Ética Nicomáquea, libro I I , Aristóteles

Aristóteles entiende por término medio aquello que equidista igualmente de cada uno de sus extremos,
ya sea con relación a su objeto, ya sea con relación a nosotros. El justo medio con relación al objeto es
el mismo para todos los hombres, en cambio, en justo medio con relación a nosotros, se da en función
de nuestras disposiciones, y por ello es de carácter relativo. Ahora bien, en lo relativo al hombre, el
justo medio que se pretende alcanzar es el que está dado en función de las virtudes morales, que trata
de los afectos y los actos del hombre. Entiendo por virtud moral, todos aquellos hábitos que se
ejecutan en función de un principio racional, y que se eligen en la medida que encierran un bien.
Entiendo por bien, todos aquellos actos que, en relación con la moralidad, se realizan atendiendo al
justo medio, es decir, atendiendo a aquellos actos que no se dan por exceso ni por defecto, por
demasía o por escasez. Si el bien podemos definirlo así, es porque toda facultad y toda disposición del
hombre se perjudica, se destruye o languidece por el exceso el por el defecto. Aristóteles lo expresa
con toda lucidez: en lo que concierne a la fuerza corporal y al ejercicio, un hombre que se ejercite en
demasía cansará los músculos y los malogrará, a su vez, un hombre que poco se ejercite tendrá una
disposición física débil y deficiente. En cambio, un hombre que se ejercite con frecuencia y con
moderación, logrará una condición y una disposición física óptimas. Así debemos entender el bien y
el justo medio. Multiplicar más ejemplos es innecesario.
Si los actos se ejecutan en función de un principio racional, entonces se tiene conocimiento, no sólo
del porqué del acto, sino de en función de que se actúa. Si la virtud moral está dada en función del
hábito, y uno se hace, digamos, valiente o temperante llevando a cabo actos de templanza o valentía,
estos actos se deben hacer con conocimiento de lo que sea la valentía y la templanza, y elegir la
valentía y la templanza deben darse en la medida en que estamos conscientes de que ello encierra un
bien para nosotros. El concepto del bien es ambiguo, y es necesario precisarlo, no obstante,
contentémonos con la definición provisional que hemos dado para continuar. Ahora bien, Aristóteles
es muy cuidadoso en lo que respecta al justo medio, ya que le precisa que no todos los actos tienen
una justa medida, ya que hay algunos que, por su naturaleza, son malos en sí mismos. En sociedad, el
homicidio se califica como malo, en la medida en que es perjudicial para el orden social, y porque es
un atentado contra el divino derecho de la vida, por decirlo de alguna manera. Decimos, en el
contexto aristotélico, que el homicidio por su naturaleza es malo en sí y por sí. Según Aristóteles, no
podríamos concebir una justa medida para el homicidio, estableciendo al mismo tiempo un criterio de
cuándo matar se da por exceso y cuando se da por defecto, porque el acto de matar ya es malo de por
sí, de otro modo “habría justo medio en el exceso y la deficiencia, un exceso en el exceso y una
deficiencia en la deficiencia”.

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