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El referéndum histórico pendiente por la república y los efectos
del desplome bipartidista.

Jesús Sánchez Rodríguez
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04/06/2014

Hace tiempo que se empezó a utilizar la expresión final del régimen de la transición para
designar el fuerte desgaste de las principales instituciones y valores que quedaron establecidos
en la que Vicenç Navarro ha denominado, acertadamente, como inmodélica transición.
La base de esas instituciones está formada por la economía de mercado como sistema
socioeconómico, la monarquía como forma de Estado y el Estado autonómico como modo de
articulación territorial, por no hablar de otros aspectos, de carácter simbólico pero también
importantes, como la bandera y el himno nacional. Estas instituciones se han apoyado en un
sistema bipartidista como garantía de su funcionamiento y en la construcción de un imperfecto
Estado de Bienestar como moneda de cambio para que las clases populares aceptasen la
hegemonía del gran capital y renunciasen a la república y a un Estado federal basado en la libre
adhesión de las distintas naciones que conforman el Estado español.
La insatisfacción y el rechazo a este conjunto de instituciones, y los valores que son portadoras,
se ubicaban fundamentalmente en la izquierda, y en los nacionalistas periféricos mayoritarios
para el tema concreto de la articulación territorial. La posibilidad de su extensión a capas
amplias de las clases populares había sido contenida por una alianza entre los principales
poderes políticos y económicos, un eficaz sistema de propaganda sustentado en un oligopólico
sistema de comunicación, y la concesión de un imperfecto Estado de Bienestar, sostenido en
tanto las condiciones de acumulación capitalista fuesen garantizadas. Sin embargo está situación
empezó a modificarse con los efectos de la crisis económica y las brutales consecuencias que las
políticas gubernamentales supusieron para las clases populares.
La pérdida de millones de puestos de trabajo, la rebaja de salarios, el desmantelamiento del
imperfecto Estado de Bienestar (pensiones, educación, sanidad, etc.), la pérdida de la vivienda,
junto con el multimillonario y escandaloso rescate bancario y la extensión de la corrupción entre
la clase empresarial y política empezaron a inestabilizar el dominio del mercado como
institución que domina la vida económica. El ataque más serio a la organización territorial
establecida en la Constitución es la reivindicación catalana del derecho a decidir y las
importantes posiciones independentistas que han crecido en un proceso sobre el que han tenido
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efectos importantes tanto la crisis económica como la deriva centralista del gobierno del PP.
Finalmente, la institución más protegida, mimada y defendida por la clase política y los medios
de comunicación, la monarquía, también entró en crisis por los casos de corrupción que la han
salpicado y la propia actitud del monarca expresada en su gesto de irse de cacería de lujo
mientras las clases populares sufrían los efectos de las políticas de austeridad impuestas por
Bruselas y Rajoy, o su dedicación a promocionar en el extranjero los intereses de las grandes
empresas españolas a la vez que se desentendía de los problemas de los desahuciados y parados,
de la suerte de la generación juvenil pérdida y de los incapacitados.
Todo aprendizaje social suele ser doloroso, las clases populares algunas veces tienen que agotar
todas las posibilidades antes de elegir el camino de defensa de sus propios intereses. En 2011 el
malestar contra el giro neoliberal de Zapatero realizado en mayo de 2010 aún no expresó un
cambio significativo en la actitud de las clases populares. Había tenido lugar una huelga general
y el surgimiento del 15-M, pero el PP arrasó electoralmente. A partir de ese momento se aceleró
el aprendizaje y el cambio social, se sucedieron miles de manifestaciones de todo tipo y en todo
el Estado y se realizaron dos huelgas generales. Todo ello respondiendo a un grave ataque del
gobierno Rajoy a las clases populares y en medio de una agravación de los casos de corrupción
que salpicaron directamente al PP (Barcenas, etc.), al PSOE (EREs) y a la monarquía
(Urdangarin).
El cambio se expresó claramente en los resultados de las elecciones europeas. Las dos
principales formaciones que se identificaban y apoyaban las movilizaciones sociales anteriores,
IU y Podemos, alcanzaron en conjunto un 18% de los votos, insuficiente aún, pero toda una
expresión del cambio que se estaba produciendo.
El bipartidismo del PP y del PSOE, que actuaba como el garante del régimen de la transición, se
desplomó en estas elecciones. El establishment económico y político se empezó a preparar para
contraatacar e intentar frenar la ola que empezaba a amenazar a ese régimen de la transición. Y
la decisión más inmediata tenía que ver con la monarquía.
El desprestigio de la monarquía se había profundizado y aún tendrá que soportar el juicio del
caso Urdangarin, pero además la situación física del monarca se debilitaba. Hasta ahora la
estrategia parecía haber sido la de hacer recaer el desgaste del caso Urdangarin sobre Juan
Carlos y plantear la abdicación en Felipe una vez pasada la tormenta para que su prestigio fuese
lo menos afectado posible. Pero los resultados de las elecciones europeas parecen haber
trastocado esta estrategia. Si en las próximas elecciones al parlamento se mantienen o, incluso,
crecen los resultados de la izquierda los apoyos a la ley orgánica que el parlamento debe aprobar
para legalizar la abdicación pueden ser bastante inferiores a los actuales.
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Hoy la monarquía y el gobierno cuentan con que el apoyo al traspaso de poderes reales tendría
el apoyo de un 85% de los parlamentarios, sumando los del PP, PSOE, UPyD y parte del grupo
mixto (CC, UPN, FA), en tanto que se opondrían la Izquierda Plural y la otra parte del grupo
mixto (ERC, BNG, Compromís, Amaiur, Geroa Bai) y se abstendría el PNV, siendo dudosa la
posición de CiU. Con este apoyo parlamentario la sucesión de la monarquía a Felipe VI siempre
sería presentada como respaldada por un gran apoyo popular, la del 85% del cuerpo electoral
que representan esos parlamentarios, pero esta es la representación que corresponde a
noviembre de 2011, no a mayo de 2014. Si la abdicación se realizase después de unas nuevas
elecciones generales ese apoyo seguramente bajaría de manera considerable y se acabaría el
mito del monarca aceptado de manera ampliamente mayoritaria o, incluso, podría haber
dificultades para la aprobación de la necesaria ley orgánica. También podría haberse pospuesto
la decisión algunos meses, pero seguramente tampoco se ha querido ver mezclada la sucesión
con el problema del referéndum catalán que podría provocar un coctel más explosivo.
En estas condiciones, el anuncio de la abdicación ha echado al pueblo a la calle para reivindicar
la tercera república y exigir un referéndum que decida qué tipo de Estado se quieren dar los
ciudadanos del Estado español. Esta exigencia engloba dos reivindicaciones populares a la vez,
con la primera se trata enmendar la anomalía producida en la transición, cuando una
determinada correlación de fuerzas bajo la amenaza del ruido de sables escamoteó al pueblo la
posibilidad de pronunciarse por la forma de Estado, una legítima reivindicación de la izquierda
y de amplias capas populares. La segunda es la aplicación del derecho a decidir del pueblo, esta
vez aplicado a la forma de Estado con ocasión de la abdicación de Juan Carlos. Las luchas
populares contra los efectos de la crisis han generado una mayor sensibilidad democrática y ya
no se acepta pasivamente que las grandes decisiones se tomen por las élites políticas en contra
de la voluntad del pueblo, e incluso en contra de los programas y promesas electorales de los
partidos. La reivindicación de un referéndum para decidir la forma de Estado con ocasión de la
abdicación de Juan Carlos es una muestra más del rechazo de las clases populares al cascarón
vacío en que la clase política sostenedora del régimen ha convertido a la democracia, a su
demagogia en presentar como democracia lo que deciden los mercados y los medios de
comunicación.
Pero ésta también será una ocasión para testear algunas de las tendencias políticas en discusión
en estos últimos meses. La primera, la convergencia del PSOE y el PP, más allá de las
diferencias superficiales, por sostener el régimen de la transición. Hay una convergencia en las
políticas económicas, el giro neoliberal de Zapatero fue un anticipo de las medidas de Rajoy, y
ambos votaron la enmienda constitucional que ponía un techo al déficit. Hay una convergencia
en el tema de la organización territorial, ambos rechazan el derecho a decidir en Cataluña y
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votaron en el parlamento español la negativa a que el parlamento catalán pudiese convocar la
consulta. Y, ahora, hay una convergencia en el sostenimiento de la monarquía.
La segunda será la posición de CiU, abanderada desde la Generalitat del derecho a decidir en
Cataluña, sería una incoherencia y una señal de su oportunismo que rechazase la posibilidad de
celebrar un referéndum sobre la decisión entre monarquía o república absteniéndose o apoyando
directamente la monarquía.
Así pues, hay una conexión clara entre los diversos aspectos de la crisis económica, social y
política que se vive en el Estado español. Posiblemente las movilizaciones ciudadanas y las
iniciativas políticas no consigan ahora que se celebre el referéndum sobre la monarquía o la
república, pero las decisiones que se tomen tendrán consecuencias políticas de profundo calado,
especialmente para los partidos que más incoherentes se muestren, es decir, para el PSOE y las
fuerzas nacionalistas mayoritarias.


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Se pueden consultar otros artículos y libros del autor en el blog : http://miradacrtica.blogspot.com/, o en la dirección:
http://www.scribd.com/sanchezroje

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