EL HOMBRE Y SU DESEO NATURAL.

Por: Jorge Alberto Meza Peralta.
Hoy nos encontramos en un mundo que ha invertido el orden moral, sobre todo respecto al hombre
como cuerpo, se ha llegado a un sensualismo y un pseudo erotismo, digo pseudo porque no proviene
del Eros en su sentido humanista, tal como había dicho Platón. Claro, que ante esta inversión del
orden, no podemos quedarnos al nivel psicologista –donde se pretende aliviar todos los males del
hombre contemporáneo conforme van surgiendo, pero sin ir más allá de la simple conducta, sin
mostrar su fuente con claridad y buscando siempre represiones del individuo, no es que este nivel sea
malo, simplemente es insuficiente– sin ver lo que como cultura venimos arrastrando de fondo, es decir,
«raramente se individualiza con claridad en el fundamento último, la raíz de aquellos males…» y
justamente, como Giovanni Reale (filósofo italiano actual), decimos que todos los males que sufre el
hombre de hoy tienen su origen en el Nihilismo que tanto predicó Nietzsche.
Este nuevo orden moral, pues, hace que la felicidad ya no sea la posesión del Bien, o la vida beata
en la posteridad, sino que ahora la felicidad es reducida a la satisfacción de lo corporal, incluso en
quienes profesamos fe en la Vida Beata en la eternidad. Por eso mismo le llamamos hedonismo
sensualista, pero nuestro hedonismo entraña la desgracia y el fracaso –en cuanto echan por tierra lo
más humano: la razón y su capacidad de amar– incluso ya desde la antigüedad Heráclito puede
reprocharnos nuestra actitud frente al sensualismo corporal: “si la felicidad consistiera en los placeres
del cuerpo, llamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran algarrobas para comer”. Tal desgracia
y fracaso la debemos a que hemos perdido la noción de lo humano como creatura y peregrino en este
mundo, la mayoría de las gentes no aspiramos ya a lo eterno y más trascendente del hombre: el amor.
Y «no hay que asombrarse, pues, que la crisis de valores sin precedentes que ha embestido al hombre
contemporáneo no haya preservado al amor y lo haya casi desarraigado» (G. Reale), pues en esto
consiste precisamente, la transmutación de valores, el nihilismo arriba mencionado. Así, pues, la
ideología propia de este milenio, impone los deberes de ser bellos y felices, evaluando todo desde el
punto de vista de la belleza… Pero no la belleza del alma que pretendía Platón, sino la que impone el
régimen moderno: la no-vejez del cuerpo y su figura delgada, o bien, más torneada que la de un
maniquí, claro, todo esto bajo un pseudo erotismo.
Al alma embellecida por las virtudes hoy le hemos querido cambiar por el cuerpo plastificado con
agentes externos a nuestra naturaleza. Eso indica que tarde o temprano la superficialidad de nuestra
cultura, o nuestras vidas en particular, acabarán por sumirnos en una terrible agonía, más terrible que
la del pecador que se sabía merecedor del infierno en la edad media o que era elegido para un acto de
fe por la Santa Hermandad. De hecho se ve la agonía en la religiosidad supersticiosa actual, fruto del
desconocimiento de Dios y del mismo hombre, precisamente recuerdo las palabras del prof. Jesús Ma.
Herrera: “Quien no conoce a Dios a cualquier “wey” se le hinca”. Así también a cualquier placer se
entrega.
Tales palabras, tan profundas y asequibles, muestran la necesidad que tenemos de dar un sentido al
amor en nuestros días, de superar el pseudo erotismo, con amor hacia los demás –y para no caer en los
excesos de un permisivismo finalizado en sí mismo y de un puritanismo exclusivamente reaccionario;
sin mutilar al hombre, es decir, su parte de deseo– pues lo que deseamos, más que los cuerpos es la
Belleza y en ella también la inmortalidad. Así el Eros, que es natural en el hombre, no es un pseudo
erotismo que busca ciegamente el sensualismo; es el deseo de la Belleza y del Bien, del Bien en cuanto
nos lleva a crear el alma bella. También Eros es «el deseo de Dios que está inscrito en el corazón del
hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre
hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar» (C.E.C. 27).
Es, asimismo, el que nos impulsa en la búsqueda de la Verdad, de la dicha eterna, a vivir en la libertad.
Después de esto podremos preguntarnos ¿Quién querrá amar al placer sensualista en lugar del Bien o
el Amor, o porqué se ha de seguir aferrado a los placeres embrutecedores? Platón mismo nos responde:
“El alma que se ha abandonado a las corrupciones de la tierra, y que tiene dificultad de elevarse de las
cosas de este mundo hasta la perfecta belleza por la contemplación de los objetos terrestres que llevan
su nombre; antes bien, en vez de sentirse movida por el respeto hacia ella, se deja dominar por el
atractivo del placer, y, como una bestia salvaje, violando el orden eterno, se abandona a un deseo
brutal, y en su comercio grosero no teme, no se avergüenza de consumar un placer contra la naturaleza.