RADAR I 15. 6.

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al socialismo, un Marx que leía en Epicu-
ro y su filosofía de la naturaleza la posibi-
lidad misma de encontrar un fundamento
físico a cuestiones de índole ética: la liber-
tad contra la necesidad, la individualidad
contra la generalidad de la caída en línea
recta, la posibilidad de autodeterminarse
contra la determinación dada. Y es que la
elección misma del tema responde a una
oposición a Hegel y a su lectura: si Hegel
había colocado en sus formulaciones a los
escépticos por encima de los estoicos y
epicúreos, Marx iba a dar vuelta el plan-
teo y a encontrar en el epicureísmo un
modelo de filosofía volcada al mundo que
no se quedaba en la mera especulación ra-
cional, una filosofía que, en alguna medi-
da, también apuntaba a la praxis. Ade-
más, y casi desde un planteo que está co-
nectado con la fuerte influencia que los
trabajos de Baruch Spinoza habían tenido
en los filósofos alemanes de los primeros
años del siglo XIX, esta forma de pensa-
miento claramente respondía a una abier-
ta búsqueda de la felicidad en contra de la
tristeza y el sometimiento que representa
esa otra forma de pensamiento que tiende
al determinismo natural y, por ende, reli-
gioso. Basta recordar que mientras Demó-
crito se quitó los ojos para evitar que el
mundo lo molestara en el desarrollo de
sus pensamientos, Epicuro, en la hora de
su muerte, tomó un vaso de vino puro y
se metió en una tina con agua caliente.
Los debates propios del siglo XX en
torno de la segmentación de la obra de
Marx giran siempre en torno de la misma
cuestión: dónde termina el Marx huma-
nista y dónde empieza el científico. Louis
Althusser, por caso, entendió la diferencia
entre el Marx de los Manuscritos económi-
co filosóficos de 1844 y el de El capital por
un “corte epistemológico” que deriva del
descubrimiento de eso que llamó “plusva-
lía”. Digamos: el joven Marx estaba toda-
vía atado a una lectura subjetivista que ol-
vida la fría dureza de los datos objetivos
relevados por el “viejo” Marx. Leer esta
tesis y confrontarla con estos planteos
permite observar que, en última instancia,
no son tanto las condiciones objetivas y
su determinismo lo importante para el
cambio, sino que es el hombre el respon-
sable de llevar ese cambio al mundo. Mal
que les pese a algunos, los jóvenes siempre
terminan teniendo la razón.
de justicia indudable: las cosas son así
porque es necesario que sean así.
¿Cuál es la diferencia que establece Epi-
curo en esta teoría? En principio, ubicaría
un tercer movimiento localizado entre la
caída en línea recta y la repulsión, un mo-
vimiento que el filósofo griego llama “de-
clinación”. La declinación es un movi-
miento mínimo por fuera de la línea rec-
ta, hacia el costado, que no responde a esa
línea necesaria, sino que se escapa de ella
casi por una cuestión de azar. Y si hay
azar, la necesidad no puede regirlo todo,
el determinismo natural no es una regla
que toda la creación cumple a rajatabla: el
azar en el ser, desde la lectura del joven
Marx, rápidamente abre la posibilidad de
ser entendido como azar del pensar. Diga-
mos: de un pensar libremente que puede
darse a sí mismo la propia forma de su lí-
mite, ya que la declinación es efectiva-
mente un movimiento que supera el ser
(Dasein) dado, abstrayéndose de él y de
sus restricciones. Las consecuencias prác-
ticas de este planteo ontológico son claras:
la filosofía de Epicuro, por ejemplo, fun-
damenta la búsqueda de la ataraxia, esto
es, la felicidad e imperturbabilidad del al-
ma, evitando lo malo y lo dañino y aspi-
rando optativamente por lo bueno. Marx,
vía Epicuro, observa que tal perspectiva
también permite pensar las asociaciones
libres de personas en lo político y la amis-
tad como un fenómeno dependiente de
este “darse libremente” de la declinación.
Para decirlo mal y pronto: hay contrato
social a nivel atómico.
Con prólogo de Ronaldo Vielmi Fortes
(de la Universidade Federal de Minas Ge-
rais) y traducción y notas de Esteban Ruiz
(de la UBA), la presente edición de la te-
sis doctoral de Karl Marx nos permite re-
visar los tempranos acercamientos de un
pensador que todavía no se había volcado
Diferencia entre la filosofía
de la naturaleza de
Demócrito y la de Epicuro
Karl Marx
Gorla
124 páginas
MARX INICIA
En su juventud, Marx dedicó más de dos años a su tesis
de doctorado, centrada en indagar las diferencias entre la
filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro.
Este tema, en apariencia tan específico, fue la llave para
abrir la puerta del azar, de la libertad, de lo no
determinado en la acción humana. Una pequeña
revolución del pensamiento que hoy sigue despertando el
interés de los especialistas y que, más allá de la filosofía,
puede leerse en la esfera de la política y la acción.
POR FERNANDO BOGADO
P
ocos filósofos están dotados de ju-
ventud. Dentro del imaginario so-
cial, la mayoría de ellos aparecen
ya ancianos y con todo un sistema cerra-
do y autosuficiente que nos distancia de
las condiciones reales de la producción
de su pensamiento: ¿sintieron dudas?
¿Sufrieron las penas de ver su “sistema”,
sus “ideas”, chocar con el mundo real y
sus limitaciones? ¿En qué condiciones
pensaron lo que pensaron y cómo traba-
jaron con sus respectivas influencias? Son
preguntas que muchas veces aparecen re-
sueltas de la manera más burda en el re-
sumen biográfico, donde las “influen-
cias” son apenas modos de pensar redes
conceptuales a la hora de un resumen y
no el trágico diálogo intelectual sufrido
por un joven que, en un momento deter-
minado y por circunstancias varias, tuvo
que elegir y distanciarse del confort que
siempre representa la doxa filosófica para
atreverse a decir “no estoy de acuerdo”.
La publicación de Diferencia entre la filo-
sofía de la naturaleza de Demócrito y la de
Epicuro, la famosa tesis doctoral de Karl
Marx de 1841, nos permite sopesar cuá-
les son los rasgos marxistas en la tempra-
na obra de alguien que, a duras penas,
todavía no era “Marx”.
Karl Marx, entusiasmado por la pers-
pectiva de conseguir un puesto de profe-
sor en la Universidad de Bonn (según
cierta información que le había pasado
un compañero de la denominada “juven-
tud hegeliana”, Bruno Bauer), llevó ade-
lante entre 1839 y 1841 la redacción de
esta tesis de doctorado, la cual le permi-
tió obtener el deseado título en abril de
1841, en la Universidad de Jena. El obje-
tivo central del texto es observar la dife-
rencia entre los planteos del filósofo res-
ponsable del atomismo, Demócrito (460
a.C.-370 a.C.), y Epicuro (341 a.C.-270
a.C.), quien fue considerado a este res-
pecto apenas un mero repetidor de los
planteos de su antecesor. En su tesis,
Marx se encarga de señalar que hay una
diferencia sumamente importante en el
planteo del segundo con respecto a las
observaciones del primero y que esa dife-
rencia aparece borrada o rebajada en las
glosas y comentarios que la tradición fi-
losófica ha tenido con respecto al trabajo
de estos dos pensadores, de Aristóteles a
Cicerón, y de ellos hasta Hegel. Para De-
mócrito, los átomos poseen dos movi-
mientos que responden a una mecánica
natural que opera bajo la lógica de la ne-
cesidad: la caída en línea recta —algo
que, luego de Newton, podríamos llamar
“gravedad”— y la repulsión. Junto con el
átomo, una unidad mínima e imposible
de separar, existe también el vacío, y es a
partir de la combinación de átomos y de
una cuestión meramente cuantitativa
que se dan las cosas en el orbe, origina-
das por un “torbellino” creador que com-
binó los átomos en un primer lugar. O
sea, todo lo existente parte de esta com-
binación atómica regida por la necesidad
natural, la cual es, también, una forma

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