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LETRA VIVA LIBROS. Av. Coronel Díaz 1837 (1425) Buenos Aires, Argentina.

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Imago Agenda | 3
L
os psicoanalistas han res-
pondido de maneras diver-
sas a la propuesta de diag-
nosticar. Tomando este término
de la praxis médica-psiquiátrica
muchos se rehúsan a ejercer cual-
quier reflexión que se le parezca a ese etiquetado que, con cumplimentar cuatro o cin-
co ítems, hace que alguien porte un nombre que lo incluye en una clasificación, que
parece otorgar algo del ser. Es usual escuchar a quienes vienen a la consulta exhibien-
do diagnósticos como: soy bipolar, soy anoréxica, soy… (en general respondiendo a
modas diagnósticas de los medicamentos en boga que los laboratorios necesitan hacer
circular en el mercado).
Otros psicoanalistas más abocados a la atención hospitalaria y/ o a la escucha de pa-
cientes graves encuentran necesario realizar una hipótesis diagnóstica de estructura que
permita situar una dirección al tratamiento, más aún, se ven convocados por las mismas
entrevistas preliminares a discernir, dadas las diferencias en la utilización de los recur-
sos que se deberían implementar, de qué sujeto sufriente nos tenemos que ocupar.
Pienso que es necesario sacar el concepto de diagnóstico de la praxis médica para pen-
sarlo con sus diferencias y su especificidad dentro del campo del psicoanálisis.
El diagnóstico se ubica dentro de los tiempos lógicos de la escucha como una con-
clusión necesaria aunque conjetural para decidir cómo vamos a encarar el tratamien-
to, si lo vamos a encarar o no, si nos sentimos dispuestos, si tenemos deseos de hacer-
nos cargo de la dirección de ese tratamiento o no.
Es más: dentro del discernimiento presunto de la estructura es ese sujeto en cuestión
el que nos interroga: cómo enfermó, qué lo hizo angustiarse o desencadenarse o pedir
ayuda o hacer el acting o el pasaje al acto que lo trae o lo hace traer a la consulta.
Escribe
Élida E. Fernández
elidaf@elsitio.net
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IMAGO AGENDA N° 111
Julio de 2007. Segunda época. Año XXVII.
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El diangóstico en psicoanálisis
El diagnóstico en psicoanálisis
Cupón de suscripción
C
omo en un planisferio actual de
proliferantes fronteras, se multipli-
can las descripciones fenoméni-
cas y diagnósticas de cuadros medica-
bles. Pensar que el polifacético Pichon-Ri-
vière –y valga como remembranza a un si-
glo de su nacimiento–, arriesgaba la con-
ceptualización de “núcleo central patogé-
nico” en el cual estarían presentes las re-
laciones de objeto que desde el comienzo
de los tiempos del sujeto teñirían la exis-
tencia, como impulsor de las diversas pa-
tologías acaecidas al sujeto.
Siempre han constituido necesidades
del hombre, el establecer categorías, cla-
sificar, hacer previsibles y manejables los
avatares mundanos. En nuestro queha-
cer, el establecimiento del inconsciente
freudiano y el marco a los grandes cua-
dros descriptos, como así también la con-
cepción estructuralista sostenida por La-
can, abrieron espacios definidos para la
intervención clínica. La gravedad ubica-
da en los “bordes” ha propugnado cau-
ces al debate.
La cura posible navega desde la idea
de sujeto, de etiología, de complejidad
estructural o no, de la máxima amplitud
en enfoques sin perder la singularidad
del caso por caso, etc. Monolecturas teó-
ricas, suelen detenernos en la “evolución”
de la clínica.
Los trazos aquí esbozados hablan de
criterios de abordaje aplicables a: psicó-
sis no desencadenadas; discriminacio-
nes entre paranoia, esquizofrenia y ma-
nía; la escucha de lo que no se dice; lec-
turas e intervenciones viables en lo vincu-
lar; el diagnóstico metapsicológico; las in-
cidencia del mercado en las apreciacio-
nes clínicas. Por ello agradecemos como
siempre a nuestros escritores el tendido
de puentes conceptuales que cada lector
sabrá transitar. Nos aúna este camino en
pos de que la palabra no sucumba ante
el dogma o el mercado. Es que lo creativo
del interjuego se pierde en la cosificación
categórica del ser. Sin escucha, el sínto-
ma no habla. Si el sujeto queda velado la
confusión está clarísima –podrían sugerir
el “Sr. TOC” o la “Sra. Bipolar”, con el ser
colgando de una etiqueta–.
“Todo retrato pintado comprensivamen-
te es un retrato del artista, no del modelo.
Este no es más que el accidente, la oca-
sión. No es él a quien revela el pintor sino
éste el que, sobre el lienzo, se revela a sí
mismo” –escribió Wilde–. 
ALBERTO SANTIERE
Presentación
Diagnosticar en psicoanálisis
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(Cont. en pág. 16)
Es en este sentido que el poder acercarnos a la inteligencia de ese sufrimiento, que hace que
ese sujeto nos convoque, hace del proceso diagnóstico un acto ético.
El desconocimiento de las diferencias del abordaje que requieren las distintas modalidades
del goce y del Otro hace caer al analista en errores no fácilmente reversibles. Cuando repetimos
las fórmulas lacanianas o freudianas o los dogmas que sean, sin poder apropiarnos de ellos en
la clínica, creemos por ejemplo que no retroceder ante la psicosis, es una consigna militar de
lucha contra un blanco y no una invitación a incluir dentro de un dispositivo no pensado para
los pacientes psicóticos las invenciones necesarias como para que allí haya un analista.
Podríamos hacer este ejercicio con muchas fórmulas que se repiten como consignas de per-
tenencia a determinada escuela, sin que éstas puedan habilitarnos a pensar el compromiso
que asumimos con el sujeto al que escuchamos.
Confundir a un psicótico con un neurótico no es sólo arrojarlo al horror de sus infiernos sino
algo peor: a veces es impedir que esta persona vuelva a consultar a otro analista condenán-
dolo así al recurso –necesario pero empobrecedor si es el único– de la química neuronal, o di-
rectamente al deterioro de la cronicidad. Confundir a un neurótico que ha enloquecido con
un psicótico es privarlo de que pueda reestablecer, mediante el análisis adecuado, esa neuro-
sis que se ha suspendido ya sea por un duelo imposible de elaborar o por una forclusión par-
cial que opera disparada por algún avatar del destino.
Diagnosticar en psicoanálisis es pensar qué hace que ese sujeto que se las venía arreglando
sin analista, de pronto aparezca frente a nosotros intentando balbucear alguna razón por la
cual la cosa ya no funciona más, porque para que alguien consulte o sea traído a la consulta
algo distinto y /o nuevo ha debido operar en ese sujeto, en esa vida, o en esa familia, o en la
escena o en el análisis anterior en el que esa persona estaba.
Algo ha vuelto al síntoma, al delirio, al agujero del que se trate, a la relación anterior analis-
ta-paciente: insoportable, algo hace que se piense que la palabra debe ser escuchada por otro
desconocido al que a veces se le supone saber y otras no, pero cuya presencia va a posibilitar o
a testificar algo que haga el padecimiento un poco más soportable, o simplemente diferente.
En este sentido toda consulta tiene algo de acontecimiento, en el cual es esperable que nos
dejáramos sorprender, que estuviéramos abiertos a la sorpresa, al descubrimiento desde la po-
sición más rica en la que podemos estar: admitir que de ese que viene a narrarnos algo de su
vida nada sabemos, pero nos promueve curiosidad.
No sólo no sabemos de su estructura, sino tampoco sabemos de sus recursos, de sus limita-
ciones y de sus habilidades. Qué lo hace padecer, cómo se las ha arreglado con lo que le tocó
en suerte, cómo jugó sus cartas.
Muchas veces, escuchando en las supervisiones a residentes psicólogos y médicos de dis-
tintos hospitales surge la pregunta. A este chico, chica, señor, señora, ¿por qué lo internaron?
¿Por qué no lo medicaron y lo siguieron viendo en consultorios externos?
O ¿Fulanito por qué sigue internado, por qué no lo externan?
A veces, la mayoría, no hay respuesta o la respuesta es ambigua, escurridiza, laxa.
Otras veces un desencadenamiento psicótico es tratado con una liviandad por el psi (psicó-
logo, psiquiatra, psicoanalista) que termina demasiado tarde, en manos de la policía, del juez
o directamente en los medios de difusión.
Muchas veces el diagnóstico de estructura es muy complicado y dudoso, son casos en que
es necesario un abordaje como si se tratara de una psicosis: no hacer intervenciones por po-
lisemia significante, apelar a las construcciones, establecer la transferencia dentro del eje “a-
a”. Para eso es necesario transitar las diferencias de abordaje del análisis en neuróticos y del
tratamiento posible con psicóticos.
Desafíos para el analista: El sujeto que no habla, el que calla, o el que no dice. No me
voy a referir a quienes no hablan por inhibición ni a sujetos que callan por conveniencia neu-
rótica, –efecto de la transferencia en juego en cada momento–, no me voy a referir al sujeto
que no dice porque quiere mostrarnos su costado más amable o está fascinado con su ampu-
loso imaginario. Con eso los analistas tenemos más práctica.
Quiero referirme a quienes no hablan porque les falta representación de palabra, a aque-
llos que callan porque el analista como semejante se constituye en sospechoso en el mejor
de los casos, y a aquellos que no dicen porque siempre están desconfiando del uso que hare-
mos de su decir.
Lo planteo como verdaderos desafíos para cualquier analista porque en cada uno de estos
casos no hay paciente: hay que construirlo bajo transferencia.
Si bien esto sería propio de cualquier consulta que recibimos: no hay paciente de entrada,
hay casos de sujetos no neuróticos: me refiero a locos y /o psicóticos, que si decidimos reci-
bir en nuestro consultorio (ya sea privado u hospitalario) debemos plantearnos algunas cues-
tiones preliminares.
En principio, con estos casos no podremos hablar rigurosamente de análisis, sino de trata-
mientos, tratamientos donde si bien no habrá analizantes, sí es necesario que
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Ensayo psicoanalítico
Arancel: $20.-
El viaje como metáfora es
un recurso antiguo, recur-
so con el que se ha buscado
mentar transformaciones de
la más diversa índole. Pero
¿intenta La Odisea, un viaje
analítico inscribirse en ese li-
naje? Cada hoja de este libro
da muestras de que en el diá-
logo con el viaje de Odiseo
no se busca alcanzar ningu-
na comparación tácita, nin-
guna referencia implícita,
ningún sentido apenas suge-
rido; abriendo camino a las
voces que en La Odisea sue-
nan, quienes aquí hablan di-
cen que hay comunidad que
mostrar entre la experiencia
del análisis y aquella travesía
mítica. Así, cada uno de los
textos que dan cuerpo a este
libro toma la luz que provee
la evocación de los cantos odi-
seicos para hacer presente lo
que allí, en ellos, se deja ver.
Y es de esa manera que cada
texto dice también de la expe-
riencia analítica como el viaje
mismo: un tiempo de encuen-
tro con potencias que –sor-
prendentes, transformadoras–
auguran la llegada a un lugar
absolutamente nuevo.
La publicación cuenta con
artículos de Silvia Bolster,
Nora Casas, Florencia Caste-
llo, Andrea Fernández, Pablo
Fuentes, Cintia Ini, Claudia
Lorenzetti, Silvia Manzini, Ni-
colás Poliansky, Olga Próspe-
ri, María Rizzi, Alejandro Sa-
cchetti, Pablo Siquiroff, Mar-
cela Troncellito, Nora Tros-
man, Guillermo Vilela y Ser-
gio Zabalza
La Odisea, un viaje analítica
AA.VV., Nota Azul / Letra Viva, 2007 $25.-
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Clínica psicoanalítica Teoría psicoanalítica
En una época en la que pare-
ce que nada podría escapar al
ímpetu evaluador y a una exi-
gencia de transparencia absolu-
ta enarbolada por el bien de to-
dos, la opacidad de la angustia
pone un obstáculo mayor a la
cuantificación universal. La pu-
blicación de estas clases del cur-
so de Jacques-Alain Miller se ins-
cribe en este contexto. Porque la
angustia lacaniana, formula con
la que Miller designa lo novedo-
so de la redefinición de la angus-
tia freudiana operada por Lacan,
cuestiona que la angustia pueda
ser totalmente curada. Muestra
incluso que, como momento ló-
gico, es productiva, capaz de
transformar el goce en el objeto
de deseo. Así la experiencia ana-
lítica permite al sujeto localizar,
reducir, aliviar y hasta franquear
su angustia abriéndole las puer-
tas del acto, y a la vez demues-
tra que, sin angustia, no hay su-
jeto digno de su existencia. Por
eso la angustia lacaniana no se
propone como el “trastorno” de
una supuesta normalidad ho-
meostática que habría que res-
taurar, sino que constituye la vía
privilegiada de acceso al objeto
a, es decir, al residuo incurable
de la constitución subjetiva. La
angustia lacaniana es así el re-
sultado del trabajo con el que La-
can comenzó a construir ese ob-
jeto anómalo, incomparable, he-
cho de una falta topológica irre-
ducible al significante, y por lo
tanto, innombrable.
La angustia lacaniana
Jacques-Alain Miller, Paidós 2007, 149 pág. / $ 38. -
“El sujeto deprimido
no quiere darle al pasa-
do un sentido nuevo en
función de un porvenir:
se niega a imaginar el
porvenir. Repite, como
por otro lado lo hacen
todos. Pero le interesa
que esa repetición sea
un retorno de lo mismo. Apenas
estoy forzando este rasgo. Muy
bien puede reconocer bastan-
te rápido que ésa es su posición.
La prueba de ello es que, cuando
algo favorable surge en su exis-
tencia, de una manera por lo ge-
neral inesperada, puede entraren
la mayor desesperación.
¿Por qué sucede esto? Usted
entenderá que no puedo expli-
carle en dos palabras este tipo
de mecanismos. En cambio,
lo que me propongo hacer, en
una próxima carta, es empezar
a hablarle de la evolu-
ción histórica de nues-
tra relación con el tiem-
po. Verá usted que no es
ajena a las cuestiones de
nuestra clínica.”
Bajo la forma de una
serie de cartas dirigidas
a quien fue, en Clivage
et modernité (Éres, 2003) su in-
terlocutor, el autor intenta situar
algunos elementos estructurales
de lo que hoy nombramos de-
presión. En efecto, se utiliza este
diagnóstico para calificar diver-
sas dificultades subjetivas. ¿Hay
que objetarle toda pertinencia?
La depresión, ¿presenta una uni-
dad, al menos cierto nivel? Más
que un humor siniestro, apare-
ce como una desinvestidura ra-
dical del deseo, asociada a una
parálisis de la acción, que con-
juga impotencia y utopía.
Depresión
La gran neurosis contemporánea
Roland Chemama, Nueva Visión 2007, 222 pág. / $ 37. -
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Historia del psicoanálisis
Femineidad
El psicoanálisis es políti-
ca. Política de liberación de
las trabas que sujetan: a uno
mismo, al otro, al mundo. Los
regímenes políticos lo han sa-
bido desde siempre. La vida
y obra de Sigmund Freud lo
muestran. Por ello esta bio-
grafía. Freud rompe drásti-
camente con todas las prácti-
cas de reducción a servidum-
bre que han marcado a la his-
toria occidental. Ya sea des-
prendiendo a la relación médico/pa-
ciente del poder que confieren al uno
el saber y al otro la ignorancia, para de-
volverle a éste último el saber no sabi-
do que guarda en su síntoma; o al abo-
lir las fronteras entre lo nor-
mal y lo patológico, entre lo
individual y lo colectivo, en-
tre lo racional y lo irracional,
para alojar a lo que escapa a
la conciencia en su mismo co-
razón y a la locura en la ra-
zón; o también, y sobre todo
por los tiempos que corren,
al instaurar un análisis de la
sexualidad como productora
de sentido dentro de la sin-
gularidad de una historia, en
oposición al uso que de ella hacen todos
los dispositivos de poder para domes-
ticar a los “usuarios” de la vida, para
“normalizarlos” evaluándolos, califi-
cándolos, cuantificándolos.
Freud. Una biografa politíca
René Major / Chantal Talagrand, Topia, 2007, 229 pág. / $ 42. -
Si hay algo que repiquetea
incesantemente en cada uno
de los textos presentados aquí
es la palabra hablada, aquella
que transparenta en la medida
de lo posible los ecos de ento-
nación de su autor. Ecos que
solo se dejan escuchar si se ha
escrito, como le cuenta Freud
a Fliess en la intimidad de una
carta, sobre lo que a uno lo ocupa ver-
daderamente. Esa es la escritura auténti-
ca. Y es justamente dicha voz, y ninguna
otra, lo más importante de un libro.
Los analistas que aquí publican, eli-
gieron transformar en escrito, lo que en
un principio fue pensado y transmitido
oralmente en las Conferencias Apertu-
ra del Ciclo 2006 de la Escue-
la de Psicoanálisis de Triempo.
Es decir, que el objeto resultan-
te de dicho pasaje es este libro
que comienzan a leer hoy.
Y si nos disponemos abier-
tamente a escuchar la entona-
ción antes nombrada, es pro-
bable que lleguemos a inquie-
tarnos un poco ante la sensa-
ción de transitar de la mano de los au-
tores por circuitos que bordean lo in-
nombrable. Circuitos que al igual que
las líneas de texto que conforman el li-
bro, solo se prestan para algún tipo de
descubrimiento que como tal excluye
en sí mismo la posibilidad de una reve-
lación- toda.
La sexualidad femenina
AA.VV., Triempo, 2007, 69 pág. / $15. -
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Ensayo
Niñez
Filosofía
Las escuelas se han poblado,
de un modo “epidémico”, de
niños que se distraen con fa-
cilidad, se muestran desaten-
tos y con dificultades para los
aprendizajes formales. Niños
inquietos, que presentan re-
acciones impulsivas y con difi-
cultades para aceptar normas y
reglas. Para muchos esto tiene
un nombre, una sigla en ver-
dad, que designa al trastorno:
ADD. Profesionales, docentes y
buena parte de los medios de
comunicación lo consideran
como problema de aprendizaje
y comportamiento que respon-
de a un déficit, de atención, de
concentración y, en última ins-
tancia, de dopamina.
Este libro plantea que la des-
atención se define como pro-
blema a partir de ciertos pará-
metros que parecen exteriores
al problema mismo. Pero no
lo son. La desatención cosifi-
cada como déficit y la inquie-
tud tematizada como exceso
surgen de un modo de evalua-
ción cuantitativamente grose-
ro, que se realiza clasificatoria
e irresponsablemente a partir
de escalas que presentan un
gran margen de error.
El ADD es un mal nombre
para un problema de época
que estalla en las aulas. Un
nombre que se desentiende de
los nuevos rasgos de los niños
de hoy, del piso inestable en
que pretenden afirmarse pa-
dres y maestros, de los cam-
bios en la cultura y la tempora-
lidad, de los encantos del con-
sumo y de la desorientación de
las escuelas.
La atención que no se presta: el “mal” llamado ADD
Juan Vasen, Novedades Educativas 2007, 174 pág. / $ 30. -
Nada predisponía a Hannah Aren-
dt (que llevaba a cabo estudios de fi-
losofía y de teología de manera muy
clásica) a convertirse en una pensado-
ra política y una moralista (en el sen-
tido en que lo son La Rochefoucault
y Nietzche). Pero para
una judía alemana, en
el treinta y tres, ya no es
posible desinteresarse
de la política. Por lo tan-
to, el impacto del acon-
tecimiento inicia una reflexión so-
bre el totalitarismo (término que
Arendt reserva a ciertos períodos
del nazismo y el estanilismo). Ese nue-
vo tipo de régimen “manifiestamente
pulverizó nuestras categorías políti-
cas, así como nuestros criterios de jui-
cio moral”. En consecuencia, produce
una ruptura: “basta con abrir los ojos
para ver que nos hallamos en un cam-
po de escombros”, pone al desnudo
los elementos no pensados de la tra-
dición que desmenuza y nos obliga a
interrogarnos acerca de lo que signifi-
ca la acción, la política, acerca de Es-
tado-nación ,el papel del pueblo o de las ma-
sas... Por lo tanto, la reflexión es política y mo-
ral a la vez.
Hannah Arendt
Anne Amiel, Atuel 2007, Atuel / Anáfora, 92 pág. / $ 16. -
Jamás olvidaré el momen-
to en que mi editor alemán me
preguntó, durante mi paso por
la Feria de Francfort, en octubre
de 2004: “¿Sabes que Derrida
ha muerto?” No lo sabía. Tuve
la impresión de ver caer un te-
lón frente a mí. El ruido del pa-
bellón donde se realiza la feria
quedó de improviso relegado a
otro mundo. Yo estaba solo con el nom-
bre del difunto, solo con un lla-
mado a la fidelidad, solo con la
sensación de que el mundo se ha-
bía vuelto súbitamente más pe-
sado y más injusto, solo con el
sentimiento de gratitud por lo
que ese hombre había demostra-
do. ¿De qué se trataba, en fin de
cuentas? Acaso del hecho de que
aún es posible admirar sin volver
a ser niño. (Peter Sloterdijk).
Derrida, un egipcio
El problema de la pirámide judía
Peter Sloterdijk, Amorrortu 2007, 93 pág. / $ 22,50
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Historia
Pareja
Letra Viva libros
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Teoría psicoanalítica
Publicado en Alemania en
1948 y luego olvidado, este li-
bro (reeditado en 1993) cons-
tituye la primera tentativa de
descripción de los crímenes co-
metidos por los nazis en el cam-
po médico, particularmente el
de la psiquiatría. Se propone sa-
car a la luz las raíces históricas
de esos crímenes y las formas
concretas en que fueron organizados.
Indagar las motivaciones teóricas que
condujeron al asesinato de 70.000 en-
fermos mentales en la Alemania nazi y
comprender de qué modo los
principios ideológicos del Ter-
cer Reich tomaron forma en el
campo de la psiquiatría: tales
son los objetivos de esta obra
que esclarece singularmen-
te algunos debates éticos del
presente.
Alice Platen-Hallermund fue
miembro de la comisión médi-
ca que actuó en el juicio del tribunal
de Nuremberg contra veintitrés médi-
cos acusados de crímenes contra la hu-
manidad.
Exterminio de enfermos mentales
en la Alemania nazi
Alice Platen-Hallermund, Nueva Vision 2007, 143 pág./ $ 26. -
Este libro recorre, interroga e
intenta trabajar las diversas for-
mas y encrucijadas del amor y
sus fantasmas: las infidelidades
en la pareja. Infidelidades que
producen la ruptura de lo imagi-
nario del amor. Podemos pensar
dicha ruptura como la que po-
dría habilitar o no, nuevos des-
cubrimientos, nuevas maneras
de vincularse. Es uno de los desafíos de
este libro. Intentamos así abordar cues-
tiones nodales de una clínica rica, com-
pleja y heterogénea que reconoce la fuer-
za con que se tiñen y entrelazan
en la particularidad de cada re-
lación, las marcas de la cultura.
Alejandra Tortorelli señala en el
prólogo que este texto panea vi-
das múltiples. Difícil no encon-
trarse en alguna de ellas, en al-
gunos de sus momentos, aun-
que no es un libro de casos. Es
un texto de singularidades que
recorre no el amor sino sus situaciones,
no la infidelidad según la transgresión
de la norma sino las infidelidades según
las vidas vividas.
Infdelidades en la pareja
Amor, fantasmas, verdades, secretos
Sara Lydynia de Moscona (comp.), Lugar 2007, 159 pág. / $ 27. -
Leyendo estos trabajos
podrá comprobarse que los
desarrollos teóricos no se
desligan de su referencia a
la experiencia analítica. Por
esa razón se encontrarán ar-
ticulaciones que se refieren
a la producción del incons-
ciente o el inconsciente bajo
transferencia, su relación
con el síntoma y el modo
de gozar...y tantos otros te-
mas que fueron surgiendo a
partir de las presentaciones
de casos.
Esta publicación testimonia
la espontaneidad con la cual
se realiza una tarea basada
en la conversación. Nos en-
contramos tanto con un tex-
to elaborado como con la pre-
gunta inquieta o la respuesta
improvisada para la ocasión.
Al mismo tiempo constata-
mos las diferentes opiniones
que los analistas pueden es-
grimir cuando se trata de de-
sarrollar los temas a partir de
lo real de la clínica.
MARCELO MAROTTA
Que será (Tomo 4. “El inconsciente”)
AA.VV., Grama 2007, 199 pág. / $ 34. -
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Trabajo social
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Este libro trata de la
“intervención colectiva
en trabajo social”. Se
llama así la acción del
trabajador social dirigi-
da hacia grupos (exis-
tentes o que él ha cons-
tituido), habitantes de
un territorio o una frac-
ción de población.
La intervención colectiva se
propone, a la vez, el desarrollo
personal de los participantes en
la acción, el aumento de los re-
cursos materiales o simbólicos
de las personas, su concientiza-
ción y su movilización para ob-
tener cambios positivos en su si-
tuación. Fue construido a partir
de una teorización de prácticas
de intervención colectiva elabo-
radas principalmente en el mar-
co de las formaciones de base
y de posgrado de asistentes de
servicio social.
No pretende ser un
libro de recetas para
seguir al pie de la le-
tra. Propone esquemas
de análisis y de acción
que pueden ser modi-
ficados, adaptados a
las realidades de cada
lugar de intervención, por los
trabajadores sociales, en un
doble movimiento de acción y
reflexión. La acción interroga,
cuestiona y, finalmente, modifi-
ca el marco de comprensión teó-
rica; esta última orienta e ilumi-
na la acción.
Conocimiento y acción es-
tán indisolublemente ligados
en una praxis cuyo sentido está
dado por los valores y los prin-
cipios éticos que son los del tra-
bajo social, como parte del cual
nos reivindicamos
La intervencion colectiva
en trabajo social
C. De Robertis / H. Pascal, Lumen, 2007, 352 pág. / $45.-
¿El psicoanálisis cura? La
pregunta puede ser califica-
da de cualquier cosa menos
de ingenua. Ella sirve de títu-
lo a uno de los capítulos del
archi de moda best seller Le
livre noir de la psychanaly-
se (Les arènes, Paris, 2005).
Así, más de 40 “especialis-
tas” oriundos de América y
Europa, médicos, filósofos, profesores
de psicología, historiadores de la cien-
cia, epistemólogos, sexólogos, psiquia-
tras y hasta algún ex paciente se amon-
tonan para conformar una larguísima
diatriba, de más de ochocientas pági-
nas, contra esa “costumbre pseudo-
científica que sólo perdura en Francia
y Argentina”.
Vuelvo entonces a la pregunta inicial:
¿el psicoanálisis cura? Los propios psi-
coanalistas hemos vacilado en respon-
der inequívocamente a ella y por las me-
jores razones. Una de las primeras, la
cura no puede ser considerada de por
sí, forzosamente y en todas las condi-
ciones, como un bien. Para los psicoa-
nalistas, asumiendo en ello cierta sabi-
duría ancestral, es más im-
portante el recorrido a reco-
rrer que el punto de llegada, la
verdad está mucho más pre-
sente en el camino que en la
meta imaginada.
¿Sería entonces el psicoa-
nálisis una psicoterapia? “No
como las otras” nos precipita-
mos, sin mayor riesgo, a res-
ponder. Pero la cuestión merece ser re-
pensada cada vez, a la luz del contex-
to ético que la actualidad de su prácti-
ca nos impone.
Atender a esa demanda a la que el
psicoanalista se debe y por la que se ins-
tituye como tal, podría llevarnos a consi-
derar que “mejorar la posición del suje-
to”, “saber hacer” con lo necesario del
síntoma o, en fin, cierto “poco de felici-
dad”, no son referencias que podamos
fácilmente desechar, a riesgo de traicio-
nar probablemente, al hacerlo, las pers-
pectivas futuras del psicoanálisis.
En los trabajos recopilados en el pre-
sente volumen, podrán leerse distintas
discusiones y posturas al respecto.
MARIO PUJÓ
Psicoanálisis y el Hospital
Nº 31. La efcacia terapéutica
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(Viene de pág. 4)
haya analistas. Estos caso atentan contra nues-
tra posición, nuestros rituales, nuestros tics, nuestros vicios de
profesión.
Cuando nos decidimos a escuchar en silencio como es habi-
tualmente, el sujeto no tiene palabras o decide callarse o hará
todo lo posible para engañarnos y eludirnos ya que la transfe-
rencia no sólo no estará instalada sino que si se esboza lo hace
como paranoide y/o erotómana.
La enseñanza de Lacan en la Argentina, mejor en Buenos Aires,
ha traído varios vicios de lectura e interpretación de su propia
obra o varios intentos pobres de imitación que desoyen lo que el
propio Lacan nos legó: “hagan como yo no me imiten”.
En el tratamiento de sujetos graves, con esto quiero decir con
algún tipo de desencadenamiento, o sin desencadenamiento pero
con una lógica distinta a la lógica aristotélica neurótica, los tra-
tamientos no llegan a fracasar. A menudo el consultante deserta,
deja de concurrir, se cae de la escena porque no encontró ningún
alojamiento en ella. Los tratamientos con sujetos graves no lle-
gan en general a instalarse porque el analista no sabe cómo ha-
cer y rebota contra el mutismo o la desconfianza que lo deja sin
recursos, a menos que pueda crear otros. El dispositivo pensado
para las neurosis no sirve tal cual para los que no lo son, o que
en ese momento no están organizados neuróticamente. Por esto
cuando digo que es necesario que haya un analista no me refie-
ro a alguien que se disponga a escuchar el significante reprimi-
do, a toparse con el objeto a, a promover la asociación libre, a
suponer que se le supondrá saber sobre el deseo inconsciente, o
a hacer una escansión que marque lo real. Nada de eso.
El que tenemos enfrente no habla, no asocia, o decide ca-
llar. Podemos renunciar y dejarlo todo en manos de la psiquia-
tría, los psicofármacos o intentar pensar allí un sujeto, esperar
un sujeto, estar dispuestos a construir el tramado de un sujeto
que viene deshilachado o tan compacto que nuestra interpreta-
ción no tiene lugar.
El que viene sin palabras. Generalmente es traído o llega por
un intenso padecimiento que no sabe contar porque no cuenta
con otro en su estructura subjetiva que pueda ser un semejante
interlocutor a quien le interese escuchar de él. Nosotros, tan acos-
tumbrados a escuchar en silencio, a esperar, a no jugar ninguna
palabra que no esté tamizada por la interdicción de los textos o
de los “mayores” –supervisores, maestros– nos quedamos mudos
también, y lo que se recrea es el vacío del que sufre ese que te-
nemos enfrente, le reproducimos el horror que lo trae. Lo mejor
que puede hacer es no volver ya que en general tampoco tiene
demasiado claro para qué le servirá venir más allá de encontrar
alguien que testifique de su padecimiento. El silencio apabullan-
te del analista frente a estos casos no suscita ninguna pregunta
en el consultante, ningún enigma. El enigma tiene que quedar
del lado del analista, lo mismo que el deseo. Son los casos más
difíciles, a veces los imposibles, los que decía Bleger solo podían
atender los jóvenes residentes –comparto esa opinión– y a veces
con resultados sorprendentes. Por eso me parece importante que
el tomar en tratamiento a estos sujetos sea una decisión ética y
no una mera práctica para acumular experiencias.
Hay analistas que trabajaron con estos casos y nos han trans-
mitido sus experiencias: Manoni, Dolto, Piera Aulagnier, Gise-
la Pankow, Winnicot y Searles, entre los ingleses. Nos han lega-
do un abordaje diferente: es el analista el que comienza a nom-
brar, a donar palabras a veces, a proponer trabajos con plastili-
na armando un cuerpo que no ha logrado salir de la fragmenta-
ción, o a caminar por un parque hasta que algo surge entre ellos,
eso que Lacan nombró como la relación filial, la transferencia
amistosa, –como está planteada la amistad en la Ética nicoma-
quea–. La relación fuera del eje S-A, para plantearse entre a-a”.
Al psicótico o presunto psicótico que se encuentra sin palabras
ante el analista hay que armarle mediante la donación de pala-
bras un anclaje en una relación que haga posible instalar un pe-
dido. Es necesario inventar, apostar al deseo del analista de en-
contrar alguna hilacha de ganas aunque sea agónica que tren-
ce un lazo posible.
Los que callan. ¿Callan a sabiendas de qué? De la increen-
cia en el otro, siempre sospechoso, que se erige como presunto
enemigo. Se guardan datos, callan información, prometen a ve-
ces darla en otro momento “ya le voy a contar”.
En estos casos lo que se vuelve una vez más imprescindible es
instalar la transferencia desde la verdad dicha de la mejor mane-
ra que podamos. La psicosis es un ensayo de rigor y exige rigu-
rosidad de parte del analista, rigurosidad también en la formula-
ción de sus intervenciones, intervenciones que, como Freud nos
enseñó, tienen que tender más a la construcción con la verdad
histórica que con la material. No pretendamos engañar al para-
noico ni hacernos los engañados, no haremos más que reforzar
su certeza delirante. Es posible darle pelea en aquel resquicio
donde aparece su falla lógica. Y digo darle pelea, porque al pro-
ponernos no temerle al paranoico, nos respeta como adversarios
dignos. Lugar posible para entablar algún lazo con él. También,
como dignos adversarios debemos admitir nuestros errores, ge-
neralmente pescados con redes de una fineza absoluta.
Los que no dicen. O mejor dicho los que hablan pero no di-
cen, no a la manera neurótica sino también dentro de una pues-
ta a prueba del analista que en estos casos puede quedar englo-
bado en el delirio.
Cuando Juan concurre a su sesión ocupa mucho tiempo de la
hora alabándome. Relata sus anteriores experiencias con otros
psicólogos y las barbaridades que tuvo que escuchar y lo bien
que está ahora que viene a tratarse conmigo. Tanto elogio me
pone “paranoide” ¿qué no dice? Trato de decirle que no es nece-
sario que me tire tantas flores y que me cuente cómo anda. In-
siste. Se lo ve perturbado. Me mira fijamente, observa cada uno
de mis gestos y me pregunta en qué estoy pensando.
Al irse me dice ya en la puerta del edificio del consultorio: en
el laburo me miran y me pasan música donde me dicen cosas que
yo sólo he contado acá. ¿Quién pudo decírselas? ¿Cómo lo sa-
ben si la única que las sabe es usted? ¿O quizás se las conté tam-
bién al psiquiatra? ¿Usted cree que él se las contó? ¿Cómo tie-
nen tanta información de mí si no es que ustedes se las dieron?
Obviamente era esto lo que estuvo “no diciendo” toda la sesión,
pero que lo tomaba con la certeza de ser traicionado. Me eno-
jo, le digo que cómo cree que yo voy a usar lo que él me cuen-
ta para producirle daño.
Era mi último paciente de la noche. Salgo, voy al garaje a bus-
car mi auto, le digo al cartonero habitual de la esquina que ten-
go los diarios de la semana para darle. El cartonero me sigue
al garaje. En ese momento cuando estoy entrando a buscar mi
auto seguida por el cartonero una voz atruena: “¿Todo bien Doc-
tora?” Era Juan que me seguía y estaba defendiéndome de pre-
suntos ataques. Me doy vuelta asustada, el cartonero también:
en la entrada se recortaba la figura amenazante de Juan. “¿Ne-
cesita ayuda Doctora?”. Ahora era él el que me protegía de su-
puestos enemigos.
A la sesión siguiente me cuenta que mucho tiempo pensó que
sus enemigos me pagaban para que no lo curara, pero que algo
había cambiado: los tipos eran tan turros que hasta a mí –su psi-
cóloga– me podían querer hacer daño.
Es interesante pensar aquí los movimientos que se han produ-
cido en el delirio y en la transferencia y cómo operar desde allí.
Pero ese ya es otro tema, un nuevo desafío. 
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E
n la paranoia. ¿Cuál es la forma del rechazo del incons-
ciente? Pienso que podemos continuar o retomar la te-
sis freudiana en la que aparece algo de una “increen-
cia”. Lacan retoma el término para decir que, efectivamen-
te, en la psicosis (en la psicosis que para él es la paranoia) se
rechaza, se rehúsa, no se cree en algo que es “la Cosa”. Efec-
tivamente, eso se encuentra ligado a la forclusión, es decir
que falta. Con la forclusión falta uno de los términos nece-
sarios a la creencia, un término de la división del sujeto que
abre la posibilidad de la represión, pero a la vez de la creen-
cia. Más concretamente, podemos decir que el paranoico es
un incrédulo.
El paranoico es incrédulo respecto de él mismo en tanto que
es tachado, es barrado; es decir que no cree, no admite, no
reconoce en él mismo, la opacidad, el enigma que constituye
cada sujeto; el enigma de un deseo oscuro que no sabe y que
además puede ser malo, implicar un goce malo. Por eso exis-
te la dimensión de la inocencia paranoica. Sobre la inocencia
paranoica escribí un texto que quizás algunos conocen “Ino-
cencia paranoica e indignidad melancólica”, que se oponen en
una asimetría impactante. El paranoico es un incrédulo –eso
es lo que él cree, no es el punto de vista de los demás, sino
que es su punto de vista–. El paranoico cree siempre que es
un buen tipo, incluso cuando hace cualquier barbaridad. Y la
inocencia paranoica es la manifestación al nivel de los fenó-
menos, precisamente, del rechazo de “la Cosa” de su lado. Y
sabemos bien cuál es el destino de este rechazo: lo rechazado
vuelve y en su caso vuelve bajo la forma de la persecución, es
decir vuelve del lado del Otro, del lado del partenaire o me-
jor dicho, con el Otro; y es el rasgo sospechoso del paranoi-
co, que es un buen tipo pero no confía demasiado.
Finalmente están esos fenómenos bien paradigmáticos de la
pareja perplejidad-certeza, perplejidad-certidumbre. Es lo que
se aísla muy claramente en la clínica, me parece. Una sincro-
nía típica en la que el sujeto empieza a interrogarse sobre lo
que pasa (perplejidad). ¿Qué pasa con este tipo, con el veci-
no, con el que sea el partenaire? La perplejidad se convierte
en certidumbre, en certeza; es decir que no sabe lo que pasa
pero está seguro de que pasa algo –es el núcleo clínico del
retorno en lo real del rechazo de “la Cosa”, de la emergen-
cia de “la Cosa” del lado del Otro–. El paranoico es un sujeto
que no se cuestiona realmente mucho sobre sí mismo, pero
sí mucho sobre el Otro.
El estatuto de la esquizofrenia es totalmente diferente. Me
parece que con la esquizofrenia hay un problema. Por supues-
to que tenemos una definición en los textos clásicos de la es-
quizofrenia; tenemos también una definición de la práctica
psiquiátrica con los esquizofrénicos; pero es verdad que la de-
finición lacaniana de la esquizofrenia es una definición extre-
madamente radical. Tanto que, de ajustarse a ella, no sé si se
puede encontrar un solo esquizofrénico. Yo busco un esqui-
zofrénico, lo busco desde hace años, pero no lo encuentro y
creo que no existe. Finalmente sería más justo hablar no del
esquizofrénico sino del “fenómeno esquizofrénico”, que real-
mente se puede ubicar. La tesis proviene en cierta medida de
Freud mismo, cuando dice que el esquizofrénico trata a las
palabras como cosas. Es una buena, bella fórmula del recha-
zo del significante; es decir, hay un sonido o algo escrito (en
el dibujo de la escritura), o un elemento cualquiera, podría
ser un jeroglífico, y el sujeto no recibe, no reconoce el esta-
tuto significante, lo trata como cualquier otra cosa, cualquier
otro objeto. El esquizofrénico tiene una actitud que puede ser
excepcional respecto al modo de manejar la materia lingüís-
tica, puesto que para los demás, para los no esquizofrénicos,
la materia lingüística no se puede manejar de cualquier ma-
nera, porque genera sentido y con el sentido se genera efec-
to. El esquizofrénico trata a las palabras como cosas. La fór-
mula que corresponde a Lacan –que es mucho más radical–
dice: “Para el esquizofrénico todo lo simbólico es real”
1
. Esta
es una frase que va mucho más allá que la frase de Freud (que
es más fenomenológica, y que presenta algunas dificultades
para entenderla completamente). Lacan comenta un poco su
frase de “todo lo simbólico es real”, nos indica que lo que fal-
ta cuando lo simbólico es real es la producción de la falta; o
si puedo decir, del agujero que produce cada significante, del
vacío, ya que Lacan utiliza también la palabra “vacío”. El va-
cío importa en lo simbólico tanto como los elementos signifi-
cantes, los elementos significantes están separados por el va-
cío, y sin el vacío no existe lo simbólico. El efecto de vacia-
miento de lo simbólico falta en la esquizofrenia; y esto pone
en cuestión la existencia misma del sujeto en tanto que defi-
nimos el sujeto como representado por el significante. Quizá
sea otra versión de lo que decía de la paranoia –que rechaza
el sujeto tachado de su lado–. En el esquizofrénico quizá en-
contramos más bien la no-constitución del sujeto tachado. Y
por eso, el problema de saber si un esquizofrénico puede de-
lirar se plantea en la clínica psiquiátrica cada vez que vemos
esto, cuando en el llamado “esquizofrénico” se presenta un
pequeño delirio. No sé si recuerdan que Jacques-Alain Miller
hace años había planteado la tesis de que el esquizofrénico era
el único que no entraba en el delirio. Esto nos impone pensar
el estatuto de las elaboraciones esquizofrénicas, cuando exis-
ten, respecto de lo que llamamos “un delirio”.
Para establecer la diferencia, o hay que rechazar la tesis o
hay que explicar cuál es la diferencia entre una elaboración
esquizofrénica y una elaboración delirante paranoica, o neu-
rótica, que son las que tienen la misma estructura de elabo-
ración de una cadena.
La conclusión casi impuesta hace pensar que en la esquizo-
frenia hay elaboraciones que no forman cadena con el signi-
ficante que represente al sujeto.
Voy a avanzar ahora sobre la manía. El título de un artículo
de mi autoría era “La manía es un pecado mortal”. De Lacan
había extraído la idea de que la tristeza del neurótico, anali-
zante o no, analizante especialmente, era una pecado venial,
pero en el sentido concreto del término uno no se muere de
tristeza y, por el contrario, se muere de la manía. Lacan dice
El diagnóstico en psicoanálisis
Escribe
Colette Soler
Contactos: haldemann@ciudad.com.ar
Algunas consideraciones sobre la estructura
de la paranoia, la esquizofrenia y la manía
*
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respecto de la tristeza que es la cobardía moral. No comen-
té este aspecto. Tristeza, cobardía moral. El sujeto no tiene
el coraje, no tiene el ánimo de colocarse a sí mismo en la es-
tructura y en las fallas de esta estructura. “Cobardía moral”,
dejo eso de lado.
Esta cobardía es rechazo del inconsciente que va hasta la psi-
cosis. Es el retorno en lo real de lo que es rechazado del len-
guaje, es la excitación maníaca por la cual este retorno se hace
mortal
2
–por eso había escrito “pecado mortal”–. Ven que La-
can en esta frase constituye una continuidad entre el rechazo y
la cobardía moral no psicótica, y la psicótica. Esa continuidad
se lee en la expresión “cuando el rechazo va hasta la psicosis”.
Evidentemente, si comentamos este “hasta la psicosis” con las
dos palabras “represión” y “forclusión”, reintroducimos la dis-
continuidad –pero aquí es una continuidad fenomenológica
quizá, y entonces... ¿Qué podemos decir de eso?–.
¿Cómo se caracteriza la palabra desencadenada del ma-
níaco? No solo por su rapidez, por su incoherencia –fue des-
crito muchas veces, especialmente por los psiquiatras feno-
menológicos–. Pero la palabra desencadenada en la manía...
¿Qué es? Es una palabra que se desliza. Podemos hablar de
su ritmo, podemos hablar de muchas cosas, pero sobre todo
lo que caracteriza a esta palabra es que es una palabra sin
puntuación y, entonces, sin punto de capitón. Es una palabra
en la que no se puede cerrar una significación. Es una pala-
bra de la cual vamos a decir que no hace cadena significan-
te. En ella la cadena significante con su retroacción en la cual
la significación se deposita, no está. Es una palabra, enton-
ces, que por la falta del punto de capitón no sólo no produce
significaciones, sino que tampoco representa al sujeto, no re-
presenta nada, no se puede interpretar. Uno puede, en algu-
nos estados de manía, sólo intentar hacer callar como indi-
cación. Con la palabra no se obtiene nada si no existe el pun-
to de capitón. Lacan puede decir “es un caso del significan-
te en lo real”, y el lenguaje vuelve en lo real. Conocen bien
la expresión “el significante en lo real” desde el Seminario 3,
desde el texto “De una cuestión preliminar a todo tratamien-
to posible de la psicosis...” Conocemos el paradigma del sig-
nificante en lo real: Es la alucinación verbal, es decir, un sig-
nificante que surge de manera errática, que se encuentra en
lo real. Lacan dice que el significante se encuentra en lo real
no porque el sujeto lo oiga, sino porque se encuentra fuera
de la cadena. La definición del significante en lo real, lo sa-
ben, es el significante cuando la cadena está rota. La palabra
maníaca se trata de otro ejemplo de la cadena rota, es decir,
sin punto de capitón.
Cuando el significante no está en lo real, ¿dónde está? Se
encuentra en lo simbólico, en lo simbólico definido en esta
época como haciendo cadena significante. Con el texto de Te-
levisión Lacan añade a la alucinación verbal –que hasta ese
momento era el paradigma– otro ejemplo, que es la palabra
maníaca.
Quizás habría que decir algo de la melancolía. Me sorpren-
de el hecho de que en Televisión Lacan no evoque a la melan-
colía cuando piensa a la tristeza en un eje que incluye a casi
todos, a los neuróticos y a otros tipos clínicos. En el extremo
de este eje pone la manía, pero nada de la melancolía. Y hay
todo un debate para saber si la melancolía es una psicosis o
no. Es cierto que podemos hablar de estados melancólicos en
diversas estructuras, es una manera de hablar, pero yo creo
que hay melancólicos psicóticos y melancólicos con una es-
tructura melancólica.
Finalmente el melancólico me parece como la otra cara de
la paranoia. No quiero decir que es un paranoico transfor-
mado, quiero decir que es una configuración homóloga pero
inversa de la paranoia en la medida en que “la Cosa”, el de-
seo oscuro, el goce malo, que el paranoico ubica del lado del
Otro identificando el goce en el Otro, es reconocido de su lado
por el melancólico, al menos en los delirios de culpa y de in-
dignidad. Evidentemente el delirio melancólico no está siem-
pre presente. A veces encontramos sujetos que parecen casi
más allá de todo delirio posible, petrificados en una inercia
respecto de la cual la palabra parece totalmente sin posibi-
lidad. Con ellos podemos tener la idea de que el rechazo de
“la Cosa” va hasta el rechazo no delirante en la culpa del de-
lirio melancólico, hasta el rechazo de la propia existencia; y
entonces lo que corresponde a la excitación maníaca mortal
no es el delirio melancólico sino el pasaje al acto, el hecho
de que el sujeto se eyecta realmente no sólo de lo simbólico,
sino de la vida misma. 
Texto establecido por Cristi-
na Toro
Responsable de la obra Gabriela
Haldemann.
*Nota: El presente artículo es un
extracto del libro ¿Qué se espera de
análisis y del psicoanalista? Semi-
narios y conferencias en Argentina,
que próximamente editará Letra
Viva. Del capítulo “El rechazo del
inconsciente” (Conferencia dicta-
da en el Hospital Rivadavia)
1. Jacques Lacan, “Respuesta
al comentario de Jean Hyppoli-
te”, en Escritos 2, Siglo XXI edi-
tores.
2. “Y lo que resulta por poco que
esta cobardía, de ser desecho del
inconsciente , vaya a la psicosis es
el retorno de lo real de lo que es
rechazado, del lenguaje; es por la
excitación maníaca que ese retor-
no se hace mortal”. Jacques Lacan,
Televisión, op. cit., pág. 107.
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¿Q
ué lee y cómo opera un analista en las entrevis-
tas con pareja y familia? A la letra, descifrará
el enigma del engarce fantasmático que se jue-
ga en el intercambio entre los miembros de una pareja o de
una familia, interviniendo en los tres registros Real, Simbóli-
co e Imaginario.
Todo encuentro con un semejante implica la reiteración de
la pregunta fundante de la subjetividad ¿Qué quiere el Otro
de mí? La interrogación fundante del sujeto en tanto deseante
(campo de la neurosis) es preguntarle al Otro por su falta si el
Otro muestra que algo le hace falta, pero frente a la opacidad
de no saber qué quiere el Otro el sujeto se va a proponer como
objeto amable en el fantasma. Cada sujeto responderá desde
su propia fantasmática y sellará un pacto, del cual podrá estar
advertido o no. Esa respuesta va a dar una modalidad y le va
a imprimir en el sujeto, una particular carta de presentación
para relacionarse con los otros. Cuando la posición fantasmá-
tica de alguno de los sujetos vacila, esta vacilación influirá en
los otros, las pantallas que velan el a se conmoverán.
Lacan retoma la idea del Padre como fundamento en la cul-
tura haciendo un giro más, dejando al padre como una instan-
cia que no precisa ninguna obediencia, sino como garante de la
existencia del objeto a. Esta idea de la posición del Padre hace
que hasta nuestros días, el padre sea fundador de cultura.
Llegado el siglo XXI el psicoanálisis tiene que repensar: la
pareja homosexual, la posibilidad o no de adopción de un hijo
en una pareja donde la diferencia sexual empieza cada vez a
ser disuelta como causa de deseo, como lugar donde colocar
el objeto a, es pertinente entonces que abunden las consultas
de pareja y familia aquejadas por el malestar.
Cuando la consulta tiene lugar, se puede leer que en la ma-
yoría de los casos, se han configurado en el seno de estas rela-
ciones “mitos familiares” que encapsulan pactos secretos, los
cuales paradojalmente no dejan de desplegarse en el devenir
cotidiano: el silencio renegatorio, la especularidad y las pasio-
nes desenfrenadas son algunas de sus manifestaciones clínicas
que no permiten la alteridad del prójimo.
En el mismo acto de intervención ya el acto del analista pro-
duce su eficacia, no es necesario un diagnóstico para poder in-
tervenir y acotar los excesos pulsionales, los enclaves de goce
que estereotipan, coagulando síntomas e inhibiciones.
El trabajo analítico apuntará a recrear los enlaces, sin anular
las diferencias, esclareciendo los pactos inconscientes que llevan
a lo peor, propiciando que el peso de lo grave y oscuro no recai-
ga sobre alguno de los miembros intentando situar la particu-
laridad y eficacia de la Ley paterna. Las parejas consultan por
el desencuentro pero, ¿qué da lugar al encuentro? Encuentro
que pareciera cada vez más evanescente. El encuentro supone
el desencuentro, el otro aparece como pantalla que vela el ob-
jeto a, el encuentro con una pantalla que lo vela, coalescencia
fantasmática que impide ver cómo cada quien juega en ese pac-
to. Pacto que vela y revela el engarce de los fantasmas.
El analista que va a entrevistar a una pareja estará atento, con
sus preguntas, con sus comentarios, a leer cuál es el pacto, el
que había y se ha roto, en cada pareja en particular. Es el pacto
que el analista va a tener que develarles a los integrantes de la
pareja. El analista, en esa posición de tercero, tendrá que abs-
tenerse de quedar enredado en lo imaginario ya que cada uno
de los partenaires va a intentar demandar cierto grado de com-
plicidad al analista, quien tiene que estar situado en un lugar,
donde sus propios puntos ciegos no lo hagan caer en la trampa
imaginaria con alguno de los partenaires, situación que es bas-
tante frecuente en la clínica cotidiana ya que “la víctima” inten-
ta generar cierta simpatía para llevar “agua a su molino”.
La pareja configura un modo de relación privilegiado para
armar pactos y encuentros con un alto grado de especularidad,
que determina un anudamiento gozoso mediante el cual, cada
uno satisface sus intereses narcisistas o, en el peor de los casos
sus tendencias sadomasoquistas, desde la incomunicación, la
infidelidad, las injurias, la degradación y los golpes.
En el momento en que aparece el otro como objeto de esos
pactos perversos y sadomasoquistas Lacan dice es muy proba-
ble que el otro, en cuanto aparece como objeto, se transfor-
me en una voz perseguidora o una mirada fulminante, en esos
momentos el engarce es muy doloroso. Hay engarces fantas-
máticos que duran toda la vida, sin mayor movilidad, muy es-
tables y lo más frecuente es que en el momento del quiebre se
produzca la consulta.
Si partimos de la posición disimétrica con respecto al goce,
al deseo y al amor de aquellos que se ubican de un lado u otro
de las fórmulas de la sexuación, podemos situar la lógica fálica
para uno u otro en tanto el falo es un significante que ordena y
regula los goces posibles y para ambos, mujer y varón, se trata-
rá de pasar de “ser” el falo Imaginario a “tener”el falo.
La posición femenina o masculina no está garantizada de
entrada biológicamente, el sujeto comienza a tejer su posición
sexuada en la urdimbre entre el Complejo de Edipo y el Com-
plejo de Castración, posición que será rectificada o ratificada
luego de la irrupción puberal de los caracteres sexuales secun-
darios y del tránsito por el tiempo de la adolescencia.
Emblemas e insignias que pondrá a jugar en el encuentro
con un partenaire. El encuentro amoroso enmarca un espacio
de entrecruzamiento entre el deseo y el amor, en consecuen-
cia está supeditado a que allí se dibujen y desdibujen sínto-
mas, inhibiciones y angustias. El encuentro enmascara la posi-
bilidad del desencuentro.
Después del luminoso e ilusorio tiempo del enamoramiento en
una pareja, cuando empiezan a caer los velos, el semejante apa-
rece con toda su alteridad, con su Real en juego, con su Simbó-
lico y con su Imaginario, y ahí aparecen las diferencias que co-
mienzan a obstaculizar la relación, la que nunca permanece en
el estado de fascinación amorosa perpetua. Llegado un tiempo
prudencial, siempre aparece en la figura del partenaire el seme-
jante que también es ocasión de un goce que por estructura no
entra en el metabolismo del amor, a menos que el sujeto pueda
encontrar un nuevo canal de amor que vele esa diferencia radi-
cal. Si el semejante es condición y ocasión de goce, puede llegar
a jugarse la incidencia feroz y obscena del superyó.
La lógica binaria de sometedor-sometido se establece en
Escribe
Stella Maris Rivadero
stellarivadero@yahoo.com
El diagnóstico en psicoanálisis
El diagnóstico en el tratamiento de pareja y familia
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muchos vínculos de pareja; será la intervención analítica la
que permitirá la descoagulación de esas dos posiciones para
evitar la fijeza gozosa. Es ésta última la que hace que que-
de allí coagulado y estereotipado un cierto modo particular
de goce, ese que no se articula con el amor. En este punto
no podemos diferenciar entre hombres y mujeres porque, si
no, haríamos psicología del género. Lo que se va a tener en
cuenta para leer estas posiciones, es la historia de cada suje-
to y además cómo a ese sujeto le fue transmitida, vía gene-
racional, la historia de los goces de las posiciones masculi-
nas y femeninas, y de las posiciones en el amor, el deseo y el
goce por su familia.
Aquellos sujetos en los que la relación al partenaire –aunque
sea del orden del sufrimiento y a veces mortífero–, es el único
modo de tener un lugar posible, podemos llamarlos “imposibi-
litados de amor” ya que en tiempos instituyentes ese Otro que
debía haber alojado y sostenido la pregunta y la posible res-
puesta fantasmática, no dio lugar a que ésta se formule, acen-
tuándose los estragos de la falta de amor del Otro.
Qué repite el sujeto y qué insiste en la repetición en la saga
familiar es lo que investiga el psicoanálisis enfrentado a pare-
ja y familia.
Podemos preguntarnos qué modo de encuentro precipi-
ta lo mejor o lo peor cuando el goce condesciende al deseo
en la escala invertida de la ley del deseo. El amor permite al
goce condescender al deseo, pero no todo goce es fácilmen-
te reciclable.
El amor imaginario tiende de dos a hacer Uno. El deseo no
siempre está presente en el mapa del sujeto. El deseo tiene es-
cansiones, tiene tiempos de suba y alta, y el goce puede preva-
lecer en cualquier momento. En el enamoramiento lo que pri-
ma es el tapón de la falta, primer tiempo que siempre pasa en
toda pareja, que es ese tiempo tan anhelado, añorado, porque
es el tiempo en el que no se ven las diferencias que cada uno
trae de su propia historia, es el tiempo donde prima lo imagi-
nario, no hay ahí nada que haga obstáculo a ese “de dos, ha-
gamos uno”. Pasado ese primer tiempo aparece el imperativo
superyoico de goce donde la alteridad convoca a la peor cara
del goce.
El sujeto goza en aquellos lugares donde también fue goza-
do por el Otro. Este goce que, en su momento, sufrió pasiva-
mente, va a intentar sufrirlo, también, dentro de la pareja y
va a convocar a que el partenaire sea agente gozador como el
Otro primordial. En el otro semejante, el sujeto proyecta no
solamente su propio yo sino también su propio ideal del yo y,
detrás del objeto de amor, el sujeto coloca un a, un objeto que
muchas veces no sabe que es el objeto de su deseo. O sea, siem-
pre el partenaire va a ser una pantalla que va a encubrir aque-
llo que el sujeto desea.
1
La pere-versión, en tanto eficacia de la función paterna per-
mite hacer de la mujer, causa que excede el falo. La cita con
lo real es no creer en los enunciados de ella, es simplemen-
te creer en el misterio que ella encarna; parafraseando a La-
can, él será alfarero y ella tejedora, él contorneará el vacío
y ella lo velará, vacío que escapa a la lógica fálica. En con-
secuencia pueden gozar más allá del falo, es decir que ten-
drán acceso a un goce suplementario y nos recordarán a Ti-
resias, quien habiendo sido varón y mujer, dirá que las mu-
jeres gozan más que los varones. Ese goce suplementario del
cual nada se puede decir.
Citando a Lacan, allí donde el falo produce la no relación
sexual, él ofrece una grieta para encontrar una posible relación:
“Hay a la vez relación sexual y no hay relación a condición que
allí donde hay relación es en la medida en que hay sinthome,
es decir donde como yo lo dije, es del sinthome que es sopor-
tado el otro sexo. Yo me permití decir que el sinthome es pre-
cisamente el sexo al cual yo no pertenezco, es decir una mujer
Si una mujer es un sinthome para todo hombre, para una mu-
jer un hombre no es sinthome, no es equivalente.”
2
Una de las posibilidades de las entrevistas de pareja y/o fa-
milia es que permiten extraer al menos a alguno de los miem-
bros de un pacto perverso, ya sea esposo, esposa, hijos. El es-
fuerzo y el deseo del analista suelen propiciar que uno de los
miembros inicie un análisis personal y que advenga otra for-
ma de hacer relación de pareja, que es que el otro sea su sin-
thome, que anuda la falla de estructura y no un mero punto
de engarce fantasmático.
Hay parejas que logran amar en la vertiente real del amor, una
relación tolerable con la alteridad del otro. “Quizás para hacer-
se una sana idea de lo referente\ al amor, habría que partir de
que, cuando algo se juega, pero seriamente, entre un hombre
y una mujer, siempre se pone en juego la castración
3
”.
Y podríamos agregar no sólo allí, sino también con los hijos,
el amor castra permitiendo amar al hijo real, haciendo vivible
la vida trocando la miseria neurótica, en el decir freudiano, en
infortunio corriente. 
1. Silvia Amigo desarrolla ampliamente este concepto en Parodojas clí-
nicas de la vida y la muerte: Ensayos sobre el concepto de originario en
psicoanálisis, Homo Sapiens Ediciones, Rosario, 2004.
2. Jacques Lacan, seminario Le Sinthôme. Versión inédita para circula-
ción interna de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
3. Jacques Lacan, El saber del psicoanalista, inédito.
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El diagnóstico en psicoanálisis
N
eurosis, perversión y psicosis constituyen la grilla de los
diagnósticos estructurales del psicoanálisis lacaniano.
Las nociones estructuralistas a partir de las cuales Lacan
reorganiza el campo psicopatológico, han mejorado las posibi-
lidades de realizar un diagnóstico clínico que nos permita co-
nocer el terreno sobre el cual conduciremos una cura. En esta
oportunidad nos ocuparemos del diagnóstico de las psicosis no
desencadenadas y de los problemas que allí se nos presentan.
El diagnóstico que practicamos los psicoanalistas, ¿es una cla-
sificación? Si fuese así, ¿en qué sentido lo es? Clasificar, ¿no es
hacer un encomio del tan criticado DSM-IV? Entendemos que
el diagnóstico es necesario para una clara dirección de la cura,
y que diagnosticar es una forma de construir un saber con con-
secuencias sobre nuestra práctica, y no un mero acto de eti-
quetar tipos clínicos.
Sobre el fundamento de la lingüística y la antropología se
despliega un movimiento intelectual del que Lacan forma par-
te. La doctrina del inconsciente estructurado como un lengua-
je conlleva una teoría del sujeto enmarcada en el programa
estructuralista. En la clase XIV del Seminario 3, Lacan se de-
dica a trabajar la noción de estructura. “La estructura es pri-
mero un grupo de elementos que forman un conjunto co-va-
riante” (Lacan 1955-56:261). Los elementos no son otros más
que significantes. La presencia o ausencia de un significante
primordial, el significante del Nombre del Padre, determinará
las características de una estructura que nos permitirá definir-
la como neurótica, psicótica o perversa.
En la psicosis, el significante del Nombre del Padre ha sido
forcluido. La inexistencia de dicho significante para un suje-
to, es solidaria con la imposibilidad de atravesar el complejo
de Edipo como en la neurosis. Dicho significante es un térmi-
no esencial del Edipo lacaniano, del Edipo formulado con los
conceptos de la lingüística estructural. La presencia del signifi-
cante del Nombre del Padre en el lugar del Otro es lo que per-
mite a un sujeto obtener una significación fálica en su acceso a
lo real. (Cf. Lacan, 1957-1958:538). ¿Cómo sabemos si el sig-
nificante del Nombre del Padre ha sido forcluido? En el Semi-
nario 3 Lacan aísla tres características esenciales de los fenó-
menos de automatismo mental descriptos por G. de Cléram-
bault: neutro, no sensoriales y anideico; y vincula la estructu-
ra de los fenómenos de la psicosis a la estructura del lengua-
je. Lo elemental del fenómeno ya no tiene el estatuto de lo pri-
mitivo, de lo primero. Los fenómenos elementales no son más
elementales que lo que subyace al conjunto de la construcción
del delirio. Lacan toma de G. de Clérambault la riqueza de la
descripción de síndromes y les da un original valor clínico for-
jando el concepto de fenómeno elemental, fenómeno a partir
del cual puede leerse la forclusión del significante Nombre del
Padre, constitutiva de la estructura de la psicosis.
Cuando una estructura psicótica se convierte en una psicosis
clínica, aparecen los fenómenos elementales. Lacan habla de
desencadenamiento como modo de hacer referencia a aquello
que sucede a nivel de la cadena significante. Pero, ¿qué suce-
de cuando una psicosis jamás ha desencadenado?, ¿es posible
hacer un diagnóstico con la concepción lacaniana de los fenó-
menos elementales?
Podríamos aquí preguntarnos si cuando un paciente desenca-
dena en un diván, es a causa de no haber hecho un buen diag-
nóstico. Y si fuese así, ¿es porque los fenómenos elementales
estaban ausentes, o no se supieron detectar? Muchas veces se
impone la idea de que no se ha sabido escuchar, o que falta
experiencia clínica, y probablemente ésta sea la razón por la
que a menudo se habla de estos casos sólo entre bambalinas.
No debemos intimidarnos, pues son respuestas que ignoran un
problema clínico que a muchos ha interrogado y al que algu-
nos se animaron a dar respuestas. Podemos aceptarlas o cues-
tionarlas, pero es innegable que Kernberg con sus borderline,
Deutsch con sus personalidades “como si”, Knight con sus psi-
cosis latentes, Rapaport con sus estructuras preesquizofrénicas
de la personalidad, o Hoch con sus formas pseudoneuróticas
de la esquizofrenia, entre otros, lo han intentado.
Si la aparición de los fenómenos elementales es solidaria a
la estructura del desencadenamiento, ¿hay alguna respuesta
posible desde el psicoanálisis lacaniano al problema clínico de
detectar una estructura psicótica cuando ésta jamás ha desen-
cadenado? Lacan, delimita un terreno claro. Cuando hay fenó-
menos elementales nos encontramos frente a una estructura
psicótica, pero ¿qué sucede con esos sujetos que son diagnosti-
cados como neuróticos, y que después de varios años de trata-
miento, por alguna circunstancia, desencadenan una psicosis,
apareciendo los fenómenos elementales que no estaban hasta
ese momento? ¿Nos apresuramos a ver retrospectivamente al-
gún fenómeno que nos tranquilice ante lo intolerable de la in-
certidumbre o lo insondable de lo real? ¿Nos desentendemos
de tal situación y postulamos que un diagnóstico sólo es po-
sible a posteriori, justificando nuestra responsabilidad ante el
desencadenamiento producido?
Si bien, como decíamos inicialmente, las nociones estructu-
ralistas introducidas por Lacan reorganizaron el campo psico-
patológico y mejoraron las posibilidades de realizar un diag-
nóstico, creemos que éstas tienen sus limitaciones. Ante la pre-
sencia de fenómenos elementales, y por la posibilidad misma
de articularlos a la estructura, no caben dudas de que se está
ante una psicosis en los términos estructurales en que Lacan
la formula. Pero la ausencia de tales fenómenos no es indicati-
va de la ausencia de la estructura que los genera.
Una viñeta clínica sobre Pedro Bread, caso trabajado en ex-
tensión en otro lugar (Barberis, 2007), brindará un sustento clí-
nico particularizado a aquello que nos interroga. Casado desde
hace diez años, padre de dos hijas, concurre a la primera en-
trevista refiriendo algunos problemas sexuales con su esposa:
“No tengo relaciones, o las tengo rápido, sin segunda vuelta”.
Si bien desde que tiene relaciones la tiene “rápido”, tres me-
ses previos a la consulta no puede tener una segunda erección
luego de su eyaculación precoz. Esto lo vincula a cambios en
su trabajo que lo fatigan en demasía.
Vivió con sus padres hasta los 35 años, edad en la que se casa
con su actual esposa. Hasta ese momento nunca había tenido
Psicosis no desencadenadas:
¿Es posible el diagnóstico de estructura?
Escribe
Osmar Barberis
osmarbarberis@hotmail.com
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ningún encuentro sexual con nadie. Según Pedro, sus padres
no fueron buenos padres porque no hablaban de sexo. Él cree
que eligió la vía correcta casándose. Sus dificultades sexuales
con su mujer lo llevan, por momento, a preguntarse acerca de
su elección de objeto: “¿elegí la vía correcta?”. Su pregunta no
es una verdadera interrogación ya que tiene una única y her-
mética respuesta. “Los hombres no me gustan”.
Luego de unos meses de entrevistas, aún no quedaba claro
aquello por lo cual concurría. Relataba muchas cosas que le su-
cedían o le habían sucedido, pero tanto la ausencia de impli-
cación subjetiva como de una demanda dirigida hacia mí, no
me autorizaban a realizar intervención alguna sobre su relato.
Se quejaba de que él venía, contaba las cosas y seguía igual.
“Nada cambia. Me cuesta venir”. En función de tensar la de-
manda, insisto en poner a trabajar la problemática que él trae
en torno a su sexualidad, y retomando sus propios dichos le
digo que quizá no esté claro por qué eligió la vía que eligió.
Comienza la sesión siguiente diciendo que pensó muchas co-
sas. Cree que con su casamiento y su paternidad intentó ta-
par algo: “Yo quería demostrar algo para tapar una apariencia
y por eso lo hice... creí que era la luz y me equivoqué”. ¿Qué
es lo que se tapaba? ¿Tendencias homosexuales, quizás? Nada
de eso se desprende de sus dichos. “Si no salías con tus ami-
gos, no terminabas de ser un hombre. O sos de un bando o del
otro. No me importaba ninguno de los dos”.
Durante varias semanas se siente muy mal. Siente que ha
perdido las referencias. Propongo dos encuentros semanales
en los cuales, respondiendo a mi demanda, despliega aque-
llo que le pasa con su sexualidad. Esto lo pone cada vez peor.
No sabe quién es verdaderamente, cómo continuar, está en un
lugar y por momentos se pregunta “¿qué hago acá, dónde es-
toy?”. Dice que nunca ha podido hablar en forma directa sobre
sexo, y el no poder hacerlo, es aquello que lo incomoda ante
sus compañeros de trabajo.
Sobre su no saber sexual tiene una ambigua explicación. O
responsabiliza a sus padres por no hablar de sexo con él, o se
responsabiliza él por no haber hecho aquello que realmente
sintió, ignorar su sexualidad. “No me enseñaron y yo también
me quedé y va pasando el tiempo y peor. Ahora no puedo con-
tar a mi mujer cosas que ya pasaron en mi vida. Creía que una
persona era todo lo demás, menos tener sexo”.
Pensar en una vida sexuada lo enfrenta a la ausencia de un
significante con el cual poder dar una respuesta. Comienzo a
poner paños de agua fría. Lo calmo respecto de su eyaculación
precoz, le digo que esto se va a solucionar cuando sepamos de
qué se trata, pero que ahora hay otras cosas que lo preocupan
y que si él quiere podemos conversar. Comienza nuevamente
a plantear cuestiones vinculadas a su trabajo y a su preocupa-
ción por las dificultades escolares de una de sus hijas.
Se siente un hombre con deficiencia. No puede hablar sobre
ciertos temas porque él no sabe, como otras personas, acerca
de lo sexual. Mis intervenciones empezaron a tener otro tenor.
Decidí dejar de avanzar sobre aquello que con mucha dificul-
tad había podido construir como semblante de una posición
sexuada, y comencé a manejarme con preguntas, construccio-
nes y afirmaciones que le permitiesen construir teorías acerca
de aquellas cosas que lo hacían sufrir, postergando para más
adelante el tratamiento de su eyaculación precoz y su imposi-
bilidad de una “segunda vuelta”. A partir de allí empieza a sen-
tirse bien y a concurrir a las sesiones con más ganas. Su eyacu-
lación precoz continúa, pero logra recuperar la “segunda vuel-
ta”, lo que hizo que el tema deje de ser algo problemático para
él, y para su esposa. Comienza a relacionarse con sus compa-
ñeros de trabajo y a hablar con ellos cosas cotidianas en don-
de los temas sexuales quedan excluidos.
Creemos que sería inconducente abordar nuestro caso en la
perspectiva de la presencia o ausencia del fenómeno elemen-
tal. No los hay y no por ello podemos afirmar estar en presen-
cia de una neurosis. Creemos que si aún podemos profesar una
teoría de la estructura y su utilidad en la clínica psicoanalítica,
es en virtud de ampliar las fronteras de las posibilidades diag-
nósticas de la estructura misma a través de diversas herramien-
tas conceptuales.
La teoría de la sexuación que Lacan desarrolla en El Semi-
nario 20, ha sido un instrumento clave que nos permitió diag-
nosticar la estructura clínica de Pedro. A nuestro entender, Pe-
dro ha rechazado la inscripción de su sexualidad bajo la órbi-
ta de la función fálica y esto puede ser leído en su queja: “O
sos de un bando o del otro. No me importaba ninguno de los
dos”. Pedro ha realizado una especie de aprehensión total-
mente imaginaria del falo, sostenida en identificaciones no ar-
ticuladas con la castración y la función fálica, que lo mantie-
nen como hombre a pesar de su anhelo de una vida asexua-
da. Podemos afirmar con un sustento teórico diferente, pero
consistente, el diagnóstico de una estructura psicótica a pesar
de que a nivel fenomenológico no se observe nada de aque-
llo que habitualmente ocurre cuando un franco desencadena-
miento ha tenido lugar.
Consideramos que en los casos que nos ocupan, la razón de
un buen diagnóstico es evitar conducir la cura en una direc-
ción que precipite al sujeto hacia el encuentro con algo de lo
primordial en lo tocante a su ser, que haya sido forcluido. Sa-
bemos de las devastadoras consecuencias que un encuentro de
esa índole tiene para el sujeto psicótico. La última parte de la
obra de Lacan proporciona nuevos horizontes para realizar un
diagnóstico de estructura y nuevas posibilidades de pensar la
estructura misma, particularmente allí donde se impone como
trabajo esencial captar, en ausencia de fenómenos elementales,
la particular forma en la que se anudan R.S.I. 
Bibliografía
BARBERIS, Osmar: (2007) Psicosis no desencadenadas. Alcance de la concep-
ción lacaniana de los fenómenos elementales para su diagnóstico
diferencial. Buenos Aires, Letra Viva, 2007.
DE CLÉRAMBAULT, Gaëtan Gatian: (1942) Automatismo Mental. Paranoia.
Buenos Aires, Polemos Editorial, 1995.
LACAN, Jacques: (1932) De la psicosis paranoica en sus relaciones con la
personalidad. México, Siglo XXI Editores, s.d.
— — (1955-1956) El Seminario, libro 3, Las Psicosis. Buenos Aires,
Paidós, 1993.
— — (1972-1973) El Seminario, libro 20, Aún. Buenos Aires, Paidós,
1995.
— — (1957-58) “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posi-
ble de la psicosis” en Escritos 2. 14º edición en español, Buenos
Aires, Siglo XXI, 1987.
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P
ocos temas hablan más del diagnosticador, del trabaja-
dor de la salud mental, que el tema del diagnóstico que
pareciera deber ser un enunciado dedicado íntegramen-
te al otro. La epistemología nos plantea el juego que mejor
sabe, allí donde queremos objetivar al otro y entregarle un
metalenguaje definidor de su esencia, atraparlo como un ele-
mento dentro de un conjunto; justo en ese momento, esa de-
finición diagnóstica vuelve como boomerang y explota en la
cara del diagnosticador, en la ética de su praxis.
¡He aquí un gran problema!
Nadie duda ni un segundo en las increíbles ventajas de algu-
nas drogas lícitas pero la falta de certeza, sobre todo en salud
mental, para, por lo menos, el 40 por ciento de los casos que
toman medicación, acerca de su diagnóstico, conlleva que se
ponga en la mira al diagnosticador y su contexto.
El diagnóstico hoy en día es un tema de los diarios. Leo ayer
una nota acerca de cómo la poderosísima industria farmacéu-
tica se encarna en los APM, agentes de propaganda médicos,
llamados popularmente visitadores médicos, y como estos se
acercan a los médicos a proponerles viajes, dinero, lapiceras,
armados de protocolos, posibilidad de publicar su último es-
tudio científico pero… “con una pequeña condición”: que
prescriban algunos de estos excelentes remedios con los cua-
les además de muestras gratis, le acercan bibliografía escrita
por los psiquiatras más reconocidos del ámbito.
En una nota aparecida en Página 12, los visitadores médi-
cos hablan francamente de su trabajo: “La inducción econó-
mica a los profesionales de salud para la prescripción de pro-
ductos se ha exacerbado a niveles increíbles –sostiene Cha-
rreau–: antes, se trataba sólo de contribuciones para estu-
dios, viajes, becas: hoy la coima es directa. Esto se aplica en
especial a determinados productos que, por su alto costo, son
de especial interés para los laboratorios: directamente se le
ofrece al médico una suma, veinte, treinta, cincuenta pesos
por cada prescripción.” Es que “los laboratorios disponen de
un dinero para ‘contribuciones’ destinadas a los médicos. Se
van otorgando en función de la posibilidad de lograr mayo-
res prescripciones”, explica el gremialista de AAPM. ¿Cómo
intervienen en este procedimiento los agentes de propagan-
Los precios del diagnóstico
Los demonios ya no viven en el inferno
El diagnóstico en psicoanálisis
Escribe
Martín H. Smud
martinhsmud@yahoo.com.ar
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da médica? “Cada visitador debe detectar, en su zona, cuá-
les son los médicos de mayor potencial, porque atienden me-
jores obras sociales o tienen mucho caudal de pacientes; de
éstos, hay que establecer cuáles son más permeables.” En las
reuniones de trabajo con los agentes de propaganda médica,
“se los consulta en qué médicos ‘invertir’ y se asignan sumas
para cada uno”. No es que el doctor “permeable” se adscri-
ba sólo a un laboratorio. “Toma lo que le ofrece uno y tam-
bién lo que le ofrece el de la competencia –precisa Charreau–
. Este sistema se ha hecho carne en nuestro medio, es muy
difícil modificarlo.”
1
¿Incidirá esta relación “lateral” en la acción terapéutica en-
tre un enfermo y un médico? ¿Cómo se relacionarán las con-
secuencias del vínculo entre el médico y la industria con el
paciente que llega con algo que duele, que no sabe bien qué
hacer y que espera resolver?
El tema del diagnóstico y lo que ello implica cae como yun-
que de hierro en la cabeza del diagnosticador. Nuestra manera
de diagnosticar es importante no solamente para el enfermo
con esperanza de cura sino también para una planificación en
salud no siempre escrita pero sí operativa en la realidad.
Hace un par de semanas vino un amigo, excelente profesio-
nal, Federico Pavlovsky a dar una charla acerca de “Psiquiatría
y Psicofarmacología”. El tema giraba sobre los enormes inte-
reses que se juegan en el diagnóstico en salud mental. Pavlo-
vsky nos confesaba que en este mismo momento podría es-
tar con todo pago en el congreso de Psiquiatría de San Die-
go y que si no estaba allí y estaba aquí con nosotros era por-
que había escrito sobre las prácticas que realizaban los labo-
ratorios farmacológicos para que los médicos, en este caso
los psiquiatras, diagnosticaran tal patología a lo que seguía
la prescripción de determinado medicamento de determinado
laboratorio. Hablar de esto lo había dejado en tierra. El artí-
culo terminaba bien en tierra: “Finalmente: si para viajar al
próximo congreso de psiquiatría en San Diego, Estados Uni-
dos, en 2007, tengo que recetar anualmente 200 antidepre-
sivos de marca X, ¿eso va a incidir en mi prescripción? Profe-
sionales a quienes respeto dicen que no. Yo no estoy tan se-
guro. En mí, sí que podría incidir. Podría tentarme. Por eso
escribo este artículo. Como una suerte de exorcismo. De an-
tídoto personal”
2
.
Para hablar de diagnóstico en salud mental debemos hablar
de los intereses que tienen sobre nosotros una de las principa-
les industrias que existen en nuestra globalizada tierra. Creo
que no deberíamos separarnos en psiquiatras, psicólogos, psi-
cólogos sociales, consultores psicológicos y/u otros; antes de
percibir que somos objetos de consumo de una de las indus-
trias más poderosas. No estamos hablando de poder abstrac-
to sino de cómo ese poder llega a nuestra intimidad.
Federico nos contaba cómo después de escribir ese artículo
no solamente no viajó al congreso de psiquiatría sino que mu-
chos hasta pensaron en sacarle el saludo. “Lo tomaron como
algo personal. Y es que los APP, los visitadores médicos son
personas gratísimas. Siempre con una sonrisa en la boca se
acercan a solucionarte los problemas y desde el primer día de
entrada al hospital. Lo tomaron como una traición”.
Los psicólogos nos desentendemos aparentemente del pro-
blema porque no medicamos, pero este expulsar produce,
como dice Lacan, la aparición por la ventana de este real for-
cluido. Consideramos que tenemos otro marco teórico y que
dentro de nuestras perspectivas difícilmente nos dejemos aca-
rrear por alguien que nos diga cómo diagnosticar. Pero el pro-
blema nos incluye.
Cada época se entretiene construyendo nuevos “apodos” a
lo que les pasa a los pacientes, si hace unos años estábamos
todos en la necesidad de saber diagnosticar “bulimias y ano-
rexias”, un tiempo después no se nos podía pasar ningún chico
con ADD, prontamente nos ayudaron a discernir mejor entre
una depresión y un trastorno bipolar, y por supuesto, ahora
se llenan la boca con la descripción fenomenológica del ata-
que de pánico. Cada época tiene su particular forma de diag-
nosticar. Esto ya lo han estudiado Freud y Foucault.
El otro día me contaba una colega psicóloga que la habían
dejado afuera del “extra”. Ella trabaja en unos de las principa-
les unidades hospitalarias-prepagas que existen en Buenos Ai-
res en el servicio de Neurología. Allí trabajan psicólogos, tra-
bajadoras sociales, fonoaudiólogas y por supuesto neurólogos.
Los jefes del servicio tienen varios “quiosquitos”: uno de ellos
es realizar protocolos con pacientes probando la eficacia de
tal o cual droga sostenidos por los laboratorios. El profesional
separa así el trabajo, al menos en dos partes, los pacientes del
hospital y los pacientes del hospital dentro de los protocolos
científicos. Y de ese “extra” la habían dejado afuera.
Es así como hoy en día la ciencia progresa. Y todos los tra-
bajadores de la salud mental estamos incluidos. No debemos
escandalizarnos porque desde siempre los hospitales fueron
el lugar de investigación fundamental del saber empírico de
la ciencia médica. Una investigación, además de ser bien lle-
vada a cabo, tiene quienes la sostienen económicamente y
quienes arman una comunidad reconocida donde se presen-
ta o intenta ser validada como saber científico. Entonces te-
nemos una comunidad que valida, un médico que progresa
en su acercamiento a la verdad, y un organismo que financia
a los recursos humanos que llevan adelante la investigación.
Esto se lo diría a los estudiantes de psicología. Pero lo que
no les diría salvo al final de la cursada es que hay una inter-
dependencia entre estos cuatro elementos: el médico, los pa-
cientes, la comunidad científica y los laboratorios y que esta
tensión se “destraba” sobre el más débil. ¿Quién es el más dé-
bil? ¿O quiénes son los más débiles?
El tema del diagnóstico es un tema de los diarios, un tema
de las facultades, un tema de los profesionales y de los pa-
cientes, es un tema de escritura y de denuncia. De extorsio-
nes, de antídotos, de infiernos y de tentaciones… El otro día
leí un texto que sostenía que en estos tiempos ya no hay na-
die que esté en el infierno, ni aún Satanás vive allí. Me re-
sultó interesante esa idea: un infierno sin moradores. Todos
nos arrogamos méritos para ir al Cielo. Todos hablamos de
nuestros derechos de consumidores, y tenemos derecho a ir
donde querramos ir… a cobrar lo que tenemos posibilida-
des de cobrar.
Las cuestiones del diagnóstico “queman” al trabajador de la
salud mental. El diagnóstico en salud mental es un problema
actual, político y personal. Estos temas que todos conocemos
cuesta hablarlos. El tiempo histórico que nos toca vivir nos
presiona para que diagnostiquemos de una manera o de otra.
Y esto es una papa caliente para psiquiatras, analistas, psicó-
logos, trabajadores de la salud mental. Es un tema que aun-
que por momentos lo “olvidamos” para continuar con nuestra
tarea cotidiana, debemos hacer público, denunciar e intentar
exorcizar los demonios que ya no viven en el infierno. 
1. Nota aparecida en Página 12, el 1 de octubre de 2006, por Pedro
Lipcovich en pagina12.com
2. Pavlovsky Federico, “La tentación”, en Topía, número de agosto
2006. Dossier: 15 años del nacimiento de Freud. Por qué el psi-
coanálisis en el siglo XXI.
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E
l límite borroso que separa a veces las neurosis graves de
las patologías límites, o bien de ambas con la psicosis, nos
hace pensar que no existen formas puras si es que tene-
mos en cuenta no solo un eje a partir del cual entender las di-
ferencias estructurales, como por ejemplo, a partir de las vici-
situdes de las corrientes psíquicas que se generan en derredor
de la angustia de castración.
Debemos hacer jugar distintos operadores clínicos que he de-
finido en mi libro Metaclínica de los Bordes como conceptos flo-
tantes. No hay duda de que la formación teórica a veces es rígi-
da y lleva a adaptar un caso clínico a modelos prestablecidos.
Esto tapona nuestra plasticidad e impide dejarnos atravesar por
la experiencia y abrirnos a diferentes teorías que han surgido
del seno del psicoanálisis y que muchas veces la burocracia que
las administra determina como no psicoanalíticas.
He propuesto también el concepto de “metaclínica” como una
actitud dinámica que consiste en poner en tensión los concep-
tos flotantes con la experiencia clínica, dependiendo de la ca-
pacidad creativa del analista para poder hacer uso de su caja
de herramientas. Entre ellas tomaré el concepto de “modos de
funcionamiento mental” y con él retomar la noción de “apa-
rato psíquico” que, en términos esquemáticos, entiendo como
una interfaz entre el soma y la realidad, siendo portadora ésta
de las significaciones socioculturales e históricas. Su conforma-
ción más o menos normal o más o menos deficitaria nos hace
pensar que dicho aparato funciona de acuerdo a ciertos me-
diadores que permiten la transcripción a través de estratos que
logran una transformación de lo que ingresa desde el interior
del aparato (soma) o desde el mundo externo.
Esta cualificación de los estímulos, que surgen de ambos ex-
tremos, se da a través de:
La red representacional cuya “arborificación” permite dar
cauce a las excitaciones.
Una delimitación plástica de los márgenes del aparato que
podemos imaginar como una membrana limitadora, una envol-
tura que es psíquica y corporal al mismo tiempo y cuya repre-
sentación intrapsíquica es la del yo corporal. Es merced a ésta
envoltura que nos vivimos como una interioridad.
A continuación, propongo la noción de “fenomenología sub-
jetiva” como metodología de abordaje para inferir estados afec-
tivos del paciente que indican cómo es vivida tanto la interio-
ridad en relación a la capacidad representacional como a sus
envolturas psíquicas.
En términos generales, el paciente neurótico soporta volver-
se sobre sí en este doble sentido, es decir, el de hacer un movi-
miento regresivo por medio de la asociación libre a esta trama
representacional y descomponerla, pues cuenta con un arma-
zón fantasmática en la que dirigir su mirada. Al volverse sobre
sí puede soportar lo que Winnicott ha llamado un “estado no-
integrado sin peligro de desmoronamiento”. El sueño, el fanta-
sear del ensueño diurno, la capacidad de estar sólo son ejem-
plos de esta capacidad.
Esta capacidad esta garantizada tanto por la trama fantas-
mática pero también porque el self puede expandirse dentro
de límites que garantizan que el quantum pulsional se man-
tenga dentro de una envoltura psíquica que opera como con-
tinente.
En las neurosis los momentos de detención asociativa, así
como la emergencia de la angustia, señalan desprendimientos
pulsionales que no encuentran ligadura representacional y que
el yo utiliza como señal.
Pero esta forma ideal del aparato no es la que encontramos en
la clínica de las patologías graves. Cuando un paciente presenta
angustias difusas, vivencias de aniquilación, vuelven a ponerse
en juego los dos tópicos señalados pero en su polo deficitario,
a saber: pobreza representacional y fantasmática.
Dificultad de volverse sobre sí por las grietas simbólicas de
un entramado representacional empobrecido y a su vez por la
amenaza de rebalsar los límites de una envoltura endeble. La
amenaza ya no es la de un desprendimiento pulsional que se
traduce en la angustia señal, sino la de una desintegración yoica.
Es lo que conocemos como angustias narcisistas y que han sido
denominadas por diferentes autores como angustias de desin-
tegración (Kohut), agonías y miedo al derrumbe (Winnicott),
angustias arcaicas o psicóticas (Klein, Bion, Bleger).
En consecuencia hallamos un modo de funcionamiento lími-
te el cual no implica inferir rápidamente el diagnóstico de bor-
derline o psicosis sino al menos el de una estructuración pre-
caria del aparato con un funcionamiento acorde. No obstan-
te muchas veces la mixtura de la clínica muestra la coexisten-
cia de los dos modos de funcionamiento en que tendremos que
discernir cual es el modo predominante.
Además, el clínico debe detectar una forma de funciona-
miento más o menos constante para diferenciarlas de momen-
tos episódicos de descompensación neurótica, que algunos au-
tores llaman “vacilación fantasmática” y que considero como
conmociones internas pulsionales y traumáticas que disparan
un quantum de excitación que excede momentáneamente la
capacidad de ligazón y conmueven temporalmente la mem-
brana envolvente.
Por el contrario, en los casos límite y en otras patologías gra-
ves el déficit es estructural merced a una constitución precaria
del aparato y en cuyo comienzo inferimos formas de funciona-
miento objetal con graves fallas en el proceso de narcisización.
En relación a esto sostengo desde el punto de vista diacróni-
co un origen simultáneo del yo y la representación: en los co-
mienzos de la vida es el otro quien opera como aparato psíqui-
co prestado devolviendo en forma cualificada las excitaciones
que surgen del entorno y del soma del infans. Un objeto sufi-
cientemente bueno permite trazar sobre la dispersión somáti-
ca una superficie extensa, consistente, cuya envoltura contie-
ne los primeros esbozos del ello. Estamos en el plano del nar-
cisismo primario.
El suministro narcisista depende de una constancia objetal
suficiente que tiene como contrapartida un retiro gradual. Es-
tamos en el plano del Fort-Da.
Escribe
Javier Wapner
wapnerwagner@hotmail.com
El diagnóstico en psicoanálisis
Fenomenología subjetiva y diagnóstico
metapsicológico en patologías límite
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Tras este retiro gradual se constituyen simultáneamente:
Un yo psíquico-corporal incipiente que opera como mem-
brana envolvente. Mantiene una relación continente-conteni-
do con el mundo interno. Opera como membrana antiestímu-
lo respecto al mundo externo.
Tras la pérdida del objeto quedan trazadas huellas mnémi-
cas que son los esbozos de la representación. Estos trazos for-
marán las primeras constelaciones que atraerán sobre sí las in-
vestiduras objetales ulteriores. Estamos en el plano de la re-
presión primaria.
En función de esto postulo que el yo y la representación son
en sí mismos inconscientes.
Ahora bien, dado el déficit en la constitución de estas ins-
tancias, no solo encontramos las angustias mencionadas pues
el sujeto activa estrategias para eludir el dolor que implica la
amenaza de su supervivencia psíquica. Mientras el neurótico
se defiende de la amenaza pulsional mediante la represión y
sus subrogados, el paciente límite escinde estas vivencias, se
atrinchera en formas esquizoides, ubica partes de su self por
fuera de sí mediante la identificación proyectiva. Y por sobre
todo trata de taponar su hemorragia libidinal con actings, im-
pulsiones, adicciones, manipulación de objetos. El neurótico,
por el contrario, puede anclar la pulsión en síntomas y formas
de compromiso más o menos estables.
¿Cómo inferimos las formas descriptas anteriormente de
funcionamiento límite?: postulo que tienen su corresponden-
cia transferencial, pues las carencias objetales que están en la
base de la estructuración psíquica –debido a las fallas del otro
primordial– generan demandas desmesuradas allí donde el
neurótico siente pudor.
Son estas formas las que Kohut ha llamado transferencias nar-
cisistas y luego transferencias del Self-Object y que se manifies-
tan por una idealización excesiva del analista o la búsqueda de
reconocimiento especular. El paciente demanda ser reconocido
en su exhibicionismo pueril o bien está atento a que el analista
no falle en las perfecciones que le son transferidas. Todo défi-
cit narcisista se traduce clínicamente en un movimiento osci-
lante dentro de la sesión entre la idealización y la desvaloriza-
ción del analista y el sentimiento de triunfo hipomaniaco o de
caída abrupta de este yo hipertrofiado o inconsistente. El pa-
ciente reaccionará entonces frente a las fallas inevitables del
analista con ira narcisista, con franca depresión o con fuertes
sentimientos paranoides.
Si en la transferencia neurótica el analista es un objeto des-
plazable, sustituíble, metonímico, en este modo de funciona-
miento pasará a ser él objeto. El clínico sentirá contratransfe-
rencialmente que tiene que poner más de sí. Oscilará entre fuer-
tes sentimientos de odio o compasión. ¡Entonces habrá hecho
el diagnóstico de un modo de funcionamiento límite!
La alternancia antedicha entre desvalorización e idealización
no debe confundirse con la ambivalencia que encontramos en
las transferencias neuróticas. Dado el mecanismo de represión
de las que preceden éstas los sentimientos hostiles se manifies-
tan en forma indirecta a través de formaciones de compromiso
(sueños, fallidos, fantasías) y no dejan de poner de manifiesto
siempre una problemática edípica subyacente.
Por el contrario el paciente límite toma al analista como ob-
jeto narcisista con demandas cuya lógica es la de todo o nada.
Las intervenciones despertarán angustias intrusivas con senti-
mientos paranoides o bien angustias de abandono con senti-
mientos depresivos.
Esta polarización es producto de estados escindidos que a
veces se suceden en la trama narrativa con enunciados con-
tradictorios que el paciente no puede unir a partir de los seña-
lamientos del terapeuta. Es en este sentido que considero que
predomina el mecanismo de la desmentida y que en casos ex-
tremos –especialmente cuando el paciente logra unir fragmen-
tos opuestos– se produce un pensamiento confusional, cuasi
delirante, dado por un spliting momentáneo y cuyo mecanis-
mo subyacente es el descripto por Bion como “ataque al vín-
culo” o por Green como “ataque” a la función objetalizante. Es
esta modalidad lo que algunos autores como Kernberg han de-
nominado “psicosis transferenciales”.
Me he referido solo a uno de los modos pertenecientes al es-
pectro de patologías límites y que en términos generales van
del polo actuador al polo depresivo. Esquemáticamente hay
tres formas predominantes:
Funcionamiento límite con predominio actuador (le corres-
ponden las características descriptas anteriormente).
Funcionamiento depresivo-dependiente. En estos pacientes
los aspectos depresivos se caracterizan por falta de fuerza vi-
tal y sentimientos disminuidos de la estima de sí. Viven pega-
dos a los enunciados desvalorizantes de los otros de los cuales
no pueden despegarse. He llamado a esta modalidad de rela-
ción “incrustación objetal mutua”.
Funcionamiento mental límite de presentación neurótica:
corresponde a lo que he abarcado dentro de la estructuración
neurótica límite. Predominan las fobias espaciales y a lo largo
del tratamiento se detecta una estructuración narcisista pre-
caria que se expresa en el sentimiento de desdibujamiento del
yo y un déficit simbólico marcado cuyo correlato es la dificul-
tad para la asociación libre.
Por último la investigación clínica muestra otras modalida-
des. Por eso he querido resaltar en este escrito la importan-
cia del diagnóstico que va desde la fenomenología subjetiva
y transferencial a la detección del modo de funcionamiento
mental predominante, es decir, al diagnóstico metapsicoló-
gico. En éste se tendrá en cuenta –entre tantos operadores–
el grado de falla objetal, la compensación de esto por algu-
no de los miembros parentales (compensación del polo espe-
cular o de la imago parental idealizadora en Kohut), viven-
cias traumáticas ulteriores por retiro brusco del objeto lue-
go de un buen comienzo (complejo de la madre muerta en
André Green). En el funcionamiento sincrónico se puede in-
ferir la desmezcla pulsional de acuerdo a las características
regresivas del cuadro, por la hipersexualización de distintas
áreas de la vida. Por este trabajo de desligazón escuchamos
una pobre trama representacional-narrativa cuya manifesta-
ción más común es la falta de historicidad y novela familiar.
Al mismo tiempo el clínico capta la endeblez de la envoltura
yoica por la hemorragia pulsional que vive el paciente y que
se manifiesta en sus angustias desestructurantes. Los modos
transferenciales indican la instalación precaria o ausente del
sistema de ideales (ideal del yo, superyo). La observación clí-
nica muestra que cuanto más deficitarias son estas instancias
mayor dependencia tiene el paciente de los otros o del pro-
pio analista.
De esta manera sostengo que debe haber una corresponden-
cia entre la fenomenología subjetiva, la transferencia y los mo-
dos de funcionamiento mental. Cuando el clínico tenga cla-
ros indicadores de estos entonces pondrá en juego las herra-
mientas pertinentes para la dirección de la cura y no expon-
drá al paciente a intervenciones “standard” pre-establecidas.
No debe olvidarse que la mayoría de las veces las consecuen-
cias de este modo de intervenir son difíciles de revertir en los
casos graves. 
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Problemas y controversias del psicoanálisis
Escribe
Juan Bautista Ritvo
juanritvo@fibertel.com.ar
“E
l falo como significante –dice Lacan en La significación
del falo–, da la razón del deseo (en la acepción en que
el término es empleado como ‘media y extrema razón’
de la división armónica)”.
En los textos de matemática la razón es definida como una re-
lación entre dos magnitudes numéricas, caracterizada como el
cociente de una magnitud por la otra. Así en 8/4 la razón es 2.
Y proporción es la igualdad de dos razones: por ejemplo 8 es a
4 lo que 24 a 12. Entonces, más en general y según una fórmu-
la que algunos retóricos han extendido a la metáfora (errónea-
mente a mi juicio
1
) A/B = C/D.
Veamos más en particular el texto del matemático Euclides ci-
tado por Ghyka
2
. “Razón es la relación cualitativa en lo que se re-
fiere a la dimensión entre dos magnitudes homogéneas. La pro-
porción (analogía) es la igualdad de razones”. Entre las propor-
ciones llamadas continuas, hay una considerada como la par-
tición asimétrica
3
más “lógica”, existe la partición denominada
“sección áurea”, que es la que se obtiene al dividir una magni-
tud en dos fragmentos asimétricos y relacionar el fragmento to-
tal con el mayor de manera tal de compararlos con la relación
entre el fragmento mayor y el menor. Así AC/AB = AB/BC. Es
lo que Euclides denominó “división de una longitud en media
y extrema razón” y cuya expresión aritmética ha sido calcula-
da por la matemática posterior con la matriz, desconocida para
los griegos, de los números irracionales, que poseen decimales
aperiódicos que no sólo dejan un resto fuera del cálculo, sino
que para alcanzar exactitud, justamente por su aperiodicidad,
deben ser calculados vez por vez. El número de oro es, como se
sabe, representado por la letra Φ (fi).
Pero, ¿basta la letra griega Φ y que sea un número irracional (y
entonces con resto), para justificar la asimilación de la sección áurea
al registro fálico, o al objeto como se hace en la Lógica del fantas-
ma? Veamos algunas dificultades elementales, pero que justamen-
te por ser elementales no podemos obviar. En el texto de Euclides
se emplea el término “cualitativa” para definir la relación como ra-
zón; término que no debe llamarnos a engaño. Es que la relación
une dos elementos cuantitativos y que poseen cualidad homogénea:
la cualidad remite a la homogeneidad tanto de la forma como del
contenido de los elementos sometidos a comparación. Por ejemplo y
para abundar: antes de la invención de la geometría analítica por
Descartes no se podían comparar elementos de la geometría (cap-
tados de manera por completo intuitiva) con los de la aritmética.
La geometría analítica estableció correspondencias que permitían
el cálculo. El término “razón” establece así nexos cuantitativos a
partir de una materia por completo homogénea.
Lo que hemos visto del falo en la primera parte de este traba-
jo muestra lo contrario: la heterogeneidad de los materiales y de
los aspectos del falo, heterogeneidad que sólo permite el uso de
“razón” en el sentido matemático de manera puramente exterior
y analógica. (No empleo aquí el vocablo analogía en el sentido
de proporción euclídea; lo hago para designar la semejanza ma-
terial. Una cosa es la simple semejanza, la que me permite esta-
blecer, pongo por caso y para dar un caso casi absurdo, la com-
paración entre una horma de queso y la luna porque las dos son
redondas, y muy otra la semejanza de relaciones.)
Sin duda se ha aplicado la sección áurea en el curso de la his-
toria a los más diversos aspectos, aunque siempre sobre elemen-
tos extensos (o susceptibles de extensión) y cuantificables: el
rostro humano, el cuerpo humano; según la célebre representa-
ción propia del Renacimiento con su visión del hombre-micro-
cosmos; a la construcción de edificios, por ejemplo el Panteón
de Roma, aunque no sea necesario ir hasta objetos tan elevados:
en la construcción corriente la distribución de las aberturas en
el frente de muchos edificios de hoy y de ayer poseen la propor-
ción áurea; y, asimismo, no es necesario mencionar el caso de la
pintura y de versos regulares que –Ghyka trae ejemplos–, tam-
bién muestran el parentesco con el número de oro.
En este punto el cálculo del número de oro viene a confundir-
se (como se confunde en el tratado de Ghyka) con el mito del
número de oro, el que encierra la pretensión ilusoria de descu-
brir en la finitud y caducidad de las cosas una especie de ley o
modelo eterno cuyos ritmos se repiten incesantemente según una
ley de proporción en la asimetría.
Ghyka confunde, como tantos y es esto algo que debemos te-
ner claro de entrada, la posibilidad de que una forma sea aplica-
ble a otra con la posibilidad de explicar una forma mediante di-
cho número.
Seguramente hay objetos biológicos que crecen según la pro-
porción áurea, pero ésta no explica el comportamiento biológi-
co ni mucho menos iguala este ejemplo a otros –tomados de la
arquitectura, de la pintura, de la música, etc.–, como si todos
fueran coordinados según una legalidad cósmica.
En este sentido la proporción áurea encarnaría la ilusión de
un falo imaginario sin tacha alguna; lo que explica la razón de
que se la llame, exaltadamente y según ritos que se emparien-
tan con las sectas pitagóricas, “divina proporción”.
(Ghyka examina según la ley áurea versos de Victor Hugo, de
Valéry y de otros, pero tal proporción no da razón de la diferen-
cia entre los ritmos de los poemas de uno y del otro. La ley in-
manente al poema, el modo en que un poema concluye, el modo
según el cual tiende hacia la conclusión, es altamente singular,
reclama de otro tipo de acceso, aunque el acceso áureo no ca-
rezca de valor.)
Sin duda la constatación de que hay una regularidad allí don-
de en apariencia reina el desorden es el comienzo de una exigen-
cia irrenunciable y las ilusiones áureas están ligadas a semejan-
te constatación. Sin embargo, es necesario pensar otro tipo de
orden y otro tipo de vínculo con el desorden y aquí puede tener
cuanto menos valor sintomático la apelación de Lacan, con ma-
yor razón si señalamos, como para indicar una orientación posi-
ble, el tenso pero visible vínculo del falo con, de un lado, el prin-
cipio de placer y su paradójica tendencia al equilibrio
4
letal, y del
otro (pero, ¿se trata de otro?) con la pulsión de muerte. 
1. Es que la metáfora proporcional debería contar con elementos homo-
géneos para respetar la regla áurea; y la retórica trabaja potenciando
lo heterogéneo en tanto heterogéneo.
2. Véase el cit. libro de Ghyka, en el primer capítulo del primer tomo.
3. La asimetría es esencial porque diferencia las proporciones dinámicas
o asimétricas de las estáticas o simétricas.
4. Siguiendo una sugestión de Michel Serres, podríamos hablar de homeorre-
sis ( el mismo ritmo) en lugar de homeoestasis ( el mismo estado).
El falo se dice de varias maneras (Segunda parte)
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HOMENAJE A
ENRIQUE PICHON-RIVIÈRE
Por Emilia Cueto www.elSigma.com
Isidoro Vegh
Desde su óptica y su recuerdo, ¿quién fue Enrique Pichon-
Rivière?
Enrique Pichon-Rivière fue un maestro, un psicoanalista, que
supo transmitir en acto lo que es esperable de alguien que pasó
por un análisis, que transitó la obra de Freud, que fue conmovido
por el decir freudiano, y a quien su propia práctica también le retor-
nó como un estímulo para encontrarse con el límite de eso que los
psicoanalistas llamamos la castración y con lo que ese límite suele
causar: la creación, el acto creativo, la reflexión novedosa.
¿De qué manera se ha visto influenciado por el encuentro
con su figura y su obra?
Tuve la suerte de encontrarlo siendo yo muy joven, casi un ado-
lescente. Cuando lo escuché por primera vez, el psicoanálisis co-
menzaba a presentarse en mi vida como un camino posible. Suce-
dió en un anfiteatro de la Facultad de Medicina, donde yo cursaba
los primeros años, y Pichon-Rivière exponía algo de su concepción
psicosocial a la que en esos años estaba consagrado. Me sorpren-
día, por un lado, la cantidad de gente que acudía a escucharlo, con
una actitud de respeto y en algunos hasta de veneración. Pero esa
primera charla no me impresionó demasiado. Por ejemplo, José
Bleger que era un gran psicoanalista, discípulo de Pichón-Rivière,
explícitamente así reconocido, tenía una presencia mucho más im-
pactante. La actitud de Pichón-Rivière era más bien la de alguien
que presentaba un humor y una soltura, dando a entender que eso
de lo cual hablaba lo había recorrido generosamente, sabía de lo
que hablaba. Pero la presentación que hacía de sus ideas no era
una presentación brillante o descollante. Fue con el tiempo, cuan-
do entré a su escuela, cuando lo escuché en múltiples conferen-
cias y clases, que pude descubrir la magnitud de su pensamiento
y cómo ese pensamiento, a su vez, se encarnaba en su modo no
sólo de transmitir su enseñanza sino incluso en su vida.
Pichon-Rivière también jugó un papel importante en la inser-
ción de Jaques Lacan –a quien conoció en 1955– en nuestro
ámbito, a través de Oscar Masotta. ¿A su criterio qué fue lo
que le despertó interés del maestro francés?
Creo que en esos encuentros, de Pichon-Rivière con Lacan,
de Pichon-Rivière con algunos seminarios de Lacan, que luego
se los ofreció a Oscar Masotta que estaba en ese tiempo en su
casa, son un ejemplo de lo que, siguiendo a Aristóteles, llamamos
el desencuentro feliz, la dystychia feliz. Son encuentros inespera-
dos cuyo resultado, sin embargo, es propiciatorio. Pichon-Rivière
nunca transitó de un modo riguroso y extenso la obra de Lacan,
apenas recorrió algunos textos, algunas versiones hechas por dis-
cípulos de Lacan, pero creo que nunca llegó a alcanzar la impor-
tancia de los desarrollos lógicos que Lacan hizo, por ejemplo, de
los grandes mitos freudianos. Creo que, más bien, la afinidad se
sustentó en el hecho mismo que produjo ese encuentro. Cuando
Lacan lo invitó a su departamento le dijo “le voy a ofrecer un re-
galo que sé que usted va a apreciar”. Y llamó a su vecino, que era
Tristán Tzara, el fundador del dadaísmo, luego uno de los gesto-
res del surrealismo, y fue una retribución a algo que el movimien-
to surrealista y Lacan también valoraron, el texto que Pichon-Ri-
vière había escrito sobre la vida y la obra del conde de Lautrea-
mont. Creo que más bien lo que hizo posible, lo que propició el
deseo de ese mutuo encuentro, tuvo que ver con el gusto com-
partido por el psicoanálisis pero también el gusto compartido por
el encuentro del psicoanálisis con el arte y específicamente con
esa vertiente surrealista.
¿Se podría pensar a la técnica de grupo operativo, que se
gestó en el Hospicio de la Merced, como una herramienta
precursora en el intento de un anudamiento posible en las
psicosis?
Creo que la técnica de grupo, específicamente de grupo ope-
rativo, es una mostración más de que en la psicosis –pero yo me
animo a decir que también en la neurosis– hay algo en la red sim-
bólica que nos habita que es incastrable, que no puede resolver-
se solamente con la interpretación y que precisa de la creación
de dispositivos –en algún lugar Lacan los llamó artificios– que se
juegan en la dimensión de lo Real. Sin duda que Pichon-Rivière
cuando entró a trabajar en el Hospicio de la Merced –son muchí-
simas las anécdotas que cuentan de su creatividad y también del
rechazo que recibió– introdujo en el tratamiento biologista, con que
hasta ese entonces se enfrentaba a la enfermedad mental, inno-
vaciones que abrieron un surco que consideraron también al psi-
cótico con el derecho de situarse como un sujeto.
Para finalizar, -¿qué anécdotas rescataría de su vinculación
con Pichon-Rivière?
No sé si en este momento me viene el deseo de recopilar anéc-
dotas. Más bien lo recuerdo en múltiples encuentros, inclusive
cuando iba a su casa para corregir, en una tarea imposible, cua-
tro conferencias que había dado sobre Familia y Psicoanálisis. Lo
recuerdo dando sus charlas sobre Van Gogh. Lo recuerdo trayen-
do infinidad de libros como acompañantes fóbicos que, por su-
puesto, ponía sobre el escritorio y jamás consultaba ninguno. No
los precisaba, los tenía incorporados. O lo recuerdo enfermo, in-
ternado, yéndolo a visitar y a saludarlo, y él recibiéndome con un
gesto generoso, valorando la visita. Lo recuerdo alguna vez que
yo iba con la pedantería propia de la juventud diciéndole: “pero
maestro, esto que usted dice está cuestionado por Politzer” –ha-
cía poquito que Bleger había hecho publicar los libros sobre Psi-
cología concreta de ese gran psicólogo y honesto militante fran-
cés, muerto en la resistencia en la lucha contra los nazis–, y Pi-
chon respondiéndome tranquilo y haciéndome la verónica como
él decía que había que hacer: “Sí, tiene razón, pero sabe qué pasa,
Politzer dijo muchas cosas”. Y yo, con mis atropellos propios de
juventud, yéndome un poco enojado pero al mismo tiempo inter-
pelado por esa respuesta de Pichon. También lo recuerdo rega-
lando a diestra y siniestra sus famosos encendedores, siempre
en esa actitud generosa de dar, de entregar, de ofrecer. O lo re-
cuerdo siendo él el gran maestro Pichon-Rivière y yendo conmi-
go y otros colegas, un grupo de jóvenes, a comer juntos a Pip-
po y escribiendo en los manteles esa espiral dialéctica que nun-
ca tenía que cesar.
A cien años de su nacimiento y treinta de su muerte, Imago Agenda rinde
homenaje a Pichon-Rivière. Se reúnen aquí testimonios de tres intelectuales
acerca de quien fuera pionero de la psicología social en la Argentina.
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Alfredo Moffatt
Desde su óptica y su recuerdo, ¿quién fue Enrique Pichon-
Rivière?
Fue el creador de la psicología social que, en este momento de
crisis y destrucción del entramado social, es el enfoque que per-
mite resolver la sociopatología. Creó un concepto, no sólo de psi-
copatología, sino de sociopatología. Incluyó el macro-análisis y el
grupo operativo que es el instrumento para reconstruir el entrama-
do social y permite ir tejiendo lo vecinal y lo comunitario.
Además, grupo operativo es el instrumento eficiente para resol-
ver la nueva problemática de la patología familiar.
¿De qué manera se ha visto influenciado por el encuentro
con su figura y su obra?
Fue mi maestro fundamental porque me transmitió un nuevo
paradigma en el enfoque de la problemática de salud mental. De
base existencial donde el hombre es una historia que se proyec-
ta hacia su futuro, esto permite afrontar la nueva patología basa-
da en el concepto de incertidumbre, camino muy directo hacia la
resolución de las crisis agudas.
¿Cuáles son las características de su personalidad que para
usted se recortan más vivamente?
Su concepción humanista con una enorme sensibilidad para el
dolor y su disponibilidad para curar fuera de los moldes académi-
cos convencionales. Era un terapeuta desconcertante, desde su
creatividad, por encontrar caminos alternativos.
De Pichón se puede decir que, como un maestro Zen, transmi-
tía sus saberes a través de anécdotas paradojales.
Pichon-Rivière también jugó un papel importante en la inser-
ción de Jaques Lacan –a quien conoció en 1955– en nues-
tro ámbito a través de Oscar Masotta, ¿a su criterio qué fue
lo que le despertó interés del maestro francés?
Fue al revés, Pichón le dio a Oscar un artículo para que lo le-
yera y Masotta que venía del estructuralismo, lo desarrolló (acla-
ro, que tengo conocimiento de esto porque fui amigo de Maso-
tta). Por lo que yo sé Pichón y Lacan se vieron muy pocas veces
y no influyó en él.
Dentro de sus desarrollos teóricos se recalca el de “enferme-
dad única” a partir del cual considera a la “depresión como
situación básica patogénica y a las otras estructuras pato-
lógicas –configuradas sobre la base de una estereotipia de
las técnicas del yo (mecanismos de defensa) característi-
cas de la posición esquizo-paranoide– como tentativas fa-
llidas e inadecuadas de curación”, ¿Cuál es su pensamien-
to sobre estas formulaciones?
Con Pichón tenía una única disidencia que la confrontábamos,
yo sostenía que la enfermedad única no era la depresión sino la
fragmentación del yo, es decir la esquizofrenia. Yo suponía que
era natural que estas hipótesis científicas nos separaran porque
él tenía una base depresiva y yo una base esquizoide, (cada uno
concebía el mundo desde su núcleo yoico más arcaico).
Para finalizar, ¿qué anécdotas rescataría de su vinculación
con Pichon-Rivière?
Una vez le dije: “Enrique vos sos como un padre para mí” (un
padre intelectual) me miró a los ojos y me dijo: “¿Sabés una cosa?
a veces quisiera ser hijo tuyo”. En el momento yo me desconcer-
té y después me di cuenta que me otorgaba el permiso de crecer
y ser padre y él descansar pudiendo ser hijo.
Vicente Zito Lema
Desde su óptica y su recuerdo, ¿quién fue Enrique Pichon-
Rivière?
Alguien que podía ser un niño y jugar al “salto perpetuo” entre
los bordes del cielo y los bordes del infierno. A veces caía en el
abismo y desde allí nos miraba, con una soledad terrible. Otras
veces abría el libro de la vida y nos enseñaba a leer, o mejor, nos
incitaba a descifrar el lenguaje misterioso de la muerte, sin temor,
como si se tratara simplemente, de un nuevo juego...
Usted ha publicado Conversaciones con Enrique Pichón-Ri-
vière sobre el arte y la locura. ¿Cómo se gestó este libro?
El desencadenante fue un encuentro fortuito y a la par deseado
en el medio de una avenida, tratando de evitar, sin gracia y a los
tumbos, que los autos nos convirtieran tan rápidamente en “pol-
vo de estrellas”... , y traigo aquí la música, hay música en este re-
cuerdo. A pesar de la diferencia de años, celebrando la amistad
que nacía, decidimos trabajar juntos, no dudo que Lautreamont y
Sócrates nos ampararon.
Hoy, a más de treinta años de aquel libro, puedo decir que a
veces la arrogancia está en la pregunta y la humildad brota des-
de la respuesta.
¿De qué manera se ha visto influenciado por el encuentro
con su figura y su obra?
Sigo creyendo que los maestros existen, que es un rol cultural
tan histórico como necesario. Pichón no se presentaba como un
maestro, y hasta se reía, y fuerte, casi con enojo, si alguien lo co-
locaba en ese espacio. Pero el sabía que lo era, que andaba por
este mundo abriendo senderos en la espesura, desafiando a las
buenas y a las malas conciencias, y que su praxis se había con-
vertido en un ejemplo, un ejemplo peligroso, pues incitaba, y aún
incita, a compartir su búsqueda de la verdad profunda. Y como
maestro nos enseñó: esa búsqueda de la verdad es el inicio de
todas las causas. Y como maestro nos dio una advertencia: cada
uno, y en su tiempo, deberá darle sentido a sus propias experien-
cias y palabras.
¿Cuáles son las características de su personalidad que para
usted se recortan más vivamente?
Su capacidad, diría que de esencialidad artística, para ser co-
herente aún en la contradicción. Su vida no fue una línea recta;
pagando un duro precio, hizo de su cuerpo una espiral dialéc-
tica, de su pensamiento una diosa de dos caras, de su destino
una caja de Pandora. Y sin embargo, y fiel a si mismo, incluso en
la peor adversidad, mantuvo fuerzas y una ansiedad poética que
le permitieron “planificar la esperanza”, hasta en el último de sus
hermosos días. 
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El goce: satisfacción de la pulsión. Lacan introduce de ma-
nera conceptual la categoría de “goce” a lo largo del Semina-
rio 7. En un pasaje que transcribimos a continuación planteó
por primera vez que con la palabra goce, tal como estaba em-
pezando a precisarla teóricamente, designaba la satisfacción
de la pulsión:
“El problema del goce, en tanto éste se presenta como hun-
dido en un campo central de inaccesibilidad, de oscuridad, de
opacidad, en un campo cercado por una barrera que hace di-
fícil su acceso, tal vez imposible, en la medida que el goce se
presenta no pura y simplemente como la satisfacción de una
necesidad, sino como satisfacción de una pulsión, en la medi-
da que este término necesita la elaboración compleja que tra-
to de articular ante ustedes”.
1
En este pasaje Lacan hace referencia a los dos sentidos de
la palabra “goce” que hemos distinguido. Un sentido objetivo:
el goce “se presenta como hundido en un campo central de in-
accesibilidad, de oscuridad, de opacidad”, es decir, el lugar to-
pológico de la Cosa; y un segundo sentido que se refiere a una
experiencia subjetiva alcanzada específicamente en la “satis-
facción de una pulsión”.
En sus primeros seminarios, Lacan se dedicó a distinguir tres
grandes categorías vinculadas a la tendencia: necesidad, de-
manda y deseo. La pulsión no figura en esa tríada ni se iden-
tifica con ninguna de las tres. Por esa época, lo concerniente a
la satisfacción de la pulsión era mencionado como “el más allá
del deseo”. Ahora bien, en el pasaje del Seminario 7 que es-
tamos analizando introduce una definición crucial: la pulsión
obtiene su satisfacción al penetrar en ese “campo central” in-
cognoscible y transgrediendo el cercado impuesto por la de-
fensa. Dado que el mencionado campo oscuro e inaccesible es
donde está alojada das Ding, se deduce que la pulsión se sa-
tisface en el “encuentro”, definido como imposible, del sujeto
con la Cosa de goce.
Lacan define el lugar topológico de la Cosa como el “cam-
po central del goce”, alojada en la más extraña intimidad del
sujeto. Este campo del goce, lo real primordial del sujeto, está
protegido por el Principio del placer.
La función misma del Principio del placer es algo que se im-
pone a la transferencia de cantidad [de energía] de Vorstellung
en Vorstellung, para que siempre la mantenga en la periferia, a
cierta distancia de eso alrededor de lo cual en suma gira, ese
objeto [das Ding] a reencontrar... Ese retorno es una suerte de
retorno mantenido a distancia.
2
El Principio del placer gobierna la búsqueda del objeto [das
Ding] y le impone sus rodeos, que conservan su distancia en
relación a su fin.
3
En la óptica de Lacan, el Principio del placer comporta un sis-
tema de protección y evitamiento del goce pulsional. La pulsión,
en consecuencia, sólo puede alcanzar su fin cuando el Princi-
pio del placer fracasa. Por ello, la satisfacción pulsional es al-
canzada en el seno de una experiencia traumática de pérdida,
de desprendimiento, de separación, etc.
En el pasaje citado del seminario sobre la ética, la experien-
cia subjetiva relativa al goce pulsional queda de hecho defini-
da como un encuentro, un gozoso y sufriente encuentro, del
sujeto con el objeto profundamente perdido. ¿Cómo es posi-
ble afirmar que el sujeto logre alcanzar ese goce situado, pre-
cisamente, en un lugar estructuralmente definido como impo-
sible? Pero, si la Cosa resultara absoluta y radicalmente inac-
cesible a la experiencia, como afirman muchos autores, ¿por
qué la señal de angustia sonaría para informar al yo del peligro
ante la proximidad del goce?, ¿qué sentido tendrían las defen-
sas frente a la pulsión si ésta estuviera destinada de antema-
no a no alcanzar nunca su fin? La defensa ante el goce es fun-
cional al yo porque la satisfacción de la pulsión no está conde-
nada a no realizarse nunca. A veces llega a su meta. Pero des-
mentir que sea imposible que la pulsión alcance el objeto per-
dido no implica afirmar que ello sea posible. La satisfacción de
la pulsión pertenece a un orden singular de acto psíquico que
definimos, con Lacan, “realización de lo imposible”.
El goce de la pulsión: realización subjetiva de lo imposible.
El Principio del placer regula el acceso del sujeto a lo que del
goce entra en los márgenes de lo posible; pero lo que lo que se
presenta del goce como posible, lo que está permitido e inclu-
so prescripto por el Otro, requiere que deje un resto de goce
Colaboración
Escribe
Norberto Rabinovich
rabnor@arnet.com.ar
El campo central del goce
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afuera, en el dominio donde el goce se presenta como imposi-
ble, sede de la Cosa. Lo que estamos afirmando es que la pul-
sión atraviesa el cerco de lo posible y alcanza lo imposible, es
decir lo real:
“Lo que está en juego en la pulsión se revela por fin aquí; el
camino de la pulsión es la única forma de trasgresión permitida
al sujeto con respecto al Principio del placer. El sujeto advertirá
que su deseo es sólo un vano rodeo que busca pescar, enganchar
el goce del Otro, por cuanto que al intervenir el Otro, advertirá
que hay un goce más allá del Principio del placer”.
4
La ley del Principio del placer se conjuga con la ley del de-
seo del Otro. Pero hay otra ley de un orden diferente, la ley de
repetición de lo real, cuyo dispositivo de base es la pulsión. En
el Seminario 11, Lacan explica:
“Lo real se distingue, como dije la última vez, por su separa-
ción del Principio del Placer, por su desexualización, por el he-
cho de que su economía, en consecuencia, admite algo nuevo,
que es precisamente lo imposible”.
5
En el mismo seminario profundiza el vínculo entre lo real,
como lugar de lo imposible, con la Befriedigung del sujeto al-
canzada a través de la pulsión:
“Esta satisfacción es paradójica. Cuando la miramos de cer-
ca, nos damos cuenta que entra en juego algo nuevo, la catego-
ría de lo imposible, la cual es, en los fundamentos de las con-
cepciones freudianas, absolutamente radical. El camino del su-
jeto –para pronunciar aquí el término sólo en relación al cual
puede situarse la satisfacción– pasa entre dos murallas de lo
imposible”.
6
Una primera muralla es subjetiva, sitúa el goce como una di-
cha excepcional de la cual el sujeto se encuentra privado y con-
sidera imposible de conquistar. Aquí, la imposibilidad se tradu-
ce como impotencia subjetiva. “Es demasiado para mí”, “eso
no es posible” dirá el neurótico cuando pone su mira detrás de
la frontera. La segunda barrera de lo imposible es de estruc-
tura: la Cosa es lo imposible de apresar, imposible de hacerla
entrar en la realidad simbolizada. El ser hablante teme cuan-
do se aproxima demasiado a ese “más allá”, pues intuye que
allí hay algo desconocido, peligroso, sin límites, loco. A veces,
cuando un acto lleva al sujeto más allá de la realidad fantas-
mática, el fugaz encuentro del sujeto con su real de goce le ge-
nera una sensación de extrañeza: “¡No puedo creerlo!”, “¡Me
parece imposible!”.
Hay una diversidad de campos de recuperación del goce
dentro del Principio del placer. El resorte que orienta su mul-
tifacética búsqueda se sostiene en la aspiración general de re-
mediar una carencia, llenar alguna falta; se traduce subjeti-
vamente como “lo que hace falta”. Este “goce que hace falta”
se presenta habitualmente como un imperativo al que el su-
jeto no debe faltar, porque si falla allí, lo cual sucede cuando
goza con “lo que no hace falta”, queda en falta con el Otro.
Gozar, en sentido estricto, se refiere a “el goce que no hace
falta”, el que se presenta como un exceso, el que no tiene nin-
guna utilidad, goce liberado de la atadura a la demanda del
Otro. Por ello, la realización de este goce conlleva una pérdi-
da narcisista en la medida que el sujeto se excluye de tapón
de la falta en el Otro y queda en posición de inservible. El
“goce que no hace falta” constituye un extravío a la exigen-
cia neurótica de asegurar el goce del Otro. Por ello se lo ima-
gina como un goce pernicioso, con el rostro del exceso, per-
judicial, fuera de lo esperable.
La categoría lacaniana de “goce del fantasma”, sostén cen-
tral de la ilusión del goce del Otro, está inscripta en la lógica
del Principio del placer. Llamativamente, se trata de una refe-
rencia conceptual que inunda la literatura lacaniana sobre el
goce y muchas veces es considerada como “el Goce”. Para La-
can, sin embargo, constituye una variante defensiva frente a lo
que estamos precisando como goce en sentido estricto.
“Los fantasmas representan para nosotros la misma barrera
con respecto al goce.”
7
“La mujer sabe un poquito más que nosotros en lo que con-
cierne al hecho que el fantasma y el deseo son precisamente
barreras al goce.”
8

NOTA: el presente texto se corresponde con desarrollos del volumen Lágri-
mas de lo Real. Un estudio sobre el goce de próxima publicación.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
1. Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis. Seminario VII (1959-1960),
Paidós, Buenos Aires, 1988. Texto de la Clase Nº 7, del 13-01-
1960.
2. Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis. Seminario VII (1959-1960),
Paidós, Buenos Aires, 1988. Texto de la Clase Nº 5, del 16-12-1959,
p. 73.
3. Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis. Seminario VII (1959-1960),
Paidós, Buenos Aires, 1988. Texto de la Clase Nº 5, del 16-12-1959,
p. 73.
4. Jacques Lacan, Los cuatro principios fundamentales del psicoanálisis
(1964), Barral, Madrid, 1977, p. 188.
5. Jacques Lacan, Los cuatro principios fundamentales del psicoanálisis
(1964), Barral, Madrid, 1977, p. 173.
6. Jacques Lacan, op. cit.
7. Jacques Lacan, De otro al Otro. Seminario XVI (1968-1969). Traduc-
ción: Grupo VERBUM. Inédito. Texto de la Clase Nº 22, del 04-05-
1969.
8. Jacques Lacan: El objeto del psicoanálisis: Seminario XIII (1965-
1966). Traducción: Pablo Román –Inédito–. Clase Nro 21 (08-06-
1966).
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EL PSICOANALISTA LECTOR por Pablo Peusner (php@dialup.com.ar)
“No, la reflexión de Freud no es humanista. Nada
permite aplicarle este término. Sin embargo, es
tolerante y de temperamento; es humanitaria –
digámoslo– pese a los malos resabios de esta pa-
labra en nuestra época. Pero curiosamente no es
progresista, no ofrece ningún testimonio de un
movimiento de libertad inmanente, ni de la con-
ciencia ni de la masa.”
(Jacques Lacan, Discurso a los católicos, Ed. Pai-
dós, Bs. As, 2005, p.42.)
O
tra vez, como tantas, el psicoanálisis está en la mira
de la opinión pública. En esta ocasión el ataque pro-
viene de las neurociencias. Todo el mundo está ente-
rado y no ha dejado indiferente a nadie excepto a... ¡los psi-
coanalistas! –y la excusa repetida es que no han tenido tiem-
po para leer ese nuevo libro que concentra todos los ataques–.
Si uno no sabe que lo atacan, si “finge ignorar” que es objeto
de asalto, no tiene motivo alguno para defenderse.
En Argentina la mayor parte de los analistas permanecen
impasibles a la situación. En Francia, sede del ataque, hubo
dos tipos de respuesta: por un lado la respuesta corporativa,
que eligió publicar su defensa en términos del “anti-ataque”
(libro que, curiosamente, aún no cruzó el Atlántico aunque su
enemigo lleve ya varios meses entre nosotros). Por otro lado,
hay intentos personales. Uno de ellos apunta a preguntarse
“por qué hay tanto odio” –cuestión que aplasta el problema
reduciéndolo a una manifestación afectiva–; otro parafrasea
a Sartre y afirma que “El psicoanálisis es un humanismo”.
Hace falta atravesar la contundencia de un título tal para en-
contrar un texto lleno de frescura y actualidad. A la vez, el li-
bro brinda un panorama de la obra de Jacques Lacan claro y
conciso, sin oscuridades. Por supuesto que la autora se desli-
za entre la referencia filosófica al existencialismo, su punto de
encuentro con el humanismo y la fundamentación del estruc-
turalismo, pero creo que su propuesta es seria y original, a la
vez que permite reflexionar –un ejercicio escasamente practica-
do hoy en los textos de los analistas–. Entonces, bajo el modo
de dos breves ensayos (“El sujeto y el psicoanálisis” y “El or-
den simbólico”), Hélène L’Heuillet, miembro de la Asociación
Freudiana Internacional, aborda los problemas originados en la
articulación del psicoanálisis y el humanismo: “Este humanis-
mo es de orden ético. Consiste en considerar siempre al hom-
bre como un sujeto y en no reducirlo jamás enteramente a un
objeto. (...) El alcance ético del psicoanálisis es una dimensión
de la enseñanza de Lacan que la moda estructuralista ocultó,
incluso cuando resultaba fundamental.”
1
El libro realiza una revisión acerca del problema de la res-
ponsabilidad del sujeto desde la perspectiva del psicoanáli-
sis: “Que el sujeto del inconsciente no sea autónomo es un
hecho: él no se dicta su propia ley [...], no es causa sui. Pero
esto no implica irresponsabilidad alguna [...] Si está trama-
do de lenguaje, los males que lo han marcado con su impron-
ta no han sido tan desafortunados sino en razón de la mane-
ra en que los ha entendido. El sujeto en análisis hace la ex-
periencia de ser interpretativo y le imputa una intención so-
bre él a una instancia superior cualquiera que no existe en
ninguna parte. La ‘maldición’ es obra suya y no de las estre-
llas, y a él le corresponde aprender a ‘bien decir’ y a trans-
formar su infortunio en bendición.”
2
La cita es extensa pero
ilustra bien el argumento, sin dejarlo agotar en la máxima
del “hacerse cargo”.
El problema de la dependencia también es abordado a lo
largo del texto. Obviamente, se trata de una rectificación de
las acusaciones que habitualmente recibe el psicoanálisis por
crear en sus pacientes “dependencia” al analista. Haciendo
gala de un fino lacanismo, en pocas líneas queda claro que...
“la dependencia que el sujeto en análisis es llevado a reco-
nocer no es del orden de la realidad. (...) Es una dependen-
cia de estructura respecto del lenguaje, y únicamente del len-
guaje. Si es cierto que el sujeto del psicoanálisis no es autó-
nomo en sí mismo, en la realidad no tiene que instalarse, sin
embargo, en la dependencia.”
3
Siguen páginas acerca del sentido de la alteridad, otras en
que se revisan binarios clásicos de la obra lacaniana (yo-su-
jeto, moi-je, transferencia-sugestión, etc.), para llegar a un
análisis acerca de la “felicidad” que –curiosa y afortunada-
mente– es realizado incluyendo la noción de sexualidad pro-
piamente analítica.
El segundo ensayo, titulado “El orden simbólico” es una es-
pecie de refutación del materialismo. Quizás sea en estas pá-
ginas en las que mejor se capte que el libro es una respuesta
a la situación de actualidad no sólo planteada por el ataque
ya citado, sino por los problemas propios de una época en que
los psicoanalistas están obligados a tomar posición ante fe-
nómenos nuevos: fecundación asistida y matrimonio homo-
sexual, son los ejemplos elegidos por la autora para lanzar la
pregunta fuera del orden moral. Más allá de la concordancia
con sus argumentos, lo valioso es que los tenga y los compar-
ta. Uno, con el que nos encontramos a diario en el consulto-
rio: “... el psicoanálisis no retorna a una sacralización de la
biología. Al contrario, poniendo el acento en la inscripción del
niño en el linaje simbólico demuestra que todo niño, en tanto
le es dado un lugar, siempre es un niño adoptado.”
4
Hélène L’Heuillet sin dudas ha respondido. Y ojalá muchos
otros psicoanalistas lo hagan. No para darle entidad a nuestros
enemigos –lo que resulta inevitable– sino porque la ocasión
es bienvenida para volver a reflexionar. Quizás no acordemos
plenamente con la autora... Quizás su humanismo no sea el
humanismo clásico... Pero conviene respetar a quienes toman
posición, puesto que contribuyen al debate. Sólo resta esperar
que en poco tiempo, cuando la editorial Letra Viva ponga a dis-
posición este libro en nuestro idioma, más lectores puedan re-
correrlo y, quizás, adquirir el valor para escribir su propia res-
puesta. Porque siempre... liber enim librum aperit. 
__________________________
* Aparición: agosto de 2007, traducción de Pablo Peusner.
1. L’Heuillet, Hélène. La psychanalyse est un humanisme, Grasset, París,
2006, p. 19.
2. Ibíd. p. 34.
3. Ibíd. pp. 40-41
4. Ibíd. p. 97
Nada es tan negro como parece...
A propósito de El psicoanálisis es un humanismo, de Hélène L’Heuillet, Letra Viva Editorial*
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l hecho de que “Pasiones y sus destinos” comience con
un foro de discusión, hace de este entre-lazo, entre lo
oral y la escritura, un tiempo de síncopa, también un
tiempo de re-flexión. Marca la hiancia entre lo que se escu-
cha y lo que se lee. Marca también un tiempo de compromi-
so, muchos de los que hoy estamos aquí, participamos de ese
encuentro , que hoy vuelve a hacerse público de otra manera.
Solidarios en el hecho de renovar la apuesta a que el lazo so-
cial entre analistas sea cuestión a crear cada vez, creación que
es singular y colectiva al mismo tiempo. Involucra a cada cual
en la responsabilidad que conlleva el hecho de decir.
Esto hace del nombre propio, otra cosa que tentempié nar-
cisista, sitúa un lazo que no es anónimo, que compromete
a quien habla, a quien pregunta, a quien responde. Quiero
nombrar, entonces, a los que participaron del foro, y a aque-
llos que aportaron sus artículos, con la apuesta a que las palabras no se las lleve el vien-
to, y que la publicación cree un modo de intercambio, que, tal como propone Martín Vi-
condoa en el editorial, se autorice de otra cosa que de líderes o políticos ,lo cual no quie-
re decir sin maestros, a condición de saldar con gratitud una deuda reconocida simbólica-
mente como tal...
Irene Di Matteo, Haydée Heinrich, Elisa Marino, Nora Trosman, Guillermo Vilela y Mar-
tín Vicondoa abrieron con sus presentaciones el debate y pusieron su palabra en el desa-
rrollo de la discusión Los nombro, con el fin de invitarlos a sostener la apuesta. De aquí en
más los olvido para seguir los hilos de mi lectura.
¿Qué se discutió entonces, en este foro que es la apertura y obertura de esta revista?
El tema de las pasiones. Término que arrastra múltiples significaciones, que resuenan en
las ponencias e intervenciones. En el recorte más abarcativo que puedo hacer, el debate fue
ciñendo una serie de preguntas, partiendo de la más general ¿qué puede decir el psicoaná-
lisis de las pasiones, las que en el trasfondo de la racionalidad instaurada por los griegos,
tuvo en el devenir Oxi-dental distintas suertes? No parece ser que la revista transmita, ni
en el debate inicial ni en los artículos posteriores, la idea de que la pasión tenga un lugar
estructural en el psicoanálisis.
Sí, a mi entender, se transmite, lo que la sub-versión del sujeto, solidario del discurso
del analista, trastoca, sin por ello desconocer los lugares discursivos en los que la pasión
fue entretejiéndose con los hilos de la razón, con la que tuvo diversos modos de maridaje,
y distintos destinos. A partir de la razón freudiana, destino que importa comparar y tam-
bién diferenciar con el tratamiento dado por la filosofía, la religión y también la creación
literaria. Fuentes, todas ellas, de riquísimos argumentos.
Cada época tiene sus propios sueños, pesadillas y despertares. Con respecto a la pasión,
el contrapunto Freud- Spinoza, marca un nudo necesario.
Lectura retroactiva, la que desde el inconciente freudiano, permite situar el lugar que Spi-
noza da al deseo y a la alegría de una pasión que conlleva el obrar, a diferencia de la pesa-
dez de la melancolía y de una tristeza no ética. Dos discursos que tienen sus puntos de ca-
pitón, pero que se diferencian por su práctica.
Despertar y horror del acto, las críticas a Freud y Spinoza, resis-
tencia encarnada de modo diferente en cada época…, pero tam-
bién en cada cura y en el discurso mismo.
El psicoanálisis sitúa en transferencia y en la singularidad de cada
cura, muchos de los interrogantes y planteos de la cultura, la que for-
ma también parte del fantasma de cada cual. Situar la pasión como
significante, con sus taxonomías y prescripciones morales, cede el
paso a considerar que no hay pasión que no sea del sujeto- parle-
trero, que por ser tal se arroga un ser- del que carece. 
Fragmentos de la presentación de Olga Prósperi.
Participaron con sus artículos: Jorge Balmaceda, NoraCasas, Marité Colovini,
Adriana Covili, Demetrio Demirdyian, Irene DiMatteo, Aída Dinerstein, Marité-
Ferrari, Carlos López Echagüe, Daniel Paola, Marcelo Peluffo y Celia Rocca.
Fluctuat Nec Mergitur (Número 4)
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D
olor y sufrimiento son dos conceptos que tienen su lu-
gar, su entidad en el reflexionar filosófico y que relevan
de la filosofía moral.
En la diacronía del reflexionar filosófico sobre el sufrimiento,
podríamos decir que las grandes morales de la Antigüedad re-
chazaban todo valor al dolor. Hay que evitarlo según Epicuro, y
soportarlo, porque es inevitable, para los estoicos.
Es sólo con el pensamiento cristiano
que el dolor alcanza un valor ético y es-
tético, ya que le otorgaría al hombre su
valor espiritual. La presentación del pen-
samiento católico sobre el problema del
sufrimiento ha tenido a menudo una
apariencia “dolorista” según el neologis-
mo acuñado por Pierre Souday, portan-
do incluso cierto tinte masoquista. Se lo
ha presentado como un castigo por el pe-
cado, como una prueba enviada por Dios
o, aún, como una bendición para aque-
llos que Dios ama. Sin embargo, según la
mayoría de los teólogos contemporáneos,
el Evangelio parece más bien presentar el
sufrimiento como un mal: un mal a eliminar, en toda la medida
de lo posible, pero a aceptar, según el ejemplo de Cristo, cuan-
do es inexorable o está ligado a la prosecución de proyectos de
vida, o al respeto de valores morales y espirituales.
Cada filosofía propone una interpretación del sufrimiento que
permita conocer la paz interior. Cada religión y cada secta tie-
nen también su percepción al respecto. Me referiré brevemente
al mensaje del Buda. Se resume en cuatro nobles verdades: el
sufrimiento es un hecho universal, la causa profunda del sufri-
miento es el deseo, no los deseos particulares como los de comer,
caminar, gozar, sino el deseo global de estar en plenitud, de no
tener límite; la solución al problema del sufrimiento es la de al-
canzar la raíz del deseo y, por último, el sentido de la vida mo-
ral y de la búsqueda espiritual es estar en camino a la cesación
del deseo. El dolor de existir es la evidencia original que les per-
mite a millones de hombres, como lo señala Lacan, sostener las
prácticas de salvación que se fundan en la fe al Buda.
Con la gran escansión que produjo la instalación del discur-
so científico y la muerte de Dios, la filosofía se ve llevada a re-
flexionar en la actualidad, en el ámbito en que esos dos concep-
tos se ponen en juego que es el campo de la medicina. Es éste el
estado de la reflexión filosófica en relación al dolor, además de
otras concepciones que se mantienen en el campo que califica-
remos en sentido lato de humanista.
Sólo en el siglo XIX la medicina se ocupó del sufrimiento, si por
sufrimiento se entiende la resonancia moral y afectiva constata-
ble en el padeciente. La entrada del sufrimiento como tal en el
discurso médico y el formar parte de sus preocupaciones es pro-
ducto de una operación que corresponde al devenir histórico y a
su movimiento dialéctico. En la sincronía, la medicina que nom-
bramos científica propone como respuesta al problema del su-
frimiento el desubjetivizarlo. Ello no implica indiferencia, como
nos haría pensar la frase de Leriche: “Lo que menos cuenta en
la enfermedad es el hombre”. Muy por el contrario, esta opera-
ción de desubjetivación permitió el empleo y el descubrimiento
de la anestesia y de los antiálgicos. Así, en 1846, Morton hace
la primera anestesia pública con éter y, en 1847, Snow asiste el
parto de la Reina Victoria con cloroformo.
Esta operación de desubjetivación produce, entonces, la apari-
ción en lo Real de los analgésicos, pero el sufrimiento queda re-
ducido al simple dolor; surgiendo de ello, como diría Kuhn, un
paradigma: un modelo que se apoya enteramente en la noción
de lo lesional, el modelo de la noxa. Paradigma de la medici-
na positivista, constituye un presupuesto mayor que reba-
sa ampliamente nuestro tema. Se trata de lo que está en
juego en la larga discusión de la que participa Freud en
relación a la histeria: lesión para Charcot, simulación
para Babinsky y, más tardíamente, Bleuler y Freud
en relación a la psicosis.
Auguste Comte, el mayor exponente del posi-
tivismo francés, felicitaba a Broussais por haber
tenido el mérito de decir finalmente y clara-
mente, sin dejar lugar a dudas, que toda en-
fermedad no va más allá de sus síntomas;
no hay entonces desarreglo de las funciones
vitales sin lesión de órgano ni de tejidos, no
hay nada dentro de la enfermedad que la fi-
siología no pueda explicar.
En este carrefour se ubica la reflexión de Freud acerca del do-
lor, adoptando una perspectiva que no responde al paradigma
lesional. El modelo del dolor físico que Freud conservó desde
el «Proyecto...» hasta «Inhibición, síntoma y angustia», pasando
por «Más allá del principio del placer», es el siguiente: el dolor
es el resultado de la efracción, de la aparición de una solución
de continuidad repentina de los sistemas neuronales que prote-
gen el aparato psíquico y que tamizan las excitaciones que pro-
vienen de él.
El trauma sigue el mismo modelo, pero en él la efracción es
generalizada. Para ligar, fijar, de alguna manera, ese flujo de
excitaciones y la consecuente brecha que se abrió en el apara-
to psíquico, se movilizarán energías de contrainvestidura narci-
sística equivalentes a la energía invasora. Este intento de liga-
zón se hará a expensas del conjunto del sistema, que se encon-
trará empobrecido en términos proporcionales. Por eso, el do-
lor tiene un límite, sea del cuerpo o del yo, y en eso se diferen-
cia del displacer, ya que en él sólo habría aumento de excitacio-
nes en el sistema.
Al estar advertido de la instalación del paradigma lesional,
Freud pudo proponer un modelo que da cuenta tanto del dolor
físico como del sufrimiento.
Lacan nos enseñó que todo lo excluido por la ciencia y, que es
de la dimensión del sujeto, retorna en lo real. Damos por ello la
bienvenida a los analgésicos, sin que por ello podamos dejar de
tenerlo en cuenta en la reflexión atinente a los comités de ética,
los especialistas en dolor, las unidades de cuidados paliativos,
los debates sobre la eutanasia y, más ampliamente, en la consi-
deración de los efectos de la disyunción entre dolor y sufrimien-
to en la praxis médica. 
PuntoCom
Psicoanálisis y Tecnociencia
Sección coordinada por
Mario Pujó
Escribe
Elena Lacombe
hlacombe@argentina.com
Dolor y sufrimiento
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TEXTOS FILOSÓFICOS
Dossier
Martin Heidegger
3
ra
época - 40
ma
parte
Compilador: Rogelio Fernández Couto
1997 - 2007
67. Max Müller a Martin Heidegger
Seminario Filosófico I (primera sección)
de la Universidad de Munich
8 Munich, 15 de diciembre de 1964
El director
Prof. Dr. Max Müller
¡Muy venerado, querido Sr. Heidegger!
Muchas gracias por sus amistosas líneas del 11 de diciembre. De
hoy en una semana nos vamos nuevamente “con toda la familia”
a Breitnau por dos semanas; esperamos todos con mucha ilusión
la estancia en la Selva Negra. Adjunto quiero en-
viarle cuatro pequeñas fotos que fueron tomadas
en agosto de este año. Las dos fotos de su cabaña
en Todtnauberg fueron tomadas el 28 de agosto
de este año, cuando yo caminaba a Todtnauberg
con mi esposa y dos de mis asistentes. Ahí nos en-
contramos a su nieto de Tubinga delante de la ca-
baña, mientras que su mamá estaba ya ocupada
con la limpieza final. Como paralelo, dos fotos de
nuestra casita de Breitnau, cuyo estilo resultó un
poco menos urbano que su refugio de Todtnau-
berg. Pero el paisaje, a pesar de la altura de alre-
dedor de 1000 metros, es diferente y más suave
que el de Todtnauberg. Aún no pierdo la esperan-
za de poder llevarlo con el auto de Todtnauberg a
Breitnau, si es posible, con su esposa.
La tercera edición de Existenzphilosophie [Filo-
sofía de la existencia] se la envié el pasado vier-
nes, o bien el viernes partió de aquí. Por supues-
to, el título es totalmente malogrado; esto lo he remarcado otra vez
de manera exhaustiva en el epílogo. Pero ya que el libro, bajo este
infeliz título, ha tenido un éxito tan extraordinario, nunca hubie-
ra podido apartar al editor de este título. Por lo demás, no está mal
que se note desde qué puntos de partida inadecuados el autor, con
todo, se ha aproximado cautelosamente más a la cercanía del pro-
blema. Después de las grandes generalizaciones y minimizaciones
del primer tercio pensado demasiado pedagógicamente, creo lle-
gar en la segunda parte con todo a algunas cosas, que son esencia-
les. Quizás las contribuciones individuales del libro están demasia-
do pensadas para aquellos hacia los que éste una vez estaba dirigi-
do, y estos eran aquellos que se esforzaban filosóficamente dentro
del espacio católico, los que deberían ser desprendidos de una for-
ma pasada de la neoescolástica. Para mí mismo la tercera edición
es una etapa importante en cuanto cierra un determinado periodo
y me libera ahora espacio para algo “espontáneo-propio” [Unbefan-
gen-Eigenem]. Si el año próximo la obra Transzendentale Erfahrung
[Experiencia trascendental] está terminada, quiero seguir con el vo-
lumen de metafísica de la serie Orbis. Éste no debe llegar a ser una
historia de la metafísica, sino presentar las etapas de la propia au-
toconciencia y de la reflexión del saber de las figu-
ras metafísicas respectivas, y explicar eso por me-
dio de textos reproducidos. Al mismo tiempo que
esta metafísica debe salir la segunda edición mo-
dificada de Sein und Geist [Ser y espíritu]. Cuando
todo esto esté hecho, y para entonces será 1967,
entonces quiero hacer algo muy peculiar que en
el fondo todavía no está permitido normalmente a
mi edad. Con el título de Leben und Begriff [Vida y
concepto] quiero componer un escrito autobiográ-
fico, en cuyo centro sin embargo no está de ningu-
na manera el autor, sino el que quiere presentar
por medio de esta vida casual-e-individual aquellas
corrientes, direcciones y figuras espirituales (filo-
sóficas y no filosóficas), con las cuales se encontró
esta vida entre aproximadamente 1915 y 1965 de
manera despierta y consciente. Cuando se escribe
algo así, entonces eso es por cierto el signo de que
en su totalidad quizás uno haya estado observan-
do en forma vigilante, abierta e inteligente, pero con todo más re-
ceptivo que propiamente productivo y original. Pero ciertamente es
mucho mejor reconocer algo así de manera clara y modesta y agra-
decer por la suerte de haber podido encontrar algo realmente pro-
ductivo y creativo en el pasado y el presente.
No sé si ya he expresado en una de las cartas anteriores mi de-
seo principal: ¿podría invitarlo en 1965 a una conferencia y a un
Martin Heidegger
Cartas a Max Müller
LETRA VIVA LIBROS. Av. Coronel Díaz 1837 (1425) Buenos Aires, Argentina. Telefax 4825-9034
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seminario con mis estudiantes? Creo que un tal encuentro con la
gente joven de hoy no solamente puede significar muchísimo para
ellos, sino ser interesante también para usted. La tonta habladuría
callejera de Frankfurt del Sr. Wiesengrund-Adorno, quien quiso ex-
plicarlo a usted recientemente en el Münchener Merkur a partir de
la pequeña burguesía alemana y de su situación sociológica, encon-
tró aquí generalmente rechazo. En mi tercera edición de Existen-
zphilosophie [Filosofía de la existencia], en la página 92-93, breve-
mente he rechazado como tonto e inadecuado el intento análogo
de Wiesengrund, de ubicarlo a usted en el romanticismo del movi-
miento juvenil. Pero de hecho, ¿qué nos importa esa gente?
Que en todas las divisiones de las etapas de su propio crear le dé
horror y miedo a usted una “escolástica heideggeriana”, lo entien-
do muy bien ya que aquí el río continuo de una historia vital y de
pensamiento que realmente fluye es llevada a congelarse y a cua-
jarse para que lleguen a ser posibles tesis escolares en lugar de un
acompañar análogo. Probablemente jamás se podrá evitar por com-
pleto tal cosa; pero el libro de Richardson es, en comparación con
su artículo, infinitamente más relajado y con ello también más ade-
cuado y más respetuoso.
Ahora le deseo a usted y a su venerada esposa, felices y meditati-
vos días de fiesta y permanezco con los mejores saludos en el nue-
vo año 1965.
De nuestra familia a ustedes
Su siempre agradecido,
Max Müller
_________________________________________________________
68. Max Müller a Martin Heidegger
Seminario Filosófico I (primera sección)
de la Universidad de Munich
8 Munich, 3 de junio de 1965
El director Geschwister-Scholl-Platz 1
Prof. Dr. Max Müller
¡Querido Sr. Heidegger!
Disculpe usted que el cuaderno del Anuario filosófico [Philosophis-
ches Jahrbuch], en el cual está también reproducida su carta a Ri-
chardson, apenas ahora le sea enviado. Supuse que con las separa-
tas le había llegado a usted también este cuaderno. Ya que esto re-
sultó un error, repongo aquí el envío. El Anuario filosófico comienza
a imponerse gradualmente: ya que somos la única revista filosófi-
ca de Alemania que puede publicarse sin ningún subsidio, con todo
y que la antigua generación de clérigos y catedráticos de institutos
desaparece más y más y de estos grupos profesionales no sale una
nueva generación; pues sus intereses se dirigen ahora cada vez más
a la psicología y sociología.
El lunes estuve en la lección inaugural de Rombach en Würzbur-
go. Él se ha defendido muy bien. Y esta pequeña Universidad me
pareció de repente infinitamente más bella y deseable que la gigan-
tesca empresa de Munich. En una estancia reciente en Ravensburg
supe para mi alegría que usted hablará dentro de poco en Wein-
garten. ¿Existe la posibilidad de que usted también viniera dentro
de poco a Munich con mis estudiantes? Puede estar seguro de que
su estancia, honorarios y circunstancias externas estarían lo mejor
preparadas. Me interesa ante todo el círculo de los jóvenes aquí y
no el gran público.
Pasado mañana nos vamos nuevamente a la casa de Breitnau por
unos días. A usted y su querida esposa deseo felices días de Pente-
costés y permanezco con los mejores saludos.
Siempre suyo, Max Müller
_________________________________________________________
69. Martin Heidegger a Max Müller
Martin Heidegger
Friburgo de Brisgovia – Zähringen
12 de junio de 1965
Querido Max Müller:
Le ofrezco disculpas si le externo mi agradecimiento por los ob-
sequios tan tarde y sobre todo insuficientemente. Desde hace me-
ses estoy con buena condición ininterrumpidamente en el trabajo y
por eso debo abstenerme de estudiar en la forma que se debe aque-
llo que me llega de otros autores. Pero me alegro sobre el éxito de
su libro –aparecido por primera vez en 1949. Cómo debe y puede
ser utilizado el título “Metafísica”, sobre eso no hay ningún precep-
to. Cuando pregunto “¿Qué es metafísica?” entonces ya no pregun-
to metafísicamente; todavía menos hay una metafísica de la meta-
física que una física de la física.
Deseo mucho que a su “preludio” muy pronto siga el “acto” pro-
metido; sólo entonces se podrán debatir las distintas posiciones.
Cada vez más frecuentemente me enfrento al asombro de que yo
excluya de mi pensamiento el “mundo” judeo-cristiano. Aunque se
afirma que la filosofía contemporánea no puede pensarse sin aquel
mundo. Pero aquel mundo no ha determinado la filosofía, sino que
la filosofía griega ha influido la interpretación de aquel mundo –si
para mutuo beneficio o daño, quiero dejarlo abierto.
Aquí se alza la antigua cruz [crux], la pregunta por la relación
entre fe bíblica y pensar.
Se dice: en la fe juega también un pensar. Cierto, ¿pero pensar
en qué sentido?
En el sentido de que yo opine algo creyendo; pero lo que la fe
“piensa” en este sentido, lo cree y no lo puede “pensar” en el senti-
do del pensar que piensa; ni siquiera debe intentar pensarlo, si la fe
se entiende a sí misma, esto es, si cree.
Jugar la “comprensión del ser” del Antiguo Testamento contra la
filosofía, es fantasmagoría. La fe no tiene absolutamente nada que
ver con la comprensión del ser como tal.
Con su trabajo Sein und Sohn [Ser e hijo], anteriormente planea-
do, usted aportaría ciertamente puntos esenciales a la clarificación
de la mezcla de posiciones totalmente distintas que hoy nuevamen-
te recrudece. No hay ninguna “filosofía cristiana”; lo que así se lla-
ma es teología, y ésta lo es solamente cuando permanece teología
bíblica, cuyo l ógoç permanece un decir creyente, que tampoco ne-
cesita de ninguna filosofía del lenguaje.
La conferencia en Weingarten está pensada para los profesores
principiantes y ya fue pronunciada frecuentemente en tal círculo.
De otra manera ya no acepto ninguna conferencia. Por eso le pido
que entienda si no puedo ir a Munich. Debo ser ahorrativo con el
tiempo que aún me queda.
Le envío muchos saludos a usted y a su esposa con muy cordial
agradecimiento por todos sus esfuerzos –también en nombre de
mi esposa.
En antigua fidelidad
Suyo, Martín Heidegger 
_________________________
Extractado de Martin Heidegger. Cartas a Max Müller y Bernhard Welte. Uni-
versidad Iberoamericana. México. Trad. Ángel Xolocotzi, Carlos Gutiérrez.
4964-2434
Consultorios en alquiler
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