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Dom.

1 / 6 / 2014

Los muchos privilegios del creyente

Ro. 8: 2 - 5
v. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo J esús me ha librado de la ley del
pecado y de la muerte.
v. 3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne,
Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del
pecado, condenó al pecado en la carne;
v. 4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
v. 5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que
son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
El apóstol Pablo declara un gran privilegio a todo verdadero creyente: En
consecuencia, ninguna condenación pesa ahora sobre los que están en Cristo Jesús.
En un grito de angustia, Pablo había exclamado (Ro. 7: 24) “¡Desdichado de mí!
¿Quién me rescatará del cuerpo de esta muerte?”, es decir, del poder del pecado que le
tenía prisionero y esclavizado.

Ro. 6: 6 y 16
v. 6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él,
para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al
pecado.
v. 16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois
esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la
obediencia para justicia?
Del castigo impuesto, dice Pablo, no queda nada, ni poco, ni mucho por pagar,
desde el momento que el creyente quedó unido a Cristo en la justificación.

2 Co. 5: 21
Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros
fuésemos hechos justicia de Dios en él.
El grado de la condenación dependería de las obras del creyente. La unción con
Cristo deja sin efecto los derechos del pecado y, en este sentido, lo reduce a la
impotencia de dueño destronado, pero no lo elimina de nuestro interior; todavía tenemos
que estar vigilantes para que no se enseñoree ilegalmente de nosotros.

Ro. 6: 12 – 13
v. 12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo
obedezcáis en sus concupiscencias;
v. 13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de
iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los
muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.
La carne sigue siendo débil, y lo será hasta conseguir la redención de nuestro
cuerpo, hasta cuando decidamos reconciliarnos con Dios y de esta manera venceremos
el poder del pecado.

Ro. 8: 2 – 4
v. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo J esús me ha librado de la ley del
pecado y de la muerte.
v. 3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne,
Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del
pecado, condenó al pecado en la carne;
v. 4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
La ley no podía vencer al pecado a causa de la debilidad de la carne, pero al estar
unido con Cristo resucitado, es espíritu vivificante.

I Co. 15: 45
Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el
postrer Adán, espíritu vivificante.
Hay otra ley del espíritu de vida, capaz de contrarrestar los efectos de la ley del
pecado y de la muerte. El poder del pecado se vence en la cruz con Cristo.

Ro. 4: 25
el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra
justificación.
Dios otorgó la justicia de Cristo para justificarnos y proveyó también el Espíritu de
Cristo para santificarnos.
La palabra “espíritu” puede indicar:
a) Espíritu Santo.
b) El Poder activo del Espíritu de Dios en el creyente;
c) El espíritu ismo del creyente bajo la acción y la dirección del Espíritu de Dios.
Lo que la ley no podía hacer, en cuanto al pecado, a causa de la debilidad de
nuestro cuerpo, lo hizo Dios, por puro amor.
J n. 3: 16
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para
que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.
Ga. 4: 4
Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer
y nacido bajo la ley,
Ro. 8: 32
El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
Dios envió a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, “en condición
semejante a la de un hombre pecador”. No quiere decir, por tanto, que su carne, su
naturaleza humana, no fuese como la nuestra.

Heb. 2: 14
Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó
de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la
muerte, esto es, al diablo,
Por ser pecadora toda la raza humana parecía ser también manchada por el
pecado. Ya fue gran humillación para Él tomar la naturaleza humana.

Fil. 2: 7
sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los
hombres;
Aquí vemos que fue peor o mayor todavía aparecer como si fuera pecador.

Jn. 1: 14
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria
como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
En esa carne humana que tomó el Verbo, condenó Dios al pecado; es decir, en su
humanidad santa, Jesús sufrió la condenación que Dios hace del pecado puesto que
llevaba sobre sí el pecado de toda la humanidad. No sólo trató la culpa del pecado, sino
también el Poder del pecado, pues, lo quebrantó legalmente, a fin de que la santificación
del creyente fuese posible.
La santificación se ha llamado “la lógica de la Cruz” (según el estudio del exégeta
Trenchard), pues aquel que es justificado por su unión vital con el que murió y resucitó,
debe andar en novedad de vida como resultado lógico del gran hecho realizado en el cual
tiene su parte.

Ro. 8: 4
para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme
a la carne, sino conforme al Espíritu.
La Ley quería que estuviésemos sin pecado y cumpliéramos la voluntad divina.
Esto es precisamente lo que ha concedido Cristo a los que, estando en Él, no regulamos
ya nuestra conducta según las indicaciones de la carne, sino según la moción del
Espíritu.

Ro. 8: 5
Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son
del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
Examinemos nuestro interior, a fin de ver cuáles son las cosas que atraen nuestra
atención y suscitan nuestro interés. ¿Buscamos el favor y la comunión con Dios, nuestro
bienestar espiritual, los intereses eternos, etc.? ¿O se van nuestros pensamientos y
afectos tras las cosas mundanas, temporales y pecaminosas? Y Pablo nos dice en qué
termina una u otra manera de vivir: Una manera de pensar, sentir y actuar que sigue las
orientaciones de la carne lleva a la corrupción, no sólo espiritual, sino también física, es
decir, a la muerte; en cambio, una manera de pensar, sentir y actuar conforme a las
mociones del Espíritu lleva a una vida y paz verdaderas, que comienzan aquí en la Tierra
y perduran en la eternidad.