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REVISTA BÍBLICA

Año 58 – 1996 Págs. 161-171

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LA CRÍTICA DE LOS DIOSES EN EL LIBRO DE LOS SALMOS

Antoine Mouhanna

El salterio, expresión de la vida litúrgica del pueblo de Israel, reproduce en un estilo lírico

y didáctico la doctrina teológica veterotestamentaria, particularmente la de los Profetas. Esto se manifiesta claramente en el juicio que pronuncia sobre los dioses de las naciones. Allí se reconoce una evolución doctrinal según las etapas sucesivas en las cuales los salmos han visto

la luz.

1. ¿POR QUÉ EL SALTERIO CRITICA A LOS DIOSES?

Antes de entrar al centro mismo del debate, es inevitable plantear la siguiente cuestión:

¿por qué los profetas, y a su vez el salterio, se empeñan en una lucha sin respiro contra los dioses de los pueblos vecinos? El contexto histórico-religioso parece presentar las siguientes razones.

1. Monoteísmo y Politeísmo

Cuando el libro de los salmos habla de los dioses de las naciones, los condena si ningún atenuante. ¿Lo hace porque quiere defender la pureza del monoteísmo yahvista, que rechaza categóricamente la existencia de otros dioses distintos de Yahvé? En otras palabras, ¿se trata de una lucha ideológica entre el monoteísmo y el politeísmo? El análisis objetivo de los datos del Antiguo Testamento no nos permite sacar esta conclusión, sin matizarla. En efecto, podemos distinguir dos etapas en la evolución del monoteísmo yahvista: la del monoteísmo práctico, que admite implícitamente la existencia de otros dioses en

[162] el ámbito de los otros pueblos, todos ellos subordinados a Yahvé, y la del monoteísmo teórico, que rechaza de manera categórica la existencia de otros dioses de cualquier forma que sea.

Antes de llegar, con el Deutero-Isaías, a la profesión de un monoteísmo puro, radical y

absoluto: “Yo soy Yahvé, fuera de mí ningún dios existe

dios, ni después de mí lo habrá” (Is 45,5; 43,10), el problema del politeísmo teórico aún no había sido planteado. Incluso cuando el Antiguo Testamento afirma que Yahvé ha sido siempre el Dios único del pueblo de Israel, y que él prohibió absolutamente a su pueblo reconocer otros dioses distintos de sí, Yahvé permaneció durante un cierto período como el dios particular de Israel Si bien la legislación mosaica reconoce claramente el monoteísmo, siempre que Yahvé mismo se manifiesta a Moisés, lo hace menos como un Dios único que como un Dios celoso (Ex 20,5; 34,14). Para el libro de los Jueces (2, 23-24), los Israelitas dependen de Yahvé, como los moabitas de Kemosh (Num 21,29; 1Re 11,7). En tiempos de David existía la persuasión de que el reino de Yahvé no traspasaba las fronteras del territorio de Israel (1Sam 26,19). Más tarde, Ajaz ofrecerá sacrificios a los dioses de Aram, para solicitar su apoyo, porque estaba persuadido de que estos reinaban fuera de su territorio (2Cro 28,23). Esto supone que los israelitas admitían implícitamente la existencia de otros dioses para los otros pueblos. Tal situación ha llevado a algunos biblistas a calificar esta etapa de henoteísmo o de monolátrica. Así podemos concluir que los salmistas no fueron siempre monoteístas puros; que la condena de los dioses de las naciones, siempre atribuidas al monoteísmo, no había sido suscitada por el desafío entre dos ideologías religiosas y que, en consecuencia, lo que se ve en primer lugar no es el politeísmo como tal.

Antes de mí no fue formado otro

2. Fe y ateísmo

La lucha entre el yahvismo y el paganismo no se sitúa, como podría parecer a primera vista, sobre el plano ideológico de un conflicto entre la fe y el ateísmo. Se nota por cierto entre los israelitas una cierta tendencia a negar la existencia de Dios: “El necio ha dicho en su corazón: No hay Dios” (Ps 14,1. 53,2). Pero, de hecho, sólo se trata de una forma de ateísmo práctico; el israelita que rechaza la existencia de Dios no es el filósofo que se esfuerza en formular teorías fundadas sobre argumentos racionales; es más bien el impío y el codicioso, el necio y el malvado, que, para justificar sus acciones corruptas y abominables (Ps 10,4; 14,1), niegan la existencia de Dios. El problema que preocupaba al israelita no era el del ateísmo teórico,

[163] prácticamente desconocido, sino la justificación de una conducta inmoral. La condenación de los dioses no se basa entonces en esta clase de razones.

3. La infiltración de la idolatría en Israel

Los dioses paganos no eran familiares a los Padres (Dt 13,7; 28,64; Jer 9,15:16,13:19,4). Estos son nuevos, recién llegados (Dt 32,17). No obstante, el yahvismo israelita debía confrontarse constantemente con el paganismo de los pueblos vecinos. Esta lucha, que había comenzado con la entrada en el país de Canaán, tuvo que proseguir durante toda la historia de Israel. Los cananeos tenían una civilización, una cultura y una tecnología superiores a las de los israelitas nómadas que vinieron a establecerse entre ellos. No es sorprendente que su religión haya seducido a muchos Israelitas. Baal, Astarté y Tammuz encontraron numerosos adeptos (Ez 8,14.16; 2Re 23,5). El mismo rey Salomón favoreció el culto de Astarté (1Re 11,5), así como el de Kemosh, dios de los moabitas y el de Milkom, dios de los ammonitas (1Re 11,7). En el templo de Jerusalén se les ofrece sacrificios. El culto de Baal era muy popular en Israel. Muchos santuarios le estaban dedicados, entre los más célebres están los de Baal-Peor al noreste del Mar Muerto (Num 25,3; Ps. 106,28), Baal Berith en Siquem (Jue 8,33; 9,4). 1 Numerosas personas en Israel llevaban un nombre formado con un compuesto de Baal: Jerubaal (Jue 6,32), Ishbaal (2Sam 2,8), Merib-Baal (1Cro 8,34; 9,40). etc. El nombre de Baal terminó por designar al mismo Yahvé (Os 2,18). El salmista recuerda cómo la cólera de Yahvé se encendió contra los Israelitas, en tiempos de Moisés, por haber ofrecido sacrificios a Baal-Peor (Ps 106,28: Num 25,1-18). El culto de Astarté, por su parte, había logrado mantenerse en Israel hasta la reforma de Josías. La reina de los cielos que los israelitas, fugitivos en Egipto, se obstinaban en adorar, ¿no habrá sido la Astarté fenicia (Jer 44, 17ss.)?

Tal es la razón fundamental. El yahvismo estaba en peligro. Era necesario poner remedio. Los Profetas y los Sabios se encarnizaron en combatir estas formas de idolatría. Jeremías (2,1- 37; 11,1-13) y Ezequiel (6,1-14) profirieron amenazas muy duras contra los israelitas idólatras, en tanto que Elías, para poner fin al peligro idolátrico, debió exterminar a los sacerdotes de Baal (1Re 18,20-40). Los Sabios, a su vez, debieron estigmatizar la esterilidad de la religión

1 El Nuevo Testamento hablará de Beelzebú y verá en él al Príncipe de los Demonios (Mt.

12,24).

[164] pagana, para poner en guardia a sus correligionarios contra las seducciones de la idolatría. Esta misma inquietud se encuentra en los himnos del Salterio, que dirigen críticas virulentas contra los dioses de las naciones.

4. Relevamiento de un desafío

Otra razón, no menos importante, milita a favor de la lucha entre el monoteísmo yahvista y el paganismo de las naciones. Con la ocupación babilónica, Jerusalén había capitulado, el templo había sido saqueado y los israelitas, deportados a la Mesopotamia. Allí debieron afrontar el grave desafío del menosprecio que los conquistadores les dirigían. ¿Dónde está el dios de los Israelitas, cuya casa está en ruinas y el pueblo en el exilio? “Por tu amor, por tu fidelidad,, que no digan los paganos: ¿Dónde está su Dios?” (Ps. 115,2). La derrota de los habitantes de Judea, ¿no será la derrota de su dios y por lo mismo un reconocimiento de la superioridad de los dioses de Babilonia? Como consecuencia de esta derrota, se añadirán también las burlas de sus vecinos moabitas y edomitas (Ps 79,1-4). Tal reto constituía un grave y serio peligro para los numerosos israelitas que habían empezado a poner en duda la omnipotencia de Yahvé. Era menester afrontar el desafío y levantar la moral de los israelitas escépticos. La respuesta está dada por el salmista: a pesar de la terrible derrota, de la destrucción el templo y de la deportación a un país lejano, nuestra fe en Yahvé es inconmovible. Porque nuestro Dios no reside exclusivamente aquí abajo, como los dioses de las naciones. Él habita en el cielo y sobre la tierra: es todopoderoso y soberano absoluto; hace todo lo que quiere, mientras que los de ustedes son impotentes, inertes y sin vida, porque son obra de la mano del hombre (Ps 115,4-7).

II.

NATURALEZA DEL CONFLICTO ENTRE YAHVÉ Y LOS DIOSES DE LAS NACIONES

Toda la polémica religiosa entre los israelitas y las otras naciones giraba en tomo a dos puntos prácticos, íntimamente vinculados entre sí. En primer lugar se preguntaba quién era más poderoso, Yahvé o los dioses de las naciones. En segundo lugar, si y en qué medida los dioses se preocupan por los seres humanos y pueden darles protección. En torno a estos dos puntos capitales los israelitas se enfrentaron en duelo con los pueblos vecinos. El libro de los Salmos se esfuerza en probar la superioridad infinita de Yahvé frente

[165] a la impotencia radical de los dioses de las naciones. Además, pone de relieve el amor eficaz y la misericordia ilimitada de Yahvé, así como su providencia que vela no solamente sobre su pueblo sino también sobre todos los seres humanos.

1. Los dioses de las naciones son inferiores a Yahvé

Si al principio Yahvé era un dios entre otros, no era, de ningún modo, un dios como los otros. Siempre ha sido el Altísimo (Ps 89,28). el trascendente (Ps 113,4), el Dios de los dioses (Ps 50,1; 136.2), el Señor de los señores (Ps 136,3), el Juez de los jueces (Ps 82,1: cf. Is 3,13), el Creador del cielo y de la tierra, el Yahvé Sabaoth (Ps 24,10), el Amo absoluto del universo

y

de todas las fuerzas cósmicas (Ps 89,10-13). Su poder supera los limites del pueblo de Israel

y

se extiende a todas las naciones (Ps 82,8). No tiene igual (Ps 18,32; 35,10; 40,6; 71,19;

77,14; 86,8; 89,7; 95,3); es grande, laudable y temible por encima de todos los dioses (Ps 89,5; 96,4; 97,9); sobrepasa todos por su poder sin limites (Ps 135,5; 95,3; cf. Ex 18,11). Es omnipresente y omnisciente (Ps 73,11; 94,8-11; 139.1-16). Los ángeles, los pueblos, los demonios y los dioses le deben adoración. Toda la naturaleza le debe rendir homenaje: los cielos y la tierra, el mar y todo lo que contiene, el campo y todo cuanto lo habita (Ps 96). Sólo

a Él pertenecen todos los pueblos; solo a Él deben obediencia, fidelidad y culto (Ps 86,8-9). En comparación con esta sublimidad, ¿qué son los dioses de las naciones?

1. Los dioses están subordinados a Yahvé

Los dioses han sido siempre, para los israelitas, los dioses extranjeros, los dioses de préstamo (Ps 81,10; cf. Jer 1.16), los recién llegados (Dt 32,17), que sus Padres ni siquiera conocían (Dt 13,7; 28,64; Jer 9,15; 16,13; 19,4). El libro de los Salmos insiste en esta subordinación de los dioses a Yahvé, en su debilidad e impotencia frente a la omnipotencia del Dios de Israel (Ps 115,5-7; 135,16-18; cf. Jer 2,11). No sólo todas las naciones y todos los reyes deben prosternarse ante Yahvé (Ps 22,28; 72,11), sino también todos los dioses deben rendirle homenaje (Ps 97,7).

2. Los dioses son demonios, ídolos y nada

La Biblia no ignora que el ídolo, para los paganos, no es el dios sino el símbolo de un dios invisible. Sin embargo, para hacer sensible la existencia y la presencia de los dioses, es necesario erigirles estatuas. Los devotos llegan fácilmente a confundir pura y simple-

[166] mente las estatuas con los dioses. No obstante, la Biblia afirma que el dios que el ídolo pretende simbolizar es un ser de nada (Dt 32,21), una pura vanidad (Jer 2,5), infinitamente inferior a Yahvé. Para expresar esta realidad, el libro de los Salmos califica a estos dioses de demonios, ídolos, nada. El texto masorético del libro de los Salmos recurre a tres términos: ‘elilim (96,5: 97,7), sedim (106,37) y ‘asabim (106,36; 115,4), en tanto que la versión de los Setenta se vale de dos términos: daimon (95,5; 105,37) y éidola (96,7; 113,12).

La palabra ‘elilim expresa la idea de nada y de vanidad: sed significa el amo y señor; los dioses serían así los dueños y señores de las naciones (Ps 106,37: cf. Dt 32,17), mientras que ‘asab quiere decir lo que está modelado y designa al ídolo. La Palabra daimonion 2 no hay que entenderla en el sentido de espíritu malo, de ángel caído, de tentador del hombre y enemigo de Dios, que ha tomado más tarde en los apócrifos. Como acabamos de ver, daimonion sirve para traducir ‘elilim y sed, que no tienen ninguna conexión con los espíritus o los ángeles caídos. Hay que notar, además que el versículo pantes oi theoi ton etnon daimonia (Ps. 95.5), es la reproducción literal de 1Cro 16,26. Al daimonia del salmo 95,5 (LXX) corresponde ‘elilim en el texto hebreo (Ps. 96,5). Asimismo, el libro de las Crónicas reproduce la misma expresión; pero en lugar de daimonia se lee éidola (1Cro 16,26). El texto hebreo correspondiente es idéntico en los Salmos y en el libro de las Crónicas. La misma palabra ‘elilim aparece en los dos libros, lo que quiere decir que para la LXX estos dos vocablos son sinónimos.

2. Los dioses de las naciones están desprovistos de toda existencia real

Con Jeremías y el Deutero-Isaías se ha dado un paso importante

2 En Mesopotamia los dioses son frecuentemente llamados los hijos de Anu, dios del cielo. Se pensaba que estos demonios frecuentaban los cementerios y los parajes desiertos, sobre todo, durante la noche. Los mesopotámicos distinguían los demonios buenos de los malos. Invocaban a los primeros para prevenirse contra la acción maléfica de los segundos. En el mundo griego el daimon es un ser intermediario entre los dioses y los hombres. Los daimones intervienen en la vida de los hombres para inspirar temor y causar el mal. En los Apócrifos, el demonio pasa a ser el espíritu malo, el ángel caído. el tentador del hombre y el enemigo de Dios. Los demonios están organizados en un reino; su jefe es Satán. Los espíritus no solo inspiran temor al hombre, sino que son los instigadores que lo empujan al mal.

[167] en la toma de conciencia del monoteísmo puro y verdadero. Los dioses distintos de Yahvé no sólo eran inferiores e impotentes en relación con Él, sino que también estaban desprovistos de toda existencia. Esta convicción ha permitido al pueblo de Israel sacar las siguientes conclusiones:

1. Los dioses son obra de las manos humanas

El salmista no cesa de afirmar que Yahvé es el Creador del cielo, de la tierra y de todo el universo, en tanto que los dioses son pura fabricación humana. La Biblia les califica como obra de la mano del hombre. La expresión erga jeiron anthropon (heb ma’ase yedé ‘adam) aparece solamente dos veces en el libro de los Salmos, en un contexto paralelo (Ps 113,12 LXX; 134,15 LXX); es, por el contrario, un tema frecuente en el Antiguo Testamento (Dt 4,28; 2Re 19,18; 2 Cro 32,19; Sab. 13.10) y particularmente en los profetas (Is 2,8; 37.19; 40, 18-20; 44,9-10; Jer 1,16; 10,1-2; Bar 6,7-8; etc.). Los autores sagrados insisten en la materialidad de los ídolos frente a la trascendencia y a la inmaterialidad de Yahvé. El hombre saca al ídolo de la materia inerte: del oro, plata, madera, piedra, arcilla, bronce, etc.; la modela, le da la forma que él quiere, humana o animal, y se postra delante de él. Mientras que el hombre está hecho a imagen de Yahvé y lleva una semejanza divina, el ídolo está hecho a imagen de su autor y lleva una semejanza humana y animal (Is 44,13; Sab 13,13-14). Por lo. tanto, ella no tiene nada de divino. Por valiosa que sea la materia, por grande que sea el artista, el ídolo no es más que una imagen inerte y sin vida, un ser inanimado. Es una creación del hombre que no tiene otra realidad que la de la materia de que está hecha. Ella representa la vacuidad absoluta y la impotencia radical de los falsos dioses. ¿No será esta la razón por la cual la fabricación de imágenes y estatuas está prohibida en el Antiguo Testamento (Ex 20,4; Dt 4.16-19; 5,8)? Este contexto da a la crítica de los dioses su verdadera dimensión. En efecto, si no se le presta la suficiente atención, se reducirán las invectivas contra los falsos dioses a una sátira y burla banal.

2. Son objetos muertos e inanimados

En tanto que Yahvé es viviente y fuente de vida, los ídolos son objetos muertos e inanimados. Por medio de una serie de antítesis, el salmista describe burlonamente y hace resaltar en un estilo expresivo:

[168]

Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos. pero no ven, tienen orejas, pero no oyen, tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan. (Ps. 115,5.7; 135,16-17)

Los ídolos son seres inanimados. Se los llama dioses, pero en realidad no lo son (Jer 2,11). No son más que pura materia y, por tanto, inertes y sin vida; por preciosa que sea esa materia. Son seres de nada (Dt 32,21), dioses inexistentes (Jer 5,7), pura vanidad (Jer 2,5). Para que el dios sea un ser viviente necesita un elemento esencial. Jeremías decía que le falta el espíritu:

ouk estin pneuma en autó (Jer. 10,14). Habacuc era más categórico todavía: pan pneuma ouk estin en auto (Hab 2,19), 3 El libro de la Sabiduría dirá que los ídolos son sin alma apsyja (Sab 13,17; 14,29). En consecuencia, es una cosa muerta porque le falta el elemento absolutamente vital: la psyjé. No solamente son impotentes, sino que son la impotencia personificada.

3. Los dioses son abominación y objeto de desprecio

Lo que admira el salmista es la santidad de Yahvé. El es no sólo el Santo que se sienta en un trono de santidad (Ps 47,9; 29,2; 96,9) sino también el Santo de Israel (Ps 71,22; 78,41; 89,19). Esta última expresión muy usada por el profeta Isaías (1,4; 12,6; 37,23; 41,14; 43,14; 48,17; cf. 2Re 19,22), encuentra su explicación no en el hecho de que Yahvé está consagrado a Israel, sino más bien en el hecho de que Él consagró Israel a si mismo. Es a causa de esta consagración a Yahvé que el mismo Israel es llamado santo (Ex 19,6; Sab 10,15; Ecli 17.25; Is 62.12).

En comparación con esta sublime santidad, los dioses están desprovistos de todo carácter trascendente y santo; su culto no es más que mancha y prostitución (Ps 106,39). También son objeto de desprecio. Son tan despreciables en tanto que el material utilizado para la fabricación de los ídolos es profano y el fabricante, frágil.

3. Los dioses de las naciones no pueden ocuparse de los seres humanos

La superioridad de Yahvé respecto de los dioses de las naciones,

3 “No hay en él ningún espíritu”.

[169] se demuestra no sólo en el plano del ser, sino también en el plano de la actividad. En compensación por el culto que rinde a los dioses, el hombre espera obtener la vida, la salud, la justicia y el bienestar: “¿quién esculpe un dios, se pregunta Isaías, sin esperar alguna ventaja?” (Is 44,10). Pero sólo Yahvé es capaz de otorgar esas ventajas, ya que los dioses están en la imposibilidad absoluta de brindar protección a quienes la solicitan de ellos.

1. Sólo Yahvé da la vida

Él es el Dios viviente (Ps 84,3; cf. 1Re 17,1), y la fuente de la vida (Ps 36,10); él la da (Ps 71,20: 80,19; 85,7; 119,25: 119, 107; 133,3) y la conserva (Ps 66,9; 119,88; 138,7). Él es quien procura la salvación (Ps 61,5; 73,28), y la felicidad que supone el amor, la justicia, la paz, la fidelidad (Ps 85,11-12), y la alegría (Ps 96,11). Él hizo surgir una creatura viviente, que es su pueblo. No es un dios modelado según la imagen de un hombre, sino que el hombre es modelado a imagen de Dios. ¿Cómo, entonces, objetos inanimados, sacados de una materia inerte y muerta, e incapaces de moverse (Ps 115,5-7; 135,15-17), pueden dar lo que ellos mismos no tienen?

2. Yahvé solo salva

Si el israelita recurre con frecuencia a Yahvé en sus angustias para que lo salve (Ps 3,8; 6,5; 7,2; 31.17; 54,3; 69, 15; 71,2; 109,21; 115,4; 118,25; 119,146), es porque sabe que Yahvé ya ha sido para él la salvación (Ps 118,14.28). porque Él es un Dios que salva (Ps 68,21), y es roca de salvación (Ps 89,27). La actividad salvífica de Yahvé se ha manifestado en los acontecimientos del éxodo, para salvar a su pueblo de la esclavitud de Egipto (Ps 105,26-39; cf. Ex 14), especialmente en el castigo de los primogénitos egipcios y los prodigios obrados para reducir a la nada al Faraón, como también en la conquista de Palestina, donde sometió a todos los reyes de Canaán y de los países vecinos en beneficio de su pueblo (Ps 135,8-14). El israelita está convencido de que Yahvé siempre ha estado cerca de su pueblo y lo ha protegido siempre contra sus enemigos (Ps 105,40-45), y que la salvación de Yahvé se extiende a los necesitados y a los pobres (Ps 72,13; 109,31; Jb 36,15), a los humildes (Ps 18,28) y a los inocentes (Jb 22,30), particularmente a los justos (Ps 37,40; 85,10). Esta salvación adquiere asimismo una dimensión universal, ya que Yahvé salva a todos los hombres (Ps 36,7), principalmente a los pobres y los humildes de la tierra, y a cualquier pueblo o nación que a Él se acoge (Ps 76,10). No se puede esperar

[170] de los dioses paganos una salvación y una providencia tal, porque esos dioses son ciegos e incapaces de discernir el bien del mal (Ps 82,5-7) y, en consecuencia, incapaces de producir el bien.

3. Sólo Yahvé es justo

Para los israelitas, el mundo creado está bajo el dominio de las potencias del mal (Ps 82,5- 6). Los dioses de las naciones representan un sistema judicial corrompido, que favorece a los inicuos a costa de los débiles y oprimidos. El salmista, por el contrario, quiere que Yahvé reine como juez supremo y universal, para condenar la injusticia y restablecer el orden original. Él no está aliado a un tribunal de perdición que erige el desorden en ley (Ps 94,20). Por eso convoca a los dioses y a las potencias de la tierra para pedirles cuenta de las injusticias y males que han cometido (Ps 82,1-2). El salmista lo invoca para hacer justicia a su pueblo oprimido, a la viuda, al extranjero y al huérfano asesinados (Ps 94,6), al justo atacado y al inocente condenado (Ps 94,21).

Frente a la fecundidad de la acción de Yahvé está la esterilidad absoluta de los dioses. Para todo lo que se espera de ellos, especialmente la salvación, la vida, y el éxito, ellos resultan ineficaces. Todo lo que se puede decir es que son buenos para nada (Is 44,9). De la misma manera que no pueden producir el bien, ni siquiera son de temer, porque no pueden causar ningún mal (Jer 10,4-5).

CONCLUSIÓN: LA IDOLATRÍA, FUENTE DE INFELICIDAD Y DECEPCIÓN

Del análisis que acabamos de hacer, resulta que el salmista dirige un doble mensaje, destinado, por una parte, al idólatra que se obstina en su deseo de rendir culto a los dioses y de fundar su esperanza en ellos, y, por la otra, al israelita que fuese tentado de abandonar el monoteísmo yahvista para seguir a otros dioses.

1. El idólatra es un ser miserable

El idólatra es una persona ignorante, digna de compasión. Está en contradicción consigo mismo y no cosechará más que decepción y amargura. En lugar de cimentar su esperanza en un Dios verdadero, todopoderoso, justo y siempre dispuesto a venir en su ayuda, él la funda en un objeto inanimado, inexistente y radicalmente incapaz de producir un bien o de causar un mal. Pide a un ídolo que

[171] él mismo ha modelado y sacado de la materia inerte, la vida, la salvación y el éxito (Ps 135,17: cf. Jer 10,14; Hab 2,19). Venera la obra de manos humanas: por preciosa que sea la materia con la que el ídolo está fabricado, por grandes que sean el arte y la habilidad del artista, el idólatra adora como dioses algo que es inferior a él mismo.

2. Llamado de alerta al israelita

El salmista, lo mismo que el profeta, tiene en vista a sus compatriotas para prevenirlos y advertirles sobre el peligro de la idolatría. Él les dirige un triple mensaje:

a) El salmista se esfuerza en demostrarles la superioridad y la sublimidad de su religión,

así como las ventajas que se arriesgan a perder si abandonan a Yahvé, gran benefactor, roca de salvación y fuente de vida, para dejarse seducir por falsos dioses, que solo pueden engañarlos. Todo israelita que sienta la tentación de abandonar a Yahvé para venerar los ídolos abominables y detestables, deberá saber que no podrá esperar absolutamente nada de ellos; además, cometerá una locura y se atraerá la maldición de Dios.

b) Cualquiera haya sido el motivo que los empujó a abandonar el yahvismo, y a pesar de

las influencias nefastas que el paganismo pudo ejercer sobre ellos, deben ponerse en guardia contra la idolatría, que no sólo ha sido incapaz de asegurar a las naciones el lugar al que tienen derecho en el orden de la creación, sino que, sobre todo, ha sido incapaz de dar protección al pueblo de Israel. El israelita tendrá que recordar que la vergüenza es la suerte de aquellos que siguen a los ídolos (Ps 97,7) y que la idolatría es una verdadera trampa para Israel (Ps 106,36).

c) El israelita debe recordar que la victoria de Yahvé sobre los dioses de las naciones ya

ha comenzado, y que el reino mesiánico de Yahvé no tardará en llegar. Así pondrá fin al culto de los falsos dioses, cuya suerte no puede ser otra que la destrucción y la aniquilación definitiva y total.