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El secreto de la invención
En busca de la naturaleza humana

Los biólogos, neurólogos, psicólogos, sociólogos y otros aficionados a observar el
comportamiento humano, discuten a menudo, a veces con extrema virulencia, acerca de
si estamos determinados por nuestra biología y si hacemos las cosas porque somos una
especie animal cuyo comportamiento está programado genéticamente. Hay libros que
estudian en exclusiva este asunto, como El hombre preprogramado, de Irenäus Eibl-
Eibsfeldt. A pesar de que la semana pasada dije que el genio no nace, sino que se hace
(y lo sigo pensando), mi opinión es que no sólo estamos programados, sino que además,
y eso es lo más importante, somos programables. En efecto, los seres humanos no sólo
estamos programados por nuestros genes, o si se prefiere por nuestra historia evolutiva
como especie, sino que también podemos programarnos a nosotros mismos.
Esta es una certeza que ya se alcanzó antes de que la biología fuera una disciplina
científica y mucho antes de que la teoría de la evolución propuesta por Darwin se
convirtiera en la mejor explicación encontrada hasta la fecha acerca de la naturaleza
humana y su origen. Antes de que Darwin publicara su extraordinario libro El origen de
las especies, en muchas culturas ya se había señalado esa tensión del ser humano entre
lo programado y lo programable, entre lo heredado y lo adquirido; entre los genes
(aunque todavía no se hubieran descubierto) y el aprendizaje proporcionado por la
cultura y la educación.
En China, en Grecia y entre los hebreos podemos encontrar mitos en los que el ser
humano muestra su desconcierto ante Dios o los dioses por carecer de una naturaleza
definida, semejante a la que sí parecen poseer los animales. El desenlace de esos mitos
suele ser que la divinidad explica al perplejo humano que él mismo tiene que buscar y
crear su naturaleza. Esa es, precisamente, la idea a la que llegó el propio Aristóteles,
para quien la naturaleza del ser humano sólo puede definirse por su carácter social, ya
que, más allá de eso, "la naturaleza del ser humano consiste en no tener naturaleza". Por
eso, el ser humano debe, como decía el maestro de su maestro Platón (es decir,
Sócrates), conocerse a sí mismo y hacerse haciendo. El jugador de baloncesto Shaquille
O’Neal explicaba que su entrenador Phil Jackson le había enseñado esa gran verdad de
Aristóteles: “Somos lo que hacemos”. Así que cada vez que salía a la pista se dedicaba a
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demostrar quién era él, en vez de decirlo una y otra vez en las ruedas de prensa, como su
rival entonces en el equipo de Los Angeles Lakers, Kobe Bryant.
En opinión de Aristóteles, mientras que los animales están condicionados de manera
casi absoluta por su alma o naturaleza vegetativa o animal, el alma intelectiva que
poseemos los humanos nos permite modificar nuestra identidad. El filósofo al que
Aristóteles más admiraba, Demócrito, lo dijo en una de sus excelentes reflexiones: “La
naturaleza y la instrucción poseen cierta similitud, puesto que la instrucción trasforma al
hombre y, al transformarlo, produce su naturaleza”.
Pero quien quizá lo dijo mejor que nadie fue Pico de la Mirandola en su Discurso de
la naturaleza humana, cuando Dios explica a Adán por qué no le ha dado una
naturaleza definida como la de los animales. Vale la pena citar el pasaje íntegro:
“Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto
propio, ni una prerrogativa peculiar, con el fin de que poseas el lugar,
el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de
acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida
de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí
prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la
determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he
puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes
cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni
inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti
mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás
degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás
regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son
divinas.”
Quizá de este modo se entienda por qué puedo pensar al mismo tiempo que estamos
programados y que somos programables (tanto por nosotros mismos como por la
sociedad). La semana que viene intentaré distinguir entre lo que está y lo que no está en
los genes.