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Introducción del Gran Otro

25 de Mayo de 1955
Por qué no hablan los planetas. La paranoia postanalítica. El esquema en Z. el
otro lado del muro del len!ua"e. #econstituci$n ima!inaria y reconocimiento
simb$lico. Por qué hay %ormaci$n de analistas.
La &ltima 'e( los de"é con una pre!unta qui()s un tanto e*tra+a, pero que estaba en
la línea de lo que les 'enía diciendo- .por qué no hablan los planetas/
0o somos en absoluto seme"antes a planetas, cosa que podemos comprobar en
todo momento1 pero esto no nos impide ol'idarlo. Permanentemente tendemos a
ra(onar sobre los hombres como si se tratara de lunas, calculando sus masas, su
!ra'itaci$n.
0o es ésta una ilusi$n e*clusi'a de los eruditos- es especialmente tentadora para los
políticos.
Pienso en una obra ol'idada y que no era tan ile!ible, pues probablemente no era su
autor quien la %irm$- se llamaba Mein 2amp%- Pues bien, en esta obra del tal 3itler,
que ha perdido mucho de su actualidad, se hablaba de las relaciones entre los
hombres cual si %uesen relaciones entre lunas. 4 estamos tentados siempre de hacer
una psicolo!ía y un psicoan)lisis de lunas, cuando para percibir la di%erencia basta
con remitirse inmediatamente a la e*periencia.
Por e"emplo, rara 'e( estoy contento. En la &ltima reuni$n no lo estu'e en absoluto,
porque intenté 'olar sin duda demasiado alto, y estos aleteos tal 'e( no %ueron lo que
les habría dicho si todo hubiese estado bien preparado. 5in embar!o, al!unas
personas bene'olentes, las que me acompa+an a la salida, me di"eron que todo el
mundo estaba contento. Posici$n, supon!o, muy e*a!erada. 0o importa, así me
di"eron. En ese momento, por lo dem)s, no quedé con'encido. Pero, 6'amos7 Me
hice esta re%le*i$n- si los otros est)n contentos, eso es lo principal. En esto di%iero yo
de un planeta.
0o es simplemente que me ha!o esta re%le*i$n, adem)s es 'erdad- lo esencial es
que ustedes estén contentos. iré a&n m)s- al serme corroborado que estaban
contentos, pues bien, ios mío, me puse contento yo también. Pero, de todos
modos, con una peque+a di%erencia. 0o del todo contento contento. 3ubo un espacio
entre ambos. En el lapso de darme cuenta de que lo esencial es que el otro esté
contento, yo habría se!uido con mi no8contento.
Entonces, .en qué momento soy 'erdaderamente yo/ .En el momento en que no
estoy contento, 9 en el momento en que estoy contento porque los otros est)n
contentos/ :uando se trata del hombre, tal relaci$n entre la satis%acci$n del su"eto y
la satis%acci$n del otro8entiéndanlo bien, en su %orma m)s radical8siempre est) en
tela de "uicio.
;uisiera que el hecho de tratarse, en esta ocasi$n, de mis seme"antes, no les
en!a+e. <omé este e"emplo porque me había "urado tomar el primero que apareciera
tras la pre!unta con que los de"é la 'e( pasada. Pero espero hacerles 'er hoy que
sería errado creer que se trata aquí del mismo otro que ese otro del que a 'eces les
hablo, ese otro que es el yo, o, para ser m)s precisos, su ima!en. =quí hay una
di%erencia radical entre mi no satis%acci$n y la satis%acci$n supuesta del otro. 0o hay
ima!en de identidad, re%le*i'idad, sino relaci$n de alteridad %undamental.
3ay que distin!uir, por lo menos, dos otros- uno con una = may&scula, y otro con una
a min&scula que es el yo. En la %unci$n de la palabra de quien se trata es del >tro.
Lo que les di!o merece ser demostrado. :omo de costumbre, no puedo hacerlo sino
a ni'el de nuestra e*periencia. #ecomiendo calurosamente, a quienes deseen
e"ercitarse en peque+as operaciones mentales destinadas a ablandarles las
articulaciones, la lectura, a todas luces &til, del Parménides, donde la cuesti$n del
uno y el otro %ue en%rentada del modo m)s 'i!oroso y sostenido. Por este moti'o, es
sin duda una de las obras m)s incomprendidas, cuando después de todo basta para
ello con las %acultades medias ?y no es decir poco? de un desci%rador de palabras
cru(adas. 0o ol'iden que muy %ormalmente les aconse"é en un te*to hacer palabras
cru(adas. Lo &nico esencial es atender hasta el %inal en el desarrollo de nue'e
hip$tesis. 5$lo se trata de eso, de prestar atenci$n. 0o hay cosa en el mundo m)s
di%ícil de obtener del lector medio, debido a las condiciones en las que se practica
ese deporte de la lectura. =quel de mis alumnos que pudiera consa!rarse a un
comentario psicoanalítico del Parménides, haría al!o &til y permitiría orientarse en
muchos problemas a la comunidad.
@ol'amos a nuestros planetas. .Por qué no hablan/ .;uién quiere articular al!o/
5in embar!o, hay muchas cosas que decir. Lo curioso no es que ustedes no di!an
nin!una, sino que no muestren darse cuenta de que las hay a montones. 5i s$lo
osaran pensarlo. 5aber cu)l es la &ltima de las ra(ones no es demasiado importante.
Pero es se!uro que si se intenta enumerarlas 8cuando les pedí que lo hicieran yo no
tenía nin!una idea preconcebida sobre la manera en que eso se podía e*poner8, las
ra(ones que se nos presentan est)n estructuradas como aquellas cuyo "ue!o ya
encentramos 'arias 'eces en la obra de Areud, a saber, las que e'oca en el sue+o
de la inyecci$n de Brma a prop$sito del caldero a!u"ereado. Los planetas no hablan-
primero, porque no tienen nada que decir1 se!undo, porque no tienen tiempo1
tercero, porque se los ha hecho callar.
Las tres cosas son ciertas, y podrían permitirnos desarrollar importantes relaciones
respecto a lo que llaman un planeta, es decir, eso que he esco!ido como término de
re%erencia para mostrar lo que nosotros no somos.
Le hice la pre!unta a un eminente %il$so%o, uno de los que 'inieron este a+o a darnos
una con%erencia. El se ha ocupado mucho de la historia de las ciencias, y %ormul$
sobre el neCtonismo las re%le*iones m)s pertinentes y pro%undas que pueda haber.
:uando nos diri!imos a personas que parecen especialistas, siempre nos
decepcionamos, pero 'er)n que yo no me decepcioné en realidad. La pre!unta no
pareci$ presentarle demasiadas di%icultades. Me contest$- Porque no tienen boca.
En primera instancia, me decepcioné un poco. 5iempre que uno se decepciona, est)
equi'ocado. 0unca hay que decepcionarse de las respuestas que se reciben, porque
si uno se decepciona, estupendo, prueba de que %ue una 'erdadera respuesta, es
decir, aquello que precisamente no esper)bamos.
Este punto importa mucho para el problema del otro. <enemos demasiada tendencia
a de"arnos hipnoti(ar por el llamado sistema de lunas, y a modelar nuestra idea de la
respuesta sobre lo que ima!inamos cuando hablamos de estímulo8respuesta.
:uando obtenemos la respuesta que esper)bamos, .es de 'erdad una respuesta/
3e aquí otro nue'o problema, pero por ahora no me abandonaré a este peque+o
entretenimiento.
En resumidas cuentas, la respuesta del %il$so%o no me decepcion$. 0adie est)
%or(ado a entrar en el laberinto de la pre!unta por nin!una de las tres ra(ones que
mencioné, aunque 'ol'eremos a hallarlas, porque son las 'erdaderas. <ambién se
puede entrar en él por una respuesta cualquiera, y la que se me dio es sumamente
esclarecedora, siempre y cuando se la sepa oír. 4 yo estaba en e*celentes
condiciones para oírla, porque soy psiquiatra.
0o ten!o boca- oímos esto al comien(o de nuestra carrera, en los primeros ser'icios
de psiquiatría a los que lle!amos como unos despistados. En medio de ese mundo
mila!roso nos encontramos con damas muy a+e"as, con 'ie"as solteronas, cuya
primera declaraci$n ante nosotros es- 0o ten!o boca. Ellas nos hacen saber que
tampoco tienen est$ma!o, y adem)s que no morir)n nunca. En síntesis, tienen una
relaci$n muy !rande con el mundo de las lunas. La &nica di%erencia es que para esas
a+e"as damas, 'íctimas del llamado síndrome de :otard, o delirio de ne!aci$n, al %in
y al cabo es 'erdad. Est)n identi%icadas con una ima!en donde %alta toda hiancia,
toda aspiraci$n, todo 'acío del deseo, o sea, "ustamente lo que constituye la
propiedad del ori%icio bucal. En la medida en que se opera la identi%icaci$n del ser
con su ima!en pura y simple, tampoco hay sitio para el cambio, es decir, para la
muerte. e eso se trata en su tema- est)n muertas y a la 'e( ya no pueden morir,
son inmortales, como el deseo. En la medida en que aquí el su"eto se identi%ica
simb$licamente con lo ima!inario, reali(a en cierto modo el deseo.
;ue las estrellas tampoco ten!an boca y sean inmortales es al!o de otro orden- no
se puede decir que sea 'erdad, es real. 0o es cuesti$n de que las estrellas ten!an
boca. 4, al menos para nosotros, el término inmortal se ha 'uelto, con el tiempo,
puramente meta%$rico. Es indiscutiblemente real que la estrella no tiene boca, pero a
nadie se le ocurriría pensar en ello, si no hubiera, para obser'arlo, seres pro'istos de
un aparato de pro%erir lo simb$lico, a saber, los hombres.
Las estrellas son reales, ínte!ramente reales, en principio, en ellas no hay
absolutamente nada del orden de una alteridad a ellas mismas, son pura y
simplemente lo que son. El hecho de que las encontremos siempre en el mismo
lu!ar es una de las ra(ones por las que no hablan.
3an obser'ado que de 'e( en cuando oscilo entre los planetas y las estrellas. Esto
no es casual. Porque el siempre en el mismo lu!ar no nos lo mostraron primero los
planetas, sino las estrellas. El mo'imiento per%ectamente re!ular del día sideral es,
con se!uridad, lo que por 'e( primera permiti$ a los hombres e*perimentar la
estabilidad del cambiante mundo que los rodea, y comen(ar a establecer la
dialéctica de lo simb$lico y lo real, donde lo simb$lico brota aparentemente de lo
real, lo cual naturalmente no est) m)s "usti%icado que el pensar que las llamadas
estrellas %i"as !iran realmente alrededor de la <ierra. e i!ual modo, no debería
creerse que los símbolos han salido e%ecti'amente de lo real. Pero no por ello es
menos asombroso ad'ertir hasta qué punto esas sin!ulares %ormas %ueron
cauti'antes, %ormas cuyo a!rupamiento, al %in y al cabo, nada "usti%ica. .Por qué
'ieron los humanos a la >sa Mayor como tal/ .Por qué las Pléyades son tan
e'identes/ .Por qué se 'io a >ri$n del modo en que se lo 'io/ 5eria incapa( de
decirlo. 0o creo que esos puntos luminosos al!una 'e( hayan sido a!rupados de
otro modo, se lo pre!unto. Este hecho no de"$ de "u!ar su papel en las auroras de la
humanidad, que por otra parte distin!uimos mal. Esos si!nos se perpetuaron en
%orma tena( hasta la actualidad, lo que constituye un e"emplo sin!ularísimo de la
%orma en que lo simb$lico atrapa. Las célebres propiedades de la %orma no parecen
en absoluto con'incentes para e*plicar el modo en que hemos a!rupado las
constelaciones.
icho esto, habríamos estado perdiendo el tiempo, pues no hay nada %undado en
esa aparente estabilidad de las estrellas que encontramos siempre en el mismo
lu!ar. 3icimos e'identemente un pro!reso esencial cuando nos percutamos de que
había cosas que, por el contrario, realmente estaban en el mismo lu!ar, cosas que
se di'isaron primero ba"o la %orma de planetas errantes, y nos percutamos de que no
era s$lo en %unci$n de nuestra propia rotaci$n, sino que realmente una parte de los
astros que pueblan el cielo se despla(an y reaparecen siempre en el mismo lu!ar.
Esta realidad es una primera ra($n para que los planetas no hablen. 5in embar!o,
sería un error creer que sean tan mudos. Lo son tan poco que durante mucho tiempo
se los con%undi$ con los símbolos naturales. 0osotros los hemos hecho hablar, y
sería un !ran error no pre!untarnos c$mo es esto posible. urante muchísimo
tiempo y hasta una época muy a'an(ada, les qued$ el residuo de una suerte de
e*istencia sub"eti'a. :opérnico, quien sin embar!o reali($ un paso decisi'o en la
determinaci$n de la per%ecta re!ularidad del mo'imiento de los astros, pensaba
toda'ía que si un cuerpo terrestre estu'iera en la Luna no de"aría de hacer los
mayores es%uer(os por 'ol'er a casa, es decir, a la <ierra, y que, in'ersamente, un
cuerpo lunar no pararía hasta emprender nue'o 'uelo hacia su tierra materna. Esto
les prueba cu)n lar!o tiempo persistieron estas nociones, y que es di%ícil no hacer
seres con realidades.
Ainalmente lle!$ 0eCton. 4a hacía un tiempo que esto 'enía prepar)ndose- no hay
me"or e"emplo que la historia de las ciencias para mostrar hasta qué punto el
discurso humano es uni'ersal. 0eCton acab$ por dar la %$rmula de%initi'a alrededor
de la cual todo el mundo ardía desde hacía un si!lo. 3acerlos callar1 0eCton lo
consi!ui$ de%initi'amente. El silencio eterno de los espacios in%initos, que causaba
espanto a Pascal, es al!o adquirido después de 0eCton- las estrellas no hablan, los
planetas son mudos porque se los ha hecho callar, &nica 'erdadera ra($n, pues
%inalmente nunca se sabe lo que puede ocurrir con una realidad.
.Por qué no hablan los planetas/ Es realmente una pre!unta. 0unca se sabe lo que
puede ocurrir con una realidad, hasta el momento en que se la ha reducido
de%initi'amente inscribiéndola en un len!ua"e. 5$lo se est) de%initi'amente se!uro de
que los planetas no hablan a partir del momento en que se les ha cerrado el pico, o
sea, a partir del momento en que la teoría neCtoniana produ"o la teoría del campo
uni%icado, y ba"o una %orma que se complet$ después pero que ya era per%ectamente
satis%actoria para todas las mentes humanas. La teoría del campo uni%icado est)
resumida en la ley de !ra'itaci$n, que consiste esencialmente en que hay una
%$rmula que mantiene todo esto unido, en un len!ua"e ultrasimple constituido por tres
letras.
Las mentes contempor)neas opusieron toda clase de ob"eciones- esta !ra'itaci$n es
impensable, nunca se 'io al!o así, una acci$n a distancia, a tra'és del 'acío, toda
acci$n, por de%inici$n, es entre términos pr$*imos. 65i supieran hasta qué punto el
mo'imiento neCtoniano es una cosa inconcebible cuando se lo e*amina con
cuidado7 @erían que operar con nociones contradictorias no es pri'ile!io del
psicoan)lisis. El mo'imiento neCtoniano utili(a el tiempo, pero el tiempo de la %ísica
no inquieta a nadie, porque en nada concierne realidades- se trata del "usto len!ua"e,
y no es posible considerar el campo uni%icado de otro modo que como un len!ua"e
bien hecho, una sinta*is.
Por ese lado estamos tranquilos- todo lo que entra en el campo uni%icado no hablar)
nunca m)s, porque se trata de realidades completamente reducidas al len!ua"e.
:reo que perciben aquí la oposici$n e*istente entre palabra y len!ua"e
0o crean que nuestra postura respecto de todas las realidades haya arribado a este
punto de reducci$n de%initi'a, per%ectamente satis%actorio1 empero- si los planetas, y
otras cosas del mismo orden, hablaran, 'aya discusi$n la que se oiría, y el espanto
de Pascal tal 'e( se con'ertiría en terror.
e hecho, cada 'e( que tenemos que 'érnosla con un residuo de acci$n, de acci$n
'erdadera, auténtica, con ese al!o nue'o que sur!e de un su"eto8y para ello no hace
%alta que se trate de un su"eto animado8, nos hallamos ante al!o %rente a lo cual el
&nico que no se espanta es nuestro inconsciente. Porque dado el punto en el que
actualmente se desarrollan los pro!resos de la %ísica, errado sería ima!inarse que
esto estaba pre'isto de antemano, y que al )tomo, al electr$n, ya se les ha cerrado
el pico. e nin!una manera. 4 es e'idente que no estamos aquí para acompa+ar las
enso+aciones, a las que la !ente no de"a de abandonarse, de la libertad.
0o se trata de eso. Est) claro que donde se produce al!o e*tra+o es del lado del
len!ua"e. = esto se reduce el principio de 3eisenber!. :uando se consi!ue
determinar uno de los puntos del sistema, no se pueden %ormular los otros. :uando
se habla del lu!ar de los electrones, cuando se les ordena quedarse ahí, siempre en
el mismo lu!ar, ya no se sabe en absoluto d$nde acab$ lo que ordinariamente
llamamos su 'elocidad. = la in'ersa, si se les dice- Pues bien, de acuerdo, ustedes
se despla(an todo el tiempo de la misma manera, ya no se sabe en absoluto d$nde
est)n. 0o estoy diciendo que siempre hemos de quedarnos en esta posici$n
eminentemente burlona, pero hasta nue'a orden podemos decir que los elementos
no responden allí donde se los interro!a. Para ser m)s e*actos- si se los interro!a en
al!una parte, es imposible captarlos en con"unto.
El problema de saber si hablan no queda resuelto por el s$lo hecho de que no
responden. 0o estamos tranquilos- un día al!o puede sorprendernos. 0o cai!amos
en el misticismo, no acabaré diciendo que los )tomos y los electrones hablan. .Pero,
por qué no/ <odo es como si. En todo caso, la cosa se demostraría a partir del
momento en que comen(aran a mentirnos. 5i los )tomos nos mintieran, si se las
dieran de listos con nosotros, quedaríamos "usti%icadamente con'encidos. Palpan
aquí de qué se trata- de los otros como tales, y no simplemente en tanto re%le"an
nuestras cate!orías a priori y las %ormas m)s o menos transcendentales de nuestra
intuici$n.
5on cosas en las que pre%erimos no pensar- si al!una 'e( empe(aran a
remo'érsenos dentro, miren a d$nde lle!aríamos. 4a no sabríamos d$nde estamos,
hay que decirlo, y en eso pensaba todo el tiempo Einstein, sin de"ar de mara'illarse.
#ecordaba sin cesar que el <odopoderoso es un poquito astuto pero de nin!una
manera deshonesto. Por otra parte, esto es lo &nico que permite, porque ahí se trata
del <odopoderoso no %ísico, hacer ciencia, o sea, %inalmente, reducir al <odopoderoso
al silencio.
<rat)ndose de esa ciencia humana por e*celencia llamada psicoan)lisis, .nuestra
meta es lle!ar al campo uni%icado y hacer de los hombres lunas/ .=caso los
hacemos hablar tanto s$lo para hacerlos callar/
Por otra parte, la interpretaci$n m)s correcta del %in de la historia que 3e!el e'oca,
es que se trata del momento en que los hombres ya no tendr)n m)s cosa que hacer
que cerrarla. .Es esto retornar a una 'ida animal/ .5on animales los hombres que
acabaron no teniendo necesidad del len!ua"e/ Dra'e problema, que no me parece
resuelto en nin!&n sentido. e todos modos, la cuesti$n de saber cu)l es el %inal de
nuestra pr)ctica se halla en el centro de la técnica analítica. =l respecto se cometen
errores escandalosos.
Leí por primera 'e( un artículo muy simp)tico sobre lo que llaman la cura8tipo.
0ecesidad de mantener intactas las %acultades de obser'aci$n del yo, lo 'eo escrito
en ne!rita. 5e habla de un espe"o, que es el analista- no est) mal, pero el autor lo
querría 'i'iente. Me pre!unto qué es un espe"o 'i'iente. 5i el pobre habla de espe"o
'i'iente es porque siente que en esta historia hay al!o que co"ea. .$nde est) lo
esencial del an)lisis/ .:onsiste el an)lisis en la reali(aci$n ima!inaria del su"eto/ El
yo y el su"eto son con%undidos, y se hace del yo una realidad, al!o que es, como se
dice, inte!rati'o o sea que mantiene al planeta unido.
Ese planeta no habla no s$lo porque es real, sino porque no tiene tiempo, en sentido
literal- el planeta carece de esta dimensi$n. .Por qué/ Porque es redondo. La
inte!raci$n es eso- el cuerpo circular puede hacer todo lo que se le ocurra, siempre
queda i!ual a sí mismo.
5e nos propone como meta del an)lisis redondear al yo, darle la %orma es%érica en
que habr) inte!rado de%initi'amente todos sus estados dis!re!ados, %ra!mentarios,
sus miembros esparcidos, sus etapas pre!enitales, sus pulsiones parciales, el
pandem$nium de sus e!o %ra!mentados e innumerables. :arrera del e!o triun%ante-
tantos e!o, tantos ob"etos.
0o todo el mundo pone lo mismo ba"o el término relaci$n de ob"eto, pero abordando
las cosas por el lado de la relaci$n de ob"eto y de las pulsiones parciales, en lu!ar de
situar esto en su lu!ar, en el plano ima!inario, el autor del que hablo, y que en cierta
época pareci$ prometer m)s, acaba nada menos que en la per'ersi$n consistente en
situar todo el pro!reso del an)lisis en la relaci$n ima!inaria del su"eto con su di'erso
m)s primiti'o. Dracias a ios la e*periencia nunca %ue lle'ada a su &ltimo término,
no se hace lo que se dice que se hace, uno permanece muy por detr)s de sus
metas. Dracias a ios, uno yerra sus curas, y por eso el su"eto se sal'a.
En la línea se!uida por el autor al que me re%ería, puede demostrarse con el mayor
ri!or que su modo de concebir la cura de la neurosis obsesi'a no tendría otro
resultado que el de paranoi(ar al su"eto. Piensa que la aparici$n de la psicosis es el
abismo perpetuamente bordeado en la cura de la neurosis obsesi'a. icho de otro
modo, para este autor el neur$tico obsesi'o es, en realidad, un loco.
Pon!amos los puntos sobre las íes- .qué clase de loco es éste/ En loco que se
mantiene a distancia de su locura, es decir, de la mayor perturbaci$n ima!inaria
posible. En loco paranoico. ecir que la locura es la mayor perturbaci$n ima!inaria
como tal no es de%inir todas las %ormas de locura- hablo del delirio y de la paranoia.
5e!&n el autor al que estoy leyendo nada de lo que el obsesi'o cuenta tiene la
menor relaci$n con lo que 'i'e. Es el con%ormismo 'erbal, el len!ua"e social lo que
da sostén a su precario equilibrio, equilibrio bien s$lido no obstante, pues, .hay al!o
m)s di%ícil de 'oltear que un obsesi'o/ 4 si el obsesi'o resiste y se a!arra en e%ecto
con tanta %uer(a, sería, al decir de este autor, porque la psicosis, la desinte!raci$n
ima!inaria del yo, estaría ahí detr)s. es!raciadamente para su demostraci$n, el
autor no puede presentarnos un obsesi'o al que hubiese 'uelto 'erdaderamente
loco. 0o tiene nin!una posibilidad de hacerlo- hay s$lidas ra(ones para esto.
Pero al querer preser'ar al su"eto de sus locuras presuntamente amena(adoras,
conse!uiría hacerlo caer no muy le"os de ahí.
La cuesti$n de la paranoia post8analítica est) muy le"os de ser mítica. Para que la
cura produ(ca una paranoia bien consistente no es necesario e*tremaría demasiado.
Por mi parte lo he 'isto en este ser'icio en el que estamos. =quí es donde me"or se
lo puede 'er, porque nos 'emos lle'ados a empu"arlos paulatinamente hacia los
ser'icios libres, pero de estos suelen 'ol'er, y se inte!ran en un ser'icio cerrado. Es
al!o que pasa. Para eso no hace %alta tener un buen psicoanalista, basta con creer
%irmemente en el psicoan)lisis. 3e 'isto paranoias que se pueden cali%icar de post8
analíticas, y a las que se puede llamar espont)neas. En un medio adecuado, donde
reina una intensa preocupaci$n por los hechos psicol$!icos, un su"eto que de todos
modos ten!a al!una propensi$n a ello puede lle!ar a cercarse de problemas
incuestionablemente %icticios pero a los que les da consistencia, y en un len!ua"e ya
listo- el del psicoan)lisis, que recorre las calles. En delirio cr$nico es al!o que tarda
muchísimo tiempo en ir haciéndose, el su"eto tiene que in'ertir en ello buena parte
de su 'ida, en !eneral un tercio de la misma ebo decir que la literatura analítica
constituye en cierto modo un delirio ready8made, y no es raro 'er su"etos 'estidos
con esa ropa, de con%ecci$n. El estilo, por así decir, representado por estas
personas, tan ape!adas de boca cerrada al ine%able misterio de la e*periencia
analítica, es una %orma atenuada, pero su base es homo!énea a lo que en este
momento llamo paranoia.
3oy quisiera proponerles un peque+o esquema que ilustrar) los problemas
suscitados por el yo y el otro, el len!ua"e y la palabra.
Este esquema no sería un esquema si presentara una soluci$n. 0i siquiera es un
modelo. Es s$lo una manera de %i"ar las ideas, que una imper%ecci$n de nuestro
espíritu discursi'o reclama.
0o he 'uelto a detenerme, pues entiendo que se trata de al!o que les es ya bastante
%amiliar, en lo que distin!ue a lo ima!inario de lo simb$lico.
.;ué sabemos respecto al yo/ .Es real el yo, es una luna, o es una construcci$n
ima!inaria/ Partimos de la idea, que les 'en!o machacando desde hace tanto
tiempo, de que no hay %orma de aprehender cosa al!una de la dialéctica analítica si
no planteamos que el yo es una construcci$n ima!inaria. 0ada le quita al pobre yo el
hecho de que sea ima!inario- diría inclusi'e que esto es lo que tiene de bueno. 5i no
%uera ima!inario no seríamos hombres, seríamos lunas. Lo cual no si!ni%ica que
basta con que ten!amos ese yo ima!inario para ser hombres. <ambién podemos ser
esa cosa intermedia llamada loco. En loco es precisamente aquel que se adhiere a
ese ima!inario, pura y simplemente.
3e aquí el esquema.
5 es la letra 5, pero también es el su"eto, el su"eto analítico, es decir, no el su"eto en
su totalidad. <odo el tiempo nos dan la lata con que se lo aborda en su totalidad.
.Por qué iba a ser total/ 0ada sabemos de esto. .Es que han encontrado ustedes
seres totales/ <al 'e( sea un ideal. 4o nunca 'i nin!uno. Por mi parte, yo no soy
total. Estedes tampoco. 5i %uéramos totales, cada uno sería total por su lado y no
estaríamos aquí, "untos, tratando de or!ani(arnos, como se dice. Es el su"eto, no en
su totalidad sino en su abertura. :omo de costumbre, no sabe lo que dice. 5i supiera
lo que dice no estaría ahí. Est) ahí, aba"o a la derecha.
:laro est) que no es ahí donde él se 'e, esto no sucede nunca, ni siquiera al %inal
del an)lisis. 5e 'e en a, y por eso tiene un yo. Puede creer que él es este yo, todo el
mundo se queda con eso y no hay manera de salir de ahí.
Lo que por otro lado nos ense+a el an)lisis es que el yo es una %orma %undamental
para la constituci$n de los ob"etos. En particular, 'e ba"o la %orma del otro especular
a aquel que por ra(ones que son estructurales llamamos su seme"ante. Esa %orma
del otro posee la mayor relaci$n con su yo, es superponible a éste y la escribimos aF.
<enemos, pues, el plano del espe"o, el mundo simétrico de los e!o y de los otros
homo!éneos. e él debe distin!uirse otro plano, que llamaremos el muro del
len!ua"e.
Lo ima!inario cobra su %alsa realidad, que sin embar!o, es una realidad 'eri%icada, a
partir del orden de%inido por el muro del len!ua"e. El yo tal como lo entendemos, el
otro, el seme"ante, todos estos ima!inarios son ob"etos. :ierto es que no son
homo!éneos con lunas- constantemente corremos el ries!o de ol'idarlo. Pero son
e%ecti'amente ob"etos, porque son nombrados como tales en un sistema or!ani(ado,
que es el del muro del len!ua"e.
:uando el su"eto habla con sus seme"antes lo hace en el len!ua"e com&n, que toma
a los yo ima!inarios por cosas no simplemente e*8sistentes, sino reales. 0o
pudiendo saber lo que hay en el campo donde se sostiene el di)lo!o concreto, se las
'e con cierto n&mero de persona"es, aF, aG. En la medida en que el su"eto los pone en
relaci$n con su propia ima!en, aquellos a quienes les habla también son aquellos
con quienes se identi%ica.
icho esto, es preciso no omitir nuestra suposici$n b)sica, la de los analistas-
nosotros creemos que hay otros su"etos aparte de nosotros, que hay relaciones
auténticamente intersub"eti'as. 0o tendríamos moti'o al!uno para pensarlo si no
%uera por el testimonio de aquello que car)cteri(a a la intersub"eti'idad- que el su"eto
puede mentirnos. Es la prueba decisi'a. 0o di!o que sea el &nico %undamento de la
realidad del otro su"eto, sino que es su prueba. En otros términos, nos diri!imos de
hecho a unos =l, =2, que son lo que no conocemos, 'erdaderos >tros, 'erdaderos
su"etos.
Ellos est)n del otro lado del muro del len!ua"e, allí donde en principio no los alcan(o
"am)s. Aundamentalmente, a ellos apunto cada 'e( que pronuncio una 'erdadera
palabra, pero siempre alcan(o a aF, aG, por re%le*i$n. =punto siempre a los
'erdaderos su"etos, y ten!o que contentarme con sombras. El su"eto est) separado
de los >tros, los 'erdaderos, por el muro del len!ua"e.
5i la palabra se %unda en la e*istencia del >tro, el 'erdadero, el len!ua"e est) hecho
para remitirnos al otro ob"eti'ado, al otro con el que podemos hacer todo cuanto
queremos, incluido pensar que es un ob"eto, es decir, que no sabe lo que dice.
:uando nos ser'imos del len!ua"e, nuestra relaci$n con el otro "ue!a todo el tiempo
en esa ambi!Hedad. icho en otros términos, el len!ua"e sir'e tanto para %undarnos
en el >tro como para impedirnos radicalmente comprenderlo. 4 de esto
precisamente se trata en la e*periencia analítica.
El su"eto no sabe lo que dice, y por las me"ores ra(ones, porque no sabe lo que es.
Pero se 'e. 5e 'e del otro lado, de manera imper%ecta, ustedes lo saben, a causa de
la índole %undamentalmente inacabada del Erbild especular, que no s$lo es
ima!inario sino ilusorio. 5obre este hecho se basa la in%le*i$n per'ertida que desde
hace al!&n tiempo 'iene tomando la técnica analítica. En esta $ptica se aspiraría a
que el su"eto con!lomerase todas las %ormas m)s 9 menos %ra!mentadas,
%ra!mentantes, de aquello en lo cual se desconoce. 5e querría que reuniese todo lo
que @i'i$ e%ecti'amente en el estadio pre!enital, sus miembros esparcidos, sus
pulsiones parciales, la sucesi$n de los oblatos parciales1 piensen en el 5an Ior!e de
:arpaccio (amp)ndose al dra!$n, y en derredor las peque+as cabe(as decapitadas,
los bra(os, etc. 5e querría permitirle a este yo cobrar %uer(as, reali(arse, inte!rarse,
el peque+ín. 5i este %in es perse!uido de manera directa, si se toma por !uía lo
ima!inario y lo pre!enital, necesariamente se lle!a a ese tipo de an)lisis donde la
consumaci$n de los ob"etos parciales se lle'a a cabo por intermedio de la ima!en del
otro. 5in saber por qué, los autores que optan por esta 'ía lle!an todos a la misma
conclusi$n- el yo s$lo puede reunirse y recomponerse por el ses!o del seme"ante
que el su"eto tiene delante de sí1 o detr)s, el resultado no 'aría
El su"eto reconcentra su propio yo ima!inario esencialmente ba"o la %orma del yo del
analista. Por otra parte, este yo no resulta simplemente ima!inario, porque la
inter'enci$n hablada del analista se concibe de manera e*presa como un encuentro
de yo a yo, como una proyecci$n por el analista de ob"etos precisos. En esta
perspecti'a, el an)lisis siempre es representado y plani%icado en el plano de la
ob"eti'idad. Lo que hay que procurar, como se escribe, es que el su"eto pase de una
realidad psíquica a una realidad 'erdadera, es decir, a una luna recompuesta en lo
ima!inario, y muy e*actamente, como tampoco se nos disimula, sobre el modelo del
yo del analista. E*iste su%iciente coherencia como para ad'ertir que no es cuesti$n
de adoctrinar ni de representar lo que debe hacer uno en el mundo. onde se opera
es, ob'iamente, en el plano de lo ima!inario. Por eso, nada se apreciar) m)s que lo
que se sit&a m)s all) de lo considerado ilusi$n, y no muro, del len!ua"e- la 'i'encia
ine%able.
Entre los pocos e"emplos clínicos aportados hay uno bre'e, muy !racioso, el de la
paciente aterrada ante la idea de que el analista sepa lo que !uarda en su maleta.
Ella lo sabe y al mismo tiempo no lo sabe. <odo lo que puede decir es de"ado de lado
por el analista %rente a esta inquietud ima!inaria. 4 de pronto se comprende que ahí
est) lo &nico importante- ella teme que el analista le quite todo lo que tiene en el
'ientre, es decir, el contenido de la maleta, que simboli(a su ob"eto parcial.
La noci$n de la asunci$n ima!inaria de los ob"etos parciales por intermedio de la
%i!ura del analista culmina en una suerte de :omul!atorio, por emplear el título que
dio Jaltasar Draci)n a un <ratado de la santa eucaristía, en una consumaci$n
ima!inaria del analista. 5in!ular comuni$n- en la carnicería, la cabe(a con el pere"il
en la nari(, o incluso el peda(o recortado en el cal($n, y como decía =pollinaire en
Les mamellas de <iresias, Man!e Les pieds de tan analyste a la meme sauce, teoría
%undamental del an)lisis.
.0o hay una concepci$n di%erente del an)lisis que permita concluir que éste es al!o
di%erente de la reconstituci$n de una parciali(aci$n %undamental ima!inaria del
su"eto/
Esta parciali(aci$n e*iste, en e%ecto. Es una de las dimensiones que permiten al
analista operar por identi%icaci$n, dando al su"eto su propio yo. Les ahorro los
detalles, pero es indudable que el analista puede, mediante cierta interpretaci$n de
las resistencias, mediante cierta reducci$n de la e*periencia total del an)lisis a sus
elementos e*clusi'amente ima!inarios, lle!ar a proyectar sobre el paciente las
di%erentes car)cterísticas de su yo de analista1 y ios sabe que ellas pueden di%erir, y
de una manera que reaparece al %inal de los an)lisis. Lo que Areud nos ense+$ es
e*actamente lo opuesto.
5i se %orman analistas es para que haya su"etos tales que en ellos el yo esté
ausente. Este es el ideal del an)lisis, que, desde lue!o, es siempre 'irtual. 0unca
hay un su"eto sin yo, un su"eto plenamente reali(ado, pero es esto lo que hay que
intentar obtener siempre del su"eto en an)lisis.
El an)lisis debe apuntar al paso de una 'erdadera palabra, que re&na al su"eto con
otro su"eto, del otro lado del muro del len!ua"e. Es la relaci$n &ltima del su"eto con
un >tro 'erdadero, con el >tro que da la respuesta que no se espera, que de%ine el
punto terminal del an)lisis.
urante todo el tiempo del an)lisis, con la sola condici$n de que el yo del analista
ten!a a bien no estar ahí, con la sola condici$n de que el analista no sea un espe"o
'i'iente sino un espe"o 'acío, lo que pasa, pasa entre el yo del su"eto 8en apariencia
siempre habla el yo del su"eto8 y los otros. <odo el pro!reso del an)lisis radica en el
despla(amiento pro!resi'o de esa relaci$n, que el su"eto puede captar en todo
instante, m)s all) del muro del len!ua"e, como trans%erencia, que es de él y donde
no se reconoce. 0o se trata de reducir, como se escribe, esa relaci$n, sino de que el
su"eto la asuma en su lu!ar. El an)lisis consiste en hacerle tomar conciencia de sus
relaciones, no con el yo del analista, sino con todos esos >tros que son sus
'erdaderos !arantes, y que no ha reconocido. 5e trata de que el su"eto descubra de
una manera pro!resi'a a qué >tro se diri!e 'erdaderamente a&n sin saberlo, y de
que asuma pro!resi'amente las relaciones de trans%erencia en el lu!ar en que est),
y donde en un principio no sabía que estaba.
= la %rase de Areud, Ko Car, soll Bch Bch puede d)rsele dos sentidos. <omen a este
Es como la letra 5. =llí est), siempre est) allí. Es el su"eto. 5e conoce o no se
conoce. Esto ni siquiera es lo m)s importante- tiene o no tiene la palabra. =l %inal del
an)lisis es él quien debe tener la palabra, y entrar en relaci$n con los 'erdaderos
>tros. =hí donde el 5 estaba, ahí el Bch debe estar.
Es ahí donde el su"eto reinte!ra auténticamente sus miembros dis!re!ados, y
reconoce, reuni%ica su e*periencia.
En el transcurso de un an)lisis puede haber al!o que se %orma como un ob"eto. Pero
este ob"eto, le"os de ser aquello de que se trata, no es m)s que una %orma
%undamentalmente alienada. Es el yo ima!inario quien le da su centro y su !rupo, y
es per%ectamente identi%icable a una %orma de alienaci$n, pariente de la paranoia.
;ue el su"eto acabe por creer en el yo es, como tal, una locura. Dracias a ios, el
an)lisis lo consi!ue muy rara 'e(, pero tenemos mil pruebas de que se lo impulsa en
esa direcci$n.
0uestro pro!rama para el a+o pr$*imo ser)- .qué quiere decir paranoia/, .qué
quiere decir esqui(o%renia/ Paranoia, a di%erencia de esqui(o%renia, est) siempre en
relaci$n con la alienaci$n ima!inaria del yo.