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ÀEl mundo ha vivido equivocado?




Librados a nuestra suerte frente a la adversidad, todos somos un poco salvajes. En
tales circunstancias, es probable, incluso, que sea la fuerza lo que termine imponiendo
un orden. Pero es innegable que somos sujetos relativos a una historia, y que existe una
contigŸidad y una sociabilidad vinculadas a nuestra incomplŽtude originaria y a nuestra
condici—n de seres parlantes que aœn en situaciones adversas, recupera la experiencia
colectiva, propone el di‡logo y proyecta modelos sociales m‡s ricos que los que se
sustentan en la fuerza. Lo podemos ver cuando hay inundaciones o cualquier otro
desastre natural, donde sin duda hay situaciones gobernadas por la desesperaci—n, pero
en general son casos aislados si los comparamos con la enorme solidaridad que suele
socorrer y sacar adelante a los damnificados. A pesar de este reflejo social, que no es
nuevo ni se reduce a las situaciones de cat‡strofe, la antropolog’a filos—fica dominante,
parte de la idea de un sujeto signado por el ego’smo, la agresividad, la ambici—n, la
rivalidad y el deseo de gloria. Es el correlato de una sociedad regida por la l—gica de la
guerra, donde lo pol’tico s—lo sublima una violencia constitutiva e insalvable. Esta
concepci—n, con ra’ces que se remontan al nacimiento de la epistŽme, ha sido suscripta
por muchos te—ricos sociales, desde Maquiavelo a Friedman, pasando por Hobbes,
Smith y Freud. Por supuesto, hubo voces disidentes, del mismo modo que hubo una
corriente post-iluminista que se encarg— de advertir que no podemos definir la
Naturaleza Humana a partir del patriarcado y los v’nculos de la adultez, sin tener en
cuenta que Ònacemos de un vientre materno antes que del cerebro de un fil—sofoÓ var—n.
Como tampoco podemos explicar la Sociedad a partir de una estructura de
funcionamiento aparente, organizada en torno a un centro rector donde todo queda
subordinado a la misma unidad ontol—gica y a un origen-fin fijo, ll‡mese Dios, Hombre,
Idea, Esencia, o Verdad. Esa cosmovisi—n fue muy œtil para una especie que, marcada
por la incertidumbre, necesit— una estructura organizacional eficaz y ordenadora. Pero,
como todo sistema que se precie, reprodujo y favoreci— los comportamientos que
estaban contemplados en su esquema. En ese contexto no es extra–o figurarse que los
seres humanos tendemos naturalmente a la contracci—n, la intriga, la acumulaci—n y el
c‡lculo. ÀQuŽ otra actitud se puede esperar de quienes crecen en un sistema
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jerarquizado, dominado por la hostilidad econ—mica, la desigualdad de oportunidades y
normativas orientadas al disciplinamiento? Presuponer que la gente es ego’sta se vuelve
una profec’a que se autocumple si s—lo consideramos los sistemas que concentran el
poder y proporcionan libertad para actuar individualmente, mientras recusamos los que
favorecen la construcci—n colectiva y la bœsqueda del bien comœn.
ÀEsto quiere decir, como dec’a el personaje de Fontanarrosa, que el mundo ha
vivido equivocado y que somos buenos por naturaleza? No. Pero tampoco podemos, a
esta altura, desestimar un sinnœmero de pr‡cticas epocales que con fuerza instituyente,
est‡n 1] abriendo el juego a una antropolog’a intersubjetiva divergente, 2] modificando
el entorno y las posibilidades de un espectro social y territorial cada vez m‡s amplio, y
3] reformulando la estructura cognitiva que define las condiciones de posibilidad del
saber. Los mayores recordar‡n, sin ir m‡s lejos, que prestar un CD equival’a a quedarse
sin el disco. Pero la socializaci—n de las redes P2P y la digitalizaci—n de la mœsica en
formato MP3, cambiaron las condiciones y las oportunidades. Hoy cualquiera puede
compartir con muchos la mœsica que tiene en su PC sin costo y sin pŽrdida alguna; del
mismo modo que puede disfrutar el variado tesoro musical que esos muchos ponen a
disposici—n del mundo. En el paradigma de la econom’a neocl‡sica ese intercambio es,
adem‡s de un acto punible, una transacci—n motivada por el interŽs y la especulaci—n
personal. Pero, Àpor quŽ restringir las posibilidades de transacci—n al Òintercambio
competitivoÓ, y no considerar lo que Polanyi, asumiendo un car‡cter pol’tico y un
concepto de lo comœn diferentes, llama ÒreciprocidadÓ y Òredistribuci—nÓ? Pretender
que la humanidad se niegue a percibir y disponer los mœltiples beneficios de la cultura
colaborativa, no s—lo pone de manifiesto una filiaci—n ideol—gica coactiva y
conservadora, tambiŽn demanda una renovaci—n argumentativa para oponerse a un
potencial de intercambios f‡ciles, provechosos, sin mayor costo y cada vez m‡s
extendidos. En este sentido, el universo conceptual y disciplinar que disponemos para
mediar en esa y otras tensiones, es limitado Ðen tanto que anclado en una vieja
epistŽmeÐ y obsta el di‡logo con pr‡cticas que presentan un creciente sustento social y
que producen retumbos institucionales Ða esta alturaÐ insoslayables. Se puede observar-
vivenciar en el desfasaje de la norma jur’dica, pero tambiŽn en la crisis de la pedagog’a
y los modelos de producci—n, en la configuraci—n institucional y en la falta de marcos
interpretativos para abordar la complejizaci—n social. Sumado a esto, el espectro de
respuestas religiosas y/o seculares que permit’an percibir e interactuar con el mundo de
un modo m‡s o menos homogŽneo, ya no alcanza a satisfacer lo que demandan las
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preguntas actuales. Esta merma general en el rendimiento de la cosmovisi—n dominante,
como es l—gico, modifica la relaci—n de fuerza que la hac’a prevalecer sobre otras
maneras de habitar el mundo. Es decir, tiene una dimensi—n pol’tica evidente que
desaf’a los reflejos condicionados, en la medida que no se trata de una irrupci—n
violenta ni de un actor social cl‡sico que representa una ant’tesis dentro de un proceso
dialŽctico.
Dicho esto, quienes abundamos en las ciencias sociales nos enfrentamos a
encrucijadas que comprometen algo m‡s que puntos de vista. Podemos, al amparo de
instituciones inmutables Ðque las hayÐ, negar el anacronismo de nuestra expertise y
seguir trabajando para mejorar el rendimiento de disciplinas que se asimilan a pr‡cticas
contables y herramientas de servicio. Podemos seguir inscribiendo el presente en la
larga decadencia de occidente y, mientras gritamos junto al coro de almas bellas que
Google nos est‡ volviendo estœpidos, continuar diseccionando met‡stasis de la
modernidad ad eternum. O podemos preguntarnos, en un sentido amplio, por la ’ndole
de nuestro presente, y tratar de decodificar una discontinuidad que el saber colectivo
demuestra haber asimilado y aplicado con creces.



Fernando Peirone


Esta nota fue publicada en la secci—n Opini—n de la Revista „ el 4 de mayo
de 2013, bajo el t’tulo ÒEl hombre librado a la suerte comœnÓ.
Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/hombre-
librado-suerte-comun_0_913108702.html