Prácticas de toda índole han marcado la historia de la medicina científica desde que Hipócrates la fundara en el siglo V a.C.

hasta nuestros días

5r A la izquierda, busto de Hipócrates, padre de la medicina; en el centro y a la derecha, un médico realizando una sangría y otro cuidando a un enfermo.

El largo y tortuoso camino de la medicina moderna
Trasplantes imposibles, vacunas contra las más extrañas enfermedades, avances en prevención… En apenas un siglo, la esperanza de vida en los países desarrollados ha pasado de rondar los cuarenta años a superar los ochenta gracias, en gran parte, a los avances de la medicina. El camino recorrido para llegar hasta aquí ha sido largo y quizá más complicado de lo que cabría esperar. A pesar de lo que pudiera parecer, la ciencia no siempre avanza en línea recta, y para llegar a prácticas válidas ha sido necesario pasar por otras no tan saludables. La guerra entre los médicos y la enfermedad ha sido ardua y en ocasiones, infructuosa. r

Texto r Carlos Egio

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s una calurosa tarde de verano en el Mediterráneo y cada uno se defiende de las altas temperaturas como puede. Aún faltan muchos años para que los aparatos de aire acondicionado se hagan un hueco entre los electrodomésticos, todavía escasos, de la clase media española. Las altas temperaturas son difíciles de aguantar, pero más todavía si se tiene limitado el consumo de agua, y eso es lo que le sucede a Antonio. Uno de los oftalmólogos más reputados del país ha recomendado a sus padres que controlen lo que bebe para intentar frenar el glaucoma que padece, una enfermeoct-dic|09 rentrelíneasl 35

5r Robin Warren y Barry Marshall recibieron el Nobel de Medicina tras demostrar que el causante de las úlceras es una bacteria y no el estrés, como se pensaba hasta entonces.

dad ocular que finalmente terminará con su visión. Hace décadas que este método fue descartado, como tantos otros a lo largo de la historia de la medicina. Hay otros casos similares con dolencias todavía más comunes. Por ejemplo, aún son mayoría los que creen que la úlcera de estómago está relacionada con el estrés; eso a pesar de que en el 2005 los australianos Barry J. Marshall y J. Robin Warren recibieron el Nobel de medicina por demostrar el origen bacteriano de esta enfermedad —junto a la úlcera de duodeno y la gastritis—, poniendo así fin a años de polémica dentro de la propia comunidad médica. El hallazgo tuvo más relevancia de lo que pudiera parecer a simple vista puesto que hasta entonces millones de personas fueron intervenidas quirúrgicamente de un mal que ahora se puede tratar con antibióticos, y han disminuido considerablemente los cánceres de estómago, ya que la úlcera ha
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dejado de ser una enfermedad crónica. Sin embargo, esta teoría merecedora del máximo galardón de la ciencia supuso tal cisma en la medicina que en 1985 el mismo Marshall se vio obligado a beber una solución que contenía la bacteria causante del mal —Helicobacter pylori— para demostrar que tenía razón. También se han dado muchos desengaños en el campo de los fármacos; al menos hasta que se institucionalizaron los ensayos clínicos rigurosos para demostrar su efectividad y seguridad antes de su comercialización. Episodios como el de la talidomida, un fármaco que se usaba para calmar las naúseas durante los primeros meses de embarazo y que llegó a provocar deformidades en fetos en más de 10.000 casos, pero cuyos fabricantes no fueron capaces de advertir sobre sus efectos secundarios, fueron determinantes para que se generalizara esta práctica preventiva; si bien hay voces que aler-

tan de que demasiada prevención retrasa los avances en las investigaciones. Sin necesidad de ensayos clínicos tan exhaustivos como los actuales, Alexander Fleming descubrió en los años veinte del pasado siglo los efectos beneficiosos de la penicilina que demostró ser extraordinariamente efectiva frente a neumococos, gonococos, meningococos así como contra el carbunco, el tétanos y la sífilis. Fue tal el impacto que provocó este hallazgo en el imaginario colectivo de toda la humanidad que, según cuenta Pedro Marset, catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad de Murcia, en los años cincuenta en España no era extraño encontrar en las ventanas recipientes con agua y una capa de moho flotando. Muchas personas confiaron en que las propiedades milagrosas del hongo del bacteriólogo británico fueran extensivas a lo que ellos consideraban otros hongos similares. De este modo,

5r Alexander Fleming, descubridor de la penicilina.

un descubrimiento científico, que evitó miles de muertes en la Segunda Guerra Mundial, fue asimilado por una parte de la sociedad como un mito cercano a la magia. No es de extrañar; aún hoy persisten muchas ideas erróneas entre los ciudadanos. ¿Quién no ha escuchado que hay que beber ocho vasos de agua al día? Un estudio publicado en la American Journal of Physiology demostró que no hay evidencia científica que lo corrobore, es más, un consumo excesivo de agua puede provocar hiponatremia (poco sodio en sangre). La preocupación por la salud es tan consustancial al ser humano que el intento por mantenerla ha dado lugar a lo que podríamos considerar un género propio de mitos urbanos. En el 2007, un estudio publicado en British Medical Journal descubría algunos de los más extendidos: dos investigadores de la Indiana University y el Regenstrief Institute (Estados Unidos), rastrearon durante meses el

buscador Google y la base de datos médica Medline para encontrar las creencias sin base científica más comunes, entre las que se encontraban que el cerebro humano solo utiliza el 10 % de su capacidad, que leer con poca luz daña la vista y que el pelo crece más tras afeitarse. Pero durante siglos los propios galenos mantuvieron prácticas de dudoso éxito sin apenas oposición. Desde que con la medicina hipocrática se separaran curación y religión, en el siglo V a.C., y hasta el siglo XIX, la teoría más influyente en la historia de la medicina fue la denominada como de los contrarios, basada en la teoría humoral. Según esta explicación, en cada persona había cuatro humores o fluidos esenciales que sustentaban los cuatro elementos naturales de Empédocles —aire, fuego, agua y tierra—, de modo que la salud del individuo dependía del equilibrio entre los mismos. Según explica Pedro Marset, la sangre representaba lo energético, la vitalidad; la flema, constituida por fluidos incoloros, como las lágrimas o el sudor, lo frío y calculador; la bilis amarilla era el jugo gástrico, indispensable para la digestión, pero que en exceso provocaba la cólera, y la bilis negra, un fluido que podía oscurecer y hacer nauseabundos al resto, causaba la melancolía. El padre de la medicina, Hipócrates, perfeccionó el examen físico y los factores ambientales que rodeaban al paciente; sin embargo, “la teoría de los humores alimen-

tó una de las prácticas que más muertes ha causado a lo largo de toda la historia de la humanidad”, afirma Marset. El exceso de sangre era considerado como una de las enfermedades más frecuentes, de manera que hasta el siglo XIX cortar la piel y poner sanguijuelas se valoraba como un tratamiento. “Veinticinco siglos de vigencia de una práctica nefasta que ha costado más muertes que todas las guerras”, recuerda este profesor de la Universidad de Murcia. Sin proponérselo, muchos médicos actuaron como verdaderos matasanos.
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El importante papel de la ideología

dominante. La ideología dominante en

una época y lugar influye enormemente en los derroteros que siguen las diferentes parcelas del conocimiento, y con la medicina no podía ser de otra manera. No fue casual, según cita Tomás Pinós en su libro Hazañas médicas, que precisamente a mediados del siglo XIX, cuando el colonialismo y la fascinación por los números y mediciones triunfaban en Europa, tuvieran una buena acogida las ideas del anatomista Paul Broca, célebre por su descubrimiento de las áreas del cerebro implicadas en el habla. Sin embargo, otras de sus investigaciones no fueron tan afortunadas, como las que le llevaron a concluir, erróneamente, pero aún así apoyado por sus números, que la inteligencia humana estaba en función del tamaño del cerebro de cada individuo. Así llegaba a afirmar: “En general, el cerebro es más grande en los adultos que en los ancianos y, por supuesto, más grande en los hombres que en las mujeres. Los hombres eminentes tienen cerebros de mayor peso y en las razas superiores —la blanca, por supuesto— es de mayor volumen que en las razas inferiores. Hay una clara relación entre el desarrollo de la inteligencia y el peso cerebral…”. La antropología, siguiendo este razonamiento, llegó a establecer una jerarquía entre las razas. Justificado de este modo el
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SALUD MENTAL

El cambio pendiente
Desde la medicina árabe, en la que los enfermos mentales eran considerados como individuos iluminados o dotados de características especiales, hasta que en el siglo XIX el fundador de la psiquiatría en Francia, Philippe Pinel, se fijara en el padecimiento de estas personas en los centros en los que eran atendidas, la historia de este tipo de pacientes y sus tratamientos tuvo que pasar por multitud de prácticas en muchas ocasiones cercanas al castigo moral, según explica el filósofo e historiador francés Michel Foucault en su célebre Historia de la locura. Algunos de los antiguos manicomios u hospitales mentales actuaban simplemente como lugares en los que se encerraba a la gente que se consideraba molesta y en los que se les sometía a prácticas tan cercanas a la tortura como la máquina rotatoria descrita en esta obra: un pilar unido al techo y al suelo con una silla a la que se ataba el enfermo para hacerle girar. Para el catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad de Murcia, Pedro Marset, estos métodos de la Edad Moderna “derivan de una concepción del mundo en la que predomina, por una parte, la racionalidad exclusivamente y, por otra, el aprovechamiento al máximo de los recursos; entonces, todo aquel que no se atenía a la racionalidad y no era aprovechable era condenado”. Para Marset pueden sentirse las consecuencias de estas ideas “todavía en nuestros días, cuando en España la cenicienta de la medicina sigue siendo la psiquiatría”.
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colonialismo, el racismo fue consecuencia última de unas teorías que llegaron a ligar, como también haría el médico y criminalista italiano Cesare Lombroso, el color de la piel, la raza y el tamaño de la persona con su temperamento. Por desgracia, las consecuencias últimas fueron la medicina nazi y japonesa antes de la Segunda Guerra Mundial. Incluso en la escalofriante solución final a lo que denominaban el “problema judío” estuvo presente el razonamiento médico exhaustivo. Pedro Marset recuerda cómo “se justificó y se hizo en los campos de concentración todo tipo de experimentos con personas que eran consideradas inferiores, como gitanos, europeos del este, mediterráneos, homosexuales o personas con trastornos mentales”. Y añade, “fue el momento más triste de la historia de la medicina europea: la colaboración de médicos pretendiendo hacer experimentos científicos usando seres humanos”. Según explica el historiador británico Roy Porter en su obra Breve historia de la medicina, también los japoneses decidieron utilizar a humanos como animales de laboratorio. El doctor japonés Shiro Ishii, pionero en la investigación bacteriológica, realizó ensayos con la población del norte de Manchuria, inoculándoles suficientes microorganismos letales como para eliminar varias veces a toda la humanidad. En ambos casos, una ideología totalitarista y racista se valió de la medicina para alcanzar sus oscuros objetivos, alejándose de la filantropía propiciada en el juramento hipocrático. Afortunadamente, terminada la guerra la respuesta no se hizo esperar y un movimiento ético internacional de la medicina dio lugar al Código de Núremberg (1947) contra el abuso en las prácticas médicas, lo que quedaría plasmado en la Declaración de Helsinki de 1964 sobre investigación médica.
r Las polémicas buenas prácticas. Pero en la historia de la medicina también hay héroes incomprendidos en su época que,

5r Representación de un manicomio femenino del siglo XVIII donde el doctor Philippe Pinel, padre de la psiquiatría francesa, ordena liberar a las pacientes, que hasta entonces mantenían encadenadas.

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5r Ignaz Philipp Semmelweis, a la izquierda, y Thomas Green Morton tuvieron que enfrentarse a numerosos obstáculos hasta que sus ideas fueron primero aceptadas y luego generalizadas.

con sus descubrimientos y su lucha, facilitaron la vida a la mayor parte de la humanidad. Es el caso del doctor húngaro Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865), quien propugnó la antisepsia —método que consiste en combatir o prevenir los padecimientos infecciosos destruyendo los microbios que los causan— en las intervenciones médicas aún antes de descubrirse la existencia de los microbios como causantes de muchas afecciones. Sorprendido al empezar a trabajar en el hospital de Viena en el año 1846, comprobó que muchas de las parturientas atendidas por los profesores de esta institución morían por fiebre puerperal, mientras que el número era mucho menor cuando eran atendidas por matronas. Un año más tarde, después de estudiar diferentes posibilidades y treinta años antes de que Pasteur descubriera los microbios, llegó a la conclusión de que las fiebres eran transmitidas por los propios médicos, que sin lavarse las manos atendían a las parturientas después de realizar

autopsias en sus clases. Probó con diferentes sustancias y decidió que todos los que estuvieran trabajando en el pabellón de disecciones se lavaran con cloruro cálcico antes de examinar a las embarazadas. La mortalidad descendió. El doctor húngaro dedicó su vida a convencer a sus colegas de la causa de las muertes en parturientas, pero con tan poco éxito que atravesó varias crisis nerviosas con estancias en centros psiquiátricos. Como si el destino quisiera reírse de él, en 1865 murió afectado por la misma enfermedad contra la que había luchado durante más de veinte años. Otras muchas prácticas comenzaron bajo el manto de la polémica. Fue el caso del comienzo del empleo de la anestesia general por el médico norteamericano Thomas Green Morton. Mediante el uso del éter, posteriormente sustituido por el cloroformo, se puso fin a siglos en los que “cualquier intervención era una tortura”, comenta Pedro Marset. Sin embargo, al principio de utilizarlo, los cirujanos y anestesistas tuvieron que enfrentarse a acusaciones de violación por parte de algunas pacientes, llevadas por el “efecto hilarante, eufórico y de ensoñación” de esta sustancia.

La medicina y sus protagonistas se enfrentan en el siglo XXI a nuevos y viejos retos. Roy Porter pone el acento en cómo se han incrementado de “manera impúdica” las diferencias entre el Primer y el Tercer Mundo en materia de sanidad, puesto que a pesar de logros, como la erradicación global de la viruela, en muchos países el paludismo, la tuberculosis y el sida “están totalmente fuera de control”. Por eso argumenta que, aunque la medicina moderna tenga una gran capacidad para “mantener a las personas vivas, sanas y sin dolores”, su contribución a la mejora del bienestar de la humanidad “es más que discutible”; y llega a afirmar que “muchos creen que las inversiones en salud pública, en higiene medioambiental y en una mejor nutrición harían más por los países del Tercer Mundo que todos los sofisticados programas de medicina clínica”. Lo que parece claro es que la historia de la medicina no ha llegado a su fin. Con un mayor o menor énfasis en su aspecto clínico, aún son muchos los retos a los que se enfrentan quienes ejercen esta antigua profesión unida a la historia de la humanidad. l
Carlos Egio es periodista científico.

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