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XIII
LA «OBRA DE DIOS», ALABANZA DIVINA

DIOS TODO LO HIZO PARA SU GLORIA; CÓMO EL OFICIO DIVINO PROCURA ESTA GLORIA A
DIOS; SAN BENITO LO LLAMA CON RAZÓN «LA OBRA DE DIOS»
Para juzgar el valor absoluto de una cosa o de una obra es necesario conside-
rarlas situándose en el punto de vista de Dios. …
Ahora bien: es verdad fundamental, revelada por Dios, que todo ha sido crea-
do y hecho para su gloria»
1
. …
Por consiguiente, el valor de una obra habrá de computarse por la gloria que
reporta a Dios. Hay obras que no van dirigidas directamente a esta gloria, como
son, por ejemplo…
Otras obras, en cambio, tienden directamente a la gloria de Dios, y le son su-
mamente placenteras, no sólo por el amor que las acompaña, sino por sí mismas;
por «el fin de la obra». Su objeto directo y los elementos componentes son so-
brenaturales: tales son la misa, los sacramentos. …
A esta segunda categoría pertenece el oficio divino. No sólo por la intención
del que lo recita, mas también por su naturaleza y los elementos que lo compo-
nen, se refiere enteramente a Dios; por sí mismo, «por el fin de la obra», tiende a
Él. Constituye, con la santa misa, con la cual se relaciona, la expresión más com-
pleta de la religión; es la «obra divina» por excelencia: así los llama nuestro bie-
naventurado Padre.
El oficio divino contiene, sin duda, peticiones y fórmulas impetratorias, pero no
son éstos sus elementos principales; es, ante todo, una alabanza divina, sinteti-
zada perfectamente, al final de cada salmo, en la doxología «Gloria al Padre, y al
Hijo, y al Espíritu Santo». Su fin directo es reconocer y ensalzar las divinas per-
fecciones, complacerse en ellas dando a Dios gracias: «Gracias te damos, Señor,
por tu grande gloria»
2
. …
Ahora bien: nosotros los religiosos buscamos a Dios: con este objeto vinimos
al claustro. … Y en justa correspondencia, a medida que vamos encontrándole y
que va manifestándose a nosotros, más sentimos la necesidad de cantar sus
dones y perfecciones: «Pues quienes le buscan le encontrarán, y al encontrarle le
alabarán»
3
.
… Es muy cierto, como repetidas veces lo hemos dicho, que san Benito no
excluye las otras obras, … pero es innegable que nuestra obra más importante, la
que reclama más principalmente nuestra atención y energías, es la divina alaban-
za. Además es ella, después de los sacramentos, el medio más seguro para no-
sotros, los monjes, de unión con Dios. El oficio divino, que tanta gloria reporta al
Señor, es para cada uno de nosotros fuente abundante de santificación: aspecto
este que trataremos en la siguiente conferencia; ahora vamos a mostrar cómo la
«obra de Dios» es una alabanza infinitamente agradable al Señor.
Para comprender su excelencia hay que referirse a su fuente, naturaleza,

1
Prov 16, 4; véase lo que a este propósito dejamos dicho en la conferencia De la humildad.
2
Gloria de la misa.
3
Quearentes enim invenient eum, et invenientes laudabunt eum, san Agustín, Confesiones, l. I, c. I. P. L., XXXII,
col. 661.
2
elementos y finalidad. Este estudio se hará a la luz de la fe; pues sólo con ella
penetramos en la verdad. «Solamente el Espíritu de Dios –dice san Pablo– es
capaz de escrutar las profundidades divinas» (1Co 2, 10-11). La mente humana,
que no puede apreciar más que las apariencias, cae con frecuencia en el error.
Como, por otra parte, nuestro amor al oficio divino depende del aprecio y de la
fe que tengamos en su valor, es para nosotros de suma utilidad que esta fe sea
ilustrada y que este aprecio sea razonado y fundado.

1. FUNDAMENTO PRINCIPAL DE LA EXCELENCIA DEL OFICIO DIVINO: EL CÁNTICO DEL
VERBO EN EL SENO DEL PADRE Y EN LA CREACIÓN
Elevémonos, por una fe reverente, hasta el trono de la Trinidad sacratísima, y
hallaremos el fundamento mismo de la alabanza. …
... Desde toda la eternidad el Hijo expresa la perfección del Padre con una so-
la palabra infinita, que es Él mismo, y en esto está la gloria esencial del Padre. El
Verbo, palabra eterna, es un cántico divino de alabanza en loor del Padre: «En el
principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,
1). Desde la eternidad, con este acto infinito y único, que es Él mismo, ha dado,
da y seguirá dando una gloria eterna y adecuada al Padre…
… Contemplando todos estos objetos, da gloria al Padre: «¡Cuán magníficas
son tus obras, Señor! Todo lo hiciste sabiamente» (Ps 103, 24).
He ahí el himno infinito que resuena siempre «en el seno del Padre» (Jn 1, 28)
y que le es agradable. El Verbo es el cántico que Dios se canta interiormente a sí
mismo, que viene de las profundidades de la Divinidad; el cántico viviente en el
cual eternamente Dios se complace, como expresión infinita de sus perfecciones.

Por la Encarnación «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,
14). … Al asumir la humanidad, nada perdió el Verbo; sigue siendo lo que es: el
Verbo eterno, y por consiguiente, la glorificación permanente e infinita del Padre.
No obstante, como asumió, en la unidad de su persona divina, una naturaleza
humana, esta santa humanidad participa, por el Verbo, en esta obra de glorifica-
ción... Esta actividad teándrica corresponde a una naturaleza humana, glorifica a
Dios de un modo humano; pero como procede de una «persona divina» y se apo-
ya en el Verbo, las alabanzas que de ella dimanan, humanas en su expresión, se
convierten en alabanzas del Verbo, y adquieren por tanto un valor infinito.

Ciertamente, le glorificaba en todos sus actos, prodigándose a las almas cual
no lo ha hecho otro apóstol, y derramando el bien a manos llenas; mas estos
actos eran formas secundarias de alabanza. Cristo, el Verbo encarnado, alabó al
Padre especialmente ensalzando sus divinas perfecciones con inefables colo-
quios... Jesús contempla las divinas perfecciones en todo su esplendor; y tal con-
templación es fuente de una inefable alabanza... Contemplaba también la crea-
ción, que recibía de Él, Verbo divino, la vida: «En Él estaba la vida». Era necesa-
rio que el conjunto de los seres creados fuese conocido una vez perfectamente
por un alma humana; pues bien, Jesucristo se gozó al contemplar las maravillas
de la naturaleza, como la Trinidad se complació en los días de la creación al con-
templar la bondad y belleza de la obra salida de sus manos: «Y vio Dios todas las
3
cosas que había creado, y eran muy buenas» (Gn 1, 31). …

2. EL VERBO ENCARNADO LEGÓ A SU ESPOSA, LA IGLESIA, LA MISIÓN DE PERPETUARLO
Pero Jesucristo es inseparable de su cuerpo místico, la Iglesia, al que antes
de ascender a los cielos legó sus riquezas y su misión. La Iglesia es la Esposa de
Cristo, dice san Pablo. ¿Qué le legó el Esposo? ... Jesucristo, uniéndose a la
Iglesia, le da el poder de adorar y alabar al Padre; de ahí dimana la liturgia. Es
ésta la alabanza del mismo Jesucristo, Verbo encarnado, a través de los labios
de la Iglesia.

En el Apocalipsis vemos a los elegidos adorar «al que está sentado sobre un
trono», ensalzando sus perfecciones inefables: «Digno sois, Señor Dios nuestro,
de recibir gloria, honor y virtud» (Ap. 4, 10-12; cf. 5, 12-13); es el coro de la Igle-
sia triunfante. En la tierra resuena el coro de la militante, llamada a ocupar algún
día su lugar cabe los elegidos; mas este coro, juntándose por la fe y el amor con
el celestial, resuena también ante el trono de Dios…
Más arriba apuntamos las palabras: «apoyada en su amado»; este «apoyo
especial» o, en otros términos, público y oficial, «en el amado», es lo que indica la
diferencia entre el oficio divino y otras plegarias... Con la fe, la esperanza, el amor
y la unión con Jesucristo, la Iglesia salva la distancia que la separa de Dios, y
canta sus alabanzas, como el Verbo encarnado, en el seno de la divinidad; canta,
unida a Cristo, bajo la mirada misma de Dios; porque es Esposa, merece ser
siempre oída.... Estamos especialmente unidos con el Verbo encarnado cuando
cantamos con Él y por El la gloria del Padre.
He ahí la razón fundamental de la importancia de «la obra de Dios»; he ahí el
privilegio incomunicable y exclusivo de esta plegaria recitada con Cristo, y en su
nombre, por su Esposa la Iglesia. «¡Si conocieras el don de Dios!» (Jn 4, 10).

3. LA IGLESIA ENCOMIENDA A ALMAS ESCOGIDAS LA PARTE MÁS IMPORTANTE DE ESTA
MISIÓN
A esta alabanza asocia la Iglesia a todos sus hijos. Hay ciertos actos del culto
público en que deben tomar parte los simples fieles, si no quieren verse excluidos
de la sociedad de Jesucristo. Pero no se contenta la Iglesia con este culto, común
a todos; como ha seleccionado a algunos para asociarlos más particularmente al
sacerdocio eterno de su Esposo, así también a esta selección ha encomendado
la parte más importante y característica de su misión de alabanza: son los sacer-
dotes y los religiosos de coro. La Iglesia los ha diputado como embajadores su-
yos delante del trono divino; los escoge para enviarlos como representantes cer-
ca del Padre en su nombre y en el de su Esposo.
...
Proporcionalmente, lo mismo sucede con aquellos que la Iglesia, Esposa de
Cristo, ha reputado para ser sus representantes delante de Dios; es decir, los
sacerdotes y los religiosos de ambos sexos, obligados a recitar el oficio divino en
virtud de unas reglas aprobadas por la autoridad eclesiástica: son embajadores
de la Iglesia delante del Padre; ofrecen sus homenajes, representan sus intereses
y defienden sus derechos. Y como la Iglesia es la Esposa de Cristo, estos emba-
4
jadores participan con ella de los privilegios que le confiere su dignidad sobrena-
tural de Esposa de Cristo. Cuando, pues, estamos en el coro, estamos allí con
una doble personalidad: con la nuestra individual, con sus debilidades, flaquezas
y culpas, pero también con la de miembros del cuerpo místico de Jesucristo, le-
gados de la Iglesia; y en esta condición debemos preocuparnos por los diversos e
incontables intereses de la sociedad cristiana, recomendándolos delante de Dios.
Si usamos bien nuestros poderes, estamos ciertos de que, a pesar de nuestras
deficiencias, seremos bien atendidos por el Padre y gratos a Él; pues, cuando
desempeñamos esta misión oficial, nuestras miserias quedan veladas por la dig-
nidad de que nos reviste la Esposa de Cristo. El Padre ve en nosotros, durante la
recitación del oficio, no pobres almas con intereses privados y sin prestigio, sino
embajadores de la Esposa y de su amado Hijo, que con pleno derecho abogan
por las almas; entonces estamos investidos oficialmente de la dignidad y del po-
der de la Iglesia y del mismo Jesucristo...
Así piensan los sabios y habla la fe. El oficio vale incomparablemente más que
cualquier otra obra; es verdaderamente la «obra de Dios» por excelencia; las
demás son «obras de los hombres»; aquélla es obra de Dios, como alabanza que
viene del Verbo, y es presentada a Dios por la Iglesia en nombre de Cristo.

4. EL OFICIO DIVINO SE CONVIERTE, MEDIANTE LA PALABRA Y EL CORAZÓN DEL HOM-
BRE, EN EL HIMNO DE TODA LA CREACIÓN
Otra excelencia de la divina alabanza es promover directamente la gloria de
Dios.

Pero esta alabanza es muda, sin vida; el firmamento desconoce su propio
himno, como desconoce a su Creador. El canto de las cosas inanimadas sólo lo
traducen los labios humanos... Para esto fue colocado [el hombre] en medio del
mundo como admirable compendio del mismo..., como un gran mundo en el
mundo pequeño, ya que, aunque su cuerpo está encerrado en el mundo, posee
un espíritu y un corazón que le aventajan en grandeza, a fin de que, contemplan-
do el universo entero y encontrándole en sí mismo, le ofrezca, santifique y consa-
gre a Dios vivo, pues no es más que un contemplador y un misterioso resumen
de la naturaleza visible, para ser, en nombre de ella, por el amor, el sacerdote y
adorador de la naturaleza invisible e intelectual»
4
.
Esta es la sublime misión que desempeñamos todos los días recitando el ofi-
cio divino. Quiere la Iglesia que todas las criaturas cobren vida en los labios del
sacerdote o del religioso, para alabar al Señor: «Bendecid al Señor, obras todas
de sus manos, bendecidle y engrandecedle por los siglos» (Bossuet)... De este
modo todas las alabanzas de la creación llegan a Dios, a través de nuestros la-
bios.
Llegan a Él, porque Jesucristo, el Verbo divino, hace suyas estas alabanzas
que le presentamos, guiados por la Iglesia. El hombre es el medianero de la
creación; pero, sigue diciendo Bossuet
5
, necesita a su vez un intercesor, y éste

4
Sermón para la fiesta de la Anunciación, 1662, punto 3ª. Oeuvres oratoires, t. IV. El gran orador vuelve a tomar
y desarrollar la misma idea en el Sermón sobre el culto de Dios, 2 de abril, 1666. Ibid., t. V.
5
A continuación del pasaje citado, t. IV.
5
es Jesucristo, Verbo encarnado. Prestamos a Cristo nuestros labios, para que
nuestra oración sea acepta al Padre por su medio: «Por Él, y en Él y con Él, todo
honor y gloria te sea dada a ti, oh Dios, Padre omnipotente, en unión del Espíritu
Santo»
6
: «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y éste del Padre» (1Co 3, 22-
23)...
El Gloria al Padre…
Por la divina alabanza nos asociamos la creación y nosotros mismos, del mo-
do más íntimo posible, a la alabanza eterna que el Verbo tributa a su Padre. Esta
participación en el canto eterno tres veces santo la hacemos principalmente con
la doxología Gloria al Padre... con que terminan los salmos y que se repite en
otras partes del oficio divino. Al inclinarnos para rendir pleitesía al Padre, al Hijo y
al Espíritu Santo, nos unimos a la gloria inefable que la Trinidad beatísima se
tributa a sí misma desde toda la eternidad: «Como era en el principio, y ahora y
siempre y por los siglos de los siglos»...
¿Puede darse otra obra mayor o más grata a Dios? Seguramente ninguna. El
oficio divino es la más preciosa herencia de nuestra Orden. «Cayeron para mí las
cuerdas en lo más selecto, pues mi heredad me es grandemente hermosa» (Ps
15, 6). Los momentos en que más gloria podemos dar a Dios son aquellos que
pasamos en el coro, alabándole en unión con el Verbo encarnado, que «pasaba
las noches con Dios en oración» (Lc 6, 12). No hay obra que más agrade al Pa-
dre que ésta en que nos unimos, para glorificarle, al himno cantado «en el seno
del Padre» por «el Hijo de su dilección» (Col 1, 13); no hay obra que sea más
placentera al Hijo que aquella que pedimos prestada a Él mismo, que es como la
extensión de su esencia del Verbo, esplendor de la gloria infinita: y ninguna tam-
poco que más glorifique al Espíritu Santo, porque con sus mismas palabras inspi-
radas cantamos el amor en su aspecto más tierno, la admiración permanente y el
gozo sin fin: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
Cuando realizamos esta obra con la fe, la sinceridad del corazón y el amor de
que somos capaces, sobrepuja a cualquiera otra. Por esto nuestro Patriarca, que
estaba dotado del espíritu de todos los justos
7
, quiere que le demos el primer
lugar: «Nada se prefiera a la obra de Dios»
8
; no es exclusiva, pero debe tener la
preferencia... no debemos posponerla a ninguna otra, porque dice relación directa
con Dios y porque hemos venido al monasterio ante todo para buscar a Dios…

5. ES UN HOMENAJE ESPECIAL DE LAS VIRTUDES DE FE, ESPERANZA Y CARIDAD
Por ser un homenaje de fe, esperanza y caridad, las tres virtudes especificas
de los hijos de Dios, nuestra alabanza es grata al Señor de una manera todavía
más particular.
Todo –hay que repetirlo– debemos juzgarlo por el espíritu de fe. Congregarse
todos los días para rendir alabanzas a Dios durante unas horas es un homenaje
de fe, por el cual reconocemos y reclamarnos al Señor invisible como único digno
de adoración y alabanza; los actos de reverencia, de agradecimiento, de compla-
cencia, que practicamos en esta obra consagrada sólo a cantar a Dios, son ante

6
Canon de la Misa.
7
San Gregorio, Diálog., l. II, c. 8.
8
Regla, cap. 43.
6
todo actos de fe. Sólo la fe comunica a la alabanza divina toda su significación.
Los mundanos, que no tienen fe, se compadecen de los hombres que pasan una
parte de su vida ocupados en cantar las divinas alabanzas…
Es, en segundo lugar, un homenaje de esperanza. En la salmodia nos apo-
yamos en los méritos infinitos de Cristo. En esta obra todo lo esperamos de las
satisfacciones de nuestro divino Pontífice. Ninguna oración del oficio divino termi-
na sin referirse a Cristo: «Por nuestro Señor Jesucristo»...
Dejar toda ocupación para acudir al coro es como decir al Señor: «En nada
confío tanto como tu bondad; vengo a alabarte, a bendecirte, dejando en tus ma-
nos todo lo demás; sólo me apremia tu alabanza, porque estoy seguro de que si
por ésta dejo cualquier otra obra, sabrás velar, mejor de lo que haría yo mismo,
por mis intereses más caros; ahora sólo quiero pensar en ti, seguro como estoy
de que pensarás en mi». …
Por último, nuestra alabanza divina es, ante todo, un homenaje de amor. To-
das las formas del amor encuentran en ella su expresión, especialmente en los
salmos, que constituyen la parte principal del oficio. La admiración, la complacen-
cia, el gozo, el amor de benevolencia, el amor de arrepentimiento, como el de
gratitud, continuamente se manifiestan en ellos. El amor reconoce, admira y en-
salza las divinas perfecciones. Complacerse en el gozo y felicidad de la persona
amada es una de las más bellas manifestaciones del amor; porque el que ama de
veras, no tiene alegría más dulce que el rendir gloria al amado.
[Los salmos]
Otro tanto hace el Salmista. Con el escritor sagrado, el alma va considerando
para ensalzarlas, todas las divinas perfecciones. «Levántate, Señor, en tu fortale-
za: cantaremos y ensalzaremos tus virtudes» (Ps 20, 14). «Diré todas tus maravi-
llas» (Ps 9, 2). «Ensalzad al Señor Dios nuestro, y adorad el escabel de sus pies,
porque es santo; adorable sobre los montes a Él consagrados, porque santo es el
Señor Dios nuestro» (Ps 98, 5.9). «Delante de ti, Señor, va la justicia» (Cfr., Ps
84, 14); «tú escudriñas los corazones» (Ps 7, 10). «Eterna es también tu miseri-
cordia; por esto te alabaré siempre» (Ps 88, 1). «¿Quién hay semejante a ti, Se-
ñor, en fortaleza y poder?» (Ps 88, 9). «Con tu poder lo has creado todo, y tu
sabiduría lo ordena todo con magnificencia» (Ps 103, 24). Después nos volvemos
a Dios para patentizarle nuestro amor de gratitud: «Cantaré un himno al Señor,
porque me colmó de bienes» (Ps 12, 6), «Mi alma, y cuanto hay en mí, bendiga al
Señor y alabe su santo nombre: No olvidaré sus gracias y beneficios; ha perdo-
nado mis faltas y curado mis heridas; me sacó del abismo; me corona da miseri-
cordia, me rodea de bondad, sacia con sus bienes mis deseos». Y porque nos
juzgamos incapaces de glorificarle como conviene, invitamos a los ángeles a
asociarse a nosotros: «Bendecid al Señor todos sus ángeles; bendecidle todas
sus virtudes (Ps 102, 1-5; 20-21). Otras veces llama el hombre en su ayuda a los
pueblos y naciones: «Reinos de la tierra, cantad a Dios» (Ps 88, 33), «porque de
uno a otro confín de la tierra el nombre del Señor es adorable (Ps 102, 3), y admi-
rable en todo el mundo» (Ps 8, 1). Otras veces se regocijará delante del Señor,
por verse admitido a cantar sus alabanzas: «Se regocijarán mis labios cuando te
alabe» (Ps 70, 23): «y mi boca te alabará con labios de alegría» (Ps 62, 6). Y se
siente profundamente inundada el alma de gozo al pedir al Señor el poderle ala-
7
bar continuamente: «Llénese mi boca de alabanzas para cantar tu gloria»... (Ps
70, 8). «Cantaré al Señor mientras yo exista» (Ps 144, 2)
¿Dónde hallar acentos amorosos más cálidos, más inflamados y siempre nue-
vos? En verdad, el amor no deja un instante de desbordarse en los salmos.

No olvidemos, además, que el alma ensalza las perfecciones divinas tal como
conviene, en forma verdaderamente digna de Dios, establecida por el mismo.
Abandonados a nosotros mismos, seríamos incapaces de tributar a cada atributo
divino la requerida alabanza: sólo Dios puede revelarnos cómo debemos ensal-
zarle, ya que Él solo conoce cómo merece ser bendecido, glorificado y engrande-
cido. Por esta causa, el Espíritu Santo, que es amor, pone en nuestros labios las
palabras con que debemos alabarle: palabras que no vienen de la tierra, sino que
proceden del cielo, de los senos de la divinidad y del amor. Cuando nos las apro-
piamos con fe, y especialmente cuando las cantamos o recitamos en unión con el
Verbo encarnado, nuestro cántico es infinitamente grato a Dios, ya que es el
mismo Verbo quien se lo ofrece personalmente…

6. REVISTE UN ESPLENDOR PARTICULAR CUANDO LO ACOMPAÑA EL SUFRIMIENTO:
«SACRIFICIO DE ALABANZA»
No pocas veces en la vida monástica habremos de ofrecer este homenaje de
amor acompañado del sufrimiento, que lo hace más grato a Dios, ya que el sufrir
da un esplendor y valor especial al amor. Amar a Dios en los padecimientos es
nuestro mejor don. Aunque el divino Salvador amó intensamente al Padre en
todos los momentos de su vida, es en su Pasión cuando brilla ese amor con más
esplendor, por la resignada aceptación de todos los padecimientos «para agradar
al Padre»: «Para que conozca el mundo que amo al Padre» (Jn 14, 31).
No hay duda que para muchos el oficio divino puede ser un verdadero sacrifi-
cio; y entonces será en toda la extensión de la palabra «sacrificio de alabanza»
(Ps 49, 23). Esto puede suceder de varias maneras. En primer lugar no debemos
reservarnos, sino emplear todos nuestros recursos. No podemos economizar
nuestra voz; debemos observar las numerosas y variadas rúbricas del ceremo-
nial, aceptar dócilmente las indicaciones del cantor, aunque nos parezca menos
ajustada su interpretación, y para ello se requiere una atención continua. Será
necesario refrenar la imaginación que nos impele hacia el mundo externo, lo cual
exige una gran dosis de generosidad. Se requieren, para vencer nuestra apatía, o
natural ligereza, repetidos esfuerzos, que son otros tantos sacrificios que debe-
mos imponernos y que resultan muy gratos a Dios.
Añadamos a esto las molestias que provienen de la vida común. Es un estí-
mulo a la piedad y al fervor verse acompañados en el coro. Pero también, ¡cuán-
tas y no pequeñas molestias inevitables no ocasiona! «Somos hombres frágiles...
que se causan mutuamente molestias»
9
. La fragilidad de la naturaleza humana
da hartos motivos para pequeños roces; y esto ocurre aun durante la oración en
común. Una ceremonia mal hecha, falsos movimientos en el coro, canto desento-
nado, las discordancias en el ritmo con los que nos rodean, son otras tantas cau-

9
Sumus homines fragiles... qui faciunt invicem angustias. San Agustín Sermo LXIX, c. I. P. L., XXXVIII, 440.
8
sas de irritación que pueden verse agravadas por la sobreexcitación causada en
la sensibilidad por la fatiga o ciertos estados enfermizos. Puede resultar un sacri-
ficio, una verdadera inmolación el tener que cantar la alabanza divina en estas
condiciones… Jesucristo cantó las alabanzas del Padre tanto en el Tabor como
en el Calvario. Y San Agustín dice expresamente
10
que en la cruz recitó el salmo,
que comienza: «Deus, Deus meus» (Ps 21); salmo mesiánico, conmovedor, que
no sólo describe las circunstancias de la Pasión, sino también los sentimientos
del alma bendita de nuestro adorable Salvador. En el Calvario, y entre torturas
indecibles, Jesucristo recitaba el oficio divino; y sin duda, con mucho mayor moti-
vo que en el Tabor, porque sufría, daba una gloria infinita al Padre.

Jesucristo, que nos ama y nos ha seleccionado para cantar sus alabanzas,
nos dejará sentir alguna vez, mediante las molestias que lleva consigo la oración
en común y las desolaciones y arideces a que nos somete, lo que es cantar el
oficio con Él en el Calvario. En tales casos, si buscáis a Dios de veras, si buscáis
su santa voluntad y no sus consuelos, os esforzaréis por continuar cantando «de
todo corazón». No desmayéis: permaneced con Cristo, y por el tiempo que Él
quiera, a los pies de la cruz…
Acompañado de estas disposiciones, el oficio divino es por excelencia el «sa-
crificio de alabanza», sumamente grato a Dios, porque va unido al sacrificio de
Cristo; y es el homenaje más puro y perfecto que la criatura puede ofrendarle: «El
sacrificio de alabanza me honrará». Pero Dios, que no se mostrará menos gene-
roso que nosotros, hará que el sacrificio de alabanza sea para nuestra alma me-
dio de salvación y bienaventuranza: «Tal es el camino por el cual le enseñaré la
salvación de Dios» (Ps 49, 23).


10
S. Agustín, Enarrat, in Psalmo LXXXV, c. 1.