Octavio Paz; El Arco y la Lira.

Cap. “El Ritmo”, pp 54-55.
Con frecuencia se compara al mago con el rebelde. La seducción que todavía ejerce sobre nosotros su
figura procede de haber sido el primero que dijo No a los dioses y Sí a la voluntad humana. Todas las otras
rebeliones –esas, precisamente, por las cuales el hombre ha llegado a ser hombre- parten de esta primera
rebelión. En la figura del hechicero hay una tensión trágica, ausente en el hombre de ciencia y en el
filósofo. Éstos sirven al conocimiento y en su mundo los dioses y las fuerzas naturales no son sino
hipótesis e incógnitas. Para el mago los dioses no son hipótesis, ni tampoco, como para el creyente,
realidades que hay que aplacar o amar, sino poderes que hay que seducir, vencer o burlar. La magia es una
empresa peligrosa y sacrílega, una afirmación del poder humano frente a lo sobrenatural. Separado del
rebaño humano, cara a los dioses, el mago está solo. En esa soledad radica su grandeza y, casi siempre, su
final esterilidad. Por una parte, es un testimonio de su decisión trágica. Por la otra, de su orgullo. En efecto,
toda magia que no se trasciende –esto es, que no se transforma en don, en filantropía- se devora a sí
misma y acaba por devorar a su creador. El mago ve a los hombres como medios, fuerzas, núcleos de
energía latente. Una de las formas de la magia consiste en el dominio propio para después dominar a los
demás. Príncipes, reyes y jefes se rodean de magos y astrólogos, antecesores de los consejeros políticos.
Las recetas del poder mágico entrañan fatalmente la tiranía y la dominación de los hombres. La rebelión
del mago es solitaria, porque la esencia de la actividad mágica es la búsqueda del poder. Con frecuencia se
han señalado las semejanzas entre magia y técnica y algunos piensan que la primera es el origen remoto
de la segunda. Cualquiera que sea la validez de esta hipótesis, es evidente que el rasgo característico de la
técnica moderna –como el de la antigua magia- es el culto del poder. Frente al mago se levanta Prometeo,
la figura más alta que ha creado la imaginación occidental. Ni mago, ni filósofo, ni sabio: héroe, robador del
fuego, filántropo. La rebelión prometeica encarna la de la especie. En la soledad del héroe encadenado
late, implícito, el regreso al mundo de los hombres. La soledad del mago es soledad sin retorno. Su
rebelión es estéril porque la magia –es decir: la búsqueda del poder por el poder- termina aniquilándose a
sí misma. No es otro el drama de la sociedad moderna.
La ambivalencia de la magia puede condensarse así: por una parte, trata de poner al hombre en
relación viva con el cosmos, y en este sentido es una suerte de comunión universal; por la otra, su ejercicio
no implica sino la búsqueda del poder. El ¿para qué? es una pregunta que la magia no se hace y que no
puede contestar sin transformarse en otra cosa: religión, filosofía, filantropía. En suma, la magia es una
concepción del mundo pero no es una idea del hombre. De ahí que el mago sea una figura desgarrada
entre su comunicación con las fuerzas cósmicas y su imposibilidad de llegar al hombre, excepto como una
de esas fuerzas. La magia afirma la fraternidad de la vida –una misma corriente recorre el universo- y
niega la fraternidad de los hombres.






The magician is often compared to the rebel. The seduction his figure still exerts on us results from his
having been the first to say no to the gods and yes to the human will. All other rebellions –those, precisely,
by which man has become man- stem from this first rebellion. In the figure of the wizard there is a tragic
tension that is absent in the man of science and the philosopher. The latter serve knowledge, and in their
world the gods and natural forces are merely hypotheses and unknown qualities. For the magician, the
gods are not hypotheses, nor, as for the believer, realities that must be appeased or loved, but powers that
must be seduced, conquered, and used. Magic is a dangerous and sacrilegious enterprise, an affirmation of
human power vis-à-vis the supernatural. Separated from the human herd, facing the gods, the magician is
alone. His greatness and, almost always, his final sterility is rooted in that aloneness. On the one hand, it is
a testimony of his tragic decision. On the other, of his pride. Indeed, every magic hat is not transcended –
that is, not transformed into a gift, into philanthropy- consumes itself and ends by consuming its creator.
The magician sees men as instruments, forces, nuclei of latent energy. One form of magic consists in the
dominion over self for ultimate dominion over others. Princes, kings, and leaders surround themselves
with magicians and astrologers, the precursors of political advisers. The formulas for magic power are
fatally bound up with tyranny and the domination of men. The magician’s is a solitary rebellion, because
the essence of magical activity is the quest for power. The similarities between magic and technology have
frequently been pointed out, and some think that the former is the remote source of the latter. Whether or
not this hypothesis is valid, it is obvious that the characteristic mark of modern technology –like that of
ancient magic- is the cult of power. Standing opposite the magician is Prometheus, the loftiest figure
created by Western imagination. Neither magician, nor philosopher, nor sage: hero, stealer of fire,
philanthropist. The Promethean revolt embodies the revolt of mankind. Implicit in the chained hero’s
aloneness throbs the return to the world of men. The magician’s solitude is a solitude with no return. His
revolt is sterile because magic –that is to say, the quest for power by power- ends by annihilating itself.
And this, precisely, is the drama of modern society.
The ambivalence of magic can be summed up as follows: on the one hand, it tries to put man in an
active relation with the cosmos, and in this sense it is a sort of universal communion; on the other, its
practice merely implies the quest for power. “Why?” is a question that magic does not ask and one that it
cannot answer without being transformed into something else: religion, philosophy, philanthropy. In
short, magic is a conception of the world but it is not an idea of man. That is why the magician is a figure
torn between his communication with the cosmic forces and his inability to reach man, except as one of
those forces. Magic affirms the brotherhood of life –an identical current runs through the universe- and
denies the brotherhood of men.

Octavio Paz, The Bow and the Lyre.

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