A los CIUDADANOS del ESTADO de NUEVA YORK

:
Cuando se convoca al público para que estudie y decida una cuestión que no sólo atañe
profundamente a los actuales miembros de la comunidad, sino de la que en gran medida
dependen la felicidad o la desdicha de futuras generaciones, el espíritu benévolo no puede
evitar sentirse particularmente interesado en el resultado.
En esta situación, confío en que los débiles esfuerzos de un individuo para conducir a las
mentes del pueblo a una decisión sabia y prudente resulten aceptables para el sector honesto y
desapasionado de la comunidad. Alentado por esta consideración, me he visto inducido a
exponer mis ideas acerca de la actual y grave crisis de nuestros asuntos públicos.
Tal vez nuestro país nunca haya presenciado un período tan crítico en nuestra vida política.
Hemos experimentado la debilidad de los vínculos que mantienen juntos a estos Estados
Unidos, y, en ocasiones, la falta de energía suficiente en nuestra actual confederación para
ocuparse de los asuntos generales. Se han propuesto diferentes remedios para solventar estos
males, pero ninguno ha prosperado. Finalmente, se ha reunido una Convención de Estados
que ha redactado una Constitución que ahora, probablemente, se someta a la aprobación o
rechazo del pueblo, fuente de todo poder y a quien pertenece en exclusiva el derecho de hacer
o deshacer constituciones, o formas de gobierno, según le plazca.
Ante vosotros se halla la más importante cuestión jamás sometida a vuestra consideración, o a
la consideración de pueblo alguno sobre la faz de la tierra, y os corresponde decidir mediante
hombres de vuestra elección, especialmente escogidos para este propósito. Si la Constitución
que se os propone es justa, y ha sido concebida para conservar los preciados dones de la
libertad, para garantizar los inestimables derechos de la Humanidad y fomentar su dicha,
entonces, dándole vuestra aprobación sentaréis las duraderas bases de la felicidad de millones
de descendientes y las generaciones futuras se alzarán para bendeciros.
Podéis regocijaros ante la perspectiva de que este vasto continente se llene de hombres libres
que proclamen la dignidad de la naturaleza humana. Podéis solazaros con la idea de que la
sociedad de esta tierra favorecida avance hasta el punto culminante de la perfección; que el
espíritu humano se expanda en conocimiento y virtud, y la edad dorada, en cierta medida, se
haga realidad. Pero si, por el contrario, esta forma de gobierno contiene principios que
llevarán al aplastamiento de la libertad, si su tendencia es la de establecer el despotismo o, lo
que es peor, una aristocracia tiránica, entonces, si la aprobáis, ese último refugio de la libertad
perecerá y la posteridad denigrará vuestra memoria.
Por tanto, la cuestión que debéis resolver es trascendental, y todas las razones que debieran
influir a una mente noble y virtuosa os instan a examinarla con detenimiento y a tomar una
decisión sensata. Se insiste, de hecho, en que ha de acogerse esta Constitución, aunque sea tan
imperfecta. Si tiene algunos defectos, se dice, podrán remediarse mejor cuando se
experimenten. Pero recordad que cuando el pueblo se desprende del poder rara vez o nunca
puede recuperarlo de nuevo sin recurrir a la fuerza. Pueden mostrarse muchos ejemplos en los
que el pueblo ha aumentado voluntariamente los poderes de sus gobernantes, pero pocos, si
acaso alguno, en que los dirigentes hayan disminuido su autoridad de buen grado. Esta razón
basta para para impulsaros a ser prudentes a la hora de confiar los poderes del gobierno. [...]
La historia no nos muestra ningún ejemplo de república libre semejante en extensión a los
Estados Unidos. Las repúblicas griegas eran pequeñas, al igual que la de los romanos. En
ambos casos, ciertamente, con el paso del tiempo las conquistas alcanzaron vastas
extensiones, y la consecuencia fue que sus gobiernos pasaron ser libres a convertirse en los
más tiránicos que jamás existieron en el mundo.
No sólo se oponen a la idea de una república extensa la opinión de los más grandes hombres y
la experiencia de la Humanidad; también es posible formular argumentos en contra, derivados
de la razón y de la naturaleza de las cosas. En todo gobierno, la voluntad del soberano es la
ley. En el caso de un gobierno despótico, puesto que la suprema autoridad está en manos de
un solo individuo, su voluntad es ley y puede aplicarse tanto a un territorio amplio como a
uno reducido. En una democracia pura, el soberano es el pueblo y dicta su voluntad por sí
mismo; para ello, todos sus miembros han de reunirse para deliberar y decidir. Este tipo de
gobierno no puede ser ejercido, por tanto, sobre un país de extensión considerable, sino que
debe reducirse a una sola ciudad, o al menos contenerse dentro de los límites que permitan al
pueblo reunirse sin dificultad, debatir, entender la materia que se somete a su consideración
y emitir su opinión al respecto.
En una república libre, si bien todas las leyes se derivan del consentimiento del pueblo, éste
no otorga su consentimiento por sí mismo, personalmente, sino a través de representantes que
él elige, a los que se supone conocedores de la opinión de sus electores, y con la integridad
suficiente para llevarla a efecto.
En todo gobierno libre, el pueblo debe prestar su consentimiento a las leyes por las que se
rige. Éste es el verdadero criterio de distinción entre un gobierno libre y uno arbitrario. El
primero gobierna según la voluntad del pueblo, expresada conforme al modo que hayan
acordado; el segundo se rige por la voluntad de uno solo o de unos pocos. Si el pueblo ha de
prestar su consentimiento a las leyes, a través de personas elegidas y designadas por él
mismo, la forma de elección y el número de representantes deben ser tales que éstos
compartan el parecer del pueblo, y estén dispuestos y, por tanto, capacitados para expresarlo.
Pues si no conocen o no están dispuestos a expresar el sentir del pueblo, no es el pueblo quien
gobierna, sino que unos pocos ejercen la soberanía. Ahora bien, en un país extenso es
imposible tener una representación que comparta la opinión del pueblo y posea la integridad
necesaria para expresarla, sin ser tan numerosa e inmanejable como para verse expuesta a los
inconvenientes de un gobierno democrático.
El territorio de los Estados Unidos es de una gran amplitud; en la actualidad cuenta con cerca
de tres millones de almas y puede albergar hasta diez veces este número. ¿Es factible que un
país tan extenso y poblado como pronto lo será éste elija representantes que expresen sus
puntos de vista, sin que su número sea tan elevado como para que resulte imposible despachar
los asuntos públicos? Ciertamente no.
En una república, los actos, el sentir y los intereses del pueblo han de ser similares. Si éste no
es el caso, se producirá una constante confrontación de opiniones y la representación de una
parte se hallará en continua disputa con los de la otra. Esto supondrá un lastre para el
funcionamiento del gobierno e impedirá que se adopten las disposiciones que fomente el bien
público. Si aplicamos esta observación a las circunstancias de los Estados Unidos, nos
convenceremos de que éstas no nos permiten que tengamos un gobierno único. Los Estados
Unidos comprenden una gran variedad de climas. Las producciones de las diferentes partes de
la Unión son muy diversas, y sus intereses, por tanto, distintos. Sus usos y costumbres
difieren tanto como sus climas y producciones, y sus opiniones son en absoluto coincidentes.
Las leyes y las costumbres de los diferentes Estados son en bastantes aspectos muy diversas y
en algunos casos opuestas. Cada Estado estaría a favor de sus propios intereses y costumbres
y, en consecuencia, un cuerpo legislativo integrado por representantes de las respectivas
partes, no sólo sería demasiado numeroso para actuar con algún cuidado o determinación,
sino que se compondría de principios tan heterogéneos y discordantes que constantemente
estarían enfrentados entre sí.
Las leyes no pueden llevarse a efecto con prontitud en una república tan extensa como los
Estados Unidos.
Para la aplicación de las leyes, los dirigentes de todo gobierno han de contar con el apoyo de
un brazo armado, sostenido a tal efecto con cargo al erario público, o bien con el del pueblo,
dispuesto a acudir en ayuda del gobernante en caso de resistencia. [...]
Una república libre nunca mantendrá un ejército permanente para aplicar sus leyes. Debe
depender del apoyo de sus ciudadanos. Pero cuando un gobierno ha de recibir sus apoyos de
la ayuda de los ciudadanos, debe estar configurado de tal manera que pueda merecer la
confianza, el respeto y la estima del pueblo. Los hombres que, ante la llamada del gobernante,
se prestan a ejecutar las leyes, lo hacen por aprecio al gobierno, o bien por miedo. Cuando hay
un ejército permanente a mano para castigar a los transgresores, todo hombre actúa movido
por este último principio y, por tanto, lo que el gobernante disponga, será obedecido. Pero
cuando éste no es el caso, el gobierno debe obtener un respaldo basado en la confianza y en el
respeto que el pueblo le conceda a él y a sus leyes. Si cuenta con la adhesión del grueso del
pueblo, el gobierno siempre se bastará para sostener y llevar a efecto sus leyes, y para actuar
sobre los miedos de cualquier facción que se le pueda oponer, de manera que no sólo se evite
la oposición a la aplicación de las propias leyes, sino que se inste a la mayoría a prestar su
apoyo al gobernante.
Pero no es probable que en una república tan amplia como los Estados Unidos, el pueblo
confíe tanto en sus dirigentes como resulta necesario para estos fines. La confianza que el
pueblo tiene en sus gobernantes, en una república libre, brota del hecho de conocerlos, de que
respondan de su conducta y de la capacidad de expulsarlos cuando se comporten
incorrectamente. Pero en una república de las dimensiones de este continente, el pueblo en
general conocerá a muy pocos de sus dirigentes, ignorará sus actos, y resultará
extremadamente difícil cambiarlos. Los pueblos de Georgia y de New Hampshire no
conocerían las opiniones el uno del otro y, por tanto, no podrían obrar de forma concertada
para llevar a cabo un relevo general de representantes. Las diversas partes de un país tan
extenso no podrían llegar a conocer la conducta de sus representantes, ni estar informadas de
las razones en que se basan las medidas adoptadas. En consecuencia, no confiarán en sus
respectivos cuerpos legislativos, sospecharán de sus ambiciones, verán con recelo toda
disposición que adopten, y no apoyarán las leyes que aprueben. De manera que habrá un
gobierno exangüe e ineficiente, y no podrá ser de otro modo, salvo que se establezca una
fuerza armada para ejecutar las leyes a punta de bayoneta. Y este es, de todos los gobiernos, el
más temible.
En una república tan vasta como los Estados Unidos, el cuerpo legislativo no puede atender a
todos los intereses y necesidades de sus diversas partes. No puede ser lo suficientemente
numeroso como para conocer las circunstancias y carencias locales de sus diferentes distritos,
y si pudiera, sería imposible que tuviera suficiente tiempo para despachar y resolver todos los
asuntos de esta naturaleza que continuamente surgirían.
En una república tan extensa, quienes ocupan los grandes cargos del gobierno pronto se
sustraerían al control del pueblo y abusarían de su poder para engradecerse a sí mismos y
oprimir a éste. Las tareas encomendadas a los cargos ejecutivos, en un país de la extensión de
los Estados Unidos, han de ser diversas y muy amplias. El mando de la infantería y de la
marina de la república, la designación de cargos públicos, la facultad de conceder indultos, la
recaudación de todos los ingresos públicos y el poder de disponer su gasto, así como otras
competencias, deben confiarse en todo Estado, en manos de unos pocos. Cuando dichas
competencias están acompañadas de grandes honores y retribuciones, como siempre ocurrirá
en los Estados extensos, de modo que muchos hombres se interesen por obtenerlas y puedan
convertirse en el objetivo de individuos ambiciosos e intrigantes, éstos no cejarán en su
empeño por conseguirlas. Una vez adquirido el poder, lo usarán con el fin de satisfacer su
propio interés y ambición, y es extremadamente difícil, en una república muy grande, hacer
que respondan de su mal comportamiento o impedir sus abusos de poder.
Éstas son algunas de las razones que demuestran que una república libre no puede subsistir en
un país tan extenso como estos Estados. Por tanto, si la idea que inspira a la nueva
Constitución es fusionar todos los Estados en uno, como parece evidente, no debería ser
aprobada.
Aunque opino que establecer un gobierno único de toda la Unión en forma de república es ya
una razón suficiente para rechazar el proyecto, aunque cuando se hiciera caso omiso de esta
objeción seguiría habiendo en él defectos tan importantes y fundamentales, que deberían
empujar a todo amigo de la libertad y la felicidad humanas a no adoptarlo. Ruego que mis
compatriotas me concedan su atención franca y desapasionada, al exponer estas objeciones:
me han acudido a la mente tras una atenta consideración del asunto y sinceramente me
parecen bien fundadas.
Existen muchas objeciones de menor relevancia, a las que no haré referencia, pues no cabe
esperar la perfección de ningún producto humano. Pero si no creyera en conciencia que este
plan es defectuoso en sus principios fundamentales, sobre cuya base ha de asentarse un
gobierno libre e igual, guardaría silencio.
BRUTUS, 18 de octubre de 1787. Artículos federalistas y antifederalistas – El debate sobre la
Constitución americana. Alianza Editorial, 2002. Traducción: Pablo Lledó, 2002.
http://www.mundolibredigital.com/?p=657

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