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Carta abierta

Sobre el caso Yakiri Rubio


Hace unos meses se tuvo noticia de un hecho lo mismo indignante que atípico. En diciembre
de 2013, en el Distrito Federal Yakiri Rubio Aupart caminaba a las 8 p.m. rumbo a casa de su
novio, cuando dos sujetos en una motocicleta se acercaron a ella y la amagaron con un
cuchillo, con lo que la obligaron a subir con ellos. Los atacantes son Miguel Ángel Rodríguez
Anaya y su hermano Luis Omar Rodríguez Anaya, quienes atacaron física, psicológica y
sexualmente a la joven; el primero la violó mientras su hermano “les daba espacio”. Es claro
que el caso es indignante, pero resulta también atípico, no porque sea un caso aislado, puesto
que la violencia de género es una triste y frecuente realidad en nuestro país, sino porque
quien perdió la vida a raíz del ataque fue uno de los victimarios y no, para variar, la víctima.
Yakiri, a pesar del peligro, el miedo, el estrés, de todos los agravantes del ataque y la
violación, intentó defenderse en todo momento. No fue una víctima fácil, y el agresor se
ensañó aún más con la joven, trató de asesinar para acabar con su resistencia. Pero Yakiri
luchó por su vida y en defensa de la misma, usó el arma de su atacante a su favor, con lo que
logró herir a su atacante, herida que trajo como consecuencia la muerte del violador.
Podemos ver con claridad que la muerte del atacante como resultado de la legítima
defensa de su víctima no se trata de un asesinato. No asesina quien en situación de total
desventaja y como consecuencia de la posibilidad de perder la propia vida se defiende,
independientemente de cuál sea el resultado. Sin embargo, uno de los atacantes legalmente
murió a mano de Yakiri, por lo que la misma tiene que responder a la ley por el hecho.
Aunque esto resulta lamentable para la víctima, pues ya resulta grave y devastador haber
padecido semejante agresión, es hasta cierto punto comprensible que es necesario llevar a
cabo dicho procedimiento legal, de tal forma que no quede lugar a duda de que la muerte es
resultado de la legítima defensa y no de una acción dolosa, y al mismo tiempo, dejar asentado
el daño y el testimonio de la violación y ataque que padeció la víctima.
Sin embargo, no ha sido tal el trato legal que se ha dado al caso de Yakiri, quien a
pesar de todas las lamentables evidencias que sustentan que fue ella la víctima de la agresión,
se ha visto envuelta en un proceso de criminalización de su persona que raya en lo absurdo e
inhumano, contra todo derecho exigible. En vez de recibir la atención y tratamiento necesario
de una víctima de tan terrible situación, se la ha convertido en una asesina y la familia del
agresor, entre los cuales se encuentra el otro atacante, exige la "reparación del daño" por la
muerte del violador.
Yakiri no fue atendida como correspondía a una víctima en sus condiciones. Al
contrario, se “desapareció” el expediente en el que se daba cuenta de manera probada que
había sido víctima de delito, con lo que se convirtió ella misma en la agresora a los ojos de la
ley. Fue a dar a la cárcel en donde estuvo casi tres meses, mientras su otro victimario vive en
libertad, amenazando a la familia de la joven, y exigiendo la reparación del daño por la muerte
de su hermano y compañero de crimen.
Se ha impuesto una cuota de libertad bajo fianza de 423,800 pesos para que Yakiri
saliera de prisión. Su familia pagó con muchos problemas un 12% de dicha cantidad, con lo
que la joven salió del penal el 05 de marzo del presente año, y enfrenta ahora fuera de la
cárcel (donde no dejó de recibir agresiones, amenazas y trato injusto) el juicio en su contra.
El caso de Yakiri es un caso que nunca debió suceder, no sólo por el trato injusto,
discriminatorio y la cantidad de atropellos por los que ha atravesado a raíz de que denunció el
asalto del que fue víctima; no debió suceder nunca porque ninguna persona debería pasar
sobre el derecho y la dignidad de otra, de privarla de su libertad, de atentar contra su
integridad física, sexual, emocional. Yakiri no debería ser motivo de estas letras, que se
plasman como un reclamo de justicia, pero sobre todo en contra de la violencia, violencia de
género cuya existencia posibilita que existan casos como éste.
Lamentablemente, como decíamos, el caso de Yakiri es un caso atípico. En el ataque
murió uno de los agresores, no la víctima. Esto ha hecho que el caso se vuelva “relevante” a
diferencia de otros muchos casos de violencia contra la mujer, que son tan típicos. Nada
justifica ni minimiza la gravedad de lo que pasó esta mujer. Pero sabemos que como Yakiri,
muchas mujeres sufren violencia y son tratadas injustamente a raíz de la misma en vez de ser
atendidas o reivindicadas.
La familia de Yakiri tiene muchas dificultades que enfrentar aún: un proceso penal
injusto, la atención de la salud emocional y física de la joven, las amenazas de la familia de los
agresores, el temor de que uno de ellos sigue en libertad. A eso se sumó la carga de tener que
pagar el 88% restante de la fianza. Es claro que ese dinero jamás debió exigirse, pero ante la
realidad de nuestro sistema de justicia, la sociedad civil se solidarizó con la familia Rubio
mediante donaciones que ayudaron a solventar dicho gasto. Sin embargo, sabemos que la
forma más efectiva de ayudar es acabar con la violencia en contra de las mujeres.
Hoy Yakiri levanta la voz y exige justicia, dice estar dispuesta a enfrentar los
problemas que aún se avecinan. Sin embargo, muchas mujeres que han pasado por
circunstancias similares a la de esta joven no pueden levantar las suyas, ya sea porque el
sistema social y penal sistemáticamente les niega sus derechos, o porque, a diferencia de
Yakiri que sobrevivió en vez de morir, han sido acalladas de por vida por sus agresores. Es
nuestro compromiso y responsabilidad como sociedad ser sus portavoces.

Aguascalientes, Ags. 08 de marzo del 2014

Firmantes:
Raquel Mercado Salas
Liliana García Rodríguez
Walkiria Torres Soto
Carolina Sánchez Contreras
Mitzy Zuleica Herrera González
Malike Ledesma Muñoz
Andrea Díaz Gómez
Ana Karina Gutiérrez Reyes
María Isabel Cabrera Manuel