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Areces, Nidia R.
LA ETNOHISTORIA Y LOS ESTUDIOS REGIONALES
Andes, núm. 19, 2008, pp. 15-28
Universidad Nacional de Salta
Salta, Argentina
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Andes,
ISSN (Versión impresa): 0327-1676
saramata@unsa.edu.ar
Universidad Nacional de Salta
Argentina
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Proyecto académico sin fines de lucro, desarrollado bajo la iniciativa de acceso abierto
Nidia R. Areces: LA ETNOHISTORIA Y LOS ESTUDIOS REGIONALES

ANDES 19
Año 2008
pp. 15-28
LA ETNOHISTORIA Y LOS ESTUDIOS REGIONALES



Nidia R. Areces
1




Introducción

El presente ensayo se plantea como objetivo central reflexionar acerca de la
Etnohistoria y de sus aportes para los estudios regionales pensando en los modos
afirmativos de existencia que la acompañan y en los modelos teóricos que la sustentan.
Ubicada la etnohistoria como “un campo del saber” se la piensa como uno de los
disciplinarios y principales cuya atención se concentra en un cierto grupo de sociedades
a las que estudia con específicos códigos y con un multiforme corpus de información.
En este punto conviene remitirse al principio de diferenciación que tienen cada uno de
estos campos disciplinarios y que en este caso específico se remite, teniendo en cuenta
el planteo de Pierre Bourdieu
2
, al capital cultural en juego, en el que se distingue una
modalidad de adquisición y de transmisión para cada forma o estado (incorporado,
objetivado e institucionalizado).

Antes un recaudo que complementa el planteo inicial. Teniendo en cuenta el
complejo mundo social que se pretende abordar e interpretar, por lo menos en alguno de
sus fenómenos emergentes, se entiende que la mejor manera de tratar las cuestiones
sustantivas no es reducir el discurso a un área o campo, sino traspasar las fronteras
formalmente instituidas y hacer uso de una amplia gama de recursos, técnicas y métodos
provenientes de distintas disciplinas. Por supuesto que, en este sentido y en esta etapa
del desarrollo de las ciencias sociales, se está hablando de la necesidad de incrementar
los préstamos y de crear las condiciones para avanzar en el camino de la
interdisciplinariedad. De todas maneras, la reconstrucción de los objetos propios de las
ciencias sociales a partir de las prácticas interdisciplinares, no parece formularse todavía
con suficiente claridad a pesar de la demostrada y válida preocupación por cruzar las
fronteras y del actual auge de esas prácticas.

Algunos conceptos de interés para la etnohistoria y los estudios regionales

En este marco, el ensayo pone el acento en los análisis de clases y de etnias
como conceptos centrales que cruzan las ciencias sociales. Cada uno de ellos recorta de
un modo especial la realidad que intentan aprehender a la vez que representan distintos
componentes de situaciones humanas básicas. La idea es no bifurcar estos conceptos
sino establecer un diálogo entre las baterías de problemas inherentes a ellos, uno de los
cuales radica precisamente en la dificultad de explicar el proceso de trastocamiento de
los conceptos de etnia y clase. En alusión a esto y concretizando el nivel de análisis, se

1
Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario.
2
Bourdieu Pierre, Las prácticas sociales, Editorial de la Universidad de Misiones –Dirección de
Publicaciones de la Universidad Nacional de Córdoba, Córdoba. 1995. Bourdieu Pierre y Wacquant
Loïc J. D. Respuestas por una antropología reflexiva, Grijalbo, México. 1995.


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observa que debe relativizarse la dicotómica afirmación de que la situación colonial
camufló la opresión de clase debajo del manto étnico, mientras que el desarrollo
capitalista encapsuló la dimensión étnica dentro del contenido de clase de una relación.
Más bien debe pensarse en los complejos enmascaramientos étnicos y clasistas que
encierran increíbles posibilidades analíticas para las sociedades objeto de estudio. Hay
que señalar, además, la conveniencia de conducir la reflexión sobre la desigualdad
estructural en todos los aspectos en la que se presenta habitualmente. Todo ello lleva a
la propuesta general de que hay que conceder tanta atención teórica a las divisiones
internas de las clases como al "problema de los límites" étnicos o, más correctamente,
que la identificación de los límites de las clases y de las comunidades debe abordarse
como dos aspectos de un mismo problema y ser analizado como tal.

Hay que convenir que los miembros de un grupo étnico se definen a sí mismos
como diferentes y especiales debido a características culturales, distinción que podría
surgir del lenguaje, la religión, la experiencia histórica, el aislamiento geográfico, el
parentesco o la raza. En cuanto a las relaciones de clase, éstas no dejan de estar
determinadas en forma contradictoria y múltiple por las estructuras que le imponen
direccionalidad, entendiendo que las relaciones políticas e ideológicas forman parte de
la determinación estructural de las clases. Es precisamente la acción humana la que
siempre asume un papel importante en el proceso por el cual las clases estructuralmente
definidas se transforman en colectivos organizados.

Si en particular se estudian las sociedades regionales, se tiene que tener presente
que los grupos étnicos rebasan los marcos regionales y que estos, a su vez, traspasan los
límites políticos-administrativos concebidos por los Estados. La cuestión se complejiza
aún más si se aprecia que la cuestión étnica no se presenta como un fenómeno unitario y
que en los “espacios de la etnicidad” coexisten grupos y etnias que componen una
colorida trama. Similar argumentación es válida si se la aplica a los fenómenos de clases
y de región, en los cuales se terminaría hablando del “espacio de la clasicidad” -
cuidando de no utilizar el término “clasista” en la medida que éste encierra un sentido
ya prefigurado por su uso en el campo político-. La pregunta es cómo proceder para
intentar reconocer las etnocategorías (aquellas empleadas en el discurso testimonial de
época) que establecen cortes en lo social (para ejemplificar: español, indio, mestizo,
encomendado, tributario, yanacona, mitayo, cacique, curaca, etc.), el significado y
contenido de estas categorías y las funciones que cumplen en relación al sistema
colonial del cual provienen.

La propuesta provoca también el debate en la medida que se prioriza el concepto
de etnia como unidad social y a la etnicidad como proceso social. Por lo que para
desplegar estas nociones es pertinente incluir también el concepto de interacción para
tratar de entender lo social en tanto topología de fuerzas y señalar así las tensiones entre
socialización y subjetivación. Este concepto tiene implicancias en el terreno de distintas
disciplinas: antropología, lingüística, sociología, psicología, etc., porque ha permitido
un destacado avance en numerosos campos, por ejemplo, el estudio de las interacciones
precoces en psicología genética, el análisis de los rituales en psicosociología, el retorno
a las relaciones cotidianas en sociología. En todos estos dominios de investigación, la
noción de interacción añade fundamentalmente una nueva perspectiva epistemológica
porque en la comprensión de los fenómenos humanos sitúa en un primer plano a los
procesos de comunicación y de información, los principios de causalidad circular y de
retroacción, la consideración del contexto y de la dinámica propia de cada sistema
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relacional. Por consiguiente, cuestiones como las aproximaciones y modelizaciones de
los procesos de comunicación y el modo en que la cultura, las instituciones y los rituales
sociales estructuran y regulan estos procesos son consideradas de importancia.

Las figuras de Georg Simmel y de George Mead se presentan como señeras en
este ámbito. El primero al sentar, a comienzos del siglo pasado, las bases de la
microsociología y el segundo, uno de los miembros eminentes de la “Escuela de
Chicago”, al presentar el “Sí mismo” como una estructura social resultante de las
interacciones colectivas. Renovados abordajes de los fenómenos relacionales son las
nuevas concepciones de la comunicación, la aproximación sistémica en psicología, la
reintroducción de la gestualidad en el lenguaje, la antropología del espacio, la
reorientación de la sociología norteamericana hacia la observación de las prácticas
sociales y, sobre todo, hacia las prácticas de comunicación. Estos abordajes representan
una nueva orientación epistemológica bajo la influencia de la cibernética y de la teoría
de los sistemas. En todo esto son centrales los procesos de comunicación en el interior
de mismos sistemas, en el sentido más amplio del término. Pero hay que destacar que es
en particular esta orientación, más que el recurso a la noción de interacción, la que
contribuye a profundizar las diferentes corrientes de investigación enunciadas.

En síntesis, los trabajos sobre las interacciones tienen ciertas características
esenciales. Entre otras hay que señalar que confiere primacía a una vía de observación y
de descripción que se apoya en diferentes formas de registro que son tanto orales como
visuales, que privilegia un trabajo de campo que se esfuerza en aprender y analizar las
situaciones de la vida cotidiana, las interacciones “reales” y “auténticas”, y no las
situaciones “provocadas” y estudiadas en el laboratorio por el investigador, y que se
centra en el proceso de comunicación considerado como un fenómeno global que
integra muchos modos de comportamientos incluyendo las palabras, las miradas, los
gestos.

En principio hay que tener en cuenta una característica fundamental de la
interacción social y es que implica una relación dialéctica entre individuos, es decir,
intervienen conciencias humanas que accionan y reaccionan. Por consiguiente, si la
interacción es el campo donde las relaciones sociales se actualizan y se reproducen,
constituye también un “espacio de juego” donde pueden introducirse la intervención y el
cambio y donde, en cada instante, se funda de nuevo el vínculo social. Se considera
entonces a la interacción social como un “fenómeno social total”, en el sentido en que lo
entendía Marcel Mauss, es decir, un fenómeno en el que la totalidad de la sociedad y sus
instituciones están implicadas y en el que interactúan muchas dimensiones, incluidas las
psicológicas, sociales y culturales.

En este punto cabe analizar el marco que designa las estructuras espaciales y
temporales en las que se inscribe la interacción. El marco espacio-temporal no es un
simple entorno, se entiende que al ser estructurado por la cultura tiene una efecto
estructurador sobre las relaciones sociales. Un factor es particularmente inquietante: la
estructuración del tiempo que se resume como pasado - presente - futuro. Toda
construcción sobre lo histórico trabaja con una manipulación del tiempo en cuanto que
escribimos desde el presente sobre el pasado y la concepción del futuro interviene
igualmente en ella. Las formas en que la temporalidad puede marcar la interacción son
numerosas y se sitúan en los niveles psicológico e intersubjetivo de las diferentes
culturas y sociedades. Es decir, cada cultura comporta una representación del tiempo,
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representación elaborada a partir de modos de producción, de prácticas cotidianas, de
estilos de vida, pero también de valores y tradiciones heredadas. El tiempo de la
interacción social no lleva solamente la marca de las diferentes culturas; varía también
en el interior de cada sociedad según las clases, los grupos, las edades, los sexos y los
medios de vida. Y en cuanto a los tiempos psicológicos, hay que considerar la
estructuración interaccional socializada y el tiempo del inconsciente.

El análisis de la interacción social quedaría muy parcialmente planteado si se
limitase a la comunicación inmediata, es decir, si no se considerara como un fenómeno
institucional. Por consiguiente, siendo un fenómeno de tal naturaleza hay que tener en
cuenta roles, funciones, estrategias y objetivos de las organizaciones. La organización
no es un sistema que engloba y determina las relaciones humanas o su preexistencia, es
el producto del juego, al mismo tiempo que su encuadre necesario. La interacción
humana en una organización es la “afirmación” y actualización de una elección en un
conjunto de posibles y el cambio organizativo no puede venir más que de la interacción
misma.

La influencia social se confunde casi con la interacción siendo una de sus
dimensiones fundamentales. Puede concebirse como mecanismo de conformación y
también puede abordarse bajo el ángulo de conflicto y negociación. Si el concepto de
poder está fuertemente implicado en los procesos de influencia y negociación, éste no es
como una característica intrínseca de los actores (como una especie de propiedad que le
es dada) sino un fenómeno relacional. El poder aparece así como una forma de relación
que une a uno o varios actores. Entre las formas de relación que motiva el proceso de
influencia y en sí la base de poder se encuentran la recompensa, la coerción, también la
legitimidad, la referencia y la competencia. Otro ángulo de gran importancia para
investigar la interacción es el del conflicto y las relaciones de fuerza, apreciándose en
ellos distintos tipos de situaciones. Si en particular se presta atención al complejo
universo de las interacciones en las sociedades regionales se podrán observar a los
sujetos desplegando su propias acciones y articulando su red vincular inmersos en la
trama social en la cual se sienten incluidos.

Otro concepto merece atención porque posibilita profundizar algunas de las
cuestiones que se vienen desarrollando. El concepto de cultura como producción
colectiva de creación y de recreación del hombre reúne varios aspectos, de los cuales
convienen señalar el de universalidad en el sentido que todos los hombres tienen cultura
y el de relativismo en el sentido de opuesto a la sobrevaluación de lo occidental como
cúspide del desarrollo. En este sentido y por la modernidad de su definición, es dable
remitirse a lo que pensaba A. R. Turgot en El Plan de dos discursos sobre la historia
universal de 1750: “Poseedor de una tesoro de signos que tiene la facultad de
multiplicar hasta el infinito, el hombre es capaz de asegurar la conservación de las ideas
que ha adquirido, de comunicarlas a otros hombres y de transmitirlas a sus sucesores
como una herencia constantemente creciente”. Esta es una apreciación muy válida que
lleva a pensar, como lo hace Clifford Geertz
3
, en los fenómenos culturales como
esencialmente simbólicos, teniendo que ver su estudio “con la interpretación de
símbolos o acciones simbólicas”. Siguiendo esta perspectiva, para analizar la
construcción cultural de la región se deben tomar en cuenta contextos y procesos
históricos específicos y socialmente estructurados en la medida que inciden en la
producción y transmisión de las formas simbólicas. El prefijo “cultural” está incluido en

3
Geertz Clifford, Reflexiones antropológicas sobre temas filosóficos, Paidós, Barcelona. 2002.
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distintos campos académicos siendo uno de sus resultados la aceptación de las teorías de
la cultura y su traslado a su vez a otros campos. Los estudios culturales han adquirido
auge en los últimos tiempos pero no forman todavía una ciencia unitaria.

Siguiendo a Arjun Appadurai
4
, si el uso de “cultura” como sustantivo parece
cargar con un conjunto de asociaciones con diversos tipos de sustancias, de modo que
termina por esconder más de lo que revela. Una manera más enfática de subrayar esta
idea, desde luego, consiste en utilizar la forma plural “culturas”. A su vez, el adjetivo
“cultural” nos lleva al terreno de las diferencias, los contrastes y las comparaciones, y,
por lo tanto, es más fructífero. Este sentido adjetivo de la cultura resulta ser una de las
virtudes del estructuralismo que hemos tendido a descuidar y olvidar en nuestra
disposición a atacarlo por sus asociaciones ahistóricas, formalistas y binarias.

El aspecto más valioso del concepto de cultura es el concepto de diferencia, una
propiedad contrastiva -más que una propiedad sustantiva- que poseen ciertas cosas.
Aunque en la actualidad el término "diferencia' haya adquirido un vasto conjunto de
asociaciones, su principal virtud consiste en ser un recurso heurístico de gran utilidad
que puede iluminar puntos de similitud y contraste entre todo tipo de categorías: clases
sociales, géneros sexuales, roles, grupos, naciones. Por lo tanto, cuando se dice que una
práctica social, una distinción, una concepción, un objeto o una ideología posee una
dimensión cultural, se intenta subrayar la idea de una diferencia situada, es decir, una
diferencia con relación a algo local, que tomó cuerpo en un lugar determinado donde
adquirió ciertos significados. Todo este asunto puede resumirse de la siguiente forma: la
cultura no es útil cuando se la piensa como una sustancia, es mucho mejor pensarla
como una dimensión de los fenómenos, una dimensión que pone atención a la diferencia
que resulta de haberse corporizado en un lugar y una situación determinados. Poner el
énfasis en la dimensionalidad de la cultura, más que en la sustancialidad, hace que se
piense en la cultura menos como una propiedad de individuos y de grupos y más como
un recurso heurístico que se puede usar para hablar de las diferencias.

La palabra “cultura”, así sin más y en su sentido amplio, puede seguir usándose
para referirse a la plétora de diferencias que caracterizan el mundo actual, diferencias en
varios niveles y con mayores y menores consecuencias sociales. Appadurai y otros
autores proponen reservar el uso de la palabra “cultura” en sentido acotado al
subconjunto de diferencias que fueron seleccionados y movilizadas con el objetivo de
articular las fronteras de la diferencia. En tanto cuestión que tiene que ver con una
operación de “manutención de fronteras”, la cultura pasa a ser un asunto de identidad de
grupo, la cual es constituida por algunas diferencias, tomadas de entre muchas. A su
vez, las acciones, las expresiones y los objetivos significantes de la más variada especie
tienen la virtud de comunicar a los individuos entre sí y de hacerlos compartir sus
experiencias, concepciones y creencias.

Al usarse de este modo la palabra “cultura” estaría subrayando la posesión de
ciertos atributos (materiales, lingüísticos, territoriales), también la conciencia de tales
atributos, así como su naturalización como elementos esenciales de la identidad de
grupo. ¿No será esta una manera de igualar etnicidad y cultura? Precisamente la idea de
etnicidad aquí propuesta tiene por núcleo la construcción y movilización consciente e
imaginativa de las diferencias. Etnicidad significa identificación con, y sentirse parte de,

4
Appadurai Arjun, La modernidad desbordada, Fondo de Cultura Económica, México. 2000.

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un grupo étnico y exclusión de ciertos otros grupos debido a esta afiliación. El
sentimiento étnico y el comportamiento con él asociado varían en intensidad dentro de
los diversos grupos étnicos y países, y a través del tiempo. Un cambio en el grado de
importancia atribuida a una identidad étnica puede reflejar cambios políticos o cambios
en el ciclo de vida individual. En síntesis, idea de etnicidad, es decir, idea de una
identidad de grupo naturalizada. La etnicidad no constituye una diferencia prístina, un
conjunto estático de factores objetivos dados de antemano, sino el resultado dinámico
de un proceso de producción política e intelectual inscrito en la movilización misma, en
el seno de la cual se fijan no sólo los objetivos, sino los criterios mismos de adscripción
comunitaria, los rasgos específicos de pertenencia al grupo.

La forma de abordar el problema puede dar lugar al debate, como se decía, sobre
los análisis de clases y los estudios étnicos. Este intercambio permitiría reflexionar
sobre la desigualdad y la diferencia en todos los aspectos en que se presentan, pensando
como se ha señalado en los modos afirmativos de existencia que las acompañan y en los
modelos teóricos que los sustentan. En suma, la clave de lectura de las interacciones no
elimina los conflictos, ni las distancias y fracturas provocadas por las diferencias y la
desigualdad y, consiguiente, no elimina considerar el lugar que se ocupa en el proceso
productivo; la relación hacia los medios de producción que remite a las relaciones de
poder las que a su vez dependen de la división social del trabajo y del nivel y desarrollo
de las fuerzas productivas.

De todas maneras cualquiera sea el aspecto de las prácticas sociales que se
pretenda analizar, se debe tomar en consideración el conjunto de vínculos o, si se
prefiere, los diferentes contenidos de las interacciones que entrelazan a los individuos
considerados. Lo dicho adquiere su valor más general si aceptamos que conceptos como
Estado, familia, clases o grupos sociales, se refieren a redes de individuos que
interactúan en el interior de configuraciones cambiantes (configuración como la figura
global siempre cambiante que forman los “jugadores” y que incluye no sólo su intelecto
sino toda su persona), y no a objetos o “hechos sociales”.

En cuanto a la “interacción y observación de lo social” se hace imprescindible
observar los comportamientos en términos de sus posiciones relativas en el interior de
un sistema de vínculos reales, con sus respectivos recursos que sean a la vez pertinentes
a las cambiantes relaciones de negociación, cooperación y conflicto que unen a los
agentes. Las prácticas así consideradas se generan y se tornan interpretables dentro de
las “conexiones como un todo” que constituyen dichas posiciones relativas. ¿Se trata
quizás de una perspectiva de análisis que puede representar una importante herramienta
para estudiar la lógica de las configuraciones sociales, reconstruyendo las formas de
temporalidad que los generan? ¿Esto nos acercaría a la utilización de un concepto
dinámico? Entendiendo que la dinámica supone la ineludible observación de la historia,
es decir de las irreversibilidades contenidas en la temporalidad. Pero también las
interacciones entendidas como acciones colectivas. En el análisis del proceso histórico,
las interacciones representan tanto el instrumento para observar la dinámica del sistema,
como el espacio en el cual se sitúan los mecanismos que lo generan.

La Etnohistoria y los estudios regionales

El artículo de Keith Thomas “Historia y Antropología” publicado en la revista
Past and present en 1963 estaba encabezado por la siguiente aseveración “No hay nada
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nuevo o excéntrico en la afirmación de que los historiadores podrían beneficiarse de la
antropología”
5
, demostrando cómo podían enriquecerse ambas disciplinas del mutuo
aprendizaje. La ruptura del aislamiento había sido ya propuesta con bastante
anterioridad por historiadores y antropólogos europeos pertenecientes a distintas
corrientes de pensamiento.

De la antropología histórica o variedad “antropológica” de la historia, o
etnohistoria, se puede decir que es una ‘nueva historia’ -aunque no tan nueva dado que
ya tiene su acta de nacimiento a mediados de la década de los setenta del siglo pasado -
que bordea las fronteras de dos disciplinas, la historia y la antropología, configurando
para sí misma una identidad mezclada cuestión que problematiza su status
epistemológico. Así también lo problematiza el surgimiento de nuevas preguntas acerca
de su condición como campo de estudios resultado de los desarrollos internos de las
disciplinas que la generaron y de los importantes cambios que han venido
experimentando. En todo caso, la historia antropológica es producto de nuestro tiempo,
un tiempo de donde se han acentuado las polarizaciones sociales y culturales, por lo que
el presente con sus conflictos étnicos y religiosos tiene que ver mucho en el desarrollo
de esta disciplina.

Al mismo tiempo, dicha forma de abordar el problema que se puede denominar
Nueva Etnohistoria puede defenderse como una opción frente a la que resulta de
bifurcar los análisis de clases y los estudios étnicos en dos disciplinas separadas, cada
una de ellas provista de su propia batería de conceptos y problemas. Hay que señalar,
además, la conveniencia de un poner en discusión el marco de ideas y el vocabulario
para conducir la reflexión sobre la desigualdad estructural en todos los aspectos en que
se presenta habitualmente. Por consiguiente, hay que conceder tanta atención teórica a
las divisiones internas de las clases como al “problema de los límites” mismo; o, más
precisamente, que la identificación de los límites de las clases y de las comunidades
debe abordarse como dos aspectos de un mismo problema y ser analizado como tal.

Si bien desde principios del siglo XX se usó el término Etnohistoria, es recién
hacia la década de 1950 cuando comienza a emplearse con mayor frecuencia,
particularmente en la antropología cultural necesitada ésta de despegarse de los análisis
impuestos desde la perspectiva sincrónica e incorporar la temporalidad y entender así
los procesos de cambio que se operan en las sociedades. Del acercamiento inicial entre
la etnología y la historia realizado por antropólogos norteamericanos, la Etnohistoria
pasó a ser algo más que un método. Esto se debió en gran medida por las
manifestaciones del indigenismo, del nacionalismo y, sobre todo, por la búsqueda de su
propio pasado para reafirmar su presente embanderada por los pueblos originarios y por
los recientemente descolonizados. La referencia a la historia de estos pueblos se hace
ineludible. El campo de la Etnohistoria se ha expandido y su aplicación en los estudios
regionales así lo demuestra. Se acude, por ejemplo, al rescate de la memoria de los
grupos indígenas que habitaron el territorio antes e inmediatamente después de la
Conquista, así como la de los grupos africanos y asiáticos incorporados durante la
formación de la sociedad colonial. Ello ha dado por resultado una serie importante de
publicaciones de todo tipo, pero también y de manera muy significativa, dado el interés
que siempre despiertan entre las comunidades y el público en general, la edición

5
Keith Thomas, "Historia y Antropología", en Historia Social, Instituto de Historia Social. U.N.E.D., Nº
3, Valencia, pp. 62 a 80 (Publicado en Past and present, nº 24, 1963). 1989.

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facsimilar de textos o materiales gráficos antiguos. Los etnohistoriadores se sumergen
en lo más profundo de la memoria y la historia de pueblos, comunidades y regiones,
aquellas que por alguna razón determinada lograron el desarrollo cultural requerido para
registrar en papel u otro material, los sucesos más significativos de su historia. El
estudio de este tipo de documentos no se realiza únicamente en las bibliotecas, sino que
requiere de trabajo de campo, lo cual le permitirá al investigador acudir directamente a
la región o a los poblados mencionados en el documento para reconocer
geográficamente su objeto de estudio, o bien, para consultar posibles fuentes de
información alternas, como los archivos estatales, municipales o parroquiales, e
inclusive en algunos casos los testimonios orales que dan cuenta de la memoria
colectiva de las comunidades. Esto permite al etnohistoriador establecer relación directa
con los habitantes de los lugares registrados en los documentos. Se establece así una
vinculación entre el investigador y la comunidad que incluye, generalmente, el
compromiso del especialista para devolver de alguna manera lo que ha logrado “saber”
a través de las fuentes documentales a las propias comunidades.

Ni antropólogos ni historiadores a esta altura de la acumulación de capital de su
propia disciplina pueden prescindir de las perspectivas diacrónicas y sincrónicas sea que
se encuentren trabajando sobre el presente o el pasado. Ni el componente temporal ni el
espacial pueden ser excluidos, a pesar de que la historia continúe siendo básicamente
documentalista y que la antropología recurra sobre todo a la observación de campo. Los
cruces interdisciplinarios entre objetos, y entre técnicas interpretativas, específicamente
por el acercamiento de las escalas de observación, de ambas disciplinas se siguen
incrementando. Posibilitan este acercamiento, la complejidad interna de las mismas y la
necesidad de despejar los problemas que abordan así como la característica de porosidad
de sus fronteras.

En el campo de la historia, la renovación de la historiografía de mediados del
siglo XX que supuso la Escuela de Annales no sólo potencia el campo de la historia
nacional a la historia de las civilizaciones -entendida ésta en los términos de Fernand
Braudel- sino que incentiva a los historiadores a buscar objetos de estudio más
concretos y a romper las fronteras disciplinarias. A su vez, la tercera generación de
Annales se caracteriza por su heterogeneidad, pues en ella no existe consenso
metodológico, político ni intelectual. Sin embargo, entre los rasgos que se pueden
subrayar se encuentra el interés por estudiar la cultura. Encabezados por Jacques le Goff
y Pierre Nora
6
, inventaron un término para que diera cuenta de su propia producción,
"La Nueva Historia”, en un intento de marcar la novedad historiográfica que suponían.
Según Le Goff, la Nueva Historia nace para responder a nuevas preguntas a un público
más amplio, interiorizando los métodos de la antropología. Esta particularidad
acompañada del interés por el acontecimiento, por la historia política, por la historia de
las mentalidades de las representaciones, provoca críticas por su “desmigajamiento”, es
decir, por la multiplicación de los objetos de investigación.

La antropología y la historia no han dejado de encontrarse en los últimos años y
ha sido precisamente el descubrimiento del ‘otro’ el que las ha hecho aproximarse.
Frente a intentar comprender a personas muy diferentes a nosotros, con condiciones
materiales diferentes y con ideas también diferentes ¿Qué mirada tiene el historiador?

6
Le Goff, Jacques, Nora Pierre, Hacer la historia III, Laia, Barcelona. 1980.

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¿Qué mirada tiene el antropólogo? Las percepciones sobre el tiempo y el espacio son
quizás las que los separan aunque las cosas varían poco si cuando se trata con un mundo
de otro lugar, ese otro lugar está lejos en el tiempo y en el espacio. En uno u otro caso
no es menor el desafío a afrontar. Pero esto no impide que historiadores y antropólogos
compartan cada vez con mayor frecuencia territorios comunes y es precisamente el
campo de los estudios regionales los que les posibilitan compartir metodologías y
técnicas de trabajo. Es pertinente insistir en este punto que la Etnohistoria no es la
simple mezcla y unión de la antropología con la historia, sino que se debe en particular
a la utilización antropológica de fuentes y datos del pasado para precisar la dimensión
temporal. La posibilidad de traducir para la historia las sugerencias de la antropología
requiere no sólo tenerlas presentes sino establecer una permanente interrelación entre
ellas y el constructo histórico que, a su vez, es el producto de una reflexión sobre los
restos y las fuentes históricas. La cuestión reside en un ir y venir de estos a la
antropología así como de la historiografía a los documentos para comprender distintas
situaciones que atraviesan los hombres. Junto a la antropología del mosaico global, es
innegable que en diferentes periodos han surgido distintas tendencias -opuestas o
complementarias- que indagan en las conexiones transfronterizas. Precisamente el saber
etnohistórico no queda abroquelado con esto ni se compone sólo de esta dimensión, la
riqueza reside en la potencialidad de asumir la consideración del tiempo que tiene la
historia y del espacio que tiene la antropología para alcanzar una mayor inteligibilidad
de los fenómenos sociales.

En síntesis, se está apreciando un intercambio que resulta fructífero entre la
antropología, la historia y los estudios regionales y una de las intersecciones es la
Etnohistoria. Por lo que hay que preguntarse ¿En qué medida la Etnohistoria contribuye
a la realización de los estudios regionales? Hay que señalar, en primer lugar, la
necesidad de visualizar y debatir los fenómenos históricos a través de las posibilidades
que brindan las intersecciones entre las distintas disciplinas del campo social, como se
ha venido diciendo. Éstas tienen el carácter de transfronterizas y dependen en gran
medida de un diálogo y cooperación interdisciplinarios abarcando una amplia
perspectiva histórica y procesos culturales e interculturales complejos, así como
percepciones divergentes. La ciencia histórica, la ciencia política, la sociología y la
economía están más estrechamente unidas a sus disciplinas de base, pero también
trabajan para el entendimiento de fenómenos que exigen el cruce de los límites de las
disciplinas clásicas y - lo que ha sido más evidente en los últimos años- para contribuir
a la ampliación de sus propias disciplinas. Éstas no solamente se confrontan con
materiales empíricos diversos sino que, en parte, también con otras tradiciones de
pensamiento y con el desarrollo de las disciplinas. En el plano de las intersecciones
interdisciplinarias se entiende que la historia regional es uno de los ámbitos más
propicios para potenciarlas, en particular entre la historia y la antropología. Por lo que
las dimensiones analíticas de la Etnohistoria pueden ser aplicadas de distintas maneras
al estudio de puntos del pasado, de momentos históricos, o bien como nos interesa
destacar, del proceso de una sociedad regional. En este nivel, el abordaje etnohistórico
posibilita una imagen más ajustada y completa de la sociedad siempre y cuando se
pretenda acceder al conocimiento de los distintos niveles de realidad y de significado
que presenta el discurso que incluye las voces de los “unos” y de los “otros”.

Las aproximaciones metodológicas sobre los estudios regionales conducen a
preguntarse, por ejemplo, acerca de: ¿Cómo pensar la conformación histórica de una
región?, ¿cómo definirla teniendo en cuenta los componentes internos?, ¿qué núcleos la
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constituyen?, ¿cómo se articulan en el tiempo y el espacio? ¿Coincide el espacio
geográfico con el espacio social? Éstas son algunas de las preguntas que pueden
formularse. Las regiones lo son en la medida en que su vida social encuentra y muestra
ciertos límites o fronteras en su hegemonía espacial con respecto de otras matrices,
tejidos sociales y prácticas culturales distintas o diferentes. Son estas prácticas y
también los valores culturales los que arman la urdimbre regional que se altera unas
veces de manera brusca por conflictos militares, conquistas o extinción del grupo social
originario, pero que tiene también la capacidad de permanecer y transformarse tocada
por la mano del cambio histórico. A diferencia de provinciano y suburbano, regional
tiene un sentido positivo alternativo, como en el contramovimiento indicado por los
usos modernos de regionalismo. Conlleva implicaciones de un modo de vida distintivo
que resguarda determinados valores, observables para oponerlos a la centralización o la
hipercentralización y las características metropolitanas que han hecho hablar de
megalópolis, es decir de distorsión debido a un tamaño excesivo, aunque todavía se
exprese fundamentalmente en términos de la subordinación anterior.

La subestimación del género regional proviene precisamente de las versiones,
aún hoy enquistadas, donde priman una visión histórica que se aprecia por sus
anteojeras teóricas y metodológicas. Estos son obstáculos a superar, pero no porque sea
menor su escala de enfoque, la tarea se presenta como simple y fácil; el reto es hacer
verdaderamente de ella una “válida” historia regional y local que cuente con registros
problematizadores. En particular, desde la Etnohistoria, esos registros le permiten
explorar una gran cantidad de rasgos, de relaciones, de fricciones, de conflictos que
inciden en la vida de los habitantes de una región. Como toda historia, la dedicada a los
procesos regionales desde la perspectiva etnohistórica, termina resultando una suerte de
espejo de la realidad, y sobre esa realidad hay que preguntarse, descomponer los
fenómenos y recurrir, para aproximarse a ella, a una amplia gama de conceptos. Lo
interesante estriba en detectar las peculiaridades de cada proceso, en observar las
semejanzas y las diferencias regionales, las continuidades y las rupturas y para ello se
requiere de las contribuciones de otras disciplinas sociales, en particular de la
Etnohistoria. Los estudios regionales se orientan a conocer los procesos de cambio
socio-espaciales, económicos, políticos y culturales que se generan en las regiones, para
lo cual es necesario atender a la configuración histórico-regional en su conjunto.
Centran su interés en los factores de formación y diferenciación de las regiones y su
evolución, considerando el peso actual que tienen las políticas públicas y la
globalización en los ámbitos territoriales. Buscan también generar conocimientos
novedosos sobre los problemas regionales y locales, que den cuenta de las condiciones
de desarrollo regional y sus perspectivas.

En síntesis, lo que hemos planteado conduce a pensar que la historia regional,
con renovados métodos y técnicas y con una mirada amplia, tiene la posibilidad de
focalizar y contemplar un conjunto que puede abrazarse en sus alcances y contornos, a
la manera de un colorido mosaico romano al que se le detectan y rescatan cada uno de
los pedazos, o al modo de estrellas de una constelación que con otras mismas integran el
universo. Estas configuraciones compuestas por las historias regionales no deben entrar
en el juego de una falsa universalización que opaca el sentido mismo de la historia
regional que tiene como principal objeto a un proceso histórico localizado que
contempla a los demás y al marco general que lo contiene y contextualiza. La historia
regional puede poner de manifiesto los vacíos de la historia nacional siempre y cuando
se entienda su vinculación con las estructuras internacionales dentro de un marco de
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análisis dinámico y cambiante. Si se pretende una explicación de la formación social
colonial o nacional se requiere de un conocimiento de las formaciones sociales
regionales y, a su vez, ésta necesita de un saber de la historia local, todo lo cual sólo
pretende decir que la preocupación no debe limitarse a narrar la historia regional, tiene
que trascenderla para que no quede circunscripta a una monografía. De todas maneras,
la historia regional constituye hoy un discurso historiográfico que como tal tiene que
evidenciar calidad a través de una lógica y sólida argumentación. Una cuestión esencial
para hacerla es perder el temor de romper los esquemas tradicionales y marcar la pauta
experimentado nuevos modos para abordar lo regional, recurriendo a las metodologías y
técnicas de otras disciplinas y estando alertas sobre los progresos que realizan.



La etnohistoria y los estudios regionales


Resumen

El presente ensayo se plantea reflexionar acerca de la Etnohistoria y de sus aportes para
los estudios regionales pensando en los modos afirmativos de existencia que la
acompañan y en los modelos teóricos que la sustentan. Se analizan en particular los
conceptos de clases, etnias e interacción social, entendidos como conceptos centrales
que atraviesan las ciencias sociales. Ubicada la etnohistoria como ‘un campo del saber”,
se la piensa como uno de los campos disciplinarios principales cuya atención se
concentra en un cierto grupo de sociedades a las que estudia con específicos códigos y
con un multiforme corpus de información. En este sentido cabe destacar que las
dimensiones analíticas de la Etnohistoria permiten que ésta sea instrumentada para
estudiar no sólo situaciones y momentos históricos de variado tenor sino,
particularmente, la conformación histórica de las sociedades regionales.

Palabras clave: Etnohistoria; Estudios regionales; Etnia; Clase; Interacción social

Nidia R. Areces


Ethnohistory and Regional Studies


Abstract

This essay aims to reflect on Ethnohistory and its contributions to the regional studies,
taking into account its theoretical framework. The concepts of class, ethnic group and
social interaction, understood as central concepts shared by social sciences, are
especially analyzed. As a field of knowledge, Ethnohistory is considered one of the
main disciplinary fields that focuses its attention on a certain group of societies as well
as studies them with specific codes and a multiform corpus of information. In this
regard, it is worth mentioning that the analytic dimensions of Ethnohistory make it
adequate for studying not only different historical situations and moments but also, in
particular, the historical conformation of regional societies.
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Key words: Ethnohistory; Regional Studies; Ethnic Group; Class; Social
Interaction

Nidia R. Areces