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PREPARANDO
MI TIERRA…
DE
EDUCADORA

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CARMEN NOS CUENTA SU VIDA DE EDUCADORA:

Soy Carmen Sallés Barangueras.
Y aunque sé que me conocen, quiero
contarles ahora mi vida desde la
perspectiva de mi misión de
educadora.
Muchas veces pienso que en la
vida de toda persona existe algo así
como un “hilo conductor” que une toda la existencia y en el
cuál se va tejiendo la vocación y la misión. Pues bien, en mi
vida también ha habido este “hilo conductor” que ha unido
toda mi vida y tiene relación con la vocación de educadora.
Creo que nada ocurre al azar. Todo tiene sentido. Dios,
que nos conoce y nos ama antes de que nosotros existiéramos,
prepara desde siempre la tierra para depositar en ella las
semillas que un día darán fruto…
Trataré de irlo más o menos aclarando, aunque los
misterios de Dios son insondables y siempre se nos escapa
mucho a nuestra percepción…pero ¡vamos a intentarlo!
En el 1848, cuando el Siglo XIX se acercaba a la mitad de
su carrera y en Cataluña (España) estallaba la segunda guerra
carlista, nací un 9 de Abril en Vic, en el seno de una familia de
clase media y de religiosidad profunda.
Del matrimonio Sallés-Barangueras nacieron diez hijos.
Yo fui la segunda. Esto es ya un factor educativo a tener en
cuenta, pues la vida entre hermanos en una familia numerosa
va creando unas relaciones especiales; nos sentimos
responsables unos de los otros, sobre todo los mayores de los
más pequeños, y sin darnos cuenta nos vamos formando entre
todos en valores importantes para la vida.
Yo tenía un carácter sereno, alegre, amable y dócil, y un
temperamento firme. Sin darme cuenta, me transformé en
educadora de mis hermanos.
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Así lo manifestaba más tarde la criada Petronila: "Verdaderamente esta
criatura es todo bondad, y para mí y para toda la familia, una persona de la
que todos tenemos mucho que aprender"… Y también mi hermana

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La educación humana y cristiana de
los hijos era una de las prioridades para mi
familia. En una época en que la asistencia a
la escuela era más bien escasa, mi familia
destacaba por su nivel cultural y nuestros padres nos pusieron
a estudiar a todos los hijos.
Yo asistí como externa al Colegio de las Religiosas de la
Enseñanza. Mis padres buscaban una educación completa para
mí y escogieron el Colegio de las “Monjas de la Enseñanza”, que
además estaba muy cerca de nuestra casa, en Manresa, donde
nos habíamos trasladado a vivir. Fue ésta una etapa muy
importante de mi niñez y adolescencia.
En el Colegio de la Compañía de María, según la
inspiración de su Fundadora, la unidad piedad-letras o virtud-
ciencia era algo esencial.
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Así, además de las clases de historia,
geografía, gramática aritmética y labores, estudiábamos
Catecismo, la Historia Sagrada, y con la lectura y explicación
del Evangelio aprendíamos sobre la vida de Jesús y la de su
Madre. A mí todo esto me entusiasmaba.
Como alumna aventajada que era, sabía aprovecharme
muy bien de todo lo que me ofrecía el colegio; así a la
atmósfera de piedad cristiana que respiraba en mi familia, se
unía la educación y formación del colegio. También las
religiosas de la Compañía de María ponían un esmerado
cuidado en la preparación de los sacramentos; además se
preocupaban de que las oraciones y ejercicios de piedad
reflejaran el tiempo propio del año litúrgico. Ellas invocaban al
Espíritu Santo antes de empezar las clases y se me quedó
grabada para siempre esta devoción y esta costumbre y las
transmití después a mis hijas concepcionistas.

Melchora:"Nada tiene de particular que cuando salió de casa Carmeta,
nuestra madre, siempre tuviera en su boca a su Carmencita y que nos la
propusiera en todo por modelo" y es que "admiraba a todos con su recato,
obediencia y sencillez".
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En los documentos fundacionales de la esta Orden se dice que “en todas las
clases las alumnas aprenderán, junto a la lectura, escritura y costura, todo lo
referente a la piedad y a la virtud, según la capacidad de cada una”.

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Para llegar al corazón de las niñas, las religiosas
utilizaban cuantos medios tenían a su alcance. Nos hablaban de
su Fundadora, Juana de Lestonnac, una dama francesa que
estuvo casada y habiéndose quedado viuda quiso entregarse
sólo a Dios, para lo cual fundó la Orden en la que ahora me
educaba, que consistía en una entrega a Dios a través de un
apostolado concreto: la enseñanza. Todo esto como puedes
imaginar iba calando en mi corazón y la tierra de mi vida se iba
enriqueciendo.
Allí aprendí mucho sobre María, pues de esta etapa se
quedaron grabadas en mi mente oraciones y tradiciones que
marcaron mi infancia, como por ejemplo la fiesta de la Niña
María. Experiencias que nunca olvidé e incluso transmití a mis
religiosas concepcionistas muchos años después.
También nos explicaban el catecismo, que en la Diócesis
de Vic por mandato del Obispo, tenía que ser el del P. Claret,
nacido allí. El método empleado por el P. Claret era hacer
conocer las verdades de la fe a través de estampas. Yo misma
utilizaba también este método con mis hermanos.
Cuando quedaba libre de las tareas escolares, prestaba
ayuda a mi madre en el cuidado y educación de mis hermanos.
Era la primera en edad y me sentía llamada a ejercer la
autoridad y el servicio de la educación entre ellos: les enseñaba
el cultivo de las virtudes y de los buenos modales, así como los
valores humanos. Como hermana mayor les
corregía y enseñaba.
Así fui pasando mi infancia y
adolescencia y me sitúo ahora siendo ya una
jovencita. Mis años de colegiala quedaron
atrás, pero lo que mis maestras me
enseñaron con tanta dedicación y entrega
siempre quedó grabado en mi personalidad.
Mis padres y hermanos intuyeron
pronto en mí que “Alguien” habitaba en mi corazón,…porque
me veían pasar largos ratos arrodillada a los pies del Crucifijo.
Así mi personalidad se fue forjando y mi voluntad se veía
enriquecida por mis largos ratos de oración. En esos años

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pertenecía a la Asociación de Hijas de María.
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Yo, como
miembro de la Asociación y como dirigente de uno de los
grupos, desplegué todas mis capacidades y mi autoridad.
Quería ser y vivir como hija de María, pero no lo quería sólo
para mí y por eso trabajé con incansable amor apostólico por la
buena marcha de la Asociación.
Creo que en estos encuentros de las "hijas de María", fui
viviendo también la experiencia de educar, siendo la
animadora de aquellos grupos de jóvenes. El amor me
impulsaba a entregarme también a los más pobres y
necesitados.
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Siempre he tratado de buscar el rostro de Dios y su
Proyecto sobre mi vida. En aquellos años de la adolescencia y
primera juventud, yo buscaba y buscaba...Esta ha sido siempre
una nota distintiva de mi vida. Tenía “ansias de Dios” y un día
llamé por mi cuenta a las puertas de un convento de clausura:
la Capuchinas. Sentía deseos de vivir sólo para Dios: El me
atraía con toda su fuerza. Pero tuve una fuerte oposición de
mis padres. Entonces les pedí que me dejaran hacer Ejercicios
Espirituales durante unos días para discernir mi vocación y
volví más convencida de ella, aunque tuve que esperar hasta ¡5
largos años! para poderla realizar.
En mayo de 1869, cuando la
vida religiosa española sufría las
consecuencias de una fuerte revolución

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Estas Asociaciones trataban de hacer de la devoción mariana una
verdadera "forma de vida" o espiritualidad, promoviendo no sólo una
completa devoción a María, sino también una consagración más plena de las
personas a Dios y a los pobres, según indicaban sus Estatutos: “Esta
consagración tiene un doble fin: la santificación personal de sus miembros y el
apostolado por medio de toda obra externa, religiosa, caritativa, social en
favor de las almas”.
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Dice su primer biógrafo que practicaba la caridad "visitando
frecuentemente los hospitales, consolando y socorriendo a los enfermos y
sosteniendo íntima amistad con las Hermanitas de los Pobres, quienes tenían
siempre la puerta abierta en la casa del señor Sallés, donde recibían
personalmente de Carmeta las provisiones para los ancianitos".


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en España, comencé una nueva etapa en mi vida entrando en el
noviciado de las Religiosas Adoratrices en el pueblo de Gracia,
junto a Barcelona. Allí, en el noviciado, fui profundizando la
llamada. No dudaba que Dios me había elegido dándome la
gracia de la vocación religiosa. Me sentía llamada por Cristo a
seguir sus huellas, pero aún no sabía cómo ni dónde.
Ya sabes que vocación es un don que se recibe
gratuitamente. Pero este don es dinámico y como tal exige
crecimiento en fidelidad. Hay que ir asimilándolo e
incorporándolo a la propia vida, y que acoger diariamente en la
fe el don de Dios. Todo esto lo fui haciendo durante el tiempo
de noviciado. Además, en este tiempo, fui conociendo el
espíritu y fin del Instituto al que me había incorporado y
admiraba.
Te doy algunos datos del mismo, que marcaron después
mi itinerario vocacional. En una época en que el nivel cultural y
de formación femenina era escaso, M. Micaela del Santísimo
Sacramento, Fundadora de las “Esclavas del Santísimo
Sacramento y de la Caridad” (también llamadas Adoratrices),
Vizcondesa de Jorbalán, comenzó su obra de regeneración y
reeducación de las jóvenes.
Se trataba en verdad de una obra de rescate de las
personas que habían caído en la prostitución, en el que la
persona de Cristo, presente en la Eucaristía iba a ser el
principio, el medio y el fin de su obra educadora. Ella no era
una pedagoga propiamente dicha, pero en su misión apostólica
presenta principios muy válidos a tener en cuenta por todo
educador, y yo los incorporé a mi vida.
Admiré siempre en la M. Micaela la confianza que tenía
en la posibilidad de reeducación de la persona, devolviendo a
las jóvenes caídas su verdadera personalidad. Para ello
consideraba indispensable el amor y el respeto a la dignidad de
cada persona, criatura hecha a imagen y semejanza de Dios.
Trataba de conocer a la joven y buscaba su conversión ganando
su corazón. Estudiaba cada caso particular, escuchando con
calma y paciencia a cada una de las jóvenes. Luego observaba
sus inclinaciones, lenguaje, maneras y carácter. Quería hacer

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salir de su corazón los grandes y buenos sentimientos que
albergaba. Ella las amaba gratuitamente, poniendo en juego
todos los medios: la dulzura, los consejos, el consuelo, la
comprensión y los ánimos.
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Sentía que cuanto más necesitaban la reeducación, más
se las debía amar, y más se preocupaba para reavivar en ellas
la nobleza del corazón; las corregía, sí, pero sin echarles en
cara sus defectos.
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Trataba a todas las jóvenes por igual y al
mismo tiempo se acomodaba a cada una, porque a cada una
debía educar, no obstante la distinta edad, el variado carácter,
las diversas necesidades y la historia precedente de todas y de
cada una
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.
En estos meses de Noviciado estudié que la motivación
sobrenatural del apostolado de M. Micaela era procurar en sus
educandas un reencuentro con Dios y, como consecuencia, su
regeneración moral. Sólo el amor de Dios, que es eficaz y
realiza lo que promete, podía curar una serie de lacras morales,
que tenían casi siempre su origen en problemas afectivos. Por
eso la formación religiosa que se daba en el colegio no era sólo
intelectual.
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El contacto con Cristo en la Eucaristía tenía un papel
muy importante en esta formación religiosa. Cuando la joven se
encuentra con Cristo se siente amada por Él, que ha dado la
vida por ella. Entonces su espíritu se transforma y se rehabilita

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En sus escritos dice: "Las maestras no omitirán ningún medio para
hacerse amar de todas las colegialas, procurando ellas amarlas, a su vez,
tratándolas con dulzura, dándoles buenos consejos, consolándolas en sus
aflicciones y procurando desvanecer cualquier tentación que tengan de
dejar la Casa".
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Sus testigos dicen: "Nos encargaba muy especialmente que jamás
echáramos en cara a las colegialas las debilidades de éstas, pues nos decía
que debíamos proceder con ellas como madres".
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Sus testigos dicen: "Se veía en ella una verdadera madre que se
acomodaba a todas las edades, a todos los genios, al modo de ser de cada
una...". Porque "Cada una éramos un misterio, cada una teníamos una
historia; conocía nuestra vida pasada y, nuestras faltas presentes".
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Quería que sus maestras estuviesen "versadas en la religión práctica,
porque la teoría no suple ni llena el fin y objeto que se desea y forma un mal
vivir desacorde".

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ante sí misma. Aprende que no es una cosa, sino que su
persona y su vida tiene sentido para "Alguien" que la llama por
su propio nombre y así brotará en ella la seguridad y la
confianza.
Todas estás dotes de pedagoga se fueron quedando en
mi corazón. Me gustaba su estilo de educar. Su pedagogía era
un medio para levantar a la persona caída, para transformar su
vida y su espíritu, y encaminarle al Maestro que está en la
Eucaristía: Cristo, que asume toda dolencia, pues “sus heridas
nos han curado”.
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Lo que M. Micaela llevó a cabo en su vida, era la misión
que la religiosa adoratriz estaba llamada a desempeñar en el
mundo, y esto es lo que yo trataba de asimilar e interiorizar en
mis largos ratos de adoración al Santísimo en el tiempo de
Noviciado. ¡Ciertamente la preocupación de la M. Fundadora
había sido salvar almas. ¡Yo también quería colaborar con
Cristo en su obra redentora! Pero intuía que mi camino era
otro… ante mis ojos estaba presente el cuadro de la
Inmaculada, y Ella se hacía más y más viva en mi interior. Allí
aprendí esa oración que tanto me gusta, pidiendo la bendición
a María: “Oh Dulce, Señora mía, dadnos vuestra bendición.”
Era un apostolado que yo quería hacer mío,
incorporándolo a mi vida, pero no acababa
de llenar mi espíritu. Por esta razón,
después de algunas consultas y haber
meditado suficientemente, abandoné el
noviciado de las Adoratrices.
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Quizá fue en el Noviciado adoratriz donde intuí con más
fuerza y luz el valor de la educación, al comprender que, como
en la Inmaculada, es mejor prevenir (educar) que curar

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1ª Pedro, 2,24
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Dice el primer biógrafo, M. Gutiérrez, que "La atraía fuertemente el
Sagrario; pero la finalidad de acoger a las jóvenes extraviadas no se le hacía
atrayente y simpática")."(...) hubo de salir por no agradarle uno de los fines
principalísimos del Santo Instituto cual es la formación y preservación de
muchachas desamparadas". (M. Hualde). Y su hermana Melchora dice en una
carta que “Carmen salió de las Adoratrices para educar”.

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(reeducar). Quería la educación al estilo de lo que Dios hizo en
María Inmaculada. Era una intuición profunda.
El 15 de noviembre de 1870, abandoné el Noviciado de
las Adoratrices, aunque estaba convencida de que Dios me
seguía llamando a su servicio en la vida religiosa, y a los siete
meses, después de consultarlo con mis confesores, ingresé en
las Terciarias Dominicas de la Anunciata.
Te diré algo de este Instituto de las Terciarias
Dominicas en el que viví casi 22 años. Había sido fundado por
el P. Francisco Coll, el cual habiendo visto la miseria material y
espiritual y sobre todo, el abandono en que estaban
sumergidos los niños. El P. Coll comenzó en 1856 una obra en
la que su objetivo primero era abrir un camino de vida
religiosa a las doncellas o viudas llamadas a consagrarse a Dios
fuera de los conventos de clausura, constituyendo
comunidades de religiosas dedicadas a la enseñanza de las
niñas con una finalidad apostólica, y en los ambientes más
necesitados.
Era, pues, la enseñanza de las niñas la misión que estas
hermanas llevaban a cabo en su apostolado y esto era lo que yo
deseaba: Enseñar, educar para salvar, para preservar a las
jóvenes de la caída. Cuando entré en el Instituto fue el mismo P.
Coll el que me recibió y examinó. El, un hombre de Dios dado a
la oración y al esfuerzo ascético iba a ser el que
me iniciara en la espiritualidad dominicana y en
su proyección apostólica.
El P. Francisco Coll quería salvar almas y
creía que dada la situación histórica y cultural
del momento, el modo más propicio para poder
llevar a cabo este objetivo era que las hermanas
ocuparan puestos en las escuelas de los pueblos,
donde enseñaran a las niñas. Enseñar, educar no sólo para
elevar el nivel cultural, sino todavía más, para elevar a las
almas al ideal de la perfección enseñándoles el Camino, la
Verdad y la Vida que es Cristo. Dada su preocupación por la
enseñanza de las niñas, el P. Coll como formador de las
Hermanas, puso particular interés en encender el celo

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apostólico de sus hijas espirituales en el ejercicio de la
enseñanza
11
.
Enseguida asimilé el espíritu del nuevo Instituto, pues
estaba ávida por aprender. La Superiora General, M. Rosa
Santaeugenia, al descubrir que era una joven culta e instruida,
me envió, poco tiempo después de vestir el hábito de Sto.
Domingo, a dirigir el Colegio de Tortellá, en la provincia de
Gerona. Mi primer campo de apostolado no me fue nada fácil,
pues era todavía novicia. Las dificultades no venían por parte
de las niñas, sino por las rivalidades que dividían y enfrentaban
a sus familias entre sí y con su entorno por opciones políticas,
ya que Tortellá constituía un foco republicano muy
radicalizado en el seno de una comarca tradicionalmente
carlista. Por este motivo, tuve que tener mucho tacto y
prudencia.
Me dediqué a la tarea docente plenamente. Los días de
diario, en las clases; los domingos por la mañana con las niñas
a la misa parroquial y a la catequesis y por la tarde de paseo
con ellas por la montaña.
Al año siguiente, 1872, después de mi primera
profesión, me fue encomendada otra misión por los superiores:
la dirección del Colegio de San Andrés de Palomar cerca de
Barcelona. En esta localidad tenía el Instituto dos casas: una
dentro de la población y otra a las afueras. A esta última me
dirigía cada mañana vestida de seglar, dada la situación
conflictiva que se vivía en Cataluña. Me entregaba sin descanso
a la tarea educativa, buscando hacer de las alumnas criaturas
nuevas, capaces de afrontar el futuro con dignidad, paz y
esperanza.
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Estas tenían que enseñar la doctrina, educar las virtudes, inculcar y hacer
germinar la piedad.
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Dice el P. Gutiérrez que "Era frecuente encontrarla a las dos de la
madrugada, preparando con gran celo, solicitud y devoción las tareas
escolares del día siguiente, a fin de que las niñas lo encontraran todo
dispuesto. ¡Así todo estaba a punto, labores, temas, problemas y ejercicios
de toda clase!".

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Pero no sólo me preocupaba de tener preparados los
trabajos de las alumnas, sino que quería que la misión
estuviera impregnada del espíritu evangélico y para ello solía
levantarme antes que lo hiciera la comunidad para hacer mis
devociones, ofreciendo al Señor toda la jornada. Después, con
la comunidad, hacía los ejercicios que la Regla señalaba y
participaba en el Sacrificio Eucarístico para empezar a
continuación mi apostolado a través de las tareas escolares.
Durante cuatro años permanecí en San Andrés de
Palomar. Mi preocupación a lo largo de este tiempo no fue otra
que la de redimir al pueblo sacándole de la ignorancia, y no
sólo por lo que se refiere a las letras, sino también en lo
relativo a las cosas de la fe. Fui adquiriendo a la vez una única
experiencia de la vida religiosa y de la educación de las niñas.
Después fui destinada a Barcelona. Allí continué
dedicándome plenamente al apostolado de la enseñanza.
Decían que mis clases eran muy provechosas.
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Mi amor a Dios
y al prójimo se manifestaba en mi deseo de salvar almas por
medio de la educación, y me impulsaba a comenzar una nueva
obra de redención. Así comencé la clase de adultas que iba de
ocho a diez de la noche, en donde trabajé con todo tesón y
diligencia. Los resultados en estas clases de obreras también
fueron muy positivos… Muchas de estas jóvenes abrazaron la
vida religiosa.
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Trataba de ser fiel a las máximas que
del mismo P. Coll aprendí, es decir dar el
mismo cuidado a la oración que al estudio. No
me entregaba al descanso hasta que no tenía
preparadas las labores del día siguiente para
las alumnas y me levantaba antes que la
comunidad con el fin de hacer mis devociones particulares

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A través del testimonio de una colegiala, alumna suya, podemos constatar
su personalidad de educadora: "Era verdadera devoción lo que por ella
sentíamos. No había manera de resistirse a los poderosos recursos de
persuasión, ni a los suaves y múltiples atractivos de la Madre Carmen".
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Así dice una “de sólo estar con ella unas horas, venían deseos de imitar su
género de vivir y de acompañarla en sus ministerios".

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porque durante el día no me quedaba tiempo para ello.
Ciertamente la acción apostólica que desarrollé esos años fue
muy intensa, pero siempre debidamente encauzada, como
quería nuestro P. Fundador.
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Era ayudada por mis hermanas de comunidad y también
por mis alumnas, contribuyendo así a elevar el nivel cultural y
la competencia técnica de las maestras. Dios me había dado
cualidades personales y debía ponerlos al servicio: tenía
cultura y también gran habilidad para tratar con las alumnas,
así como interés y preocupación por la organización y buena
marcha del Colegio, lo que contribuyó a la prosperidad del
mismo. Como maestra buscaba la formación integral de las
alumnas, compaginando el amor con la disciplina.
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Al ser nombrada Priora en 1883, me relacionaba menos
con las niñas y no asistía habitualmente a las clases como
antes porque las diversas ocupaciones me lo impedían. Sin
embargo, en lo que podía, continuaba ocupándome de la
formación de las alumnas, inspeccionaba las clases y preparaba
personalmente a las niñas para la recepción de los
sacramentos.
Siempre me ha gustado estar atenta a los signos de los
tiempos, (como ahora dicen), y percibía que poco a poco, la
mujer se estaba introduciendo en el mundo del trabajo y de la
cultura, por lo que consideraba necesario ampliar las
enseñanzas en el Colegio.
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Dice una testigo que nunca daba impresión de agobio ni de
apresuramiento, sino que más bien reflejaba "una vida de retiro y sosiego”.
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Hay testimonios que dicen: "Con las alumnas sabía armonizar su trato de
madre con la energía propia de la disciplina". Y buscaba en todo momento
el bien espiritual de las niñas: “Tenía muy bien organizada la Enseñanza de
la religión. También se preocupaba de las prácticas de piedad teniendo
actos de culto por la mañana y por la tarde". Siendo Directora, amoldaba la
vida del Colegio al año litúrgico: "Celebraba con gran alegría la fiesta de
Navidad, despertando en nosotras devoción al Niño Jesús. Así mismo hacía
con la Pasión de Nuestro Señor, haciéndonos sentir vivamente los cultos de
la Semana Santa".
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"El buen nombre y fama del Colegio corren de boca en boca y la afluencia y
la concurrencia de niñas y jóvenes educandas es tal, que la casa de la calle de
Riera es insuficiente y pequeña y hay necesidad de que la Madre Carmen

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Dios conduce la historia y la vida de los hombres y,
confiando en El, permanecí Terciaria Dominica durante casi
veintidós años. Enseñaba y educaba logrando contagiar a las
niñas el amor de Dios
18
. A partir de 1889, en que es elegida
Superiora General M. Concepción Vila, (la que fue anterior
superiora y maestra de novicias y con la que había tenido ya
algunas divergencias), distintas
circunstancias y acontecimientos, entre
los que es de destacar la diferencia de
planteamientos en el campo educativo,
me llevaron a pensar en una escisión de
las Dominicas de la Anunciata.
Yo no quería fundar una nueva
Congregación, sino una rama de la
Orden Dominicana, pero…”Dios escribe
derecho con renglones torcidos” y el 22
de febrero de 1892, con siete hermanas
mías, salimos del Instituto y abrimos un
Colegio en Barcelona, donde queríamos continuar con la labor
apostólica por medio de la enseñanza, ampliada ahora al
máximo, pues además de los horarios diurnos, establecimos
también clases gratuitas de ocho a diez de la noche, y
dominicales.
El Colegio permaneció abierto por poco tiempo. Algunas
de las hermanas volvieron al Instituto de Dominicas de la
Anunciata. Pero se quedan conmigo Remedios Pujols, Emilia
Horta y Candelaria Boleda buscando también vivir su entrega a
Cristo por medio de la consagración religiosa, y comenzamos
así una andadura que nos llevará a Burgos donde tendrá lugar
el nacimiento de una nueva Congregación: Las Religiosas
Concepcionistas de Santo Domingo.

busque local más amplio y capaz, con el fin de extender más y más su
apostolado”- dice el biógrafo.
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Dice un testigo: "Tengo por cierto que sentía hondamente el amor a Dios
porque a nosotras nos lo inculcaba. Este amor de Dios era el que le hacía ser
tan trabajadora".

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Y dejo aquí mis recuerdos, con la sugerencia de que
también tú te remontes a tus raíces vocacionales como
educador/a concepcionista.


PARA TRABAJAR:
1. Haz una breve descripción de cuáles han sido tus raíces
vocacionales como educador/a
2. ¿Cómo crees que han influido en la forja de tu
personalidad y en tu vida, tu familia y el ambiente
educativo de tu infancia y juventud?
3. ¿Cómo colaboraron u obstaculizaron tu vida de fe y tu
vocación?
Paralelismo con M. Carmen:
1. M. Carmen nació y vivió en un contexto familiar, social,
religioso… concreto y muy distinto al actual, y fue hija
de su tiempo. Trata de identificar rasgos de su
personalidad y de su ambiente familiar que influyeron
también en su vocación educadora.
2. Tras escuchar la descripción que hace de su Itinerario
vocacional - educativo (En Manresa, como Adoratriz y
Dominica de la Anunciata)… identifica las semillas que
iban cayendo en su tierra y mira cómo las hizo
fructificar después.
3. Ella tomó opciones tras vivir experiencias. Resalta
algunas de ellas.
4. Tras analizar tu historia y las experiencias vividas,
identifica también las opciones tomadas a partir de ellas
y desde qué motivaciones lo hizo ella y lo haces tú.
5. ¿De qué mediaciones se sirve M. Carmen y de cuáles te
has servido y te sirves hoy?