más y comenzó a caminar hacia el vehículo.
No pudo escuchar los pasos del hombre que, vestido de negro, le tapó la boca para
sacarla fuera de allí.

La intervención del grupo de operaciones especiales fue rápida y concisa. Cristina
estaba sentada en una ambulancia, con una manta cubriéndole los hombros, y hacía lo
que desde hacía muchos años no repetía, intentaba hablar con Dios, o con cualquier
entidad mística que manejara todo aquello, aunque no sabía cuál era ni tampoco le
importaba, con tal de que le escuchara al menos esa vez, la última vez que lo había
hecho había sido en el pasillo de un hospital, mientras su madre se debatía entre la vida
y la muerte en un quirófano, le había suplicado con todas sus fuerzas que no la apartara
de su lado y que la permitiera continuar viviendo, y no había sido así, ese hecho, el
perder a su madre siendo ella tan joven, había provocado que jamás volviera hablar con
Dios o con quien fuera, pero en ese instante le suplicaba que le dejara al menos a Joel
con vida, que no lo sacara de su existencia.
Cuando vio que sacaban a varios detenidos saltó de la ambulancia y corrió hacia
ellos, los primeros en salir fueron los dos tipos con traje, que fueron conducidos,
esposados, hacia un furgón de la policía, tras ellos, dos forenses sacaron a un cuerpo
dentro de una bolsa negra, en una camilla.
Cristina se acercó a ellos y se detuvo, estoica, al lado del cadáver, un tipo vestido
con un traje marrón, que parecía el jefe de toda aquella operación, se acercó al verla.
--Ábranla--dijo Cristina a los forenses con un gesto exhortativo.
--Pero señora.
--He dicho que la abran.
El hombre del traje marrón asintió, dando la orden, y uno de los forenses abrió la
cremallera de la bolsa, Cristina contuvo la respiración, esperando, casi convencida, de
ver a Joel muerto en aquella camilla, pero cuando vio la cara del torturador, con un tiro
en la frente, sintió que alguien le quitaba una tonelada de peso de sus hombros.
El tipo del traje marrón se acercó a ella.
--¿Se encuentra bien?--le preguntó.
--¿No había nadie más dentro?--preguntó ella.
--No. ¿Por qué?, vio a alguien más.
--Estaba muy oscuro, no vi mucho—dijo Cristina--¿Quien es usted?
--Soy el comisario Ramiro, soy de la interpol. Deje que la acompañe a la
ambulancia.
--¿Tiene un cigarrillo?
--Claro.
Se sentó en el asiento del copiloto de un coche policial, con las piernas fuera, ya que
no podía fumar ni dentro ni muy cerca de la ambulancia. El comisario Ramiro la miró
con detenimiento unos minutos antes de hablar.
--¿Como llegó usted a esa nave?--le preguntó.
--No lo sé—respondió ella—Salía de mi trabajo y alguien me drogó, o algo, no estoy
segura.
--¿De qué me ha dicho que trabaja?
--No se lo he dicho—dijo Cristina—Trabajo en una discográfica. ¿Quienes eran esos
tipos?
--Eran de la mafia rusa, de la Bratva—dijo el hombre—Llevábamos mucho tiempo
tras ellos, esta noche un confidente anónimo nos dio el chivatazo de que tres de sus
miembros estaban aquí, solo son tres, pero con el tiempo conseguiremos acabar con su
presencia en Europa.
Se inclinó sobre la puerta, como si quisiera verla mejor.
--Vamos--le dijo—Debe ir al hospital.
Cristina asintió, como siguiéndoles la corriente, tiró su cigarrillo y subió a la
ambulancia, no tenía heridas graves, y nada más pisar el hospital insistió en que le
dieran el alta para poder irse a casa, lo único que podía pensar era en llenar su estómago
vacío, pero una médica, algo joven para ser médico, a juicio de Cristina, insistió en
hacerle un test de violación, Cristina no creía que hubiera sido violada, pero el despertar
desnuda y atada en un almacén junto a tres mafiosos no era precisamente algo que le
aseguraba que su cuerpo no hubiera sido forzado estando ella inconsciente, así que
accedió.
El médico llegó media hora más tarde con los resultados del test.
--No hay indicios de violación—dijo.
--Eso ya lo sabía yo—dijo Cristina—Deme el alta de una vez, quiero irme a casa.
--Creo que sería más conveniente que se quedase una noche—dijo la médica—Más
que nada para comprobar si el feto está sano.
--¿Que feto?--preguntó Cristina.
La joven la miró sorprendida.
--Lo siento, ¿No lo sabía?--dijo--Está embarazara de tres semanas.
Cristina se palpó el vientre casi con un gesto intuitivo.
--Joel---pensó para ella misma.

Ni el comisario Ramiro ni nadie que trabajara en el caso creyeron investigar más de
la cuenta a Cristina Narváez, pues nadie conseguía explicar que relación podía existir
entre una mujer sin ningún poder, sin nada especial, que trabajaba en una simple
discográfica, con la mafia rusa, al final intuyeron que esos tipos la habían raptado con el
simple fin de entretenerse, si es que esa idea cabía en cabeza humana.
Respecto a los detenidos, ninguno soltaba prenda, estaba claro que dijeran lo que
dijeran estaban condenados, pues sus caras estaban en los ficheros policiales desde
hacía años como asesinos peligrosos y traficantes de armas.


Quería dejarlo todo terminado, como si de un testamento se tratara, para no volver
después, para ser una mujer nueva, con una vida nueva, lejos de allí, condujo hacia
Toledo en silencio, con la radio del coche apagada y pensando en que se encontraría.
Su padre la esperaba a la puerta de su casa, parecía ansioso por verla, y de verdad lo
estaba, cuando la mujer bajó del coche estuvo a punto de salir corriendo hacia ella, pero
se detuvo, recordando la opinión que aquella mujer tenía de él.
--Hola--saludó ella al verlo.
--Hola hija—dijo el hombre--¿Quieres subir?
--De acuerdo.
Subieron, el hombre vivía en un primero, en un pequeño apartamento algo antiguo,
pero acogedor, había preparado dos latas de Coca-cola en la mesa de la cocina, y un
plato con algunos frutos secos, Cristina se sentó en una de las dos sillas libres que allí
había.
Gregorio Narváez estaba nervioso, sus manos temblaban y volvía a hacer ese gesto
de frotar los dedos unos con otros, delatando su impaciencia.
--Bien--dijo--¿Quieres hielo con tu refresco?
--Así está bien—dijo ella—Y siéntate de una vez, me pones nerviosa si no dejas de
moverte.
El hombre se sentó frente a ella, miró las manos de la mujer y sintió la necesidad de
cogerlas y sentirlas, pero se detuvo, había sido ella la que le había llamado, la que había
acudido a él, y no quería estropear aquel momento que tomaba como una especie de
milagro.
--Quiero darte las gracias—dijo--Por venir a verme, en serio.
--Déjame hablar—dijo ella—Porque si me entretienes no sé si podré hacerlo
después.
--Si, si, dime lo que quieras, hija.
Cristina cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron y lo soltó bajando su
mirada hacia la mesa.
--Estoy embarazada—dijo--Estoy embarazada de tres semanas.
El hombre la miró sin saber muy bien que decir.
--Hija...--balbuceó.
Tosió nervioso.
--Enhorabuena--dijo--El padre es...
--Mi novio, Joel—dijo ella.
--Si, si, el hombre que vino a verme.
--¿Le conoces?--preguntó ella extrañada.
--Estuvimos hablando en un bar—confesó él—Me convenció para dejarlo
definitivamente, de una vez, si, es un buen hombre, te felicito, cariño.
Cristina bajó la cabeza y estuvo a punto de romper a llorar, él lo notó y alargó, ahora
sí, su mano hacia la de la mujer, la mantuvo allí, sintiendo su suave tacto, aunque
después ella apartó su mano para limpiarse las mejillas, le bastó, fue suficiente para él.
--¿Te encuentras bien, hija?--le preguntó.
--Si, si—afirmó ella—Estoy bien.
Bebió de su coca-cola, solo un sorbo pequeño, solo mojando los labios.
--Voy a irme de vacaciones una temporada—dijo--Para relajarme, por el bebé, a un
sitio con playa.
No quería decirle que no iba a volver, que aquello era una despedida, ya había
abandonado a aquel hombre, y aunque no sentía por él mucho aprecio, no creía que se
mereciera un nuevo abandono.
--Como quieras, hija—dijo--¿Tu novio va a ir contigo?
--Claro—contestó ella casi por instinto.
El hombre sonrió levemente, algo tímido.
--Nunca creí que volvería a verte—dijo—Después de lo que ocurrió.
--No creas que el estar aquí hace que me olvide de aquello—dijo Cristina—No
pienses eso, porque no es así.
El hombre bajó la cabeza hacia el mantel de la mesa.
--No ha habido día en el que no me he arrepentido de ello—dijo como si se
confesara—créeme, hija, cada día de mi vida me pregunto por qué no tuve que morir yo
en aquel accidente.
--Que importa ya, cojones—dijo Cristina—Déjalo, mamá está muerta, y no va a
volver, yo tuve que firmar para que muriera. ¿Recuerdas?
El hombre vio sus ojos soltando lágrimas, lo cual hizo que los suyos, como
contagiados de aquella enfermedad, empezaran también a llorar.
--Tendría que estar muerto, de todas formas—lloriqueó.
--No te mereces sentir arrepentimiento—dijo Cristina—No después de que fuiste
borracho a su entierro, te presentaste allí con un traje barato y te quedaste de pie,
parado, a mi lado, sin mirarme, como si yo fuera una extraña, sin soltar una sola lágrima
por tu esposa.
Gregorio Narváez encajó el golpe de lleno y se limpió las mejillas mojadas con una
torpeza propia solo de aquel nerviosismo que le carcomía, en ese momento decidió que
cualquier palabra que saliera de su boca sería inapropiada, incluso un lo siento, o un
perdóname.
Cristina giró la cabeza para no verle, esto hizo que dirigiera la mirada hacia el
televisor y viera la foto de su madre sobre él, era la misma fotografía que ella tenía en la
mesita de noche, su madre era una mujer espléndida, con un rostro deslumbrante, y
Cristina era la viva imagen de ella. Su padre se percató de su movimiento y encontró de
nuevo valor para hablar.
--Me gusta esa foto—dijo él—Estaba tan sonriente...
--Era preciosa—dijo Cristina—Conquistaba por donde iba.
Miró su reloj como acto reflejo y decidió que aquella conversación ya había
terminado.
--Tengo que irme—dijo levantándose.
--¿Ya?--preguntó él levantándose a la vez que ella—Quédate un poco más.
--Tengo que hacer las maletas—dijo ella, y se apresuró a corregir—Tenemos.
Se detuvo ante la puerta y se volvió, el hombre la había seguido como si él también
intuyera que era la última vez que se veían.
--Cuídate, hija—le dijo—Y... bueno, si necesitas algo más...
--Estaremos bien—dijo ella—En fin, nos vemos...
Como un último gesto de bondad, se acercó al hombre y besó su mejilla, después
salió y bajó deprisa las escaleras, salió al exterior ya buscando las llaves de su coche en
el bolsillo, quien la viera hubiera tenido la sensación de que aquella mujer huía de algo,
o que ese edificio iba a estallar en unos pocos segundos. Se dejó caer en el asiento del
conductor y arrancó el motor. Antes de pisar el pedal que la sacara de allí volvió a mirar
por la ventanilla y vio la figura masculina en la ventana, como despidiéndose de ella.

Llegó a casa casi a la hora de comer, subió en el ascensor y abrió despacio la puerta,
las maletas estaban en el recibidor, preparadas para acompañarles a donde quieran que
fueran. Joel apareció con una copa de vino en la mano y ella se acercó despacio a él.
--¿Que tal con tu padre?—le preguntó.
Cristina pensó unos instantes, como si no hubiera tenido tiempo de hacerlo de
camino a casa.
--Bueno—dijo—Ha sido un comienzo…
Ella le besó y él llevó su mano libre hasta el vientre de la mujer.
--¿Y qué tal tu?—preguntó de nuevo--¿Tienes nauseas?
--De momento no—dijo ella—Pero estoy muerta de hambre.
--Estupendo—dijo él—Porque, tal y como prometí he preparado una comida
especial.
--Mmmm—dijo ella--¡Ahora tengo mucha más hambre!
Joel fue a la cocina y ella le vio llegar con una bandeja de cristal con forma ovalada.
--¿Sabes porque supe que no habías muerto en aquel almacén?—le preguntó ella.
--No, dime cariño, ¿Por qué?
--Cuando murió mi madre, cuando tuve que desconectarla—dijo ella—Tuve una
sensación de abandonó e incertidumbre, fue demoledora, como si de repente no tuviera
a donde ir, aquella sensación me acompañó durante meses, era como una certeza de que
mi madre se había marchado. Pero cuando salí de aquel almacén y estuve una noche en
el hospital, no la sentía, no tenía aquella emoción dentro de mí, y además estaba segura
de que si tú hubieras muerto la hubiera sentido durante el resto de mi vida, no sé cómo
llamarlo… puede que sea telepatía o cualquier otra cosa que nadie puede explicar, pero
tengo esa certeza, al igual de que tengo la certeza de que siempre te querré, ocurra lo
que ocurra.
















































































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THANATOS

La novela narra un mundo futurista en el cual, tras una guerra,
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despersonalizan a personas para convertirlas en títeres al
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Fabricio, manda capturar a una terrorista miembro del grupo
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rebela y decide destruir el mundo con ayuda del Thanatos, una
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LA ORDEN DE LA MOSCA

Una secta satánica que se hace llamar ―La Orden
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Belcebú‖. El inspector Bartomeu decide
formar un grupo especial par para acabar con la
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La mujer se infiltrará en una escuela en la que
nada es lo que parece y en la que el peligro está a
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Una nueva aventura en la que Alejandra Sandoval deberá enfrentarse a su enemigo más
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http://www.4shared.com/office/nQJAfSX_ce/La_orden_de_la_mosca.html
























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